Programa de lavado cultural

 

 

El concepto de biblioteca sin muros lleva décadas formulado en los manuales de Biblioteconomía. Podría pensarse que surgió al socaire del torrente digital que todo lo invade, pero no: de la biblioteca sin muros ya se hablaba en los años 90: mucho antes de que Internet la hiciera posible en virtual. Tal vez por ello la asignatura pendiente es convertirla en algo real: dejar de hablar de biblioteca sin muros y pasar a hablar de bibliokupaciones.

Para la bibliokupacion (“dícese de la ocupación de un espacio extraño al recinto habitual de una biblioteca por servicios bibliotecarios”) de la que nos hacemos eco en esta ocasión  no podíamos elegir imagen más ilustrativa que la portada del magnífica novela gráfica: El Nao de Brown. La cultura centrifugándote el cerebro. Y es que de lavanderías y cultura va la cosa.

 

Cartel de la Bibliothèque sans frontières para los campos de refugiados.

 

Una buena ocasión para recuperar esta estupenda película de un primerizo Stephen Frears.

La organización Bibliothèque sans Frontières es responsable de algunas de las iniciativas más estimulantes de los últimos años cuando se trata de llevar la oferta bibliotecaria a cualquier lugar y latitud. La Caja de ideas que el célebre diseñador Philippe Starck creó para que, en campos de refugiados o zonas de lo más recónditas del planeta, pudieran montarse bibliotecas: conoció gran difusión en blogs y medios profesionales hace unos años. Su último proyecto en su afán por “colonizar” lugares con prestaciones bibliotecarias, según nos informan en ActuaLitté les universes du livre, huele a suavizante y detergente.

Wash & Learn (Lava y aprende) bajo este nombre la organización desarrolló, durante el último verano en el neoyorquino barrio del Bronx, un programa para sobrellevar los tiempos de espera en las lavanderías mediante cultura. Se instalaron equipos informáticos que permiten el acceso a contenidos culturales y educativos. Precisamente las lavanderías son muy utilizadas por personas con recursos escasos o transeúntes sin domicilio fijo en claro riesgo de exclusión social. Tras el exitoso rodaje que supuso en una de las zonas más deprimidas de Nueva York: el Wash & Learn también se puso en marcha en la ciudad de Detroit.

Cronópolis, la novela de ciencia ficción de J. G. Ballard, sobre la degradación de una gran ciudad que pareciera la crónica de la muerte anunciada de la ciudad de Detroit.

Que Detroit se ha convertido en ciudad-símbolo de la decadencia capitalista e industrial: es un hecho reflejado en numerosos documentales, películas y libros. El Día Internacional del Trabajo resultó una buena elección para celebrar el “Día libre de lavandería”: lavados gratuitos, conciertos, aperitivos y talleres para niños. Mientras los “KoomBook”, que así se denomina la conexión WiFi para acceder a libros y contenidos educativo para todas las edades, se extienden por las lavanderías de la ciudad: la bibliokupación que lava más limpio va ganando más y más adeptos.

Aprovechar los tiempos de espera para introducir de rondón a las bibliotecas no es nada nuevo. Dos ejemplos no muy lejanos en el tiempo han sido: la máquina Shortédition, ideada por el editor Quentin Plepé, que permite imprimir más de 600 relatos y lleva dos años ayudando a sobrellevar las esperas en las salas de e¡spera de los hospitales y centros de salud de Grenoble; o el programa que pusieron en marcha las autoridades de Costa de Marfil para alfabetizar a las mujeres montando pequeñas bibliotecas en los salones de belleza. Los elaborados peinados africanos requieren de mucho tiempo: tiempo perfecto para que los motores económicos de sus comunidades (las mujeres) accedan a la cultura.

Pero no queda aquí el lavado programado para este post. El sector de las lavanderías y la lectura cuenta con otro episodio más allá del proyecto de la ONG francesa. En nuestro país la empresa de lavandería y servicios hoteleros Ilunion ya puso en marcha, en junio de 2015, una colaboración con la Biblioteca Marcel·lí Domingo de Tortosa (Tarragona), donde se ubica su sede, para montar una pequeña biblioteca en sus instalaciones y así fomentar el hábito de la lectura entre sus empleados.

 

El duo electrónico Matmos dedicó su disco Ultimate Care II a música experimental basada en sonidos de lavadoras. Sus conciertos resultan de lo más pulcros como puede verse en Youtube.

 

La promoción de la cultura en estos tiempos no entiende de remilgos: hay que arremangarse y no tener miedo a mancharse chapoteando en los vertederos culturales que cada día amenazan con sepultarnos. Pero eso no quita para que todos aspiremos a lucir de lo más pulcros. El affaire lavanderías-bibliotecas no entiende de lavados cortos.

Lo que resulta más extraño es que no haya surgido un eslogan a juego con la de juego que han dado los detergentes y las lavadoras en la publicidad. “Si no quieres que te laven el cerebro ven a la biblioteca”. Simplón pero, precisamente por eso, efectivo.

Que la biblioteca actúe contra los lavados, continuados y reincidentes, de cerebro con que nos asaltan a cada minuto: es obligado. Pero que mantenga limpios, hasta donde sea posible sin cargárselos, los libros también es de agradecer. Quedarse mirando la ropa dando vueltas en la lavadora es algo que todos hemos hecho alguna vez. Algo de esa fascinación hay en la contemplación del túnel de lavado para libros (Depulvera se llama) de la Biblioteca Pública de Boston. No sabemos si resultará tan desinfectante como la botella de alcohol y el trapo con que cuentan en más de un mostrador de préstamo de algunas bibliotecas: pero sí mucho más hipnótico.

 

La biblioteca como experimento

 

Puede que la mayoría aborreciéramos los exámenes sorpresa en el colegio o el instituto: pero ahora, cada día, no sometemos a exámenes diarios cada vez que compartimos una opinión, un post, una foto o una noticia en las redes. Evaluación continua. Todo hijo de vecino, por poco activo que sea digitalmente, se está ofreciendo al examen de miles de ojos anónimos. No es de extrañar por eso que algunos decidan sacarle rédito.

 

Escena del escaneo gestual de la protagonista del apasionante experimento, en forma de película: El congreso (2013). 

 

Mucho se habla de que gigantes como Google, Facebook, Twitter o Instagram paguen por alimentarse de las informaciones sobre nuestros intereses, hábitos, gustos y opiniones que compartimos alegremente: pero mientras que esto llega algunos ninis o millennials, según el caso, han encontrado salidas laborales como conejillos de indias.

Condiciones de trabajo de un beta tester de videojuegos: la profesión soñada de todo nini.

Si desde los 60 en adelante se ha demonizado el exceso de consumo televisivo en los menores: ¿qué no se podrá decir de los videojuegos? En estos tiempos políticamente correctos no quedaría bien que padres y educadores organizaran quemas públicas de videojuegos como se hacía en los 50 estadounidenses con los cómics. Pero no por falta de ganas sino por la difícil combustión que tienen.

Pero para algunos sus horas muertas frente a la pantalla matando zombis les ha salido rentables. Es el caso de los beta tester de videojuegos: los jóvenes contratados por empresas de videojuegos  para que actúen como  jueces (o ¿habría que decir cobayas?) de sus productos. Alojamiento, sueldo y manutención para dedicarse a lo que más le gusta aunque bien es sabido que cuando un placer se convierte en obligación deja de ser placer. La empresa VR Oculus tal vez por eso ha preferido ser más sutil e inteligente.

 

Quema pública de cómics en 1954 a raíz de las tesis del psiquiatra Fredric Wertham: que sostenía que los cómics promovían la delincuencia entre los jóvenes.

 

Tras un acuerdo con la Biblioteca Estatal de California, hasta un total de 90 bibliotecas: disponen de equipos VR-ready, equipados con auriculares Oculus Rift y gafas para que los usuarios puedan experimentar con la realidad virtual. Para ello se eligieron bibliotecas con espacios abiertos (no era cuestión de aislar con auriculares y gafas a los usuarios para que luego se dieran de bruces con la realidad tropezándose unos con otros). Sumergirse en las profundidades del océano, visita la Estación Espacial Internacional o hasta la fusión del núcleo de Chernóbil: todo ello sin perder la perspectiva bibliotecaria implementando software que provea de contenidos educativos a la maravilla tecnológica.

De este modo los usuarios de las bibliotecas se convierten en cobayas voluntarias para los productos Oculus; las bibliotecas atraen más público y amplían su oferta; y la tecnología amplia su campo de experimentación.

 

 

Nada nuevo si nos atenemos a los habituales test de pantalla a las que someten sus películas muchos estudios de Hollywood. Gracias (o por culpa) de estos tests: Pretty Woman (1990) pasó de ser una cruda historia sobre las trabajadores del sexo en Los Ángeles a la historia de puticienta y el príncipe que arrasó; o Martin Scorsese tuvo que recortar los ríos de sangre que fluían (aún más) en su clásico Uno de los nuestros (1990). El sacramento comercial de que el público siempre lleva la razón convertido en una humillación para el artista.

Pero, ¿sigue siendo así? En estos tiempos confusos es difícil decir cuando somos soberanos o cobayas de nuestros consumos. Esto es la jungla y pese a la pátina tecnológica todo sigue reducido al ancestral dilema de comer o ser comido. Tal y como están las cosas hay que elegir: o que experimenten contigo o que ser tú el que experimenta. Y para esto último no hay mejor lugar que la biblioteca.

 

Escena de la serie Mad Men en la que, para probar un lápiz de labios, los publicistas recurren a las secretarias de la agencia cuyos comportamientos observan tras un espejo de visión unilateral.

 

La biblioteca como experimento narrativo y ecológico: 

Margaret Atwood junto a la creadora de Future Library Project en mitad del bosque del que saldrá su libro.

 

Hace pocos meses saltaba a los medios la denominada Biblioteca del Futuro (Future Library Project). Este proyecto ideado por la artista escocesa Katie Paterson se sitúa a las afueras de Oslo y se materializa en un bosque cuyos árboles tienen sus troncos adornados con cintas rojas. Es una forma de señalizar que será esa madera la que servirá para fabricar el papel en el que se imprimirá el libro con el que concluirá este experimento en 2114.

Dicho libro será una obra colectiva conformada por cada uno de los textos que, desde 2014, están entregando a la Biblioteca Pública de Oslo autores tales como: Margaret Atwood, David Mitchell o el poeta islandés Sjón. Sus textos, que se custodiaran en la futura Biblioteca Deichman (con fecha de inauguración para 2018), y serán seleccionados para conformar un libro que no leeremos ninguno de los que hoy pisamos el planeta (salvo que terminemos convertidos en cyborgs, que puede ser).

