Perpetuando estereotipos, destrozando bibliotecas

 

Durante los últimos años, cómics y videojuegos, alimentan la maquinaria del Hollywood más comercial, bueno de Hollywood a secas, que antes se nutría principalmente de lo literario y el teatro. Y curiosamente este devenir en la industria del entretenimiento masivo por antonomasia (al menos hasta que la industria de los videojuegos le haya superado en volumen de negocio) tiene mucho que ver con el devenir de las bibliotecas en su proceso de adaptación a los nuevos tiempos.

El filón de los superhéroes en el cine estadounidense, lejos de remitir, se afianza con más y más adaptaciones de los, en otros tiempos, denostados comic books. En la pugna entre el cine de autor que enarbolaron cineastas como Coppola, Scorsese o Cimino en los 70; y el cine de entretenimiento y efectos especiales que representaron compañeros de generación como Georges Lucas, Steven Spielberg o Joe Dante: está claro quien terminó decantando la balanza de la industria a su favor.

 

La serie ‘Superflemish’ del fotógrafo francés Sacha Goldberger recrea a los superhéroes como pinturas del siglo XVII. Baja cultura con el aspecto de alta cultura: un símil perfecto de la asimilación de los cómics en las bibliotecas.

 

Por eso no es de extrañar que los espectadores y creadores que aspiran a disfrutar y crear narraciones audiovisuales con contenidos más adultos se hayan terminado refugiando en la pujante televisión por cable. La edad de oro de la televisión, series mediante, es la revancha del cine de autor de los 70. Y no es que haya nada malo en las películas de superhéroes, todo lo contrario, algunas son auténticas obras maestras (las dos últimas de Christopher Nolan sobre Batman, por ejemplo, o el segundo Batman de Tim Burton): lo malo es que parezca que no hay cabida, en el cine comercial hollywoodense, para otra cosa que no sean los superhéroes.

Las bibliotecas en cambio no renuncian a nada. Lo literario, las series, el cine, el cómic y los videojuegos siguen presentes, y ganando presencia en sus ofertas, y ahora además podrían tener un beneficio colateral con el que no contábamos.

 

 

Barbara Gordon, bibliotecaria de día, Batgirl de noche.

Esa industria del entretenimiento de la que hablábamos explota a conciencia los estereotipos para así poder fijar con más fuerza esa eterna lucha entre el bien y el mal que caracteriza a las, hasta no hace tantos años, esquemáticas tramas de videojuegos y cómics de superhéroes. El cine clásico de Hollywood puede que se sustentara más en lo literario: pero no por eso ha variado en su representación de lo bibliotecario. Una idea que no evoluciona a tenor de la reacción que dos youtubers, con gran tirón en nuestro país, como son Soy una pringada y King Jedet, tienen en este vídeo que confronta esa idea venida de lejos con lo que son las bibliotecas hoy en día:

 

 

A cada profesión le toca su sambenito y algo habrán hecho los bibliotecarios para merecer la imagen que tienen. En las películas de superhéroes y en los videojuegos tampoco faltan las referencias bibliotecarias: y casi siempre son para convertirlas en escenarios de algún atropello. Pero eso, por increíble que parezca, puede que juegue a su favor.

Un ejemplo de hasta qué punto los estudios de cine están estirando el chicle superheróico son las dos series que, en poco más de diez años, se han dedicado a contar la historia de Spiderman. En la segunda entrega de la segunda trilogía (abortada en su tercera entrega): su creador Stan Lee hacía una de sus habituales apariciones. Cual Alfred Hitchcock, el guionista, editor, creador de Spiderman, Los cuatro fantásticos o los X-Men, acostumbra en cada película de alguna de sus criaturas, a efectuar un cameo, y en el caso de este nuevo episodio del enmascarado arácnido aparecía como bibliotecario.

La escena era lógicamente breve pero no se requiere mucho tiempo para ponerse en situación. En plena batalla destructiva entre el Hombre Lagarto y el Hombre Araña, el afable y tranquilo bibliotecario escucha música clásica y se mantiene en su burbuja de paz y tranquilidad.

 

 

La escena de la biblioteca en el videojuego de Gears of war justo antes de saltar por los aires.

Si hay un requisito que todo espectáculo palomitero debe cumplir es la destrucción de bienes e instituciones. Debe existir alguna lectura sociológica o psicológica en la que no vamos a entrar: pero también en los videojuegos las instituciones culturales, tipo museos o bibliotecas, casi siempre son excusas para una buena escena de destrucción. Pero esta tendencia puede que se revierta a partir de ahora.

Este otoño se lanza Unmemory, el videojuego que se anuncia con uno de esos eslóganes que ya nos engancha desde el principio: “un juego que se lee, una novela que se juega.

Es leerlo y pensar en que deberían haber contado con la gran Ana Ordás como asesora. De ese modo nos aseguraríamos de que el crossover (anglicismo obligado hablando de superhéroes) entre videojuego y biblioteca se completaría hasta el último nivel.

 

 

El juego ha sido desarrollado por Daniel Calabuig y su socia gracias a una campaña de crowfunding que se llevó a cabo a través de la plataforma Kickstarter. Según detallan en su web Unmemory se anuncia como una nueva forma narrativa, un escape book (otro punto en común con últimas tendencias en bibliotecas: las escape room de las que ya hablábamos en Escapando de la biblioteca, escapando de los bibliotecarios), como un juego de aventura basado en un texto o como una novela digital.

Partiendo de una trama de novela negra el argumento de este videojuego+novela+escape book pone a prueba al jugador+lector+escapista para que se sienta dentro de la trama y ‘experimente’ el relato. ¿Cuesta mucho pensar en las posibilidades que este tipo de proyectos pueden tener en las bibliotecas?

Una escena típica, en muchos relatos de aventuras, policíacos o de suspense, es la que se desarrolla en una biblioteca. Más allá de las clásicas intrigas tipo Agatha Christie de asesinatos de salón y biblioteca: las pistas para dilucidar y hacer avanzar la trama se encuentran en los libros. El siguiente paso de los creadores de Unmemory debería pasar por integrar a las bibliotecas físicas en el periplo del juego narrativo.

Si tanto se promueve la vida sana, se fomenta el ejercicio para contrarrestar el sedentarismo que acarrean las nuevas tecnologías, y cada vez más se recurre al ‘grillete’ que mide tus constantes vitales, los pasos que das y vibra para que te levantes: ¿por qué no aunarlo todo dentro de esa experiencia inmersiva de la que hablan los desarrolladores de Unmemory? Se nos va la cabeza, cierto, pero las posibilidades que surgirían del tándem entre las bibliotecas físicas y este tipo de juegos: no deberían ser desaprovechadas si de verdad estamos hablando de reinventar las bibliotecas. Una oportunidad única de darle la vuelta a los estereotipos bibliotecarios explotándolos a conciencia.

 

Escena en la biblioteca del juego Bloodborne diseñado por Hidetaka Miyazaki.

 

En una entrevista en ‘El País’, Hidetaka Miyazaki, creador de algunos de los videojuegos más exitosos de los últimos años hacía unas declaraciones en 2015 que merece la pena rescatar:

“No me intereso mucho por lo que hacen los demás diseñadores. No me gusta basarme ni en videojuegos ni en películas. La inspiración para crear mis mundos siempre viene de los libros. De un esfuerzo de imaginación”. 

“Me encantaba leer libros que aún no podía comprender del todo. Las partes que no entendía porque era demasiado joven me obligaban a usar mi imaginación para rellenar esos huecos y crear mi propia versión de lo que había leído. Es lo que sigo haciendo ahora”

 

En la crónica que hicimos de la locura por los videojuegos que se desató en la Biblioteca Regional de Murcia en el GameMaker48h. (Nunca ‘Game over’ en la BRMU) decíamos que uno de los objetivos era desarrollar en vivo y en directo un videojuego, muy sencillo, con referencias bibliotecarias. Pues bien, dicho videojuego ya está disponible para su descarga gratuita desde la plataforma Google Play. ‘Palas, guardia del saber’ es un videojuego protagonizado por la lechuza Palas que remite a la cultura clásica por inspirarse en la lechuza, símbolo de la diosa de la sabiduría griega, Palas Atenea, y en la nueva cultura representada en la inteligencia artificial: al ser representada como un robot. Para alcanzar esa sabiduría, Palas, tiene que engullir los logos de los distintos servicios de la biblioteca; y evitar al monstruoso Lepisma que amenaza con devorarle como hace con el papel de los libros.

 

 

Palas está claramente inspirada en la versión que el mago de los efectos especiales artesanales, el gran Ray Harryhausen, hizo de la lechuza de Palas Atenea en la primera versión de Furia de titanes (1981): y curiosamente este cruce entre lo artesanal de Harryhausen y lo digital de los videojuegos tiene que ver con el papel de las bibliotecas en este momento.

Todas las maravillas digitales que existen y existirán no serán nada si no consiguen sacudirnos de alguna forma, si no nos conmueven, nos hacen pensar, nos hacen evolucionar de algún modo. La infantilización de la cultura se mitiga dotando de contenido al artificio. Por eso las bibliotecas son las indicadas para aportar ese contenido, esa artesanía cultural necesaria para que las luminarias digitales no se queden en simple pirotecnia que se extingue sin dejar rastro una vez se apaga el dispositivo.

 

Homo sapiens, Homo Deus, Homo byblos

 

El otoño literario de este 2018 está coronado, en cuanto a libros de no ficción, por el último ensayo del historiador estrella del momento Yuval Noah Harari. Sus 21 lecciones para el siglo XXI llevan semanas posicionadas en el número uno de ventas y nosotros nos alegramos. Voces interesantes, en cada momento y lugar, que arrojen una mirada lúcida sobre la actualidad puede haber muchas: pero que lleguen masivamente al gran público no tantas.

 

Obviamente que Obama o Bill Gates recomendasen Sapiens: de animales a dioses, el ensayo que lo catapultó, ha ayudado mucho a que así sea. Pero lo más valioso, se esté o no de acuerdo con todas las predicciones de Harari, es su apuesta por unos valores ilustrados adaptados al movedizo tiempo que estamos viviendo.

¿Tomará alguna idea Ridley Scott a la hora de adaptar el ensayo de Harari de la película de 1981 ‘En busca del fuego’ de Jean-Jacques Annaud: en la que sapiens y neandertales se enfrentaban por el fuego?

Si en Sapiens (deseando ver estamos qué adaptación al cine hace Ridley Scott) Harari cifraba el éxito del menos dotado evolutivamente Homo sapiens para prosperar, y hacerse dueño y señor del planeta, en su capacidad para construir un relato: y después en Homo Deus nos advertía del siguiente estado evolutivo que desechará al sapiens para, inteligencia artificial mediante, alumbrar al Homo Deus. Aquí, osados, nos adelantamos y sin intención alguna de enmendarle la plana a Harari aventuramos que también cabe la posibilidad del Homo byblos.

Si Darwin cifró en la adaptación al medio la evolución de los seres vivos en El origen de las especies; Richard Dawkins lo hizo en el egoísmo de nuestros genes en El gen egoísta; y Steve Pinker denunció las manipulaciones ideológicas sobre la naturaleza defendiendo el peso de la herencia al nacer en La tabla rasa: nuestra teoría en torno al Homo byblos no suena tan marciana (aunque eso sí: mucho más pobremente argumentada).

 

Darwin nunca podría haber predicho que su teoría de la evolución ‘inspiraría’ cosas como Hace un millón de años (1966) pero qué duda cabe que Raquel Welch como cavernícola era toda una evolución.

 

El Homo Deus al que nos abocan las predicciones de Harari se sustenta en la cultura, en el conocimiento acumulado por el Homo sapiens, que una vez evolucionado y alcanzada la divinidad, gracias a la cultura y el conocimiento, posibilita el advenimiento del siguiente paso evolutivo. No es la naturaleza, como en Darwin, la que marca el ritmo, ni siquiera la cultura: sino la tecnología. Y si los vituperados sapiens que somos no queremos perder el poder tan pronto (aunque visto lo visto sería hasta deseable): más nos vale ponérselo un poco más difícil al prepotente heredero que nos pisa los talones dándole cancha al Homo byblos.

