Biblioteca vérité

 

Si estas leyendo este blog se presupone que te interesan las bibliotecas, bien sea como profesional o como usuario. También puede ser que, por esos caminos inescrutables que tiene Internet, una búsqueda sobre gatitos entre flores o gatitas entre capullos: te haya hecho desembocar aquí. En ese caso sentimos defraudar las expectativas. Es lo que tiene crearse expectativas: te convierten en presa fácil de la decepción.

Puede que el estreno del último documental del veterano y prestigioso Frederick Wiseman sobre la Biblioteca Pública de Nueva York haga que nos sumemos al grupo de los decepcionados: pero al igual que los fans de Blade Runner, de Alien o de Star wars no pueden evitar echarle un ojo a sus secuelas, precuelas y recuelas: nosotros tampoco podemos dejar de estar expectantes desde que supimos de su estreno en el último Festival de Cine de Venecia.

 

El póster de la película de Wiseman es candidato seguro a decorar más de un despacho bibliotecario.

 

Mal genio (2017) la película sobre uno de los directores que más ha experimentado con el relato cinematográfico: Jean Luc Godard.

Ex Libris. The New York Public Library es la nueva “ficción de la realidad” que acomete el reputado documentalista Wiseman. Durante varias semanas de 2015, el autor de algunos de los mejores documentales centrados en instituciones (National Gallery o At Berkeley), aplicó su método cinematográfico para captar múltiples facetas tanto de la vida en la sede central de la Biblioteca, como en sus sucursales.

Wiseman y otro coetáneos suyos propiciaron lo que se dio en llamar “Direct Cinema” en los 60. Un reflejo del denominado cinema-verité, practicado por cineastas europeos, con el que aspiraban a captar del modo más fidedigno la realidad frente la artrítica narrativa cinematográfica hollywoodense.

Para Wiseman toda su obra es un intento por capturar la realidad a través de la cámara con la menor intervención posible. Ni textos explicativos, ni voces en off, ni música, ni entrevistas, ni guiones que manipulen lo que se muestra.

John Cassavetes el director de cine estadounidense que más se acercó a los postulados del cinema vérité desde la ficción.

Pero como todo creador, por mucho que aspire a ser invisible, las películas de Wiseman se interpretan en la sala de montaje. La objetividad, la veracidad, la realidad absoluta no existen por mucho que nos hayan querido convencer en los realities. Un travelling es una cuestión de moral que decía Godard. Y la simple elección de una secuencia, en vez de otra, ya está imponiendo una visión personal y subjetiva de la realidad.

Tanto da. Que Wiseman se haya querido centrar en el mundo bibliotecario es una gran noticia. No esperamos que nos descubra la esencia del espíritu bibliotecario (sic): pero su simple mirada es lo suficientemente interesante como para que estemos deseando que se distribuya la película.

Mientras tanto nos hacemos eco de la entrevista que Wiseman ha concedido a la revista “Vanity Fair” en su edición estadounidense. Sus reflexiones sobre lo que ha observado y vivido durante el rodaje de Ex Libris: nos ofrecen una visión en la que bien merece la pena detenerse.

 

La más que improbable adaptación cinematográfica del cómic Aquí de Richard McGuire sería un reto a la altura de Frederik Wiseman. La obra de McGuire no tiene una historia como tal. Sus páginas nos muestran un solo plano de un único rincón del planeta Tierra durante siglos: superponiendo los planos temporales en una lúcida y sorprendente reflexión sobre el tiempo. 

El libro de 2015 de Scott Sherman sobre el fallido Plan Central de Bibliotecas y la situación financiera de la Biblioteca Pública de Nueva York.

La escritora Olivia Aylmer, autora del artículo, destaca como una de las escenas más conmovedoras de las casi tres horas de película: la que se desarrolla en la sucursal más pequeña de la ciudad, la Biblioteca Macomb’s Bridge, en Harlem River Houses. Según narra Aylmer basta esta secuencia para darse cuenta de lo importantes y personales que son las relaciones que los neoyorquinos tienen con sus bibliotecas.

Lo más jugoso de la entrevista es el cambio de percepción que Wiseman obtuvo respecto al papel de las bibliotecas en el transcurso del rodaje. El cineasta reconoce haber sido usuario de bibliotecas durante su infancia y juventud; pero que más adelante dejó de frecuentarlas, sobre todo, porque le gusta comprar sus propios libros.

La sorpresa para Wiseman fue descubrir la variedad y profundidad de los programas que desarrollan las bibliotecas en la actualidad. La diversidad socioeconómica y generacional a la que atienden y los esfuerzos que hacen para sostener su oferta.

La autora de cómics Sarah Glidden se embarcó en un viaje junto a unos periodistas independientes por Turquía, Siria e Iraq. Oscuridades programadas es el resultado de su esfuerzo por comprender al otro:  y al mismo tiempo una reflexión sobre la esquiva objetividad.

Otro realizador, especializado en documentales, pero en las antípodas del estilo de Wiseman, como es Michael Moore, ya alabó a las bibliotecas. Podría decirse que a las bibliotecas les sienta bien el direct cinema o cinema vérité. Ahora que tan en boga está lo de “construirse un relato”, lo de vender nuestra verdad: las bibliotecas también deben entrar en el juego. Pero no desde la manipulación sino desde el deseo de acercamiento, de explicarse, de conectar con la sociedad (y a ser posible con los responsables políticos cuando no están fuera de cobertura), para que personas cultivadas como Wiseman, no sigan teniendo esa visión tan reductora de lo que son las bibliotecas en el XXI.

Que las bibliotecas se están erigiendo en instituciones desde las que combatir la tan mentada posverdad solo hace falta constatarlo con actividades como la que celebró la Oliver Wendell Holmes Library, el pasado enero, bajo la denominación: Libraries in a Post-Truth World (Bibliotecas en el mundo de la posverdad). En un tiempo en que el discurso único, la intolerancia o el chantaje se revisten con palabras como democracia, diálogo y entendimiento: es cuestión de tiempo que alguien termine fundando una Biblioteca de la verdad. Pero de la verdad ¿de quién?

 

Los insultos escritos en los libros de Juan Marsé, en una biblioteca, por su posicionamiento respecto a la situación en Cataluña. 

 

Si el historiador Yuval Noah Harari sostiene que el homo sapiens ganó la batalla de la evolución al más poderoso neardental gracias a su capacidad para construir relatos: sigamos evolucionando. Construyamos relatos en las que quepan el mayor número de voces posibles. Observemos como hace Frederick Wiseman en sus películas y huyamos de los dogmas. Solo así conseguiremos estar algo más cerca de esa véritá que nunca pertenece a nadie en exclusiva.

El cineasta John Cassavettes, que tanto buscó la autenticidad como director en sus películas, dijo que: “el cine es una investigación sobre nuestras vidas. Sobre lo que somos. Sobre nuestras responsabilidades -si las hay-. Sobre lo que estamos buscando.” Una frase perfectamente aplicable a las bibliotecas: una investigación sobre lo que somos y nuestras responsabilidades.

 

Parodia que los bibliotecarios de la Biblioteca de Invercargill City, en Nueva Zelanda, han hecho a cuenta de una portada de las Kardashian. La verdad bibliotecaria sin tapujos.

 

Una de las últimas películas de Cassavettes (protagonizada, una vez más, por su fantástica esposa y musa Gena Rowlands) fue Gloria en 1984, y como los suecos Mando Diao rodaron un vídeo para su excelente tema homónimo con aires a lo nouvelle vague, nada mejor que cerrar con él. Al contrario que Wiseman en sus films, en este blog, por mucho que nos empeñemos por ser meros espectadores,  por ser neutros, asépticos, no podemos resistirnos a ponerle algo de música a la prosaica y (muchas veces) fea realidad. Esa es la verdad.

 

 

La biblioteca como experimento

 

Puede que la mayoría aborreciéramos los exámenes sorpresa en el colegio o el instituto: pero ahora, cada día, no sometemos a exámenes diarios cada vez que compartimos una opinión, un post, una foto o una noticia en las redes. Evaluación continua. Todo hijo de vecino, por poco activo que sea digitalmente, se está ofreciendo al examen de miles de ojos anónimos. No es de extrañar por eso que algunos decidan sacarle rédito.

 

Escena del escaneo gestual de la protagonista del apasionante experimento, en forma de película: El congreso (2013). 

 

Mucho se habla de que gigantes como Google, Facebook, Twitter o Instagram paguen por alimentarse de las informaciones sobre nuestros intereses, hábitos, gustos y opiniones que compartimos alegremente: pero mientras que esto llega algunos ninis o millennials, según el caso, han encontrado salidas laborales como conejillos de indias.

Condiciones de trabajo de un beta tester de videojuegos: la profesión soñada de todo nini.

Si desde los 60 en adelante se ha demonizado el exceso de consumo televisivo en los menores: ¿qué no se podrá decir de los videojuegos? En estos tiempos políticamente correctos no quedaría bien que padres y educadores organizaran quemas públicas de videojuegos como se hacía en los 50 estadounidenses con los cómics. Pero no por falta de ganas sino por la difícil combustión que tienen.

Pero para algunos sus horas muertas frente a la pantalla matando zombis les ha salido rentables. Es el caso de los beta tester de videojuegos: los jóvenes contratados por empresas de videojuegos  para que actúen como  jueces (o ¿habría que decir cobayas?) de sus productos. Alojamiento, sueldo y manutención para dedicarse a lo que más le gusta aunque bien es sabido que cuando un placer se convierte en obligación deja de ser placer. La empresa VR Oculus tal vez por eso ha preferido ser más sutil e inteligente.

 

Quema pública de cómics en 1954 a raíz de las tesis del psiquiatra Fredric Wertham: que sostenía que los cómics promovían la delincuencia entre los jóvenes.

 

Tras un acuerdo con la Biblioteca Estatal de California, hasta un total de 90 bibliotecas: disponen de equipos VR-ready, equipados con auriculares Oculus Rift y gafas para que los usuarios puedan experimentar con la realidad virtual. Para ello se eligieron bibliotecas con espacios abiertos (no era cuestión de aislar con auriculares y gafas a los usuarios para que luego se dieran de bruces con la realidad tropezándose unos con otros). Sumergirse en las profundidades del océano, visita la Estación Espacial Internacional o hasta la fusión del núcleo de Chernóbil: todo ello sin perder la perspectiva bibliotecaria implementando software que provea de contenidos educativos a la maravilla tecnológica.

De este modo los usuarios de las bibliotecas se convierten en cobayas voluntarias para los productos Oculus; las bibliotecas atraen más público y amplían su oferta; y la tecnología amplia su campo de experimentación.

 

 

Nada nuevo si nos atenemos a los habituales test de pantalla a las que someten sus películas muchos estudios de Hollywood. Gracias (o por culpa) de estos tests: Pretty Woman (1990) pasó de ser una cruda historia sobre las trabajadores del sexo en Los Ángeles a la historia de puticienta y el príncipe que arrasó; o Martin Scorsese tuvo que recortar los ríos de sangre que fluían (aún más) en su clásico Uno de los nuestros (1990). El sacramento comercial de que el público siempre lleva la razón convertido en una humillación para el artista.

Pero, ¿sigue siendo así? En estos tiempos confusos es difícil decir cuando somos soberanos o cobayas de nuestros consumos. Esto es la jungla y pese a la pátina tecnológica todo sigue reducido al ancestral dilema de comer o ser comido. Tal y como están las cosas hay que elegir: o que experimenten contigo o que ser tú el que experimenta. Y para esto último no hay mejor lugar que la biblioteca.

