Biblioteca vérité

 

Si estas leyendo este blog se presupone que te interesan las bibliotecas, bien sea como profesional o como usuario. También puede ser que, por esos caminos inescrutables que tiene Internet, una búsqueda sobre gatitos entre flores o gatitas entre capullos: te haya hecho desembocar aquí. En ese caso sentimos defraudar las expectativas. Es lo que tiene crearse expectativas: te convierten en presa fácil de la decepción.

Puede que el estreno del último documental del veterano y prestigioso Frederick Wiseman sobre la Biblioteca Pública de Nueva York haga que nos sumemos al grupo de los decepcionados: pero al igual que los fans de Blade Runner, de Alien o de Star wars no pueden evitar echarle un ojo a sus secuelas, precuelas y recuelas: nosotros tampoco podemos dejar de estar expectantes desde que supimos de su estreno en el último Festival de Cine de Venecia.

 

El póster de la película de Wiseman es candidato seguro a decorar más de un despacho bibliotecario.

 

Mal genio (2017) la película sobre uno de los directores que más ha experimentado con el relato cinematográfico: Jean Luc Godard.

Ex Libris. The New York Public Library es la nueva “ficción de la realidad” que acomete el reputado documentalista Wiseman. Durante varias semanas de 2015, el autor de algunos de los mejores documentales centrados en instituciones (National Gallery o At Berkeley), aplicó su método cinematográfico para captar múltiples facetas tanto de la vida en la sede central de la Biblioteca, como en sus sucursales.

Wiseman y otro coetáneos suyos propiciaron lo que se dio en llamar “Direct Cinema” en los 60. Un reflejo del denominado cinema-verité, practicado por cineastas europeos, con el que aspiraban a captar del modo más fidedigno la realidad frente la artrítica narrativa cinematográfica hollywoodense.

Para Wiseman toda su obra es un intento por capturar la realidad a través de la cámara con la menor intervención posible. Ni textos explicativos, ni voces en off, ni música, ni entrevistas, ni guiones que manipulen lo que se muestra.

John Cassavetes el director de cine estadounidense que más se acercó a los postulados del cinema vérité desde la ficción.

Pero como todo creador, por mucho que aspire a ser invisible, las películas de Wiseman se interpretan en la sala de montaje. La objetividad, la veracidad, la realidad absoluta no existen por mucho que nos hayan querido convencer en los realities. Un travelling es una cuestión de moral que decía Godard. Y la simple elección de una secuencia, en vez de otra, ya está imponiendo una visión personal y subjetiva de la realidad.

Tanto da. Que Wiseman se haya querido centrar en el mundo bibliotecario es una gran noticia. No esperamos que nos descubra la esencia del espíritu bibliotecario (sic): pero su simple mirada es lo suficientemente interesante como para que estemos deseando que se distribuya la película.

Mientras tanto nos hacemos eco de la entrevista que Wiseman ha concedido a la revista “Vanity Fair” en su edición estadounidense. Sus reflexiones sobre lo que ha observado y vivido durante el rodaje de Ex Libris: nos ofrecen una visión en la que bien merece la pena detenerse.

 

La más que improbable adaptación cinematográfica del cómic Aquí de Richard McGuire sería un reto a la altura de Frederik Wiseman. La obra de McGuire no tiene una historia como tal. Sus páginas nos muestran un solo plano de un único rincón del planeta Tierra durante siglos: superponiendo los planos temporales en una lúcida y sorprendente reflexión sobre el tiempo. 

El libro de 2015 de Scott Sherman sobre el fallido Plan Central de Bibliotecas y la situación financiera de la Biblioteca Pública de Nueva York.

La escritora Olivia Aylmer, autora del artículo, destaca como una de las escenas más conmovedoras de las casi tres horas de película: la que se desarrolla en la sucursal más pequeña de la ciudad, la Biblioteca Macomb’s Bridge, en Harlem River Houses. Según narra Aylmer basta esta secuencia para darse cuenta de lo importantes y personales que son las relaciones que los neoyorquinos tienen con sus bibliotecas.

Lo más jugoso de la entrevista es el cambio de percepción que Wiseman obtuvo respecto al papel de las bibliotecas en el transcurso del rodaje. El cineasta reconoce haber sido usuario de bibliotecas durante su infancia y juventud; pero que más adelante dejó de frecuentarlas, sobre todo, porque le gusta comprar sus propios libros.

La sorpresa para Wiseman fue descubrir la variedad y profundidad de los programas que desarrollan las bibliotecas en la actualidad. La diversidad socioeconómica y generacional a la que atienden y los esfuerzos que hacen para sostener su oferta.

La autora de cómics Sarah Glidden se embarcó en un viaje junto a unos periodistas independientes por Turquía, Siria e Iraq. Oscuridades programadas es el resultado de su esfuerzo por comprender al otro:  y al mismo tiempo una reflexión sobre la esquiva objetividad.

Otro realizador, especializado en documentales, pero en las antípodas del estilo de Wiseman, como es Michael Moore, ya alabó a las bibliotecas. Podría decirse que a las bibliotecas les sienta bien el direct cinema o cinema vérité. Ahora que tan en boga está lo de “construirse un relato”, lo de vender nuestra verdad: las bibliotecas también deben entrar en el juego. Pero no desde la manipulación sino desde el deseo de acercamiento, de explicarse, de conectar con la sociedad (y a ser posible con los responsables políticos cuando no están fuera de cobertura), para que personas cultivadas como Wiseman, no sigan teniendo esa visión tan reductora de lo que son las bibliotecas en el XXI.

Que las bibliotecas se están erigiendo en instituciones desde las que combatir la tan mentada posverdad solo hace falta constatarlo con actividades como la que celebró la Oliver Wendell Holmes Library, el pasado enero, bajo la denominación: Libraries in a Post-Truth World (Bibliotecas en el mundo de la posverdad). En un tiempo en que el discurso único, la intolerancia o el chantaje se revisten con palabras como democracia, diálogo y entendimiento: es cuestión de tiempo que alguien termine fundando una Biblioteca de la verdad. Pero de la verdad ¿de quién?

 

Los insultos escritos en los libros de Juan Marsé, en una biblioteca, por su posicionamiento respecto a la situación en Cataluña. 

 

Si el historiador Yuval Noah Harari sostiene que el homo sapiens ganó la batalla de la evolución al más poderoso neardental gracias a su capacidad para construir relatos: sigamos evolucionando. Construyamos relatos en las que quepan el mayor número de voces posibles. Observemos como hace Frederick Wiseman en sus películas y huyamos de los dogmas. Solo así conseguiremos estar algo más cerca de esa véritá que nunca pertenece a nadie en exclusiva.

El cineasta John Cassavettes, que tanto buscó la autenticidad como director en sus películas, dijo que: “el cine es una investigación sobre nuestras vidas. Sobre lo que somos. Sobre nuestras responsabilidades -si las hay-. Sobre lo que estamos buscando.” Una frase perfectamente aplicable a las bibliotecas: una investigación sobre lo que somos y nuestras responsabilidades.

 

Parodia que los bibliotecarios de la Biblioteca de Invercargill City, en Nueva Zelanda, han hecho a cuenta de una portada de las Kardashian. La verdad bibliotecaria sin tapujos.

 

Una de las últimas películas de Cassavettes (protagonizada, una vez más, por su fantástica esposa y musa Gena Rowlands) fue Gloria en 1984, y como los suecos Mando Diao rodaron un vídeo para su excelente tema homónimo con aires a lo nouvelle vague, nada mejor que cerrar con él. Al contrario que Wiseman en sus films, en este blog, por mucho que nos empeñemos por ser meros espectadores,  por ser neutros, asépticos, no podemos resistirnos a ponerle algo de música a la prosaica y (muchas veces) fea realidad. Esa es la verdad.

 

 

Biblioteca de los errores

 

Hace un año saltaba a las redes, cual pulga digital, la noticia sobre la Free Library Haskell (literalmente: la Biblioteca Libre de Haskell). El motivo de su repentina notoriedad global, indirectamente, tenía que ver con Trump. Últimamente todo tiene que ver con Trump. El triunfo de la posverdad se ha convertido en seña de identidad del nuevo siglo: y estamos solo al principio.

 

La Free Library Haskell con la línea fronteriza dibujada que la separa entre Estados Unidos y Canadá.

 

Pero volviendo a lo nuestro. La Free Library Haskell lleva existiendo desde hace muchos años, concretamente, desde 1905: y la razón de haber ganado popularidad se debe al hecho insólito de ser la única biblioteca del mundo que se encuentra sobre la frontera entre dos países: Estados Unidos y Canadá. Según las leyendas locales los inspectores encargados de dibujar la línea debieron hacerlo una noche de borrachera: solo así se explica la zigzagueante sutura que separa a la población estadounidense de Derby Line (Vermont) de la población canadiense de Stanstead (Quebec). Durante décadas se consideraron una sola ciudad, pero el furor fronterizo estadounidense post 11-S, ha hecho que la idílica convivencia se vea comprometida.

Durante los últimos 15 años ha ejercido sin problemas como biblioteca transnacional. Por la que, tanto norteamericanos como canadienses, pueden deambular sin pasaporte. Una simple línea de cinta aislante, en mitad de las salas, es la que marca la línea que separa ambos países.

¿Qué números de la CDU (bueno allí del sistema Dewey) caerán a un lado u otro de la frontera? Solo por fastidiar: todo lo relativo a cambio climático y feminismo debería caer del lado de Trump; y todo lo relativo a telegenia y aperturismo del lado de Trudeau. Clasificación política-contestaria: una variación de esa justicia poético-bibliotecaria de la que ya hablamos.

 

Un bebé lee su cuento sobre la línea que marca la frontera entre los dos países a los que pertenece la Free Library Haskell. (Foto de Stan Grossfeld/The Boston Globe) 

 

Pero ¿qué es una frontera sin delito? La noticia más reciente en torno a la Haskell Free Library tiene como protagonista a Alexis Vlachos que acaba de ser condenado a 20 años de prisión. Su delito: el contrabando de 100 armas de fuego desde los Estados Unidos hasta Canadá. Y su cómplice: la biblioteca.

Bien, como titular sensacionalista valdría, pero en este caso contraviniendo los mandamientos de la posverdad vamos a ser algo más rigurosos. Fueron los compinches del tal Alexis los que aprovecharon los aseos de la zona franca, que es la biblioteca, para depositar las armas. De ese modo, el detenido, solo tuvo que acudir como un amante más de la lectura al centro y retirar tranquilamente el alijo saliendo por la puerta que daba a Canadá. Si hecha la ley, hecha la trampa: hecha la frontera, hecho el delito.