 

La biblioteca como experimento social:

En Sexo, drogas y tejuelos. Cara B ya hablamos de la asistencia a drogodependientes en la que bibliotecarios estadounidenses se estaban formando a causa de la epidemia de consumo de opiáceos que se están dando en el país. Es uno de los ejemplos más recientes de las múltiples funciones que cada vez se van añadiendo a las bibliotecas.

La Biblioteca Pública de San Francisco, fue la primera en incluir asistentes sociales en su plantilla: y tras ella otras bibliotecas han seguido su ejemplo. Las bibliotecas de Filadelfia se han asociado a la Universidad para abordar cuestiones de salud pública. Un reciente estudio de la Universidad de Pensilvania explica como gracias a esta colaboración numerosos bibliotecarios han sido formados como especialistas en salud comunitaria: lo que les ha permitido ofrecer programas y asistencia para personas de todas las edades y contextos socioeconómicos. Accesibilidad y confiabilidad han sido las dos cualidades que los autores de este estudio han resaltado en bibliotecas y bibliotecarios.

 

Desde 2014 la Fundación sin ánimo de lucro Biblioteca Social está promoviendo e incentivando activamente la labor social de las bibliotecas en nuestro país.

 

En la Biblioteca Pública de Dallas, desde 2013, se desarrolla un programa para personas sin hogar; en la de Hartford, en Connecticut, el programa The American Place ayuda a los inmigrantes recién llegados a integrarse en la ciudad; mientras que en la de Queens, en Nueva York, se diseñan programas de salud dirigidos a la población inmigrante. Las políticas de inmigración deberían contemplar a las bibliotecas como aliadas en las políticas de inmigración: no iban a resolver las complejas problemáticas que plantea, pero como ha dicho recientemente Fernando Aramburu en ABC: “Creo que los libros nos hacen más inmunes al fanatismo.”

 

La biblioteca como experimento artístico:

Otra de las acciones de Yolanda Domínguez: pedir limosna para comprarse un Chanel en el barrio de Salamanca madrileño.

Entre las funciones expositivas de las bibliotecas no solo tienen que centrarse en mostrar obras de artistas: también pueden convertirse en objeto de experimentos artísticos aún sin proponérselo. La biblioteca como musa. Y entre los muchos creadores, que han recurrido a las bibliotecas y a los libros, para plantear sus acciones artísticas aquí rescatamos la performance que la artista Yolanda Domínguez llevó a cabo en una biblioteca de Milán.

En ella, una lectora arranca hojas de La metamorfosis de Kafka ante el estupor del resto de usuarios, y va introduciéndoselos en el escote para aumentar el perímetro pectoral, y de esta manera: denunciar el canon estético que se les exige a las mujeres en nuestra sociedad.

 

 

Pero la biblioteca, como experimento artístico, no es solo cosa de artistas que las utilizan para sus propios discursos: también hay bibliotecarios que experimentan artísticamente con ellas. Es el caso del noruego Kenneth Korstad, director de la biblioteca pública Deichmanske en Oslo, que se ha embarcado en un proyecto para fusionar el concepto tradicional de biblioteca con el arte experimental.

Para ello no ha dudado en abrir la biblioteca a creadores que quieren explorar la música, el cine, el teatro o las bellas artes desde enfoques de lo más experimental. Tanto es así que en el festival Sorforkomfort, que organiza en colaboración con otra biblioteca, se ha presentado desde: música creada a partir del virus del Ébola, danza experimental, música del ruido o teatro. Como sostiene Korstad: “la biblioteca es el último espacio democrático de la sociedad” y él se ha empeñado en explorarlo y abrirlo a todo tipo de audiencias de un modo radical.

 

Reproducción en tamaño normal del que va a ser el mayor libro pop-up del mundo. Es un proyecto que la artista Colette Fu está desarrollando en el Philadelphia Photo Arts Centre en Olde Kensington. Cuando esté concluido, en octubre,  los visitantes podrán pasear dentro de él.  

 

 La biblioteca como experimento cívico:

 

Es probable que para otros países europeos contar con una biblioteca auto-servicio no sea un experimento cívico: sino una simple mejora en la oferta de los servicios bibliotecarios. Pero en un país como el nuestro en el que el concepto de lo cívico, y el respeto al bien común siguen siendo asignaturas pendientes para muchos: un proyecto como la Open Air Library de Alemania resulta un experimento de alto riesgo.
Esta biblioteca alemana inaugurada en 2009 fue diseñada en colaboración con los vecinos. La idea era crear una biblioteca abierta en todos los sentidos: por su distribución de espacios, por estar abierta las 24 horas, porque su equipamiento es autogestionado por los vecinos que gestionan por sí mismos sus préstamos. No ha estado exenta de algún acto vandálico pero en nuestro país dudamos que hubiera sobrevivido más allá del primer año.
Gracias al sistema Open+, una innovación basada en RFID presentada en Francia en 2015, es posible permitir que determinados usuarios accedan a la biblioteca a cualquier hora. Open+, un buen nombre para este sistema al que en nuestro país, para que fuera viable, habría que añadir: Open your mind…al bien común.

 

La biblioteca como experimento político:

 

Hilando con el concepto de Open+, pero sin RFID, tan solo con cajas de madera: no sabemos que habrá sido de la #Bibliotecaurbana que unos voluntarios montaron en ciudad de México tras los recientes terremotos. Afortunadamente es fácil de reconstruir, no hay más que contar con unas cuantas cajas de madera para, poco a poco, ir llenándolas de libros. Tanto en movimientos como el 15M, el Occuppy Wall Street o en la plaza Taksin de Estambul: el nacimiento de bibliotecas espontáneas fue una constante. Lo que nos llamó la atención de esta modesta Open Library Mexicana es el propósito de: “ser un mejor país”.

 

Puede que suene naíf, ingenuo o pueril: pero se basa en una certeza. Cualquier acto es político, y ahora mismo: llevarse un libro prestado a casa, usar las bibliotecas (callejeras o convencionales), participar en sus actividades, interactuar con sus redes o compartiendo opiniones: es un acto político porque con ello se está diciendo que siguen siendo necesarias. Cuando se defiende un servicio público por el mero hecho de usarlo estamos haciendo política; cuando usamos una biblioteca estamos haciendo política.

 

 

 Podríamos seguir dando vueltas alrededor de la biblioteca como experimento. Bien aludiendo al mundo editorial que no aprovecha lo suficiente los fantásticos estudios de mercado que les podían proporcionar las bibliotecas; o pasando por las empresas que no valoran el impacto social tan positivo que ganaría su imagen si actuasen como mecenas (si acaso existiera una ley de mecenazgo en condiciones): pero no queremos eternizarnos. Ha quedado más que claro que los experimentos no se hacen con gaseosa: se hacen con arrojo y ganas de evolucionar.

 

Por eso cerramos con el ejemplo de Yoko Ono. Para muchos una chiflada, una mala pécora que acabó con The Beatles (inocentes que eran los muchachos): pero lo cierto es que bien les resulte ridícula a unos con sus obras conceptuales, u otros la aprecien como referente vanguardista: la japonesa de 84 años hizo de su capa un sayo desde el principio. Independientemente de lo que se piense de ella y su obra: toda una lección para perder el miedo a experimentar. ¿Qué baila mal? Pues ella misma lo proclama a los cuatro vientos. No se trata de no reconocer nuestras limitaciones sino de reconvertirlas en un estilo propio.

 

 

Poema para una biblioteca sin puerta (cinco años después)

Este artículo es un viaje de la oscuridad a la luz. Punto. Y en esta primera frase se agota todo el lirismo de un texto que osa bautizarse como poema. Que nadie espere rimas (al menos conscientes): los asuntos que aquí se tratan son demasiado prosaicos para aspirar a poesía alguna. Pero, pese a ello, prometemos un final en el que la belleza alcanzará las más altas cotas recurriendo, eso sí, a méritos ajenos.

 

La cuenta de Facebook Improbables librairies, improbables bibliothèques ideada por Gérard Picot, lleva años recopilando imágenes de bibliotecas y librerías imposibles. La biblioteca sin puerta podría haber sido una de ellas.

 

El primer poema para una biblioteca sin puerta se escribió hace 5 años. Ahora no se trata de reescribirlo para mejorarlo, al modo en que muchos escritores hacen cuando se enfrentan a la reedición de sus obras: sino de revisitarlo, de hacer un remake o un reboot según términos cinematográficos: para constatar lo que ha sido de esa biblioteca.

Corría el 2012 cuando saltaba a los medios la noticia de la agencia de lectura que, gracias a los fondos del antiguo Plan E promovido por el gobierno de Zapatero, se había construido en el jardín de Viveros junto al antiguo zoo de la ciudad de Valencia. La desaceleración económica a la que hacía referencia el último presidente socialista: provocó, que una vez concluidas las obras, se quedase sin inaugurar, o para ser más precisos, sin terminar. Tenía ventanas, hasta estanterías y alguna mesa, pero no había libro alguno, y ni siquiera dio tiempo a abrirle una puerta.

 

El interior en ruinas de la biblioteca sin puerta.

 

Las urbanizaciones abandonadas a su suerte que ahora habitan las alimañas; los campos de golf que ahora no sirven ni de pasto seco; las palmeras repletas de picudo rojo importadas de Egipto para diezmar a las autóctonas; los esqueletos de edificios abandonados en polígonos industriales o las aceras y farolas de resorts que no existieron nunca más allá de los planos: dan tal vez para un cuento, un relato de ciencia ficción apocalíptica o acaso una novela. Pero solo una biblioteca sin puerta puede dar para un poema.

 

Los leones de Bagdad de Brian Vaughan convirtió en fábula en viñetas la historia real de las bestias que escaparon del zoo tras el bombardeo de Bagdad en 2003.

 

¿Qué narraciones hubiese inspirado esa biblioteca sin puerta, en medio de un zoo abandonado, a imaginaciones como las de Borges, Cortázar o Bioy Casares? Solo los dibujos de Roland Topor o M.S Escher alcanzarían a hacerle justicia si de una novela gráfica se tratase. Los rostros sin ojos ni boca de Topor y las arquitecturas sin sentido de Escher: irían al pelo para una narración situada en una biblioteca ciega, o más bien cegada. Dibujos perfectos para el relato que podría dar de sí esta metáfora arquitectónica de una biblioteca sellada, cual pirámide egipcia tras la muerte del faraón.

Y no es gratuita la referencia a las monumentales tumbas egipcias: al igual que en las pirámides, durante estos cinco años, el local ha sido saqueado, no de tesoros, sino de cables, puertas y demás materiales: con que pudieran hacer hogueras los mendigos que la han ido habitando. No hace falta ser Bukowski para encontrar aquí una buena historia sobre bibliotecas e indigentes. Pero finalmente parece que el relato podría acabar bien.

