La biblioteca como arma política

 

En un tuit de hace unos días, Felicidad Campal, sintetizó a la perfección lo que muchos pensamos al oír las insistentes noticias en torno a la polémica a cuenta de la tesis del presidente del Gobierno  Pedro Sánchez:

Que en el Congreso se hable de , de plagio, de investigación, de tesis, de Teseo , la base de datos de las tesis españolas… No está mal, aunque sea para acusarse unos a otros de lo mal que lo hacen todo. y más necesarios que nunca! O no?


Suelen ser tan escasas y estereotipadas las noticias que convierten a las bibliotecas en protagonistas de la actualidad para los medios de masas: que es inevitable que cualquier noticia al respecto sea bienvenida. Máxime cuando las favorece al presentarlas como instituciones a las que remitirse cuando se trata de arrojar algo de luz sobre la crónica de actualidad. Que en la biblioteca de la Universidad de Camilo José Cela se hayan formado colas de periodistas para acceder a sus fondos (bueno en realidad a un solo documento) ya es reseñable. El ‘tirar de hemeroteca’ que tanto gusta a la prensa.

Pero pese a lo importante que es estar en los medios (no íbamos a negarlo precisamente en este blog que va de exquisito (¿?) e hizo palmas con las orejas al ser recomendado hace unos días en el programa de Julia Otero: Julia en la onda) no está de más atender al discurso de trasfondo que se puede leer tras este súbito protagonismo de las bibliotecas.

 

Maqueta para la biblioteca presidencial del expresidente Obama. 

                                                     

El libro de John Street analizaba hace unos años las diferentes relaciones con la cultura según los posicionamientos ideológicos. Y hace poco en Xataka nos descubrían un estudio que demuestra que los de derechas e izquierdas optan por lecturas sobre ciencia muy diferentes. El encuentro parece imposible.

En Biblioteca contracultural (inciso: autocitarse sin previa disculpa pareciera incorrecto. Y es algo incomprensible. Según se ha recordado a raíz del affaire de la tesis de Pedro Sánchez un baremo de prestigio es el número de citas de tus escritos. Pues bien: las autocitas deberían puntuar positivamente: denotan coherencia en el discurso y ausencia de falsa modestia. Tal y como se está poniendo la normativa sobre derechos de autor, en breve, lo único que podremos hacer será autocitarnos): después de este inciso que más parece un injerto: decíamos que en Biblioteca contracultural defendíamos a la contracultura frente a la cultura.

La contracultura nace sin más expectativas que las de soltar un eructo a lo establecido. En cambio, lo que oficialmente se asume como cultural, se usa muchas veces como arma arrojadiza: “una cachiporra con que atizarse en el grand guinol de la política“. Vistas ahora estas palabras parecieran hasta proféticas. Pero ¿de qué cultura estamos hablando?


¿Hay un discurso positivo en todo este rifirrafe a cuenta de los másteres de los políticos? Tras los años de la crisis en los que el enriquecimiento rápido era la máxima aspiración: y la paciencia y el esfuerzo que requiere la formación académica deslucían ante la inmediatez de tanto pelotazo mediático: sería fácil interpretar que hemos aprendido la lección. Que la formación, la cultura, y por ende, las instituciones culturales cotizan al alza. Pero mejor no nos dejemos llevar por el espejismo. 

Este uso de la formación y la cultura como cachiporra política no es más que una nueva instrumentalización de la cultura para intereses que le son ajenos. No se trata de hablar de cultura como espacio común para intercambio de ideas, y por tanto, enriquecimiento mutuo: sino de cultura como arma política, como demérito, como vacuo ornamento.

 

Seis grados de separación (1993) una excelente, y no muy conocida pese a encabezarla Will Smith, película que retrata las diferencias de clase, ideológicas y culturales de manera brillante.

Blotch de Blutch: estupendo retrato de un pedante insoportable.


Desde determinadas posturas ideológicas la cultura se ha esgrimido muchas veces como un elemento para la exclusión y el clasismo. El descrédito y falta de predicamento que actualmente tiene la figura del intelectual tiene mucho que ver con ese apabullamiento de citas, referencias y engolados ditirambos con que los leídos del pasado (y algunos del presente) trufaban sus peroratas. La cultura como fuego de artificio intelectual, como puro exhibicionismo, como instrumento de opresión. No la cultura como lugar de encuentro, de diálogo, de aprendizaje: esa idea de cultura que promueven las bibliotecas públicas.


No se trata de una loa al igualitarismo sino de una defensa de la cultura como espacio para el disfrute desprejuiciado sin renunciar al juicio crítico. Algo que afortunadamente las nuevas generaciones (al menos al porcentaje al que le interesa la cultura) parecen practicar cada vez con mayor naturalidad.

 

 

En el nº 490 de la revista ‘Dirigido’, la crítica Anna Petrus, hacía una reflexión sobre un cambio de paradigma cultural a raíz de la mala acogida del último filme del cineasta Michael Haneke, Happy end (2018). Su análisis detecta y celebra un cambio en la mirada del espectador que empieza a reclamar menos crueldad y más humanismo y empatía en las creaciones. Petrus contrapone la cruda mirada de Haneke sobre sus personajes a la mirada cálida, de un humanismo renovador de películas como Verano 1993 (2017) de Carla Simón. Para la crítica, el movimiento feminista tan presente en nuestros días, sería corresponsable de este cambio de sensibilidad.

No estamos muy seguros de que enriquecer la cultura pase por renunciar a la mirada menos humanista (¿según qué baremos? ; ¿no es la crueldad un sentimiento tan humano como el amor?) de cineastas como Haneke, Lars von Trier o Verhoeven: o de escritores como Thomas Bernhard, Jim Thompson, Cormac McCarthy…

 

¿Cómo sería recibida hoy día la durísima, polémica y política ‘Saló o los 120 días de Sodoma’ (1975) de Pasolini? ¿cómo encaja la obra de autores como el Marqués de Sade en esa cultura de la empatía que algunos sostienen que está cambiando el paradigma?

 

Estemos más o menos de acuerdo con las ideas de Petrus lo interesante es constatar como las pugnas por redefinir el canon cultural en cada momento y circunstancia siguen vigentes, y en medio de todo, se sitúa la biblioteca. La biblioteca como territorio a ocupar, la biblioteca como arma política para construir la sociedad en la que cree cada uno. El activismo estadounidense nos lleva muchas décadas de ventaja en esto de tomar posiciones partiendo de las bibliotecas.

 

Una de los libros auspiciado por la organización Everylibrary: ‘Ganando elecciones e influencia política para financiación bibliotecaria’.

 

Everylibrary es una organización estadounidense centrada en conseguir apoyo electoral en favor de las bibliotecas. Públicas, escolares o universitarias. Desde su creación, en 2012, Everylibrary ha apoyado a las bibliotecas públicas locales cuando hay elecciones en sus circunscripciones. Para ello capacitan al personal bibliotecario y a voluntarios para planificar campañas efectivas de información; implican a la sociedad civil y a los activistas locales para que apoyen sus bibliotecas; y emprenden acciones para concienciar a los vecinos sobre el valor y la relevancia de sus bibliotecas y bibliotecarios.

Se trata de que las bibliotecas tengan un peso específico a la hora de ganar elecciones:  promover la manera más efectiva de que los partidos las incluyan dentro de sus programas electorales. Si les hacen ganar votos: las bibliotecas serán protegidas.

 

 

Su publicación periódica ‘The Political Librarian’ se centra en las conexiones entre bibliotecas locales, políticas públicas y políticas fiscales. Se trata de fomentar el debate en torno a asuntos legales, políticos y de financiación para las bibliotecas. Y algo que nos gusta especialmente: sus colaboradores exceden del campo bibliotecario para integrar expertos de todos los ámbitos posibles.

Como reza el eslogan de su web: any library initiative anywhere matters to every library everywhere (cualquier iniciativa bibliotecaria en cualquier lugar es importante para todas las bibliotecas de cualquier lugar).

 

¿Y en nuestro entorno más inmediato?: suena plausible que en un país con índices de lectura tan bajos las bibliotecas tuvieran algún peso en lo que más preocupa a la clase política?: los votos.

El discurso políticamente correcto con las bibliotecas no hace distinciones entre profesionales y ciudadanos. Quien más quien menos ha caído en románticas loas y defensas estereotipadas de las bibliotecas cuando se han visto amenazadas o sometidas a recortes. Protestas poéticas, campañas de apoyo en redes, columnistas en los medios que rememoran su infancia en la biblioteca de su localidad, movilizaciones vecinales: todas y cada una de estas acciones son loables y reconfortantes. Pero dejando aparte posibles intereses partidistas y que recurran a las bibliotecas para atizarse políticamente: como de verdad, de verdad, se defiende a una biblioteca es dándole uso. No existe mejor apoyo posible.

 

Influencers anónimos de biblioteca

“Dos peces jóvenes nadando se encuentran con un pez más viejo que viene en sentido contrario y les saluda con la cabeza y dice “Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?” Y los dos peces jóvenes nadan un poco más y entonces uno de ellos se vuelve hacia el otro y dice “¿Qué diablos es el agua?”.

David Foster Wallace

 

Libro de entrevistas con 21 ‘influencers’ de diversos ámbitos para descifrar las claves de su poder de convocatoria digital.

Este curso, la Universidad Autónoma de Madrid, ha sido noticia por incluir en su oferta formativa un máster para aprender a ser influencer. Y otro tanto hace la Cámara de Comercio de Sevilla con otro máster sobre social media influencer. ¿Estudiar para ser Kim Kardashian, Paula Echevarría o El Rubius? Si según la biotecnología somos puros algoritmos: ¿por qué no se va a poder localizar el algoritmo del carisma, la personalidad o ese noséqué que hace que las masas te sigan en las redes?

Igual no hemos sido muy precisos con eso de carisma, personalidad o talento. Viendo por encima los escaparates digitales de algunos de los influencers que dominan el cotarro es difícil descifrar los códigos que hacen que resulten tan sumamente fascinantes para legiones de seguidores. Será por desfase generacional, será que los humanos (como sostenía un reciente estudio) nos estamos volviendo más estúpidos, o será que nos movemos en un mundo tan nuevo que los baremos del pasado no sirven para compararlo: pero lo cierto es que los fenómenos de masas que nos venden producen no poca perplejidad una vez se detiene uno a observarlos aún con la mejor de las intenciones.

 

Clark Gable provocando la ruina de los fabricantes de camisetas interiores para hombres con solo quitarse la camisa.

 

Marlon Brando remediando en ‘Un tranvía llamado deseo’ (1951) el desaguisado provocado por Gable en los años 30. 

Pero influencers, sin que nadie los llamase así, han existido siempre. En la década de los años 30 el rey de Hollywood en aquellos años, Clark Gable, al desvestirse en una escena del clásico Sucedió una noche (1934), dejó ver que no usaba camiseta interior. Como consecuencia los fabricantes de camisetas interiores masculinas tuvieron pérdidas millonarias. Ahora, los que hacen que se vendan o no determinadas marcas, saltan a la fama sin necesidad de salir de su cuarto: blandiendo un móvil y recurriendo a las redes sociales.

Las estrellas del Hollywood clásico tenían toda una industria detrás que les promocionaba, protegía, mimaba, explotaba y desechaba. Pero ahora la intemperie digital exige más estrellas fugaces que nunca. Puede que los ritmos sean distintos pero los procesos son los mismos. Pero la fábrica de sueños de Internet tiene una baza que le hace superar a las todopoderosas majors de antaño: el Alzheimer cultural que aqueja a las nuevas generaciones de consumidores de sueños.

 

Viñeta del delicioso ensayo en dibujos que ha publicado Neil Gaiman y Chris Riddell titulado: Por qué necesitamos bibliotecas. El texto de esta ilustración viene al pelo para este post: “Estás descubriendo algo mientras lees que será de vital importancia para abrirte camino. Y eso es que: el mundo no tiene porqué ser así. Las cosas pueden ser diferentes.”

 

Aunque en sentido estricto no resulte muy ajustado lo de Alzheimer cultural. Para olvidar algo antes hay que conocerlo. Los millennials no se distinguen de generaciones previas y piensan que con ellos empezó el mundo. No les faltan razones. Es la primera generación protagonista de un tiempo inédito en la historia de la humanidad. Pero culturalmente a pocas generaciones se les han escamoteado los referentes culturales que les precedieron como a ellos. Algo paradójico si se piensa que vivimos en un tiempo en el que tenemos acceso a una cantidad de información impensable en generaciones anteriores. 

