Tonto el que lo lea (postDíadelLibro)

 

Titular con una frase infantil un post relaja mucho. Nadie puede albergar grandes expectativas visto el arranque. Pero es que después de lo intenso que se pone el discurso cuando de celebrar el Día del Libro se trata: se agradece recurrir a la tontería

Este es el post postDíadelLibro2018 y como todos los años estamos de resaca. Resacosos de citas de escritores famosos, de recomendaciones de libros, de imágenes idealizadas de lectores y libros, de frases entrecomilladas sobre las bondades de la lectura, de mil y una noticias y especiales en todos los medios celebrando al libro y a la lectura. Y ¿hoy qué?, ¿se habrá incrementado el número de lectores por ello?, ¿se cerrarán menos librerías? , ¿se apuntará más gente a las bibliotecas?

 

 

Que no, que no, que no estamos en la última fase de la borrachera, y después del subidón, subidón, nos hemos instalado en el muermo. Que no estamos patéticamente llorosos, proclamando que queremos mucho a la cultura, que la lectura es maravillosa, que los libros son maravillosos, que el muuuuuundooooo es maravilloso. Que no, que no vamos de descreídos, todo lo contrario. El que exista un Día Internacional del Libro está muy bien.

Como mínimo las librerías habrán aumentado sus ventas y las bibliotecas han podido programar actividades para deleite de sus usuarios. Pero es que para promocionar la lectura no queremos un día, queremos todos los días del año. A veces esto de los Días Internacionales de…. es como los propósitos de año nuevo: lavan la conciencia a base de buenos propósitos y después se olvidan con la misma facilidad que se formularon.

 

 

En las bibliotecas el Día del Libro son 365 (porque ahora ya ni los festivos se salvan teniendo plataformas de lectura digital o contenidos audiovisuales a la carta), y no estaría mal que si de verdad se quiere fomentar la lectura, se apostase por las mayores redes de circulación y fomento de la lectura que son las bibliotecas. Pero en pleno día de resaca, no es cuestión de ponernos intensos, por eso hemos recurrido a algo liviano para engalanar el post: a algunas de las viñetas del delicioso cómic Los libros en The New Yorker.

Tal y como demuestran las jocosas viñetas que durante años ha ido publicando el prestigioso medio neoyorquino: el libro, en sus diversas formas, ha sido la piedra angular sobre la que ha girado la cultura desde que se inventó la escritura.

 

 

Los libros han sido la fuente predominante, y única hasta no hace tanto, para indagar en el ser humano. Pero eso siempre ha requerido de tiempo, perseverancia y entrenamiento. Ahora los únicos entrenamientos aceptados voluntariamente son los que imponen los monitores de gimnasio. Si los tiempos no se avienen al esfuerzo necesario para asimilar las páginas de un libro, en lugar de leer libros habrá que leer las mentes, directamente, sin intermediarios, ni filtros. Algo que la noticia postDíadelLibro de que España es el tercer país de la UE que menos gasta en la lectura: solo viene a refrendar. Tanto reality y programa del corazón tenían que dar sus frutos tarde o temprano: leer las mentes ya que no los libros.

El sueño de todo publicista, empresario, político y de cualquiera (padres, hijos, pareja) que aspire a manipularnos para bien o para mal.

 

 

El primer paso ya lo está dando la tecnología. Hace unos días saltaba la noticia de que el más puntero de los institutos tecnológicos del mundo, el de Massachusetts (MIT) ha creado un casco capaz de leer los pensamientos con el nombre de Alter ego. El casco, compuesto de electrodos, detecta las señales neuromusculares que intervienen en la comunicación hablada. De este modo el casco es capaz de interpretar la voz interior: un hábito que, según el artículo de ‘Tendencias 21′ que es donde hemos conocido el invento, es muy común entre los lectores. El soliloquio que constituye nuestra banda sonora interior (efectos sonoros de las tripas aparte) ahora con subtítulos incorporados.

Es una forma pedestre de contarlo porque en realidad lo que hace el casco es transcribirlos en cualquier pantalla o dispositivo con una eficacia del 92%. La noticia tranquiliza por un lado (no puede leer los pensamientos cerrados, es decir los que no están pensados para verbalizarse); e inquieta por otro (la seguridad del dispositivo no está desarrollada por lo que está expuesto al pirateo).

Pensamientos pirateados: un nuevo frente se abre para la legislación que protege los derechos de autor. Aunque antes de legislar habrá que comprobar si los pensamientos pirateados merecen protección. En cualquier caso, cual mantra, ante la posibilidad de intrusismo mental habrá que repetirse continuamente ‘tonto el que lo lea’ como quien  coloca un cartel falso de protección con alarma en la fachada de su domicilio.

 

Los sensores desarrollados por el MIT para detectar la actividad neuromuscular y así transmitir los pensamientos.

 

El relato de Philip K. Dick en que se basó la película de Spielberg.

Quizás porque todo sea cada vez más complejo: el pensamiento se está haciendo tan simple que leer las mentes no va a exigir de tecnologías demasiado sofisticadas. La Inteligencia Artificial en pos de la complejidad humana, y los humanos en pos de la simpleza binaria de lo digital. Era inevitable con tanto SMS, whatssap, emojis y memes. Nos gustaría pensar que más que una involución se trata de un paso intermedio hacia la telepatía. Una forma superior de comunicación, que si se acompaña de empatía, podría ser la solución definitiva para nuestra especie.

En un artículo publicado en ‘Library Journal’ el profesor universitario estadounidense Michael Stephens repasaba cómo se representaban hace dos años (eso en Internet es mucho tiempo pero en el asunto en cuestión la cosa no parece haber variado mucho) los asuntos referidos a libros, bibliotecas y bibliotecarios en el lenguaje de los emojis. Entonces se lamentaba de que no existiera ningún emoji para representar una biblioteca o a un bibliotecario: y dos años después seguimos igual.

 

La historia de Miley Cyrus en emojis.

 

En 2018 Unicode Consortium, que es la organización de publicar nuevos emojis, entre los 157 nuevos monigotes que ha estrenado ha dado cabida a pavos reales, loros, dientes, microbios, rollos de papel higiénico y hasta tiques de la compra. Es cierto que ya existen emojis para libros, lectura, escritura, e incluso algunos emojis de edificios que bien podrían pasar por una biblioteca: pero a ver si para 2019 se crea algún emoji que represente a las bibliotecas/carios inequívocamente. ¿O en realidad no será necesario crear un emoji para representar a la profesión bibliotecaria?

No, no, que no vamos en plan lastimero, todo lo contrario. Revisando los principales emojis que hasta la fecha se han creado para representar las distintas profesiones lo cierto es que prácticamente todos podrían ser bibliotecarios.

 

 

En casi todos emojis laborales hay rasgos bibliotecarios. Tal es el perfil de una profesión que, en los últimos tiempos, va acumulando más capas que una milhojas en cuanto a competencias. Todo le viene bien.

Que si la lupa de los detectives; que si la bata de los médicos; que si el gorro de operario o el mono de mecánico cuando se rompe algo, y aburridos de esperar a que vayan a arreglarlo, agarran la caja de herramientas casera; que si los pinceles en los talleres; y por supuesto, el rayo cruzado en la cara a lo Bowie, porque puestos a ser cool pueden ser los más cool; y no incluimos el gorro de los soldados de la guardia real inglesa porque no queremos enrollarnos, pero es más que probable, que encontrásemos alguna semejanza (si estuviéramos preDíadelLibro habríamos dicho que son como la guardia real de la cultura: pero estamos en pantuflas así que mejor nos ahorramos tales cursilerías).

 

Vida de un bibliotecario en emojis.

 

Pero mirándolo desde otro prisma: que te conviertan en emoji no resulta nada halagador. Casi cualquier historia de un taquillazo de Hollywood o de muchos best sellers (de los de usar y tirar) se podria resumir en emojis. De ahí que tantos espectadores que buscan relatos adultos se hayan volcado en las series. Después de todo que no te jibaricen el pensamiento, que no te transformen en monigote: es de lo mejor que te puede pasar. Manías de ‘letrasados’ que se empeñan en alcanzar la simplicidad sin incurrir en simplezas.

Y mientras se nos pasa la resaca ponemos algo de música. No muy alta. Róisín Murphy tampoco es fácil de estereotipar. Esta tipa, desde que empezara con Moloko en los 90, se ha empeñado en sacar los pies del tiesto una y otra vez. Daría para mil emojis a cual más estrafalario, y aún así, no alcanzarían a describirla por completo. ¡Bien por ella! Terminar con su vídeo Whatever (Lo que sea) es toda una declaración de principios. Lo que sea antes que previsibles, o dicho de otro modo más acorde con el título del post: antes muertos que sencillos.

 

Disidentes digitales, huérfanos de biblioteca

 

En el mayo del 68 francés los jóvenes burgueses jugaron a la revolución y creyeron que podían cambiar el mundo. Los jóvenes de 2018 (burgueses o no) juegan con sus móviles y el mundo marcha como en el clásico de King Vidor. Cuarenta años después, jóvenes y no jóvenes, tenemos asumido que antes que ciudadanos somos consumidores. Consumidores de productos de moda, culturales, tecnológicos o políticos. Y que el único margen para cambiar algo las cosas pasar por modificar nuestros hábitos de consumo.

 

Grafitis del Mayo del 68 francés: “La cultura es la inversión de la vida”

 

Hace unas semanas el programa del periodista Jordi Évole, en La Sexta, se centró en denunciar las irregularidades en la industria cárnica. Fuera parcial, interesado o sesgado lo que allí se mostró (como algunos sostienen): el caso es que dos cadenas de supermercados belgas retiraron los productos de la empresa española que trabajaba con la granja que Évole mostró en su programa. Como ciudadanos la oportunidad para cambiar algo hay que fiarla a largo plazo (cada cuatro años); en cambio como consumidores, las redes sociales, parecen otorgar el poder para provocar cambios más rápidos. Entonces ¿por qué sus propios creadores están entonando el mea culpa por haberlas creado?

 

 

Los popes de Silicon Valley últimamente se están asomando a los medios como si se tratara de unos Victor Frankenstein arrepentidos. El creador de Napster lamentándose de haber impulsado Facebook por explotar la vulnerabilidad de la psicología humana; Tim Cook, de Apple, asegurando que mantiene a su sobrino de 12 años alejado de las redes; o un ex vicepresidente de la misma red social declarando que las redes desgarran el tejido social: declaraciones que sirven como eslóganes para vender programas de televisión en los que abordan a sus ¿enemigas?: las redes sociales.

Primero estimulan esa dopamina que engancha y ahora se convierten en voces críticas. ¿A qué aspiran: a lavar sus conciencias o a erigirse en salvadores de los pobres internautas? “No me liberen, yo basto para eso” pintaban en los muros los jóvenes de ese mayo del 68: e igual va siendo el momento de pintarlo de nuevo en los muros de esas redes sociales de las que nos quieren salvar. Ni salva patrias, ni salva pantallas, por favor.

 

 

El pasado 6 de febrero se celebró el Día de Internet Seguro. Desde 2004, año en el que la Comisión Europea fijó esta celebración, muchas bibliotecas del mundo han participado. Según recogía la IFLA, en este 2018, diversos miembros de la organización han realizado informes en los que se recogen algunas de las iniciativas llevadas a cabo desde las bibliotecas para abordar esta iniciativa.

“Muévete rápido y rompe cosas: de cómo Facebook, Google y Amazon acorralaron la cultura y socavaron la democracia”: el libro de Jonathan Taplin que socava el mito de la bondad de los gigantes tecnológicos.

Reino Unido ha lanzado una Estrategia de Seguridad en Internet al tiempo que se editaba un libro verde con el objetivo de convertir a Gran Bretaña en el lugar más seguro del mundo en Internet. Deberían haber llamado a Rupert Murdoch de asesor. Para ello las autoridades británicas han contado con las bibliotecas como centros desde los que desarrollar la alfabetización digital de los niños y fomentar un uso correcto de la web entre los jóvenes.

En la Biblioteca de San Antonio (EEUU) se creó un programa colaborativo con la organización comunitaria de periodismo de base NowCastSA: precisamente para combatir y concienciar respecto a las tristemente célebres fake news que tanto gustan a su actual presidente.

