La biblioteca como arma política

 

En un tuit de hace unos días, Felicidad Campal, sintetizó a la perfección lo que muchos pensamos al oír las insistentes noticias en torno a la polémica a cuenta de la tesis del presidente del Gobierno  Pedro Sánchez:

Que en el Congreso se hable de , de plagio, de investigación, de tesis, de Teseo , la base de datos de las tesis españolas… No está mal, aunque sea para acusarse unos a otros de lo mal que lo hacen todo. y más necesarios que nunca! O no?


Suelen ser tan escasas y estereotipadas las noticias que convierten a las bibliotecas en protagonistas de la actualidad para los medios de masas: que es inevitable que cualquier noticia al respecto sea bienvenida. Máxime cuando las favorece al presentarlas como instituciones a las que remitirse cuando se trata de arrojar algo de luz sobre la crónica de actualidad. Que en la biblioteca de la Universidad de Camilo José Cela se hayan formado colas de periodistas para acceder a sus fondos (bueno en realidad a un solo documento) ya es reseñable. El ‘tirar de hemeroteca’ que tanto gusta a la prensa.

Pero pese a lo importante que es estar en los medios (no íbamos a negarlo precisamente en este blog que va de exquisito (¿?) e hizo palmas con las orejas al ser recomendado hace unos días en el programa de Julia Otero: Julia en la onda) no está de más atender al discurso de trasfondo que se puede leer tras este súbito protagonismo de las bibliotecas.

 

Maqueta para la biblioteca presidencial del expresidente Obama. 

                                                     

El libro de John Street analizaba hace unos años las diferentes relaciones con la cultura según los posicionamientos ideológicos. Y hace poco en Xataka nos descubrían un estudio que demuestra que los de derechas e izquierdas optan por lecturas sobre ciencia muy diferentes. El encuentro parece imposible.

En Biblioteca contracultural (inciso: autocitarse sin previa disculpa pareciera incorrecto. Y es algo incomprensible. Según se ha recordado a raíz del affaire de la tesis de Pedro Sánchez un baremo de prestigio es el número de citas de tus escritos. Pues bien: las autocitas deberían puntuar positivamente: denotan coherencia en el discurso y ausencia de falsa modestia. Tal y como se está poniendo la normativa sobre derechos de autor, en breve, lo único que podremos hacer será autocitarnos): después de este inciso que más parece un injerto: decíamos que en Biblioteca contracultural defendíamos a la contracultura frente a la cultura.

La contracultura nace sin más expectativas que las de soltar un eructo a lo establecido. En cambio, lo que oficialmente se asume como cultural, se usa muchas veces como arma arrojadiza: “una cachiporra con que atizarse en el grand guinol de la política“. Vistas ahora estas palabras parecieran hasta proféticas. Pero ¿de qué cultura estamos hablando?


¿Hay un discurso positivo en todo este rifirrafe a cuenta de los másteres de los políticos? Tras los años de la crisis en los que el enriquecimiento rápido era la máxima aspiración: y la paciencia y el esfuerzo que requiere la formación académica deslucían ante la inmediatez de tanto pelotazo mediático: sería fácil interpretar que hemos aprendido la lección. Que la formación, la cultura, y por ende, las instituciones culturales cotizan al alza. Pero mejor no nos dejemos llevar por el espejismo. 

Este uso de la formación y la cultura como cachiporra política no es más que una nueva instrumentalización de la cultura para intereses que le son ajenos. No se trata de hablar de cultura como espacio común para intercambio de ideas, y por tanto, enriquecimiento mutuo: sino de cultura como arma política, como demérito, como vacuo ornamento.

 

Seis grados de separación (1993) una excelente, y no muy conocida pese a encabezarla Will Smith, película que retrata las diferencias de clase, ideológicas y culturales de manera brillante.

Blotch de Blutch: estupendo retrato de un pedante insoportable.


Desde determinadas posturas ideológicas la cultura se ha esgrimido muchas veces como un elemento para la exclusión y el clasismo. El descrédito y falta de predicamento que actualmente tiene la figura del intelectual tiene mucho que ver con ese apabullamiento de citas, referencias y engolados ditirambos con que los leídos del pasado (y algunos del presente) trufaban sus peroratas. La cultura como fuego de artificio intelectual, como puro exhibicionismo, como instrumento de opresión. No la cultura como lugar de encuentro, de diálogo, de aprendizaje: esa idea de cultura que promueven las bibliotecas públicas.


No se trata de una loa al igualitarismo sino de una defensa de la cultura como espacio para el disfrute desprejuiciado sin renunciar al juicio crítico. Algo que afortunadamente las nuevas generaciones (al menos al porcentaje al que le interesa la cultura) parecen practicar cada vez con mayor naturalidad.

 

 

En el nº 490 de la revista ‘Dirigido’, la crítica Anna Petrus, hacía una reflexión sobre un cambio de paradigma cultural a raíz de la mala acogida del último filme del cineasta Michael Haneke, Happy end (2018). Su análisis detecta y celebra un cambio en la mirada del espectador que empieza a reclamar menos crueldad y más humanismo y empatía en las creaciones. Petrus contrapone la cruda mirada de Haneke sobre sus personajes a la mirada cálida, de un humanismo renovador de películas como Verano 1993 (2017) de Carla Simón. Para la crítica, el movimiento feminista tan presente en nuestros días, sería corresponsable de este cambio de sensibilidad.

No estamos muy seguros de que enriquecer la cultura pase por renunciar a la mirada menos humanista (¿según qué baremos? ; ¿no es la crueldad un sentimiento tan humano como el amor?) de cineastas como Haneke, Lars von Trier o Verhoeven: o de escritores como Thomas Bernhard, Jim Thompson, Cormac McCarthy…

 

¿Cómo sería recibida hoy día la durísima, polémica y política ‘Saló o los 120 días de Sodoma’ (1975) de Pasolini? ¿cómo encaja la obra de autores como el Marqués de Sade en esa cultura de la empatía que algunos sostienen que está cambiando el paradigma?

 

Estemos más o menos de acuerdo con las ideas de Petrus lo interesante es constatar como las pugnas por redefinir el canon cultural en cada momento y circunstancia siguen vigentes, y en medio de todo, se sitúa la biblioteca. La biblioteca como territorio a ocupar, la biblioteca como arma política para construir la sociedad en la que cree cada uno. El activismo estadounidense nos lleva muchas décadas de ventaja en esto de tomar posiciones partiendo de las bibliotecas.

 

Una de los libros auspiciado por la organización Everylibrary: ‘Ganando elecciones e influencia política para financiación bibliotecaria’.

 

Everylibrary es una organización estadounidense centrada en conseguir apoyo electoral en favor de las bibliotecas. Públicas, escolares o universitarias. Desde su creación, en 2012, Everylibrary ha apoyado a las bibliotecas públicas locales cuando hay elecciones en sus circunscripciones. Para ello capacitan al personal bibliotecario y a voluntarios para planificar campañas efectivas de información; implican a la sociedad civil y a los activistas locales para que apoyen sus bibliotecas; y emprenden acciones para concienciar a los vecinos sobre el valor y la relevancia de sus bibliotecas y bibliotecarios.

Se trata de que las bibliotecas tengan un peso específico a la hora de ganar elecciones:  promover la manera más efectiva de que los partidos las incluyan dentro de sus programas electorales. Si les hacen ganar votos: las bibliotecas serán protegidas.

 

 

Su publicación periódica ‘The Political Librarian’ se centra en las conexiones entre bibliotecas locales, políticas públicas y políticas fiscales. Se trata de fomentar el debate en torno a asuntos legales, políticos y de financiación para las bibliotecas. Y algo que nos gusta especialmente: sus colaboradores exceden del campo bibliotecario para integrar expertos de todos los ámbitos posibles.

Como reza el eslogan de su web: any library initiative anywhere matters to every library everywhere (cualquier iniciativa bibliotecaria en cualquier lugar es importante para todas las bibliotecas de cualquier lugar).

 

¿Y en nuestro entorno más inmediato?: suena plausible que en un país con índices de lectura tan bajos las bibliotecas tuvieran algún peso en lo que más preocupa a la clase política?: los votos.

El discurso políticamente correcto con las bibliotecas no hace distinciones entre profesionales y ciudadanos. Quien más quien menos ha caído en románticas loas y defensas estereotipadas de las bibliotecas cuando se han visto amenazadas o sometidas a recortes. Protestas poéticas, campañas de apoyo en redes, columnistas en los medios que rememoran su infancia en la biblioteca de su localidad, movilizaciones vecinales: todas y cada una de estas acciones son loables y reconfortantes. Pero dejando aparte posibles intereses partidistas y que recurran a las bibliotecas para atizarse políticamente: como de verdad, de verdad, se defiende a una biblioteca es dándole uso. No existe mejor apoyo posible.

 

Biblioteca apache

 

En ocasiones la actualidad te lleva de la mano. No hace mucho en El ángel exterminador bibliotecario nos recreábamos en la posibilidad de que grupos de usuarios quedasen enclaustrados en una biblioteca; y hace unas semanas, también nos hacíamos eco del vandalismo en una biblioteca parisina en Asalto a la biblioteca del distrito 18. En este arranque del mes de abril las líneas argumentales de estos dos posts se entrecruzan en esta Biblioteca apache.

 

El poder de los libros representado por el artista Mladen Penev.

 

El ensayo del sociólogo Denis Merklen: ¿Por qué se queman las bibliotecas?

El 5 de marzo la biblioteca pública del distrito de La Duchère, en Lyon, fue incendiada por unos delincuentes como represalia por el desmantelamiento de una red de tráfico de drogas que operaba en dicho distrito. Según el sociólogo Denis Merklen, autor del libro ¿Por qué se queman las bibliotecas?, se han registrado, al menos, 75 incendios intencionados de bibliotecas durante los últimos veinte años en Francia.

Merklen resalta el carácter simbólico que tiene el hecho de quemar bibliotecas como respuesta a problemáticas sociales latentes en la sociedad gala. La importancia y protección que en Francia se da a la cultura, es probable, que signifique a las bibliotecas como víctimas propiciatorias de ese ansia de destrucción contra los símbolos de una sociedad. En cambio, al otro lado de los Pirineos, podemos respirar tranquilos.

Como comentaba el periodista del área de cultura de ‘El diario vasco’, Alberto Moyano, a cuenta de lo que planteábamos en Asalto a la biblioteca del distrito 18:

 

 

Un tuit que nos gustó, en primer lugar, por expresar su discrepancia (el primer paso para enriquecerse en un diálogo amable en la red); además ese “disparar en demasiadas direcciones” nos encanta para un post que se llama Biblioteca apache; y, sobre todo, por incidir en ese poder perturbador, en esa hostilidad que aún pueden llegar a provocar los libros (y por ende las bibliotecas) como símbolos. Si algo incomoda es que sigue ejerciendo un poder hasta en los que se creen más ajenos a su influjo. Algo que, pese a estar al otro lado de los Pirineos, también encontramos fascinante.

 

 

Christian Slater ya contaba con unos precoces antecedentes bibliotecarios por su papel en El nombre de la rosa (1986).

