Mujeres que nos gustarían como bibliotecarias [1]: Roberta Marrero

 

Esta semana del 8-M iniciamos una serie que abarcará todo el mes de marzo. Cuatro entrevistas, una por semana, con cuatro mujeres que, de haberse decantado por la profesión bibliotecaria, estamos seguros que habrían sido referentes. La profesión bibliotecaria ha sido una profesión eminentemente femenina. Son, y han sido, muchas las profesionales que hacen que las bibliotecas sigan vigentes y renovándose continuamente. Por eso queremos entrecruzar el mundo bibliotecario con otros sectores en los que, las protagonistas de esta serie, destacan por sus logros.

#BibliotecariasenPotencia un hashtag idóneo para cuatro mujeres, que desde ámbitos muy distintos, combinan: curiosidad, innovación, inconformismo, imaginación y creatividad.

Desde las artes plásticas: Roberta Marrero; desde la investigación sobre la evolución humana: María Martinón-Torres; desde el humor y el espectáculo: Raquel Sastre; y desde el diseño de moda y la tecnología: Constanza Mas. Si tanto se habla de la necesaria transversalidad de los conocimientos, estos cruces con el mundo bibliotecario, prometen interesantes reflexiones e inspiraciones.

 

ROBERTA MARRERO

 

Con Roberta Marrero se constata lo importante que son los gustos culturales para conformar una identidad. Pistas sobre sus afinidades, ideas y luchas se podían intuir fácilmente siguiendo su obra como artista plástica. Una trayectoria que le ha llevado a exponer sus obras en la Biblioteca Nacional de Francia o en el Victoria and Albert Museum de Londres. Pero fue cuando se decidió a unir su talento para la ilustración y el collage con la escritura: cuando su perfil de ‘artivista’ se reveló con más fuerza que nunca apoyándose en lo biográfico.

En los Estados Unidos, una bibliotecaria como Debra Davis, lleva décadas luchando por los derechos de las personas transgénero y del colectivo LGTBIQ, en general. Y en el caso de Roberta sólo hay que leer con detalle los palimpsestos en que convierte sus ilustraciones, repletos de capas y capas de mensajes, para captar su posicionamiento vital.

En El bebé verde. Infancia, transexualidad y héroes del pop (Lunwerg), Roberta volvió a sus orígenes y su relato se convierte en, además de un libro precioso como objeto, en un espejo en el que mirarnos cada uno, independientemente de cual sea nuestro género, para reconocer esas diferencias que nos separan, y al mismo tiempo, nos unen por afinidades, gustos y experiencias. Si buscamos un ejemplo de los beneficios prácticos, vitales, que tiene la cultura para construirse como persona: ese es el caso de Roberta.

 

 

Si acaso alguien se preguntase por las razones por las que consideramos que serías una estupenda bibliotecaria: solo tendrían que leer un fragmento de tu novela gráfica autobiográfica El bebé verde para entenderlo. Es cuando hablas de los cinco pasos para vivir una vida rara con éxito, y los encabezas con este consejo: “lee, lee y lee”. ¿Qué ha supuesto la lectura en la construcción de tu identidad?

Ha supuesto un escapismo de la realidad que no me gustaba por un lado, accediendo a otros lugares a través de los libros. Y por otra parte aprender mucho leyendo ensayos y biografías. Es increíble que puedas acceder al conocimiento que un escritor o escritora ha tardado años en acumular leyendo unas cuantas horas. Es casi mágico!

En este blog siempre defendemos que las bibliotecas no promocionan la lectura, promocionan la cultura, en general. Libros aparte ¿qué otras disciplinas artísticas son las que más te influyen?

Yo estoy muy influida por la cultura en general, por los artefactos culturales que me llegan y me tocan, me da igual que sea un libro, una película, una serie, un cuadro o una canción. Creo que lo importante son las ideas, cómo se expresen, el medio, es más bien secundario.

En un libro que sabemos que te gusta mucho, Monster show, una historia cultural del horror de David J. Skal, se glosa la figura del bibliotecario francés André de Lorde. A principios del siglo XX fue el creador de las piezas teatrales del teatro del Grand Guinol. En tu universo creativo, y en tu propia estética personal, hay una gran influencia de lo gótico. ¿Es simplemente un gusto estético por esa imaginería o también un modo de transmitir un mensaje sobre lo alternativo, lo diferente?

Es una filia que tengo desde que soy muy pequeña y que le debo a mi educación católica y la imaginería religiosa cristiana que es muy siniestra. No creo que lo estético y lo ético estén tan diferenciados, toda imagen despierta siempre emociones, la estética por la estética para mí no existe.

El tono entre naif y gótico al que recurres en El bebé verde para contar tu infancia lo hace un libro más que recomendable en bibliotecas juveniles y colegios para trabajar con los niños el respeto a la diferencia. ¿Ese tono pedagógico fue algo que tenías en mente cuando lo escribiste/dibujaste o simplemente surgió espontáneamente?

Como todo lo que hago surgió espontáneamente. Yo no pienso mucho cuando creo, me dejo llevar por el instinto y por mi inconsciente que es muy rico y muy complejo, por eso me salen esas mezclas que pueden resultar extrañas para el lector o quien observa una de mis obras, pero que luego funcionan porque vienen desde un punto de verdad.

 

 

En El bebé verde te escribió el prólogo la escritora y feminista francesa Virginie Despentes (autora del mítico ensayo Teoría King Kong); y en tu último libro We can be heroes lo hace el filósofo queer Paul B. Preciado. Ambos representan un feminismo nada ortodoxo ni dogmático. Como feminista y ‘artivista’ ¿hay aspectos de esta tercera ola feminista que no te terminan de gustar o con los que no coincides?

Yo coincido con la idea esencial del feminismo que es luchar contra todo tipo de opresión, las de género, clase, raza, etc. Para mí el feminismo es eso, todo lo otro: como las “feministas” que están en contra de las personas trans o que no quieren escuchar a las trabajadoras sexuales es otra cosa, pero no feminismo.

 

 

Precisamente en We can be heroes y, en tu obra plástica en general, recurres a grandes figuras del cine y la música. Actrices como Mae West, Marlene Dietrich, Bette Davis, Joan Crawford, etc…aún representando en ocasiones las fantasías eróticas masculinas ¿consideras que son feministas sin ni siquiera haberlo pretendido?

Todas eran mujeres fuertes que se hicieron sus propias carreras en un mundo tan machista como el de Hollywood. Mae West escribía sus propias obras de teatro y guiones, y la Dietrich, jugó como nadie con la noción de lo masculino y de lo femenino. Quizá llamarlas feministas es una licencia a tomarnos muy grande desde nuestro punto de vista actual: pero sin duda fueron modelos de conducta.

En tu obra plástica recurres en numerosas ocasiones al collage. ¿Qué piensas de todo el debate que se ha movido en torno al apropiacionismo cultural?

La verdad es que no he pensado mucho en el tema. Lo que yo hago a través del collage es crear algo nuevo con partes que ya existían a priori que no es lo mismo que una paya cante flamenco, que tampoco lo estoy condenando ni aprobando; simplemente no tengo una idea clara al respecto.

No sabemos si has sido o eres usuaria de bibliotecas. Actualmente las bibliotecas, como casi todo, están inmersas en un proceso de reinvención que las haga evolucionar e incluso convertirse en algo muy diferente a lo que hasta ahora se ha asociado con una biblioteca. ¿Tienes alguna idea, por disparatada que sea, de cómo te gustaría que fueran las bibliotecas en este siglo XXI?

Me parece que ese proceso de modernización de las bibliotecas incluyendo textos feministas y queer, por poner dos ejemplos, es ya una idea muy siglo XXI. También está bien incluir en las bibliotecas todo lo que se edite en papel, desde flyers de fiestas a fanzines, cómics o revistas.

Y por último, has sido DJ, actriz, cantante, y es en las artes plásticas y la escritura, donde tu discurso creativo se está desarrollando con más largo recorrido. Ya puesta ¿te verías de bibliotecaria? Porque es posible que tras esta entrevista alguna biblioteca quiera ficharte.

Yo si que me veo como bibliotecaria totalmente. Sería muy feliz.

 

 

Segunda entrega de Mujeres que nos gustaría como bibliotecarias con María Martinón-Torres.

 

Bibliotecas con colorete (o de la biblioteca como factoría cultural)

 

Los libros para colorear, dirigidos a público adulto, llevan varias temporadas copando los primeros puestos en las listas de los más vendidos. La escocesa Johanna Basford lleva años tuteando a los superventas, con los 21 millones de copias que ha vendido en más de 40 países, de sus libros para colorear. Y desde el pasado 4 de febrero, esta moda colorista, prosigue su expansión incluso en las colecciones de las bibliotecas.

 

Nada más desagradable que toparse con un libro de biblioteca pintarrajeado o subrayado. Pero con la campaña lanzada bajo el hashtag #ColorOurCollections: no se corre ningún peligro en ese sentido. En 2016, la Academia de Medicina de Nueva York, actuó como pionera en este proyecto para popularizar  fondos bibliográficos. La idea es simple: ofrecer una selección de ilustraciones de sus colecciones, en formato PDF, para que los internautas puedan descargárselas y colorearlas libremente.

Hasta un total de 114 instituciones han respondido al reto #ColorOurCollections en este 2019. Y de este modo: desde la Biblioteca Pública de Nueva York, pasando por la Biblioteca Nacional de Francia, Europeana, o en nuestro país, el Museo de Bellas Artes de A Coruña o la Biblioteca de la Universidad de Zaragoza forman, o han formado parte, de este proyecto. 

 

El maravilloso libro sobre mujeres en la Historia que Europeana ha ofrecido en la campaña #ColorOurCollections para que quien quiera se lo descargue y empiece a darle a los colores.