A cuenta de esa ignorancia, en las mismas redes que aúpan a esos influencers que siguen los millennials, proliferan los tuits cachondeándose de ellos. La cuenta de Millennials Descubren, en Twitter, acumula 47200 seguidores a costa de reírse de los comentarios que, supuestamente, hacen los millennials en la citada red. De los más recientes un tuit sobre un millennial que creía descubrir la pólvora y en realidad (salvo por lo del alojamiento) estaba describiendo una biblioteca:

 

 

La vulnerabilidad más extrema es el precio a pagar por ese exhibicionismo continuo que necesitan las redes como combustible. De ahí probablemente venga la explicación de la deserción que muchos millennials hacen de Twitter hacia Instagram que certifica el Estudio Anual de Redes Sociales IAB. La mala baba que destila Twitter ahuyenta a muchos jóvenes que prefieren refugiarse en el mundo limpio, bonito, todo postureo y vacuidad que proporciona Instagram. Un Disneyland perpetuo en el que estar a salvo de la realidad más grosera. Lo malo es que por mucho que se sientan protegidos una vez apagan el móvil (mejor dicho: una vez se queden sin batería o cobertura): esa realidad tan fea sigue ahí.

 

Portada dibujada por Ceesepe para el disco de Kiko Veneno: ‘Seré mecánico por ti’. Un título de lo más apropiado a los tiempos que corren.

 

El recién, y prematuramente, fallecido Ceesepe (figura de un movimiento, la Movida, que también parecía reinventar el mundo de la cultura): en una entrevista en ‘Vanity Fair’ declaraba a cuenta del desapego por la cultura en nuestro país: “la gente se conforma con muy poco. Con fútbol y prensa del corazón.” No parece que las redes sociales vayan a contrarrestar esta inercia intergeneracional.

Puede que no sea el fútbol o la prensa del corazón en formato tradicional: pero los mecanismos de dispersión mental lejos de desvanecerse se agudizan. Por eso, de ese 53% de millennials que, según el ya célebre estudio del Pew Research Center, usaron una biblioteca pública en los últimos 12 meses: saldrán los verdaderos influencers del futuro. Estamos convencidos. No de los que simplemente las usan como salas de estudio sino de los que las usan como almacenes de ideas con las que configurar un discurso propio.

Estrellas pre-Internet como Bowie o Madonna supieron rastrear en lo underground para nutrirse y proyectarse al estrellato. Lady Gaga vuelve a la actualidad remitiéndose a Barbra Streisand que a su vez remitía a Judy Garland en la nueva versión de ‘Ha nacido una estrella‘ (2018). Un infinito juego de espejos, de clonación cultural para las masas, de serigrafías warholianas que van borrando los orígenes para poder inventar el mundo con cada nueva generación.

 

 

‘Pose’ (2018) la serie de HBO que recrea los tiempos de los ballrooms o de la ball culture: salones de baile en los que los marginados del sistema se reunían para convertir el baile en expresión de su disidencia. En 1990 la avispada Madonna lo rescató del underground para convertirlo en un éxito masivo.

 

Los millennials lo tienen más fácil que generaciones previas para creer ciegamente en que todo empieza con ellos: la precariedad, un nuevo concepto de fama, de consumir contenidos culturales, de posicionarse en el mundo, de construir o fragmentar su identidad. Pero la diferencia, la originalidad ya no está en lo marginal (simples viveros de ideas y creatividad que alimenta y engrasa al sistema para que siga vendiendo) sino dentro de instituciones plenamente integradas en el sistema que algunos se empeñan en hacer desaparecer.

Resquicios, grietas por las que se infiltra la disidencia en matrix: eso son las bibliotecas, y de ellas nacerán los verdaderos influencers del futuro, las voces propias: tal y como ha sido desde siempre. Hace unos días la agencia creativa estadounidenses RedPepper lanzaba a los medios su última creación: un brazo robot capaz de localizar en pocos segundos a Wally. La inteligencia artificial aprendiendo como siempre han aprendido los niños: con un clásico de las secciones infantiles y juveniles de las bibliotecas públicas.

 

Con motivo del Día de los inocentes Google Maps lanzó una app que permitía buscar a Wally en todo el mundo.

 

Sabiamente el Hal 9000 está aprendiendo a marchas forzadas de las bibliotecas mientras que algunos se empeñan en que los humanos las abandonen. Las estanterías de las bibliotecas están repletas de influencers anónimos para muchos millennials y de ellos surgirán los que configurarán la cultura del futuro: la única duda que queda por resolver es si serán humanos o boots y algoritmos. Mientras llega el futuro, como rezaba el título del libro de nuestro bibliotecario (humano hasta donde sabemos) de cabecera Fernando Juarez: las bibliotecas seguirán practicando su discreta y secreta influencia subversiva desde sus estanterías.

 

 

 

Jardines bibliotecarios

 

En la penumbra de un jardín tan extraño
Radio Futura

 

Meterse en un jardín es algo que evitamos por diversos motivos. Pero si se escribe y se propone nadar y guardar la ropa en pleno boom de la confesionalidad y el exhibicionismo, sea en formato vídeo de Youtube o literatura del yo, es que no se están haciendo bien las cosas. Por eso en este post vamos a meternos en varios jardines.

 

Cambio de cartera ministerial de Màxim Huerta a José Guirao. Foto de José Luis Roca.

 

El accidentado proceso por el que se ha nombrado nuevo ministro de Cultura le ha dado un protagonismo a una cartera ministerial que no suele recibir demasiada atención mediática en la formación de gabinetes de gobierno. El perfil de José Guirao se ha recibido con los dientes menos afilados que el de Màxim Huerta, y como era de esperar, las peticiones y recomendaciones al nuevo ministro no han tardado en publicarse en diversos medios. La bajada del IVA del cine y la decisión de resucitar la Dirección General del Libro y Fomento de la Lectura son noticias positivas, y la segunda, aún más para el mundo de las bibliotecas.

En una carta abierta al ministro escrita por Óscar López en ‘El Periódico’ le exhorta a que potencie las bibliotecas escolares como paso fundamental para fomentar la lectura; que combata de manera efectiva la piratería; o que se reúna con medios de comunicación públicos y privados para encontrar fórmulas con las que conseguir que los espacios culturales tengan mayor presencia en los medios de masas. En esto último llega a sugerir que las subvenciones al sector audiovisual se supediten a que los guionistas hagan que los protagonistas de las ficciones aparezcan leyendo.

 

Los protagonistas infantiles de una serie española (Cuéntame) leyendo tal y como solicita Óscar López que se haga para promover la lectura. El único detalle sin importancia es que interpretan a niños de los años 60. Esos tiempos en que circulaba el eslogan de: “donde hoy hay un tebeo mañana habrá un libro”.

 

No sabemos si esto último no suena un tanto excesivo. Pero cualquiera de las propuestas de López son asumibles por cualquier profesional de la cultura que trabaje en una biblioteca. De hecho no estaría fuera de lugar enviarle por parte de las bibliotecas públicas una carta de Reyes Magos al nuevo ministro por mucho que cueste creer en magia cuando de política y cultura se trata. Si acaso solo cabría desear que ante todo prime la cultura como “conjunto de conocimientos que permite desarrollar el juicio crítico”. Algo simple si nos atenemos la definición que da la RAE: pero que tan difícil se hace a veces.

Cuando manda la derecha dejándola en el furgón de cola, mientras se prima un uso de la cultura como signo de distinción con el que enmudecer a los que disientan apabullándolos con exhibicionismos intelectuales que pongan en su sitio a quienes no han tenido los medios o capacidades suficientes para crearse un discurso propio. Y cuando manda la izquierda promoviéndola como escaparate de pluralidad, inclusión y progreso pero afeando cualquier disidencia que cuestione el igualitarismo que exige lo políticamente correcto.

En este sentido resulta esclarecedor (por no decir espeluznante) el relato que Steve Pinker recogía en su célebre ensayo “La tabla rasa” sobre las presiones, campañas de descrédito y boicots que sufren aquellos investigadores que, en estas últimas décadas, han publicado hallazgos que contravenían “las verdades” del discurso políticamente progresista del momento. Como los resultados de la investigación científica están sometidos a duras presiones para reforzar los presupuestos ideológicos e intereses bien de la izquierda o bien de la derecha.

Imagen de la web de la Biblioteca de Semillas de la biblioteca pública de la ciudad estadounidense de Orange.

Ilustración de la cuenta de Twitter Antigua Roma al día.

 

Pero en medio de este jardín en el que nos hemos metido siempre se puede encontrar una salida tirando de un recurso infalible: la frivolidad.

No, no es que vayamos de Óscar Wilde, es que regresamos al post Club de lectura de prensa rosa: bibliotecas en el candelabro. Antes de que su problema con Hacienda fulminase a Màxim Huerta como ministro no faltaron las críticas por su pasado como comentarista del corazón del exministro. Un prejuicio un tanto absurdo si convenimos en que la política actual tiene mucho de culebrón de sobremesa.

Cotilleos a cuenta de cuando el periodista Federico Jiménez Losantos profesaba el comunismo.

 

 

El Club de lectura de prensa rosa atacaba directamente a la doble moral que muchas veces recae sobre la prensa del corazón. Y optaba por explotar el cotilleo, que nos guste o no está ahí, desde un prisma bibliotecario como es el fomento de la lectura. La prensa rosa, como cualquier medio es susceptible de análisis desde muchos aspectos. Federico Jiménez Losantos (¡y seguimos adentrándonos en jardines!) escribía una columna sobre la crónica social con apuntes antropológicos y sociológicos allá por los 80 en ‘Diario 16’.

Y ahora nos enteramos por la prensa escrita (en este caso una fuente secundaria en vez de recurrir a la fuente primaria como exigiría el rigor profesional: para que luego nos las demos de desprejuiciados) que en el programa Sálvame, su estrella Belén Esteban, declaró haberse emocionado leyendo Patria de Aramburu.

 

Kiko Matamoros: ¿influencer literario en Mediaset?

 

Un hecho que sigue dando pistas de ese Golpe de estado cultural que poco a poco está forjándose hasta en los medios más insospechados. Y el golpe definitivo lo da la interesante entrevista que otro colaborador del programa, Kiko Matamoros, concede a ‘El confidencial’. Matamoros participó de ese momento televisivo de máxima audiencia en que en el plató por donde suelen pulular tronistas, concursantes de realities y famosos en horas bajas: se habló de literatura.

Según asegura ‘El Confidencial’ Matamoros se ha convertido en prescriptor literario a través de sus referencias a libros en medio del guirigay del programa vespertino de Telecinco. Las declaraciones del colaborador de Sálvame resultan interesantes en general, pero concretamente, la idea que propone para el Ministerio de Cultura suena especialmente acertada:

“El ministerio podría hacer por la literatura lo mismo que ha hecho por el cine, que es obligar a los agentes del mercado que tienen más dinero a reinvertir. Además creo que los grandes directivos que manejan las cadenas de televisión lo aceptarían de buen grado.”

 

El ensayo del profesor de Historia y Teoría de la Arquitectura del Paisaje Michael Jakob: especialista en el jardín como representación social.

Sinceramente nos interesa menos si en Sálvame van a seguir hablando de libros como lo que significa para el estado de la cosa cultural el que un hecho así suceda. En la denominada, justa o injustamente, ahí no entramos, telebasura: se ha hablado de libros (más allá de biografías de famosos, realezas y demás) en numerosas ocasiones.

Entre nominaciones, escándalos de pacotilla o intimidades escabrosas: lo han hecho aquellos presentadores, con suficiente edad y recorrido, como para preservar ese prurito de prestigio que otorgaba tener una formación, una cultura. Pero sobre ese apostolado siempre recaerá una sombra de sospecha. ¿A qué ese empeño en hacer apología de la lectura en un medio, y ante un público, que no lo pide? ¿es por una convicción sincera en la necesidad de promover la lectura desde los medios de masas? ¿o acaso es un anhelo de respetabilidad, de marcar distancias con ese mundillo que les otorga fama y dinero pero poca consideración desde el canon de lo que se considera cultura? Hasta que no surja un nuevo formato que cruce Página Dos con Sálvame Deluxe es improbable que esa sombra se disipe.