Y cambiando de latitud y escenario pero no de temática: el Festival de Cine de Santa Barbara en los Estados Unidos se inauguró el pasado 31 de enero con la proyección de la película dirigida por Emilio Estevez: The public (2018). En el reparto, entre otros, aparte del propio Estevez, estrellas como Alec Baldwin o Christian Slater.

The public se centra en un grupo de vagabundos y personas en riesgo de exclusión; y en las relaciones que establecen con los trabajadores de una biblioteca del centro de Cincinnati.

Una noche, tal cual como en nuestro ángel exterminador bibliotecario, suena el aviso de cierre de la biblioteca y un grupo de sin techo se niega a abandonar la biblioteca. Los refugios de la ciudad están atestados por una cruda ola de frío y la única opción es pasar la noche a la intemperie. A partir de aquí, el conflicto se complica cuando los bibliotecarios deciden apoyar a los okupas, y se posicionan frente a políticos y medios sensacionalistas: planteándose un acto de desobediencia civil que sirve para exponer algunos de los problemas sociales más candentes de la sociedad estadounidense (y por extensión de las sociedades occidentales).

 

 

La película de Estevez, no tiene aún fecha de estreno en nuestro país, pero promete convertirse en un título de referencia en el mundo bibliotecario. Al igual que el incendio de bibliotecas en Francia denota las tensiones sociales que se viven en el país vecino: de la película norteamericana se pueden sacar varias lecturas, pero en este caso, positivas.

Independientemente de la calidad de The public (atendiendo al tráiler parece que la acostumbrada competencia estadounidense en los aspectos visuales e interpretativos está asegurada) el hecho de que una biblioteca se convierta en escenario protagonista de una producción, independiente, pero rodada con medios y con estrellas en su reparto: ya es una buena noticia. Pero la biblioteca en la película es mucho más que un simple decorado: es todo un concepto. La plasmación en imágenes (en líneas de diálogo) de una frase que se repite afortunadamente cada vez con más frecuencia: las bibliotecas públicas como último bastión de la democracia. Las bibliotecas públicas, como indica el título, como máxima representación de lo público.

 

Emilio Estevez como bibliotecario al frente de la desobediencia civil de un grupo de excluidos del sistema.

 

El hijo mayor de Martin Sheen perpetúa la tradición demócrata de ese Hollywood comprometido en causas sociales que su padre (récord absoluto de detenciones por implicarse en protestas sociales: 66) ha representado públicamente desde la década de los 70. Muy alejado de su hermano, Charlie Sheen, que en cambio tanto se ajusta al estereotipo hollywoodense hecho de alcohol, drogas y sexo. Era previsible que, tan célebres representantes del progresismo estadounidense, tuvieran algo que decir sobre la sociedad que ha quedado tras una década de crisis culminada con la presidencia de Trump.

Que Alec Baldwin forme parte del reparto tampoco es casual. Aparte de haber renovado su popularidad gracias a la exitosa parodia que del actual presidente de su país hace en el mítico show de humor televisivo Saturday Night Live: Baldwin tiene un largo recorrido como santo patrón bibliotecario, o en otras palabras, como mecenas de bibliotecas en su país.

 

Alec Baldwin junto a su mujer y el también actor Edward Burns en la Author’s night for the East Hampton Library de 2015: un evento que sirve para recaudar fondos para dicha biblioteca.

 

Baldwin, aunque ha sido nominado, no ha ganado nunca un Oscar, pero de crearse alguna vez el Tejuelo de oro, sin duda, se lo llevaría de pleno en la mayoría de categorías. En 2011 el lenguaraz intérprete que nunca se ha cortado un pelo (su pelambrera pectoral atestigua que lo metrosexual nunca ha ido con él) a la hora de dar sus opiniones: donó 10.000 dólares para impedir que se cerrase la Biblioteca Adams Memorial en Rhode Island. Otros 250.000 dólares fueron a parar a la biblioteca de East Hampton, a la cual destinó los ingresos que obtuvo por diversas campañas publicitarias que había protagonizado.

Pero no acaba aquí su labor probiblioteca, también fue cofundador de la Noche anual de recaudación de fondos para la Biblioteca de East Hampton. Además, desde 2015, a través de la fundación que lleva su nombre y el de su esposa, The Hilaria & Alec Baldwin Foundation, el matrimonio financia numerosas iniciativas en torno al arte, la cultura o la salud pública.

 

Alec e Hilary posando en su mansión de los Hamptons.

 

Un joven Alec Baldwin participando en la campaña de fomento de la lectura de los 80 que lanzaron desde las bibliotecas estadounidenses: READ.

Que la biblioteca en la que Baldwin centra su altruismo esté situada en Los Hamptons: no resta valor a sus esfuerzos.

Situados en la zona este de Long Island, los Hamptons, constituye una exclusiva zona de vacaciones para la clase alta de Nueva York. Scarlett Johansson, Sarah Jessica Parker, Richard Gere, Jennifer López, Steven Spielberg, Robert de Niro o, por supuesto, el propio Alec Baldwin: poseen lujosas fincas en la zona. Un territorio en el que también viven personas de clase media baja, pero cada vez menos, dado que el alto nivel de vida de Los Hamptons les ha obligado a mudarse.

En los Estados Unidos no hay problema en defender públicamente un discurso progresista y a favor de los derechos sociales de la población (como hace Baldwin participando en The public): y por otro lado, pertenecer a la élite económica y cultural de esa sociedad. En nuestro país la defensa de lo público, en cambio, pareciera exigir un compromiso lindante con el voto de pobreza. Combinar lo público con lo privado (salvo que hablemos de cotilleo y prensa del corazón) suena casi a blasfemia. Un discurso harto maniqueo que, tal vez, una buena ley de mecenazgo cultural ayudaría a mitigar.

En una reciente entrevista en ‘El País’ la oncóloga Ruth Vera, presidenta de la Sociedad Española de Oncología Médica, señalaba la necesidad de incentivar la inversión privada a través de una ley de mecenazgo. Y declaraba no entender la polémica en torno a la donación que hizo Amancio Ortega para la lucha contra el cáncer. “¿Por qué tenemos que rechazar la inversión privada?” se preguntaba Vera.

 

Un fotograma de The public (2018): las fuerzas del orden irrumpiendo en la biblioteca (no se considera spoiler porque aparecen en el tráiler).

 

Disco de Jacques Brel en el que se incluía su satírica ‘La dame patronnesse‘ (Las damas de la beneficencia): título apropiado para la propuesta final de este post.

Hace un año se presentaron las 150 medidas que el actual Gobierno pretende poner en marcha durante esta legislatura y que se engloban dentro del Plan Cultura 2020. Entre ellas se incluía la reactivación de la postergada Ley de Mecenazgo Cultural. Un año después, Castilla-La Mancha ha anunciado la puesta en marcha de su propia Ley de Mecenazgo, mientras en el resto del país sigue la espera.

Entretanto las bibliotecas se convierten, o no, en objetos de deseo para mecenas con ganas de cuidar su imagen pública y aliviar su declaración de la renta, ya que hemos citado a la prensa del corazón, no estaría de más que nuestras celebrities patrias se quitaran complejos respecto a las estadounidenses apoyando eventos recaudatorios destinados a bibliotecas.

Antonio Banderas lleva varios años impulsando la Gala solidaria Starlite en Marbella cada verano. ¿Cabría esperar un séptimo de caballería proveniente del papel cuché? ¿Quién sabe? Igual a Isabel Preysler, Nati Abascal, Pitita Ridriduejo o a Carmen Lomana les da por lucirse con una excusa tan favorecedora y ponerlo de moda entre la beautiful people. Dejamos la pregunta envenenada para el final: ¿tendría escrúpulos el sector bibliotecario en aceptar este tipo de financiación?

Arrancamos viendo como quemaban bibliotecas en Francia y concluimos con acento francés gracias a las damas de la beneficencia de Brel. Otra cosa no, pero nadie nos podrá acusar de falta de coherencia.

 

Tamara Falcó entrevistando a Vargas Llosa en la biblioteca de la mansión de Isabel Preysler.

Asalto a la biblioteca del distrito 18

 

En el clásico de cine B Asalto a la comisaría del distrito 13 (1976): los policías que custodian a varios delincuentes peligrosos en una pequeña comisaría de Los Ángeles sufren un brutal asedio por parte de un grupo de pandilleros en busca de venganza. No vamos a decir que el pasado 3 de enero, la plantilla de la Biblioteca Václav Havel en el distrito 18 de París, vivieran una experiencia tan al límite como los policías de la película de John Carpenter: pero es más que probable que tarden en olvidar algo así.

 

 

Cartel anunciando la apertura de la Biblioteca Václav Havel en el distrito 18 de París.

Ese día, un grupo de jóvenes adolescentes de la zona, volvieron a atacar la biblioteca provocando daños en instalaciones, colecciones e insultando y amenazando a los bibliotecarios. Según la crónica, que recoge la web ActuaLitté, les univers du livre, los trabajadores tuvieron que refugiarse tras las persianas de hierro que bajaron para protegerse de los objetos contundentes que les arrojaban; y al día siguiente, optaron por mantener el centro cerrado.

Pese a todo los bibliotecarios no quieren estigmatizar a los adolescentes. El equipo lleva mucho tiempo solicitando la inclusión de un mediador en el equipo de la biblioteca que sepa lidiar con este tipo de conflictos y revertir la situación. Una actitud de lo más loable por parte de los profesionales del centro y, que recuerda en cierto modo, a los docentes estadounidenses y su hashtag #armmewith (ármame con).

Ante la brillante idea de Donald Trump de proveer de armas al personal docente, como forma de evitar nuevas matanzas en centros educativos: los profesores han respondido pidiéndole que los arme, sí, pero con recursos, libros, medios, programas para ayudar a jóvenes con problemas mentales, equipos, personal, y por supuesto, también bibliotecas de aula como compartía esta profesora en su cuenta de Instagram:

 

Una buena biblioteca escolar podría enseñar empatía y empoderar a los estudiantes para entender a otros seres humanos.

 

Después de todo, los adolescentes estadounidenses, como los de cualquier sociedad, no hacen más que reproducir de manera más trágica y radical (como corresponde a tan conflictiva edad) los problemas enraizados en el entorno que les rodea.

En un episodio de la estupenda serie danesa Borgen (2010): el presidente de Groenlandia le cuenta a la presidenta de Dinamarca que, en los últimos años, el nivel de suicidios de niños y jóvenes en la isla va en aumento. El suicidio es, tristemente, algo habitual entre los groenlandeses, pero como señala el mandatario ártico de la ficción, siempre había sido habitual entre ancianos que no querían ser una carga. La falta de futuro, de horizontes vitales en un paisaje que es puro horizonte, sería el motivo en cambio para los jóvenes. Morir matando en la sensacionalista América de Trump o morir en el silencio helado de Groenlandia.

 

Campaña de 2012 para exigir el control de armas en los Estados Unidos: no parece que sirviera de mucho.

 

Esperar que Trump haga caso a las peticiones que los profesores comparten con el hashtag #armmewith es tan ingenuo como esperar que, en nuestro país, la cultura (bibliotecas) protagonice los programas electorales de los partidos políticos en la próximas elecciones. La entrañable organización Michigan Open Carry, tras la masacre de la Escuela Primaria de Sandy Book, que tuvo lugar en diciembre de 2012, no tuvo mejor idea para sensibilizar a los ciudadanos de Michigan sobre los fines de su organización que promover una marcha a la biblioteca del distrito portando, orgullosamente, sus armas.