 

Una usurpación inmoral del término biblioteca: la armería estadounidense Gun library.

 

En Escocia llevan tiempo queriendo dibujar con un trazo mucho más fuerte la frontera con el Reino Unido: pero tras el último referéndum del 2014 parece que pasará algo de tiempo antes de que se retome la cuestión. Y ha sido en su capital, Edimburgo, donde se ha fundado la denominada Biblioteca de los errores. Un buen nombre. El origen: la crisis económica desatada a partir del 2008. Los responsables de la biblioteca se basan en la idea de que “la gente inteligente sigue haciendo cosas estúpidas“. Totalmente de acuerdo. Un lema polivalente tan aplicable a las circunstancias que estamos viviendo que no hace falta señalar ninguna: destacan por sí mismas. Pero que en el caso de la biblioteca escocesa se centra en los errores cometidos por los economistas y sus “fórmulas mágicas” para sortear la crisis.

Sean Connery con kilt y en la biblioteca: solo falta el whisky para completar el cuadro.

Con cerca de 2.000 libros: la Biblioteca de los errores nace con el propósito de que no repitamos las mismas equivocaciones (ambiciosos que son los del kilt). La colección reunida espera servir como aviso para próximas generaciones de economistas. Desconfían de la falsa objetividad que promete la aplicación de algoritmos económicos; y apuestan por ofrecer una visión más panorámica a los universitarios gracias a los libros.

Pero más allá de la economía, no estaría nada mal que después de cada desastre provocado bien por economistas, políticos, empresarios, periodistas, militares o cualquier otro colectivo humano: se fundara una biblioteca de los errores. ¿Serviría de algo? Probablemente no. Las fronteras mentales que nos creamos son mucho peores que la línea que divide la biblioteca medio canadiense-medio estadounidense del principio. ¿Quién fundará la biblioteca de los errores de nuestro país? Como le decía su padre al William Wallace interpretado por Mel Gibson en Braveheart: “es la inteligencia la que nos hace hombres“. Y siguiendo esta máxima literalmente, y aún contradiciendo a The Weather Sisters: ni llueven hombres, ni mujeres.

 

 

Si acaso no ya en los humanos, sí que cabe albergar alguna esperanza en sus invenciones: como las bibliotecas. Si la canadiense se autoproclama Biblioteca Libre de Haskell: el movimiento de las little free libraries, sin tanta repercusión, sigue su discreta pero imparable invasión global superando fronteras. La última a raíz de la iniciativa de un liceo en Calabria. Las palabras del discurso que pronunció el día de su inauguración el presidente del liceo resultan perfectas para cerrar este texto sobre bibliotecas, fronteras, errores y libertad: “tenemos el deber […] de salir de nuestras fronteras y dar paso a la construcción de una ciudadanía activa y participativa que encuentre en los libros, y en la difusión de la cultura, las herramientas prácticas para el crecimiento.” Brindemos por ello.

 

Vicios privados, públicas virtudes…bibliotecarias

 

En una biblioteca de Zaragoza la policía detuvo a un usuario que desde hacía tiempo se dedicaba a fotografiar piernas de mujeres bajo las mesas de estudio. La actitud sospechosa detectada por la que iba a ser la próxima retratada llevó a la detención del voyerista. No podemos saber si el mirón habrá visto la película japonesa Love Exposure (2008) pero su modus operandi así podría indicarlo.

 

Una de las surrealistas escenas de Love exposure (2008) de Sion Sono

 

Yu, el inocente adolescente protagonista de este delirio en celuloide, abrumado por la estricta educación católica de su progenitor: decide darle la razón a su padre y ser un pecador en toda regla. Para ello se somete a un duro entrenamiento (la escena de su aprendizaje no tiene desperdicio) para ejercer como fotógrafo ninja de panty shots. Es decir: fotos robadas de la ropa interior de las chicas. Su gran pericia y destreza lo convierten en toda una celebridad. Y hasta aquí podemos contar de una cinta de culto de la que es difícil hacer spoiler: tal es el grado de disparate que alcanza su trama.

Las deliciosas portadas vintage de temática bibliotecaria. La notación Dewey (sexualidad) y el texto lo dejan claro: “Todos en la biblioteca tenían su número”

 

Pero volviendo a Zaragoza, salvo la noticia puntual en la crónica de sucesos, es difícil que el émulo maño del héroe de Love exposure llegue a alcanzar fama alguna. Se quedará como un incidente nimio que desde luego no es extraño al mundo bibliotecario.

Los mirones de biblioteca son una especie habitual. Lo que sorprende es que a estas alturas algo propio de la España del landismo siga practicándose. Pero allá cada uno con sus fetichismos y vicios: siempre que no atenten a la intimidad ajena (como en este caso) que cada uno los lleve como pueda.

Pero no va tanto de vicios de los usuarios este texto como de los vicios (algunos involuntarios, otros no tanto) en que incurre en ocasiones la profesión.

 

Job Webb ha ejercido diversas responsabilidades en bibliotecas del ámbito universitario londinense. En la reunión de 2016 de la Academic and Research Libraries Group presentó una ponencia bajo un título sugerente: Los siete pecados capitales de la biblioteconomía. Algunos a los que hacía mención se pueden extrapolar a cualquier tipo de biblioteca:

  • centrarse en las necesidades de las bibliotecas o bibliotecarios y no en la de los usuarios
  • falta de actualización y de desarrollar aprendizajes (o dicho con otras palabras: apoltronarse)
  • exceso de escrúpulo a la hora de aplicar las reglas e inflexibilidad en general.

No vamos a cargar a la profesión bibliotecaria, en exclusiva, con unos pecados que fácilmente se pueden encontrar en muchas otras profesiones. Pero sí cabe añadir otros que, en algunos casos, revisten la categoría de capitales. Podríamos enumerarlos directamente: pero ¿qué necesidad hay de “hacer amigos” si podemos recurrir al testimonio de los propios pecadores?

De 2013 a 2015 estuvo activa la cuenta de Tumblr: Librarian shaming (Vergüenzas bibliotecarias). En este blog, profesionales de bibliotecas, confesaban los pecados de pensamiento, palabra, obra y omisión que cometían en su día a día laboral. Quedaría bien decir que lo hacían en acto de contrición: pero lo cierto es que, en la mayoría de los casos, no se detectaba propósito de enmienda alguno. A las pruebas (en forma de texto y fotos) nos remitimos.

 

No tengo ningún deseo de leer cualquiera de los libros de Harry Potter!

 

“Algunas de nuestras políticas de préstamo de la biblioteca son una mierda completa, así que cuando un usuario necesita algo que se supone no se puede prestar (por ninguna razón legítima discernible) lo modifico y lo presto de todos modos. Que le jodan al hombre y sus espeluznantes políticas de exclusión.” 

 

Robo la mayoría de libros digitales que leo.

 

 “Voy a los rincones aislados de la biblioteca para ventosear mientras ordeno estanterías”

 

“Soy bibliotecario infantil y odio las canciones infantiles”

 

Mis libros SIEMPRE ESTÁN SOBREPASADOS (incluso mis préstamos interbibliotecarios)

 

“Admito que estoy celoso cuando el jefe y algunos de mis compañeros salen de marcha por los clubes y nunca me invitan.”

 

“Si un usuario llega cuando quedan minutos para cerrar la biblioteca preguntando si tenemos cierto DVD, hago como que lo busco, y le digo que está perdido. Los DVD no tienen una ordenación concreta y me niego a esperar que lo busque mientras yo espero. Han tenido el resto del día para venir, que respeten mi horario. Bastante mal pagado estoy para el tiempo que trabajo.”

 

Prefiero leer libros digitales que libros en papel. Amo mi Kindle

 

“En ocasiones estoy jodidamente aburrido en mi biblioteca. Soy el jefe”

 

Latigazo, el bibliotecario!

En esta pequeña muestra, hay confesiones que pueden considerarse pecados veniales, otras en cambio, ni siquiera faltas. Cada uno, según su sentido de la moral, clasificará a unas u otras en la correspondiente categoría: pero hay dos que deberían clasificarse como capitales sin medias tintas. Es difícil pensar en penitencias cuando cuesta creer en el concepto de pecado: pero en estos casos ejerceríamos, sin dudarlo, de jueces aplicando gustosos las condenas.

La bibliotecaria, que oculta tras un lector de libros electrónicos, reconoce recurrir a la piratería para sus lecturas; y el director de una biblioteca que se queja del “jodidamente aburrido” trabajo en su biblioteca.

No vamos a ser hipócritas: en los albores de las descargas de contenidos digitales, quien más, quien menos, incurrió, bien por obra u omisión (esa música, esa película, ese libro que nos pasa un amigo, y sobre el cual, no preguntamos la procedencia) en descargas ilegales. Pero a estas alturas de la película: el bibliotecario que no haya comprendido que los intereses de los creadores y de las bibliotecas van de la mano (y viceversa): es un tarado o le importa bien poco la cultura para la que se supone trabaja. Y respecto al segundo pecado capital, ser jefe de una biblioteca y aburrirse, tiene fácil solución: dimitir. No más bibliotecarios jurásicos desgastando poltronas: para eso ya tenemos a los políticos.

 

Un libro como escondite para los vicios: en este caso el de la buena lectura y el del buen whisky,

 

En 2015 dejó de funcionar el blog y no por falta de pecadores. En la declaración de intenciones sus creadores manifestaron su deseo de convertirlo en un foro divertido en el que los bibliotecarios, anónimamente, desvelaran sus pequeños vicios y así obtener la conmiseración de sus colegas. Y ese es el espíritu que se detecta en sus inicios, pero en los años que van del 2013 al 2015 (con el discurso hater afianzándose cada vez más en las redes sociales) se empieza a advertir en algunas confesiones: una desidia, cuando no directamente un desprecio, hacia las bibliotecas que hizo que la diversión se esfumase.

El triunfo de la sinceridad como valor supremo, en esta época “desilustrada” que estamos viviendo, junto al anonimato: puede que tuvieran mucho que ver con su extinción. La mala educación, la falta de pericia en el manejo inteligente de la ironía, la pose descreída confundida con perspicacia: son los componentes de esa nueva sinceridad, que se blande como una virtud, cuando no es más que una muestra de inseguridad, grosería y pereza mental. Y de este modo el divertido confesionario digital de Librarian shaming iba camino de convertirse en un escupidero.