En Suecia, los miembros de IFLA de la Biblioteca Nacional, publicaron material gratuito para que el profesorado tuviera recursos para abordar el uso seguro de Internet en el aula. Y terminamos este repaso en Rusia. El 1 de febrero, la Biblioteca Estatal de Rusia, acogió uno de los eventos más importantes: la conferencia electrónica “La ética del comportamiento seguro en Internet”. ¿Hablarían del ‘Rusiagate’? ¿asistió Putin? Incógnitas con las que nos tendremos que quedar.

 

El ya famoso grafiti que, inspirándose en del beso entre Brézhnev y Honecker que lucía en el muro de Berlín, pintó en 2016 el artista urbano Mindaugas Bonanu (el de la derecha) en la fachada del restaurante de Dominykas Ceckauskas (a la izquierda) en la ciudad de Vilna (Lituania).

 

En España, este año, la Secretaria de Estado para la Sociedad de la Información y Agenda Digital con el Instituto Nacional de Ciberseguridad, a través del Centro de Seguridad en Internet para menores, organizaron diversos actos para la concienciación y difusión. Pero, ¿y las bibliotecas? Las bibliotecas deberían situarse en la primera línea de frente en la lucha contra la piratería de contenidos culturales, del mismo modo, las bibliotecas deberían estar en el centro de las iniciativas que un buen uso de Internet.

Como escribía Jarett Kobek en su novela de título muy directo Odio Internet:

“La ilusión de Internet era que las opiniones de personas sin poder, diseminadas libremente, tenían un impacto en el mundo. Era, por supuesto, una mierda total … El único efecto de las palabras de las personas indefensas en Internet era infligir sufrimiento a otras personas indefensas. “

 

Pero esa falta de recursos, de discurso, de capacidad dialéctica, de formación, en definitiva, de autoestima camuflada de desprecio, se evitaría teniendo referentes culturales sólidos.

El protagonista de la magnífica película Nightcrawler (2014) está empeñado en convertirse en buitre carroñero del periodismo más sensacionalista. Un magnífico Jake Gyllenhaal da vida a un personaje psicopático que repite cual mantras (no bibliotecarios) los discursos motivacionales y de autoayuda para triunfadores que encuentra en la Red: y que lleva a la práctica en su trabajo con una carencia absoluta de empatía, escrúpulos o remordimientos.

Pareciera la representación perfecta de lo que los dueños de Silicon Valley dicen temer que provoquen las redes: Golems amamantados en Internet, moldeados con bytes, links y trending topics, que no conocen más horizonte cultural que la Red, incapaces de sentir nada en lo que no medie una pantalla: unos huérfanos de biblioteca.

 

El Golem (1920) de Paul Wegener y Carl Boese.

 

Los salvadores de nuestra alma digital, anteriormente conocidos como creadores de Facebook, Twitter e Instagram, no deberían agobiarse. Incluso en los inventos más alienantes siempre han existido disidentes: y sus criaturas tampoco se libran de estos espíritus libres. Hay que disentir, sobre todo y primero de uno mismo, para no acomodarse en pensamientos únicos. Bibliotecas que disienten de cierto concepto de biblioteca que no sabemos si se repetirá en el próximo Congreso de Bibliotecas Públicas (Logroño, 28-30 de noviembre) en el que se hablará de perfiles profesionales; e internautas que disienten de lo que se supone se debe hacer en la redes aún sin proponérselo.

Hace unos meses, la propietaria de la pensión La Ferroviaria en Zaragoza, saltó a los medios (una vez que se hizo viral en las redes claro está) por su estilo a la hora de responder todos los comentarios que sobre su pensión hacían los clientes en TripAdvisor. Contraviniendo, una a una, todas las recomendaciones sobre Netiqueta, consejos para gestionar redes o recursos para solucionar conflictos en digital: la enérgica hostelera lleva desde 2007 sin callarse ni una y, como no podía ser de otro modo, le han salido muchos fans en Internet.

 

 

Por cosas así es por lo que nos salvamos. Puede que para algunos, Milagros, que así se llama la dueña y ‘community manager‘ de la pensión, fomente el mal rollo en las redes: pero nada más lejos. La franqueza de la hostelera es pura disidencia digital, como las de los ancianos que se asoman a Internet y se mueven según su propio criterio. A eso en otros mundos se le llama marcar estilo. Su naturalidad desarma el postureo infinito de las redes, no por ejercer de trolls, sino por actuar con esa mezcla de ingenuidad y despreocupación que, en muchos casos, dan los años. Cuando queda menos tiempo, tonterías las justas. Ya decíamos que la arruga es subversiva, y en digital, también.

 

El divertido sketch de una televisión alemana sobre el abuelo al que le regalaron un iPad y lo usa como tabla de cocina.

 

¿Y si la cara más amable de la tecnología proviniera de los excluidos de lo guay, lo high, lo in, lo trendy, lo………………………………….(sobrecarga del blog por exceso de anglicismos: disculpen las molestias). Ancianos, habitantes del tercer mundo, minorías, excluidos del sistema, disidentes digitales por elección o incapacidad para actuar según lo que se espera.

Ilustración de Dan Page.

El escritor, investigador y periodista Frédéric Martel debería retomar sus viajes alrededor del planeta para indagar en la situación de Internet en esos otros mundos que están en este. Su libro Smart. Internet (S): una investigación data de 2014 y han pasado muchas cosas desde entonces. La manera en que cada país, cada cultura: imprime su impronta en el uso de la Red y las redes sociales resultaba de lo más apasionante en el relato que Martel hacía.

Nos encantaría saber qué ha pasado desde entonces en barrios como el de Kibera, en Kenia, donde los teléfonos móviles estaban suponiendo una esperanza de progreso. Y sobre todo qué ha sido de la biblioteca que entonces describía. En no-lugares así (entendiendo como no lugar aquellos espacios que no entran dentro de la lógica del capitalismo) es donde puede que se esté cociendo un mundo digital menos uniforme, menos alienado, diferente:

 

“la filial de la Kenya National Library está situada en el corazón del barrio. Se llega por un camino de tierra ocre, lleno de baches. ¿Una biblioteca? Es mucho decir. Más bien parece un almacén con techo de uralita, cercado de alambradas. “Electrificadas”, puntualiza Jesse. En los estantes hay unos 8.000 libros y cada día acuden unas 200 personas a consultarlos […] me muestra unas tabletas Samsung que acaban de llegar y que guarda en un armario cerrado con llave, esperando la instalación del wifi. Ello debería permitir un mejor acceso a internet […] por ahora hay que subirse al tejado para acceder con un smartphone a la conexión 3G”

 

En una pequeña ciudad australiana, en 1991, cuatro feministas crearon el grupo de arte: Venus Matrix desde el que lanzaron el Manifiesto de la Zorra Mutante. Fueron las primeras en usar el término ciber feminismo y se centraron en  “la construcción de espacio social, identidad y sexualidad en el ciberespacio”. 

Bibliotecas en la órbita de Venus

 

Queremos creer en que hay vida inteligente en otros planetas, pero antes, querríamos creer que también existe en éste.

 

Puede que en la Tierra las bibliotecas estén cuestionadas por los más cerriles que no ven más allá de sus pantallas pero, en otras galaxias no tan lejanas, no será así. Y no, no estamos hablando de la saga Star wars por mucho que terminemos hablando de cine.

Todo viene a cuento del Falcon Heavy, el cohete más grande de la historia de la aeronáutica espacial, promovido por el millonario Elon Musk. En los diversos diarios se han hecho eco del muy fotogénico modelo de coche Tesla Roadster, propiedad de Musk, que se lanzó dentro de la nave con un maniquí bautizado como Starman ejerciendo de conductor; y a los sones de la mítica canción de Bowie.

 

Cabecera de la web de la Biblioteca Larkin Kerwin de la Agencia Espacial Canadiense.

 

Aparte de lo emocionante que todo esto pueda sonar: lo que más nos ha gustado ha sido la inclusión del dispositivo Arch, menos fotogénico que el Tesla Roadster, pero mucho más esperanzador por tener una capacidad de hasta 360 tretabytes de datos.

El Arch es un cristal de datos, proporcionado por la Arch Mission Foundation, en el que se han grabado (entre mucha más información) las novelas de la trilogía Fundación de Isaac Asimov. Muy apropiado. Pero la cosa no acaba aquí. Lo más fabuloso es el cronograma que tienen previsto desarrollar durante las siguientes décadas:

  • para 2020 quieren lanzar discos Arch a la Luna bajo el nombre de Lunar Library que contendrán documentos con las informaciones más relevantes sobre nuestra especie, y cuya caducidad se prevé será tanto como la de la Luna misma.
  • En 2030 le tocará el turno a la Mars Library, es decir la Biblioteca de Marte: una copia de nuestros conocimientos que ayude a futuras colonias humanas. El objetivo final , según recoge Xataka, será conectar todas las bibliotecas Arch de forma que creen una red de lectura y escritura descentralizada que abarque todo el Sistema Solar.

 

Bibliotecarias listas para el lanzamiento de la primera biblioteca a la Luna.

 

Preguntas de lo más prácticas e interesadas que nos asaltan una vez que hay barra libre para la imaginación: ¿cuáles serán los requisitos para ejercer como bibliotecarios en esas bibliotecas?, ¿incluirán en los planes de estudio de Biblioteconomía asignaturas sobre ingeniería espacial?, ¿los bibliobúses del espacio serán como el Halcón Milenario de Han Solo, la USS Enterprise de Star Trek o los platillos volantes de Mars Attacks? Dudas espaciales que no empañan lo positivo de la noticia incluso si finalmente los bibliotecarios no aparecen ni como extras en la película que se están montado. Y es que las bibliotecas, esas naves nodrizas milenarias, reafirman su vigencia conceptual una vez más.

 

El pasado 27 de septiembre se celebró el ya clásico Star wars Reads Day con numerosos eventos en torno a la lectura en bibliotecas y librerías.

 

Si el sabio Yoda te lo dice habrá que hacerle caso: lee.

Las referencias culturales del cohete lanzado por el magnate Musk dejan en mantilla a la NASA. En la sonda espacial Voyager 1 que salió del sistema solar allá por 2013 (y que fue lanzada el mismo año en que se estrenó la primera película de la saga Star Wars: 1977): también se incluía un equivalente a este dispositivo Arch tan library friendly. Se trataba del Disco de oro, en el que se grabaron también documentos representativos de la cultura terráquea, ante la eventualidad de un posible contacto con vida extraterrestre.

Desde diferentes saludos y deseos de paz en 55 idiomas: hasta sonidos de la naturaleza, animales, música e imágenes. Entre las músicas elegidas se encontraban desde La flauta mágica de Mozart al Jonnhy B. Goode de Chuck Berry, y las imágenes iban desde un feto humano hasta un supermercado. Pero ni una sola imagen de un libro o una biblioteca ¿Cómo es posible que los recipientes más importantes de todos los conocimientos de la humanidad no tuvieran ni una triste representación?

 

Ilustración de Lance Miyamoto para Science Magazine en 1981

 

Tal vez, ahora que tantos agoreros hablan de jubilación forzosa para las bibliotecas, sería el momento de plantearse decisiones drásticas, y directamente lanzarlas al espacio bajo el auspicio de la empresa Space X de Musk que muestra algo más de sensibilidad al respecto ¿Cabe imaginar mejores embajadas interestelares que las bibliotecas públicas? A los bibliotecarios, si acaso, se les puede criogenizar y despertar sólo si merece la pena el encuentro en la tercera fase. Astronautas y bibliotecarios tienen mas en común de lo que pueda parecer: están acostumbrados a la ingravidez de no saber si tendrá suficiente oxígeno (cámbiese por presupuesto) para completar su misión.

El cómic de Nick Abanzis sobre la perrita Laika: una de las muchas cobayas de la carrera espacial.

¿Terminarán los bibliotecarios como la perrita Laika, el chimpancé Ham u otras tantas cobayas de la carrera espacial?

Después de todo las bibliotecas ejercen como magníficas cobayas para estudios de mercado que podrían aprovechar si tuvieran vista desde las editoriales; también como campos de experimentación para innovaciones tecnológicas (ya hablamos de la colaboración entre las bibliotecas californianas y la empresa de realidad virtual VR Oculus); y por supuesto, las industrias culturales (discográficas, productoras cinematográficas) para combatir a través de las bibliotecas la piratería de contenidos.

