Estadística creativa para bibliotecarios soñadores

 

Como cada año el informe de la Federación del Gremio de Editores sobre la lectura en nuestro país ha sido noticia. Una vez más los porcentajes estadísticos que proporciona han dando pie a titulares y análisis que van camino de convertirse en toda una tradición, algo así como las crónicas que cada 22 de diciembre se emiten sobre los ganadores de la lotería (pero a la inversa, donde allí hay alegría, aquí siempre hay decepción). Pero ya sabemos por los políticos que a las estadísticas se las hace decir lo que uno quiere; así que no vamos a darle más vueltas al asunto, bastante se ha hablado ya. Es preferible fijarse, cual manual de autoayuda, en historias ejemplarizantes que nos eviten cualquier asomo de abatimiento bibliotecario.

 

 

La magia de los números en esta calculadora japonesa de 1962.

Porque seamos sinceros, ¿qué bibliotecario en un momento de debilidad, o mejor, de duda: no ha pensado en dejarse llevar por la creatividad al rellenar los formularios de Alzira del Ministerio?, ¿quién ante el insondable misterio de toparse con que el número de ejemplares difiere según la búsqueda en el programa se haga de una forma u otra: no ha optado por quedarse con la cifra que mejor le cuadra con el resto?

Que tire el primer tejuelo aquel o aquella (y lo sentimos pero esto no es lenguaje inclusivo, es simplemente un redoble de tambor para dar más peso a lo que sigue): que no ha tirado por lo alto o por lo bajo en: número de usuarios-actividades-ejemplares-servicios… cuando le ha interesado para engatusar al político de turno, o dar lustre en los medios a su biblioteca.

Por eso empatizamos en el delito con el responsable de la Biblioteca del Condado de East Lake (Florida), George Dore, y su auxiliar de biblioteca, Scott Amey. Porque en Infobibliotecas nada de lo bibliotecario no es ajeno.

 

Se acerca uno de los momentos del año “favoritos” para muchos bibliotecarios: hacer las estadísticas y rellenar el formulario de Alzira del Ministerio.

 

Chuck Finley, así se llamaba el usuario tan, tan asiduo de la Biblioteca de East Lake que él solo se había prestado un total de 2361 libros en poco más de nueve meses. Si Agatha Christie leía unos 200 libros anuales, Theodore Roosevelt uno al día, y la bibliotecaria Harriet Klausner unos 6 al día (“Si un libro no me interesa cuando llego a la página 50, dejo de leerlo” arguyó para defenderse de los incrédulos) según relataba un artículo de BBC Mundo: Finley debería figurar en alguna categoría del Libro Guinness. La única pega es que el tal Finley nunca ha existido, al menos físicamente como usuario de la Biblioteca de East Lake. Pero todos sus datos, incluido su nutrido historial de préstamos, constaban en la base de datos de la biblioteca hasta hace bien poco.

En la red de bibliotecas del Condado de Lake, se distribuyen los fondos atendiendo a la demanda; de tal modo, que si pasado un determinado periodo algún título no alcanza los préstamos necesarios se retira de la circulación. Un criterio salomónico que no distingue entre best seller del momento y clásicos literarios.

 

En El invisible Harvey (1950) James Stewart interpreta a un hombre encantador, siempre dispuesto a ayudar a los demás. Su única peculiaridad es que siempre va a acompañado de un conejo gigante que sólo él es capaz de ver. Su familia decide ingresarlo en un psiquiátrico. 

 

El Chuck Finley real, estrella del béisbol desde 1986 a 2002. 

Tanto para George Dore, como responsable de la citada biblioteca, como para su auxiliar Scott: este expurgo implacablemente estadístico les suponía un suplicio. Y cual doctores Frankenstein decidieron crear al usuario de biblioteca ideal. Un voraz lector cuya compulsión permitía salvar a muchas de las obras en las que nadie reparaba. Que su nombre, Chuck Finley, coincidiera con el de un jugador de béisbol jubilado que durante 17 años desarrolló su carrera en la liga mayor: fue algo completamente accidental (o no).

Pero este celo bibliotecario desmedido no ha servido de atenuante para el despido del bibliotecario. La investigación que ha originado, como tanto gusta decir a determinados políticos: puso en marcha la máquina del fango y salpicó a toda la red. Dore arguyó en su defensa que otras bibliotecas de la red también tenían carnés institucionales o “dummies” (tontos) para “salir favorecidas” en las estadísticas. Toda una intriga bibliotecaria que en manos de un guionista talentoso podría convertirse en película hollywoodense.

 

Theodosia Burr Goodman reinventada como la fascinante Theda Bara.