 

Escena de la serie Mad Men en la que, para probar un lápiz de labios, los publicistas recurren a las secretarias de la agencia cuyos comportamientos observan tras un espejo de visión unilateral.

 

La biblioteca como experimento narrativo y ecológico: 

Margaret Atwood junto a la creadora de Future Library Project en mitad del bosque del que saldrá su libro.

 

Hace pocos meses saltaba a los medios la denominada Biblioteca del Futuro (Future Library Project). Este proyecto ideado por la artista escocesa Katie Paterson se sitúa a las afueras de Oslo y se materializa en un bosque cuyos árboles tienen sus troncos adornados con cintas rojas. Es una forma de señalizar que será esa madera la que servirá para fabricar el papel en el que se imprimirá el libro con el que concluirá este experimento en 2114.

Dicho libro será una obra colectiva conformada por cada uno de los textos que, desde 2014, están entregando a la Biblioteca Pública de Oslo autores tales como: Margaret Atwood, David Mitchell o el poeta islandés Sjón. Sus textos, que se custodiaran en la futura Biblioteca Deichman (con fecha de inauguración para 2018), y serán seleccionados para conformar un libro que no leeremos ninguno de los que hoy pisamos el planeta (salvo que terminemos convertidos en cyborgs, que puede ser).

 

La biblioteca como experimento social:

En Sexo, drogas y tejuelos. Cara B ya hablamos de la asistencia a drogodependientes en la que bibliotecarios estadounidenses se estaban formando a causa de la epidemia de consumo de opiáceos que se están dando en el país. Es uno de los ejemplos más recientes de las múltiples funciones que cada vez se van añadiendo a las bibliotecas.

La Biblioteca Pública de San Francisco, fue la primera en incluir asistentes sociales en su plantilla: y tras ella otras bibliotecas han seguido su ejemplo. Las bibliotecas de Filadelfia se han asociado a la Universidad para abordar cuestiones de salud pública. Un reciente estudio de la Universidad de Pensilvania explica como gracias a esta colaboración numerosos bibliotecarios han sido formados como especialistas en salud comunitaria: lo que les ha permitido ofrecer programas y asistencia para personas de todas las edades y contextos socioeconómicos. Accesibilidad y confiabilidad han sido las dos cualidades que los autores de este estudio han resaltado en bibliotecas y bibliotecarios.

 

Desde 2014 la Fundación sin ánimo de lucro Biblioteca Social está promoviendo e incentivando activamente la labor social de las bibliotecas en nuestro país.

 

En la Biblioteca Pública de Dallas, desde 2013, se desarrolla un programa para personas sin hogar; en la de Hartford, en Connecticut, el programa The American Place ayuda a los inmigrantes recién llegados a integrarse en la ciudad; mientras que en la de Queens, en Nueva York, se diseñan programas de salud dirigidos a la población inmigrante. Las políticas de inmigración deberían contemplar a las bibliotecas como aliadas en las políticas de inmigración: no iban a resolver las complejas problemáticas que plantea, pero como ha dicho recientemente Fernando Aramburu en ABC: “Creo que los libros nos hacen más inmunes al fanatismo.”

 

La biblioteca como experimento artístico:

Otra de las acciones de Yolanda Domínguez: pedir limosna para comprarse un Chanel en el barrio de Salamanca madrileño.

Entre las funciones expositivas de las bibliotecas no solo tienen que centrarse en mostrar obras de artistas: también pueden convertirse en objeto de experimentos artísticos aún sin proponérselo. La biblioteca como musa. Y entre los muchos creadores, que han recurrido a las bibliotecas y a los libros, para plantear sus acciones artísticas aquí rescatamos la performance que la artista Yolanda Domínguez llevó a cabo en una biblioteca de Milán.

En ella, una lectora arranca hojas de La metamorfosis de Kafka ante el estupor del resto de usuarios, y va introduciéndoselos en el escote para aumentar el perímetro pectoral, y de esta manera: denunciar el canon estético que se les exige a las mujeres en nuestra sociedad.

 

 

Pero la biblioteca, como experimento artístico, no es solo cosa de artistas que las utilizan para sus propios discursos: también hay bibliotecarios que experimentan artísticamente con ellas. Es el caso del noruego Kenneth Korstad, director de la biblioteca pública Deichmanske en Oslo, que se ha embarcado en un proyecto para fusionar el concepto tradicional de biblioteca con el arte experimental.

Para ello no ha dudado en abrir la biblioteca a creadores que quieren explorar la música, el cine, el teatro o las bellas artes desde enfoques de lo más experimental. Tanto es así que en el festival Sorforkomfort, que organiza en colaboración con otra biblioteca, se ha presentado desde: música creada a partir del virus del Ébola, danza experimental, música del ruido o teatro. Como sostiene Korstad: “la biblioteca es el último espacio democrático de la sociedad” y él se ha empeñado en explorarlo y abrirlo a todo tipo de audiencias de un modo radical.

 

Reproducción en tamaño normal del que va a ser el mayor libro pop-up del mundo. Es un proyecto que la artista Colette Fu está desarrollando en el Philadelphia Photo Arts Centre en Olde Kensington. Cuando esté concluido, en octubre,  los visitantes podrán pasear dentro de él.  

 

 La biblioteca como experimento cívico:

 

Es probable que para otros países europeos contar con una biblioteca auto-servicio no sea un experimento cívico: sino una simple mejora en la oferta de los servicios bibliotecarios. Pero en un país como el nuestro en el que el concepto de lo cívico, y el respeto al bien común siguen siendo asignaturas pendientes para muchos: un proyecto como la Open Air Library de Alemania resulta un experimento de alto riesgo.
Esta biblioteca alemana inaugurada en 2009 fue diseñada en colaboración con los vecinos. La idea era crear una biblioteca abierta en todos los sentidos: por su distribución de espacios, por estar abierta las 24 horas, porque su equipamiento es autogestionado por los vecinos que gestionan por sí mismos sus préstamos. No ha estado exenta de algún acto vandálico pero en nuestro país dudamos que hubiera sobrevivido más allá del primer año.
Gracias al sistema Open+, una innovación basada en RFID presentada en Francia en 2015, es posible permitir que determinados usuarios accedan a la biblioteca a cualquier hora. Open+, un buen nombre para este sistema al que en nuestro país, para que fuera viable, habría que añadir: Open your mind…al bien común.

 

La biblioteca como experimento político:

 

Hilando con el concepto de Open+, pero sin RFID, tan solo con cajas de madera: no sabemos que habrá sido de la #Bibliotecaurbana que unos voluntarios montaron en ciudad de México tras los recientes terremotos. Afortunadamente es fácil de reconstruir, no hay más que contar con unas cuantas cajas de madera para, poco a poco, ir llenándolas de libros. Tanto en movimientos como el 15M, el Occuppy Wall Street o en la plaza Taksin de Estambul: el nacimiento de bibliotecas espontáneas fue una constante. Lo que nos llamó la atención de esta modesta Open Library Mexicana es el propósito de: “ser un mejor país”.

 

Puede que suene naíf, ingenuo o pueril: pero se basa en una certeza. Cualquier acto es político, y ahora mismo: llevarse un libro prestado a casa, usar las bibliotecas (callejeras o convencionales), participar en sus actividades, interactuar con sus redes o compartiendo opiniones: es un acto político porque con ello se está diciendo que siguen siendo necesarias. Cuando se defiende un servicio público por el mero hecho de usarlo estamos haciendo política; cuando usamos una biblioteca estamos haciendo política.

 

 

 Podríamos seguir dando vueltas alrededor de la biblioteca como experimento. Bien aludiendo al mundo editorial que no aprovecha lo suficiente los fantásticos estudios de mercado que les podían proporcionar las bibliotecas; o pasando por las empresas que no valoran el impacto social tan positivo que ganaría su imagen si actuasen como mecenas (si acaso existiera una ley de mecenazgo en condiciones): pero no queremos eternizarnos. Ha quedado más que claro que los experimentos no se hacen con gaseosa: se hacen con arrojo y ganas de evolucionar.

 

Por eso cerramos con el ejemplo de Yoko Ono. Para muchos una chiflada, una mala pécora que acabó con The Beatles (inocentes que eran los muchachos): pero lo cierto es que bien les resulte ridícula a unos con sus obras conceptuales, u otros la aprecien como referente vanguardista: la japonesa de 84 años hizo de su capa un sayo desde el principio. Independientemente de lo que se piense de ella y su obra: toda una lección para perder el miedo a experimentar. ¿Qué baila mal? Pues ella misma lo proclama a los cuatro vientos. No se trata de no reconocer nuestras limitaciones sino de reconvertirlas en un estilo propio.

 

 

Síndrome de Estocolmo bibliotecario

 

Síndrome de Estocolmo bibliotecario: “Dícese del peligro de contaminación intelectual inherente al hecho de visitar una biblioteca. Se concreta en posibles efectos devastadores sobre las propias creencias por el hecho de vagar de manera errática entre sus colecciones. Puede dañar seriamente la capacidad para sostener discursos únicos y puntos de vista acérrimos.”

 

Antonio Banderas y Victoria Abril en Átame (1989): el síndrome de Estocolmo como un cuento de hadas romántico.

 

Patricia Hearst ha conocido una segunda vida pública como actriz en las películas de John Waters. En Cry baby (1990) interpretaba a la convencional madre de Traci Lords.

Cuando la rica heredera neoyorquina Patty Hearst saltó a los medios por su secuestro allá por los 70 del siglo pasado: el público no estaba tan familiarizado como ahora con lo que significaba el síndrome de Estocolmo. En el caso del Síndrome de Estocolmo bibliotecario no existe violencia alguna ejercida por terceros sobre nuestro criterio, pero sí rapto. Rapto en el sentido de arrebato, de impulso, de revelación, sino ya mística, que sería demasiado, sí al menos intelectual.

En la hiperinflación de ideas, opiniones, teorías, posverdades o paranoias en las que vivimos lo que más se cotiza es el espejo de la madrastra de Blancanieves. Un espejo en el que mirarnos una y otra vez hasta convencernos de que llevamos la razón: y para eso acudimos a los medios que sabemos que piensan como nosotros, escuchamos a aquellos que dicen lo que nos gustaría decir a nosotros, y nos rodeamos de quienes sabemos que no nos llevarán la contraria. Y lo cierto es que la atomización de la información que proporcionan las redes, lejos de poner difícil este ombliguismo, cada vez lo hace más fácil.

 

La dictadura de Kim Jong-un en emoticonos.

 

Vivimos en la dictadura de los emoticonos (o emojis según la edad). Todo tiene que ser emocional, visceral, sentimental, inmediato. Y así la pausa que se necesita para reflexionar se esfuma; y vamos poniéndoselo un poco más fácil a los robots: que serán los que se ocupen de gestionar lo racional con la eficacia de un algoritmo.

Jobcalypse: el fin del trabajo humano y cómo los robots nos reemplazarán. 

Y hablando de algoritmos. En la web Will Robots Take My Job? (¿Me quitarán mi trabajo los robots?) se puede introducir la profesión sobre la que se tenga dudas sobre su futuro; y en pocos segundos la web devuelve un informe completo sobre las probabilidades que dicha profesión tiene de ser suplantada por robots, basándose en un estudio que analizó más de 700 trabajos.

Por supuesto, al saber de la existencia de esta web, lo primero que hicimos fue introducir en su buscador “librarian” y el resultado fue de un 65% de probabilidades de que los robots dejen en el paro a la mayoría de bibliotecarios actuales. Nada se dice de las bibliotecas, que como sosteníamos en Una verdad (bibliotecaria) incómoda: puede que lo tengan más fácil para sobrevivir que los propios bibliotecarios.