Sacarle los colores al pasado, siempre que no tenga que ver con ajusticiar a esas creaciones según parámetros ideológicos del presente: puede resultar un ejercicio de lo más estimulante. En los albores de la fotografía, el coloreado manual de las mismas, era un postizo que hoy las recubre de anacrónico encanto. En cambio, otras formas de coloreado del pasado, no tenían en su momento ni un poco de encanto, ni lo han conseguido con el paso del tiempo.

¿Qué fue de las películas coloreadas? Siempre resulta curioso recordar supuestas modernidades que el tiempo caducó incluso antes de que llegasen a cuajar entre el público. El intento de explotar los clásicos cinematográficos, rodados en glorioso blanco y negro, pintarrajeándolos electrónicamente: fue una moda que igual que vino, se desvaneció, para alivio de cualquier cinéfilo de pro. 

 

 

¿César Augusto o una drag queen en el desfile del Orgullo?

En los 80 las emisiones por televisión de títulos míticos como: Objetivo Birmania, El sueño eterno o Casablanca: sumaron nutridas audiencias que hicieron pensar a los responsables de tales dislates, que el invento tendría futuro. Quienes vieran algunas de aquellas herejías cinematográficas, recordarán los saturados tonos pastel que ensuciaban la expresividad de Humphrey Bogart o Ingrid Bergman, apoyados en la barra del Rick’s Café: y que quitaban las ganas de pedirle a Sam que la tocase otra vez.

Y es que sacarle los colores a los clásicos puede depararnos desagradables sorpresas. El traje de Humphrey Bogart, en la famosa escena con Ingrid Bergman en el Rick’s Cafe, era de color rosa. Una  manera de que, al fotografiarlo en blanco y negro, simulase un blanco resplandeciente.

Si se recuperase el color original de las pirámides egipcias, su solemnidad secular, quedaría en entredicho ante la mezcla de colores originales con que se edificaron; o las esculturas de la Grecia o la Roma antiguas: nos parecerían auténticos ninots falleros al resucitar con su policromía original. 

 

Escultura antigua pintada con los colores que se supone la cubrían originalmente.

El cómic de Daniel Clowes del que tomamos prestado uno de los mejores títulos que somos capaces de recordar.


“Hay que ser absolutamente moderno” que proclamó insolente Rimbaud. Pero para los tiempos que corren, la manera de ser más rabiosamente moderno empieza por reivindicarse orgullosamente clásico. Una lección que las bibliotecas pueden enfundarse  como un guante de seda forjado en hierro.

Por mucho que la foto fija que algunos se empeñan en preservar de las bibliotecas sea un daguerrotipo que, ni las acuarelas de Ouka Lele conseguirían hacer brillar: lo cierto es que las bibliotecas son lo más parecido a la Factoría de Warhol en el siglo XXI. Y si alguien sigue resultando, guste o no, absolutamente moderno por lo que predijo de nuestro tiempo: ése es Warhol. 

Warhol dándole consejos artísticos a Keith Haring.

 

En la, monumental y apabullantemente brillante, novela gráfica del holandés Typex sobre la vida y milagros de Andy Warhol (‘Andy, una fábula real‘): se recogen las diferentes etapas por las que pasó el artista  pop durante la creación de su entramado artístico-empresarial a través de su celebérrima The Factory. No vamos a decir que haya que pintar de color plata las paredes de las bibliotecas (aunque tendría su punto) para hacerlas absolutamente modernas. Pero basta una cierta mirada para constatar, hasta qué punto, las bibliotecas públicas ejercen como auténticas factorías culturales en la actualidad.

En el Nueva York de los 60, en que se desarrolló la primera The Factory, el vampiro de la peluca blanca y la cámara de fotos en ristre, congregó a todo tipo de personajes, mezclando aleatoriamente, cualquier estamento social, orientación sexual, modos de vida y procedencias. Desde las estrellas de Hollywood a los chaperos, desde las princesas del papel cuché a las transexuales más provocativas: poblaron y provocaron esas sinergias que tanto gusta mentar ahora y de las que tan buen provecho comercial y artístico, supo sacar el anfitrión. 

 

“En el futuro, todos querrán ser anónimos durante 15 minutos”: Warhol siendo vigente hasta para llevarle la contraria.


Exceptuando a las celebrities: ¿qué otro espacio congrega en la actualidad a una parroquia tan heterogénea sin atender a pedrigís? Puede que a los más escépticos les cueste encontrar alguna analogía entre esas orgías repletas de sexo y drogas de The Factory y las bibliotecas en la actualidad. Pero, sin decir nombres, podemos asegurar que en épocas primaverales, en los aseos de alguna que otra biblioteca, han quedado evidencias de encuentros sexuales furtivos. Y respecto a las drogas, solo hay que recordar la formación que en los Estados Unidos se les ha impartido a los bibliotecarios (por ejemplo en la biblioteca de McPherson Square en Filadelfia): para administrar naloxona ante las numerosas sobredosis que han tenido lugar en las inmediaciones de algunas bibliotecas. 

Pero no hablamos tanto del tándem sexo-drogas como del tándem diversidad-creatividad. Si hay un vivero fecundo para que germinen esas dichosas sinergias, se establezcan vínculos insospechados, y se promueva la renovación de ideas, conceptos y creaciones: ese vivero es la biblioteca. Y si además se establecen vínculos con otras instituciones culturales, de esas en las que cuelgan las obras de Warhol, entonces el potencial de lo público en la cultura puede alcanzar cotas insospechadas.

 

Entre las semblanzas que de Karl Lagerfeld se están haciendo a raíz de su fallecimiento se ha incidido en su marcado perfil bibliófilo. Precisamente su musa, Claudia Schiffer, ha declarado: “lo que Warhol hizo en el arte, él lo hizo en la moda”.


Es lo que están haciendo en la biblioteca donostiarra Koldo Mitxelena, que en otoño cerrará sus puertas no para recubrirse de plata warholiana, pero sí, para remodelarse por completo y transmutarse en lo que aspira a ser el siguiente paso evolutivo en cuanto a bibliotecas se refiere. Empeño ambicioso donde los haya que, como todo cambio, conlleva dudas, expectativas y preguntas: pero del que no queremos perdernos nada. Y mientras llega ese futuro (como dice otro de nuestros bibliotecarios vascos de referencia): han montado una exposición bajo el nombre de “Todas las bibliotecas del mañana”. 

Según detallan en ‘El País‘: se trata de una exposición colectiva de 14 artistas que actúa como “una llamada a la creación de museos y bibliotecas que superen la distancia con sus públicos hasta convertirlos en partícipes“. Y con este objetivo se exponen obras que van desde la enciclopedia de madera de Ignasi Aballí, El capital de Marx reconvertido en objeto de lujo bajo la mirada de Milena Bonilla o el búnker de lecturas prohibidas de Alicia Framis, entre otros.

 

La bellísima fachada de la Koldo Mitxelena en Donostia.

 

Expectantes estaremos de los puntos calientes de esta reinvención de bibliotecas y los centros culturales que se está produciendo aquí y allá. Nos va en ello la supervivencia. Y no, en este punto, no nos estamos refiriendo a la supervivencia de bibliotecas y museos.

Y para cerrar este post, que aspira a lo rabiosamente moderno reivindicando orgullosamente lo clásico: nada más propio que acabar en glorioso blanco y negro. No sabemos si Melody Gardot llegará a ser una clásica, pero su elegante (y pulcro) vídeo para su tema Baby, I’m a fool, evoca esa mirada a lo antiguo que no compromete en nada nuestro compromiso con el futuro.

 

Biblioteca contracultural, biblioteca contra la cultura

 

No lo hemos comprobado en el Catálogo Colectivo de bibliotecas públicas pero pocas debe haber que no tengan (o hayan tenido) entre sus colecciones la célebre serie de ensayos históricos: Historia de la vida privada (reeditada por Taurus en un estuche en 2017). En la que los historiadores galos, Philippe Ariès y Georges Duby, recorrían la historia desde la Antigua Roma hasta los albores de esta revolución digital que estamos viviendo. Tanto Ariès como Duby han fallecido: así que no podrán añadir anexo alguno con estas últimas y trepidantes décadas, pero tampoco hace falta, cuando con Internet eso de vida privada ha dejado de tener sentido.

 

 

La instantánea que de un momento histórico se pueda sacar jamás estará completa si a la crónica oficial no se le añade el reverso de lo cotidiano, lo menor, lo subterráneo. Y desde la década de los 60 con más fuerza aún: toda crónica cultural queda coja sin el relato paralelo de la contracultura, del underground, de lo marginal.

El crítico cultural Jordi Costa arrancó su trayectoria profesional, que le ha llevado a escribir en las cabeceras culturales más importantes, con tan solo 15 años en ‘El Víbora’. Su autoridad a la hora de abordar lo que ha sido ese relato paralelo de la cultura oficial está fuera de discusión. Y Costa acaba de publicar el estupendo ensayo Cómo acabar con la contracultura. (Una historia subterránea de España): que recorre las últimas décadas de nuestro país detallando cómo la libertad absoluta de lo underground ha sido domeñada, una y otra vez, por los intereses políticos del momento.

 

 

La contracultura en España, como tantas cosas, es de importación y lo más interesante siempre resulta de la fricción entre lo foráneo y lo autóctono, lo marginal con denominación de origen cañí. Que este julio en Londres se vayan a celebrar los 40 años del movimiento punk con diversos actos que implican a la Biblioteca Británica, el Museo de Londres y hasta el Palacio de Buckingham: da una idea de hasta qué punto se ha domesticado al último movimiento realmente importante contra lo establecido.

El método Gemini: cómic de un autor curtido en el mundo de los fanzines, Magius, que mantiene vivo el saludable espíritu del cómix underground en formato novela gráfica.