El extinto (en papel) suplemento “Tentaciones” de “El País” incluye El manual del hater que, en este caso con gracia, explota la tendencia que arrasa en las redes. La sección se encabeza con la frase “Cómo odiar correctamente a…” y en la diana, tras esos puntos suspensivos, se sitúa algún tema que cotiza alto en la escala de valores cool para ser machacado a conciencia. Dada la buena consideración que, en general, parecen tener las bibliotecas para la cultura hipster no estaría de más que un día, tras esos puntos, situasen a las bibliotecas/bibliotecarios antes de pasar el relevo a la siguiente tribu cultureta.

 

Cigarrillos de marihuana escondidos en un libro en la década de los 40.

 

Pero un ejemplo de que no hace falta abusar de la ironía, ni de la sinceridad como eufemismo de grosería para dejar en evidencia a los hipócritas: lo dio hace unos meses la bibliotecaria estadounidense Margaret Howard en un tuit. Fue con ocasión de la celebración de la National Library Week que Ivanka Trump, relaciones públicas del patán de su padre, quiso ensalzar a las bibliotecas y bibliotecarios por su contribución al conocimiento y el aprendizaje: y una vez más la verdad a secas, que no posverdad, sirvió para desarmarle la pose.

 

Esta Semana Nacional de las Bibliotecas, nosotros honramos a nuestras bibliotecas y bibliotecarios por abrirnos los ojos al mundo del conocimiento, el aprendizaje y la lectura!

Tu padre quiere recortar todos los fondos federales pero gracias por el tuit. #SaveIMLS (Salvemos al Instituto de Servicios Bibliotecarios y Museos)

 

Dada la poca sutileza de los tiempos que corren: ahora, igual que siempre, el antídoto contra la hipocresía no es el mal uso de la sinceridad sino el ejercicio de la libertad de pensamiento. Y para terminar, un vicio que se hace virtud en este blog: acabar con música.

Los protagonistas del magnífico vídeo que el colectivo de realizadores franceses Megaforce ideó para el tema Sacrilege del grupo Yeah, Yeah, Yeahs: encajarían a la perfección en el tipo de votante que ha aupado a Trump al poder. Pero lo cierto es que fue rodado en plena era Obama. Con un cierre así sobran puntos suspensivos en los que escribir lo que hay que aprender a odiar correctamente.

 

Sexo, drogas y tejuelos. Cara B

 

“De la piel para dentro empieza mi exclusiva jurisdicción. Elijo yo aquello que puede o no cruzar esa frontera. Soy un estado soberano, y las lindes de mi piel me resultan mucho más sagradas que los confines políticos de cualquier país.”

 

Esta frase tan reivindicativa de Antonio Escohotado que hasta dio pie a una canción y que luce en tantos blogs y comentarios en redes que buscan proclamar la soberanía personal: resulta de lo más procedente para posar la aguja sobre la Cara B, de este vinilo en forma de post, que iniciamos la semana pasada.

Si en la Cara A nos centramos en el sexo, o más exactamente en la necesidad de reivindicar/rescatar al erotismo desde la cultura a través de las bibliotecas: en esta cara nos centramos en el segundo elemento de la tríada: las drogas.

Heroin, be the death of me
Heroin, it’s my wife and it’s my life
(Heroína, sé mi muerte
Heroína, es mi esposa y es mi vida)

 

Detalles del libro Rolling Words, un libro con una selección de las mejores letras del rapero Snoop Dogg, confeccionado en cáñamo. Las hojas de papel de fumar y el lomo permitían convertir las letras del rapero en cargados “petas” con los que acompañar la escucha de sus temas.

El propio Escohotado colaboró en los 80 a la confusión general que se generó en torno al consumo de drogas participando en algunos programas de televisión. Intervenir en programas en los que se abordaba la droga como problema social, con madres de drogadictos desesperadas en plató: no fue la decisión más inteligente si lo que pretendía era hablar del consumo de drogas desde una óptica antropológica y como una expresión de libertad personal.

¿Ha evolucionado mucho el debate sobre las drogas tras el sensacionalismo con que se trataba allá por los 80? En realidad no. Las opiniones sobre penalización o legalización siguen polarizando el debate social; y el tráfico de drogas sigue generando pingües beneficios y provocando un goteo incesante de muertes. Abordar el asunto de las drogas de manera mesurada en estas circunstancias: sigue siendo una quimera. Y no deja de resultar paradójico cuando precisamente uno de los conceptos que la discusión pública sobre las drogas puso sobre el tapete, la adicción, está más presente que nunca.

 

Weiß wie Schnee, Kokain und Kodein, Heroin und Mosambik
(Blancas como la nieve, cocaína y codeína, heroína y Quaalude)

 

Pareciera un titular de broma en El País, pero es real: la Antártida está llena de cocaína.

El libro de Juan Carlos Usó abordando las teorías ¿conspiranoicas? sobre el uso de las drogas por parte del poder para manejar a los disidentes del sistema.

Desde finales del siglo pasado hasta nuestros días, y siguiendo esa necesidad imperiosa que obliga a diagnosticar, tipificar y medicar cualquier conducta: al término adicción le sienta bien todo. Adicción a las compras, al sexo, a la comida, al juego…y así hasta un infinito rosario de dependencias compulsivas entre las que ¿desafortunadamente? que sepamos no se ha incluido a las bibliotecas. En definitiva, cuando las dietas de ansiolíticos están a la orden del día: la tecnología ha llegado para superar cualquier dependencia previa.

No es de extrañar que el apóstol del LSD, Timothy Leary, se volcase apasionadamente durante sus últimos años en la tecnología. Leary murió en 1996 cuando aún faltaban unos años para que Internet irrumpiera con fuerza trastocando esa sociedad que tanto desafió. En la conferencia que dio en el primer Artfutura en Barcelona, allá por 1990, ya planteó la visión de una Humanidad escindida entre la realidad palpable y la virtual. Nunca el término visionario se ajustó mejor a nadie.

La adicción a las pantallas no respeta edades, clases sociales, credos, ni procedencias. Afortunadamente sigue suministrándose la mejor metadona para desengancharse en forma de libros impresos en bibliotecas y librerías. En nuestro ¿primer mundo? parece como si muchos lo desconocieran, pero en otras latitudes: los libros siguen siendo parte del remedio para luchar contra las drogas.

 

They tried to make me go to rehab
But I said “no, no, no” 
(Intentaron llevarme a rehabilitación
Pero yo dije: “no, no, no”)

 

El luminoso cómic Cazador de sonrisas sobre un dentista aficionado al LSD.

En Perú la Biblioteca Nacional se ha involucrado en un plan para inaugurar bibliotecas en las zonas del país tradicionalmente dedicadas al cultivo de la coca. En colaboración con la Comisión Nacional para el Desarrollo y Vida sin Drogas (Devisa) pretenden suministrar de forma permanente información educativa y científica relacionada con las drogas.

Por contraste, más al norte, en la biblioteca de McPherson Square, en Filadelfia, los bibliotecarios han tenido que formarse en la administración de naloxona: el fármaco que se utiliza en el caso de intoxicaciones por opiáceos. La ciudad está siendo invadida por muchos “turistas de la droga”: drogodependientes de otros estados que viajan hasta Filadelfia por la fama que ha alcanzado la pureza de la heroína. Y el lugar preferido para consumirla no es otro que la venerable y centenaria biblioteca y sus jardines aledaños. De rodarse una secuela de la genial serie The Wire ya tendrían nueva localización.

Welcome to Tijuana
Tequila, sexo, marihuana
(Bienvenido a Tijuana
Tequila, sexo, marihuana)

 

Pero la crónica más reciente que liga a libros y drogas nos lleva a la tierra del género musical que menos gracia nos hace: el narcocorrido. Y es que como gritaba imperioso Pancho Villa: ¡Viva México….lectores! Ese podría ser el grito de guerra (pacífica) del librotraficante mexicano Tony Díaz, que hace pocos días ha vuelto a la carretera para demostrar que, por mucha buena novela de Cormac McCarthy que haya al respecto: la frontera entre México y los Estados Unidos es mucho más que territorio de narcotraficantes.

 

 

Las enseñanzas de Don Juan de Carlos Castaneda: un clásico en el uso chamánico y espiritual de las drogas.

En 2012 las autoridades de Arizona decidieron “depurar” de las escuelas y bibliotecas aquellos libros que hacían referencia al pasado mexicano de estados como Arizona, Utah, Texas, Kansas o California. Y de paso también libros que pudieran servir para tomar conciencia sobre el racismo, la etnicidad y la opresión que los mexicanos han venido sufriendo por tener a los norteamericanos como vecinos de arriba.

Tony Díaz (que recibió el galardón Robert B. Downs de Libertad Intelectual concedido por la ALA) se ha convertido en la cabeza visible del movimiento librotraficante: escritores y activistas latinos que distribuyen de forma clandestina los títulos prohibidos entre los escolares, e incluso fundan bibliotecas underground o clandestinas en las que están siempre disponibles los títulos perseguidos.

 

El colorista número de la revista Infobibliotecas dedicado a México.

En los tiempos en que un mandatario (que hasta donde sabemos no actúa bajo los efectos de ninguna droga) pretende erigir un muro que se financie mediante energía solar, al tiempo, que deroga acuerdos que luchan contra el cambio climático: no es de extrañar que el librotraficante se haya tenido que echar de nuevo a la carretera para compensar tanto “mal viaje” como nos depara la actualidad.

Hace unos días una caravana partía rumbo a Tucson: último lugar en el que un tribunal está a punto de dictaminar sobre el futuro de los estudios étnicos méxico-americanos en las escuelas de Arizona. La comitiva efectuará paradas en San Antonio, El Paso, Las Cruces y Albuquerque para organizar fiestas, lecturas y conferencias de prensa.

La raya, la raya
la raya de caballa
esconde la papela
que viene la camella

 

Según un viejo chiste, si Frank Kafka hubiese escrito sobre México o España sería considerado un escritor costumbrista: tales son los dislates que nos caracterizan como países. Por eso entraría dentro de lo lógico que la Iglesia Internacional del Cannabis pudiera tener sede en ambos países: pero ha sido en Colorado donde se ha fundado el primer templo de la religión de los elevacionistas: una religión igualitaria que rinde culto a la marihuana como elemento sacro para llegar al estado sagrado de la felicidad.