 

La maravillosa escritora Ursula K. LeGuin.

 

La recientemente fallecida Ursula K. Le Guin narraba en su novela Los desposeídosla historia de un planeta capitalista, y de su luna, en la que malviven los exiliados del sistema que aspiran a una sociedad anarquista. Como toda buena novela de ciencia ficción está abierta a mil interpretaciones. Se nos ocurre una, en torno a los planetas de las industrias culturales y la luna Biblioteca en la galaxia digital.

Pero es la propia Le Guin la que tenía ideas muy claras sobre la relación entre editoriales y bibliotecas. En el 2013 (el año en que la Voyager 1 salió de nuestro Sistema: todo está escrito en las estrellas)  las dejó claras en una extensa entrada en su blog personal de la que recuperamos lo siguiente:

 

“La existencia o desaparición […] de una biblioteca no es un tema sexy. Pero es absolutamente básico para […] la continuidad del conocimiento humano [..] si las bibliotecas son diezmadas o eliminadas […] sólo podremos acceder a los libros a través de las grandes corporaciones. No va a ser fácil conseguir un libro que las empresas han decidido que no es rentable […] seríamos inteligentes si mantenemos […] el apoyo a las bibliotecas públicas en su esfuerzo heroico […] por llevar a cabo su trabajo en la era electrónica. […] El objetivo de la biblioteca pública es el mismo de siempre: dar acceso ilimitado a todos los libros (impresos, electrónicos) a todo el mundo.

Es algo que merece la pena apoyar, ¿o qué?”

 

 

Y hay empresas que lo hacen. No vamos a descubrir ahora que Infobibliotecas está detrás de la plataforma de contenidos audiovisuales para bibliotecas eFilm (a punto de ponerse en marcha en Murcia, Cataluña y el Pais Vasco: que aquí no damos puntada sin hilo). Por eso nos gusta tanto la noticia del (inteligente) acuerdo al que ha llegado la empresa de exhibición cinematográfica Landmark Cinemas, en la población canadiense de St. Albert, con la cercana biblioteca pública de Morinville.

La cadena de cines ha ofrecido a la biblioteca la posibilidad de publicitar, gratuitamente, sus servicios mediante spots publicitarios que emiten en el tiempo reservado para tráilers. Los bibliotecarios, pillados por sorpresa por tan generosa oportunidad, se liaron el croma a la cabeza (la lona verde que permite luego introducir el fondo que se quiera tras los personajes) y empezaron a rodar un anuncio de 15 segundos.

 

 

Las bibliotecas te pueden llevar a cualquier lugar al que quieras ir“: tal cual como el cohete Falcon Heavy añadimos aquí. Con ese eslogan no queda mucho más que decir salvo que las cadenas de cine Landmark han demostrado una inteligencia empresarial digna de elogio.

El documental sobre el rodaje de la película El cosmonauta (2013): la primera película española producida por crowdfunding que se convirtió en toda una odisea, no espacial, sino muy terrenal.

Promocionar la imagen corporativa de una empresa a través de la cultura solo puede redundar en beneficios mutuos. Cines y bibliotecas comparten clientela pero no compiten entre sí, todo lo contrario, se complementan y eso supone un valor añadido. Cuanto más se promueva la curiosidad cultural de los ciudadanos más espacios (públicos o privados) van a necesitar.

Como pocos podrán pagarse un pasaje a Marte, en 2030, cuando se inaugure la Mars Library: confiamos en poder seguir disfrutando de cines y bibliotecas para viajar a otros planetas.  “Sabes que nunca has ido a Venus en un barco“, que cantaban los de Mecano, pero para mirar las estrellas bajo el influjo de Venus no hace falta más que salir a la calle.

Tal cual como la protagonista del divertido corto Star love. Una incipiente historia de amor para San Valentín que nos recuerda que para ver las estrellas (pero de verdad) no es bueno andarse por las ramas.

 

“No tengo Facebook, Twitter, ni Instagram”: el desgarrador testimonio de una biblioteca en directo

 

Hace poco, ‘The New York Times’, dedicaba un artículo a la carismática cantante Sade Adu. Desde que surgiera con su grupo en los 80 solo ha editado seis discos (recopilatorios aparte): pero pese a ello, su música ha sido una constante en emisoras para adultos (como las denominan los anglosajones), salas de espera de cirujanos estéticos, e hilos musicales de locales de lo más dispar que aspiran a disimular sus cutreces con el toque chic, devenido en cliché Ferrero Rocher (reservarse para no empachar), que les aporta la música de la británico-nigeriana. Sus silencios son impredecibles, y en el caso de cualquier otra figura, ello la condenaría de inmediato al olvido, pero eso no parece suceder en el caso de Sade. Cuando vuelve, como la última vez en 2011, vuelve a movilizar a sus fans que la esperan lo que haga falta.

 

Sade dándole la espalda a muchas de las servidumbres del star system.

 

Cormac McCarthy solo concede una entrevista cada diez años.

Esta especie de Greta Garbo musical contraviene la mayoría de reglas de lo que debe hacer una estrella en cuanto a su exposición y, pese a ello, según detallaba el artículo del prestigioso periódico neoyorquino, hay un auténtico culto a su figura. Tatuajes, camisetas, pendientes de aro: toda una imaginería en torno a la discreta cantante se vende como signo de distinción para todo el que quiere ser cool.

En plena vorágine del escaparatismo digital en el que todos (individuos e instituciones) se esfuerzan por mostrarse en las redes: Sade, envuelta de misterio en el pueblecito escocés en el que vive con su actual pareja, no parece esforzarse demasiado para que no la olviden los medios. Y mientras, los rumores sobre si este será el año en que volverá a sacar disco mantienen alerta a sus seguidores.

 

J. D. Salinger, el escritor esquivo por antonomasia, defendiéndose de un fotógrafo intruso en los años 80.

 

El talentoso cantante, compositor y bailarín Stromae, tras dos exitosos discos, decidió retirarse durante un tiempo sin determinar.

Cultivar el misterio en el siglo XXI, que se lo digan a Lana del Rey, no es fácil.  Por eso, por contrastar y contemporizar, el titular de este artículo es falso, (aunque seguro que más de una biblioteca no tendrá Facebook, Twitter ni Instagram) sensacionalista, amarillista, impactante, y con todos los resabios propios de la prensa más torticera.

¿Puede una biblioteca mantenerse al margen de las redes sociales hoy día? Prácticamente todos al unísono responderíamos que no. Pero ¿qué precio pagan las bibliotecas/bibliotecarios por estar en las redes?

El lunes 22 de enero se celebró el octavo Día Internacional del Community Manager. Si hay un Día Mundial del Retrete (19 de noviembre) o un Día Internacional del yoyó (6 de junio): ¿por qué no va a existir un día para los mayores pedigüeños de clics, retuiteos, comentarios, pingbacks y demás interacciones digitales que habitan la Red? La profesión bibliotecaria parecía predestinada desde el primer momento para adaptarse al difuso perfil de ese comunicador online que es el community manager. Si lo de ratón de biblioteca es un lugar común al hablar de la profesión: ¿qué otra cosa no son los community managers sino ratoncitos aplicados a hacer girar cada día la rueda de Internet?

 

El dúo electrónico francés Daft Punk pese a su enorme éxito siguen siendo unos desconocidos: siempre tras sus futuristas cascos de motoristas.

 

En ‘La Opinión de Zamora‘ celebraron el Día del Community (CM para los amigos) hablando de la cuenta de Facebook de la Biblioteca Pública del Estado (todo un detalle desde un medio). Según relata la crónica, la bibliotecaria responsable de gestionar la cuenta, tras una década en solitario, tuvo que pedir ayuda al resto de la plantilla por lo mucho que le absorbía alimentarla. Los bibliotecarios de Zamora dicen no obsesionarse con las estadísticas, ni las interacciones, primando un contenido de calidad e interés. Bien por ellos. Pero los peligros de la vanidad satisfecha acechan en cada intro.

Y es que las redes son insaciables, fomentan tu vulnerabilidad (solo hay que atender a lo que ha pasado recientemente con la cuenta de Twitter de las bibliotecas del Ayuntamiento de Madrid) y están ideadas para crear dependencias. El silencio en las salas de una biblioteca es algo a preservar; pero el silencio en las redes sociales es un páramo por el que nadie quiere transitar. Ni siquiera una biblioteca.

Por favor, please, bitte, s’il vous plait, prego, si us plau, mesedez, prosim, molen vasléeme soy community manager. Antes de alcanzar tal grado de patetismo multilingüe mejor repasamos las características que se reconocen propias de un buen CM para ver hasta qué punto se ajustan a las habilidades propias de un buen bibliotecario:

 

Infografía de la web mexicana Alto nivel sobre el perfil idóneo de un community manager.

 

El filón inagotable y maravilloso de las portadas pulp tuneadas de Pulp Librarian en este caso: “Técnicas de persuasión lectora para el bibliotecario moderno”.

Profesional, comunicador, sensible, analítico, organizado: todo suena bien y todo es fácilmente compartible entre ambas figuras (bibliotecario y CM). Lo de carismático, revolucionario, innovador, propositivo, proactivo, buen escritor… dependerá de cada caso. Pero lo que no está tan claro es que no se termine usando el perfil de la empresa/biblioteca como una cuenta personal si se aspira a diferenciarse.

No hay que extraviarse en lo profesional, y eso las redes lo ponen difícil, como reconocen los bibliotecarios de Zamora: “No podemos calcular cuánto tiempo le dedicamos porque fuera del trabajo también estamos con el pensamiento Facebook”.

El gran logro de Internet es haber derribado la barrera entre ocio y trabajo, haberle dado a todo una apariencia de juego y modernidad: por eso hay que estar alerta para no terminar como ratones de laboratorio pulsando frenéticamente la tecla que produce orgasmos antes que la que nos proporciona alimento.

Si se pretende que el muro de las redes de una biblioteca no sea un simple tablón de anuncios por falta de tiempo: lo más sencillo es convertirlo en un diario de a bordo en el que reflejar la travesía que supone cada día poner en marcha la biblioteca. Ya reuníamos los consejos para llevar a cabo esta tarea sin dejarnos las pupilas en el intento en el experimental …(post en obras). A modo de resumen de lo que allí desarrollábamos:

 

  1. “narrar anécdotas cotidianas, en las que no comprometamos a nadie por ello”
  2. “conectar el relato que hagamos del día a día de la biblioteca con la actualidad social más inmediata”
  3. “no tengamos miedo a mostrar las debilidades, los puntos flacos que estamos trabajando para mejorar”
  4. “y por encima de todo, abrirlo al público. Adoptar la forma de hacer de los fanzines”
  5. “y en medio de todo, el bibliotecario, como auténtico community manager, es decir como el que maneja (en el buen sentido) a la comunidad”

 

No es ninguna receta infalible, pero al menos aleja un poco el fantasma de la precariedad del que habla Remedios Zafra en su ensayo ganador del Premio Anagrama de Ensayo 2017. Y es que si algo tienen los bibliotecarios que de verdad se comprometen con su trabajo es entusiasmo (además de falta de tiempo). De hecho, en ocasiones, no tienen más que eso: y ahí está el peligro.

 

 

Zafra indaga en la inestabilidad de los trabajadores del ámbito cultural, académico y creativo que, constantemente, tienen que recurrir a su vocación por la cultura y a un entusiasmo inagotable para seguir adelante. Una hipermotivación peligrosa que el sistema aprovecha, gracias a la conectividad a tiempo completo que permite la Red, para instrumentalizarla y hacer que demos gracias por trabajar en algo “tan bonito como es la cultura” (el entrecomillado es nuestro) pese a que los beneficios tangibles (económicos y laborales) sean siempre inciertos y precarios.

Trabajar por amor al arte en su versión digital 5.0. La bohemia cultural hace mucho que desapareció a golpe de clics. Ahora es la palmadita del político o jefe de turno la compensación por todos los desvelos: y si no, ahí están las interacciones digitales para saciar el ego y la vanidad y recibir así una gratificación inmediata que te haga sentirte realizado y postergue indefinidamente una mejora laboral. El “me debo a mi público” de las folclóricas como mantra que espante el desaliento ante tanto sobre esfuerzo.

