El ángel exterminador bibliotecario I

 

“De alguna manera, la cultura en general (principios, valores, normas de conducta) es un modo eficiente de reducir la libertad a la que nos vemos abocados desde nuestro nacimiento. La cultura dota de valor al mundo y lo regulariza. La cultura en sí misma es dogmática…”

Sociologia del moderneo. Iñaki Domínguez (Melusina 2017)

 

EL ENCLAUSTRAMIENTO

 

¿Cómo hablar desde un blog cultural del asunto catalán sin pisar callos a nadie? Siendo soporíferamente correcto y diciendo algún lugar común que incite al bostezo como que: convivir y/o compartir cama-hogar-celda-trabajo-territorio-mundo-universo… siempre ha sido complicado. Pero si hay algo a evitar al hablar de bibliotecas es precisamente las frases de 0,60 que dirían los Ojete Calor. Por eso puestos a hablar de convivencia en territorios (más o menos grandes) lo mejor será tirar de biblio-ficción.

Jacob Fiscus es un fotógrafo del Condado de Carroll. Su web está repleta de fotos de familias, parejas, recién nacidos, paisajes u objetos retratados con aires artísticos. Lo que viene siendo el típico fotógrafo local de bodas y bautizos. Una buena forma de promocionarse y proyectar una imagen de compromiso con la cultura ha sido la sesión People of the Library: con la que ha querido mostrar el lado más humano de la biblioteca pública del condado. Según aclara el propio Fiscus (no por casualidad presidente de los fideicomisarios de la biblioteca): se trataba de poner cara y voz a las simples estadísticas de préstamos, de visitas, de usuarios dados de alta en la base de datos de la biblioteca. Y hacerlo a través del arte para establecer una conversación, un diálogo que consiga que la gente hable y piense de manera innovadora.

 

People of the library: las fotografías de Jacob Fiscus sobre los usuarios de la Biblioteca del Condado de Carroll

 

El resultado bascula entre lo entrañable (inciso que no viene a cuento: a Katharine Hepburn siempre le chirrió que la describieran con esa palabra),  lo divertido y lo cercano. Todas las edades, condiciones y usos de la biblioteca quedaron representados en la susodicha sesión: sumando otra visión bienintencionada y amable de la labor comunitaria que ejercen las bibliotecas. Retratos perfectos para cualquier campaña publicitaria orientada a productos para familias de clase media. Pero como el próximo 16 de diciembre se cumplen 55 años del estreno de la película de culto de Luis Buñuel: El ángel exterminador (1962) hagamos  biblio-ficción. Vamos a imaginar qué pasaría si el escenario en el que se desarrollase la surrealista trama de la cinta buñueliana fuera el de una biblioteca del siglo XXI.

 

Dos imágenes de El ángel exterminador (1962): al inicio de la velada y tras varios días de encierro.

 

El clásico cortometraje de Antonio Mercero: La cabina (1972)

En la cinta de Buñuel los que quedan inexplicablemente atrapados en una mansión: son los representantes del poder, las clases altas, que sin saber qué les sucede: se ven obligados a convivir provocando que salten por los aires las máscaras sociales que todos nos ponemos para relacionarnos.

Exceptuando quizás los hospitales, las bibliotecas públicas, son las únicas instituciones que son habitadas por prácticamente todas las clases sociales (tal vez los que menos las frecuenten sean las clases poderosas y así nos va). Imaginemos pues que en uno de esos días en que la biblioteca está de bote en bote: suena la megafonía avisando del cierre del centro: usuarios y bibliotecarios, sin saber el porqué, no consiguen cruzar el umbral hacia la calle. ¿Qué pasaría?

 

Escena de El amanecer del planeta de los simios (2014) en la que uno de los humanos enseña a leer a un orangután gracias a la novela gráfica Agujero negro de Charles Burns. La cultura como ¿evolución o futura cárcel?

 

En un primer vistazo los que se mostrarían menos angustiados por este encierro sobrevenido serían las personas en riesgo de exclusión social. Las personas sin hogar, ni recursos agradecerían tener un techo sobre sus cabezas, no más viajes a centros de acogida en busca de un catre, o en su defecto, arrostrar los peligros de pernoctar en jardines o cajeros. Partirían con ventaja puramente física frente al resto.

En este sentido el VII Encuentro Bibliotecas y Municipio promovido desde la Subdirección de General de Coordinación Bibliotecaria que se celebrará en unos días: versará sobre el valor social de las bibliotecas y su impacto en las comunidades en las que se ubican. Seguro que las personas en riesgo de exclusión serán protagonistas de más de un debate; y el propio lema elegido se ajusta como un guante a la situación que aquí describimos: Territorios de convivencia.

 

 

Por cuestión de días, el Encuentro de Bibliotecas y Municipio, no coincide con otra iniciativa que se desarrolló no muy lejos geográficamente del auditorio en donde se celebra el Encuentro: el mercadillo solidario de la Fundación Dalma, que trabaja por la integración social de personas en riesgo de exclusión, y que ocupó los exclusivos jardines del lujoso Hotel Ritz.

Sobre los mercadillos solidarios en entornos de lujo sobrevuela siempre una sombra de caridad compensatoria para lavar conciencias (esa idea antigua de las damas de beneficencia a las que cantaba Nacha Guevara allá por los 70 o las señoras chochocentristas a las que cantan Las Bistecs en nuestros días).

Pero visto el amplio espectro ideológico en el que se ubican los protagonistas de las noticias más recientes sobre paraísos fiscales: tildar de hipócritas o comprometidos en esto de la conciencia social, per se, a ninguna clase social o ideología resulta absurdo. Nada más igualitario que el dinero para “bien entender” la caridad.

 

El restaurante Albert del Hotel EMC2 de Chicago.

 

Una de las creaciones del diseñador de bibliotecas exclusivas Tatcher Wine.

Y hablando de bistecs, y por seguir con los privilegios de clase, el pasado mes de mayo se inauguró el restaurante-librería del Hotel EMC2 en Chicago. El lujoso restaurante está decorado con más de 12000 viejos libros de ciencia y matemáticas a los que se sumaron libros sobre arte, literatura y otras materias para provocar contrastes que divirtieran a los comensales. De este modo 40 ejemplares de The Joy of Sex (El juego del sexo) se entremezclan con tratados sobre termodinámica en pos del chiste decorativo.

Viene a afianzar una tendencia que ya apuntábamos en Hoteles para ricos, bibliotecas para pobres: la biblioteca como decorado y signo de distinción. Una moda ésta, la de las bibliotecas pijas en las que el contenido se convierte en ornamento, que siempre habrá que reconocerle al diseñador neoyorquino Tatcher Wine: que ha llevado a otro nivel lo de seleccionar libros por el juego que sus lomos hacen con el color de las tapicerías.

 

La artista Cindy Sherman lleva años fotografiándose para interrogarse sobre lo glamouroso y  supuestamente femenino. Su serie de autorretratos con maquillajes exagerados y poses estereotipadas casarían bien para las protagonistas de este ángel exterminador bibliotecario. 

 

Pero seguimos encerrados en una biblioteca pública. Uno de los placeres perversos de la película de Buñuel era contemplar cómo se iban descomponiendo los maquillajes sociales de sus burgueses conforme avanzaban las horas. Pero en nuestros días, pese al aniversario de la Revolución de Octubre: la estética bling-bling, la fama y el lujo más hortera siguen deslumbrando como el oro en las cúpulas de las iglesias rusas.

El grado de cinismo alcanzado es tal que los (presumiblemente escasos) representantes de las clases poderosas que pudieran haber quedado súbitamente atrapados no tendrían porqué ser los primeros en descomponerse ante lo absurdo de la situación (no hay que olvidar muchos de sus miembros, gracias a la crisis, acumulan una amplia experiencia en gestionar encierros en establecimientos públicos aunque sean de índole penitenciaria y no cultural). En este encierro, pese a que este primer capítulo lo protagonicen los sin techo y los poderosos: la lucha no va de clases sociales, sino de clases culturales.

 

El buenrollismo de Mr. Wonderful versus la youtuber Soy una pringada: usuario soñada para que formara parte de este encierro bibliotecario.

 

La antítesis de Mr. Wonderful: Mr. Wonderfuck.

Es más que probable que los fans de la autoayuda, el mindfulness y el pensamiento positivo se convirtieran en las primeras víctimas en las primeras tensiones de convivencia forzosa. El pensamiento buenrollista, esa visión disneyzada de la realidad que guía la vida de muchos: actuaría como los corderos, que milagrosamente, cruzan el umbral de la mansión, en la película de Buñuel, para ser devorados por los burgueses ya convertidos en unos salvajes a fuerza de pasar hambre y sed.

Las primeras víctimas no lo serían tanto por su estatus social como por sus gustos culturales. Y a partir de ahí vendría lo demás. Como apuntaba la cita del ensayo de Iñaki Domínguez del principio: la cultura no deja de ser una cárcel por imposición o por elección: y este ángel bibliotecario puede que lo único que vaya a exterminar no sea más que nuestros prejuicios. Pero todo se irá viendo conforme pasen las horas, los días, las semanas….

 

CONTINUARÁ…

 

The exterminating angel: la ópera del compositor inglés Thomas Àdes que adapta la película buñueliana.

 

Biblioteca vérité

 

Si estas leyendo este blog se presupone que te interesan las bibliotecas, bien sea como profesional o como usuario. También puede ser que, por esos caminos inescrutables que tiene Internet, una búsqueda sobre gatitos entre flores o gatitas entre capullos: te haya hecho desembocar aquí. En ese caso sentimos defraudar las expectativas. Es lo que tiene crearse expectativas: te convierten en presa fácil de la decepción.

Puede que el estreno del último documental del veterano y prestigioso Frederick Wiseman sobre la Biblioteca Pública de Nueva York haga que nos sumemos al grupo de los decepcionados: pero al igual que los fans de Blade Runner, de Alien o de Star wars no pueden evitar echarle un ojo a sus secuelas, precuelas y recuelas: nosotros tampoco podemos dejar de estar expectantes desde que supimos de su estreno en el último Festival de Cine de Venecia.

 

El póster de la película de Wiseman es candidato seguro a decorar más de un despacho bibliotecario.

 

Mal genio (2017) la película sobre uno de los directores que más ha experimentado con el relato cinematográfico: Jean Luc Godard.

Ex Libris. The New York Public Library es la nueva “ficción de la realidad” que acomete el reputado documentalista Wiseman. Durante varias semanas de 2015, el autor de algunos de los mejores documentales centrados en instituciones (National Gallery o At Berkeley), aplicó su método cinematográfico para captar múltiples facetas tanto de la vida en la sede central de la Biblioteca, como en sus sucursales.

Wiseman y otro coetáneos suyos propiciaron lo que se dio en llamar “Direct Cinema” en los 60. Un reflejo del denominado cinema-verité, practicado por cineastas europeos, con el que aspiraban a captar del modo más fidedigno la realidad frente la artrítica narrativa cinematográfica hollywoodense.

