La caridad bien entendida empieza por la biblioteca

 

En una escena de Todo sobre mi madre (1999) la protagonista sigue en secreto el rastro del hombre al que han trasplantado el corazón de su hijo fallecido. Sin un registro tan dramático, afortunadamente, algunos de los usuarios que deciden donar libros a su biblioteca más cercana: también practican ese seguimiento como si, pese a haberlo hecho libremente, su sentido de protección hacia lo que fue suyo les empujara a seguirles la pista. Y si pasadas unas semanas no localizan lo que han donado, en el catálogo o en las estanterías, no dudan en pedir las pertinentes explicaciones.

 

 

Esta fiscalización del trabajo bibliotecario llega al paroxismo cuando el donante en cuestión es además el autor de la obra donada. En estos casos pasamos del melodrama almodovariano al terror de Las manos de Orlac (1924): en la que a un pianista que ha perdido las manos le injertan las de un asesino y empieza sentir impulsos homicidas (las del autor si comprueba que su libro no está en todas las bibliotecas de la red). Y es que el mundo de las donaciones en bibliotecas da para un culebrón o hasta para una fotonovela como veremos al final (atención spoiler: al final se casan).

Pueden haber razones, no tan evidentes, a la hora de donar libros o cualquier otro documento a una biblioteca. Mercedes Carrascosa recogió una variada tipología al respecto hace unos años en un post de BiblogTecarios. Las donaciones a bibliotecas (de fondos, no de dinero, como en los Estados Unidos donde sí desgravan este tipo de cosas y convierten a las bibliotecas en objetos de deseo fiscal) se han fijado como estereotipos de caridad bien entendida, incluso, cuando empieza por uno mismo. El donar a una biblioteca siempre queda bien como gesto a la galería independientemente de las razones por las que se haya hecho. Y a cuenta de las donaciones no faltan las manipulaciones del gremio más avezado en la manipulación: el de los políticos.

 

Fernando Aramburu también se movilizó en las redes para promover las donaciones a la biblioteca de Cebolla.

 

El pasado mes de septiembre el pueblo toledano de Cebolla saltaba a los titulares gracias a su biblioteca. En esta ocasión no era una noticia positiva: las terribles inundaciones que había sufrido la localidad habían anegado la biblioteca municipal llegando a perder hasta un 80% de sus fondos. La respuesta solidaria por parte de bibliotecas, particulares y asociaciones fue abrumador. Y hace unas semanas la noticia sumó un nuevo capítulo, pero a 97 km de Cebolla, en la localidad de Illescas.

La aparición de libros en los contenedores de reciclaje ha dado munición a la oposición para atacar al gobierno local. Los libros estaban destinados a ser donados a la biblioteca de Cebolla, pero según dicho comunicado, lo arrojado al contenedor de reciclaje eran enciclopedias de los años 70, libros en mal estado o publicaciones obsoletas. Pero dejando aparte el grand guignol de los políticos lo que demuestra esta noticia es el aura, que pese a todo, aún conserva el objeto libro. Incluso entre los que no pisan jamás una biblioteca, ni abren uno para leerlo. La biblioteca como arma política que decíamos hace poco.

 

Cómo el Grich robó la Navidad: un clásico de la literatura infantil estadounidense del Dr. Seuss. La donación que Melania Trump envió hace un año a las bibliotecas incluía muchas obras de Theodor Seuss Geisel.

 

Uniendo de nuevo política y donaciones, hace poco más de un año, una bibliotecaria escolar de Massachusetts saltó a los medios por rechazar una donación hecha para la biblioteca escolar por la primera dama estadounidense Melania Trump. Los argumentos de la bibliotecaria incidían en lo poco apropiado de los libros donados por estar desfasados e incidir en estereotipos racistas según su criterio. Liz Phipps Soeiro, que así se llama la bibliotecaria premiada con una distinción por divulgación familiar del ‘School Library Journal’, le ofreció una lista alternativa a la esposa del presidente en la que se incluían títulos que sensibilizan a los niños sobre la problemática de la población migrante, el racismo y la justicia social.

Como era de esperar hubo reacciones a favor y en contra de la bibliotecaria: pero ¿cabe imaginar algo similar en nuestro país? El linchamiento de los alienados alineados en un bando ideológico u otro no daría tregua sobre lo acertado, o no, de la decisión de la bibliotecaria. Por contra, el pasado mes de octubre, las donaciones como arma política tuvieron un sesgo de lo más positivo.