 

Nave central de la Iglesia dedicada al culto del cannabis en Colorado.

 

Virgen obra de Fabio McNamara

Desde que Marx declarase a la religión como el opio del pueblo: cada uno le rinde culto a lo que le viene en gana. En nuestro país la superstar (Warhol dixit) Fabio McNamara dejó las drogas (o ellas le dejaron a él) y abrazó con tal fervor la religión que hasta los de Intereconomía TV le mostraron orgullosos como ejemplo de redención (tal cual como una Sara Montiel pecadora reconvertida en monja).

El que no sea adicto a algo que tire la primera china. Nosotros lo tenemos claro. Puestos a elegir optamos por el uso y abuso del LSD. Un LSD que nada tiene que ver con el dietilamida del ácido lisérgico: la equivalencia de las siglas, en nuestro caso, equivale a Leyendo Sin Descanso. Nadie te asegura que no tenga efectos secundarios, y hasta perjudiciales, pero puestos a alterar nuestra mente que sean las bibliotecas nuestros camellos.

 

Una figura tan poco contracultural como Cary Grant se convirtió en un convencido defensor del consumo de LSD en los 60.

 

Y hasta aquí la Cara B del vinilo en forma de post sobre Sexo, drogas y tejuelos. Para el último surco reservamos el tema ideal que debería acompañar a los librotraficantes mexicanos en su peregrinar contra la censura. Ni el punk, ni el heavy, ni la música electrónica, ni el trap puede hacerle sombra a la gran Paquita la del Barrio cuando se trata de cantarles las cuarenta a los tribunales, a los inquisidores y hasta el mísmisimo Trump si se tercia.

Si McNamara cantaba junto a Almodóvar aquello de: “amor de rata, amor de cloaca“, Paquita pone los puntos sobre la íes a las ratas de dos patas que en el mundo son. Y que cada cual se la dedique a quien mejor le venga.

 

Mi opinión de mierda: bibliotecarios bajo el influjo

Ilustración del blog Atroz con leche

 

Hay canciones cuya capacidad de apropiación las convierte en clásicos instántaneos. Es el caso de My way que lo mismo vale a un demócrata que a un republicano; o A quién le importa que lo mismo le sirvió al efímero partido político de los jubilados en los años 80 que al desfile del orgullo gay.

No se puede decir que ninguno de los temas del grupo Los Punsetes haya alcanzado ese nivel de popularidad (contravendría por otra parte su perfil indie), pero la letra de su tema de hace dos años Opinión de mierda: no deja de ganar vigencia conforme pasa el tiempo.

“España necesita conocer tu opinión de mierda, la gente necesita que le des tu opinión de mierda”

Durante mucho tiempo, tertulianos, famosos, contertulios, políticos (sobre todo políticos) y demás bendecidos por el foco mediático: peroraban sobre las cuestiones más peregrinas. Hasta que llegaron las redes sociales y ahora todos (o casi todos) pensamos que nuestra opinión le interesa al resto del mundo.

Ya se sabe el tópico: en España todos sabemos de política, fútbol, cine, libros (bueno no, hablar de libros en nuestro país, como decía Houellebecq, puede provocar incómodos silencios) así que el territorio estaba bien fertilizado.

Uno de los muchos ejemplos es el portal Filmaffinity. La valoración inicial de una película por parte de la crítica profesional puede ser ensalzarla o repudiarla; pero una vez se estrena: la puntuación fluctuará según la reseñas que añadan los internautas con ínfulas de críticos. Pasados unos meses puede que el contraste entre la crítica profesional y la puntuación obtenida sea abismal. Y en la siguiente captura de pantalla puede comprobarse en el caso de la que fue proclamada como una de las mejores cintas del 2016.

 

La excelente Elle (2016) de Paul Verhoeven arrancó en Filmaffinity con una valoración por parte de la crítica especializada que rozaba la categoría de obra maestra. Tras las reseñas de los internautas se ha quedado con un 6’7.

 

“un arte sujeto al escrutinio de la mayoría sólo puede dar como resultado ramplonería y superficialidad” (del ensayo: La musa venal. Producción y consumo de la cultura industrial de Raúl Rodríguez)

 

Lo paradójico en cualquier caso es que mientras se derriban pedestales, muchos de esos émulos de críticos/comentaristas/opinadores en versión bloguera, tuitera, facebuquera, youtubera o instagramera (¡vaya! hay anglicismos que mejor no españolizarlos) sueñan con llegar a ser eso que se ha dado en llamar influencers.

Una figura en la que priman según glosa en su interesante blog la publicista y experta en marketing digital y redes sociales, Fátima Martínez, cualidades tales como: la “autenticidad” (¿cómo se medirá eso?), la originalidad, la cercanía, la gracia/desparpajo, y sí, también: la calidad de sus contenidos.

 

 

¿Y los bibliotecarios y las bibliotecas bajo que influjo se sitúan en mitad de todo este trasiego? Pese a lo que pueda parecer la figura del bibliotecario sigue teniendo un prestigio que explotan algunos de los que aspiran a ese título oficioso (pero muy rentable, véase el caso de los youtubers) de influencer (micro o maxi aquí el tamaño no importa). Pero, ¿tienen alguna posibilidad los bibliotecarios para que se les reconozca como tales en el mundo digital?

 

En 1953 Christian Dior acorta las faldas y monta una revolución en el mundo de la moda. Es uno de los episodios que se recogen en el cómic con apuntes biográficos sobre el mítico diseñador. Si hay un mundo en el que los anglicismos y los influencers proliferan sin medida ese es el de la moda.

 

En la Wikipedia a los redactores se les ha denominado “bibliotecarios” desde sus inicios. Y tan bien les ha ido usando esta terminología que hasta han terminado por llevarse a los propios bibliotecarios a su terreno.

Hace unos días Eli Ramírez nos hablaba en Biblogtecarios de la campaña anual de la Wikipedia dirigida a bibliotecarios #1Lib1ref. Una iniciativa que los integrados (según la terminología patentada por Umberto Eco) verán como una manera de reconocer la autoridad intelectual de los bibliotecarios en el mundo digital; pero que los apocalípticos pueden interpretar como venderse al enemigo.

Pero no es la Wikipedia el único caso de una apropiación que implique, más o menos, un reconocimiento al valor de la profesión. En la agencia de inteligencia estadounidense, CIA, al personal encargado de rastrear internet, sobre todo las redes sociales en busca de posibles enemigos del país: les bautizaron como “los bibliotecarios vengativos”. No sabemos hasta qué punto suena esto halagador. Por una parte no dejan de ser unos cotillas cibernéticos, y por otra, tanto espiar cuentas ajenas como prevención y al final tienen al enemigo en casa (blanca para más señas).

 

“Sabes que se trata de un desastre cuando los bibliotecarios empiezan a protestar” rezaba esta divertida pancarta en la reciente Marcha de las Mujeres contra Trump

 

¿Se podría hablar entonces de los bibliotecarios como influencers? Sería forzar la cosa un poco pero antecedentes, al menos colectivos, existen.

Fue en 2001 cuando el cineasta de documentales Michael Moore publicó su libro Estúpidos hombres blancos. Los intentos de censura por el ataque directo de Moore al gobierno de Georges Bush Jr. tras el atentado de las Torres Gemelas: no se hicieron esperar. Y ¿quién consiguió que no llegaran a buen puerto?

¡Shhhhh! Las bibliotecas son radicales

 

 

Ann Sparanese, bibliotecaria en Nueva Jersey inició una campaña contra estos intentos de censura a la que fueron sumándose más y más bibliotecarios. Tantos fueron, que el FBI terminó hablando de los “bibliotecarios militantes radicales”. Dieciséis años después, los bibliotecarios estadounidenses ya se están movilizando para combatir la tristemente célebre posverdad que tanto gusta a los nuevos populismos.

Con personajes como Donald Trump, Marie Le Pen, Vladimir Putin, Nigel Farage o Boris Johnson se está abonando bien el terreno para que surja todo un frente bibliotecario de resistencia. Mientras esto llega calificar a un bibliotecario de influencer quizás resulte un tanto excesivo. Pero no dentro del mundillo profesional.

 

Muro de libros en la Biblioteca Regional de Murcia con motivo de una reciente exposición sobre los campos de refugiados

 

Mucho antes de que existiera todo este guirigay de las redes, profesionales como Carme Fenoll (de desagradable actualidad estos días) influyeron en todo bibliotecario inquieto con sus célebres 50 ideas para sorprender desde la biblioteca pública. Años después tuvo la generosidad de compartir desde este blog un decálogo bibliofílico que surgió de un viaje a Nueva York. 

 

 

Aquel inspirador manifiesto dejó claro que el mejor influjo bajo el que podían situarse los profesionales era el de la innovación, el de la creatividad. Y precisamente desde el país que hace dos años visitaba Fenoll, nos llegan ahora los recién otorgados Premios Bibliotecarios de Innovación que concede, cada dos años, la editorial Penguin Random House en el marco de la Reunión de Invierno de la American Library Association.

En esta edición, en la que se reconoce a bibliotecarios con nombre y apellidos, por “transformar sus comunidades mientras fortalecen el tejido social y cultural de nuestro mundo” como dijo en su discurso el representante de la editorial, se llevan los sustanciosos premios metálicos bibliotecarios y proyectos tales como:

 

  • Kay Marner, que desarrolla desde la Biblioteca Pública de Ames (Iowa) un programa para enseñar a los padres cómo facilitar el desarrollo del lenguaje de los niños menores de tres años: se hizo con el primer premio
  • Janet Brown, de la Biblioteca Pública de Windsor en Ontario, fue finalista con un programa para formar líderes/mentores adolescentes.
  • Syntychia Kendrick-Samuel, jefa de servicios para adolescentes en la Biblioteca Pública de Uniondale (Nueva York) fue otra de las finalistas con un programa para el empoderamiento académico de los adolescentes.
  • Jessica Link que ni siquiera está en plantilla en la Biblioteca Pública de Cedar Rapids (Iowa), pero que desde su condición de voluntaria: montó un reto de lectura intergeneracional para el verano en el que implicó a toda la comunidad.