 

Página 2 Deluxe: el crossover televisivo llamado a revolucionar el medio.

 

En las bibliotecas se hace algo similar: se compran best sellers que íntimamente se desprecian pero que engrosan esas estadísticas de préstamo que, finalmente, permitirán rendir cuentas exitosas cara a los próximos presupuestos. Pero no perdamos de vista lo importante: Belén Esteban declaró haberse emocionado con el Premio Nacional de la Crítica.

¿Qué consecuencias puede tener un hecho así?: ¿despertará un interés inusitado por la lectura? ¿el Plan de Fomento de la lectura contará con una sección en su programa? Ese programa al que un Pedro Sánchez, aspirante entonces a liderar el PSOE, llamó en directo metiéndose en un jardín que le propinó no pocas críticas por parte de oposición y del sector contrario a él en su partido. Y es que para adecuarse al signo de los tiempos siempre hay que arriesgar y, pese a la audacia, la ganancia nunca está segura.

Lo que sí está seguro es que todos estos signos dan sustento a muchas de las proclamas que hemos lanzado en este blog. Si las profecías warholianas se han cumplido a la perfección en este mundo de las celebrities: justo es que la cultura sea como una caja de detergente o una lata de sopa: objeto de consumo diario en los supermercados de la cultura que son las bibliotecas. Las flores más bellas hunden sus raíces en el fango que escribía Baudelaire: y ahora la duda para los más puristas será distinguir entre la flor y el fango.

 

Peter Sellers el jardinero protagonista de Bienvenido Mr. Chance (1979)

 

El convulso siglo XX visto desde el gran jardín de una familia poderosa en El jardín de los Finzi-Contini.

Pero dejémonos de metáforas jardineras y citas culturetas o vamos a terminar como el Mr. Chance interpretado por Peter Sellers en Bienvenido Mr. Chance (1979). Esa deliciosa película se injerta a la perfección en este post: un jardinero algo retrasado, que sin pretenderlo, consigue que sus silencios y lacónicas frases sobre jardinería sean interpretadas como el colmo de la agudeza política.

Sin más experiencia vital que su trabajo como jardinero y sus horas de ocio dedicadas a ver televisión, Chance, se convierte en oráculo para los que van de exquisitos y pedantes (de esos, por ejemplo, que mezclan citas de Baudelaire con noticias en torno a Sálvame). Su irrupción en el mundo exterior es tan demoledora como la del mismo Peter Sellers en la película El guateque, pero en este caso, sin destrozar nada salvo la mascarada de los que le rodean.

Yuval Noah Harari, en su ensayo Homo Deus, hace una breve semblanza de la historia de los jardines que viene muy al caso para enderezar las ramas de este post:

“Los pobres campesinos no podían permitirse dedicar una tierra o un tiempo precioso a los jardines. Por lo tanto, el pulcro prado a la entrada de los castillos era un símbolo de estatus que nadie podía falsificar. Proclamaba de manera llamativa a todo transeúnte: Soy tan rico y poderoso, y poseo tantas hectáreas y siervos que puedo permitirme esta extravagancia verde. (…) No es por tanto sorprendente que en el siglo XIX la burguesía, en auge, adoptara el jardín con entusiasmo.”

 

En un momento en que los espacios públicos en las ciudades son usurpados por negocios que exigen que el peatón ejerza de consumidor para poder disfrutarlos: el texto del historiador israelí adquiere aún más fuerza. Sobre todo si de bibliotecas (uno de los pocos espacios públicos que no discriminan por nivel adquisitivo) y jardines: estamos hablando. Siempre quedarán resquicios por los que colarse como hacen las enredaderas en los muros. Es lo que sugiere el movimiento de guerrilla jardinera que se ha ido extendiendo por diversas urbes del planeta en modo de protesta paciente y silenciosa inequívocamente vegetal.

 

 

Cuando la sociedad civil se moviliza para sacarle los colores a los poderes públicos aparecen ideas tan ingeniosas y repentinamente poéticas como plantar flores en los baches para señalizarlos. Activismo floral, brotes verdes en el asfalto, esquemas culturales que se revientan como las raíces de los ficus revientan hasta el hormigón más armado.

La cultura, las bibliotecas, se encuentran en medio de un jardín repleto de flores carnívoras dispuestas a engullirlas. Y como decía un tema del dúo Fangoria: “Tenemos que hablar de las plantas carnívoras, de su nutrición, su riego y su reproducción” Y eso hemos hecho en este post metiéndonos en jardines repletos de barros políticos, mediáticos, ideológicos y sensacionalistas para pringarnos bien (con guantes, eso sí, para no pincharnos) y ver si así brota alguna semilla de esa planta exótica que es la cultura en el siglo XXI.

 

 

Bibliotecas al filo de la ley

 

Anne, una de las protagonistas de nuestro exitoso Menú del día para mujeres bibliotecarias, recordaba en la conversación de sobremesa con sus compañeras: la poco conocida película En el ojo del huracán (1956). En esta película, rodada en plena histeria anticomunista en la década de los 50, y que fue objeto de ostracismo comercial: Bette Davis encarnaba a la bibliotecaria de un pueblo norteamericano que se enfrentaba a políticos y ciudadanos por defender que el Manifiesto comunista se mantuviera dentro de las colecciones de su biblioteca.

 

La actriz Bette Davis junto a Ruth Hall, bibliotecaria en 1955, de la ciudad de Santa Rosa: en la cual se rodó la película en la que Davis interpretaba a una bibliotecaria. Fuente: Sonoma County Pictures.

 

La bibliotecaria interpretada por Davis viviendo su propio Farenheit 451.

Resulta sorprendente que esta película (nada del otro mundo salvo por la gran Davis) resulte tan oportuna casi 70 años después en nuestro país. Pero los secuestros judiciales de libros, la censura artística en ARCO, los juicios a raperos, tuiteros, programas y publicaciones de humor: hacen que el mote de mordaza con que se bautizó a la Ley de Seguridad Ciudadana suene cada vez más inquietantemente acertado.

Pero estos aires contrarios a la libertad de expresión, a la libertad de pensamiento no son exclusivos de ningún sesgo ideológico: se dan en todos los ámbitos y foros. Desde los discursos más aparentemente progresistas a los más conservadores. Nadie queda indemne a este debate que ha exacerbado, en gran parte, ese discurso furibundo que copa las redes sociales día sí, día también. Y a todo esto ¿qué tienen que decir las bibliotecas?

 

 

 

Bastiones de la democracia, refugios de la libertad de pensamiento, instituciones que garantizan el acceso a a todas las opiniones y puntos de vista: con este rosario de descripciones laudatorias que se les han ido acumulando no podían quedar fuera de un asunto tan inesperadamente candente. Y claro que tienen algo que decir: pero lo hacen quedamente, sin alzar la voz, como no podía ser de otro modo.

En este post vamos repasar algunos de los casos recientes más mediáticos pero lo vamos a hacer desde una perspectiva algo diferente: desde el catálogo colectivo de bibliotecas públicas del Ministerio de Cultura (CCBIP). Solo hay que realizar búsquedas de algunas de esas obras secuestradas, prohibidas o censuradas para elaborar el mapa bibliotecario de la libertad de expresión en nuestro país.

 

Captura de pantalla del Catálogo Colectivo de Bibliotecas Públicas del Ministerio de Cultura en el que aparecen los resultados de lanzar la búsqueda sobre la novela de Nacho Carretero.

 

Es posible que ningún ciudadano pueda adquirir la controvertida novela de Nacho Carretero, Fariña, en ninguna librería tras el secuestro legal al que ha sido sometida: pero eso no es impedimento para que en las bibliotecas que estuvieran raudas a la hora de adquirirlo, este título que ha sido judicialmente retirado de la circulación, siga accesible a cualquier ciudadano que disponga de un simple y gratuito carné de biblioteca. La decisión de la jueza es cautelar pero, tanto si finalmente gana la causa el demandante (el ex alcalde de O Grove) o el demandado (el autor y la editorial): los ejemplares de Fariña seguirán formando parte de un total de 16 redes de bibliotecas a lo largo y ancho de nuestro país (algunos de ellos en la propia Galicia).

Surge una duda a mitad de abordar este asunto: ¿se podría ordenar su secuestro de las colecciones de las bibliotecas públicas? ¿estaremos haciendo saltar la liebre al escribir este post? Por si acaso no nos entretengamos y sigamos adelante.

 

¿Qué habría pensado Hitchcock del remake caligráfico que Gus Van Sant hizo de su película Psicosis?

 

Pero como hemos dicho al principio los intentos de censura o prohibición no solo provienen de instancias judiciales. El celo con que algunos albaceas de la obra de autores fallecidos defienden sus derechos contraviene hasta los más respetuosos homenajes. En 2011, el escritor Agustín Fernández Mallo ahondaba en el espíritu borgiano creando un género, el remake literario, con el que revisitar la novela El hacedor escrita por Jorge Luis Borges en 1960.

El genio argentino probablemente hubiese observado con curiosidad este experimento narrativo en torno a su creación; pero su viuda María Kodama no contempló esta posibilidad al denunciar a la editorial para obligar a la retirada inmediata de la obra. Apagados los ecos del suceso, siete años después, El hacedor (de Borges), Remake aparece como disponible para el préstamo en 19 redes de bibliotecas (que no se entere Kodama).

 

Obra de la artista Carmen Cantabella perteneciente a su serie ‘Tintín inédito’ en la que mostraba al personaje de Hergé manteniendo relaciones sexuales con geishas. La Sociedad Moulinsart no da abasto.

 

Otro ejemplo de exceso de celo al proteger a un autor fallecido lo protagonizó la Sociedad Moulinsart, gestora de los derechos de la obra de Hergé, cuando en 2008 frenó la distribución, y después, la reedición de El loto rosa (De Ponent). En esta obra colectiva se rendía homenaje a Tintín a través de ilustraciones y de un relato escrito por Antonio Altarriba (Premio Nacional de Cómic) en el que recreaba la vida adulta de Tintín como reportero de cotilleos en Hollywood, y entre otras cosas, perdiendo la virginidad con Catherine Deneuve. Todo muy francófono. En el CCBIP constan 8 redes de bibliotecas donde este polémico homenaje a Tintín sigue de cuerpo presente para quien quiera disfrutar de la blasfemia.

 

 

Cuando se enarbola la bandera de alguna causa social se requiere del suficiente poso cultural para no confundir los términos y no caer en maniqueísmos que desbaraten lo justo de nuestras reivindicaciones. Por eso la esperanzadora tercera ola feminista que estamos viviendo y a la que, cada vez, van sumándose más chicas jóvenes, y afortunadamente, también chicos: no debería caer en planteamientos inquisitoriales tales como volver a cuestionar a Nabokov por Lolita. Como si a estas alturas no se tuviera el suficiente criterio para no confundir el discurso creativo con el hecho de estar haciendo apología de la pedofilia o la violación como sucedió, más recientemente, con la obra de Hernán Migoya: Todas putas.

 

Viñeta de ‘El violador’ uno de los cuentos ilustrados incluidos en la adaptación al cómic por parte de 15 autoras del libro de relatos de Migoya: Todas putas.

 

En 2014 la novela de Migoya, que a punto estuvo de ser prohibida en pleno siglo XXI, conoció una versión cómic por parte de 15 artistas femeninas que no sabemos si supuso una absolución feminista, pero sí al menos una brecha a ese discurso monolítico de corrección política que tantos estragos puede acarrear. En este 2018, de ilusionante eclosión feminista, el Todas putas de Migoya sigue accesible en 17 redes de bibliotecas según el CCBIP: y en formato de novela gráfica ilustrado por mujeres en 9 redes de bibliotecas.

Sorprende que tras las trágicas consecuencias que tuvieron las caricaturas de Mahoma en Dinamarca, o la posterior matanza en la redacción de ‘Charlie Hedbo’ en París, en nuestro país un juez se decidiera a secuestrar el número 1573 de la revista satírica ‘El jueves’ que, en 2007, caricaturizaba a los actuales monarcas españoles en pleno acto sexual. El recientemente fallecido Forges manifestó en aquel entonces, como tantos otros, su total oposición a dicho secuestro judicial. Forges sabía bien de lo que hablaba.

 

La portada de la primera edición de la ‘Historia de aquí’ de Forges “desaparecida en combate”.

