Bibliotecas, librerías y otros comercios de proximidad

 

Tal vez será nuestra tradición católica que nos hace más pudorosos en eso del mercadeo en según que asuntos. Y pese a la herencia fenicia de nuestro pasado no podemos compararnos a los anglosajones cuyo calvinismo les exime de toda culpa a la hora de convertir en objeto de consumo lo que sea.

El caso que en nuestro país lo de unir instituciones culturales y comercio no termina de estar bien visto. En contraste el concepto de industrias culturales se ha implantado sin problemas: pero persiste una cierta idealización de la cultura que choca con que, por otro lado, seamos de los países con más piratería de contenidos culturales.

 

La tienda compacta de la Biblioteca Pública de Seattle.

 

Por eso atendiendo a nuestro negociado, el de las bibliotecas, no es habitual que una biblioteca tenga una tienda como sí pasa en los museos u otro tipo de centros culturales. En la BNE, es una librería la que cumple esta función, pero lejos del merchandising que explotan en los citados museos. ¿Será que hay que mantener a los mercaderes fuera del templo? No decimos ni que sí, ni que no: pero no deja de ser una pena por partida doble. Por un lado por la asociación de biblioteca con templo (inmovilismo) y, sobre todo, porque sería un alivio presupuestario contar con algo de calderilla si esos ingresos revierten en la propia biblioteca. En cambio en el mundo anglosajón bibliotecario ni se lo plantean: y ya están con la campaña de Navidad como si de unos grandes almacenes se tratase.

 

La tienda de la Biblioteca Pública de Seattle abierta.

 

Gemelos inspirados en Hamlet.

En la tienda online de la British Library ya han colgado los adornos para esta próxima Navidad. Y como fetichistas culturales que somos no podemos dejar de echar un ojo a su escaparate para maravillarnos/horrorizarnos con algunas de sus propuestas en forma de souvenirs. En algunos casos lo de que se comercie con la cultura en bibliotecas no está mal visto por el hecho en sí de comerciar, sino por las afrentas estéticas que ofrecen en forma de homenajes a los libros. Pero es que estamos hablando de un país en el que lo más distinguido se da la mano con lo más hortera: sin que nada altere lo más mínimo su famosa flema británica.

 

Jersey bibliotecario solo para valientes.

Para tu yo futuro: escríbetelas ahora, léelas en el futuro.

Kit personal de biblioteca: el kit definitivo para ser bibliotecario a la antigua usanza. Esto lo ponen a la venta en Toys”R”us y se agotan.

 

Este modelo de camiseta no la venden en la tienda de la British Library, sino en la de Nueva York, pero no gusta tanto que no podíamos dejar de ponerla.

Las bibliotecas deben inmiscuirse en su comunidad: es una exigencia básica que toda biblioteca que aspire a perdurar debe cumplir. Pero lo bibliotecario tiene muchos modos y formas de entrometerse en la vida comercial de sus comunidades.

Ya hemos hablado, en otros posts, de la iniciativa que las autoridades de Costa de Marfil pusieron en práctica, hace unos años, de llevar libros a las peluquerías y salones de belleza para fomentar la alfabetización de las mujeres. Pero si la práctica puesta en marcha en la ciudad alemana de Bad Sooden-Allendorf prospera: puede que dentro de poco en las librerías y bibliotecas, en vez del olor a libro, que tan poéticamente embelesa los sentidos del letraherido: sea el aroma de unos buenos embutidos lo que termine por seducir a la clientela en pleno auge del veganismo.

 

Las leyendas bibliófilas más morbosas siempre han hablado de los libros encuadernados con piel humana. Según el gran bibliófilo George Holbrook Jackson el tacto, en caso de ser cierta esta leyenda, sería similar a la piel de cerdo. En el caso de este libro forrado de jamón serrano (cual Lady Gaga en una entrega de premios) faltaría saber si es de pata negra el jamón, y sobre todo, el contenido.

 

Todos estamos obligados a innovar y reinventarnos. Si las bibliotecas se reconvierten en bares en Inglaterra, y hasta en cabarés, en la librería Frühauf de la citada ciudad alemana el crossover bibliotecario fue primero con una panadería, y ahora como no podía ser de otro modo en Alemania, es con una carnicería.

El eslogan de la estupenda librería La Casquería (en el mercado madrileño de San Fernando): “un libro debe fabricarse como un reloj y venderse como un salchichón” se ajusta como un guante a la propuesta de la librería alemana. ¿Qué será lo siguiente? El caso es que la idea surgió más de la necesidad que de un afán por unir salchichas y libros.

 

 

La familia propietaria de la librería, durante más de un siglo, estaba asistiendo al progresivo cierre de comercios en la plaza del mercado en la que se encuentra ubicada. El cierre de la panadería fue un mazazo para los vecinos de esta población de marcado carácter rural, muchos de avanzada edad, que se vieron desabastecidos de repente de uno de los comercios de proximidad que más comunidad ayudan a crear. Los propietarios de la librería lo tuvieron claro: y sin pensarlo un momento, hicieron hueco entre las estanterías de libros para poder ofrecer también pan.

Como relata ‘The New York Times‘ la iniciativa fue todo un éxito. Tanto es así que el panadero pudo salvar su trabajo, aunque no tuviese un establecimiento propio, pero sí un punto de venta de lo más peculiar: una librería.

Cartel anunciando la librería-ultramarinos. Fotografía de Gordon Welters para The New York Times.

La cosa fue yendo a más y el propietario de la librería ha terminado habilitando un espacio gourmet con productos alimenticios de la zona: y así tanto vende el último de libro de Carmen Korn (cuya trilogía Zeiten des Aufbruchs lleva miles de copias vendidas en Alemania) o una exquisita salchicha o embutido local.

Una iniciativa muy celebrada desde la Asociación Alemana de Ciudades y Municipios que han visto, como en las últimas décadas: poblaciones rurales y pequeños comunidades, se veían comercialmente asfixiadas por las grandes superficies. De este modo se consigue mantener ese comercio de proximidad que cohesiona los barrios y favorece las relaciones vecinales. Al autismo digital al que quieren abocarnos las nuevas tecnologías le salen resistencias por todas partes.

 

La recién estrenada adaptación de la novela de Mary Ann Shafer y Annie Barrows: sigue un poco la estela de ‘La librería’ de Coixet en lo que se refiere a unir mundo rural y libros. Lo único que nos inquieta de este recrearse en el amor por la lectura en entrañables comunidades es su adscripción al pasado. 

 

Pero si hay alguien que está al tanto de las evoluciones del mundo de las librerías y la cultura, dentro y fuera de nuestro país, es Txetxu Barandiarán. Bien como codirector de la revista ‘Texturas’, en su trabajo como consultor para pymes e instituciones del sector del libro, o como bloguero en su siempre interesante blog ‘Cambiando de tercio’: si se quiere saber cómo respira el mundo de las librerías se hará bien en seguirlo en las redes. Eso es lo que hacemos en Infobibliotecas y, por ello, rescatamos un fragmento de las impresiones que Barandiarán recogió en su viaje por tierras mexicanas en su post Librerías en proceso de reinvención constante. Concretamente las ideas que han puesto en marcha en la Librería del Ermitaño de la capital mexicana:

 

“Desde un principio supimos que como librería independiente de barrio dedicada al 100% a la venta exclusiva de libros no la íbamos a hacer. Incorporamos por tanto el servicio de cafetería […] decidimos hacer un nuevo esfuerzo y convertir la librería en un espacio que provea al pequeño consumidor, además de libros, de toda la gama de servicios que de manera conjunta ofrecemos: impresión, encuadernación artesanal e impresión en gran formato (plotter). […]  Incorporaremos artículos de particular interés para esas comunidades especializadas cercanas a nosotros.”

 

Cartel para el Día de las librerías 2018 que sugiere otro posible crossover librero entre librería y floristería.

 

Todos estos cruces, injertos, crossovers (sí otra vez el dichoso anglicismo) sirven sobre todo para desacralizar la cultura, desvestirla de esa solemnidad que muchas veces la ha alejado de determinados públicos. El aura del que hablaba Walter Benjamin ya es irrecuperable. Pero siempre habrá formas de convertir un objeto cultural en uno de consumo sin por ello degradarlo, desvirtuarlo. Una vez que críticos e intelectuales han perdido el peso que tenían antes: el gusto del consumidor marca la diferencia sea en libros, salchichas o panes. Y ese criterio de buen consumidor se ejercita en muchos más sitios que antes, pero hay uno que resiste y persiste: el supermercado de la cultura que librerías y bibliotecas, pese a todo, siguen representando. Y escuchando la locución del vídeo con el que cerramos no hay más que dejarse llevar y deambular por entre las estanterías. Señores clientes les damos la bienvenida a…

 

 

Homo sapiens, Homo Deus, Homo byblos

 

El otoño literario de este 2018 está coronado, en cuanto a libros de no ficción, por el último ensayo del historiador estrella del momento Yuval Noah Harari. Sus 21 lecciones para el siglo XXI llevan semanas posicionadas en el número uno de ventas y nosotros nos alegramos. Voces interesantes, en cada momento y lugar, que arrojen una mirada lúcida sobre la actualidad puede haber muchas: pero que lleguen masivamente al gran público no tantas.

 

Obviamente que Obama o Bill Gates recomendasen Sapiens: de animales a dioses, el ensayo que lo catapultó, ha ayudado mucho a que así sea. Pero lo más valioso, se esté o no de acuerdo con todas las predicciones de Harari, es su apuesta por unos valores ilustrados adaptados al movedizo tiempo que estamos viviendo.

¿Tomará alguna idea Ridley Scott a la hora de adaptar el ensayo de Harari de la película de 1981 ‘En busca del fuego’ de Jean-Jacques Annaud: en la que sapiens y neandertales se enfrentaban por el fuego?

Si en Sapiens (deseando ver estamos qué adaptación al cine hace Ridley Scott) Harari cifraba el éxito del menos dotado evolutivamente Homo sapiens para prosperar, y hacerse dueño y señor del planeta, en su capacidad para construir un relato: y después en Homo Deus nos advertía del siguiente estado evolutivo que desechará al sapiens para, inteligencia artificial mediante, alumbrar al Homo Deus. Aquí, osados, nos adelantamos y sin intención alguna de enmendarle la plana a Harari aventuramos que también cabe la posibilidad del Homo byblos.

Si Darwin cifró en la adaptación al medio la evolución de los seres vivos en El origen de las especies; Richard Dawkins lo hizo en el egoísmo de nuestros genes en El gen egoísta; y Steve Pinker denunció las manipulaciones ideológicas sobre la naturaleza defendiendo el peso de la herencia al nacer en La tabla rasa: nuestra teoría en torno al Homo byblos no suena tan marciana (aunque eso sí: mucho más pobremente argumentada).

 

Darwin nunca podría haber predicho que su teoría de la evolución ‘inspiraría’ cosas como Hace un millón de años (1966) pero qué duda cabe que Raquel Welch como cavernícola era toda una evolución.

 

El Homo Deus al que nos abocan las predicciones de Harari se sustenta en la cultura, en el conocimiento acumulado por el Homo sapiens, que una vez evolucionado y alcanzada la divinidad, gracias a la cultura y el conocimiento, posibilita el advenimiento del siguiente paso evolutivo. No es la naturaleza, como en Darwin, la que marca el ritmo, ni siquiera la cultura: sino la tecnología. Y si los vituperados sapiens que somos no queremos perder el poder tan pronto (aunque visto lo visto sería hasta deseable): más nos vale ponérselo un poco más difícil al prepotente heredero que nos pisa los talones dándole cancha al Homo byblos.

De la palabra byblos deriva biblion origen de Biblia y biblioteca. Ahora que las religiones languidecen irremediablemente como vertebradoras del orden social (solo hay que ver sus estertores en la rabia yihadista que quiere morir matando): el último refugio sigue siendo la cultura. Claro que para eso el nuevo culto a la tecnología está haciendo muy bien los deberes para conseguir que los Homo sapiens vendamos barato y fácil nuestro futuro. Antes la posteridad se alcanzaba a través de logros culturales, pero ahora que la inmortalidad está a la vuelta de la esquina gracias a la biotecnología: ¿para qué va necesitar el Homo Deus lo que entendemos todavía por cultura?