Las autoridades locales, ante la preocupación de otros sectores de la población, que denunciaron el exhibicionismo armamentístico, declararon que nada podían hacer, y que las amables amas de casa que acudían al supermercado o a la biblioteca a hacer los deberes con sus hijos con el revolver en la cintura: estaban en todo su derecho. Eso era en 2012 y en 2018 si las cosas han cambiado ha sido para peor.

 

Los simpáticos miembros de la Michigan Open Carry desfilando con sus armas camino de la biblioteca local.

 

El pasado agosto un joven de 16 años abatió a tiros a dos bibliotecarios en la Biblioteca Pública Clovis-Carver en Clovis (Nuevo México); y en la Biblioteca Pública de Clifton Park-Halfmoon (Nueva York) se organizan simulacros para saber cómo reaccionar y protegerse en el caso de tiroteo en la biblioteca. En vista de esta situación los bibliotecarios estadounidenses bien podrían hacer suyo el verso de Gabriel Celaya y hacerlo hahstag, a semejanza de los docentes, replicando que las bibliotecas son armas cargadas de futuro (#librariesweaponswithfuture). Pero, pensándolo bien, mejor no. Pasaría a engrosar el abultado repertorio de eslóganes estilo Mr. Wonderful sobre lectura y bibliotecas que hacen más daño que bien.

 

Cartel situado en la puerta de acceso a una biblioteca en Estados Unidos.

 

No vamos a jugar a psiquiatras o sociólogos de pacotilla indagando en el porqué las pacíficas bibliotecas llegan a convertirse en objetivos de la rabia adolescente en Francia o Estados Unidos. No vamos a hacer como los policías que, tras desmantelar una red de delincuentes, narran orgullosos ante las cámaras los procedimientos seguidos por los malhechores dando ideas para aquellos que no sabían cómo hacerlo. Pero lo cierto es que las bibliotecas acumulan razones para ser víctimas propiciatorias de esa furia vandálica.

Pensamos siempre en las bibliotecas como remedio de muchos males, como instituciones que promueven la inclusión social, la acogida, el fomento de la cultura como esperanza de un futuro mejor. Pero desde la perspectiva de esos jóvenes que ni leen, ni estudian, ni viven otra realidad más que lo marginal: no dejan de ser instituciones de ese mundo que les excluye, lugares que albergan esa cultura que les mira con conmiseración o directamente desprecio. La biblioteca, como la comisaría en la película de Carpenter, representa a las fuerzas del orden cultural. Y encima son blancos fáciles.

 

 

De saber de su existencia, más de uno de esos vándalos suscribiría el título-eslogan del ensayo de Mikita Brottman, que en los últimos días viene animando el cotarro cultural: Contra la lectura. Aunque si se fijasen en la letra pequeña ya se verían excluidos: “un ensayo dedicado a los lectores que no creen que los libros son intocables“.

Pero el argumento que esgrime el texto promocional de la editorial Blackie Books (siempre tan hábil a la hora de inventar títulos sensacionalistas para capturar la atención) puntualiza contra quien va el ensayo en realidad: “contra los pedantes que dicen que aman los libros, pero que en realidad, solo consiguen que el mundo aborrezca la lectura”. Y en eso, es posible, que todos los que habitamos el fuerte bibliotecario tengamos algo de responsabilidad: y por ello, nos acosen los indios intentando arrasarlo todo.

 

Viñeta del magnífico cómic de Hugo Pratt y Milo Manara: Verano indio.

 

Dejando aparte la comprensión que el discurso más progresista muestra hacia las problemáticas sociales cargando toda la culpa en las injusticias del sistema; olvidando intencionadamente lo conflictivo en sí de la naturaleza humana: si es cierto que, como sostenía Pierre Bordieu, el gusto (cultural) es una cuestión de clases. Una herramienta que se pone al servicio de la élite dominante. Y el concepto de cultura que venden las bibliotecas no queda fuera de ese juego.

Lo que dice Brottman en su ensayo ya lo abordó, de otro modo, Evelio Martínez Cañadas en un post de BibligTecarios: Sobre la (in)utilidad de la lectura. Leer no tiene porque ser siempre bueno y el debate que ha abierto la publicación del libro de Brottman es estimulante.

 

The Florida project es una de las películas de la temporada. La historia de unos niños que crecen en el entorno degradado de un desvencijado bloque de apartamentos cercano a Disneyworld entre drogas, prostitución y pobreza. Futuros indios para asaltar bibliotecas.

 

El periodista Cristóbal Peña publicó en 2103 La secreta vida literaria de Augusto Pinochet: un libro en que revelaba la identidad bibliófila del dictador que llegó a acumular una gran biblioteca. Según relataba Peña la pasión por la lectura y los libros de Pinochet era un secreto: parecía que se avergonzara de ello y quiso mantenerlo lo más privado posible.

Y es que leer por leer no significa nada en sí mismo si lo que lees no redunda en una mejor comprensión de tu entorno. Si solo lees aquello que confirma tus ideas, una y otra vez, tu mundo cada vez será más y más pequeño.

El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones: y los argumentos buenistas en torno a la lectura terminan en frases de autoayuda vacía que no convencen más que a los ya convencidos. Si la biblioteca quiere acabar con el asedio de los salvajes debería empezar por desacralizar la cultura; por desactivar el sermón sobre sus beneficios que promete una salvación en esta vida igual que los curas prometen la salvación en la otra.

 

 

Precisamente un libro de conversaciones entre Karel Huizdala y Václav Havel (en cuyo honor se bautizó la biblioteca parisina asediada en el distrito 18) se titulaba: Perturbando la paz. En esas conversaciones, el político y escritor checoslovaco, dijo que “cualquiera que se tome a sí mismo demasiado en serio siempre corre el riesgo de hacer el ridículo“. Algo que todos los que hablamos sobre cultura y bibliotecas deberíamos tener en cuenta para no incurrir en el peligroso hábito de terminar engolando la voz.

Pero volvamos a Francia para cerrar a ritmo de hip hop (el ritmo de muchos de esos jóvenes marginales). El youtuber Squeezie se unió a los raperos Bigflo y Oli en una aventura musical-bibliotecaria de lo más jugosa. Alain Rey es un reputado lexicólogo que se ocupa del Diccionario The Robert. Los músicos, junto con el youtuber, pidieron su colaboración para hacer un tema en el que sus rimas incluyesen algunas de las palabras más chocantes del francés. Una colaboración callejera-académica que dio como resultado un divertido vídeo y un pegadizo tema con miles de visitas en Youtube.

¿Quiere esto decir que para no engolar la voz cuando se habla de cultura hay que glasearlo todo para que potenciales vándalos no le tengan tanta antipatía? Pregunta en el aire con la que termina este asalto.

 

Biblioteca vérité

 

Si estas leyendo este blog se presupone que te interesan las bibliotecas, bien sea como profesional o como usuario. También puede ser que, por esos caminos inescrutables que tiene Internet, una búsqueda sobre gatitos entre flores o gatitas entre capullos: te haya hecho desembocar aquí. En ese caso sentimos defraudar las expectativas. Es lo que tiene crearse expectativas: te convierten en presa fácil de la decepción.

Puede que el estreno del último documental del veterano y prestigioso Frederick Wiseman sobre la Biblioteca Pública de Nueva York haga que nos sumemos al grupo de los decepcionados: pero al igual que los fans de Blade Runner, de Alien o de Star wars no pueden evitar echarle un ojo a sus secuelas, precuelas y recuelas: nosotros tampoco podemos dejar de estar expectantes desde que supimos de su estreno en el último Festival de Cine de Venecia.

 

El póster de la película de Wiseman es candidato seguro a decorar más de un despacho bibliotecario.

 

Mal genio (2017) la película sobre uno de los directores que más ha experimentado con el relato cinematográfico: Jean Luc Godard.

Ex Libris. The New York Public Library es la nueva “ficción de la realidad” que acomete el reputado documentalista Wiseman. Durante varias semanas de 2015, el autor de algunos de los mejores documentales centrados en instituciones (National Gallery o At Berkeley), aplicó su método cinematográfico para captar múltiples facetas tanto de la vida en la sede central de la Biblioteca, como en sus sucursales.

Wiseman y otro coetáneos suyos propiciaron lo que se dio en llamar “Direct Cinema” en los 60. Un reflejo del denominado cinema-verité, practicado por cineastas europeos, con el que aspiraban a captar del modo más fidedigno la realidad frente la artrítica narrativa cinematográfica hollywoodense.

Para Wiseman toda su obra es un intento por capturar la realidad a través de la cámara con la menor intervención posible. Ni textos explicativos, ni voces en off, ni música, ni entrevistas, ni guiones que manipulen lo que se muestra.

John Cassavetes el director de cine estadounidense que más se acercó a los postulados del cinema vérité desde la ficción.

Pero como todo creador, por mucho que aspire a ser invisible, las películas de Wiseman se interpretan en la sala de montaje. La objetividad, la veracidad, la realidad absoluta no existen por mucho que nos hayan querido convencer en los realities. Un travelling es una cuestión de moral que decía Godard. Y la simple elección de una secuencia, en vez de otra, ya está imponiendo una visión personal y subjetiva de la realidad.

Tanto da. Que Wiseman se haya querido centrar en el mundo bibliotecario es una gran noticia. No esperamos que nos descubra la esencia del espíritu bibliotecario (sic): pero su simple mirada es lo suficientemente interesante como para que estemos deseando que se distribuya la película.

Mientras tanto nos hacemos eco de la entrevista que Wiseman ha concedido a la revista “Vanity Fair” en su edición estadounidense. Sus reflexiones sobre lo que ha observado y vivido durante el rodaje de Ex Libris: nos ofrecen una visión en la que bien merece la pena detenerse.

 

La más que improbable adaptación cinematográfica del cómic Aquí de Richard McGuire sería un reto a la altura de Frederik Wiseman. La obra de McGuire no tiene una historia como tal. Sus páginas nos muestran un solo plano de un único rincón del planeta Tierra durante siglos: superponiendo los planos temporales en una lúcida y sorprendente reflexión sobre el tiempo. 

El libro de 2015 de Scott Sherman sobre el fallido Plan Central de Bibliotecas y la situación financiera de la Biblioteca Pública de Nueva York.

La escritora Olivia Aylmer, autora del artículo, destaca como una de las escenas más conmovedoras de las casi tres horas de película: la que se desarrolla en la sucursal más pequeña de la ciudad, la Biblioteca Macomb’s Bridge, en Harlem River Houses. Según narra Aylmer basta esta secuencia para darse cuenta de lo importantes y personales que son las relaciones que los neoyorquinos tienen con sus bibliotecas.

Lo más jugoso de la entrevista es el cambio de percepción que Wiseman obtuvo respecto al papel de las bibliotecas en el transcurso del rodaje. El cineasta reconoce haber sido usuario de bibliotecas durante su infancia y juventud; pero que más adelante dejó de frecuentarlas, sobre todo, porque le gusta comprar sus propios libros.

La sorpresa para Wiseman fue descubrir la variedad y profundidad de los programas que desarrollan las bibliotecas en la actualidad. La diversidad socioeconómica y generacional a la que atienden y los esfuerzos que hacen para sostener su oferta.