Está previsto que para 2018 se finalicen las obras de reconstrucción y la agencia de lectura pueda finalmente tener una puerta.

¿Será verdad eso que dicen algunos de que se ha acabado la crisis? Para algunos ni siquiera empezó. ¿Habrá concluido ya el reajuste social ideado por el Grupo Bildelberg u otra entidad secreta a la sombra? Cada uno lo siente según le va, y por eso en el mundo bibliotecario con 226 bibliotecas públicas menos desde 2011: hasta que no se recuperen presupuestos, personal y recursos nada se puede decir por mucho que a la biblioteca, junto al viejo zoo de Valencia, le vayan a dibujar una puerta.

El ruido de la calle no se filtrará a través de los cristales rotos de las ventanas, ni las pedradas de los vándalos, ni las psicofonía de las bestias muertas del zoo vecino: será el silencio consensuado y confortable de un espacio lleno de libros y lectores. Y todo se llenará de murmullos. Susurros que incitan a la lectura y la relajación como los que aspiran a practicar algunos youtubers seguidores del movimiento en torno al ASRM.

 

ASMR: sonidos que salen de caricias al micrófono o de voces susurrantes.

 

ASRM, la Respuesta Sensorial Meridiana Autónoma, es el término acuñado en 2010 en Facebook para describir la sensación placentera a la que induce el escuchar determinados sonidos o susurros en la cabeza y el cuero cabelludo. Este fenómeno ha dado como resultado numerosos vídeos de youtubers, mayoritariamente mujeres, que se dedican a grabarse produciendo sonidos sutiles o murmullos que arrullan a los oyentes.

Dentro de esta moda se incluye la lectura de libros: y así, varios canales estadounidenses y franceses se han especializado en susurrar leyéndote un libro. Sandra Relaxation ASMR, ASMR Serena en francés; o la española SusurrosdelSurr o la mexicana CocoWhispers en castellano.

Lo que bien podría pasar por un invento propio de la delicadeza japonesa a la hora de agasajar los sentidos: en Youtube parece más bien, en algunos casos, una simple excusa para un exhibicionismo sensual que probablemente produzca unos efectos totalmente contrarios a la relajación. Sea de un modo u otro, el caso es que para quienes sean capaces de disfrutar ese bisbiseo continuo sin ponerse de los nervios: será como flotar en una nube. En cualquier caso a nosotros estos susurros y nubes nos sirven para que en este viaje de lo siniestro a lo luminoso que estamos transitando: las caras amorfas de Topor se transmuten en las siluetas repletas de nubes de Magritte. Asaltemos los cielos, pues, pero con delicadeza.

 

 

En una célebre escena de Roma (1972) de Federico Fellini: las máquinas que están horadando el subsuelo de la ciudad para construir una línea de metro: atraviesan unas catacumbas sepultadas durante siglos que conservan unos bellísimos frescos de la época romana. El contaminado aire del siglo XX irrumpe en el espacio sellado: y las delicadas pinturas se volatilizan antes la mirada de los obreros e ingenieros en una de los momentos más bellos que el genio italiano dio al cine.

Cuando finalmente se abra la puerta a la biblioteca valenciana nada se echará a perder.  Solo se restituirá el orgullo de una institución que el próximo 30 de septiembre precisamente se celebrará por todo lo alto en la ciudad protagonista de la película de Fellini.

 

Los técnicos del metro de Roma irrumpiendo en la cripta.

 

El Bibliopride italiano arrancó al tiempo que se construía y abandonaba la biblioteca valenciana. Por eso, cinco años después de aquella coincidencia, celebramos que en este 2017 se alcance la sexta edición de esta declaración pública de amor por las bibliotecas y la cultura. Una programación de actos a lo largo del país transalpino que toma las calles para proclamar el orgullo bibliotecario.

Y ahora sí, con más esperanza que hace cinco años, hemos partido de la  biblioteca sin puerta, hemos subido a las nubes, y tomado las calles. Ahora sí que podemos dar paso a la poesía.

De las máscaras sin rasgos de Topor al culmen de la expresividad en el bellísimo rostro de Jessye Norman, interpretando When I am laid in earth de la ópera  Dido y Eneas de Purcell, ataviada cual reina del glam. El ejemplo perfecto para demostrar que si no se abren las puertas no habrá cultura; y si no hay cultura no habrá civilización; y si no hay civilización,  no seremos más que sombras susurrantes en formato digital a las que cualquier nuevo invento amenaza con volatilizar.

 

Crossover bibliotecario

 

No podemos saber cómo habrían sido los hijos de parejas tan dispares como Arthur Miller y Marilyn Monroe, Orson Welles y Rita Hayworth o Arthie Shaw y Ava Gardner: porque no los tuvieron. Pero haciendo suposiciones: ¿qué habría primado en el cóctel de genes entre el brillante dramaturgo, el genio cinematográfico o el talento musical y las impresionantes bellezas de las tres sex symbol de Hollywood? ¿Y si la brillantez intelectual no hubiera sido herencia de los padres sino de las virtudes silenciadas de las madres?

 

Orson Welles cometiendo la herejía máxima contra el sistema de Hollywood: cortando y tiñendo la mítica melena pelirroja de su, entonces esposa, Rita Hayworth.

La factoría de genios: desentrañando los misterios del banco de esperma de los premios Nobel.

 

Los caminos de los cruces genéticos son inescrutables. En el banco de esperma William Shockley se conserva el semen de los científicos que han ganado el premio Nobel. El profesor de psicología en Harvard, Steve Pinker, recoge en su famoso ensayo La tabla rasa una anécdota al respecto de lo más jugosa. Según relata, cuando le pidieron al bioquímico George Wald su semen para conservarlo en el citado banco, éste replicó que debían ponerse en contacto con su padre, un pobre sastre emigrante, porque el suyo había dado como resultado a dos hijos guitarristas.

Las bibliotecas no tienen genes pero eso no les impide “cruzarse” con otras instituciones, servicios públicos o conceptos. Los mas puristas argüirán que determinados experimentos solo pueden desembocar en la adulteración de lo que es y ha sido una biblioteca: pero está biológicamente demostrado que la endogamia solo lleva a la devaluación genética de la especie. Así que no vamos a justificarnos por ejercer de alcahuetas.

¿Cómo llamaríamos a la criatura? Si sale mal: aborto, si sale bien: como mejor convenga al entendimiento rápido de todos. Pero dejémonos de prolegómenos. Bajemos un poco la luz, acaso pongamos una música agradable y que empiecen los emparejamientos.

 

“Y Frida les habló del amor…”: fue compartir en nuestras redes este crossover entre Frida Kahlo y las princesas Disney a cuenta del amor y romper las estadísticas.

 

BIBLIOTECA-CENTRO COMERCIAL

 

Ya citábamos algunas de las deudas que las bibliotecas tienen para con los centros comerciales o grandes superficies en Supermercados de la cultura: oferta del día en ideas propias. Desde ese post las últimas noticias sobre los centros comerciales han agudizado una tendencia: su desaparición. Según un reciente estudio de los 1.200 centros comerciales actuales en Estados Unidos, en 2022, solo quedará la cuarta parte por el auge del comercio digital . Culpables de matar el centro de las urbes, acabar con el comercio de proximidad y embrutecer a los consumidores con su oferta despersonalizada: no nos da ninguna pena, y menos aún, si se afianza la tendencia de reconvertirlos en bibliotecas.

 

Un centro comercial abandonado lleno de nieve en Akron (Ohio)

 

El último caso ha sido en Abilene (Texas). En el centro comercial de Abilene van cerrando cada vez más negocios, y la biblioteca de la ciudad tejana, decidió abrir una sucursal aprovechando los locales que iban quedando vacíos. Desde que abrieron la sucursal, el pasado mes de noviembre, el número de usuarios ha pasado de 91.177 a 221.372. Los bibliotecarios están encantados pero los gerentes del centro comercial aún más. Como declaró a los medios el responsable del centro: “La biblioteca es un gran inquilino, ojalá hubiéramos tenido más como ellos”. Y el beneficio es mutuo, no solo por ocupar un espacio vacío y dotarlo de vida, sino también por organizar actividades para los niños en los espacios comunes del centro. En este caso más que un crossover se podría hablar de una pacífica y lenta colonización.

 

Biblioteca en el centro comercial de Abilene.

 

BIBLIOTECA-AGENCIA DE VIAJES

 

Al igual que a los centros comerciales: Internet le ha dado la puntilla a las agencias de viajes. Una paradoja, que ahora que la gente viaja más que nunca, sean los negocios que desde siempre han gestionado estos asuntos los que se vean en riesgo de desaparación. Parte de culpa la tiene su dependencia de los grandes turoperadores que les limitan a la hora de ofrecer alojamientos, itinerarios y combinaciones. Por eso se ha visto un resurgir de las agencias, físicas o virtuales, que ofrecen viajes fuera de lo habitual: quedando para las clásicas la oferta de paquetes de vacaciones o los viajes del Imserso.

Es el caso de la agencia de viajes online Frikitrip que organiza viajes temáticos. ¿Qué eres fan de Doctor Who, de Harry Potter, Juego de Tronos, de los vikingos o de The Beatles? Pues ellos te organizan el viaje, los itinerarios y lugares a visitar: para que tu inmersión en tu serie, género o grupo favorito sea absoluto. Es justo de lo que hablábamos en Turoperador bibliotecario. Allí sugeríamos un servicio que ayudase a los usuarios a diseñar sus viajes en colaboración con su bibliotecario. No se trataba tanto de gestionarle la logística del viaje: como de proveerle de obras que tuvieran que ver con su destino para que su inmersión fuera mucho más rica.

Patti Smith polaroid en ristre

¿No deberían los responsables de Frikitrip ampliar su espectro e incluir a los amantes de la literatura, o añadir más tipo de cine o música? Una alianza Frikitrip-biblioteca sería todo un éxito. En lugar de aburridos selfies con la sirenita de Copenhague, el skyline de Nueva York o la Torre de Pisa: el álbum de fotos del viaje sería como los de Patti Smith (cuyo periplo por el Nueva York de los 70-80 bien daría para un viaje temático). Con las polaroids que la cantante-poetisa estadounidense ha hecho en sus viajes literarios se han llegado a montar exposiciones: desde unos cubiertos de Rimbaud, la cama y escritorio de Virginia Woolf, un pañuelo de William S. Burroughs o unas pantuflas de su amado Robert Mapplethorpe.

 

Cama y despacho de Virginia Woolf fotografiados por Patti Smith

 

BIBLIOTECA-GASTROMERCADO

 

La saga Sharknado: tiburones + tornados. ¿Quién da más?