Una pena, porque la contracultura une mucho más que la cultura. La cultura es esa palabra condenada por los tiempos a formar parte de una cadena de oxímoron interminable (cultura de la violación, cultura del abuso, cultura de la corrupción, etc): un continuo sinsentido si nos atenemos a lo que dice la RAE, pero claro está, la RAE también está en el punto de mira de ese discurso de lo políticamente correcto que no admite disidencias. Y cuando no forma parte de un óximoron es usada como arma arrojadiza: una chachiporra con que atizarse en el grandguiñol de la política a cuenta de identidades, hechos diferenciales y agravios históricos.

En cambio la contracultura goza de la libertad del lumpen, no entiende de fronteras, permea y se deja permear, ensuciar, guarrear sin miedo a perder su esencia porque su esencia es contradecirse continuamente. Y por eso siempre andan a su caza para pasteurizarla, prensarla, empaquetarla y venderla, pero de un modo u otro, su pringoso espíritu siempre termina goteando en la encimera sobre la que se cocinan las nuevas maravillas digitales.

 

El capo de la mafia en ‘El método Gemini’ tiene una gran biblioteca. Es en ella donde recluta al protagonista para su negocio. Cuando le va detallando los pormenores de sus actividades lo hace equiparándolas a las propias de un club de lectura. 

 

Costa, en su ensayo, evidencia las carambolas que llevaron desde la infección contracultural que propiciaron las bases militares estadounidenses de Rota o Morón en el underground sevillano; y como este terminó viajando hasta la libertaria Barcelona de los 70 con artistas como Nazario u Ocaña: para concluir la jugada en el Madrid de los 80 con esa Movida que se diluiría definitivamente en tiempos del PSOE. La contracultura une regiones, países, continentes con más eficacia que un cable interoceánico.

 

 

Con profesorado como Peaches: ¿quién se va a resistir a ir clase?

En un sótano de Ámsterdam han creado la Universidad del Underground. Durante las últimas décadas la famosa escuela londinense Central Saint Martins ha subido tanto, tanto, las matrículas que la institución, que ha dado algunas de las figuras más relevantes (Sade Adu, M.I.A., Jarvis Cocker, Stella McCartney, Alexander McQueen, PJ Harvey, etc), se ha hecho aún más exclusiva.

Se supone que la iniciativa de la Universidad Underground holandesa va a subsanar esa situación: pero lo dudamos mucho.

Por muy escondido que esté el sótano el hecho de plantear una formación reglada para la disidencia contraviene los principios mismos de lo contracultural. Por mucho que Noam Chomsky, Peaches o una de las integrantes de las Pussy Riot formen parte del profesorado: los interesantes líderes artísticos, políticos o de pensamiento que, sin duda, surgirán de sus aulas no dejarán de configurar una nueva élite que poco tendrá que ver con el espíritu de lo verdaderamente underground.

 

Ocaña y Nazario revolucionando Las Ramblas de esa Barcelona libertaria, provocadora y underground que los fastos del 92 empezaron a exterminar.

 

Lo marginal, lo subversivo, lo incómodo siempre ha provenido de una necesidad vital que no se podía desatender, no de ninguna intención meditada de cambiar las cosas. El pintor, performance y transformista Ocaña desnudándose en la fiesta libertaria de la CNT en el año 1977 dio visibilidad a un mariconerío tan desmadrado y orgulloso de su marginalidad que soliviantó a los concienciados comunistas; igual que Amanda Lepore desconcierta a feministas de manual y amantes del compromiso con su apuesta frívola y superficial en el documental-crónica sobre algunas de las trans más míticas y combativas de la Gran Manzana en I hate New York (2018).


 

El mundo transexual tal vez sea el último reducto para la subversión más auténtica. Debíría ser una buena noticia que cada vez sea más difícil encontrar esos nichos de subversión si acaso fuera indicio de que la marginalidad ha sido erradicada gracias al progreso social; y no como consecuencia de que los eufemismos, la corrección, y el hastío provoquen que ya nada resulte perturbador.

Pero siempre nos quedarán las bibliotecas. No como a Bogart y Bergman les quedaba París, sino como a los gays, travestis y chaperos que pululaba por el Stonewall Inn les quedaba Judy Garland, la noche del 28 de junio de 1969, en que decidieron rebelarse. ¿Suena a chiste eso de señalar a las bibliotecas como refugios contraculturales? No tanto si repasamos su ubicación en medio del panorama actual.

 

En 2013, en plena eclosión de la crisis, la Biblioteca pública abandonada de Rivas-Vaciamadrid era ocupada por la BOA (Biblioteca Ocupada Autogestionada): un espacio autosugestionado que compartía espacio con asociaciones culturales tales como Célula Radical Arterrorista u organizaciones como Sureste Obrero.

 

¿Qué es lo más contracultural que puede haber en medio de redes sociales manipuladas por multinacionales que nos vigilan a todas horas, blockbusters diseñados por ordenador en Hollywood, música prensada y manufacturada para usar y tirar? Lo más contracultural que puede haber es una biblioteca. Si nos atenemos a presupuestos, estadísticas y consideración por los popes de la cultura están a un paso de la marginalidad. Fuera de las grandes ciudades, en municipios pequeños, los políticos locales las empujan a manos del lobby estudiantil para finiquitarlas como simples salas de estudio. La única salida que queda es la marginalidad, lo underground, lo disidente.

¿Cómo se hace eso en instituciones sustentadas por presupuestos públicos? Atrayendo a los freaks, a los diferentes, a los quieren diseñar su propia disidencia y no tienen recursos para ser admitidos en la University of The Underground. Es decir a la mayoría de los que tienen inquietudes de algún tipo. El título de la enooorme, en todos los sentidos, primera obra de Emil Ferris, Lo que más me gusta son los monstruos, a un paso de convertirse en lema bibliotecario.

 

Alucinante, maravillosa, espectacular, impactante, absorbente…no está todo dicho pero no queremos ser más pesados. En definitiva: muy buena.

 

El ensayo recién publicado de la artista Roberta Marrero en el que hace un recorrido por la cultura LGTBQ+ prologado por el filósofo queer Paul B. Preciado.

En Filadelfia, por segundo año consecutivo, arranca estos días la Free Library Pride (la Biblioteca Libre/Gratis del Orgullo) y aquí el doble sentido de la palabra inglesa free cobra todo su significado. Un programa con más de 50 eventos relacionados con el colectivo LGTBQ+ en sus más de 20 sucursales y para todas las edades. Desde los cuentacuentos con drag queens; picnis al aire libre para niñas, mujeres trans y personas en general no conformes con su género; o lecturas públicas de textos de temática LGTBQ+.

Algunos de los textos que se leeran en esta última actividad pertenecen al fondo reunido por la activista Barbara Gittings que se conservan en la Biblioteca de la Independencia. Gittings, que falleció en 2007, siendo estudiante universitaria en los años 50, se esforzaba por buscar textos con los que identificarse y construir su identidad como lesbiana. Todo lo que encontraba iba siempre orientado a la homosexualidad masculina, y en la mayoría de los casos, abordándola con tintes discriminatorios. En una entrevista concedida en 1999, Gittings declaraba sus motivaciones:

“Durante años, frecuentaba bibliotecas y librerías de segunda mano tratando de encontrar historias para leer sobre mi gente. Más tarde me hice activista por los derechos del colectivo […]  siempre estuve atenta a la literatura que surgía. Y fui viendo como se empezaba a hablar de homosexuales que eran sanos, felices y tenían buenas vidas. Eso fue como escuchar las campanas repicando para mí: ¡bibiotecas y libros de temática gay!”

 

Nada más propio que terminar apropiándonos del título que Roberta Marrero ha usado para su ensayo sobre cultura LGTBQ+: We can be heroes para aplicárselo a las bibliotecas. Pero continuando la canción de Bowie de la que proviene: que no sea just for one day (solo por un día). Hay mucho recorrido para lo diferente, para lo diverso, lo inconformista en las bibliotecas. Biblioteca contracultural o biblioteca contra la cultura de lo estático, lo previsible, lo convencional. La cultura (o contra), como canta el dúo Mueveloreina, no sabe pá donde va, pero va, va…

 

Guerra cultural C: pequeñas bibliotecas libres vs. gnomos de jardín

 

Hay que actuar como un sioux, hacer el indio lo que haga falta para rastrear los indicios que nos indiquen (en nuestro caso) por dónde irá la cultura en estos tiempos inquietos (e inquietantes). Y para eso hay que huir de medios generalistas o redes saturadas de distracciones. Hay que centrarse en la letra pequeña, en la sección de sucesos de medios locales, en el día a día de esos ciudadanos a los que queremos seducir desde las bibliotecas.

 

En Greater Victoria en Canadá este mes han estrenado 150 pequeñas bibliotecas libres.

 

Gnomo pertrechado de bazuca para destruir pequeñas bibliotecas libres.

Durante los últimos años el movimiento de las pequeñas bibliotecas libres (PBL a partir de ahora aunque coincida con las siglas de Aprendizaje Basado en Problemas) ha alcanzado la muy respetable cifra de 65.000 unidades extendidas entre Estados Unidos y Europa y sigue su imparable ascenso.

Las PBL han ido colonizando jardines de clase media arrumbando otros hitos de la decoración de exteriores. El hecho de anidar libros en su interior las inviste de un aura cultural que las hace respetables. Tanto es así que Incluso, en la ciudad inglesa de Rochester, la propia biblioteca pública amplió su red mediante la instalación de PBL con el programa Neighbors Read (Vecinos que leen).

Ante este poderío ni las toscas reproducciones de la Venus de Milo, ni los remedos en terracota de los leones de la Alhambra,  ni siquiera las columnas-maceteros estilo dórica-dórica–jónica-jónica–corintia-corintia-corintia… (perdón pero el hit de Las Bistecs regurgita cuando menos te lo esperas): han podido frenar su avance. Solo un clásico incontestable como los gnomos de jardín han intentado resistirse a su ofensiva. Hasta ahora.