 

Murger retrató el París bohemio de las vanguardias de finales del XIX. En el XXI los bohemios siguen igualmente pobres pero con conexión wifi en sus buhardillas: desde las que se conectan a un mundo que no entiende de un romanticismo que solo pervive en sus cabezas.

 

El libro de Zafra da para mucho, pero por ahora, nos quedamos con un fragmento que parece interpelar de manera directa al gremio bibliotecario:

“me resulta llamativo cómo el sobre esfuerzo de las redes se ha orientado más a construir apariencia de verdad desde el exceso de imagen, sobreinformación y estilización, pero no ha ido encaminado a favorecer lazos de confianza” (pág. 115)

Lazos de confianza: he aquí un concepto clave para las bibliotecas que, a diferencia del desgarrador testimonio con que se abre el post, tengan Facebook y/o Twitter y/o Instagram.

La biblioteca sin filtros que edulcoren nada, la biblioteca de proximidad, la biblioteca cercana que haga que sus usuarios se sientan a gusto en un entorno digital seguro, la #bibliotecavstrolls de la que hablábamos hace un tiempo. Fomentar esos lazos de confianza a través de las redes de las bibliotecas no va a acabar con ese precariado al que nos abocan: pero la confianza es el primer paso hacia la solidaridad y la creación de un verdadera comunidad digital. Y eso ya es un gran logro viniendo de un puñado de voluntariosos bibliotecarios que cada día reinician el relato de del día a día de sus bibliotecas en las redes.

 

El documental recién estrenado sobre Grace Jones.

 

Y hablando de figuras a las que los tiempos no parecen marcarles el ritmo ahí está Grace Jones, una figura en las antípodas de la serena Sade con la que empezábamos. Tras casi 20 años fuera de la industria volvió en 2008 y declaró sobre su ausencia que no había tenido nada que decir hasta entonces. Ahora, casi con 70 años, publica memorias, se estrena un documental y canta casi desnuda en festivales de lo más selecto.

Algunas de las frases de su tema Corporate cannibal no podrían resultar más intimidantes para cualquiera que transite las redes, pero aún más, para los profesionales de la cultura que viven en un precariado perenne hiperconectado. Grace no es asidua de Facebook, Twitter, ni Instagram: pero ni falta que le hace porque los describe a la perfección en su versión más alienante.

 “Soy una máquina devoradora de hombres. Cada hombre, mujer y niño es un objetivo. Consumiré a mis clientes. Te daré un uniforme, cloroformo, te desinfectaré, te homogeneizaré, te vaporizaré.” 

 

 

Y la biblioteca va

 

El paso del transatlántico en Amarcord (1973) de Fellini.

 

Este texto es la botella de champán (o de cava según preferencias o aversiones) lanzada contra la quilla del 2018. No podemos saber si la botadura será la del Titanic o la del Love boat de la serie de los 70. Puestos a elegir apostaríamos por el operístico barco de la Y la nave va (1983) de Fellini (exquisitos que somos pese a todo): pero recién iniciada la travesía es demasiado aventurado hacer pronósticos.

Y de expectativas y resultados habla la mejor película (según muchos) del hombre-orquesta en que se ha convertido James Franco: The Disaster artist (2017). La crónica del rodaje de la que la que se ha dado en llamar “la peor película de la historia” (como si no hubiera competencia): The room de Tommy Wiseau. No vamos a hablar aquí de la película de Franco, ni de la de Wiseau: ya hay suficientes textos analizándolas por ahí. Partimos de ella porque perpetúa un interés por figuras excéntricas que partió con Ed Wood (1994) de Tim Burton y ha proseguido, no hace mucho, con dos películas en torno a la figura de la millonaria, con ínfulas operísticas, Florence Foster Jenkins.

Solo faltaría un biopic en torno a la española Tamara/Ámbar/Yurena: para que el retablo de personajes cuya visión de la realidad (y de sus aptitudes) no coincide necesariamente con la del resto: se completara. Pero por mucho que se aprovechen tan singulares figuras para reflexionar sobre el talento, la creatividad, y sobre la delgada línea que separa lo sublime de lo ridículo: lo que proporcionan estos anti-héroes culturales, sobre todo, es alivio. Alivio al constatar que, no ya la mediocridad, sino incluso la ineptitud no es obstáculo para perseguir los sueños. Quijotes por todas partes.

Una auténtica bomba de relojería-fábrica de futuros ninis carne de reality. ¿No habrá detrás de todo una confabulación entre Coelho (“lucha por tus sueños o los demás te impondrán los suyos”) y Mr. Wonderful para terminar de derrumbar lo poco que todavía queda en pie de un cierto pudor cultural? No lo llame pop, llámelo cultura titulaba muy certeramente la revista ‘Jot Down’  un reciente diálogo a tres sobre el triunfo absoluto del género fantástico, con los superhéroes a la cabeza, en el panorama actual. Mientras tanto, Alan Moore, el genio de los cómics, responsable de regenerar el género superheróico en los 80 con Watchmen: lleva años denunciando la “catástrofe cultural”  que supone esta avalancha de héroes en mallas.

Por contra, un representante de lo que hasta hace poco se daba en llamar alta cultura, el catedrático de Historia del Arte, Ximo Company, con motivo del lanzamiento de su libro sobre Velázquez declaraba en ‘El País’: “La erudición atrofia la contemplación de la maravillosa pintura de Velázquez“. Viene a sumarse a la defensa que Benito Murillo, uno de los mayores expertos en el Barroco español, hacía de uno de los últimos virales de la Red: Velaskez ¿yo soi guapa?: ensalzando su tono didáctico y reivindicativo a ritmo de trap.

El vídeo del youtuber Emilio Doménech elevando al altar de la cultura digital el vídeo de la Menina trapera.

 

¿En qué quedamos: nos hundimos en la tontería más absoluta o aprovechamos esa liviandad para enriquecernos libres de corsés y dogmatismos? El peso cultural para las nuevas generaciones es abrumador, siguen necesitando matar al padre: pero ahora lo tienen facilísimo porque la historia se ha partido en dos.

Hasta los años 2004-2006 servían las siglas de d.C. para situarnos cronológicamente, al menos en el mundo occidental: ahora para entender cualquier diagnóstico cultural, social, político… hay que recurrir a las siglas d. F. o d. T., o lo que es lo mismo: después de Facebook, después de Twitter, o de Instagram. No ha sido tanto internet lo que ha partido la historia en dos sino la irrupción de las redes sociales en los, ya lejanos, inicios del siglo XXI.

 

El tuit con el que anunciaba, en 2010, la Biblioteca del Congreso de Washington que iba a archivar todos los tuits.

 

La Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos acometió con una determinación ¿digna de mejor causa? el archivo de todos los tuits publicados desde el arranque de Twitter: y ocho años después ha tirado la toalla.

El escritor Lorenzo Silva ha sorprendido a muchos al anunciar su abandono de las redes sociales, tras acumular muchísimos seguidores, y haber sido uno de los literatos más activos en nuestro país durante los últimos tiempos. La demanda absorbente de Twitter (Facebook lo abandonó hace tiempo ya) ha sido el motivo esgrimido por Silva para argumentar su abandono. Michael Ende acertó en todo al describir a los ladrones de tiempo en su clásico Momo, salvo, en dibujarlos como trajeados hombres de gris. Los ladrones de tiempo del nuevo siglo visten informales, con deportivas, alegres colores y trabajaban en Silicon Valley. Ya lo decíamos en El tiempo en nuestras manos:

 

“cualquier servicio público (o privado) que aspire a sobrevivir a esta revolución digital lo primero que tiene que ofrecer a sus clientes es tiempo.”

 

¿Nos estamos abonando de nuevo al género catastrófico? Nada más lejos de nuestra intención. Aunque un día resultaría de lo más interesante establecer una comparativa entre el género catastrofista de los 70 (esos aeropuertos, esos colosos en llamas, esos Poseidones hundidos, esos tiburones…, que se suponen daban cuerpo a los miedos sociales del momento) y sus equivalentes con efectos digitales de nuestros días (esos maremotos, tsunamis, hecatombes medioambientales, atentados e invasiones zombis).

 

Una de las insignes muestras del catastrofismo cinematográfico de los 70: La aventura del Poseidón.

 

Pese a todo aquí seguimos (y contra todo pronóstico incluso puede que algo mejor que dicen que el agujero de la capa de ozono se ha reducido: ¿o será una fake news promovida por la administración Trump?). “Al final las obras quedan las gentes se van. La vida sigue igual” que cantaba un Julio Iglesias que hoy los millenials reconocen más por ser protagonista en muchos memes que por sus logros profesionales.

Y no le faltaba razón al truhán-señor. Las redes sociales, como la televisión en su momento la radio o el cine, han venido para quedarse. Pero, como todo, también pasarán: pasará este furor estúpido, pasara esta dependencia absurda, y luego vendrán otras. ¿Cómo podíamos antes vivir sin móvil? Y una vez tengamos los chips convenientemente instalados en el cerebro nos preguntaremos ¿cómo podíamos vivir enganchados al móvil?

“Que paren el mundo que yo me bajo” ahora es más factible que nunca. Puede uno bajarse y subirse al mundo (digital) en cualquier momento recuperando el mando (y no nos referimos al de la tele). La revolución tecnológica va tan acelerada que te puedes apear de cualquier red, artilugio o sistema operativo sin miedo a perderte nada: porque como todo caduca tan rápido, vivimos en un pensamiento tan cortoplacista que, cuando vuelvas a subir, te habrás ahorrado unos cuantos sistemas operativos diseñados para durar menos que un yogur. E incluso tendrás una perspectiva, que los que no han dejado de girar en la rueda cual hámsteres, extraviaron hace tiempo.

Ante este dejarse llevar, o más bien arrastrar, es necesario reivindicar la incomodidad. Nos sometemos a dietas, ejercicios que nos producen agujetas (cuando no lesiones), a tratamientos estéticos, intervenciones quirúrgicas, prendas que nos aprietan (“para presumir hay que sufrir”): aceptamos todas esas incomodidades pero ¿somos incapaces de aceptar la incomodidad a la hora de pensar?

 

El faquir Musafar fundador del movimiento cultural conocido como el primitivismo moderno, precursor del arte de la modificación corporal.

 

No se trata de cambiar la comodidad del mobiliario de las bibliotecas por asientos para faquires: pero el concepto de biblioteca faquir resulta de lo más atractivo. La biblioteca como un continuo desafío a nuestra mente, que nos impida acomodarnos o amuermarnos, y que incite a nuestro cerebro a mantenerse alerta, huyendo del pensamiento único y retándonos a pensar por nosotros mismos.

En la película de Fellini que citábamos al principio: un grupo de representantes de la alta sociedad viajan en un lujoso barco a esparcir las cenizas de una célebre soprano a su isla natal justo cuando estalla la I Guerra Mundial. Un mundo en desaparición, el de esos aristócratas que compiten entre sí a golpe de arias; y el de una Europa abocada al primer abismo que se abría en la historia moderna. Ahora también estamos ante varios abismos, pero pese a todo, la biblioteca sigue yendo. Si aparentemente nos lo quieren poner tan fácil, desconfiemos, pongámonoslo un poco incómodo nosotros. Nos va en ello la lucidez.

 

 

Va la nave, va la biblioteca y va este texto. Tommy Wisenau, el director de The Room, cuando comprobó que el público se tomaba a chufa su intenso melodrama decidió venderlo como comedia. Todo es susceptible de cambiar. Como ejemplo esta escena de El resplandor (1980) con banda sonora de risas enlatadas propias de una sitcom televisiva. Un cortocircuito a nuestras neuronas de espectadores pasivos adiestrados en lo previsible. Si el verdadero arte tiene la obligación de molestar, de incomodar, de desconcertar, entonces, esto debería considerarse arte. Como la película de Wiseau.

 

El ángel exterminador bibliotecario V

 

[Continuación de El ángel exterminador bibliotecario IV]

 

TEDEUM DIGITAL

 

Un ángel de Hollywood visitó el rodaje de Buñuel en busca de un paraíso menos artificial que el de la Meca del cine.