 

En 1980 una de las portadas de la primera edición del coleccionable Historia de aquí (uno de sus grandes éxitos) “desapareció” en posteriores reediciones por sus claras referencias al Opus. Gracias a que el DJ Renatus Semper posee el coleccionable original, con motivo del fallecimiento de Forges, publicó en sus redes la portada escamoteada durante tantos años reparando así una censura que, en su momento, es probable que pasase más que desapercibida.

La Historia de aquí de Forges está presente en prácticamente todas las redes de bibliotecas, según la preceptiva búsqueda que hemos hecho en el CCBIP, pero es imposible saber, a través de este medio, si realmente alguno de los ejemplares conserva la portada original que, gracias a Renatus, ahora está accesible en la red.

Lo que sí que es más que probable es que la portada del nº 1573 de ‘El jueves’, con los entonces príncipes de Asturias en postura tan comprometida, esté disponible en alguna de las 12 redes de bibliotecas en las que se incluye la veterana publicación satírica según el CCBIP.

 

 

También en las 13 comunidades en cuyos catálogos de bibliotecas públicas aparece la revista satírica ‘Mongolia’: se podrá consultar la parodia que publicaron del torero Ortega Cano como un alienígena. Una caricatura que ha provocado la imposición de una multa por vulnerar el derecho al honor del diestro de 40.000 euros: lo que compromete seriamente la continuidad de la publicación. No hay mucho que comentar al respecto más allá de las propias declaraciones de los responsables de la revista:

“Tenemos un grave problema con la libertad de expresión en este país. Si una revista satírica no puede utilizar la figura de un personaje público condenado que acaba de salir de la cárcel, si no puedes utilizar que haya cumplido menos tiempo y que nos parezca marciano, si eso no es satirizable, cerramos. Que cierre El Intermedio, El Jueves, Mongolia…”. Y añaden: “Esto demuestra en el país en el que estamos viviendo”.

 

Y aquí dejamos las búsquedas en el CCBIP. Podríamos seguir con los discos de Def con Dos que hay en las bibliotecas públicas de nuestro país, o los de los Chikos del Maíz, en los que hace featuring Pablo Hásel, o los discos de Valtonyc: pero ya es suficiente.

Index Librorum Prohibitorum: nombre de un personaje manga entre cuyos poderes está el haber memorizado miles de libros prohibidos. Index para los amigos.

Es más que suficiente para constatar que las bibliotecas públicas sin necesidad de alharacas, ni adherirse a manifiestos de un bando u otro: son las garantes de la salud democrática de un país, las instituciones públicas que mejor protegen la libertad de expresión y la diversidad de pensamientos. La presencia de esos libros, revistas, discos o de cualquier otra obra o documento que haya sufrido censura ahora o en el pasado: no supone en ningún caso que se esté refrendando ni apoyando lo que en ellas se pueda exponer. Simplemente es la demostración de la madurez de una sociedad: la sociedad de los usuarios de bibliotecas públicas.

Ni la censura paternalista de quienes dicen hacerlo para protegernos; ni la censura políticamente correcta en nombre de un concepto de libertad que no empieza donde acaba la de los demás. Que los guardianes de la moral ajena, de un signo u otro, se relajen: que ahí siguen las bibliotecas para que quien quiera pensar por sí mismo pueda hacerlo.

 

Sara Montiel dando de comer a los censores durante el franquismo.

 

El cantante David Byrne (líder de los venerados Talking Heads) expresó sus disculpas públicas recientemente con motivo de la publicación de su último disco. El motivo: que entre los colaboradores que reclutó para su nuevo trabajo no se incluye ninguna mujer. En fin, que alguien como Byrne tenga que recurrir a una disculpa pública por algo así da idea de los estragos que puede provocar el irse a los extremos en un sentido u otro. No sabemos entonces lo que pensará del divertido video del tema que hizo con The BPA hace casi una década. Tanto da porque a nosotros nos viene de perlas para cerrar este post.

Ni mordazas en las bocas, ni tiras negras en los cuerpos. Quien no quiera verlo que no mire, quien no quiera saberlo, que no lea.

 

 

Bibliotecas de género fluido

 

Convertirse en tradición en estos tiempos es algo francamente difícil. Pero que una empresa de embutidos lo haya conseguido habla de una de las estrategias publicitarias más geniales que se han visto jamás de los jamases por estos lares. Desde el 2011 con ese homenaje a los que nos han hecho reír en tiempos difíciles hasta la campaña para la Navidad de 2017 en torno al independentismo: Campofrío (por si acaso advertimos que este blog no tiene sponsor alguno) ha provocado adhesiones, rechazos, y suponemos, que un incremento en las ventas de sus productos.

 

El retrato de Chiquito de la Calzada que aparece en el famoso anuncio de Campofrío.

 

El eslogan de amodio acuñado en el anuncio dirigido por Isabel Coixet para definirnos se ha convertido en trending topic por lo certero que resulta. Amor y odio como señas de identidad: lo malo es cuando bajo esas querencias o repulsas lo único que late, y nos unifica, no es más que el miedo. Miedo al otro, a perder los privilegios, a lo diferente, a la verdad. En una reciente entrevista en El País el director de “The New York Review of Books” (la revista neoyorquina más prestigiosa sobre crítica de libros), Ian Buruma, lo corroboraba en una frase: “el miedo va ganando en un mundo cada vez más polarizado“. Y eso los políticos, y los poderes en la sombra, lo saben perfectamente.

 

Patria de Aramburu será la primera serie que desarrolle la filial de HBO en España. El miedo como eje central de la historia de una novela encumbrada por público y crítica.

 

Dos políticos: Trump y Erdogan lo han dejado claro en los últimos días. La prohibición del mandatario estadounidense a la agencia de salud nacional del uso de palabras como: diversidad, vulnerable, transgénero o expresiones como “con base en la ciencia no ha hecho más que mostrar su miedo más arraigado: a la verdad. Y la censura implacable a la que está sometiendo el presidente turco a las bibliotecas de su país, con más de 140.000 libros retirados de ellas (entre otros: títulos de Althusser, Camus o Spinoza) no camufla otro miedo que el que siente cualquier régimen totalitario: el temor al conocimiento.

Por eso en este post vamos a repetir cual mantras varias de las palabras prohibidas por Trump para que calen como cala una lluvia fina y persistente. Lo que sea con tal de contravenir a los dos presidentes y defender la libertad de las bibliotecas como refugio para la diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad…

 

Bancos en forma de libros de autores turcos frente al Bósforo en Estambul. ¿Los prohibirá también Erdogan?

 

Como la campaña de los embutidos incluye una web para hacer el test que nos diagnostique cuánto amodio padecemos: empezaremos con la frase de “con base en la ciencia”. Concretamente con el estudio sobre psicología social que publica el “European Journal of Social Psychology” llevado a cabo por investigadores de Yale a través del cual se preguntó en línea a 300 residentes en los Estados Unidos sobre cuestiones como: el aborto, los derechos LGTBIQ (en breve harán falta unas siglas para abreviar tanta sigla), el feminismo o la inmigración. La idea era constatar cómo el miedo y la sensación de seguridad afectan al posicionamiento político de los ciudadanos.

“Antes de que lo sepas: las razones inconscientes de que hagamos lo que hacemos”: el libro de John Bargh sobre las motivaciones de nuestro comportamiento.

Antes de someterlos al test se separó en dos grupos a los participantes y se les pidió que imaginaran dos situaciones: poseer el don de volar y ser inmune a cualquier daño físico. Entre el segmento de encuestados que imaginaron poder volar sus variaciones ideológicas a la hora de responder al test no variaron de lo que se esperaba. En cambio, en el grupo que imaginó sentirse inmune a cualquier daño físico: las diferencias en las respuestas entre demócratas y republicanos fueron mínimas y terminaron acercándolos ideológicamente.

Según concluye el psicólogo social John Bargh, que encabeza el equipo de investigadores: es necesario reconocer cuánto influyen motivaciones tan básicas como el miedo y la seguridad en nuestros posicionamientos ideológicos. Los políticos (de cualquier signo lo saben) y nos manipulan apelando a tan potentes sentimientos. Bargh aboga por conocer nuestros impulsos para que nuestras opiniones se basen en el conocimiento y no en sentimientos irracionales. Y para eso ¿dónde acudir? Muy previsible por nuestra parte: a las bibliotecas.

 

 

Sentirnos vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, nos hace manipulables. Tal vez por eso Trump la quiere prohibir. No porque vayamos a dejar de sentirnos vulnerables sino porque seamos conscientes de ello y queramos ponerle remedio. Y de sentirse vulnerable, frágil, desamparado y de cómo superar ese miedo habla el magnífico cómic La levedad de Catherine Meurisse.

El 7 de enero de 2017 Meurisse se despertó tarde, hundida como estaba tras su último fracaso sentimental, y por esa razón llegó tarde a su trabajo como dibujante en el semanario satírico francés “Charlie Hebdo”. Por escasos minutos Catherine se libró de la terrible suerte que corrieron sus compañeros a manos de los terroristas: y lo que nos cuenta en La levedad es el proceso que tuvo que seguir durante los meses siguientes para recuperar el equilibrio tras el desastre.

 

 

¿Cómo recuperar la levedad que nos permite vivir sin sentirnos permanentemente en carne viva? ¿cómo superar las secuelas de un hecho traumático?  En las campañas de Campofrío abogan por el humor; y Catherine optó por recurrir a una terapia de choque a base de cultura y belleza para, poco a poco, reanimar un estado de ánimo catatónico que la llevó a viajar hasta Roma en pos de un síndrome de Stendhal que la sanase.

Un auténtico desfribrilador en viñetas que le sirvió a la autora para volver a latir gracias a la cultura; y que reanima a quien lo lee del embotamiento con que nos entumece los sentidos tanta crónica ruidosa del día a día.

 

 

Uno de los collages de la artista expuesto en Francia.

Y precisamente en Francia se está celebrando el cuadragésimo aniversario del Centro Georges Pompidou a través del proyecto itinerante Traversees ren@rde. Este proyecto aglutina múltiples actividades en las que se abordan los movimientos estéticos y micropolíticos que agitan nuestra actualidad. Y en la exposición que, hace unos días, se inauguró en Bourges participa la española Roberta Marrero con algunos de sus collages.

Hace poco más de un año la artista plástica  publicó su primera novela gráfica: El bebé verde: infancia, transexualidad y héroes del pop. En este primera incursión en el mundo del cómic, Marrero, se volcó en relatar su infancia como mujer transexual. El relato que de su infancia hace la artista afecta a cualquiera que alguna vez se haya sentido diferente por cualquier motivo: tanto da que sea heterosexual, homosexual, transexual, polisexual o transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero.

Dictadores: la obra en que Roberta Marrero intervino los retratos de sátrapas célebres al estilo Hello Kitty. En este caso la venganza se sirve fría y pop.

En tiempos en que la identidad se fragmenta, se diluye, se hace líquida (Bauman one more time): el relato en primera persona de cómo Roberta construyó la suya a través de la cultura convierte a su primera novela gráfica, no solo en un auténtico libro de artista: sino en un manual que debería incluirse en las secciones infantiles y juveniles de las bibliotecas por su valor para abordar temas tan candentes como: el bullying, el respeto a los demás, el feminismo o la LGTBIQfobia.

En Dejando atrás el lado salvaje: bibliotecas por la inclusión social ya hablamos de mujeres transexuales en bibliotecas. Y Marrero cautiva a cualquier amante de las bibliotecas con el primero de los mandamientos que prescribe en un momento del libro para ser feliz: “lee, lee, lee“.

La artista reconoce su deuda con la lectura como primer peldaño en la construcción de su identidad. Pocas veces las bonitas (y vacuas por manidas) palabras con que se suele convencer de los beneficios de la lectura habían tenido una aplicación práctica más efectiva que la exhortación de Marrero en su novela gráfica.

 

La Campaña por los Derechos Humanos, en colaboración con la artista Robin Bell, proyectó palabras como “feto” y “transgénero” en el Trump International Hotel en Washington, DC, como una manera de protestar por las “recomendaciones” dadas por la administración Trump sobre el uso de estos términos

 

Cisgénero, transexual, género fluido, género no binario…, si hasta en un programa tan poco minoritario como OT 2017 estos términos están a la orden del día; llegan hasta el Congreso de los Diputados; y muestran una juventud (que la hay) que pese a tantas etiquetas aspira a vivir sin dejarse constreñir por ellas: el recuerdo que Felicidad Campal hacía de la célebre frase de Bruce Lee (Be water, my friend) en su estupendo artículo sobre lo que aportan las bibliotecas a los objetivos de la ONU: da pie para dar un paso más allá y proclamar: Be water, my library.