 

Parada de gnomos nazis en Nuremberg creada por Ottmar Hoerl

 

Con la app Gnomify AR ya es posible ver gnomos allá donde uno quiera. 

Como bien se sabe los ingleses son muy forofos de los jardines. Así que no es de extrañar que haya sido en la sección dedicada a jardinería del rotativo “The Telegraph” en donde se informe del lento declinar de los gnomos de jardín. Parece ser que la venta de gnomos durante la última década se ha reducido y solo quedan cinco millones en Gran Bretaña (¿conseguirá revertir la situación el Brexit?). Sin duda un mazazo para todo connossieur de lo kitsch.

Desde la década de los 70 en que empezó su apogeo, hasta ahora, los gnomos han conseguido convertirse en todo un símbolo. El equivalente pequeñoburgués de las suntuosas estatuas que adornaban los palacios aristocráticos. La aparición de las PBL ha sido probablemente el tiro de gracia para los entrañables gnomos que probablemente las boicoteen en su secreta y frenética vida nocturna. Y, pese a todo, tanto gnomos como PBL comparten muchos puntos en común. La escalada de noticias inquietantes al respecto es constante.

 

En 2014, en la ciudad inglesa de Durham, la policía “reclutó” a diez gnomos para repartirlos por la ciudad y concienciar sobre la prevención de robos y otros delitos.

 

El 6 de abril de 2017 hasta un centenar de gnomos, que decoraban el Kingsbury Water Park en la ciudad inglesa de Sutton Coldfield: amanecieron brutalmente decapitados. Pero este es solo el último de los sucesos más recientes de un fenómeno delictivo que acumula un largo historial.

En 2013, según relataba el medio local “Gloucestheshire”, el matrimonio de jubilados formado por Bernard y Bond Cath, residentes en la ciudad balneario de Cheltenham: tuvieron uno de sus más amargos despertares al encontrar una docena de sus amados gnomos salvajemente mutilados, decapitados, desmembrados e incluso hechos añicos, de manera que fue imposible cualquier intento de reanimación mediante pegamento de contacto. Volviendo a la actualidad, hace unas semanas en Santa Barbara, California, un bibliotecario escolar retirado denunciaba, ante las cámaras de una televisión local, el robo de la PBL que había diseñado y construido junto a su hijo durante los últimos dos años.

 

Pequeña biblioteca libre calcinada en Minneapolis junto con un cartel ofreciendo recompensa a quien diera información sobre los posibles vándalos. Hasta un total de ¡¡5.000 dólares!! se ofrecían según indicaba la noticia.

 

La inolvidable pareja formada por Georges y Mildred en Los Roper.

Noticias soñadas por esos reporteros, todo simpatía y jovialidad, de televisiones locales: que lo mismo relatan cómo se cocina un caldo con pelotas que muestran la desolación de los propietarios de gnomos y PBL destrozados. ¿Por qué tanto odio? se preguntan vecinos que podrían pasar por unos Roper del siglo XXI mirando a cámara.

El profesor de filosofía alemán Thorsten Botz-Bornstein podría dar el pego como nieto intelectual de George and Mildred Roper. En un artículo publicado en el magazine digital británico “Quartzy” el profesor se pregunta ¿Cuándo desarrolló el mundo tan mal gusto? : en el que, por supuesto, cita a los gnomos de jardín.

Según los profesores de sociología Ruth Holliday y Tracey Potts, “estamos a punto de ahogarnos en el kitsch“: y Botz-Bornstein encuentra una explicación a todo ello en un narcisismo galopante que se sustenta, en parte, en una pérdida de identidad cultural elevado al cubo por la cultura del yo que promueven las redes sociales.

 

Hinchable de Hulk de Jeff Koons expuesto en el Museo Belvedere de Viena.

 

Pero no aspiramos a hacer lecturas tan profundas y certeras como las del filósofo alemán: ni tan siquiera a épater les bourgeois que dirían los franceses. Lo nuestro es más a ras de césped: pero hay detalles que saltan fácilmente a la vista con poco que se observe. Los gnomos pueden representar el epítome de lo kitsch pero las PBL no le andan a la zaga por mucho que contengan libros. Si en Hoteles para ricos, bibliotecas para pobres: se buscan disidentes hablamos del interés que los nuevos ricos manifestaban por las bibliotecas como meros ornamentos de estatus social; es comprensible que los pequeñosburgueses los emulen como hicieran en su día con los gnomos.

En la localidad estadounidense de Whitefish Bay los promotores inmobiliarios incluso celebran la proliferación de las PBL por el valor añadido que aportan a las propiedades. Gentrificación adorable a costa del concepto biblioteca.

Shakespeare-patito de goma para el baño: los representantes de la alta cultura en merchandising.

En 1874 la primera exposición de los impresionistas en París escandalizó y desafío el orden académico establecido. Décadas después sus, entonces, subversivos cuadros se convirtieron en los preferidos para decorar las cajitas en las que vender pastas de té. La cultura será kitsch o no será.

La lectura como elemento decorativo, al que los tiempos digitales, han recubierto de una pátina entrañablemente vintage. Una vez desactivada la carga explosiva de la auténtica literatura, de los pensamientos menos conformistas y del poder inquisitivo de la filosofía: las PBL equiparan los antaño inaccesibles libros al nivel de los gnomos de jardín. La cultura domesticada, amable, respetuosa con lo establecido. Tantas décadas de cultura Reader’s Digest tenían que dar sus frutos.

Pero ningún triunfo sale gratis. Las PBL ya están recibiendo las primeras críticas razonadas y documentadas por parte de algunos estudiosos. En Toronto, Jane Schmidt, bibliotecaria de la Universidad de Ryerson, y Jordan Hale, geógrafo y especialista de referencia de la Universidad de Toronto: publicaron un estudio al respecto de las PBL que indaga en el lado menos amable del fenómeno. Entre sus observaciones plantean cuestiones como:

  • ¿por qué para crear una Little Free Libraries es necesario pagar a una organización sin ánimo de lucro que cobra por usar el nombre y distribuir su merchandising?
  • contrariamente a lo que se sostiene de que las PBL sirven para llevar la cultura a barrios menos abastecidos culturalmente: lo cierto es que la mayoría de PBL se han instalado en barrios ricos y aburguesados que ya disponen de biblioteca pública.

Libro del ilustrador Daniel Rotsztain con todas las bibliotecas públicas de Toronto. Daniel fue dibujándolas, una a una, como una manera de reivindicar el gran papel que juegan en la ciudad. Y luego publicó este libro para colorearlas.

 

  • el movimiento de las PBL vende la idea de “construcción de comunidad” a través de la cultura. Pero, según constatan Schmidt y Hale, los propietarios de las PBL eluden las interacciones con extraños. La PBL se convierte en símbolo de estatus y amor por la cultura: pero sin ánimo de compartir más allá del entorno más local y conocido. Algo así como las enciclopedias a juego con la tapicería, la pantalla de cine doméstica con sonido envolvente o el salón de juegos en el sótano: signos de estatus social cara a la galería.
  • y por último, los investigadores se preguntan: ¿por qué no recurren a las bibliotecas públicas si tanto deseo tienen de mejorar su entorno a través de la cultura?

 

 

Instrucciones para sobrevivir a un ataque de gnomos de jardín.

En el magnífico cómic de Brectch Evens Los entusiastas: un artista plástico capitalino viaja hasta una pequeña población que celebra su primera feria de arte contemporáneo para guiar a los vecinos en la construcción de lo que será la gran obra de la feria: un gnomo de jardín gigante (por cierto perderse este cómic debería penalizar de algún modo).

Pero, por jocoso que pueda resultar, ninguno estamos muy lejos de los entrañables pueblerinos entusiastas de un arte que no comprenden pero al que aspiran. Warhol encumbró la cultura popular a objeto de deseo: y Jeff Koons ha llevado lo kitsch a otro nivel. Tenemos el apocalíptico subido pero lo cierto es que las bibliotecas no podían quedar a salvo.

Pese a todo aún hay conductos de ventilación en los que arrojar el disparo certero que haga explotar en mil destellos la Estrella de la Muerte de la Cultura con mayúsculas. Puede que las PBL estén llamadas a sustituir a los gnomos como representantes del orden cultural más burgués: pero también cabe la posibilidad de que pese a haber nacido en el mismo entorno, escondan en sus tripas la semilla de la subversión, de pequeñas revoluciones que puede que un día lleguen a ser grandes.

Hace unos años, cuando empezaron a proliferar las PBL en la ciudad estadounidense de Portland, algunas voces las acusaron de promover un neo-socialismo que atentaba contra los pilares profundamente capitalistas de la sociedad norteamericana. Porque ¿quién dice que nuestro afable vecino no sea un peligroso librepensador, que aprovechando las pequeñas bibliotecas libres, decida intercalar entre los libros de jardinería, de cocina o los best sellers de moda, por ejemplo: los Ensayos de Montaigne, La peste de Camus, El antiCristo de Nietzsche, la Teoría King Kong de Despentes, o el subversivo Steal this book (Roba este libro) de Abbie Hoffman?, ¿y que una idílica comunidad termine transformándose en una barriada antisistema?

 

La cadena de comida rápida McDonald’s apropiándose del fenómeno de las pequeñas bibliotecas libres.

 

Quien juega con libros juega con fuego y nunca se puede saber por dónde colgará la mecha de alguna mente inquieta dispuesta a dejarse prender. Las PBL presentan la apariencia de casitas de primoroso colorido. Pero ¿quién sabe? Puede que en realidad actúen como caballos de Troya repletos de libros-bomba listos para detonar provocando ideas en cadena. Como bien nos enseñaba el exquisito rey del mal gusto, John Waters, en Serial mom (1994): nunca hay que fiarse de las apariencias.