 

Decíamos en Esto no es Hollywood: palmarés de biblioteca que ya podíamos ir tomando nota en nuestro país de cómo saben venderse, revalorizarse y promocionarse los norteamericanos. Aunque viendo las reacciones tan viscerales y rabiosas que los Goya provocan en algunos sectores de nuestra sociedad: no sabemos si resultaría contraproducente. Y ya que arrancamos el texto un punto escatológicos y musicales, será cuestión de clausurarlo similar.

Todos podemos tener una opinión de mierda por mucho que creamos que lo que decimos suena interesante. Siempre habrá alguien para quien lo que formulamos no sea más que una obviedad, una chorrada, una frase de todo a un euro envuelta en celofán digital. Pero tampoco hay que preocuparse mucho: tener haters es casi la primera norma para llegar a ser un día un influencer.  Disfrutemos pues, sin complejos, de las opiniones de mierda que repasaban los Ojete calor en su tema 0’60. 

 

 

Estadística creativa para bibliotecarios soñadores

 

Como cada año el informe de la Federación del Gremio de Editores sobre la lectura en nuestro país ha sido noticia. Una vez más los porcentajes estadísticos que proporciona han dando pie a titulares y análisis que van camino de convertirse en toda una tradición, algo así como las crónicas que cada 22 de diciembre se emiten sobre los ganadores de la lotería (pero a la inversa, donde allí hay alegría, aquí siempre hay decepción). Pero ya sabemos por los políticos que a las estadísticas se las hace decir lo que uno quiere; así que no vamos a darle más vueltas al asunto, bastante se ha hablado ya. Es preferible fijarse, cual manual de autoayuda, en historias ejemplarizantes que nos eviten cualquier asomo de abatimiento bibliotecario.

 

 

La magia de los números en esta calculadora japonesa de 1962.

Porque seamos sinceros, ¿qué bibliotecario en un momento de debilidad, o mejor, de duda: no ha pensado en dejarse llevar por la creatividad al rellenar los formularios de Alzira del Ministerio?, ¿quién ante el insondable misterio de toparse con que el número de ejemplares difiere según la búsqueda en el programa se haga de una forma u otra: no ha optado por quedarse con la cifra que mejor le cuadra con el resto?

Que tire el primer tejuelo aquel o aquella (y lo sentimos pero esto no es lenguaje inclusivo, es simplemente un redoble de tambor para dar más peso a lo que sigue): que no ha tirado por lo alto o por lo bajo en: número de usuarios-actividades-ejemplares-servicios… cuando le ha interesado para engatusar al político de turno, o dar lustre en los medios a su biblioteca.

Por eso empatizamos en el delito con el responsable de la Biblioteca del Condado de East Lake (Florida), George Dore, y su auxiliar de biblioteca, Scott Amey. Porque en Infobibliotecas nada de lo bibliotecario no es ajeno.

 

Se acerca uno de los momentos del año “favoritos” para muchos bibliotecarios: hacer las estadísticas y rellenar el formulario de Alzira del Ministerio.

 

Chuck Finley, así se llamaba el usuario tan, tan asiduo de la Biblioteca de East Lake que él solo se había prestado un total de 2361 libros en poco más de nueve meses. Si Agatha Christie leía unos 200 libros anuales, Theodore Roosevelt uno al día, y la bibliotecaria Harriet Klausner unos 6 al día (“Si un libro no me interesa cuando llego a la página 50, dejo de leerlo” arguyó para defenderse de los incrédulos) según relataba un artículo de BBC Mundo: Finley debería figurar en alguna categoría del Libro Guinness. La única pega es que el tal Finley nunca ha existido, al menos físicamente como usuario de la Biblioteca de East Lake. Pero todos sus datos, incluido su nutrido historial de préstamos, constaban en la base de datos de la biblioteca hasta hace bien poco.

En la red de bibliotecas del Condado de Lake, se distribuyen los fondos atendiendo a la demanda; de tal modo, que si pasado un determinado periodo algún título no alcanza los préstamos necesarios se retira de la circulación. Un criterio salomónico que no distingue entre best seller del momento y clásicos literarios.

 

En El invisible Harvey (1950) James Stewart interpreta a un hombre encantador, siempre dispuesto a ayudar a los demás. Su única peculiaridad es que siempre va a acompañado de un conejo gigante que sólo él es capaz de ver. Su familia decide ingresarlo en un psiquiátrico. 

 

El Chuck Finley real, estrella del béisbol desde 1986 a 2002. 

Tanto para George Dore, como responsable de la citada biblioteca, como para su auxiliar Scott: este expurgo implacablemente estadístico les suponía un suplicio. Y cual doctores Frankenstein decidieron crear al usuario de biblioteca ideal. Un voraz lector cuya compulsión permitía salvar a muchas de las obras en las que nadie reparaba. Que su nombre, Chuck Finley, coincidiera con el de un jugador de béisbol jubilado que durante 17 años desarrolló su carrera en la liga mayor: fue algo completamente accidental (o no).

Pero este celo bibliotecario desmedido no ha servido de atenuante para el despido del bibliotecario. La investigación que ha originado, como tanto gusta decir a determinados políticos: puso en marcha la máquina del fango y salpicó a toda la red. Dore arguyó en su defensa que otras bibliotecas de la red también tenían carnés institucionales o “dummies” (tontos) para “salir favorecidas” en las estadísticas. Toda una intriga bibliotecaria que en manos de un guionista talentoso podría convertirse en película hollywoodense.

 

Theodosia Burr Goodman reinventada como la fascinante Theda Bara.

 

Theda Bara como Cleopatra

Y también en el este de los Estados Unidos, pero en 1914: Theodosia Burr Goodman dejó atrás su ciudad natal para inventarse una identidad, o mejor dicho, para dejar que se la inventasen. Pese a que ya había cumplido los 30, una edad peligrosa para una aspirante a estrella: un estudio de la meca del cine la reinventó para fascinar al público.

De repente, Theodosia pasó a llamarse Theda Bara, dejó de ser la hija de un comerciante judío de Cincinnati para ser la hija de una concubina egipcia y de un artista francés, nacida en el Sáhara, y sacerdotisa de oscuros rituales del Oriente.

Ella fue la primera vamp, la primera estrella prefabricada, la mujer fatal que venía a distraer las mentes de las macabras estadísticas de bajas en el frente que llegaban de un mundo sumido en la Primera Guerra Mundial. Con biografías tan encantadoras, ¿a quién le importaba la verdad?

Theda evoca un tiempo de cartón piedra, de mentiras inocentes que se hacen verdades aceptadas con las que poder fantasear. Eran tiempos convulsos, como el nuestro, pero Theda hoy sólo sería una sex symbol en países pobres, aquí en el primer mundo, su exuberancia carnosa sería un insulto. La capacidad de fabulación nos ha adelgazado, casi tanto como las modelos de pasarela. Y mientras tanto, los egos engordan y engordan con las grasas saturadas de las redes sociales.

 

El lugar de los hechos: la humilde biblioteca de East Lake.

 

Ante este panorama, ¿quién puede reprocharle a George y Scott que hayan ideado al usuario de biblioteca perfecto? Cuidado que nadie nos vaya a acusar de incitar al “maquillaje estadístico”. Simplemente es que en un mundo en el que triunfa la posverdad (aquí mismo acuñamos la posverdad bibliotecaria hace poco), en una época en que el fingimiento ha alcanzado el paroxismo, entre tanta mentira dañina: algo de inocencia, o al menos de ilusión (por aquello de no bajar la guardia) se está haciendo tan necesaria como una conexión wifi.

Por eso, desde aquí eximimos de toda culpa a esos dos pícaros estadísticos, a estos fabuladores que hicieron que los índices de lectura de su modesta biblioteca llegasen a la cuarta base gracias a Chuck. Todos necesitamos soñar, lo está dejando claro el éxito arrollador de una película como La, la, land (La ciudad de las estrellas): un musical que remite a ese Hollywood ingenuo y feliz que arrancaba con Theda. En definitiva, lo que han hecho George y Scott, no ha sido otra cosa que ponerle algo de música a las frías y asépticas estadísticas de bibliotecas.

 

La, la, land (La ciudad de los sueños) arrasando entre crítica y público por ofrecer una historia romántica y sencilla en medio de una época cínica.

 

En el último número de la revista Infobibliotecas, Mariate Alonso le ha puesto música a este invierno reuniendo algunas de las canciones que se han dedicado al mundo de las bibliotecas; y nuestro compañero Héctor Fouce (que tan excelentes maridajes crea, en cada número, entre libros, música o películas) las ha seleccionado en una lista de reproducción de Spotify que se puede disfrutar pinchando aquí. Es lo propio, concluir con música la crónica de un fraude que resulta de lo más cándido visto el panorama.

Si La, la, Land ha llegado de Hollywood para mitigar las oscuras nubes que se ciernen sobre el 2017: hace dos años el grupo Verkeren insuflaba alegría en vena con su tema Laberinto. Pura inocencia y optimismo naíf para unas coreografías bibliotecarias, tal vez menos cool que las de Ryan Gosling y Emma Stone, pero más asequibles para bibliotecarios soñadores.

 

Posverdades bibliotecarias

 

En el recién finiquitado VIII Congreso de bibliotecas públicas sólo sonó una vez en el auditorio de Toledo; pero era algo casi inevitable que la palabra que el Diccionario Oxford ha elegido como palabra del año: estuviera presente de algún modo en el encuentro. Es el primer logro de Donald Trump, incluso antes de llegar a ser presidente, y ni siquiera lo ha inventado él: la posverdad (post-truth).

 

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Mark Zuckerberg ha anunciado siete medidas para evitar la proliferación de bulos en su red social

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El fantástico documental de Welles sobre el falsificador Elmyr de Hory: la mentira hecha arte.

 

Tan sólo hace dos posts hablábamos de Una verdad (bibliotecaria) incómoda, pero ahora recurrimos a la posverdad que es mucho más cómoda, confortable y acogedora para quienes estén dispuestos a aceptarla, y un infierno para el resto.

Nadie podrá negarle al del peluquín que pese a un look al que ni siquiera se le puede adherir lo de viejuno (su estética va más allá): ha sabido rentabilizar como nadie el espíritu que redes sociales y demás medios digitales han ido fraguando durante estos años pasados.