 

En el clásico buñueliano que llevamos cinco semanas fusilando desde prisma bibliotecario: los dignos representantes de la burguesía son liberados por el ángel una vez han perdido toda dignidad.

La adaptación al cómic de la película de Wim Wenders sobre dos ángeles más compasivos que exterminadores.

En nuestra versión de la historia no serían las necesidades básicas, ni siquiera los espacios compartidos los que provocarían la ruptura del contrato social. En el siglo XXI lo que llevaría realmente al límite la convivencia sería el momento en el que el ángel exterminador cortase por lo sano toda posibilidad de acceso a la tecnología digital. Entonces el mundo sí que se vendría abajo: tanto para ricos como para pobres, frikis, hipsters, jóvenes, maduros o cualquier otra tipología de usuarios que pudieran quedar encerrados en una biblioteca.

Y el final sería aún más contundente que el del nuevo encierro en la iglesia tras el tedeum con que Buñuel concluyó magistralmente su película. Cuando finalmente nuestro ángel exterminador levantase su maldición y los dejase marchar: serían las fuerzas de seguridad las que acordonarían la biblioteca para impedir que saliesen. Las autoridades sanitarias lo justificarían como una medida preventiva ante los síntomas detectados de una extraña infección que les obligaba a tenerlos bajo estricta observación. Nada como una alerta sanitaria para acallar cualquier crítica.

 

Entre el aluvión de telefilmes nórdicos que TVE compró a saldo para sus sobremesas se emitió hace poco el telefilm alemán: La dieta digital (2016). La historia de una madre que somete a una severa dieta digital a su familia. Cuando  las historias basadas en hechos reales dejan paso a las nuevas tecnologías para mecer nuestras siestas de sofá: es que algo grave está pasando.

 

Elogio del papel: contra el colonialismo digital. Roberto Casati blasfemando en papel.

Y es que tras semanas de convivencia offline, tras días de mirarse a la cara sin mediar pantallas de por medio, tras entretenerse, aprender y comunicarse sin redes sociales, correos electrónicos, ni dispositivos móviles: se habrían convertido en disidentes digitales, en prófugos del discurso único de las maravillas de la tecnología, en herejes del culto en masa al Dios de Silicon Valley. Y eso, el statu quo digital en el que vivimos, no podría aceptarlo sin someterlo a cuarentena.

Sería como una confirmación de lo que pregonan agoreros como el periodista canadiense David Sax que recientemente publicaba en “The New York Times” un artículo sosteniendo que Nuestro romance con lo digital se ha terminado. Sinceramente no creemos que Sax tenga razón al ser tan taxativo en su titular, ni tampoco querríamos que ese romance se terminase.

Puestos a mantener los pies en el suelo en nuestro enamoramiento con las nuevas tecnologías nos convencen más argumentos como los de la socióloga estadounidense Amber Case: “La tecnología nos está desconectando y esclavizando” y su apuesta por las calm technologies como parte de la solución. Esa tecnología que “informa pero no exige nuestra atención” que en1995 definieron Mark Weiser y John Seely Brown como “tecnología calmada”: no parece que goce de gran predicamento en nuestros días. Ahora todo son moscardones digitales zumbando alrededor las 24.

 

 

Así que abonarse a teorías como las que plantea el músico e ideólogo Ian Svenonius en su ensayo Te están robando el alma (Blackie Books) se convierte en algo menos loco de lo que su contenido sugiere en la contracubierta. En la que varias de sus aseveraciones afectan indirectamente a las bibliotecas:

“Te aconsejaron que te afeitaras el vello púbico para que fueras más insensible y mecánico. Te dijeron que abrazaras Apple para arrebatarte todas tus posesiones. Te obligaron a trabajar gratis en Wikipedia como trabajaron otros esclavos en las pirámides. Te engancharon a series de HBO para que solo quisieras comprar y mirar. Nunca crear.”

 

Apple, Wikipedia o series son asuntos que atañen al mundo bibliotecario. Lo de la depilación púbica a primera vista no se puede asegurar pero seguro que también. Con estos mimbres ¿cómo no íbamos a quedar rendidos los creadores de un reto como el de #bibliobizarro (que a punto está de cumplir un año) a las teorías de Svenonius? Para más inri, al rematar en su última página, nos apela directamente:

 

 

EN 1971 el activista Abbie Hoffman vio publicado su obra: Roba este libro. Un manifiesto en toda regla del ideario contracultural del momento; y un libro problemático en principio para tener en una biblioteca sin suficiente presupuesto para reposiciones. El caso es que si Hoffman quería inspirar a los jóvenes para que se rebelaran contra el gobierno y las grandes empresas: Svenonius aspira a hacer lo mismo promoviendo, más que el hurto, el que se escondan sus libros en las bibliotecas. Pero se equivoca en una cosa (al menos en lo que atañe a las bibliotecas): las bibliotecas (públicas) son una anomalía del sistema.

Las bibliotecas forman parte de la disidencia pese a haber abierto de par en par las puertas al nuevo régimen digital: no excluyen a nadie al procurar pértigas con las que cualquier ciudadano puede salvar la brecha digital; y además, proporcionan asilo a cualquiera que desee desentumecerse los sentidos desenchufándose. 

No hace falta (al menos en nuestro país) meter ningún título de Svenonius de contrabando en las estanterías de las bibliotecas porque en una búsqueda en el catálogo colectivo de bibliotecas públicas aparece hasta en 13 redes de bibliotecas el anterior ensayo de Svenonius: y si el más reciente, Te están robando el alma, no aparece: es más por lo reciente de su publicación (octubre) que porque no vaya a estar presente en más de una.

Leyendo la diatriba de Svenonius contra Apple no puede uno más que pensar en las bibliotecas:

“Apple ha puesto el mundo patas arriba al convertir las posesiones en un símbolo de pobreza, y el hecho de no tener nada como signo de riqueza y poder ¿Por qué tener una estantería cuando Google ha robado todo el contenido mundial de libros para difundirlo? […]  Los libros son pesados, sucios, polvorientos y se desintegran en tus pulmones. ¿Por qué debería haber enciclopedias cuando existe un mundo wiki? Y así sucesivamente. ¿Por qué debería haber tiendas de discos, librerías, […] cines, teatros, óperas, bibliotecas, colegios, parques […] Los espacios públicos, los mercados y la interacción entre las personas son primitivos, propensos a los gérmenes y peligrosos. Al fin y al cabo todo se puede hacer en línea. ¡Ni que fuéramos primates!”

 

El show original de televisión sobre acumuladores de cosas.

 

Para reforzar su teoría Svenonius hace referencia al programa de televisión Hoarders (Acumuladores de cosas): un pseudoreality sobre personas al borde de sufrir el síndrome de Diógenes que ya emite en nuestro país el canal Discovery. Una manera de degradar socialmente al que persiste en su amor por lo físico al tildarlo de enfermo, de pobre, de cutre. Apple, según Svenonius, le tiene miedo a los “acaparadores”. Como sostiene: “el acaparador posee ‘cosas’, artículos como libros y discos que constituyen pistas sobre un pasado en el que esta clase de cosas eran una reserva de conocimiento, indicadores, tótems de significado.

Steve Jobs que estás en los cielos santificados sean tus productos: el fundador de Apple como un dios en la portada de The Economist.

Las bibliotecas entrarían claramente en la categoría de “acaparadores”: es decir de los que dan miedo a los señores de Internet. Nos lo creamos o no, tanto da, nos encanta.

Si Steve Jobs aspiró a convertir la tecnología en una religión, con legiones de conversos, iluminados y devotos seguidores: cuando una religión evangeliza y hace proselitismo a gran escala: lo primero que ha de procurar es arrojar al foso oscuro del paganismo a las que la precedieron.

No es de extrañar que las religiones ancestrales, ante tamaño intrusismo, le planten cara al nuevo culto.

 

Es el caso del Día Nacional del Desenchufado que se celebrará por noveno año consecutivo promovido por Reboot, una organización dedicada a promover los valores judíos, sus tradiciones, cultura y formas de vida. Para ello invita a todos sus seguidores a desconectar móviles, dispositivos, ordenadores y demás artilugios los próximos 9 y 10 de marzo de 2018. El proyecto se incluye dentro del Manifiesto Sabbath: una adaptación de los rituales de los antepasados judíos para reservar un día a descansar, desconectarse, relajarse, reflexionar, salir al aire libre y conectarse con sus seres queridos. Y para facilitarlo hasta distribuyen fundas para guardar los diferentes gadgets y no caer en la tentación.

 

La última novela de Ray Loriga: una vuelta al mundo feliz de Huxley en la sociedad de la transparencia promovida por las nuevas tecnologías.

 

Nadie puede discutirle a la religión las estrategias de marketing más exitosas de la historia. Su pompa, sentido del espectáculo y puesta en escena han intentado ser superados por regímenes totalitarios, estrellas del pop, y espectáculos deportivos: pero ninguno ha alcanzado su maestría. Las multinacionales se esfuerzan por vendernos estilos de vida, valores y maneras de ver el mundo a través del consumo: y erigen centros comerciales como en el medievo se erigían catedrales.

En ese contexto las bibliotecas y sus acólitos serían los herejes, los paganos, los primitivos que siguen rindiendo culto tanto a dioses analógicos como digitales: y se resisten al monoteísmo cultural practicando el sincretismo. Podría decirse que están a medio camino entre las iglesias (por el silencio) y el centro comercial (por la oferta). Pero aún guardan un as en la manga que apela a los instintos más básicos: el rito.

Coger un libro de una estantería en una biblioteca requiere de un ritual, de un acto físico, de una cierta liturgia: elegir, hojear, tocar, abrir, incluso olerlo como quien se persigna – en caso de que sea novedad, de lo contrario, mejor no olerlo – llevarlo hasta el mostrador de préstamo, mostrar el carné de biblioteca como quien exhibe la oblea, y orgullosamente, entregárselo al funcionario para que se complete el sacramento de una cultura pública y gratuita. Está claro que la narrativa desaforada y conspiranoica de Svenonius nos ha impregnado hasta el tuétano.

 

El fundador de Facebook avejentado y cambiado de sexo gracias a la aplicación Face App.

 

Si la tecnología digital llega a arrumbar a sus predecesores en la cuneta del progreso será porque consiga lo que ningún otro invento humano ha logrado hasta la fecha: que sintamos la experiencia de ser otro (ni egoísta sexo virtual, ni las maravillas de la realidad inmersiva, ni robots, ni IA) sentirse, físicamente, en piel ajena. Si la difusión del conocimiento gracias a la imprenta ayudó a que la humanidad pudiera entender algo mejor a sus semejantes: el invento de Gutenberg será derrocado definitivamente por el byte cuando este consiga ampliar el conocimiento convirtiendo la empatía no en un estado mental sino en una realidad física. Y así hombres o mujeres, oprimidos u opresores, viejos o jóvenes, ricos o pobres: alcanzarían otro nivel de evolución hasta el momento desconocido.

Los burgueses que protagonizaban la película de Buñuel no pareciera que hubiesen aprendido mucho de su encierro. Los grupos de usuarios que hemos mantenido enclaustrados durante estas últimas semanas en nuestra adaptación bibliotecaria: tampoco podemos estar seguros de que lo hayan hecho. Apostaríamos a que sí, pero como no podemos estar seguros, nuestro final también es abierto.

 

 

Like an angel passing through my room (Como un ángel atravesando mi habitación): el tema de ABBA habría sido un dulce y preñavideño final sobre que el poner la palabra FIN. Pero resultaría poco honesto. En cambio, Angel de Massive Attack, y sobre todo su vídeo abierto a mil interpretaciones ajustadas al sentido de lo que hemos contado: es lo que nos pedía esta historia. Seguir la senda o salirse de ella; escapar o darse la vuelta y encarar lo que venga; marcar el camino o que te lo marquen.

 

 

FIN

 

El ángel exterminador bibliotecario IV

[Continuación de El ángel exterminador bibliotecario III]

 

ALEVINES VERSUS SÉNIORS

 

Nos vamos acercando al final de esta adaptación del clásico buñueliano al ámbito de las bibliotecas. Sin duda podríamos seguir hurgando en más situaciones y grupos sociales que conviven en las bibliotecas públicas: pero toda serie por buena que sea, o haya sido, tiene que saber cuándo echar el cierre (¿verdad?: creadores de Los Simpsons, The Big Bang Theory, Homeland, Modern Family…). Lo cual no quiere decir para nada que esta sea buena. De hecho al plantearnos escudriñar diferentes tipologías de consumidores culturales enclaustrados en una biblioteca hemos terminado montando un culebrón de sobremesa. De esos que da igual que des una cabezada o te saltes algún episodio que rápidamente retomas el hilo.