¿Gastromercados y bibliotecas? ¿qué invento es esto? Estos crossovers empezaron con referentes del Hollywood de oro, y de seguir así, van a terminar como la saga Sharknado: mezclando tiburones con tornados. Pero todo tiene su explicación.

Si hay unos espacios públicos que han conocido y siguen conociendo un auge inusitado estos son los espacios gastronómicos. Rafael Ibáñez ya nos hablaba de las Gastrobibliotecas  hace cuatro años. En ese caso se trataba de bibliotecas especializadas en gastronomía. Pero dado que no todas las bibliotecas pueden tener cocina como la Biblioteca del Fondo en Santa Coloma de Gramanet: tal vez sea el momento de ir un poco más allá

Guste más o menos: el lobby estudiantil ejerce una presión constante. Por eso, mientras que se siguen ensayando fórmulas para hacerlos usuarios más activos de colecciones y servicios: ¿por qué no atender a sus necesidades más primarias?

Durante épocas de exámenes prácticamente viven en la biblioteca. En ciudades medianas y grandes la imagen de grupos sentados en las escaleras, en las zonas comunes o en la calle (en el caso de que no haya sitio dentro del edificio) con sus tupper resulta de lo más habitual.

 

 

Simplemente se trataría de copiar lo que ya están haciendo en algunas universidades. Iniciativas como Foodtopía 1.800w. en el Parque Científico de la Universidad de Murcia: es un ejemplo. Este proyecto de economía local resiliente (como le gusta denominarse) ofrece comida que une producción agrícola y distribución de alimentos local. Promoviendo un menú saludable, ecológico y a precios muy asequibles: servicios de catering del tipo Foodtopía 1.800w. podrían perfectamente proveer y promover la dieta saludable de los jóvenes ofreciendo sus productos en bibliotecas a mediodía. Y sería una opción tanto para estudiantes, como para individuos en riesgo de exclusión, para los que la biblioteca no es ya su segunda casa, sino prácticamente lo más cercano que reconocen como hogar.

BIBLIOTECA-CENTRO DE OCIO

 

Jane Austen + zombis: después de esto ya nada queda a salvo.

No vamos a llegar a proponer un parque de atracciones bibliotecarias, pero a un paso estamos. Si museos y otras instituciones respetables han optado abiertamente por la gamificación y por dotar a sus propuestas de un aura de espectáculo cuasi circense: las bibliotecas no pueden quedarse atrás.

El verano de 2016 fue el verano de la moda del Pokémon Go. Varios artículos e iniciativas se centraron en sacar rédito a dicha moda desde las bibliotecas. Un año después, pasado ese furor, la moraleja como siempre es la misma: no hay que correr detrás de la última zanahoria digital que nos ofrezcan. Las bibliotecas son milenarias, pueden tomarse su tiempo, sin dejarse agobiar por la sensación permanente de estar perdiendo algún tren con destino final a la obsolescencia.

“Desde lo alto de esas bibliotecas 43 siglos nos contemplan”.

 

No se trata de realidad inmersiva 4D es una obra del pintor hiperrealista Joel Rea

 

Robots y Tolstói: ¿qué puede salir mal?

Ya hablamos en Escapando de la biblioteca, escapando de los bibliotecarios de la moda de las escape room y sus posibilidades en bibliotecas, la cultura maker sigue ganando terreno, la robótica es un campo a tener en cuenta, y ahora toma el relevo a la realidad aumentada: la realidad inmersiva 4D. Una vez más, como toda novedad, habrá que tomársela con calma.

La empresa Broomx Tecnologies ha creado el primer sistema de proyecciones inmersivas 4D y vídeos 360 que no necesitan del uso de ningunas gafas y pueden disfrutarse en cualquier espacio. Recrear a personajes e historias de libros, películas o cómics en la sección Infantil y Juvenil, convertir al libro en el epicentro del que nace todo lo imaginable. Como con cada nueva maravilla tecnológica se corre el riesgo de quedarse con la atracción de feria y dejar aparte el contenido. Solo el tiempo y el desarrollo dirán lo útil que puede llegar a ser como aliado de la oferta bibliotecaria.

 

Cuando la Universal dejó que sus monstruos clásicos se cruzaran con las comedias de Abbott y Costello (los Pajares y Esteso de los 40 estadounidenses): la decadencia de los mitos del terror clásico se hizo imparable.

 

Se sabe cómo se empieza pero no cómo se acaba. Los crossover es lo que tienen. Podríamos seguir con cruces genéticos entre bibliotecas y otras instituciones y servicios: pero antes de que esto adopte tintes orgiásticos mejor dejarlo.

Y si arrancamos con parejas llenas de glamour cerremos con todo un clásico. La metáfora perfecta del crossover bibliotecario sería la pareja protagonista de Bola de fuego (1941) de Howard Hawks. El tímido y encantador erudito interpretado por Gary Cooper y la desinhibida cabaretera a la que daba rutilante vida Barbara Stanwyck. La calle irrumpiendo en la academia y trastocándolo todo. No hubo segunda parte, así que no podemos saber cómo fue el resultado de tal cruce genético: pero es muy posible que fuera equiparable a una idea de biblioteca cercana a lo que hemos propuesto aquí.

 

Vicios privados, públicas virtudes…bibliotecarias

 

En una biblioteca de Zaragoza la policía detuvo a un usuario que desde hacía tiempo se dedicaba a fotografiar piernas de mujeres bajo las mesas de estudio. La actitud sospechosa detectada por la que iba a ser la próxima retratada llevó a la detención del voyerista. No podemos saber si el mirón habrá visto la película japonesa Love Exposure (2008) pero su modus operandi así podría indicarlo.

 

Una de las surrealistas escenas de Love exposure (2008) de Sion Sono

 

Yu, el inocente adolescente protagonista de este delirio en celuloide, abrumado por la estricta educación católica de su progenitor: decide darle la razón a su padre y ser un pecador en toda regla. Para ello se somete a un duro entrenamiento (la escena de su aprendizaje no tiene desperdicio) para ejercer como fotógrafo ninja de panty shots. Es decir: fotos robadas de la ropa interior de las chicas. Su gran pericia y destreza lo convierten en toda una celebridad. Y hasta aquí podemos contar de una cinta de culto de la que es difícil hacer spoiler: tal es el grado de disparate que alcanza su trama.

Las deliciosas portadas vintage de temática bibliotecaria. La notación Dewey (sexualidad) y el texto lo dejan claro: “Todos en la biblioteca tenían su número”

 

Pero volviendo a Zaragoza, salvo la noticia puntual en la crónica de sucesos, es difícil que el émulo maño del héroe de Love exposure llegue a alcanzar fama alguna. Se quedará como un incidente nimio que desde luego no es extraño al mundo bibliotecario.

Los mirones de biblioteca son una especie habitual. Lo que sorprende es que a estas alturas algo propio de la España del landismo siga practicándose. Pero allá cada uno con sus fetichismos y vicios: siempre que no atenten a la intimidad ajena (como en este caso) que cada uno los lleve como pueda.

Pero no va tanto de vicios de los usuarios este texto como de los vicios (algunos involuntarios, otros no tanto) en que incurre en ocasiones la profesión.

 

Job Webb ha ejercido diversas responsabilidades en bibliotecas del ámbito universitario londinense. En la reunión de 2016 de la Academic and Research Libraries Group presentó una ponencia bajo un título sugerente: Los siete pecados capitales de la biblioteconomía. Algunos a los que hacía mención se pueden extrapolar a cualquier tipo de biblioteca:

  • centrarse en las necesidades de las bibliotecas o bibliotecarios y no en la de los usuarios
  • falta de actualización y de desarrollar aprendizajes (o dicho con otras palabras: apoltronarse)
  • exceso de escrúpulo a la hora de aplicar las reglas e inflexibilidad en general.

No vamos a cargar a la profesión bibliotecaria, en exclusiva, con unos pecados que fácilmente se pueden encontrar en muchas otras profesiones. Pero sí cabe añadir otros que, en algunos casos, revisten la categoría de capitales. Podríamos enumerarlos directamente: pero ¿qué necesidad hay de “hacer amigos” si podemos recurrir al testimonio de los propios pecadores?

De 2013 a 2015 estuvo activa la cuenta de Tumblr: Librarian shaming (Vergüenzas bibliotecarias). En este blog, profesionales de bibliotecas, confesaban los pecados de pensamiento, palabra, obra y omisión que cometían en su día a día laboral. Quedaría bien decir que lo hacían en acto de contrición: pero lo cierto es que, en la mayoría de los casos, no se detectaba propósito de enmienda alguno. A las pruebas (en forma de texto y fotos) nos remitimos.

 

No tengo ningún deseo de leer cualquiera de los libros de Harry Potter!

 

“Algunas de nuestras políticas de préstamo de la biblioteca son una mierda completa, así que cuando un usuario necesita algo que se supone no se puede prestar (por ninguna razón legítima discernible) lo modifico y lo presto de todos modos. Que le jodan al hombre y sus espeluznantes políticas de exclusión.” 

 

Robo la mayoría de libros digitales que leo.

 

 “Voy a los rincones aislados de la biblioteca para ventosear mientras ordeno estanterías”

 

“Soy bibliotecario infantil y odio las canciones infantiles”

 

Mis libros SIEMPRE ESTÁN SOBREPASADOS (incluso mis préstamos interbibliotecarios)

 

“Admito que estoy celoso cuando el jefe y algunos de mis compañeros salen de marcha por los clubes y nunca me invitan.”

 

“Si un usuario llega cuando quedan minutos para cerrar la biblioteca preguntando si tenemos cierto DVD, hago como que lo busco, y le digo que está perdido. Los DVD no tienen una ordenación concreta y me niego a esperar que lo busque mientras yo espero. Han tenido el resto del día para venir, que respeten mi horario. Bastante mal pagado estoy para el tiempo que trabajo.”

 

Prefiero leer libros digitales que libros en papel. Amo mi Kindle

 

“En ocasiones estoy jodidamente aburrido en mi biblioteca. Soy el jefe”

 

Latigazo, el bibliotecario!

En esta pequeña muestra, hay confesiones que pueden considerarse pecados veniales, otras en cambio, ni siquiera faltas. Cada uno, según su sentido de la moral, clasificará a unas u otras en la correspondiente categoría: pero hay dos que deberían clasificarse como capitales sin medias tintas. Es difícil pensar en penitencias cuando cuesta creer en el concepto de pecado: pero en estos casos ejerceríamos, sin dudarlo, de jueces aplicando gustosos las condenas.

La bibliotecaria, que oculta tras un lector de libros electrónicos, reconoce recurrir a la piratería para sus lecturas; y el director de una biblioteca que se queja del “jodidamente aburrido” trabajo en su biblioteca.