Para Wiseman toda su obra es un intento por capturar la realidad a través de la cámara con la menor intervención posible. Ni textos explicativos, ni voces en off, ni música, ni entrevistas, ni guiones que manipulen lo que se muestra.

John Cassavetes el director de cine estadounidense que más se acercó a los postulados del cinema vérité desde la ficción.

Pero como todo creador, por mucho que aspire a ser invisible, las películas de Wiseman se interpretan en la sala de montaje. La objetividad, la veracidad, la realidad absoluta no existen por mucho que nos hayan querido convencer en los realities. Un travelling es una cuestión de moral que decía Godard. Y la simple elección de una secuencia, en vez de otra, ya está imponiendo una visión personal y subjetiva de la realidad.

Tanto da. Que Wiseman se haya querido centrar en el mundo bibliotecario es una gran noticia. No esperamos que nos descubra la esencia del espíritu bibliotecario (sic): pero su simple mirada es lo suficientemente interesante como para que estemos deseando que se distribuya la película.

Mientras tanto nos hacemos eco de la entrevista que Wiseman ha concedido a la revista “Vanity Fair” en su edición estadounidense. Sus reflexiones sobre lo que ha observado y vivido durante el rodaje de Ex Libris: nos ofrecen una visión en la que bien merece la pena detenerse.

 

La más que improbable adaptación cinematográfica del cómic Aquí de Richard McGuire sería un reto a la altura de Frederik Wiseman. La obra de McGuire no tiene una historia como tal. Sus páginas nos muestran un solo plano de un único rincón del planeta Tierra durante siglos: superponiendo los planos temporales en una lúcida y sorprendente reflexión sobre el tiempo. 

El libro de 2015 de Scott Sherman sobre el fallido Plan Central de Bibliotecas y la situación financiera de la Biblioteca Pública de Nueva York.

La escritora Olivia Aylmer, autora del artículo, destaca como una de las escenas más conmovedoras de las casi tres horas de película: la que se desarrolla en la sucursal más pequeña de la ciudad, la Biblioteca Macomb’s Bridge, en Harlem River Houses. Según narra Aylmer basta esta secuencia para darse cuenta de lo importantes y personales que son las relaciones que los neoyorquinos tienen con sus bibliotecas.

Lo más jugoso de la entrevista es el cambio de percepción que Wiseman obtuvo respecto al papel de las bibliotecas en el transcurso del rodaje. El cineasta reconoce haber sido usuario de bibliotecas durante su infancia y juventud; pero que más adelante dejó de frecuentarlas, sobre todo, porque le gusta comprar sus propios libros.

La sorpresa para Wiseman fue descubrir la variedad y profundidad de los programas que desarrollan las bibliotecas en la actualidad. La diversidad socioeconómica y generacional a la que atienden y los esfuerzos que hacen para sostener su oferta.

La autora de cómics Sarah Glidden se embarcó en un viaje junto a unos periodistas independientes por Turquía, Siria e Iraq. Oscuridades programadas es el resultado de su esfuerzo por comprender al otro:  y al mismo tiempo una reflexión sobre la esquiva objetividad.

Otro realizador, especializado en documentales, pero en las antípodas del estilo de Wiseman, como es Michael Moore, ya alabó a las bibliotecas. Podría decirse que a las bibliotecas les sienta bien el direct cinema o cinema vérité. Ahora que tan en boga está lo de “construirse un relato”, lo de vender nuestra verdad: las bibliotecas también deben entrar en el juego. Pero no desde la manipulación sino desde el deseo de acercamiento, de explicarse, de conectar con la sociedad (y a ser posible con los responsables políticos cuando no están fuera de cobertura), para que personas cultivadas como Wiseman, no sigan teniendo esa visión tan reductora de lo que son las bibliotecas en el XXI.

Que las bibliotecas se están erigiendo en instituciones desde las que combatir la tan mentada posverdad solo hace falta constatarlo con actividades como la que celebró la Oliver Wendell Holmes Library, el pasado enero, bajo la denominación: Libraries in a Post-Truth World (Bibliotecas en el mundo de la posverdad). En un tiempo en que el discurso único, la intolerancia o el chantaje se revisten con palabras como democracia, diálogo y entendimiento: es cuestión de tiempo que alguien termine fundando una Biblioteca de la verdad. Pero de la verdad ¿de quién?

 

Los insultos escritos en los libros de Juan Marsé, en una biblioteca, por su posicionamiento respecto a la situación en Cataluña. 

 

Si el historiador Yuval Noah Harari sostiene que el homo sapiens ganó la batalla de la evolución al más poderoso neardental gracias a su capacidad para construir relatos: sigamos evolucionando. Construyamos relatos en las que quepan el mayor número de voces posibles. Observemos como hace Frederick Wiseman en sus películas y huyamos de los dogmas. Solo así conseguiremos estar algo más cerca de esa véritá que nunca pertenece a nadie en exclusiva.

El cineasta John Cassavettes, que tanto buscó la autenticidad como director en sus películas, dijo que: “el cine es una investigación sobre nuestras vidas. Sobre lo que somos. Sobre nuestras responsabilidades -si las hay-. Sobre lo que estamos buscando.” Una frase perfectamente aplicable a las bibliotecas: una investigación sobre lo que somos y nuestras responsabilidades.

 

Parodia que los bibliotecarios de la Biblioteca de Invercargill City, en Nueva Zelanda, han hecho a cuenta de una portada de las Kardashian. La verdad bibliotecaria sin tapujos.

 

Una de las últimas películas de Cassavettes (protagonizada, una vez más, por su fantástica esposa y musa Gena Rowlands) fue Gloria en 1984, y como los suecos Mando Diao rodaron un vídeo para su excelente tema homónimo con aires a lo nouvelle vague, nada mejor que cerrar con él. Al contrario que Wiseman en sus films, en este blog, por mucho que nos empeñemos por ser meros espectadores,  por ser neutros, asépticos, no podemos resistirnos a ponerle algo de música a la prosaica y (muchas veces) fea realidad. Esa es la verdad.

 

 

Biblioteca de los errores

 

Hace un año saltaba a las redes, cual pulga digital, la noticia sobre la Free Library Haskell (literalmente: la Biblioteca Libre de Haskell). El motivo de su repentina notoriedad global, indirectamente, tenía que ver con Trump. Últimamente todo tiene que ver con Trump. El triunfo de la posverdad se ha convertido en seña de identidad del nuevo siglo: y estamos solo al principio.

 

La Free Library Haskell con la línea fronteriza dibujada que la separa entre Estados Unidos y Canadá.

 

Pero volviendo a lo nuestro. La Free Library Haskell lleva existiendo desde hace muchos años, concretamente, desde 1905: y la razón de haber ganado popularidad se debe al hecho insólito de ser la única biblioteca del mundo que se encuentra sobre la frontera entre dos países: Estados Unidos y Canadá. Según las leyendas locales los inspectores encargados de dibujar la línea debieron hacerlo una noche de borrachera: solo así se explica la zigzagueante sutura que separa a la población estadounidense de Derby Line (Vermont) de la población canadiense de Stanstead (Quebec). Durante décadas se consideraron una sola ciudad, pero el furor fronterizo estadounidense post 11-S, ha hecho que la idílica convivencia se vea comprometida.

Durante los últimos 15 años ha ejercido sin problemas como biblioteca transnacional. Por la que, tanto norteamericanos como canadienses, pueden deambular sin pasaporte. Una simple línea de cinta aislante, en mitad de las salas, es la que marca la línea que separa ambos países.

¿Qué números de la CDU (bueno allí del sistema Dewey) caerán a un lado u otro de la frontera? Solo por fastidiar: todo lo relativo a cambio climático y feminismo debería caer del lado de Trump; y todo lo relativo a telegenia y aperturismo del lado de Trudeau. Clasificación política-contestaria: una variación de esa justicia poético-bibliotecaria de la que ya hablamos.

 

Un bebé lee su cuento sobre la línea que marca la frontera entre los dos países a los que pertenece la Free Library Haskell. (Foto de Stan Grossfeld/The Boston Globe) 

 

Pero ¿qué es una frontera sin delito? La noticia más reciente en torno a la Haskell Free Library tiene como protagonista a Alexis Vlachos que acaba de ser condenado a 20 años de prisión. Su delito: el contrabando de 100 armas de fuego desde los Estados Unidos hasta Canadá. Y su cómplice: la biblioteca.

Bien, como titular sensacionalista valdría, pero en este caso contraviniendo los mandamientos de la posverdad vamos a ser algo más rigurosos. Fueron los compinches del tal Alexis los que aprovecharon los aseos de la zona franca, que es la biblioteca, para depositar las armas. De ese modo, el detenido, solo tuvo que acudir como un amante más de la lectura al centro y retirar tranquilamente el alijo saliendo por la puerta que daba a Canadá. Si hecha la ley, hecha la trampa: hecha la frontera, hecho el delito.

 

Una usurpación inmoral del término biblioteca: la armería estadounidense Gun library.

 

En Escocia llevan tiempo queriendo dibujar con un trazo mucho más fuerte la frontera con el Reino Unido: pero tras el último referéndum del 2014 parece que pasará algo de tiempo antes de que se retome la cuestión. Y ha sido en su capital, Edimburgo, donde se ha fundado la denominada Biblioteca de los errores. Un buen nombre. El origen: la crisis económica desatada a partir del 2008. Los responsables de la biblioteca se basan en la idea de que “la gente inteligente sigue haciendo cosas estúpidas“. Totalmente de acuerdo. Un lema polivalente tan aplicable a las circunstancias que estamos viviendo que no hace falta señalar ninguna: destacan por sí mismas. Pero que en el caso de la biblioteca escocesa se centra en los errores cometidos por los economistas y sus “fórmulas mágicas” para sortear la crisis.

Sean Connery con kilt y en la biblioteca: solo falta el whisky para completar el cuadro.

Con cerca de 2.000 libros: la Biblioteca de los errores nace con el propósito de que no repitamos las mismas equivocaciones (ambiciosos que son los del kilt). La colección reunida espera servir como aviso para próximas generaciones de economistas. Desconfían de la falsa objetividad que promete la aplicación de algoritmos económicos; y apuestan por ofrecer una visión más panorámica a los universitarios gracias a los libros.

Pero más allá de la economía, no estaría nada mal que después de cada desastre provocado bien por economistas, políticos, empresarios, periodistas, militares o cualquier otro colectivo humano: se fundara una biblioteca de los errores. ¿Serviría de algo? Probablemente no. Las fronteras mentales que nos creamos son mucho peores que la línea que divide la biblioteca medio canadiense-medio estadounidense del principio. ¿Quién fundará la biblioteca de los errores de nuestro país? Como le decía su padre al William Wallace interpretado por Mel Gibson en Braveheart: “es la inteligencia la que nos hace hombres“. Y siguiendo esta máxima literalmente, y aún contradiciendo a The Weather Sisters: ni llueven hombres, ni mujeres.