Roberta se construyó a sí misma gracias a sus héroes del pop, y resulta que las bibliotecas son las reinas del glam: todo cobra sentido.

 

Acrónimo de Galleries, Libraries, Archives and Museums: el proyecto que aglutina a las instituciones culturales para preservar el patrimonio a través del acceso digital y permite la colaboración con el sector de la cultura libre.

 

Reinas de un GLAM que poco tendría que ver con el movimiento estético y musical  que en los 70 enarbolaron figuras como Marc Bolan, Gary Glitter, o por supuesto, David Bowie: pero que en realidad está muy conectado. Quizá cueste verlo, si nos quedamos en el estereotipo del bibliotecario/a; pero hay que procurar ir más allá. Si lo que caracterizó al movimiento glam, fue la ambiguedad, el disfraz, y lo divertido: ¿no es acaso esta imagen la que persiguen hoy día las bibliotecas?  Ambiguas entre lo impreso y lo digital, maquilladas para seducir al público, bulliciosas cual centros comerciales de la cultura y el ocio.

Tilda Swinton en la portada del magazine de estilo transversal Candy.

Bibliotecas de género fluido (o travesti, según el caso: protagonistas inminentes en la revista especializada “Candy”). Ya lo dijo el erotómano Luis G. Berlanga al respecto del rechazo a la parafernalia típicamente femenina por parte de un feminismo mal digerido: “los taconazos, las medias, los ligueros, los corseletes […] Si no es por los travestis […] las generaciones venideras llegarían a olvidar que existió la seducción”

Es en este sentido, en el que las bibliotecas se travisten con ropajes lúdicos, divertidos, llamativos y renovados que llamen la atención a un usuario infoxicado y asaltado por miles de estímulos, que cual cantos de sirena, lo aturden y le hacen carne exclusiva de best sellers, blockbuster o trending topics.
Sólo de esta manera, aunque sea de estraperlo, preservarán un concepto de cultura más rico, libre y desprejuiciado en esta civilización que entre prohibiciones, polémicas y enfrentamientos nos hace olvidarnos, en ocasiones, de que seguimos siendo humanos, demasiado humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos,humanos, humanos, humanos.

 

Biblioteca vérité

 

Si estas leyendo este blog se presupone que te interesan las bibliotecas, bien sea como profesional o como usuario. También puede ser que, por esos caminos inescrutables que tiene Internet, una búsqueda sobre gatitos entre flores o gatitas entre capullos: te haya hecho desembocar aquí. En ese caso sentimos defraudar las expectativas. Es lo que tiene crearse expectativas: te convierten en presa fácil de la decepción.

Puede que el estreno del último documental del veterano y prestigioso Frederick Wiseman sobre la Biblioteca Pública de Nueva York haga que nos sumemos al grupo de los decepcionados: pero al igual que los fans de Blade Runner, de Alien o de Star wars no pueden evitar echarle un ojo a sus secuelas, precuelas y recuelas: nosotros tampoco podemos dejar de estar expectantes desde que supimos de su estreno en el último Festival de Cine de Venecia.

 

El póster de la película de Wiseman es candidato seguro a decorar más de un despacho bibliotecario.

 

Mal genio (2017) la película sobre uno de los directores que más ha experimentado con el relato cinematográfico: Jean Luc Godard.

Ex Libris. The New York Public Library es la nueva “ficción de la realidad” que acomete el reputado documentalista Wiseman. Durante varias semanas de 2015, el autor de algunos de los mejores documentales centrados en instituciones (National Gallery o At Berkeley), aplicó su método cinematográfico para captar múltiples facetas tanto de la vida en la sede central de la Biblioteca, como en sus sucursales.

Wiseman y otro coetáneos suyos propiciaron lo que se dio en llamar “Direct Cinema” en los 60. Un reflejo del denominado cinema-verité, practicado por cineastas europeos, con el que aspiraban a captar del modo más fidedigno la realidad frente la artrítica narrativa cinematográfica hollywoodense.

Para Wiseman toda su obra es un intento por capturar la realidad a través de la cámara con la menor intervención posible. Ni textos explicativos, ni voces en off, ni música, ni entrevistas, ni guiones que manipulen lo que se muestra.

John Cassavetes el director de cine estadounidense que más se acercó a los postulados del cinema vérité desde la ficción.

Pero como todo creador, por mucho que aspire a ser invisible, las películas de Wiseman se interpretan en la sala de montaje. La objetividad, la veracidad, la realidad absoluta no existen por mucho que nos hayan querido convencer en los realities. Un travelling es una cuestión de moral que decía Godard. Y la simple elección de una secuencia, en vez de otra, ya está imponiendo una visión personal y subjetiva de la realidad.

Tanto da. Que Wiseman se haya querido centrar en el mundo bibliotecario es una gran noticia. No esperamos que nos descubra la esencia del espíritu bibliotecario (sic): pero su simple mirada es lo suficientemente interesante como para que estemos deseando que se distribuya la película.

Mientras tanto nos hacemos eco de la entrevista que Wiseman ha concedido a la revista “Vanity Fair” en su edición estadounidense. Sus reflexiones sobre lo que ha observado y vivido durante el rodaje de Ex Libris: nos ofrecen una visión en la que bien merece la pena detenerse.

 

La más que improbable adaptación cinematográfica del cómic Aquí de Richard McGuire sería un reto a la altura de Frederik Wiseman. La obra de McGuire no tiene una historia como tal. Sus páginas nos muestran un solo plano de un único rincón del planeta Tierra durante siglos: superponiendo los planos temporales en una lúcida y sorprendente reflexión sobre el tiempo. 

El libro de 2015 de Scott Sherman sobre el fallido Plan Central de Bibliotecas y la situación financiera de la Biblioteca Pública de Nueva York.

La escritora Olivia Aylmer, autora del artículo, destaca como una de las escenas más conmovedoras de las casi tres horas de película: la que se desarrolla en la sucursal más pequeña de la ciudad, la Biblioteca Macomb’s Bridge, en Harlem River Houses. Según narra Aylmer basta esta secuencia para darse cuenta de lo importantes y personales que son las relaciones que los neoyorquinos tienen con sus bibliotecas.

Lo más jugoso de la entrevista es el cambio de percepción que Wiseman obtuvo respecto al papel de las bibliotecas en el transcurso del rodaje. El cineasta reconoce haber sido usuario de bibliotecas durante su infancia y juventud; pero que más adelante dejó de frecuentarlas, sobre todo, porque le gusta comprar sus propios libros.

La sorpresa para Wiseman fue descubrir la variedad y profundidad de los programas que desarrollan las bibliotecas en la actualidad. La diversidad socioeconómica y generacional a la que atienden y los esfuerzos que hacen para sostener su oferta.

La autora de cómics Sarah Glidden se embarcó en un viaje junto a unos periodistas independientes por Turquía, Siria e Iraq. Oscuridades programadas es el resultado de su esfuerzo por comprender al otro:  y al mismo tiempo una reflexión sobre la esquiva objetividad.

Otro realizador, especializado en documentales, pero en las antípodas del estilo de Wiseman, como es Michael Moore, ya alabó a las bibliotecas. Podría decirse que a las bibliotecas les sienta bien el direct cinema o cinema vérité. Ahora que tan en boga está lo de “construirse un relato”, lo de vender nuestra verdad: las bibliotecas también deben entrar en el juego. Pero no desde la manipulación sino desde el deseo de acercamiento, de explicarse, de conectar con la sociedad (y a ser posible con los responsables políticos cuando no están fuera de cobertura), para que personas cultivadas como Wiseman, no sigan teniendo esa visión tan reductora de lo que son las bibliotecas en el XXI.

Que las bibliotecas se están erigiendo en instituciones desde las que combatir la tan mentada posverdad solo hace falta constatarlo con actividades como la que celebró la Oliver Wendell Holmes Library, el pasado enero, bajo la denominación: Libraries in a Post-Truth World (Bibliotecas en el mundo de la posverdad). En un tiempo en que el discurso único, la intolerancia o el chantaje se revisten con palabras como democracia, diálogo y entendimiento: es cuestión de tiempo que alguien termine fundando una Biblioteca de la verdad. Pero de la verdad ¿de quién?

 

Los insultos escritos en los libros de Juan Marsé, en una biblioteca, por su posicionamiento respecto a la situación en Cataluña. 

 

Si el historiador Yuval Noah Harari sostiene que el homo sapiens ganó la batalla de la evolución al más poderoso neardental gracias a su capacidad para construir relatos: sigamos evolucionando. Construyamos relatos en las que quepan el mayor número de voces posibles. Observemos como hace Frederick Wiseman en sus películas y huyamos de los dogmas. Solo así conseguiremos estar algo más cerca de esa véritá que nunca pertenece a nadie en exclusiva.

El cineasta John Cassavettes, que tanto buscó la autenticidad como director en sus películas, dijo que: “el cine es una investigación sobre nuestras vidas. Sobre lo que somos. Sobre nuestras responsabilidades -si las hay-. Sobre lo que estamos buscando.” Una frase perfectamente aplicable a las bibliotecas: una investigación sobre lo que somos y nuestras responsabilidades.

 

Parodia que los bibliotecarios de la Biblioteca de Invercargill City, en Nueva Zelanda, han hecho a cuenta de una portada de las Kardashian. La verdad bibliotecaria sin tapujos.

 

Una de las últimas películas de Cassavettes (protagonizada, una vez más, por su fantástica esposa y musa Gena Rowlands) fue Gloria en 1984, y como los suecos Mando Diao rodaron un vídeo para su excelente tema homónimo con aires a lo nouvelle vague, nada mejor que cerrar con él. Al contrario que Wiseman en sus films, en este blog, por mucho que nos empeñemos por ser meros espectadores,  por ser neutros, asépticos, no podemos resistirnos a ponerle algo de música a la prosaica y (muchas veces) fea realidad. Esa es la verdad.

 

 

Biblioteca de los errores

 

Hace un año saltaba a las redes, cual pulga digital, la noticia sobre la Free Library Haskell (literalmente: la Biblioteca Libre de Haskell). El motivo de su repentina notoriedad global, indirectamente, tenía que ver con Trump. Últimamente todo tiene que ver con Trump. El triunfo de la posverdad se ha convertido en seña de identidad del nuevo siglo: y estamos solo al principio.

 

La Free Library Haskell con la línea fronteriza dibujada que la separa entre Estados Unidos y Canadá.

 

Pero volviendo a lo nuestro. La Free Library Haskell lleva existiendo desde hace muchos años, concretamente, desde 1905: y la razón de haber ganado popularidad se debe al hecho insólito de ser la única biblioteca del mundo que se encuentra sobre la frontera entre dos países: Estados Unidos y Canadá. Según las leyendas locales los inspectores encargados de dibujar la línea debieron hacerlo una noche de borrachera: solo así se explica la zigzagueante sutura que separa a la población estadounidense de Derby Line (Vermont) de la población canadiense de Stanstead (Quebec). Durante décadas se consideraron una sola ciudad, pero el furor fronterizo estadounidense post 11-S, ha hecho que la idílica convivencia se vea comprometida.

Durante los últimos 15 años ha ejercido sin problemas como biblioteca transnacional. Por la que, tanto norteamericanos como canadienses, pueden deambular sin pasaporte. Una simple línea de cinta aislante, en mitad de las salas, es la que marca la línea que separa ambos países.

¿Qué números de la CDU (bueno allí del sistema Dewey) caerán a un lado u otro de la frontera? Solo por fastidiar: todo lo relativo a cambio climático y feminismo debería caer del lado de Trump; y todo lo relativo a telegenia y aperturismo del lado de Trudeau. Clasificación política-contestaria: una variación de esa justicia poético-bibliotecaria de la que ya hablamos.

 

Un bebé lee su cuento sobre la línea que marca la frontera entre los dos países a los que pertenece la Free Library Haskell. (Foto de Stan Grossfeld/The Boston Globe) 

 

Pero ¿qué es una frontera sin delito? La noticia más reciente en torno a la Haskell Free Library tiene como protagonista a Alexis Vlachos que acaba de ser condenado a 20 años de prisión. Su delito: el contrabando de 100 armas de fuego desde los Estados Unidos hasta Canadá. Y su cómplice: la biblioteca.