 

Look chic book

Quienes vivieron las Semanas Santas de los 60, 70, por no hablar de las décadas previas, recordarán lo difícil que era escapar de esa España católica, apostólica y romana por mucho que, desde el 78, la Constitución dijera que vivíamos en un país laico. La televisión, los cines cerrados, la omnipresente religión tomando las calles. En 2017 pase lo que pase en el mundo, salvo que sea en la puerta de tu casa: hay tantas evasiones vía redes sociales y demás sonajeros digitales que es posible practicar la estrategia del avestruz casi de forma ininterrumpida. Pan, circo y boogie, boogie, que cantaba el visionario Fabio McNamara. Hasta que el panorama se pone intenso.

 

Diseño de la marca inglesa Rooby Lane especializada en fabricar prendas por encargo según los gustos literarios de sus clientes.

 

Otro de los diseños de Rooby Lane.

Ante determinadas situaciones no cabe evadirse, hay que afrontarlas, informarse, trabajarse una opinión propia, en una palabra: posicionarse. Desde un blog cultural como éste, que parte del mundo de las bibliotecas; y que publica para celebrar el #DíaDeLaBiblioteca 2017 un tuit con una frase-eslogan tipo “porque quien habla de bibliotecas termina hablando de todo” (que para sí hubiera querido Coelho): ¿es coherente abstraerse de la actualidad más inmediata? Afortunadamente siguen estando ahí las redes para echarte una mano.

Entras en Facebook y te encuentras con que uno de nuestros editores favoritos, Txetxu Barandiarán de Trama Editorial, comparte un micropoema de la imprescindible poetisa Ajo. Y todo cobra sentido:

A la que te descuidas
la actualidad
te acaba robando
el presente.

 

 

Y para evitar que nos roben nada vamos a permitirnos ser frívolos en mitad de este guirigay. La frivolidad, bien entendida y ejercida, puede ser la mejor respuesta ante los dogmáticos, aguafiestas, solemnes e intolerantes que exigen monopolizarnos el presente. Una cultura alcanza cierto grado de sofisticación intelectual cuando puede permitirse cultivar la frivolidad sin pedir permiso. Y con la línea de complementos para la temporada Otoño 2017 de la diseñadora Olympia Le-Tan podemos procastinar y deleitarnos sin cargo de conciencia alguno. Le-Tan está especializada en complementos de moda con continuas referencias literarias y cinematográficas. Bueno, de hecho es que ha convertido los libros en bolsos.

 

Pese a lo que pueda parecer no son libros: son bolsos de la temporada invierno 2017 de Olympia Le-Tan

 

Que la moda se inspire en los libros, el cine, la música o el arte no es nada novedoso. Lo que es más original es crear una colección que aplique en sentido estricto el refrán de ir hecho un cuadro. La marca de alta costura Viktor & Rolf lo hizo en 2015 lanzando una colección con la que se podía llevar, literalmente, el museo a cuestas. Para presumir hay que sufrir, sostienen los fashion victims (o insiders según nos recomiendan por las redes), y en este caso la exhibición del amor por la cultura requería de un auténtico sacrificio para portar dichas prendas.

 

 

No sabemos si la colección tuvo un gran éxito de ventas pero nos recuerda a algunos de los diseños de la recién galardonada con el Premio Nacional de Diseño de Moda 2017: Ágatha Ruiz de la Prada. En el colorista mundo de la diseñadora española es posible encontrar más de una referencia a la literatura, el cómic, el cine o la pintura: pero su protagonismo en este post no va a ser, contrariamente a lo que sería previsible, por sus diseños sino por lo que dijo en una entrevista hace unos años:

 

 

No estaría mal que Ágatha hiciera unas prácticas en alguna biblioteca para, seguro, apasionarse aún más por las bibliotecas al descubrir que los bibliotecarios hacen cosas muchísimo más interesantes que ordenar los libros. Pero sea como sea son de agradecer sus palabras.

 

Diseños de Agatha Ruiz de la Prada inspirados en la música y el surrealismo.

El revisionismo al moderneo está de moda.

 

Todo movimiento contracultural que se precie, sigue un patrón evolutivo más o menos ajustado a estas fases: irrupción espontánea tras una cocción subterránea, a continuación, objeto de culto para minorías que reafirman su identidad gracias a compartir el secreto. Y si llega a superar esta segunda etapa, lo siguiente será su eclosión en los medios, tras lo cual, solo queda el estereotipo, la parodia y el repudio de muchos de sus seguidores iniciales para que quede refrendado el éxito.

Una vez desactivada cualquier carga subversiva: será motivo de exposiciones, estudios académicos, memorabilia, merchandising, y lo más importante: inspiración para colecciones de alta costura, que terminarán clonadas por Zara, Mango o H&M para consumo de postureos varios.

Distinguirse a través de la apariencia cuando la moda se ha democratizado hasta niveles propios de la clonación: es misión imposible. Hipsters, indies, gafapastas o cualquier otra especie cultureta que pueda surgir lo intentan en vano: nadie podrá superar nunca a los bibliotecarios. Tanto da cómo se vistan o maqueen. Los bibliotecarios no precisan lanzar mensajes de su amor por la cultura en su apariencia externa porque lo llevan en su interior, pegado a su cuerpo, en contacto directo con lo más privado de su intimidad. Solo hay que ver esta colección de ropa interior con frases motivacionales bibliotecarias para que, ni la mismísima Anna Wintour, se atreviese a criticar tamaño alarde de buen gusto.

 

Nunca juzgues un libro por su portada.

Los bibliotecarios lo hacen por los libros.

Sí, soy bibliotecario. No, no puedo quitarte las multas por retraso.

Soy bibliotecaria infantil. ¿Cuál es tu superpoder?

Me gustan los libros grandes, no puedo mentir.

Los bibliotecarios lo hacen un montón.

Los bibliotecarios lo hacen tranquilamente.

 

Y para cerrar volvemos a los bolsos-libros de la diseñadora Olympia Le-Tan. El cineasta Spinke Jonze rodó un maravilloso corto tomando como protagonistas a sus creaciones que bien merece la pena rescatar para cerrar, cual traje de novia, este desfile-post:

 

La biblioteca de Twin Peaks

 

¿Estaremos viviendo en una película de David Lynch y nadie nos avisó? Cuando la actualidad se vuelve absurda: refugiarse en la cultura y el arte se convierte en un acto de soberanía personal. Al menos los creadores se esfuerzan por comprender y por hacer que nos comprendamos. En este sentido, Lynch, tal vez uno de los autores más alabado/criticado por surrealista, dijo hace unos años:

¿Por qué razón debería tener sentido el arte
si la vida no lo tiene?

 

Twin Peaks 2017

 

Fiel a su pregunta retórica Lynch ha culminado una nueva entrega de su mítica serie Twin Peaks (25 años después). Recién acabada la emisión, una vez más, el director de Terciopelo azul ha desconcertado, intrigado, asqueado y maravillado a muchos. A raíz de este regreso al mainstream (esto con muchas, muchas comillas) en algunos medios han repasado las inquietudes que han mantenido absorto a Lynch durante estos últimos años: diseñador de muebles, videoartista, músico, pintor o escultor: tal es el torrente creativo de esa eraserhead que tiene sobre los hombros.

Pero, salvo error por nuestra parte, no recordamos que haya recreado ninguna escena en una biblioteca. Es raro (adjetivo que debería estar prohibido hablando de Lynch) que un cineasta especializado en ambientes inquietantes y malsanos no haya recurrido nunca al espacio de una biblioteca: con lo que tiene de lugar común en tantas intrigas cinematográficas.

 

Mueble diseñado por Lynch

 

Se ha hablado mucho de sus influencias pictóricas (Francis Bacon, Lucien Freud, Edward Hooper…) pero no tanto de las literarias. Lynch es un creador eminentemente de imágenes: dentro de sus inquietudes no aparece por ningún sitio un especial interés por lo literario (lo cual no quiere decir que sus mundos no rebosen de influencias literarias). En cambio fue a través del lenguaje publicitario como se aproximó a la literatura allá por la década de los 80.

Sus anuncios televisivos para Calvin Klein se basaron en obras de grandes escritores: desde Scott Fitzgerald a Ernest Hemingway pasando por D.H. Lawrence. Veintitantos años después, los spots para perfumes de Lynch, siguen dando ejemplo de buen gusto ante tanto empalagoso manierismo que rebosa este género publicitario:

 

Lynch practica la meditación desde hace años. En este libro recoge sus experiencias y reflexiones al respecto.

 

Pero el talento multidisciplinar de Lynch no entiende de dedicaciones exclusivas. Su sello personal se nota en sus muebles con aires a lo Bauhaus, en sus cuadros o música. Ese aire de extrañeza que rodea toda su obra, y que como en el caso de tantos otros creadores muy personales, ya roza el cliché. Ante la perplejidad de los espectadores Lynch siempre ha mantenido que si sus obras se visionan con la actitud de un niño, sin apriorismo: es cuando mejor se experimentan y asumen sus creaciones.

Si Spielberg apelaba al niño que llevamos dentro por la vía sentimentaloide, Lynch apela a la falta de prejuicios vía sensitiva.

Sin necesidad de que hable con un leño: ¿qué biblioteca no tiene (o ha tenido alguna vez) un usuario que pareciera salido de Twin Peaks?

 

Después de todo: ¿realmente son tan extravagantes sus personajes? Si recogiéramos muchas de las anécdotas que acumulan los profesionales que trabajan en las bibliotecas en su día a día: dejarían de resultarnos tan extraños los mundos de Lynch. Todos somos muy, pero que muy raros, si se nos observa con detenimiento.

