Geopolítica bibliotecaria 3

 

Para resumir en una imagen esta serie de Geopolítica bibliotecaria, que estamos desarrollando desde hace tres semanas, no cabía mejor elección que la de una maleta vintage. Una de esas, no muy cómodas frente a los trolleys actuales, (las cargaban subalternos, nunca, el privilegiado viajero) que iban sumando pegatinas de hoteles y lugares de ensueño que certificaban lo cosmopolita del propietario. Pero el mundo de esas maletas hace mucho que se extinguió.

 

Paul Bowles, el escritor viajero, junto a su equipaje. En una época en la que el viajar (para quien podía permitírselo) era un placer aún ajeno a las masas.

 

Esas maletas representaban el poderío de los pudientes de la época frente a las desvencijadas maletas atadas con cuerdas de los emigrantes, los que se veían obligados a huir de su país ante el auge de los totalitarismos, de los perseguidos, los expatriados, los parias. Un siglo después, los movimientos migratorios, los refugiados, los excluidos de la globalización se amontonan a las puertas de Occidente. Y por muchos muros que se levanten siempre hay algo que termina permeando, infiltrándose entre los poros del hormigón.

El electro latino, el reguetón, los sonidos latinos llevan décadas calando des-pa-ci-to en los ritmos globales: y con ellos ciertos clichés de la cultural latina, y lo más ventajoso para los hispanohablantes: el castellano afianzándose en todos los ámbitos, incluido el de los negocios. Por mucho que algunos aborrezcan esta saturación reguetonera, como decía recientemente el iconoclasta crítico musical Victor Lenore: “tenemos por lo menos 30 o 40 años de reggaeton“. Así que, ya tú sabes, vamos rumbo a Latinoamérica.

 

Cuando los medios más supuestamente exclusivos llevan a su portada a un músico de reguetón: es que la cosa va en serio.

 

Feria del Libro del Oeste de Caracas 2018 en la que España fue el país invitado.

Entre los países sudamericanos, Venezuela, se ha convertido en una patata caliente de la política española. Una matrimoniada entre la derecha y la izquierda de nuestro país: propia de una de esas parejas en crisis que aprovechan las visitas a casas ajenas para airear sus miserias en público. Pese a ello en la última Feria del Libro del Oeste en Caracas, España fue el país invitado.

En la crónica que de los saqueos que se están sufriendo en muchas ciudades del país andino una nos llama la atención: la del saqueo de una librería en la parroquia caraqueña de El Paraíso. Según relata su afligida propietaria robaron todo lo que había en la librería: salvo los libros. En circunstancias así, hablar de cultura, hasta pareciera una frivolidad. Pero pese a todo, la cultura, siempre es una forma de resistencia incluso cuando las necesidades más acuciantes concentran toda la atención.

Los que huyen siempre dejan mucho atrás, y entre esas cosas, dejan también bibliotecas. El Buscón es una librería ubicada en el centro cultural, de la capital venezolana, El Trasnocho cultural. Su historia, como todo en el país, es la historia de una supervivencia en condiciones extremas. En un artículo publicado en el portal de noticias independientes de ‘Crónica uno’ se relata la crónica de las bibliotecas huérfanas de Venezuela.

 

Centro Cultural El Trasnocho en Caracas.

 

La librería El Buscón está especializada en textos agotados, y junto a otros establecimientos de parecidas características, han encontrado una vía de supervivencia gracias a la huida sin mirar atrás de tantos venezolanos que han ido abandonando el país llevando poco más que lo puesto. Las bibliotecas se quedan y ese abandono es aprovechado por las librerías y centros culturales. Como bien indica la responsable de El Buscón, en el artículo, no se trata de bancos de libros: aplican una rigurosa selección para conservar lo realmente relevante e interesante. En Venezuela, librerías y centros culturales, son auténticos centros de resistencia. Pero ¿y las bibliotecas?

 

Las bibliotecas en medio de las refriegas políticas en Venezuela. Imagen de la Biblioteca Pública Óscar Palacios Herrera en un barrio de Caracas. La biblioteca fue reinaugurada por el ministro de cultura en abril de 2017, y pasados unos días, fue atacada, incendiada y apedreada. 

 

Las bibliotecas dependen del poder y su capacidad de autonomía no es tanta como la de iniciativas privadas. En La biblioteca como arma política hablábamos de la manipulación que se puede hacer de las bibliotecas y la cultura desde puntos de vista ideológicos según la conveniencia del momento. Nada nuevo bajo el sol. En Venezuela también se está dando esa utilización: y así el escritor José Canache afín al régimen de Maduro (todo hay que decirlo): denunciaba recientemente que en las bibliotecas del Estado de Anzoátegui se estaban purgando libros y documentos sobre Chávez y la Revolución Bolivariana.

¿Hay motivos para ver algo positivo en una censura sea del tipo que sea? Si nos quedamos con el hecho de que alguien se esté molestando en cribar los fondos de una biblioteca para sesgar la historia ,en un sentido u otro, podríamos decir que sí. No deja de ser un reconocimiento al ascendente que las bibliotecas, y la palabra escrita, aún preservan incluso en sociedades tan fragmentadas como la venezolana.

 

La autobiografía de Mario Vargas Llosa en la que cuenta su progresivo acercamiento a posturas liberales.

 

Y si la revolución bolivariana, de marcado cariz izquierdista, ha terminado derivando en dictadura, por contraste, es oportuno que sigamos con un país que se ha erigido en paradigma del éxito del liberalismo como es: Perú. Según el FMI, ese oráculo divino que sentencia países, Perú es una de las economías emergentes entre los países de su ámbito más cercano. Como contrapartida, también es cierto que según el último ranking publicado por Transparencia Internacional: el país se ha elevado hasta el noveno puesto en la lista de países más corruptos.

Dejando aparte los aciertos o desaciertos de las políticas económicas aplicadas en la patria de origen de Vargas Llosa: ese enriquecimiento del país no se ha traducido en un mayor impulso al sector que aquí nos interesa. Si bien el Plan Lector (un listado de lecturas recomendadas para centros docentes) ha conseguido aumentar los índices de lectura en niños en edad escolar: el hábito tiene difícil continuidad ante la falta de suficientes bibliotecas públicas. Según el escritor peruano Javier Arévalo, que participó en la elaboración de dicho plan, este incremento de la lectura en jóvenes se da en los colegios privados: quedando los públicos desabastecidos por esa carencia de bibliotecas y medios.

 

La impactante campaña lanzada para recuperar los libros robados a la Biblioteca Nacional de Perú durante años.

 

Hacer lecturas (nunca mejor dicho) del hecho de que el FMI bendiga económicamente a Perú, y que al mismo tiempo hayan aumentado los índices de corrupción y los índices de lectura, pero, en colegios privados: sería hacer una lectura torticera, sesgada y maniquea. Mejor nos la ahorramos y que cada uno saque sus propias conclusiones. De momento dejamos el Perú con un libro: La biblioteca fantasma de David Hidalgo.

Hidalgo ha llevado a cabo una exhaustiva investigación periodística sobre el sangrante expolio al que ha estado sometida la Biblioteca Nacional de Perú durante décadas. Una historia de robos sistemáticos llevados a cabo por los propios trabajadores que vendían en el mercado negro las joyas bibliográficas de sus fondos. En La biblioteca fantasma se denuncian los errores y la desidia de responsables policiales y de magistrados que dibujan un retrato nada halagüeño del respeto de las instituciones por la cultura de su país.

 

 

Según un medio liberal como ‘The Economist’, Uruguay es el país más democrático de Sudamérica, y además según el mismo ranking que elevaba el índice de corrupción peruano: el menos corrupto. Y según Naciones Unidas el que tiene mayor nivel de alfabetización. Sin duda los tres millones y pico de población que tiene el país son mucho más fáciles de manejar que los más de 30 millones de Venezuela o Perú: pero algo habrá que se pueda adaptar a la realidad de otros países más complejos. Por ejemplo, el proyecto Biblioteca Solidaria, que ahora ha ampliado su radio de acción uniendo a Uruguay con Paraguay.

Este proyecto implica a padres, abuelos, vecinos, estudiantes y, en general, a todo aquel que quiera sumarse. Consiste en formar parte de equipos comunitarios de lectura que visitan principalmente escuelas, centros culturales y asociaciones buscando promover la lectura entre los niños uruguayos y sus familias. La iniciativa basa su éxito en el hecho de que implica a la comunidad, que busca a sus agentes promotores más allá del gremio docente, bibliotecario o estudiantil: aspirando así a objetivos a más largo plazo que los que se consiguen con simplemente promover la lectura exclusivamente en el ámbito escolar.

 

Biblioteca País: la biblioteca digital puesta en marcha por el gobierno uruguayo a la que se puede acceder simplemente con la cédula de identidad.

 

Y también recientemente, el gobierno uruguayo ha puesto en marcha la Biblioteca País, una biblioteca digital con más de 4.000 títulos en español que en su primer mes ha contabilizado un total de 40.000 préstamos. Tal vez algo tenga que ver una cuestión pendiente en las bibliotecas españolas: no se necesita carné de biblioteca: basta con la cédula de identidad, es decir, el equivalente a nuestro DNI.

En verano, las bibliotecas llegan a las playas a través de las Biblioplayas, y aprovechando que al final del verano, el 15 de septiembre, se celebra el Día de la democracia en el país: el concepto ‘biblioteca’ fue utilizado para celebrarlo a través de las denominadas “bibliotecas humanas” que ocuparon diversos espacios públicos de la capital promoviendo la comunicación entre los ciudadanos.

 

 

Es casi pecado estar por la zona y no aprovechar para visitar México (con su recién estrenado plan para fomentar la lectura AMLO que busca, entre muchas otras cosas, desasociar las bibliotecas con el aburrimiento); al gigante brasileño (al que el FMI pronostica una recuperación económica, y su nuevo presidente Bolsonaro, asegura una glaciación cultural al cargarse el ministerio del ramo); Argentina (con su crisis económica y sus bibliotecas comunales siempre en acción permanente); la siempre ejemplar Colombia (con un crecimiento sostenido pero que, al contrario del resto de países bendecidos por el FMI, mantiene una apuesta firme por las bibliotecas como agentes activos a favor de la paz y el progreso); o el pujante Chile (que del socialismo de los últimos años ha pasado al centro derecha actual y prosigue con proyectos bibliotecarios tan interesantes como BiblioRedesy siempre está de actualidad bibliotecaria, por asuntos como la inauguración de la primera biblioteca digital en un aeropuerto). Seguro que todos nos saldrán al paso en la crónica de actualidad en un futuro nada lejano.

 

La directora gerente del FMI, Christine Lagarde, en la Biblioteca del Congreso, en Washington, en compañía de la bibliotecaria del Congreso, Carla Hayden. La foto fue tomada con motivo de una conferencia que pronunció Lagarde el pasado mes de diciembre en la Biblioteca.

