Marina d’Or ciudad bibliotecaria

“un paraiso
perfecto, artificial, artificial
cien piscinas
y diez mil pisos
entre palmeras sinteticas que no hay que regar.”

 

Hace unos años el grupo autoprefabricado (como les gusta denominarse) Nancys Rubias, liderado por el frustrado aspirante a bibliotecario, Mario Vaquerizo: intentó que el complejo vacacional Marina D’Or les permitiera grabar el vídeo de su tema homónimo en la conocida ciudad de vacaciones.

Los responsables de dicho complejo o no supieron ver la oportunidad o sospecharon de las intenciones del grupo del mediático marido de Alaska: pero el caso es que se decantaron por dejarlo estar y no ceder sus espacios al grupo español.

Marina D’Or ya forma parte del imaginario popular español relativo al verano junto a Georgie Dann, las suecas, Benidorm, la paella, el chiringuito o el chulo piscinas. Ciudad de vacaciones. Si los símbolos de la España turística de los 60 han quedado en el imaginario colectivo como representaciones de esa España tardofranquista hecha de folclore y aperturismo; Marina D’Or también es posible que quede como símbolo de una época que surgió a raíz del boom urbanístico que arrancó en los 90 y que se alarga hasta nuestros días.

 

Carteles promocionando España como destino turístico en la década de los 60.

 

El concepto de ocio, vacaciones y urbanismo que representan Marina D’Or se dirige a un público familiar, y por lo tanto, a los niños. Hemos recurrido a su nombre para este post porque representa como pocos una idea del ocio y las vacaciones fácilmente asumible por cualquiera que haya visto, aunque sea distraídamente, su oferta en algún spot televisivo.

No está al alcance de todas las familias vivir veranos en entornos tan idílicos e iniciáticos como los de las películas Verano 1993 (2017) o Call me by your name (2017): decimos el entorno, no las historias que en ellas se narran. Y ni siquiera sabemos si muchos de los ‘tecnologizados’ niños actuales apreciarían demasiado esos veranos que tan idealizados tenemos los adultos.

 

La deliciosa serie de cómics franceses: Los buenos veranos de Zidrou y Lafebre.

 

Hacer un post veraniego sobre exquisitos hoteles con bibliotecas, destinos con trasfondo literario o rutas culturales de ensueño es demasiado obvio. Son los fenómenos de masas en los que hay que ejercitar una labor, minúscula pero constante, de intromisión para conseguir que esa perspectiva bibliotecaria (por llamarla de algún modo) se infiltre y termine apoyando ese Golpe de estado cultural en ciernes que poco a poco, gota a gota (de sudor), llevamos tiempo pregonando desde este blog.

En Marina D’Or, ciudad de vacaciones hay desfiles, espectáculos, balnearios, cines, parques acuáticos, concursos de misses, restaurantes, parques de atracciones y un variado muestrario de ofertas para mayores y pequeños que incluye, según su web, una biblioteca infantil. Bien está. Aunque, modestamente, desde aquí les sugeriríamos incluir también una biblioteca para los adultos.

El caso es que las vacaciones sean productivas. Que los niños tengan una actividad constante de forma que no les dé tiempo a caer en el temible aburrimiento y, de paso, den algo de tregua a los mayores. Ya habrá tiempo luego de tratarles la hiperactividad y los trastornos de atención aumentando las minutas de los consabidos especialistas.

 

 

Pero tampoco los adultos escapan a esa productividad que ha de tener el periodo vacacional para cumplir con los estándares de lo que se considera un ocio socialmente aceptado según los valores del momento. En la campaña publicitaria de una conocida agencia de destinos de viaje lanzan la pregunta de qué hacer una vez llegas al destino elegido: y proponen un listado de actividades según viajes a Roma, París, Londres, Nueva York o Tokio. (¿¿??)

Si del retrato firmado por un pintor local, del pater o la mater familias, por encargo que lucía en los salones de los 60; pasamos a la segunda residencia vacacional; los equipos de música o la televisión con sonido envolvente en pisos con paredes de papel para ostentar el ascenso social de una familia: hoy día esas exigencias pasan por viajar a destinos cuanto más exóticos mejor. Y así poder nutrir los relatos paralelos a la realidad que se registran en nuestras cuentas de Facebook o Instagram

 

 

En un post de Librópatas se rastreaban los antecedentes de la actual turismofobia en las novelas de Jane Austen. También Henry James hizo retratos nada favorecedores de los turistas estadounidenses de viaje por la Europa del finales del XIX.

En la localidad noruega de Flam, parada obligada de todos los cruceros que recorren los fiordos, no han dejado de surgir carteles y pintadas expresando la repulsa de los noruegos (e igual hasta de los no noruegos) al tráfico continuo de barcos de gran calado colonizando los fiordos.

Quien sueñe con perderse por los magníficos paisajes nórdicos para disfrutar de una naturaleza protegida por la Unesco, es mas que probable que se encuentre que en lugar del rumor del agua o el viento, su paseo se vea acompañado por el reguetón que marca el ritmo de las actividades que se desarrollan en la cubierta de cualquiera de los enormes cruceros que invaden la zona cada verano.

 

Marlene Dietrich rebosante de actitud a bordo del transatlántico Europa.

 

El cine clásico de Hollywood, como en tantas otras cosas, tiene la culpa de la idealizada imagen que tenían generaciones previas de lo que era un crucero.

Cary Grant y Deborah Kerr enamorándose a bordo de un selecto crucero en Tú y yo (1957) ; Bette Davis en La extraña pasajera (1942); Marlon Brando y Sophia Loren en La condesa de Hong Kong (1967), etc. En aquellos tiempos la llegada a los Estados Unidos de las estrellas europeas que iban a conquistar Hollywood siempre era a bordo de un transatlántico: así lo hicieron antes de que las escalinatas de los aviones les robasen el protagonismo: Greta Garbo, Marlene Dietrich o Ingrid Bergman. Claro que décadas después llegaría la serie de Vacaciones en el mar (Love boat) para preparar el terreno a nuestros días.

Del glamour de los cruceros que aparecían en las películas del Hollywood clásico a los cruceros temáticos sobre The walking dead de nuestros días.

Hoy día los enormes transatlánticos trasladan la eficacia de un bloque de apartamentos de Benidorm o de un hotel de Marina D’Or hasta alta mar. Y como en estos casos, hay que llenar el tiempo de actividades.

La línea de cruceros estadounidense American Cruise Lines ha lanzado su propuesta de cruceros temáticos para su temporada 2018-19 en la que incluyen cruceros temáticos sobre música del Mississippi, de Nashville, o sobre autores, como Mark Twain.

Los cruceros temáticos no son algo de ahora. Como ya recordaba un artículo en El País, en 2006, los primeros se remontan a los cruceros con fines arqueológicos por el Nilo en el siglo XIX. En dicho artículo se recogían propuestas del momento como: cursos de idiomas o literatura inglesa auspiciados por la Universidad de Oxford en el viaje Barcelona-Nueva York a bordo del Queen Mary 2, un barco con una biblioteca de 8000 o una filmoteca con 3000 películas, y en el que además se hacía talleres de escritura, seminarios de astronomía o de arquitectura o arte.

 

 

En cuanto a España, el artículo de El País de hace doce años ya decía que lo de cruceros temáticos no acababan de cuajar, y en este 2018, según el mismo medio, parece que sí se han asentado: pero sin recurrir demasiado a las estimulantes propuestas que ofrece el Queen Mary 2. Star wars, camareros robots, gourmets, locos por los 80, Bollywood… son algunas de las propuestas para esta temporada.

Nosotros, dada nuestra vocación de servicio, retomamos el tono que utilizamos hace un año en Turoperador bibliotecario: recuperando la idea de “agencias de viajes bibliotecarias como nuevo servicios para quienes quieran salirse del redil”. En el ámbito de los cruceros se nos ocurren numerosas temáticas a tener en cuenta.

 

Ingrid Bergman en Stromboli (1950) de Roberto Rossellini: otra posible inspiración para un crucero temático por el Mediterráneo.

 

Lunas de hiel (1992) de Polanski: transcurre en un crucero pero no parece la más adecuada para inspirar unas vacaciones apacibles en pareja.

Crucero Lord Byron por las islas griegas con escalas en Safo y actividades en torno a la obra de Cavafis ; crucero Stevenson por el Caribe con escalas en la Cuba de Hemingway o en el Puerto Vallarta de Tenesse Williams en La noche de la iguana; crucero Jack London por el Ártico; crucero Patrick O’Brian por costas sudamericanas; crucero Terenci Moix por el Nilo; cruceros Joseph Conrad tanto por costas africanas como asiáticas… Y si ampliamos a referentes cinematográficos o musicales entonces la cosa nos daría para una serie completa de posts decididamente temáticos.

Pero no era esa la idea. El empeño por infiltrar referentes culturales en las ofertas de ocio y tiempo libre es una contrapartida o una compensación. Muchas bibliotecas se esfuerzan, cada vez más, en no parecer bibliotecas para quitarse el lastre, la imagen, que pese a tantos esfuerzos, las sigue asociando a lo aburrido. De ahí que algunas estén pareciéndose cada vez más a parques de atracciones bibliotecarios.

 

Biblioteca Poplar en Pekín.

 

Según el decálogo de Faulkner-Brown, arquitecto que orientó su carrera a la construcción de bibliotecas, y sigue siendo un referente en este campo: el edificio de una biblioteca debe ser flexible, fácilmente adaptable, accesible, confortable, y muchas cosas más.

Las bibliotecas con las que cerramos el post (y el blog hasta septiembre) no sabemos si cumplirán a rajatabla los mandamientos de Faulkner-Brown, pero resultan muy oportunas para la permeabilidad que promueve este post: de las ciudades del ocio a las ciudades bibliotecarias en un viaje de ida y vuelta.

Y luego ya que cada uno se lo monte como quiera: viajando, quedándose en casa sin necesidad de aparentar nada, o cultivando ese exquisito aburrimiento, perdiéndole el miedo a no hacer nada productivo, que defiende Andrea Köhler en su último libro, como paso necesario para que pueda ocurrir algo maravilloso.

 

Biblioteca del resort Soneva Kiri en Tailandia, con jaula suspendida en el aire para niños.

Biblioteca-árbol en el Regent Park de Londres.

La biblioteca-árbol del Regent Park de Londres vista desde abajo.

Biblioteca en un orfanato en Tailandia.

Biblioteca de un hogar en Austin (EEUU), un asiento colgante permite acceder a las partes más altas de las estanterías.

Otro plano de la Biblioteca Polar de Pekín.

Jardines bibliotecarios

 

En la penumbra de un jardín tan extraño
Radio Futura

 

Meterse en un jardín es algo que evitamos por diversos motivos. Pero si se escribe y se propone nadar y guardar la ropa en pleno boom de la confesionalidad y el exhibicionismo, sea en formato vídeo de Youtube o literatura del yo, es que no se están haciendo bien las cosas. Por eso en este post vamos a meternos en varios jardines.

 

Cambio de cartera ministerial de Màxim Huerta a José Guirao. Foto de José Luis Roca.

 

El accidentado proceso por el que se ha nombrado nuevo ministro de Cultura le ha dado un protagonismo a una cartera ministerial que no suele recibir demasiada atención mediática en la formación de gabinetes de gobierno. El perfil de José Guirao se ha recibido con los dientes menos afilados que el de Màxim Huerta, y como era de esperar, las peticiones y recomendaciones al nuevo ministro no han tardado en publicarse en diversos medios. La bajada del IVA del cine y la decisión de resucitar la Dirección General del Libro y Fomento de la Lectura son noticias positivas, y la segunda, aún más para el mundo de las bibliotecas.

En una carta abierta al ministro escrita por Óscar López en ‘El Periódico’ le exhorta a que potencie las bibliotecas escolares como paso fundamental para fomentar la lectura; que combata de manera efectiva la piratería; o que se reúna con medios de comunicación públicos y privados para encontrar fórmulas con las que conseguir que los espacios culturales tengan mayor presencia en los medios de masas. En esto último llega a sugerir que las subvenciones al sector audiovisual se supediten a que los guionistas hagan que los protagonistas de las ficciones aparezcan leyendo.

 

Los protagonistas infantiles de una serie española (Cuéntame) leyendo tal y como solicita Óscar López que se haga para promover la lectura. El único detalle sin importancia es que interpretan a niños de los años 60. Esos tiempos en que circulaba el eslogan de: “donde hoy hay un tebeo mañana habrá un libro”.

 

No sabemos si esto último no suena un tanto excesivo. Pero cualquiera de las propuestas de López son asumibles por cualquier profesional de la cultura que trabaje en una biblioteca. De hecho no estaría fuera de lugar enviarle por parte de las bibliotecas públicas una carta de Reyes Magos al nuevo ministro por mucho que cueste creer en magia cuando de política y cultura se trata. Si acaso solo cabría desear que ante todo prime la cultura como “conjunto de conocimientos que permite desarrollar el juicio crítico”. Algo simple si nos atenemos la definición que da la RAE: pero que tan difícil se hace a veces.