 

 

Si acaso no ya en los humanos, sí que cabe albergar alguna esperanza en sus invenciones: como las bibliotecas. Si la canadiense se autoproclama Biblioteca Libre de Haskell: el movimiento de las little free libraries, sin tanta repercusión, sigue su discreta pero imparable invasión global superando fronteras. La última a raíz de la iniciativa de un liceo en Calabria. Las palabras del discurso que pronunció el día de su inauguración el presidente del liceo resultan perfectas para cerrar este texto sobre bibliotecas, fronteras, errores y libertad: “tenemos el deber […] de salir de nuestras fronteras y dar paso a la construcción de una ciudadanía activa y participativa que encuentre en los libros, y en la difusión de la cultura, las herramientas prácticas para el crecimiento.” Brindemos por ello.

 

La biblioteca de Twin Peaks

 

¿Estaremos viviendo en una película de David Lynch y nadie nos avisó? Cuando la actualidad se vuelve absurda: refugiarse en la cultura y el arte se convierte en un acto de soberanía personal. Al menos los creadores se esfuerzan por comprender y por hacer que nos comprendamos. En este sentido, Lynch, tal vez uno de los autores más alabado/criticado por surrealista, dijo hace unos años:

¿Por qué razón debería tener sentido el arte
si la vida no lo tiene?

 

Twin Peaks 2017

 

Fiel a su pregunta retórica Lynch ha culminado una nueva entrega de su mítica serie Twin Peaks (25 años después). Recién acabada la emisión, una vez más, el director de Terciopelo azul ha desconcertado, intrigado, asqueado y maravillado a muchos. A raíz de este regreso al mainstream (esto con muchas, muchas comillas) en algunos medios han repasado las inquietudes que han mantenido absorto a Lynch durante estos últimos años: diseñador de muebles, videoartista, músico, pintor o escultor: tal es el torrente creativo de esa eraserhead que tiene sobre los hombros.

Pero, salvo error por nuestra parte, no recordamos que haya recreado ninguna escena en una biblioteca. Es raro (adjetivo que debería estar prohibido hablando de Lynch) que un cineasta especializado en ambientes inquietantes y malsanos no haya recurrido nunca al espacio de una biblioteca: con lo que tiene de lugar común en tantas intrigas cinematográficas.

 

Mueble diseñado por Lynch

 

Se ha hablado mucho de sus influencias pictóricas (Francis Bacon, Lucien Freud, Edward Hooper…) pero no tanto de las literarias. Lynch es un creador eminentemente de imágenes: dentro de sus inquietudes no aparece por ningún sitio un especial interés por lo literario (lo cual no quiere decir que sus mundos no rebosen de influencias literarias). En cambio fue a través del lenguaje publicitario como se aproximó a la literatura allá por la década de los 80.

Sus anuncios televisivos para Calvin Klein se basaron en obras de grandes escritores: desde Scott Fitzgerald a Ernest Hemingway pasando por D.H. Lawrence. Veintitantos años después, los spots para perfumes de Lynch, siguen dando ejemplo de buen gusto ante tanto empalagoso manierismo que rebosa este género publicitario:

 

Lynch practica la meditación desde hace años. En este libro recoge sus experiencias y reflexiones al respecto.

 

Pero el talento multidisciplinar de Lynch no entiende de dedicaciones exclusivas. Su sello personal se nota en sus muebles con aires a lo Bauhaus, en sus cuadros o música. Ese aire de extrañeza que rodea toda su obra, y que como en el caso de tantos otros creadores muy personales, ya roza el cliché. Ante la perplejidad de los espectadores Lynch siempre ha mantenido que si sus obras se visionan con la actitud de un niño, sin apriorismo: es cuando mejor se experimentan y asumen sus creaciones.

Si Spielberg apelaba al niño que llevamos dentro por la vía sentimentaloide, Lynch apela a la falta de prejuicios vía sensitiva.

Sin necesidad de que hable con un leño: ¿qué biblioteca no tiene (o ha tenido alguna vez) un usuario que pareciera salido de Twin Peaks?

 

Después de todo: ¿realmente son tan extravagantes sus personajes? Si recogiéramos muchas de las anécdotas que acumulan los profesionales que trabajan en las bibliotecas en su día a día: dejarían de resultarnos tan extraños los mundos de Lynch. Todos somos muy, pero que muy raros, si se nos observa con detenimiento.

Sin dar nombres, ni lugares podemos dar fe de que en alguna biblioteca se han vivido desde trances místicos en directo, a intentos de controlar la vida de una expareja a través del uso de su carné de biblioteca, a reclamaciones por estar envenenado al público mediante los productos de limpieza de los baños, a denuncias por tener peluquerías clandestinas en el sótano, intentos de montar una agencia de contactos utilizando las instalaciones de una biblioteca, y así un largo etcétera que callamos por discreción y confidencialidad.

 

Cuadro de David Lynch

 

En definitiva, que no te guste el mundo de Lynch es algo totalmente respetable. Pero que esa falta de interés sea porque no nos guste su estilo, obsesiones, o incluso, porque buscamos en la ficción el sentido y el orden que nos faltan en la vida real: pero no porque se le acuse de absurdo. Solo hay que mirar alrededor para confirmar que, en ocasiones, su cine es lo más cercano al momento que estamos viviendo.

 

Una de las inquietantes bibliotecas de Marc-Giai Miniet.

 

Nos sabemos si Lynch conoce la obra del artista francés Marc-Giai Miniet: pero sus mundos tienen más de un punto en común.

Las obras de Miniet recrean pequeños universos cerrados en cajas en las que las bibliotecas suelen tener un lugar preferente. Las arquitecturas que recrea son decadentes, 13 rues del percebe con un punto inquietante, las tripas al aire de edificios al borde del desahucio.

Y en casi todas estas construcciones las bibliotecas y los libros coronan la estructura: a veces iluminando, otras, invocando historias truculentas, fantasmas y secretos inconfesables.

Una biblioteca puede ser luminosa por ayudarnos a no caer en dogmatismos, en prejuicios, en ideas precocinadas para consumo masivo; pero también puede ser oscura, servir para manipular, tergiversar, confundir y enfrentar.

Tal vez un día deberíamos ahondar en ese lado oscuro de las bibliotecas.

Por el momento con los edificios ruinosos de Miniet y las atmósferas cargadas gentileza de Lynch: ya tenemos la dosis justa de inquietud que nos trastoque la realidad sin llegar a aterrorizarnos (¿o no?).

 

 

 

 

Y para cerrar este post lleno de flecos que cada uno puede interpretar como mejor le venga: nada mejor que el último tema del que fuera líder de los Samshing Pumpkins: William Patrick Corgan. The Spaniards (Los españoles) así se llama esta canción con críptica letra a la que el vídeo que la acompaña no ayuda a hacer más inteligible. En él, un joven soldado herido en la guerra es acogido por unos extraños personajes (los españoles): que le llevan a un mundo fantástico en el que se convierte en un guerrero invencible. Eso sí, en esta interpretación tomada de la web Jenesaispop (que es donde hemos descubierto el vídeo) no queda claro ni en qué bando se posiciona, ni cual es la finalidad de su lucha.

La biblioteca como experimento

 

Puede que la mayoría aborreciéramos los exámenes sorpresa en el colegio o el instituto: pero ahora, cada día, no sometemos a exámenes diarios cada vez que compartimos una opinión, un post, una foto o una noticia en las redes. Evaluación continua. Todo hijo de vecino, por poco activo que sea digitalmente, se está ofreciendo al examen de miles de ojos anónimos. No es de extrañar por eso que algunos decidan sacarle rédito.

 

Escena del escaneo gestual de la protagonista del apasionante experimento, en forma de película: El congreso (2013). 

 

Mucho se habla de que gigantes como Google, Facebook, Twitter o Instagram paguen por alimentarse de las informaciones sobre nuestros intereses, hábitos, gustos y opiniones que compartimos alegremente: pero mientras que esto llega algunos ninis o millennials, según el caso, han encontrado salidas laborales como conejillos de indias.

Condiciones de trabajo de un beta tester de videojuegos: la profesión soñada de todo nini.

Si desde los 60 en adelante se ha demonizado el exceso de consumo televisivo en los menores: ¿qué no se podrá decir de los videojuegos? En estos tiempos políticamente correctos no quedaría bien que padres y educadores organizaran quemas públicas de videojuegos como se hacía en los 50 estadounidenses con los cómics. Pero no por falta de ganas sino por la difícil combustión que tienen.

Pero para algunos sus horas muertas frente a la pantalla matando zombis les ha salido rentables. Es el caso de los beta tester de videojuegos: los jóvenes contratados por empresas de videojuegos  para que actúen como  jueces (o ¿habría que decir cobayas?) de sus productos. Alojamiento, sueldo y manutención para dedicarse a lo que más le gusta aunque bien es sabido que cuando un placer se convierte en obligación deja de ser placer. La empresa VR Oculus tal vez por eso ha preferido ser más sutil e inteligente.

 

Quema pública de cómics en 1954 a raíz de las tesis del psiquiatra Fredric Wertham: que sostenía que los cómics promovían la delincuencia entre los jóvenes.

 

Tras un acuerdo con la Biblioteca Estatal de California, hasta un total de 90 bibliotecas: disponen de equipos VR-ready, equipados con auriculares Oculus Rift y gafas para que los usuarios puedan experimentar con la realidad virtual. Para ello se eligieron bibliotecas con espacios abiertos (no era cuestión de aislar con auriculares y gafas a los usuarios para que luego se dieran de bruces con la realidad tropezándose unos con otros). Sumergirse en las profundidades del océano, visita la Estación Espacial Internacional o hasta la fusión del núcleo de Chernóbil: todo ello sin perder la perspectiva bibliotecaria implementando software que provea de contenidos educativos a la maravilla tecnológica.

De este modo los usuarios de las bibliotecas se convierten en cobayas voluntarias para los productos Oculus; las bibliotecas atraen más público y amplían su oferta; y la tecnología amplia su campo de experimentación.

 

 

Nada nuevo si nos atenemos a los habituales test de pantalla a las que someten sus películas muchos estudios de Hollywood. Gracias (o por culpa) de estos tests: Pretty Woman (1990) pasó de ser una cruda historia sobre las trabajadores del sexo en Los Ángeles a la historia de puticienta y el príncipe que arrasó; o Martin Scorsese tuvo que recortar los ríos de sangre que fluían (aún más) en su clásico Uno de los nuestros (1990). El sacramento comercial de que el público siempre lleva la razón convertido en una humillación para el artista.

Pero, ¿sigue siendo así? En estos tiempos confusos es difícil decir cuando somos soberanos o cobayas de nuestros consumos. Esto es la jungla y pese a la pátina tecnológica todo sigue reducido al ancestral dilema de comer o ser comido. Tal y como están las cosas hay que elegir: o que experimenten contigo o que ser tú el que experimenta. Y para esto último no hay mejor lugar que la biblioteca.