De la palabra byblos deriva biblion origen de Biblia y biblioteca. Ahora que las religiones languidecen irremediablemente como vertebradoras del orden social (solo hay que ver sus estertores en la rabia yihadista que quiere morir matando): el último refugio sigue siendo la cultura. Claro que para eso el nuevo culto a la tecnología está haciendo muy bien los deberes para conseguir que los Homo sapiens vendamos barato y fácil nuestro futuro. Antes la posteridad se alcanzaba a través de logros culturales, pero ahora que la inmortalidad está a la vuelta de la esquina gracias a la biotecnología: ¿para qué va necesitar el Homo Deus lo que entendemos todavía por cultura?

The fuzzy (el equivalente en inglés a ser ‘de letras’) and the techie (el equivalente a ser ‘de ciencias’): porqué las humanidades gobernarán el mundo digital. El ensayo del pope Silicon Valley que habla de la necesidad de las humanidades en el mundo digital.

Si en 2017 la revista especializada holandesa ‘Intelligence’ publicaba un estudio que demostraba que nuestros antepasados de la era victoriana eran más inteligentes que nosotros; en 2018 un nuevo estudio publicado en Noruega en ‘Proceedings of the National Academy of Sciences’ vuelve a incidir en que el coeficiente intelectual humano ha caído 7 puntos en las últimas décadas.

Todo viene a refrendar la necesidad de ese Homo byblos pero, si así y todo, necesitamos todavía convencernos: la actualidad siempre viene a nuestro auxilio. Es el caso del experto e inversor en grandes compañías de Silicon Valley (el jardín del Edén tecnológico) Scott Hartley, autor del libro The fuzzy and the techie, que en una reciente entrevista en ‘Retina‘ defiende a las humanidades como tabla de salvación para no perder la partida frente a la apisonadora de la inteligencia artificial.

De forma intuitiva, como lo hacemos aquí todo, ya defendíamos hace dos años, en Léeme soy community manager, que había que promover “acciones formativas que sirvan para dar contenido cultural a tanta tecnología“. En ese mismo post recogíamos lo que el Foro Económico Mundial de Davos decía que iba a ser lo más importante en el mundo hipertecnologizado en el que estamos: el pensamiento crítico y la creatividad. Así que las palabras de Hartley solo vienen a refrendar la trascendencia de las humanidades en la actualidad.

 


Según un artículo en ‘Xataka’ la ventas de libros en papel lejos de desaparecer se mantienen. En este anuncio francés de hace 5 años ya decían claro: el papel nunca morirá.

 

Si a esto sumamos que, como nos desvelan en ‘Xataka’, que los libros en papel, lejos de perder la batalla contra los digitales, se mantienen e incluso prosperan: solo nos cabe decir que dos + dos = cuatro y que el Homo byblos que proponemos como alternativa no suena nada descabellado.

¿Estamos defendiendo una regresión? ¿vamos de luditas? Para nada. Lo que abogamos con ese Homo byblos es una aceptación de la tecnología desde un prisma humanista, desde una memoria de dónde venimos: y de donde venimos es de la cultura impresa, de la cultura escrita. Lo de que una sola imagen vale más que mil palabras es mentira: para interpretar una sola imagen correctamente antes han tenido que escribirse mucho más que mil palabras para poder nombrar y aprehender lo que en ella vemos.

 

El monolito de ‘2001 odisea en el espacio’ (1968) puede que fuera un smartphone. Fotomontaje de la revista ‘Hobby consolas’.

 

Harari en una entrevista, a raíz de su último ensayo, revelaba que los poderosos no tienen smartphones. En una sociedad en la que despreciamos nuestra privacidad en pos de visibilidad en las redes: los que de verdad mueven los hilos siguen marcando la diferencia y se protegen contra esos ladrones de tiempo que quieren captar y retener nuestra atención para que sintamos todo el tiempo y pensemos poco. Ellos serán los elegidos, los Homo Deus que agudicen esas desigualdades que ya no se sustentarán en la riqueza sino en el código genético.

Por eso si no queremos ser como los simios del principio de 2001, odisea del espacio (1968) ante el monolito reconvertido en smartphone; si no queremos que la soberanía del futuro pase de la ciudadanía ignorante a los algoritmos inteligentes como aventura Harariprogresemos sin desperdiciar lo que nos ha llevado hasta aquí. En la carrera por la evolución entre el Homo sapiens y el Homo Deus el combustible es la cultura, esa cultura que custodian las bibliotecas. La IA está dando clases de apoyo intensivas para superarnos: no cedamos tan fácilmente el testigo.

 

Una de las coreografías con robots de la española Blanca Li.

 

En la entrevista con Hartley se menciona a la bailarina Catie Cuan: que actualmente trabaja en el Laboratorio de Robótica, Automatización y Danza de la Universidad de Illinois. La bailarina está enseñando movimientos más gráciles y elegantes a los robots para (textualmente) “facilitar la interacción con los humanos y generar confianza”. Nunca mejor dicho: para que nos confiemos.

Hace unos años la bailarina y coreógrafa española afincada en París, Blanca Li, indagó en la misma línea con sus coreografías compartidas con robots. Pero como confiamos en que, sea el que sea, el Homo que prevalezca: lo #bibliobizarro no se pierda nunca. Por eso, antes que con Catie Cuan o Blanca Li, preferimos cerrar con Dee D. Jackson y su hit de 1978 ‘Automatic lover’. Dudamos mucho que ninguna inteligencia artificial, por avanzada que esté, alcance a descifrar el significado de tamaño delirio cibernético-disco. El cortocircuito está asegurado.

 

 

Influencers anónimos de biblioteca

“Dos peces jóvenes nadando se encuentran con un pez más viejo que viene en sentido contrario y les saluda con la cabeza y dice “Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?” Y los dos peces jóvenes nadan un poco más y entonces uno de ellos se vuelve hacia el otro y dice “¿Qué diablos es el agua?”.

David Foster Wallace

 

Libro de entrevistas con 21 ‘influencers’ de diversos ámbitos para descifrar las claves de su poder de convocatoria digital.

Este curso, la Universidad Autónoma de Madrid, ha sido noticia por incluir en su oferta formativa un máster para aprender a ser influencer. Y otro tanto hace la Cámara de Comercio de Sevilla con otro máster sobre social media influencer. ¿Estudiar para ser Kim Kardashian, Paula Echevarría o El Rubius? Si según la biotecnología somos puros algoritmos: ¿por qué no se va a poder localizar el algoritmo del carisma, la personalidad o ese noséqué que hace que las masas te sigan en las redes?

Igual no hemos sido muy precisos con eso de carisma, personalidad o talento. Viendo por encima los escaparates digitales de algunos de los influencers que dominan el cotarro es difícil descifrar los códigos que hacen que resulten tan sumamente fascinantes para legiones de seguidores. Será por desfase generacional, será que los humanos (como sostenía un reciente estudio) nos estamos volviendo más estúpidos, o será que nos movemos en un mundo tan nuevo que los baremos del pasado no sirven para compararlo: pero lo cierto es que los fenómenos de masas que nos venden producen no poca perplejidad una vez se detiene uno a observarlos aún con la mejor de las intenciones.

 

Clark Gable provocando la ruina de los fabricantes de camisetas interiores para hombres con solo quitarse la camisa.

 

Marlon Brando remediando en ‘Un tranvía llamado deseo’ (1951) el desaguisado provocado por Gable en los años 30. 

Pero influencers, sin que nadie los llamase así, han existido siempre. En la década de los años 30 el rey de Hollywood en aquellos años, Clark Gable, al desvestirse en una escena del clásico Sucedió una noche (1934), dejó ver que no usaba camiseta interior. Como consecuencia los fabricantes de camisetas interiores masculinas tuvieron pérdidas millonarias. Ahora, los que hacen que se vendan o no determinadas marcas, saltan a la fama sin necesidad de salir de su cuarto: blandiendo un móvil y recurriendo a las redes sociales.

Las estrellas del Hollywood clásico tenían toda una industria detrás que les promocionaba, protegía, mimaba, explotaba y desechaba. Pero ahora la intemperie digital exige más estrellas fugaces que nunca. Puede que los ritmos sean distintos pero los procesos son los mismos. Pero la fábrica de sueños de Internet tiene una baza que le hace superar a las todopoderosas majors de antaño: el Alzheimer cultural que aqueja a las nuevas generaciones de consumidores de sueños.

 

Viñeta del delicioso ensayo en dibujos que ha publicado Neil Gaiman y Chris Riddell titulado: Por qué necesitamos bibliotecas. El texto de esta ilustración viene al pelo para este post: “Estás descubriendo algo mientras lees que será de vital importancia para abrirte camino. Y eso es que: el mundo no tiene porqué ser así. Las cosas pueden ser diferentes.”

 

Aunque en sentido estricto no resulte muy ajustado lo de Alzheimer cultural. Para olvidar algo antes hay que conocerlo. Los millennials no se distinguen de generaciones previas y piensan que con ellos empezó el mundo. No les faltan razones. Es la primera generación protagonista de un tiempo inédito en la historia de la humanidad. Pero culturalmente a pocas generaciones se les han escamoteado los referentes culturales que les precedieron como a ellos. Algo paradójico si se piensa que vivimos en un tiempo en el que tenemos acceso a una cantidad de información impensable en generaciones anteriores. 

A cuenta de esa ignorancia, en las mismas redes que aúpan a esos influencers que siguen los millennials, proliferan los tuits cachondeándose de ellos. La cuenta de Millennials Descubren, en Twitter, acumula 47200 seguidores a costa de reírse de los comentarios que, supuestamente, hacen los millennials en la citada red. De los más recientes un tuit sobre un millennial que creía descubrir la pólvora y en realidad (salvo por lo del alojamiento) estaba describiendo una biblioteca:

 

 

La vulnerabilidad más extrema es el precio a pagar por ese exhibicionismo continuo que necesitan las redes como combustible. De ahí probablemente venga la explicación de la deserción que muchos millennials hacen de Twitter hacia Instagram que certifica el Estudio Anual de Redes Sociales IAB. La mala baba que destila Twitter ahuyenta a muchos jóvenes que prefieren refugiarse en el mundo limpio, bonito, todo postureo y vacuidad que proporciona Instagram. Un Disneyland perpetuo en el que estar a salvo de la realidad más grosera. Lo malo es que por mucho que se sientan protegidos una vez apagan el móvil (mejor dicho: una vez se queden sin batería o cobertura): esa realidad tan fea sigue ahí.

 

Portada dibujada por Ceesepe para el disco de Kiko Veneno: ‘Seré mecánico por ti’. Un título de lo más apropiado a los tiempos que corren.

 

El recién, y prematuramente, fallecido Ceesepe (figura de un movimiento, la Movida, que también parecía reinventar el mundo de la cultura): en una entrevista en ‘Vanity Fair’ declaraba a cuenta del desapego por la cultura en nuestro país: “la gente se conforma con muy poco. Con fútbol y prensa del corazón.” No parece que las redes sociales vayan a contrarrestar esta inercia intergeneracional.

Puede que no sea el fútbol o la prensa del corazón en formato tradicional: pero los mecanismos de dispersión mental lejos de desvanecerse se agudizan. Por eso, de ese 53% de millennials que, según el ya célebre estudio del Pew Research Center, usaron una biblioteca pública en los últimos 12 meses: saldrán los verdaderos influencers del futuro. Estamos convencidos. No de los que simplemente las usan como salas de estudio sino de los que las usan como almacenes de ideas con las que configurar un discurso propio.

Estrellas pre-Internet como Bowie o Madonna supieron rastrear en lo underground para nutrirse y proyectarse al estrellato. Lady Gaga vuelve a la actualidad remitiéndose a Barbra Streisand que a su vez remitía a Judy Garland en la nueva versión de ‘Ha nacido una estrella‘ (2018). Un infinito juego de espejos, de clonación cultural para las masas, de serigrafías warholianas que van borrando los orígenes para poder inventar el mundo con cada nueva generación.

 

 

‘Pose’ (2018) la serie de HBO que recrea los tiempos de los ballrooms o de la ball culture: salones de baile en los que los marginados del sistema se reunían para convertir el baile en expresión de su disidencia. En 1990 la avispada Madonna lo rescató del underground para convertirlo en un éxito masivo.

 

Los millennials lo tienen más fácil que generaciones previas para creer ciegamente en que todo empieza con ellos: la precariedad, un nuevo concepto de fama, de consumir contenidos culturales, de posicionarse en el mundo, de construir o fragmentar su identidad. Pero la diferencia, la originalidad ya no está en lo marginal (simples viveros de ideas y creatividad que alimenta y engrasa al sistema para que siga vendiendo) sino dentro de instituciones plenamente integradas en el sistema que algunos se empeñan en hacer desaparecer.