En esta penúltima entrega nos vamos a centrar en dos grupos que nos abarcan absolutamente a todos en diferentes grados: jóvenes versus maduros, o tirando de terminología deportiva: alevines versus séniors.

 

Viñeta de la adaptación al cómic del relato de F. Scott Fitzgerald: El curioso caso de Benjamin Button.

 

Si los 50 son los nuevos 40, los 60 los nuevos 50, los 70 los nuevos 60: de tanto retrasar el reloj va a llegar un momento en que los 0 años van a ser los nuevos 122 (que es la máxima esperanza de vida del ser humano hasta ahora). En los años cincuenta norteamericanos en los que surgió el actual culto por la juventud: distinguirse de los mayores era muy sencillo. Pero ahora, empeñados en aparentar lozanía (física más que cultural, todo hay que decirlo), los que entran en la madurez se lo van a poner cada vez más difícil a los jovencitos.

Fantástica fotografía de Mary Ellen Mark en la década de los 80 en España: la nueva juventud del momento frente a frente a las viejas generaciones.

El más reciente, y sensato, ¡¡ZASCA!! en toda la boca (pero ¡qué de juveniles quedamos en Infobibliotecas usando estas expresiones!) en los medios a cuenta de los enfrentamientos generacionales: se lo ha propinado la siempre certera Elvira Lindo a un despistado Álex de la Iglesia. Todo ha venido motivado por unas declaraciones del director de cine en las que, para expresar lo poco que le importa que los jóvenes puedan usar el móvil para ver películas, declaraba que: “el talibanismo ese de que el cine es una cosa proyectada se lo dejo a señoras mayores y gente muy seria”.

Muy atinadamente, Lindo, (que solo se lleva tres años con el cineasta) en su columna de “El País” se reconoce como una señora mayor y repasa los grandes beneficios que el consumo cultural de esas “señoras mayores” está reportando a las librerías, los cines, los teatros, los museos, las cafeterías, y por supuesto, las bibliotecas (ya habló del bien que hacen las mujeres maduras a los clubes de lectura). Álex de la Iglesia, que podrá gustar de declaraciones epatantes, pero no es ningún patán: pronto ha reconocido su desliz y se ha reconocido él mismo como una señora mayor.

 

Fotograma de la película Wild in the streets (1968)

 

“Los viejos tigres tienen miedo” o “Si tienes más de 30 estás acabado” eran dos de los eslóganes con que se vendió la película Wild in the streets (1968) estrenada en nuestro país con el título de El presidente. La trama tenía miga: una estrella del rock de 24 años se convierte en presidente de los Estados Unidos, se legaliza el consumo de LSD, todo es libertad y se termina enviando a los mayores de 35 años a campos de concentración para ser reeducados. En 1968 esta distopía generacional podía tener su gracia, pero a día de hoy no tendría la menor oportunidad.

Viaje a Sils Maria (2015) es una de las reflexiones recientes más brillantes sobre la madurez, el culto desmedido a lo juvenil, y la aceptación del paso del tiempo.

Si hablamos de consumos culturales, la tecnología ha igualado, y mucho, a los que aún consumen cultura y no solo entretenimiento.

En últimos datos estadísticos publicados por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte sobre el uso de eBiblio, la plataforma de préstamo de libros electrónicos en bibliotecas públicas en 2016: no se contemplaba la franja de edad de los usuarios. Y probablemente sea este dato el que más sorpresas pueda dar.

Mucho se ha hablado, y se habla, de lo “digitalizada” que está la juventud: pero lo cierto es que la mayoría de los que recurren a la lectura digital son mayores de 40. Tiene su explicación: por un lado, la presbicia, y por otro, por pertenecer a generaciones en las que el hábito de la lectura aún conserva su prestigio.

Pero que los jóvenes lectores (de literatura) opten por el papel, como sostienen varias encuestas publicadas en diversos países, se constata con echarle un vistazo al canal de cualquiera de esos booktubers que tienen miles de seguidores en Youtube. Todos suelen rodar sus vídeos con el fondo de sus bibliotecas personales, y los libros que recomiendan siempre los muestran en formato impreso, nunca en la pantalla de un eReader (en este caso las pantallas no resultan fotogénicas).

Al final va a resultar que los emigrantes digitales, como pasa con todo converso, son los más fascinados por lo digital. Tiene su lógica: aún conservan la memoria de un mundo predigital, siguen siendo capaces de experimentar, aunque sea un poco, el sentido de lo maravilloso (ese sense of wonder al que apelaba Spielberg en los 80 y que ahora se empeñan en reanimar con series como Stranger things). Algo difícil de reproducir en los que ya han nacido bajo el signo del byte cuyo sentido de lo maravilloso se les entumece cada vez a edades más tempranas.

 

 

Pese a todo aún hay espacios para el encuentro intergeneracional mientras llegan los “nuevos humanos” (cyborgs y demás). La reciente entrevista que la revista “Jot Down” le hizo al escritor Jesús Cañadas dio tan buenos titulares para nuestro gremio, que no es de extrañar, que al compartirla en Twitter fuera tan retuiteada. “El conservatorio de los escritores son las bibliotecas públicas” con declaraciones de este calibre es normal que Cañadas nos tenga en el bote. Pero más adelante termina por erigirse en santo patrón bibliotecario al sostener que “la generación literaria que va a salvar la literatura son los nuevos jóvenes lectores”. Y eso dicho por un treintañero.

Y es que por mucho que en la guerra mundial por los contenidos de la que hablaba Frédéric Martel en Cultura mainstream: la segmentación por edades asegura que las industrias culturales sigan dando beneficios: existen puntos en los que tanto jóvenes como maduros pueden conectar a través de sus gustos culturales.

 

Contarlo para no olvidar: el último libro de Maruja Torres con un título muy ad hoc para lo que hablamos en este post.

 

¿Qué podría exterminar este ángel en los jóvenes que hubiesen quedado atrapados en la biblioteca de nuestro relato?: su falta de antecedentes, la falta de curiosidad que tan bien le viene a las multinacionales para poder seguir vendiéndoles, una y otra vez, el mismo producto abocándoles a un alzheimer cultural que les haga consumidores dóciles. ¿Y a los séniors?: aprender de la falta de prejuicios con que consumen cultura las nuevas generaciones que no atienden a pedigrís engolados: tan solo a si les gusta o no.

Como decía Maruja Torres en una entrevista con Buenafuente: a su edad (74) cada día es una novedad porque nunca ha sido tan vieja y ahora lo está experimentando por sí misma. La curiosidad/intriga sin fin, que lo que más te fastidie de morirte no sea la desaparición en sí (que también) sino el no poder enterarte de qué pasa después. Lo de “un capítulo más y me acuesto” convertido en filosofía vital. Nos suscribimos desde ya a ese elixir de eterna juventud.

 

 

CONTINÚA en El ángel exterminador bibliotecario V

Mujeres al volante camino de una biblioteca

 

“Las chicas pueden usar jeans y llevar el pelo corto.
Pueden usar camisetas y botas porque ser chico está bien.
Pero para un chico parecer una chica es degradante.
Porque tú piensas que ser chica es degradante.”
 
Diálogo de la película El jardín de cemento (1993) 

 

El mitridatismo consiste (Wikipedia dixit) en administrarse pequeñas dosis no letales de un veneno para así llegar a ser inmune a sus efectos. El riesgo de hacerse inmune a los venenos es relajarse creyendo que se está a salvo y nada más lejos de la realidad. Ahora más que nunca nos inoculan pensamientos venenosos cada día y corre de cuenta de cada uno el saber mantenerse, sino inmune, sí al menos despierto. En la agitada crónica de actualidad de estos días se celebraba el reconocimiento del derecho a conducir de las mujeres en Arabia Saudí. Querer interpretar de este supuesto avance un reconocimiento a los derechos de las mujeres en el anacrónico país, tal vez, sea precipitarse.

Según detallaban los medios, este avance, se incluye dentro del plan Visión 2030 que los gobernantes del país quieren poner en marcha para transformar y modernizar la nación. Y entre las líneas de actuación que pretenden acometer se incluye “ofrecer una variedad de lugares culturales como bibliotecas, arte y museos”. Suena bien, es más, debería ser motivo de celebración, pero conspiranoicos como somos, no podemos dejar de hacer otra lectura.

 

 

Mujeres del siglo XX (2017) un película sobre tres mujeres en los años 70: una década crucial en el avance del feminismo.

Si de verdad tanto quieren cambiar los saudíes lo que deberían permitir, además de conducir a las mujeres, es que éstas pudieran visitar y usar libremente las bibliotecas. Hace unos años saltaba a los medios occidentales un informe que prohibía a las mujeres el acceso a la Biblioteca Nacional Rey Fahad en Riad. Si querían algo de la biblioteca debían llamar para avisar de que un hombre que ejerciera como tutor legal suyo iría a recoger el material.

En 2017 en la web de la biblioteca aparece, como un servicio más, el Women hall. Pudiera parecer un espacio exclusivo para las mujeres; pero cuando se entra en detalle en los servicios que proporciona dicha sección: todo parece centrarse en servicios en línea. La digitalización ayudando que las mujeres no tengan porque acudir físicamente a la biblioteca. La tecnología al servicio del machismo.

En cualquier caso es curioso que justo cuando se anuncia que, antes de que lo que nos pensamos, los coches eléctricos que se conducen solos serán una realidad: en Arabia Saudí, un país cuyo dominio se basa en el petróleo, las mujeres puedan conducir.  Si el vello al viento de un antebrazo masculino, apoyado en la ventanilla de un coche, ya no servirá como imagen del placer de conducir (¿Te gusta conducir?): ¿qué problema hay en dejar que las mujeres conduzcan si en breve será la tecnología quien las lleve?

 

La incómoda (para las autoridades) película del cineasta de Emiratos Árabes Al Kaabi: Solo los hombres van al entierro (2017) que aborda el lesbianismo de una mujer árabe.

 

La celebrada serie basada en El cuento de la doncella de Margaret Atwood.

En un reciente artículo de la web especializada en tecnología “Xataka” se publicaba un artículo que indagaba en los bajos porcentajes de mujeres graduadas en carreras de tecnología o ingeniería. Si el futuro iba a ser mujer según Marco Ferreri: ¿cómo se casa que la tecnología defina ese futuro y las mujeres no se interesen por esas áreas del conocimiento?

El blog de la Cátedra de Cultura Científica de la Universidad del País Vasco, “Mujeres con ciencia”, es uno de los proyectos más interesantes que se esfuerzan por revertir esa situación mostrando el papel que las mujeres, han tenido y tienen, en la historia de la ciencia. Reescribir la historia desde el punto de vista silenciado de las mujeres. Algo que está muy en boga pero que como en todo relato de  nuevo cuño en esta era de la posverdad: hay que llevar a cabo con sumo cuidado y rigor para que no acabe distorsionado con buena o mala voluntad.

 

Cartel del WikiWomenCamp 2017 que se celebró en México. Un encuentro de mujeres para fomentar que haya más redactoras en la Wikipedia. También coincidiendo con el Día de las escritoras, la Biblioteca Nacional española organizó una redacción conjunta de entradas en la Wikipedia, para añadir a 50 mujeres escritoras que no contaban con entrada en la popular enciclopedia digital.

 

Inés Rau la primera mujer transexual convertida en playmate en las páginas centrales de la revista Playboy.

Prácticamente solapándose con lo de las mujeres conductoras en Arabia Saudí llegaba la noticia de la muerte de Hugh Hefner, el célebre fundador de la revista “Playboy”. En los 60 el sagaz Hefner, antes de ponerse el batín para los restos, supo aprovechar los movimientos de liberación sexual para beneficio propio, y de paso, del resto de varones heterosexuales.