Bien, como titular sensacionalista valdría, pero en este caso contraviniendo los mandamientos de la posverdad vamos a ser algo más rigurosos. Fueron los compinches del tal Alexis los que aprovecharon los aseos de la zona franca, que es la biblioteca, para depositar las armas. De ese modo, el detenido, solo tuvo que acudir como un amante más de la lectura al centro y retirar tranquilamente el alijo saliendo por la puerta que daba a Canadá. Si hecha la ley, hecha la trampa: hecha la frontera, hecho el delito.

 

Una usurpación inmoral del término biblioteca: la armería estadounidense Gun library.

 

En Escocia llevan tiempo queriendo dibujar con un trazo mucho más fuerte la frontera con el Reino Unido: pero tras el último referéndum del 2014 parece que pasará algo de tiempo antes de que se retome la cuestión. Y ha sido en su capital, Edimburgo, donde se ha fundado la denominada Biblioteca de los errores. Un buen nombre. El origen: la crisis económica desatada a partir del 2008. Los responsables de la biblioteca se basan en la idea de que “la gente inteligente sigue haciendo cosas estúpidas“. Totalmente de acuerdo. Un lema polivalente tan aplicable a las circunstancias que estamos viviendo que no hace falta señalar ninguna: destacan por sí mismas. Pero que en el caso de la biblioteca escocesa se centra en los errores cometidos por los economistas y sus “fórmulas mágicas” para sortear la crisis.

Sean Connery con kilt y en la biblioteca: solo falta el whisky para completar el cuadro.

Con cerca de 2.000 libros: la Biblioteca de los errores nace con el propósito de que no repitamos las mismas equivocaciones (ambiciosos que son los del kilt). La colección reunida espera servir como aviso para próximas generaciones de economistas. Desconfían de la falsa objetividad que promete la aplicación de algoritmos económicos; y apuestan por ofrecer una visión más panorámica a los universitarios gracias a los libros.

Pero más allá de la economía, no estaría nada mal que después de cada desastre provocado bien por economistas, políticos, empresarios, periodistas, militares o cualquier otro colectivo humano: se fundara una biblioteca de los errores. ¿Serviría de algo? Probablemente no. Las fronteras mentales que nos creamos son mucho peores que la línea que divide la biblioteca medio canadiense-medio estadounidense del principio. ¿Quién fundará la biblioteca de los errores de nuestro país? Como le decía su padre al William Wallace interpretado por Mel Gibson en Braveheart: “es la inteligencia la que nos hace hombres“. Y siguiendo esta máxima literalmente, y aún contradiciendo a The Weather Sisters: ni llueven hombres, ni mujeres.

 

 

Si acaso no ya en los humanos, sí que cabe albergar alguna esperanza en sus invenciones: como las bibliotecas. Si la canadiense se autoproclama Biblioteca Libre de Haskell: el movimiento de las little free libraries, sin tanta repercusión, sigue su discreta pero imparable invasión global superando fronteras. La última a raíz de la iniciativa de un liceo en Calabria. Las palabras del discurso que pronunció el día de su inauguración el presidente del liceo resultan perfectas para cerrar este texto sobre bibliotecas, fronteras, errores y libertad: “tenemos el deber […] de salir de nuestras fronteras y dar paso a la construcción de una ciudadanía activa y participativa que encuentre en los libros, y en la difusión de la cultura, las herramientas prácticas para el crecimiento.” Brindemos por ello.

 

La biblioteca como experimento

 

Puede que la mayoría aborreciéramos los exámenes sorpresa en el colegio o el instituto: pero ahora, cada día, no sometemos a exámenes diarios cada vez que compartimos una opinión, un post, una foto o una noticia en las redes. Evaluación continua. Todo hijo de vecino, por poco activo que sea digitalmente, se está ofreciendo al examen de miles de ojos anónimos. No es de extrañar por eso que algunos decidan sacarle rédito.

 

Escena del escaneo gestual de la protagonista del apasionante experimento, en forma de película: El congreso (2013). 

 

Mucho se habla de que gigantes como Google, Facebook, Twitter o Instagram paguen por alimentarse de las informaciones sobre nuestros intereses, hábitos, gustos y opiniones que compartimos alegremente: pero mientras que esto llega algunos ninis o millennials, según el caso, han encontrado salidas laborales como conejillos de indias.

Condiciones de trabajo de un beta tester de videojuegos: la profesión soñada de todo nini.

Si desde los 60 en adelante se ha demonizado el exceso de consumo televisivo en los menores: ¿qué no se podrá decir de los videojuegos? En estos tiempos políticamente correctos no quedaría bien que padres y educadores organizaran quemas públicas de videojuegos como se hacía en los 50 estadounidenses con los cómics. Pero no por falta de ganas sino por la difícil combustión que tienen.

Pero para algunos sus horas muertas frente a la pantalla matando zombis les ha salido rentables. Es el caso de los beta tester de videojuegos: los jóvenes contratados por empresas de videojuegos  para que actúen como  jueces (o ¿habría que decir cobayas?) de sus productos. Alojamiento, sueldo y manutención para dedicarse a lo que más le gusta aunque bien es sabido que cuando un placer se convierte en obligación deja de ser placer. La empresa VR Oculus tal vez por eso ha preferido ser más sutil e inteligente.

 

Quema pública de cómics en 1954 a raíz de las tesis del psiquiatra Fredric Wertham: que sostenía que los cómics promovían la delincuencia entre los jóvenes.

 

Tras un acuerdo con la Biblioteca Estatal de California, hasta un total de 90 bibliotecas: disponen de equipos VR-ready, equipados con auriculares Oculus Rift y gafas para que los usuarios puedan experimentar con la realidad virtual. Para ello se eligieron bibliotecas con espacios abiertos (no era cuestión de aislar con auriculares y gafas a los usuarios para que luego se dieran de bruces con la realidad tropezándose unos con otros). Sumergirse en las profundidades del océano, visita la Estación Espacial Internacional o hasta la fusión del núcleo de Chernóbil: todo ello sin perder la perspectiva bibliotecaria implementando software que provea de contenidos educativos a la maravilla tecnológica.

De este modo los usuarios de las bibliotecas se convierten en cobayas voluntarias para los productos Oculus; las bibliotecas atraen más público y amplían su oferta; y la tecnología amplia su campo de experimentación.

 

 

Nada nuevo si nos atenemos a los habituales test de pantalla a las que someten sus películas muchos estudios de Hollywood. Gracias (o por culpa) de estos tests: Pretty Woman (1990) pasó de ser una cruda historia sobre las trabajadores del sexo en Los Ángeles a la historia de puticienta y el príncipe que arrasó; o Martin Scorsese tuvo que recortar los ríos de sangre que fluían (aún más) en su clásico Uno de los nuestros (1990). El sacramento comercial de que el público siempre lleva la razón convertido en una humillación para el artista.

Pero, ¿sigue siendo así? En estos tiempos confusos es difícil decir cuando somos soberanos o cobayas de nuestros consumos. Esto es la jungla y pese a la pátina tecnológica todo sigue reducido al ancestral dilema de comer o ser comido. Tal y como están las cosas hay que elegir: o que experimenten contigo o que ser tú el que experimenta. Y para esto último no hay mejor lugar que la biblioteca.

 

Escena de la serie Mad Men en la que, para probar un lápiz de labios, los publicistas recurren a las secretarias de la agencia cuyos comportamientos observan tras un espejo de visión unilateral.

 

La biblioteca como experimento narrativo y ecológico: 

Margaret Atwood junto a la creadora de Future Library Project en mitad del bosque del que saldrá su libro.

 

Hace pocos meses saltaba a los medios la denominada Biblioteca del Futuro (Future Library Project). Este proyecto ideado por la artista escocesa Katie Paterson se sitúa a las afueras de Oslo y se materializa en un bosque cuyos árboles tienen sus troncos adornados con cintas rojas. Es una forma de señalizar que será esa madera la que servirá para fabricar el papel en el que se imprimirá el libro con el que concluirá este experimento en 2114.

Dicho libro será una obra colectiva conformada por cada uno de los textos que, desde 2014, están entregando a la Biblioteca Pública de Oslo autores tales como: Margaret Atwood, David Mitchell o el poeta islandés Sjón. Sus textos, que se custodiaran en la futura Biblioteca Deichman (con fecha de inauguración para 2018), y serán seleccionados para conformar un libro que no leeremos ninguno de los que hoy pisamos el planeta (salvo que terminemos convertidos en cyborgs, que puede ser).

 

La biblioteca como experimento social:

En Sexo, drogas y tejuelos. Cara B ya hablamos de la asistencia a drogodependientes en la que bibliotecarios estadounidenses se estaban formando a causa de la epidemia de consumo de opiáceos que se están dando en el país. Es uno de los ejemplos más recientes de las múltiples funciones que cada vez se van añadiendo a las bibliotecas.

La Biblioteca Pública de San Francisco, fue la primera en incluir asistentes sociales en su plantilla: y tras ella otras bibliotecas han seguido su ejemplo. Las bibliotecas de Filadelfia se han asociado a la Universidad para abordar cuestiones de salud pública. Un reciente estudio de la Universidad de Pensilvania explica como gracias a esta colaboración numerosos bibliotecarios han sido formados como especialistas en salud comunitaria: lo que les ha permitido ofrecer programas y asistencia para personas de todas las edades y contextos socioeconómicos. Accesibilidad y confiabilidad han sido las dos cualidades que los autores de este estudio han resaltado en bibliotecas y bibliotecarios.

 

Desde 2014 la Fundación sin ánimo de lucro Biblioteca Social está promoviendo e incentivando activamente la labor social de las bibliotecas en nuestro país.

 

En la Biblioteca Pública de Dallas, desde 2013, se desarrolla un programa para personas sin hogar; en la de Hartford, en Connecticut, el programa The American Place ayuda a los inmigrantes recién llegados a integrarse en la ciudad; mientras que en la de Queens, en Nueva York, se diseñan programas de salud dirigidos a la población inmigrante. Las políticas de inmigración deberían contemplar a las bibliotecas como aliadas en las políticas de inmigración: no iban a resolver las complejas problemáticas que plantea, pero como ha dicho recientemente Fernando Aramburu en ABC: “Creo que los libros nos hacen más inmunes al fanatismo.”

 

La biblioteca como experimento artístico:

Otra de las acciones de Yolanda Domínguez: pedir limosna para comprarse un Chanel en el barrio de Salamanca madrileño.

Entre las funciones expositivas de las bibliotecas no solo tienen que centrarse en mostrar obras de artistas: también pueden convertirse en objeto de experimentos artísticos aún sin proponérselo. La biblioteca como musa. Y entre los muchos creadores, que han recurrido a las bibliotecas y a los libros, para plantear sus acciones artísticas aquí rescatamos la performance que la artista Yolanda Domínguez llevó a cabo en una biblioteca de Milán.

En ella, una lectora arranca hojas de La metamorfosis de Kafka ante el estupor del resto de usuarios, y va introduciéndoselos en el escote para aumentar el perímetro pectoral, y de esta manera: denunciar el canon estético que se les exige a las mujeres en nuestra sociedad.

 

 

Pero la biblioteca, como experimento artístico, no es solo cosa de artistas que las utilizan para sus propios discursos: también hay bibliotecarios que experimentan artísticamente con ellas. Es el caso del noruego Kenneth Korstad, director de la biblioteca pública Deichmanske en Oslo, que se ha embarcado en un proyecto para fusionar el concepto tradicional de biblioteca con el arte experimental.

Para ello no ha dudado en abrir la biblioteca a creadores que quieren explorar la música, el cine, el teatro o las bellas artes desde enfoques de lo más experimental. Tanto es así que en el festival Sorforkomfort, que organiza en colaboración con otra biblioteca, se ha presentado desde: música creada a partir del virus del Ébola, danza experimental, música del ruido o teatro. Como sostiene Korstad: “la biblioteca es el último espacio democrático de la sociedad” y él se ha empeñado en explorarlo y abrirlo a todo tipo de audiencias de un modo radical.

 

Reproducción en tamaño normal del que va a ser el mayor libro pop-up del mundo. Es un proyecto que la artista Colette Fu está desarrollando en el Philadelphia Photo Arts Centre en Olde Kensington. Cuando esté concluido, en octubre,  los visitantes podrán pasear dentro de él.  