No vamos a ser hipócritas: en los albores de las descargas de contenidos digitales, quien más, quien menos, incurrió, bien por obra u omisión (esa música, esa película, ese libro que nos pasa un amigo, y sobre el cual, no preguntamos la procedencia) en descargas ilegales. Pero a estas alturas de la película: el bibliotecario que no haya comprendido que los intereses de los creadores y de las bibliotecas van de la mano (y viceversa): es un tarado o le importa bien poco la cultura para la que se supone trabaja. Y respecto al segundo pecado capital, ser jefe de una biblioteca y aburrirse, tiene fácil solución: dimitir. No más bibliotecarios jurásicos desgastando poltronas: para eso ya tenemos a los políticos.

 

Un libro como escondite para los vicios: en este caso el de la buena lectura y el del buen whisky,

 

En 2015 dejó de funcionar el blog y no por falta de pecadores. En la declaración de intenciones sus creadores manifestaron su deseo de convertirlo en un foro divertido en el que los bibliotecarios, anónimamente, desvelaran sus pequeños vicios y así obtener la conmiseración de sus colegas. Y ese es el espíritu que se detecta en sus inicios, pero en los años que van del 2013 al 2015 (con el discurso hater afianzándose cada vez más en las redes sociales) se empieza a advertir en algunas confesiones: una desidia, cuando no directamente un desprecio, hacia las bibliotecas que hizo que la diversión se esfumase.

El triunfo de la sinceridad como valor supremo, en esta época “desilustrada” que estamos viviendo, junto al anonimato: puede que tuvieran mucho que ver con su extinción. La mala educación, la falta de pericia en el manejo inteligente de la ironía, la pose descreída confundida con perspicacia: son los componentes de esa nueva sinceridad, que se blande como una virtud, cuando no es más que una muestra de inseguridad, grosería y pereza mental. Y de este modo el divertido confesionario digital de Librarian shaming iba camino de convertirse en un escupidero.

El extinto (en papel) suplemento “Tentaciones” de “El País” incluye El manual del hater que, en este caso con gracia, explota la tendencia que arrasa en las redes. La sección se encabeza con la frase “Cómo odiar correctamente a…” y en la diana, tras esos puntos suspensivos, se sitúa algún tema que cotiza alto en la escala de valores cool para ser machacado a conciencia. Dada la buena consideración que, en general, parecen tener las bibliotecas para la cultura hipster no estaría de más que un día, tras esos puntos, situasen a las bibliotecas/bibliotecarios antes de pasar el relevo a la siguiente tribu cultureta.

 

Cigarrillos de marihuana escondidos en un libro en la década de los 40.

 

Pero un ejemplo de que no hace falta abusar de la ironía, ni de la sinceridad como eufemismo de grosería para dejar en evidencia a los hipócritas: lo dio hace unos meses la bibliotecaria estadounidense Margaret Howard en un tuit. Fue con ocasión de la celebración de la National Library Week que Ivanka Trump, relaciones públicas del patán de su padre, quiso ensalzar a las bibliotecas y bibliotecarios por su contribución al conocimiento y el aprendizaje: y una vez más la verdad a secas, que no posverdad, sirvió para desarmarle la pose.

 

Esta Semana Nacional de las Bibliotecas, nosotros honramos a nuestras bibliotecas y bibliotecarios por abrirnos los ojos al mundo del conocimiento, el aprendizaje y la lectura!

Tu padre quiere recortar todos los fondos federales pero gracias por el tuit. #SaveIMLS (Salvemos al Instituto de Servicios Bibliotecarios y Museos)

 

Dada la poca sutileza de los tiempos que corren: ahora, igual que siempre, el antídoto contra la hipocresía no es el mal uso de la sinceridad sino el ejercicio de la libertad de pensamiento. Y para terminar, un vicio que se hace virtud en este blog: acabar con música.

Los protagonistas del magnífico vídeo que el colectivo de realizadores franceses Megaforce ideó para el tema Sacrilege del grupo Yeah, Yeah, Yeahs: encajarían a la perfección en el tipo de votante que ha aupado a Trump al poder. Pero lo cierto es que fue rodado en plena era Obama. Con un cierre así sobran puntos suspensivos en los que escribir lo que hay que aprender a odiar correctamente.

 

Déjà vu de biblioteca

 

“Yo soy grande, es el cine el que se ha hecho pequeño”

Norma Desmond en El crepúsculo de los dioses (1950) de Billy Wilder

 

El pasado convertido en presente y viceversa en una joya de la ciencia ficción reciente.

Nos están escamoteando el presente. La industria de la nostalgia funciona a plena máquina desde hace unos años: y las bibliotecas actúan como antídoto y veneno, al mismo tiempo, de esa explotación mercantilista del pasado.

Yo fui a la E.G.B., la serie-homenaje a los 80 Stranger things, los vídeos de La bola de cristal, la reedición de los cómics de Esther y su mundo, la celebración de los 20 años de series como Al salir de clase o incluso de los 15º aniversario de Operación Triunfo. Si en los 80 un grupo prefabricado como La década prodigiosa vendía discos a costa de la nostalgia de los que habían sido jóvenes en los 60, los 70, y más adelante, hasta en los 80 (lo que da una idea de lo rentable que les ha salido): ahora la nostalgia ya se fomenta hasta en los que tienen 15 años con respecto a cuando tenían 10.

 

El póster de la serie Stranger things convenientemente avejentado por Netflix para reforzar su aire nostálgico.

 

En una entrevista reciente el escritor Antonio Orejudo, ante el lanzamiento de su novela inspirada en Los Cinco de Enid Blyton, decía que “la nostalgia en literatura acaba corrompiéndose y oliendo mal“. Y aquí añadimos que no solo en literatura. Se empieza idealizando los 50, los 60, los 70 o la época a la que correspondan los años de juventud: y se termina con lo de que cualquier tiempo pasado fue mejor. El presente va tan acelerado que el único valor seguro parece el pasado: y ahí están al quite los guardianes de las esencias, que en el mundo son, para convencernos de que les votemos y así recuperar ese tiempo perdido sin que pinte nada Proust en todo esto.

Si la juventud es el valor supremo de la sociedad de consumo desde los 60, una vez superada la franja de edad (cada vez más ensanchada) de los años que se identifican con la juventud: lo que te toca es vivir en un permanente revival que nos reafirme en que ya no se hace ni música, ni literatura, ni cine, ni arquitectura, ni televisión (bueno en esto último, para bien y para mal, es verdad) como la de antes. La memoria nos engaña y gracias a esta industria de la nostalgia nos hace vivir en un continuo déjà vu.Y es aquí donde deben entrar las bibliotecas. Pero antes: un inciso para el recuerdo.

 

El personaje de Julieta Serrano en el clásico Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988): enajenación mental, nada transitoria, por el pasado.

 

En el blog Centuries of sound su creador, James Errington, se ha propuesto crear recopilaciones de sonidos que sirvan para identificar los años de todo un siglo. El proyecto es ambicioso. Partiendo del año 1859 Errington va publicando en el blog sus montajes sonoros en los que combina, no solo músicas célebres de los años elegidos, sino también sonidos urbanos, discursos, diálogos, anuncios publicitarios y archivos sonoros de lo más dispar que sirven para situarse sonoramente en el año seleccionado. Por ahora lleva publicadas nueve recopilaciones: las que van de 1859 a 1893 y la de 2016. Poco a poco irá completando los años que quedan en medio:confeccionando así un atlas histórico sonoro de siglo y medio.

 

 

Tal vez la sonora, junto con la olfativa, sea el tipo de memoria que más rápidamente nos ubica en el pasado, en un momento concreto que hemos vivido o hemos creído vivir. Nunca hay que ignorar los muchos trampantojos que los sentidos urden para confundir nuestros recuerdos.

“Una noción de que un periodo de tiempo diferente, es mejor que el que estamos viviendo. Es una falla en la imaginación romántica de esas personas, que encuentran difícil lidiar con el presente.”

 

La maravillosa película El pasado (2013) de Asghar Farhadir.

Con esta frase el protagonista de la deliciosa comedia de Woody Allen, Medianoche en París (2011), asume que su deseo de vivir en otro tiempo no es más que una excusa para huir del presente. Nada hay más triste que alguien mayor de 40 se refiera como a “su época” como los años de juventud. Mientras estemos vivos es nuestra época y si bien las obligaciones, los problemas y las responsabilidades nos dejan menos tiempo para nuestras aficiones: no por eso estamos obligados a dejarnos llevar por la apatía.

Pero no seamos cínicos, en las bibliotecas la explotación de la nostalgia da muy buenos rendimientos en las estadísticas de préstamos. Como contrapartida es de justicia que sean también las bibliotecas las que ayuden a actualizarse a sus usuarios. Si el día a día no te da respiro para seguir atento a nuevas músicas, literaturas o cinematografías: para eso están las bibliotecas. Renovarse o morir culturalmente. That is the question. Y como no podía ser de otro modo desde la Biblioteca Pública de Nueva York llega una iniciativa muy estimulante.

 

Si hace poco hablábamos de fanzines y lo que pueden estos aportar a una biblioteca: en la biblioteca de NY han creado un fanzine, Library Zine!, hecho por los propios bibliotecarios de la red de la ciudad. El “Háztelo tú mismo” por un lado que preconizan los fanzines, y la inmediatez y libertad de contenidos en formato bibliotecario.

La montaña de nuevas funciones con que los tiempos está sobrecargando a la profesión (que si community manager, que si animadores socio-culturales, que si monitores de makerspaces, que si creadores de narrativas transmedias… y así hasta el infinito) se podría resumir en una sola denominación: profesional de la cultura. ¿Qué cómo se define eso? con la misma laxitud que muchas de esas otras denominaciones.

En definitiva de lo que se trata es de estar (y ser) inquieto culturalmente, no solo en tecnología, sino en la materia con la que se trabaja cada día: la cultura. Para luego saber transmitirlo mediante productos diseñados para los usuarios. El Library Zine! neoyorquino nace con la idea de explorar y experimentar para mejorar los servicios de las bibliotecas a través de la creatividad: ojalá lo consiga y genere nuevas formas de interacción con los usuarios.

Y en un alarde de incoherencia marca de la casa: cerramos con una de las exaltaciones del recuerdo y la nostalgia más bellas que se hayan filmado jamás. Se trata del final de la magnífica adaptación de Los muertos de James Joyce por John Huston en su película Dublineses (1987). Y atención a partir de aquí no se puede llamar spoiler: es que directamente reventamos la película a cualquiera que no la haya visto.

