Vicios privados, públicas virtudes…bibliotecarias

 

En una biblioteca de Zaragoza la policía detuvo a un usuario que desde hacía tiempo se dedicaba a fotografiar piernas de mujeres bajo las mesas de estudio. La actitud sospechosa detectada por la que iba a ser la próxima retratada llevó a la detención del voyerista. No podemos saber si el mirón habrá visto la película japonesa Love Exposure (2008) pero su modus operandi así podría indicarlo.

 

Una de las surrealistas escenas de Love exposure (2008) de Sion Sono

 

Yu, el inocente adolescente protagonista de este delirio en celuloide, abrumado por la estricta educación católica de su progenitor: decide darle la razón a su padre y ser un pecador en toda regla. Para ello se somete a un duro entrenamiento (la escena de su aprendizaje no tiene desperdicio) para ejercer como fotógrafo ninja de panty shots. Es decir: fotos robadas de la ropa interior de las chicas. Su gran pericia y destreza lo convierten en toda una celebridad. Y hasta aquí podemos contar de una cinta de culto de la que es difícil hacer spoiler: tal es el grado de disparate que alcanza su trama.

Las deliciosas portadas vintage de temática bibliotecaria. La notación Dewey (sexualidad) y el texto lo dejan claro: “Todos en la biblioteca tenían su número”

 

Pero volviendo a Zaragoza, salvo la noticia puntual en la crónica de sucesos, es difícil que el émulo maño del héroe de Love exposure llegue a alcanzar fama alguna. Se quedará como un incidente nimio que desde luego no es extraño al mundo bibliotecario.

Los mirones de biblioteca son una especie habitual. Lo que sorprende es que a estas alturas algo propio de la España del landismo siga practicándose. Pero allá cada uno con sus fetichismos y vicios: siempre que no atenten a la intimidad ajena (como en este caso) que cada uno los lleve como pueda.

Pero no va tanto de vicios de los usuarios este texto como de los vicios (algunos involuntarios, otros no tanto) en que incurre en ocasiones la profesión.

 

Job Webb ha ejercido diversas responsabilidades en bibliotecas del ámbito universitario londinense. En la reunión de 2016 de la Academic and Research Libraries Group presentó una ponencia bajo un título sugerente: Los siete pecados capitales de la biblioteconomía. Algunos a los que hacía mención se pueden extrapolar a cualquier tipo de biblioteca:

  • centrarse en las necesidades de las bibliotecas o bibliotecarios y no en la de los usuarios
  • falta de actualización y de desarrollar aprendizajes (o dicho con otras palabras: apoltronarse)
  • exceso de escrúpulo a la hora de aplicar las reglas e inflexibilidad en general.

No vamos a cargar a la profesión bibliotecaria, en exclusiva, con unos pecados que fácilmente se pueden encontrar en muchas otras profesiones. Pero sí cabe añadir otros que, en algunos casos, revisten la categoría de capitales. Podríamos enumerarlos directamente: pero ¿qué necesidad hay de “hacer amigos” si podemos recurrir al testimonio de los propios pecadores?

De 2013 a 2015 estuvo activa la cuenta de Tumblr: Librarian shaming (Vergüenzas bibliotecarias). En este blog, profesionales de bibliotecas, confesaban los pecados de pensamiento, palabra, obra y omisión que cometían en su día a día laboral. Quedaría bien decir que lo hacían en acto de contrición: pero lo cierto es que, en la mayoría de los casos, no se detectaba propósito de enmienda alguno. A las pruebas (en forma de texto y fotos) nos remitimos.

 

No tengo ningún deseo de leer cualquiera de los libros de Harry Potter!

 

“Algunas de nuestras políticas de préstamo de la biblioteca son una mierda completa, así que cuando un usuario necesita algo que se supone no se puede prestar (por ninguna razón legítima discernible) lo modifico y lo presto de todos modos. Que le jodan al hombre y sus espeluznantes políticas de exclusión.” 

 

Robo la mayoría de libros digitales que leo.

 

 “Voy a los rincones aislados de la biblioteca para ventosear mientras ordeno estanterías”

 

“Soy bibliotecario infantil y odio las canciones infantiles”

 

Mis libros SIEMPRE ESTÁN SOBREPASADOS (incluso mis préstamos interbibliotecarios)

 

“Admito que estoy celoso cuando el jefe y algunos de mis compañeros salen de marcha por los clubes y nunca me invitan.”

 

“Si un usuario llega cuando quedan minutos para cerrar la biblioteca preguntando si tenemos cierto DVD, hago como que lo busco, y le digo que está perdido. Los DVD no tienen una ordenación concreta y me niego a esperar que lo busque mientras yo espero. Han tenido el resto del día para venir, que respeten mi horario. Bastante mal pagado estoy para el tiempo que trabajo.”

 

Prefiero leer libros digitales que libros en papel. Amo mi Kindle

 

“En ocasiones estoy jodidamente aburrido en mi biblioteca. Soy el jefe”

 

Latigazo, el bibliotecario!

En esta pequeña muestra, hay confesiones que pueden considerarse pecados veniales, otras en cambio, ni siquiera faltas. Cada uno, según su sentido de la moral, clasificará a unas u otras en la correspondiente categoría: pero hay dos que deberían clasificarse como capitales sin medias tintas. Es difícil pensar en penitencias cuando cuesta creer en el concepto de pecado: pero en estos casos ejerceríamos, sin dudarlo, de jueces aplicando gustosos las condenas.

La bibliotecaria, que oculta tras un lector de libros electrónicos, reconoce recurrir a la piratería para sus lecturas; y el director de una biblioteca que se queja del “jodidamente aburrido” trabajo en su biblioteca.

No vamos a ser hipócritas: en los albores de las descargas de contenidos digitales, quien más, quien menos, incurrió, bien por obra u omisión (esa música, esa película, ese libro que nos pasa un amigo, y sobre el cual, no preguntamos la procedencia) en descargas ilegales. Pero a estas alturas de la película: el bibliotecario que no haya comprendido que los intereses de los creadores y de las bibliotecas van de la mano (y viceversa): es un tarado o le importa bien poco la cultura para la que se supone trabaja. Y respecto al segundo pecado capital, ser jefe de una biblioteca y aburrirse, tiene fácil solución: dimitir. No más bibliotecarios jurásicos desgastando poltronas: para eso ya tenemos a los políticos.