La autora de cómics Sarah Glidden se embarcó en un viaje junto a unos periodistas independientes por Turquía, Siria e Iraq. Oscuridades programadas es el resultado de su esfuerzo por comprender al otro:  y al mismo tiempo una reflexión sobre la esquiva objetividad.

Otro realizador, especializado en documentales, pero en las antípodas del estilo de Wiseman, como es Michael Moore, ya alabó a las bibliotecas. Podría decirse que a las bibliotecas les sienta bien el direct cinema o cinema vérité. Ahora que tan en boga está lo de “construirse un relato”, lo de vender nuestra verdad: las bibliotecas también deben entrar en el juego. Pero no desde la manipulación sino desde el deseo de acercamiento, de explicarse, de conectar con la sociedad (y a ser posible con los responsables políticos cuando no están fuera de cobertura), para que personas cultivadas como Wiseman, no sigan teniendo esa visión tan reductora de lo que son las bibliotecas en el XXI.

Que las bibliotecas se están erigiendo en instituciones desde las que combatir la tan mentada posverdad solo hace falta constatarlo con actividades como la que celebró la Oliver Wendell Holmes Library, el pasado enero, bajo la denominación: Libraries in a Post-Truth World (Bibliotecas en el mundo de la posverdad). En un tiempo en que el discurso único, la intolerancia o el chantaje se revisten con palabras como democracia, diálogo y entendimiento: es cuestión de tiempo que alguien termine fundando una Biblioteca de la verdad. Pero de la verdad ¿de quién?

 

Los insultos escritos en los libros de Juan Marsé, en una biblioteca, por su posicionamiento respecto a la situación en Cataluña. 

 

Si el historiador Yuval Noah Harari sostiene que el homo sapiens ganó la batalla de la evolución al más poderoso neardental gracias a su capacidad para construir relatos: sigamos evolucionando. Construyamos relatos en las que quepan el mayor número de voces posibles. Observemos como hace Frederick Wiseman en sus películas y huyamos de los dogmas. Solo así conseguiremos estar algo más cerca de esa véritá que nunca pertenece a nadie en exclusiva.

El cineasta John Cassavettes, que tanto buscó la autenticidad como director en sus películas, dijo que: “el cine es una investigación sobre nuestras vidas. Sobre lo que somos. Sobre nuestras responsabilidades -si las hay-. Sobre lo que estamos buscando.” Una frase perfectamente aplicable a las bibliotecas: una investigación sobre lo que somos y nuestras responsabilidades.

 

Parodia que los bibliotecarios de la Biblioteca de Invercargill City, en Nueva Zelanda, han hecho a cuenta de una portada de las Kardashian. La verdad bibliotecaria sin tapujos.

 

Una de las últimas películas de Cassavettes (protagonizada, una vez más, por su fantástica esposa y musa Gena Rowlands) fue Gloria en 1984, y como los suecos Mando Diao rodaron un vídeo para su excelente tema homónimo con aires a lo nouvelle vague, nada mejor que cerrar con él. Al contrario que Wiseman en sus films, en este blog, por mucho que nos empeñemos por ser meros espectadores,  por ser neutros, asépticos, no podemos resistirnos a ponerle algo de música a la prosaica y (muchas veces) fea realidad. Esa es la verdad.

 

 

Biblioteca de los errores

 

Hace un año saltaba a las redes, cual pulga digital, la noticia sobre la Free Library Haskell (literalmente: la Biblioteca Libre de Haskell). El motivo de su repentina notoriedad global, indirectamente, tenía que ver con Trump. Últimamente todo tiene que ver con Trump. El triunfo de la posverdad se ha convertido en seña de identidad del nuevo siglo: y estamos solo al principio.

 

La Free Library Haskell con la línea fronteriza dibujada que la separa entre Estados Unidos y Canadá.

 

Pero volviendo a lo nuestro. La Free Library Haskell lleva existiendo desde hace muchos años, concretamente, desde 1905: y la razón de haber ganado popularidad se debe al hecho insólito de ser la única biblioteca del mundo que se encuentra sobre la frontera entre dos países: Estados Unidos y Canadá. Según las leyendas locales los inspectores encargados de dibujar la línea debieron hacerlo una noche de borrachera: solo así se explica la zigzagueante sutura que separa a la población estadounidense de Derby Line (Vermont) de la población canadiense de Stanstead (Quebec). Durante décadas se consideraron una sola ciudad, pero el furor fronterizo estadounidense post 11-S, ha hecho que la idílica convivencia se vea comprometida.

Durante los últimos 15 años ha ejercido sin problemas como biblioteca transnacional. Por la que, tanto norteamericanos como canadienses, pueden deambular sin pasaporte. Una simple línea de cinta aislante, en mitad de las salas, es la que marca la línea que separa ambos países.

¿Qué números de la CDU (bueno allí del sistema Dewey) caerán a un lado u otro de la frontera? Solo por fastidiar: todo lo relativo a cambio climático y feminismo debería caer del lado de Trump; y todo lo relativo a telegenia y aperturismo del lado de Trudeau. Clasificación política-contestaria: una variación de esa justicia poético-bibliotecaria de la que ya hablamos.

 

Un bebé lee su cuento sobre la línea que marca la frontera entre los dos países a los que pertenece la Free Library Haskell. (Foto de Stan Grossfeld/The Boston Globe) 

 

Pero ¿qué es una frontera sin delito? La noticia más reciente en torno a la Haskell Free Library tiene como protagonista a Alexis Vlachos que acaba de ser condenado a 20 años de prisión. Su delito: el contrabando de 100 armas de fuego desde los Estados Unidos hasta Canadá. Y su cómplice: la biblioteca.

Bien, como titular sensacionalista valdría, pero en este caso contraviniendo los mandamientos de la posverdad vamos a ser algo más rigurosos. Fueron los compinches del tal Alexis los que aprovecharon los aseos de la zona franca, que es la biblioteca, para depositar las armas. De ese modo, el detenido, solo tuvo que acudir como un amante más de la lectura al centro y retirar tranquilamente el alijo saliendo por la puerta que daba a Canadá. Si hecha la ley, hecha la trampa: hecha la frontera, hecho el delito.

 

Una usurpación inmoral del término biblioteca: la armería estadounidense Gun library.

 

En Escocia llevan tiempo queriendo dibujar con un trazo mucho más fuerte la frontera con el Reino Unido: pero tras el último referéndum del 2014 parece que pasará algo de tiempo antes de que se retome la cuestión. Y ha sido en su capital, Edimburgo, donde se ha fundado la denominada Biblioteca de los errores. Un buen nombre. El origen: la crisis económica desatada a partir del 2008. Los responsables de la biblioteca se basan en la idea de que “la gente inteligente sigue haciendo cosas estúpidas“. Totalmente de acuerdo. Un lema polivalente tan aplicable a las circunstancias que estamos viviendo que no hace falta señalar ninguna: destacan por sí mismas. Pero que en el caso de la biblioteca escocesa se centra en los errores cometidos por los economistas y sus “fórmulas mágicas” para sortear la crisis.

Sean Connery con kilt y en la biblioteca: solo falta el whisky para completar el cuadro.

Con cerca de 2.000 libros: la Biblioteca de los errores nace con el propósito de que no repitamos las mismas equivocaciones (ambiciosos que son los del kilt). La colección reunida espera servir como aviso para próximas generaciones de economistas. Desconfían de la falsa objetividad que promete la aplicación de algoritmos económicos; y apuestan por ofrecer una visión más panorámica a los universitarios gracias a los libros.

Pero más allá de la economía, no estaría nada mal que después de cada desastre provocado bien por economistas, políticos, empresarios, periodistas, militares o cualquier otro colectivo humano: se fundara una biblioteca de los errores. ¿Serviría de algo? Probablemente no. Las fronteras mentales que nos creamos son mucho peores que la línea que divide la biblioteca medio canadiense-medio estadounidense del principio. ¿Quién fundará la biblioteca de los errores de nuestro país? Como le decía su padre al William Wallace interpretado por Mel Gibson en Braveheart: “es la inteligencia la que nos hace hombres“. Y siguiendo esta máxima literalmente, y aún contradiciendo a The Weather Sisters: ni llueven hombres, ni mujeres.

 

 

Si acaso no ya en los humanos, sí que cabe albergar alguna esperanza en sus invenciones: como las bibliotecas. Si la canadiense se autoproclama Biblioteca Libre de Haskell: el movimiento de las little free libraries, sin tanta repercusión, sigue su discreta pero imparable invasión global superando fronteras. La última a raíz de la iniciativa de un liceo en Calabria. Las palabras del discurso que pronunció el día de su inauguración el presidente del liceo resultan perfectas para cerrar este texto sobre bibliotecas, fronteras, errores y libertad: “tenemos el deber […] de salir de nuestras fronteras y dar paso a la construcción de una ciudadanía activa y participativa que encuentre en los libros, y en la difusión de la cultura, las herramientas prácticas para el crecimiento.” Brindemos por ello.

 

Vicios privados, públicas virtudes…bibliotecarias

 

En una biblioteca de Zaragoza la policía detuvo a un usuario que desde hacía tiempo se dedicaba a fotografiar piernas de mujeres bajo las mesas de estudio. La actitud sospechosa detectada por la que iba a ser la próxima retratada llevó a la detención del voyerista. No podemos saber si el mirón habrá visto la película japonesa Love Exposure (2008) pero su modus operandi así podría indicarlo.

 

Una de las surrealistas escenas de Love exposure (2008) de Sion Sono

 

Yu, el inocente adolescente protagonista de este delirio en celuloide, abrumado por la estricta educación católica de su progenitor: decide darle la razón a su padre y ser un pecador en toda regla. Para ello se somete a un duro entrenamiento (la escena de su aprendizaje no tiene desperdicio) para ejercer como fotógrafo ninja de panty shots. Es decir: fotos robadas de la ropa interior de las chicas. Su gran pericia y destreza lo convierten en toda una celebridad. Y hasta aquí podemos contar de una cinta de culto de la que es difícil hacer spoiler: tal es el grado de disparate que alcanza su trama.

Las deliciosas portadas vintage de temática bibliotecaria. La notación Dewey (sexualidad) y el texto lo dejan claro: “Todos en la biblioteca tenían su número”

 

Pero volviendo a Zaragoza, salvo la noticia puntual en la crónica de sucesos, es difícil que el émulo maño del héroe de Love exposure llegue a alcanzar fama alguna. Se quedará como un incidente nimio que desde luego no es extraño al mundo bibliotecario.

Los mirones de biblioteca son una especie habitual. Lo que sorprende es que a estas alturas algo propio de la España del landismo siga practicándose. Pero allá cada uno con sus fetichismos y vicios: siempre que no atenten a la intimidad ajena (como en este caso) que cada uno los lleve como pueda.

Pero no va tanto de vicios de los usuarios este texto como de los vicios (algunos involuntarios, otros no tanto) en que incurre en ocasiones la profesión.