Tras una fiesta de Navidad en casa de las tías de su marido, la protagonista interpretada por Angelica Huston, se queda absorta al escuchar una música cuando se dispone a marcharse. Su marido intrigado, una vez de vuelta en su hogar, le pregunta el porqué de su ensimismamiento tras escuchar la canción. Entonces su esposa le revela una historia de amor trágica que vivió en su juventud, que nunca había desvelado, y que guardaba en lo más íntimo. Una vez dormida su esposa, el marido mira por la ventana mientras nieva, y su voz en off nos transmite toda la belleza y tristeza del paso del tiempo y de los recuerdos silenciados.

 

 

Del bodybook a la zumba poética: entrenamientos de biblioteca

 

El lapso entre la semana pasada y la presente en este blog es como el surco de un vinilo: sirve de pausa pero cuando empieza a sonar la siguiente pista el estribillo viene a ser el mismo. Cerrábamos con Nietzsche convertido en fetiche pop y abrimos con un cruce entre Nietzsche y Schwarzenegger gentileza del dibujante Godoy. Filosofía y fitness. Esa filosofía que se extirpa de los planes de estudio de los jóvenes, y ese fitness que triunfa entre los que aspiran al olimpo de algún reality de Telecinco.

En la Academia ateniense el cultivo de la mente y el cuerpo se complementaban en pos de un equilibrio. En las academias más concurridas de nuestro tiempo se preparan oposiciones para funcionario. Por eso la imagen halterófila del filósofo que reflexionó sobre el superhombre (el übermensch no el que vuela en pijama con capa) es la mejor entradilla para demostrar, aunque sea en este texto, que el cultivo de cuerpo y mente no son excluyentes, sino todo lo contrario.

Gimnasia para escritores de Eliza Clark

No sabemos el momento histórico exacto en el cual el cultivo de la mente y el cuerpo se deslindaron de tal manera: que el ejercicio físico y el intelectual parecieran casi antagónicos. Debió ser por la Edad Media con la demonización de la carne que trajo la Inquisición y la separación entre cuerpo y espíritu que tanto daño nos sigue haciendo. Pero lo cierto, es que entre el gymnasion griego, y el bodypump, el spinning, el bodybalance o la zumba de los gimnasios actuales: pocas similitudes se encuentran.

De ahí que la figura del intelectual siempre se asocie a un individuo de expresión interesante (si no fuma en pipa en la foto de la contraportada, que ya anda en desuso, sí al menos con gafas), para el que las cuestiones del ejercicio físico quedan muy lejos de sus intereses. Y como todo tópico, sólo hace falta repasar a algunos de las figuras literarias más relevantes, para que la figura de sedentarismo que se asocia a los escritores se desarme por completo.

El ejemplo más significativo, por actual, sería el de Murakami. El escritor japonés relaciona su gran afición por correr con la creación literaria en su obra: De qué hablo cuando hablo de correr. Para Murakami escribir es una labor física, y a la inversa, el ejercicio físico es algo espiritual. Si a lo largo de la historia no han sido pocos los creadores que han buscado abrir las puertas de su percepción a través de las drogas; el deporte, puede llegar a ser una mejor forma de abrir la mente a otros niveles.

Montaigne ya habló de la importancia del ejercicio físico, como parte indisociable del desarrollo personal. Y bien por seguir esta máxima, o por dar salida de manera física a tantos demonios internos: la relación entre los literatos y la práctica deportiva es más fecunda de lo que pudiera parecer.

Hemingway embelesado en lo macho que resultaba.

Jack Kerouac, atleta universitario.

Desde Hemingway que fiel a su exaltación de la virilidad se volcó en la práctica del boxeo; Julio Cortázar fue un aficionado al tenis; Milan Kundera rompió el estereotipo de intelectual enclenque al sumar a su ya de por sí envergadura física, la práctica del levantamiento de pesas; Jack Kerouac ganó una beca en la Universidad de Columbia para jugar al fútbol americano; o la mismísima Agatha Christie, fue pionera en practicar el surf en las playas de Ciudad del Cabo o Honolulu.

Claro que si hablamos del deporte rey, el asunto convoca a muchos más nombres (¡ojo! escritores que jugasen al fútbol, no que escribieran o les gustase, que eso daría para muchos capítulos) entre los más significativos estaría Albert Camus.

El autor de La peste o El extranjero, que de no ser por la tuberculosis que le atacó a los 17 años, estaba decidido a volcarse profesionalmente al deporte que era su pasión. Y del balompié extrajo muchas de las conclusiones morales y de comportamiento que conformaron el ideario ético que luego transmitió a través de sus obras.

Y tantos, y tantos otros literatos para los que el ejercicio creativo formaba y forma un todo con el físico, nutriéndose de ambos a la vez. ¿Cuándo se podrá de moda en los gimnasios el bodybook, o el reading en circuito, el pilates literario o la zumba poética? Más de uno nos abonaríamos a esas clases.

 

Sentadillas ilustradas con peso libre: el mejor ejercicio para tener unos glúteos firmes y una cabeza bien amueblada.

 

La mancuerna definitiva o el aprovechamiento infinito de los libros.

En el post De los walking dead a los walking readers: se hace camino al leer íbamos más allá del gremio literario a la hora de abordar las armoniosas relaciones que pueden establecerse entre ejercicio físico y mental. Pero, ¿y el gremio bibliotecario? ¿a qué dedica el tiempo libre?

Lo sentimos por dejar que se cuele esta cita a José Luis Perales pero, sobre todo, por no tener conocimiento de ningún estudio al respecto desarrollado por ANABAD, ni la IFLA, ni Fesabid. Tendremos que recurrir a otras fuentes, bueno más que a una fuente a un manantial: internet.

De bibliotecas que promueven el ejercicio tenemos el ejemplo magnífico de la Biblioteca de Castilla La Mancha que en cuestión de días celebrará su 5ª Carrera del Día del Libro y la 4ª Subida y bajada a los torreones de El Alcázar. Pero para demostrar que el gremio bibliotecario rompe una vez más con los estereotipos en que, pese a todo, se empeñan en confinarlo: nada como las bibliotecarias roller girls.

 

En nuestro ámbito la medalla de oro de bibliotecaria sobre ruedas (lleve puestos o no los patines) sería para Ana Ordás: que cuando no está gamificando aquí y allá ejerce como monitora de patinaje en Madrid. De celebrarse algún día unas olimpiadas bibliotecarias que incluyeran esta disciplina sin duda sería nuestra representante.

En los Estados Unidos donde está más extendido este movimiento de las derbrarians (cruce entre derbi y librarians) la última en organizar un Roller Derby femenino ha sido la Biblioteca Pública de Cumberland County (Carolina del Norte) el pasado 1 de abril.

Jessica Zucker, roller girl bajo el alias de Lápiz de labios bibliotecario.

 

No es pionera en esto de asociar ruedas y bibliotecas más allá de carritos portalibros o bibliobúses. Hace unos años la Biblioteca de Deschutes en Oregón llegó a ofrecer descuentos a través del carné de biblioteca para las participantes en el derbi de roller girls que promovieron; e incluso completaban la participación haciendo que las patinadoras promocionasen la lectura comentado sus libros favoritos.

No todo está perdido. El superhombre/ la supermujer de hoy día, para serlo, tiene que romper con las tradiciones, desmarcarse del rebaño, evitar el resentimiento: tal y como exigía el culturista Nietzsche a su superhombre. Para conseguir todo eso en nuestros días no existe mejor aliado que recurrir a la cultura y, por ende, a las bibliotecas. Y además según anuncian esos oráculos de nuestro tiempo que son las revistas de moda: se acerca la temida operación bikini. Ya no hay excusa para poner en práctica la filosofía & fitness.

Biblior, la cultura está en el aire

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Según relatan los medios (así como de oídas no vaya a interpretarse que hemos mancillado nuestra mirada cultureta en canales generalistas) en las secciones dedicadas a televisión: uno de los éxitos más inesperados de la última temporada es el programa First dates (en inglés para disimular ese pelo de la dehesa que no se cae) presentado por Carlos Sobera en Cuatro.

Nunca se debe subestimar el afán exhibicionista del personal. No existe otra explicación 3yfha09mcuando aplicaciones como Tinder o Grindr te permiten ligar sin necesidad de someterte al escarnio televisado en caso de ser rechazado; y aún más en muchos casos, cuando resultas ser elegido. Pero allá cada uno a la hora de buscar pareja, que ya se sabe que la cosa no está fácil. El caso es que Tinder parece cada vez más posicionada para hacerse con el mercado del ligoteo digital; haciéndole frente a Grindr, la app que en realidad nació primero. Y es que los gais llevan décadas de adelanto al mundo hetero en eso de encontrar sexo (bueno quien quiera que ponga amor) en plan rápido.

 

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Recientemente Tinder anunciaba que va a incluir más opciones para designar el género de los usuarios en su aplicación. Así sus usuarios podrán elegir la opción de transgénero o cualesquiera otra que vaya surgiendo: el caso es que ningún roto quede sin descosido; y de paso ir comiéndole terreno a Grindr. Por el camino de explotar el ligoteo digital quedaron aplicaciones como Spotted, que hace unos años alguna revista femenina promocionaba como la app para ligar en la biblioteca, para féminas hartas de los especímenes clonados en gimnasios a imagen y semejanza de infumables programas televisivos. Pero cuando hasta el Vaticano lanza una app para localizar el confesionario más cercano y así ganar feligreses: lo de apps para bibliotecas se ha quedado ya corto, hay que dar un paso más allá.

 

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Ya lo decíamos en Little Big data en bibliotecas, habría que explotar más en detalle los datos que atesoran en sus bases de datos las bibliotecas. [Alerta de ida de olla con posibilidades reales]. Debería ver a luz: Biblior, la aplicación para conectar gracias a gustos culturales: una app que combinase geolocalización con los gustos que delata el historial de usos que tenga el carné de los usuarios de la biblioteca.

Tanto los clubes de lectura, como los talleres o demás actividades pueden estar bien para relacionarse y conocer gente, pero si las bibliotecas se adaptan a todo lo que está surgiendo en el mundo digital: ¿no lo van a hacer también en este aspecto?

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Bon Iver+Blankets = combinación infalible para seducciones culturetas

Indudablemente tendría muchas ventajas. En el caso de una filtración masiva de datos como la que aconteció no hace tanto con el famoso portal Ashely Madison: las coartadas serían mucho más respetables. Que los motivos para ser infiel hayan surgido por encontrar a alguien que adora leer las novelas gráficas de Craig Thompson mientras escucha temas de Bon Iver: ¿dónde va a parar? De eso cualquiera puede hacerse cargo.

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Unos cuernos culturales motivados por la combinación Blankets+For Emma de Bon Iver: ¿duelen menos que unos por la combinación 50 sombras de Grey+Enrique Iglesias? Puede que incluso duelan más, pero al menos nuestro buen gusto “cultural” al elegir pareja queda indemne.