 

Un libro como escondite para los vicios: en este caso el de la buena lectura y el del buen whisky,

 

En 2015 dejó de funcionar el blog y no por falta de pecadores. En la declaración de intenciones sus creadores manifestaron su deseo de convertirlo en un foro divertido en el que los bibliotecarios, anónimamente, desvelaran sus pequeños vicios y así obtener la conmiseración de sus colegas. Y ese es el espíritu que se detecta en sus inicios, pero en los años que van del 2013 al 2015 (con el discurso hater afianzándose cada vez más en las redes sociales) se empieza a advertir en algunas confesiones: una desidia, cuando no directamente un desprecio, hacia las bibliotecas que hizo que la diversión se esfumase.

El triunfo de la sinceridad como valor supremo, en esta época “desilustrada” que estamos viviendo, junto al anonimato: puede que tuvieran mucho que ver con su extinción. La mala educación, la falta de pericia en el manejo inteligente de la ironía, la pose descreída confundida con perspicacia: son los componentes de esa nueva sinceridad, que se blande como una virtud, cuando no es más que una muestra de inseguridad, grosería y pereza mental. Y de este modo el divertido confesionario digital de Librarian shaming iba camino de convertirse en un escupidero.

El extinto (en papel) suplemento “Tentaciones” de “El País” incluye El manual del hater que, en este caso con gracia, explota la tendencia que arrasa en las redes. La sección se encabeza con la frase “Cómo odiar correctamente a…” y en la diana, tras esos puntos suspensivos, se sitúa algún tema que cotiza alto en las escala de valores cool para ser machacado a conciencia. Dada la buena consideración que, en general, parecen tener las bibliotecas para la cultura hipster no estaría de más que un día, tras esos puntos, situasen a las bibliotecas/bibliotecarios antes de pasar el relevo a la siguiente tribu cultureta.

 

Cigarrillos de marihuana escondidos en un libro en la década de los 40.

 

Pero un ejemplo de que no hace falta abusar de la ironía, ni de la sinceridad como eufemismo de grosería para dejar en evidencia a los hipócritas: lo dio hace unos meses la bibliotecaria estadounidense Margaret Howard en un tuit. Fue con ocasión de la celebración de la National Library Week que Ivanka Trump, relaciones públicas del patán de su padre, quiso ensalzar a las bibliotecas y bibliotecarios por su contribución al conocimiento y el aprendizaje: y una vez más la verdad a secas, que no posverdad, sirvió para desarmarle la pose.

 

Esta Semana Nacional de las Bibliotecas, nosotros honramos a nuestras bibliotecas y bibliotecarios por abrirnos los ojos al mundo del conocimiento, el aprendizaje y la lectura!

Tu padre quiere recortar todos los fondos federales pero gracias por el tuit. #SaveIMLS (Salvemos al Instituto de Servicios Bibliotecarios y Museos)

 

Dada la poca sutileza de los tiempos que corren: ahora, igual que siempre, el antídoto contra la hipocresía no es el mal uso de la sinceridad sino el ejercicio de la libertad de pensamiento. Y para terminar, un vicio que se hace virtud en este blog: acabar con música.

Los protagonistas del magnífico vídeo que el colectivo de realizadores franceses Megaforce ideó para el tema Sacrilege del grupo Yeah, Yeah, Yeahs: encajarían a la perfección en el tipo de votante que ha aupado a Trump al poder. Pero lo cierto es que fue rodado en plena era Obama. Con un cierre así sobran puntos suspensivos en los que escribir lo que hay que aprender a odiar correctamente.

 

Canción de verano bibliotecaria

 

 

En el hemisferio en el que se cuece (literalmente) este blog: es verano. Y una de las tradiciones seculares del verano hasta hace no tanto: eran las canciones del ídem. Esas tonadas facilonas, de letras sonrojantes la mayoría de las veces, con ritmos básicos y a ser posible acompañadas de coreografías propias de una fiesta de fin de curso de parvulario. Por mucho que digan que la omnipresente Despacito de Luis Fonsi es la elegida para este 2017, no es cierto: la canción se publicó el 12 de enero y lleva triunfando en las listas desde entonces.

El cambio climático lo está trastocando todo. En el tiempo de la posverdad, el calentamiento global y las redes sociales: el dejarse mecer por un ritmo tontorrón y por letras simplonas ha perdido la estacionalidad. Ahora la canción del verano es la banda sonora de todo el año como las, antaño, serpientes de verano (esos culebrones informativos con los que se entretenía al personal mientras daban cabezadas): reptan por las redacciones y, sobre todo, por Internet durante los 12 meses sin interrupción. De hecho las canciones y serpientes de verano han ido emparejadas desde sus orígenes. Por eso no es de extrañar que el inevitable Despacito posea, según los expertos, lo que se denomina: gusano de oído.

 

Tuit del músico, productor y compositor Nahúm García en la que explica el secreto del éxito del tema de Luis Fonsi y Daddy Yankee. En la web musical Jenesaispop lo explican en detalle.

 

Son las conclusiones de Jessica Grahn, neurocientífica de la Universidad de Ontario, que recientemente concedía una entrevista a la BBC para tratar de explicar, científicamente, la razón por la cual determinados temas conocen un impacto global y consiguen arrasar por encima del resto. Un intento (vano) más por conseguir la fórmula del éxito.

Nada que reprochar. Será el calor, será el goteo incesante del tema de Fonsi y Daddy Yankee, será que los gusanos se han convertido en serpientes y nos colonizan el cerebro: que en este post nos rendimos a lo facilón, a la rima fácil, a la gracieta de adolescente. Lo cual no quiere decir que en el resto de posts no lo hayamos hecho: la diferencia es que aquí es de manera consciente. Después de todo ¿no aspiran las bibliotecas también al éxito masivo? De ahí que demos a todos los palos con este texto tutti frutti: en un intento por lograr ese estribillo redondo que siempre se escabulle .

 

 

Como cada verano diferentes administraciones ponen en  marcha las campañas de verano a través de los bibliobúses. En la ciudad india de Naihati  no cuentan con bibliobúses pero cuentan con el empeño y las buenas piernas de Alamgir Hossain Shrabon. Empeñado en hacer llegar la lectura hasta la última aldea: este profesor pedalea transportando un carrito de los que se usan como puestos ambulantes de comida repleto de libros.“Quiero erradicar la pobreza a través de la educación” declara Shrabon, que además, ha creado dos centros de formación para mujeres, así como talleres gratuitos para formar en el uso de nuevas tecnologías.