 

Theda Bara como Cleopatra

Y también en el este de los Estados Unidos, pero en 1914: Theodosia Burr Goodman dejó atrás su ciudad natal para inventarse una identidad, o mejor dicho, para dejar que se la inventasen. Pese a que ya había cumplido los 30, una edad peligrosa para una aspirante a estrella: un estudio de la meca del cine la reinventó para fascinar al público.

De repente, Theodosia pasó a llamarse Theda Bara, dejó de ser la hija de un comerciante judío de Cincinnati para ser la hija de una concubina egipcia y de un artista francés, nacida en el Sáhara, y sacerdotisa de oscuros rituales del Oriente.

Ella fue la primera vamp, la primera estrella prefabricada, la mujer fatal que venía a distraer las mentes de las macabras estadísticas de bajas en el frente que llegaban de un mundo sumido en la Primera Guerra Mundial. Con biografías tan encantadoras, ¿a quién le importaba la verdad?

Theda evoca un tiempo de cartón piedra, de mentiras inocentes que se hacen verdades aceptadas con las que poder fantasear. Eran tiempos convulsos, como el nuestro, pero Theda hoy sólo sería una sex symbol en países pobres, aquí en el primer mundo, su exuberancia carnosa sería un insulto. La capacidad de fabulación nos ha adelgazado, casi tanto como las modelos de pasarela. Y mientras tanto, los egos engordan y engordan con las grasas saturadas de las redes sociales.

 

El lugar de los hechos: la humilde biblioteca de East Lake.

 

Ante este panorama, ¿quién puede reprocharle a George y Scott que hayan ideado al usuario de biblioteca perfecto? Cuidado que nadie nos vaya a acusar de incitar al “maquillaje estadístico”. Simplemente es que en un mundo en el que triunfa la posverdad (aquí mismo acuñamos la posverdad bibliotecaria hace poco), en una época en que el fingimiento ha alcanzado el paroxismo, entre tanta mentira dañina: algo de inocencia, o al menos de ilusión (por aquello de no bajar la guardia) se está haciendo tan necesaria como una conexión wifi.

Por eso, desde aquí eximimos de toda culpa a esos dos pícaros estadísticos, a estos fabuladores que hicieron que los índices de lectura de su modesta biblioteca llegasen a la cuarta base gracias a Chuck. Todos necesitamos soñar, lo está dejando claro el éxito arrollador de una película como La, la, land (La ciudad de las estrellas): un musical que remite a ese Hollywood ingenuo y feliz que arrancaba con Theda. En definitiva, lo que han hecho George y Scott, no ha sido otra cosa que ponerle algo de música a las frías y asépticas estadísticas de bibliotecas.

 

La, la, land (La ciudad de los sueños) arrasando entre crítica y público por ofrecer una historia romántica y sencilla en medio de una época cínica.

 

En el último número de la revista Infobibliotecas, Mariate Alonso le ha puesto música a este invierno reuniendo algunas de las canciones que se han dedicado al mundo de las bibliotecas; y nuestro compañero Héctor Fouce (que tan excelentes maridajes crea, en cada número, entre libros, música o películas) las ha seleccionado en una lista de reproducción de Spotify que se puede disfrutar pinchando aquí. Es lo propio, concluir con música la crónica de un fraude que resulta de lo más cándido visto el panorama.

Si La, la, Land ha llegado de Hollywood para mitigar las oscuras nubes que se ciernen sobre el 2017: hace dos años el grupo Verkeren insuflaba alegría en vena con su tema Laberinto. Pura inocencia y optimismo naíf para unas coreografías bibliotecarias, tal vez menos cool que las de Ryan Gosling y Emma Stone, pero más asequibles para bibliotecarios soñadores.

 

Anuario de Estadísticas Culturales 2015: el diablo está en las cifras

El Ministerio de Educación, Cultura y Deporte acaba de publicar este mes el Anuario de Estadísticas Culturales 2015 que reúne una selección de los datos más relevantes del sector de la cultura en España tomados de diferentes fuentes estadísticas. En él se puede encontrar desde información sobre el empleo y el gasto público en cultura, hasta los datos sobre el impacto de la cultura en la economía nacional, pasando por la recaudación en concepto de propiedad intelectual, hábitos culturales y un buen repaso a diferentes sectores, como las artes musicales y escénicas, “los asuntos taurinos” (así de eufemísticamente los denominan), y por supuesto, los archivos y bibliotecas. Repasaremos aquí algunos de los datos económicos que nos parecen más destacados, ¡ya veréis cómo nos lo vamos a pasar! Porque, parafraseando la expresión anglosajona, “el diablo están en las cifras”.