 

Job Webb ha ejercido diversas responsabilidades en bibliotecas del ámbito universitario londinense. En la reunión de 2016 de la Academic and Research Libraries Group presentó una ponencia bajo un título sugerente: Los siete pecados capitales de la biblioteconomía. Algunos a los que hacía mención se pueden extrapolar a cualquier tipo de biblioteca:

  • centrarse en las necesidades de las bibliotecas o bibliotecarios y no en la de los usuarios
  • falta de actualización y de desarrollar aprendizajes (o dicho con otras palabras: apoltronarse)
  • exceso de escrúpulo a la hora de aplicar las reglas e inflexibilidad en general.

No vamos a cargar a la profesión bibliotecaria, en exclusiva, con unos pecados que fácilmente se pueden encontrar en muchas otras profesiones. Pero sí cabe añadir otros que, en algunos casos, revisten la categoría de capitales. Podríamos enumerarlos directamente: pero ¿qué necesidad hay de “hacer amigos” si podemos recurrir al testimonio de los propios pecadores?

De 2013 a 2015 estuvo activa la cuenta de Tumblr: Librarian shaming (Vergüenzas bibliotecarias). En este blog, profesionales de bibliotecas, confesaban los pecados de pensamiento, palabra, obra y omisión que cometían en su día a día laboral. Quedaría bien decir que lo hacían en acto de contrición: pero lo cierto es que, en la mayoría de los casos, no se detectaba propósito de enmienda alguno. A las pruebas (en forma de texto y fotos) nos remitimos.

 

No tengo ningún deseo de leer cualquiera de los libros de Harry Potter!

 

“Algunas de nuestras políticas de préstamo de la biblioteca son una mierda completa, así que cuando un usuario necesita algo que se supone no se puede prestar (por ninguna razón legítima discernible) lo modifico y lo presto de todos modos. Que le jodan al hombre y sus espeluznantes políticas de exclusión.” 

 

Robo la mayoría de libros digitales que leo.

 

 “Voy a los rincones aislados de la biblioteca para ventosear mientras ordeno estanterías”

 

“Soy bibliotecario infantil y odio las canciones infantiles”

 

Mis libros SIEMPRE ESTÁN SOBREPASADOS (incluso mis préstamos interbibliotecarios)

 

“Admito que estoy celoso cuando el jefe y algunos de mis compañeros salen de marcha por los clubes y nunca me invitan.”

 

“Si un usuario llega cuando quedan minutos para cerrar la biblioteca preguntando si tenemos cierto DVD, hago como que lo busco, y le digo que está perdido. Los DVD no tienen una ordenación concreta y me niego a esperar que lo busque mientras yo espero. Han tenido el resto del día para venir, que respeten mi horario. Bastante mal pagado estoy para el tiempo que trabajo.”

 

Prefiero leer libros digitales que libros en papel. Amo mi Kindle

 

“En ocasiones estoy jodidamente aburrido en mi biblioteca. Soy el jefe”

 

Latigazo, el bibliotecario!

En esta pequeña muestra, hay confesiones que pueden considerarse pecados veniales, otras en cambio, ni siquiera faltas. Cada uno, según su sentido de la moral, clasificará unas u otras en la correspondiente categoría: pero hay dos que deberían clasificarse como capitales sin medias tintas. Es difícil pensar en penitencias cuando cuesta creer en el concepto de pecado: pero en estos casos ejerceríamos, sin dudarlo, de jueces aplicando gustosos las condenas.

La bibliotecaria, que oculta tras un lector de libros electrónicos, reconoce recurrir a la piratería para sus lecturas; y el director de una biblioteca que se queja del “jodidamente aburrido” trabajo en su biblioteca.

No vamos a ser hipócritas: en los albores de las descargas de contenidos digitales, quien más, quien menos, incurrió, bien por obra u omisión (esa música, esa película, ese libro que nos pasa un amigo, y sobre el cual, no preguntamos la procedencia) en descargas ilegales. Pero a estas alturas de la película: el bibliotecario que no haya comprendido que los intereses de los creadores y de las bibliotecas van de la mano (y viceversa): es un tarado o le importa bien poco la cultura para la que se supone trabaja. Y respecto al segundo pecado capital, ser jefe de una biblioteca y aburrirse, tiene fácil solución: dimitir. No más bibliotecarios jurásicos desgastando poltronas: para eso ya tenemos a los políticos.

 

Un libro como escondite para los vicios: en este caso el de la buena lectura y el del buen whisky,

 

En 2015 dejó de funcionar el blog y no por falta de pecadores. En la declaración de intenciones sus creadores manifestaron su deseo de convertirlo en un foro divertido en el que los bibliotecarios, anónimamente, desvelaran sus pequeños vicios y así obtener la conmiseración de sus colegas. Y ese es el espíritu que se detecta en sus inicios, pero en los años que van del 2013 al 2015 (con el discurso hater afianzándose cada vez más en las redes sociales) se empieza a advertir en algunas confesiones: una desidia, cuando no directamente un desprecio, hacia las bibliotecas que hizo que la diversión se esfumase.

El triunfo de la sinceridad como valor supremo, en esta época “desilustrada” que estamos viviendo, junto al anonimato: puede que tuvieran mucho que ver con su extinción. La mala educación, la falta de pericia en el manejo inteligente de la ironía, la pose descreída confundida con perspicacia: son los componentes de esa nueva sinceridad, que se blande como una virtud, cuando no es más que una muestra de inseguridad, grosería y pereza mental. Y de este modo el divertido confesionario digital de Librarian shaming iba camino de convertirse en un escupidero.

El extinto (en papel) suplemento “Tentaciones” de “El País” incluye El manual del hater que, en este caso con gracia, explota la tendencia que arrasa en las redes. La sección se encabeza con la frase “Cómo odiar correctamente a…” y en la diana, tras esos puntos suspensivos, se sitúa algún tema que cotiza alto en la escala de valores cool para ser machacado a conciencia. Dada la buena consideración que, en general, parecen tener las bibliotecas para la cultura hipster no estaría de más que un día, tras esos puntos, situasen a las bibliotecas/bibliotecarios antes de pasar el relevo a la siguiente tribu cultureta.

 

Cigarrillos de marihuana escondidos en un libro en la década de los 40.

 

Pero un ejemplo de que no hace falta abusar de la ironía, ni de la sinceridad como eufemismo de grosería para dejar en evidencia a los hipócritas: lo dio hace unos meses la bibliotecaria estadounidense Margaret Howard en un tuit. Fue con ocasión de la celebración de la National Library Week que Ivanka Trump, relaciones públicas del patán de su padre, quiso ensalzar a las bibliotecas y bibliotecarios por su contribución al conocimiento y el aprendizaje: y una vez más la verdad a secas, que no posverdad, sirvió para desarmarle la pose.

 

Esta Semana Nacional de las Bibliotecas, nosotros honramos a nuestras bibliotecas y bibliotecarios por abrirnos los ojos al mundo del conocimiento, el aprendizaje y la lectura!

Tu padre quiere recortar todos los fondos federales pero gracias por el tuit. #SaveIMLS (Salvemos al Instituto de Servicios Bibliotecarios y Museos)

 

Dada la poca sutileza de los tiempos que corren: ahora, igual que siempre, el antídoto contra la hipocresía no es el mal uso de la sinceridad sino el ejercicio de la libertad de pensamiento. Y para terminar, un vicio que se hace virtud en este blog: acabar con música.

Los protagonistas del magnífico vídeo que el colectivo de realizadores franceses Megaforce ideó para el tema Sacrilege del grupo Yeah, Yeah, Yeahs: encajarían a la perfección en el tipo de votante que ha aupado a Trump al poder. Pero lo cierto es que fue rodado en plena era Obama. Con un cierre así sobran puntos suspensivos en los que escribir lo que hay que aprender a odiar correctamente.

 

Sexo, drogas y tejuelos. Cara B

 

“De la piel para dentro empieza mi exclusiva jurisdicción. Elijo yo aquello que puede o no cruzar esa frontera. Soy un estado soberano, y las lindes de mi piel me resultan mucho más sagradas que los confines políticos de cualquier país.”

 

Esta frase tan reivindicativa de Antonio Escohotado que hasta dio pie a una canción y que luce en tantos blogs y comentarios en redes que buscan proclamar la soberanía personal: resulta de lo más procedente para posar la aguja sobre la Cara B, de este vinilo en forma de post, que iniciamos la semana pasada.

Si en la Cara A nos centramos en el sexo, o más exactamente en la necesidad de reivindicar/rescatar al erotismo desde la cultura a través de las bibliotecas: en esta cara nos centramos en el segundo elemento de la tríada: las drogas.

Heroin, be the death of me
Heroin, it’s my wife and it’s my life
(Heroína, sé mi muerte
Heroína, es mi esposa y es mi vida)

 

Detalles del libro Rolling Words, un libro con una selección de las mejores letras del rapero Snoop Dogg, confeccionado en cáñamo. Las hojas de papel de fumar y el lomo permitían convertir las letras del rapero en cargados “petas” con los que acompañar la escucha de sus temas.

El propio Escohotado colaboró en los 80 a la confusión general que se generó en torno al consumo de drogas participando en algunos programas de televisión. Intervenir en programas en los que se abordaba la droga como problema social, con madres de drogadictos desesperadas en plató: no fue la decisión más inteligente si lo que pretendía era hablar del consumo de drogas desde una óptica antropológica y como una expresión de libertad personal.

¿Ha evolucionado mucho el debate sobre las drogas tras el sensacionalismo con que se trataba allá por los 80? En realidad no. Las opiniones sobre penalización o legalización siguen polarizando el debate social; y el tráfico de drogas sigue generando pingües beneficios y provocando un goteo incesante de muertes. Abordar el asunto de las drogas de manera mesurada en estas circunstancias: sigue siendo una quimera. Y no deja de resultar paradójico cuando precisamente uno de los conceptos que la discusión pública sobre las drogas puso sobre el tapete, la adicción, está más presente que nunca.

 

Weiß wie Schnee, Kokain und Kodein, Heroin und Mosambik
(Blancas como la nieve, cocaína y codeína, heroína y Quaalude)

 

Pareciera un titular de broma en El País, pero es real: la Antártida está llena de cocaína.

El libro de Juan Carlos Usó abordando las teorías ¿conspiranoicas? sobre el uso de las drogas por parte del poder para manejar a los disidentes del sistema.

Desde finales del siglo pasado hasta nuestros días, y siguiendo esa necesidad imperiosa que obliga a diagnosticar, tipificar y medicar cualquier conducta: al término adicción le sienta bien todo. Adicción a las compras, al sexo, a la comida, al juego…y así hasta un infinito rosario de dependencias compulsivas entre las que ¿desafortunadamente? que sepamos no se ha incluido a las bibliotecas. En definitiva, cuando las dietas de ansiolíticos están a la orden del día: la tecnología ha llegado para superar cualquier dependencia previa.

No es de extrañar que el apóstol del LSD, Timothy Leary, se volcase apasionadamente durante sus últimos años en la tecnología. Leary murió en 1996 cuando aún faltaban unos años para que Internet irrumpiera con fuerza trastocando esa sociedad que tanto desafió. En la conferencia que dio en el primer Artfutura en Barcelona, allá por 1990, ya planteó la visión de una Humanidad escindida entre la realidad palpable y la virtual. Nunca el término visionario se ajustó mejor a nadie.