Pero de la edificante historia del profesor hindú, aparte de con su arrojo, nos quedamos con el carrito. Los jóvenes ya no tienen memoria de los clásicos carritos de helados o de comida que antaño circulaban por las ciudades. Salvo los puestos ambulantes que desfilan previos a alguna cabalgata o procesión: la venta ambulante de helados y alimentos es cosa más bien del pasado. Vivimos en la eclosión de los food trucks o furgonetas de comidas. Pero aquí y ahora apostamos por lo clásico.

¿No sería una buena idea rescatar uno de esos carritos de helados para prestar libros? Prestar libros y vender/regalar helados si alguna marca tuviera la visión comercial suficiente para promocionarse en alianza con la cultura. Puede que alguno de los libros terminase como los que aparecen en una de nuestras cuentas de Instagram favoritas: Ice Cream Books: pero el impacto que se conseguiría haría que mereciera la pena.

 

La Biblioteca Newberry de Chicago está especializada en colecciones sobre religión. Entre los 80.000 documentos que conforman sus fondos se encuentran no pocos textos sobre brujería, magia o espiritismo. Pero pese a lo antiguo de los fondos que allí se conservan: sus responsables han demostrado estar firmemente asentados en nuestros días. Ahora que tanto se habla de que los usuarios intervengan en la toma de decisiones de los centros bibliotecarios: la Biblioteca Newberry ha publicado en el portal Transcribing Faith tres manuscritos sobre magia para que cualquier internauta, que se vea capacitado, les ayude a transcribirlos, corregirlos y comentarlos. Un trabajo colaborativo para acometer una de las tareas, hasta ahora, más especializadas y celosamente reservadas por el gremio bibiotecario y archivero.

La gran Lola siempre adelantada a su tiempo.

Es lo que se lleva: presupuestos participativos, toma de decisiones asamblearias, la necesaria transparencia del sistema. Todo razonable, democrático, políticamente correcto y con la bendición que se le presume siempre a lo consensuado. Pero en tiempos en que prima el descrédito de la opinión docta y la desconfianza hacia todo lo que provenga de la academia: hay que estar bien alerta ante los inventos que puedan surgir de este afán por el igualitarismo a ras de tierra.

Como ejemplo el reciente anuncio de la RAE aceptando el uso de iros por idos: un necesario triunfo del uso popular de la lengua, que en las redes, se ha traducido en un nuevo linchamiento contra la labor de la RAE por tener un pasado machista. Una manera de mezclar churras con meninas (ya puestos a amoldar el lenguaje a nuestro gusto: ancha es Castilla) y es que “si me aconvenzo, si me aconvenzo” las cosas son como yo quiero que sean y se acabó que cantaba María Jiménez.

 

 

Cuando allá por el verano del 2001, la pareja formada por las tuneadas Sonia y Selena, copó las listas de éxitos con su tema Yo quiero bailar: no faltaron los comentarios insidiosos tildando a las esforzadas cantantes de parecer salidas de una de esas películas, que en los videoclubes, solían esconderse en los rincones más discretos del local. Y si hay un gremio que puede comprender mejor que ninguno lo injusto que resulta el que te cataloguen estéticamente en un estereotipo ese es, sin duda, el bibliotecario.

Algunos de los bibliotecarios retratados por Kyle Cassidy en su libro-homenaje a las bibliotecas y los bibliotecarios.

No sabemos si el último libro de la fotógrafa Kyle Cassidy va a incidir de alguna manera en que evolucione la imagen del gremio; pero incluye algunas reflexiones que nos gustan mucho. This is what a librarian looks like: a celebration of libraries, communities, and access to information (Esto es lo que parece un bibliotecario: una celebración de las bibliotecas, las comunidades y el acceso a la información) es el resultado de los viajes por los Estados Unidos de Cassidy fotografiando bibliotecarios y recogiendo sus opiniones e ideas en torno a su trabajo. Aunque se pueden seguir estableciendo ciertos criterios estéticos comunes entre algunos de los retratados: también hay disidencias estéticas que rompen el estereotipo. ¿Quién sabe? puede que dentro de poco el canon estético de Sonia y Selena termine asomando en futuros retratos del gremio.

Pero más allá de la apariencia, que por algo estamos hablando de bibliotecas, nos quedamos con las declaraciones de una de las bibliotecarias retratadas. Jaina Lewis, bibliotecaria juvenil en la Biblioteca de Westport, describe sus tareas de una forma con la que más de uno podrá identificarse:

“Por la mañana, soy una estrella de rock en una habitación llena de niños en edad preescolar; a mediodía, soy una trabajadora social ayudando a buscar recursos para la búsqueda de empleo; por la tarde soy una educadora que lleva a los niños a un taller de ciencias. Los bibliotecarios servimos para muchos propósitos y usamos distintos sombreros, pero todos sirven para lo mismo: cambiar vidas.”

 

 

El verano también es tiempo para nostalgias: ahí estaba el Dúo Dinámico, otros clásicos del repertorio veraniego, con su tema El final del verano. Pero no parece que haya sido ese tipo de nostalgia la que haya incidido en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos para publicar un libro en el que recupera el olvidado arte de los catálogos de tarjetas.

La estupenda encuadernación de The Card Catalog.

The Card Catalog: books, cards and treasures literacy (El catálogo de fichas: libros, tarjetas y tesoros literarios): en el que se reúnen algunas de las tarjetas que, durante décadas, sirvieron para recoger los datos de las publicaciones y para dejar fe del buen pulso de los catalogadores a la hora de completar las fichas. El libro deja constancia de los esfuerzos de los bibliotecarios por intentar organizar unas colecciones que crecían sin parar; e incluso se hace eco de las rivalidades que se establecieron entre bibliotecarios a la hora de imponer sus criterios.

La glaciación digital arrasó con todo ello, pero dejó algunas situaciones curiosas que el libro recoge: sobre el modo en que algunas bibliotecas se despidieron de sus viejos ficheros. En una biblioteca de Maryland ataron las fichas a globos llenos de helio y las lanzaron al cielo; otras celebraron incluso funerales en homenaje a sus entrañables catálogos de fichas.

Hoy día lo digital deja poco margen para imprimir un toque personal en un trabajo tan reglado como es la catalogación. La personalización se margina a los tejuelos, y como mucho, a los códigos de barras. ¿Los códigos de barras? Pues sí: los códigos de barras son como las caprichosas marcas que el bañador o los anillos (en caso de practicar el nudismo) dejan en la piel bronceada: una inesperada demostración de que la diferencia está en los detalles. Es una pena que la falta de tiempo no permita “customizar” los códigos de barras de las bibliotecas. Podría dar lugar a comentarios gráficos sobre la temática de los documentos tan estimulantes como estos que provienen (cómo no) de Japón:

 

 

Y hasta aquí llegó el repaso a algunas de las posibles tonadillas de verano con aires bibliotecarios. Quedan en el tintero éxitos potenciales como MARCarena de Los del Río, Sólo se registra una vez de Azúcar Moreno o Ven, catalógame otra vez de Lalo Rodríguez. Pero toda tontería tiene un límite. Es hora de desconectar y dejar que la audiencia relaje oídos y vista.