 

Dibujo publicado en el periódico The Moscow Times de la bibliotecaria Natalia Sharina durante el juicio en el que se le acusa de promover el odio étnico.

 

Pero algo habrá que hacer con ese 35% que dejan los robots para la supervivencia de la profesión bibliotecaria. Y la bibliotecaria moscovita Natalia Sharina, a su pesar, lo está haciendo.

Póster diseñado por la Asociación Ucraniana de Bibliotecas para pedir la libertad de Natacha Sharina.

Sharina ha sido, antes de que la destituyeran fulminantemente, la responsable de la Biblioteca de Literatura Ucraniana de Moscú. Actualmente Sharina se enfrenta a un juicio por crímenes de odio porque los libros que se custodiaban en dicha institución (la mayoría en acceso restringido) no concuerdan con la versión oficial que el régimen ruso quiere implantar sobre la realidad ucraniana.

Entre las acusaciones se encuentra: la de no filtrar, ni destruir aquellas obras que pudieran considerarse contrarias al discurso gubernamental. Trump acusa a los medios a través de su cuenta de Twitter, su homólogo ruso Putin: ni siquiera necesita de redes sociales para aplicar el algoritmo de la represión. Lo hace a la vieja usanza, como siempre se ha hecho.

La batalla legal que ha envuelto a esta bibliotecaria rusa peca de rancia, como todo lo que últimamente proviene de la tierra de Tolstoi, Dostoyovski o Chejov. Pero hay debates más contemporáneos, pero tan estúpidos que parecieran provenir de otros tiempos, en los que la libertad cultural sigue poniéndose en entredicho. Es el caso del apropiacionismo cultural.

 

El último caso de apropiacionismo cultural. Chanel convierte en objeto de lujo uno de los símbolos de los aborígenes australianos, el bumerán, y los defensores de la pureza étnica cultural atacan de nuevo.

 

El excelente libro de relatos breves de Antonio Pereira.

Ese nuevo/viejo exceso del discurso políticamente correcto cuyos efectos, de propagarse, pueden llegar a equipararse a los del calentamiento global, según el cual: es necesario preservar la pureza original de toda creación cultural impidiendo que sea desvirtuada por individuos ajenos al entorno en que se generó.

Si bien el debate o la polémica (mucho mejor polémica: ¿qué sería de un texto digital hoy día sin que incluya como reclamo la palabra en cuestión?) se ha centrado en representantes mainstream de la cultura de masas. La última crónica sobre apropiacionismo cultural se generó hace dos meses en el Museo Whitney de Arte Americano de Nueva York.

La polémica (otra vez) corre a cuenta de la obra que la pintora Dana Schutz dedicó a Emmett Till, un adolescente negro asesinado por coquetear con una mujer blanca en la década de los 50. La denuncia sobre el racismo que lleva implícita la obra no fue del agrado de determinados colectivos precisamente por el color de piel de la autora: blanco. Las protestas no exigieron solo la retirada de la obra en cuestión, sino incluso su destrucción.

 

“El espectáculo de la muerte negra”: el mensaje/denuncia en forma de camiseta frente al cuadro acusado de apropiacionismo por estar pintado por una blanca.

Houellebecq, probablemente, sea el único secuestrado que induce el síndrome de Estocolmo en vez de sufrirlo él.

Todo este debate aún puede sonar lejano en nuestro país, pero dada la celeridad con que exportamos los peores hábitos foráneos (y obviamos muchas veces los mejores) será cuestión de estar alerta ante esta exigencia de pureza étnica cultural. Esto del apropiacionismo cultural es como un bumerán (de Chanel a ser posible) que si te descuidas te golpea en la cara dándole la vuelta a tus propios argumentos.

No en Australia, pero sí en otras costas bañadas por el Índico, en esa India a la que autores como Rudyard Kipling (que hoy, pese a haber nacido en Bombay, estaría bajo sospecha por ser de padres ingleses) popularizaron en Occidente: se puso en marcha uno de los mejores antídotos contra la intolerancia y un ejemplo perfecto de síndrome de Estocolmo bibliotecario.

 

Fue el pasado 22 de abril cuando se celebró por primera vez en la India, concretamente en la ciudad de Hyderabad: una biblioteca humana con 20 candidatos “a ser leídos”. El proyecto de origen danés de The Human Library, que promueve encuentros entre personas para compartir experiencias de vida  lleva desde el año 2000 promoviendo conexiones que desmonten nuestras pequeñas visiones del mundo. Como interpelaba el eslogan para anunciar la celebración de esa primera Biblioteca humana hindú: ¿Cuál es tu prejuicio?

En marzo fue Valencia la que vivió la experiencia de una Biblioteca humana dentro del Festival Internacional de Cortometrajes y Arte sobre Enfermedades. Desempleado, gitana, trabajadora sexual, hombre gay seropositivo, cuidadora con escasos ingresos, persona con trastorno mental y persona con diversidad funcional: fueron los siete libros humanos para experimentar el saludable síndrome de Estocolmo que las bibliotecas propician con sus ejemplares impresos, digitales o de carne y hueso.

 

Abrimos con Cry baby de John Waters y cerramos con Cecil B. Demente (2000) del mismo Waters (en la que Patricia Hearst hacía un cameo).  Un director de cine independiente rapta a la rutilante estrella hollywoodense para obligarla a protagonizar su próxima producción en contra del sistema. La estrella termina fielmente entregada a la causa antihollywoodense.

 

Lobbies de biblioteca

 

Si algo tienen los estadounidenses es el don de la oportunidad. La industria de Hollywood cuando se olvida, por un momento, de los taquillazos diseñados por ordenador para adolescentes y se ocupa de temas adultos: demuestra una agilidad asombrosa para abordar asuntos de lo más candente.

No es de extrañar por ello que a poco más de tres meses de haber llegado a la Casa Blanca un presidente apoyado por el lobby armamentístico: se estrena una película que analiza el poder implacable de los lobbies (o grupos de presión política) que operan en Washington. En El caso Sloane (2016) es un lobby que defiende a la industria armamentística; pero en la magnífica serie House of cards ya llevan varias temporadas mostrando la cara más sucia e inquietante de los entresijos del poder (una visión avalada por figuras como Obama o Clinton).

Pero ¿se podría hablar de lobbies de biblioteca? Sin duda. En Tensión bibliotecaria no resuelta ya citábamos al implacable lobby estudiantil que impone sus necesidades al resto de habitantes de las bibliotecas (bibliotecarios incluidos). Como se decía allí: las salas de las bibliotecas en ocasiones son lo más parecido a una lucha por la supervivencia en hábitats reducidos. Pero hay otros tantos lobbies muy habituales en la mayoría de bibliotecas de tamaño medio-grande.

 

 

El Lobby de oro (en recuerdo de la inolvidable Las chicas de oro) o de la tercera edad por entendernos: no es despreciable en cuanto a la territorialidad que demuestran algunos de sus miembros a la hora de hacer suya la biblioteca. No será ni una, ni dos, ni tres, sino probablemente muchas más las bibliotecas que han tenido que poner algo de orden a primera hora de la mañana en la sección de lectura de prensa.

Para individuos que han vivido los años de escasez de la posguerra: lo de acaparar la prensa e incluso llegar a sentarse sobre ella si hace falta para asegurar su lectura antes que nadie (basado en hechos reales): resulta un hábito adquirido difícil de controlar. Tanto como colarse en otros espacios matutinos que dominan a la perfección: las consultas del médico o las colas en las plazas de abastos.

Los efectos secundarios del Sintrom no dicen nada al respecto, así que habrá que deducir que esa habilidad va de serie en muchos de los representantes de la generación más longeva que conoce nuestro país.

 

Damien, con sus padres, camino de la biblioteca.

 

El lobby infantil, pese a que algunos bibliotecarios hayan creído ver a Damien de La profecía encarnado en más de uno de los tiernos usuarios de la sección: en realidad no existe. El grupo de presión que lucha por los derechos de los menores en la biblioteca es algo más temible incluso que el lobby de oro y el de los estudiantes juntos.

La educación en España siguiendo escrupulosamente la ley del péndulo: del exceso de autoritarismo al exceso de permisividad.

Se trata del Lobby paterno/materno (contravenimos la economía en el lenguaje con tal de no alterar a colectivo de piel tan fina): no hay nada como un padre o madre (en esto no discriminamos por nacionalidad, faltaría más, pero si son españoles el riesgo se acentúa) que crea que la biblioteca ha perjudicado a su criatura para que se convoque de inmediato el gabinete de crisis del centro.

Un error que ha dejado sin plaza a un niño en un taller; un cómic manga traicionero de esos que arrancan de lo más cándido, y allá por el número 56, hacen desarrollarse exuberantemente a sus heroínas pero sin cambiarles la talla de vestido; o ese libro/película/cederrón que jura y perjura que su hijo se llevó tal y como si un gato montés lo hubiera tenido en su madriguera durante un año.

 

De acuerdo, los mimos dan grima. Pero ¿qué tal una campaña bajo el nombre de: Mimo mi biblioteca? En ella un mimo recibiría a papás y niños los días de mayor afluencia a la biblioteca. Por un lado, se podría inducir a los niños a respetar la quietud en la biblioteca; y por otro (esto sería lo más difícil): “reeducar” a ciertos progenitores sobre el necesario respeto por los espacios y bienes públicos.

 

Y aún podríamos seguir definiendo a vuelapluma algunos grupos que probablemente no entran dentro de la categoría de lobbies pero que igualmente pugnan por sus intereses dentro de la biblioteca (investigadores, docentes, escritores, asociaciones de barrio…). Observar a distintas especies luchando en los confines de un mismo territorio siempre resultará un espectáculo fascinante de estudiar.

Ensayo de 2014 sobre profesionales de la información que trabajan con asuntos que desafían el status quo.

Pero, ¿y la especie bibliotecaria? Para hablar de bibliotecarios dejamos la etología aparte. No es un trato de favor respecto a los demás colectivos, es que a los especímenes bibliotecarios ya los sometemos a estudio continuamente. Por eso en este caso mejor centrarnos en la capacidad del gremio para ejercer algo de poder.

Cuando en nuestro país hay solo dos colegios profesionales, y pese a los esfuerzos, no ha sido posible hasta la fecha crear más: hablar de grupo de presión resulta, por decirlo suave: un tanto exagerado. Fuera de la labor de las asociaciones por defender los intereses de la profesión: los bibliotecarios españoles quedan muy lejos, no ya de los Estados Unidos, sino de incluso países más cercanos como Francia o Italia.

 

 

El impresionante plató montado en una plaza de Milán para la gala que retransmitió la RAI3 para fomentar la lectura.

En Italia, desde el 2015, llevan organizando una campaña conjunta en las redes sociales: editores, libreros y bibliotecarios para fomentar la lectura a través del hashtag #ioleggoperché (lo leí). Ya de por sí esta alianza suena exótica en nuestro país; pero aún lo es más cuando se suman a ella desde:  redes de supermercados, la red de ferrocarriles (organizando un bookcrossing) e incluso la RAI3: que el primer año retransmitió en horario de máxima audiencia una gala desde Milán como clausura de la campaña.

¿No serían buenas ideas a imitar en el flamante Plan de Fomento de la Lectura 2017-2020? Seguro que una de las estrellas del grupo televisivo de origen italiano Mediaset querría ejercer de maestra de ceremonias. De este modo combinaría su experiencia como conductora de realities con su reciente empeño por convenZer a los telespectadores para que lean.