 

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La futura biblioteca presidencial del cuadragésimo primer presidente de los Estados Unidos

 

Pero no vamos a ponernos a analizar la figura de Trump. Inevitablemente es algo que va a ser omnipresente a partir de ahora; pero como es lógico sí que estaremos pendientes de lo que su irrupción va a suponer para el mundo bibliotecario. En Esta biblioteca mata fascistas nos reíamos pensando en una futura biblioteca presidencial Donald Trump, y la sonrisa se nos congeló en la boca. (¡ZAS! en toda la boca que dirían los millenials). Un primer indicio, una primera pista, nada sorprendente por otro lado, pero que hay que consignar: han sido las declaraciones de la periodista de la cadena FOX (que tanto ha hecho por aupar a Trump) Greta Van Susteren en las que sostenía que ya no es necesario construir más bibliotecas.

 

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La periodista de Fox entrevistando a la próxima primera dama de los Estados Unidos; rodeada de unos dorados que para sí quisieran en el programa Los Gipsy kings.

 

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El maravilloso Pinocchio de Winshluss, extraviado en un  mundo corrompido de mentiras.

Ok. Si no puedes con el enemigo no te unas a él: mejor estúdialo, detecta cuáles han sido las razones de su éxito y úsalas a tu favor. Si el brexit, Trump y tantos otros inquietantes movimientos han consagrado la posverdad, no nos resistamos a la corriente, aceptémosla sin complejos e inventémonos titulares machacones que saturen los medios.

Por ejemplo que por cada euro invertido en bibliotecas se da un retorno de la inversión de 3,49 euros a la sociedad; o que las bibliotecas ayudan a combatir las desigualdades y colaboran en la integración de colectivos con riesgos de exclusión; o que según recientes estudios científicos la lectura aumenta la esperanza de vida, además de reportar otros beneficios para nuestra salud.

Pero un momento…, la falta de pericia en esto nos está jugando una mala pasada. Todo lo enumerado no son posverdades, sino verdades a secas sin necesidad de prefijo alguno. Mejor ensayamos de nuevo a ver si atinamos más:

 

¿Qué tal lanzar la noticia (sustentada en el estudio de alguna universidad de exótico nombre) de que la concentración de pulpa en las bibliotecas genera una condensación atmosférica que contrarresta el cambio climático compensando la deforestación?

 

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Instantánea del montaje de una exposición del pintor hiperrealista Ran Ortner, centrada en el océano. Parece toda una metáfora de lo que le espera al medio ambiente si Trump cumple su negación del cambio climático. 

 

¿o que el hecho de que las víctimas de violencia de género vivan cerca de una biblioteca aminora el riesgo de ser agredidas por sus exparejas; o que la presión fiscal afecta en menor grado a ciudadanos de países con redes bibliotecas potentes; o que el flujo migratorio es absorbido positivamente por sociedades dotadas de buenos servicios bibliotecarios, evitando la radicalización de sus miembros?

 

Mejor no sigamos que a algunas de estas posverdades está a punto de caérseles el prefijo de lo bonitas que suenan. Muchas de ellas están basadas en los asuntos con que mejor han sabido manipular estos nuevos populismos versión 2.0. A aquellos que se resisten a crearse ideas propias y prefieren que otros piensen por ellos. ¿Hay que culparles? El mundo se ha vuelto demasiado complejo, para todos sin excepción, de ahí que la gente prefiera soluciones fáciles. Y quien esté libre de pecado que tire el primer tejuelo.

 

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¿Acaso el gremio bibliotecario no buscaba también respuestas sencillas ante el futuro de vértigo que acucia a sus instituciones? Otra cosa es que según la exigencia de cada uno se conformase con ellas. En un exceso de condensación se podría decir que las verdades poscongreso se resumen en una frase: la biblioteca debe reinventarse, y los bibliotecarios van en el lote. Pero eso ya se sabía. Es uno de esos mantras que llevan años repitiéndose. Lo interesante, lo práctico son los matices de esa reinvención. A saber, extrayendo sólo unos pocos fragmentos de las conclusiones nos encontramos con que:

  • la biblioteca debe mostrarse como un escaparate de las necesidades de las personas, interactuando con la ciudad en que se ubica
  • el espacio virtual es tan importante como el físico. No hay líneas divisorias entre ambos (¿biblioteca virtual o biblioteca física? ¿y qué más da?: biblioteca al fin y al cabo)
  • hay que generar comunidad para crear inteligencia colectiva
  • en las redes sociales es necesario otro contenido, otro lenguaje y otro tono para conectar con nuevos usuarios

 

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Uno de los famosos tuit de la etapa de Carlos Fernández en la Policía

 

Esta última conclusión viene a cuento del que se convirtió por derecho propio en el showman del Congreso 2016. El ex community manager de la Policía Nacional, actualmente en Iberdrola: Carlos Fernández Guerra. Su intervención fue el necesario revulsivo que puso un espejo en el que el gremio podía mirarse y reflexionar sobre las estrategias a adoptar.

Fernández Guerra hizo de la irreverencia y el cachondeo su primer arma para fabricar una imagen de marca que rompiera los estereotipos en torno al cuerpo de una institución tan seria como es la policía. Y ello le llevó al estrellato digital. ¿Están dispuestos (preparados) los bibliotecarios a entrar en ese juego? ¿no siguen atenazándoles un exceso de corrección política? ¿una visión de la biblioteca que cada vez se desvanece más a golpe de clic?

 

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Fernández Guerra recurrió en su charla al famoso selfie colectivo con Hilary Clinton para constatar cómo ha cambiado todo. Ahora la noticia no es el famoso, es el espectador. La protagonista ya no es la biblioteca, ni el bibliotecario: es siempre el usuario. Algo de lo que ya hablábamos en Egobiblio, narcisismo y bibliotecas en la era del selfie.

 

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La última adaptación cinematográfica de Jane Austen aborda con tino la eterna vigencia de la frivolidad.

Empecemos la cuenta atrás para darle contenido al concepto de Biblioteca canalla (no vamos a desvelar quien lo dijo, lo que pasa en los congresos entre canapé y canapé, se queda en los congresos): una biblioteca a la que aburre mortalmente lo de alta/baja cultura, una biblioteca que asume sin complejos la frivolidad en sus estrategias sin renunciar a nada, y sin que ello tenga que pasar forzosamente por los gatitos, y los powerpoints de paisajes con frases de Coelho. Porque la frivolidad bien entendida es uno de los más altos logros de la humanidad. Como ya se dijo en otro sitio:

Un síntoma de que una cultura ha alcanzado cierto grado de sofisticación intelectual, es el hecho de que pueda permitirse cultivar la frivolidad. La pregunta sería, ¿a partir de cuándo la dosis de frivolidad aconsejable se excede y tiene efectos secundarios?

 

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El arte de la mentira: posverdad política en la era de las redes sociales

Un gran poder conlleva una gran responsabilidad, ¿no? Pues a los bibliotecarios les corresponde demostrar su talla elevando el nivel de esa frivolidad en las redes, y aprovecharla para vender su “marca”.

La mejor manera de desactivar esa posverdad tal vez no sea como hemos sugerido al principio: creando posverdades bibliotecarias paralelas, sino practicando una ironía inclusiva, no agresiva, que desarme a tanto pobre ignorante. Para quien no lo sepa en este blog hasta creamos un hashtag ad hoc: #bibliotecasvstrolls, que ahora se podría customizar como #bibliotecasvsposverdad

Quizás así se vayan creando comunidades digitales o físicas (tanto monta, monta tanto) en las que las posverdades se desmoronen con sólo rozarlas. A las bibliotecas les corresponde buscar la genealogía de nuestro presente e ir suministrándola a través de las redes:

la verdad os hará libres, la posverdad os hará esclavos

 

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Miedo, el apocalipsis de la posverdad.

 

No es muy probable que ese hombre blanco, de mediana edad o anciano, con escasa formación académica y de tintes racistas, xenófobos y homófobos que ha hecho triunfar al brexit en Reino Unido, y a Trump en los Estados Unidos: se sintiera impelido por ese eslogan. Pero al menos se podría ir desmontando su mundo de referencias al recordarle que ese himno que entona tan virilmente emocionado en el estadio o el pub ante cada éxito de su equipo: procedía de un hombre que representaba lo opuesto al mundo al que quieren abocarnos con sus votos.

 

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Freddie Mercury triunfante sobre Lord Darth Vader: dominando el lado oscuro de la Fuerza.

 

Esta semana se cumplen 25 años de la muerte de Freddie Mercury. Y puestos a elegir himnos para encorajarnos ante estos tiempos inciertos no aspiramos a ser los campeones, preferimos con mucho lo que proclamaba el inigualable Freddie en su I want to break free.

El líder de Queen supo hacer de su capa un sayo desde el principio: ‘macho man’ e icono gay, estrella histriónica y tímido de manual. Su sombra se alarga sobre muchas de las estrellas actuales y se erige junto con Bowie, Prince o Cohen (¡que se acabe ya este 2016!): en ese tipo de figuras que han legado un sustrato cultural de tal impacto que hace inviable esa Edad Media digitalizada a la que algunos están empeñados en arrastrarnos. 

 

 

Esto no es Hollywood: palmarés de biblioteca

Globos, Palmas, Osos, Espigas, Leones, Oscars, Conchas, todos ellos de oro; pero también hay de plata y por supuesto de bronce, como nuestros Goyas. El cine hollywoodense, probablemente sea la industria que mejor ha sabido convertir el autobombo en una fantástica lanzadera para sus productos. Y detrás vinieron las demás industrias.

 

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Rossy de Palma soñando con los Oscars allá por finales de los 80. Rossy hizo precisamente de una bibliotecaria estupenda en el episodio Amor, de El porqué de las cosas de Ventura Pons

 

En la cultura norteamericana la competitividad se premia en casi todas las profesiones: desde el empleado del mes en las cadenas de comida rápida, hasta las cenas de empresa en las que se entregan premios del sector correspondiente (escenas favoritas para provocar alguna catarsis en tantas de sus ficciones cinematográficas). Y como no podía ser menos, en las bibliotecas también.

Hace unos días se publicaba la lista de ganadores de la Medalla Nacional para Museos y Servicios bibliotecarios 2016. Estos premios otorgados por The Institute of Museum and Library Services, es lo máximo a lo que puede aspirar una biblioteca o museo estadounidense.