Cuando manda la derecha dejándola en el furgón de cola, mientras se prima un uso de la cultura como signo de distinción con el que enmudecer a los que disientan apabullándolos con exhibicionismos intelectuales que pongan en su sitio a quienes no han tenido los medios o capacidades suficientes para crearse un discurso propio. Y cuando manda la izquierda promoviéndola como escaparate de pluralidad, inclusión y progreso pero afeando cualquier disidencia que cuestione el igualitarismo que exige lo políticamente correcto.

En este sentido resulta esclarecedor (por no decir espeluznante) el relato que Steve Pinker recogía en su célebre ensayo “La tabla rasa” sobre las presiones, campañas de descrédito y boicots que sufren aquellos investigadores que, en estas últimas décadas, han publicado hallazgos que contravenían “las verdades” del discurso políticamente progresista del momento. Como los resultados de la investigación científica están sometidos a duras presiones para reforzar los presupuestos ideológicos e intereses bien de la izquierda o bien de la derecha.

Imagen de la web de la Biblioteca de Semillas de la biblioteca pública de la ciudad estadounidense de Orange.

Ilustración de la cuenta de Twitter Antigua Roma al día.

 

Pero en medio de este jardín en el que nos hemos metido siempre se puede encontrar una salida tirando de un recurso infalible: la frivolidad.

No, no es que vayamos de Óscar Wilde, es que regresamos al post Club de lectura de prensa rosa: bibliotecas en el candelabro. Antes de que su problema con Hacienda fulminase a Màxim Huerta como ministro no faltaron las críticas por su pasado como comentarista del corazón del exministro. Un prejuicio un tanto absurdo si convenimos en que la política actual tiene mucho de culebrón de sobremesa.

Cotilleos a cuenta de cuando el periodista Federico Jiménez Losantos profesaba el comunismo.

 

 

El Club de lectura de prensa rosa atacaba directamente a la doble moral que muchas veces recae sobre la prensa del corazón. Y optaba por explotar el cotilleo, que nos guste o no está ahí, desde un prisma bibliotecario como es el fomento de la lectura. La prensa rosa, como cualquier medio es susceptible de análisis desde muchos aspectos. Federico Jiménez Losantos (¡y seguimos adentrándonos en jardines!) escribía una columna sobre la crónica social con apuntes antropológicos y sociológicos allá por los 80 en ‘Diario 16’.

Y ahora nos enteramos por la prensa escrita (en este caso una fuente secundaria en vez de recurrir a la fuente primaria como exigiría el rigor profesional: para que luego nos las demos de desprejuiciados) que en el programa Sálvame, su estrella Belén Esteban, declaró haberse emocionado leyendo Patria de Aramburu.

 

Kiko Matamoros: ¿influencer literario en Mediaset?

 

Un hecho que sigue dando pistas de ese Golpe de estado cultural que poco a poco está forjándose hasta en los medios más insospechados. Y el golpe definitivo lo da la interesante entrevista que otro colaborador del programa, Kiko Matamoros, concede a ‘El confidencial’. Matamoros participó de ese momento televisivo de máxima audiencia en que en el plató por donde suelen pulular tronistas, concursantes de realities y famosos en horas bajas: se habló de literatura.

Según asegura ‘El Confidencial’ Matamoros se ha convertido en prescriptor literario a través de sus referencias a libros en medio del guirigay del programa vespertino de Telecinco. Las declaraciones del colaborador de Sálvame resultan interesantes en general, pero concretamente, la idea que propone para el Ministerio de Cultura suena especialmente acertada:

“El ministerio podría hacer por la literatura lo mismo que ha hecho por el cine, que es obligar a los agentes del mercado que tienen más dinero a reinvertir. Además creo que los grandes directivos que manejan las cadenas de televisión lo aceptarían de buen grado.”

 

El ensayo del profesor de Historia y Teoría de la Arquitectura del Paisaje Michael Jakob: especialista en el jardín como representación social.

Sinceramente nos interesa menos si en Sálvame van a seguir hablando de libros como lo que significa para el estado de la cosa cultural el que un hecho así suceda. En la denominada, justa o injustamente, ahí no entramos, telebasura: se ha hablado de libros (más allá de biografías de famosos, realezas y demás) en numerosas ocasiones.

Entre nominaciones, escándalos de pacotilla o intimidades escabrosas: lo han hecho aquellos presentadores, con suficiente edad y recorrido, como para preservar ese prurito de prestigio que otorgaba tener una formación, una cultura. Pero sobre ese apostolado siempre recaerá una sombra de sospecha. ¿A qué ese empeño en hacer apología de la lectura en un medio, y ante un público, que no lo pide? ¿es por una convicción sincera en la necesidad de promover la lectura desde los medios de masas? ¿o acaso es un anhelo de respetabilidad, de marcar distancias con ese mundillo que les otorga fama y dinero pero poca consideración desde el canon de lo que se considera cultura? Hasta que no surja un nuevo formato que cruce Página Dos con Sálvame Deluxe es improbable que esa sombra se disipe.

 

Página 2 Deluxe: el crossover televisivo llamado a revolucionar el medio.

 

En las bibliotecas se hace algo similar: se compran best sellers que íntimamente se desprecian pero que engrosan esas estadísticas de préstamo que, finalmente, permitirán rendir cuentas exitosas cara a los próximos presupuestos. Pero no perdamos de vista lo importante: Belén Esteban declaró haberse emocionado con el Premio Nacional de la Crítica.

¿Qué consecuencias puede tener un hecho así?: ¿despertará un interés inusitado por la lectura? ¿el Plan de Fomento de la lectura contará con una sección en su programa? Ese programa al que un Pedro Sánchez, aspirante entonces a liderar el PSOE, llamó en directo metiéndose en un jardín que le propinó no pocas críticas por parte de oposición y del sector contrario a él en su partido. Y es que para adecuarse al signo de los tiempos siempre hay que arriesgar y, pese a la audacia, la ganancia nunca está segura.

Lo que sí está seguro es que todos estos signos dan sustento a muchas de las proclamas que hemos lanzado en este blog. Si las profecías warholianas se han cumplido a la perfección en este mundo de las celebrities: justo es que la cultura sea como una caja de detergente o una lata de sopa: objeto de consumo diario en los supermercados de la cultura que son las bibliotecas. Las flores más bellas hunden sus raíces en el fango que escribía Baudelaire: y ahora la duda para los más puristas será distinguir entre la flor y el fango.

 

Peter Sellers el jardinero protagonista de Bienvenido Mr. Chance (1979)

 

El convulso siglo XX visto desde el gran jardín de una familia poderosa en El jardín de los Finzi-Contini.

Pero dejémonos de metáforas jardineras y citas culturetas o vamos a terminar como el Mr. Chance interpretado por Peter Sellers en Bienvenido Mr. Chance (1979). Esa deliciosa película se injerta a la perfección en este post: un jardinero algo retrasado, que sin pretenderlo, consigue que sus silencios y lacónicas frases sobre jardinería sean interpretadas como el colmo de la agudeza política.

Sin más experiencia vital que su trabajo como jardinero y sus horas de ocio dedicadas a ver televisión, Chance, se convierte en oráculo para los que van de exquisitos y pedantes (de esos, por ejemplo, que mezclan citas de Baudelaire con noticias en torno a Sálvame). Su irrupción en el mundo exterior es tan demoledora como la del mismo Peter Sellers en la película El guateque, pero en este caso, sin destrozar nada salvo la mascarada de los que le rodean.

Yuval Noah Harari, en su ensayo Homo Deus, hace una breve semblanza de la historia de los jardines que viene muy al caso para enderezar las ramas de este post:

“Los pobres campesinos no podían permitirse dedicar una tierra o un tiempo precioso a los jardines. Por lo tanto, el pulcro prado a la entrada de los castillos era un símbolo de estatus que nadie podía falsificar. Proclamaba de manera llamativa a todo transeúnte: Soy tan rico y poderoso, y poseo tantas hectáreas y siervos que puedo permitirme esta extravagancia verde. (…) No es por tanto sorprendente que en el siglo XIX la burguesía, en auge, adoptara el jardín con entusiasmo.”

 

En un momento en que los espacios públicos en las ciudades son usurpados por negocios que exigen que el peatón ejerza de consumidor para poder disfrutarlos: el texto del historiador israelí adquiere aún más fuerza. Sobre todo si de bibliotecas (uno de los pocos espacios públicos que no discriminan por nivel adquisitivo) y jardines: estamos hablando. Siempre quedarán resquicios por los que colarse como hacen las enredaderas en los muros. Es lo que sugiere el movimiento de guerrilla jardinera que se ha ido extendiendo por diversas urbes del planeta en modo de protesta paciente y silenciosa inequívocamente vegetal.

 

 

Cuando la sociedad civil se moviliza para sacarle los colores a los poderes públicos aparecen ideas tan ingeniosas y repentinamente poéticas como plantar flores en los baches para señalizarlos. Activismo floral, brotes verdes en el asfalto, esquemas culturales que se revientan como las raíces de los ficus revientan hasta el hormigón más armado.

La cultura, las bibliotecas, se encuentran en medio de un jardín repleto de flores carnívoras dispuestas a engullirlas. Y como decía un tema del dúo Fangoria: “Tenemos que hablar de las plantas carnívoras, de su nutrición, su riego y su reproducción” Y eso hemos hecho en este post metiéndonos en jardines repletos de barros políticos, mediáticos, ideológicos y sensacionalistas para pringarnos bien (con guantes, eso sí, para no pincharnos) y ver si así brota alguna semilla de esa planta exótica que es la cultura en el siglo XXI.

 

 

La cultura es nuestro Dios y Frankenstein su profeta (#Frankenbiblioteca)

 

Si nos atenemos a la manoseada frase de Picasso: “Los grandes artistas copian, los genios roban”, desde que irrumpió Internet, el mundo debería estar lleno de genios. Pese a todo de la elegancia de un carterista antiguo a lo burdo de un vulgar navajero sigue mediando un abismo que denota la auténtica habilidad, sino acaso, el talento.

Los ladrones de guante blanco son una especie ignota en el mundo digital. En la pantalla más que una hábil sustracción se tiende al saqueo burdo y directo pero, que obviamente, da beneficios. En cambio los Creative Commons del pensamiento no funcionan de forma tan eficiente. De tanto cortar y pegar las ideas propias se van adelgazando, encogiendo, jibarizando hasta terminar con la profundidad de un teletipo. Todo pensamiento o idea hay que reducirla a hashtag para que tenga más impacto. El que traduzca la almohadilla al lenguaje hablado se convertirá en el profeta de un nuevo tiempo.

 

 

Mientras tanto somos como gallinas en un corral digital, picoteando aquí y allá, haciendo remiendos de retales ajenos para intentar construir un discurso propio.

En un reciente artículo de ‘Jot Down Smart’ repasaban el movimiento plagiarista con motivo del décimo aniversario de la redacción, por parte de los escritores Leandro Romana y César Ruiz-Tagle, del Manifiesto plagiarista. Todos los escritores son plagiaristas se llama el artículo: pero su conclusión resulta mucho más certera que el título al superar el ámbito de la literatura para universalizar su mensaje: todos somos plagiaristas.

Y con Internet esto se amplía hasta el infinito. Cuando este blog ha sido fuente de inspiración para escritos ajenos que ni siquiera lo han citado, aquí, que creemos en la bondad de los desconocidos como Blanche Dubois: siempre nos lo hemos tomado como un homenaje.

 

Welles el gran ilusionista del cine en su película documental F de Fake (1973)

 

Mr. Brainwash (Señor lavado de cerebro) en plena eclosión creativa.

En el documental Fraude (1973) de Orson Welles se recoge la apasionante historia de Elmyr de Hory, uno de los más talentosos falsificadores de obras de arte que han existido. Si el plagio es una forma de homenaje, Elmyr, lo llevó a otro nivel. Y Mr. Brainwash, el artista urbano patrocinado por Banksy, que protagoniza otro documental imprescindible, Exit to the gift shop (2010), terminó de derrumbar las frágiles líneas que separan el plagio del arte en pleno siglo XXI.

En cambio, el escritor Chance Carter, aunque pudiera parecer que sigue la senda marcada por estos dos ilustres plagiaristas: nada más lejos. Su fraude a cuenta del género romántico en Amazon resulta de un burdo inequívocamente digital.

Carter cuenta con cientos de novelas publicadas que le han hecho ganar una fortuna. Un rara avis. Un hombre que escribe novelas de género romántico. ¿Se debería empezar a exigir paridad en el género? El caso es que las potenciales lectoras de sus novelas quedaban más defraudadas que en la vida real, cuando atraídas por esas portadas llenas de músculos, melenas y tatuajes: se decidían a leer uno de sus libros. Unos libros más anabolizados que los maromos que lucen en las portadas.