Resquicios, grietas por las que se infiltra la disidencia en matrix: eso son las bibliotecas, y de ellas nacerán los verdaderos influencers del futuro, las voces propias: tal y como ha sido desde siempre. Hace unos días la agencia creativa estadounidenses RedPepper lanzaba a los medios su última creación: un brazo robot capaz de localizar en pocos segundos a Wally. La inteligencia artificial aprendiendo como siempre han aprendido los niños: con un clásico de las secciones infantiles y juveniles de las bibliotecas públicas.

 

Con motivo del Día de los inocentes Google Maps lanzó una app que permitía buscar a Wally en todo el mundo.

 

Sabiamente el Hal 9000 está aprendiendo a marchas forzadas de las bibliotecas mientras que algunos se empeñan en que los humanos las abandonen. Las estanterías de las bibliotecas están repletas de influencers anónimos para muchos millennials y de ellos surgirán los que configurarán la cultura del futuro: la única duda que queda por resolver es si serán humanos o boots y algoritmos. Mientras llega el futuro, como rezaba el título del libro de nuestro bibliotecario (humano hasta donde sabemos) de cabecera Fernando Juarez: las bibliotecas seguirán practicando su discreta y secreta influencia subversiva desde sus estanterías.

 

 

 

Nunca ‘Game over’ en la BRMU: crónica de la locura por los videojuegos en una biblioteca

 

Este post rompe lo que ha sido la tónica habitual en este blog desde que, hace dos años y medio, me hiciera cargo de él. Para empezar se apea del plural (mayestático o de modestia: que cada uno lo juzgue) usado hasta ahora para recurrir a la primera persona. Algo que me resulta algo incómodo, no por falsa modestia (algo que no soporto), sino por la costumbre a usarlo durante los años que llevo gestionando las redes sociales de la Biblioteca Regional de Murcia (BRMU). Me ha permitido siempre una cierta distancia saludable escudándome, primero, tras la institución, y ahora en este blog, tras la empresa Infobibliotecas. Pero aquí no procede.

 

 

Interesante estudio colectivo sobre historia y videojuegos. El videojuego como objeto de estudio académico a semejanza de, como en los 60, figuras como Umberto Eco se acercaron al cómic para analizarlo.

Contar lo que hemos montado en la BRMU del 9 al 12 de mayo en torno a los videojuegos requiere primera persona para transmitir mejor lo que ha supuesto empecinarse en que los videojuegos entrasen definitivamente en la BRMU.

Partimos Parto de que en ningún momento se cuestionó lo idóneo o no de que los videojuegos estuvieran en la biblioteca: simplemente tenían que estar. Dejamos aparte los debates sobre lo violento de los videojuegos, sobre si son arte o no, sobre si son cultura o no. Opiniones hay para todos los gustos. Pero después de 15 años al frente de la Comicteca de la BRMU sé lo que es empeñarse en que una manifestación cultural denostada por muchos (bibliotecarios incluidos), y durante mucho tiempo, empiece a evolucionar y a ser admitida/consentida por “el canon cultural respetable”.

Como sabiamente decía Antonio Resines en una película de los 90: “la televisión atonta a los que ya son tontos, y vuelve más inteligentes a los que ya son inteligentes“. Una máxima aplicable a la televisión tanto como a las redes sociales, los cómics (en los 50 los quemaban en EE.UU. por inducir al delito), el cine (una vulgar atracción de feria para los intelectuales decimonónicos), o en este caso, los videojuegos.

 

Quemas públicas de cómics en la década de los 50 en EE.UU. a raíz de las teorías del psiquiatra Fredric Wertham que sostenía la tesis de que los cómics impulsaban a la juventud a la delincuencia.

 

Salva Espín dibujante de la Marvel.

Si la Comicteca de la BRMU siempre la he vendido como una “línea de agitación cultural” que abriese a la biblioteca a todos los colectivos posibles: los videojuegos eran el siguiente ámbito a explorar. Y gracias a la coordinación con el dibujante murciano, Salva Espín, que trabaja para la Marvel (actualmente es uno de los dibujantes del superhéroe tan de moda: Deadpool): se empezó a gestar lo que iba a ser el empujón definitivo a los videojuegos en la BRMU.

Cuando la industria del videojuego factura más que la industria audiovisual, instituciones como el MoMA lo ha incluido en sus colecciones, el Museo del Prado organizó recientemente un taller  para la creación de un videojuego; y además tiene unas perspectivas de empleo muy prometedoras: la duda no era si debían, o no, estar: sino de qué manera iban a estarlo. Y de ahí surgió uno de los eventos más ambiciosos en el que se ha implicado la BRMU: el GameMaker 48h. + Expo Arcade rograma completo aquí].

 

 

El evento arrancó el día 9 de mayo con la inauguración de Expo Arcade (“Videojuegos históricos Arcace 80-90”): 10 máquinas recreativas con videojuegos clásicos de los 80 y 90 para jugar gratuitamente ubicadas en la sala de exposiciones del centro. Una sala de exposiciones convenientemente maqueada para recordar a uno de esos salones recreativos de los 80. Pósteres, imágenes y afiches que, a cualquiera que supere los 40, le remitían directamente a uno de esos recreativos o a un videoclub ochentero por la estética. En las vitrinas cintas de VHS, gadgets retrofuturistas, hardware de las máquinas, revistas, libros y cómics relacionados.

Ya de por sí disponer gratuitamente de un salón recreativo con diez máquinas de los años 80 en perfecto funcionamiento era un reclamo. Si la nostalgia vende, no íbamos a dejar de aprovecharnos. Pero la cosa se fue ampliando. La industria del videojuego en Murcia se está desarrollando y conseguir que la BRMU se convirtiera en su punto de referencia para relacionarse, promoverse y publicitarse ha sido un trabajo que está dando sus frutos.

 

Madres absortas en un mano a mano con los videojuegos de un infancia.

 

Cartel de uno de los torneos. Empresas murcianas aprovecharon para testar sus videojuegos en el GameMaker48h. instalando Playstation de manera totalmente gratuita.

Al evento se fueron sumando empresas, instituciones docentes, o comercios relacionados con el mundillo que, de repente, descubrieron que la biblioteca era un espacio idóneo para mostrar sus productos o promocionar sus programas educativos.

La BRMU busca su colaboración para venderse como centro cultural; y esos sectores, creadores o empresas, la descubren como la mejor valla publicitaria de sus productos, servicios y productos.

¿Algún problema porque el sector privado entre dentro de una institución pública? Ninguno. La única limitación es que aporten algo a cambio de usarla de escaparate (no como punto de venta) y que sus intereses y los de la biblioteca converjan. Y cuando se ha hecho coincidir, en el pasado, los intereses de centros de belleza y estética con el fomento de la cultura: ya casi cualquier sector puede convertirse en objetivo.

 

Pero dejo para otro momento batallitas del pasado y me centro en lo que estaba. En los eventos sobre videojuegos lo habitual es que el público sea mayoritariamente joven e infantil. Pero en la biblioteca estas empresas e instituciones llegaban a públicos de todas las edades. Los adultos atraídos por la nostalgia Arcade de los videojuegos de su juventud; los jóvenes y niños atraídos por los equipos instalados en la sala circular adyacente a la Expo Arcade.

Desde equipos para hacer torneos con eSports dispuestos por el Game Center de la UCAM (Universidad Católica de Murcia) que lleva apostando fuertemente por incluir el diseño y programación de videojuegos en su oferta educativa; hasta consolas Playstation para demostraciones de videojuegos desarrollados por empresas locales que así podían testarlo con público real; pasando por una empresa de sillones ergonómicos para gamers que proveyó el espacio con sus asientos representando así el presente y futuro del panorama de los videojuegos en un mismo espacio.

 

Detalle del espacio en el que se concentraban los videojuegos más actuales.

 

Pero lo realmente interesante más allá del lado lúdico del evento (que ya de por sí sería más que suficiente): fue la organización paralela de un Game Maker 48 h. O lo que es lo mismo: desarrollar en vivo y en directo, en el salón de actos anexo a la sala de exposiciones, un videojuego de inspiración bibliotecaria: “Palas, guardia del saber”.

 

Palas, guardia del saber en pleno proceso de creación por Juan Castaño.

 

El videojuego no podía ser muy complejo para poder desarrollarlo, en directo, en solo dos días. Pero era suficiente para mostrar a todo el que estuviera interesado el proceso de diseño, programación, animación, sonorización y acabado de un videojuego. Mientras en una pantalla al fondo del escenario se asistía a su desarrollo, cada hora, se impartía una conferencia sobre diversas temáticas: desde introducción a la programación, pasando por charlas sobre cómo ganarse la vida con los videojuegos, composición musical para videojuegos, introducción a la animación digital o una conferencia a cargo de ‘Hobby Consolas’ (la revista referente del sector) sobre la evolución de los videojuegos.

Este programa atrajo tanto a estudiantes de institutos como a jóvenes universitarios que querían conocer de primera mano las opciones que ofrece este mundo como salida laboral; además de profesionales del sector como a público en general. El GameMaker48 h. era el complemento cultural y formativo ideal a la diversión contigua que ofrecía el salón de videojuegos.

 

En pleno desarrollo, en vivo y directo, del malvado Lepisma enemigo de Palas, guardia del saber: ambos diseños de Juan Castaño.

 

La encantadora lechuza creada por el genio de los efectos especiales, Ray Harryhausen, para la primera versión de Furia de titanes (1981).

El videojuego resultante se podrá descargar en breve desde la cuenta de Google Play de la BRMU de forma gratuita. En su diseño y temática teníamos claro que el mundo bibliotecario tenía que estar presente.

El artista Juan Castaño fue el encargado de diseñar, con su estilo tan personal, al personaje protagonista del juego: Palas, guardia del saber, y a su enemigo: el Lepisma.

Palas, la lechuza robot se eligió por representar la sabiduría clásica que siempre se ha identificado con las bibliotecas por inspirarse en la lechuza que acompañaba a la diosa griega de la sabiduría: Palas Atenea. Y su condición de robot remite a la sabiduría más del presente y el futuro: la Inteligencia Artificial.

El mecanismo del juego es sencillo: Palas debe ir sorteando los obstáculos que le presenta el malvado de la función: un lepisma monstruoso. Desplazándose entre mesas, estanterías y documentos de la biblioteca: Palas caza monedas con los logotipos de varios de los servicios que ofrece la BRMU, para así, ganar los puntos suficientes (la sabiduría) que le llevará a ganar el juego.

 

Algunos de los logos de servicios de la BRMU que se convierten en las monedas que Palas debe atrapar en el videojuego para “alcanzar la sabiduría”.

 

Tras la intensa semana en que se desarrolló el GameMaker48h+Expo Arcade en la BRMU no sé si alcanzaremos la sabiduría como Palas pero sí que hemos podido comprobar que merecía la pena el esfuerzo. Cerca de 4.000 visitantes acudieron durante los cuatro días centrales del evento a la biblioteca. Estudiantes, profesionales, familias enteras, empresas, colegios, profesores, y lo más destacable, público que raramente ven a la biblioteca como una opción de ocio y formación más allá de sus obligaciones académicas.

Esto último es una de las consecuencias más gratificantes de montar eventos que intentan salirse de lo habitual: constatar que público no habitual acude a la biblioteca una vez han pasado. Que la redescubre (o descubre en algunos casos) tras acudir a una actividad que entra dentro de sus intereses.

 

 

Algún ejemplo cercano ha sido la mesa redonda: “Cómics más allá del género” que, días después, convirtió en usuarias habituales de la biblioteca a mujeres transexuales que se interesaban por las obras que la artista transexual Roberta Marrero citó en dicha charla.

También ha pasado con el concierto de rap que los artistas Piezas&Jayder dieron dentro del evento: “Comicteca en rap”: que evidenció las estrechas conexiones entre literatura y hip hop.

Y confío en que siga pasando con los aficionados/profesionales de los videojuegos, que de hecho, ya han manifestado su interés en futuras colaboraciones. Una primera anécdota que lo reafirma ha sido la llamada de dos personas interesadas en que les diéramos los contactos de las empresas que han participado en el evento para presentar su currículum.

 

Unas semanas antes del GameMaker48h. la asociación internacional Girls make games (cuyo objetivo es promover el interés de las niñas por dedicarse al sector de los videojuegos donde la presencia femenina es muy minoritaria): impartió un taller para niñas.