En los programas de entretenimiento de la televisión estadounidense se ha puesto de moda improvisar canciones con las estrellas que van de invitados. Estos sketches musicales son el equivalente frívolo a los conciertos unplugged (desenchufado) que tan en boga estuvieron hace un tiempo. Así pues vamos a desenchufar durante unas semanas este blog con un tema muy apropiado: el Holiday de Madonna cantado en el show de Jimmy Fallon: ¡Holiday! ¡Celebrate!

 

 

CDU para bibliotecarios inconformistas

Este post es un ejemplo de endogamia bloguera y por lo tanto puede que nazca tarado desde el principio. Pero como la endogamia no ha sido impedimento para que estirpes de reyes sean absueltas: confiemos en que al final la absolución también sea aplicable en este caso.

Sus referentes son obvios: de Estadística creativa para bibliotecarios soñadores toma la vuelta de tuerca a un clásico bibliotecario basado en las matemáticas: si allí fue la estadística aquí es la Clasificación Decimal Universal (CDU para los colegas); y de 50 sombras bibliotecarias retoma y profundiza en un trampantojo bibliotecario en forma de nuevo reto: el de #crucedeportadas.

 

¿Y si la CDU escondiese un sistema para organizar un nuevo orden mundial? #crucedeportadas #trampantojobibliotecario

 

Pero vayamos por partes que para eso estamos hablando de sistemas de clasificación. Hace unos días Sofía Moller presentaba en Bibliogtecarios, su proyecto final de grado en Información y Documentación que busca salvar las rigideces que presenta la CDU como sistema de organización de colecciones en las bibliotecas. Su propuesta de organización por ámbitos temáticos resulta de lo más interesante y vuelve a poner en cuestión la amigabilidad de la CDU de cara al usuario.

La sombra de Dewey (Otlet y La Fontaine mediante) ha sido alargada y provechosa desde el siglo XIX en el mundo de las bibliotecas.

Con justo sentido reivindicativo y reparador por las injusticias que contra ellos se cometieron: se habla mucho de lo que internet y la sociedad de la información le deben a figuras como Alan Turing o Nikola Tesla. Pero tampoco estaría de más hacerle un hueco a Dewey, Otlet y La Fontaine en esos reconocimientos.

Hace año y medio Google hizo un homenaje en forma de doodle a lo visionarios que fueron estos dos últimos con motivo de los 120 años de su ambicioso Mundaneum. Es justo, por tanto, reclamar también ese estatus de estrellas del rock que le están otorgando a Turing o Tesla para estos audaces profesionales de la información.

 

El doodle de Google dedicado a Paul Otlet y su proyecto de Mundaneum

 

Como declaró el cineasta Michael Moore a raíz del movimiento bibliotecario que a principios de este siglo se opuso a la censura de sus libros en los Estados Unidos:

“Mucha gente los ve (a los bibliotecarios) como ratoncitos maniáticos obsesionados con imponer silencio a todo el mundo, pero en realidad lo hacen porque están concentrados tramando la revolución a la chita callando”

Cartel para un centro de interés sobre novela gráfica


¿Y qué otra cosa hizo Dewey sino ordenar el mundo para facilitar que la información se pudiera compartir? A nadie se le ocurriría negar el impecable servicio que su clasificación, o la CDU, llevan prestando desde hace décadas en las bibliotecas. Pero puede que ahora ese mundo que aspiraba a ordenar Dewey sea más difícil que nunca de clasificar.


Sofía Moller con su organización por ámbitos temáticos se suma a las alternativas que, cada cierto tiempo, desabrochan un corchete más del ceñido corsé con que la CDU alinea el mundo bibliotecario.

La Dewey-free clasification, como una teología de la liberación organizativa, se desarrolló a partir de los 80 como un primer paso hacia la liberación de los dogmas numéricos; y desde entonces ha sido un no parar de centros de interés que han surgido, aquí y allá, como una manera hacer más amables las colecciones de cara a los usuarios.

 

Iconos para la ordenación de los fondos del sistema Metis

 

¿Tiene la clasificación Dewey los días contados? se preguntaban hace cinco años en el School Library Journal


¿Tiene la clasificación de Dewey los días contados? (¿y la CDU? añadimos nosotros). Se preguntaban ya en 2012 en la portada de la publicación especializada School Library Journal. No creemos que el recorrido del invento de Dewey ni de su remake europeo de la CDU esté totalmente agotado, pero si es cierto que los tiempos han cambiado y el mundo necesita que alguien los vuelva a narrar/organizar. ¿Tiene algún sentido que la notación de la CDU siga visualizándose para los usuarios en los registros de algunos opacweb? Precisamente en ese número de School Library Journal se hablaba de Metis, la clasificación post-Dewey que la biblioteca de la Ethical Cultura Fieldston School de Nueva York había desarrollado para simplificar la localización de sus fondos.

 

Dewey siendo adelantado por las nuevas clasificaciones bibliotecarias

 

No sabemos si es la reinvención o la jubilación lo que se cierne sobre la CDU pero no va a ser este post el que la ejecute. Precisamente ahora que muchos hablan de cambiar el mundo pero aspiran a hacerlo con moldes muy viejos: es el momento de explotar el poder que a la chita callando como decía Moore, poseen los bibliotecarios a la hora de hacer la revolución

Fue allá por 2013 que surgió la noticia de que una biblioteca australiana había cambiado los libros sobre el ciclista Lance Armstrong de la sección de deportes a la de ficción: a raíz del escándalo de su dopaje. Al final la noticia resultó ser falsa, pero no nos vamos a poner exquisitos en plena era de la posverdad: la noticia ilustraba muy bien el poder que los bibliotecarios poseen a la hora de poner las cosas en su sitio. “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad” que le decía su tío a Spiderman. Pero ¿qué pasaría si los bibliotecarios se tomaran la justicia por su mano?

 

Hay otros métodos de repartir justicia desde las bibliotecas

 

No, no nos referimos al meme de Chuck Norris, ni al clásico Conan the librarian: hablamos de otro tipo de justicia, de una justicia poético-bibliotecaria a través de la cual los profesionales de las bibliotecas se tomasen la revancha.