 

Viendo las portadas de las novelas de Carter surge la duda de si son novelas románticas o pósteres para clubes gays.

 

Todo un referente.

El ‘listo’ de Carter se ha encargado de rellenar, cual pavo en el Día de Acción de Gracias, sus libros con páginas y páginas que plagiaban lo ya plagiado hasta la náusea. El vacío más absoluto con el que conseguir ganar miles de dólares al mes gracias a que Amazon pagaba a los autores (bueno a los que suben los libros y los firman) por página leída. Carter ha sido expulsado de Amazon, y la tienda digital, ha tenido que readaptar sus métodos para intentar frenar a nuevos “rellenalibros”.

En realidad Carter lo que ha hecho ha sido señalar que el rey está desnudo. Se castiga a Carter pero se ensalza a las celebrities que hacen del vacío más absoluto un negocio de lo más rentable en Instagram.

En las bibliotecas nos podemos sentir a salvo. La plataforma de préstamo de libros electrónicos eBiblio, implantada en la mayoría de bibliotecas públicas del país, no permite el uso de los dispositivos Kindle de Amazon. Podrán decir que es por una cuestión de DRM, incompatibilidades y lo que quieran: pero la verdad de la buena es que hasta en medio de la intemperie digital, una biblioteca, siempre resulta el refugio más seguro.

 

 

Carter no viene a ser más que una pobre evolución de la piratería de contenidos culturales. Sin gracia, ni talento.Y desde luego no cabe reconocerle espíritu plagiarista alguno. Hasta el negro de Ana Rosa Quintana mostró más habilidades allá cuando empezaba el siglo y la Red estaba en pañales.

Pero ese relato fragmentado, hecho de retales, de collages narrativos que propicia el surfear por las redes (¿surfear por las redes? ¿eso se sigue diciendo?) también tiene sus ejemplos positivos. Es el caso del proyecto Frankenbook promovido por la Universidad Estatal de Arizona. Como es bien sabido se han cumplido los 200 años de la publicación de la novela que anticipó el siglo pasado, pero sobre todo, el que ahora estamos viviendo. La criatura creada por Mary Shelley a orillas del Lago Leman revalidando su vigencia en la modernidad, la posmodernidad, la pospostmodernidad y lo que quiera venir a partir de ahora.

 

 

Prueba de esa vigencia es el reto de lectura/escritura que han propuesto desde dicha Universidad. Se trata de elaborar entre miembros de la comunidad universitaria y creadores en general una edición anotada de Frankenstein (el Frankenbook). La novela original está disponible en la web para ser leída y anotada por científicos, ingenieros y creadores de todo tipo. Igualdad e inclusión, medicina, filosofía, política, ciencia, tecnología, psicología, etc. Los temas propuestos son amplios y variados asegurando así unas anotaciones de los más enriquecedoras.

Y como un ejemplo práctico de que todos somos plagiaristas en Internet: desde aquí proponemos la Frankenlibrary, o apeándonos de tanto anglicismo, la Frankenbiblioteca. Le ponemos la preceptiva almohadilla delante (#Frankenbiblioteca) y la lanzamos a las redes para quien quiera comparta sus ideas de lo que debería ser una biblioteca en el siglo XXI.

Hace unos días Evelio Martínez en un tuit a cuenta del reportaje en ‘The Guardian’ sobre bibliotecas canadienses: se preguntaba si era otro caso de biblioteca que busca sobrevivir pareciéndose cada vez menos a una biblioteca. Y aquí inspirándonos en Evelio planteamos si acaso el primer paso para la supervivencia de las bibliotecas no empieza por cambiarles el nombre. Una bonita herejía para abrir un debate  #Frankenbiblioteca.

 

 

En la poco sutil década de los 80 del siglo pasado se estrenó Reanimator (1985): una variación gore y gamberra sobre el mito de Frankenstein. El proyecto con el que cerramos este post lleno de remiendos (¿cuál no?) trata también de reanimar pero sin decapitaciones ni sangre de por medio: The Reanimation Library.

Esta biblioteca se abrió en Brooklyn a raíz de la modesta idea del bibliotecario Andrew Beccone de rescatar libros desahuciados para extraer de ellos ilustraciones curiosas que digitalizar. La cosa se fue de madre (como suele pasarle a los bibliotecarios cuando se ponen a conservar) y ha llegado a recopilar tal colección que incluso dio pie a una exposición en el MoMA y ha servido para inspirar a creadores de lo más diverso. Lo último: una línea de tatuajes inspirados en ilustraciones recopiladas en The Reanimation Library.

 

 

¿Moraleja?: que cuando se trata de “inspirarse” para crear algo propio no hay material de derribo si se habla de cultura. Un principio que no viene más que a reforzar lo que ya decíamos en el …(post en obras): La cultura es nuestro Dios y Frankenstein su profeta.

 

Una jornada particular bibliotecaria

 

Cualquier invento humano es susceptible de convertirse en algo positivo o negativo según el uso que se le dé. El libro, pese al aura de prestigio que le rodea, no queda fuera de esta ley. No deja de ser un simple soporte de ideas buenas o nocivas pero, pese al acoso de lo digital, sigue investido de un peso simbólico que hasta los que no leen, o solo leen aquello que nunca les cuestiona, lo enarbolan cuando se trata de dar empaque a su causa.

La asociación italiana Sentinelle in piedi es un claro ejemplo de ello. Esta asociación italiana ha convertido en una cruzada personal la defensa de la familia tradicional (según su idea de lo que es una familia tradicional) y protestar contra la ley de uniones civiles que, entre otras cosas, permite la unión de parejas homosexuales. Y la forma de hacerlo es ocupando plazas y calles permaneciendo estáticos de pie mientras simulan (¿o no?) que leen libros.

 

Los Sentinelli en piedi.

 

Barbie sentinella in piedi: las bromas a costa de los defensores de la familia tradicional no se han hecho esperar.

Estos centinelas de pie recurren a la lectura y los libros para representar su arraigo a la tradición, a “su tradición”, y así visibilizar su intransigencia y apego a las más rancias esencias de esa patria que tanto defienden. A estos vigías de la moral propia y ajena no estaría de más que alguien les advirtiera que en las bibliotecas públicas se llevan a cabo clubes de lectura mucho más cómodos (de todos es sabido que estar de pie mucho tiempo favorece, entre otras cosas, la formación de varices) y a resguardo de las inclemencias del tiempo.

Claro está que estos clubes, pese a estar sentados, pueden resultarles más incómodos por abarcar visiones del mundo lo más abiertas posibles a todo tipo de realidades e ideas.

 

Descubrir los libros que utilizan los sentinelli in piedi en sus “paradas morales” y hacer memes con sus fotos: la respuesta de muchos internautas en las redes a su discurso de exclusión.

 

Pero vamos a lo importante. ¿Leen realmente mientras están de pie o solo posturean? ; ¿qué tipo de libros eligen? ; ¿qué están haciendo las bibliotecas italianas que no hacen campaña para que los centinelas pasen antes por la biblioteca más cercana a prestarse los libros? ; ¿atenderían a las recomendaciones de los bibliotecarios? No más preguntas por ahora.

Lo más curioso es que las acciones que llevan a cabo los centinelas de pie se apropian de performances de los que serían sus opuestos: los movimientos por los derechos LGTBIQ+ o de acciones similares desarrolladas en las protestas que durante la denominada “primavera árabe” se vivieron en la plaza Taksim Gezi Park de Estambul.

 

Manifestantes turcos en la plaza Taksim Gezi Park de Estambul protestando contra el gobierno de Erdogan en 2013. Fotografía de George Henton. 

 

La respuesta por parte de los colectivos LGTBIQ+ no se ha hecho esperar, y así, parejas gays y lesbianas han aprovechado sus concentraciones para, mientras los centinelas leen, besarse ostentosamente en público o perturbar la quietud de su lectura con panderetas y boas de colores. Aunque algunos memes y cachondeos varios a cuenta de los Sentinelle in piedi no tienen desperdicio: la sonrisa desaparece cuando se constata que estos grupos obtienen respaldo por parte de las autoridades políticas. Y el gremio bibliotecario no ha quedado indemne ante este giro reaccionario de la sociedad italiana.

 

Performance dentro de la performance de los Sentinelli en piedi. ¿O va en serio?

 

Fabiola Bernardini es la directora de la biblioteca Comunale di Todi, en Perugia, o más bien lo era hasta hace bien poco. Las autoridades de dicha ciudad, en su mayoría del partido de Berlusconi, Forza Italia, la destituyeron de su cargo al frente de la biblioteca por no haber atendido a un requerimiento de los responsables municipales.

Bernardini recibió el encargo de elaborar un listado de los libros infantiles y juveniles de la biblioteca que pudieran tener alguna relación con la homosexualidad, las familias homoparentales y la transexualidad. Tras unas semanas la directora de la biblioteca declaró sentirse incapaz de identificar ningún fondo que hubiera de ser expurgado por dichos motivos. Entre los libros que habían despertado las suspicacias de las autoridades todo un clásico: “E con Tango siamo in tre”. El famoso libro de Peter Parnell y Justin Richardson sobre una pareja de pingüinos machos que adoptan a un cachorro y que ostenta el triste récord de ser, probablemente, el libro infantil más prohibido de la historia.

 

‘Con Tango son tres’: un clásico en lo que se refiere a censuras bibliotecarias.

 

La respuesta de las autoridades ha sido destituir a la bibliotecaria como directora del centro: trasladándola a otras dependencias bajo la excusa de formar parte de un programa de reubicación de plantillas. Pero las reacciones no se han hecho esperar. El próximo 30 de junio, la asociación pro derechos LGTBI Omphalos de Perugia: ha convocado una celebración del Orgullo gay en la ciudad de Todi en apoyo a la bibliotecaria; y la Asociación de Bibliotecas Italiana, AIB, ha publicado un documento, traducido también al inglés para concitar la solidaridad internacional, donde denuncian la situación de censura indirecta, y la asfixia de recursos y autonomía con la que algunos políticos transalpinos buscan marginar a aquellos profesionales que defienden la libertad de expresión y pensamiento en sus bibliotecas.

 

Folleto de la programación de la Biblioteca de Todi publicado por su directora Fabiola Bernardini en su cuenta de Twitter en mayo. Antes de ser destituida de su cargo. Vogliamo leggere = queremos leer.

 

Afortunadamente, por mucho que se diga que españoles e italianos compartimos tantas cosas, en nuestro país el matrimonio homosexual es legal desde hace 13 años; y la libertad del gremio bibliotecario, a la hora de seleccionar y organizar las colecciones, es algo que todos damos por asumido. No tenemos centinelas, al menos de pie, y es muy dudoso que los carpetovetónicos exaltados que puedan salir de las catacumbas para protestar por la exhumación de los restos de Franco en El Valle de los Caídos: vayan a incurrir en apropiacionismo cultural organizando lecturas en público. La simbología del libro y la lectura queda muy lejos de sus representaciones. Afortunadamente.

 

Detalle de la biblioteca de la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos.

 

Si algún tinte positivo aportan las acciones de los sentinelli es el poder que sigue teniendo el libro como símbolo: aunque en este caso sea símbolo de su intransigencia. Y como nos remitimos al clásico de Ettore Scola en el título del post justo es que miremos al cine para constatarlo. Dos estrenos recientes representan acercamientos totalmente opuestos a los libros desde la ficción cinematográfica: uno como mera excusa argumental, y el otro, como base para una interesante reflexión sobre los fascismos que nos amenazan en nuestro día a día.

 

Un ama de casa y un homosexual reconociéndose como víctimas y concediéndose una jornada de respiro en la asfixiante Italia de Mussolini.

Cuando ellas quieren: el sutil título castellano elegido para la película Book Club (2018)

 

Diane Keaton, Jane Fonda, Mary Steenburgen y Candice Bergen junto a los galanes maduros Don Johnson y Andy García protagonizan Book Club (2018). En principio, por el título, cabría pensar que esta rutilante reunión de veteranas estrellas tendría algún interés desde el punto de vista bibliotecario o de la lectura: pero solo hay que echar un vistazo a la sinopsis para temerse lo peor.

A saber: un grupo de septuagenarias que participan en un club de lectura desde hace años replantean su actitud ante la vida y el paso del tiempo a partir del impacto que supone en ellas la lectura de una novela. Hasta ahí nada original, pero tampoco para ponerse en guardia, pero los peores presagios se hacen realidad cuando se descubre que el libro en cuestión son las célebres 50 sombras de Grey.