 

Hasta aquí el relato de un caso de éxito. Al hilo de contarlo en este post me ha venido a la  memoria el interesante artículo que Evelio Martínez publicó en su blog Sobre bibliotecas y los casos de éxito, hace unos meses, y el certero comentario que Rafael Ibáñez Fernández hacía sobre la imposibilidad de extrapolar determinados casos de éxito a ámbitos diferentes. Y como no quiero incurrir en eso que criticaba yo mismo hace poco en Biblioteca con subtítulos sobre leer blogs de temática bibliotecaria y que se parezca a leerse el ‘¡Hola!’ (bibliotecas ideales en una realidad muy alejada de la mayoría de bibliotecas): reconozco que no todas las bibliotecas pueden abordar un evento como el GameMaker48 h.+Expo Arcade.

Bien sea por cuestiones presupuestarias, de personal (aunque en nuestro caso, implicados a tiempo completo, solo hemos sido dos bibliotecarios), de espacios, equipamientos y recursos. Pero también es cierto que las bibliotecas, en general, “caen bien” (los bibliotecarios ya depende de cada uno). Por eso buscar alianzas en nuestro entorno más cercano casi siempre es factible.

 

 

Siempre hay talentos locales a los que intentar atraer. El valor más importante es el de ser escaparate, el de atender a un público heterogéneo y diverso, el de esa cierta “respetabilidad” (de la que tantas otras veces he abjurado en este blog) que persiste en el inconsciente colectivo. Valores que siempre es posible explotar de algún modo para dinamizar nuestros centros.

En definitiva la pregunta tópica que tanto repiten los entrevistadores: ¿qué es el éxito? Y la respuesta, que por repetida, no dejar ser cierta: dedicarse a algo que te motive en la medida de tus posibilidades.

 

 

Tonto el que lo lea (postDíadelLibro)

 

Titular con una frase infantil un post relaja mucho. Nadie puede albergar grandes expectativas visto el arranque. Pero es que después de lo intenso que se pone el discurso cuando de celebrar el Día del Libro se trata: se agradece recurrir a la tontería

Este es el post postDíadelLibro2018 y como todos los años estamos de resaca. Resacosos de citas de escritores famosos, de recomendaciones de libros, de imágenes idealizadas de lectores y libros, de frases entrecomilladas sobre las bondades de la lectura, de mil y una noticias y especiales en todos los medios celebrando al libro y a la lectura. Y ¿hoy qué?, ¿se habrá incrementado el número de lectores por ello?, ¿se cerrarán menos librerías? , ¿se apuntará más gente a las bibliotecas?

 

 

Que no, que no, que no estamos en la última fase de la borrachera, y después del subidón, subidón, nos hemos instalado en el muermo. Que no estamos patéticamente llorosos, proclamando que queremos mucho a la cultura, que la lectura es maravillosa, que los libros son maravillosos, que el muuuuuundooooo es maravilloso. Que no, que no vamos de descreídos, todo lo contrario. El que exista un Día Internacional del Libro está muy bien.

Como mínimo las librerías habrán aumentado sus ventas y las bibliotecas han podido programar actividades para deleite de sus usuarios. Pero es que para promocionar la lectura no queremos un día, queremos todos los días del año. A veces esto de los Días Internacionales de…. es como los propósitos de año nuevo: lavan la conciencia a base de buenos propósitos y después se olvidan con la misma facilidad que se formularon.

 

 

En las bibliotecas el Día del Libro son 365 (porque ahora ya ni los festivos se salvan teniendo plataformas de lectura digital o contenidos audiovisuales a la carta), y no estaría mal que si de verdad se quiere fomentar la lectura, se apostase por las mayores redes de circulación y fomento de la lectura que son las bibliotecas. Pero en pleno día de resaca, no es cuestión de ponernos intensos, por eso hemos recurrido a algo liviano para engalanar el post: a algunas de las viñetas del delicioso cómic Los libros en The New Yorker.

Tal y como demuestran las jocosas viñetas que durante años ha ido publicando el prestigioso medio neoyorquino: el libro, en sus diversas formas, ha sido la piedra angular sobre la que ha girado la cultura desde que se inventó la escritura.

 

 

Los libros han sido la fuente predominante, y única hasta no hace tanto, para indagar en el ser humano. Pero eso siempre ha requerido de tiempo, perseverancia y entrenamiento. Ahora los únicos entrenamientos aceptados voluntariamente son los que imponen los monitores de gimnasio. Si los tiempos no se avienen al esfuerzo necesario para asimilar las páginas de un libro, en lugar de leer libros habrá que leer las mentes, directamente, sin intermediarios, ni filtros. Algo que la noticia postDíadelLibro de que España es el tercer país de la UE que menos gasta en la lectura: solo viene a refrendar. Tanto reality y programa del corazón tenían que dar sus frutos tarde o temprano: leer las mentes ya que no los libros.

El sueño de todo publicista, empresario, político y de cualquiera (padres, hijos, pareja) que aspire a manipularnos para bien o para mal.

 

 

El primer paso ya lo está dando la tecnología. Hace unos días saltaba la noticia de que el más puntero de los institutos tecnológicos del mundo, el de Massachusetts (MIT) ha creado un casco capaz de leer los pensamientos con el nombre de Alter ego. El casco, compuesto de electrodos, detecta las señales neuromusculares que intervienen en la comunicación hablada. De este modo el casco es capaz de interpretar la voz interior: un hábito que, según el artículo de ‘Tendencias 21′ que es donde hemos conocido el invento, es muy común entre los lectores. El soliloquio que constituye nuestra banda sonora interior (efectos sonoros de las tripas aparte) ahora con subtítulos incorporados.

Es una forma pedestre de contarlo porque en realidad lo que hace el casco es transcribirlos en cualquier pantalla o dispositivo con una eficacia del 92%. La noticia tranquiliza por un lado (no puede leer los pensamientos cerrados, es decir los que no están pensados para verbalizarse); e inquieta por otro (la seguridad del dispositivo no está desarrollada por lo que está expuesto al pirateo).

Pensamientos pirateados: un nuevo frente se abre para la legislación que protege los derechos de autor. Aunque antes de legislar habrá que comprobar si los pensamientos pirateados merecen protección. En cualquier caso, cual mantra, ante la posibilidad de intrusismo mental habrá que repetirse continuamente ‘tonto el que lo lea’ como quien  coloca un cartel falso de protección con alarma en la fachada de su domicilio.

 

Los sensores desarrollados por el MIT para detectar la actividad neuromuscular y así transmitir los pensamientos.

 

El relato de Philip K. Dick en que se basó la película de Spielberg.

Quizás porque todo sea cada vez más complejo: el pensamiento se está haciendo tan simple que leer las mentes no va a exigir de tecnologías demasiado sofisticadas. La Inteligencia Artificial en pos de la complejidad humana, y los humanos en pos de la simpleza binaria de lo digital. Era inevitable con tanto SMS, whatssap, emojis y memes. Nos gustaría pensar que más que una involución se trata de un paso intermedio hacia la telepatía. Una forma superior de comunicación, que si se acompaña de empatía, podría ser la solución definitiva para nuestra especie.

En un artículo publicado en ‘Library Journal’ el profesor universitario estadounidense Michael Stephens repasaba cómo se representaban hace dos años (eso en Internet es mucho tiempo pero en el asunto en cuestión la cosa no parece haber variado mucho) los asuntos referidos a libros, bibliotecas y bibliotecarios en el lenguaje de los emojis. Entonces se lamentaba de que no existiera ningún emoji para representar una biblioteca o a un bibliotecario: y dos años después seguimos igual.

 

La historia de Miley Cyrus en emojis.

 

En 2018 Unicode Consortium, que es la organización de publicar nuevos emojis, entre los 157 nuevos monigotes que ha estrenado ha dado cabida a pavos reales, loros, dientes, microbios, rollos de papel higiénico y hasta tiques de la compra. Es cierto que ya existen emojis para libros, lectura, escritura, e incluso algunos emojis de edificios que bien podrían pasar por una biblioteca: pero a ver si para 2019 se crea algún emoji que represente a las bibliotecas/carios inequívocamente. ¿O en realidad no será necesario crear un emoji para representar a la profesión bibliotecaria?

No, no, que no vamos en plan lastimero, todo lo contrario. Revisando los principales emojis que hasta la fecha se han creado para representar las distintas profesiones lo cierto es que prácticamente todos podrían ser bibliotecarios.

 

 

En casi todos emojis laborales hay rasgos bibliotecarios. Tal es el perfil de una profesión que, en los últimos tiempos, va acumulando más capas que una milhojas en cuanto a competencias. Todo le viene bien.

Que si la lupa de los detectives; que si la bata de los médicos; que si el gorro de operario o el mono de mecánico cuando se rompe algo, y aburridos de esperar a que vayan a arreglarlo, agarran la caja de herramientas casera; que si los pinceles en los talleres; y por supuesto, el rayo cruzado en la cara a lo Bowie, porque puestos a ser cool pueden ser los más cool; y no incluimos el gorro de los soldados de la guardia real inglesa porque no queremos enrollarnos, pero es más que probable, que encontrásemos alguna semejanza (si estuviéramos preDíadelLibro habríamos dicho que son como la guardia real de la cultura: pero estamos en pantuflas así que mejor nos ahorramos tales cursilerías).

 

Vida de un bibliotecario en emojis.

 

Pero mirándolo desde otro prisma: que te conviertan en emoji no resulta nada halagador. Casi cualquier historia de un taquillazo de Hollywood o de muchos best sellers (de los de usar y tirar) se podria resumir en emojis. De ahí que tantos espectadores que buscan relatos adultos se hayan volcado en las series. Después de todo que no te jibaricen el pensamiento, que no te transformen en monigote: es de lo mejor que te puede pasar. Manías de ‘letrasados’ que se empeñan en alcanzar la simplicidad sin incurrir en simplezas.

Y mientras se nos pasa la resaca ponemos algo de música. No muy alta. Róisín Murphy tampoco es fácil de estereotipar. Esta tipa, desde que empezara con Moloko en los 90, se ha empeñado en sacar los pies del tiesto una y otra vez. Daría para mil emojis a cual más estrafalario, y aún así, no alcanzarían a describirla por completo. ¡Bien por ella! Terminar con su vídeo Whatever (Lo que sea) es toda una declaración de principios. Lo que sea antes que previsibles, o dicho de otro modo más acorde con el título del post: antes muertos que sencillos.

 

Disidentes digitales, huérfanos de biblioteca

 

En el mayo del 68 francés los jóvenes burgueses jugaron a la revolución y creyeron que podían cambiar el mundo. Los jóvenes de 2018 (burgueses o no) juegan con sus móviles y el mundo marcha como en el clásico de King Vidor. Cuarenta años después, jóvenes y no jóvenes, tenemos asumido que antes que ciudadanos somos consumidores. Consumidores de productos de moda, culturales, tecnológicos o políticos. Y que el único margen para cambiar algo las cosas pasar por modificar nuestros hábitos de consumo.

 

Grafitis del Mayo del 68 francés: “La cultura es la inversión de la vida”

 

Hace unas semanas el programa del periodista Jordi Évole, en La Sexta, se centró en denunciar las irregularidades en la industria cárnica. Fuera parcial, interesado o sesgado lo que allí se mostró (como algunos sostienen): el caso es que dos cadenas de supermercados belgas retiraron los productos de la empresa española que trabajaba con la granja que Évole mostró en su programa. Como ciudadanos la oportunidad para cambiar algo hay que fiarla a largo plazo (cada cuatro años); en cambio como consumidores, las redes sociales, parecen otorgar el poder para provocar cambios más rápidos. Entonces ¿por qué sus propios creadores están entonando el mea culpa por haberlas creado?

 

 

Los popes de Silicon Valley últimamente se están asomando a los medios como si se tratara de unos Victor Frankenstein arrepentidos. El creador de Napster lamentándose de haber impulsado Facebook por explotar la vulnerabilidad de la psicología humana; Tim Cook, de Apple, asegurando que mantiene a su sobrino de 12 años alejado de las redes; o un ex vicepresidente de la misma red social declarando que las redes desgarran el tejido social: declaraciones que sirven como eslóganes para vender programas de televisión en los que abordan a sus ¿enemigas?: las redes sociales.

Primero estimulan esa dopamina que engancha y ahora se convierten en voces críticas. ¿A qué aspiran: a lavar sus conciencias o a erigirse en salvadores de los pobres internautas? “No me liberen, yo basto para eso” pintaban en los muros los jóvenes de ese mayo del 68: e igual va siendo el momento de pintarlo de nuevo en los muros de esas redes sociales de las que nos quieren salvar. Ni salva patrias, ni salva pantallas, por favor.