 

Pero si hemos elegido a estos tres países de la zona para el último repaso geopolítico ha sido porque Venezuela, Perú y Uruguay ejemplifican fórmulas políticas y económicas muy distintas cuyos resultados, siempre desde el prisma que nos interesa, han dado resultados divergentes. Y al final queda la pregunta: ¿será por el modelo económico, por el ideológico-político, por la sociedad civil (en cuya organización confía una educadora peruana que amablemente nos ha escrito a raíz de leer esta serie geopolítica), o acaso, por sus gobernantes? La respuesta, como siempre, dependerá del prisma desde el que se mire.

Y tal como advertimos este panorama geopolítico bibliotecario se agotaría en tres entregas. Ahora nos surge la duda: ¿pecamos de ambiciosos o de modestos? Como no lo tenemos muy claro lo único que podemos decir es: ¿Continuará?

 

Post contemplativo

 

Esta semana se celebra el IX Congreso Nacional de Bibliotecas Públicas y se prevén unas jornadas intensas, llenas de conversaciones, reencuentros, debates e intercambio de ideas. Por eso el blog de Infobibliotecas quiere ejercer de oyente, de esponja que se empape bien de lo mucho y bueno que se hablará en Logroño durante estos días: y callarse un poco. De ahí este post contemplativo.

Si hay una red social donde la imagen lo es todo: esa es Instagram. Cuando la desvencijada frase de ‘una imagen vale más que mil palabras’ se ha convertido en prácticamente una dictadura aquí la rebatimos y decimos que es mentira. Para interpretar una imagen correctamente han hecho falta miles de palabras antes que sepan extraerle todas las lecturas posibles.

Que se lo digan a Juan José Millás y su sección en ‘El País Semanal’ donde escudriña fotos para extraer las conclusiones más sorprendentes. O que se lo dijeran a Tom Wolfe, que ante el auge del arte conceptual allá por los 70, dedicó todo un estupendo ensayo, La palabra pintada, para ironizar sobre los excesos del arte contemporáneo cuyas imágenes precisan de mil palabras que consigan insuflarle algo de sentido o valor.

Por eso aquí nos callamos (a ver si es verdad) y nos recreamos en los fotomontajes que dos bookstagrammers publican en sus cuentas. James Trevino y Elizabeth Sagan son rumanos y entre los dos llevan la cuenta de Instagram My Book Features.  En ella explotan lo fotogénico que es el libro como objeto, y lo fotogénica que es la lectura para salir favorecidos en una foto. Pero es en sus cuentas personales donde ambos se convierten en protagonistas de los fotomontajes que les han hecho ganar más seguidores.

Ahora que se acerca la Navidad y en algunas localidades se retoma la tradición de los belenes vivientes: Trevino y Sagan pareciera que montan un belén libresco con cada nueva instantánea. Eso sí: deberían añadir a sus respectivas cuentas de Instagram un aviso de que en sus fotos ningún libro ha sufrido daño alguno. Pero viéndolas no estamos muy seguros.

 

Lo que deja claro esta pareja de rumanos es que para salir bien en las fotos no hace falta que sonrías, ni que marques pómulo: simplemente lee y rodéate de libros.

Sospechar que parte del éxito en Instagram, de Trevino y Sagan, sea porque son guapos y jóvenes, y no por su amor por los libros: es de ser muy mal pensados.

 

 

Bibliotecas, librerías y otros comercios de proximidad

 

Tal vez será nuestra tradición católica que nos hace más pudorosos en eso del mercadeo en según que asuntos. Y pese a la herencia fenicia de nuestro pasado no podemos compararnos a los anglosajones cuyo calvinismo les exime de toda culpa a la hora de convertir en objeto de consumo lo que sea.

El caso que en nuestro país lo de unir instituciones culturales y comercio no termina de estar bien visto. En contraste el concepto de industrias culturales se ha implantado sin problemas: pero persiste una cierta idealización de la cultura que choca con que, por otro lado, seamos de los países con más piratería de contenidos culturales.

 

La tienda compacta de la Biblioteca Pública de Seattle.

 

Por eso atendiendo a nuestro negociado, el de las bibliotecas, no es habitual que una biblioteca tenga una tienda como sí pasa en los museos u otro tipo de centros culturales. En la BNE, es una librería la que cumple esta función, pero lejos del merchandising que explotan en los citados museos. ¿Será que hay que mantener a los mercaderes fuera del templo? No decimos ni que sí, ni que no: pero no deja de ser una pena por partida doble. Por un lado por la asociación de biblioteca con templo (inmovilismo) y, sobre todo, porque sería un alivio presupuestario contar con algo de calderilla si esos ingresos revierten en la propia biblioteca. En cambio en el mundo anglosajón bibliotecario ni se lo plantean: y ya están con la campaña de Navidad como si de unos grandes almacenes se tratase.

 

La tienda de la Biblioteca Pública de Seattle abierta.

 

Gemelos inspirados en Hamlet.

En la tienda online de la British Library ya han colgado los adornos para esta próxima Navidad. Y como fetichistas culturales que somos no podemos dejar de echar un ojo a su escaparate para maravillarnos/horrorizarnos con algunas de sus propuestas en forma de souvenirs. En algunos casos lo de que se comercie con la cultura en bibliotecas no está mal visto por el hecho en sí de comerciar, sino por las afrentas estéticas que ofrecen en forma de homenajes a los libros. Pero es que estamos hablando de un país en el que lo más distinguido se da la mano con lo más hortera: sin que nada altere lo más mínimo su famosa flema británica.

 

Jersey bibliotecario solo para valientes.

Para tu yo futuro: escríbetelas ahora, léelas en el futuro.

Kit personal de biblioteca: el kit definitivo para ser bibliotecario a la antigua usanza. Esto lo ponen a la venta en Toys”R”us y se agotan.

 

Este modelo de camiseta no la venden en la tienda de la British Library, sino en la de Nueva York, pero no gusta tanto que no podíamos dejar de ponerla.

Las bibliotecas deben inmiscuirse en su comunidad: es una exigencia básica que toda biblioteca que aspire a perdurar debe cumplir. Pero lo bibliotecario tiene muchos modos y formas de entrometerse en la vida comercial de sus comunidades.

Ya hemos hablado, en otros posts, de la iniciativa que las autoridades de Costa de Marfil pusieron en práctica, hace unos años, de llevar libros a las peluquerías y salones de belleza para fomentar la alfabetización de las mujeres. Pero si la práctica puesta en marcha en la ciudad alemana de Bad Sooden-Allendorf prospera: puede que dentro de poco en las librerías y bibliotecas, en vez del olor a libro, que tan poéticamente embelesa los sentidos del letraherido: sea el aroma de unos buenos embutidos lo que termine por seducir a la clientela en pleno auge del veganismo.

 

Las leyendas bibliófilas más morbosas siempre han hablado de los libros encuadernados con piel humana. Según el gran bibliófilo George Holbrook Jackson el tacto, en caso de ser cierta esta leyenda, sería similar a la piel de cerdo. En el caso de este libro forrado de jamón serrano (cual Lady Gaga en una entrega de premios) faltaría saber si es de pata negra el jamón, y sobre todo, el contenido.

 

Todos estamos obligados a innovar y reinventarnos. Si las bibliotecas se reconvierten en bares en Inglaterra, y hasta en cabarés, en la librería Frühauf de la citada ciudad alemana el crossover bibliotecario fue primero con una panadería, y ahora como no podía ser de otro modo en Alemania, es con una carnicería.

El eslogan de la estupenda librería La Casquería (en el mercado madrileño de San Fernando): “un libro debe fabricarse como un reloj y venderse como un salchichón” se ajusta como un guante a la propuesta de la librería alemana. ¿Qué será lo siguiente? El caso es que la idea surgió más de la necesidad que de un afán por unir salchichas y libros.

 

 

La familia propietaria de la librería, durante más de un siglo, estaba asistiendo al progresivo cierre de comercios en la plaza del mercado en la que se encuentra ubicada. El cierre de la panadería fue un mazazo para los vecinos de esta población de marcado carácter rural, muchos de avanzada edad, que se vieron desabastecidos de repente de uno de los comercios de proximidad que más comunidad ayudan a crear. Los propietarios de la librería lo tuvieron claro: y sin pensarlo un momento, hicieron hueco entre las estanterías de libros para poder ofrecer también pan.

Como relata ‘The New York Times‘ la iniciativa fue todo un éxito. Tanto es así que el panadero pudo salvar su trabajo, aunque no tuviese un establecimiento propio, pero sí un punto de venta de lo más peculiar: una librería.

Cartel anunciando la librería-ultramarinos. Fotografía de Gordon Welters para The New York Times.

La cosa fue yendo a más y el propietario de la librería ha terminado habilitando un espacio gourmet con productos alimenticios de la zona: y así tanto vende el último de libro de Carmen Korn (cuya trilogía Zeiten des Aufbruchs lleva miles de copias vendidas en Alemania) o una exquisita salchicha o embutido local.

Una iniciativa muy celebrada desde la Asociación Alemana de Ciudades y Municipios que han visto, como en las últimas décadas: poblaciones rurales y pequeños comunidades, se veían comercialmente asfixiadas por las grandes superficies. De este modo se consigue mantener ese comercio de proximidad que cohesiona los barrios y favorece las relaciones vecinales. Al autismo digital al que quieren abocarnos las nuevas tecnologías le salen resistencias por todas partes.

 

La recién estrenada adaptación de la novela de Mary Ann Shafer y Annie Barrows: sigue un poco la estela de ‘La librería’ de Coixet en lo que se refiere a unir mundo rural y libros. Lo único que nos inquieta de este recrearse en el amor por la lectura en entrañables comunidades es su adscripción al pasado. 

 

Pero si hay alguien que está al tanto de las evoluciones del mundo de las librerías y la cultura, dentro y fuera de nuestro país, es Txetxu Barandiarán. Bien como codirector de la revista ‘Texturas’, en su trabajo como consultor para pymes e instituciones del sector del libro, o como bloguero en su siempre interesante blog ‘Cambiando de tercio’: si se quiere saber cómo respira el mundo de las librerías se hará bien en seguirlo en las redes. Eso es lo que hacemos en Infobibliotecas y, por ello, rescatamos un fragmento de las impresiones que Barandiarán recogió en su viaje por tierras mexicanas en su post Librerías en proceso de reinvención constante. Concretamente las ideas que han puesto en marcha en la Librería del Ermitaño de la capital mexicana:

 

“Desde un principio supimos que como librería independiente de barrio dedicada al 100% a la venta exclusiva de libros no la íbamos a hacer. Incorporamos por tanto el servicio de cafetería […] decidimos hacer un nuevo esfuerzo y convertir la librería en un espacio que provea al pequeño consumidor, además de libros, de toda la gama de servicios que de manera conjunta ofrecemos: impresión, encuadernación artesanal e impresión en gran formato (plotter). […]  Incorporaremos artículos de particular interés para esas comunidades especializadas cercanas a nosotros.”