Obviamente el tono es de comedia, pero visto el nivel actual de Hollywood hipotecado por los superhéroes, y que cuando se lanza a hacer una película para público adulto salga con esto: hace temerse lo peor. Una versión degradada de la ya de por sí discreta Conociendo a Jane Austen (2007) que también se ambientaba en un club de lectura.

 

 

Pero la lectura como bisutería para productos tan ramplones queda compensada por otra cinta también con una base argumental de lo más bibliotecaria: El taller de escritura (2018). En esta producción europea, una novelista imparte un taller de escritura para jóvenes en el pueblo de La Ciotat, en el sur de Francia, una población duramente castigada por la crisis en la que una de las industrias que pervive es la construcción de embarcaciones de lujo. La situación económica y la falta de futuro ha favorecido que los partidos políticos de extrema derecha hayan captado el voto joven.

La escritora que modera el taller se topará con la realidad de unos chicos de variadas procedencias, entre los que destaca, por su talento y vehemencia: un chico con opiniones de lo más extremistas. El proceso de acercamiento y conocimiento a través de la literatura de una realidad que nos afecta a todos se resuelve en una cinta elogiada por la crítica y auténtico filón para cinefórum. Una apropiación de lo literario y lo bibliotecario, en este caso, de lo más provechosa.

 

El variopinto grupo de jóvenes que forman el taller de escritura de la película francesa.

 

 

El grupo de la carroza por la diversidad en la Cabalgata de Reyes vallecana ataviados como peluches listos para desfilar.

Hace unos meses, en la cabalgata de los Reyes Magos del barrio madrileño de Vallecas, la presencia en una carroza por la diversidad con la artista La Prohibida: provocó la indignación de muchos medios conservadores. Curiosamente de unos medios que, de no haberse dado esta noticia, poco caso habrían hecho a la cabalgata de un barrio como Vallecas. Los vecinos vallecanos pese a la algarabía mediática, en cambio, acogieron con aplausos y vítores la, presuntamente, polémica carroza.

Traer a colación a La Prohibida tiene todo el sentido, en parte porque enlaza con nuestra Biblioteca contracultural, y sobre todo por el último vídeo que lanzó hace unas semanas: La pubblicità (Un mondo ideale). En este drama de pan y mantequilla a ritmo ochentero, una versión de Fahrenheit 451 colorista y kitsch, los amantes de los libros deben esconderse y formar colonias para poder vivir su vicio secreto ante el totalitarismo de un mundo lleno de publicidad. Los miembros de esta resistencia lectora que se refugian en el bosque no se distinguirían en apariencia de los sentinelle di piedi salvo por el hecho de estar sentados.

Y es que por mucha literatura que le pongamos al asunto: las bibliotecas (o la cultura en general) no matan fascistas como sostenía un post hace tiempo. Como cualquier invento humano son susceptibles de convertirse…[Continúa en la primera línea].

 

Biblioteca contracultural, biblioteca contra la cultura

 

No lo hemos comprobado en el Catálogo Colectivo de bibliotecas públicas pero pocas debe haber que no tengan (o hayan tenido) entre sus colecciones la célebre serie de ensayos históricos: Historia de la vida privada (reeditada por Taurus en un estuche en 2017). En la que los historiadores galos, Philippe Ariès y Georges Duby, recorrían la historia desde la Antigua Roma hasta los albores de esta revolución digital que estamos viviendo. Tanto Ariès como Duby han fallecido: así que no podrán añadir anexo alguno con estas últimas y trepidantes décadas, pero tampoco hace falta, cuando con Internet eso de vida privada ha dejado de tener sentido.

 

 

La instantánea que de un momento histórico se pueda sacar jamás estará completa si a la crónica oficial no se le añade el reverso de lo cotidiano, lo menor, lo subterráneo. Y desde la década de los 60 con más fuerza aún: toda crónica cultural queda coja sin el relato paralelo de la contracultura, del underground, de lo marginal.

El crítico cultural Jordi Costa arrancó su trayectoria profesional, que le ha llevado a escribir en las cabeceras culturales más importantes, con tan solo 15 años en ‘El Víbora’. Su autoridad a la hora de abordar lo que ha sido ese relato paralelo de la cultura oficial está fuera de discusión. Y Costa acaba de publicar el estupendo ensayo Cómo acabar con la contracultura. (Una historia subterránea de España): que recorre las últimas décadas de nuestro país detallando cómo la libertad absoluta de lo underground ha sido domeñada, una y otra vez, por los intereses políticos del momento.

 

 

La contracultura en España, como tantas cosas, es de importación y lo más interesante siempre resulta de la fricción entre lo foráneo y lo autóctono, lo marginal con denominación de origen cañí. Que este julio en Londres se vayan a celebrar los 40 años del movimiento punk con diversos actos que implican a la Biblioteca Británica, el Museo de Londres y hasta el Palacio de Buckingham: da una idea de hasta qué punto se ha domesticado al último movimiento realmente importante contra lo establecido.

El método Gemini: cómic de un autor curtido en el mundo de los fanzines, Magius, que mantiene vivo el saludable espíritu del cómix underground en formato novela gráfica.

Una pena, porque la contracultura une mucho más que la cultura. La cultura es esa palabra condenada por los tiempos a formar parte de una cadena de oxímoron interminable (cultura de la violación, cultura del abuso, cultura de la corrupción, etc): un continuo sinsentido si nos atenemos a lo que dice la RAE, pero claro está, la RAE también está en el punto de mira de ese discurso de lo políticamente correcto que no admite disidencias. Y cuando no forma parte de un óximoron es usada como arma arrojadiza: una chachiporra con que atizarse en el grandguiñol de la política a cuenta de identidades, hechos diferenciales y agravios históricos.

En cambio la contracultura goza de la libertad del lumpen, no entiende de fronteras, permea y se deja permear, ensuciar, guarrear sin miedo a perder su esencia porque su esencia es contradecirse continuamente. Y por eso siempre andan a su caza para pasteurizarla, prensarla, empaquetarla y venderla, pero de un modo u otro, su pringoso espíritu siempre termina goteando en la encimera sobre la que se cocinan las nuevas maravillas digitales.

 

El capo de la mafia en ‘El método Gemini’ tiene una gran biblioteca. Es en ella donde recluta al protagonista para su negocio. Cuando le va detallando los pormenores de sus actividades lo hace equiparándolas a las propias de un club de lectura. 

 

Costa, en su ensayo, evidencia las carambolas que llevaron desde la infección contracultural que propiciaron las bases militares estadounidenses de Rota o Morón en el underground sevillano; y como este terminó viajando hasta la libertaria Barcelona de los 70 con artistas como Nazario u Ocaña: para concluir la jugada en el Madrid de los 80 con esa Movida que se diluiría definitivamente en tiempos del PSOE. La contracultura une regiones, países, continentes con más eficacia que un cable interoceánico.

 

 

Con profesorado como Peaches: ¿quién se va a resistir a ir clase?

En un sótano de Ámsterdam han creado la Universidad del Underground. Durante las últimas décadas la famosa escuela londinense Central Saint Martins ha subido tanto, tanto, las matrículas que la institución, que ha dado algunas de las figuras más relevantes (Sade Adu, M.I.A., Jarvis Cocker, Stella McCartney, Alexander McQueen, PJ Harvey, etc), se ha hecho aún más exclusiva.

Se supone que la iniciativa de la Universidad Underground holandesa va a subsanar esa situación: pero lo dudamos mucho.

Por muy escondido que esté el sótano el hecho de plantear una formación reglada para la disidencia contraviene los principios mismos de lo contracultural. Por mucho que Noam Chomsky, Peaches o una de las integrantes de las Pussy Riot formen parte del profesorado: los interesantes líderes artísticos, políticos o de pensamiento que, sin duda, surgirán de sus aulas no dejarán de configurar una nueva élite que poco tendrá que ver con el espíritu de lo verdaderamente underground.

 

Ocaña y Nazario revolucionando Las Ramblas de esa Barcelona libertaria, provocadora y underground que los fastos del 92 empezaron a exterminar.

 

Lo marginal, lo subversivo, lo incómodo siempre ha provenido de una necesidad vital que no se podía desatender, no de ninguna intención meditada de cambiar las cosas. El pintor, performance y transformista Ocaña desnudándose en la fiesta libertaria de la CNT en el año 1977 dio visibilidad a un mariconerío tan desmadrado y orgulloso de su marginalidad que soliviantó a los concienciados comunistas; igual que Amanda Lepore desconcierta a feministas de manual y amantes del compromiso con su apuesta frívola y superficial en el documental-crónica sobre algunas de las trans más míticas y combativas de la Gran Manzana en I hate New York (2018).


 

El mundo transexual tal vez sea el último reducto para la subversión más auténtica. Debíría ser una buena noticia que cada vez sea más difícil encontrar esos nichos de subversión si acaso fuera indicio de que la marginalidad ha sido erradicada gracias al progreso social; y no como consecuencia de que los eufemismos, la corrección, y el hastío provoquen que ya nada resulte perturbador.

Pero siempre nos quedarán las bibliotecas. No como a Bogart y Bergman les quedaba París, sino como a los gays, travestis y chaperos que pululaba por el Stonewall Inn les quedaba Judy Garland, la noche del 28 de junio de 1969, en que decidieron rebelarse. ¿Suena a chiste eso de señalar a las bibliotecas como refugios contraculturales? No tanto si repasamos su ubicación en medio del panorama actual.

 

En 2013, en plena eclosión de la crisis, la Biblioteca pública abandonada de Rivas-Vaciamadrid era ocupada por la BOA (Biblioteca Ocupada Autogestionada): un espacio autosugestionado que compartía espacio con asociaciones culturales tales como Célula Radical Arterrorista u organizaciones como Sureste Obrero.

 

¿Qué es lo más contracultural que puede haber en medio de redes sociales manipuladas por multinacionales que nos vigilan a todas horas, blockbusters diseñados por ordenador en Hollywood, música prensada y manufacturada para usar y tirar? Lo más contracultural que puede haber es una biblioteca. Si nos atenemos a presupuestos, estadísticas y consideración por los popes de la cultura están a un paso de la marginalidad. Fuera de las grandes ciudades, en municipios pequeños, los políticos locales las empujan a manos del lobby estudiantil para finiquitarlas como simples salas de estudio. La única salida que queda es la marginalidad, lo underground, lo disidente.

¿Cómo se hace eso en instituciones sustentadas por presupuestos públicos? Atrayendo a los freaks, a los diferentes, a los quieren diseñar su propia disidencia y no tienen recursos para ser admitidos en la University of The Underground. Es decir a la mayoría de los que tienen inquietudes de algún tipo. El título de la enooorme, en todos los sentidos, primera obra de Emil Ferris, Lo que más me gusta son los monstruos, a un paso de convertirse en lema bibliotecario.

 

Alucinante, maravillosa, espectacular, impactante, absorbente…no está todo dicho pero no queremos ser más pesados. En definitiva: muy buena.

 

El ensayo recién publicado de la artista Roberta Marrero en el que hace un recorrido por la cultura LGTBQ+ prologado por el filósofo queer Paul B. Preciado.

En Filadelfia, por segundo año consecutivo, arranca estos días la Free Library Pride (la Biblioteca Libre/Gratis del Orgullo) y aquí el doble sentido de la palabra inglesa free cobra todo su significado. Un programa con más de 50 eventos relacionados con el colectivo LGTBQ+ en sus más de 20 sucursales y para todas las edades. Desde los cuentacuentos con drag queens; picnis al aire libre para niñas, mujeres trans y personas en general no conformes con su género; o lecturas públicas de textos de temática LGTBQ+.

Algunos de los textos que se leeran en esta última actividad pertenecen al fondo reunido por la activista Barbara Gittings que se conservan en la Biblioteca de la Independencia. Gittings, que falleció en 2007, siendo estudiante universitaria en los años 50, se esforzaba por buscar textos con los que identificarse y construir su identidad como lesbiana. Todo lo que encontraba iba siempre orientado a la homosexualidad masculina, y en la mayoría de los casos, abordándola con tintes discriminatorios. En una entrevista concedida en 1999, Gittings declaraba sus motivaciones:

“Durante años, frecuentaba bibliotecas y librerías de segunda mano tratando de encontrar historias para leer sobre mi gente. Más tarde me hice activista por los derechos del colectivo […]  siempre estuve atenta a la literatura que surgía. Y fui viendo como se empezaba a hablar de homosexuales que eran sanos, felices y tenían buenas vidas. Eso fue como escuchar las campanas repicando para mí: ¡bibiotecas y libros de temática gay!”