Sin dar nombres, ni lugares podemos dar fe de que en alguna biblioteca se han vivido desde trances místicos en directo, a intentos de controlar la vida de una expareja a través del uso de su carné de biblioteca, a reclamaciones por estar envenenado al público mediante los productos de limpieza de los baños, a denuncias por tener peluquerías clandestinas en el sótano, intentos de montar una agencia de contactos utilizando las instalaciones de una biblioteca, y así un largo etcétera que callamos por discreción y confidencialidad.

 

Cuadro de David Lynch

 

En definitiva, que no te guste el mundo de Lynch es algo totalmente respetable. Pero que esa falta de interés sea porque no nos guste su estilo, obsesiones, o incluso, porque buscamos en la ficción el sentido y el orden que nos faltan en la vida real: pero no porque se le acuse de absurdo. Solo hay que mirar alrededor para confirmar que, en ocasiones, su cine es lo más cercano al momento que estamos viviendo.

 

Una de las inquietantes bibliotecas de Marc-Giai Miniet.

 

Nos sabemos si Lynch conoce la obra del artista francés Marc-Giai Miniet: pero sus mundos tienen más de un punto en común.

Las obras de Miniet recrean pequeños universos cerrados en cajas en las que las bibliotecas suelen tener un lugar preferente. Las arquitecturas que recrea son decadentes, 13 rues del percebe con un punto inquietante, las tripas al aire de edificios al borde del desahucio.

Y en casi todas estas construcciones las bibliotecas y los libros coronan la estructura: a veces iluminando, otras, invocando historias truculentas, fantasmas y secretos inconfesables.

Una biblioteca puede ser luminosa por ayudarnos a no caer en dogmatismos, en prejuicios, en ideas precocinadas para consumo masivo; pero también puede ser oscura, servir para manipular, tergiversar, confundir y enfrentar.

Tal vez un día deberíamos ahondar en ese lado oscuro de las bibliotecas.

Por el momento con los edificios ruinosos de Miniet y las atmósferas cargadas gentileza de Lynch: ya tenemos la dosis justa de inquietud que nos trastoque la realidad sin llegar a aterrorizarnos (¿o no?).

 

 

 

 

Y para cerrar este post lleno de flecos que cada uno puede interpretar como mejor le venga: nada mejor que el último tema del que fuera líder de los Samshing Pumpkins: William Patrick Corgan. The Spaniards (Los españoles) así se llama esta canción con críptica letra a la que el vídeo que la acompaña no ayuda a hacer más inteligible. En él, un joven soldado herido en la guerra es acogido por unos extraños personajes (los españoles): que le llevan a un mundo fantástico en el que se convierte en un guerrero invencible. Eso sí, en esta interpretación tomada de la web Jenesaispop (que es donde hemos descubierto el vídeo) no queda claro ni en qué bando se posiciona, ni cual es la finalidad de su lucha.

Poema para una biblioteca sin puerta (cinco años después)

Este artículo es un viaje de la oscuridad a la luz. Punto. Y en esta primera frase se agota todo el lirismo de un texto que osa bautizarse como poema. Que nadie espere rimas (al menos conscientes): los asuntos que aquí se tratan son demasiado prosaicos para aspirar a poesía alguna. Pero, pese a ello, prometemos un final en el que la belleza alcanzará las más altas cotas recurriendo, eso sí, a méritos ajenos.

 

La cuenta de Facebook Improbables librairies, improbables bibliothèques ideada por Gérard Picot, lleva años recopilando imágenes de bibliotecas y librerías imposibles. La biblioteca sin puerta podría haber sido una de ellas.

 

El primer poema para una biblioteca sin puerta se escribió hace 5 años. Ahora no se trata de reescribirlo para mejorarlo, al modo en que muchos escritores hacen cuando se enfrentan a la reedición de sus obras: sino de revisitarlo, de hacer un remake o un reboot según términos cinematográficos: para constatar lo que ha sido de esa biblioteca.

Corría el 2012 cuando saltaba a los medios la noticia de la agencia de lectura que, gracias a los fondos del antiguo Plan E promovido por el gobierno de Zapatero, se había construido en el jardín de Viveros junto al antiguo zoo de la ciudad de Valencia. La desaceleración económica a la que hacía referencia el último presidente socialista: provocó, que una vez concluidas las obras, se quedase sin inaugurar, o para ser más precisos, sin terminar. Tenía ventanas, hasta estanterías y alguna mesa, pero no había libro alguno, y ni siquiera dio tiempo a abrirle una puerta.

 

El interior en ruinas de la biblioteca sin puerta.

 

Las urbanizaciones abandonadas a su suerte que ahora habitan las alimañas; los campos de golf que ahora no sirven ni de pasto seco; las palmeras repletas de picudo rojo importadas de Egipto para diezmar a las autóctonas; los esqueletos de edificios abandonados en polígonos industriales o las aceras y farolas de resorts que no existieron nunca más allá de los planos: dan tal vez para un cuento, un relato de ciencia ficción apocalíptica o acaso una novela. Pero solo una biblioteca sin puerta puede dar para un poema.

 

Los leones de Bagdad de Brian Vaughan convirtió en fábula en viñetas la historia real de las bestias que escaparon del zoo tras el bombardeo de Bagdad en 2003.

 

¿Qué narraciones hubiese inspirado esa biblioteca sin puerta, en medio de un zoo abandonado, a imaginaciones como las de Borges, Cortázar o Bioy Casares? Solo los dibujos de Roland Topor o M.S Escher alcanzarían a hacerle justicia si de una novela gráfica se tratase. Los rostros sin ojos ni boca de Topor y las arquitecturas sin sentido de Escher: irían al pelo para una narración situada en una biblioteca ciega, o más bien cegada. Dibujos perfectos para el relato que podría dar de sí esta metáfora arquitectónica de una biblioteca sellada, cual pirámide egipcia tras la muerte del faraón.

Y no es gratuita la referencia a las monumentales tumbas egipcias: al igual que en las pirámides, durante estos cinco años, el local ha sido saqueado, no de tesoros, sino de cables, puertas y demás materiales: con que pudieran hacer hogueras los mendigos que la han ido habitando. No hace falta ser Bukowski para encontrar aquí una buena historia sobre bibliotecas e indigentes. Pero finalmente parece que el relato podría acabar bien.

Está previsto que para 2018 se finalicen las obras de reconstrucción y la agencia de lectura pueda finalmente tener una puerta.

¿Será verdad eso que dicen algunos de que se ha acabado la crisis? Para algunos ni siquiera empezó. ¿Habrá concluido ya el reajuste social ideado por el Grupo Bildelberg u otra entidad secreta a la sombra? Cada uno lo siente según le va, y por eso en el mundo bibliotecario con 226 bibliotecas públicas menos desde 2011: hasta que no se recuperen presupuestos, personal y recursos nada se puede decir por mucho que a la biblioteca, junto al viejo zoo de Valencia, le vayan a dibujar una puerta.

El ruido de la calle no se filtrará a través de los cristales rotos de las ventanas, ni las pedradas de los vándalos, ni las psicofonía de las bestias muertas del zoo vecino: será el silencio consensuado y confortable de un espacio lleno de libros y lectores. Y todo se llenará de murmullos. Susurros que incitan a la lectura y la relajación como los que aspiran a practicar algunos youtubers seguidores del movimiento en torno al ASRM.

 

ASMR: sonidos que salen de caricias al micrófono o de voces susurrantes.

 

ASRM, la Respuesta Sensorial Meridiana Autónoma, es el término acuñado en 2010 en Facebook para describir la sensación placentera a la que induce el escuchar determinados sonidos o susurros en la cabeza y el cuero cabelludo. Este fenómeno ha dado como resultado numerosos vídeos de youtubers, mayoritariamente mujeres, que se dedican a grabarse produciendo sonidos sutiles o murmullos que arrullan a los oyentes.

Dentro de esta moda se incluye la lectura de libros: y así, varios canales estadounidenses y franceses se han especializado en susurrar leyéndote un libro. Sandra Relaxation ASMR, ASMR Serena en francés; o la española SusurrosdelSurr o la mexicana CocoWhispers en castellano.

Lo que bien podría pasar por un invento propio de la delicadeza japonesa a la hora de agasajar los sentidos: en Youtube parece más bien, en algunos casos, una simple excusa para un exhibicionismo sensual que probablemente produzca unos efectos totalmente contrarios a la relajación. Sea de un modo u otro, el caso es que para quienes sean capaces de disfrutar ese bisbiseo continuo sin ponerse de los nervios: será como flotar en una nube. En cualquier caso a nosotros estos susurros y nubes nos sirven para que en este viaje de lo siniestro a lo luminoso que estamos transitando: las caras amorfas de Topor se transmuten en las siluetas repletas de nubes de Magritte. Asaltemos los cielos, pues, pero con delicadeza.

 

 

En una célebre escena de Roma (1972) de Federico Fellini: las máquinas que están horadando el subsuelo de la ciudad para construir una línea de metro: atraviesan unas catacumbas sepultadas durante siglos que conservan unos bellísimos frescos de la época romana. El contaminado aire del siglo XX irrumpe en el espacio sellado: y las delicadas pinturas se volatilizan antes la mirada de los obreros e ingenieros en una de los momentos más bellos que el genio italiano dio al cine.

Cuando finalmente se abra la puerta a la biblioteca valenciana nada se echará a perder.  Solo se restituirá el orgullo de una institución que el próximo 30 de septiembre precisamente se celebrará por todo lo alto en la ciudad protagonista de la película de Fellini.

 

Los técnicos del metro de Roma irrumpiendo en la cripta.

 

El Bibliopride italiano arrancó al tiempo que se construía y abandonaba la biblioteca valenciana. Por eso, cinco años después de aquella coincidencia, celebramos que en este 2017 se alcance la sexta edición de esta declaración pública de amor por las bibliotecas y la cultura. Una programación de actos a lo largo del país transalpino que toma las calles para proclamar el orgullo bibliotecario.