La CDU como instrumento de disidencia, como discurso contestatario que provocase estanterías alteradas y por ende: un nuevo orden ¿mundial? ¿serán los bibliotecarios los illuminati de la cultura?

Así por ejemplo, los demandados libros de autoayuda que ahora ocupan el 159 correspondiente a psicología migrarían al 29 de movimientos espirituales modernos: por esa pseudomística que roza el batiburrillo ideológico de algunas sectas. Desde luego en el 1 de filosofía no conseguirían infiltrarse ni de tapadillo: Sócrates, Aristóteles, Platón, Nietzsche, Heidegger, Schopenhauer o Savater los echarían a patadas por las noches.

A algunos de los títulos de los economistas más prestigiosos que jugaron a profetas de la última crisis se les desterraría desde el 33 de economía, que habitan habitualmente, al 133 de ciencias ocultas; o también al 64 de economía doméstica en el que igual aprendían valiosas lecciones de las amas de casa.

 

¿Las predicciones del prestigioso economista Greenspan compartiendo estantería con las visiones de Aleister Crowley? Sus profecías fallidas les hermanan en el nuevo orden mundial bibliotecario.

Los libros sobre arte y artistas contemporáneos tipo Damien Hirst o Jeff Koons: ¿no deberían abandonar el 73 de artes plásticas para pasar al 793 donde se clasifica el ilusionismo; o al 658 de técnicas comerciales?

Los dedicados a las nuevas estrellas del firmamento pop ¿deberían mudarse del 78 también al 658 de marketing? o ¿los escritos por personajes del papel cuché, influencers o youtubers del 929 de biografías (o del número en el que estén) al 008 de civilización, cultura y progreso: dado que son el testimonio más fiable de hacia dónde ha evolucionado nuestra cultura?

El libro de selfies de Kim Kardashian.

 

Podríamos continuar hasta alterar todas las estanterías pero mejor dejarlo aquí. Aún no queremos terminar de perfilar este nuevo orden mundial bibliotecario que tantas alegrías puede darnos.

Quedan materias muy jugosas, como el 32 correspondiente a política, pero es tan amplio el abanico de números que se nos ocurren dónde podríamos reubicarla que mejor lo dejamos a la imaginación de cada uno. ¿Y el 4? ¿qué hacer con ese agujero negro en  mitad de las estanterías¿ qué ha de surgir para que se llene ese vacío? ¿estará en el 4 el Aleph de Borges? Que cada uno haga sus cábalas, y que cada cual se ordene el mundo y lo haga, como dice la canción: a su manera. Pero mientras, ¿y tú? ¿a qué o a quién le aplicarías un poco de justicia poético-bibliotecaria?

 

Sid Vicious – My Way (version by Gary Oldman from the movie Sid & Nancy) from Max Pirovano on Vimeo.

Biblioteca bizarra (#bibliobizarro)

 

Toda biblioteca de pro que tenga presencia en Twitter debe incluir entre las cuentas que sigue a la de Pulp librarian. De lo contrario denotará una falta de sintonía con los tiempos que le señalará como viejuna por mucho que lance tuits a destajo (¿se puede sonar más cargante e irritante? La duda ofende. Quienes continúen leyendo después de este arranque podrán confirmarlo).

 

 

Pulp librarian luce como carta de presentación una foto en la que se asemeja bastante al padre del cine basura John Waters, sí el que dijo esa célebre frase de que: “si vas a casa de alguien y no tiene libros, no folles con esa persona“. Con ese aspecto la cosa queda clara desde el principio. Pulp librarian publica deliciosas portadas de literatura pulp (ya saben el equivalente a las novelas baratas de quiosco españolas) con temática, o no, bibliotecaria; o directamente tuneadas para llevarlas al mundo bibliotecario.

Susan Sontag en sus Notas sobre lo camp (incluidas en su ensayo Contra la interpretación) ya analizó en los años 60 la fascinación que despierta la cultura popular en las mentes cultivadas (o al menos a medio arar):

“me siento fuertemente atraída por lo camp, y ofendida por ello con intensidad casi igual”

Camp un término más bien en desuso en la actualidad para referirse a lo que explica en su definición la RAE: “que recrea con desenfado formas estéticas pasadas de moda”. El término alemán kitsch o el significado francés del término bizarre, le han ganado terreno a lo que popularmente también se ha definido en nuestro país como simplemente hortera.

 

La mansión de Jane Mansfield apoteosis del kitsch

 

Entre la muchachada desde hace ya tiempo triunfa el término bizarro, pese a la oposición de la RAE que ve como la acepción de “extraño, raro, divertido o chocante” (que significa bizarre en francés e inglés) le come terreno al significado como “valiente, generoso, espléndido” con el que aparece definida la palabra en el diccionario de la lengua española. Pero los académicos deberían replantearse seriamente añadir esta tercera acepción porque después de todo resulta de lo más complementaria. ¿Acaso para ser bizarro y desafiar los cánones estéticos no hace falta ser valiente y generoso? Pero no nos perdamos en disquisiciones semánticas cuando este artículo tiene un objetivo marcado desde el principio.

Programas de televisión como Cachitos de hierro y cromo llevan años explotando la vena nostálgica (o vintage porque muchos seguidores no tienen edad para recordar lo que sale de ese pozo sin fondo que son los archivos de TVE) de aires hipster que se maravilla con la alegría de lo hortera. Los 60 y, sobre todo, los 70 son un filón musical, cinematográfico y televisivo para rescatar, y reivindicar.

 

La incombustible Raffaella hace poco recuperada desde un producto cultural con pedigrí como la película  La gran belleza (2013), y precisamente conductora de la gala de TVE en su 60 aniversario.

 

Una de esas joyas que se encuentran perdidas por las estanterías de algunas bibliotecas, o que llegan por donaciones de particulares.

Justo ahora que Raffaella Carrà ha anunciado un giro en su carrera televisiva, es buen momento para apreciar y agradecer lo que de bueno tenía ese mundo de zooms mareantes, pantalones acampanados, efectos estroboscópicos e impagables decorados. Una alegría de vivir, una feliz transgresión de cualquier canon del buen gusto y hasta del decoro estético que incita a la fiesta.

En nuestros días, lo choni, que en un momento dado podría llegar a confundirse como lo equivalente a aquel colorismo desatado: no resulta tan amable ni ingenuo como para que en el futuro alguien lo reivindique con cariño. Le falta amabilidad, deseo de agradar y divertir, y en cambio le sobra grosería y agresividad estética sin finalidad alguna. Biblioteca bizarra sí, biblioteca choni, decididamente no.