 

Pero mientras alguien se decide a tomarse en serio lo de crear algo similar a Biblior, pero477757_10150661282908357_1257499363_o a ser posible dándole un nombre mejor, la app para bibliotecas que demuestra que el amor por la cultura está en el aire: tomemos nota de la biblioteca pública de la ciudad australiana de Mount Gambier.

No es que tengan ninguna app para el asunto que nos ocupa, pero su programa Singles Mingle cumple las mismas funciones trasladando la mecánica del programa First Dates a las instalaciones de la biblioteca. La biblioteca de la segunda ciudad más poblada de la Australia meridional lleva años organizando eventos nocturnos que incluyen cena, bebidas, juegos y música en vivo para amenizar las ya de por sí amenas citas rápidas entre adultos. La confidencialidad impide saber si las conversaciones se centrarán en los gustos culturales de los participantes como criterios de selección, pero sería lo propio.

 

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El Singles Mingle de la Biblioteca de Mount Gambier en todo lo suyo.

 

No podemos saber si fue el caso de Dee y Simon, usuarios de la biblioteca, que gracias a estos encuentros terminaron casados. Además su historia de amor, adornada o no, es de esas que siempre quedan estupendas para contar: los dos sintieron una conexión inmediata pero olvidaron tomarse los datos. Más tarde tuvieron que recurrir al personal de la biblioteca para volverse a ver.

Bibliotecarios casamenteros, otra vía de futuro para la profesión. El caso es que el día de su boda, los dos enamorados no pudieron más que incluir en su tour fotográfico a la biblioteca: el lugar en el que todo empezó.

 

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Dee y Simon haciendo el álbum de la boda

 

friend_speed_dating_sign_4Y no sólo en Australia, donde las grandes distancias puede que hagan más necesario propiciar los encuentros para emparejarse; también en otro país con grandes distancias como es Canadá: se practican estas citas rápidas en las bibliotecas.

Concretamente en la Biblioteca Pública de la ciudad de Kitchener en Ontario, en la que incluso han publicado toda una guía de lo más detallada para quienes quieran poner en práctica algo parecido en sus centros. En la crónica que hizo de la experiencia Karissa Alcox, bibliotecaria de Kitchener, detallaba algunos puntos a tener en cuenta:

  • incluir juegos que sirvan para romper el hielo
  • en su caso se dirigió a jóvenes de 20/30 años que suelen tener más dificultades para hacer nuevas amistades una vez abandonan la universidad
  • por supuesto incluir café y algo para tomar
  • organizar la rotación de los asistentes para que todo el mundo coincidiera con todo el mundo
  • el resultado no puedo ser más satisfactorio: 29 jóvenes de entre 20 y 30 años, muchos de los cuales nunca habían participado en actividades de la biblioteca, y que intercambiaron teléfonos para seguir reuniéndose.

 

¿Consejos interesantes a poner en práctica el próximo 14 de febrero? Habrá a quienes organizar este tipo de eventos en una biblioteca les chirríe, pero si tanto se postulan como alternativa al mundo digital, como centros para la socialización, para la interconexión entre personas: ¿por qué no ejercer de celestinas? Eso sí, celestinas culturales.

La ONG Sandy Hook Promise acaba de lanzar una campaña que se ha hecho viral gracias a su vídeo titulado Evan. Lo tiene todo para complementar lo que aquí contamos: se narra una historia de amor en una biblioteca. Nada nuevo en principio. Pero un giro argumental al final nos hace pensar que tal vez, pese a las reticencias que algunos puedan albergar: promover este tipo de actividades en las bibliotecas haría que ciertas cosas no pasasen, y tuviéramos más finales felices.

 

 

Golpe de estado cultural en ciernes

Los tiempos están cambiando, una obviedad para cualquiera que viva mínimamente la actualidad. Y no, esto no va de Bob Dylan, bastante se está hablando ya del flamante nobel para decir algo más por aquí. Esto va del asalto a los cielos, pero tampoco del asalto a los cielos marxista, ni desde luego del remix vintage de Pablo Iglesias. Esto va del asalto a los cielos culturales que se está gestando sin que muchos se den cuenta.

 

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Guerras bibliotecarias, la adaptación al cine del manga homónimo. En una sociedad cuyos medios están totalmente controlados por el poder, los bibliotecarios toman las armas y se atrincheran en las bibliotecas para defender la libertad de expresión y pensamiento.

 

Ya en el post La lectura todo lo magnifica nos hacíamos eco de un momento televisivo de esos que pasan totalmente desapercibidos, pero que los empeñados en leer las señales  jamás cometemos el error de subestimar. En el pasteloso programa de entrevistas hogareñas de Bertín Osborne, el hijo de Ana Obregón defendía su amor por la filosofía y los libros en estos términos: “Yo creo que la filosofía te enseña a pensar, por así decirlo a ser, a tener autonomía en tus pensamientos, no depender de los valores y principios que rigen la sociedad […] encontré un refugio en los estudios, a mí me apasionan los libros.”

Y tan sólo unas semanas después, en la misma cadena en la que según el famoso meme se suicidan los libros: en el único programa que se puede considerar seudocultural de su parrilla, Pasapalabra, el ganador del bote más grande de su historia se lo llevó un poeta.

 

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David Leo en el momento de ganar el rosco de Pasapalabra

 

Pero lo más impactante del hecho no fueron los 1.866.000 euros que se llevó a casa (bueno lo que Hacienda le deje llevarse) fueron sus declaraciones sobre lo que va a hacer con dicha cantidad lo que resultaba más revolucionario. David Leo, que así se llama el ganador, quiere invertir lo ganado en viajar a Japón con su novia (hasta ahí nada que se salga de lo habitual) montar una librería-café, una academia de “saberes inútiles” para que especialistas en humanidades tengan un espacio de intercambio y comunicación, y centrarse en su carrera literaria.

¿Puede hacerse una declaración de intenciones más incendiaria en la cadena de programas como Gran Hermano, Sálvame Deluxe o Mujeres, hombres y viceversa? ¿Telecinco mecenas de las humanidades? Tampoco suena tan marciano, cuando hasta la propia Mercedes Milá está enfrascada en sacar adelante un programa sobre libros bajo el auspicio de Mediaset.

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Ouka Lele fotografiando el Olimpo de Telecinco

 

Táchenlo de paranoico, de ida de olla, de querer ver donde no hay, pero es muy posible que se esté gestando un golpe de estado contra el sistema cultural tal y como lo conocemos en la actualidad. Una subversión de los artríticos esquemas del entretenimiento de masas, un cambio de sentido que arrastre la estulticia que bulle en las redes, y deje flotando todo lo bueno que pulula por la red. Y este golpe de estado provendrá como todos del hartazgo, la saturación, el aburrimiento.  Pero no se manifestará con la rabia de un escupitajo punki, ni con la rancia pana de los cantautores, ni con las flores en el pelo de los hippies: la subversión vendrá desde dentro y casi sin pretenderlo.

Se está fraguando con tipos como David Leo, que no tuvo complejo alguno en convertirse en concursante cuasi profesional de televisión; se cocina a fuego lento en las librerías que pese los agoreros aún abren en muchas ciudades, en las editoriales con propuestas innovadoras; en los cineclubes; y en las bibliotecas, también en las bibliotecas. Pero sólo en las que se dejen hacer.

¿Qué quiere decir eso de dejarse hacer? Pues de lo que va a ir el próximo Congreso de Bibliotecas Públicas que se celebrará en Toledo los días 16 y 17 de noviembre. Uno de los temas que prometen resultar más interesantes es el relativo a los makerspaces, los talleres en los que todo tipo de público tiene acceso a tecnología y equipamientos para fabricar, idear y diseñar prototipos. Un laboratorio abierto a la experimentación, un conciliábulo en el que puede que se termine de diseñar ese golpe de estado cultural que trastoque las cosas.

Volviendo a las señales que hay que estar atento para percibir, en un producto cultural tan mainstream y estandarizado como puede ser un vídeo de Justin Bieber, hay toda una lección de futuro aprovechable desde el mundo bibliotecario.

En 2015 el ídolo de adolescentes daba un vuelco a su estilo musical en un intento de afrontar su evolución hacia un público más adulto. Para su tema Where are Ü now?  rodaron un vídeo en el que fans del cantante tomaban al asalto una galería de arte de Los Ángeles. Las paredes de la galería estaban llenas de fotos de su ídolo, y los fans tenían a su disposición todo tipo de pinturas y rotuladores para intervenir cómo mejor les pareciera la imagen de la estrella. El resultado de todas esas intervenciones terminó convirtiéndose en animaciones sobre la imagen del cantante en el vídeo.

 

 

Bieber, un ídolo 100% millennial como gusta llamar a los nacidos tras los 80, iluminando el camino. Tres años antes, en su gira de 2012, otra estrella musical proveniente de la era pre-Internet como Madonna, se dejaba escribir con rotulador palabras reivindicativas por parte de sus fans directamente sobre su espalda desnuda. Si quieres significar algo (como estrella o como institución) déjate hacer.

¿Tendrán esa capacidad muchos bibliotecarios y bibliotecas? Algunas decididamente lo intentan. Es el caso de Biblioteca Pública Fond du Lac (Wisconsin), primero cedieron las tarjetas de la biblioteca para que los usuarios las interviniesen e hicieran con ellas collages que lucir en sus paredes, y ahora lo cambian por un proyecto colaborativo para que desarrollen un fanzine aprovechando los medios y espacios de la biblioteca. El medio cultural más alternativo y contrahegemónico desarrollado desde una bilbioteca.

 

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Rolo o collage realizado por los usuarios con las tarjetas antiguas de la biblioteca

 

El lema contracultural Do it yourself (Házlo tú mismo) lleva extendiéndose por el mundo bibliotecario anglosajón desde hace tiempo, y no sólo en lo que se refiere a los makerspaces. Es una forma habitual de denominar a los tutoriales de las webs de muchas bibliotecas. Por ejemplo en la web de la Biblioteca de la Universidad de Oregón tienen la sección Library DIY (Biblioteca Házlo tú mismo) básicamente una Ayuda detallando las informaciones que precisas para ser autónomo a la hora de manejarte con sus recursos.

 

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El Do It Yourself de la biblioteca la Universidad de Oregón

 

No deja de ser irónico que Do It Yourself se considere un lema contracultural, cuando es lo que llevan haciendo muchos bibliotecarios desde el principio de los tiempos. Aunque ha sido durante estos años de crisis cuando la cosa ha llegado al paroxismo.

Durante los años de bonanza la megalomanía de algunos ¿responsables? políticos les llevó a erigir grandes infraestructuras culturales que una vez hecha la pertinente foto para los medios, quedaron a merced de unos presupuestos anémicos. Instalaciones estupendas, emblemas arquitectónicos para sus ciudades que los discretos bibliotecarios tenían que llenar de contenido con los mínimos recursos. Tal vez por eso, y no por una decisión estética voluntaria, muchos de las soluciones decorativas tienen no pocas semejanzas con la estética propia de un centro escolar o resultan “adorablemente” demodé.