 

Escena de la serie Mad Men en la que, para probar un lápiz de labios, los publicistas recurren a las secretarias de la agencia cuyos comportamientos observan tras un espejo de visión unilateral.

 

La biblioteca como experimento narrativo y ecológico: 

Margaret Atwood junto a la creadora de Future Library Project en mitad del bosque del que saldrá su libro.

 

Hace pocos meses saltaba a los medios la denominada Biblioteca del Futuro (Future Library Project). Este proyecto ideado por la artista escocesa Katie Paterson se sitúa a las afueras de Oslo y se materializa en un bosque cuyos árboles tienen sus troncos adornados con cintas rojas. Es una forma de señalizar que será esa madera la que servirá para fabricar el papel en el que se imprimirá el libro con el que concluirá este experimento en 2114.

Dicho libro será una obra colectiva conformada por cada uno de los textos que, desde 2014, están entregando a la Biblioteca Pública de Oslo autores tales como: Margaret Atwood, David Mitchell o el poeta islandés Sjón. Sus textos, que se custodiaran en la futura Biblioteca Deichman (con fecha de inauguración para 2018), y serán seleccionados para conformar un libro que no leeremos ninguno de los que hoy pisamos el planeta (salvo que terminemos convertidos en cyborgs, que puede ser).

 

La biblioteca como experimento social:

En Sexo, drogas y tejuelos. Cara B ya hablamos de la asistencia a drogodependientes en la que bibliotecarios estadounidenses se estaban formando a causa de la epidemia de consumo de opiáceos que se están dando en el país. Es uno de los ejemplos más recientes de las múltiples funciones que cada vez se van añadiendo a las bibliotecas.

La Biblioteca Pública de San Francisco, fue la primera en incluir asistentes sociales en su plantilla: y tras ella otras bibliotecas han seguido su ejemplo. Las bibliotecas de Filadelfia se han asociado a la Universidad para abordar cuestiones de salud pública. Un reciente estudio de la Universidad de Pensilvania explica como gracias a esta colaboración numerosos bibliotecarios han sido formados como especialistas en salud comunitaria: lo que les ha permitido ofrecer programas y asistencia para personas de todas las edades y contextos socioeconómicos. Accesibilidad y confiabilidad han sido las dos cualidades que los autores de este estudio han resaltado en bibliotecas y bibliotecarios.

 

Desde 2014 la Fundación sin ánimo de lucro Biblioteca Social está promoviendo e incentivando activamente la labor social de las bibliotecas en nuestro país.

 

En la Biblioteca Pública de Dallas, desde 2013, se desarrolla un programa para personas sin hogar; en la de Hartford, en Connecticut, el programa The American Place ayuda a los inmigrantes recién llegados a integrarse en la ciudad; mientras que en la de Queens, en Nueva York, se diseñan programas de salud dirigidos a la población inmigrante. Las políticas de inmigración deberían contemplar a las bibliotecas como aliadas en las políticas de inmigración: no iban a resolver las complejas problemáticas que plantea, pero como ha dicho recientemente Fernando Aramburu en ABC: “Creo que los libros nos hacen más inmunes al fanatismo.”

 

La biblioteca como experimento artístico:

Otra de las acciones de Yolanda Domínguez: pedir limosna para comprarse un Chanel en el barrio de Salamanca madrileño.

Entre las funciones expositivas de las bibliotecas no solo tienen que centrarse en mostrar obras de artistas: también pueden convertirse en objeto de experimentos artísticos aún sin proponérselo. La biblioteca como musa. Y entre los muchos creadores, que han recurrido a las bibliotecas y a los libros, para plantear sus acciones artísticas aquí rescatamos la performance que la artista Yolanda Domínguez llevó a cabo en una biblioteca de Milán.

En ella, una lectora arranca hojas de La metamorfosis de Kafka ante el estupor del resto de usuarios, y va introduciéndoselos en el escote para aumentar el perímetro pectoral, y de esta manera: denunciar el canon estético que se les exige a las mujeres en nuestra sociedad.

 

 

Pero la biblioteca, como experimento artístico, no es solo cosa de artistas que las utilizan para sus propios discursos: también hay bibliotecarios que experimentan artísticamente con ellas. Es el caso del noruego Kenneth Korstad, director de la biblioteca pública Deichmanske en Oslo, que se ha embarcado en un proyecto para fusionar el concepto tradicional de biblioteca con el arte experimental.

Para ello no ha dudado en abrir la biblioteca a creadores que quieren explorar la música, el cine, el teatro o las bellas artes desde enfoques de lo más experimental. Tanto es así que en el festival Sorforkomfort, que organiza en colaboración con otra biblioteca, se ha presentado desde: música creada a partir del virus del Ébola, danza experimental, música del ruido o teatro. Como sostiene Korstad: “la biblioteca es el último espacio democrático de la sociedad” y él se ha empeñado en explorarlo y abrirlo a todo tipo de audiencias de un modo radical.

 

Reproducción en tamaño normal del que va a ser el mayor libro pop-up del mundo. Es un proyecto que la artista Colette Fu está desarrollando en el Philadelphia Photo Arts Centre en Olde Kensington. Cuando esté concluido, en octubre,  los visitantes podrán pasear dentro de él.  

 

 La biblioteca como experimento cívico:

 

Es probable que para otros países europeos contar con una biblioteca auto-servicio no sea un experimento cívico: sino una simple mejora en la oferta de los servicios bibliotecarios. Pero en un país como el nuestro en el que el concepto de lo cívico, y el respeto al bien común siguen siendo asignaturas pendientes para muchos: un proyecto como la Open Air Library de Alemania resulta un experimento de alto riesgo.
Esta biblioteca alemana inaugurada en 2009 fue diseñada en colaboración con los vecinos. La idea era crear una biblioteca abierta en todos los sentidos: por su distribución de espacios, por estar abierta las 24 horas, porque su equipamiento es autogestionado por los vecinos que gestionan por sí mismos sus préstamos. No ha estado exenta de algún acto vandálico pero en nuestro país dudamos que hubiera sobrevivido más allá del primer año.
Gracias al sistema Open+, una innovación basada en RFID presentada en Francia en 2015, es posible permitir que determinados usuarios accedan a la biblioteca a cualquier hora. Open+, un buen nombre para este sistema al que en nuestro país, para que fuera viable, habría que añadir: Open your mind…al bien común.

 

La biblioteca como experimento político:

 

Hilando con el concepto de Open+, pero sin RFID, tan solo con cajas de madera: no sabemos que habrá sido de la #Bibliotecaurbana que unos voluntarios montaron en ciudad de México tras los recientes terremotos. Afortunadamente es fácil de reconstruir, no hay más que contar con unas cuantas cajas de madera para, poco a poco, ir llenándolas de libros. Tanto en movimientos como el 15M, el Occuppy Wall Street o en la plaza Taksin de Estambul: el nacimiento de bibliotecas espontáneas fue una constante. Lo que nos llamó la atención de esta modesta Open Library Mexicana es el propósito de: “ser un mejor país”.

 

Puede que suene naíf, ingenuo o pueril: pero se basa en una certeza. Cualquier acto es político, y ahora mismo: llevarse un libro prestado a casa, usar las bibliotecas (callejeras o convencionales), participar en sus actividades, interactuar con sus redes o compartiendo opiniones: es un acto político porque con ello se está diciendo que siguen siendo necesarias. Cuando se defiende un servicio público por el mero hecho de usarlo estamos haciendo política; cuando usamos una biblioteca estamos haciendo política.

 

 

 Podríamos seguir dando vueltas alrededor de la biblioteca como experimento. Bien aludiendo al mundo editorial que no aprovecha lo suficiente los fantásticos estudios de mercado que les podían proporcionar las bibliotecas; o pasando por las empresas que no valoran el impacto social tan positivo que ganaría su imagen si actuasen como mecenas (si acaso existiera una ley de mecenazgo en condiciones): pero no queremos eternizarnos. Ha quedado más que claro que los experimentos no se hacen con gaseosa: se hacen con arrojo y ganas de evolucionar.

 

Por eso cerramos con el ejemplo de Yoko Ono. Para muchos una chiflada, una mala pécora que acabó con The Beatles (inocentes que eran los muchachos): pero lo cierto es que bien les resulte ridícula a unos con sus obras conceptuales, u otros la aprecien como referente vanguardista: la japonesa de 84 años hizo de su capa un sayo desde el principio. Independientemente de lo que se piense de ella y su obra: toda una lección para perder el miedo a experimentar. ¿Qué baila mal? Pues ella misma lo proclama a los cuatro vientos. No se trata de no reconocer nuestras limitaciones sino de reconvertirlas en un estilo propio.

 

 

Poema para una biblioteca sin puerta (cinco años después)

Este artículo es un viaje de la oscuridad a la luz. Punto. Y en esta primera frase se agota todo el lirismo de un texto que osa bautizarse como poema. Que nadie espere rimas (al menos conscientes): los asuntos que aquí se tratan son demasiado prosaicos para aspirar a poesía alguna. Pero, pese a ello, prometemos un final en el que la belleza alcanzará las más altas cotas recurriendo, eso sí, a méritos ajenos.

 

La cuenta de Facebook Improbables librairies, improbables bibliothèques ideada por Gérard Picot, lleva años recopilando imágenes de bibliotecas y librerías imposibles. La biblioteca sin puerta podría haber sido una de ellas.

 

El primer poema para una biblioteca sin puerta se escribió hace 5 años. Ahora no se trata de reescribirlo para mejorarlo, al modo en que muchos escritores hacen cuando se enfrentan a la reedición de sus obras: sino de revisitarlo, de hacer un remake o un reboot según términos cinematográficos: para constatar lo que ha sido de esa biblioteca.

Corría el 2012 cuando saltaba a los medios la noticia de la agencia de lectura que, gracias a los fondos del antiguo Plan E promovido por el gobierno de Zapatero, se había construido en el jardín de Viveros junto al antiguo zoo de la ciudad de Valencia. La desaceleración económica a la que hacía referencia el último presidente socialista: provocó, que una vez concluidas las obras, se quedase sin inaugurar, o para ser más precisos, sin terminar. Tenía ventanas, hasta estanterías y alguna mesa, pero no había libro alguno, y ni siquiera dio tiempo a abrirle una puerta.

 

El interior en ruinas de la biblioteca sin puerta.

 

Las urbanizaciones abandonadas a su suerte que ahora habitan las alimañas; los campos de golf que ahora no sirven ni de pasto seco; las palmeras repletas de picudo rojo importadas de Egipto para diezmar a las autóctonas; los esqueletos de edificios abandonados en polígonos industriales o las aceras y farolas de resorts que no existieron nunca más allá de los planos: dan tal vez para un cuento, un relato de ciencia ficción apocalíptica o acaso una novela. Pero solo una biblioteca sin puerta puede dar para un poema.