Lo kitsch, lo camp, lo bizarro está a la vuelta de cualquier estantería de cualquier biblioteca. Búscalo y compártelo con #bibliobizarro

Escultura de Mark Ryden

 

Lo bizarro tenía su éxito asegurado en nuestro país porque sin necesidad de exportar ningún extranjerismo ya estaba presente con ese significado en las pinturas de Goya, en las películas de Buñuel, en el esperpento nacional de Valle-Inclán, o en las películas de Bigas Luna o Almodóvar. Referentes que las academias han ido aceptando ante la fuerza de unas creaciones que deformaban la realidad para devolver la imagen más precisa y exacta, a fuerza de exageración, en la que reflejarnos.

Lo kitsch, lo camp, lo bizarro, o simplemente lo hortera hace mucho que accedió a los museos por la puerta grande con figuras como Jeff Koons, y no paran de surgirle herederos como Mark Ryden o los diseños de la marca Artefacto Madrid. Eso en los museos, pero es que en las bibliotecas (al menos en las públicas) su presencia ha estado desde hace mucho y, lamentablemente, sin explotar. Por eso queremos ponerle remedio, y copiar (en el mundo de la bizarría lo que no es tradición no es plagio, es simplemente regeneración) a Jim Linderman.

 

Las vajillas de la marca Artefacto Madrid

Un clásico de toda la vida: las figuras de Lladró que han encontrado un filón para expansionarse gracias al mercado ruso.

 

Este bibliotecario y archivero estadounidense lleva años recopilando postales, libros, partituras, discos, objetos y mil cosas más de esa cultura bastarda, cursi y desconcertante que se forma en los aledaños de la cultura oficial. A través de varios blogs  ha ido mostrando sus hallazgos, que incluso le han llevado a publicar varios libros. Coleccionista compulsivo, Linderman, deja clara su vocación pop-bizarra cuando manifiesta que al no tener dinero para coleccionar Warhols, se decidió por perseguir los Warhol de los pobres.

Por todo ello desde aquí lanzamos un reto a las redes. Hemos creado el hashtag

#bibliobizarro

para que bibliotecarios, usuarios, o quien quiera sumarse: compartan portadas de libros, carátulas de películas,discos, cómics, postales, pósteres u objetos extraídos de los fondos de una biblioteca que entrarían dentro de la categoría de bizarros y los publiquen con dicho hashtag.

Hay auténticas joyas kitsch, camp, bizarras o como quieran llamarse en las bibliotecas, y no queremos que sigan en la sombra. Bien sea por la pátina de tiempo que las ha vuelto tan anacrónicas que las hace deliciosas, o bien porque ya nacieron siendo producto de desvaríos estéticos y mentales considerables: queremos que gracias a #bibliobizarro se reúna en las redes el mayor catálogo de aberraciones/maravillas (ahí depende del criterio de cada uno) que atesoran las bibliotecas.

No te lo guardes para ti, compártelo. Estando tan cerca de la Navidad, hagamos una loa al espumillón frente a los adornos elegantes, a las lucecitas histéricas que hermanaban por unos días a los cuartos de estar de los hogares con los puticlubes de carretera frente a los asépticos LEDs.

Y si bien es cierto que para disfrutar en todo su esplendor de estas estéticas, es necesario previamente tener otros referentes culturales que permitan apreciar la fuerza provocativa de lo hortera o lo bizarro desde la ironía: que nadie vea desdén alguno en ello. Todo lo contrario.

 

 

 

Queremos demostrar que las bibliotecas públicas fueron pioneras en romper los diques entre alta/baja cultura al abrir sus puertas a lo que los ciudadanos, sin distinciones, les pedían para su uso y disfrute. Y por eso ahora no pueden dejar de estar presentes en este cultivo de la cultura de masas como signo de distinción. Hagamos justicia, y sobre todo, disfrutemos sin complejos de la alegría de vivir de lo hortera.

 
 

Los Simpson, las bibliotecas y los libros ¡Mooola!

Ahora que ese icono de la cultura actual que son Los Simpson acaba de cumplir 25 años en pantalla, hemos pensado rendirles homenaje de la forma más bibliotecaria posible para dar la bienvenida al nuevo año con buen rollo y riéndonos un poco de todo. Por eso hemos estado trasteando para encontrar grandes frases y momentos estelares de la serie alrededor de las bibliotecas y los libros. Ahí van.

Los carteles promocionales de la Biblioteca de Springfield:

Algunos no saben cómo captar usuarios: “Venta de libros de la biblioteca: tenemos pornografía”. O bien: “Tenemos libros sobre la televisión”.

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Sobre ser parte de la comunidad:

Belle, hablando sobre el burdel: “Formamos parte de Springfield tanto con la iglesia, la biblioteca y el loquero”.

Sobre el préstamo de libros:

Bart: “Lisa, no podemos permitirnos todos esos libros”
Lisa: “Bart, solo los estamos tomando prestados”.
Bart: “Ah, ah… eh… ‘pa’ mi, ‘pa’ mi”.

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Lisa, que es la gran amante de los libros y las bibliotecas en la familia, confiesa en un episodio: “Mi familia nunca habla sobre la calidad del servicio de las bibliotecas, y cada vez que intento desviar la conversación hacia el tema, me miran como si fuera una empollona rara”. Ya veis, los de la familia de Lisa, que son gente sin criterio. ¿A que vosotros tenéis más suerte con las vuestras?

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Y aunque al principio, Bart no conociera bien cómo funcionaba esto de las bibliotecas, luego va haciendo alguna que otra incursión en ellas. En un episodio cuenta: “No hay guerras buenas, con las siguientes excepciones: la Revolución Americana, la II Guerra Mundial y la Trilogía de la Guerra de las Galaxias. Si quieres saber más sobre las guerras, hay un montón de libros un tu biblioteca local, muchas de ellos con fotos sangrientas muy molonas. Bueno, buenas noches a todo el mundo. ¡Paz, tío!

De la siguiente escena pueden tomar nota Carmen Fenoll y las bibliotecas catalanas que están en ello 😉

Homer: “¿Bibliotecas vendiendo libros? Si no los queríamos cuando eran gratis, por qué íbamos a querer pagar por ellos”.

homer-simpson-donut-wallpaper-i9Y es que Homer no es precisamente un fan de las bibliotecas como Lisa. En uno de esos episodios que emiten por Halloween dice mientras, conduciendo por la calle, ve una tienda de donuts con un cartel luminoso que representa a un niño que sostiene una rosquilla sobre su cabeza: “Ah, la milla del milagro, donde lo que de verdad vale lleva sobrero de neón, y no hay una sola iglesia o una biblioteca que ofenda la mirada”.