Ya que importamos, televisivamente de la Italia de los 90, cosas tipo las Mamachicho o las Cacaomaravillao: no estaría mal importar ahora galas tipo la de Milán en 2015. Mucho se habla del sentido del espectáculo de los estadounidenses; pero nuestros vecinos mediterráneos tampoco se han quedado cortos a la hora de montar buenos shows.

 

 

Y desde el 2012, también en Italia, se lleva celebrando el Bibliopride desde Nápoles. Puede que algo menos vistoso y colorido que el Gaypride pero igual de reivindicativo: marchas, eventos sincronizados en bibliotecas de todo el país, flashmobs, fiestas y múltiples actividades para reafirmar la importancia de las bibliotecas en la sociedad.

 

 

En Francia, la Asociación de Bibliotecarios acaba de denunciar las condiciones de trabajo de muchas de las bibliotecas de la zona de Languedoc-Roussillon. En una carta abierta, los bibliotecarios han denunciado a través de los medios las situaciones de recortes, abusos de poder e incluso acoso: que están viviendo algunos de sus colegas en las bibliotecas de la citada región. Nada nuevo en Francia donde las asociaciones que defienden a las bibliotecas y sus profesionales tienen un largo recorrido.

Compilación de ensayos, publicado en 2008, en los que se pone en tela de juicio la, supuestamente, necesaria neutralidad bibliotecaria.

No sabemos hasta que punto se podría hablar de lobbies bibliotecarios en Italia o Francia, pero en los Estados Unidos, dada su gran tradición activista y asociativa, el término no queda tan lejos.

Casos como el posicionamiento de los bibliotecarios en contra de la Administración Bush, en su día, con tal de defender la privacidad de sus usuarios; la contundente respuesta que están dando a las iniciativas de Trump; o la exitosa campaña iniciada por una bibliotecaria para evitar la prohibición de un libro de Michael Moore: dan fe de que, pese a ese declive del imperio norteamericano que muchos profetizan, tienen muchas lecciones que darnos en según qué asuntos.

Mucho se habla de la biblioteca como lugar para el empoderamiento (palabra fea, pero inevitable hoy día) de muchos colectivos. Pero mucho nos tememos que hablar de las bibliotecas como centros de poder es una ucronía que requiere de una imaginación a la altura de los guionistas de House of cards. Pero ya lo advertimos hace poco: hay un golpe de estado cultural en ciernes y en el nuevo orden mundial aún queda por saber en qué lugar quedarán las bibliotecas.

 

Que nadie confunda la discreción del gremio bibliotecario con un afán por desaparecer: todo lo contrario. Es un ardid para convertir a las bibliotecas en centros de poder en la sociedad del exhibicionismo.

La revolución empezará en la biblioteca

 

 

“No es saludable estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma”

Jiddu Krishnamurti

 

Entre 1904 a 1906 Winsor MCcay publicó la tira dedicada a Little Sammy Sneeze en el New York Herald. El estornudo del pequeño Sammy resultaba subversivo en su inocencia: era el grito huracanado e irrefrenable de un arte que aspiraba a romper la claustrofobia de las viñetas para volar libre y surrealista. Entonces llegaron los superhéroes con sus estéticas, entre ridículas y fascistas, y confinaron a lo que hoy se entiende como novela gráfica en los estrechos márgenes industriales de los comic books (o cómics de grapa).

Pero no vamos a hablar de cómics aquí, aunque lo parezca, en realidad de lo que queremos hablar es de libertad de expresión. Y concretamente de libertad de expresión en bibliotecas. Ya desgranamos casos reales de intentos de censura en Acróbatas del tejuelo; y aquí en cierto modo damos una vuelta de tuerca de nuevo al asunto.

Hace pocos días saltaba la noticia de que la Biblioteca Pública de Nueva York expondrá los archivos de Lou Reed. Como dijo su viuda la compositora Laurie Anderson resultaba de lo más lógico que la memoria de Reed quedase en una institución como la biblioteca y en mitad de la ciudad que tan intensamente vivió.

¿Pero habría sido algo así posible en los años en que vieron la luz canciones como Heroin, Venus in furs o incluso su éxito más reconocible por las masas: Take a walk on the wild side? ¿no se habrían elevado muchas voces denunciando que cantos a las drogas, el sadomasoquismo o la transexualidad no deberían albergarse entre las respetables paredes de una biblioteca?

Es cierto que el tiempo desactiva la carga explosiva de muchos productos culturales que en su día escandalizaron.  Pero también es cierto que como repite Pedro Almodóvar últimamente: sus películas levantarían aún más ampollas en estos tiempos que en los 80 en las que nacieron. Mirándolo bien estamos de enhorabuena: la exacerbada corrección política que todo lo ahoga está creando un caldo de cultivo de lo más fecundo para el éxito de la irreverencia.

En otros tiempos eran los artistas los que hacía uso de la irreverencia para arraigar sus discursos creativos en la sociedad. Ahora en cambio son personajes tan groseros como Trump los que triunfan gracias a que tanta gente se la coja con papel de fumar por miedo a pisar algún callo (el reciente artículo de Alfredo Álamo en Lecturalia sobre los “lectores de sensibilidad”  ponía los pelos de punta). Puede que estemos en los albores de movimientos que, como el punk en los 70, sacudan el vertiginoso en las formas, pero amuermante en los contenidos: panorama de este mundo hiperconectado. Una señal clara provendría del auge de fenómenos culturales alternativos como son los fanzines.

 

El reciente artículo publicado en Tentaciones de El País: ¿Por qué el fanzine vuelve locos a los nativos digitales? describía el auge de este tipo de publicación vocacionalmente marginal, underground, grosera y gratuitamente procaz entre las nuevas generaciones. Lo que fue un arma contracultural cuando no existían las redes sociales, ni el WhatsApp, ni siquiera el correo electrónico: está viviendo una posible segunda, tercera o cuarta edad de oro paralelamente al boom de la lectura digital. Y ¿cómo no? las bibliotecas están ahí.

En algunas de ellas se está haciendo un hueco cada vez más señalizado al fanzine. Bien de estraperlo entre las cada vez más numerosas secciones dedicadas al cómic y la ilustración; o directamente reclamando el sufijo -teca que tantos otros soportes, antes que ellos, se han ido adhiriendo. ¿Pero no puede ser un contrasentido que algo tan independiente, auto gestionado y crítico con el sistema se integre entre los respetables muros burgueses de una biblioteca? Cuenta atrás para el primer titular sobre la denuncia de un indignado ciudadano contra una biblioteca por tener una sección de Fanzinoteca.

El libro de Rafa Cervera sobre uno de los fanzines más célebres de la movida madrileña de los 80: Estricnina

Pero en realidad esto no sería nada sorprendente. Los que deberían, tal vez, estar más inquietos son los propios fanzinerosos.

¿Se puede preservar el vitriolo grapado que transportan algunos fanzines dentro de instituciones que dependen de políticos que sostienen al sistema que critican? ¿No actúan las bibliotecas como el vampírico señor Burns de Los Simpson: frotándose las manos ante la sangre fresca de esa juventud inquieta y creativa que puede asegurarles un poco más de vida?

Tan exagerado suena una cosa como la otra, pero hablando de fanzines: lo suyo es irse a los extremos para conseguir un retrato bastante realista de la situación.

 

Muro de la Biblioteca Central de Bristol en el que se conserva una intervención de Banksy. La frase sonriente que aprovecha las dos salidas de ventilación como ojos para proclamar que: “no necesitas pedir permiso para construir castillos en el aire”

Hace también unos días se inauguraba, junto al muro que Israel ha construido en Cisjordania, un hotel decorado por el artista urbano más famoso del planeta: Banksy. El que ya se conoce como el hotel con peores vistas del mundo es el último proyecto del misterioso grafitero que lleva años lanzando sus andanadas contra el sistema en forma de perfomances urbanas.

Pero no solo eso, Banksy es quizás el que ha puesto de manera más evidente sobre la mesa la eterna cuestión de si un movimiento artístico que nace para rebelarse puede integrarse en las instituciones. Su ya mítico documental Exit through the gift shop, además de divertido: planteaba la cuestión más peliaguda de todas: ¿hay un momento en que hay que dejar el underground y aspirar a la…

Así escrito, bien escandaloso y de sospechoso color marrón. El que te respeten está muy bien hasta que deja de estarlo. Cuando el respeto es un eufemismo para camuflar la falta de deseo puede resultar de lo más frustrante; y en este sentido las bibliotecas no quieren ser respetadas, es más, necesitan que les falten al respeto cada vez más. Que las intervengan, las cuestionen, las reinterpreten, las invadan, las revivan, las sacudan: en definitiva que alejen de ellas esa respetabilidad de damas decimonónicas con que algunos políticos las siguen imaginando. Esos responsables políticos que en cambio, sistemáticamente, les faltan groseramente al respeto, les hacen bulliying: recortándoles presupuesto, personal, horarios o actividades.

 

Fanzines literarios: porque no solo de gore, procacidades y escatologías vive el mundo fanzinero.

 

No es un fanzine: es el libro en el cual el profesor de Harvard Mark H. Moore presentaba en sociedad su concepto del “valor público”.

A mediados de la década pasada el concepto de “valor público” se abrió paso entre los planteamientos de los laboristas ingleses cuando buscaban formas de mejorar los servicios públicos de su país.

Provenía del libro del profesor Mark Moore, de la Universidad de Harvard, titulado: Creando valor público. En esa obra el profesor de Harvard defendía la necesidad de que los funcionarios creasen “valor público” con su trabajo. Frente a la idea de que los trabajadores públicos están supeditados a los designios del  político de turno, debían preservar su independencia como garantes de las instituciones y desafiar los fines de la política. Ahí es nada.

Pero no deja de ser cierto: los cargos políticos pasan; los trabajadores públicos, con plaza fija, quedan. Y Moore puso como ejemplo perfecto la labor que desarrollaban algunos bibliotecarios para mejorar sus servicios.

Eso fue justo antes de que llegase la crisis y arrasase con todo (bibliotecas incluidas). Pero el germen de la idea del profesor Moore no se desvaneció, germinó en cierto modo, en las posteriores revueltas ciudadanas contra el cierre de bibliotecas en tierras inglesas. El espíritu iconoclasta e inconformista  de los fanzines no anda tan lejos de los ánimos reivindicativos que el activismo bibliotecario ha promovido en el mundo anglosajón.

En el fantástico cómic Los viejos hornos: jubilados terroristas y jóvenes antisistema okupan una residencia aristócrata en el centro de París desde la que planifican la revolución.

Si algo se puede aprender de todo esto es que la mejor manera de reformar el sistema es desde dentro. Hacen falta pequeñas palancas que desplacen milímetro a milímetro el tonelaje de unos servicios públicos amenazados. Pensar que unas endebles publicaciones con grapas, fotocopiadas y muchas veces mal impresas puedan cambiar algo: suena de lo más naïf. Pero ¿cuántas revueltas recurrieron a los pasquines y los libelos para propagarse?

Puede que Do it yourself (Hazlo tú mismo) sea el lema punki que inspira el movimiento fanzineroso, pero pocos profesionales públicos están más capacitados para interiorizar su significado que los bibliotecarios. Es el mantra que se repiten día a día al acometer sus tareas.

Los Depeche Mode se preguntan en su último single Where’s the revolution?   Aquí lo tenemos claro, si la revolución llega empezará en una biblioteca.

Dibujo explicativo del autor de cómics y fanzines Magius

Siente un bibliotecario a su mesa

 

Si Hollywood decidiera un improbable remake del Plácido (1961) de Berlanga es más que posible que el resultado terminase inscrito bien en el género de zombis, superhéroes o vampiros.