Y ahora sí, con más esperanza que hace cinco años, hemos partido de la  biblioteca sin puerta, hemos subido a las nubes, y tomado las calles. Ahora sí que podemos dar paso a la poesía.

De las máscaras sin rasgos de Topor al culmen de la expresividad en el bellísimo rostro de Jessye Norman, interpretando When I am laid in earth de la ópera  Dido y Eneas de Purcell, ataviada cual reina del glam. El ejemplo perfecto para demostrar que si no se abren las puertas no habrá cultura; y si no hay cultura no habrá civilización; y si no hay civilización,  no seremos más que sombras susurrantes en formato digital a las que cualquier nuevo invento amenaza con volatilizar.

 

Tratamiento de belleza bibliotecario

 

Mian Xiang es el milenario arte chino de leer el rostro para conocer la personalidad. Aventurarse a indagar un poco sobre el Mian Xiang por la Red te aboca sin remedio a un periplo por webs repletas de signos del zodiaco, expertos que parecen extraídos de programas noctámbulos de tarot televisivo, y diseños webs estilo Geocities que amenazan seriamente con dañarte la retina.

Dado que este blog se desenvuelve en el mundo bibliotecario deberíamos demostrar algo más de rigor y no dar cancha a enseñanzas, que por muy milenarias que sean, puede que nos terminen convirtiendo en objetivo de blogs como No sin evidencia: el azote de las pseudociencias en internet. Pero después de haber lanzado desde este mismo blog un reto como el #bibliobizarro: ¿estamos en disposición de ponernos en plan erudito?

 

 

En esto de descifrar la personalidad a través de los rasgos del rostro nuestra pericia no alcanza siquiera a la morfopsicología; más bien se queda al nivel de lo de  “con un seis y un cuatro hago la cara de tu retrato”. Y es la osadía del que no tiene criterio la que nos empuja pese a todo a seguir las pautas del Mian Xiang. Pero eso sí, dotándolo de un cariz bibliotecario que nos redima un poco; una reformulación que conseguimos adaptándolo a la interpretación de nuestros rostros según lo que hayamos leído a lo largo de nuestra vida.

Si tenemos que creernos lo de que a partir de cierta edad cada uno tiene la cara que se merece: nuestro Mian Xiang bibliotecario será el test de belleza definitivo que ninguna crema por mucho ácido hialurónico, retinol, resveratrol o profetirol que incluya entre sus ingredientes va a poder superar.

 

Jean Cocteau dibujando el rostro de la actriz Ricki Soma con el bailarín Leo Coleman haciendo de portarretrato en una fotografía de Philippe Halsman

 

Lola Dupré artista escocesa cuyos collages escudriñan los rostros desde todos los ángulos posibles.

Haber leído mucho a Oscar Wilde puede provocar que nuestro labio superior manifieste una tendencia a elevarse al sonreír en una señal inequívoca de practicar la ironía. Cualquier peligro de incurrir en lo esnob, quedará atenuada si también se ha disfrutado del humor tal vez menos elegante, pero igualmente inteligente, de Tom Sharpe o Gerald Durrell.

Siguiendo estos razonamientos una mirada extraviada interrogando al horizonte puede deberse a muchas lecturas de Stendhal, Joseph Conrad o Jack London (o si es hacia el cielo nocturno, de Philip K. Dick, Ray Bradbury o Ursula K. Le Guin); un mentón decidido y un gesto airado sería por haber leído a Nietzsche a edades tempranas; o un casi imperceptible tic que nos haga guiñar un ojo, pese a que no haga sol, puede deberse a un exceso de suspicacia asimilado en tantos relatos de Raymond Carver, James Ellroy o Patricia Highsmith.

Para cada arruga, gesto o línea de expresión existirá una equivalencia literaria con algún autor u obra de cuyo análisis surgirá este Mian Xiang de baratillo que estamos practicando en este post.

 

 

Pero llegados a este punto, cabe preguntarse si las huellas literario-faciales serán iguales para los lectores entregados a la lectura digital (a los no lectores, por ser mayoría según las estadísticas, ni los contemplamos). Hasta ahora los libros envejecían con las personas existía una cierta sintonía oxidativa entre las arrugas de sus cubiertas, el amarillear de sus páginas, los desgastes de sus esquinas, y los rostros de sus lectores. Pero ahora: ¿qué signos aflorarán al resplandor de las pantallas?  

Tal vez sean los rostros intervenidos, alisados y planchados de las celebridades. Prometemos por Orlan (la artista adicta al bisturí) que no criticamos el que uno quiera parecerse a la imagen que de sí mismo se ha forjado recurriendo a la ciencia. Pero lo cierto es que para lecturas digitales no puede haber mejores caras (según nuestro Mian Xiang literario) que las paralizadas a base de botox.

 

Orlan la célebre artista que lleva años interviniendo su físico como una manera de indagar sobre los cánones de belleza.

 

Tal y como es posible borrar un archivo de un ebook se intenta borrar el paso del tiempo en un rostro. ¿Daría este Mian Xiang o este tratamiento de belleza bibliotecario para idear alguna actividad en la biblioteca? Probablemente sea la pregunta más seria de todo el post. Es cuestión de reflexionar sobre ello y seguro que alguien da con la forma de sacarle provecho. “Lecturas que te ponen guapo/a“: ¿a qué esperan Lancôme, Biotherm, Clinique o Estée Lauder para aliarse con las bibliotecas en alguna campaña?

 

Pero volviendo a los rostros que copan portadas y pantallas: uno de ellos (que si tenemos que creer sus declaraciones no ha recurrido a la cirugía) es el que actúa como tótem en el denso vídeo que Massive Attack rodaron para su tema The Spoils;  y que tan oportuno resulta en este caso. El rostro de Cate Blanchett convertido en una esfinge, en una dúctil máscara que se transmuta hasta quedar reducida a la inexpresividad más inquietante. Y a partir de ahí: todas las lecturas son posibles.

 

Biblioteca bizarra (#bibliobizarro)

 

Toda biblioteca de pro que tenga presencia en Twitter debe incluir entre las cuentas que sigue a la de Pulp librarian. De lo contrario denotará una falta de sintonía con los tiempos que le señalará como viejuna por mucho que lance tuits a destajo (¿se puede sonar más cargante e irritante? La duda ofende. Quienes continúen leyendo después de este arranque podrán confirmarlo).

 

 

Pulp librarian luce como carta de presentación una foto en la que se asemeja bastante al padre del cine basura John Waters, sí el que dijo esa célebre frase de que: “si vas a casa de alguien y no tiene libros, no folles con esa persona“. Con ese aspecto la cosa queda clara desde el principio. Pulp librarian publica deliciosas portadas de literatura pulp (ya saben el equivalente a las novelas baratas de quiosco españolas) con temática, o no, bibliotecaria; o directamente tuneadas para llevarlas al mundo bibliotecario.

Susan Sontag en sus Notas sobre lo camp (incluidas en su ensayo Contra la interpretación) ya analizó en los años 60 la fascinación que despierta la cultura popular en las mentes cultivadas (o al menos a medio arar):

“me siento fuertemente atraída por lo camp, y ofendida por ello con intensidad casi igual”

Camp un término más bien en desuso en la actualidad para referirse a lo que explica en su definición la RAE: “que recrea con desenfado formas estéticas pasadas de moda”. El término alemán kitsch o el significado francés del término bizarre, le han ganado terreno a lo que popularmente también se ha definido en nuestro país como simplemente hortera.

 

La mansión de Jane Mansfield apoteosis del kitsch

 

Entre la muchachada desde hace ya tiempo triunfa el término bizarro, pese a la oposición de la RAE que ve como la acepción de “extraño, raro, divertido o chocante” (que significa bizarre en francés e inglés) le come terreno al significado como “valiente, generoso, espléndido” con el que aparece definida la palabra en el diccionario de la lengua española. Pero los académicos deberían replantearse seriamente añadir esta tercera acepción porque después de todo resulta de lo más complementaria. ¿Acaso para ser bizarro y desafiar los cánones estéticos no hace falta ser valiente y generoso? Pero no nos perdamos en disquisiciones semánticas cuando este artículo tiene un objetivo marcado desde el principio.

Programas de televisión como Cachitos de hierro y cromo llevan años explotando la vena nostálgica (o vintage porque muchos seguidores no tienen edad para recordar lo que sale de ese pozo sin fondo que son los archivos de TVE) de aires hipster que se maravilla con la alegría de lo hortera. Los 60 y, sobre todo, los 70 son un filón musical, cinematográfico y televisivo para rescatar, y reivindicar.

 

La incombustible Raffaella hace poco recuperada desde un producto cultural con pedigrí como la película  La gran belleza (2013), y precisamente conductora de la gala de TVE en su 60 aniversario.

 

Una de esas joyas que se encuentran perdidas por las estanterías de algunas bibliotecas, o que llegan por donaciones de particulares.

Justo ahora que Raffaella Carrà ha anunciado un giro en su carrera televisiva, es buen momento para apreciar y agradecer lo que de bueno tenía ese mundo de zooms mareantes, pantalones acampanados, efectos estroboscópicos e impagables decorados. Una alegría de vivir, una feliz transgresión de cualquier canon del buen gusto y hasta del decoro estético que incita a la fiesta.

En nuestros días, lo choni, que en un momento dado podría llegar a confundirse como lo equivalente a aquel colorismo desatado: no resulta tan amable ni ingenuo como para que en el futuro alguien lo reivindique con cariño. Le falta amabilidad, deseo de agradar y divertir, y en cambio le sobra grosería y agresividad estética sin finalidad alguna. Biblioteca bizarra sí, biblioteca choni, decididamente no.