 

Nada más propio que terminar apropiándonos del título que Roberta Marrero ha usado para su ensayo sobre cultura LGTBQ+: We can be heroes para aplicárselo a las bibliotecas. Pero continuando la canción de Bowie de la que proviene: que no sea just for one day (solo por un día). Hay mucho recorrido para lo diferente, para lo diverso, lo inconformista en las bibliotecas. Biblioteca contracultural o biblioteca contra la cultura de lo estático, lo previsible, lo convencional. La cultura (o contra), como canta el dúo Mueveloreina, no sabe pá donde va, pero va, va…

 

Jura de bandera cultural

 

En 2017 la supermoderna revista Dazed encargó a 10 artistas que diseñaran banderas alternativas a diferentes países. Ésta que luce aquí es la que la artista digital Alicia Rihko hizo para España.

 

Los tópicos reconfortan, son acogedores para quienes los practican pero no los sufren, ahorran del esfuerzo de pensar; en ocasiones, hasta resultan simpáticos. Con esa simpatía tontorrona de lo ya sabido, del lugar común, lo malo es cuando alguien, del modo más inocente, se atreve a llevar la contraria a esos tópicos.

El músico James Rhodes se ha atrevido a contravenir los tópicos sobre España en una columna en ‘El País’: pero no los tópicos que llevan retratando a nuestro país desde hace siglos, es mucho más grave lo suyo: se ha atrevido a hablar bien de España y de los españoles. Y eso, eso es intolerable para algunos.

Rhodes destaca la amabilidad, simpatía, alegría, lo bien que se come en España, la forma de relacionarnos y tantas otras cosas que no difieren mucho de lo que Theóphile Gautier, Washington Irving, Ian Gibson o cualquier folleto de tour operator no dijeran antes de una forma u otra. Su falta ha sido el decirlo en un momento en que todo ha de ser negativo en torno a este país a riesgo de incurrir en apoyar un bando o a otro.

La ingenua y sincera admiración de Rhodes no cabe en ese puzle ideológico en el que parece que todos tenemos que posicionarnos. No hay sitio para matices: no vaya a ser que lo que nos quiere vender un bando triunfe sobre lo que nos quiere vender el otro.

 

Puestos a elegir los mapas por los que nos gusta movernos elegimos los de los escritores que se recogen en el delicioso atlas literario editado por Impedimenta.

 

Que Patria siga copando la lista de los libros más vendidos se podía esperar dada la calidad de la novela (aunque la calidad sea un requisito menor en esto de convertirse en best seller): pero sobre todo por lo oportuno de su temática y de su título. Será consecuencia de la falta de fronteras que promueve lo digital: pero no deja de ser curioso la revitalización que lo patriótico ha ganado en los últimos tiempos. En muchos ayuntamientos se organizan juras de bandera para los ciudadanos, una cantante pop emociona poniéndole letra al himno nacional; balcones y ventanas con banderas de un signo u otro (incluía la LGTBI) ondeando: una exaltación de lo patriótico que habría quedado perfecta en el NO-DO.

 

Uno de los mapas incluido en el fantástico atlas literario ‘Trazado’.

 

Que cada uno se adhiera y jure fidelidad a lo que quiera pero desde aquí promovemos juras de bandera a la cultura. Nos ha dado la idea la Biblioteca Swift Current en Canadá que cumple 100 años y para ello han optado por izar una bandera (blanca) conmemorativa de este feliz aniversario frente a la biblioteca. No es la primera biblioteca norteamericana que recurre al izado de bandera para celebrar un aniversario. Las banderas bibliotecarias tienen la ventaja de que no exigen exclusividad, se pueden compartir los afectos con cuantas banderas se quiera. Tal cual como un Sheldon Cooper emocionado por su canal de Youtube: Fun with Flags.

 

Sheldon y su novia sublimando sus deseos sexuales (al menos los de ella) con las banderas.

 

Pero el fetichismo funny (divertido) de Sheldon con las banderas se pierde cuando se convierten en trapos arrojadizos o en símbolos de dominio. Es sorprendente la polisemia que puede alcanzar un simple trozo de tela, pero cuando de una bandera cultural se trata: todo significado ofensivo se desvanece. En Nueva Zelanda, últimamente, saben mucho de esto.

Hace un mes los estudiantes y bibliotecarios de la Universidad de Auckland enarbolaron la bandera  de la cultura y el arte y con ella ocuparon la biblioteca de la Facultad de Bellas Artes sobre la que pesa una amenaza de cierre. El asunto adquiere más resonancia viniendo de un país que hace solo dos años planteó un cambio de bandera para luego quedarse con la que tenía; que de nuevo saltó a los medios por ser el primer país que hacía ondear la bandera del orgullo intersexual en su parlamento: y que hace poco, reclamaba que las múltiples islas que componen Nueva Zelanda no desaparezcan de los mapas.

 

El periodista y arquitecto Karl Sharro ha tenido eco en las redes por este mapa de Europa que publicó en su Instagram. Sharro aplica la misma lógica que las potencias coloniales aplicaron al  continente africano en el siglo XIX: dividiéndolo artificialmente para repartirse el continente según sus intereses de riqueza. Sin atender a poblaciones, tribus, geografías ni recursos. Divisiones artificiales que traen como consecuencia las peores fronteras posibles: las mentales.  

 

Que no te borren del mapa, preservar tu identidad, hacer que flamee tu bandera sobre una loma, una montaña o en edificio: el caso es marcar el territorio, proclamar tu pertenencia, remarcar tu diferencia. Reacciones instintivas al borrado de fronteras que llevan tiempo aplicando la globalización y la revolución digital. Pero ¿y si puestos a definirnos por algo tan accidental como es el hecho de nacer en un sitio reivindicamos el definirnos por aquello que elegimos conscientemente: por nuestras afinidades culturales?  ¿Suena naif? En realidad todo lo naif resulta de lo más provocador ante tanta exaltación de la indignación con la que convivimos cada día.

 

 

Un ejemplo muy cercano de lo difícil que se hace poner bandera a la cultura en nuestros días aconteció solo hace dos días. El pasado lunes 28 de mayo se presentaba en la Biblioteca Regional de Murcia la plataforma de préstamo digital de contenidos audiovisuales eFilmMurcia (una plataforma, para quien no lo sepa, que ha desarrollado Infobibliotecas: con lo cual que nadie se inquiete si esto adquiere cierto tono publicitario. Eso sí, plenamente justificado por lo que se va a contar). Una vez que la noticia saltó a los medios y se fue expandiendo por las redes sociales: la cuenta de Twitter de la BRMU se llenó de usuarios entusiasmados con la idea. Un continuo tuitear y retuitear, de felicitaciones y celebraciones por contar con algo tan novedoso proviniendo de una biblioteca.

No vamos a contar aquí en detalle lo que está suponiendo esta puesta en marcha. Primero porque pensamos dedicar un post aprovechando que este blog lo puede contar de primera mano; y segundo, porque están siendo muchas las bibliotecas (y no solo bibliotecas) que están contactando con la BRMU para conocer cómo se está desarrollando el proceso. Pero dejemos pasar un poco de tiempo, que además, acabamos de contar la experiencia con los videojuegos en la BRMU, y ya iba a resultar cansina tanta murcianía.

 

 

Pero a lo que íbamos sobre banderas, cultura y fronteras. A menos de 48 horas desde que se lanzó la plataforma se habían efectuado 350 préstamos y más de 4000 personas habían accedido a la plataforma desde todo el mundo. Las solicitudes para darse de alta como usuario de la Red de Bibliotecas de la Región de Murcia alcanzaron hasta 300 peticiones a través de su web en solo 12 horas; los correos y llamadas de antiguos usuarios que habían dejado de usar sus carnés pero ahora quieren ponerse al día (por deudas pendientes) está siendo continua. Tanto es así que se están adaptando las condiciones y se va a restringir el alta online de nuevos usuarios; siendo necesario darse de alta personalmente en cualquiera de los puntos de servicio que componen la Red.

¿Se puede poner puertas a la cultura en digital? Es obvio que no. Los 12.800 audiovisuales (de total de 30.000) que ahora mismo están disponibles en eFilmMurcia han obrado el efecto llamada. Sí se puede controlar los accesos para que nadie abuse, y combatir la piratería gracias a iniciativas que provean de plataformas de contenidos digitales a las bibliotecas (eBiblio o ahora eFilm). Pero sea cual sea la bandera que ondee en las fachadas de esas bibliotecas: los usuarios que eviten que las bibliotecas se borren del mapa dándoles uso conformarán su identidad cultural sin atender a fronteras ni banderas. Solo a lo que de bueno y variado les sepan ofrecer en esas bibliotecas.

 

Bibliotecas cazadoras de talentos

 

Kendrick Lamar se convirtió, hace unas semanas, en el primer rapero en ganar un Pulitzer. Hace 16 años la novela gráfica Maus de Art Spiegelman se convirtió en el primer cómic en ganar un Pulitzer. ¿Acudirán a partir de ahora usuarios, que en su vida han oído hip hop, a las bibliotecas solicitando discos de Lamar?

 

El disco de la década para muchos medios especializados: Damn (2017) de Kendrik Lamar.

 

Joaquín Sabina, cantautor siempre asociado a lo callejero, se ha acercado en varias ocasiones al rap. Con Manu Chao en concreto hizo un irónico tema bajo el título ‘No soporto el rap

La demanda de Maus por usuarios de bibliotecas que jamás leerían un cómic si no fuera porque lo vieron recomendado en su suplemento cultural de cabecera: es un hecho contrastado. Lo de Lamar es más difícil. No porque sea hip hop, ni porque el aura que pueda otorgar un Pulitzer haya perdido fuerza, más bien porque los préstamos de grabaciones sonoras en bibliotecas están en caída libre, y la música, se consume mayoritariamente en streaming.

Pero no estamos aquí para hablar (de nuevo) de prejuicios culturales. Que un premio prestigioso legitime formas de la cultura popular dejándoles la puerta de servicio entreabierta del canon de lo que hay que leer-escuchar-mirar-observar: es algo que la profesión bibliotecaria debería tener superado desde hace mucho. Pero no es así. Pese a ser profesionales de la cultura, los prejuicios, les afectan a los bibliotecarios como a todos. Tampoco vamos a obviar que la brecha generacional en muchos casos juegue a la contra.

 

Lola Flores, precursora del rap incluso antes de que se inventase.

 

El cómic, recién publicado en nuestro país, sobre la historia del hip hop: Hip hop family tree de Ed Piskor.

El hip hop nació callejero, ha ido mutando en garitos, salas de conciertos y periferias de las grandes ciudades. Y ahora, definitivamente, reivindica su lugar en las bibliotecas. Puede que los propios hiphoperos no sean consciente de ello: pero por eso deben serlo los bibliotecarios.

Y quien dice hip hop, dice rock, punk, electrónica, folk, clásica, jazz, pop o, ¿por qué no?, reguetón. Es lo que hace la Biblioteca del Condado de Hennepin en Minnesota a través de su plataforma MnSpin.

Minnesota cuenta con una rica escena musical, y la biblioteca, ha creado una plataforma para que los músicos locales puedan difundir su trabajo y llegue directamente al público.

En Bibliotecas indies, bibliotecas mainstream ya hablábamos de herramientas como Self-e de autoedición, que gracias a recurrir a las bibliotecas como vías de distribución, estaban consiguiendo que muchos escritores desconocidos fueran haciéndose con un público cada vez mayor. Con casos como el de Hugh Howey, autor de la serie Wood, que consiguió vender más de dos millones de libros gracias al apoyo inicial por parte de las bibliotecas.

 

 

MnSpin de la Biblioteca del Condado de Hennepin aspira a lograr algo similar con el talento local. En nuestro país tenemos antecedentes tan estupendos como la Biblioteca-Rockoteca de Peralta (Navarra) que lleva desde 2012 engrosando una de las colecciones más completas sobre rock, organizando conciertos y diversas actividades en torno a la música. El ejemplo de la biblioteca estadounidense es un paso más en este sentido que comparte con otras bibliotecas (las de Seattle, Portland y Nashville) al ofrecer la posibilidad de descargar gratuitamente, a todo el que tenga carné de biblioteca, la música de los artistas locales de cualquier estilo o tendencia.

Una vez al año, se abre el plazo para que nuevos artistas envíen su trabajo a la consideración del comité de expertos, que selecciona lo que va a subirse a MnSpin. Y no solo difunde, también se les ayuda con 200 dólares para que puedan producir sus grabaciones.

 

Shreya Preeti ha subido su álbum ‘Entrance’ a la plataforma MnSpin de la Biblioteca del Condado de Hennepin y ha conseguido difusión y financiación.

 

Bibliotecas-editoras, bibliotecas-discográficas, y ahora: Bibliotecas cazadoras de talentos. Suena demasiado ambicioso pero si el mercado barre a pequeñas editoriales y sellos de discos: ¿por qué no van a compensar las bibliotecas ayudando a proteger la libertad creativa de discursos que pueden ser inicialmente minoritarios?

El amado/odiado disco de C Tangana.