 

 La biblioteca como experimento cívico:

 

Es probable que para otros países europeos contar con una biblioteca auto-servicio no sea un experimento cívico: sino una simple mejora en la oferta de los servicios bibliotecarios. Pero en un país como el nuestro en el que el concepto de lo cívico, y el respeto al bien común siguen siendo asignaturas pendientes para muchos: un proyecto como la Open Air Library de Alemania resulta un experimento de alto riesgo.
Esta biblioteca alemana inaugurada en 2009 fue diseñada en colaboración con los vecinos. La idea era crear una biblioteca abierta en todos los sentidos: por su distribución de espacios, por estar abierta las 24 horas, porque su equipamiento es autogestionado por los vecinos que gestionan por sí mismos sus préstamos. No ha estado exenta de algún acto vandálico pero en nuestro país dudamos que hubiera sobrevivido más allá del primer año.
Gracias al sistema Open+, una innovación basada en RFID presentada en Francia en 2015, es posible permitir que determinados usuarios accedan a la biblioteca a cualquier hora. Open+, un buen nombre para este sistema al que en nuestro país, para que fuera viable, habría que añadir: Open your mind…al bien común.

 

La biblioteca como experimento político:

 

Hilando con el concepto de Open+, pero sin RFID, tan solo con cajas de madera: no sabemos que habrá sido de la #Bibliotecaurbana que unos voluntarios montaron en ciudad de México tras los recientes terremotos. Afortunadamente es fácil de reconstruir, no hay más que contar con unas cuantas cajas de madera para, poco a poco, ir llenándolas de libros. Tanto en movimientos como el 15M, el Occuppy Wall Street o en la plaza Taksin de Estambul: el nacimiento de bibliotecas espontáneas fue una constante. Lo que nos llamó la atención de esta modesta Open Library Mexicana es el propósito de: “ser un mejor país”.

 

Puede que suene naíf, ingenuo o pueril: pero se basa en una certeza. Cualquier acto es político, y ahora mismo: llevarse un libro prestado a casa, usar las bibliotecas (callejeras o convencionales), participar en sus actividades, interactuar con sus redes o compartiendo opiniones: es un acto político porque con ello se está diciendo que siguen siendo necesarias. Cuando se defiende un servicio público por el mero hecho de usarlo estamos haciendo política; cuando usamos una biblioteca estamos haciendo política.

 

 

 Podríamos seguir dando vueltas alrededor de la biblioteca como experimento. Bien aludiendo al mundo editorial que no aprovecha lo suficiente los fantásticos estudios de mercado que les podían proporcionar las bibliotecas; o pasando por las empresas que no valoran el impacto social tan positivo que ganaría su imagen si actuasen como mecenas (si acaso existiera una ley de mecenazgo en condiciones): pero no queremos eternizarnos. Ha quedado más que claro que los experimentos no se hacen con gaseosa: se hacen con arrojo y ganas de evolucionar.

 

Por eso cerramos con el ejemplo de Yoko Ono. Para muchos una chiflada, una mala pécora que acabó con The Beatles (inocentes que eran los muchachos): pero lo cierto es que bien les resulte ridícula a unos con sus obras conceptuales, u otros la aprecien como referente vanguardista: la japonesa de 84 años hizo de su capa un sayo desde el principio. Independientemente de lo que se piense de ella y su obra: toda una lección para perder el miedo a experimentar. ¿Qué baila mal? Pues ella misma lo proclama a los cuatro vientos. No se trata de no reconocer nuestras limitaciones sino de reconvertirlas en un estilo propio.

 

 

Síndrome de Estocolmo bibliotecario

 

Síndrome de Estocolmo bibliotecario: “Dícese del peligro de contaminación intelectual inherente al hecho de visitar una biblioteca. Se concreta en posibles efectos devastadores sobre las propias creencias por el hecho de vagar de manera errática entre sus colecciones. Puede dañar seriamente la capacidad para sostener discursos únicos y puntos de vista acérrimos.”

 

Antonio Banderas y Victoria Abril en Átame (1989): el síndrome de Estocolmo como un cuento de hadas romántico.

 

Patricia Hearst ha conocido una segunda vida pública como actriz en las películas de John Waters. En Cry baby (1990) interpretaba a la convencional madre de Traci Lords.

Cuando la rica heredera neoyorquina Patty Hearst saltó a los medios por su secuestro allá por los 70 del siglo pasado: el público no estaba tan familiarizado como ahora con lo que significaba el síndrome de Estocolmo. En el caso del Síndrome de Estocolmo bibliotecario no existe violencia alguna ejercida por terceros sobre nuestro criterio, pero sí rapto. Rapto en el sentido de arrebato, de impulso, de revelación, sino ya mística, que sería demasiado, sí al menos intelectual.

En la hiperinflación de ideas, opiniones, teorías, posverdades o paranoias en las que vivimos lo que más se cotiza es el espejo de la madrastra de Blancanieves. Un espejo en el que mirarnos una y otra vez hasta convencernos de que llevamos la razón: y para eso acudimos a los medios que sabemos que piensan como nosotros, escuchamos a aquellos que dicen lo que nos gustaría decir a nosotros, y nos rodeamos de quienes sabemos que no nos llevarán la contraria. Y lo cierto es que la atomización de la información que proporcionan las redes, lejos de poner difícil este ombliguismo, cada vez lo hace más fácil.

 

La dictadura de Kim Jong-un en emoticonos.

 

Vivimos en la dictadura de los emoticonos (o emojis según la edad). Todo tiene que ser emocional, visceral, sentimental, inmediato. Y así la pausa que se necesita para reflexionar se esfuma; y vamos poniéndoselo un poco más fácil a los robots: que serán los que se ocupen de gestionar lo racional con la eficacia de un algoritmo.

Jobcalypse: el fin del trabajo humano y cómo los robots nos reemplazarán. 

Y hablando de algoritmos. En la web Will Robots Take My Job? (¿Me quitarán mi trabajo los robots?) se puede introducir la profesión sobre la que se tenga dudas sobre su futuro; y en pocos segundos la web devuelve un informe completo sobre las probabilidades que dicha profesión tiene de ser suplantada por robots, basándose en un estudio que analizó más de 700 trabajos.

Por supuesto, al saber de la existencia de esta web, lo primero que hicimos fue introducir en su buscador “librarian” y el resultado fue de un 65% de probabilidades de que los robots dejen en el paro a la mayoría de bibliotecarios actuales. Nada se dice de las bibliotecas, que como sosteníamos en Una verdad (bibliotecaria) incómoda: puede que lo tengan más fácil para sobrevivir que los propios bibliotecarios.

 

Dibujo publicado en el periódico The Moscow Times de la bibliotecaria Natalia Sharina durante el juicio en el que se le acusa de promover el odio étnico.

 

Pero algo habrá que hacer con ese 35% que dejan los robots para la supervivencia de la profesión bibliotecaria. Y la bibliotecaria moscovita Natalia Sharina, a su pesar, lo está haciendo.

Póster diseñado por la Asociación Ucraniana de Bibliotecas para pedir la libertad de Natacha Sharina.

Sharina ha sido, antes de que la destituyeran fulminantemente, la responsable de la Biblioteca de Literatura Ucraniana de Moscú. Actualmente Sharina se enfrenta a un juicio por crímenes de odio porque los libros que se custodiaban en dicha institución (la mayoría en acceso restringido) no concuerdan con la versión oficial que el régimen ruso quiere implantar sobre la realidad ucraniana.

Entre las acusaciones se encuentra: la de no filtrar, ni destruir aquellas obras que pudieran considerarse contrarias al discurso gubernamental. Trump acusa a los medios a través de su cuenta de Twitter, su homólogo ruso Putin: ni siquiera necesita de redes sociales para aplicar el algoritmo de la represión. Lo hace a la vieja usanza, como siempre se ha hecho.

La batalla legal que ha envuelto a esta bibliotecaria rusa peca de rancia, como todo lo que últimamente proviene de la tierra de Tolstoi, Dostoyovski o Chejov. Pero hay debates más contemporáneos, pero tan estúpidos que parecieran provenir de otros tiempos, en los que la libertad cultural sigue poniéndose en entredicho. Es el caso del apropiacionismo cultural.

 

El último caso de apropiacionismo cultural. Chanel convierte en objeto de lujo uno de los símbolos de los aborígenes australianos, el bumerán, y los defensores de la pureza étnica cultural atacan de nuevo.

 

El excelente libro de relatos breves de Antonio Pereira.

Ese nuevo/viejo exceso del discurso políticamente correcto cuyos efectos, de propagarse, pueden llegar a equipararse a los del calentamiento global, según el cual: es necesario preservar la pureza original de toda creación cultural impidiendo que sea desvirtuada por individuos ajenos al entorno en que se generó.

Si bien el debate o la polémica (mucho mejor polémica: ¿qué sería de un texto digital hoy día sin que incluya como reclamo la palabra en cuestión?) se ha centrado en representantes mainstream de la cultura de masas. La última crónica sobre apropiacionismo cultural se generó hace dos meses en el Museo Whitney de Arte Americano de Nueva York.

La polémica (otra vez) corre a cuenta de la obra que la pintora Dana Schutz dedicó a Emmett Till, un adolescente negro asesinado por coquetear con una mujer blanca en la década de los 50. La denuncia sobre el racismo que lleva implícita la obra no fue del agrado de determinados colectivos precisamente por el color de piel de la autora: blanco. Las protestas no exigieron solo la retirada de la obra en cuestión, sino incluso su destrucción.

 

“El espectáculo de la muerte negra”: el mensaje/denuncia en forma de camiseta frente al cuadro acusado de apropiacionismo por estar pintado por una blanca.

Houellebecq, probablemente, sea el único secuestrado que induce el síndrome de Estocolmo en vez de sufrirlo él.

Todo este debate aún puede sonar lejano en nuestro país, pero dada la celeridad con que exportamos los peores hábitos foráneos (y obviamos muchas veces los mejores) será cuestión de estar alerta ante esta exigencia de pureza étnica cultural. Esto del apropiacionismo cultural es como un bumerán (de Chanel a ser posible) que si te descuidas te golpea en la cara dándole la vuelta a tus propios argumentos.

No en Australia, pero sí en otras costas bañadas por el Índico, en esa India a la que autores como Rudyard Kipling (que hoy, pese a haber nacido en Bombay, estaría bajo sospecha por ser de padres ingleses) popularizaron en Occidente: se puso en marcha uno de los mejores antídotos contra la intolerancia y un ejemplo perfecto de síndrome de Estocolmo bibliotecario.

 

Fue el pasado 22 de abril cuando se celebró por primera vez en la India, concretamente en la ciudad de Hyderabad: una biblioteca humana con 20 candidatos “a ser leídos”. El proyecto de origen danés de The Human Library, que promueve encuentros entre personas para compartir experiencias de vida  lleva desde el año 2000 promoviendo conexiones que desmonten nuestras pequeñas visiones del mundo. Como interpelaba el eslogan para anunciar la celebración de esa primera Biblioteca humana hindú: ¿Cuál es tu prejuicio?

En marzo fue Valencia la que vivió la experiencia de una Biblioteca humana dentro del Festival Internacional de Cortometrajes y Arte sobre Enfermedades. Desempleado, gitana, trabajadora sexual, hombre gay seropositivo, cuidadora con escasos ingresos, persona con trastorno mental y persona con diversidad funcional: fueron los siete libros humanos para experimentar el saludable síndrome de Estocolmo que las bibliotecas propician con sus ejemplares impresos, digitales o de carne y hueso.

 

Abrimos con Cry baby de John Waters y cerramos con Cecil B. Demente (2000) del mismo Waters (en la que Patricia Hearst hacía un cameo).  Un director de cine independiente rapta a la rutilante estrella hollywoodense para obligarla a protagonizar su próxima producción en contra del sistema. La estrella termina fielmente entregada a la causa antihollywoodense.

 

Hoteles para ricos, bibliotecas para pobres: se buscan disidentes

 

No hay mayor gratificación para el emisor que comprobar que el mensaje ha llegado sin distorsiones. Es el ABC de la Teoría de la comunicación. Una teoría que las redes sociales someten a las condiciones más extremas cada día. Y proveniente de esas redes llegó un Recibí, hace unos días, que merecería ser grabado en la cabecera de este blog.