 

Cartel para el Día de las librerías 2018 que sugiere otro posible crossover librero entre librería y floristería.

 

Todos estos cruces, injertos, crossovers (sí otra vez el dichoso anglicismo) sirven sobre todo para desacralizar la cultura, desvestirla de esa solemnidad que muchas veces la ha alejado de determinados públicos. El aura del que hablaba Walter Benjamin ya es irrecuperable. Pero siempre habrá formas de convertir un objeto cultural en uno de consumo sin por ello degradarlo, desvirtuarlo. Una vez que críticos e intelectuales han perdido el peso que tenían antes: el gusto del consumidor marca la diferencia sea en libros, salchichas o panes. Y ese criterio de buen consumidor se ejercita en muchos más sitios que antes, pero hay uno que resiste y persiste: el supermercado de la cultura que librerías y bibliotecas, pese a todo, siguen representando. Y escuchando la locución del vídeo con el que cerramos no hay más que dejarse llevar y deambular por entre las estanterías. Señores clientes les damos la bienvenida a…

 

 

Marina d’Or ciudad bibliotecaria

“un paraiso
perfecto, artificial, artificial
cien piscinas
y diez mil pisos
entre palmeras sinteticas que no hay que regar.”

 

Hace unos años el grupo autoprefabricado (como les gusta denominarse) Nancys Rubias, liderado por el frustrado aspirante a bibliotecario, Mario Vaquerizo: intentó que el complejo vacacional Marina D’Or les permitiera grabar el vídeo de su tema homónimo en la conocida ciudad de vacaciones.

Los responsables de dicho complejo o no supieron ver la oportunidad o sospecharon de las intenciones del grupo del mediático marido de Alaska: pero el caso es que se decantaron por dejarlo estar y no ceder sus espacios al grupo español.

Marina D’Or ya forma parte del imaginario popular español relativo al verano junto a Georgie Dann, las suecas, Benidorm, la paella, el chiringuito o el chulo piscinas. Ciudad de vacaciones. Si los símbolos de la España turística de los 60 han quedado en el imaginario colectivo como representaciones de esa España tardofranquista hecha de folclore y aperturismo; Marina D’Or también es posible que quede como símbolo de una época que surgió a raíz del boom urbanístico que arrancó en los 90 y que se alarga hasta nuestros días.

 

Carteles promocionando España como destino turístico en la década de los 60.

 

El concepto de ocio, vacaciones y urbanismo que representan Marina D’Or se dirige a un público familiar, y por lo tanto, a los niños. Hemos recurrido a su nombre para este post porque representa como pocos una idea del ocio y las vacaciones fácilmente asumible por cualquiera que haya visto, aunque sea distraídamente, su oferta en algún spot televisivo.

No está al alcance de todas las familias vivir veranos en entornos tan idílicos e iniciáticos como los de las películas Verano 1993 (2017) o Call me by your name (2017): decimos el entorno, no las historias que en ellas se narran. Y ni siquiera sabemos si muchos de los ‘tecnologizados’ niños actuales apreciarían demasiado esos veranos que tan idealizados tenemos los adultos.

 

La deliciosa serie de cómics franceses: Los buenos veranos de Zidrou y Lafebre.

 

Hacer un post veraniego sobre exquisitos hoteles con bibliotecas, destinos con trasfondo literario o rutas culturales de ensueño es demasiado obvio. Son los fenómenos de masas en los que hay que ejercitar una labor, minúscula pero constante, de intromisión para conseguir que esa perspectiva bibliotecaria (por llamarla de algún modo) se infiltre y termine apoyando ese Golpe de estado cultural en ciernes que poco a poco, gota a gota (de sudor), llevamos tiempo pregonando desde este blog.

En Marina D’Or, ciudad de vacaciones hay desfiles, espectáculos, balnearios, cines, parques acuáticos, concursos de misses, restaurantes, parques de atracciones y un variado muestrario de ofertas para mayores y pequeños que incluye, según su web, una biblioteca infantil. Bien está. Aunque, modestamente, desde aquí les sugeriríamos incluir también una biblioteca para los adultos.

El caso es que las vacaciones sean productivas. Que los niños tengan una actividad constante de forma que no les dé tiempo a caer en el temible aburrimiento y, de paso, den algo de tregua a los mayores. Ya habrá tiempo luego de tratarles la hiperactividad y los trastornos de atención aumentando las minutas de los consabidos especialistas.

 

 

Pero tampoco los adultos escapan a esa productividad que ha de tener el periodo vacacional para cumplir con los estándares de lo que se considera un ocio socialmente aceptado según los valores del momento. En la campaña publicitaria de una conocida agencia de destinos de viaje lanzan la pregunta de qué hacer una vez llegas al destino elegido: y proponen un listado de actividades según viajes a Roma, París, Londres, Nueva York o Tokio. (¿¿??)

Si del retrato firmado por un pintor local, del pater o la mater familias, por encargo que lucía en los salones de los 60; pasamos a la segunda residencia vacacional; los equipos de música o la televisión con sonido envolvente en pisos con paredes de papel para ostentar el ascenso social de una familia: hoy día esas exigencias pasan por viajar a destinos cuanto más exóticos mejor. Y así poder nutrir los relatos paralelos a la realidad que se registran en nuestras cuentas de Facebook o Instagram

 

 

En un post de Librópatas se rastreaban los antecedentes de la actual turismofobia en las novelas de Jane Austen. También Henry James hizo retratos nada favorecedores de los turistas estadounidenses de viaje por la Europa del finales del XIX.

En la localidad noruega de Flam, parada obligada de todos los cruceros que recorren los fiordos, no han dejado de surgir carteles y pintadas expresando la repulsa de los noruegos (e igual hasta de los no noruegos) al tráfico continuo de barcos de gran calado colonizando los fiordos.

Quien sueñe con perderse por los magníficos paisajes nórdicos para disfrutar de una naturaleza protegida por la Unesco, es mas que probable que se encuentre que en lugar del rumor del agua o el viento, su paseo se vea acompañado por el reguetón que marca el ritmo de las actividades que se desarrollan en la cubierta de cualquiera de los enormes cruceros que invaden la zona cada verano.

 

Marlene Dietrich rebosante de actitud a bordo del transatlántico Europa.

 

El cine clásico de Hollywood, como en tantas otras cosas, tiene la culpa de la idealizada imagen que tenían generaciones previas de lo que era un crucero.

Cary Grant y Deborah Kerr enamorándose a bordo de un selecto crucero en Tú y yo (1957) ; Bette Davis en La extraña pasajera (1942); Marlon Brando y Sophia Loren en La condesa de Hong Kong (1967), etc. En aquellos tiempos la llegada a los Estados Unidos de las estrellas europeas que iban a conquistar Hollywood siempre era a bordo de un transatlántico: así lo hicieron antes de que las escalinatas de los aviones les robasen el protagonismo: Greta Garbo, Marlene Dietrich o Ingrid Bergman. Claro que décadas después llegaría la serie de Vacaciones en el mar (Love boat) para preparar el terreno a nuestros días.

Del glamour de los cruceros que aparecían en las películas del Hollywood clásico a los cruceros temáticos sobre The walking dead de nuestros días.

Hoy día los enormes transatlánticos trasladan la eficacia de un bloque de apartamentos de Benidorm o de un hotel de Marina D’Or hasta alta mar. Y como en estos casos, hay que llenar el tiempo de actividades.

La línea de cruceros estadounidense American Cruise Lines ha lanzado su propuesta de cruceros temáticos para su temporada 2018-19 en la que incluyen cruceros temáticos sobre música del Mississippi, de Nashville, o sobre autores, como Mark Twain.

Los cruceros temáticos no son algo de ahora. Como ya recordaba un artículo en El País, en 2006, los primeros se remontan a los cruceros con fines arqueológicos por el Nilo en el siglo XIX. En dicho artículo se recogían propuestas del momento como: cursos de idiomas o literatura inglesa auspiciados por la Universidad de Oxford en el viaje Barcelona-Nueva York a bordo del Queen Mary 2, un barco con una biblioteca de 8000 o una filmoteca con 3000 películas, y en el que además se hacía talleres de escritura, seminarios de astronomía o de arquitectura o arte.

 

 

En cuanto a España, el artículo de El País de hace doce años ya decía que lo de cruceros temáticos no acababan de cuajar, y en este 2018, según el mismo medio, parece que sí se han asentado: pero sin recurrir demasiado a las estimulantes propuestas que ofrece el Queen Mary 2. Star wars, camareros robots, gourmets, locos por los 80, Bollywood… son algunas de las propuestas para esta temporada.

Nosotros, dada nuestra vocación de servicio, retomamos el tono que utilizamos hace un año en Turoperador bibliotecario: recuperando la idea de “agencias de viajes bibliotecarias como nuevo servicios para quienes quieran salirse del redil”. En el ámbito de los cruceros se nos ocurren numerosas temáticas a tener en cuenta.

 

Ingrid Bergman en Stromboli (1950) de Roberto Rossellini: otra posible inspiración para un crucero temático por el Mediterráneo.

 

Lunas de hiel (1992) de Polanski: transcurre en un crucero pero no parece la más adecuada para inspirar unas vacaciones apacibles en pareja.

Crucero Lord Byron por las islas griegas con escalas en Safo y actividades en torno a la obra de Cavafis ; crucero Stevenson por el Caribe con escalas en la Cuba de Hemingway o en el Puerto Vallarta de Tenesse Williams en La noche de la iguana; crucero Jack London por el Ártico; crucero Patrick O’Brian por costas sudamericanas; crucero Terenci Moix por el Nilo; cruceros Joseph Conrad tanto por costas africanas como asiáticas… Y si ampliamos a referentes cinematográficos o musicales entonces la cosa nos daría para una serie completa de posts decididamente temáticos.

Pero no era esa la idea. El empeño por infiltrar referentes culturales en las ofertas de ocio y tiempo libre es una contrapartida o una compensación. Muchas bibliotecas se esfuerzan, cada vez más, en no parecer bibliotecas para quitarse el lastre, la imagen, que pese a tantos esfuerzos, las sigue asociando a lo aburrido. De ahí que algunas estén pareciéndose cada vez más a parques de atracciones bibliotecarios.

 

Biblioteca Poplar en Pekín.

 

Según el decálogo de Faulkner-Brown, arquitecto que orientó su carrera a la construcción de bibliotecas, y sigue siendo un referente en este campo: el edificio de una biblioteca debe ser flexible, fácilmente adaptable, accesible, confortable, y muchas cosas más.