The fuzzy (el equivalente en inglés a ser ‘de letras’) and the techie (el equivalente a ser ‘de ciencias’): porqué las humanidades gobernarán el mundo digital. El ensayo del pope Silicon Valley que habla de la necesidad de las humanidades en el mundo digital.

Si en 2017 la revista especializada holandesa ‘Intelligence’ publicaba un estudio que demostraba que nuestros antepasados de la era victoriana eran más inteligentes que nosotros; en 2018 un nuevo estudio publicado en Noruega en ‘Proceedings of the National Academy of Sciences’ vuelve a incidir en que el coeficiente intelectual humano ha caído 7 puntos en las últimas décadas.

Todo viene a refrendar la necesidad de ese Homo byblos pero, si así y todo, necesitamos todavía convencernos: la actualidad siempre viene a nuestro auxilio. Es el caso del experto e inversor en grandes compañías de Silicon Valley (el jardín del Edén tecnológico) Scott Hartley, autor del libro The fuzzy and the techie, que en una reciente entrevista en ‘Retina‘ defiende a las humanidades como tabla de salvación para no perder la partida frente a la apisonadora de la inteligencia artificial.

De forma intuitiva, como lo hacemos aquí todo, ya defendíamos hace dos años, en Léeme soy community manager, que había que promover “acciones formativas que sirvan para dar contenido cultural a tanta tecnología“. En ese mismo post recogíamos lo que el Foro Económico Mundial de Davos decía que iba a ser lo más importante en el mundo hipertecnologizado en el que estamos: el pensamiento crítico y la creatividad. Así que las palabras de Hartley solo vienen a refrendar la trascendencia de las humanidades en la actualidad.

 


Según un artículo en ‘Xataka’ la ventas de libros en papel lejos de desaparecer se mantienen. En este anuncio francés de hace 5 años ya decían claro: el papel nunca morirá.

 

Si a esto sumamos que, como nos desvelan en ‘Xataka’, que los libros en papel, lejos de perder la batalla contra los digitales, se mantienen e incluso prosperan: solo nos cabe decir que dos + dos = cuatro y que el Homo byblos que proponemos como alternativa no suena nada descabellado.

¿Estamos defendiendo una regresión? ¿vamos de luditas? Para nada. Lo que abogamos con ese Homo byblos es una aceptación de la tecnología desde un prisma humanista, desde una memoria de dónde venimos: y de donde venimos es de la cultura impresa, de la cultura escrita. Lo de que una sola imagen vale más que mil palabras es mentira: para interpretar una sola imagen correctamente antes han tenido que escribirse mucho más que mil palabras para poder nombrar y aprehender lo que en ella vemos.

 

El monolito de ‘2001 odisea en el espacio’ (1968) puede que fuera un smartphone. Fotomontaje de la revista ‘Hobby consolas’.

 

Harari en una entrevista, a raíz de su último ensayo, revelaba que los poderosos no tienen smartphones. En una sociedad en la que despreciamos nuestra privacidad en pos de visibilidad en las redes: los que de verdad mueven los hilos siguen marcando la diferencia y se protegen contra esos ladrones de tiempo que quieren captar y retener nuestra atención para que sintamos todo el tiempo y pensemos poco. Ellos serán los elegidos, los Homo Deus que agudicen esas desigualdades que ya no se sustentarán en la riqueza sino en el código genético.

Por eso si no queremos ser como los simios del principio de 2001, odisea del espacio (1968) ante el monolito reconvertido en smartphone; si no queremos que la soberanía del futuro pase de la ciudadanía ignorante a los algoritmos inteligentes como aventura Harariprogresemos sin desperdiciar lo que nos ha llevado hasta aquí. En la carrera por la evolución entre el Homo sapiens y el Homo Deus el combustible es la cultura, esa cultura que custodian las bibliotecas. La IA está dando clases de apoyo intensivas para superarnos: no cedamos tan fácilmente el testigo.

 

Una de las coreografías con robots de la española Blanca Li.

 

En la entrevista con Hartley se menciona a la bailarina Catie Cuan: que actualmente trabaja en el Laboratorio de Robótica, Automatización y Danza de la Universidad de Illinois. La bailarina está enseñando movimientos más gráciles y elegantes a los robots para (textualmente) “facilitar la interacción con los humanos y generar confianza”. Nunca mejor dicho: para que nos confiemos.

Hace unos años la bailarina y coreógrafa española afincada en París, Blanca Li, indagó en la misma línea con sus coreografías compartidas con robots. Pero como confiamos en que, sea el que sea, el Homo que prevalezca: lo #bibliobizarro no se pierda nunca. Por eso, antes que con Catie Cuan o Blanca Li, preferimos cerrar con Dee D. Jackson y su hit de 1978 ‘Automatic lover’. Dudamos mucho que ninguna inteligencia artificial, por avanzada que esté, alcance a descifrar el significado de tamaño delirio cibernético-disco. El cortocircuito está asegurado.

 

 

Lo cultural en los masa-media

 

La añorada Chus Lampreave, en uno de esos papeles secundarios en los que le hubiese robado el protagonismo a la mismísima Bette Davis: soltó una de esas perlas almodovarianas que han quedado para la posteridad: “es muy triste como están los masa-media en este país“. Era en Hable con ella (2002) donde Chus interpretaba de nuevo a una de esas porteras que, pese a lo entrometido, cualquiera querría tener en su portal. Dieciséis años después el veredicto sobre los medios de comunicación que el director manchego puso en boca de Lampreave no puede decirse que haya variado mucho.

 

Chus Lampreave y Rossy de Palma recreando sus papeles como madre e hija en La flor de mi secreto (1995) para un anuncio de pasta.

 

Podríamos entresacar frases inspiradores sobre libros, lectura y bibliotecas convenientemente rubricadas por personalidades de prestigio para definir lo que se puede englobar dentro del hecho cultural. Pero siempre es más interesante pararse a observar cómo se representa lo cultural (o esa idea de lo que se supone culto que, de forma difusa, hasta el más iletrado reconoce) en los masa-media a los que se refería la portera de la cinta almodovariana.

Para eso hay que mirar menos a los libros, sobre todo en un país donde se lee tan poco, y más a la televisión y sobre todo a esa forjadora de inconscientes colectivos que es la publicidad. Sin necesidad de alejarnos mucho en el tiempo, hace unos días, en prime time como dice la jerga televisiva: un show familiar como El hormiguero se acercaba a las bibliotecas. Pocas lecturas sobre la idea global de las bibliotecas se puede entresacar de este repaso a las bibliotecas más sorprendentes de China: pero al menos es un alivio constatar que no se incurrió excesivamente en ninguno de los tópicos habituales (salvo en que las bibliotecas sirven para estudiar: una idea que la cuadrilla de los #bibliotecariosgrafiteros llevan tiempo intentando erradicar). Y hablando de Almodóvar, qué casualidad que esa noche estuviese de invitada la que fuera su primera musa: Carmen Maura.

 

 

Carmen Maura acudió al programa de Pablo Motos para hablar sobre su regreso a las tablas del teatro con la obra La golondrina de Guillem Clua. Aunque la obra va sobre las heridas y traumas que provoca la barbarie del terrorismo: la pregunta de la cual parte el planteamiento de la trama nos viene de perlas para este post: ¿qué es lo que nos hace humanos? Desde el asunto que nos llevamos entre manos aquí lo tenemos claro: la cultura. Pero dejemos de ponernos intensos que estamos hablando de publicidad.

No todas las campañas que tiran de la cultura o los libros para publicitarse tienen que ver con empresas u organismos propiamente culturales: pero sin duda algunas de las mejores provienen de este ámbito. No es la primera vez, ni probablemente será la última, en que nos recreemos en las campañas para la cadena de librerías mexicana Gandhi. Algunos son tan buenos que, años después, han ‘inspirado’ muy sospechosamente campañas de productos muy alejados de los libros. Sin ir más lejos los de arroces precocinados. Y he aquí la comparativa:

 

 

Pero los creativos de la agencia mexicana de Pepe Montalvo que, durante muchos años, fueron los encargados de estas campañas que han catapultado a la popularidad a una cadena de librerías en un país como México, que según la Unesco, ocupa el penúltimo puesto en cuanto a índices de lectura: hicieron tal alarde de creatividad que aún quedan otros tantos anuncios que difícilmente ningún sector ajeno a la cultura podrá emular.

 

 

Dejamos de lado, por ahora, la televisión. En Sudáfrica, la agencia Lowe Johannesburg, ideó una campaña para medios impresos de lo más efectiva para la librería Pulp books. ‘Leer te hace interesante’: en la oficina, el bar o el restaurante. Y es que las lecturas que nos han ayudado a definirnos nos acompañan allá donde estemos.

 

 

Y muy al hilo de este cruce entre intereses empresariales e intereses culturales, un hotel en la localidad murciana de Molina de Segura, publicaba este tuit hace unas semanas:

 

 

Que un establecimiento hotelero tenga la buena idea de promover el uso del carné de biblioteca para que sus huéspedes tenga acceso a las plataformas de préstamos de libros electrónicos y de audiovisuales sin salir del hotel: habla muy a favor de los responsables de dicho establecimiento. Un ejemplo de inteligencia empresarial que más empresas deberían imitar.

Las bibliotecas, se usen o no, aún tienen la suerte de conservar una buena fama, una cierta aureola de prestigio: aliarse con la cultura siempre es una sabia decisión de cara a proyectar una imagen favorable cara a la clientela. Y si encima es totalmente gratis para el negocio: ¿qué más se puede pedir?

Pero volviendo a anuncios que nos han gustado especialmente. Los auriculares ideados por la agencia McCann Worldgroup India de Nueva Delhi, sugerían que con los audiolibros de Penguin Books: Shakespeare, Oscar Wilde y Mark Twain te susurran sus obras al oído. No es de extrañar que la campaña se hiciera con el León de Oro del mayor certamen de publicidad del mundo: el Festival Internacional de Publicidad de Cannes. La campaña impresa se lanzó en la India y consiguió aumentar en un 15% la venta de audiolibros en pocos días.

 

 

Pero hasta aquí las campañas con temática cultural para vender productos culturales. Resulta, tal vez menos gratificante, pero sí más interesante cuando son empresas ajenas a ‘lo cultural’ las que recurren a las convenciones en torno a los libros y las bibliotecas para vender sus productos. Es ahí donde mejor se pueden detectar las ideas preconcebidas y los prejuicios con que se representa la cultura en los masa-media.

La publicidad italiana de la marca de cervezas Heineken jugó ingeniosamente con la imagen del libro y la cerveza con un eslogan que asimilaba ambos artículos: “Una cerveza tiene mucho que enseñar”. Ingenioso y respetuoso en su equivalencia: se refuerza la idea de libro como objeto valioso, que aporta cosas positivas, tan deseables, como una buena cerveza.

 

La película biográfica sobre el creador de la cadena de comida rápida McDonald’s.

 

Y sin salir de la industria alimentaria: no deja de resultar curioso que haya sido una cadena de comida rápida la que, en varias ocasiones, haya recurrido al símil con los libros. ¿Tal vez una necesidad de respetabilidad les llevo a asociar libros con hamburguesas?

En todo caso la relación entre la cadena de hamburguesas McDonald’s y la lectura viene de largo. Recientemente la Ronald McDonald House Charities (la ONG auspiciada por la empresa de comida rápida que cuenta con 336 casas de acogida por todo el mundo en las que buscan mejorar las condiciones de vida de los niños) ha patrocinado una donación de libros a las bibliotecas de York County en Filadelfia.

La duda que siempre nos asalta cuando leemos sobre el interés de promocionar la lectura entre los jóvenes por parte de una empresa de comida rápida es: ¿y si los niños leen y leen y al crecer deciden plantarse ante los abusos de las industrias cárnicas y abogan por una dieta sana y sostenible ecológicamente? En fin, será que somos muy retorcidos.

En la librería Bros de Santiago de Chile aprovechan su vecindad con la franquicia de cafés Starbucks para promocionarse.

El caso es que hace unos meses, el director del programa sobre bibliotecas y ciencias de la información de la Universidad del Sur de California, Gary Shaffer, declaraba en una entrevista concedida a la revista online de dicha universidad que hay 17000 bibliotecas públicas en los Estados Unidos: más que Starbucks o McDonald’s.