 

Los leones de Bagdad de Brian Vaughan convirtió en fábula en viñetas la historia real de las bestias que escaparon del zoo tras el bombardeo de Bagdad en 2003.

 

¿Qué narraciones hubiese inspirado esa biblioteca sin puerta, en medio de un zoo abandonado, a imaginaciones como las de Borges, Cortázar o Bioy Casares? Solo los dibujos de Roland Topor o M.S Escher alcanzarían a hacerle justicia si de una novela gráfica se tratase. Los rostros sin ojos ni boca de Topor y las arquitecturas sin sentido de Escher: irían al pelo para una narración situada en una biblioteca ciega, o más bien cegada. Dibujos perfectos para el relato que podría dar de sí esta metáfora arquitectónica de una biblioteca sellada, cual pirámide egipcia tras la muerte del faraón.

Y no es gratuita la referencia a las monumentales tumbas egipcias: al igual que en las pirámides, durante estos cinco años, el local ha sido saqueado, no de tesoros, sino de cables, puertas y demás materiales: con que pudieran hacer hogueras los mendigos que la han ido habitando. No hace falta ser Bukowski para encontrar aquí una buena historia sobre bibliotecas e indigentes. Pero finalmente parece que el relato podría acabar bien.

Está previsto que para 2018 se finalicen las obras de reconstrucción y la agencia de lectura pueda finalmente tener una puerta.

¿Será verdad eso que dicen algunos de que se ha acabado la crisis? Para algunos ni siquiera empezó. ¿Habrá concluido ya el reajuste social ideado por el Grupo Bildelberg u otra entidad secreta a la sombra? Cada uno lo siente según le va, y por eso en el mundo bibliotecario con 226 bibliotecas públicas menos desde 2011: hasta que no se recuperen presupuestos, personal y recursos nada se puede decir por mucho que a la biblioteca, junto al viejo zoo de Valencia, le vayan a dibujar una puerta.

El ruido de la calle no se filtrará a través de los cristales rotos de las ventanas, ni las pedradas de los vándalos, ni las psicofonía de las bestias muertas del zoo vecino: será el silencio consensuado y confortable de un espacio lleno de libros y lectores. Y todo se llenará de murmullos. Susurros que incitan a la lectura y la relajación como los que aspiran a practicar algunos youtubers seguidores del movimiento en torno al ASRM.

 

ASMR: sonidos que salen de caricias al micrófono o de voces susurrantes.

 

ASRM, la Respuesta Sensorial Meridiana Autónoma, es el término acuñado en 2010 en Facebook para describir la sensación placentera a la que induce el escuchar determinados sonidos o susurros en la cabeza y el cuero cabelludo. Este fenómeno ha dado como resultado numerosos vídeos de youtubers, mayoritariamente mujeres, que se dedican a grabarse produciendo sonidos sutiles o murmullos que arrullan a los oyentes.

Dentro de esta moda se incluye la lectura de libros: y así, varios canales estadounidenses y franceses se han especializado en susurrar leyéndote un libro. Sandra Relaxation ASMR, ASMR Serena en francés; o la española SusurrosdelSurr o la mexicana CocoWhispers en castellano.

Lo que bien podría pasar por un invento propio de la delicadeza japonesa a la hora de agasajar los sentidos: en Youtube parece más bien, en algunos casos, una simple excusa para un exhibicionismo sensual que probablemente produzca unos efectos totalmente contrarios a la relajación. Sea de un modo u otro, el caso es que para quienes sean capaces de disfrutar ese bisbiseo continuo sin ponerse de los nervios: será como flotar en una nube. En cualquier caso a nosotros estos susurros y nubes nos sirven para que en este viaje de lo siniestro a lo luminoso que estamos transitando: las caras amorfas de Topor se transmuten en las siluetas repletas de nubes de Magritte. Asaltemos los cielos, pues, pero con delicadeza.

 

 

En una célebre escena de Roma (1972) de Federico Fellini: las máquinas que están horadando el subsuelo de la ciudad para construir una línea de metro: atraviesan unas catacumbas sepultadas durante siglos que conservan unos bellísimos frescos de la época romana. El contaminado aire del siglo XX irrumpe en el espacio sellado: y las delicadas pinturas se volatilizan antes la mirada de los obreros e ingenieros en una de los momentos más bellos que el genio italiano dio al cine.

Cuando finalmente se abra la puerta a la biblioteca valenciana nada se echará a perder.  Solo se restituirá el orgullo de una institución que el próximo 30 de septiembre precisamente se celebrará por todo lo alto en la ciudad protagonista de la película de Fellini.

 

Los técnicos del metro de Roma irrumpiendo en la cripta.

 

El Bibliopride italiano arrancó al tiempo que se construía y abandonaba la biblioteca valenciana. Por eso, cinco años después de aquella coincidencia, celebramos que en este 2017 se alcance la sexta edición de esta declaración pública de amor por las bibliotecas y la cultura. Una programación de actos a lo largo del país transalpino que toma las calles para proclamar el orgullo bibliotecario.

Y ahora sí, con más esperanza que hace cinco años, hemos partido de la  biblioteca sin puerta, hemos subido a las nubes, y tomado las calles. Ahora sí que podemos dar paso a la poesía.

De las máscaras sin rasgos de Topor al culmen de la expresividad en el bellísimo rostro de Jessye Norman, interpretando When I am laid in earth de la ópera  Dido y Eneas de Purcell, ataviada cual reina del glam. El ejemplo perfecto para demostrar que si no se abren las puertas no habrá cultura; y si no hay cultura no habrá civilización; y si no hay civilización,  no seremos más que sombras susurrantes en formato digital a las que cualquier nuevo invento amenaza con volatilizar.

 

Crossover bibliotecario

 

No podemos saber cómo habrían sido los hijos de parejas tan dispares como Arthur Miller y Marilyn Monroe, Orson Welles y Rita Hayworth o Arthie Shaw y Ava Gardner: porque no los tuvieron. Pero haciendo suposiciones: ¿qué habría primado en el cóctel de genes entre el brillante dramaturgo, el genio cinematográfico o el talento musical y las impresionantes bellezas de las tres sex symbol de Hollywood? ¿Y si la brillantez intelectual no hubiera sido herencia de los padres sino de las virtudes silenciadas de las madres?

 

Orson Welles cometiendo la herejía máxima contra el sistema de Hollywood: cortando y tiñendo la mítica melena pelirroja de su, entonces esposa, Rita Hayworth.

La factoría de genios: desentrañando los misterios del banco de esperma de los premios Nobel.

 

Los caminos de los cruces genéticos son inescrutables. En el banco de esperma William Shockley se conserva el semen de los científicos que han ganado el premio Nobel. El profesor de psicología en Harvard, Steve Pinker, recoge en su famoso ensayo La tabla rasa una anécdota al respecto de lo más jugosa. Según relata, cuando le pidieron al bioquímico George Wald su semen para conservarlo en el citado banco, éste replicó que debían ponerse en contacto con su padre, un pobre sastre emigrante, porque el suyo había dado como resultado a dos hijos guitarristas.

Las bibliotecas no tienen genes pero eso no les impide “cruzarse” con otras instituciones, servicios públicos o conceptos. Los mas puristas argüirán que determinados experimentos solo pueden desembocar en la adulteración de lo que es y ha sido una biblioteca: pero está biológicamente demostrado que la endogamia solo lleva a la devaluación genética de la especie. Así que no vamos a justificarnos por ejercer de alcahuetas.

¿Cómo llamaríamos a la criatura? Si sale mal: aborto, si sale bien: como mejor convenga al entendimiento rápido de todos. Pero dejémonos de prolegómenos. Bajemos un poco la luz, acaso pongamos una música agradable y que empiecen los emparejamientos.

 

“Y Frida les habló del amor…”: fue compartir en nuestras redes este crossover entre Frida Kahlo y las princesas Disney a cuenta del amor y romper las estadísticas.

 

BIBLIOTECA-CENTRO COMERCIAL

 

Ya citábamos algunas de las deudas que las bibliotecas tienen para con los centros comerciales o grandes superficies en Supermercados de la cultura: oferta del día en ideas propias. Desde ese post las últimas noticias sobre los centros comerciales han agudizado una tendencia: su desaparición. Según un reciente estudio de los 1.200 centros comerciales actuales en Estados Unidos, en 2022, solo quedará la cuarta parte por el auge del comercio digital . Culpables de matar el centro de las urbes, acabar con el comercio de proximidad y embrutecer a los consumidores con su oferta despersonalizada: no nos da ninguna pena, y menos aún, si se afianza la tendencia de reconvertirlos en bibliotecas.

 

Un centro comercial abandonado lleno de nieve en Akron (Ohio)

 

El último caso ha sido en Abilene (Texas). En el centro comercial de Abilene van cerrando cada vez más negocios, y la biblioteca de la ciudad tejana, decidió abrir una sucursal aprovechando los locales que iban quedando vacíos. Desde que abrieron la sucursal, el pasado mes de noviembre, el número de usuarios ha pasado de 91.177 a 221.372. Los bibliotecarios están encantados pero los gerentes del centro comercial aún más. Como declaró a los medios el responsable del centro: “La biblioteca es un gran inquilino, ojalá hubiéramos tenido más como ellos”. Y el beneficio es mutuo, no solo por ocupar un espacio vacío y dotarlo de vida, sino también por organizar actividades para los niños en los espacios comunes del centro. En este caso más que un crossover se podría hablar de una pacífica y lenta colonización.

 

Biblioteca en el centro comercial de Abilene.

 

BIBLIOTECA-AGENCIA DE VIAJES

 

Al igual que a los centros comerciales: Internet le ha dado la puntilla a las agencias de viajes. Una paradoja, que ahora que la gente viaja más que nunca, sean los negocios que desde siempre han gestionado estos asuntos los que se vean en riesgo de desaparación. Parte de culpa la tiene su dependencia de los grandes turoperadores que les limitan a la hora de ofrecer alojamientos, itinerarios y combinaciones. Por eso se ha visto un resurgir de las agencias, físicas o virtuales, que ofrecen viajes fuera de lo habitual: quedando para las clásicas la oferta de paquetes de vacaciones o los viajes del Imserso.

Es el caso de la agencia de viajes online Frikitrip que organiza viajes temáticos. ¿Qué eres fan de Doctor Who, de Harry Potter, Juego de Tronos, de los vikingos o de The Beatles? Pues ellos te organizan el viaje, los itinerarios y lugares a visitar: para que tu inmersión en tu serie, género o grupo favorito sea absoluto. Es justo de lo que hablábamos en Turoperador bibliotecario. Allí sugeríamos un servicio que ayudase a los usuarios a diseñar sus viajes en colaboración con su bibliotecario. No se trataba tanto de gestionarle la logística del viaje: como de proveerle de obras que tuvieran que ver con su destino para que su inmersión fuera mucho más rica.