Las bibliotecas con las que cerramos el post (y el blog hasta septiembre) no sabemos si cumplirán a rajatabla los mandamientos de Faulkner-Brown, pero resultan muy oportunas para la permeabilidad que promueve este post: de las ciudades del ocio a las ciudades bibliotecarias en un viaje de ida y vuelta.

Y luego ya que cada uno se lo monte como quiera: viajando, quedándose en casa sin necesidad de aparentar nada, o cultivando ese exquisito aburrimiento, perdiéndole el miedo a no hacer nada productivo, que defiende Andrea Köhler en su último libro, como paso necesario para que pueda ocurrir algo maravilloso.

 

Biblioteca del resort Soneva Kiri en Tailandia, con jaula suspendida en el aire para niños.

Biblioteca-árbol en el Regent Park de Londres.

La biblioteca-árbol del Regent Park de Londres vista desde abajo.

Biblioteca en un orfanato en Tailandia.

Biblioteca de un hogar en Austin (EEUU), un asiento colgante permite acceder a las partes más altas de las estanterías.

Otro plano de la Biblioteca Polar de Pekín.

Leer te da mundo

 

 

Sri Lanka

Thailandia

Tibet

Yugoslavia

Thailandia – Francia

Italia

Kabul

La Habana

Kuwait

Italia

Burma-India

Thailandia

Afganistán

 

Camboya

India

Kuwait

Kabul

India – Yemen

India

Sri Lanka

Sri Lanka – Venecia

Yemen

India

 

Selección de fotografías de la serie On reading de Steve McCurry.

Serie completa en su web.

 

 

Jardines bibliotecarios

 

En la penumbra de un jardín tan extraño
Radio Futura

 

Meterse en un jardín es algo que evitamos por diversos motivos. Pero si se escribe y se propone nadar y guardar la ropa en pleno boom de la confesionalidad y el exhibicionismo, sea en formato vídeo de Youtube o literatura del yo, es que no se están haciendo bien las cosas. Por eso en este post vamos a meternos en varios jardines.

 

Cambio de cartera ministerial de Màxim Huerta a José Guirao. Foto de José Luis Roca.

 

El accidentado proceso por el que se ha nombrado nuevo ministro de Cultura le ha dado un protagonismo a una cartera ministerial que no suele recibir demasiada atención mediática en la formación de gabinetes de gobierno. El perfil de José Guirao se ha recibido con los dientes menos afilados que el de Màxim Huerta, y como era de esperar, las peticiones y recomendaciones al nuevo ministro no han tardado en publicarse en diversos medios. La bajada del IVA del cine y la decisión de resucitar la Dirección General del Libro y Fomento de la Lectura son noticias positivas, y la segunda, aún más para el mundo de las bibliotecas.

En una carta abierta al ministro escrita por Óscar López en ‘El Periódico’ le exhorta a que potencie las bibliotecas escolares como paso fundamental para fomentar la lectura; que combata de manera efectiva la piratería; o que se reúna con medios de comunicación públicos y privados para encontrar fórmulas con las que conseguir que los espacios culturales tengan mayor presencia en los medios de masas. En esto último llega a sugerir que las subvenciones al sector audiovisual se supediten a que los guionistas hagan que los protagonistas de las ficciones aparezcan leyendo.

 

Los protagonistas infantiles de una serie española (Cuéntame) leyendo tal y como solicita Óscar López que se haga para promover la lectura. El único detalle sin importancia es que interpretan a niños de los años 60. Esos tiempos en que circulaba el eslogan de: “donde hoy hay un tebeo mañana habrá un libro”.

 

No sabemos si esto último no suena un tanto excesivo. Pero cualquiera de las propuestas de López son asumibles por cualquier profesional de la cultura que trabaje en una biblioteca. De hecho no estaría fuera de lugar enviarle por parte de las bibliotecas públicas una carta de Reyes Magos al nuevo ministro por mucho que cueste creer en magia cuando de política y cultura se trata. Si acaso solo cabría desear que ante todo prime la cultura como “conjunto de conocimientos que permite desarrollar el juicio crítico”. Algo simple si nos atenemos la definición que da la RAE: pero que tan difícil se hace a veces.

Cuando manda la derecha dejándola en el furgón de cola, mientras se prima un uso de la cultura como signo de distinción con el que enmudecer a los que disientan apabullándolos con exhibicionismos intelectuales que pongan en su sitio a quienes no han tenido los medios o capacidades suficientes para crearse un discurso propio. Y cuando manda la izquierda promoviéndola como escaparate de pluralidad, inclusión y progreso pero afeando cualquier disidencia que cuestione el igualitarismo que exige lo políticamente correcto.

En este sentido resulta esclarecedor (por no decir espeluznante) el relato que Steve Pinker recogía en su célebre ensayo “La tabla rasa” sobre las presiones, campañas de descrédito y boicots que sufren aquellos investigadores que, en estas últimas décadas, han publicado hallazgos que contravenían “las verdades” del discurso políticamente progresista del momento. Como los resultados de la investigación científica están sometidos a duras presiones para reforzar los presupuestos ideológicos e intereses bien de la izquierda o bien de la derecha.

Imagen de la web de la Biblioteca de Semillas de la biblioteca pública de la ciudad estadounidense de Orange.

Ilustración de la cuenta de Twitter Antigua Roma al día.

 

Pero en medio de este jardín en el que nos hemos metido siempre se puede encontrar una salida tirando de un recurso infalible: la frivolidad.

No, no es que vayamos de Óscar Wilde, es que regresamos al post Club de lectura de prensa rosa: bibliotecas en el candelabro. Antes de que su problema con Hacienda fulminase a Màxim Huerta como ministro no faltaron las críticas por su pasado como comentarista del corazón del exministro. Un prejuicio un tanto absurdo si convenimos en que la política actual tiene mucho de culebrón de sobremesa.

Cotilleos a cuenta de cuando el periodista Federico Jiménez Losantos profesaba el comunismo.

 

 

El Club de lectura de prensa rosa atacaba directamente a la doble moral que muchas veces recae sobre la prensa del corazón. Y optaba por explotar el cotilleo, que nos guste o no está ahí, desde un prisma bibliotecario como es el fomento de la lectura. La prensa rosa, como cualquier medio es susceptible de análisis desde muchos aspectos. Federico Jiménez Losantos (¡y seguimos adentrándonos en jardines!) escribía una columna sobre la crónica social con apuntes antropológicos y sociológicos allá por los 80 en ‘Diario 16’.

Y ahora nos enteramos por la prensa escrita (en este caso una fuente secundaria en vez de recurrir a la fuente primaria como exigiría el rigor profesional: para que luego nos las demos de desprejuiciados) que en el programa Sálvame, su estrella Belén Esteban, declaró haberse emocionado leyendo Patria de Aramburu.

 

Kiko Matamoros: ¿influencer literario en Mediaset?

 

Un hecho que sigue dando pistas de ese Golpe de estado cultural que poco a poco está forjándose hasta en los medios más insospechados. Y el golpe definitivo lo da la interesante entrevista que otro colaborador del programa, Kiko Matamoros, concede a ‘El confidencial’. Matamoros participó de ese momento televisivo de máxima audiencia en que en el plató por donde suelen pulular tronistas, concursantes de realities y famosos en horas bajas: se habló de literatura.

Según asegura ‘El Confidencial’ Matamoros se ha convertido en prescriptor literario a través de sus referencias a libros en medio del guirigay del programa vespertino de Telecinco. Las declaraciones del colaborador de Sálvame resultan interesantes en general, pero concretamente, la idea que propone para el Ministerio de Cultura suena especialmente acertada:

“El ministerio podría hacer por la literatura lo mismo que ha hecho por el cine, que es obligar a los agentes del mercado que tienen más dinero a reinvertir. Además creo que los grandes directivos que manejan las cadenas de televisión lo aceptarían de buen grado.”

 

El ensayo del profesor de Historia y Teoría de la Arquitectura del Paisaje Michael Jakob: especialista en el jardín como representación social.

Sinceramente nos interesa menos si en Sálvame van a seguir hablando de libros como lo que significa para el estado de la cosa cultural el que un hecho así suceda. En la denominada, justa o injustamente, ahí no entramos, telebasura: se ha hablado de libros (más allá de biografías de famosos, realezas y demás) en numerosas ocasiones.

Entre nominaciones, escándalos de pacotilla o intimidades escabrosas: lo han hecho aquellos presentadores, con suficiente edad y recorrido, como para preservar ese prurito de prestigio que otorgaba tener una formación, una cultura. Pero sobre ese apostolado siempre recaerá una sombra de sospecha. ¿A qué ese empeño en hacer apología de la lectura en un medio, y ante un público, que no lo pide? ¿es por una convicción sincera en la necesidad de promover la lectura desde los medios de masas? ¿o acaso es un anhelo de respetabilidad, de marcar distancias con ese mundillo que les otorga fama y dinero pero poca consideración desde el canon de lo que se considera cultura? Hasta que no surja un nuevo formato que cruce Página Dos con Sálvame Deluxe es improbable que esa sombra se disipe.

 

Página 2 Deluxe: el crossover televisivo llamado a revolucionar el medio.

 

En las bibliotecas se hace algo similar: se compran best sellers que íntimamente se desprecian pero que engrosan esas estadísticas de préstamo que, finalmente, permitirán rendir cuentas exitosas cara a los próximos presupuestos. Pero no perdamos de vista lo importante: Belén Esteban declaró haberse emocionado con el Premio Nacional de la Crítica.

¿Qué consecuencias puede tener un hecho así?: ¿despertará un interés inusitado por la lectura? ¿el Plan de Fomento de la lectura contará con una sección en su programa? Ese programa al que un Pedro Sánchez, aspirante entonces a liderar el PSOE, llamó en directo metiéndose en un jardín que le propinó no pocas críticas por parte de oposición y del sector contrario a él en su partido. Y es que para adecuarse al signo de los tiempos siempre hay que arriesgar y, pese a la audacia, la ganancia nunca está segura.

Lo que sí está seguro es que todos estos signos dan sustento a muchas de las proclamas que hemos lanzado en este blog. Si las profecías warholianas se han cumplido a la perfección en este mundo de las celebrities: justo es que la cultura sea como una caja de detergente o una lata de sopa: objeto de consumo diario en los supermercados de la cultura que son las bibliotecas. Las flores más bellas hunden sus raíces en el fango que escribía Baudelaire: y ahora la duda para los más puristas será distinguir entre la flor y el fango.

 

Peter Sellers el jardinero protagonista de Bienvenido Mr. Chance (1979)

 

El convulso siglo XX visto desde el gran jardín de una familia poderosa en El jardín de los Finzi-Contini.

Pero dejémonos de metáforas jardineras y citas culturetas o vamos a terminar como el Mr. Chance interpretado por Peter Sellers en Bienvenido Mr. Chance (1979). Esa deliciosa película se injerta a la perfección en este post: un jardinero algo retrasado, que sin pretenderlo, consigue que sus silencios y lacónicas frases sobre jardinería sean interpretadas como el colmo de la agudeza política.