La filósofa Beatriz Preciado (ahora Paul B. Preciado) recogía unas declaraciones de Hefner en su ensayo Pornotopía: arquitectura y sexualidad en “Playboy” durante la Guerra Fría (Anagrama) que dejan claro de qué manera cualquier discurso puede aprovecharse para los intereses propios dándole la vuelta:

«La Playmate del mes era una declaración política. Playboy se proponía hacer realidad un sueño americano […] la intención era transformar a la chica que vivía justo al lado en un símbolo sexual. Y esto significaba que había que cambiar muchas cosas respecto al tema de la sexualidad femenina para comprender que hasta a las chicas bien les gusta el sexo. Era un mensaje muy importante, tan importante como todas las luchas feministas».

 

Una de las Barbies psicópatas de la fotógrafa Mariel Clayton.

 

Si algo se ha dicho siempre de “Playboy” ha sido que sus entrevistas eran muy buenas. Y una vez que los árboles han dejado ver el bosque (tras la decisión editorial de no incluir desnudos): se puede afirmar sin ningún género de dudas que era cierto. En 1969 el visionario de los medios de comunicación, Marshall McLuhan, decía lo siguiente en la revista:

“Si el hombre occidental instruido estuviese realmente interesado en preservar los aspectos más creativos de su civilización […] se lanzaría a este vórtice de tecnología eléctrica y, al entenderlo, dictaría su nuevo entorno.” 

 

La fábula feminista de Isabel Greenberg en su última novela gráfica: Cien noches de Hero.

Y obviamente quien dice hombre dice mujer sin necesidad de que entorpezcamos el lenguaje. Por eso resulta tan esperanzadora la plataforma Mujeres Tech que se define como “una asociación de comunidades del sector tecnológico que busca despertar y potenciar el talento femenino“. Talleres, becas, formación y diversas actividades en el campo tecnológico dirigido a niñas y mujeres. De este modo las mujeres no serán solo consumidores de tecnología en lugar de creadores de tecnología.

Siri, Samantha, el sistema operativo del que se enamoraba Joaquín Phoenix en la película Her (2013) de Spike Jonze o Joi la novia en holograma de Ryan Gosling en Blade runner 2049: son algunas de las representaciones femeninas que perpetúan el rol pasivo de las mujeres en el imaginario tecnológico que está generando el nuevo siglo. La última invención recibe el nombre Shelley, de Mary, Mary Shelley.

Ana de Armas la Joi (¿juguete?) de Blade Runner 2049.

Se trata de una inteligencia artificial desarrollada por el Instituto de Tecnología de Massachussets ideada para escribir relatos de terror en colaboración con los seres humanos. La coautoría máquina/hombre se vehicula a través de Twitter, y Mary, va aprendiendo de la interacción con los humanos para ir desarrollando el relato.

Si la Mary Shelley del siglo XIX fijó uno de los mitos eternos del terror universal, esta Mary Shelley del XXI promete inquietarnos aún más: no tanto por lo que escriba sino por su mera existencia.

 

 

Puede que los androides sigan soñando con ovejas eléctricas en estos tiempos; pero solo con un papel activo de las mujeres en el desarrollo de las nuevas tecnologías se evitará que la Inteligencia Artificial nazca acarreando los mismos estereotipos que sus creadores. Por eso proyectos como Mujeres Tech son tan importantes. Cuando el feminismo en los discursos de algunas voces en las redes se torna decepcionante, populista, simplón y dogmático: siempre hay mentes que prefieren volcarse en construir nuevas realidades en lugar de perderse en debates que huelen a naftalina aunque se maquillen de actualidad.

 

Barbijaputa, una de las internautas más activas en el mundo digital que práctica un feminismo populista y beligerante que cala en muchas jóvenes que no saben ni quien fue Simone de Beauvoir.

 

Salvar al feminismo del populismo y el totalitarismo es una tarea que nos toca a todos: hombres y mujeres. No ha habido movimiento que haya hecho avanzar más el mundo en las últimas décadas que el de la emancipación de la mujer, y por tanto del hombre. Evitar que la asfixia de lo políticamente correcto le practique una ablación al pensamiento libre, progresista y desprejuiciado que el feminismo de igualdad ha preconizado desde hace mucho: es algo que nos atañe a todos si de verdad aspiramos a una sociedad igualitaria en derechos y diversa en géneros. Vive la difference! que dicen los franceses.

Y como la profesión bibliotecaria siempre ha sido mayoritariamente femenina: es de esperar que las bibliotecas sigan jugando un papel importante como antídoto al veneno de esa tergiversación y maniqueísmo con que algunos quieren adelgazarnos los discursos.

 

La colección de cuentos infantiles Antiprincesas que llega desde Argentina.

Greta Garbo en los tiempos de Instagram

 

Greta Lovisa Gustafsson, la divina, la esfinge, la mujer que no reía, con sólo 36 años, en el culmen de su fama, dijo aquello de “quiero estar sola“. Se quitó su disfraz de Greta Garbo, e intentó llevar una vida anónima sólo profanada por los teleobjetivos de algún que otro paparazzi. En el siglo XXI, sería mediáticamente imposible que pudiera existir otra Garbo. Si nuestra Pepa Flores/Marisol también lo consiguió, es porque su retiro fue cuando internet estaba en pañales, y las redes sociales, ni se podían avistar.

David Bowie aprendiendo actitud de la diva Elizabeth Taylor.


Las estrellas en la era del Instagram (pese a los intentos de alguna como Lana del Rey, que tanto empeño pone, o la cantante que ha decidido escamotear su rostro a las cámaras: Sia), no pueden aspirar ni por asomo a ese misterio, a esa aura inalcanzable del que divas como la Garbo, la Dietrich o la Callas hicieron marca de fábrica. Hace años Bowie, visionario en todo, avanzaba una idea, mucho antes de las redes sociales, que hoy cobra toda su vigencia: 


“realmente creo en la idea de que hay un nuevo proceso de desmitificación entre el artista y la audiencia”


Ya apuntábamos en Bibliotecas en el candelabro que la fama se ha abaratado tanto, que en breve, la única distinción posible pasará por el anonimato. Donde antes había misterio, dosificación y distancia: ahora hay cotidianidad, cercanía y una apariencia imposible de normalidad. Gloria Swanson (última cita, prometido) se describió a sí misma y al resto de estrellas que reinaban en los años del Hollywood dorado con esta frase: “nos veían como dioses y nosotros nos comportábamos como tales“. Pero ¿quién necesita a unos dioses domésticos?  

 

Gloria Swanson consciente de su divinidad, y de la vulgaridad del mundo moderno, en El crepúsculo de los dioses (1950)

El rumor como sustento de la fama a través de la historia en este ensayo de Hans-Joachim Neubauer.


En una reciente editorial de la web de música y cultura pop Jenesaispop se extrañaban de que algunos medios, al hablar del atentado durante el concierto en Manchester de la pasada semana, tuvieran que explicar a sus lectores quién es Ariana Grande.

Para una web de música dirigida a un público potencialmente joven: el hecho de que los medios desconozcan a una cantante con millones y millones de seguidores en Instagram: es tan extraño que les lleva a preguntarse si acaso la cultura importa cada vez menos.  Desde esferas culturales alejadas del mundo pop (literatura, músicas alternativas, danza, artes plásticas, en definitiva, todo lo que no sale de Hollywood o de la industria pop) no deja de resultar divertido constatar que, los antaño fenómenos de masas, están viviendo la misma fragmentación de audiencias y público que el resto.

Y es que la sobreexposición de todo, y de todos, no lleva a mayor reconocimiento, simplemente aboca a la saturación. Las redes sociales han troceado la fama y los que son famosos para muchos son ignorados por el resto. Y de este modo nichos de popularidad impermeables entre ellos se suceden descuartizando las audiencias.

Según un reciente estudio, de esos que vienen tan bien para rellenar espacio en los medios (y en este blog): Instagram puede que sea la red social más adictiva. La Real Sociedad de Salud Pública en colaboración con la Universidad de Cambridge avalan esta investigación cuyos resultados alertan de la imagen distorsionada de la realidad que ofrece, y de fomentar el denominado síndrome FOMO: o lo que es lo mismo “el miedo a perderse algo”.

 

Fray Guillermo de Baskerville en la lúgubre biblioteca de El nombre de la rosa (1986)

 

Bien, no vamos a contradecir a tan respetables instituciones, pero aquí tenemos otra teoría. En realidad lo que sucede con Instagram y demás redes sociales es que se pierde el misterio. Y al síndrome que produce la ausencia de un poco de misterio, de intriga, de secreto: aún no se le ha puesto nombre. Y ¿dónde se puede encontrar un poco de misterio, de secreto, de intriga en este mundo transparente y sobreexpuesto?

Ahora cabría esperar un texto con aires panegíricos ensalzando las virtudes de las bibliotecas en estos tiempos desmadrados, de su estatus como instituciones que aún guardan las esencias, la magia y los misterios insondables de la cultura y de mil lindezas más por el estilo: que provocaría escalofríos hasta en los que aún son capaces de soportar powerpoints con frases de autoayuda sin que les salga un sarpullido. Pero va a ser que no.

 

La Biblioteca de Stuttgart (Alemania) tratando de ganar algo de misterio con iluminación azulada.

 

Tras la expectación por Twin Peaks en 2017 no hay otra cosa que el deseo de que el misterio nunca se desvanezca.

Las bibliotecas, como las estrellas de cine o del pop, también perdieron el misterio hace mucho. Si se posee la suficiente capacidad para abstraerse de los tour operators: es posible que algún viajero consiga, con suerte, recrear algo del misterio que poseían esas bibliotecas antiguas, que siempre aparecen como las más bellas, en los listados que los medios publican cuando no saben con qué rellenar el hueco reservado a cultura. Pero en las diáfanas, brillantes, transparentes y futuristas bibliotecas de nueva planta de mediados del siglo pasado en adelante: buscar el misterio es como buscarle un sentido a Twin Peaks.

Tal vez por ello en muchos de estos espacios abiertos, límpidos y de salas con perspectiva: muchos lectores o estudiantes buscan los recovecos, los escondrijos, los espacios muertos entre estanterías, los rincones más alejados de esas panorámicas que tanto gustan a los arquitectos al proyectar los espacios de una biblioteca: y se refugian en ellos. ¿Será en busca de un poco de ese misterio, de ese recogimiento que se respiraba en las bibliotecas antiguas?

Repasando las tendencias en mobiliarios de bibliotecas de última generación, inauguradas recientemente, que recoge el Library Journal: se diría que esa idea se corrobora.

 

Sillones Ziva Lounge en las bibliotecas de Lone Tree de Douglas County

El Privée sofá de la Hewitt Public Library.

Sillas de bola estilo Eero de la Biblioteca Evans del Instituto de Tecnología de Florida. Los espacios de esta biblioteca son tan grandes que los estudiantes incluso preguntan si pueden reservarlas. 

El autobús de la zona infantil de la Biblioteca Metropolitana de Columbus no es que invoque ningún misterio, ni ansia de anonimato; pero da igual, es tan chulo que no íbamos a dejar de ponerlo. 

 

Paradojas de este tiempo: por un lado se busca la transparencia, la exhibición continua; y por otro, se despierta ese anhelo de aislamiento, de intimidad, en definitiva, de misterio. Y a este río revuelto es al que las bibliotecas tienen que acudir a pescar. Por un lado, preservando pequeñas islas de recogimiento en medio de, sus cada vez más, futuristas espacios; y por otro, estableciendo lazos entre esos nichos de popularidad que las redes multiplican, al tiempo que impermeabilizan, aislando a las audiencias. No van a recuperar el misterio, la liturgia, el aura de la que hablaba Walter Benjamin; pero al menos si que tendrán más piezas para moverse en el tablero en el que se está jugando todo hoy día.

 

Hoteles para ricos, bibliotecas para pobres: se buscan disidentes

 

No hay mayor gratificación para el emisor que comprobar que el mensaje ha llegado sin distorsiones. Es el ABC de la Teoría de la comunicación. Una teoría que las redes sociales someten a las condiciones más extremas cada día. Y proveniente de esas redes llegó un Recibí, hace unos días, que merecería ser grabado en la cabecera de este blog.