Patti Smith polaroid en ristre

¿No deberían los responsables de Frikitrip ampliar su espectro e incluir a los amantes de la literatura, o añadir más tipo de cine o música? Una alianza Frikitrip-biblioteca sería todo un éxito. En lugar de aburridos selfies con la sirenita de Copenhague, el skyline de Nueva York o la Torre de Pisa: el álbum de fotos del viaje sería como los de Patti Smith (cuyo periplo por el Nueva York de los 70-80 bien daría para un viaje temático). Con las polaroids que la cantante-poetisa estadounidense ha hecho en sus viajes literarios se han llegado a montar exposiciones: desde unos cubiertos de Rimbaud, la cama y escritorio de Virginia Woolf, un pañuelo de William S. Burroughs o unas pantuflas de su amado Robert Mapplethorpe.

 

Cama y despacho de Virginia Woolf fotografiados por Patti Smith

 

BIBLIOTECA-GASTROMERCADO

 

La saga Sharknado: tiburones + tornados. ¿Quién da más?

¿Gastromercados y bibliotecas? ¿qué invento es esto? Estos crossovers empezaron con referentes del Hollywood de oro, y de seguir así, van a terminar como la saga Sharknado: mezclando tiburones con tornados. Pero todo tiene su explicación.

Si hay unos espacios públicos que han conocido y siguen conociendo un auge inusitado estos son los espacios gastronómicos. Rafael Ibáñez ya nos hablaba de las Gastrobibliotecas  hace cuatro años. En ese caso se trataba de bibliotecas especializadas en gastronomía. Pero dado que no todas las bibliotecas pueden tener cocina como la Biblioteca del Fondo en Santa Coloma de Gramanet: tal vez sea el momento de ir un poco más allá

Guste más o menos: el lobby estudiantil ejerce una presión constante. Por eso, mientras que se siguen ensayando fórmulas para hacerlos usuarios más activos de colecciones y servicios: ¿por qué no atender a sus necesidades más primarias?

Durante épocas de exámenes prácticamente viven en la biblioteca. En ciudades medianas y grandes la imagen de grupos sentados en las escaleras, en las zonas comunes o en la calle (en el caso de que no haya sitio dentro del edificio) con sus tupper resulta de lo más habitual.

 

 

Simplemente se trataría de copiar lo que ya están haciendo en algunas universidades. Iniciativas como Foodtopía 1.800w. en el Parque Científico de la Universidad de Murcia: es un ejemplo. Este proyecto de economía local resiliente (como le gusta denominarse) ofrece comida que une producción agrícola y distribución de alimentos local. Promoviendo un menú saludable, ecológico y a precios muy asequibles: servicios de catering del tipo Foodtopía 1.800w. podrían perfectamente proveer y promover la dieta saludable de los jóvenes ofreciendo sus productos en bibliotecas a mediodía. Y sería una opción tanto para estudiantes, como para individuos en riesgo de exclusión, para los que la biblioteca no es ya su segunda casa, sino prácticamente lo más cercano que reconocen como hogar.

BIBLIOTECA-CENTRO DE OCIO

 

Jane Austen + zombis: después de esto ya nada queda a salvo.

No vamos a llegar a proponer un parque de atracciones bibliotecarias, pero a un paso estamos. Si museos y otras instituciones respetables han optado abiertamente por la gamificación y por dotar a sus propuestas de un aura de espectáculo cuasi circense: las bibliotecas no pueden quedarse atrás.

El verano de 2016 fue el verano de la moda del Pokémon Go. Varios artículos e iniciativas se centraron en sacar rédito a dicha moda desde las bibliotecas. Un año después, pasado ese furor, la moraleja como siempre es la misma: no hay que correr detrás de la última zanahoria digital que nos ofrezcan. Las bibliotecas son milenarias, pueden tomarse su tiempo, sin dejarse agobiar por la sensación permanente de estar perdiendo algún tren con destino final a la obsolescencia.

“Desde lo alto de esas bibliotecas 43 siglos nos contemplan”.

 

No se trata de realidad inmersiva 4D es una obra del pintor hiperrealista Joel Rea

 

Robots y Tolstói: ¿qué puede salir mal?

Ya hablamos en Escapando de la biblioteca, escapando de los bibliotecarios de la moda de las escape room y sus posibilidades en bibliotecas, la cultura maker sigue ganando terreno, la robótica es un campo a tener en cuenta, y ahora toma el relevo a la realidad aumentada: la realidad inmersiva 4D. Una vez más, como toda novedad, habrá que tomársela con calma.

La empresa Broomx Tecnologies ha creado el primer sistema de proyecciones inmersivas 4D y vídeos 360 que no necesitan del uso de ningunas gafas y pueden disfrutarse en cualquier espacio. Recrear a personajes e historias de libros, películas o cómics en la sección Infantil y Juvenil, convertir al libro en el epicentro del que nace todo lo imaginable. Como con cada nueva maravilla tecnológica se corre el riesgo de quedarse con la atracción de feria y dejar aparte el contenido. Solo el tiempo y el desarrollo dirán lo útil que puede llegar a ser como aliado de la oferta bibliotecaria.

 

Cuando la Universal dejó que sus monstruos clásicos se cruzaran con las comedias de Abbott y Costello (los Pajares y Esteso de los 40 estadounidenses): la decadencia de los mitos del terror clásico se hizo imparable.

 

Se sabe cómo se empieza pero no cómo se acaba. Los crossover es lo que tienen. Podríamos seguir con cruces genéticos entre bibliotecas y otras instituciones y servicios: pero antes de que esto adopte tintes orgiásticos mejor dejarlo.

Y si arrancamos con parejas llenas de glamour cerremos con todo un clásico. La metáfora perfecta del crossover bibliotecario sería la pareja protagonista de Bola de fuego (1941) de Howard Hawks. El tímido y encantador erudito interpretado por Gary Cooper y la desinhibida cabaretera a la que daba rutilante vida Barbara Stanwyck. La calle irrumpiendo en la academia y trastocándolo todo. No hubo segunda parte, así que no podemos saber cómo fue el resultado de tal cruce genético: pero es muy posible que fuera equiparable a una idea de biblioteca cercana a lo que hemos propuesto aquí.

 

Canción de verano bibliotecaria

 

 

En el hemisferio en el que se cuece (literalmente) este blog: es verano. Y una de las tradiciones seculares del verano hasta hace no tanto: eran las canciones del ídem. Esas tonadas facilonas, de letras sonrojantes la mayoría de las veces, con ritmos básicos y a ser posible acompañadas de coreografías propias de una fiesta de fin de curso de parvulario. Por mucho que digan que la omnipresente Despacito de Luis Fonsi es la elegida para este 2017, no es cierto: la canción se publicó el 12 de enero y lleva triunfando en las listas desde entonces.

El cambio climático lo está trastocando todo. En el tiempo de la posverdad, el calentamiento global y las redes sociales: el dejarse mecer por un ritmo tontorrón y por letras simplonas ha perdido la estacionalidad. Ahora la canción del verano es la banda sonora de todo el año como las, antaño, serpientes de verano (esos culebrones informativos con los que se entretenía al personal mientras daban cabezadas): reptan por las redacciones y, sobre todo, por Internet durante los 12 meses sin interrupción. De hecho las canciones y serpientes de verano han ido emparejadas desde sus orígenes. Por eso no es de extrañar que el inevitable Despacito posea, según los expertos, lo que se denomina: gusano de oído.

 

Tuit del músico, productor y compositor Nahúm García en la que explica el secreto del éxito del tema de Luis Fonsi y Daddy Yankee. En la web musical Jenesaispop lo explican en detalle.

 

Son las conclusiones de Jessica Grahn, neurocientífica de la Universidad de Ontario, que recientemente concedía una entrevista a la BBC para tratar de explicar, científicamente, la razón por la cual determinados temas conocen un impacto global y consiguen arrasar por encima del resto. Un intento (vano) más por conseguir la fórmula del éxito.

Nada que reprochar. Será el calor, será el goteo incesante del tema de Fonsi y Daddy Yankee, será que los gusanos se han convertido en serpientes y nos colonizan el cerebro: que en este post nos rendimos a lo facilón, a la rima fácil, a la gracieta de adolescente. Lo cual no quiere decir que en el resto de posts no lo hayamos hecho: la diferencia es que aquí es de manera consciente. Después de todo ¿no aspiran las bibliotecas también al éxito masivo? De ahí que demos a todos los palos con este texto tutti frutti: en un intento por lograr ese estribillo redondo que siempre se escabulle .

 

 

Como cada verano diferentes administraciones ponen en  marcha las campañas de verano a través de los bibliobúses. En la ciudad india de Naihati  no cuentan con bibliobúses pero cuentan con el empeño y las buenas piernas de Alamgir Hossain Shrabon. Empeñado en hacer llegar la lectura hasta la última aldea: este profesor pedalea transportando un carrito de los que se usan como puestos ambulantes de comida repleto de libros.“Quiero erradicar la pobreza a través de la educación” declara Shrabon, que además, ha creado dos centros de formación para mujeres, así como talleres gratuitos para formar en el uso de nuevas tecnologías.

Pero de la edificante historia del profesor hindú, aparte de con su arrojo, nos quedamos con el carrito. Los jóvenes ya no tienen memoria de los clásicos carritos de helados o de comida que antaño circulaban por las ciudades. Salvo los puestos ambulantes que desfilan previos a alguna cabalgata o procesión: la venta ambulante de helados y alimentos es cosa más bien del pasado. Vivimos en la eclosión de los food trucks o furgonetas de comidas. Pero aquí y ahora apostamos por lo clásico.

¿No sería una buena idea rescatar uno de esos carritos de helados para prestar libros? Prestar libros y vender/regalar helados si alguna marca tuviera la visión comercial suficiente para promocionarse en alianza con la cultura. Puede que alguno de los libros terminase como los que aparecen en una de nuestras cuentas de Instagram favoritas: Ice Cream Books: pero el impacto que se conseguiría haría que mereciera la pena.

 

La Biblioteca Newberry de Chicago está especializada en colecciones sobre religión. Entre los 80.000 documentos que conforman sus fondos se encuentran no pocos textos sobre brujería, magia o espiritismo. Pero pese a lo antiguo de los fondos que allí se conservan: sus responsables han demostrado estar firmemente asentados en nuestros días. Ahora que tanto se habla de que los usuarios intervengan en la toma de decisiones de los centros bibliotecarios: la Biblioteca Newberry ha publicado en el portal Transcribing Faith tres manuscritos sobre magia para que cualquier internauta, que se vea capacitado, les ayude a transcribirlos, corregirlos y comentarlos. Un trabajo colaborativo para acometer una de las tareas, hasta ahora, más especializadas y celosamente reservadas por el gremio bibiotecario y archivero.

La gran Lola siempre adelantada a su tiempo.

Es lo que se lleva: presupuestos participativos, toma de decisiones asamblearias, la necesaria transparencia del sistema. Todo razonable, democrático, políticamente correcto y con la bendición que se le presume siempre a lo consensuado. Pero en tiempos en que prima el descrédito de la opinión docta y la desconfianza hacia todo lo que provenga de la academia: hay que estar bien alerta ante los inventos que puedan surgir de este afán por el igualitarismo a ras de tierra.