Precisamente Shaffer incidía en que “los bibliotecarios siguen siendo estereotipados en los medios de comunicación: y sin embargo los bibliotecarios modernos se ocupan menos de hacer callar y ordenar libros y mucho más de navegar por montañas de datos.” Shaffer concluía con una de esas frases que antes servían para arengar a las tropas: “Es un momento emocionante para ser bibliotecario.”

 

 

Y otra pregunta que nos asalta: si los libros son elegidos como símbolo positivo para compararlos con los productos que la publicidad quiere vendernos ¿por qué en cambio los bibliotecarios siguen apareciendo como rancios, aburridos y amuermantes?

Volvemos a esa propagadora masiva de estereotipos que es la televisión y nos enfrentamos a dos campañas que cumplen con todos los tópicos habidos y por haber. Silencio, aburrimiento, bibliotecarios grises, desvaídos y gruñones, y el poder del producto que se anuncia, como remedio para salvar toda esa ranciedad intrínsecamente asociada a la profesión.

 

 

‘Descaradamente diferente’ reza el eslogan del anuncio de golosinas. Y lo cierto es que lo descaradamente diferente en este caso hubiera sido presentar a la biblioteca como un sitio tan excitante como una bolsa de golosinas. Descaradamente diferente hubiera sido presentar a la bibliotecaria como alguien que tiene la clave para encontrar miles de historias, aventuras, fantasías y juegos que divierten tanto como tener la lengua llena de peta-zetas. Descaradamente diferente habría sido presentar un espacio cultural como algo apasionante para los niños, y no como un sitio amuermante y aburrido.

No por nada, Astrid Lindgren, la escritora creadora de Pipi Calzaslargas fue una mujer independiente, feminista y avanzada a su tiempo en muchos aspectos, que empezó a escribir sus célebres relatos para divertir a sus hijos, y amaba los libros y a las bibliotecas. No somos tan ingenuos como para esperar que la publicidad derribe estereotipos cuando son tan útiles para vender. Pero como bien cuenta Thomas Frank en su interesante ensayo La conquista de lo cool: las agencias de publicidad más míticas en los años 60 estadounidenses abrazaron la contracultura porque vieron que los tiempos estaban cambiando y que el público huía de los lugares comunes.

Si la publicidad actual busca la implicación emocional del consumidor, la empatía, la cercanía: empecemos por olvidarnos de tantos sambenitos. Ánimo, no cuesta tanto, y les va en ello el negocio.

 

 

Creative commons bibliotecarios

 

Este blog puede que tenga los días contados tal y como es ahora mismo. Aún es pronto para saber cómo nos va a condicionar la nueva regulación de los derechos de autor que hace unas semanas se debatía en el Parlamento europeo. Pero lo cierto es que el espinoso asunto del copyright siempre va a plantear dudas en el escurridizo mundo digital.

Desde la más candorosa de las inocencias (nada más perverso que la inocencia para cuestionarlo todo): defenderíamos que en instituciones culturales como son las bibliotecas el compartir en sus blogs, redes y webs contenidos ajenos, siempre que se citen las fuentes y los autores, no debería tener demasiadas limitaciones. El hecho de que sean instituciones públicas, sin ánimo de lucro, cuya finalidad es la promoción de la cultura debería tenerse en cuenta por parte de los grandes de Internet a la hora de programar los temibles (y necesarios) filtros que rastrean posibles usurpaciones digitales. Pero esos gigantes de Internet ¿van a tener en cuenta las necesidades de esas hacendosas hormiguitas que son las bibliotecas?

 

 

En otra candorosa reflexión se nos ocurre que podrían hacerlo los propios autores. Que convencidos de la labor que hacen las bibliotecas e instituciones culturales exijan que se les dé un trato de favor. Pero cuando ha habido autores (y no señalamos a nadie porque no sabemos si Juan Manuel de Prada habrá cambiado de opinión) que equiparaban en 2011 las descargas ilegales con los préstamos de sus libros en la red de bibliotecas públicas del Estado: ¿qué no otras resistencias se encontrarán en la red?

Si en un espacio cultural digital se reproduce un texto ajeno (con las preceptivas comillas cuya ausencia tanto juego está dando políticamente), se incluye una imagen, se inserta un vídeo, o se musicaliza un vídeo de elaboración propia: con el ánimo de recomendar, prescribir, ensalzar u homenajear lo que se ha tomado prestado: ¿no cabría una mayor permisividad? En ese flower power limbo nos columpiábamos hasta que irrumpe el renovado (sic) debate en torno al apropiacionismo cultural.

 

Comparativa entre el vídeo de ‘Malamente’ de Rosalía y la parodia por parte de Los Morancos.

 

Rosalía, la nueva sensación del flamenco-pop-trap-choni……..(rellénese la línea de puntos con lo que cada uno distinga en su collage musical y propuesta estética), no sabemos si va a afianzarse como una gran estrella: pero ya ha conseguido uno de los requisitos imprescindibles para que así sea: que la imiten Los Morancos. Si no te imitan no eres nadie. Rosalía lo sabe: así que lo celebró retuiteando el vídeo en su cuenta de Twitter. El humor “plagiario” de Los Morancos podría considerarse también apropiación, jocosa, pero apropiación que igual no lo tendría tan fácil si prosperase la legislación más restrictiva.

A la cantante catalana se le afea que no tenga pedigrí flamenco, que no sea del sur, que haga suyos símbolos e imaginerías que no le corresponden y una serie de supuestas expoliaciones que Rosalía hace a la cultura calé. Algo que curiosamente no se les ha echado en cara al cantaor Miguel Poveda (también catalán sin raíces gitanas); o al iconoclasta Niño de Elche que recientemente ha versionado la Bomba gitana de Lola Flores, que por cierto, tampoco era gitana. Aunque a este último, quienes lo acaban de linchar han sido los críticos del ‘ABC’ y ‘El mundo’, tras su actuación en la Bienal de Flamenco de Sevilla.

 

El chino Can Wang encabeza la lista de admitidos al grado superior de Guitarra Flamenca del exigente Conservatorio Superior Rafael Orozco de Córdoba. Es un ejemplo de la pujanza de japoneses y chinos en el flamenco de la que nos hablaba ‘El País’ recientemente.

 

El apropiacionismo es uno de los discursos políticamente correctos que más estragos puede hacer en el criterio cultural despistado de algunos jóvenes millennials que faltos de referentes, y acostumbrados al continuo linchamiento de las redes: den por bueno un test de pureza que contraviene en esencia lo que debe ser la cultura.

A las generaciones que vivieron peligrosamente (o no) las décadas de los 30 a los 80 (aquellas en que Hollywood marcó a fuego el imaginario del mundo entero vía cine o televisión) que soñaron con la India de Narciso negro (1947); el África con tigres de las películas de Tarzán; o la Arabia suntuosa de El ladrón de Bagdad (1940): esto del apropiacionismo les pilla muy lejos. Si el bueno de Terenci Moix, que tanto disfrutó y ensalzó ese cartón piedra que le hizo enamorarse del Egipto real, levantase la cabeza: quedaría horrorizado de este test de virginidad al que se quiere someter a la cultura popular.

Hemos pasado del elogio del mestizaje, del buen rollo perroflautero de Manu Chao, del buenismo del ‘Contamíname‘: a exigir la prueba de ADN a la cultura en tiempos de la globalización. Nada más triste que un nacionalismo cultural que confunde el respeto a las raíces con el rechazo a la novedad. Nada que ver con los franceses siempre dispuestos a asumir como propio todo aquello que les deslumbra culturalmente.

La película española de Asghar Farhadi ¿se podría considera apropiacionismo por parte de un iraní?

En todo caso si alguien tuviera el hipotético derecho de ponerse flamencas en esto del apropiacionismo: esas serían las bibliotecas. Depositarias del copyright de la cultura por derecho propio: ¿cuántos escritores, artistas, creadores o pensadores han relatado agradecidos la deuda contraída con las bibliotecas que les acompañaron en su formación?

Puestos a reivindicar hasta podrían reclamar la exclusividad del sufijo –teca que con tanta alegría explotan aquí y allá revalidando la vigencia del concepto biblioteca. Ese concepto que algunos siguen empecinados en jubilar.

 

Los viejos archivadores de biblioteca inspiración para los vestidores diseñados por IKEA. Apropiándose hasta del mobiliario.

 

Solo hay que fijarse en algunas de las empresas más exitosas del planeta para constatar cuanta ‘inspiración’ siguen ejerciendo las bibliotecas. El caso más reciente, el de la multinacional IKEA, que en un claro ejemplo de apropiacionismo ha creado salas de lectura para sus clientes durante este verano en la tienda inglesa de Wembley. Y no solo para leer allí incluso para llevárselos prestados a casa.

La empresa sueca no tiene suficiente con haber uniformado la decoración de millones de hogares en todo el mundo; de convertirnos en esclavos del instinto IKEA (como declamaba el protagonista en la novela El club de la lucha: “personas que conozco que solían llevarse pornografía al baño ahora se llevan el catálogo del IKEA”); ni de publicar el libro más impreso del mundo (su famoso catálogo): ahora además se apropian del concepto biblioteca.

 

 

Gracias a un acuerdo con el British Booker Prize la empresa de muebles invitaba a sus clientes a reducir el estrés leyendo. Si los hogares ya no son el paraíso que eran por lo difícil que resulta desconectar con tanta tecnología intrusa en nuestra intimidad: ahí está IKEA para ofrecernos el remedio para desconectar a través de la lectura. Tié guasa la cosa que diría un flamenco.

Y ya puestos a usurpar el papel de las bibliotecas añadiendo el beneficio económico propio de toda empresa: en Francia, también IKEA, se puso a fomentar las donaciones de libros. Del 11 al 23 de junio, IKEA Francia, puso en marcha una campaña de recogida de libros usados a cambio de una tarjeta regalo de 10 euros. Tarjeta que los clientes podrían usar en compras superiores a los 50 euros. Posteriormente las donaciones serían entregadas a dos asociaciones.

 

 

Y sin salir de Francia, también este verano pasado, otra gran empresa como Carrefour tuvo su ‘momento biblioteca’. La cadena gala recurrió a una ilustración del blog pedagógico Mysticlolly para señalizar y adornar sus estanterías de literatura infantil.

El autor del dibujo es un profesor de secundaria que creó la ilustración bajo una licencia de Creative Commons para que se pudiera utilizar sin problemas por parte de sus colegas, instituciones educativas y cualquier otro centro cultural: pero no con fines comerciales. A través de Twitter denunció su utilización por parte de una empresa que genera millones de ganancias. No sabemos cómo ha acabado esa denuncia, porque según la noticia recogida por ActuaLitté les univers du livre, a finales de julio no había recibido respuesta alguna.

 

Biblioteca de las armas: nombre para una armería en los Estados Unidos. Un ejemplo de apropiacionismo del concepto biblioteca que no nos gusta ni una chispa.

 

No está bonito lucrarse con el trabajo ajeno. Eso no pasa con las bibliotecas. Las bibliotecas de por sí son generosas. Bibliotecas y bibliotecarios han sido pioneros en muchas cosas que, generación tras generación, se revisten con nuevos ropajes para venderlas como si fuera el último grito. Si Youtube está repleto de tutoriales: los bibliotecarios los hicieron antes para explicar cómo usar el catálogo; si El Corte inglés y otras grandes superficies ofrecen cuentacuentos: las bibliotecas los hicieron antes; si las nuevas tecnologías se basan en palabras claves y clasificaciones: las bibliotecas las llevan haciendo desde la Antigüedad: y así podríamos seguir.

 

Cartel en Las Vegas anunciando el club de striptease The library. Un club para caballeros que se anuncia con el eslogan: una experiencia de aprendizaje. En este caso el apropiacionismo, aunque sea solo por el morro que han tenido, al menos despierta una sonrisa.