Rafael Muñoz, autor de la columna digital sobre libros y literatura Tirando a citar, cada semana condensa y mejora el sentido de este blog con los tuits con los que comparte lo que aquí se publica. Educados como somos lo agradecemos con retuiteos y respuestas: pero el otro día Rafael nos hizo un retrato, no sabemos si muy fidedigno o no, al que desde luego nos gustaría parecernos tanto como Dorian Gray al suyo:

 

 

Remover los anclajes es una cuestión de primera necesidad, cuando de lo que estamos hablando, es del papel que las bibliotecas pueden tener en el nuevo panorama digital.

Pero los peligros que acechan son los mismos que acechaban a Dorian Gray: que el narcisismo y la autocomplacencia terminen por convertirlo en un cliché. Es suficiente que se confíe uno en su discurso para terminar de falso predicador cual Robert Mitchum en la excelsa La noche del cazador (1955). De ahí que, como cura en salud, este texto busque la disidencia hasta de sí mismo desde el principio. ¡Viva lo digital! pero sin decir amén a nada.

 

La imprescindible y única, en todos los sentidos, La noche del cazador (1955) de Charles Laughton.

 

El historiador israelí Yuval Noah Harari no acude al maniqueísmo del malvado Mitchum para explicar el mundo: pero lo que dice es tan nítido y comprensible que ha hecho que sus predicciones sean todo un éxito. No vamos a desmenuzar sus ensayos best sellers: Sapiens o el más reciente Homo Deus. Breve historia del mañana (quienes quieran enterarse que hagan uso de su biblioteca/librería más cercana) pero nos quedamos con una de sus reflexiones más sugerentes e inquietantes:

“gracias a la ingeniería genética y los cíborg, combinando el cuerpo humano con piezas biónicas, se ampliarán los límites de la vida. […] La biotecnología va a hacer posible traducir las desigualdades económicas en desigualdades biológicas. Es decir que los ricos van a ser más listos, más creativos e incluso más morales que el resto de la población, van a poder diseñar su cerebro y sus cuerpos para lograr nuevas destrezas.”


El lampedusiano “que todo cambie para que todo siga igual” revalidando su vigencia también en la era digital. Si durante siglos fueron las guerras, la falta de una buena alimentación o de unas condiciones de vida dignas las que ejercían de selección natural/social: tras el paréntesis del siglo XX, va a ser la tecnología la que venga a restituir el orden social, tal y como era, antes de la Ilustración.

 

 

Cabecera del blog de Barbara Fister: bibliotecaria, escritora y amistosa cascarrabias.

Hace unas semanas la bloguera y bibliotecaria Barbara Fister se preguntaba en un artículo de la publicación online sobre educación superior Inside Higher Ed: ¿por qué persisten las bibliotecas públicas gratuitas?

El artículo en cuestión repasa el proceso histórico a través del cual se llegó a la gratuidad de una institución que, hasta finales del XIX, pertenecía a las élites. Fister parte de las muchas similitudes entre aquella época y la actual para preguntarse:  ¿por qué se cuestiona entonces tanto la vigencia de las bibliotecas en la actualidad? ¿Se debe a que la tecnología las ha hecho prescindibles? Evitemos explicaciones simplistas y adoptemos un tono pelín apocalíptico que siempre da más juego.

Las bibliotecas públicas son un escollo, un obstáculo, un invento que rápidamente hay que “anacronizar” para que el pueblo vuelve mansamente al redil. Las bibliotecas públicas son un artefacto que hay que desactivar cuanto antes porque contienen millones de recursos para cuestionar el discurso de la servidumbre voluntaria que se están imponiendo casi sin resistencia.

 


 “La primera razón de la servidumbre voluntaria es la costumbre; es la costumbre la que consigue hacernos tragar sin repugnancia su amargo veneno”  

 

Si tal como profetiza Yuval Noah Harari los ricos se transformarán en cíborgs: tenemos claro en qué tipo de cíborg se transformarán los nuevos ricos provenientes del pelotazo urbanístico de estos últimos años en España.

Esta frase del Discurso de la servidumbre voluntaria fue escrita por Étienne de la Boétie, joven magistrado amigo de Montaigne, en el siglo XVI. Y la editorial Virus no podía haber elegido mejor ilustración para la portada que la del dibujante de cómics Nono K: una memoria extraíble a punto de encajarse en nuestro cerebro.

Llevan un tiempo escribiendo un guión para acostumbrarnos a como van a ser las cosas a partir de ahora, y lo seguimos con una fidelidad que para sí quisieran los directores de cine. Si algo diferenciará, en el futuro, a esta revolución de las que la precedieron: será la mansedumbre (e incluso la alegría) con que se aceptan sus imposiciones/intromisiones de una manera voluntaria, casi como mandatos divinos de ser un superior. Si la primera regla de todo buen guión es lograr la suspensión de la incredulidad en la audiencia: hay que reconocer que este guión es digno de la HBO.

 

Ozymandias el megalómano multimillonario del Watchmen de Alan Moore creando su propio nuevo orden mundial.

 

Basta repasar algunas de las secciones de un periódico (impreso o digital) reciente para indagar en cómo nos van entrenando para el advenimiento de los cíborgs:

 

Política: la clase política tal vez sea de las que peor está adaptándose a los cambios. Mientras los partidos históricos se arrastran como mamuts;  las propuestas de los políticos más jóvenes, más allá de un mejor manejo del marketing para vender su producto: se concentran en revolver en los armarios ideológicos de los abuelos. Mientras, se va allanando el camino a nuevos totalitarismos. De entre los últimos titulares a destacar: la eliminación de la Literatura Universal de los planes de estudio en Bachiller propuesta por el PP; y el Farenheit 451 de Podemos con su propuesta de ley sobre el colectivo LGTBI.

 

Cultura/Espectáculos: la sección de cultura se confunde, cuando no se funde, con la de espectáculos. Puede que los disidentes de los discursos únicos se refugien aún en según qué suplementos culturales: pero la cultura de masas lo invade todo imponiendo su lógica de multicine. La estrella pop Katy Perry (la misma que rodó un vídeo financiado por el Pentágono), en su último lanzamiento, añade críticas al capitalismo y a la industria envueltos en su brillante universo de colorines. Crítica social manufacturada, en un fastuoso producto audiovisual, que cubre el cupo de rebeldía necesario para engrasar el correcto funcionamiento del sistema al que se critica.

 

Katy Perry abriendo los ojos a la realidad en el vídeo de Chained to the rhythm.

 

Televisión: los jóvenes que podrán votar en las próximas elecciones nacieron el año en que se estrenó el padre de todos los realities: Gran Hermano. Puede que en su vida hayan oído hablar de Orwell pero llevan 1984 grabado en su ADN cultural. Cuando tenían un año se estrenó OT (Operación Triunfo) y al alcanzar la mayoría de edad triunfa Tu cara me suena: la imitación, la réplica vendiendo más que los originales. Puede que ahora vivan en las redes sociales y pasen de algo tan antiguo como la televisión generalista: pero el germen de lo clónico ya está instalado en su chip. Andy Warhol que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.

 

Sociedad: la cabecera Sociedad siempre ha sido un eufemismo en los medios respetables para dar cabida al puro y duro cotilleo. La fama ya ha conseguido librarse del peso muerto del logro profesional para valerse por sí misma. Lo aleatorio se convierte en virtud y las sagas más peregrinas de famosos se perpetúan creando una nueva casta que se expande con la eficacia de una cadena de producción.

 

Bolso de Balenciaga (1.700 euros), bolsa del IKEA (50 céntimos).

 

Consumo: la última crisis ha sido una auténtica factoría de millonarios (7.000 nuevos millonarios en 2016 en nuestro país). Unos consumidores que necesitan rápidamente hacer ostentación de su nuevo estatus. Dada la inflación de imitaciones que copan los mercados: ¿dónde buscar la exclusividad si hasta las propias marcas de lujo han terminado aceptando las imitaciones para seguir haciendo negocio? Su nueva condición de cíborgs puede que asegure su superioridad biopolítica, pero no por ello su creatividad: así que lo más plausible es que vuelvan la vista atrás para fijarse en lo que hacían sus antepasados para distinguirse. Y he aquí que descubrirán a las bibliotecas.

 

Fotografía de Lauren Greenfield. Esta fotógrafa se ha especializado en retratar a los nuevos ricos del siglo XXI. En esta foto aparece la ex modelo letona Ilona en la biblioteca de su mansión. Biblioteca que solo contiene copias de un libro autopublicado con sus propias fotografías de moda.

 

Las bibliotecas sobrevivirán, sí, pero dejando que se caiga a pedazos el cartel con la palabra “pública” de sus fachadas. Las bibliotecas tiene que volver a ser ornamentales, no instrumentos de cambio: sino de dominio, de perpetuación de privilegios como lo fueron en la Edad Media o los tiempos previos a la imprenta. Han de refugiarse en las mansiones, en los clubes selectos y en los hoteles de más de cinco estrellas. Tal y como dijo la gran ideóloga Carmen Lomana: si los ricos gastan su dinero, activan la economía. Y no podemos estar más de acuerdo, siempre que su dinero sea realmente suyo.

 

The Library Hotel Koh Samui (Thailandia)

 

El auténtico buen gusto no está en la ostentación, huye del exhibicionismo zafio de los nuevos ricos, que impera a sus anchas en estos tiempos. Por eso, la última tendencia para hoteles de altísima gama que quieren desmarcarse del mal gusto dominante, sólo podía llegar a través de la cultura. Lo único capaz de aportar auténtica distinción.

The Carlisle Bay Luxury Hotel en Antigua, con The Ultra Violet Library que cambia de color por la noche; The Starwood Luxury Collection del hotel The Joule en Dallas, con libros de la exquisita editorial Taschen; la biblioteca del londinense hotel One Aldwych; o The Viceroy Hotel en Santa Monica, con 2.000 libros sobre arte y cultura: junto a muchos otros hoteles, y resorts del Caribe, que han hecho de sus bibliotecas un valor añadido de su oferta. Eso sin entrar en lo que incrementa el precio de un inmueble el hecho de que cuente con una biblioteca, en publicaciones dirigidas a gente adinerada, como Money Week (de lo que ya hablábamos en Corrupteca Nacional: bibliotecas y corrupción).

 

The Renaissance Washington DC Hotel con más de 5.000 libros

 

Visto el panorama puestos a lanzar hipótesis de futuro puede que, pese a todo, sobrevivan algunos servicios bibliotecarios de carácter público. Aunque es posible que actúen más como albergues para indigentes o clubes de la tercera edad que como centros culturales de primera necesidad. Pero como hemos prometido que este texto aspiraba a ser disidente hasta de sí mismo: aún guardamos un último giro de guión.

 

Gran Hotel Abismo, la estupenda novela gráfica de Marcos Prior y David Rubín: en un futuro en el que el neoliberalismo se ha convertido en religión de Estado los disidentes atacan al sistema con sus mismas armas: una violencia convertida en espectáculo de masas.

 

Los pobres huérfanos protagonistas de La noche del cazador huyen del falso predicador, en plena devastación por el crac de 1929, para encontrar refugio en la casa de una anciana bajo los rasgos de Lillian Gish. ¿Quién no va a sentirse a salvo si te protege alguien como Lillian Gish con su rodete de aires bibliotecarios? Por las noches les lee la Biblia en el porche mientras hace guardia para defenderse del perverso predicador. La religión como consuelo, la religión como narración.

Justo lo que sostiene Yuval Noah Harari en Sapiens: que el homo sapiens ganó al, más aventajado físicamente, neardental gracias a la capacidad del primero para crear ficciones. Si alguna ventaja guardan las bibliotecas es la de albergar miles de buenas historias de ese homo sapiens en riesgo de extinción. Así pues relajémonos y dejemos que nos cuenten un cuento con final feliz:

 

“En 2025, una hecatombe digital ha sumergido al mundo en un caos que colapsa la economía, la política, las telecomunicaciones…los ciberataques son tan fuertes que ninguna profesión está a salvo. Pero un pequeño grupo de bibliotecarios sobreviven, comunicándose gracias a un lenguaje basado en la CDU. Todo el saber acumulado por los hombres, se mantiene preservado en las estanterías de las olvidadas bibliotecas, y ahora todo ese trabajo inútil a la luz de la nueva era digital, se convierte en el último garante para la supervivencia de la civilización”

 

Los huérfanos del nuevo orden económico bajo el manto protector de una “cuenta cuentos”.