La adicción a las pantallas no respeta edades, clases sociales, credos, ni procedencias. Afortunadamente sigue suministrándose la mejor metadona para desengancharse en forma de libros impresos en bibliotecas y librerías. En nuestro ¿primer mundo? parece como si muchos lo desconocieran, pero en otras latitudes: los libros siguen siendo parte del remedio para luchar contra las drogas.

 

They tried to make me go to rehab
But I said “no, no, no” 
(Intentaron llevarme a rehabilitación
Pero yo dije: “no, no, no”)

 

El luminoso cómic Cazador de sonrisas sobre un dentista aficionado al LSD.

En Perú la Biblioteca Nacional se ha involucrado en un plan para inaugurar bibliotecas en las zonas del país tradicionalmente dedicadas al cultivo de la coca. En colaboración con la Comisión Nacional para el Desarrollo y Vida sin Drogas (Devisa) pretenden suministrar de forma permanente información educativa y científica relacionada con las drogas.

Por contraste, más al norte, en la biblioteca de McPherson Square, en Filadelfia, los bibliotecarios han tenido que formarse en la administración de naloxona: el fármaco que se utiliza en el caso de intoxicaciones por opiáceos. La ciudad está siendo invadida por muchos “turistas de la droga”: drogodependientes de otros estados que viajan hasta Filadelfia por la fama que ha alcanzado la pureza de la heroína. Y el lugar preferido para consumirla no es otro que la venerable y centenaria biblioteca y sus jardines aledaños. De rodarse una secuela de la genial serie The Wire ya tendrían nueva localización.

Welcome to Tijuana
Tequila, sexo, marihuana
(Bienvenido a Tijuana
Tequila, sexo, marihuana)

 

Pero la crónica más reciente que liga a libros y drogas nos lleva a la tierra del género musical que menos gracia nos hace: el narcocorrido. Y es que como gritaba imperioso Pancho Villa: ¡Viva México….lectores! Ese podría ser el grito de guerra (pacífica) del librotraficante mexicano Tony Díaz, que hace pocos días ha vuelto a la carretera para demostrar que, por mucha buena novela de Cormac McCarthy que haya al respecto: la frontera entre México y los Estados Unidos es mucho más que territorio de narcotraficantes.

 

 

Las enseñanzas de Don Juan de Carlos Castaneda: un clásico en el uso chamánico y espiritual de las drogas.

En 2012 las autoridades de Arizona decidieron “depurar” de las escuelas y bibliotecas aquellos libros que hacían referencia al pasado mexicano de estados como Arizona, Utah, Texas, Kansas o California. Y de paso también libros que pudieran servir para tomar conciencia sobre el racismo, la etnicidad y la opresión que los mexicanos han venido sufriendo por tener a los norteamericanos como vecinos de arriba.

Tony Díaz (que recibió el galardón Robert B. Downs de Libertad Intelectual concedido por la ALA) se ha convertido en la cabeza visible del movimiento librotraficante: escritores y activistas latinos que distribuyen de forma clandestina los títulos prohibidos entre los escolares, e incluso fundan bibliotecas underground o clandestinas en las que están siempre disponibles los títulos perseguidos.

 

El colorista número de la revista Infobibliotecas dedicado a México.

En los tiempos en que un mandatario (que hasta donde sabemos no actúa bajo los efectos de ninguna droga) pretende erigir un muro que se financie mediante energía solar, al tiempo, que deroga acuerdos que luchan contra el cambio climático: no es de extrañar que el librotraficante se haya tenido que echar de nuevo a la carretera para compensar tanto “mal viaje” como nos depara la actualidad.

Hace unos días una caravana partía rumbo a Tucson: último lugar en el que un tribunal está a punto de dictaminar sobre el futuro de los estudios étnicos méxico-americanos en las escuelas de Arizona. La comitiva efectuará paradas en San Antonio, El Paso, Las Cruces y Albuquerque para organizar fiestas, lecturas y conferencias de prensa.

La raya, la raya
la raya de caballa
esconde la papela
que viene la camella

 

Según un viejo chiste, si Frank Kafka hubiese escrito sobre México o España sería considerado un escritor costumbrista: tales son los dislates que nos caracterizan como países. Por eso entraría dentro de lo lógico que la Iglesia Internacional del Cannabis pudiera tener sede en ambos países: pero ha sido en Colorado donde se ha fundado el primer templo de la religión de los elevacionistas: una religión igualitaria que rinde culto a la marihuana como elemento sacro para llegar al estado sagrado de la felicidad.

 

Nave central de la Iglesia dedicada al culto del cannabis en Colorado.

 

Virgen obra de Fabio McNamara

Desde que Marx declarase a la religión como el opio del pueblo: cada uno le rinde culto a lo que le viene en gana. En nuestro país la superstar (Warhol dixit) Fabio McNamara dejó las drogas (o ellas le dejaron a él) y abrazó con tal fervor la religión que hasta los de Intereconomía TV le mostraron orgullosos como ejemplo de redención (tal cual como una Sara Montiel pecadora reconvertida en monja).

El que no sea adicto a algo que tire la primera china. Nosotros lo tenemos claro. Puestos a elegir optamos por el uso y abuso del LSD. Un LSD que nada tiene que ver con el dietilamida del ácido lisérgico: la equivalencia de las siglas, en nuestro caso, equivale a Leyendo Sin Descanso. Nadie te asegura que no tenga efectos secundarios, y hasta perjudiciales, pero puestos a alterar nuestra mente que sean las bibliotecas nuestros camellos.

 

Una figura tan poco contracultural como Cary Grant se convirtió en un convencido defensor del consumo de LSD en los 60.

 

Y hasta aquí la Cara B del vinilo en forma de post sobre Sexo, drogas y tejuelos. Para el último surco reservamos el tema ideal que debería acompañar a los librotraficantes mexicanos en su peregrinar contra la censura. Ni el punk, ni el heavy, ni la música electrónica, ni el trap puede hacerle sombra a la gran Paquita la del Barrio cuando se trata de cantarles las cuarenta a los tribunales, a los inquisidores y hasta el mísmisimo Trump si se tercia.

Si McNamara cantaba junto a Almodóvar aquello de: “amor de rata, amor de cloaca“, Paquita pone los puntos sobre la íes a las ratas de dos patas que en el mundo son. Y que cada cual se la dedique a quien mejor le venga.

 

Mi opinión de mierda: bibliotecarios bajo el influjo

Ilustración del blog Atroz con leche

 

Hay canciones cuya capacidad de apropiación las convierte en clásicos instántaneos. Es el caso de My way que lo mismo vale a un demócrata que a un republicano; o A quién le importa que lo mismo le sirvió al efímero partido político de los jubilados en los años 80 que al desfile del orgullo gay.

No se puede decir que ninguno de los temas del grupo Los Punsetes haya alcanzado ese nivel de popularidad (contravendría por otra parte su perfil indie), pero la letra de su tema de hace dos años Opinión de mierda: no deja de ganar vigencia conforme pasa el tiempo.

“España necesita conocer tu opinión de mierda, la gente necesita que le des tu opinión de mierda”

Durante mucho tiempo, tertulianos, famosos, contertulios, políticos (sobre todo políticos) y demás bendecidos por el foco mediático: peroraban sobre las cuestiones más peregrinas. Hasta que llegaron las redes sociales y ahora todos (o casi todos) pensamos que nuestra opinión le interesa al resto del mundo.

Ya se sabe el tópico: en España todos sabemos de política, fútbol, cine, libros (bueno no, hablar de libros en nuestro país, como decía Houellebecq, puede provocar incómodos silencios) así que el territorio estaba bien fertilizado.

Uno de los muchos ejemplos es el portal Filmaffinity. La valoración inicial de una película por parte de la crítica profesional puede ser ensalzarla o repudiarla; pero una vez se estrena: la puntuación fluctuará según la reseñas que añadan los internautas con ínfulas de críticos. Pasados unos meses puede que el contraste entre la crítica profesional y la puntuación obtenida sea abismal. Y en la siguiente captura de pantalla puede comprobarse en el caso de la que fue proclamada como una de las mejores cintas del 2016.

 

La excelente Elle (2016) de Paul Verhoeven arrancó en Filmaffinity con una valoración por parte de la crítica especializada que rozaba la categoría de obra maestra. Tras las reseñas de los internautas se ha quedado con un 6’7.

 

“un arte sujeto al escrutinio de la mayoría sólo puede dar como resultado ramplonería y superficialidad” (del ensayo: La musa venal. Producción y consumo de la cultura industrial de Raúl Rodríguez)

 

Lo paradójico en cualquier caso es que mientras se derriban pedestales, muchos de esos émulos de críticos/comentaristas/opinadores en versión bloguera, tuitera, facebuquera, youtubera o instagramera (¡vaya! hay anglicismos que mejor no españolizarlos) sueñan con llegar a ser eso que se ha dado en llamar influencers.

Una figura en la que priman según glosa en su interesante blog la publicista y experta en marketing digital y redes sociales, Fátima Martínez, cualidades tales como: la “autenticidad” (¿cómo se medirá eso?), la originalidad, la cercanía, la gracia/desparpajo, y sí, también: la calidad de sus contenidos.

 

 

¿Y los bibliotecarios y las bibliotecas bajo que influjo se sitúan en mitad de todo este trasiego? Pese a lo que pueda parecer la figura del bibliotecario sigue teniendo un prestigio que explotan algunos de los que aspiran a ese título oficioso (pero muy rentable, véase el caso de los youtubers) de influencer (micro o maxi aquí el tamaño no importa). Pero, ¿tienen alguna posibilidad los bibliotecarios para que se les reconozca como tales en el mundo digital?

 

En 1953 Christian Dior acorta las faldas y monta una revolución en el mundo de la moda. Es uno de los episodios que se recogen en el cómic con apuntes biográficos sobre el mítico diseñador. Si hay un mundo en el que los anglicismos y los influencers proliferan sin medida ese es el de la moda.

 

En la Wikipedia a los redactores se les ha denominado “bibliotecarios” desde sus inicios. Y tan bien les ha ido usando esta terminología que hasta han terminado por llevarse a los propios bibliotecarios a su terreno.

Hace unos días Eli Ramírez nos hablaba en Biblogtecarios de la campaña anual de la Wikipedia dirigida a bibliotecarios #1Lib1ref. Una iniciativa que los integrados (según la terminología patentada por Umberto Eco) verán como una manera de reconocer la autoridad intelectual de los bibliotecarios en el mundo digital; pero que los apocalípticos pueden interpretar como venderse al enemigo.

Pero no es la Wikipedia el único caso de una apropiación que implique, más o menos, un reconocimiento al valor de la profesión. En la agencia de inteligencia estadounidense, CIA, al personal encargado de rastrear internet, sobre todo las redes sociales en busca de posibles enemigos del país: les bautizaron como “los bibliotecarios vengativos”. No sabemos hasta qué punto suena esto halagador. Por una parte no dejan de ser unos cotillas cibernéticos, y por otra, tanto espiar cuentas ajenas como prevención y al final tienen al enemigo en casa (blanca para más señas).

 

“Sabes que se trata de un desastre cuando los bibliotecarios empiezan a protestar” rezaba esta divertida pancarta en la reciente Marcha de las Mujeres contra Trump

 

¿Se podría hablar entonces de los bibliotecarios como influencers? Sería forzar la cosa un poco pero antecedentes, al menos colectivos, existen.