Sin más experiencia vital que su trabajo como jardinero y sus horas de ocio dedicadas a ver televisión, Chance, se convierte en oráculo para los que van de exquisitos y pedantes (de esos, por ejemplo, que mezclan citas de Baudelaire con noticias en torno a Sálvame). Su irrupción en el mundo exterior es tan demoledora como la del mismo Peter Sellers en la película El guateque, pero en este caso, sin destrozar nada salvo la mascarada de los que le rodean.

Yuval Noah Harari, en su ensayo Homo Deus, hace una breve semblanza de la historia de los jardines que viene muy al caso para enderezar las ramas de este post:

“Los pobres campesinos no podían permitirse dedicar una tierra o un tiempo precioso a los jardines. Por lo tanto, el pulcro prado a la entrada de los castillos era un símbolo de estatus que nadie podía falsificar. Proclamaba de manera llamativa a todo transeúnte: Soy tan rico y poderoso, y poseo tantas hectáreas y siervos que puedo permitirme esta extravagancia verde. (…) No es por tanto sorprendente que en el siglo XIX la burguesía, en auge, adoptara el jardín con entusiasmo.”

 

En un momento en que los espacios públicos en las ciudades son usurpados por negocios que exigen que el peatón ejerza de consumidor para poder disfrutarlos: el texto del historiador israelí adquiere aún más fuerza. Sobre todo si de bibliotecas (uno de los pocos espacios públicos que no discriminan por nivel adquisitivo) y jardines: estamos hablando. Siempre quedarán resquicios por los que colarse como hacen las enredaderas en los muros. Es lo que sugiere el movimiento de guerrilla jardinera que se ha ido extendiendo por diversas urbes del planeta en modo de protesta paciente y silenciosa inequívocamente vegetal.

 

 

Cuando la sociedad civil se moviliza para sacarle los colores a los poderes públicos aparecen ideas tan ingeniosas y repentinamente poéticas como plantar flores en los baches para señalizarlos. Activismo floral, brotes verdes en el asfalto, esquemas culturales que se revientan como las raíces de los ficus revientan hasta el hormigón más armado.

La cultura, las bibliotecas, se encuentran en medio de un jardín repleto de flores carnívoras dispuestas a engullirlas. Y como decía un tema del dúo Fangoria: “Tenemos que hablar de las plantas carnívoras, de su nutrición, su riego y su reproducción” Y eso hemos hecho en este post metiéndonos en jardines repletos de barros políticos, mediáticos, ideológicos y sensacionalistas para pringarnos bien (con guantes, eso sí, para no pincharnos) y ver si así brota alguna semilla de esa planta exótica que es la cultura en el siglo XXI.

 

 

Tonto el que lo lea (postDíadelLibro)

 

Titular con una frase infantil un post relaja mucho. Nadie puede albergar grandes expectativas visto el arranque. Pero es que después de lo intenso que se pone el discurso cuando de celebrar el Día del Libro se trata: se agradece recurrir a la tontería

Este es el post postDíadelLibro2018 y como todos los años estamos de resaca. Resacosos de citas de escritores famosos, de recomendaciones de libros, de imágenes idealizadas de lectores y libros, de frases entrecomilladas sobre las bondades de la lectura, de mil y una noticias y especiales en todos los medios celebrando al libro y a la lectura. Y ¿hoy qué?, ¿se habrá incrementado el número de lectores por ello?, ¿se cerrarán menos librerías? , ¿se apuntará más gente a las bibliotecas?

 

 

Que no, que no, que no estamos en la última fase de la borrachera, y después del subidón, subidón, nos hemos instalado en el muermo. Que no estamos patéticamente llorosos, proclamando que queremos mucho a la cultura, que la lectura es maravillosa, que los libros son maravillosos, que el muuuuuundooooo es maravilloso. Que no, que no vamos de descreídos, todo lo contrario. El que exista un Día Internacional del Libro está muy bien.

Como mínimo las librerías habrán aumentado sus ventas y las bibliotecas han podido programar actividades para deleite de sus usuarios. Pero es que para promocionar la lectura no queremos un día, queremos todos los días del año. A veces esto de los Días Internacionales de…. es como los propósitos de año nuevo: lavan la conciencia a base de buenos propósitos y después se olvidan con la misma facilidad que se formularon.

 

 

En las bibliotecas el Día del Libro son 365 (porque ahora ya ni los festivos se salvan teniendo plataformas de lectura digital o contenidos audiovisuales a la carta), y no estaría mal que si de verdad se quiere fomentar la lectura, se apostase por las mayores redes de circulación y fomento de la lectura que son las bibliotecas. Pero en pleno día de resaca, no es cuestión de ponernos intensos, por eso hemos recurrido a algo liviano para engalanar el post: a algunas de las viñetas del delicioso cómic Los libros en The New Yorker.

Tal y como demuestran las jocosas viñetas que durante años ha ido publicando el prestigioso medio neoyorquino: el libro, en sus diversas formas, ha sido la piedra angular sobre la que ha girado la cultura desde que se inventó la escritura.

 

 

Los libros han sido la fuente predominante, y única hasta no hace tanto, para indagar en el ser humano. Pero eso siempre ha requerido de tiempo, perseverancia y entrenamiento. Ahora los únicos entrenamientos aceptados voluntariamente son los que imponen los monitores de gimnasio. Si los tiempos no se avienen al esfuerzo necesario para asimilar las páginas de un libro, en lugar de leer libros habrá que leer las mentes, directamente, sin intermediarios, ni filtros. Algo que la noticia postDíadelLibro de que España es el tercer país de la UE que menos gasta en la lectura: solo viene a refrendar. Tanto reality y programa del corazón tenían que dar sus frutos tarde o temprano: leer las mentes ya que no los libros.

El sueño de todo publicista, empresario, político y de cualquiera (padres, hijos, pareja) que aspire a manipularnos para bien o para mal.

 

 

El primer paso ya lo está dando la tecnología. Hace unos días saltaba la noticia de que el más puntero de los institutos tecnológicos del mundo, el de Massachusetts (MIT) ha creado un casco capaz de leer los pensamientos con el nombre de Alter ego. El casco, compuesto de electrodos, detecta las señales neuromusculares que intervienen en la comunicación hablada. De este modo el casco es capaz de interpretar la voz interior: un hábito que, según el artículo de ‘Tendencias 21′ que es donde hemos conocido el invento, es muy común entre los lectores. El soliloquio que constituye nuestra banda sonora interior (efectos sonoros de las tripas aparte) ahora con subtítulos incorporados.

Es una forma pedestre de contarlo porque en realidad lo que hace el casco es transcribirlos en cualquier pantalla o dispositivo con una eficacia del 92%. La noticia tranquiliza por un lado (no puede leer los pensamientos cerrados, es decir los que no están pensados para verbalizarse); e inquieta por otro (la seguridad del dispositivo no está desarrollada por lo que está expuesto al pirateo).

Pensamientos pirateados: un nuevo frente se abre para la legislación que protege los derechos de autor. Aunque antes de legislar habrá que comprobar si los pensamientos pirateados merecen protección. En cualquier caso, cual mantra, ante la posibilidad de intrusismo mental habrá que repetirse continuamente ‘tonto el que lo lea’ como quien  coloca un cartel falso de protección con alarma en la fachada de su domicilio.

 

Los sensores desarrollados por el MIT para detectar la actividad neuromuscular y así transmitir los pensamientos.

 

El relato de Philip K. Dick en que se basó la película de Spielberg.

Quizás porque todo sea cada vez más complejo: el pensamiento se está haciendo tan simple que leer las mentes no va a exigir de tecnologías demasiado sofisticadas. La Inteligencia Artificial en pos de la complejidad humana, y los humanos en pos de la simpleza binaria de lo digital. Era inevitable con tanto SMS, whatssap, emojis y memes. Nos gustaría pensar que más que una involución se trata de un paso intermedio hacia la telepatía. Una forma superior de comunicación, que si se acompaña de empatía, podría ser la solución definitiva para nuestra especie.

En un artículo publicado en ‘Library Journal’ el profesor universitario estadounidense Michael Stephens repasaba cómo se representaban hace dos años (eso en Internet es mucho tiempo pero en el asunto en cuestión la cosa no parece haber variado mucho) los asuntos referidos a libros, bibliotecas y bibliotecarios en el lenguaje de los emojis. Entonces se lamentaba de que no existiera ningún emoji para representar una biblioteca o a un bibliotecario: y dos años después seguimos igual.

 

La historia de Miley Cyrus en emojis.

 

En 2018 Unicode Consortium, que es la organización de publicar nuevos emojis, entre los 157 nuevos monigotes que ha estrenado ha dado cabida a pavos reales, loros, dientes, microbios, rollos de papel higiénico y hasta tiques de la compra. Es cierto que ya existen emojis para libros, lectura, escritura, e incluso algunos emojis de edificios que bien podrían pasar por una biblioteca: pero a ver si para 2019 se crea algún emoji que represente a las bibliotecas/carios inequívocamente. ¿O en realidad no será necesario crear un emoji para representar a la profesión bibliotecaria?

No, no, que no vamos en plan lastimero, todo lo contrario. Revisando los principales emojis que hasta la fecha se han creado para representar las distintas profesiones lo cierto es que prácticamente todos podrían ser bibliotecarios.

 

 

En casi todos emojis laborales hay rasgos bibliotecarios. Tal es el perfil de una profesión que, en los últimos tiempos, va acumulando más capas que una milhojas en cuanto a competencias. Todo le viene bien.

Que si la lupa de los detectives; que si la bata de los médicos; que si el gorro de operario o el mono de mecánico cuando se rompe algo, y aburridos de esperar a que vayan a arreglarlo, agarran la caja de herramientas casera; que si los pinceles en los talleres; y por supuesto, el rayo cruzado en la cara a lo Bowie, porque puestos a ser cool pueden ser los más cool; y no incluimos el gorro de los soldados de la guardia real inglesa porque no queremos enrollarnos, pero es más que probable, que encontrásemos alguna semejanza (si estuviéramos preDíadelLibro habríamos dicho que son como la guardia real de la cultura: pero estamos en pantuflas así que mejor nos ahorramos tales cursilerías).

 

Vida de un bibliotecario en emojis.

 

Pero mirándolo desde otro prisma: que te conviertan en emoji no resulta nada halagador. Casi cualquier historia de un taquillazo de Hollywood o de muchos best sellers (de los de usar y tirar) se podria resumir en emojis. De ahí que tantos espectadores que buscan relatos adultos se hayan volcado en las series. Después de todo que no te jibaricen el pensamiento, que no te transformen en monigote: es de lo mejor que te puede pasar. Manías de ‘letrasados’ que se empeñan en alcanzar la simplicidad sin incurrir en simplezas.