Sobre los que sí usan la biblioteca:

Marge está preocupada porque su madre y el padre de Homer están muy solos, y le plantea a su marido: “Podrían ir juntos a una sesión matinal en el cine, o de compras. O a esa sala de la biblioteca que está llena de ancianos, ¿cuál es? Ah, sí, la de las revistas.

Los libros y Los Simpson

Sobre libros también hay grandes momentos, como ese en el que Homer dice: “Los libros no sirven para nada. Sólo he leído uno, “Matar a un ruiseñor”, y no da ni la más mínima pista de cómo hacerlo. Claro que me enseñó a no juzgar a las personas por el color de su piel… pero ¿de qué me sirve a mí eso?”.

SimpsonLisaUnicosamigosY, por supuesto, está el gran amor de Lisa por los libros. Ahí está el momento en el que Marge la ve triste y le pregunta por qué no llama a alguno de sus amigos. Lisa responde sosteniendo unos libros: “Estos son mis únicos amigos: ratones de biblioteca como Gore Vidal, e incluso él ha besado a más chicos que los que yo besaré jamás.”

La serie está llena de guiños a la cultura popular. Aquí uno de los más recientes: su homenaje a “Juego de tronos”.

Sobre la saga de Harry Potter, la familia se encuentra en un episodio con J. K. Rowling y Lisa, llena de admiración, le pregunta qué ocurre al final de la saga. Rowling, hastiada del rollo “fan”, contesta: Harry crece y se casa contigo. ¿Es eso lo que quieres oir? Lisa responde embelesada: Síiiii

Pero también hacen referencias a grandes escritores que no deambulan precisamente por la cultura de masas. en un episodio, los guionistas se vienen arriba y hacen que el enigmático Thomas Pynchon dé señales de vida y quiera hasta firmar autógrafos.

Y para terminar os dejamos este hilarante vídeo con algunos de los mejores momentos de Los Simpson (mira que tiene que ser difícil elegirlos). Termina estelarmente con Homer utilizando un carrito bibliotecario a modo de patinete, al grito de “Voy a matar a Moe”. ¡Feliz 2014!

Libros y cine para divertirte antes del fin del mundo

carta-groucho-eliot4Seguimos la línea de nuestras últimas sugerencias publicadas en este blog con otro libro para reírse de todo, porque Anagrama ha reeditado en su nueva colección “La conjura de la risa” Las Cartas de Groucho Marx, una forma hilarante de acercarse a las aficiones, odios y amistades de ese genio del humor. Incluye cartas a la familia, compañeros de profesión, personalidades del mundo de la empresa, políticos (incluido el presidente Truman), periodistas y escritores. A T. S. Eliot, le dedicó en una de sus misivas precisamente un «no sabía que fuera usted tan guapo». Adjuntamos foto por si no tenéis en la cabeza la fisonomía del gran poeta y dramaturgo.TSEliot

El ingenio y la mordacidad desbordantes que mostraba en sus películas y en otros libros suyos como “Memorias de un amante sarnoso” o “Groucho y yo” está presente a lo largo y ancho de este libro. “Fue muy previsor por tu parte el mandarme un libro que explicara el Ulises de James Joyce. Todo lo que necesito ahora es otro libro que explique este estudio de Stuart Gilbert, quien, si la memoria no me falla, pintó el célebre cuadro de George Washington que está colgado en el Metropolitan Museum. Ya sé que hay unos doscientos años de diferencia entre una época y otra, pero un hombre capaz de explicar a Joyce tiene que ser muy viejo y muy sabio”. Cierto, muy cierto.

grouchoY otra muestra de una de esas frases que te imaginas puesta sobre el papel mientras movía las cejas y dejaba caer la ceniza de su puro : “No te he escrito durante algún tiempo porque he estado ocupado escribiendo improvisaciones para la próxima temporada. He escrito ya todas mis improvisaciones para 1954”.

Para terminar, sólo recordar lo que dijo la revista Newsweek a propósito de estas cartas: “Escritas con el impudor, la irreverencia y el humor lunático que hizo de Groucho el genio inmortal de la pantalla americana”. Ahí lo dejamos.

El Apocalipsis en nuestros días

Y cambiando completamente de tercio, recomendamos “Apocalipsis Now”un libro original y sorprendente del periodista y escritor Vicente Verdú, que, a partir de la relectura del Apocalipsis de San Juan hace todo un análisis de la época en que vivimos y se atreve a plantear qué podemos esperar del futuro (que ya es tener valor). Así explicaba Verdú al diario digital VozPopulí cómo surgió el libro: “Pensamos que había una repetición bastante frecuente en los periódicos con la idea de que estamos al borde el abismo, de que no hay explicación posible para lo que ocurre, que nos encontramos ante un fenómeno caído del cielo en el que no es fácil encontrar las causas, aunque siempre decimos que la causa está en los estafadores, los especuladores, la avaricia de los poderosos, que en cierto modo, vendrían a reproducir los pecados capitales por los que la humanidad será castigada en el juicio final”

ZombiesCon este libro, estaréis ante preguntas como ¿Estamos ante el apocalipsis de la sociedad capitalista? ¿Es Merkel el anticristo? ¿Hacia dónde va nuestra sociedad de zombis? Y a propósito de los muertos vivientes dice Verdú: “Que los zombies hayan estado de moda durante estos años de la Gran Crisis refleja una plástica y asquerosa idea de la situación. Lo característico de un zombi es que, al presentarse como muerto, ya no se le puede eliminar. Pero, también, al comportarse como seres sin vida y que no pueden temer a nada, no se les puede de ninguna manera ahuyentar. Efectivamente, tampoco se puede dialogar con ellos porque su lengua está muerta, sus oídos han estallado y su mente se ha desflecado, como si las neuronas hubieran adquirido la forma de enredos en un mar de algas o composiciones así”. Impactante, ¿no?

Humor infantil y juvenil

Retomamos el humor con un par de recomendaciones en libro infantil y juvenil, empezando por “El misterio de la caca de perro abandonada”, de Anna Cabeza (Bambú), la divertida y astuta historia de tres abuelitas corrientes, aficionadas a resolver misterios que quieren averiguar quién es el dueño del perro que deja una caca delante de la puerta todos los días. El problema surge cuando su investigación se cruza con los planes de unos ladrones que acaban de robar el banco del barrio….