Anuariocultura2015_PerryMason

Gasto público y PIB

Es de lo más entretenido estudiar, aunque sólo sea ligeramente, los datos en gasto público en cultura porque son la prueba de cargo– en lenguaje Perry Mason- de lo que de verdad se está haciendo desde las instituciones con la cultura, lo que interesa y lo que no. Para empezar nos encontramos con que los últimos datos cerrados con las cifras aportadas por todas las Administraciones corresponden a 2013: en ese año, el Estado gastó 630 millones de euros en cultura, las Comunidades Autónomas 1.071 millones y las Administraciones Locales (excluidas las de Navarra y el País Vaso, de las que no hay datos) 2.300 millones de euros.

AnuarioCultura2015_Gasto

Pero lo interesante es poner esas cifras en contexto. En relación al gasto total de estas Administraciones, los porcentajes dan pena: el gasto en cultura por parte del Estado supone un 0,22% de sus gastos totales, y en las CC.AA es del 0,62%. En relación al PIB, esos pocos millones gastados en cultura representan unos ridículos 0,06% en 2013 y 0,07 en 2012 del PIB en el caso del gasto estatal, y, algo más, un 0,12 en 2012 y 0,10% en 2013 en el autonómico. El escándalo es ya total cuando se compara ese gasto público con lo que las actividades culturales aportan al PIB nacional: en 2012 fueron algo más de 26.000 millones de euros, o, lo que es lo mismo, un 2,5% del PIB. Está claro que se rentabilizan, pero que muy bien, las migajas que se gastan en cultura.

También podemos entretenernos con unas cuantas reglas de tres, comparando cómo se ha ido hundiendo el gasto en el tiempo: a nivel estatal, por ejemplo, ha caído desde los 1.135 millones de euros de 2009 hasta los 679 millones en 2014, un descenso del 34%, aunque es verdad que al pasado año el gasto aumentó ligeramente respecto a los 630 millones de 2013, un 7,7% para ser exactos.

Lo que se llevan las bibliotecas

Precisamente el último desglose del gasto estatal entre diferentes sectores culturales que ofrece el Anuario es del año 2013. Así, vemos que de esos 630 millones que invirtió el Estado, solo 43,7 fueron a parar a las bibliotecas (un 6,9% del total). Una inversión que no llega ni a la mitad de lo que se gastó, por ejemplo, en difusión cultural en el exterior del país, 93,7 millones de euros, es decir, un 14,8% del gasto total. Este dato por sí mismo dice mucho, pero si se compara además con lo que se invierte en patrimonio histórico y artístico está claro que el objetivo principal de los presupuestos de cultura del Estado es alimentar la máquina turística.

En el terreno del gasto autonómico, la situación es algo mejor, pero tampoco se vienen arriba. El gasto en bibliotecas en 2013 fue de 102,6 millones de euros, un 9,5% del gasto total de las CC.AA en cultura. Eso sí, el desequilibrio no es tan grande como en el ámbito estatal, porque aquí está el gasto más repartido entre diferentes sectores y actividades. Diez millones arriba o abajo, las bibliotecas están al nivel de lo que reciben los monumentos históricos, los museos, el teatro y las actividades de promoción y cooperación cultural. Algo es algo.

En las Administraciones Locales, la inversión en bibliotecas fue en 2013 de 264,7 millones de euros, un 11,5 % del gasto total en cultura. Aquí, comparando con otras partidas, se ve claramente que es una de las responsabilidades principales de Ayuntamientos, Diputaciones, Consejos y Cabildos, en materia de cultura. La partida para bibliotecas solo se ve superada por las dedicadas a fiestas populares (433,6 millones de euros) y por las dedicadas a promoción cultural y administración general de Cultura, que superan cada una de ellas -con holgura- los 500 millones de euros.

AnuarioCultura2015_bibliotecasPor la demás, las estadísticas que refleja el anuario respecto de las bibliotecas no son nada nuevo: se remontan a 2012, año en el que se registraban 6,835 bibliotecas en todo el país (14,6 bibliotecas por cada 100.000 habitantes), de las que el 61,6% son públicas, el 30,5% especializadas y el 4,2% son bibliotecas universitarias. Los usuarios inscritos en ese año alcanzaban los 20,4 millones de personas, y el número de visitas fue de 216,4 millones.

Os animamos a que os entretengáis un rato mirando y comparando cifras, porque seguro que nos aportan más de un argumento para defender la cultura y las bibliotecas. La intención declarada del Anuario de Estadísticas Culturales -que ya va por su undécima edición- es servir como “instrumento para conocer mejor el valor social de la cultura y su carácter como fuente generadora de riqueza y de desarrollo económico en la sociedad española”.

Ahora solo falta que los responsables de decidir presupuestos públicos tomen buena nota del valor de la cultura, y lo demuestren con hechos.