Fue en 2001 cuando el cineasta de documentales Michael Moore publicó su libro Estúpidos hombres blancos. Los intentos de censura por el ataque directo de Moore al gobierno de Georges Bush Jr. tras el atentado de las Torres Gemelas: no se hicieron esperar. Y ¿quién consiguió que no llegaran a buen puerto?

¡Shhhhh! Las bibliotecas son radicales

 

 

Ann Sparanese, bibliotecaria en Nueva Jersey inició una campaña contra estos intentos de censura a la que fueron sumándose más y más bibliotecarios. Tantos fueron, que el FBI terminó hablando de los “bibliotecarios militantes radicales”. Dieciséis años después, los bibliotecarios estadounidenses ya se están movilizando para combatir la tristemente célebre posverdad que tanto gusta a los nuevos populismos.

Con personajes como Donald Trump, Marie Le Pen, Vladimir Putin, Nigel Farage o Boris Johnson se está abonando bien el terreno para que surja todo un frente bibliotecario de resistencia. Mientras esto llega calificar a un bibliotecario de influencer quizás resulte un tanto excesivo. Pero no dentro del mundillo profesional.

 

Muro de libros en la Biblioteca Regional de Murcia con motivo de una reciente exposición sobre los campos de refugiados

 

Mucho antes de que existiera todo este guirigay de las redes, profesionales como Carme Fenoll (de desagradable actualidad estos días) influyeron en todo bibliotecario inquieto con sus célebres 50 ideas para sorprender desde la biblioteca pública. Años después tuvo la generosidad de compartir desde este blog un decálogo bibliofílico que surgió de un viaje a Nueva York. 

 

 

Aquel inspirador manifiesto dejó claro que el mejor influjo bajo el que podían situarse los profesionales era el de la innovación, el de la creatividad. Y precisamente desde el país que hace dos años visitaba Fenoll, nos llegan ahora los recién otorgados Premios Bibliotecarios de Innovación que concede, cada dos años, la editorial Penguin Random House en el marco de la Reunión de Invierno de la American Library Association.

En esta edición, en la que se reconoce a bibliotecarios con nombre y apellidos, por “transformar sus comunidades mientras fortalecen el tejido social y cultural de nuestro mundo” como dijo en su discurso el representante de la editorial, se llevan los sustanciosos premios metálicos bibliotecarios y proyectos tales como:

 

  • Kay Marner, que desarrolla desde la Biblioteca Pública de Ames (Iowa) un programa para enseñar a los padres cómo facilitar el desarrollo del lenguaje de los niños menores de tres años: se hizo con el primer premio
  • Janet Brown, de la Biblioteca Pública de Windsor en Ontario, fue finalista con un programa para formar líderes/mentores adolescentes.
  • Syntychia Kendrick-Samuel, jefa de servicios para adolescentes en la Biblioteca Pública de Uniondale (Nueva York) fue otra de las finalistas con un programa para el empoderamiento académico de los adolescentes.
  • Jessica Link que ni siquiera está en plantilla en la Biblioteca Pública de Cedar Rapids (Iowa), pero que desde su condición de voluntaria: montó un reto de lectura intergeneracional para el verano en el que implicó a toda la comunidad.

 

Decíamos en Esto no es Hollywood: palmarés de biblioteca que ya podíamos ir tomando nota en nuestro país de cómo saben venderse, revalorizarse y promocionarse los norteamericanos. Aunque viendo las reacciones tan viscerales y rabiosas que los Goya provocan en algunos sectores de nuestra sociedad: no sabemos si resultaría contraproducente. Y ya que arrancamos el texto un punto escatológicos y musicales, será cuestión de clausurarlo similar.

Todos podemos tener una opinión de mierda por mucho que creamos que lo que decimos suena interesante. Siempre habrá alguien para quien lo que formulamos no sea más que una obviedad, una chorrada, una frase de todo a un euro envuelta en celofán digital. Pero tampoco hay que preocuparse mucho: tener haters es casi la primera norma para llegar a ser un día un influencer.  Disfrutemos pues, sin complejos, de las opiniones de mierda que repasaban los Ojete calor en su tema 0’60. 

 

 

Estadística creativa para bibliotecarios soñadores

 

Como cada año el informe de la Federación del Gremio de Editores sobre la lectura en nuestro país ha sido noticia. Una vez más los porcentajes estadísticos que proporciona han dando pie a titulares y análisis que van camino de convertirse en toda una tradición, algo así como las crónicas que cada 22 de diciembre se emiten sobre los ganadores de la lotería (pero a la inversa, donde allí hay alegría, aquí siempre hay decepción). Pero ya sabemos por los políticos que a las estadísticas se las hace decir lo que uno quiere; así que no vamos a darle más vueltas al asunto, bastante se ha hablado ya. Es preferible fijarse, cual manual de autoayuda, en historias ejemplarizantes que nos eviten cualquier asomo de abatimiento bibliotecario.

 

 

La magia de los números en esta calculadora japonesa de 1962.

Porque seamos sinceros, ¿qué bibliotecario en un momento de debilidad, o mejor, de duda: no ha pensado en dejarse llevar por la creatividad al rellenar los formularios de Alzira del Ministerio?, ¿quién ante el insondable misterio de toparse con que el número de ejemplares difiere según la búsqueda en el programa se haga de una forma u otra: no ha optado por quedarse con la cifra que mejor le cuadra con el resto?

Que tire el primer tejuelo aquel o aquella (y lo sentimos pero esto no es lenguaje inclusivo, es simplemente un redoble de tambor para dar más peso a lo que sigue): que no ha tirado por lo alto o por lo bajo en: número de usuarios-actividades-ejemplares-servicios… cuando le ha interesado para engatusar al político de turno, o dar lustre en los medios a su biblioteca.

Por eso empatizamos en el delito con el responsable de la Biblioteca del Condado de East Lake (Florida), George Dore, y su auxiliar de biblioteca, Scott Amey. Porque en Infobibliotecas nada de lo bibliotecario no es ajeno.

 

Se acerca uno de los momentos del año “favoritos” para muchos bibliotecarios: hacer las estadísticas y rellenar el formulario de Alzira del Ministerio.

 

Chuck Finley, así se llamaba el usuario tan, tan asiduo de la Biblioteca de East Lake que él solo se había prestado un total de 2361 libros en poco más de nueve meses. Si Agatha Christie leía unos 200 libros anuales, Theodore Roosevelt uno al día, y la bibliotecaria Harriet Klausner unos 6 al día (“Si un libro no me interesa cuando llego a la página 50, dejo de leerlo” arguyó para defenderse de los incrédulos) según relataba un artículo de BBC Mundo: Finley debería figurar en alguna categoría del Libro Guinness. La única pega es que el tal Finley nunca ha existido, al menos físicamente como usuario de la Biblioteca de East Lake. Pero todos sus datos, incluido su nutrido historial de préstamos, constaban en la base de datos de la biblioteca hasta hace bien poco.

En la red de bibliotecas del Condado de Lake, se distribuyen los fondos atendiendo a la demanda; de tal modo, que si pasado un determinado periodo algún título no alcanza los préstamos necesarios se retira de la circulación. Un criterio salomónico que no distingue entre best seller del momento y clásicos literarios.

 

En El invisible Harvey (1950) James Stewart interpreta a un hombre encantador, siempre dispuesto a ayudar a los demás. Su única peculiaridad es que siempre va a acompañado de un conejo gigante que sólo él es capaz de ver. Su familia decide ingresarlo en un psiquiátrico. 

 

El Chuck Finley real, estrella del béisbol desde 1986 a 2002. 

Tanto para George Dore, como responsable de la citada biblioteca, como para su auxiliar Scott: este expurgo implacablemente estadístico les suponía un suplicio. Y cual doctores Frankenstein decidieron crear al usuario de biblioteca ideal. Un voraz lector cuya compulsión permitía salvar a muchas de las obras en las que nadie reparaba. Que su nombre, Chuck Finley, coincidiera con el de un jugador de béisbol jubilado que durante 17 años desarrolló su carrera en la liga mayor: fue algo completamente accidental (o no).

Pero este celo bibliotecario desmedido no ha servido de atenuante para el despido del bibliotecario. La investigación que ha originado, como tanto gusta decir a determinados políticos: puso en marcha la máquina del fango y salpicó a toda la red. Dore arguyó en su defensa que otras bibliotecas de la red también tenían carnés institucionales o “dummies” (tontos) para “salir favorecidas” en las estadísticas. Toda una intriga bibliotecaria que en manos de un guionista talentoso podría convertirse en película hollywoodense.

 

Theodosia Burr Goodman reinventada como la fascinante Theda Bara.

 

Theda Bara como Cleopatra

Y también en el este de los Estados Unidos, pero en 1914: Theodosia Burr Goodman dejó atrás su ciudad natal para inventarse una identidad, o mejor dicho, para dejar que se la inventasen. Pese a que ya había cumplido los 30, una edad peligrosa para una aspirante a estrella: un estudio de la meca del cine la reinventó para fascinar al público.

De repente, Theodosia pasó a llamarse Theda Bara, dejó de ser la hija de un comerciante judío de Cincinnati para ser la hija de una concubina egipcia y de un artista francés, nacida en el Sáhara, y sacerdotisa de oscuros rituales del Oriente.

Ella fue la primera vamp, la primera estrella prefabricada, la mujer fatal que venía a distraer las mentes de las macabras estadísticas de bajas en el frente que llegaban de un mundo sumido en la Primera Guerra Mundial. Con biografías tan encantadoras, ¿a quién le importaba la verdad?

Theda evoca un tiempo de cartón piedra, de mentiras inocentes que se hacen verdades aceptadas con las que poder fantasear. Eran tiempos convulsos, como el nuestro, pero Theda hoy sólo sería una sex symbol en países pobres, aquí en el primer mundo, su exuberancia carnosa sería un insulto. La capacidad de fabulación nos ha adelgazado, casi tanto como las modelos de pasarela. Y mientras tanto, los egos engordan y engordan con las grasas saturadas de las redes sociales.

 

El lugar de los hechos: la humilde biblioteca de East Lake.

 

Ante este panorama, ¿quién puede reprocharle a George y Scott que hayan ideado al usuario de biblioteca perfecto? Cuidado que nadie nos vaya a acusar de incitar al “maquillaje estadístico”. Simplemente es que en un mundo en el que triunfa la posverdad (aquí mismo acuñamos la posverdad bibliotecaria hace poco), en una época en que el fingimiento ha alcanzado el paroxismo, entre tanta mentira dañina: algo de inocencia, o al menos de ilusión (por aquello de no bajar la guardia) se está haciendo tan necesaria como una conexión wifi.

Por eso, desde aquí eximimos de toda culpa a esos dos pícaros estadísticos, a estos fabuladores que hicieron que los índices de lectura de su modesta biblioteca llegasen a la cuarta base gracias a Chuck. Todos necesitamos soñar, lo está dejando claro el éxito arrollador de una película como La, la, land (La ciudad de las estrellas): un musical que remite a ese Hollywood ingenuo y feliz que arrancaba con Theda. En definitiva, lo que han hecho George y Scott, no ha sido otra cosa que ponerle algo de música a las frías y asépticas estadísticas de bibliotecas.