Como ejemplo el reciente anuncio de la RAE aceptando el uso de iros por idos: un necesario triunfo del uso popular de la lengua, que en las redes, se ha traducido en un nuevo linchamiento contra la labor de la RAE por tener un pasado machista. Una manera de mezclar churras con meninas (ya puestos a amoldar el lenguaje a nuestro gusto: ancha es Castilla) y es que “si me aconvenzo, si me aconvenzo” las cosas son como yo quiero que sean y se acabó que cantaba María Jiménez.

 

 

Cuando allá por el verano del 2001, la pareja formada por las tuneadas Sonia y Selena, copó las listas de éxitos con su tema Yo quiero bailar: no faltaron los comentarios insidiosos tildando a las esforzadas cantantes de parecer salidas de una de esas películas, que en los videoclubes, solían esconderse en los rincones más discretos del local. Y si hay un gremio que puede comprender mejor que ninguno lo injusto que resulta el que te cataloguen estéticamente en un estereotipo ese es, sin duda, el bibliotecario.

Algunos de los bibliotecarios retratados por Kyle Cassidy en su libro-homenaje a las bibliotecas y los bibliotecarios.

No sabemos si el último libro de la fotógrafa Kyle Cassidy va a incidir de alguna manera en que evolucione la imagen del gremio; pero incluye algunas reflexiones que nos gustan mucho. This is what a librarian looks like: a celebration of libraries, communities, and access to information (Esto es lo que parece un bibliotecario: una celebración de las bibliotecas, las comunidades y el acceso a la información) es el resultado de los viajes por los Estados Unidos de Cassidy fotografiando bibliotecarios y recogiendo sus opiniones e ideas en torno a su trabajo. Aunque se pueden seguir estableciendo ciertos criterios estéticos comunes entre algunos de los retratados: también hay disidencias estéticas que rompen el estereotipo. ¿Quién sabe? puede que dentro de poco el canon estético de Sonia y Selena termine asomando en futuros retratos del gremio.

Pero más allá de la apariencia, que por algo estamos hablando de bibliotecas, nos quedamos con las declaraciones de una de las bibliotecarias retratadas. Jaina Lewis, bibliotecaria juvenil en la Biblioteca de Westport, describe sus tareas de una forma con la que más de uno podrá identificarse:

“Por la mañana, soy una estrella de rock en una habitación llena de niños en edad preescolar; a mediodía, soy una trabajadora social ayudando a buscar recursos para la búsqueda de empleo; por la tarde soy una educadora que lleva a los niños a un taller de ciencias. Los bibliotecarios servimos para muchos propósitos y usamos distintos sombreros, pero todos sirven para lo mismo: cambiar vidas.”

 

 

El verano también es tiempo para nostalgias: ahí estaba el Dúo Dinámico, otros clásicos del repertorio veraniego, con su tema El final del verano. Pero no parece que haya sido ese tipo de nostalgia la que haya incidido en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos para publicar un libro en el que recupera el olvidado arte de los catálogos de tarjetas.

La estupenda encuadernación de The Card Catalog.

The Card Catalog: books, cards and treasures literacy (El catálogo de fichas: libros, tarjetas y tesoros literarios): en el que se reúnen algunas de las tarjetas que, durante décadas, sirvieron para recoger los datos de las publicaciones y para dejar fe del buen pulso de los catalogadores a la hora de completar las fichas. El libro deja constancia de los esfuerzos de los bibliotecarios por intentar organizar unas colecciones que crecían sin parar; e incluso se hace eco de las rivalidades que se establecieron entre bibliotecarios a la hora de imponer sus criterios.

La glaciación digital arrasó con todo ello, pero dejó algunas situaciones curiosas que el libro recoge: sobre el modo en que algunas bibliotecas se despidieron de sus viejos ficheros. En una biblioteca de Maryland ataron las fichas a globos llenos de helio y las lanzaron al cielo; otras celebraron incluso funerales en homenaje a sus entrañables catálogos de fichas.

Hoy día lo digital deja poco margen para imprimir un toque personal en un trabajo tan reglado como es la catalogación. La personalización se margina a los tejuelos, y como mucho, a los códigos de barras. ¿Los códigos de barras? Pues sí: los códigos de barras son como las caprichosas marcas que el bañador o los anillos (en caso de practicar el nudismo) dejan en la piel bronceada: una inesperada demostración de que la diferencia está en los detalles. Es una pena que la falta de tiempo no permita “customizar” los códigos de barras de las bibliotecas. Podría dar lugar a comentarios gráficos sobre la temática de los documentos tan estimulantes como estos que provienen (cómo no) de Japón:

 

 

Y hasta aquí llegó el repaso a algunas de las posibles tonadillas de verano con aires bibliotecarios. Quedan en el tintero éxitos potenciales como MARCarena de Los del Río, Sólo se registra una vez de Azúcar Moreno o Ven, catalógame otra vez de Lalo Rodríguez. Pero toda tontería tiene un límite. Es hora de desconectar y dejar que la audiencia relaje oídos y vista.

En los programas de entretenimiento de la televisión estadounidense se ha puesto de moda improvisar canciones con las estrellas que van de invitados. Estos sketches musicales son el equivalente frívolo a los conciertos unplugged (desenchufado) que tan en boga estuvieron hace un tiempo. Así pues vamos a desenchufar durante unas semanas este blog con un tema muy apropiado: el Holiday de Madonna cantado en el show de Jimmy Fallon: ¡Holiday! ¡Celebrate!

 

 

Biblioteca de orgasmos, biblioteca de chocolate

 

Publicidad impresa de la marca de productos de higiene masculina Axe: “parte buena, parte mala: esa es la esencia del hombre”.

 

Según un artículo de la publicación digital Puro marketing, de hace dos años, el sexo como reclamo publicitario ya no vendía: más que nada por saturación, aburrimiento, hartazgo. Pues bien, alguien debería haber avisado a las agencias que se ocupan de las campañas para numerosas marcas de perfume, moda, desodorantes, agua mineral y hasta quita grasas para el hogar: porque todas, sin excepción, siguen recurriendo al sexo para vender. Visto lo visto ¿está mal que se haga lo mismo para hablar de bibliotecas?

 

Publicidad (nada sexista) del detergente OMO en los años 60: o de cómo poner la lavadora y hacer un estriptís para animar al marido en cuatro fáciles pasos.

Uno de los daños colaterales de 50 sombras de Grey. 

 

En este blog, recién publicado, un díptico bajo el título de Sexo, drogas y tejuelos: cabría pensar que sí. Pero aún a riesgo de que se nos tache de rijosos no podíamos dejar pasar una noticia tan jugosa (ese subconsciente escurriéndose por los adjetivos) como la relativa a una biblioteca de orgasmos.

Y no, no vamos a hablar del fotógrafo Clayton Cubitt y su invento, también de hace dos años, de la Literatura histérica: aquellos vídeos de mujeres llegando al orgasmo, gracias a un vibrador, mientras leían un libro; y que salió hasta en los telediarios (para que luego digan que el sexo no vende). La biblioteca de orgasmos bien podría tomarse como una extensión de la propuesta con la que Cubitt unía orgasmos y literatura: pero dándole la vuelta.

Si el órgano más grande que interviene en la relación sexual es el cerebro: ¿por qué en la siguiente campaña de promoción de la lectura no se recurre a un eslogan del tipo:

si quieres buen sexo ven a la biblioteca

 

En este caso no se podría acusar a nadie de publicidad engañosa. El efecto viral de la campaña sería imparable, el lirismo de puerta de aseo público en los comentarios subsiguientes, también: y el jamacuco del político de turno, seguro. Eso sí, habría que completarla con una letra pequeña que indicase que las bibliotecas no se hacen responsables de los fracasos eróticos de sus clientes. En caso contrario, no habrían hojas de reclamaciones suficientes para desahogar a tanto frustrado por lo poco que la realidad suele avenirse a las expectativas que genera nuestra imaginación.

 

Gama de cosméticos del amor de la marca Bijoux indiscrets.

El clásico de Diderot del que toma su nombre la literaria marca de juguetes eróticos Bijoux indiscrets.

 

En la marca de juguetes eróticos Bijoux indiscrets, es de Barcelona por mucho que parezca francesa (algo de galicismos para variar): lo tienen claro. Por eso ha llevado a cabo un estudio (¿qué sería de nosotros sin los estudios?) bajo el título: Realidad versus ficción en el sexo. Si del dicho al hecho hay un gran trecho, en cuestiones erótico-festivas el trecho se convierte en abismo.

La marca creó una biblioteca digital desde la que es posible descargar los sonidos de diferentes orgasmos. A partir de ahí: pidieron a un grupo de hombres y mujeres que jugaran a diferenciar cuáles eran ciertos y cuáles fingidos. Los resultados fueron de lo más igualitarios: tanto los varones como las féminas no supieron discernir la ficción de la realidad en cuestión orgásmica.

Con esta propuesta lo que Bijoux indiscrets ha querido demostrar es el potente influjo que la ficción tiene sobre nuestro imaginario erótico, y por ende, sobre nuestro comportamiento en estas lides. Según el mismo estudio un 44’7% de las mujeres denotan un imaginario erótico equiparable al de una película romántica; mientras que para un 38,2% de los hombres su idea de lo sexual se aproxima más a una cinta porno. Sin novedad en el frente.

 

El ensayo de Denis de Rougemont un referente a la hora de indagar en los orígenes del concepto del amor romántico en Occidente.

 

Sex criminals mezcla orgasmos y thriller con un punto de partida impactante: cada vez que la pareja protagonista tiene un orgasmo el tiempo se paraliza.

Desde que en la Edad Media los juglares inventasen el amor romántico: la representación de los sentimientos y deseos se contaminó de tanta carga literaria que los estereotipos en torno al amor se enturbiaron para siempre en Occidente. Faltó la llegada de la publicidad, el cine y los medios de masas en la Edad Moderna para que separar el grano de la paja (sin segundas lecturas por favor) se hiciera del todo imposible.

Ahora, en plena apoteosis de lo pornográfico gracias a lo digital: el último reducto de soberanía personal sobre el propio cuerpo, la sexualidad, corre el riesgo de terminar convertido en algo maquinal, mecánico, robótico. Si abogábamos por la reivindicación de lo erótico desde la cultura: ¿qué tal sería una campaña conjunta entre Bijoux indiscrets y alguna red de bibliotecas?

 

Nathan, el programador megalómano de la película Ex Machina (2015) en pleno delirio bailongo (¡¡atención spoiler!!) con su amante robótica. Recientemente un artículo publicado en El País abordaba el más que probable uso de los robots con fines sexuales. ¿Se resolverá así la cuestión del fingimiento en el orgasmo? ¿soñarán los androides con orgasmos eléctricos?