Y mientras se nos pasa la resaca ponemos algo de música. No muy alta. Róisín Murphy tampoco es fácil de estereotipar. Esta tipa, desde que empezara con Moloko en los 90, se ha empeñado en sacar los pies del tiesto una y otra vez. Daría para mil emojis a cual más estrafalario, y aún así, no alcanzarían a describirla por completo. ¡Bien por ella! Terminar con su vídeo Whatever (Lo que sea) es toda una declaración de principios. Lo que sea antes que previsibles, o dicho de otro modo más acorde con el título del post: antes muertos que sencillos.

 

Mamá quiero ser youtuber…(de biblioteca)

 

Entre “Enamorado de la moda juvenil” de Radio Futura ” y “mala mujer, me han dejado cicatrices por todo mi cuerpo tus uñas de gel” de C. Tangana: distan 37 años. En muchos casos los mismos que separan a los potenciales usuarios jóvenes de las bibliotecas y un gran porcentaje de los profesionales que trabajan en ellas (aún más después de la falta de relevo generacional que ha provocado la crisis que estalló en 2008). Y esa brecha generacional pasa factura a la hora de idear proyectos y actividades que puedan despertar el interés de muchos de esos jóvenes que son incapaces de disociar biblioteca de sala de estudio.

 

 

El actor y humorista Berto Romero concedía una entrevista a cuenta del estreno de su serie ‘Mira lo que has hecho’ en ‘Fotogramas’. En ella Romero, de 43 años, hablaba de la ruptura que han supuesto los youtubers: “entre mis coetáneos puedes ver ecos de Faemino y Cansado, de los Monty Python […] y en los youtubers no hay influencias. Han inventado un lenguaje nuevo, y eso puede compararse con las relaciones paternofiliales“. Tal vez algo exagerado, pero no menos cierto, y más viniendo de un integrante de una de las generaciones culturales más abusonas que se recuerdan.

Buscando en el baúl de los recuerdos, una y otra vez, para seguir generando negocio a falta de ideas nuevas.

El crítico de cine Roberto Morato en la crítica que de la película que sobre la serie de anime de los 70, Mazinger Z, hacía en la revista ‘Dirigido’ definía perfectamente ese abuso cultural de los que nacieron entre las décadas de los 60 y 70 del siglo pasado: “nostalgia capitalizada para una nueva generación que seguirá visitando las ruinas del pasado como museo de un presente que les debería pertenecer.” Esas generaciones que por ser las primeras amamantadas por la televisión, los primeros videojuegos y el cine de efectos especiales no paran de revisitar su adolescencia y de regurgitarla, una y otra vez, para consumo de sus herederos. Por eso, pese a que el fenómeno youtuber desconcierte a partir de los 35 en adelante, es algo propio de las nuevas camadas culturales y se les debe respetar. Y a continuación, bibliotecariamente hablando, explotar.

 

Beavis & Butthead, en los 9, o Jackass (ambos en la MTV) ya dieron el pistoletazo de salida a ese humor estúpido que ahora se perpetúa en tantos youtubers.

 

El libro Mamá, quiero ser youtuber, publicado en 2016,  que daba “todas las claves para entender el fenómeno que ha venido para quedarse” (según reza su subtítulo) no hablaba directamente de ElRubius, el más célebre de los youtubers de nuestro país, pero sí había sido escrito por dos de sus colaboradores, con lo cual su alargada sombra estaba más que presente. Puede que ElRubius ni sepa que el título del libro sea una apropiación del título de un musical de Concha Velasco. Los referentes del pasado más inmediato no son el fuerte de una generación que (como todas por otro lado) cree estar inventando el mundo. Pero al fin y al cabo a lo que aspiran estos jóvenes es a ser los chicos yé-yé de su tiempo.

Si en el 2000, la irrupción de los realities en televisión fue el primer paso: en 2005 con la llegada de Youtube la capacidad adivinatoria de Warhol respecto a la fama en los tiempos venideros quedaba fuera de todo duda. Pero como el artista neoyorquino también sabía: toda fama conlleva grandes servidumbres.

ElRubius, Auron Play, Vegetta777 o Andrea Compton, por citar a algunos de los que más seguidores acumulan, se acercan peligrosamente a la treintena. Los niños prodigio del cine del siglo XX (Shirley Temple, Macaulay Culkin, Marisol o Joselito) vieron languidecer el fulgor de sus estrellas conforme fueron creciendo; otros se adaptaron y consiguieron proseguir sus carreras (Liz Taylor, Rocío Durcal, Ana Belén, o más recientemente, Daniel Radcliffe): ¿sucederá algo similar con los youtubers?

Es un fenómeno demasiado nuevo para predecir su evolución. El alargamiento de la adolescencia y primera juventud en Occidente les ha permitido llegar peligrosamente cerca de la treintena: pero superada esa frontera ¿podrán seguir conectando haciendo el chorra en sus vídeos? ¿el ageism (discriminación por edad) no les sentenciará igual que sentencia a las estrellas del pop?

 

Si hasta la hermana Irene del convento carmelita de La Granja (Segovia) se ha hecho youtuber para atraer vocaciones: ¿pueden permitirse las bibliotecas el lujo de pasar de Youtube?

 

Loulogio de youtuber pionero en nuestro país a autor de cómics.

Loulogio, un pionero en nuestro país, ha anunciado recientemente que lo deja a los 34 años. Su éxito en los albores de Youtube haciendo doblajes chistosos de anuncios cutres de Teletienda le llevó a ser colaborador en programas de humor de Buenafuente o a convertirse en una estrella de los monólogos de humor. En su trayectoria como youtuber se apreciaba una evolución: de la Batamanta o el pajilleitor (que lo situaron en el mapa) a vídeos analizando la obra de artistas como Dalí, El Bosco o Miguel Ángel mucho antes de que ‘Playground’ diera una muestra de cómo gamificar nociones de arte e historia, conjuntamente, en su vídeo sobre Las Meninas a ritmo de trap.

Loulogio deja Youtube y los monólogos para volcarse en su gran pasión: los cómics. Pero en su marcha ha hecho una reflexión sobre los juguetes rotos que Youtube dejará inevitablemente por el camino: y lo hizo en una biblioteca. Fue el pasado 27 de febrero en un Duelo entre youtubers en la Biblioteca Regional de Murcia que Loulogio y Bamf, un booktuber o más exactamente un comictuber, reflexionaron sobre el incierto futuro que les espera a muchos de los protagonistas del fenómeno. Es lógico, toda moda pasa, pero lo más interesante fue el vaticinio que hizo Loulogio: que el futuro de los youtubers puede que pase por los booktubers.

 

Loulogio y Berto Romero envueltos en la célebre batamanta en el programa de Buenafuente.

 

Adentrarse en la madurez grabando vídeos mientras se juega a videojuegos o se llevan a cabo desafíos tontos: no parece que tenga mucho futuro. Pero ejercer de prescriptores (de libros o de cualquier otra cosa)  no parece tan sujeto a las exigencias de la edad. ¿Es posible imaginar que los nuevos Jordi Costa, Carlos Boyero, Manuel Rodríguez Rivero, Estrella de Diego, Álvaro Pons (por mencionar a algunos de los críticos de referencia en diversas disciplinas) surjan de Youtube en vez de los medios más tradicionales? Tal y como evoluciona todo nada es descartable. Pero como señalaba el programa que Página Dos dedicó a los booktubers el pasado diciembre: “muchos booktubers aspiran a profesionalizarse” y las editoriales lo tienen claro van a por ellos. Pero ¿y las bibliotecas?

En Egobiblio: narcisismo y bibliotecas en la era del selfie ya lanzábamos a mediados de 2016 la pregunta de ¿para cuándo las bibliotecas de nuestro país iban a imitar a las algunos países de Sudamérica en los que los concursos de booktubers convocados por bibliotecas era ya una práctica cada vez más habitual? Cerca de dos años después ya se han dado los primeros pasos.

 

 

Desde junio de 2017 se ha puesto en marcha el canal BiblioTubers de la Red de Bibliotecas Públicas Municipales del Ayuntamiento de Madrid. Desde la Biblioteca de Portazgo en Puente Vallecas, la bibliotecaria Diana Mangas Pozo, anima a sus seis aprendices de booktubers que comentan los libros que previamente han leído en el club de lectura orientado para jóvenes de entre 11 a 14 años que organizan en su centro.

En mayo de 2017 la biblioteca de Ciudad Real lanzó su primer concurso para encontrar el mejor booktuber entre los jóvenes de los centros educativos de la provincia. La booktuber Esmeralda Verdú fue la encargada de impartir talleres sobre cómo recomendar lecturas a través de Youtube orientados a los menores interesados en participar. Y hace tan solo unos días se ha lanzado la II edición del concurso de Booktubers de Ciudad Real. En esta ocasión la booktuber encargada de impartir los conocimientos necesarios para convertirse en prescriptor, vía Yotube, será Yaiza Jara.

 

 

Las colaboraciones entre bibliotecas y booktubers se van afianzando cada vez más. En Hellín (Albacete) la Red de bibliotecas públicas municipales ya ha celebrado varios encuentros con booktubers dentro del proyecto Lectibe. Esmeralda Verdú, May Ayamonte y Yaiza Jara han participado hasta el momento con gran éxito de convocatoria.

 

 

Youtube ha venido para quedarse y las bibliotecas pueden ser el refugio ideal para esos jóvenes que llevados por sus pasiones se asomen a la ventana digital y quieran mantener su independencia pese a soñar con profesionalizarse. Los ardides para atraerlos dependerá de la habilidad de los profesionales de las bibliotecas; pero sobre todo de su falta de prejuicios y de la ausencia de paternalismos culturales. Bibliotecarios-vampiros en busca de sangre joven o bibliotecarios-esponja dispuestos a mantenerse al día incluso en asuntos que a priori no les interesan: que cada uno elija la figura con la que más se identifique pero que nadie se quede fuera del juego.

 

Guerra cultural C: pequeñas bibliotecas libres vs. gnomos de jardín

 

Hay que actuar como un sioux, hacer el indio lo que haga falta para rastrear los indicios que nos indiquen (en nuestro caso) por dónde irá la cultura en estos tiempos inquietos (e inquietantes). Y para eso hay que huir de medios generalistas o redes saturadas de distracciones. Hay que centrarse en la letra pequeña, en la sección de sucesos de medios locales, en el día a día de esos ciudadanos a los que queremos seducir desde las bibliotecas.

 

En Greater Victoria en Canadá este mes han estrenado 150 pequeñas bibliotecas libres.

 

Gnomo pertrechado de bazuca para destruir pequeñas bibliotecas libres.