 

 

El pasado 6 de febrero se celebró el Día de Internet Seguro. Desde 2004, año en el que la Comisión Europea fijó esta celebración, muchas bibliotecas del mundo han participado. Según recogía la IFLA, en este 2018, diversos miembros de la organización han realizado informes en los que se recogen algunas de las iniciativas llevadas a cabo desde las bibliotecas para abordar esta iniciativa.

“Muévete rápido y rompe cosas: de cómo Facebook, Google y Amazon acorralaron la cultura y socavaron la democracia”: el libro de Jonathan Taplin que socava el mito de la bondad de los gigantes tecnológicos.

Reino Unido ha lanzado una Estrategia de Seguridad en Internet al tiempo que se editaba un libro verde con el objetivo de convertir a Gran Bretaña en el lugar más seguro del mundo en Internet. Deberían haber llamado a Rupert Murdoch de asesor. Para ello las autoridades británicas han contado con las bibliotecas como centros desde los que desarrollar la alfabetización digital de los niños y fomentar un uso correcto de la web entre los jóvenes.

En la Biblioteca de San Antonio (EEUU) se creó un programa colaborativo con la organización comunitaria de periodismo de base NowCastSA: precisamente para combatir y concienciar respecto a las tristemente célebres fake news que tanto gustan a su actual presidente.

En Suecia, los miembros de IFLA de la Biblioteca Nacional, publicaron material gratuito para que el profesorado tuviera recursos para abordar el uso seguro de Internet en el aula. Y terminamos este repaso en Rusia. El 1 de febrero, la Biblioteca Estatal de Rusia, acogió uno de los eventos más importantes: la conferencia electrónica “La ética del comportamiento seguro en Internet”. ¿Hablarían del ‘Rusiagate’? ¿asistió Putin? Incógnitas con las que nos tendremos que quedar.

 

El ya famoso grafiti que, inspirándose en del beso entre Brézhnev y Honecker que lucía en el muro de Berlín, pintó en 2016 el artista urbano Mindaugas Bonanu (el de la derecha) en la fachada del restaurante de Dominykas Ceckauskas (a la izquierda) en la ciudad de Vilna (Lituania).

 

En España, este año, la Secretaria de Estado para la Sociedad de la Información y Agenda Digital con el Instituto Nacional de Ciberseguridad, a través del Centro de Seguridad en Internet para menores, organizaron diversos actos para la concienciación y difusión. Pero, ¿y las bibliotecas? Las bibliotecas deberían situarse en la primera línea de frente en la lucha contra la piratería de contenidos culturales, del mismo modo, las bibliotecas deberían estar en el centro de las iniciativas que un buen uso de Internet.

Como escribía Jarett Kobek en su novela de título muy directo Odio Internet:

“La ilusión de Internet era que las opiniones de personas sin poder, diseminadas libremente, tenían un impacto en el mundo. Era, por supuesto, una mierda total … El único efecto de las palabras de las personas indefensas en Internet era infligir sufrimiento a otras personas indefensas. “

 

Pero esa falta de recursos, de discurso, de capacidad dialéctica, de formación, en definitiva, de autoestima camuflada de desprecio, se evitaría teniendo referentes culturales sólidos.

El protagonista de la magnífica película Nightcrawler (2014) está empeñado en convertirse en buitre carroñero del periodismo más sensacionalista. Un magnífico Jake Gyllenhaal da vida a un personaje psicopático que repite cual mantras (no bibliotecarios) los discursos motivacionales y de autoayuda para triunfadores que encuentra en la Red: y que lleva a la práctica en su trabajo con una carencia absoluta de empatía, escrúpulos o remordimientos.

Pareciera la representación perfecta de lo que los dueños de Silicon Valley dicen temer que provoquen las redes: Golems amamantados en Internet, moldeados con bytes, links y trending topics, que no conocen más horizonte cultural que la Red, incapaces de sentir nada en lo que no medie una pantalla: unos huérfanos de biblioteca.

 

El Golem (1920) de Paul Wegener y Carl Boese.

 

Los salvadores de nuestra alma digital, anteriormente conocidos como creadores de Facebook, Twitter e Instagram, no deberían agobiarse. Incluso en los inventos más alienantes siempre han existido disidentes: y sus criaturas tampoco se libran de estos espíritus libres. Hay que disentir, sobre todo y primero de uno mismo, para no acomodarse en pensamientos únicos. Bibliotecas que disienten de cierto concepto de biblioteca que no sabemos si se repetirá en el próximo Congreso de Bibliotecas Públicas (Logroño, 28-30 de noviembre) en el que se hablará de perfiles profesionales; e internautas que disienten de lo que se supone se debe hacer en la redes aún sin proponérselo.

Hace unos meses, la propietaria de la pensión La Ferroviaria en Zaragoza, saltó a los medios (una vez que se hizo viral en las redes claro está) por su estilo a la hora de responder todos los comentarios que sobre su pensión hacían los clientes en TripAdvisor. Contraviniendo, una a una, todas las recomendaciones sobre Netiqueta, consejos para gestionar redes o recursos para solucionar conflictos en digital: la enérgica hostelera lleva desde 2007 sin callarse ni una y, como no podía ser de otro modo, le han salido muchos fans en Internet.

 

 

Por cosas así es por lo que nos salvamos. Puede que para algunos, Milagros, que así se llama la dueña y ‘community manager‘ de la pensión, fomente el mal rollo en las redes: pero nada más lejos. La franqueza de la hostelera es pura disidencia digital, como las de los ancianos que se asoman a Internet y se mueven según su propio criterio. A eso en otros mundos se le llama marcar estilo. Su naturalidad desarma el postureo infinito de las redes, no por ejercer de trolls, sino por actuar con esa mezcla de ingenuidad y despreocupación que, en muchos casos, dan los años. Cuando queda menos tiempo, tonterías las justas. Ya decíamos que la arruga es subversiva, y en digital, también.

 

El divertido sketch de una televisión alemana sobre el abuelo al que le regalaron un iPad y lo usa como tabla de cocina.

 

¿Y si la cara más amable de la tecnología proviniera de los excluidos de lo guay, lo high, lo in, lo trendy, lo………………………………….(sobrecarga del blog por exceso de anglicismos: disculpen las molestias). Ancianos, habitantes del tercer mundo, minorías, excluidos del sistema, disidentes digitales por elección o incapacidad para actuar según lo que se espera.

Ilustración de Dan Page.

El escritor, investigador y periodista Frédéric Martel debería retomar sus viajes alrededor del planeta para indagar en la situación de Internet en esos otros mundos que están en este. Su libro Smart. Internet (S): una investigación data de 2014 y han pasado muchas cosas desde entonces. La manera en que cada país, cada cultura: imprime su impronta en el uso de la Red y las redes sociales resultaba de lo más apasionante en el relato que Martel hacía.

Nos encantaría saber qué ha pasado desde entonces en barrios como el de Kibera, en Kenia, donde los teléfonos móviles estaban suponiendo una esperanza de progreso. Y sobre todo qué ha sido de la biblioteca que entonces describía. En no-lugares así (entendiendo como no lugar aquellos espacios que no entran dentro de la lógica del capitalismo) es donde puede que se esté cociendo un mundo digital menos uniforme, menos alienado, diferente:

 

“la filial de la Kenya National Library está situada en el corazón del barrio. Se llega por un camino de tierra ocre, lleno de baches. ¿Una biblioteca? Es mucho decir. Más bien parece un almacén con techo de uralita, cercado de alambradas. “Electrificadas”, puntualiza Jesse. En los estantes hay unos 8.000 libros y cada día acuden unas 200 personas a consultarlos […] me muestra unas tabletas Samsung que acaban de llegar y que guarda en un armario cerrado con llave, esperando la instalación del wifi. Ello debería permitir un mejor acceso a internet […] por ahora hay que subirse al tejado para acceder con un smartphone a la conexión 3G”

 

En una pequeña ciudad australiana, en 1991, cuatro feministas crearon el grupo de arte: Venus Matrix desde el que lanzaron el Manifiesto de la Zorra Mutante. Fueron las primeras en usar el término ciber feminismo y se centraron en  “la construcción de espacio social, identidad y sexualidad en el ciberespacio”. 

Bibliotecas en la órbita de Venus

 

Queremos creer en que hay vida inteligente en otros planetas, pero antes, querríamos creer que también existe en éste.

 

Puede que en la Tierra las bibliotecas estén cuestionadas por los más cerriles que no ven más allá de sus pantallas pero, en otras galaxias no tan lejanas, no será así. Y no, no estamos hablando de la saga Star wars por mucho que terminemos hablando de cine.

Todo viene a cuento del Falcon Heavy, el cohete más grande de la historia de la aeronáutica espacial, promovido por el millonario Elon Musk. En los diversos diarios se han hecho eco del muy fotogénico modelo de coche Tesla Roadster, propiedad de Musk, que se lanzó dentro de la nave con un maniquí bautizado como Starman ejerciendo de conductor; y a los sones de la mítica canción de Bowie.

 

Cabecera de la web de la Biblioteca Larkin Kerwin de la Agencia Espacial Canadiense.

 

Aparte de lo emocionante que todo esto pueda sonar: lo que más nos ha gustado ha sido la inclusión del dispositivo Arch, menos fotogénico que el Tesla Roadster, pero mucho más esperanzador por tener una capacidad de hasta 360 tretabytes de datos.

El Arch es un cristal de datos, proporcionado por la Arch Mission Foundation, en el que se han grabado (entre mucha más información) las novelas de la trilogía Fundación de Isaac Asimov. Muy apropiado. Pero la cosa no acaba aquí. Lo más fabuloso es el cronograma que tienen previsto desarrollar durante las siguientes décadas:

  • para 2020 quieren lanzar discos Arch a la Luna bajo el nombre de Lunar Library que contendrán documentos con las informaciones más relevantes sobre nuestra especie, y cuya caducidad se prevé será tanto como la de la Luna misma.
  • En 2030 le tocará el turno a la Mars Library, es decir la Biblioteca de Marte: una copia de nuestros conocimientos que ayude a futuras colonias humanas. El objetivo final , según recoge Xataka, será conectar todas las bibliotecas Arch de forma que creen una red de lectura y escritura descentralizada que abarque todo el Sistema Solar.

 

Bibliotecarias listas para el lanzamiento de la primera biblioteca a la Luna.

 

Preguntas de lo más prácticas e interesadas que nos asaltan una vez que hay barra libre para la imaginación: ¿cuáles serán los requisitos para ejercer como bibliotecarios en esas bibliotecas?, ¿incluirán en los planes de estudio de Biblioteconomía asignaturas sobre ingeniería espacial?, ¿los bibliobúses del espacio serán como el Halcón Milenario de Han Solo, la USS Enterprise de Star Trek o los platillos volantes de Mars Attacks? Dudas espaciales que no empañan lo positivo de la noticia incluso si finalmente los bibliotecarios no aparecen ni como extras en la película que se están montado. Y es que las bibliotecas, esas naves nodrizas milenarias, reafirman su vigencia conceptual una vez más.

 

El pasado 27 de septiembre se celebró el ya clásico Star wars Reads Day con numerosos eventos en torno a la lectura en bibliotecas y librerías.

 

Si el sabio Yoda te lo dice habrá que hacerle caso: lee.

Las referencias culturales del cohete lanzado por el magnate Musk dejan en mantilla a la NASA. En la sonda espacial Voyager 1 que salió del sistema solar allá por 2013 (y que fue lanzada el mismo año en que se estrenó la primera película de la saga Star Wars: 1977): también se incluía un equivalente a este dispositivo Arch tan library friendly. Se trataba del Disco de oro, en el que se grabaron también documentos representativos de la cultura terráquea, ante la eventualidad de un posible contacto con vida extraterrestre.

Desde diferentes saludos y deseos de paz en 55 idiomas: hasta sonidos de la naturaleza, animales, música e imágenes. Entre las músicas elegidas se encontraban desde La flauta mágica de Mozart al Jonnhy B. Goode de Chuck Berry, y las imágenes iban desde un feto humano hasta un supermercado. Pero ni una sola imagen de un libro o una biblioteca ¿Cómo es posible que los recipientes más importantes de todos los conocimientos de la humanidad no tuvieran ni una triste representación?