Difícilmente lo adaptaría para que el eslogan (“siente un pobre a su mesa”) de la campaña navideña sobre la que gira la genial sátira berlanguiana sobre la España de los 50 (es del 61 pero las décadas no cambiaban tan rápido como ahora) incluyese a un bibliotecario salvo que fuera un bibliotecario zombi o vampiro, claro está. En cambio en estas fechas muchas familias comprueban lo bien que viene tener uno sentado a la mesa, sobre todo, a la hora de elegir los regalos.

¿Qué libro le compro a tu tía?, ¿qué cómic hará que se enganche a la lectura tu sobrino?,¿qué película clásica le gustará recordar a la abuela?, ¿le compro un ereader o una tablet a tu hermano?, ¿qué cuentos son más educativos para la pequeñaja los de Peppa Pig o los de Las tres mellizas? Como asesores en aquellas familias que aún consideran a la cultura como algo digno de regalar, siguen siendo valiosos.

 

De los Estados Unidos de Norman Rockwell a las mesas de muchos hogares occidentales de hoy día.

 

Familia (1996) el interesante estudio familiar de Fernando León de Aranoa en su debut cinematográfico

Lo que ningún bibliotecario va a solucionar será las impertinencias si la familia incluye algún representante del cuñadismo, los conflictos soterrados que cual tragedia de Tennessee Williams afloran a la tercera copa de cava o los disgustos de la matriarca por algún comentario inoportuno del abuelo. Entre otras cosas, porque probablemente los bibliotecarios estén directamente implicados en algunas de estas escenas navideñas tan entrañables.

Si hay un ritual en Occidente en el que la institución familiar despliega todo su arsenal de virtudes y defectos ese es sin duda la Navidad. No nos consta ningún estudio sobre la evolución de los hábitos de las familias a la hora de celebrar estas fechas señaladas en rojo en el calendario.  Pero qué duda cabe que algo debe haber cambiado, la familia por mucho que le pese a algunos: ha evolucionado, ha mutado y no se sabe hasta dónde llegará su transformación.

En unas Navidades, como estas de 2016, en las que ha vuelto a la mesa de novedades, con categoría de clásico, el cuento Con Tango son tres: es buen momento para fijarse en el papel que las bibliotecas pueden jugar en esta normalización de esos nuevos tipos de familia que inevitablemente van a hacer que al menos, aparentemente, la imagen de estas fiestas sea menos uniforme.

 

La historia real de los dos pingüinos emperadores del zoo de Nueva York que recogieron un huevo abandonado, lo empollaron y se convirtieron en padres del pequeño pingüino: se convirtió en un canto a la tolerancia y el respeto a otros modos de familia que Justin Richardson y Peter Parnell transformaron en cuento ilustrado. Pero su fama proviene más bien del hecho de llevar años en el top del ranking de cuentos censurados en diferentes países. Pocas veces habían puesto tan fácil convertir la inclusión de una obra en los fondos de una biblioteca en un acto político y de defensa de los derechos sociales.

La fascinante novela autobiográfica de Angelika Shrobsdorff

En 2015 el trabajo final de grado de la titulada en Educación Primaria por la Universidad de Sevilla, Nieves Gallego Acosta: Familia y literatura infantil. Nuevos modelos para una nueva literatura, se incluye una selección de títulos que toda biblioteca, que quiera promover la aceptación social de esos nuevos modelos de familia, ha de tener en cuenta en su sección Infantil y Juvenil.

Hace poco más de un mes en la localidad valenciana de Quart de Poblet se estrenaba una “biblioteca de colores” dentro de la Biblioteca Pública Municipal Enric Valor. Promovida por la asociación Lambda, que lucha por los derechos del colectivo LGTBI, se materializó con una donación de fondos para la zona infantil y juvenil que sirvieran también para cuentacuentos en los que se trabajase la aceptación desde la diferencia entre los más pequeños.

Desde la proliferación de las Bibliotecas familiares públicas, de las que nos hablaba Elisa Yuste en su blog; pasando por la normalización de los nuevos modelos de familia: las posibilidades que se abren a las bibliotecas para revalidar y ampliar su labor de apoyo a esas extrañas estructuras sociales que son las familias: es prometedor.

 

Viggo Mortensen padre de una familia que no sigue las normas

 

El clan (2015) la aclamada cinta argentina sobre una familia de secuestradores

Si algún día, como algunos reclaman, llegase a España la posibilidad de educar en el hogar como de manera legal, se hace en otros países: las bibliotecas serían una institución imprescindible para proveer de materiales, y para ofrecer espacios de socialización para esos niños. Como no podía ser de otro modo en el mundo anglosajón llevan años fomentando el papel de las bibliotecas (y de los bibliotecarios) en las familias que optan por este tipo de educación fuera de los sistemas convencionales.

Y precisamente en la mayoría de los casos son padres con alto nivel educativo los que optan por este tipo de educación. La perfecta asociación: bibliotecas públicas y homeschoolers (que es como se denominan a estos estudiantes en el hogar) se titulaba un artículo de hace dos años en el blog de la Asociación de Bibliotecas Públicas norteamericanas.

Las biografías de hijos de famosos: un clásico del rencor filial.

 

¿Serán diferentes las Navidades para estas familias que optan por formas alternativas, bien de constituirse, como de educar a su prole? Es más que probable, pero considerando que están formadas igualmente por seres humanos: no cabe duda alguna de que los reproches, los afectos, los conflictos y las alegrías seguirán siendo protagonistas en sus reuniones.

Y confiemos en que las bibliotecas jueguen un papel principal como aliados en sus proyectos de vida: sienten o no a un bibliotecario en su mesa.

 

Pero volviendo al eslogan que Berlanga parodiaba en su película. No fue un invento del genio valenciano, en realidad provenía de una campaña real de la España franquista que quería promover la caridad cristiana. Un eslogan perfectamente adaptable a las bibliotecas desde siempre, pero aún más tras estos años de crisis: pero ya sin necesidad de caridad cristiana sino de justicia social. En las bibliotecas los pobres, como los ricos (aunque nos tememos que estos últimos mucho menos) se sientan en las sillas y en las mesas sin necesidad de que nadie les invite.

En breve se publicará el estudio íntegro que el profesor de la Universidad de Murcia, José Antonio Gómez Hernández, ha dirigido en colaboración con otros profesores de la misma Universidad sobre personas en riesgo de exclusión social y bibliotecas.

Los testimonios recogidos en el estudio, tanto provenientes del personal, como de los usuarios con riesgo de exclusión social, así como las conclusiones finales: reafirman el valor social de las bibliotecas públicas para aquellas personas que viven en situaciones de precariedad.

 

Vagabundos leyendo en bibliotecas californianas fotografiados por Fritz Hoffman para National Geographic

 

Fun home: una familia tragicómica. La novela gráfica autobiográfica de Alison Bechdel

Después de todo esto, queda claro que las ventajas de sentar a un bibliotecario a la mesa son variadas: son útiles a la hora de asesorar en cuestión de regalos, están abiertos a nuevos modelos de familia, y por lo tanto (aunque esto sea mucho suponer) deben ser buenos anfitriones; y por último, te excluyen de tener que acordarte a última hora de ser solidarios y comprometidos con los desfavorecidos por ser Navidad. No porque ya se tenga a un pobre sentado a la mesa teniendo a un bibliotecario (que hay que puntualizarlo todo); sino porque apoyando a los bibliotecarios (y se supone que por extensión a las bibliotecas aunque sea de boquilla) están demostrando sensibilidad hacia una de las instituciones que más ayudan a combatir las desigualdades sociales.

En definitiva: siente un bibliotecario a su mesa. Todo lo que puede pasar es que se exceda bebiendo, sea malo contando chistes o le dé por sacar a relucir trapos sucios familiares. Algo en lo que, sea cual sea nuestra ocupación laboral, ninguno estamos libres de caer.

 

Acróbatas del tejuelo: libertad de expresión en bibliotecas

 

Este artículo está basado en hechos reales.
Los nombres propios y localizaciones han sido
convenientemente omitidos para respetar la
privacidad de las personas e instituciones
implicadas en los hechos que aquí se narran.

 

En los Estados Unidos (que nadie se preocupe, no nos vamos a ir tan lejos para hablar de bibliotecas, nos vamos a quedar mucho más cerca) es ya un clásico lo de publicar el listado de obras censuradas por diversas razones en las bibliotecas públicas. La ALA publica el listado en el blog Intellectual Freedom.

 

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En nuestro país no exista tal costumbre, pese a tener menos recorrido democrático tenemos tan interiorizado lo de la libertad de expresión que ese listado sería impensable. En España la pluralidad de ideas, de expresiones artísticas, de discursos es respetada en todos los ámbitos, y todavía mucho más en las bibliotecas… Pero mejor nos centramos un poco, que la deriva hacia la fantasía de este artículo es preocupante, máxime cuando acaba de arrancar prometiendo basarse en hechos reales cual telefilme de sobremesa en Antena 3.

 

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Es posible que algún profesional del gremio pudiera narrar alguna sugerencia velada (o sin velo alguno) a la hora de seleccionar obras para su biblioteca, diseñar actividades o distribuir sus exiguos presupuestos para beneficiar a algún literato afín al político de turno. Pero en cualquier caso, sin duda, sería la excepción que confirmaría la regla. No hablamos de Estados Unidos, ni vamos a hablar de nuestros políticos: la peor censura, la más dañina, la que provoca que luego vengan todas las demás, la que puede constreñir el libre ejercicio del criterio bibliotecario hasta estrangularlo es la dictadura del cliente, del usuario, del ciudadano.

 

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Sí, ese ser al que tanto se mima, se estudia, se aspira a satisfacer. Una de cal y otra de arena. Si otras veces hemos defendido que hay que “dejarse hacer”, “dejarse intervenir” por los ciudadanos; aquí vamos a hablar de los límites de ese intervencionismo. Y cumpliendo con lo prometido nada mejor que unos cuantos hechos reales para ilustrarlo [radar cotilla bibliotecario en modo ON]:

 

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Hace unos años en la revista de la biblioteca X, se publicó un artículo que, a modo de cenefa, se decoraba con las estupendas tiras que sobre la historia de la humanidad dibujó el genial Milo Manara, y que anteceden a este párrafo. Pese a que el tamaño de las mismas era ciertamente pequeño, una usuaria las escudriñó con detalle; y una vez hecho,  denunció a la biblioteca ante el Instituto de la Mujer por haberlas publicado. El motivo esgrimido era que en la crónica histórica dibujada del artista italiano se incluían hechos denigrantes hacia las mujeres como violencia sexual.

Se desconoce los conocimientos en historia de la ciudadana ofendida, pero se empieza así y se termina como ciertos regímenes totalitarios: purgando personajes caídos en desgracia de las fotografías de los próceres de la patria. Afortunadamente la denuncia en cuestión no prosperó pese a que se abriera una investigación.

 

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La de maravillas que habrían hecho en la época de Stalin de haber existido el Photoshop. En la segunda imagen hasta parece más esbelto, y es que una buena purga siempre viene bien.

 

En junio 2014 el blog de la biblioteca Y publicaba un post a cuenta de la plataforma Mecenable, la prometedora plataforma de crowdfunding para financiar proyectos en bibliotecas. Pues bien, en dicho post se aprovechaba para reflexionar sobre la conveniencia de que la iniciativa privada colaborase con lo público. El post, y la reacción de unos pocos usuarios (todo hay que decirlo) a través de las redes fueron de lo más ofendidas.