Es obvio que con Youtube y demás plataformas digitales muchos de los artistas actualmente super ventas tuvieron un estupendo trampolín (Ed Sheeran,  The Weeknd, o más cerca, Pablo Alborán).

Pero las bibliotecas pueden aportar un criterio a la hora de seleccionar y ofrecer esa confianza que tanto se alaba cuando se habla de comercios de proximidad versus grandes superficies comerciales.

 

El controvertido C Tangana, ídolo del hip hop patrio, que está empeñado en cuestionar el mundo musical a través de sus actitudes, campañas publicitarias y conciertos. ¿Verdad o timo? como suele plantear la web especializada Jenesaispop.

 

Pero si hay un género, junto al heavy, que moviliza a grandes sectores de juventud pero no recibe el apoyo de la industria: ese es el hip hop. Entre la invasión electro-latina y los clichés del indie parece como si no quedase espacio para más. Pero sí lo hay: las bibliotecas.

Los raperos son el equivalente a los cantautores de los 70 en nuestro país. Los cantautores bebían de la chanson francesa  y los raperos patrios puede que beban de los MC estadounidenses en música, actitudes y discursos: pero hablar de limusinas, pibas, dinero, pistolas y mansiones resulta un tanto impostado (por no decir ridículo). Por eso a la hora de rimar tiran más de referentes literarios y cinematográficos, que los separan de sus modelos yanquis, y los acercan a las bibliotecas.

 

En 2005 con motivo del centenario de la BNE el rapero Zenit participó en un espectáculo en las puertas de la Biblioteca con bailarines de breakdance en el que se rapeó El Quijote.

 

La aclamada trilogía de Virginie Despentes, en la que parte de la figura de un roquero en decadencia, para hacer una cruda crónica de la sociedad francesa actual, y por extensión, de la sociedad occidental.

El rock ha muerto, el punk ha muerto, el grunge ha muerto, el acid house ha muerto, el reguetón ha muerto…al igual que todo nombre de famoso si se busca en Google te sugiere que es gay: todo género musical tiene o ha tenido la coletilla “ha muerto” aplicada en numerosas ocasiones. Otro tanto dicen del hip hop (para así dejarle sitio al trap) pero no lo parece cuando figuras como C Tangana dominan las listas con su propuesta rapera cuestionando la fama mientras se va haciendo más y más famoso.

El hip hop se alimenta de rimas, y letras, letras muchas letras. “Los poetas olvidados” como denominaba a los raperos españoles un artículo de la revista cultural digital ‘Le Miau Noir’. Violadores del versoMala RodríguezSFDKZenit, la malograda Gata Cattana, Lechowski, Sharif Fernández, Los chicos del maíz, RapsuskleiPiezas, etc… son muchos los intérpretes de rap españoles cuyas letras son la poesía de más de una generación. Viene siendo un recurso habitual por parte de profesores de secundaria, explotar las concomitancias entre rap y poesía para atraer a sus alumnos hacia la lectura: ¿y las bibliotecas?

No hacía falta que le dieran un Pulitzer a Kendrick Lamar para que la conexión biblioteca-hip hop se formalizara. Tienen demasiados puntos en común como para no aprovecharlos. La biblioteca freestyle es la biblioteca del futuro, que es presente, la biblioteca que improvisa y no tiene miedo a equivocarse, a trastabillar y experimentar con las bases (de lo que es una biblioteca), ni con las rimas (porque –teca rima ya con todo: no solo con libros).

 

 

Piezas dedicó un tema a Holden Caulfield, el personaje que ha devenido en estereotipo del inconformismo juvenil, que protagoniza El guardián entre el centeno. Piezas trabaja de mozo de almacén en Barcelona entre semana, y los fines de semana, se convierte en una de las figuras mas respetadas en el circuito de hip hop junto al, productor y DJ, Jayder. Un rapero que titula un disco Melancholía (2015) por la película de Von Trier, dedica un tema al libro de Salinger, declara su amor a Nietzsche, e inspiró otro tema en la novela Tokio blues de Murakami. No le hacen falta más credenciales para cerrar este post refrendando todo lo dicho.

 

Si encuentras a la Biblioteca por el camino, mátala

 

Un koan es una frase, problema o reto que, dentro del budismo zen, el maestro plantea al alumno para poner a prueba su progreso. ‘Si encuentras a Buda por el camino, mátalo’: es un koan especialmente contundente, pero como en todo koan, hay que saber trascender el sentido literal de las palabras.

‘Matar a Buda’ puede interpretarse como una manera de escapar de las propias creencias cuando éstas se convierten en dogmas, en un camino trillado que nos lleva hacia el conformismo, a una sabiduría estereotipada convertida en cliché. De ahí la blasfemia suprema de matar nada menos que a Buda para seguir creciendo espiritualmente.

 

Diseño del mítico Saul Bass para la película de Otto Preminger: Anatomía de un asesinato (1959)

 

Si este blog fuera el camino por el que cruzarse con la Biblioteca: parecería una masacre de tantas veces como hemos intentado asesinar con saña el concepto de biblioteca más canónico, rancio e inmovilista. Ese concepto que sobrevive, nos gustaría pensar que no gracias a la profesión, sino a ese alto porcentaje de ciudadanos que jamás pisan una.

Lo de ‘asesinar a la biblioteca’ tiene unos antecedentes nada budistas. Si nos remontamos a 2011, fue el profesor David Lankes, quien trasladó el término killing (asesinando), propio del argot callejero en donde significa ‘pensar a lo grande’ asesinando lo que nos estorba: para aplicarlo al mundo de las bibliotecas. Y en esas seguimos: empeñados en asesinar a las bibliotecas como si de la anciana protagonista de El quinteto de la muerte (1955) se tratara, y ésta se resiste a dejarse matar. Igual habría que dejar que la naturaleza siguiera su curso, pero en ese caso, es más que probable, que los bibliotecarios terminasen compartiendo sepulcro.

 

El pasado otoño se celebró en La Térmica de Málaga el I Congreso de Cultura Basura. Alta cultura, baja cultura, cultura popular, cultura underground, cultura basura: los contornos de la cultura se derriten como un blandibu.

 

En Biblioteca yé-yé: de lo typical spanish en bibliotecas llegábamos a la conclusión de que el invento bibliotecario más genuinamente español eran las casas de cultura: un concepto perfectamente extrapolable a lo que deben ser las bibliotecas en el siglo XXI. La casa, como edificio, ya la tenemos; ahora habrá que saber en qué se ha transformado la cultura para poder seguir acogiéndola.

Precisamente pocos años después de que se crearan las casas de la cultura, tras la muerte de Franco, el denominado destape eclosionó como signo de los nuevos tiempos. Entre bikinis, minifaldas, pantalones y camisas ajustadas: el pudor y la decencia propios del carácter español que tanto promovía el NO-DO: parecían desvanecerse. Pero era mentira. Hasta que no llegaron las redes sociales y los realities: el pudor cotizaba al alza. Pero eso acabó.

Los años del destape literario, titulaba Manuel Vilas su artículo sobre la eclosión de la ‘literatura del yo’ en el suplemento cultural ‘Babelia’. Según Vilas, los autores españoles, una vez superados las ideas de pudor imbuidas por el catolicismo imperante en la literatura española han decidido, por fin, desnudarse en relatos cada vez más indiscretos, sinceros, y exhibicionistas. Llegan un poco tarde. Es cierto que no escribían, pero el ejemplo de Nadiuska, Agata Lys, Susana Estrada o Bárbara Rey, entre otras, merecería un reconocimiento por su valentía y arrojo al haber sido pioneras.

 

Los años desnudos (2008) de Félix Sabroso y Dunia Ayaso: homenaje fallido a una época que bien merecería una buena película o serie.

 

Philiph Roth, Karl Ove Knausgard o Joan Didion quedan muy apropiados en un artículo sobre literatura. Pero para ser justos habría que reconocer el influjo que Facebook, Twitter, los realities o Instagram han ejercido en levantar el acta de defunción definitiva del pudor. La cultura, sea lo que sea eso ahora, no se puede interpretar sino es contando con ellos.

Un experto en estas lides, como es el periodista, presentador y, ahora hasta actor, Jorge Javier Vázquez (por cierto abonado también a la literatura del yo con dos autobiografías publicadas) declaraba recientemente que ‘la intimidad está sobrevalorada. El mundo sería más amable si la compartiésemos más‘. Cierto, sobre todo el mundo de los que negocian con ella.

Pero el mejor diagnóstico del tiempo cultural que estamos viviendo ya la hizo Robbie Williams, en el 2000, cuando Internet aún estaba a medio arar. Una estrella del pop mainstream a través de un videoclip. No cabía mejor formato ni mensajero.

 

 

Si la intimidad cotiza a la baja, la única intimidad posible es la falsa intimidad: la que nos creamos cuando estamos a solas, no con un libro, sino con nuestra conexión wifi. Tanto es así que, en ocasiones, olvidas que lo que publicas puede llegar a lectores insospechados.

El reciente post Bibliotecas fuera de la ley dibujaba el mapa de las bibliotecas públicas como el mapa de la libertad de expresión de nuestro país. Para ello se citaban algunas de los casos mediáticos más sonados de censura de creaciones artísticas en España, y entre ellos, no faltaba el escándalo alrededor del libro de relatos Todas putas de Hernán Migoya. Pues bien la sorpresa (más que agradable) ha venido al recibir un correo del propio Migoya felicitándonos por el post.

 

La adaptación al cómic de la novela de Vázquez Montalbán ‘Tatuaje’ por Hernán Migoya con dibujos de Bartolomé Seguí.

 

Migoya inspirándose en la bañera.

Desde Lima, donde reside actualmente, Migoya se congratula de que el debate sobre la libertad de expresión esté tan vigente, y sobre todo, nos transmite su total amor por las bibliotecas. Tanto es así que nos enlaza un post suyo sobre la situación de la biblioteca pública del barrio limeño en el que vivió que no tiene desperdicio.

Y como, en ocasiones los astros parecen alinearse, en el último ‘Jot Down’ aparece una extensa e interesantísima entrevista con el propio Migoya. Repasar su trayectoria desde el underground de ‘El Víbora’ hasta el punto de inflexión que supuso en su carrera el escándalo alrededor de Todas putas: es asistir a un creador libre de mente y discurso, incómodo para todos aquellos que necesitan que las cosas sean blancas o negras, de izquierdas o de derechas, de un bando u otro. Migoya ha ‘asesinado’  muchos lugares comunes a lo largo de su trayectoria: con su reivindicación de la cultura popular como un antídoto contra lo dogmático, lo engolado, lo estancado.

 

La puesta en escena del show televisivo al servicio de lo literario.

 

En la última edición del concurso-realiti-show Go Talent, en medio de saltimbanquis, magos y aspirantes al sueño americano versión hispano-televisiva: un joven emigrante guineano se hizo con el primer premio de este concurso recitando poesía. Risto Mejide, el duro oficial de Telecinco, interpretó su papel de severo de gran corazón al que solo la auténtica poesía alcanza a conmover. Y con los datos de audiencia aún calientes: el primer libro del joven llegaba a las librerías bajo la frase publicitaria: “el libro del poeta que conquistó a un país en menos de tres minutos”.

No vamos valorar el talent o talento de Brandon, entre otras cosas porque no hemos leído su libro y le deseamos lo mejor, pero sin duda, en breve, estará en más de una biblioteca pública y elevará estadísticas de préstamo igual que elevó índices de audiencia. No vamos a incidir en la perfecta fórmula por la que apostó el publicista Mejide (joven africano+drama de la emigración+show televisivo+poesía = éxito de ventas); ni tan siquiera en la música de violines de fondo que acompañaba la voz llorosa de Brandon mientras recitaba sus poemas. Convenciones, al fin y al cabo, del espectáculo televisivo.

No, no vamos a mirar por encima del hombro desde la atalaya bibliotecaria cuando de ‘asesinar a la biblioteca’ estamos hablando. Sería de juzgado de guardia. Es más interesante atender a cómo cierta idea de cultura, no solo pervive, sino que lo inunda todo: la que apela a la emoción reprimiendo cualquier filtro racional. Después de todo esa ha sido la base siempre de la cultura popular: pero ahora elevando los niveles de azúcar que rozan la hiperglucemia.

 

Libro de Defreds, uno de los jóvenes poetas surgidos en las redes sociales, editado por Espasa: la misma editorial que ha editado al ganador de Got talent.

 

Mejide-Telecinco no han hecho otra cosa que apropiarse del fenómeno de jóvenes poetas que triunfan en las redes (Marwan, Defreds, Elvira Sastre…)  trasladándolo al show televisivo y añadiéndole elementos que mejoraran el producto de cara al discurso políticamente correcto de lo que nos debe conmover. En una escena de Eva al desnudo (1950) Bette Davis (sí, otra vez ella) quitaba la radio al escuchar una melodía de Chopin declarando que detestaba el sentimentalismo. Margo Channing, su personaje en la película, lo iba a llevar muy mal en nuestro tiempo.