Rafael Muñoz, autor de la columna digital sobre libros y literatura Tirando a citar, cada semana condensa y mejora el sentido de este blog con los tuits con los que comparte lo que aquí se publica. Educados como somos lo agradecemos con retuiteos y respuestas: pero el otro día Rafael nos hizo un retrato, no sabemos si muy fidedigno o no, al que desde luego nos gustaría parecernos tanto como Dorian Gray al suyo:

 

 

Remover los anclajes es una cuestión de primera necesidad, cuando de lo que estamos hablando, es del papel que las bibliotecas pueden tener en el nuevo panorama digital.

Pero los peligros que acechan son los mismos que acechaban a Dorian Gray: que el narcisismo y la autocomplacencia terminen por convertirlo en un cliché. Es suficiente que se confíe uno en su discurso para terminar de falso predicador cual Robert Mitchum en la excelsa La noche del cazador (1955). De ahí que, como cura en salud, este texto busque la disidencia hasta de sí mismo desde el principio. ¡Viva lo digital! pero sin decir amén a nada.

 

La imprescindible y única, en todos los sentidos, La noche del cazador (1955) de Charles Laughton.

 

El historiador israelí Yuval Noah Harari no acude al maniqueísmo del malvado Mitchum para explicar el mundo: pero lo que dice es tan nítido y comprensible que ha hecho que sus predicciones sean todo un éxito. No vamos a desmenuzar sus ensayos best sellers: Sapiens o el más reciente Homo Deus. Breve historia del mañana (quienes quieran enterarse que hagan uso de su biblioteca/librería más cercana) pero nos quedamos con una de sus reflexiones más sugerentes e inquietantes:

“gracias a la ingeniería genética y los cíborg, combinando el cuerpo humano con piezas biónicas, se ampliarán los límites de la vida. […] La biotecnología va a hacer posible traducir las desigualdades económicas en desigualdades biológicas. Es decir que los ricos van a ser más listos, más creativos e incluso más morales que el resto de la población, van a poder diseñar su cerebro y sus cuerpos para lograr nuevas destrezas.”


El lampedusiano “que todo cambie para que todo siga igual” revalidando su vigencia también en la era digital. Si durante siglos fueron las guerras, la falta de una buena alimentación o de unas condiciones de vida dignas las que ejercían de selección natural/social: tras el paréntesis del siglo XX, va a ser la tecnología la que venga a restituir el orden social, tal y como era, antes de la Ilustración.

 

 

Cabecera del blog de Barbara Fister: bibliotecaria, escritora y amistosa cascarrabias.

Hace unas semanas la bloguera y bibliotecaria Barbara Fister se preguntaba en un artículo de la publicación online sobre educación superior Inside Higher Ed: ¿por qué persisten las bibliotecas públicas gratuitas?

El artículo en cuestión repasa el proceso histórico a través del cual se llegó a la gratuidad de una institución que, hasta finales del XIX, pertenecía a las élites. Fister parte de las muchas similitudes entre aquella época y la actual para preguntarse:  ¿por qué se cuestiona entonces tanto la vigencia de las bibliotecas en la actualidad? ¿Se debe a que la tecnología las ha hecho prescindibles? Evitemos explicaciones simplistas y adoptemos un tono pelín apocalíptico que siempre da más juego.

Las bibliotecas públicas son un escollo, un obstáculo, un invento que rápidamente hay que “anacronizar” para que el pueblo vuelve mansamente al redil. Las bibliotecas públicas son un artefacto que hay que desactivar cuanto antes porque contienen millones de recursos para cuestionar el discurso de la servidumbre voluntaria que se están imponiendo casi sin resistencia.

 


 “La primera razón de la servidumbre voluntaria es la costumbre; es la costumbre la que consigue hacernos tragar sin repugnancia su amargo veneno”  

 

Si tal como profetiza Yuval Noah Harari los ricos se transformarán en cíborgs: tenemos claro en qué tipo de cíborg se transformarán los nuevos ricos provenientes del pelotazo urbanístico de estos últimos años en España.

Esta frase del Discurso de la servidumbre voluntaria fue escrita por Étienne de la Boétie, joven magistrado amigo de Montaigne, en el siglo XVI. Y la editorial Virus no podía haber elegido mejor ilustración para la portada que la del dibujante de cómics Nono K: una memoria extraíble a punto de encajarse en nuestro cerebro.

Llevan un tiempo escribiendo un guión para acostumbrarnos a como van a ser las cosas a partir de ahora, y lo seguimos con una fidelidad que para sí quisieran los directores de cine. Si algo diferenciará, en el futuro, a esta revolución de las que la precedieron: será la mansedumbre (e incluso la alegría) con que se aceptan sus imposiciones/intromisiones de una manera voluntaria, casi como mandatos divinos de ser un superior. Si la primera regla de todo buen guión es lograr la suspensión de la incredulidad en la audiencia: hay que reconocer que este guión es digno de la HBO.

 

Ozymandias el megalómano multimillonario del Watchmen de Alan Moore creando su propio nuevo orden mundial.

 

Basta repasar algunas de las secciones de un periódico (impreso o digital) reciente para indagar en cómo nos van entrenando para el advenimiento de los cíborgs:

 

Política: la clase política tal vez sea de las que peor está adaptándose a los cambios. Mientras los partidos históricos se arrastran como mamuts;  las propuestas de los políticos más jóvenes, más allá de un mejor manejo del marketing para vender su producto: se concentran en revolver en los armarios ideológicos de los abuelos. Mientras, se va allanando el camino a nuevos totalitarismos. De entre los últimos titulares a destacar: la eliminación de la Literatura Universal de los planes de estudio en Bachiller propuesta por el PP; y el Farenheit 451 de Podemos con su propuesta de ley sobre el colectivo LGTBI.

 

Cultura/Espectáculos: la sección de cultura se confunde, cuando no se funde, con la de espectáculos. Puede que los disidentes de los discursos únicos se refugien aún en según qué suplementos culturales: pero la cultura de masas lo invade todo imponiendo su lógica de multicine. La estrella pop Katy Perry (la misma que rodó un vídeo financiado por el Pentágono), en su último lanzamiento, añade críticas al capitalismo y a la industria envueltos en su brillante universo de colorines. Crítica social manufacturada, en un fastuoso producto audiovisual, que cubre el cupo de rebeldía necesario para engrasar el correcto funcionamiento del sistema al que se critica.

 

Katy Perry abriendo los ojos a la realidad en el vídeo de Chained to the rhythm.

 

Televisión: los jóvenes que podrán votar en las próximas elecciones nacieron el año en que se estrenó el padre de todos los realities: Gran Hermano. Puede que en su vida hayan oído hablar de Orwell pero llevan 1984 grabado en su ADN cultural. Cuando tenían un año se estrenó OT (Operación Triunfo) y al alcanzar la mayoría de edad triunfa Tu cara me suena: la imitación, la réplica vendiendo más que los originales. Puede que ahora vivan en las redes sociales y pasen de algo tan antiguo como la televisión generalista: pero el germen de lo clónico ya está instalado en su chip. Andy Warhol que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.

 

Sociedad: la cabecera Sociedad siempre ha sido un eufemismo en los medios respetables para dar cabida al puro y duro cotilleo. La fama ya ha conseguido librarse del peso muerto del logro profesional para valerse por sí misma. Lo aleatorio se convierte en virtud y las sagas más peregrinas de famosos se perpetúan creando una nueva casta que se expande con la eficacia de una cadena de producción.

 

Bolso de Balenciaga (1.700 euros), bolsa del IKEA (50 céntimos).

 

Consumo: la última crisis ha sido una auténtica factoría de millonarios (7.000 nuevos millonarios en 2016 en nuestro país). Unos consumidores que necesitan rápidamente hacer ostentación de su nuevo estatus. Dada la inflación de imitaciones que copan los mercados: ¿dónde buscar la exclusividad si hasta las propias marcas de lujo han terminado aceptando las imitaciones para seguir haciendo negocio? Su nueva condición de cíborgs puede que asegure su superioridad biopolítica, pero no por ello su creatividad: así que lo más plausible es que vuelvan la vista atrás para fijarse en lo que hacían sus antepasados para distinguirse. Y he aquí que descubrirán a las bibliotecas.

 

Fotografía de Lauren Greenfield. Esta fotógrafa se ha especializado en retratar a los nuevos ricos del siglo XXI. En esta foto aparece la ex modelo letona Ilona en la biblioteca de su mansión. Biblioteca que solo contiene copias de un libro autopublicado con sus propias fotografías de moda.

 

Las bibliotecas sobrevivirán, sí, pero dejando que se caiga a pedazos el cartel con la palabra “pública” de sus fachadas. Las bibliotecas tiene que volver a ser ornamentales, no instrumentos de cambio: sino de dominio, de perpetuación de privilegios como lo fueron en la Edad Media o los tiempos previos a la imprenta. Han de refugiarse en las mansiones, en los clubes selectos y en los hoteles de más de cinco estrellas. Tal y como dijo la gran ideóloga Carmen Lomana: si los ricos gastan su dinero, activan la economía. Y no podemos estar más de acuerdo, siempre que su dinero sea realmente suyo.

 

The Library Hotel Koh Samui (Thailandia)

 

El auténtico buen gusto no está en la ostentación, huye del exhibicionismo zafio de los nuevos ricos, que impera a sus anchas en estos tiempos. Por eso, la última tendencia para hoteles de altísima gama que quieren desmarcarse del mal gusto dominante, sólo podía llegar a través de la cultura. Lo único capaz de aportar auténtica distinción.

The Carlisle Bay Luxury Hotel en Antigua, con The Ultra Violet Library que cambia de color por la noche; The Starwood Luxury Collection del hotel The Joule en Dallas, con libros de la exquisita editorial Taschen; la biblioteca del londinense hotel One Aldwych; o The Viceroy Hotel en Santa Monica, con 2.000 libros sobre arte y cultura: junto a muchos otros hoteles, y resorts del Caribe, que han hecho de sus bibliotecas un valor añadido de su oferta. Eso sin entrar en lo que incrementa el precio de un inmueble el hecho de que cuente con una biblioteca, en publicaciones dirigidas a gente adinerada, como Money Week (de lo que ya hablábamos en Corrupteca Nacional: bibliotecas y corrupción).

 

The Renaissance Washington DC Hotel con más de 5.000 libros

 

Visto el panorama puestos a lanzar hipótesis de futuro puede que, pese a todo, sobrevivan algunos servicios bibliotecarios de carácter público. Aunque es posible que actúen más como albergues para indigentes o clubes de la tercera edad que como centros culturales de primera necesidad. Pero como hemos prometido que este texto aspiraba a ser disidente hasta de sí mismo: aún guardamos un último giro de guión.

 

Gran Hotel Abismo, la estupenda novela gráfica de Marcos Prior y David Rubín: en un futuro en el que el neoliberalismo se ha convertido en religión de Estado los disidentes atacan al sistema con sus mismas armas: una violencia convertida en espectáculo de masas.

 

Los pobres huérfanos protagonistas de La noche del cazador huyen del falso predicador, en plena devastación por el crac de 1929, para encontrar refugio en la casa de una anciana bajo los rasgos de Lillian Gish. ¿Quién no va a sentirse a salvo si te protege alguien como Lillian Gish con su rodete de aires bibliotecarios? Por las noches les lee la Biblia en el porche mientras hace guardia para defenderse del perverso predicador. La religión como consuelo, la religión como narración.

Justo lo que sostiene Yuval Noah Harari en Sapiens: que el homo sapiens ganó al, más aventajado físicamente, neardental gracias a la capacidad del primero para crear ficciones. Si alguna ventaja guardan las bibliotecas es la de albergar miles de buenas historias de ese homo sapiens en riesgo de extinción. Así pues relajémonos y dejemos que nos cuenten un cuento con final feliz:

 

“En 2025, una hecatombe digital ha sumergido al mundo en un caos que colapsa la economía, la política, las telecomunicaciones…los ciberataques son tan fuertes que ninguna profesión está a salvo. Pero un pequeño grupo de bibliotecarios sobreviven, comunicándose gracias a un lenguaje basado en la CDU. Todo el saber acumulado por los hombres, se mantiene preservado en las estanterías de las olvidadas bibliotecas, y ahora todo ese trabajo inútil a la luz de la nueva era digital, se convierte en el último garante para la supervivencia de la civilización”

 

Los huérfanos del nuevo orden económico bajo el manto protector de una “cuenta cuentos”.