27historiassopaTambién encontraremos narraciones divertidas en “27 historias para tomar sopa”, de Ursula Wölfel con ilustraciones de Pablo Bernasconi (Kalandraka). Son relatos breves pero de intenso sabor que va desgranando una madre para abrir el apetito de su hijo. Por ejemplo: la apasionante historia de la máquina de saltos-gira-balanceadora-tocabocinas, los gustos culinarios de las vacas, el temor a volar de una mariposa recién nacida o la generosidad de una ardilla con una familia de ratoncillos campestres. Sólo añadir que la autora recibió en 1991 el Premio de Literatura Infantil y Juvenil de Alemania por toda su obra.

Más apocalipsis y risas (en cine)

Y para terminar, os dejamos con los trailers de las películas recomendadas. También aquí encontraréis…

… algo de apocalipsis, en “Los últimos días”, de Álex y David Pastor, con Quim Gutiérrez, José Coronado y Marta Etura encabezando el reparto.

…. algo de humor, con “The Trotski”, de Jacob Tierney, la historia de un estudiante que dice ser la reencarnación de Leon Trotski….

y más comedia, comedia negra con historia de mafia incluida en “Siete psicópatas”, de Martin McDonagh, con Colin Farrell, Sam Rockwell, Christopher Walken, Woody Harrelson y Tom Waits.

Y con esto os decimos hasta luego, porque cerramos el blog por vacaciones hasta primeros de septiembre. ¡Nos vemos!

Sátira y rebeldía: libros para reirse de todo

Mark Twain decía: “La raza humana tiene un arma verdaderamente eficaz: la risa“. No sabemos si es por eso, porque quieren dotarnos de todo un arsenal imprescindible para la lucha diaria en los tiempos que corren, pero el caso es que la editorial Anagrama se ha puesto seria y ha decidido reunir en una nueva colección de bolsillo -”La conjura de la risa”- las obras más humorísticas de su catálogo. Evelyn Waugh, Tom Sharpe y el primero de nuestros sugeridos de hoy, John Kennedy Toole forman parte de esta colección, en la que también se encontrarán por primera vez en edición de bolsillo “Delicioso suicido en grupo”, de Arto Paasilinna; “Una lectora nada común”, de Alan Bennet; y “Alta fidelidad”, de Nick Hornby. Pero vamos con lo prometido, el tragicómico Ignatius.

 

“La conjura de los necios”, de John Kennedy Toole (Anagrama).

necios--644x362Dice el escritor Elif Shafak que si hubieran soltado de Don Quijote en las entrañas del Nueva Orleans moderno, se habría convertido exactamente en Ignatius J. Reilly, el hipocondríaco, melancólico y filosófico antihéroe que protagoniza de “La conjura de los necios”. No creemos que haga falta recordar que esta obra de John Kennedy Toole se ha convertido en una de las mejores novelas satíricas de todos los tiempos, una impagable lectura para el verano, el otoño, el invierno, la primavera, y otra vez el verano. Y como toda buena sátira va más allá de producirte mucha risa: es una rebelión contra la era moderna, una historia de soledad en medio de las multitudes.

John Kennedy Toole se suicidó a los 32 años sin ver publicado su libro y creyendo que no tenía talento para crear. Fue su madre, Thelma, quien logró con mucho esfuerzo que el manuscrito viera la luz. Nueve editores lo rechazaron hasta que cayó en las manos del escritor Walter Percy. El, al principio, se resistió a leerlo pero finalmente logró que se publicara y acabó comparando a Kennedy Toole con Cervantes y Shakespeare. La obra ganó el Pulitzer en 1981, doce años después de la muerte de su autor.

“Nobles y rebeldes”, de Jessica Mitford (Libros del Asteroide).

JessicaMitfordNuestra segunda recomendación de hoy (no tan satírica pero sí deliciosa y de lo más entretenida) nos acerca a Jessica Mitford, la quinta de las seis hermanas Mitford, unas jóvenes que causaron sensación en la Gran Bretaña en los años 30 y 40 por sus comportamientos extremos y, para la época, escandalosos. Las Mitford eran hijas de Lord Redesdale, miembro de la rancia aristocracia británica con muchas tierras y problemas de dinero, vago, colérico, racista, fascista… y machista. A su único hijo varón lo envió a estudiar al elitista Eton, pero pensaba que las mujeres no tenían por qué recibir educación más allá de la presencia de sucesivas institutrices que duraban poco en la casa familiar porque las hermanas las humillaban hasta echarlas. Aún así, tres de las hijas acabaron convirtiéndose en escritoras.

La política se respiraba en las mansiones de las hermanas Mitford. Como el padre, dos de ellas fueron abiertamente filonazis (nada menos que Unity Valkyrie se llamaba la cuarta de las Mitford, y llegó a ser amiga y, posiblemente amante, de Hitler). A Jessica, sin embargo, la apodaron “la oveja roja” de la familia, y hasta tal punto llegaban sus convicciones comunistas que, junto a su pareja (sobrino de Churchill), llegó a luchar en la Guerra Civil española en defensa de la República. De cómo se crió Jessica Mitford, y de éstas y muchas otras aventuras de las hermanas se ocupa el libro que aquí os recomendamos, totalmente autobiográfico.

 

“El forastero misterioso”, de Mark Twain (Libros del zorro rojo).

forasteroY terminamos como empezamos, con más sátira y con Mark Twain, esta vez con una novela póstuma del gran autor estadounidense, que destacamos en el apartado de literatura infantil y juvenil. Póstuma a petición del propio Twain, que indicó a su albacea que la publicara una vez hubiera fallecido. La protagoniza un tal Satán que en el siglo XVI llega a una aldea austriaca en la que se encuentra con unos niños a los que ayudará a descubrir las atrocidades cometidas por los hombres. Una historia que ridiculiza los ritos religiosos y critica la crueldad social, y que está ilustrada en esta ocasión por el artista alemán Atak, quien ha recibido por este trabajo una Mención de Honor en los Premios Bologna Ragazzi de Ficción. Por cierto que aquí podéis ver una selección de los trabajos de este artista.

Y como para escribir esta entrada nos hemos leído unos cuantos post de citas sobre la risa, no nos resistimos a acabar con una de las que más nos ha gustado. Se trata de un proverbio japonés que dice: “El tiempo que pasa uno riendo, lo pasa con los dioses”. Pues eso, ambrosías, libros y unas buenas risas para comenzar julio. ¡Feliz semana!