La máquina de follar de Charles Bukowski: cargándose, cada vez más, de poder profético según avanza la robótica en este siglo XXI.

 

La originalidad está sobrevalorada: y la prueba es la segunda parte de este post (absténganse golosos). Acomodados en el mundo de los sentidos recurrimos a un nuevo tópico: el que relaciona al chocolate con el sexo, precisamente por su capacidad para sustituirlo.

Si lo de consumo, luego existo es el principio que sustenta el sistema en el que sobrevivimos, entonces todos somos víctimas propiciatorias del marketing. Música estimulante en las tiendas de ropa, para que todos nos creamos el chico de Martini o Carrie Bradshaw ensayando posturitas frente al espejo del probador; o películas y series televisivas con los decorados más repletos de marcas que el maillot de un ciclista.

Todo vale con tal de transformarnos en perritos de Pávlov, salivando ante la posibilidad de fundir la tarjeta de crédito; y en cuestiones de libros no tenía porque ser menos. Hace unos años la revista Journal of Enviromental Psychology recogía los resultados de un experimento de lo más peculiar, que un equipo de investigadores de la Universidad de Hasslet (Bélgica): pusieron en practica durante diez días en una librería belga.

Consistió en pulverizar aroma a chocolate en determinadas secciones temáticas de la librería, y comprobar si esto afectaba al incremento de las ventas. Y así fue según los resultados del estudio, sobre todo en lo relativo a libros sobre alimentos y novelas románticas. Todo bastante previsible, la verdad.

 

El cuidado y libresco envoltorio en el que se comercializó el Paper Passion de Karl Lagerfeld.

 

Pero como siempre, la noticia nos sirve para plantearnos una reflexión: ¿qué efecto tendría en las estadísticas de préstamo de las bibliotecas adoptar este sistema de marketing olfativo? Si nuestros objetivos se moviesen dentro del canon del buen gusto comúnmente aceptado: se podría recurrir a perfumar las salas bibliotecarias con Paper passion o con L’Air de Rien.

El primero, Paper passion, fue la creación conjunta del perfumista Geza Schoen y el diseñador Karl Lagerfeld para la revista Wallpaper. Se trató de capturar ese olor a libro nuevo con el que se deleita cualquier amante de la lectura: un arma de seducción definitiva diseñada para alterar las feromonas de cualquier letraherido que caerá rendido ante tal atractivo intelecto-sexual. El propio Lagerfeld pronuncio hace tiempo el mejor eslogan para el perfume:

“los libros son una droga de tapa dura, sin peligro de sobredosis. Yo soy la víctima feliz de los libros”

 

La segunda opción para perfumar los ambientes bibliotecarios, a semejanza de como hacen hoteles o comercios de alto standing: sería el perfume creado-inspirado por la actriz y cantante británica Jane Birkin: L’Air de Rien. La perfumista Lyn Harris siguió las indicaciones de la intérprete del Je t’aime moi non plus para crear un aroma que evocase a polvorientas bibliotecas y a libros antiguos recurriendo al musgo de roble, el neroli, el ámbar o la vainilla.

No dudamos que pudiera seducir a algunos usuarios, pero a los profesionales que lidian diariamente con depósitos atestados de donaciones y libros polvorientos: ¿no sería un poco como irse a casa como se van los pescaderos?

Dos opciones para convertir a las bibliotecas en espacios de seducción no solo intelectual, sino también sensorial, sensual. Pero yendo un paso más allá: si Isabel Coixet lanzó aquello de ¿a qué huelen las nubes? en un spot de compresas: aquí nos preguntamos: ¿a qué deberían oler las colecciones según su contenido?

Dulce fragancia de caramelo para la sección infantil, el vigorizante aroma de los cítricos para la sección de deportes; el recio olor a madera y tabaco para empresarios y política; el olor a dinero recién impreso para la sección de negocios; raíces y tierra para la filosofía; fragancias marinas para la literatura de viajes; o un deseo, más que una realidad: el rancio olor de la naftalina para la mala literatura.

El problema sería que los conductos de ventilación confundieran los aromas, provocando una parosmia generalizada entre los visitantes (trastorno que confunde los olores) e hiciera que las fans de Danielle Steel terminasen irremediablemente atraídas por la sección de feminismo, los empresarios por la novela romántica, o los jóvenes por la filosofía. Sería un caos olfativo de imprevisibles consecuencias, y probablemente, más que positivas. Otra forma, mucho más sibilina, de aplicar nuestro concepto de justicia poético-bibliotecaria.

Pero aquí lo dejamos antes de que esto se convierte en una apología de lo orgiástico-bibliotecario digna del final de la novela de Patrick Süskind.

 

Y es que parafraseando el célebre eslogan de la colección de literatura erótica La sonrisa vertical: este post ha quedado para leerlo con una sola mano….porque la otra, lógicamente, hay que tenerla ocupada saboreando un cremoso helado de chocolate, como los del hombre de los helados al que cantaba Tom Waits. Y a ser posible sin que sea en sustitución de nada.

 

 

En paradero conocido: la biblioteca

 

Del caudal de estupideces que llegan diariamente a través de las redes, el homicidio involuntario de una youtuber, es el que nos sirve de arranque para este post. Lo cierto es que hay mucho donde elegir a la hora de ponerse apocalíptico cuando se habla de redes sociales y del ansia de celebridad que han generado: pero en este caso las circunstancias lo hacen muy propicio para la temática de este blog.

Monalisa Pérez (con ese nombre probablemente desde pequeña pensara que su fin solo podía ser el de ser famosa) mató a su marido Pedro Ruiz de un tiro en el pecho a instancias del propio Pedro. Pero no se trató de ningún tipo de muerte asistida: los dos querían ganar más seguidores para su canal de Youtube. Y por este motivo, según cuenta la crónica, el joven marido convenció a la mujer de que le disparase en el pecho protegiéndose solo con el tomo de una enciclopedia: para luego difundir el vídeo en su canal.

 

Obras de la serie Book guns del artista neoyorquino Robert The.

 

¿Cuántas lecturas se pueden sacar de algo así? Sin duda la de la enciclopedia, no: pero no nos extrañaría que el tomo elegido se convirtiera en objeto de culto para algún necrófilo bibliófilo, o bibliófilo necrófilo, que tanto da. Estudiar la trayectoria que describió la bala, las entradas que atravesó, las páginas que perforó. ¿Qué científicos, literatos, artistas, filósofos o estadistas reventaron su gloria impresa para dejar expedito el camino a los 15 minutos de fama del youtuber? El tomo destrozado de esa enciclopedia será lo más cercano que estarán de la posteridad: Pedro y su mujer Monalisa. Las celebridades que ganaron su puesto en la enciclopedia por logros intelectuales, científicos o políticos seguirán intactas en los fondos de miles de bibliotecas: las únicas capaces de conservar los logros de quienes no necesitan de likes, followers ni retuiteos para perdurar intactos.

 

La ingeniosa campaña de la Biblioteca Nacional de Perú para recuperar libros robados de sus colecciones.

 

En esta cultura de la celebridad histérica en la que vivimos uno de los juegos más recurrentes cada cierto tiempo es el de: ¿Qué fue de…? La mayoría de las veces una excusa para consolar a esas mayorías silenciosas que tanto gustan a algunos políticos. Saber de las desgracias de los que un día fueron los elegidos y ahora tienen que malvivir, o vender sus miserias al mejor postor: es la picota medieval, la horca, la guillotina o el circo romano del siglo XXI. Así, una vez relajados tras el linchamiento mediático: uno vuelve reconfortado a su silenciosa mediocridad.

Pero he aquí, que las bibliotecas, esas locas milenarias empeñadas en maquillarse, operarse, recauchutarse y estirarse lo que haga falta con tal de seguir resultando lozanas: siguen obcecadas en dar munición al disidente, al librepensador, al que se niega a alimentarse culturalmente por lo que dictan las leyes del mercado.

 

Walt Disney congelado en la campaña #VivenenlaBRMU con la que, la Biblioteca Regional de Murcia, ha lanzado su cuenta de Instagram bajo el lema: “Que las leyes del mercado no impongan tu dieta cultural”.

 

En Escaparatismo para bibliotecas recuperábamos la anécdota de cuando Dalí diseñó dos escaparates de la Quinta Avenida de Nueva York en 1939, y al descubrir que durante la noche los dueños de los grandes almacenes (escandalizados por el montaje) habían modificado su idea original: la emprendió a patadas con todo y terminó en el calabozo. Algo así hacen las bibliotecas con esa cultura de escaparate que obliga a que todo tenga una caducidad más corta que un yogur en mitad del Sáhara: darle de patadas con sus colecciones.

Pero seamos justos. Las modas culturales no son cosa solo de los mercados. Las fluctuaciones en los gustos de los críticos, del público y de los medios son continuos. Y las bibliotecas están alerta para rentabilizarlas.

 

Fotografía de Peg Entwistle junto al emblemático lugar que eligió para suicidarse.

 

En el último vídeo de Lana del Rey, Lust for life, se rinde un homenaje (sin acreditar) a la actriz británica Peg Entwistle: que, tras una carrera en Broadway, partió a la meca del cine para triunfar como estrella. Tras vivir la parte más amarga del sueño americano: Peg coparía los titulares tras arrojarse al vacío desde lo alto de la letra H del famoso cartel HOLLYWOOD que domina las colinas de Los Ángeles. Si Thomas Quincey escribió del asesinato como una de las bellas artes: ¿acaso este suicidio no merece un reconocimiento por su valor artístico?

La edición completa de las poesías del joven canario Félix Francisco Casanova.

Irène Némirovsky, John Kennedy Toole, Frances Farmer, Stieg Larsson, Lucia Berlin…son algunos de esos nombres que conocieron el reconocimiento póstumo. Otros como Chavela Vargas o La Lupe (vía Almodóvar), Huysmans (vía Houellebecq), Aldoux Huxley y su mundo feliz (vía Trump), Ed Wood o Margaret Keane (vía Tim Burton) o el joven poeta canario: Félix Francisco Casanova (vía Fernando Aramburu): han conocido un revival sobre su figura u obra a expensas del fulgor mediático de terceros.

Aunque puestos a elegir nos quedaríamos con el cantautor Sixto Rodríguez y su rocambolesco camino hacia la fama y el reconocimiento que se narra en el emocionante documental: Searching for the sugar man (2012).

 

 

La fama, el reconocimiento, la gloria siempre han sido esquivas, caprichosas y volubles. Pero, afortunadamente, en la mayoría de los casos, las obras que merecen la pena siguen disponibles en las bibliotecas. Los atrapados por los cantos de sirena del marketing seguirán, acaso, visitándolas como turistas de tour operator. Pero los que aún ejercen su libre albedrío serán como los viajeros que se toman su tiempo, y se pierden por los callejones que forman las estanterías, esperando ser ellos los que rescaten del olvido alguna joya. Nada, ni nadie, se encuentra en paradero desconocido en una biblioteca.