 

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No es que en nuestro país no se hayan constituido algún que otro premio para bibliotecas (Premios Bibliotecas Públicas Castilla-La Mancha, la Campaña de animación a la lectura María Moliner, el Premio Biblioteca Pública y compromiso social) pero la lista es demasiado breve, y digamos que como nos pasa con la ceremonia de los Goya, podíamos seguir tomando nota de lo buenos que son los americanos, para esto de revalorizar sus industrias e instituciones mediante la liturgia de los premios. La Medallas Nacionales del 2015 las entregó la mismísima Michelle Obama, así que no estaría mal algo más de pompa bien entendida (es decir entendida como marketing) a la hora de promover al sector bibliotecario.

 

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Los norteamericanos maestros del marketing

 

Ya que estamos tan americanizados culturalmente, también nos podríamos dejar colonizar en estos asuntos. Por el momento, vamos a husmear un poco por las ofertas de algunas de las bibliotecas ganadoras de las Medallas de 2016, para ver qué podemos copiarles.

La Biblioteca Pública de Brooklyn encabeza la lista de premiadas. Precisamente en el último Congreso de Bibliotecas Públicas se pudo disfrutar de la intervención del director de la sección de adultos de dicha biblioteca, Kerwin Pilgrim. Durante el 2013 hizo toda una gira por nuestro país, con conferencias y encuentros con bibliotecarios (quienes tuvimos la suerte de charlar con él, percibimos esa capacidad inequívocamente yanqui para entusiasmarse con lo que se hace y venderlo, y que quedaba en evidencia en la entrevista que le hicieron en El País), pregonando las iniciativas que lleva desarrollando para convertir a su biblioteca en un laboratorio de nuevas empresas y apoyo a emprendedores.

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Pero cotilleando su web nos encontramos además entre otras cosas:

  • Book a Librarian, o lo que es lo mismo: Reserva un bibliotecario. Al igual que se pide cita para el médico o el psicólogo, es posible pedir cita para una consulta de media hora con un bibliotecario referencista. Desde búsquedas bibliográficas, a localizar empresas, información médica, localizar antepasados o una simple formación de usuarios personalizada. A más de uno le recorrerá un frío escalofrío por la espalda, sólo de pensar en que algunos de esos usuarios algo pelmas que no faltan en toda biblioteca reservase esa media hora. Pero no cabe duda, de que ese trato personalizado es la mejor forma de fidelizar y crear comunidad bibliotecaria.
  • BookMatch: rellenando un formulario online en el que entre otras cosas preguntan por las filias y fobias de lectura, para en el plazo de dos semanas; enviar un listado de 5 títulos seleccionados por el bibliotecario, que pueden ajustarse a los gustos del usuario. El papel del bibliotecario como prescritor cultural como línea de futuro de la profesión.
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Uno de los equipos de bolos de la Biblioteca Pública de Brooklyn

  • Liga de Bolos Virtual: dentro del apartado de servicios orientados a mayores de 50, se incluye una Liga para jugar a los bolos de forma virtual, con torneos mensuales.
  • Bike the branches: rutas en bicicleta para toda la familia con paradas en cada una de las bibliotecas que conforman la red de Brooklyn. Los itinerarios incluyen paradas para disfrutar de bandas de música, sitios de comida, exposiciones, etc…

MPL-Logo-Main-VDe la Madison Public Library en Wisconsin, nos apuntamos su apuesta por la creatividad en todas sus expresiones plásticas:

  • The Bubbler: un programa interdisciplinar en el que artistas y creadores de los más diversos ámbitos utilizan los espacios de la biblioteca para impartir talleres, exponer y desarrollar sus proyectos artísticos implicando a los usuarios de la biblioteca. En uno de los últimos talleres, los usuarios llevaban sus libros viejos para convertir sus hojas en flores de papel.
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Las burbujas creativas de la Biblioteca de Madison

En la última de las bibliotecas galardonadas cuya web visitamos, la de la ciudad de Santa Ana en Orange (California), con un gran número de población inmigrante, lo que más llama la atención es el espacio de recursos para Veteranos:

  • El Centro de Recursos para Veteranos no es un espacio para la tercera edad, se
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    Adictos a la guerra de Joel Andreas, un repaso a la expansión militarista de los E.E.U.U. en formato viñeta

    trata de un espacio acotado en mitad de la sala principal de la biblioteca; decorado con profusión de las estrellas y barras de la bandera norteamericana. En dicho espacio se asesora a los veteranos de guerra y a sus familias, sobre programas de ayudas, ofertas educativas, búsqueda de empleo, gestión de préstamos hipotecarios, terapias deportivas e incluso medicina alternativa. En un país como Estados Unidos, implicado siempre en algún tipo de acción militar allende sus fronteras; dar servicio específico a los veteranos desde una biblioteca no resulta extraño.

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El espacio acotado para el Centro para Veteranos de guerra de la Biblioteca de Santa Ana

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Un extraño en mi cama. Un manual de autoayuda para veteranos traumatizados y sus familias

Lo que es ir a la guerra; Reparación del alma: recuperarse del daño moral tras una guerra; El trauma del combate: una mirada personal a las consecuencias a largo plazo; Un extraño en mi cama: son algunos de las recomendaciones del abultado apartado dedicado a salud mental que proporciona la biblioteca a través de este Centro de Recursos para Veteranos. Títulos que nos recuerdan, si acaso se nos había olvidado, el carácter profundamente belicista del imperio norteamericano.

Al menos desde este punto de vista, nos podemos alegrar de que esto no sea Hollywood. Respecto a los premios, aunque siempre son de agradecer, la mejor forma de celebrar a las bibliotecas sería dotándolas del presupuesto y los recursos necesarios, para que la competencia por unos premios fuera realmente emocionante. Así las dudas sobre si no actúan como cínicos escaparates para lucimiento de políticos; que con una mano premian, y con la otra recortan, se disiparían.

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Libraries Change Lives Award, los premios bibliotecarios del Reino Unido

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El glamuroso Hollywood clásico hecho ilustraciones, en una preciosa edición de Taschen

Y mientras, esos presupuestos, y esos premios llegan algún día, volvamos al Hollywood originario. La fábrica de sueños de hoy día, poco tiene que ver con la que a principios del XX hizo soñar al mundo entero, e inició la más poderosa campaña de colonización cultural a gran escala, que la historia de la humanidad recuerda.

En estos días en que el vídeo de la fiesta sorpresa a Amancio Ortega se ha vuelto viral provocando todo tipo de reacciones en las redes: nada mejor que recrearnos en una cena de empresa en la Metro Goldwyn Mayer. La productora que en sus días de gloria se enorgullecía de tener más estrellas que el firmamento; hacía una exhibición casi militar de su poderío para celebrar su 25º aniversario en 1949.

Como la joven Rossy de Palma que soñaba allá por los 80 en la fotografía que abre el post con los Oscars: podemos soñar con unos Tejuelos de oro que algún día premien lo mejor de nuestras bibliotecas, pero mientras tanto, mejor centrarse en defender lo que tenemos; y soñar, sí, pero con los ojos bien abiertos.

 

Adenda del 4 de mayo:

A veces los astros confluyen, y esta semana que precisamente se publica este post sobre premios y bibliotecas; salta la noticia de que la editorial Penguin Random House lanza el Library Awards for Innovation. Un premio para reconocer los programas de bibliotecas públicas y servicios innovadores que involucran a los ciudadanos en la lectura, mientras fortalecen el tejido social y cultural de sus comunidades.

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¡Bien por el pingüino! En 2011 fue precisamente Penguin Books la que retiró su catálogo de ebooks a las bibliotecas, ante las incertidumbres que le producía el incierto panorama de la edición digital. Afortunadamente en 2012 recapacitaron, es posible que algún ejecutivo sin anteojeras,  tras aplicar algún análisis DAFO, vio que las bibliotecas seguían siendo aliadas, en vez de amenazas para el negocio de los libros electrónicos. Y su catálogo de publicaciones digitales volvió a estar accesible para las bibliotecas.

Ha sido una relación tormentosa, pero finalmente parece que el pingüino y las bibliotecas van a vivir nuevos episodios de armoniosa sintonía. Bienvenido sea este reconocimiento desde un gigante del mundo editorial hacia el mundo bibliotecario.

Tres herramientas para medir el impacto de la biblioteca

Hace tiempo que para medir el impacto de las acciones y actividades de la biblioteca se necesita algo más que contar el número de usuarios y la cantidad de libros o DVD prestados. Indicadores de este tipo nos dicen mucho de cantidades, pero nos cuentan poco sobre cómo valoran los usuarios de la biblioteca los servicios que se prestan, cómo evolucionan sus necesidades y cómo podemos adaptarnos para satisfacerlas. Tampoco nos aportan gran munición a la hora de defender la financiación de la biblioteca, la necesidad de nuevo personal o la de abrir nuevos espacios. Ya os hablamos hace poco de la realización de encuestas a los usuarios para mejorar los servicios bibliotecarios. Hoy os hablaremos de tres herramientas para medir el impacto de la biblioteca, específicamente desarrolladas para ellas.

EvaluarImpacto_cintaComo otras veces, empezamos por echar un vistazo a lo que se cuece por ahí fuera, y nos detenemos en dos herramientas que están funcionando bien en EE.UU. La Asociación de Bibliotecas Públicas (PLA) de ese país lanzó hace seis meses “Project Outcome”, una iniciativa con la que pretende estandarizar un poco más la evaluación del impacto de los programas bibliotecarios y aportar herramientas útiles y sencillas a las bibliotecas para llevarla a cabo.

Para ello, han identificado siete áreas esenciales en las que trabajan las bibliotecas y han elaborado unas breves encuestas de tan solo seis preguntas dirigidas a los usuarios de las actividades asociadas a cada área, y que ayudarán a medir en qué medida ha conseguido la biblioteca sus objetivos. Las áreas son las siguientes:

  • Participación ciudadana.
  • Inclusión digital.
  • Alfabetización infantil temprana.
  • Desarrollo económico (emprendimiento).
  • Educación y aprendizaje permanente.
  • Búsqueda de empleo.
  • Promoción de la lectura.