 

La, la, land (La ciudad de los sueños) arrasando entre crítica y público por ofrecer una historia romántica y sencilla en medio de una época cínica.

 

En el último número de la revista Infobibliotecas, Mariate Alonso le ha puesto música a este invierno reuniendo algunas de las canciones que se han dedicado al mundo de las bibliotecas; y nuestro compañero Héctor Fouce (que tan excelentes maridajes crea, en cada número, entre libros, música o películas) las ha seleccionado en una lista de reproducción de Spotify que se puede disfrutar pinchando aquí. Es lo propio, concluir con música la crónica de un fraude que resulta de lo más cándido visto el panorama.

Si La, la, Land ha llegado de Hollywood para mitigar las oscuras nubes que se ciernen sobre el 2017: hace dos años el grupo Verkeren insuflaba alegría en vena con su tema Laberinto. Pura inocencia y optimismo naíf para unas coreografías bibliotecarias, tal vez menos cool que las de Ryan Gosling y Emma Stone, pero más asequibles para bibliotecarios soñadores.

 

Posverdades bibliotecarias

 

En el recién finiquitado VIII Congreso de bibliotecas públicas sólo sonó una vez en el auditorio de Toledo; pero era algo casi inevitable que la palabra que el Diccionario Oxford ha elegido como palabra del año: estuviera presente de algún modo en el encuentro. Es el primer logro de Donald Trump, incluso antes de llegar a ser presidente, y ni siquiera lo ha inventado él: la posverdad (post-truth).

 

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Mark Zuckerberg ha anunciado siete medidas para evitar la proliferación de bulos en su red social

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El fantástico documental de Welles sobre el falsificador Elmyr de Hory: la mentira hecha arte.

 

Tan sólo hace dos posts hablábamos de Una verdad (bibliotecaria) incómoda, pero ahora recurrimos a la posverdad que es mucho más cómoda, confortable y acogedora para quienes estén dispuestos a aceptarla, y un infierno para el resto.

Nadie podrá negarle al del peluquín que pese a un look al que ni siquiera se le puede adherir lo de viejuno (su estética va más allá): ha sabido rentabilizar como nadie el espíritu que redes sociales y demás medios digitales han ido fraguando durante estos años pasados.

 

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La futura biblioteca presidencial del cuadragésimo primer presidente de los Estados Unidos

 

Pero no vamos a ponernos a analizar la figura de Trump. Inevitablemente es algo que va a ser omnipresente a partir de ahora; pero como es lógico sí que estaremos pendientes de lo que su irrupción va a suponer para el mundo bibliotecario. En Esta biblioteca mata fascistas nos reíamos pensando en una futura biblioteca presidencial Donald Trump, y la sonrisa se nos congeló en la boca. (¡ZAS! en toda la boca que dirían los millenials). Un primer indicio, una primera pista, nada sorprendente por otro lado, pero que hay que consignar: han sido las declaraciones de la periodista de la cadena FOX (que tanto ha hecho por aupar a Trump) Greta Van Susteren en las que sostenía que ya no es necesario construir más bibliotecas.

 

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La periodista de Fox entrevistando a la próxima primera dama de los Estados Unidos; rodeada de unos dorados que para sí quisieran en el programa Los Gipsy kings.

 

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El maravilloso Pinocchio de Winshluss, extraviado en un  mundo corrompido de mentiras.

Ok. Si no puedes con el enemigo no te unas a él: mejor estúdialo, detecta cuáles han sido las razones de su éxito y úsalas a tu favor. Si el brexit, Trump y tantos otros inquietantes movimientos han consagrado la posverdad, no nos resistamos a la corriente, aceptémosla sin complejos e inventémonos titulares machacones que saturen los medios.

Por ejemplo que por cada euro invertido en bibliotecas se da un retorno de la inversión de 3,49 euros a la sociedad; o que las bibliotecas ayudan a combatir las desigualdades y colaboran en la integración de colectivos con riesgos de exclusión; o que según recientes estudios científicos la lectura aumenta la esperanza de vida, además de reportar otros beneficios para nuestra salud.

Pero un momento…, la falta de pericia en esto nos está jugando una mala pasada. Todo lo enumerado no son posverdades, sino verdades a secas sin necesidad de prefijo alguno. Mejor ensayamos de nuevo a ver si atinamos más:

 

¿Qué tal lanzar la noticia (sustentada en el estudio de alguna universidad de exótico nombre) de que la concentración de pulpa en las bibliotecas genera una condensación atmosférica que contrarresta el cambio climático compensando la deforestación?

 

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Instantánea del montaje de una exposición del pintor hiperrealista Ran Ortner, centrada en el océano. Parece toda una metáfora de lo que le espera al medio ambiente si Trump cumple su negación del cambio climático. 

 

¿o que el hecho de que las víctimas de violencia de género vivan cerca de una biblioteca aminora el riesgo de ser agredidas por sus exparejas; o que la presión fiscal afecta en menor grado a ciudadanos de países con redes bibliotecas potentes; o que el flujo migratorio es absorbido positivamente por sociedades dotadas de buenos servicios bibliotecarios, evitando la radicalización de sus miembros?

 

Mejor no sigamos que a algunas de estas posverdades está a punto de caérseles el prefijo de lo bonitas que suenan. Muchas de ellas están basadas en los asuntos con que mejor han sabido manipular estos nuevos populismos versión 2.0. A aquellos que se resisten a crearse ideas propias y prefieren que otros piensen por ellos. ¿Hay que culparles? El mundo se ha vuelto demasiado complejo, para todos sin excepción, de ahí que la gente prefiera soluciones fáciles. Y quien esté libre de pecado que tire el primer tejuelo.

 

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¿Acaso el gremio bibliotecario no buscaba también respuestas sencillas ante el futuro de vértigo que acucia a sus instituciones? Otra cosa es que según la exigencia de cada uno se conformase con ellas. En un exceso de condensación se podría decir que las verdades poscongreso se resumen en una frase: la biblioteca debe reinventarse, y los bibliotecarios van en el lote. Pero eso ya se sabía. Es uno de esos mantras que llevan años repitiéndose. Lo interesante, lo práctico son los matices de esa reinvención. A saber, extrayendo sólo unos pocos fragmentos de las conclusiones nos encontramos con que:

  • la biblioteca debe mostrarse como un escaparate de las necesidades de las personas, interactuando con la ciudad en que se ubica
  • el espacio virtual es tan importante como el físico. No hay líneas divisorias entre ambos (¿biblioteca virtual o biblioteca física? ¿y qué más da?: biblioteca al fin y al cabo)
  • hay que generar comunidad para crear inteligencia colectiva
  • en las redes sociales es necesario otro contenido, otro lenguaje y otro tono para conectar con nuevos usuarios

 

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Uno de los famosos tuit de la etapa de Carlos Fernández en la Policía

 

Esta última conclusión viene a cuento del que se convirtió por derecho propio en el showman del Congreso 2016. El ex community manager de la Policía Nacional, actualmente en Iberdrola: Carlos Fernández Guerra. Su intervención fue el necesario revulsivo que puso un espejo en el que el gremio podía mirarse y reflexionar sobre las estrategias a adoptar.

Fernández Guerra hizo de la irreverencia y el cachondeo su primer arma para fabricar una imagen de marca que rompiera los estereotipos en torno al cuerpo de una institución tan seria como es la policía. Y ello le llevó al estrellato digital. ¿Están dispuestos (preparados) los bibliotecarios a entrar en ese juego? ¿no siguen atenazándoles un exceso de corrección política? ¿una visión de la biblioteca que cada vez se desvanece más a golpe de clic?

 

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Fernández Guerra recurrió en su charla al famoso selfie colectivo con Hilary Clinton para constatar cómo ha cambiado todo. Ahora la noticia no es el famoso, es el espectador. La protagonista ya no es la biblioteca, ni el bibliotecario: es siempre el usuario. Algo de lo que ya hablábamos en Egobiblio, narcisismo y bibliotecas en la era del selfie.

 

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La última adaptación cinematográfica de Jane Austen aborda con tino la eterna vigencia de la frivolidad.

Empecemos la cuenta atrás para darle contenido al concepto de Biblioteca canalla (no vamos a desvelar quien lo dijo, lo que pasa en los congresos entre canapé y canapé, se queda en los congresos): una biblioteca a la que aburre mortalmente lo de alta/baja cultura, una biblioteca que asume sin complejos la frivolidad en sus estrategias sin renunciar a nada, y sin que ello tenga que pasar forzosamente por los gatitos, y los powerpoints de paisajes con frases de Coelho. Porque la frivolidad bien entendida es uno de los más altos logros de la humanidad. Como ya se dijo en otro sitio:

Un síntoma de que una cultura ha alcanzado cierto grado de sofisticación intelectual, es el hecho de que pueda permitirse cultivar la frivolidad. La pregunta sería, ¿a partir de cuándo la dosis de frivolidad aconsejable se excede y tiene efectos secundarios?

 

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El arte de la mentira: posverdad política en la era de las redes sociales

Un gran poder conlleva una gran responsabilidad, ¿no? Pues a los bibliotecarios les corresponde demostrar su talla elevando el nivel de esa frivolidad en las redes, y aprovecharla para vender su “marca”.

La mejor manera de desactivar esa posverdad tal vez no sea como hemos sugerido al principio: creando posverdades bibliotecarias paralelas, sino practicando una ironía inclusiva, no agresiva, que desarme a tanto pobre ignorante. Para quien no lo sepa en este blog hasta creamos un hashtag ad hoc: #bibliotecasvstrolls, que ahora se podría customizar como #bibliotecasvsposverdad

Quizás así se vayan creando comunidades digitales o físicas (tanto monta, monta tanto) en las que las posverdades se desmoronen con sólo rozarlas. A las bibliotecas les corresponde buscar la genealogía de nuestro presente e ir suministrándola a través de las redes:

la verdad os hará libres, la posverdad os hará esclavos

 

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Miedo, el apocalipsis de la posverdad.

 

No es muy probable que ese hombre blanco, de mediana edad o anciano, con escasa formación académica y de tintes racistas, xenófobos y homófobos que ha hecho triunfar al brexit en Reino Unido, y a Trump en los Estados Unidos: se sintiera impelido por ese eslogan. Pero al menos se podría ir desmontando su mundo de referencias al recordarle que ese himno que entona tan virilmente emocionado en el estadio o el pub ante cada éxito de su equipo: procedía de un hombre que representaba lo opuesto al mundo al que quieren abocarnos con sus votos.

 

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Freddie Mercury triunfante sobre Lord Darth Vader: dominando el lado oscuro de la Fuerza.

 

Esta semana se cumplen 25 años de la muerte de Freddie Mercury. Y puestos a elegir himnos para encorajarnos ante estos tiempos inciertos no aspiramos a ser los campeones, preferimos con mucho lo que proclamaba el inigualable Freddie en su I want to break free.

El líder de Queen supo hacer de su capa un sayo desde el principio: ‘macho man’ e icono gay, estrella histriónica y tímido de manual. Su sombra se alarga sobre muchas de las estrellas actuales y se erige junto con Bowie, Prince o Cohen (¡que se acabe ya este 2016!): en ese tipo de figuras que han legado un sustrato cultural de tal impacto que hace inviable esa Edad Media digitalizada a la que algunos están empeñados en arrastrarnos.