 

En fin, que el concepto biblioteca sigue tan vigente, válido y necesario como siempre. Y si no que se lo digan a tantos como se arriman a él para potenciar sus negocios disfrazándolos (en muchos casos) como otra cosa. Pero las bibliotecas lejos de ser celosas de ese concepto: son todo generosidad y no pueden más que alegrarse de que cunda el ejemplo. Lo único que revienta es que todavía haya ciudadanos que se maravillen por lo que les ofrecen negocios que buscan su dinero y no aprovechen lo mismo teniéndolo gratis (gracias a los impuestos de todos) a pocos metros de su domicilio.

 

 

Debi Mazar como la Ava Gardner de Arde Madrid (2018) la serie de Paco León.

Y para terminar volvemos al flamenco (¿?). A cuenta de lo del apropiacionismo, precisamente hace poco, el director y actor Paco León: ha recibido no pocas críticas por interpretar a una mujer trans en la serie La casa de las flores (2018) en lugar de ceder su puesto a una actriz transexual. Un intento de coaccionar la libertad creativa de los creadores de la serie en función de unas reivindicaciones, las del colectivo de mujeres transexuales, por otro lado, perfectamente respetables.

Y el talentoso León también acaba de filmar, como director e intérprete, la serie sobre los años en que la inolvidable Ava Gardner vivió en nuestro país: Arde Madrid (2018). Hablando de apropiacionismo, kitsch, usurpaciones y delirios creativos varios: nada como cerrar con el fragmento en el que la gran Ava interpretaba a una bailaora flamenca española en La condesa descalza (1954). Todo parecido con el flamenco y lo gitano no es pura coincidencia es directamente imposible, y en cambio, eso no le resta ni un ápice de valor a esta maravillosa película.

 

Marina d’Or ciudad bibliotecaria

“un paraiso
perfecto, artificial, artificial
cien piscinas
y diez mil pisos
entre palmeras sinteticas que no hay que regar.”

 

Hace unos años el grupo autoprefabricado (como les gusta denominarse) Nancys Rubias, liderado por el frustrado aspirante a bibliotecario, Mario Vaquerizo: intentó que el complejo vacacional Marina D’Or les permitiera grabar el vídeo de su tema homónimo en la conocida ciudad de vacaciones.

Los responsables de dicho complejo o no supieron ver la oportunidad o sospecharon de las intenciones del grupo del mediático marido de Alaska: pero el caso es que se decantaron por dejarlo estar y no ceder sus espacios al grupo español.

Marina D’Or ya forma parte del imaginario popular español relativo al verano junto a Georgie Dann, las suecas, Benidorm, la paella, el chiringuito o el chulo piscinas. Ciudad de vacaciones. Si los símbolos de la España turística de los 60 han quedado en el imaginario colectivo como representaciones de esa España tardofranquista hecha de folclore y aperturismo; Marina D’Or también es posible que quede como símbolo de una época que surgió a raíz del boom urbanístico que arrancó en los 90 y que se alarga hasta nuestros días.

 

Carteles promocionando España como destino turístico en la década de los 60.

 

El concepto de ocio, vacaciones y urbanismo que representan Marina D’Or se dirige a un público familiar, y por lo tanto, a los niños. Hemos recurrido a su nombre para este post porque representa como pocos una idea del ocio y las vacaciones fácilmente asumible por cualquiera que haya visto, aunque sea distraídamente, su oferta en algún spot televisivo.

No está al alcance de todas las familias vivir veranos en entornos tan idílicos e iniciáticos como los de las películas Verano 1993 (2017) o Call me by your name (2017): decimos el entorno, no las historias que en ellas se narran. Y ni siquiera sabemos si muchos de los ‘tecnologizados’ niños actuales apreciarían demasiado esos veranos que tan idealizados tenemos los adultos.

 

La deliciosa serie de cómics franceses: Los buenos veranos de Zidrou y Lafebre.

 

Hacer un post veraniego sobre exquisitos hoteles con bibliotecas, destinos con trasfondo literario o rutas culturales de ensueño es demasiado obvio. Son los fenómenos de masas en los que hay que ejercitar una labor, minúscula pero constante, de intromisión para conseguir que esa perspectiva bibliotecaria (por llamarla de algún modo) se infiltre y termine apoyando ese Golpe de estado cultural en ciernes que poco a poco, gota a gota (de sudor), llevamos tiempo pregonando desde este blog.

En Marina D’Or, ciudad de vacaciones hay desfiles, espectáculos, balnearios, cines, parques acuáticos, concursos de misses, restaurantes, parques de atracciones y un variado muestrario de ofertas para mayores y pequeños que incluye, según su web, una biblioteca infantil. Bien está. Aunque, modestamente, desde aquí les sugeriríamos incluir también una biblioteca para los adultos.

El caso es que las vacaciones sean productivas. Que los niños tengan una actividad constante de forma que no les dé tiempo a caer en el temible aburrimiento y, de paso, den algo de tregua a los mayores. Ya habrá tiempo luego de tratarles la hiperactividad y los trastornos de atención aumentando las minutas de los consabidos especialistas.

 

 

Pero tampoco los adultos escapan a esa productividad que ha de tener el periodo vacacional para cumplir con los estándares de lo que se considera un ocio socialmente aceptado según los valores del momento. En la campaña publicitaria de una conocida agencia de destinos de viaje lanzan la pregunta de qué hacer una vez llegas al destino elegido: y proponen un listado de actividades según viajes a Roma, París, Londres, Nueva York o Tokio. (¿¿??)

Si del retrato firmado por un pintor local, del pater o la mater familias, por encargo que lucía en los salones de los 60; pasamos a la segunda residencia vacacional; los equipos de música o la televisión con sonido envolvente en pisos con paredes de papel para ostentar el ascenso social de una familia: hoy día esas exigencias pasan por viajar a destinos cuanto más exóticos mejor. Y así poder nutrir los relatos paralelos a la realidad que se registran en nuestras cuentas de Facebook o Instagram

 

 

En un post de Librópatas se rastreaban los antecedentes de la actual turismofobia en las novelas de Jane Austen. También Henry James hizo retratos nada favorecedores de los turistas estadounidenses de viaje por la Europa del finales del XIX.

En la localidad noruega de Flam, parada obligada de todos los cruceros que recorren los fiordos, no han dejado de surgir carteles y pintadas expresando la repulsa de los noruegos (e igual hasta de los no noruegos) al tráfico continuo de barcos de gran calado colonizando los fiordos.

Quien sueñe con perderse por los magníficos paisajes nórdicos para disfrutar de una naturaleza protegida por la Unesco, es mas que probable que se encuentre que en lugar del rumor del agua o el viento, su paseo se vea acompañado por el reguetón que marca el ritmo de las actividades que se desarrollan en la cubierta de cualquiera de los enormes cruceros que invaden la zona cada verano.

 

Marlene Dietrich rebosante de actitud a bordo del transatlántico Europa.

 

El cine clásico de Hollywood, como en tantas otras cosas, tiene la culpa de la idealizada imagen que tenían generaciones previas de lo que era un crucero.

Cary Grant y Deborah Kerr enamorándose a bordo de un selecto crucero en Tú y yo (1957) ; Bette Davis en La extraña pasajera (1942); Marlon Brando y Sophia Loren en La condesa de Hong Kong (1967), etc. En aquellos tiempos la llegada a los Estados Unidos de las estrellas europeas que iban a conquistar Hollywood siempre era a bordo de un transatlántico: así lo hicieron antes de que las escalinatas de los aviones les robasen el protagonismo: Greta Garbo, Marlene Dietrich o Ingrid Bergman. Claro que décadas después llegaría la serie de Vacaciones en el mar (Love boat) para preparar el terreno a nuestros días.

Del glamour de los cruceros que aparecían en las películas del Hollywood clásico a los cruceros temáticos sobre The walking dead de nuestros días.

Hoy día los enormes transatlánticos trasladan la eficacia de un bloque de apartamentos de Benidorm o de un hotel de Marina D’Or hasta alta mar. Y como en estos casos, hay que llenar el tiempo de actividades.

La línea de cruceros estadounidense American Cruise Lines ha lanzado su propuesta de cruceros temáticos para su temporada 2018-19 en la que incluyen cruceros temáticos sobre música del Mississippi, de Nashville, o sobre autores, como Mark Twain.

Los cruceros temáticos no son algo de ahora. Como ya recordaba un artículo en El País, en 2006, los primeros se remontan a los cruceros con fines arqueológicos por el Nilo en el siglo XIX. En dicho artículo se recogían propuestas del momento como: cursos de idiomas o literatura inglesa auspiciados por la Universidad de Oxford en el viaje Barcelona-Nueva York a bordo del Queen Mary 2, un barco con una biblioteca de 8000 o una filmoteca con 3000 películas, y en el que además se hacía talleres de escritura, seminarios de astronomía o de arquitectura o arte.

 

 

En cuanto a España, el artículo de El País de hace doce años ya decía que lo de cruceros temáticos no acababan de cuajar, y en este 2018, según el mismo medio, parece que sí se han asentado: pero sin recurrir demasiado a las estimulantes propuestas que ofrece el Queen Mary 2. Star wars, camareros robots, gourmets, locos por los 80, Bollywood… son algunas de las propuestas para esta temporada.

Nosotros, dada nuestra vocación de servicio, retomamos el tono que utilizamos hace un año en Turoperador bibliotecario: recuperando la idea de “agencias de viajes bibliotecarias como nuevo servicios para quienes quieran salirse del redil”. En el ámbito de los cruceros se nos ocurren numerosas temáticas a tener en cuenta.

 

Ingrid Bergman en Stromboli (1950) de Roberto Rossellini: otra posible inspiración para un crucero temático por el Mediterráneo.

 

Lunas de hiel (1992) de Polanski: transcurre en un crucero pero no parece la más adecuada para inspirar unas vacaciones apacibles en pareja.

Crucero Lord Byron por las islas griegas con escalas en Safo y actividades en torno a la obra de Cavafis ; crucero Stevenson por el Caribe con escalas en la Cuba de Hemingway o en el Puerto Vallarta de Tenesse Williams en La noche de la iguana; crucero Jack London por el Ártico; crucero Patrick O’Brian por costas sudamericanas; crucero Terenci Moix por el Nilo; cruceros Joseph Conrad tanto por costas africanas como asiáticas… Y si ampliamos a referentes cinematográficos o musicales entonces la cosa nos daría para una serie completa de posts decididamente temáticos.

Pero no era esa la idea. El empeño por infiltrar referentes culturales en las ofertas de ocio y tiempo libre es una contrapartida o una compensación. Muchas bibliotecas se esfuerzan, cada vez más, en no parecer bibliotecas para quitarse el lastre, la imagen, que pese a tantos esfuerzos, las sigue asociando a lo aburrido. De ahí que algunas estén pareciéndose cada vez más a parques de atracciones bibliotecarios.

 

Biblioteca Poplar en Pekín.

 

Según el decálogo de Faulkner-Brown, arquitecto que orientó su carrera a la construcción de bibliotecas, y sigue siendo un referente en este campo: el edificio de una biblioteca debe ser flexible, fácilmente adaptable, accesible, confortable, y muchas cosas más.

Las bibliotecas con las que cerramos el post (y el blog hasta septiembre) no sabemos si cumplirán a rajatabla los mandamientos de Faulkner-Brown, pero resultan muy oportunas para la permeabilidad que promueve este post: de las ciudades del ocio a las ciudades bibliotecarias en un viaje de ida y vuelta.

Y luego ya que cada uno se lo monte como quiera: viajando, quedándose en casa sin necesidad de aparentar nada, o cultivando ese exquisito aburrimiento, perdiéndole el miedo a no hacer nada productivo, que defiende Andrea Köhler en su último libro, como paso necesario para que pueda ocurrir algo maravilloso.

 

Biblioteca del resort Soneva Kiri en Tailandia, con jaula suspendida en el aire para niños.

Biblioteca-árbol en el Regent Park de Londres.

La biblioteca-árbol del Regent Park de Londres vista desde abajo.

Biblioteca en un orfanato en Tailandia.

Biblioteca de un hogar en Austin (EEUU), un asiento colgante permite acceder a las partes más altas de las estanterías.

Otro plano de la Biblioteca Polar de Pekín.