Según clamaban era indignante e intolerable que en el blog de una institución pública se insinuara siquiera la posible colaboración con el sector privado, plantear algo así suponía abrir las puertas a la consiguiente privatización de los servicios culturales. La ponderación a la hora de sopesar pros y contras a que aspiraba el post en cuestión no era un elemento a considerar, era necesario zanjar desde el principio ninguna posibilidad de debate o reflexión al respecto. Una vez más la mesura se impuso en otros tantos usuarios que sin dejarse llevar por la encendida soflama contra un simple post, compartieron sus opiniones a favor y en contra sobre el tema en cuestión.

 

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En la biblioteca W se programó una actividad con salones de belleza de la ciudad en la que se ubica. Dicha actividad consistía en crear pequeñas bibliotecas en peluquerías del centro, y dentro de la prcartel-sesion-maquillaje-kela-y-colasrecortadaogramación se incluyó una sesión de maquillaje y peluquería en la propia biblioteca.

La sorpresa para los usuarios que, además de llevarse como regalo un libro con un título tan apropiado como Las guapas deben morir, salían maqueados, peinados y maquillados de la biblioteca: resultó de lo más divertida y original.

Pero nada comparable con la sorpresa que recibieron días después en la biblioteca al presentarse dos inspectores de industria con una denuncia por, supuestamente, estar ofreciendo servicios gratuitos de peluquería y belleza en los sótanos del centro.

Una vez disipado lo absurdo de la denuncia en cuestión, la idea de tener peluquerías clandestinas en los sótanos de una biblioteca, es un argumento que alguien debería retomar para alguna película. El género podría ser entre la comedia y la ciencia ficción.

 

 

En la biblioteca Z se expuso en su sección de cómics un panel de una exposición que hacía un recorrido a la historia del noveno arte. Nada hacía pensar que ninguno de los paneles expuestos pudiera provocar problema alguno, pero nunca se debe subestimar la capacidad del público para sorprenderte. En un panel bajo el título España, viñeta blanca de mi esperanza se recurría a lo que ya es más que un lugar común: definir a la dictadura franquista como una época grisácea y triste. Pues bien, un ciudadano presentó sus quejas por haber descrito de este modo a un tiempo histórico que él recordaba con añoranza, y en el que las cosas le fueron muy bien.

 

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[radar cotilla bibliotecario en modo OFF] En un servicio público que atiende a un público tan heterogéneo y amplio como es una biblioteca, este tipo de cosas pueden pasar, y pasan. Pero más allá de la anécdota (no dejan de ser hechos puntuales) lo que se puede interpretar de ellos es algo más preocupante y peliagudo. La deriva populista del discurso público está teniendo consecuencias, y no distingue entre izquierdas, derechas, ni centro. La versión 3.0 del populismo de las folclóricas del siglo XX, el “me debo a mi público”, el “España no echarme” de los realities de Telecinco, convertido en instrumento de decisión en el XXI.

Y que no se malinterprete, salvo probablemente el señor nostálgico de esa España, viñeta blanca de nuestra esperanza: la mayoría (o eso queremos pensar) estamos a favor de una democracia participativa, en la que la voz de los ciudadanos sea tenida en cuenta más allá de votar cada cuatro años (perdón, que eso era antes, ahora se vota cada pocos meses). Pero ¿qué consecuencias puede tener una delegación absoluta de la capacidad de tomar decisiones en los ciudadanos?

Los excesos de lo políticamente correcto pueden tener consecuencias nefastas. Y no estamos hablando de brexit, ni decisiones políticas en todos los ámbitos: no aspiramos a tanto, nos conformamos con centrarnos en los efectos de este afán consultivo y participativo sin fin en cuestiones de índole cultural.

 

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Infografía de la ALA sobre cuáles son los motivos más habituales para la prohibición de libros

 

En varias comunidades autónomas se ha legislado para acabar con todo tipo de discriminación del colectivo LGTBI. Sin duda algo encomiable y necesario. En el caso de la mayoría de bibliotecas públicas, esta lucha está superada. Si hay una institución sensible a todos los colectivos esa es la biblioteca, así que en la mayoría de ellas dudamos que sea necesario hacer ningún esfuerzo en ese sentido. Y la pluralidad de sus fondos abarca tanto temática LGTBI como de cualquier otro sector de la población.

Lo curioso (vamos a llamarlo así) es cuando en un exceso de celo por resultar los más progresistas [radar cotilla bibliotecario en modo ON] en algunas administración que no habían oído hablar de la CDU en su vida, la han cuestionado como método clasificatorio de bibliotecas por no dar visibilidad lo suficiente a la causa LGTBI. [radar cotilla bibliotecario en modo OFF] No vamos a defender que la CDU no requiera reformas, o incluso terminar pasando de ella: pero salvo que se decida hacer un centro de interés LGTBI ¿qué es peor, dejar los fondos que aborden dicha temática junto al resto sin hacer distinciones, o apartarlos y así discriminarlos del resto de materias de una forma contra natura? (como calificaban a dicho colectivo los guardianes de la moral hasta no hace tanto tiempo)

 

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Cartel de la biblioteca H para un centro de interés sobre biografías que fue censurado por la queja de un usuario

 

¡Ay de los conversos a la causa, y de los efectos perniciosos de lo políticamente correcto! (léase, si alcanza la memoria, con el tono de sermón propio de las voces en off de las españoladas de los 60).

Otra tendencia que pretende halagar el criterio ciudadano, consiste en lo que se ha dado en llamar los presupuestos participativos. Tomar el pulso también a lo que los ciudadanos quieren que se haga en cuestiones culturales, y por tanto, a dónde quieren que el dinero público vaya destinado. Atender los gustos de los ciudadanos es necesario, pero en un país con índices de lectura tan bajos y al que la OCDE califica negativamente en materia educativa año sí, y año también: ¿no es un poco temerario dejar que sean estos presupuestos plebiscitarios los que determinen el rumbo de inversiones en materia cultural? 

¿No debería consultarse a los expertos en la materia para que también aporten sus criterios?, ¿si en el caso de padecer alguna dolencia aceptamos los consejos del especialista correspondiente, por qué cuando hablamos de cultura no tomamos en consideración al menos las sugerencias de los que bregan con la materia cada día? Y la comparación podrá tildarse de exagerada, pero no de inapropiada cuando estamos hablando de centros de asistencia primaria en materia cultural como son las bibliotecas.

 

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Los guionistas de serie de ficción en España se quejan de la falta de riesgo de los directivos de las cadenas, que hacen que el tipo de serie para toda la familia lo invada todo. El querer contentar a todos y llegar a todos tiene estos peligros: la  pérdida de los espectadores con más inquietudes culturales.

 

Lo del cliente siempre tiene la razón, ¿sirve también en lo que respecta a las bibliotecas? Demasiadas preguntas lanzadas al aire como para que esto no empiece a parecer un interrogatorio. Dejémoslo aquí, y mientras tanto:

¡¡¡SEÑORAS Y SEÑORES!!! Pasen y vean a los fabulosos acróbatas del tejuelo, a los contorsionistas de la desiderata, haciendo malabarismos para contentar a padres y a niños, a conservadores y a progresistas, a letraheridos y a chonis, a frikis y a hipsters, y a todo el que quiera asistir al espectáculo de cuatro pistas que cada día se escenifica en muchas de las bibliotecas de nuestro país.

 

Testosterona y #bibliotecas

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En el desaparecido programa de televisión Carta blanca (2006), el cineasta, escritor, guionista de cómics, psicomago (o simplemente charlatán de feria, según quien lo juzgue) Alejandro Jodoroswky, llevó a la filósofa queer Beatriz Preciado antes de que se convirtiera en Paul B. Preciado.

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Guillaume Gallienne y su comedia autobiográfica sobre el proceso para salir del armario como heterosexual.

Uno de los momentos más impactantes o curiosos (en el 2006 aún sorprendían un poco según qué cosas) fue cuando la autora del Manifiesto contra-sexual, abrió un sobre que contenía testosterona y se lo aplicó en el brazo. Según relataba estaba en plena experimentación con la hormona más característicamente masculina para utilizarla como droga política. El ensayo corporal que Preciado representó hace 10 años mediáticamente, ha terminado convirtiéndola en el primer filósofo transgénero pansexual.

Tras esta administración continuada y regulada de testosterona, tras este ensayo corporal, Preciado ha seguido publicando artículos, y por supuesto, leyendo.

 

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Paul B. Preciado en uno de sus proyectos en Buenos Aires

 

Se puede decir que en su caso era un hábito más que adquirido. Pero junto con las tonalidades más graves de su voz, o el incremento del deseo sexual, en ninguno de los efectos que Preciado describe de la testosterona se incluye el desafecto por la lectura. Queda, pues, demostrado empíricamente que testosterona y lectura no son excluyentes. Siendo así, ¿por qué los índices de lectura en varones siguen marcando tan a la baja?

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La imagen perfecta para una campaña de fomento de la lectura en Forocoches

El discurso sobre el hombre blandengue de El Fary que incluíamos en el post precedente (Rashomon bibliotecario) hoy sólo llama a la risa, pero ¿qué porcentaje sobrevive de las carpetovónicas ideas del cantante en ese desafecto hacia la lectura?

Desde finales del XIX, el discurso feminista ha sido pionero no sólo en reivindicar los derechos de las mujeres, sino también en estudiar la figura del hombre (una cosa conlleva a la otra). Pero no fue hasta la década de los 80 cuando surgió en los Estados Unidos, el Movimiento mitopoético de hombres con el poeta y activista Robert Bly a la cabeza, que con su bestseller El hombre de hierro afrontó la cuestión de la masculinidad a finales del XX.

No fue el único enfoque, y así movimientos de lo más dispar buscaron reubicar la figura masculina en el nuevo terreno de juego. ¿Lo han logrado?

 

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El padre y marido de Fuerza mayor (2014) incurriendo en dejación de funciones como protector de la manada al dejarse llevar por el pánico.

 

En la película sueca Fuerza mayor (2014), una familia compuesta por padre, madre y dos niños van de vacaciones a una estación de esquí. Cuando están comiendo en la terraza de la estación un alud de nieve cae amenazando con sepultarles. Mientras la madre protege a los niños, el marido arrastrado por el pánico huye para salvarse. Finalmente no pasa nada, pero a partir de ahí ya nada será igual en el matrimonio. El instinto de supervivencia del hombre ha agrietado a esa pareja sueca moderna, culta, civilizada, y que se intuye, educa a sus hijos de modo no sexista.

 

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El patético troll Milo Yiannopoulos, se ha hecho célebre en las redes gracias a su discurso sexista, racista, y homófobo. Toda una provocación calculada para ganar celebridad como adalid del neomachismo gay.

 

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El psicólogo Gabriel J. Martín y su libro sobre masculinidad desde el mundo gay

Según resumió la doctora en sociología Mª José Jociles Rubio bajo el título de El estudio sobre las masculinidades:

“Los varones aprenden antes lo que no deben hacer o ser para lograr la masculinidad que lo que deben hacer o ser. Hacer valer la identidad masculina es, ante todo, convencerse y convencer a los demás de tres cosas: que no se es bebé, que no se es homosexual y, principalmente, que no se es mujer; algo que no ocurre del mismo modo en el caso de las mujeres.”

 

 

Y ¿a partir de qué momento se incluyó el no leer dentro de las negaciones que constituían la identidad masculina? En siglos anteriores al XX, el hombre instruido, el hombre leído formaba parte del prototipo de lo que se suponía un líder en la sociedad de cada momento. Pero poco a poco, según los medios de masas configuraron el siglo precedente, y definen absolutamente el presente (internet mediante): la lectura ha ido perdiendo brillo como elemento en la construcción de la identidad masculina de las nuevas generaciones.