 

“Detesto el sentimentalismo barato”: Margo Channing dejándolo claro en Eva al desnudo (1950)

 

En medio de todo ¿dónde queda el discurso creativo que no se ajuste a estas pautas? ; ¿lo underground o lo elitista son las únicas salidas para otro tipo de mirada sobre lo que se considera cultura? ; ¿qué entienden los tan traídos y llevados millenials por cultura? Según la RAE, cultura es “conjunto de conocimientos que permite desarrollar un juicio crítico”: pero, ¿se puede desarrollar un juicio crítico viviendo permanentemente en un clima de emotividad exagerada? En tiempos de Inteligencia artificial lo humano elevado a la enésima potencia. ¡Qué fácil se lo estamos poniendo a los terminators!

Este es el koan, el reto que al que deben someterse las bibliotecas como casas de la cultura: ¿qué es la cultura hoy día? Solo respondiendo esta pregunta el asesinato de la Biblioteca será un crimen perfecto.

 

 

Bibliotecas al filo de la ley

 

Anne, una de las protagonistas de nuestro exitoso Menú del día para mujeres bibliotecarias, recordaba en la conversación de sobremesa con sus compañeras: la poco conocida película En el ojo del huracán (1956). En esta película, rodada en plena histeria anticomunista en la década de los 50, y que fue objeto de ostracismo comercial: Bette Davis encarnaba a la bibliotecaria de un pueblo norteamericano que se enfrentaba a políticos y ciudadanos por defender que el Manifiesto comunista se mantuviera dentro de las colecciones de su biblioteca.

 

La actriz Bette Davis junto a Ruth Hall, bibliotecaria en 1955, de la ciudad de Santa Rosa: en la cual se rodó la película en la que Davis interpretaba a una bibliotecaria. Fuente: Sonoma County Pictures.

 

La bibliotecaria interpretada por Davis viviendo su propio Farenheit 451.

Resulta sorprendente que esta película (nada del otro mundo salvo por la gran Davis) resulte tan oportuna casi 70 años después en nuestro país. Pero los secuestros judiciales de libros, la censura artística en ARCO, los juicios a raperos, tuiteros, programas y publicaciones de humor: hacen que el mote de mordaza con que se bautizó a la Ley de Seguridad Ciudadana suene cada vez más inquietantemente acertado.

Pero estos aires contrarios a la libertad de expresión, a la libertad de pensamiento no son exclusivos de ningún sesgo ideológico: se dan en todos los ámbitos y foros. Desde los discursos más aparentemente progresistas a los más conservadores. Nadie queda indemne a este debate que ha exacerbado, en gran parte, ese discurso furibundo que copa las redes sociales día sí, día también. Y a todo esto ¿qué tienen que decir las bibliotecas?

 

 

 

Bastiones de la democracia, refugios de la libertad de pensamiento, instituciones que garantizan el acceso a a todas las opiniones y puntos de vista: con este rosario de descripciones laudatorias que se les han ido acumulando no podían quedar fuera de un asunto tan inesperadamente candente. Y claro que tienen algo que decir: pero lo hacen quedamente, sin alzar la voz, como no podía ser de otro modo.

En este post vamos repasar algunos de los casos recientes más mediáticos pero lo vamos a hacer desde una perspectiva algo diferente: desde el catálogo colectivo de bibliotecas públicas del Ministerio de Cultura (CCBIP). Solo hay que realizar búsquedas de algunas de esas obras secuestradas, prohibidas o censuradas para elaborar el mapa bibliotecario de la libertad de expresión en nuestro país.

 

Captura de pantalla del Catálogo Colectivo de Bibliotecas Públicas del Ministerio de Cultura en el que aparecen los resultados de lanzar la búsqueda sobre la novela de Nacho Carretero.

 

Es posible que ningún ciudadano pueda adquirir la controvertida novela de Nacho Carretero, Fariña, en ninguna librería tras el secuestro legal al que ha sido sometida: pero eso no es impedimento para que en las bibliotecas que estuvieran raudas a la hora de adquirirlo, este título que ha sido judicialmente retirado de la circulación, siga accesible a cualquier ciudadano que disponga de un simple y gratuito carné de biblioteca. La decisión de la jueza es cautelar pero, tanto si finalmente gana la causa el demandante (el ex alcalde de O Grove) o el demandado (el autor y la editorial): los ejemplares de Fariña seguirán formando parte de un total de 16 redes de bibliotecas a lo largo y ancho de nuestro país (algunos de ellos en la propia Galicia).

Surge una duda a mitad de abordar este asunto: ¿se podría ordenar su secuestro de las colecciones de las bibliotecas públicas? ¿estaremos haciendo saltar la liebre al escribir este post? Por si acaso no nos entretengamos y sigamos adelante.

 

¿Qué habría pensado Hitchcock del remake caligráfico que Gus Van Sant hizo de su película Psicosis?

 

Pero como hemos dicho al principio los intentos de censura o prohibición no solo provienen de instancias judiciales. El celo con que algunos albaceas de la obra de autores fallecidos defienden sus derechos contraviene hasta los más respetuosos homenajes. En 2011, el escritor Agustín Fernández Mallo ahondaba en el espíritu borgiano creando un género, el remake literario, con el que revisitar la novela El hacedor escrita por Jorge Luis Borges en 1960.

El genio argentino probablemente hubiese observado con curiosidad este experimento narrativo en torno a su creación; pero su viuda María Kodama no contempló esta posibilidad al denunciar a la editorial para obligar a la retirada inmediata de la obra. Apagados los ecos del suceso, siete años después, El hacedor (de Borges), Remake aparece como disponible para el préstamo en 19 redes de bibliotecas (que no se entere Kodama).

 

Obra de la artista Carmen Cantabella perteneciente a su serie ‘Tintín inédito’ en la que mostraba al personaje de Hergé manteniendo relaciones sexuales con geishas. La Sociedad Moulinsart no da abasto.

 

Otro ejemplo de exceso de celo al proteger a un autor fallecido lo protagonizó la Sociedad Moulinsart, gestora de los derechos de la obra de Hergé, cuando en 2008 frenó la distribución, y después, la reedición de El loto rosa (De Ponent). En esta obra colectiva se rendía homenaje a Tintín a través de ilustraciones y de un relato escrito por Antonio Altarriba (Premio Nacional de Cómic) en el que recreaba la vida adulta de Tintín como reportero de cotilleos en Hollywood, y entre otras cosas, perdiendo la virginidad con Catherine Deneuve. Todo muy francófono. En el CCBIP constan 8 redes de bibliotecas donde este polémico homenaje a Tintín sigue de cuerpo presente para quien quiera disfrutar de la blasfemia.

 

 

Cuando se enarbola la bandera de alguna causa social se requiere del suficiente poso cultural para no confundir los términos y no caer en maniqueísmos que desbaraten lo justo de nuestras reivindicaciones. Por eso la esperanzadora tercera ola feminista que estamos viviendo y a la que, cada vez, van sumándose más chicas jóvenes, y afortunadamente, también chicos: no debería caer en planteamientos inquisitoriales tales como volver a cuestionar a Nabokov por Lolita. Como si a estas alturas no se tuviera el suficiente criterio para no confundir el discurso creativo con el hecho de estar haciendo apología de la pedofilia o la violación como sucedió, más recientemente, con la obra de Hernán Migoya: Todas putas.

 

Viñeta de ‘El violador’ uno de los cuentos ilustrados incluidos en la adaptación al cómic por parte de 15 autoras del libro de relatos de Migoya: Todas putas.

 

En 2014 la novela de Migoya, que a punto estuvo de ser prohibida en pleno siglo XXI, conoció una versión cómic por parte de 15 artistas femeninas que no sabemos si supuso una absolución feminista, pero sí al menos una brecha a ese discurso monolítico de corrección política que tantos estragos puede acarrear. En este 2018, de ilusionante eclosión feminista, el Todas putas de Migoya sigue accesible en 17 redes de bibliotecas según el CCBIP: y en formato de novela gráfica ilustrado por mujeres en 9 redes de bibliotecas.

Sorprende que tras las trágicas consecuencias que tuvieron las caricaturas de Mahoma en Dinamarca, o la posterior matanza en la redacción de ‘Charlie Hedbo’ en París, en nuestro país un juez se decidiera a secuestrar el número 1573 de la revista satírica ‘El jueves’ que, en 2007, caricaturizaba a los actuales monarcas españoles en pleno acto sexual. El recientemente fallecido Forges manifestó en aquel entonces, como tantos otros, su total oposición a dicho secuestro judicial. Forges sabía bien de lo que hablaba.

 

La portada de la primera edición de la ‘Historia de aquí’ de Forges “desaparecida en combate”.

 

En 1980 una de las portadas de la primera edición del coleccionable Historia de aquí (uno de sus grandes éxitos) “desapareció” en posteriores reediciones por sus claras referencias al Opus. Gracias a que el DJ Renatus Semper posee el coleccionable original, con motivo del fallecimiento de Forges, publicó en sus redes la portada escamoteada durante tantos años reparando así una censura que, en su momento, es probable que pasase más que desapercibida.

La Historia de aquí de Forges está presente en prácticamente todas las redes de bibliotecas, según la preceptiva búsqueda que hemos hecho en el CCBIP, pero es imposible saber, a través de este medio, si realmente alguno de los ejemplares conserva la portada original que, gracias a Renatus, ahora está accesible en la red.

Lo que sí que es más que probable es que la portada del nº 1573 de ‘El jueves’, con los entonces príncipes de Asturias en postura tan comprometida, esté disponible en alguna de las 12 redes de bibliotecas en las que se incluye la veterana publicación satírica según el CCBIP.

 

 

También en las 13 comunidades en cuyos catálogos de bibliotecas públicas aparece la revista satírica ‘Mongolia’: se podrá consultar la parodia que publicaron del torero Ortega Cano como un alienígena. Una caricatura que ha provocado la imposición de una multa por vulnerar el derecho al honor del diestro de 40.000 euros: lo que compromete seriamente la continuidad de la publicación. No hay mucho que comentar al respecto más allá de las propias declaraciones de los responsables de la revista:

“Tenemos un grave problema con la libertad de expresión en este país. Si una revista satírica no puede utilizar la figura de un personaje público condenado que acaba de salir de la cárcel, si no puedes utilizar que haya cumplido menos tiempo y que nos parezca marciano, si eso no es satirizable, cerramos. Que cierre El Intermedio, El Jueves, Mongolia…”. Y añaden: “Esto demuestra en el país en el que estamos viviendo”.

 

Y aquí dejamos las búsquedas en el CCBIP. Podríamos seguir con los discos de Def con Dos que hay en las bibliotecas públicas de nuestro país, o los de los Chikos del Maíz, en los que hace featuring Pablo Hásel, o los discos de Valtonyc: pero ya es suficiente.

Index Librorum Prohibitorum: nombre de un personaje manga entre cuyos poderes está el haber memorizado miles de libros prohibidos. Index para los amigos.

Es más que suficiente para constatar que las bibliotecas públicas sin necesidad de alharacas, ni adherirse a manifiestos de un bando u otro: son las garantes de la salud democrática de un país, las instituciones públicas que mejor protegen la libertad de expresión y la diversidad de pensamientos. La presencia de esos libros, revistas, discos o de cualquier otra obra o documento que haya sufrido censura ahora o en el pasado: no supone en ningún caso que se esté refrendando ni apoyando lo que en ellas se pueda exponer. Simplemente es la demostración de la madurez de una sociedad: la sociedad de los usuarios de bibliotecas públicas.

Ni la censura paternalista de quienes dicen hacerlo para protegernos; ni la censura políticamente correcta en nombre de un concepto de libertad que no empieza donde acaba la de los demás. Que los guardianes de la moral ajena, de un signo u otro, se relajen: que ahí siguen las bibliotecas para que quien quiera pensar por sí mismo pueda hacerlo.

 

Sara Montiel dando de comer a los censores durante el franquismo.

 

El cantante David Byrne (líder de los venerados Talking Heads) expresó sus disculpas públicas recientemente con motivo de la publicación de su último disco. El motivo: que entre los colaboradores que reclutó para su nuevo trabajo no se incluye ninguna mujer. En fin, que alguien como Byrne tenga que recurrir a una disculpa pública por algo así da idea de los estragos que puede provocar el irse a los extremos en un sentido u otro. No sabemos entonces lo que pensará del divertido video del tema que hizo con The BPA hace casi una década. Tanto da porque a nosotros nos viene de perlas para cerrar este post.

Ni mordazas en las bocas, ni tiras negras en los cuerpos. Quien no quiera verlo que no mire, quien no quiera saberlo, que no lea.