Jardines bibliotecarios

 

En la penumbra de un jardín tan extraño
Radio Futura

 

Meterse en un jardín es algo que evitamos por diversos motivos. Pero si se escribe y se propone nadar y guardar la ropa en pleno boom de la confesionalidad y el exhibicionismo, sea en formato vídeo de Youtube o literatura del yo, es que no se están haciendo bien las cosas. Por eso en este post vamos a meternos en varios jardines.

 

Cambio de cartera ministerial de Màxim Huerta a José Guirao. Foto de José Luis Roca.

 

El accidentado proceso por el que se ha nombrado nuevo ministro de Cultura le ha dado un protagonismo a una cartera ministerial que no suele recibir demasiada atención mediática en la formación de gabinetes de gobierno. El perfil de José Guirao se ha recibido con los dientes menos afilados que el de Màxim Huerta, y como era de esperar, las peticiones y recomendaciones al nuevo ministro no han tardado en publicarse en diversos medios. La bajada del IVA del cine y la decisión de resucitar la Dirección General del Libro y Fomento de la Lectura son noticias positivas, y la segunda, aún más para el mundo de las bibliotecas.

En una carta abierta al ministro escrita por Óscar López en ‘El Periódico’ le exhorta a que potencie las bibliotecas escolares como paso fundamental para fomentar la lectura; que combata de manera efectiva la piratería; o que se reúna con medios de comunicación públicos y privados para encontrar fórmulas con las que conseguir que los espacios culturales tengan mayor presencia en los medios de masas. En esto último llega a sugerir que las subvenciones al sector audiovisual se supediten a que los guionistas hagan que los protagonistas de las ficciones aparezcan leyendo.

 

Los protagonistas infantiles de una serie española (Cuéntame) leyendo tal y como solicita Óscar López que se haga para promover la lectura. El único detalle sin importancia es que interpretan a niños de los años 60. Esos tiempos en que circulaba el eslogan de: “donde hoy hay un tebeo mañana habrá un libro”.

 

No sabemos si esto último no suena un tanto excesivo. Pero cualquiera de las propuestas de López son asumibles por cualquier profesional de la cultura que trabaje en una biblioteca. De hecho no estaría fuera de lugar enviarle por parte de las bibliotecas públicas una carta de Reyes Magos al nuevo ministro por mucho que cueste creer en magia cuando de política y cultura se trata. Si acaso solo cabría desear que ante todo prime la cultura como “conjunto de conocimientos que permite desarrollar el juicio crítico”. Algo simple si nos atenemos la definición que da la RAE: pero que tan difícil se hace a veces.

Cuando manda la derecha dejándola en el furgón de cola, mientras se prima un uso de la cultura como signo de distinción con el que enmudecer a los que disientan apabullándolos con exhibicionismos intelectuales que pongan en su sitio a quienes no han tenido los medios o capacidades suficientes para crearse un discurso propio. Y cuando manda la izquierda promoviéndola como escaparate de pluralidad, inclusión y progreso pero afeando cualquier disidencia que cuestione el igualitarismo que exige lo políticamente correcto.

En este sentido resulta esclarecedor (por no decir espeluznante) el relato que Steve Pinker recogía en su célebre ensayo “La tabla rasa” sobre las presiones, campañas de descrédito y boicots que sufren aquellos investigadores que, en estas últimas décadas, han publicado hallazgos que contravenían “las verdades” del discurso políticamente progresista del momento. Como los resultados de la investigación científica están sometidos a duras presiones para reforzar los presupuestos ideológicos e intereses bien de la izquierda o bien de la derecha.

Imagen de la web de la Biblioteca de Semillas de la biblioteca pública de la ciudad estadounidense de Orange.

Ilustración de la cuenta de Twitter Antigua Roma al día.

 

Pero en medio de este jardín en el que nos hemos metido siempre se puede encontrar una salida tirando de un recurso infalible: la frivolidad.

No, no es que vayamos de Óscar Wilde, es que regresamos al post Club de lectura de prensa rosa: bibliotecas en el candelabro. Antes de que su problema con Hacienda fulminase a Màxim Huerta como ministro no faltaron las críticas por su pasado como comentarista del corazón del exministro. Un prejuicio un tanto absurdo si convenimos en que la política actual tiene mucho de culebrón de sobremesa.

Cotilleos a cuenta de cuando el periodista Federico Jiménez Losantos profesaba el comunismo.

 

 

El Club de lectura de prensa rosa atacaba directamente a la doble moral que muchas veces recae sobre la prensa del corazón. Y optaba por explotar el cotilleo, que nos guste o no está ahí, desde un prisma bibliotecario como es el fomento de la lectura. La prensa rosa, como cualquier medio es susceptible de análisis desde muchos aspectos. Federico Jiménez Losantos (¡y seguimos adentrándonos en jardines!) escribía una columna sobre la crónica social con apuntes antropológicos y sociológicos allá por los 80 en ‘Diario 16’.

Y ahora nos enteramos por la prensa escrita (en este caso una fuente secundaria en vez de recurrir a la fuente primaria como exigiría el rigor profesional: para que luego nos las demos de desprejuiciados) que en el programa Sálvame, su estrella Belén Esteban, declaró haberse emocionado leyendo Patria de Aramburu.

 

Kiko Matamoros: ¿influencer literario en Mediaset?

 

Un hecho que sigue dando pistas de ese Golpe de estado cultural que poco a poco está forjándose hasta en los medios más insospechados. Y el golpe definitivo lo da la interesante entrevista que otro colaborador del programa, Kiko Matamoros, concede a ‘El confidencial’. Matamoros participó de ese momento televisivo de máxima audiencia en que en el plató por donde suelen pulular tronistas, concursantes de realities y famosos en horas bajas: se habló de literatura.

Según asegura ‘El Confidencial’ Matamoros se ha convertido en prescriptor literario a través de sus referencias a libros en medio del guirigay del programa vespertino de Telecinco. Las declaraciones del colaborador de Sálvame resultan interesantes en general, pero concretamente, la idea que propone para el Ministerio de Cultura suena especialmente acertada:

“El ministerio podría hacer por la literatura lo mismo que ha hecho por el cine, que es obligar a los agentes del mercado que tienen más dinero a reinvertir. Además creo que los grandes directivos que manejan las cadenas de televisión lo aceptarían de buen grado.”

 

El ensayo del profesor de Historia y Teoría de la Arquitectura del Paisaje Michael Jakob: especialista en el jardín como representación social.

Sinceramente nos interesa menos si en Sálvame van a seguir hablando de libros como lo que significa para el estado de la cosa cultural el que un hecho así suceda. En la denominada, justa o injustamente, ahí no entramos, telebasura: se ha hablado de libros (más allá de biografías de famosos, realezas y demás) en numerosas ocasiones.

Entre nominaciones, escándalos de pacotilla o intimidades escabrosas: lo han hecho aquellos presentadores, con suficiente edad y recorrido, como para preservar ese prurito de prestigio que otorgaba tener una formación, una cultura. Pero sobre ese apostolado siempre recaerá una sombra de sospecha. ¿A qué ese empeño en hacer apología de la lectura en un medio, y ante un público, que no lo pide? ¿es por una convicción sincera en la necesidad de promover la lectura desde los medios de masas? ¿o acaso es un anhelo de respetabilidad, de marcar distancias con ese mundillo que les otorga fama y dinero pero poca consideración desde el canon de lo que se considera cultura? Hasta que no surja un nuevo formato que cruce Página Dos con Sálvame Deluxe es improbable que esa sombra se disipe.

 

Página 2 Deluxe: el crossover televisivo llamado a revolucionar el medio.

 

En las bibliotecas se hace algo similar: se compran best sellers que íntimamente se desprecian pero que engrosan esas estadísticas de préstamo que, finalmente, permitirán rendir cuentas exitosas cara a los próximos presupuestos. Pero no perdamos de vista lo importante: Belén Esteban declaró haberse emocionado con el Premio Nacional de la Crítica.

¿Qué consecuencias puede tener un hecho así?: ¿despertará un interés inusitado por la lectura? ¿el Plan de Fomento de la lectura contará con una sección en su programa? Ese programa al que un Pedro Sánchez, aspirante entonces a liderar el PSOE, llamó en directo metiéndose en un jardín que le propinó no pocas críticas por parte de oposición y del sector contrario a él en su partido. Y es que para adecuarse al signo de los tiempos siempre hay que arriesgar y, pese a la audacia, la ganancia nunca está segura.

Lo que sí está seguro es que todos estos signos dan sustento a muchas de las proclamas que hemos lanzado en este blog. Si las profecías warholianas se han cumplido a la perfección en este mundo de las celebrities: justo es que la cultura sea como una caja de detergente o una lata de sopa: objeto de consumo diario en los supermercados de la cultura que son las bibliotecas. Las flores más bellas hunden sus raíces en el fango que escribía Baudelaire: y ahora la duda para los más puristas será distinguir entre la flor y el fango.

 

Peter Sellers el jardinero protagonista de Bienvenido Mr. Chance (1979)

 

El convulso siglo XX visto desde el gran jardín de una familia poderosa en El jardín de los Finzi-Contini.

Pero dejémonos de metáforas jardineras y citas culturetas o vamos a terminar como el Mr. Chance interpretado por Peter Sellers en Bienvenido Mr. Chance (1979). Esa deliciosa película se injerta a la perfección en este post: un jardinero algo retrasado, que sin pretenderlo, consigue que sus silencios y lacónicas frases sobre jardinería sean interpretadas como el colmo de la agudeza política.

Sin más experiencia vital que su trabajo como jardinero y sus horas de ocio dedicadas a ver televisión, Chance, se convierte en oráculo para los que van de exquisitos y pedantes (de esos, por ejemplo, que mezclan citas de Baudelaire con noticias en torno a Sálvame). Su irrupción en el mundo exterior es tan demoledora como la del mismo Peter Sellers en la película El guateque, pero en este caso, sin destrozar nada salvo la mascarada de los que le rodean.

Yuval Noah Harari, en su ensayo Homo Deus, hace una breve semblanza de la historia de los jardines que viene muy al caso para enderezar las ramas de este post:

“Los pobres campesinos no podían permitirse dedicar una tierra o un tiempo precioso a los jardines. Por lo tanto, el pulcro prado a la entrada de los castillos era un símbolo de estatus que nadie podía falsificar. Proclamaba de manera llamativa a todo transeúnte: Soy tan rico y poderoso, y poseo tantas hectáreas y siervos que puedo permitirme esta extravagancia verde. (…) No es por tanto sorprendente que en el siglo XIX la burguesía, en auge, adoptara el jardín con entusiasmo.”

 

En un momento en que los espacios públicos en las ciudades son usurpados por negocios que exigen que el peatón ejerza de consumidor para poder disfrutarlos: el texto del historiador israelí adquiere aún más fuerza. Sobre todo si de bibliotecas (uno de los pocos espacios públicos que no discriminan por nivel adquisitivo) y jardines: estamos hablando. Siempre quedarán resquicios por los que colarse como hacen las enredaderas en los muros. Es lo que sugiere el movimiento de guerrilla jardinera que se ha ido extendiendo por diversas urbes del planeta en modo de protesta paciente y silenciosa inequívocamente vegetal.

 

 

Cuando la sociedad civil se moviliza para sacarle los colores a los poderes públicos aparecen ideas tan ingeniosas y repentinamente poéticas como plantar flores en los baches para señalizarlos. Activismo floral, brotes verdes en el asfalto, esquemas culturales que se revientan como las raíces de los ficus revientan hasta el hormigón más armado.

La cultura, las bibliotecas, se encuentran en medio de un jardín repleto de flores carnívoras dispuestas a engullirlas. Y como decía un tema del dúo Fangoria: “Tenemos que hablar de las plantas carnívoras, de su nutrición, su riego y su reproducción” Y eso hemos hecho en este post metiéndonos en jardines repletos de barros políticos, mediáticos, ideológicos y sensacionalistas para pringarnos bien (con guantes, eso sí, para no pincharnos) y ver si así brota alguna semilla de esa planta exótica que es la cultura en el siglo XXI.

 

 

La cultura es nuestro Dios y Frankenstein su profeta (#Frankenbiblioteca)

 

Si nos atenemos a la manoseada frase de Picasso: “Los grandes artistas copian, los genios roban”, desde que irrumpió Internet, el mundo debería estar lleno de genios. Pese a todo de la elegancia de un carterista antiguo a lo burdo de un vulgar navajero sigue mediando un abismo que denota la auténtica habilidad, sino acaso, el talento.