 

Ilustración de Lance Miyamoto para Science Magazine en 1981

 

Tal vez, ahora que tantos agoreros hablan de jubilación forzosa para las bibliotecas, sería el momento de plantearse decisiones drásticas, y directamente lanzarlas al espacio bajo el auspicio de la empresa Space X de Musk que muestra algo más de sensibilidad al respecto ¿Cabe imaginar mejores embajadas interestelares que las bibliotecas públicas? A los bibliotecarios, si acaso, se les puede criogenizar y despertar sólo si merece la pena el encuentro en la tercera fase. Astronautas y bibliotecarios tienen mas en común de lo que pueda parecer: están acostumbrados a la ingravidez de no saber si tendrá suficiente oxígeno (cámbiese por presupuesto) para completar su misión.

El cómic de Nick Abanzis sobre la perrita Laika: una de las muchas cobayas de la carrera espacial.

¿Terminarán los bibliotecarios como la perrita Laika, el chimpancé Ham u otras tantas cobayas de la carrera espacial?

Después de todo las bibliotecas ejercen como magníficas cobayas para estudios de mercado que podrían aprovechar si tuvieran vista desde las editoriales; también como campos de experimentación para innovaciones tecnológicas (ya hablamos de la colaboración entre las bibliotecas californianas y la empresa de realidad virtual VR Oculus); y por supuesto, las industrias culturales (discográficas, productoras cinematográficas) para combatir a través de las bibliotecas la piratería de contenidos.

 

La maravillosa escritora Ursula K. LeGuin.

 

La recientemente fallecida Ursula K. Le Guin narraba en su novela Los desposeídosla historia de un planeta capitalista, y de su luna, en la que malviven los exiliados del sistema que aspiran a una sociedad anarquista. Como toda buena novela de ciencia ficción está abierta a mil interpretaciones. Se nos ocurre una, en torno a los planetas de las industrias culturales y la luna Biblioteca en la galaxia digital.

Pero es la propia Le Guin la que tenía ideas muy claras sobre la relación entre editoriales y bibliotecas. En el 2013 (el año en que la Voyager 1 salió de nuestro Sistema: todo está escrito en las estrellas)  las dejó claras en una extensa entrada en su blog personal de la que recuperamos lo siguiente:

 

“La existencia o desaparición […] de una biblioteca no es un tema sexy. Pero es absolutamente básico para […] la continuidad del conocimiento humano [..] si las bibliotecas son diezmadas o eliminadas […] sólo podremos acceder a los libros a través de las grandes corporaciones. No va a ser fácil conseguir un libro que las empresas han decidido que no es rentable […] seríamos inteligentes si mantenemos […] el apoyo a las bibliotecas públicas en su esfuerzo heroico […] por llevar a cabo su trabajo en la era electrónica. […] El objetivo de la biblioteca pública es el mismo de siempre: dar acceso ilimitado a todos los libros (impresos, electrónicos) a todo el mundo.

Es algo que merece la pena apoyar, ¿o qué?”

 

 

Y hay empresas que lo hacen. No vamos a descubrir ahora que Infobibliotecas está detrás de la plataforma de contenidos audiovisuales para bibliotecas eFilm (a punto de ponerse en marcha en Murcia, Cataluña y el Pais Vasco: que aquí no damos puntada sin hilo). Por eso nos gusta tanto la noticia del (inteligente) acuerdo al que ha llegado la empresa de exhibición cinematográfica Landmark Cinemas, en la población canadiense de St. Albert, con la cercana biblioteca pública de Morinville.

La cadena de cines ha ofrecido a la biblioteca la posibilidad de publicitar, gratuitamente, sus servicios mediante spots publicitarios que emiten en el tiempo reservado para tráilers. Los bibliotecarios, pillados por sorpresa por tan generosa oportunidad, se liaron el croma a la cabeza (la lona verde que permite luego introducir el fondo que se quiera tras los personajes) y empezaron a rodar un anuncio de 15 segundos.

 

 

Las bibliotecas te pueden llevar a cualquier lugar al que quieras ir“: tal cual como el cohete Falcon Heavy añadimos aquí. Con ese eslogan no queda mucho más que decir salvo que las cadenas de cine Landmark han demostrado una inteligencia empresarial digna de elogio.

El documental sobre el rodaje de la película El cosmonauta (2013): la primera película española producida por crowdfunding que se convirtió en toda una odisea, no espacial, sino muy terrenal.

Promocionar la imagen corporativa de una empresa a través de la cultura solo puede redundar en beneficios mutuos. Cines y bibliotecas comparten clientela pero no compiten entre sí, todo lo contrario, se complementan y eso supone un valor añadido. Cuanto más se promueva la curiosidad cultural de los ciudadanos más espacios (públicos o privados) van a necesitar.

Como pocos podrán pagarse un pasaje a Marte, en 2030, cuando se inaugure la Mars Library: confiamos en poder seguir disfrutando de cines y bibliotecas para viajar a otros planetas.  “Sabes que nunca has ido a Venus en un barco“, que cantaban los de Mecano, pero para mirar las estrellas bajo el influjo de Venus no hace falta más que salir a la calle.

Tal cual como la protagonista del divertido corto Star love. Una incipiente historia de amor para San Valentín que nos recuerda que para ver las estrellas (pero de verdad) no es bueno andarse por las ramas.

 

“No tengo Facebook, Twitter, ni Instagram”: el desgarrador testimonio de una biblioteca en directo

 

Hace poco, ‘The New York Times’, dedicaba un artículo a la carismática cantante Sade Adu. Desde que surgiera con su grupo en los 80 solo ha editado seis discos (recopilatorios aparte): pero pese a ello, su música ha sido una constante en emisoras para adultos (como las denominan los anglosajones), salas de espera de cirujanos estéticos, e hilos musicales de locales de lo más dispar que aspiran a disimular sus cutreces con el toque chic, devenido en cliché Ferrero Rocher (reservarse para no empachar), que les aporta la música de la británico-nigeriana. Sus silencios son impredecibles, y en el caso de cualquier otra figura, ello la condenaría de inmediato al olvido, pero eso no parece suceder en el caso de Sade. Cuando vuelve, como la última vez en 2011, vuelve a movilizar a sus fans que la esperan lo que haga falta.

 

Sade dándole la espalda a muchas de las servidumbres del star system.

 

Cormac McCarthy solo concede una entrevista cada diez años.

Esta especie de Greta Garbo musical contraviene la mayoría de reglas de lo que debe hacer una estrella en cuanto a su exposición y, pese a ello, según detallaba el artículo del prestigioso periódico neoyorquino, hay un auténtico culto a su figura. Tatuajes, camisetas, pendientes de aro: toda una imaginería en torno a la discreta cantante se vende como signo de distinción para todo el que quiere ser cool.

En plena vorágine del escaparatismo digital en el que todos (individuos e instituciones) se esfuerzan por mostrarse en las redes: Sade, envuelta de misterio en el pueblecito escocés en el que vive con su actual pareja, no parece esforzarse demasiado para que no la olviden los medios. Y mientras, los rumores sobre si este será el año en que volverá a sacar disco mantienen alerta a sus seguidores.

 

J. D. Salinger, el escritor esquivo por antonomasia, defendiéndose de un fotógrafo intruso en los años 80.

 

El talentoso cantante, compositor y bailarín Stromae, tras dos exitosos discos, decidió retirarse durante un tiempo sin determinar.

Cultivar el misterio en el siglo XXI, que se lo digan a Lana del Rey, no es fácil.  Por eso, por contrastar y contemporizar, el titular de este artículo es falso, (aunque seguro que más de una biblioteca no tendrá Facebook, Twitter ni Instagram) sensacionalista, amarillista, impactante, y con todos los resabios propios de la prensa más torticera.

¿Puede una biblioteca mantenerse al margen de las redes sociales hoy día? Prácticamente todos al unísono responderíamos que no. Pero ¿qué precio pagan las bibliotecas/bibliotecarios por estar en las redes?

El lunes 22 de enero se celebró el octavo Día Internacional del Community Manager. Si hay un Día Mundial del Retrete (19 de noviembre) o un Día Internacional del yoyó (6 de junio): ¿por qué no va a existir un día para los mayores pedigüeños de clics, retuiteos, comentarios, pingbacks y demás interacciones digitales que habitan la Red? La profesión bibliotecaria parecía predestinada desde el primer momento para adaptarse al difuso perfil de ese comunicador online que es el community manager. Si lo de ratón de biblioteca es un lugar común al hablar de la profesión: ¿qué otra cosa no son los community managers sino ratoncitos aplicados a hacer girar cada día la rueda de Internet?

 

El dúo electrónico francés Daft Punk pese a su enorme éxito siguen siendo unos desconocidos: siempre tras sus futuristas cascos de motoristas.

 

En ‘La Opinión de Zamora‘ celebraron el Día del Community (CM para los amigos) hablando de la cuenta de Facebook de la Biblioteca Pública del Estado (todo un detalle desde un medio). Según relata la crónica, la bibliotecaria responsable de gestionar la cuenta, tras una década en solitario, tuvo que pedir ayuda al resto de la plantilla por lo mucho que le absorbía alimentarla. Los bibliotecarios de Zamora dicen no obsesionarse con las estadísticas, ni las interacciones, primando un contenido de calidad e interés. Bien por ellos. Pero los peligros de la vanidad satisfecha acechan en cada intro.

Y es que las redes son insaciables, fomentan tu vulnerabilidad (solo hay que atender a lo que ha pasado recientemente con la cuenta de Twitter de las bibliotecas del Ayuntamiento de Madrid) y están ideadas para crear dependencias. El silencio en las salas de una biblioteca es algo a preservar pero el silencio en las redes sociales es un páramo por el que nadie quiere transitar. Ni siquiera una biblioteca.

Por favor, please, bitte, s’il vous plait, prego, si us plau, mesedez, prosim, molen vasléeme soy community manager. Antes de alcanzar tal grado de patetismo multilingüe mejor repasamos las características que se reconocen propias de un buen CM para ver hasta qué punto se ajustan a las habilidades propias de un buen bibliotecario:

 

Infografía de la web mexicana Alto nivel sobre el perfil idóneo de un community manager.

 

El filón inagotable y maravilloso de las portadas pulp tuneadas de Pulp Librarian en este caso: “Técnicas de persuasión lectora para el bibliotecario moderno”.

Profesional, comunicador, sensible, analítico, organizado: todo suena bien y todo es fácilmente compartible entre ambas figuras (bibliotecario y CM). Lo de carismático, revolucionario, innovador, propositivo, proactivo, buen escritor… dependerá de cada caso. Pero lo que no está tan claro es que no se termine usando el perfil de la empresa/biblioteca como una cuenta personal si se aspira a diferenciarse.

No hay que extraviarse en lo profesional, y eso las redes lo ponen difícil, como reconocen los bibliotecarios de Zamora: “No podemos calcular cuánto tiempo le dedicamos porque fuera del trabajo también estamos con el pensamiento Facebook”.

El gran logro de Internet es haber derribado la barrera entre ocio y trabajo, haberle dado a todo una apariencia de juego y modernidad: por eso hay que estar alerta para no terminar como ratones de laboratorio pulsando frenéticamente la tecla que produce orgasmos antes que la que nos proporciona alimento.

Si se pretende que el muro de las redes de una biblioteca no sea un simple tablón de anuncios por falta de tiempo: lo más sencillo es convertirlo en un diario de a bordo en el que reflejar la travesía que supone cada día poner en marcha la biblioteca. Ya reuníamos los consejos para llevar a cabo esta tarea sin dejarnos las pupilas en el intento en el experimental …(post en obras). A modo de resumen de lo que allí desarrollábamos:

 

  1. “narrar anécdotas cotidianas, en las que no comprometamos a nadie por ello”
  2. “conectar el relato que hagamos del día a día de la biblioteca con la actualidad social más inmediata”
  3. “no tengamos miedo a mostrar las debilidades, los puntos flacos que estamos trabajando para mejorar”
  4. “y por encima de todo, abrirlo al público. Adoptar la forma de hacer de los fanzines”
  5. “y en medio de todo, el bibliotecario, como auténtico community manager, es decir como el que maneja (en el buen sentido) a la comunidad”

 

No es ninguna receta infalible, pero al menos aleja un poco el fantasma de la precariedad del que habla Remedios Zafra en su ensayo ganador del Premio Anagrama de Ensayo 2017. Y es que si algo tienen los bibliotecarios que de verdad se comprometen con su trabajo es entusiasmo (además de falta de tiempo). De hecho, en ocasiones, no tienen más que eso: y ahí está el peligro.