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Los seis volúmes de Mi lucha de Karl Ove Knausgärd o la condición masculina expuesta de la manera más cruda

No sabemos si Eloy Fernández Porta arrojó alguna luz sobre esta cuestión, en el seminario que sobre nuevas masculinidades impartió el pasado otoño en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona. Tampoco si Michael Kimmel, fundador del Centro para el Estudio del Hombre y las Masculinidades, llegará alguna conclusión en el primer máster sobre masculinidad que arrancará en 2017 en Nueva York. Pero de lo que no cabe duda es que la cuestión masculina está reclamando su lugar en los estudios culturales.

Ser hombre está de moda, mejor dicho, reflexionar sobre lo que es ser hombre, está de actualidad. Y las bibliotecas no pueden ser ajenas a ello. ¿Ha trascendido algo de estos movimientos de “liberación” masculina en los hombres occidentales del nuevo siglo? Si nos atenemos a muchas de las reacciones en las redes sociales, o a la cobertura de las últimas Olimpiadas está claro que no. El repliegue estadístico de los hombres lectores frente al auge de las mujeres: ¿es consecuencia de la apropiación femenina de ámbitos culturales hasta ahora androcéntricos; o un síntoma de la irrelevancia de la cultura en una sociedad capitalista hipertecnificada?

 

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Koren Shadmi nos relata sus propios experiencias en el mundo de las citas en el cómic Adicto al amor

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“Siento compasión por los hombres” ha declarado Hanya Yanagihara, la autora de la última sensación literaria estadounidense que aborda las vidas de cuatro amigos

 

Reductos culturales típicamente masculinos, como han sido el cómic o los videojuegos, están siendo colonizados por mujeres. Mientras, los gimnasios se llenan de hombres que se esfuerzan con dietas hiperprotéicas y levantando pesas para exagerar los atributos propios de su género. Entretanto, sin más restricciones que las del ancho de banda, viven inmersos en la pornotopía que les suministra internet: un mundo en el que las mujeres vuelven a ser complacientes y sumisas.

Pero hasta en esta fantasía, irrumpen mujeres como la cineasta Erika Lust reclamando un enfoque femenino de la pornografía. Y para echar más leña al fuego, en el último número de algo tan inequívocamente masculino como es la revista Playboy: la cantante Sky Ferreira será la primera conejita que además de posar, ejerza de directora de arte y colaboradora creativa del reportaje. Un cambio más tras la decisión de la revista de dejar de mostrar desnudos. La esquizofrenia de la virilidad 2.0 está servida.

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Sky Ferreira, conejita con voz propia

Y ante este panorama tan experimental para la teoría de géneros, ¿cómo hacer que la lectura vuelva a ocupar su lugar en la construcción de la identidad masculina? ¿Acaso promoviendo una campaña de fomento de la lectura en Forocoches? ¿Publicitándola como el mejor estimulante del riego sanguíneo que puede ayudar a mitigar la calvicie? ¿Postulándola como alternativa natural a la viagra para estimular al órgano más grande implicado en el acto sexual: el cerebro? ¿Promoviendo una campaña de fomento de ídem a través de los grandes clubes de fútbol?

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El Athletic de Bilbao dando ejemplo de club fomentando la lectura y el deporte

 

No sería nada novedoso, aparte de Letras y fútbol del Athletic de Bilbao, campañas norteamericanas como Get Caught Reading, llevan años aprovechando el tirón popular de estrellas del deporte, y otras celebridades, para promover la lectura. En fin, no pasemos de la pornotopía a la utopía sin más. Pero llegar a acuerdos con cadenas de gimnasios o con federaciones deportivas, no es tan extraño, y puede ser factible para muchas bibliotecas en su ámbito más cercano.

 

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Enemy (2013) una fantasía sobre la masculinidad basaba en Saramago

Puede que Marco Ferreri tuviera toda la razón y su película El futuro es mujer (1984) se esté cumpliendo a rajatabla. Pero como no parece que en ese futuro vayan a dejar de estar presentes los hombres, algo habrá que ir ideando para conseguir, ahora sí, que pertenezca por igual a ambos.

Y como sólo hace falta rastrear un poco la actualidad para comprobar lo candente del asunto, estos días han surgido dos noticias que parecen publicadas ad hoc para cerrar este post. Por un lado, la delirante tendencia que se está dando entre varones norteamericanos de inyectarse botox en el escroto, para alisarlo y hacer que gane en volumen (sic). Es la técnica conocido como el scrotox. Algo que hubiese formado parte seguro del argumento de algunas de las películas españolas que Diego Galán ha rastreado para su documental Manda huevos.

 

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Hugh Jackman en el indescriptible sketch de la película Movie 43 (2013)

 

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Como continuación, o mejor dicho complemento, del excelente Con la pata quebrada (2013) en el que Galán recorría la historia de España desde la República hasta nuestros días a través de la figura de la mujer en el cine español; con Manda huevos (que se estrena este viernes) ha vuelto a revisar más de 200 películas para extraer un retrato fidedigno del macho español a lo largo del siglo XX. ¿Evolucionará la identidad masculina más allá de esos clichés que tan gozosamente recopila el documental? Confiemos en que sí, y que en ese proceso de emancipación masculina jueguen un papel importante la lectura y las bibliotecas, al igual que lo han estado en el femenino.

 

Trastorno bipolar bibliotecario en fase crítica

 

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Bibliotecarios en lucha contra el gigante Google: cambiando el paradigma cultural. Ilustración de Asaf Hanuka.

 

Hace unos días, una escritora y psicoanalista que recientemente firmó en la Feria del Libro de Madrid, compartía en su muro de Facebook, la foto del expositor instalado en la entrada de una biblioteca pública que había visitado.

El expositor en cuestión ofrecía una selección en la que se entremezclaban en alegre confusión, títulos de autoras tales como Danielle Steel, Nora Roberts, Johanna Lindsey, Stephanie Laurens, y perdida entre tanta portada con letras doradas en relieve, y musculosos maromos a pecho descubierto abrazando apasionadamente a féminas a punto del desmayo: un ejemplar de Sentido y sensibilidad de Jane Austen. El expositor se adornaba con caseros corazones recortados en cartulina, que no dejaban lugar a dudas de la temática del centro de interés en cuestión; pero por si acaso, un cartel lo coronaba ahuyentado cualquier duda, con el rótulo Novela Romántica.

 

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“Él era despiadado, hermoso y salvaje como el mar Caribe. Debía domar a esa niña y despertarla al éxtasis del amor” [Texto en cubierta de Pirata] “Él juró que jamás se casaría. Ella juró no dejarse atrapar por ningún hombre…” [Texto en cubierta de El juramento de un libertino]

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Muérdeme si puedes, una variante del género romántico: el paranormal romance

 

La escritora acompañaba la foto con un texto, en el que manifestaba su sorpresa y desagrado; y en el que se preguntaba si acaso los técnicos de biblioteca no tienen como función formar lectores, y no adaptarse a los gustos del mercado. A continuación sus seguidores comentaban reforzando los argumentos de la escritora, y sumando otro clásico en este tipo de debates, como son los libros de autoayuda.

Un debate tan viejo casi como las bibliotecas, sobre lo que debe o no deben ofrecer las bibliotecas y priorizar los bibliotecarios; pero, ¿realmente le corresponde a los bibliotecarios formar al público (un público adulto se entiende)?, ¿no deberían venir ya formaditos y exigir a la biblioteca que satisfaga sus demandas? Los artículos sobre la labor prescriptora de los bibliotecarios han proliferado durante los últimos años. Los bibliotecarios no deben actuar ya como intermediarios, sino casi como médiums que invoquen el espíritu de una cultura que muta cada segundo a golpe de clic.

 

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En el ensayo Música de mierda, el crítico cultural Carl Wilson aborda el peliagudo asunto del buen gusto y los prejuicios culturales. Si bien dicho ensayo está centrado en la música pop, sus reflexiones sirven para cualquier reflexión en torno a lo que se supone es el “buen gusto” (así repelentemente emparedado entre comillas no vaya a ser que se derrumbe un concepto tan baqueteado).

Wilson toma como figura central de su ensayo la música de Celine Dion (a la que al final hasta le coges cariño, por mucho que abomines de su música). Su compatriota canadiense parece encarnar el epítome de lo más vulgar e irritante de la música de masas; algo así como el equivalente a lo que en literatura representan las autoras cuyos libros se exponían en la biblioteca que tanto molestó a la escritora.

El texto que aparece en contracubierta resume a la perfección de lo que habla Wilson, y sirve para terminar de encuadrar de lo que se habla en este post:

“Lloramos con baladas de las que nos hemos burlado antes. Mentimos sobre lo que nos gusta para que nos acepten. Y decimos que los demás tienen muy mal gusto. Un ensayo maravilloso sobre el amor (a la música), el esnobismo como coraza y la capacidad de emoción en tiempos de cinismo”

 

La capacidad de emoción en tiempos de cinismo, una buena definición para la manera en que mucha gente consume cultura en nuestros días. Wilson en su ensayo se remite al estudio que el sociólogo Pierre Bourdieu llevó a cabo en la década de los 70, y que se publicó bajo el título de La distinción. Criterio y bases sociales del gusto. Wilson resume las conclusiones del sociólogo francés de este modo:

 

“El gusto es una forma de diferenciarnos de los demás, de perseguir la distinción. Y su producto final es la perpetuación y la reproducción de la estructura de clases […] el gusto es una herramienta […] que se usa para conseguir una ventaja competitiva. Y en una sociedad capitalista, esa competición se estructura (y se exacerba) según criterios de clase, para favorecer a la élite dominante […]

En términos de principios del siglo XXI […] la distinción se reduce a ser cool o no serlo. […] Las grandes empresas y los prescriptores culturales anhelan tanto como las personas individuales forjarse una imagen cool […] Por mucho que digamos, muy pocos de nosotros somos verdaderamente indiferentes a lo cool […] Ignorar lo que es cool puede traducirse en un descenso en el escalafón social en un momento en el que mucha gente pierde el tren de la clase media.”

 

lead_largeRepasar las historias de cualquier disciplina creativa es una demostración práctica de lo que señalaba Bordieu, entre los que defienden el canon cultural en el que están situados, y los que pugnan por crear uno nuevo que les favorezca. “Siempre hay alguien más joven y hambriento bajando las escaleras detrás de ti” que decían en esa obra magna del kitsch nunca suficientemente reivindicada como fue Showgirls. Y en medio de estas fluctuaciones continuas en el mercado cultural, ¿qué papel pueden jugar las bibliotecas?

La función de una biblioteca es proporcionar el acceso a la cultura a los ciudadanos, y eso pasa por intentar darle a cada uno lo que quiere. Una biblioteca debe considerar a sus usuarios personas adultas, aún por aberrantes que puedan parecerles sus gustos a algunos. Otra cosa es que luego potencie los fondos que considera de mayor calidad, según obviamente los criterios establecidos por las élites culturales, pero eso no va a hacer que los consuman quienes sólo quieren una determinada cosa de la biblioteca; y están en su derecho, porque la sostienen con sus impuestos, igual que los que tienen supuesto buen gusto cultural. Son las virtudes/efectos colaterales (según quien lo analice) de la democratización del acceso a la cultura.

El trastorno bipolar que esta pugna puede provocar en los bibliotecarios, lejos de remitir, se agudiza ante el inabarcable horizonte cultural que presenta el nuevo siglo.

 

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Highbrow, lowbrow y middlebrow (clase alta, clase baja, y clase media) tres conceptos provenientes del mundo anglosajón en lo que respecta a consumo cultural. Tanto el lenguaje corporal, la vestimenta, como el objeto de su interés describen a la perfección a las tres clases sociales en esta foto.