En cuanto a las seis preguntas para cada una de estas áreas, siguen un esquema similar. Evalúan la adquisición de conocimientos por parte de los usuarios; si se ha conseguido aumentar su motivación/seguridad en sí mismos para actuar en esa área; si van a aplicar los conocimientos adquiridos; si conocen mejor los recursos de la biblioteca al respecto; lo que más les ha gustado y lo que se puede mejorar. Algunas de las preguntas son abiertas y en otras los usuarios pueden mostrar su posición en una escala de cinco niveles, desde el “muy en desacuerdo” hasta el muy de acuerdo”. Aquí os dejamos como ejemplo las relativas al área de “Alfabetización infantil temprana”:

  • Aprendiste cosas nuevas que puedes compartir con tus hijos/as
  • Te sientes más seguro/a a la hora de ayudar a tu hijo/a a aprender
  • Pasarás más tiempo con tus hijos/as leyendo, cantando, hablando, escribiendo, jugando.
  • Conoces mejor los recursos y servicios proporcionados por la biblioteca en esta área.
  • ¿Qué es lo que más te ha gustado del programa?
  • ¿Qué puede hacer la biblioteca para que tu hijo/a disfrute más de la lectura?

HerramientasEvaluacion_Projec tOutcomeEl proyecto de la PLA ya ha sido probado en fase beta en algunas bibliotecas con buenos resultados, sobre todo porque es muy sencillo de aplicar, y ahora están expandiendo el programa con financiación de la Bill & Melinda Gates Foundation. En los próximos tres años desarrollarán nuevas herramientas de formación y comunicación para los bibliotecarios, para que las bibliotecas puedan llevar a la práctica las conclusiones que resulten de las evaluaciones. Con este webinar podréis conocer más sobre esta herramienta.

Evaluar los servicios tecnológicos

Otra herramienta que nos ha parecido interesante, en este caso por su especialización, es la “Impact Survey”, una encuesta desarrollada por la Universidad de Washington que evalúa el uso de los servicios tecnológicos que ofrece la biblioteca (los ordenadores, las redes wifi, recursos online, la formación en uso de las TIC…) en relación con diferentes áreas como participación ciudadana, comercio electrónico, educación, empleo, trámites administrativos, salud y bienestar y servicios sociales.

Se trata de encuestas que se realizan telemáticamente y que van acompañadas de una serie de utilidades para gestionar los datos obtenidos de ellas. Es necesario pagar una pequeña cuota de subscripción anual que varía de 50 a 500 dólares según los ingresos de la biblioteca, y en principio solo está disponible para las de EE.UU aunque dicen que estarán encantados de atenderos si sois una biblioteca o una red de otro país. Para haceros una idea de las preguntas que incluye el cuestionario aquí tenéis un resumen en español.

Calcular el valor económico

La última herramienta de la que os queremos hablar no está orientada a evaluar servicios para mejorarlos, sino más bien para visibilizarlos y sensibilizar a quien se ponga por delante (usuarios, responsables políticos, etc) del valor que tienen los servicios que ofrece la biblioteca. Es “el calculador”, una herramienta que ofrece la Red de Bibliotecas del CSIC en su web que permite contabilizar el retorno de la inversión (el famoso ROI) especialmente en las bibliotecas universitarias de forma más que sencilla. Simplemente tienes que rellenar en la herramienta las casillas sobre el número de libros o revistas consultados en sala, préstamos interbibliotecarios, salas de estudio utilizadas y usuarios de formación diversas, entre otros, y automáticamente tendrás la traducción en euros del coste de esos servicios.HerramientasEvaluacionImpacto_CSIC

La verdad es que todo el sistema de calidad y evaluación de las bibliotecas del CSIC puede ser una buena referencia si queréis mejorar los vuestros. En la página web en la que cuentan cómo es, puedes encontrar, entre otras cosas, su catálogo de indicadores y encuestas de satisfacción para usuarios y personal.

Esperamos, como siempre, que estas herramientas os puedan resultar útiles, y si conocéis otras que queráis compartir con nosotros, son más que bienvenidas. ¡Feliz semana!

Bibliotecas ecológicas para combatir el cambio climático

Como todos sabéis, en estos primeros días de diciembre se está debatiendo en París uno de los asuntos clave para la supervivencia de la humanidad. No exageramos: de eso va la lucha contra el cambio climático, de la necesidad ineludible de revisar de arriba a abajo el funcionamiento de nuestra sociedad y unos modelos económicos claramente insostenibles. Ya consumimos muchos más recursos que los que es capaz de producir el planeta, y dejamos a cambio deshechos que contaminan y son responsables del calentamiento global. Desde las bibliotecas podemos hacer mucho para contribuir a la lucha contra el cambio climático, con edificios más sostenibles, un mejor uso de los recursos y, también, sensibilizando. Las bibliotecas ecológicas ya están aquí, y han llegado para quedarse.

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(Imagen: plano de la Biblioteca Pública de Kaohsiung, de Taiwan)

Edificios sostenibles

Para empezar la casa por el tejado (y el resto de elementos de la construcción), veamos cómo debe ser el edificio de nuestra biblioteca verde, los elementos esenciales para que una construcción sea considerada ecológica. Para ello, tenemos que tener en cuenta:

  • La elección del lugar en el que se emplaza la biblioteca, para reducir, por ejemplo, la necesidad del uso de medios de transporte para acceder a ella.
  • Una arquitectura bioclimática: con diseños ecoeficientes respecto al consumo de energía, ahorro de agua, uso de materiales locales, reducción de la producción de residuos.

En esta guía de la confederación de Consumidores y Usuarios tenéis información sobre éstas y otras cuestiones como aislamientos de edificios, uso de energías renovables, aire acondicionado e iluminación, que pueden resultar muy útiles si se está decidiendo construir una nueva biblioteca o remodelar o adaptar una ya existente para convertirla en una biblioteca ecológica de verdad.

Planifica tu sostenibilidad

Pero para tomarse realmente en serio la tarea, como en cualquier otro aspecto de la gestión de la biblioteca, es esencial empezar por la planificación. Hemos encontrado al respecto un recurso impagable de la Universidad de Illinois (EE.UU) que identifica las diferentes fases y pasos que debes seguir en esa planificación, y que pasamos a resumiros aquí:

  • Forma un equipo verde: identifica personal de la biblioteca que esté al tanto de las cuestiones operativas, que esté comprometido con la promoción de prácticas responsables desde el punto de vista medioambiental. Intenta incluir personas con diferentes niveles de responsabilidad, y nombrad a un/a coordinador/a. El equipo debe tener autoridad para fijar objetivos y llevar a cabo las acciones necesarias para conseguirlos.
  • BibliotecaEcologica_huellaEvalúa tu huella ecológica: ¿en qué estás utilizando energía y agua, cuánta y cuánto cuesta? ¿Cuántos residuos generáis, y qué parte estáis reciclando? ¿Compráis productos ecológicos? ¿Qué productos compráis que tengan componentes dañinos para el medio ambiente? Identificad también qué hacéis bien y debatid sobre las barreras que habéis encontrado en estas prácticas positivas y cómo las habéis superado.
  • Establece objetivos e indicadores: objetivos tanto a corto como a largo plazo, realistas, específicos y cuantificables, del tipo “vamos a reducir el uso de la energía un 30%”. Preguntaos cómo podéis hacer las cosas de forma más eficiente, evalúa las actividades de la biblioteca teniendo en cuenta su impacto medioambiental.
  • Desarrolla ideas para la acción: compara lo que ya estáis haciendo con vuestros objetivos a largo plazo, crea una lista de proyectos potenciales, incluyendo acciones pequeñas y de gran envergadura. Piensa en qué haríais si fuerais a remodelar la biblioteca, qué haríais si tuvierais que poner en marcha algo mañana mismo. Haced lluvia de ideas, investigad lo que están haciendo otras bibliotecas y buenas prácticas recomendadas por organizaciones y entidades públicas. Pedid sugerencias a los usuarios, al resto de compañeros, a los jefes…
  • Establece prioridades: para hacerlo podéis basaros en los beneficios medioambientales del proyecto, en si son significativos, si es factible, si puedes controlarlo, si es algo que preocupe verdaderamente al personal o a los usuarios, si son acciones con un impacto educativo o con alta visibilidad. Las acciones que más “síes” hayan conseguido a todas estas cuestiones son las que merecen ser prioritarias.
  • Pasa a la acción: trocea cada proyecto en tareas asequibles y objetivos cuantificables cuando sea posible, asigna el personal o los voluntarios/as responsables de cada tarea, identifica los recursos necesarios para llevarla a cabo, define cómo harás seguimiento de su ejecución y usa indicadores que te permitan medirlo. Asigna una fecha tope para completar cada tarea.
  • Evaluación y documentación: define qué necesita ser evaluado, cómo se hará, con qué frecuencia, y quién se ocupara de ello.
  • Involucra a todo el personal y a los usuarios: sensibiliza y forma al personal, realizad recordatorios sobre las medidas adoptadas (recicla, apaga las luces…), haced que sea divertido (premios para las buenas ideas…), integrad las sostenibilidad en la planificación de la biblioteca, que ser algo rutinario y no un mero añadido, informad de los avances que van consiguiéndose.

Ejemplos y recursos

Un buen ejemplo de trabajo bien planificado y comunicado es el de la Biblioteca de la Universidad de Burgos. En esta web podéis encontrar toda la información que han publicado sobre la política ambiental de la Universidad y el sistema de gestión ambiental de la biblioteca, blog, folleto informativo, etc.

Hay otros ejemplos de bibliotecas ecológicas, algunos de ellas de reciente construcción como algunas de las que os hablábamos en este post, o cómo las que podemos ver en la web Ecoosfera.BibliosEcologicas_Taipei-Public-Library-Beitou-Taiwan

En cuanto a los recursos la cantidad de los que hay disponibles es abrumadora. Por lo que toca a las bibliotecas ecológicas, podéis seguir los trabajos del Grupo de la IFLA sobre Bibliotecas y Sostenibilidad Ambiental, y podéis visitar también la página de la American Library Association sobre la materia, o esta otra de Designing Libraries. Ambas incluyen muchos y muy buenos enlaces a webs, blogs e información de referencia.

Que conste que no creemos en las frases tipo “luchar contra el cambio climático (el cáncer, la pobreza…) está en tu mano”. Nos parecen falacias que en demasiadas ocasiones se utilizan para disuadirnos de pedir cuentas a los principales responsables de esta situación, y para consolar nuestra conciencias ante problemas que, sobre todo, necesitan de decisiones políticas claras, éticas y comprometidas. En lo que sí creemos es en que somos responsables de lo que cada uno hacemos en nuestra casa, en el trabajo, en nuestro barrio o en nuestro pueblo. Las bibliotecas también tienen esa responsabilidad, y además ocupan un lugar privilegiado para educar y sensibilizar a los demás. Dejaremos para otro post cómo hacerlo. ¡Feliz semana!