 

 

Zafra indaga en la inestabilidad de los trabajadores del ámbito cultural, académico y creativo que, constantemente, tienen que recurrir a su vocación por la cultura y a un entusiasmo inagotable para seguir adelante. Una hipermotivación peligrosa que el sistema aprovecha, gracias a la conectividad a tiempo completo que permite la Red, para instrumentalizarla y hacer que demos gracias por trabajar en algo “tan bonito como es la cultura” (el entrecomillado es nuestro) pese a que los beneficios tangibles (económicos y laborales) sean siempre inciertos y precarios.

Trabajar por amor al arte en su versión digital 5.0. La bohemia cultural hace mucho que desapareció a golpe de clics. Ahora es la palmadita del político o jefe de turno la compensación por todos los desvelos: y si no, ahí están las interacciones digitales para saciar el ego y la vanidad y recibir así una gratificación inmediata que te haga sentirte realizado y postergue indefinidamente una mejora laboral. El “me debo a mi público” de las folclóricas como mantra que espante el desaliento ante tanto sobresfuerzo.

 

Murger retrató el París bohemio de las vanguardias de finales del XIX. En el XXI los bohemios siguen igualmente pobres pero con conexión wifi en sus buhardillas: desde las que se conectan a un mundo que no entiende de un romanticismo que solo pervive en sus cabezas.

 

El libro de Zafra da para mucho, pero por ahora, nos quedamos con un fragmento que parece interpelar de manera directa al gremio bibliotecario:

“me resulta llamativo cómo el sobresfuerzo de las redes se ha orientado más a construir apariencia de verdad desde el exceso de imagen, sobreinformación y estilización, pero no ha ido encaminado a favorecer lazos de confianza” (pág. 115)

Lazos de confianza: he aquí un concepto clave para las bibliotecas que, a diferencia del desgarrador testimonio con que se abre el post, tengan Facebook y/o Twitter y/o Instagram.

La biblioteca sin filtros que edulcoren nada, la biblioteca de proximidad, la biblioteca cercana que haga que sus usuarios se sientan a gusto en un entorno digital seguro, la #bibliotecavstrolls de la que hablábamos hace un tiempo. Fomentar esos lazos de confianza a través de las redes de las bibliotecas no va a acabar con ese precariado al que nos abocan: pero la confianza es el primer paso hacia la solidaridad y la creación de un verdadera comunidad digital. Y eso ya es un gran logro viniendo de un puñado de voluntariosos bibliotecarios que cada día reinician el relato de del día a día de sus bibliotecas en las redes.

 

El documental recién estrenado sobre Grace Jones.

 

Y hablando de figuras a las que los tiempos no parecen marcarles el ritmo ahí está Grace Jones, una figura en las antípodas de la serena Sade Adu con la que empezábamos. Tras casi 20 años fuera de la industria volvió en 2008 y declaró sobre su ausencia que no había tenido nada que decir hasta entonces. Ahora, casi con 70 años, publica memorias, se estrena un documental y canta casi desnuda en festivales de lo más selecto.

Algunas de las frases de su tema Corporate cannibal no podrían resultar más intimidantes para cualquiera que transite las redes, pero aún más, para los profesionales de la cultura que viven en un precariado perenne hiperconectado. Grace no es asidua de Facebook, Twitter, ni Instagram: pero ni falta que le hace porque los describe a la perfección en su versión más alienante.

 “Soy una máquina devoradora de hombres. Cada hombre, mujer y niño es un objetivo. Consumiré a mis clientes. Te daré un uniforme, cloroformo, te desinfectaré, te homogeneizaré, te vaporizaré.” 

 

 

Y la biblioteca va

 

El paso del transatlántico en Amarcord (1973) de Fellini.

 

Este texto es la botella de champán (o de cava según preferencias o aversiones) lanzada contra la quilla del 2018. No podemos saber si la botadura será la del Titanic o la del Love boat de la serie de los 70. Puestos a elegir apostaríamos por el operístico barco de la Y la nave va (1983) de Fellini (exquisitos que somos pese a todo): pero recién iniciada la travesía es demasiado aventurado hacer pronósticos.

Y de expectativas y resultados habla la mejor película (según muchos) del hombre-orquesta en que se ha convertido James Franco: The Disaster artist (2017). La crónica del rodaje de la que la que se ha dado en llamar “la peor película de la historia” (como si no hubiera competencia): The room de Tommy Wiseau. No vamos a hablar aquí de la película de Franco, ni de la de Wiseau: ya hay suficientes textos analizándolas por ahí. Partimos de ella porque perpetúa un interés por figuras excéntricas que partió con Ed Wood (1994) de Tim Burton y ha proseguido, no hace mucho, con dos películas en torno a la figura de la millonaria, con ínfulas operísticas, Florence Foster Jenkins.

Solo faltaría un biopic en torno a la española Tamara/Ámbar/Yurena: para que el retablo de personajes cuya visión de la realidad (y de sus aptitudes) no coincide necesariamente con la del resto: se completara. Pero por mucho que se aprovechen tan singulares figuras para reflexionar sobre el talento, la creatividad, y sobre la delgada línea que separa lo sublime de lo ridículo: lo que proporcionan estos anti-héroes culturales, sobre todo, es alivio. Alivio al constatar que, no ya la mediocridad, sino incluso la ineptitud no es obstáculo para perseguir los sueños. Quijotes por todas partes.

Una auténtica bomba de relojería-fábrica de futuros ninis carne de reality. ¿No habrá detrás de todo una confabulación entre Coelho (“lucha por tus sueños o los demás te impondrán los suyos”) y Mr. Wonderful para terminar de derrumbar lo poco que todavía queda en pie de un cierto pudor cultural? No lo llame pop, llámelo cultura titulaba muy certeramente la revista ‘Jot Down’  un reciente diálogo a tres sobre el triunfo absoluto del género fantástico, con los superhéroes a la cabeza, en el panorama actual. Mientras tanto, Alan Moore, el genio de los cómics, responsable de regenerar el género superheróico en los 80 con Watchmen: lleva años denunciando la “catástrofe cultural”  que supone esta avalancha de héroes en mallas.

Por contra, un representante de lo que hasta hace poco se daba en llamar alta cultura, el catedrático de Historia del Arte, Ximo Company, con motivo del lanzamiento de su libro sobre Velázquez declaraba en ‘El País’: “La erudición atrofia la contemplación de la maravillosa pintura de Velázquez“. Viene a sumarse a la defensa que Benito Murillo, uno de los mayores expertos en el Barroco español, hacía de uno de los últimos virales de la Red: Velaskez ¿yo soi guapa?: ensalzando su tono didáctico y reivindicativo a ritmo de trap.

El vídeo del youtuber Emilio Doménech elevando al altar de la cultura digital el vídeo de la Menina trapera.

 

¿En qué quedamos: nos hundimos en la tontería más absoluta o aprovechamos esa liviandad para enriquecernos libres de corsés y dogmatismos? El peso cultural para las nuevas generaciones es abrumador, siguen necesitando matar al padre: pero ahora lo tienen facilísimo porque la historia se ha partido en dos.

Hasta los años 2004-2006 servían las siglas de d.C. para situarnos cronológicamente, al menos en el mundo occidental: ahora para entender cualquier diagnóstico cultural, social, político… hay que recurrir a las siglas d. F. o d. T., o lo que es lo mismo: después de Facebook, después de Twitter, o de Instagram. No ha sido tanto internet lo que ha partido la historia en dos sino la irrupción de las redes sociales en los, ya lejanos, inicios del siglo XXI.

 

El tuit con el que anunciaba, en 2010, la Biblioteca del Congreso de Washington que iba a archivar todos los tuits.

 

La Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos acometió con una determinación ¿digna de mejor causa? el archivo de todos los tuits publicados desde el arranque de Twitter: y ocho años después ha tirado la toalla.

El escritor Lorenzo Silva ha sorprendido a muchos al anunciar su abandono de las redes sociales, tras acumular muchísimos seguidores, y haber sido uno de los literatos más activos en nuestro país durante los últimos tiempos. La demanda absorbente de Twitter (Facebook lo abandonó hace tiempo ya) ha sido el motivo esgrimido por Silva para argumentar su abandono. Michael Ende acertó en todo al describir a los ladrones de tiempo en su clásico Momo, salvo, en dibujarlos como trajeados hombres de gris. Los ladrones de tiempo del nuevo siglo visten informales, con deportivas, alegres colores y trabajaban en Silicon Valley. Ya lo decíamos en El tiempo en nuestras manos:

 

“cualquier servicio público (o privado) que aspire a sobrevivir a esta revolución digital lo primero que tiene que ofrecer a sus clientes es tiempo.”

 

¿Nos estamos abonando de nuevo al género catastrófico? Nada más lejos de nuestra intención. Aunque un día resultaría de lo más interesante establecer una comparativa entre el género catastrofista de los 70 (esos aeropuertos, esos colosos en llamas, esos Poseidones hundidos, esos tiburones…, que se suponen daban cuerpo a los miedos sociales del momento) y sus equivalentes con efectos digitales de nuestros días (esos maremotos, tsunamis, hecatombes medioambientales, atentados e invasiones zombis).

 

Una de las insignes muestras del catastrofismo cinematográfico de los 70: La aventura del Poseidón.

 

Pese a todo aquí seguimos (y contra todo pronóstico incluso puede que algo mejor que dicen que el agujero de la capa de ozono se ha reducido: ¿o será una fake news promovida por la administración Trump?). “Al final las obras quedan las gentes se van. La vida sigue igual” que cantaba un Julio Iglesias que hoy los millenials reconocen más por ser protagonista en muchos memes que por sus logros profesionales.

Y no le faltaba razón al truhán-señor. Las redes sociales, como la televisión en su momento la radio o el cine, han venido para quedarse. Pero, como todo, también pasarán: pasará este furor estúpido, pasara esta dependencia absurda, y luego vendrán otras. ¿Cómo podíamos antes vivir sin móvil? Y una vez tengamos los chips convenientemente instalados en el cerebro nos preguntaremos ¿cómo podíamos vivir enganchados al móvil?

“Que paren el mundo que yo me bajo” ahora es más factible que nunca. Puede uno bajarse y subirse al mundo (digital) en cualquier momento recuperando el mando (y no nos referimos al de la tele). La revolución tecnológica va tan acelerada que te puedes apear de cualquier red, artilugio o sistema operativo sin miedo a perderte nada: porque como todo caduca tan rápido, vivimos en un pensamiento tan cortoplacista que, cuando vuelvas a subir, te habrás ahorrado unos cuantos sistemas operativos diseñados para durar menos que un yogur. E incluso tendrás una perspectiva, que los que no han dejado de girar en la rueda cual hámsteres, extraviaron hace tiempo.

Ante este dejarse llevar, o más bien arrastrar, es necesario reivindicar la incomodidad. Nos sometemos a dietas, ejercicios que nos producen agujetas (cuando no lesiones), a tratamientos estéticos, intervenciones quirúrgicas, prendas que nos aprietan (“para presumir hay que sufrir”): aceptamos todas esas incomodidades pero ¿somos incapaces de aceptar la incomodidad a la hora de pensar?

 

El faquir Musafar fundador del movimiento cultural conocido como el primitivismo moderno, precursor del arte de la modificación corporal.

 

No se trata de cambiar la comodidad del mobiliario de las bibliotecas por asientos para faquires: pero el concepto de biblioteca faquir resulta de lo más atractivo. La biblioteca como un continuo desafío a nuestra mente, que nos impida acomodarnos o amuermarnos, y que incite a nuestro cerebro a mantenerse alerta, huyendo del pensamiento único y retándonos a pensar por nosotros mismos.

En la película de Fellini que citábamos al principio: un grupo de representantes de la alta sociedad viajan en un lujoso barco a esparcir las cenizas de una célebre soprano a su isla natal justo cuando estalla la I Guerra Mundial. Un mundo en desaparición, el de esos aristócratas que compiten entre sí a golpe de arias; y el de una Europa abocada al primer abismo que se abría en la historia moderna. Ahora también estamos ante varios abismos, pero pese a todo, la biblioteca sigue yendo. Si aparentemente nos lo quieren poner tan fácil, desconfiemos, pongámonoslo un poco incómodo nosotros. Nos va en ello la lucidez.