 

El activista religioso Paul Dorr retransmitiendo en directo la quema de libros de la biblioteca de Orange.

 

El activista religioso Paul Dorr, sacó prestados cuatro libros de la sección infantil de la Biblioteca Pública de Orange City sobre temática LGBTQ y los quemó en vivo y en directo retransmitiéndolo a través de Facebook. La reacción de cientos de ciudadanos no se hizo esperar. Durante los siguientes días la biblioteca recibió docenas de libros y cientos de dólares en donación que compensaron con creces la pérdida de esos cuatro libros. Igual cuando el filósofo Slavoj Zizek dice que personajes como Trump son una bendición porque provocan una reacción en contra y despiertan a la gente: va a tener razón.

En estos tiempos de crisis el vínculo entre donaciones a bibliotecas y políticos se ha visto reforzado en más de una ocasión. Y la cercanía a la Navidad no hace más que acentuarlo: ya tenemos titular y foto estupenda para el concejal o consejero de turno. Promover las donaciones se ha convertido en una salida para muchas bibliotecas que gracias a ellas han paliado la falta de presupuesto para adquisiciones durante estos últimos años. Pero como en la saga de Star wars (el clásico navideño televisivo que ha venido a sustituir a Mujercitas, La gran familia o ¡Qué bello es vivir! de hace décadas) todo tiene un reverso oscuro.

 

En 1957 la Biblioteca Ann Arbor donaba 100 dólares en libros al director del Hogar para jóvenes de Washtenaw County.

 

Lo negativo viene cuando las donaciones se convierten en una excusa para una dejación de funciones por parte de los responsables políticos que de este modo: mantienen los presupuestos magros, identifican de cara a la ciudadanía a la biblioteca con una institución de caridad; refuerzan el sentimiento de utilidad en los votantes (que no ciudadanos) que se deshacen de lo que no quieren y sienten que están haciendo una obra en favor de la comunidad. La biblioteca como lavado de conciencia ciudadano y político: y los bibliotecarios como convidados de piedra no vaya a ser que se les tome por unos desagradecidos.

 

Guía para gestión de material controvertido en bibliotecas públicas de Reino Unido.

 

Ante estos peligros que acechan a las bibliotecas y que mezclan, peligrosamente, las donaciones realmente útiles con las simples limpiezas de trastero: solo cabe una política bien definida de donaciones. De hecho, en algunas bibliotecas gallegas, ya han tenido que tomar medidas para protegerse de los excesos de la generosidad ciudadana. En la provincia de Lugo han sido varias las bibliotecas municipales, que sobre todo por la falta de espacio han tenido que limitar la recogida de libros. Leyendo la noticia publicada en La Voz de Galicia tranquiliza saber que los propios responsables políticos son los que justifican estas limitaciones a las donaciones.

Este repaso a la actualidad en torno a donaciones y bibliotecas contraviene por completo el título de este post. La caridad bien entendida no debería empezar nunca por la biblioteca. Las bibliotecas no necesitan caridades: necesitan responsables políticos que las respeten y las doten convenientemente de presupuesto, equipamientos y personal; y de ciudadanos que las defiendan como algo suyo y dejen de verlas como depósitos de libros o como custodia de un concepto de cultura anclada en el pasado. Necesitan muchas cosas pero jamás convertirse en obras pías.

 

 

La Biblioteca Quitapesares versionada por otras bibliotecas.

Una soflama final que enlaza con una última noticia y un vídeo que llegan desde la Biblioteca Regional de Murcia.

En diciembre de 2012 se puso en marcha en esta biblioteca la denominada campaña Biblioteca Quitapesares (‘te quitamos las penas y tú se las quitas a otros‘): que consiste en perdonar las sanciones por retraso en devolución a cambio de alimentos no perecederos. Una campaña, adoptada por muchas bibliotecas a lo largo y ancho del país, que acaba de ser elegida para entrar a formar parte como buena práctica del Banco de Innovación de las Administraciones Públicas del Instituto Nacional de Administración Pública. Un reconocimiento a una iniciativa desarrollada desde las bibliotecas que transforma un acto administrativo en un acto de solidaridad.

No faltará quien objete si acaso esto no es una obra pía promovida desde las bibliotecas. Pero ese es un debate que dejaremos para otro momento. Por ahora cerramos con el vídeo que la citada biblioteca ha publicado en torno a una donación reciente que les ha hecho mucha, mucha ilusión, y que resume muy bien el asunto de este post.