 

 

Biblioteca con subtítulos

 

Uno de las compensaciones que tiene el cumplir años es la progresiva liberación del juicio ajeno. Vivimos en sociedad y todos estamos sometidos al escrutinio de los demás desde el principio. Pero con un poco de suerte, y de trabajo interno con uno mismo, llega un punto en el que la mirada de los demás no deja de afectarte (algo imposible y menos si te aventuras en el turbulento medio digital) pero sí influye mucho menos que cuando eras más bisoño.

 

 

De ahí que el certero meme, con la fantástica Morticia Addams que encarnó Anjelica Huston, defina tan a la perfección ese estado mental que, en la mayoría de los casos, se consigue con la experiencia. No se trata de abusar de la sinceridad como arma arrojadiza que lo único que denota es falta de educación: sino de dejarse de circunloquios a la hora de expresar nuestras opiniones. De ser asertivos que dirían los gurús del crecimiento personal. En tiempos en los que el discurso de lo políticamente correcto causa estragos, censuras y miedos: lograr la fórmula exacta para decir sin ambages lo que se piensa y generar con ello un debate enriquecedor: no el mero rifirrafe dialéctico al que tan acostumbrados nos tienen los medios.

Al doblar una película hay que hacer auténticas filigranas para encajar la traducción de los diálogos originales, y así evitar, que los actores extranjeros no terminen boqueando en el aire o con la boca cerrada mientras aún suena el diálogo. Una dificultad que, en más de una ocasión, ha provocado discordancias en el resultado final.

En la edición española en DVD de la película de Kubrick: Eyes wide shut (1999) un fallo en el doblaje afectaba de manera garrafal a las explicaciones que sobre un asesinato se daban al final de la película. Para quien no tuviera el suficiente nivel de inglés para visionar la cinta en versión original: solo si se activaban los subtítulos en inglés (ni siquiera en castellano) se conseguía descubrir realmente lo que el personaje interpretado por Sidney Pollack le revelaba a Tom Cruise. Un error desastroso que daba más argumentos a los defensores de la V.O.

 

Nicole Kidman en la trascendental escena para la trama de Eyes wide shut en que confiesa a su marido (Tom Cruise) sus pensamientos más secretos. No decimos nada: pero lo cierto es que tras la película el matrimonio real de Kidmand y Cruise se acabó.

 

Y eso vamos a hacer en este post: activar los subtítulos, no para que nos traduzcan, sino para leer entre las líneas de algunos de los lugares comunes más extendidos del mundo bibliotecario. Algo así solo puede nacer con ánimo de abrirse a la participación (ya lo decíamos: generar un debate enriquecedor, no provocar gratuitamente): y por ello cada subtítulo arranca con el hashtag #tengounaedad. Un hashtag estupendo para acompañar lo que cada quiera añadir. Huelga decir (aunque no holgara tanto cuando lo decimos) que en este caso la edad es un simple estado mental: poco importa nuestra fecha de nacimiento. Prescindamos de cutres polígrafos, sueros de la verdad o confesionarios y, simplemente, activemos los subtítulos de nuestro subconsciente bibliotecario.

(Nota: Infobibliotecas no se responsabiliza de las opiniones que este subconsciente pueda expresar, ni las refrenda, ni las comparte. Se limita a recogerlas para que cada uno concuerde o disienta de ellas.)

 

SUBTÍTULOS
Castellano On Off

 

En la biblioteca actual es, si cabe más importante que antes, adaptar los espacios para atender a los diferentes colectivos que la habitan. Preservar el silencio, que tan demandado es por el público estudiantil, y convertirla en un centro cultural activo, vivo y dinámico: supone una distribución flexible de los espacios y un esfuerzo por atender a las necesidades de todos los usuarios.

#tengounaedad: Los estudiantes, dentro de los colectivos de usuarios, son los principales enemigos de la biblioteca pública. Siendo totalmente respetables sus necesidades: su intransigencia ante las necesidades de otros colectivos, y su indiferencia por lo que las bibliotecas puedan ofrecerles más allá que como simples salas de estudio: suponen una amenaza para innovar la idea de biblioteca. La trampa está hecha: en bibliotecas pequeñas la dictadura estudiantil con la connivencia de alguno de esos concejales o alcaldes pedáneos (que no ven a la biblioteca más allá de una seudoguardería o sala de estudio) pueden ser el estoque definitivo a los intentos por transformarlas en centros culturales llenos de vida, y por lo tanto, de futuro.

 

Estudiantes haciendo cola para coger sitio en la biblioteca de la Universidad de Nanjing (China).

 

La profesión bibliotecaria es de las que más preocupación ha mostrado siempre por mantenerse actualizada tecnológicamente y por ir sumando habilidades. A lo largo de las pasadas décadas ha demostrado una encomiable capacidad para adaptarse a los retos que los tiempos requerían. El reto digital del siglo XXI promete poner aún más a prueba esa capacidad camaleónica de la profesión que, ahora más que nunca, tiene que reimaginar su función y la de las bibliotecas en esta revolución sin precedentes.

#tengounaedad: la profesión bibliotecaria puede extinguirse si peca de falta de ambición cultural. Ejercer como funcionarios de la cultura (en el sentido más peyorativo que se adjudica al término funcionario) en vez de como profesionales de la cultura. Las plantillas bibliotecarias actuales se distribuyen a grosso modo: entre los licenciados en carreras de Letras que, en los 80, opositaron para bibliotecas como una solución a la falta de salidas profesionales a sus estudios, y que tras hacer un loable intento por actualizarse en destrezas informáticas, no lo compaginaron con una reinvención de lo que debía ser una biblioteca; y los diplomados/licenciados de los amenazados estudios de Biblioteconomía y Documentación, que surgieron en la década de los 90, y que recibieron una formación basada en conocimientos técnicos sin incentivar la curiosidad intelectual, y el perfil humanístico, que se requiere ahora para compensar tanta maravilla tecnológica vacía de contenido. Sin curiosidad no hay futuro.

 

 

La mayoría de las plantillas de las bibliotecas están compuestas en un alto porcentaje por personal de cuerpos generales de la administración. Los técnicos bibliotecarios marcan las directrices de estos trabajadores que, en más de un caso, se convierten en avezados profesionales de biblioteca sin necesidad de titulación. Disfrutando de un destino laboral que en nada se asemeja al resto de unidades administrativas que suelen componer las administraciones locales o autonómicas.

#tengounaedad: que las administraciones no respeten que las bibliotecas precisan de un personal con formación bibliotecaria provoca que sus plantillas se nutran de personal administrativo que llega con ideas estereotipadas de lo que supone trabajar en una biblioteca. Estos trabajadores se plantean su desempeño igual que si estuvieran en una oficina de recaudación sin especial atención a los requerimientos que precisa trabajar en una institución cultural. Se da la circunstancia de que este personal, además, suele ser el que recibe a los usuarios a pie de mostrador: con lo que muchas veces el buen servicio que podría darse se confía a la buena voluntad de estos trabajadores: que al hecho de contar con un personal cualificado.

 

 

Mantenerse al tanto de lo que se cuece en el mundo bibliotecario es requisito imprescindible para seguir haciendo avanzar nuestra biblioteca. Blogs, revistas, foros, redes sociales, la asistencia a jornadas, congresos, seminarios y demás medios con temática bibliotecaria: nos permiten estar al día de las innovaciones y las ideas que van surgiendo más allá del horizonte cotidiano de cada uno; y pueden servir de inspiración de múltiples formas.

#tengounaedad: cuando se leen desde una pequeña biblioteca municipal, escasa de recursos, personal y apoyo por los responsables políticos: estos medios especializados (este blog sin ir más lejos) que animan a innovar, repensar lo que deber ser una biblioteca, y las aptitudes que se deben desarrollar: puede generarse más frustración que otra cosa. Es como leerse un reportaje de ‘¡Hola!’: repleto de mansiones de ensueño y vidas aparentemente perfectas con las que solo podemos soñar. Bibliotecas ideales para un mundo ideal que solo existen en una realidad muy alejada del día a día de la mayoría de bibliotecarios.

 

Las estupendas recomendaciones para padres y educadores de la autora de cómics Rutu Modan sobre cómo leer cómics con los niños.

 

La sección infantil y juvenil de una biblioteca pública es uno de los servicios a potenciar y promover. El síndrome de nido bibliotecario vacío que amenaza a partir de los 10-11 años solo es posible combatirlo recurriendo a soluciones imaginativas y a la complicidad de educadores y padres. La formación de los que darán razón de ser a las bibliotecas en el futuro es un objetivo que debe ser prioritario en cualquier centro: y ello requiere de una especialización y una actualización continua del personal que atiende este servicio.

#tengounaedad: en ocasiones los peores ejemplos para los niños a los que se quiere atraer a la lectura son algunos padres. El uso desconsiderado que en muchos casos hacen de la biblioteca: viéndola más como una especie de guardería o aparcaniños que viene a suplir al parque de bolas o a las zonas recreativas en días de lluvia. Ese concepto de educación laxo, falto de consideración hacia los demás, que convierte a los niños en pequeños tiranos de los espacios públicos por la dejación de funciones de algunos progenitores: se convierte en caballo de batalla para numerosos bibliotecarios infantiles que se ven obligados a ejercer más de vigilantes que de animadores a la lectura.

 

 

La lectura digital es el future is now (El futuro es ahora) del mundo bibliotecario. Uno de los puntos destacados dentro de la IFLA Global Visión es el abrazo a la innovación digital. Las bibliotecas están y deben estar en cada uno de los avances que esta revolución digital está provocando. Por un lado, por una cuestión de actualizarse y no perder vigencia; pero por encima de todo para asegurar la igualdad de oportunidades de todos a la hora de acceder al mundo digital, ayudando así, a cerrar la brecha digital que se está generando.

#tengounaedad: una vez más la visión macrobibliotecaria (IFLA, Manifiesto de la Unesco, Consejo de Cooperación Bibliotecaria, etc…) frente a la microbibliotecaria. Por lo que respecta a la tumba que, según algunos, los ebooks habían cavado al libro impreso: sigue sin ser ocupada. Por otro lado, plantear estrategias, diseñar campañas, movilizar personal para desarrollar comunidades digitales desde las bibliotecas a través de las redes sociales se choca de frente con: la falta de tiempo, personal y recursos; y el hecho de que muchas de las administraciones en las que se integran las redes de bibliotecas: bloquean, dificultan, o directamente, prohíben el acceso a las redes sociales desde la Administración.

 

 

La cooperación bibliotecaria es un clásico dentro de la Biblioteconomía. Para conseguir que las bibliotecas tomen parte en la consecución de los retos que se han marcado en la Agenda 2030 de la ONU: la IFLA ha elaborado desde un Programa de Acción para el Desarrollo hasta un conjunto de herramientas para ayudar a defender estas necesidades antes los responsables de las políticas culturales nacionales y regionales. Sentirse parte de un proyecto global que aspira a mejorar el mundo es algo muy motivador que refuerza la idea de cooperación y de creación de redes entre bibliotecas.

#tengounaedad: los frenos a objetivos tan loables no provienen exclusivamente de las limitaciones materiales y de plantillas de las que adolecen las bibliotecas. Las limitaciones más paralizantes, como siempre, son las mentales. Si la colaboración entre redes de bibliotecas que operan en un mismo territorio se hace en ocasiones imposible por: veleidades políticas, intereses no manifiestos, visiones cortoplacistas o estrategias para ganar/conservar el puesto: ¿cuánto no se agudizarán estas miserias si se amplía el encuadre? Cambiar la idea de para qué sirve una biblioteca en el siglo XXI debería ser el primer paso. Pero no solo en las mentes de los políticos también en las de muchos bibliotecarios. Si tanto se habla últimamente de promover el pensamiento crítico de los ciudadanos: habrá que predicar con el ejemplo y empezar a promoverlo también hacia la propia profesión.

 

FIN
#tengounaedad: podría seguir…

 

SUBTÍTULOS
Castellano On Off

 

Hasta aquí la película que nos hemos montado con este post subtitulado. Para cerrar añadamos algo de banda sonora. En los últimos tiempos, la falta de presupuesto y la inmediatez que exige el mercado, ha llevado a que proliferen los lyric videos (lo que vendría a ser un vídeo de karaoke, pero como eso queda cutre, se trata de vídeos más o menos creativos con la letra en subtítulos) que preceden al lanzamiento del vídeo oficial de un nuevo hit. Nada más propio pues para este atracón de subtítulos que cerrar con un lyric video.

El grupo Doble Pletina jugó con el concepto deconstruyéndolo para su tema Nada. Más que un vídeo con los subtítulos de la canción se trata de un juego, de un pasatiempo, con el que se entraba en un sorteo. Subtítulos desordenados que juegan con nuestra capacidad de atención para que cada uno se monte el puzle en su cabeza: algo parecido a lo que hemos pretendido con la biblioteca subtitulada de este post.