 

 

Va la nave, va la biblioteca y va este texto. Tommy Wisenau, el director de The Room, cuando comprobó que el público se tomaba a chufa su intenso melodrama decidió venderlo como comedia. Todo es susceptible de cambiar. Como ejemplo esta escena de El resplandor (1980) con banda sonora de risas enlatadas propias de una sitcom televisiva. Un cortocircuito a nuestras neuronas de espectadores pasivos adiestrados en lo previsible. Si el verdadero arte tiene la obligación de molestar, de incomodar, de desconcertar, entonces, esto debería considerarse arte. Como la película de Wiseau.

 

El ángel exterminador bibliotecario V

 

[Continuación de El ángel exterminador bibliotecario IV]

 

TEDEUM DIGITAL

 

Un ángel de Hollywood visitó el rodaje de Buñuel en busca de un paraíso menos artificial que el de la Meca del cine.

 

En el clásico buñueliano que llevamos cinco semanas fusilando desde prisma bibliotecario: los dignos representantes de la burguesía son liberados por el ángel una vez han perdido toda dignidad.

La adaptación al cómic de la película de Wim Wenders sobre dos ángeles más compasivos que exterminadores.

En nuestra versión de la historia no serían las necesidades básicas, ni siquiera los espacios compartidos los que provocarían la ruptura del contrato social. En el siglo XXI lo que llevaría realmente al límite la convivencia sería el momento en el que el ángel exterminador cortase por lo sano toda posibilidad de acceso a la tecnología digital. Entonces el mundo sí que se vendría abajo: tanto para ricos como para pobres, frikis, hipsters, jóvenes, maduros o cualquier otra tipología de usuarios que pudieran quedar encerrados en una biblioteca.

Y el final sería aún más contundente que el del nuevo encierro en la iglesia tras el tedeum con que Buñuel concluyó magistralmente su película. Cuando finalmente nuestro ángel exterminador levantase su maldición y los dejase marchar: serían las fuerzas de seguridad las que acordonarían la biblioteca para impedir que saliesen. Las autoridades sanitarias lo justificarían como una medida preventiva ante los síntomas detectados de una extraña infección que les obligaba a tenerlos bajo estricta observación. Nada como una alerta sanitaria para acallar cualquier crítica.

 

Entre el aluvión de telefilmes nórdicos que TVE compró a saldo para sus sobremesas se emitió hace poco el telefilm alemán: La dieta digital (2016). La historia de una madre que somete a una severa dieta digital a su familia. Cuando  las historias basadas en hechos reales dejan paso a las nuevas tecnologías para mecer nuestras siestas de sofá: es que algo grave está pasando.

 

Elogio del papel: contra el colonialismo digital. Roberto Casati blasfemando en papel.

Y es que tras semanas de convivencia offline, tras días de mirarse a la cara sin mediar pantallas de por medio, tras entretenerse, aprender y comunicarse sin redes sociales, correos electrónicos, ni dispositivos móviles: se habrían convertido en disidentes digitales, en prófugos del discurso único de las maravillas de la tecnología, en herejes del culto en masa al Dios de Silicon Valley. Y eso, el statu quo digital en el que vivimos, no podría aceptarlo sin someterlo a cuarentena.

Sería como una confirmación de lo que pregonan agoreros como el periodista canadiense David Sax que recientemente publicaba en “The New York Times” un artículo sosteniendo que Nuestro romance con lo digital se ha terminado. Sinceramente no creemos que Sax tenga razón al ser tan taxativo en su titular, ni tampoco querríamos que ese romance se terminase.

Puestos a mantener los pies en el suelo en nuestro enamoramiento con las nuevas tecnologías nos convencen más argumentos como los de la socióloga estadounidense Amber Case: “La tecnología nos está desconectando y esclavizando” y su apuesta por las calm technologies como parte de la solución. Esa tecnología que “informa pero no exige nuestra atención” que en1995 definieron Mark Weiser y John Seely Brown como “tecnología calmada”: no parece que goce de gran predicamento en nuestros días. Ahora todo son moscardones digitales zumbando alrededor las 24.

 

 

Así que abonarse a teorías como las que plantea el músico e ideólogo Ian Svenonius en su ensayo Te están robando el alma (Blackie Books) se convierte en algo menos loco de lo que su contenido sugiere en la contracubierta. En la que varias de sus aseveraciones afectan indirectamente a las bibliotecas:

“Te aconsejaron que te afeitaras el vello púbico para que fueras más insensible y mecánico. Te dijeron que abrazaras Apple para arrebatarte todas tus posesiones. Te obligaron a trabajar gratis en Wikipedia como trabajaron otros esclavos en las pirámides. Te engancharon a series de HBO para que solo quisieras comprar y mirar. Nunca crear.”

 

Apple, Wikipedia o series son asuntos que atañen al mundo bibliotecario. Lo de la depilación púbica a primera vista no se puede asegurar pero seguro que también. Con estos mimbres ¿cómo no íbamos a quedar rendidos los creadores de un reto como el de #bibliobizarro (que a punto está de cumplir un año) a las teorías de Svenonius? Para más inri, al rematar en su última página, nos apela directamente:

 

 

EN 1971 el activista Abbie Hoffman vio publicado su obra: Roba este libro. Un manifiesto en toda regla del ideario contracultural del momento; y un libro problemático en principio para tener en una biblioteca sin suficiente presupuesto para reposiciones. El caso es que si Hoffman quería inspirar a los jóvenes para que se rebelaran contra el gobierno y las grandes empresas: Svenonius aspira a hacer lo mismo promoviendo, más que el hurto, el que se escondan sus libros en las bibliotecas. Pero se equivoca en una cosa (al menos en lo que atañe a las bibliotecas): las bibliotecas (públicas) son una anomalía del sistema.

Las bibliotecas forman parte de la disidencia pese a haber abierto de par en par las puertas al nuevo régimen digital: no excluyen a nadie al procurar pértigas con las que cualquier ciudadano puede salvar la brecha digital; y además, proporcionan asilo a cualquiera que desee desentumecerse los sentidos desenchufándose. 

No hace falta (al menos en nuestro país) meter ningún título de Svenonius de contrabando en las estanterías de las bibliotecas porque en una búsqueda en el catálogo colectivo de bibliotecas públicas aparece hasta en 13 redes de bibliotecas el anterior ensayo de Svenonius: y si el más reciente, Te están robando el alma, no aparece: es más por lo reciente de su publicación (octubre) que porque no vaya a estar presente en más de una.

Leyendo la diatriba de Svenonius contra Apple no puede uno más que pensar en las bibliotecas:

“Apple ha puesto el mundo patas arriba al convertir las posesiones en un símbolo de pobreza, y el hecho de no tener nada como signo de riqueza y poder ¿Por qué tener una estantería cuando Google ha robado todo el contenido mundial de libros para difundirlo? […]  Los libros son pesados, sucios, polvorientos y se desintegran en tus pulmones. ¿Por qué debería haber enciclopedias cuando existe un mundo wiki? Y así sucesivamente. ¿Por qué debería haber tiendas de discos, librerías, […] cines, teatros, óperas, bibliotecas, colegios, parques […] Los espacios públicos, los mercados y la interacción entre las personas son primitivos, propensos a los gérmenes y peligrosos. Al fin y al cabo todo se puede hacer en línea. ¡Ni que fuéramos primates!”

 

El show original de televisión sobre acumuladores de cosas.

 

Para reforzar su teoría Svenonius hace referencia al programa de televisión Hoarders (Acumuladores de cosas): un pseudoreality sobre personas al borde de sufrir el síndrome de Diógenes que ya emite en nuestro país el canal Discovery. Una manera de degradar socialmente al que persiste en su amor por lo físico al tildarlo de enfermo, de pobre, de cutre. Apple, según Svenonius, le tiene miedo a los “acaparadores”. Como sostiene: “el acaparador posee ‘cosas’, artículos como libros y discos que constituyen pistas sobre un pasado en el que esta clase de cosas eran una reserva de conocimiento, indicadores, tótems de significado.

Steve Jobs que estás en los cielos santificados sean tus productos: el fundador de Apple como un dios en la portada de The Economist.

Las bibliotecas entrarían claramente en la categoría de “acaparadores”: es decir de los que dan miedo a los señores de Internet. Nos lo creamos o no, tanto da, nos encanta.

Si Steve Jobs aspiró a convertir la tecnología en una religión, con legiones de conversos, iluminados y devotos seguidores: cuando una religión evangeliza y hace proselitismo a gran escala: lo primero que ha de procurar es arrojar al foso oscuro del paganismo a las que la precedieron.

No es de extrañar que las religiones ancestrales, ante tamaño intrusismo, le planten cara al nuevo culto.

 

Es el caso del Día Nacional del Desenchufado que se celebrará por noveno año consecutivo promovido por Reboot, una organización dedicada a promover los valores judíos, sus tradiciones, cultura y formas de vida. Para ello invita a todos sus seguidores a desconectar móviles, dispositivos, ordenadores y demás artilugios los próximos 9 y 10 de marzo de 2018. El proyecto se incluye dentro del Manifiesto Sabbath: una adaptación de los rituales de los antepasados judíos para reservar un día a descansar, desconectarse, relajarse, reflexionar, salir al aire libre y conectarse con sus seres queridos. Y para facilitarlo hasta distribuyen fundas para guardar los diferentes gadgets y no caer en la tentación.

 

La última novela de Ray Loriga: una vuelta al mundo feliz de Huxley en la sociedad de la transparencia promovida por las nuevas tecnologías.

 

Nadie puede discutirle a la religión las estrategias de marketing más exitosas de la historia. Su pompa, sentido del espectáculo y puesta en escena han intentado ser superados por regímenes totalitarios, estrellas del pop, y espectáculos deportivos: pero ninguno ha alcanzado su maestría. Las multinacionales se esfuerzan por vendernos estilos de vida, valores y maneras de ver el mundo a través del consumo: y erigen centros comerciales como en el medievo se erigían catedrales.

En ese contexto las bibliotecas y sus acólitos serían los herejes, los paganos, los primitivos que siguen rindiendo culto tanto a dioses analógicos como digitales: y se resisten al monoteísmo cultural practicando el sincretismo. Podría decirse que están a medio camino entre las iglesias (por el silencio) y el centro comercial (por la oferta). Pero aún guardan un as en la manga que apela a los instintos más básicos: el rito.

Coger un libro de una estantería en una biblioteca requiere de un ritual, de un acto físico, de una cierta liturgia: elegir, hojear, tocar, abrir, incluso olerlo como quien se persigna – en caso de que sea novedad, de lo contrario, mejor no olerlo – llevarlo hasta el mostrador de préstamo, mostrar el carné de biblioteca como quien exhibe la oblea, y orgullosamente, entregárselo al funcionario para que se complete el sacramento de una cultura pública y gratuita. Está claro que la narrativa desaforada y conspiranoica de Svenonius nos ha impregnado hasta el tuétano.

 

El fundador de Facebook avejentado y cambiado de sexo gracias a la aplicación Face App.

 

Si la tecnología digital llega a arrumbar a sus predecesores en la cuneta del progreso será porque consiga lo que ningún otro invento humano ha logrado hasta la fecha: que sintamos la experiencia de ser otro (ni egoísta sexo virtual, ni las maravillas de la realidad inmersiva, ni robots, ni IA) sentirse, físicamente, en piel ajena. Si la difusión del conocimiento gracias a la imprenta ayudó a que la humanidad pudiera entender algo mejor a sus semejantes: el invento de Gutenberg será derrocado definitivamente por el byte cuando este consiga ampliar el conocimiento convirtiendo la empatía no en un estado mental sino en una realidad física. Y así hombres o mujeres, oprimidos u opresores, viejos o jóvenes, ricos o pobres: alcanzarían otro nivel de evolución hasta el momento desconocido.

Los burgueses que protagonizaban la película de Buñuel no pareciera que hubiesen aprendido mucho de su encierro. Los grupos de usuarios que hemos mantenido enclaustrados durante estas últimas semanas en nuestra adaptación bibliotecaria: tampoco podemos estar seguros de que lo hayan hecho. Apostaríamos a que sí, pero como no podemos estar seguros, nuestro final también es abierto.

 

 

Like an angel passing through my room (Como un ángel atravesando mi habitación): el tema de ABBA habría sido un dulce y preñavideño final sobre que el poner la palabra FIN. Pero resultaría poco honesto. En cambio, Angel de Massive Attack, y sobre todo su vídeo abierto a mil interpretaciones ajustadas al sentido de lo que hemos contado: es lo que nos pedía esta historia. Seguir la senda o salirse de ella; escapar o darse la vuelta y encarar lo que venga; marcar el camino o que te lo marquen.

 

 

FIN