 

A principios del siglo XX, en el mundo anglosajón se establecieron las jerarquías sociales de acuerdo al consumo cultural. La escritora Virginia Woolf ya distinguía en su día entre highbrow, middlebrow y lowbrow, que vendrían a ser el equivalente a aristocracia, burguesía y pueblo (vistos más desde la perspectiva del nivel cultural que del económico, aunque las correspondencias se hagan inevitables).

Woolf, representante de los highbrow, mostraba su aprecio por los lowbrow, por su simplicidad y por servir para resolver esas cuestiones prosaicas del día a día, a las que los highbrow, desde sus torres de marfil, no podían atender. Por contra, abominaba de los middlebrow, esos advenedizos que se apropiaban de la cultura como un oropel sobre el que reforzar su ansiado ascenso social.

Para desgracia de la autora de Al faro, y alegría de muchos lowbrow, cuyas condiciones de vida mejoraron permitiéndoles evolucionar a middlebrow:  la clase media se convirtió en el motor del progreso a lo largo del siglo XX; hasta la crisis actual que parece empeñada en aniquilarla. Y las bibliotecas públicas: ¿que son? sino la clase media del mundo de las bibliotecas. Por eso, ¿qué pueden hacer más que abrirse a todos los que quieran introducir cambios, estar atentos, sin excluir a nadie?

 

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Obra de la pintora Alison Rector, de la serie de cuadros que dedicó a las bibliotecas públicas del condado de Maine. Bibliotecas públicas al servicio de la clase media.

 

Difícilmente los amantes de las novelas de Steele, Roberts o Lindsey que tanto incomodaron a la escritora de la que se hablaba al principio; van a suponer ningún cambio de paradigma cultural, porque ya están más que instalados en su nicho cultural (o subcultural), pero si hay muchos frentes desde los que nuevos invasores (cómics, videojuegos, gastronomía, moda…) golpean el portón que un día protegía el  concepto decimonónico de alta cultura.

 

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El brillante cómic mudo sobre el mundo del arte White cube. En esta página, obligado a elegir entre cómix o arte: el personaje se enfada, y toma el camino de en medio, harto de que aún no se admita al cómic dentro del canon cultural.

 

En medio de ese panorama, la biblioteca pública está más obligada que nunca a dar asilo a los refugiados de la cultura, a esas masas a las que el mercado zarandea apelando a sus instintos básicos, a esos lowbrow cuyas filas la crisis no cesa de engrosar. Los middlebrow, mientras puedan resistir en esa categoría social, ya disponen de medios para defenderse; y a los minoritarios, pero cada vez más atrincherados highbrow, lo de biblioteca pública casi debe sonarles a oxímoron.

En el reciente #postenobras se sostenía en plan eslogan que: La cultura es nuestro Dios, y Frankenstein (o Robocop) su profeta. Una manera de decir que la cultura en nuestros días está hecha de mil trozos, algunos de organismos nobles, y otros de materiales de derribo; pero cuyos costurones cada vez menos gente se preocupa en disimular. Lucirlos ostentosos es casi un mérito a la hora de simular tener criterio propio. Con dos pequeñas modificaciones, la frase en cuestión se puede reciclar sin problemas para este post:

La cultura pop es nuestro Dios,

y Vargas Llosa su (insospechado) profeta.

Nadie como el nobel (el corrector ha querido cambiarlo por noble, toda una señal) peruano para representar, sin pretenderlo, este momento que estamos viviendo. Él, que tan lúcidamente daba un repaso al deterioro progresivo del canon cultural propio de la primera mitad del siglo XX en La civilización del espectáculo: ha terminado representando en papel cuché la imagen perfecta de este guirigay cultural en el que estamos inmersos. Aunque pensándolo bien, tal vez sea una muestra de su integridad intelectual: el ¡Hola! puede que sea de lo poco que aún preserva intacto el concepto de clasismo para consumo de las masas, que caracterizó a siglos precedentes.

 

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Esto daría para otro debate, ¿deberían las revistas del corazón formar parte de la hemeroteca de una biblioteca? ¿no son acaso fuentes inagotables de estudio sociológico de nuestro presente y nuestro pasado? Pero la enjundia de tal asunto requeriría de tal densidad, que mejor relajamos tanta intensidad, y lo aplazamos para otro post.

 

Supermercados de la cultura: oferta del día en ideas propias

 

Esta semana uno de los tuits que más interacciones ha registrado en la cuenta de Infobibliotecas (aparte de los tuit relativos al #postenobras, gracias por preguntar) ha sido el que recogía la acción de dos artistas alemanes que colgaron una pancarta sobre la fachada de la biblioteca de la ciudad de Stuttgart, rezando en grandes letras: Estoy con un estúpido, señalando al centro comercial que está junto a la biblioteca en cuestión.

 

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Houellebecq, la lectura necesaria para ponerle los límites al reflejo de la biblioteca en el supermercado.

 

Esta ingeniosa denuncia del consumismo galopante que todo lo invade, supone un gran halago para las bibliotecas en general. Es de agradecer esa consideración por parte de Günther Mailand y Frida Innenhof, que así se llaman los artífices de colgar ese orgulloso pendón en defensa de la cultura. Pero para ser justos, sería muy desagradecido por parte de las bibliotecas que aceptaran sin más el piropo, sin reconocer la deuda que las bibliotecas del siglo XXI, tienen para con los supermercados, los centros comerciales y grandes superficies en general.

En una biblioteca patrimonial, en una biblioteca especializada, o por supuesto, en una privada; es lícito que se preserve ese espíritu de institución aún depositaria del desvaído concepto de Alta cultura; pero ¿en una biblioteca pública? El sueño húmedo de cualquier biblioteca pública (si es que una biblioteca tiene de esas cosas) es contar con un público tan nutrido, variopinto y asiduo como el de los centros comerciales.

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La musa venal: producción y consumo de la cultura industrial, ensayo del profesor de semiótica de la Universidad de Alicante, Raúl Rodríguez Ferrándiz. Un interesante recorrido en la evolución del concepto de cultura.

En una biblioteca pública, la cultura hace mucho que dejó de ser algo académico y exclusivista, y pasó a ser parte integrante de la oferta de ocio de los ciudadanos (y en su capacidad de crecer como centro de ocio cultural, les va la supervivencia en estos tiempos). En una biblioteca pública la cultura ha de ser algo de consumo diario, como el detergente, el agua, la leche o los huevos lo son en un supermercado: artículos básicos en la cesta de la compra de pensamientos propios.

Puede que tejuelo, CDU, incunable, OPAC o signatura topográfica sean términos originariamente bibliotecarios, pero marketing, benchmarking, diagramas de flujo o análisis DAFO, han sido fusilados por las bibliotecas del mundo empresarial.

Que sí, que es necesario seguir teniendo una mirada sobre las bibliotecas como refugios de un concepto de cultura sin leyes de mercado de por medio; pero quedarse en ese espejismo, sólo las empuja un poco más a la irrelevancia en este mundo regido por la obsolescencia programada. Así pues, si queremos de verdad preservar algo de santuario, empecemos por reconocer lo que las bibliotecas tienen en común con supermercados y grandes superficies:

  • puede que centros de interés sea un término acuñado en el gremio bibliotecario, pero no es más que la manera de rebautizar una de las técnicas que suponen el abc de cualquier supermercado o gran superficie: hacer que el público se tropiece prácticamente con la mercancía de manera que capture su atención,
  • las colecciones de libre acceso ordenadas por CDU son propias de las bibliotecas, sin duda, pero ese recorrido por las diferentes secciones 
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    Clerks, la primera y celebrada película de Kevin Smith, ambientada en un supermercado.

    tropezándose a cada paso con nuevos reclamos, ¿no suena demasiado al obligado recorrido por todas las secciones que han llevado al extremo establecimientos tipo IKEA?

  • la simpática (y ya algo agotada) moda de los flashmob, surgió como una de las tendencias que crean las redes sociales, y uno de los lugares preferidos para convocarlas, fueron desde el principio las grandes superficies y supermercados. Las marcas sin perder el tiempo, empezaron a apropiarse de la idea para hacerse las guays y conectar con el público joven. Poner flashmob y biblioteca en el buscador de Youtube arroja una cifra de 56.800 resultados, sobran las palabras,
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Por si a alguien se le ha olvidado: antes que en las bibliotecas, los flashmob proliferaron en los centros comerciales

  • puede que las catedrales del consumo lo tengan más fácil a la hora de seducir a las masas, pero eso no quita para que la competencia feroz
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    El amanecer de los muertos de Georges A. Romero, o cómo hacer una de zombis y una crítica a la sociedad de consumo, situando la trama en un centro comercial.

    a la que se enfrentan, haya llevado a más de una a la quiebra. Y las bibliotecas han estado al quite para cual ultracuerpos, invadir sus espacios desahuciados en varios ejemplos de okupación bibliotecaria.

    Desde la gran superficie Eden Prairie en Minnesota, que en 2012 se reconvertía en la biblioteca de una planta más grande de los Estados Unidos; o hace tan sólo unas semanas, la biblioteca Indian Trails en la ciudad de Wheeling (Virginia) se mudaba a un centro comercial mientras se construye su nueva sede. Lo sorprendente para el personal, ha sido constatar la gran afluencia de público que la biblioteca ha recibido en su nueva ubicación comercial,

  • por no hablar de los Bibliomercados (el último inaugurado en la ciudad de Murcia hace unos días), en los que la alta cultura se apea de la mayúscula, a fuerza de compartir vecindad con las ofertas del día en salazones, frutas o pescado fresco.

 

En el 2012 la escritora británica Ann Cleeves publicó un artículo bajo el nombre de Las bibliotecas no son supermercados, son lugares mágicos dónde empiezan los sueños. Leyéndolo no cabe duda del amor que Cleeves profesa por las bibliotecas, pero pintarlas como lugares mágicos en los que la imaginación vuela, queda precioso para niños, y powerpoint de atardeceres con frases de Paulo Coelho; pero poco eficaz a la hora de persuadir a los responsables políticos de turno.

Es mil veces preferible el eslogan de la librería La Casquería, en el mercado de San Fernando en Madrid:

“un libro debe fabricarse como un reloj, y venderse como un salchichón”

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Así pues, que las bibliotecas públicas sigan manteniendo a raya el consumismo sin criterio, que sirvan de antídoto al ritmo de caducidad que barre los escaparates de las librerías (y que Rodríguez Rivero vuelve a poner en evidencia en su crónica sobre la Feria del Libro de Madrid 2016) , que actúen como barricada contra la alienación de las marcas blancas del pensamiento. Pero que no por ello, dejen de mirar las historias de éxito de ventas, que se deslizan por las cintas transportadoras de los supermercados (como las de la campaña #ValeMuchoCuestaPoco de los supermercados Aldi, de los que ya hablábamos en el #postenobras).

Alaska1Quiero ser un bote de Colón, y salir anunciado por la televisiónuna aspiración legítima para las bibliotecas de hoy día. Pero mucho nos tememos, que al tema de Alaska y los Pegamoides, se le ven demasiado las hechuras culturetas warholianas, como para que sirva al propósito de una de las técnicas de venta de grandes superficies, que de momento, no es asumible en bibliotecas.

El hilo musical euforizante que manipula nuestros sentidos haciéndonos, se supone, consumir más y más. Ojalá consiguiéramos el equivalente de esta técnica para adaptarlo a las bibliotecas. Por el momento, nos quedamos con el dúo noruego Galantis, que lleva esa técnica al extremo en este vídeo, que resulta de lo más apropiado para terminar de ambientar el post.