Los ladrones de guante blanco son una especie ignota en el mundo digital. En la pantalla más que una hábil sustracción se tiende al saqueo burdo y directo pero, que obviamente, da beneficios. En cambio los Creative Commons del pensamiento no funcionan de forma tan eficiente. De tanto cortar y pegar las ideas propias se van adelgazando, encogiendo, jibarizando hasta terminar con la profundidad de un teletipo. Todo pensamiento o idea hay que reducirla a hashtag para que tenga más impacto. El que traduzca la almohadilla al lenguaje hablado se convertirá en el profeta de un nuevo tiempo.

 

 

Mientras tanto somos como gallinas en un corral digital, picoteando aquí y allá, haciendo remiendos de retales ajenos para intentar construir un discurso propio.

En un reciente artículo de ‘Jot Down Smart’ repasaban el movimiento plagiarista con motivo del décimo aniversario de la redacción, por parte de los escritores Leandro Romana y César Ruiz-Tagle, del Manifiesto plagiarista. Todos los escritores son plagiaristas se llama el artículo: pero su conclusión resulta mucho más certera que el título al superar el ámbito de la literatura para universalizar su mensaje: todos somos plagiaristas.

Y con Internet esto se amplía hasta el infinito. Cuando este blog ha sido fuente de inspiración para escritos ajenos que ni siquiera lo han citado, aquí, que creemos en la bondad de los desconocidos como Blanche Dubois: siempre nos lo hemos tomado como un homenaje.

 

Welles el gran ilusionista del cine en su película documental F de Fake (1973)

 

Mr. Brainwash (Señor lavado de cerebro) en plena eclosión creativa.

En el documental Fraude (1973) de Orson Welles se recoge la apasionante historia de Elmyr de Hory, uno de los más talentosos falsificadores de obras de arte que han existido. Si el plagio es una forma de homenaje, Elmyr, lo llevó a otro nivel. Y Mr. Brainwash, el artista urbano patrocinado por Banksy, que protagoniza otro documental imprescindible, Exit to the gift shop (2010), terminó de derrumbar las frágiles líneas que separan el plagio del arte en pleno siglo XXI.

En cambio, el escritor Chance Carter, aunque pudiera parecer que sigue la senda marcada por estos dos ilustres plagiaristas: nada más lejos. Su fraude a cuenta del género romántico en Amazon resulta de un burdo inequívocamente digital.

Carter cuenta con cientos de novelas publicadas que le han hecho ganar una fortuna. Un rara avis. Un hombre que escribe novelas de género romántico. ¿Se debería empezar a exigir paridad en el género? El caso es que las potenciales lectoras de sus novelas quedaban más defraudadas que en la vida real, cuando atraídas por esas portadas llenas de músculos, melenas y tatuajes: se decidían a leer uno de sus libros. Unos libros más anabolizados que los maromos que lucen en las portadas.

 

Viendo las portadas de las novelas de Carter surge la duda de si son novelas románticas o pósteres para clubes gays.

 

Todo un referente.

El ‘listo’ de Carter se ha encargado de rellenar, cual pavo en el Día de Acción de Gracias, sus libros con páginas y páginas que plagiaban lo ya plagiado hasta la náusea. El vacío más absoluto con el que conseguir ganar miles de dólares al mes gracias a que Amazon pagaba a los autores (bueno a los que suben los libros y los firman) por página leída. Carter ha sido expulsado de Amazon, y la tienda digital, ha tenido que readaptar sus métodos para intentar frenar a nuevos “rellenalibros”.

En realidad Carter lo que ha hecho ha sido señalar que el rey está desnudo. Se castiga a Carter pero se ensalza a las celebrities que hacen del vacío más absoluto un negocio de lo más rentable en Instagram.

En las bibliotecas nos podemos sentir a salvo. La plataforma de préstamo de libros electrónicos eBiblio, implantada en la mayoría de bibliotecas públicas del país, no permite el uso de los dispositivos Kindle de Amazon. Podrán decir que es por una cuestión de DRM, incompatibilidades y lo que quieran: pero la verdad de la buena es que hasta en medio de la intemperie digital, una biblioteca, siempre resulta el refugio más seguro.

 

 

Carter no viene a ser más que una pobre evolución de la piratería de contenidos culturales. Sin gracia, ni talento.Y desde luego no cabe reconocerle espíritu plagiarista alguno. Hasta el negro de Ana Rosa Quintana mostró más habilidades allá cuando empezaba el siglo y la Red estaba en pañales.

Pero ese relato fragmentado, hecho de retales, de collages narrativos que propicia el surfear por las redes (¿surfear por las redes? ¿eso se sigue diciendo?) también tiene sus ejemplos positivos. Es el caso del proyecto Frankenbook promovido por la Universidad Estatal de Arizona. Como es bien sabido se han cumplido los 200 años de la publicación de la novela que anticipó el siglo pasado, pero sobre todo, el que ahora estamos viviendo. La criatura creada por Mary Shelley a orillas del Lago Leman revalidando su vigencia en la modernidad, la posmodernidad, la pospostmodernidad y lo que quiera venir a partir de ahora.

 

 

Prueba de esa vigencia es el reto de lectura/escritura que han propuesto desde dicha Universidad. Se trata de elaborar entre miembros de la comunidad universitaria y creadores en general una edición anotada de Frankenstein (el Frankenbook). La novela original está disponible en la web para ser leída y anotada por científicos, ingenieros y creadores de todo tipo. Igualdad e inclusión, medicina, filosofía, política, ciencia, tecnología, psicología, etc. Los temas propuestos son amplios y variados asegurando así unas anotaciones de los más enriquecedoras.

Y como un ejemplo práctico de que todos somos plagiaristas en Internet: desde aquí proponemos la Frankenlibrary, o apeándonos de tanto anglicismo, la Frankenbiblioteca. Le ponemos la preceptiva almohadilla delante (#Frankenbiblioteca) y la lanzamos a las redes para quien quiera comparta sus ideas de lo que debería ser una biblioteca en el siglo XXI.

Hace unos días Evelio Martínez en un tuit a cuenta del reportaje en ‘The Guardian’ sobre bibliotecas canadienses: se preguntaba si era otro caso de biblioteca que busca sobrevivir pareciéndose cada vez menos a una biblioteca. Y aquí inspirándonos en Evelio planteamos si acaso el primer paso para la supervivencia de las bibliotecas no empieza por cambiarles el nombre. Una bonita herejía para abrir un debate  #Frankenbiblioteca.

 

 

En la poco sutil década de los 80 del siglo pasado se estrenó Reanimator (1985): una variación gore y gamberra sobre el mito de Frankenstein. El proyecto con el que cerramos este post lleno de remiendos (¿cuál no?) trata también de reanimar pero sin decapitaciones ni sangre de por medio: The Reanimation Library.

Esta biblioteca se abrió en Brooklyn a raíz de la modesta idea del bibliotecario Andrew Beccone de rescatar libros desahuciados para extraer de ellos ilustraciones curiosas que digitalizar. La cosa se fue de madre (como suele pasarle a los bibliotecarios cuando se ponen a conservar) y ha llegado a recopilar tal colección que incluso dio pie a una exposición en el MoMA y ha servido para inspirar a creadores de lo más diverso. Lo último: una línea de tatuajes inspirados en ilustraciones recopiladas en The Reanimation Library.

 

 

¿Moraleja?: que cuando se trata de “inspirarse” para crear algo propio no hay material de derribo si se habla de cultura. Un principio que no viene más que a reforzar lo que ya decíamos en el …(post en obras): La cultura es nuestro Dios y Frankenstein su profeta.

 

Una jornada particular bibliotecaria

 

Cualquier invento humano es susceptible de convertirse en algo positivo o negativo según el uso que se le dé. El libro, pese al aura de prestigio que le rodea, no queda fuera de esta ley. No deja de ser un simple soporte de ideas buenas o nocivas pero, pese al acoso de lo digital, sigue investido de un peso simbólico que hasta los que no leen, o solo leen aquello que nunca les cuestiona, lo enarbolan cuando se trata de dar empaque a su causa.

La asociación italiana Sentinelle in piedi es un claro ejemplo de ello. Esta asociación italiana ha convertido en una cruzada personal la defensa de la familia tradicional (según su idea de lo que es una familia tradicional) y protestar contra la ley de uniones civiles que, entre otras cosas, permite la unión de parejas homosexuales. Y la forma de hacerlo es ocupando plazas y calles permaneciendo estáticos de pie mientras simulan (¿o no?) que leen libros.

 

Los Sentinelli en piedi.

 

Barbie sentinella in piedi: las bromas a costa de los defensores de la familia tradicional no se han hecho esperar.

Estos centinelas de pie recurren a la lectura y los libros para representar su arraigo a la tradición, a “su tradición”, y así visibilizar su intransigencia y apego a las más rancias esencias de esa patria que tanto defienden. A estos vigías de la moral propia y ajena no estaría de más que alguien les advirtiera que en las bibliotecas públicas se llevan a cabo clubes de lectura mucho más cómodos (de todos es sabido que estar de pie mucho tiempo favorece, entre otras cosas, la formación de varices) y a resguardo de las inclemencias del tiempo.

Claro está que estos clubes, pese a estar sentados, pueden resultarles más incómodos por abarcar visiones del mundo lo más abiertas posibles a todo tipo de realidades e ideas.

 

Descubrir los libros que utilizan los sentinelli in piedi en sus “paradas morales” y hacer memes con sus fotos: la respuesta de muchos internautas en las redes a su discurso de exclusión.

 

Pero vamos a lo importante. ¿Leen realmente mientras están de pie o solo posturean? ; ¿qué tipo de libros eligen? ; ¿qué están haciendo las bibliotecas italianas que no hacen campaña para que los centinelas pasen antes por la biblioteca más cercana a prestarse los libros? ; ¿atenderían a las recomendaciones de los bibliotecarios? No más preguntas por ahora.

Lo más curioso es que las acciones que llevan a cabo los centinelas de pie se apropian de performances de los que serían sus opuestos: los movimientos por los derechos LGTBIQ+ o de acciones similares desarrolladas en las protestas que durante la denominada “primavera árabe” se vivieron en la plaza Taksim Gezi Park de Estambul.

 

Manifestantes turcos en la plaza Taksim Gezi Park de Estambul protestando contra el gobierno de Erdogan en 2013. Fotografía de George Henton. 

 

La respuesta por parte de los colectivos LGTBIQ+ no se ha hecho esperar, y así, parejas gays y lesbianas han aprovechado sus concentraciones para, mientras los centinelas leen, besarse ostentosamente en público o perturbar la quietud de su lectura con panderetas y boas de colores. Aunque algunos memes y cachondeos varios a cuenta de los Sentinelle in piedi no tienen desperdicio: la sonrisa desaparece cuando se constata que estos grupos obtienen respaldo por parte de las autoridades políticas. Y el gremio bibliotecario no ha quedado indemne ante este giro reaccionario de la sociedad italiana.

 

Performance dentro de la performance de los Sentinelli en piedi. ¿O va en serio?

 

Fabiola Bernardini es la directora de la biblioteca Comunale di Todi, en Perugia, o más bien lo era hasta hace bien poco. Las autoridades de dicha ciudad, en su mayoría del partido de Berlusconi, Forza Italia, la destituyeron de su cargo al frente de la biblioteca por no haber atendido a un requerimiento de los responsables municipales.

Bernardini recibió el encargo de elaborar un listado de los libros infantiles y juveniles de la biblioteca que pudieran tener alguna relación con la homosexualidad, las familias homoparentales y la transexualidad. Tras unas semanas la directora de la biblioteca declaró sentirse incapaz de identificar ningún fondo que hubiera de ser expurgado por dichos motivos. Entre los libros que habían despertado las suspicacias de las autoridades todo un clásico: “E con Tango siamo in tre”. El famoso libro de Peter Parnell y Justin Richardson sobre una pareja de pingüinos machos que adoptan a un cachorro y que ostenta el triste récord de ser, probablemente, el libro infantil más prohibido de la historia.

 

‘Con Tango son tres’: un clásico en lo que se refiere a censuras bibliotecarias.