Durante los últimos años el movimiento de las pequeñas bibliotecas libres (PBL a partir de ahora aunque coincida con las siglas de Aprendizaje Basado en Problemas) ha alcanzado la muy respetable cifra de 65.000 unidades extendidas entre Estados Unidos y Europa y sigue su imparable ascenso.

Las PBL han ido colonizando jardines de clase media arrumbando otros hitos de la decoración de exteriores. El hecho de anidar libros en su interior las inviste de un aura cultural que las hace respetables. Tanto es así que Incluso, en la ciudad inglesa de Rochester, la propia biblioteca pública amplió su red mediante la instalación de PBL con el programa Neighbors Read (Vecinos que leen).

Ante este poderío ni las toscas reproducciones de la Venus de Milo, ni los remedos en terracota de los leones de la Alhambra,  ni siquiera las columnas-maceteros estilo dórica-dórica–jónica-jónica–corintia-corintia-corintia… (perdón pero el hit de Las Bistecs regurgita cuando menos te lo esperas): han podido frenar su avance. Solo un clásico incontestable como los gnomos de jardín han intentado resistirse a su ofensiva. Hasta ahora.

 

Parada de gnomos nazis en Nuremberg creada por Ottmar Hoerl

 

Con la app Gnomify AR ya es posible ver gnomos allá donde uno quiera. 

Como bien se sabe los ingleses son muy forofos de los jardines. Así que no es de extrañar que haya sido en la sección dedicada a jardinería del rotativo “The Telegraph” en donde se informe del lento declinar de los gnomos de jardín. Parece ser que la venta de gnomos durante la última década se ha reducido y solo quedan cinco millones en Gran Bretaña (¿conseguirá revertir la situación el Brexit?). Sin duda un mazazo para todo connossieur de lo kitsch.

Desde la década de los 70 en que empezó su apogeo, hasta ahora, los gnomos han conseguido convertirse en todo un símbolo. El equivalente pequeñoburgués de las suntuosas estatuas que adornaban los palacios aristocráticos. La aparición de las PBL ha sido probablemente el tiro de gracia para los entrañables gnomos que probablemente las boicoteen en su secreta y frenética vida nocturna. Y, pese a todo, tanto gnomos como PBL comparten muchos puntos en común. La escalada de noticias inquietantes al respecto es constante.

 

En 2014, en la ciudad inglesa de Durham, la policía “reclutó” a diez gnomos para repartirlos por la ciudad y concienciar sobre la prevención de robos y otros delitos.

 

El 6 de abril de 2017 hasta un centenar de gnomos, que decoraban el Kingsbury Water Park en la ciudad inglesa de Sutton Coldfield: amanecieron brutalmente decapitados. Pero este es solo el último de los sucesos más recientes de un fenómeno delictivo que acumula un largo historial.

En 2013, según relataba el medio local “Gloucestheshire”, el matrimonio de jubilados formado por Bernard y Bond Cath, residentes en la ciudad balneario de Cheltenham: tuvieron uno de sus más amargos despertares al encontrar una docena de sus amados gnomos salvajemente mutilados, decapitados, desmembrados e incluso hechos añicos, de manera que fue imposible cualquier intento de reanimación mediante pegamento de contacto. Volviendo a la actualidad, hace unas semanas en Santa Barbara, California, un bibliotecario escolar retirado denunciaba, ante las cámaras de una televisión local, el robo de la PBL que había diseñado y construido junto a su hijo durante los últimos dos años.

 

Pequeña biblioteca libre calcinada en Minneapolis junto con un cartel ofreciendo recompensa a quien diera información sobre los posibles vándalos. Hasta un total de ¡¡5.000 dólares!! se ofrecían según indicaba la noticia.

 

La inolvidable pareja formada por Georges y Mildred en Los Roper.

Noticias soñadas por esos reporteros, todo simpatía y jovialidad, de televisiones locales: que lo mismo relatan cómo se cocina un caldo con pelotas que muestran la desolación de los propietarios de gnomos y PBL destrozados. ¿Por qué tanto odio? se preguntan vecinos que podrían pasar por unos Roper del siglo XXI mirando a cámara.

El profesor de filosofía alemán Thorsten Botz-Bornstein podría dar el pego como nieto intelectual de George and Mildred Roper. En un artículo publicado en el magazine digital británico “Quartzy” el profesor se pregunta ¿Cuándo desarrolló el mundo tan mal gusto? : en el que, por supuesto, cita a los gnomos de jardín.

Según los profesores de sociología Ruth Holliday y Tracey Potts, “estamos a punto de ahogarnos en el kitsch“: y Botz-Bornstein encuentra una explicación a todo ello en un narcisismo galopante que se sustenta, en parte, en una pérdida de identidad cultural elevado al cubo por la cultura del yo que promueven las redes sociales.

 

Hinchable de Hulk de Jeff Koons expuesto en el Museo Belvedere de Viena.

 

Pero no aspiramos a hacer lecturas tan profundas y certeras como las del filósofo alemán: ni tan siquiera a épater les bourgeois que dirían los franceses. Lo nuestro es más a ras de césped: pero hay detalles que saltan fácilmente a la vista con poco que se observe. Los gnomos pueden representar el epítome de lo kitsch pero las PBL no le andan a la zaga por mucho que contengan libros. Si en Hoteles para ricos, bibliotecas para pobres: se buscan disidentes hablamos del interés que los nuevos ricos manifestaban por las bibliotecas como meros ornamentos de estatus social; es comprensible que los pequeñosburgueses los emulen como hicieran en su día con los gnomos.

En la localidad estadounidense de Whitefish Bay los promotores inmobiliarios incluso celebran la proliferación de las PBL por el valor añadido que aportan a las propiedades. Gentrificación adorable a costa del concepto biblioteca.

Shakespeare-patito de goma para el baño: los representantes de la alta cultura en merchandising.

En 1874 la primera exposición de los impresionistas en París escandalizó y desafío el orden académico establecido. Décadas después sus, entonces, subversivos cuadros se convirtieron en los preferidos para decorar las cajitas en las que vender pastas de té. La cultura será kitsch o no será.

La lectura como elemento decorativo, al que los tiempos digitales, han recubierto de una pátina entrañablemente vintage. Una vez desactivada la carga explosiva de la auténtica literatura, de los pensamientos menos conformistas y del poder inquisitivo de la filosofía: las PBL equiparan los antaño inaccesibles libros al nivel de los gnomos de jardín. La cultura domesticada, amable, respetuosa con lo establecido. Tantas décadas de cultura Reader’s Digest tenían que dar sus frutos.

Pero ningún triunfo sale gratis. Las PBL ya están recibiendo las primeras críticas razonadas y documentadas por parte de algunos estudiosos. En Toronto, Jane Schmidt, bibliotecaria de la Universidad de Ryerson, y Jordan Hale, geógrafo y especialista de referencia de la Universidad de Toronto: publicaron un estudio al respecto de las PBL que indaga en el lado menos amable del fenómeno. Entre sus observaciones plantean cuestiones como:

  • ¿por qué para crear una Little Free Libraries es necesario pagar a una organización sin ánimo de lucro que cobra por usar el nombre y distribuir su merchandising?
  • contrariamente a lo que se sostiene de que las PBL sirven para llevar la cultura a barrios menos abastecidos culturalmente: lo cierto es que la mayoría de PBL se han instalado en barrios ricos y aburguesados que ya disponen de biblioteca pública.

Libro del ilustrador Daniel Rotsztain con todas las bibliotecas públicas de Toronto. Daniel fue dibujándolas, una a una, como una manera de reivindicar el gran papel que juegan en la ciudad. Y luego publicó este libro para colorearlas.

 

  • el movimiento de las PBL vende la idea de “construcción de comunidad” a través de la cultura. Pero, según constatan Schmidt y Hale, los propietarios de las PBL eluden las interacciones con extraños. La PBL se convierte en símbolo de estatus y amor por la cultura: pero sin ánimo de compartir más allá del entorno más local y conocido. Algo así como las enciclopedias a juego con la tapicería, la pantalla de cine doméstica con sonido envolvente o el salón de juegos en el sótano: signos de estatus social cara a la galería.
  • y por último, los investigadores se preguntan: ¿por qué no recurren a las bibliotecas públicas si tanto deseo tienen de mejorar su entorno a través de la cultura?

 

 

Instrucciones para sobrevivir a un ataque de gnomos de jardín.

En el magnífico cómic de Brectch Evens Los entusiastas: un artista plástico capitalino viaja hasta una pequeña población que celebra su primera feria de arte contemporáneo para guiar a los vecinos en la construcción de lo que será la gran obra de la feria: un gnomo de jardín gigante (por cierto perderse este cómic debería penalizar de algún modo).

Pero, por jocoso que pueda resultar, ninguno estamos muy lejos de los entrañables pueblerinos entusiastas de un arte que no comprenden pero al que aspiran. Warhol encumbró la cultura popular a objeto de deseo: y Jeff Koons ha llevado lo kitsch a otro nivel. Tenemos el apocalíptico subido pero lo cierto es que las bibliotecas no podían quedar a salvo.

Pese a todo aún hay conductos de ventilación en los que arrojar el disparo certero que haga explotar en mil destellos la Estrella de la Muerte de la Cultura con mayúsculas. Puede que las PBL estén llamadas a sustituir a los gnomos como representantes del orden cultural más burgués: pero también cabe la posibilidad de que pese a haber nacido en el mismo entorno, escondan en sus tripas la semilla de la subversión, de pequeñas revoluciones que puede que un día lleguen a ser grandes.

Hace unos años, cuando empezaron a proliferar las PBL en la ciudad estadounidense de Portland, algunas voces las acusaron de promover un neo-socialismo que atentaba contra los pilares profundamente capitalistas de la sociedad norteamericana. Porque ¿quién dice que nuestro afable vecino no sea un peligroso librepensador, que aprovechando las pequeñas bibliotecas libres, decida intercalar entre los libros de jardinería, de cocina o los best sellers de moda, por ejemplo: los Ensayos de Montaigne, La peste de Camus, El antiCristo de Nietzsche, la Teoría King Kong de Despentes, o el subversivo Steal this book (Roba este libro) de Abbie Hoffman?, ¿y que una idílica comunidad termine transformándose en una barriada antisistema?

 

La cadena de comida rápida McDonald’s apropiándose del fenómeno de las pequeñas bibliotecas libres.

 

Quien juega con libros juega con fuego y nunca se puede saber por dónde colgará la mecha de alguna mente inquieta dispuesta a dejarse prender. Las PBL presentan la apariencia de casitas de primoroso colorido. Pero ¿quién sabe? Puede que en realidad actúen como caballos de Troya repletos de libros-bomba listos para detonar provocando ideas en cadena. Como bien nos enseñaba el exquisito rey del mal gusto, John Waters, en Serial mom (1994): nunca hay que fiarse de las apariencias.