 

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Saloncito vintage en la Biblioteca Regional de Murcia

 

Y así la limpieza de formas y líneas que el prestigioso arquitecto de turno ideó para deslumbrar a los ciudadanos, conviven con carteles en cartulina, contenedores decorados con papel maché o centros de interés forrados con papel de colorines comprados en un chino. No cabe mejor imagen para expresar el contraste entre los sueños cosmopaletos de algunos y la gestión cotidiana de la cultura a pie de calle que ejercen, entre otros, los bibliotecarios.

Pero precisamente ese es el espíritu. Los millenials adoran el Do It Yourself, y las bibliotecas lo llevan practicando desde siempre. El éxito entre las nuevas generaciones de la estética ochentera está detrás de todo esto, el hacer las cosas con cuatro duros auxiliados por las grandes posibilidades que ofrecen las tecnologías. Donde no alcance el dinero, que llegue el ingenio y la ironía. Sólo así se puede sobrevivir mientras se va gestando este golpe de estado cultural que estamos promoviendo desde dentro del sistema.

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La estética propia de la música vaporware se alimenta de los referentes del pasado, de los primeros ordenadores y del pop más pasado de vueltas de los 80.

 

Y para cerrar con una demostración práctica, nada mejor que un poco de electro-disgusting del dúo barcelonés Las Bistecs. Se dieron a conocer poniendo a caldo el mundo del arte, eso sí insistiendo en que no nos la tomásemos en serio; y en este vídeo además de dar ejemplo de maximizar recursos, morro mediante, nos dejan una honda reflexión: “no tengas fe en el progreso, aunque luego vayas preso“:

 

El tiempo en nuestras manos

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Harold Lloyd con el tiempo en sus manos en 1923, y así estamos un siglo después, más colgados que nunca del reloj.

 

En la isla canaria de La Palma hay un túnel que los palmeros bautizaron como el tunel del tiempo. Y no, no tiene nada que ver con H.G. Wells sino más bien con la peculiar climatología isleña. Dado el microclima del archipiélago accedes al túnel en un día soleado y de cielos azules, y tras recorrer los escasos metros que lo forman: te encuentras en un  día nublado y lluvioso. Pues bien, en algún punto de ese túnel es donde tienen que situarse las bibliotecas hoy día.

Y desde ese lugar impreciso del tránsito ¿qué es lo más valioso que las bibliotecas pueden ofrecer al público? Algo obvio una vez dicho lo anterior: simplemente tiempo.

En la web BingeClock te ofrecen la posibilidad de saber exactamente cuánto tiempo de tu vida vas a invertir cuando decides ver una serie completa. Por ejemplo, y hablando de series ya finiquitadas, la clásica Los Soprano supone una inversión de 3 días y 14 horas para completarla de un tirón, The wire supone 2 días y 12 horas y Breaking bad 2 días y 14 horas. Francamente en estos tres casos, es tiempo aprovechado. Aunque esto de cronometrarnos hasta el ocio empieza a resultar de lo más agobiante.

 

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La Tardis de la serie Doctor Who, un clásico de la ciencia ficción sobre viajes temporales de la televisión británica, que cada vez tiene más predicamento entre fans españoles. A más de uno le gustaría una tardis para remediar lo del Brexit.

 

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La cubierta desgastada y avejentada de este ejemplar de Momo de Ende es la mejor medalla que puede colgarse una biblioteca.

Javier Marías, en su columna de El País Semanal de hace una semana, hablaba de la diferente percepción del tiempo de cuando él era joven en comparación con la actualidad. Cualquiera que no sea un niño, sabe que los años no pasan igual según la década vital en la que estés instalado; pero la modernidad ha conseguido el prodigio de igualarnos a todos con un ritmo que supera generaciones. Y ese ritmo es cada vez más de vértigo.

Lo sentimos por Momo (y sobre todo por nosotros) pero la protagonista del libro de Michael Ende no consiguió su cometido, y los ladrones de tiempo con sus gadgets, redes sociales y demás distracciones han ganado la partida y nos han robado el tiempo. El eslogan de la primera ola digital era la información es poder, pero ya ha caducado. El tiempo es lo más valioso, lo más deseado y lo más escaso. Por eso cualquier servicio público (o privado) que aspire a sobrevivir a esta revolución digital lo primero que tiene que ofrecer a sus clientes es tiempo.

 

 

Y ¿cómo se ofrece tiempo a los usuarios de las bibliotecas? No difiere mucho de cualquier otro servicio, simplemente facilitándoles la vida con productos que les sirvan para gestionar mejor su ocio y formación:

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En la película In time (2011)  los ricos poseen la fórmula contra el envejecimiento. Si los pobres quieren sobrevivir tendrán que ganarse el tiempo o morir. Lástima que una premisa tan interesante se desperdiciara en una película mediocre.

si hay un sector de usuarios que vive con angustia el paso del tiempo pese a ser jóvenes, esos son los estudiantes. El calendario del curso les obliga a administrar bien su tiempo si quieren obtener resultados.

Mucho se habla de los adolescentes como público dificil de atraer a la biblioteca, ¿pero qué hacen las bibliotecas con los que acuden en masa sin necesidad de atraerlos, pero a los que la oferta de la biblioteca (más allá de climatización, mesas y sillas) les importa bien poco? Ofertar cursillos rápidos de técnicas de estudio podría ser una manera de venderles la biblioteca mientras les proporcionas herramientas prácticas para lograr sus objetivos.

Y no se trata de sustituir a las instituciones docentes pero la labor complementaria de las bibliotecas puede ser esencial. Por ejemplo, en la biblioteca pública de Elmhurst (Illinois) los estudiantes con carné de biblioteca pueden obtener ayuda en línea desde la biblioteca para hacer los deberes.

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Las chicas de Advanced style, genio y figura hasta…donde sea

– en el otro extremo de esa gestión del tiempo estarían los jubilados. Sí, esos de los que hablábamos en La arruga es subversiva. Allí repasábamos algunas de las iniciativas bibliotecarias para este sector de población que en pocos años será el más numeroso. En las bibliotecas públicas de la ciudad de Spokane, en Washington, también lo saben y han convertido a sus bibliotecas en auténticos centros de recursos no sólo para mayores, sino para toda la familia.

La sociedad occidental ha perdido la relación con un hecho tan ineludible como es la muerte. Es el último asunto del que se quiere hablar, y sólo intrépidos como Jon Sistiaga se atreven a afrontarlo en los medios en su programa Tabú. Por eso es tan valiosa una programación como la de esta biblioteca estadounidense que bajo el nombre de Levantando el velo de la planificación senior, ayuda a prepararse para la inevitable decadencia. Desde cuestiones financieras, a adaptaciones del hogar para las limitaciones físicas de la edad, asesoramiento a familiares que cuidan a ancianos, pasando por gestión de ayudas o cómo preparar psicológicamente el inevitable fin.

 

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La escena del velatorio en Volver (2006) o convivir con la muerte como algo que forma parte de la vida.

 

– dando otro salto temporal nos situamos en la infancia. Uno de los deseos paternos más recurrentes en nuestros días es el de conseguir que los niños tengan una experiencia del tiempo similar a la que ellos tuvieron en su infancia. El reciente libro-juego Juegos de ayer y hoy aspira a servir de guía para que los niños recuperen la experiencia de juegos anteriores a la era digital que todo lo invade. Sus autores, los editores Eva María Rodríguez y Agustín Fernández-Tresguerres, lo recomiendan para bibliotecas y centros educativos; y ojalá que consigan su objetivo. ¿Conseguirá el brillo de las canicas contrarrestar aunque sea un poco el brillo deslumbrante de las pantallas?

 

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– pero más allá de necesidades generacionales, hay productos que se pueden desarrollar desde una biblioteca y que nos sirven a todos para gestionar mejor nuestro tiempo. Precisamente el viernes 8 de octubre se lanzó la plataforma de préstamo online de audiovisuales eFilm, un proyecto desarrollado por Infobibliotecas que promete dar mucho que hablar.

La biblioteca pública de Torrelodones es la primera en estrenar este servicio que a semejanza de plataformas de streaming multimedia comerciales, ofrece la posibilidad de disfrutar del cine en casa gracias a ser socio de una biblioteca. Viene a sumarse a la posibilidad también de prestarse libros digitales de que disponen ya todas las bibliotecas en nuestro país. Visitar la biblioteca físicamente para acceder a sus documentos ya es sólo una opción. El concepto de biblioteca pública mutando a cada paso, y de este modo, adaptándose a la gestión del tiempo de cada uno.

 

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La estupenda serie El Ministerio del Tiempo que tanto juego ha dado para dar a conocer los fondos de la BNE a través de las redes, en eFilm.

 

Según las últimas investigaciones Einstein, una vez más, tenía razón. Los experimentos realizados en un acelerador de partículas alemán confirmaron que el tiempo se mueve más lento en un reloj en movimiento que en uno fijo. Y las bibliotecas no paran de moverse, ahora sólo falta que el tiempo se dilate lo suficiente como para que los usuarios se den cuenta de que siguen mereciendo la pena.

Precisamente en África, donde el tiempo fluye de manera muy distinta a Europa, las bibliotecas revalidan su importancia gracias al ciclo de la vida. La implantación de las bibliotecas de semillas, que nacieron en los Estados Unidos, están consiguiendo que los agricultores de países como Costa de Marfil puedan diversificar y preservar los cultivos autóctonos.

 

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Detalle de la ‘semillateca’ de Treichville en Abidjan (Costa de Marfil)

 

Las semillas modificadas genéticamente se han ido implantado por tierras africanas marginando los cultivos que desde siempre habían protagonizado la agricultura local. Las bibliotecas, conservando y facilitando el trueque de semillas, permiten que la idiosincrasia agrícola no termine por perderse irremediablemente. Al mismo tiempo, proveen a los agricultores de libros que les ayudan a formarse y mejorar sus cultivos.

planteraonwhite¿Cabe mejor metáfora del paso del tiempo que el proceso de plantar una semilla, y cuidarla hasta que germine? En nuestro país la Biblioteca de semillas de la Universidad Politécnica de Cataluña ha importado con éxito esta idea. Ahora falta que se extienda y siga implantándose en bibliotecas públicas.

¿No sería fantástico “prestar” semillas acompañadas de una selección cuidada de libros, películas, música, cómics… que acompañasen el proceso de germinación? Abono para mentes, abono para semillas: el servicio bibliotecario definitivo para aprender a gestionar nuestro tiempo de manera más acorde con nuestro ciclo vital.