 

La respuesta de las autoridades ha sido destituir a la bibliotecaria como directora del centro: trasladándola a otras dependencias bajo la excusa de formar parte de un programa de reubicación de plantillas. Pero las reacciones no se han hecho esperar. El próximo 30 de junio, la asociación pro derechos LGTBI Omphalos de Perugia: ha convocado una celebración del Orgullo gay en la ciudad de Todi en apoyo a la bibliotecaria; y la Asociación de Bibliotecas Italiana, AIB, ha publicado un documento, traducido también al inglés para concitar la solidaridad internacional, donde denuncian la situación de censura indirecta, y la asfixia de recursos y autonomía con la que algunos políticos transalpinos buscan marginar a aquellos profesionales que defienden la libertad de expresión y pensamiento en sus bibliotecas.

 

Folleto de la programación de la Biblioteca de Todi publicado por su directora Fabiola Bernardini en su cuenta de Twitter en mayo. Antes de ser destituida de su cargo. Vogliamo leggere = queremos leer.

 

Afortunadamente, por mucho que se diga que españoles e italianos compartimos tantas cosas, en nuestro país el matrimonio homosexual es legal desde hace 13 años; y la libertad del gremio bibliotecario, a la hora de seleccionar y organizar las colecciones, es algo que todos damos por asumido. No tenemos centinelas, al menos de pie, y es muy dudoso que los carpetovetónicos exaltados que puedan salir de las catacumbas para protestar por la exhumación de los restos de Franco en El Valle de los Caídos: vayan a incurrir en apropiacionismo cultural organizando lecturas en público. La simbología del libro y la lectura queda muy lejos de sus representaciones. Afortunadamente.

 

Detalle de la biblioteca de la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos.

 

Si algún tinte positivo aportan las acciones de los sentinelli es el poder que sigue teniendo el libro como símbolo: aunque en este caso sea símbolo de su intransigencia. Y como nos remitimos al clásico de Ettore Scola en el título del post justo es que miremos al cine para constatarlo. Dos estrenos recientes representan acercamientos totalmente opuestos a los libros desde la ficción cinematográfica: uno como mera excusa argumental, y el otro, como base para una interesante reflexión sobre los fascismos que nos amenazan en nuestro día a día.

 

Un ama de casa y un homosexual reconociéndose como víctimas y concediéndose una jornada de respiro en la asfixiante Italia de Mussolini.

Cuando ellas quieren: el sutil título castellano elegido para la película Book Club (2018)

 

Diane Keaton, Jane Fonda, Mary Steenburgen y Candice Bergen junto a los galanes maduros Don Johnson y Andy García protagonizan Book Club (2018). En principio, por el título, cabría pensar que esta rutilante reunión de veteranas estrellas tendría algún interés desde el punto de vista bibliotecario o de la lectura: pero solo hay que echar un vistazo a la sinopsis para temerse lo peor.

A saber: un grupo de septuagenarias que participan en un club de lectura desde hace años replantean su actitud ante la vida y el paso del tiempo a partir del impacto que supone en ellas la lectura de una novela. Hasta ahí nada original, pero tampoco para ponerse en guardia, pero los peores presagios se hacen realidad cuando se descubre que el libro en cuestión son las célebres 50 sombras de Grey.

Obviamente el tono es de comedia, pero visto el nivel actual de Hollywood hipotecado por los superhéroes, y que cuando se lanza a hacer una película para público adulto salga con esto: hace temerse lo peor. Una versión degradada de la ya de por sí discreta Conociendo a Jane Austen (2007) que también se ambientaba en un club de lectura.

 

 

Pero la lectura como bisutería para productos tan ramplones queda compensada por otra cinta también con una base argumental de lo más bibliotecaria: El taller de escritura (2018). En esta producción europea, una novelista imparte un taller de escritura para jóvenes en el pueblo de La Ciotat, en el sur de Francia, una población duramente castigada por la crisis en la que una de las industrias que pervive es la construcción de embarcaciones de lujo. La situación económica y la falta de futuro ha favorecido que los partidos políticos de extrema derecha hayan captado el voto joven.

La escritora que modera el taller se topará con la realidad de unos chicos de variadas procedencias, entre los que destaca, por su talento y vehemencia: un chico con opiniones de lo más extremistas. El proceso de acercamiento y conocimiento a través de la literatura de una realidad que nos afecta a todos se resuelve en una cinta elogiada por la crítica y auténtico filón para cinefórum. Una apropiación de lo literario y lo bibliotecario, en este caso, de lo más provechosa.

 

El variopinto grupo de jóvenes que forman el taller de escritura de la película francesa.

 

 

El grupo de la carroza por la diversidad en la Cabalgata de Reyes vallecana ataviados como peluches listos para desfilar.

Hace unos meses, en la cabalgata de los Reyes Magos del barrio madrileño de Vallecas, la presencia en una carroza por la diversidad con la artista La Prohibida: provocó la indignación de muchos medios conservadores. Curiosamente de unos medios que, de no haberse dado esta noticia, poco caso habrían hecho a la cabalgata de un barrio como Vallecas. Los vecinos vallecanos pese a la algarabía mediática, en cambio, acogieron con aplausos y vítores la, presuntamente, polémica carroza.

Traer a colación a La Prohibida tiene todo el sentido, en parte porque enlaza con nuestra Biblioteca contracultural, y sobre todo por el último vídeo que lanzó hace unas semanas: La pubblicità (Un mondo ideale). En este drama de pan y mantequilla a ritmo ochentero, una versión de Fahrenheit 451 colorista y kitsch, los amantes de los libros deben esconderse y formar colonias para poder vivir su vicio secreto ante el totalitarismo de un mundo lleno de publicidad. Los miembros de esta resistencia lectora que se refugian en el bosque no se distinguirían en apariencia de los sentinelle di piedi salvo por el hecho de estar sentados.

Y es que por mucha literatura que le pongamos al asunto: las bibliotecas (o la cultura en general) no matan fascistas como sostenía un post hace tiempo. Como cualquier invento humano son susceptibles de convertirse…[Continúa en la primera línea].

 

Biblioteca contracultural, biblioteca contra la cultura

 

No lo hemos comprobado en el Catálogo Colectivo de bibliotecas públicas pero pocas debe haber que no tengan (o hayan tenido) entre sus colecciones la célebre serie de ensayos históricos: Historia de la vida privada (reeditada por Taurus en un estuche en 2017). En la que los historiadores galos, Philippe Ariès y Georges Duby, recorrían la historia desde la Antigua Roma hasta los albores de esta revolución digital que estamos viviendo. Tanto Ariès como Duby han fallecido: así que no podrán añadir anexo alguno con estas últimas y trepidantes décadas, pero tampoco hace falta, cuando con Internet eso de vida privada ha dejado de tener sentido.

 

 

La instantánea que de un momento histórico se pueda sacar jamás estará completa si a la crónica oficial no se le añade el reverso de lo cotidiano, lo menor, lo subterráneo. Y desde la década de los 60 con más fuerza aún: toda crónica cultural queda coja sin el relato paralelo de la contracultura, del underground, de lo marginal.

El crítico cultural Jordi Costa arrancó su trayectoria profesional, que le ha llevado a escribir en las cabeceras culturales más importantes, con tan solo 15 años en ‘El Víbora’. Su autoridad a la hora de abordar lo que ha sido ese relato paralelo de la cultura oficial está fuera de discusión. Y Costa acaba de publicar el estupendo ensayo Cómo acabar con la contracultura. (Una historia subterránea de España): que recorre las últimas décadas de nuestro país detallando cómo la libertad absoluta de lo underground ha sido domeñada, una y otra vez, por los intereses políticos del momento.

 

 

La contracultura en España, como tantas cosas, es de importación y lo más interesante siempre resulta de la fricción entre lo foráneo y lo autóctono, lo marginal con denominación de origen cañí. Que este julio en Londres se vayan a celebrar los 40 años del movimiento punk con diversos actos que implican a la Biblioteca Británica, el Museo de Londres y hasta el Palacio de Buckingham: da una idea de hasta qué punto se ha domesticado al último movimiento realmente importante contra lo establecido.

El método Gemini: cómic de un autor curtido en el mundo de los fanzines, Magius, que mantiene vivo el saludable espíritu del cómix underground en formato novela gráfica.

Una pena, porque la contracultura une mucho más que la cultura. La cultura es esa palabra condenada por los tiempos a formar parte de una cadena de oxímoron interminable (cultura de la violación, cultura del abuso, cultura de la corrupción, etc): un continuo sinsentido si nos atenemos a lo que dice la RAE, pero claro está, la RAE también está en el punto de mira de ese discurso de lo políticamente correcto que no admite disidencias. Y cuando no forma parte de un óximoron es usada como arma arrojadiza: una chachiporra con que atizarse en el grandguiñol de la política a cuenta de identidades, hechos diferenciales y agravios históricos.

En cambio la contracultura goza de la libertad del lumpen, no entiende de fronteras, permea y se deja permear, ensuciar, guarrear sin miedo a perder su esencia porque su esencia es contradecirse continuamente. Y por eso siempre andan a su caza para pasteurizarla, prensarla, empaquetarla y venderla, pero de un modo u otro, su pringoso espíritu siempre termina goteando en la encimera sobre la que se cocinan las nuevas maravillas digitales.

 

El capo de la mafia en ‘El método Gemini’ tiene una gran biblioteca. Es en ella donde recluta al protagonista para su negocio. Cuando le va detallando los pormenores de sus actividades lo hace equiparándolas a las propias de un club de lectura. 

 

Costa, en su ensayo, evidencia las carambolas que llevaron desde la infección contracultural que propiciaron las bases militares estadounidenses de Rota o Morón en el underground sevillano; y como este terminó viajando hasta la libertaria Barcelona de los 70 con artistas como Nazario u Ocaña: para concluir la jugada en el Madrid de los 80 con esa Movida que se diluiría definitivamente en tiempos del PSOE. La contracultura une regiones, países, continentes con más eficacia que un cable interoceánico.

 

 

Con profesorado como Peaches: ¿quién se va a resistir a ir clase?

En un sótano de Ámsterdam han creado la Universidad del Underground. Durante las últimas décadas la famosa escuela londinense Central Saint Martins ha subido tanto, tanto, las matrículas que la institución, que ha dado algunas de las figuras más relevantes (Sade Adu, M.I.A., Jarvis Cocker, Stella McCartney, Alexander McQueen, PJ Harvey, etc), se ha hecho aún más exclusiva.

Se supone que la iniciativa de la Universidad Underground holandesa va a subsanar esa situación: pero lo dudamos mucho.

Por muy escondido que esté el sótano el hecho de plantear una formación reglada para la disidencia contraviene los principios mismos de lo contracultural. Por mucho que Noam Chomsky, Peaches o una de las integrantes de las Pussy Riot formen parte del profesorado: los interesantes líderes artísticos, políticos o de pensamiento que, sin duda, surgirán de sus aulas no dejarán de configurar una nueva élite que poco tendrá que ver con el espíritu de lo verdaderamente underground.

 

Ocaña y Nazario revolucionando Las Ramblas de esa Barcelona libertaria, provocadora y underground que los fastos del 92 empezaron a exterminar.

 

Lo marginal, lo subversivo, lo incómodo siempre ha provenido de una necesidad vital que no se podía desatender, no de ninguna intención meditada de cambiar las cosas. El pintor, performance y transformista Ocaña desnudándose en la fiesta libertaria de la CNT en el año 1977 dio visibilidad a un mariconerío tan desmadrado y orgulloso de su marginalidad que soliviantó a los concienciados comunistas; igual que Amanda Lepore desconcierta a feministas de manual y amantes del compromiso con su apuesta frívola y superficial en el documental-crónica sobre algunas de las trans más míticas y combativas de la Gran Manzana en I hate New York (2018).


 

El mundo transexual tal vez sea el último reducto para la subversión más auténtica. Debíría ser una buena noticia que cada vez sea más difícil encontrar esos nichos de subversión si acaso fuera indicio de que la marginalidad ha sido erradicada gracias al progreso social; y no como consecuencia de que los eufemismos, la corrección, y el hastío provoquen que ya nada resulte perturbador.