 

Bibliotecas de género fluido

 

Convertirse en tradición en estos tiempos es algo francamente difícil. Pero que una empresa de embutidos lo haya conseguido habla de una de las estrategias publicitarias más geniales que se han visto jamás de los jamases por estos lares. Desde el 2011 con ese homenaje a los que nos han hecho reír en tiempos difíciles hasta la campaña para la Navidad de 2017 en torno al independentismo: Campofrío (por si acaso advertimos que este blog no tiene sponsor alguno) ha provocado adhesiones, rechazos, y suponemos, que un incremento en las ventas de sus productos.

 

El retrato de Chiquito de la Calzada que aparece en el famoso anuncio de Campofrío.

 

El eslogan de amodio acuñado en el anuncio dirigido por Isabel Coixet para definirnos se ha convertido en trending topic por lo certero que resulta. Amor y odio como señas de identidad: lo malo es cuando bajo esas querencias o repulsas lo único que late, y nos unifica, no es más que el miedo. Miedo al otro, a perder los privilegios, a lo diferente, a la verdad. En una reciente entrevista en El País el director de “The New York Review of Books” (la revista neoyorquina más prestigiosa sobre crítica de libros), Ian Buruma, lo corroboraba en una frase: “el miedo va ganando en un mundo cada vez más polarizado“. Y eso los políticos, y los poderes en la sombra, lo saben perfectamente.

 

Patria de Aramburu será la primera serie que desarrolle la filial de HBO en España. El miedo como eje central de la historia de una novela encumbrada por público y crítica.

 

Dos políticos: Trump y Erdogan lo han dejado claro en los últimos días. La prohibición del mandatario estadounidense a la agencia de salud nacional del uso de palabras como: diversidad, vulnerable, transgénero o expresiones como “con base en la ciencia no ha hecho más que mostrar su miedo más arraigado: a la verdad. Y la censura implacable a la que está sometiendo el presidente turco a las bibliotecas de su país, con más de 140.000 libros retirados de ellas (entre otros: títulos de Althusser, Camus o Spinoza) no camufla otro miedo que el que siente cualquier régimen totalitario: el temor al conocimiento.

Por eso en este post vamos a repetir cual mantras varias de las palabras prohibidas por Trump para que calen como cala una lluvia fina y persistente. Lo que sea con tal de contravenir a los dos presidentes y defender la libertad de las bibliotecas como refugio para la diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad…

 

Bancos en forma de libros de autores turcos frente al Bósforo en Estambul. ¿Los prohibirá también Erdogan?

 

Como la campaña de los embutidos incluye una web para hacer el test que nos diagnostique cuánto amodio padecemos: empezaremos con la frase de “con base en la ciencia”. Concretamente con el estudio sobre psicología social que publica el “European Journal of Social Psychology” llevado a cabo por investigadores de Yale a través del cual se preguntó en línea a 300 residentes en los Estados Unidos sobre cuestiones como: el aborto, los derechos LGTBIQ (en breve harán falta unas siglas para abreviar tanta sigla), el feminismo o la inmigración. La idea era constatar cómo el miedo y la sensación de seguridad afectan al posicionamiento político de los ciudadanos.

“Antes de que lo sepas: las razones inconscientes de que hagamos lo que hacemos”: el libro de John Bargh sobre las motivaciones de nuestro comportamiento.

Antes de someterlos al test se separó en dos grupos a los participantes y se les pidió que imaginaran dos situaciones: poseer el don de volar y ser inmune a cualquier daño físico. Entre el segmento de encuestados que imaginaron poder volar sus variaciones ideológicas a la hora de responder al test no variaron de lo que se esperaba. En cambio, en el grupo que imaginó sentirse inmune a cualquier daño físico: las diferencias en las respuestas entre demócratas y republicanos fueron mínimas y terminaron acercándolos ideológicamente.

Según concluye el psicólogo social John Bargh, que encabeza el equipo de investigadores: es necesario reconocer cuánto influyen motivaciones tan básicas como el miedo y la seguridad en nuestros posicionamientos ideológicos. Los políticos (de cualquier signo lo saben) y nos manipulan apelando a tan potentes sentimientos. Bargh aboga por conocer nuestros impulsos para que nuestras opiniones se basen en el conocimiento y no en sentimientos irracionales. Y para eso ¿dónde acudir? Muy previsible por nuestra parte: a las bibliotecas.

 

 

Sentirnos vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, nos hace manipulables. Tal vez por eso Trump la quiere prohibir. No porque vayamos a dejar de sentirnos vulnerables sino porque seamos conscientes de ello y queramos ponerle remedio. Y de sentirse vulnerable, frágil, desamparado y de cómo superar ese miedo habla el magnífico cómic La levedad de Catherine Meurisse.

El 7 de enero de 2017 Meurisse se despertó tarde, hundida como estaba tras su último fracaso sentimental, y por esa razón llegó tarde a su trabajo como dibujante en el semanario satírico francés “Charlie Hebdo”. Por escasos minutos Catherine se libró de la terrible suerte que corrieron sus compañeros a manos de los terroristas: y lo que nos cuenta en La levedad es el proceso que tuvo que seguir durante los meses siguientes para recuperar el equilibrio tras el desastre.

 

 

¿Cómo recuperar la levedad que nos permite vivir sin sentirnos permanentemente en carne viva? ¿cómo superar las secuelas de un hecho traumático?  En las campañas de Campofrío abogan por el humor; y Catherine optó por recurrir a una terapia de choque a base de cultura y belleza para, poco a poco, reanimar un estado de ánimo catatónico que la llevó a viajar hasta Roma en pos de un síndrome de Stendhal que la sanase.

Un auténtico desfribrilador en viñetas que le sirvió a la autora para volver a latir gracias a la cultura; y que reanima a quien lo lee del embotamiento con que nos entumece los sentidos tanta crónica ruidosa del día a día.

 

 

Uno de los collages de la artista expuesto en Francia.

Y precisamente en Francia se está celebrando el cuadragésimo aniversario del Centro Georges Pompidou a través del proyecto itinerante Traversees ren@rde. Este proyecto aglutina múltiples actividades en las que se abordan los movimientos estéticos y micropolíticos que agitan nuestra actualidad. Y en la exposición que, hace unos días, se inauguró en Bourges participa la española Roberta Marrero con algunos de sus collages.

Hace poco más de un año la artista plástica  publicó su primera novela gráfica: El bebé verde: infancia, transexualidad y héroes del pop. En este primera incursión en el mundo del cómic, Marrero, se volcó en relatar su infancia como mujer transexual. El relato que de su infancia hace la artista afecta a cualquiera que alguna vez se haya sentido diferente por cualquier motivo: tanto da que sea heterosexual, homosexual, transexual, polisexual o transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero.

Dictadores: la obra en que Roberta Marrero intervino los retratos de sátrapas célebres al estilo Hello Kitty. En este caso la venganza se sirve fría y pop.

En tiempos en que la identidad se fragmenta, se diluye, se hace líquida (Bauman one more time): el relato en primera persona de cómo Roberta construyó la suya a través de la cultura convierte a su primera novela gráfica, no solo en un auténtico libro de artista: sino en un manual que debería incluirse en las secciones infantiles y juveniles de las bibliotecas por su valor para abordar temas tan candentes como: el bullying, el respeto a los demás, el feminismo o la LGTBIQfobia.

En Dejando atrás el lado salvaje: bibliotecas por la inclusión social ya hablamos de mujeres transexuales en bibliotecas. Y Marrero cautiva a cualquier amante de las bibliotecas con el primero de los mandamientos que prescribe en un momento del libro para ser feliz: “lee, lee, lee“.

La artista reconoce su deuda con la lectura como primer peldaño en la construcción de su identidad. Pocas veces las bonitas (y vacuas por manidas) palabras con que se suele convencer de los beneficios de la lectura habían tenido una aplicación práctica más efectiva que la exhortación de Marrero en su novela gráfica.

 

La Campaña por los Derechos Humanos, en colaboración con la artista Robin Bell, proyectó palabras como “feto” y “transgénero” en el Trump International Hotel en Washington, DC, como una manera de protestar por las “recomendaciones” dadas por la administración Trump sobre el uso de estos términos

 

Cisgénero, transexual, género fluido, género no binario…, si hasta en un programa tan poco minoritario como OT 2017 estos términos están a la orden del día; llegan hasta el Congreso de los Diputados; y muestran una juventud (que la hay) que pese a tantas etiquetas aspira a vivir sin dejarse constreñir por ellas: el recuerdo que Felicidad Campal hacía de la célebre frase de Bruce Lee (Be water, my friend) en su estupendo artículo sobre lo que aportan las bibliotecas a los objetivos de la ONU: da pie para dar un paso más allá y proclamar: Be water, my library.

Roberta se construyó a sí misma gracias a sus héroes del pop, y resulta que las bibliotecas son las reinas del glam: todo cobra sentido.

 

Acrónimo de Galleries, Libraries, Archives and Museums: el proyecto que aglutina a las instituciones culturales para preservar el patrimonio a través del acceso digital y permite la colaboración con el sector de la cultura libre.

 

Reinas de un GLAM que poco tendría que ver con el movimiento estético y musical  que en los 70 enarbolaron figuras como Marc Bolan, Gary Glitter, o por supuesto, David Bowie: pero que en realidad está muy conectado. Quizá cueste verlo, si nos quedamos en el estereotipo del bibliotecario/a; pero hay que procurar ir más allá. Si lo que caracterizó al movimiento glam, fue la ambiguedad, el disfraz, y lo divertido: ¿no es acaso esta imagen la que persiguen hoy día las bibliotecas?  Ambiguas entre lo impreso y lo digital, maquilladas para seducir al público, bulliciosas cual centros comerciales de la cultura y el ocio.

Tilda Swinton en la portada del magazine de estilo transversal Candy.

Bibliotecas de género fluido (o travesti, según el caso: protagonistas inminentes en la revista especializada “Candy”). Ya lo dijo el erotómano Luis G. Berlanga al respecto del rechazo a la parafernalia típicamente femenina por parte de un feminismo mal digerido: “los taconazos, las medias, los ligueros, los corseletes […] Si no es por los travestis […] las generaciones venideras llegarían a olvidar que existió la seducción”

Es en este sentido, en el que las bibliotecas se travisten con ropajes lúdicos, divertidos, llamativos y renovados que llamen la atención a un usuario infoxicado y asaltado por miles de estímulos, que cual cantos de sirena, lo aturden y le hacen carne exclusiva de best sellers, blockbuster o trending topics.
Sólo de esta manera, aunque sea de estraperlo, preservarán un concepto de cultura más rico, libre y desprejuiciado en esta civilización que entre prohibiciones, polémicas y enfrentamientos nos hace olvidarnos, en ocasiones, de que seguimos siendo humanos, demasiado humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos,humanos, humanos, humanos.