Pero siempre nos quedarán las bibliotecas. No como a Bogart y Bergman les quedaba París, sino como a los gays, travestis y chaperos que pululaba por el Stonewall Inn les quedaba Judy Garland, la noche del 28 de junio de 1969, en que decidieron rebelarse. ¿Suena a chiste eso de señalar a las bibliotecas como refugios contraculturales? No tanto si repasamos su ubicación en medio del panorama actual.

 

En 2013, en plena eclosión de la crisis, la Biblioteca pública abandonada de Rivas-Vaciamadrid era ocupada por la BOA (Biblioteca Ocupada Autogestionada): un espacio autosugestionado que compartía espacio con asociaciones culturales tales como Célula Radical Arterrorista u organizaciones como Sureste Obrero.

 

¿Qué es lo más contracultural que puede haber en medio de redes sociales manipuladas por multinacionales que nos vigilan a todas horas, blockbusters diseñados por ordenador en Hollywood, música prensada y manufacturada para usar y tirar? Lo más contracultural que puede haber es una biblioteca. Si nos atenemos a presupuestos, estadísticas y consideración por los popes de la cultura están a un paso de la marginalidad. Fuera de las grandes ciudades, en municipios pequeños, los políticos locales las empujan a manos del lobby estudiantil para finiquitarlas como simples salas de estudio. La única salida que queda es la marginalidad, lo underground, lo disidente.

¿Cómo se hace eso en instituciones sustentadas por presupuestos públicos? Atrayendo a los freaks, a los diferentes, a los quieren diseñar su propia disidencia y no tienen recursos para ser admitidos en la University of The Underground. Es decir a la mayoría de los que tienen inquietudes de algún tipo. El título de la enooorme, en todos los sentidos, primera obra de Emil Ferris, Lo que más me gusta son los monstruos, a un paso de convertirse en lema bibliotecario.

 

Alucinante, maravillosa, espectacular, impactante, absorbente…no está todo dicho pero no queremos ser más pesados. En definitiva: muy buena.

 

El ensayo recién publicado de la artista Roberta Marrero en el que hace un recorrido por la cultura LGTBQ+ prologado por el filósofo queer Paul B. Preciado.

En Filadelfia, por segundo año consecutivo, arranca estos días la Free Library Pride (la Biblioteca Libre/Gratis del Orgullo) y aquí el doble sentido de la palabra inglesa free cobra todo su significado. Un programa con más de 50 eventos relacionados con el colectivo LGTBQ+ en sus más de 20 sucursales y para todas las edades. Desde los cuentacuentos con drag queens; picnis al aire libre para niñas, mujeres trans y personas en general no conformes con su género; o lecturas públicas de textos de temática LGTBQ+.

Algunos de los textos que se leeran en esta última actividad pertenecen al fondo reunido por la activista Barbara Gittings que se conservan en la Biblioteca de la Independencia. Gittings, que falleció en 2007, siendo estudiante universitaria en los años 50, se esforzaba por buscar textos con los que identificarse y construir su identidad como lesbiana. Todo lo que encontraba iba siempre orientado a la homosexualidad masculina, y en la mayoría de los casos, abordándola con tintes discriminatorios. En una entrevista concedida en 1999, Gittings declaraba sus motivaciones:

“Durante años, frecuentaba bibliotecas y librerías de segunda mano tratando de encontrar historias para leer sobre mi gente. Más tarde me hice activista por los derechos del colectivo […]  siempre estuve atenta a la literatura que surgía. Y fui viendo como se empezaba a hablar de homosexuales que eran sanos, felices y tenían buenas vidas. Eso fue como escuchar las campanas repicando para mí: ¡bibiotecas y libros de temática gay!”

 

Nada más propio que terminar apropiándonos del título que Roberta Marrero ha usado para su ensayo sobre cultura LGTBQ+: We can be heroes para aplicárselo a las bibliotecas. Pero continuando la canción de Bowie de la que proviene: que no sea just for one day (solo por un día). Hay mucho recorrido para lo diferente, para lo diverso, lo inconformista en las bibliotecas. Biblioteca contracultural o biblioteca contra la cultura de lo estático, lo previsible, lo convencional. La cultura (o contra), como canta el dúo Mueveloreina, no sabe pá donde va, pero va, va…

 

Jura de bandera cultural

 

En 2017 la supermoderna revista Dazed encargó a 10 artistas que diseñaran banderas alternativas a diferentes países. Ésta que luce aquí es la que la artista digital Alicia Rihko hizo para España.

 

Los tópicos reconfortan, son acogedores para quienes los practican pero no los sufren, ahorran del esfuerzo de pensar; en ocasiones, hasta resultan simpáticos. Con esa simpatía tontorrona de lo ya sabido, del lugar común, lo malo es cuando alguien, del modo más inocente, se atreve a llevar la contraria a esos tópicos.

El músico James Rhodes se ha atrevido a contravenir los tópicos sobre España en una columna en ‘El País’: pero no los tópicos que llevan retratando a nuestro país desde hace siglos, es mucho más grave lo suyo: se ha atrevido a hablar bien de España y de los españoles. Y eso, eso es intolerable para algunos.

Rhodes destaca la amabilidad, simpatía, alegría, lo bien que se come en España, la forma de relacionarnos y tantas otras cosas que no difieren mucho de lo que Theóphile Gautier, Washington Irving, Ian Gibson o cualquier folleto de tour operator no dijeran antes de una forma u otra. Su falta ha sido el decirlo en un momento en que todo ha de ser negativo en torno a este país a riesgo de incurrir en apoyar un bando o a otro.

La ingenua y sincera admiración de Rhodes no cabe en ese puzle ideológico en el que parece que todos tenemos que posicionarnos. No hay sitio para matices: no vaya a ser que lo que nos quiere vender un bando triunfe sobre lo que nos quiere vender el otro.

 

Puestos a elegir los mapas por los que nos gusta movernos elegimos los de los escritores que se recogen en el delicioso atlas literario editado por Impedimenta.

 

Que Patria siga copando la lista de los libros más vendidos se podía esperar dada la calidad de la novela (aunque la calidad sea un requisito menor en esto de convertirse en best seller): pero sobre todo por lo oportuno de su temática y de su título. Será consecuencia de la falta de fronteras que promueve lo digital: pero no deja de ser curioso la revitalización que lo patriótico ha ganado en los últimos tiempos. En muchos ayuntamientos se organizan juras de bandera para los ciudadanos, una cantante pop emociona poniéndole letra al himno nacional; balcones y ventanas con banderas de un signo u otro (incluía la LGTBI) ondeando: una exaltación de lo patriótico que habría quedado perfecta en el NO-DO.

 

Uno de los mapas incluido en el fantástico atlas literario ‘Trazado’.

 

Que cada uno se adhiera y jure fidelidad a lo que quiera pero desde aquí promovemos juras de bandera a la cultura. Nos ha dado la idea la Biblioteca Swift Current en Canadá que cumple 100 años y para ello han optado por izar una bandera (blanca) conmemorativa de este feliz aniversario frente a la biblioteca. No es la primera biblioteca norteamericana que recurre al izado de bandera para celebrar un aniversario. Las banderas bibliotecarias tienen la ventaja de que no exigen exclusividad, se pueden compartir los afectos con cuantas banderas se quiera. Tal cual como un Sheldon Cooper emocionado por su canal de Youtube: Fun with Flags.

 

Sheldon y su novia sublimando sus deseos sexuales (al menos los de ella) con las banderas.

 

Pero el fetichismo funny (divertido) de Sheldon con las banderas se pierde cuando se convierten en trapos arrojadizos o en símbolos de dominio. Es sorprendente la polisemia que puede alcanzar un simple trozo de tela, pero cuando de una bandera cultural se trata: todo significado ofensivo se desvanece. En Nueva Zelanda, últimamente, saben mucho de esto.

Hace un mes los estudiantes y bibliotecarios de la Universidad de Auckland enarbolaron la bandera  de la cultura y el arte y con ella ocuparon la biblioteca de la Facultad de Bellas Artes sobre la que pesa una amenaza de cierre. El asunto adquiere más resonancia viniendo de un país que hace solo dos años planteó un cambio de bandera para luego quedarse con la que tenía; que de nuevo saltó a los medios por ser el primer país que hacía ondear la bandera del orgullo intersexual en su parlamento: y que hace poco, reclamaba que las múltiples islas que componen Nueva Zelanda no desaparezcan de los mapas.

 

El periodista y arquitecto Karl Sharro ha tenido eco en las redes por este mapa de Europa que publicó en su Instagram. Sharro aplica la misma lógica que las potencias coloniales aplicaron al  continente africano en el siglo XIX: dividiéndolo artificialmente para repartirse el continente según sus intereses de riqueza. Sin atender a poblaciones, tribus, geografías ni recursos. Divisiones artificiales que traen como consecuencia las peores fronteras posibles: las mentales.  

 

Que no te borren del mapa, preservar tu identidad, hacer que flamee tu bandera sobre una loma, una montaña o en edificio: el caso es marcar el territorio, proclamar tu pertenencia, remarcar tu diferencia. Reacciones instintivas al borrado de fronteras que llevan tiempo aplicando la globalización y la revolución digital. Pero ¿y si puestos a definirnos por algo tan accidental como es el hecho de nacer en un sitio reivindicamos el definirnos por aquello que elegimos conscientemente: por nuestras afinidades culturales?  ¿Suena naif? En realidad todo lo naif resulta de lo más provocador ante tanta exaltación de la indignación con la que convivimos cada día.

 

 

Un ejemplo muy cercano de lo difícil que se hace poner bandera a la cultura en nuestros días aconteció solo hace dos días. El pasado lunes 28 de mayo se presentaba en la Biblioteca Regional de Murcia la plataforma de préstamo digital de contenidos audiovisuales eFilmMurcia (una plataforma, para quien no lo sepa, que ha desarrollado Infobibliotecas: con lo cual que nadie se inquiete si esto adquiere cierto tono publicitario. Eso sí, plenamente justificado por lo que se va a contar). Una vez que la noticia saltó a los medios y se fue expandiendo por las redes sociales: la cuenta de Twitter de la BRMU se llenó de usuarios entusiasmados con la idea. Un continuo tuitear y retuitear, de felicitaciones y celebraciones por contar con algo tan novedoso proviniendo de una biblioteca.

No vamos a contar aquí en detalle lo que está suponiendo esta puesta en marcha. Primero porque pensamos dedicar un post aprovechando que este blog lo puede contar de primera mano; y segundo, porque están siendo muchas las bibliotecas (y no solo bibliotecas) que están contactando con la BRMU para conocer cómo se está desarrollando el proceso. Pero dejemos pasar un poco de tiempo, que además, acabamos de contar la experiencia con los videojuegos en la BRMU, y ya iba a resultar cansina tanta murcianía.

 

 

Pero a lo que íbamos sobre banderas, cultura y fronteras. A menos de 48 horas desde que se lanzó la plataforma se habían efectuado 350 préstamos y más de 4000 personas habían accedido a la plataforma desde todo el mundo. Las solicitudes para darse de alta como usuario de la Red de Bibliotecas de la Región de Murcia alcanzaron hasta 300 peticiones a través de su web en solo 12 horas; los correos y llamadas de antiguos usuarios que habían dejado de usar sus carnés pero ahora quieren ponerse al día (por deudas pendientes) está siendo continua. Tanto es así que se están adaptando las condiciones y se va a restringir el alta online de nuevos usuarios; siendo necesario darse de alta personalmente en cualquiera de los puntos de servicio que componen la Red.

¿Se puede poner puertas a la cultura en digital? Es obvio que no. Los 12.800 audiovisuales (de total de 30.000) que ahora mismo están disponibles en eFilmMurcia han obrado el efecto llamada. Sí se puede controlar los accesos para que nadie abuse, y combatir la piratería gracias a iniciativas que provean de plataformas de contenidos digitales a las bibliotecas (eBiblio o ahora eFilm). Pero sea cual sea la bandera que ondee en las fachadas de esas bibliotecas: los usuarios que eviten que las bibliotecas se borren del mapa dándoles uso conformarán su identidad cultural sin atender a fronteras ni banderas. Solo a lo que de bueno y variado les sepan ofrecer en esas bibliotecas.