Lo kitsch, lo camp, lo bizarro está a la vuelta de cualquier estantería de cualquier biblioteca. Búscalo y compártelo con #bibliobizarro

Escultura de Mark Ryden

 

Lo bizarro tenía su éxito asegurado en nuestro país porque sin necesidad de exportar ningún extranjerismo ya estaba presente con ese significado en las pinturas de Goya, en las películas de Buñuel, en el esperpento nacional de Valle-Inclán, o en las películas de Bigas Luna o Almodóvar. Referentes que las academias han ido aceptando ante la fuerza de unas creaciones que deformaban la realidad para devolver la imagen más precisa y exacta, a fuerza de exageración, en la que reflejarnos.

Lo kitsch, lo camp, lo bizarro, o simplemente lo hortera hace mucho que accedió a los museos por la puerta grande con figuras como Jeff Koons, y no paran de surgirle herederos como Mark Ryden o los diseños de la marca Artefacto Madrid. Eso en los museos, pero es que en las bibliotecas (al menos en las públicas) su presencia ha estado desde hace mucho y, lamentablemente, sin explotar. Por eso queremos ponerle remedio, y copiar (en el mundo de la bizarría lo que no es tradición no es plagio, es simplemente regeneración) a Jim Linderman.

 

Las vajillas de la marca Artefacto Madrid

Un clásico de toda la vida: las figuras de Lladró que han encontrado un filón para expansionarse gracias al mercado ruso.

 

Este bibliotecario y archivero estadounidense lleva años recopilando postales, libros, partituras, discos, objetos y mil cosas más de esa cultura bastarda, cursi y desconcertante que se forma en los aledaños de la cultura oficial. A través de varios blogs  ha ido mostrando sus hallazgos, que incluso le han llevado a publicar varios libros. Coleccionista compulsivo, Linderman, deja clara su vocación pop-bizarra cuando manifiesta que al no tener dinero para coleccionar Warhols, se decidió por perseguir los Warhol de los pobres.

Por todo ello desde aquí lanzamos un reto a las redes. Hemos creado el hashtag

#bibliobizarro

para que bibliotecarios, usuarios, o quien quiera sumarse: compartan portadas de libros, carátulas de películas,discos, cómics, postales, pósteres u objetos extraídos de los fondos de una biblioteca que entrarían dentro de la categoría de bizarros y los publiquen con dicho hashtag.

Hay auténticas joyas kitsch, camp, bizarras o como quieran llamarse en las bibliotecas, y no queremos que sigan en la sombra. Bien sea por la pátina de tiempo que las ha vuelto tan anacrónicas que las hace deliciosas, o bien porque ya nacieron siendo producto de desvaríos estéticos y mentales considerables: queremos que gracias a #bibliobizarro se reúna en las redes el mayor catálogo de aberraciones/maravillas (ahí depende del criterio de cada uno) que atesoran las bibliotecas.

No te lo guardes para ti, compártelo. Estando tan cerca de la Navidad, hagamos una loa al espumillón frente a los adornos elegantes, a las lucecitas histéricas que hermanaban por unos días a los cuartos de estar de los hogares con los puticlubes de carretera frente a los asépticos LEDs.

Y si bien es cierto que para disfrutar en todo su esplendor de estas estéticas, es necesario previamente tener otros referentes culturales que permitan apreciar la fuerza provocativa de lo hortera o lo bizarro desde la ironía: que nadie vea desdén alguno en ello. Todo lo contrario.

 

 

 

Queremos demostrar que las bibliotecas públicas fueron pioneras en romper los diques entre alta/baja cultura al abrir sus puertas a lo que los ciudadanos, sin distinciones, les pedían para su uso y disfrute. Y por eso ahora no pueden dejar de estar presentes en este cultivo de la cultura de masas como signo de distinción. Hagamos justicia, y sobre todo, disfrutemos sin complejos de la alegría de vivir de lo hortera.

 
 

Pulsiones grafómanas

Impulso o tendencia instintivos. Así define la RAE a la palabra pulsión, y por su propia definición es natural que se asocie a actos irreflexivos, a emociones más que a pensamientos. Pero no siempre tiene porque ser es así.

 

 

Muchas veces la ansiedad por dar rienda suelta a un pensamiento, una idea, una sensación hacen que un acto tan aparentemente racional como es la escritura se manifieste casi como un reflejo de nuestro sistema límbico (esa parte de nuestro cerebro en la que se alojan las emociones). Algo así le pasó a la neoyorquina Elena Zaharova cuando contempló las bellas tonalidades con que el otoño pinta a los árboles de Central Park.

“Se amontonan en la ventana las hojas que caen
Las hojas rojas y doradas de otoño”

 

Pero Elena no vio los labios del amado, ni los besos del verano que es como sigue la famosa canción de The Autumn Leaves (Hojas de otoño). En medio de esa hojarasca de tonos rojizos y dorados no podía atisbar nada poético porque el triunfo electoral de Donald Trump le quitaba cualquier lirismo a este otoño neoyorquino. Por eso, antes de caer en la depresión recurrió a lo que tenía más a mano: a esas hojas de otoño, a esas hojas que se amontonan en la ventana.

 

 

86 hojas en las que la diseñadora, con paciente caligrafía, fue escribiendo una a una: poemas, fragmentos de literatos americanos y rusos. Después las fue desperdigando por la ciudad, dejando que el viento las arrastrase por el centro de la Gran Manzana, con la esperanza de reconfortar a alguien con ellas. #leavespoetry es el hashtag con el que Elena busca ampliar la acción por las redes.

Las calles de Manhattan son especialmente ventosas por el fenómeno túnel que provocan los altos rascacielos; y así que no sería tan extraño que alguna de estas hojas algún día llegue volando hasta la mismísima Trump Tower. Claro que lo más probable es que alguno de los emigrantes que mantienen limpio el edificio la barriese de inmediato.

 


El delicioso corto Paperman (2012): viento y papeles para una historia de amor entre los rascacielos de Nueva York

 

De la capacidad terapéutica de la escritura ya se ha hablado mucho, y en algunos casos más que una pulsión se convierte en una auténtica necesidad fisiológica, como la de vomitar. No otra cosa hizo el cantante Nick Cave, que aprovechó sus continuos viajes en avión durante su gira de 2014 para escribir un libro de poesías, canciones y reflexiones con lo que tenía más a mano: las bolsas para vomitar de los aviones. Con semejante material el título del libro no puedo ser otro que The Sick Bag Song (La canción de la bolsa del mareo).

 

El libro de Nick Cave con las bolsas de mareo de los aviones escritas de su puño y letra y pegadas en cada uno de sus ejemplares.

 

El post Tatuaje bibliotecario: orgullo de biblioteca a flor de piel que publicó hace cosa de un año en este blog nuestra compañera Carmen Rodríguez García, ha sido de los que acumulan más visitas e interacciones. La piel como material escriptóreo suponía todo un compromiso a la hora de elegir lo que iba marcar para siempre nuestro cuerpo.

En la película del barroco cineasta Peter Greenaway The pillow book (1996), la protagonista, hija de un calígrafo japonés, cada cumpleaños era obsequiada por su padre con un bello carácter escrito sobre su piel. Una vez adulta y convertida en modelo, Nagiko que así se llama: no puede disociar el placer de lo sensual del placer de la escritura sobre su cuerpo desnudo.

El esteticismo de Greenaway logró aunar erotismo y escritura en algunas de las imágenes más bellas de su carrera. Pero nada de eso parece haberse conservado tras el boom de los tatuajes que explotó a mediados de los 90, y que ha convertido al hecho de tatuarse en algo puramente ornamental.

 

Picasso firmando sobre el pecho de una mujer

 

Pese a todo esta moda de los tatuajes, las escarificaciones o adornarse el cuerpo en Occidente, pareciera un acto de revancha poética para tanta cultura indígena aniquilada, cuyos signos atávicos, reviven ahora en las pieles de los descendientes de los que les invadieron. Si desde Marcel Duchamp, la firma del artista es lo que da valor al objeto más anodino, en esta cultura de la celebridad y el famoseo, era cuestión de tiempo que el rasgo más personal al que pueda aspirarse, sea la firma de un famoso en tu piel.

 

Un dólar convertido en único por llevar la firma del ‘ávida dollars’ de Dalí.

 

La inglesa Zoe Wade lleva 9 años coleccionando autógrafos de celebridades en su piel, que posteriormente convierte en tatuajes. Puede que su cuerpo sea el producto genético de la unión entre su padre y su madre, pero quienes le han otorgado relevancia artística a sus brazos o espalda han sido Debbie Harry, Angelina Jolie, Kylie Minogue, Lionel Ritchie, The Edge (guitarrista de U2), Grace Jones o Penélope Cruz, entre otros. Todos fueron asaltados por esta fan, y accedieron a estampar su firma en su piel, ignorantes de la trascendencia que un acto tan mecánico para ellos, iba a tener en esta ocasión.

 

Grace Jones firmando la espalda de Zoe, quizás sin saber que la marcaba de por vida.

Zoe Wade y su cuerpo “tatuado” por famosos

 

Este singularizarse/despersonalizarse pareciera el culmen del ideario pop warholiano. En la aséptica era de Internet, dudamos que las firmas digitalizadas vayan a conseguir lo mismo. En la última Feria del Libro de Madrid, la multinacional Amazon ofrecía la posibilidad de conseguir un autógrafo personalizado de autores como Vargas Llosa, Isabel Allende, Camilla Läckberg o Lars Kepler para los lectores en dispositivos Kindle que se descargasen alguno de los títulos escogidos de estos autores.

 

Memento (2000) de Christopher Nolan, el escribirse la piel como cuestión de supervivencia.

 

El autógrafo digital de Vargas Llosa en un Kindle.

Pero pese a este empeño por trasladar toda experiencia analógica a lo digital, al menos a este respecto nos quedamos con lo que dijo el escritor Lorenzo Silva cuando se empezó a hablar de estos autógrafos digitales:

“la dedicatoria tiene dos valores, el de lo que personalmente te diga el autor, y el de la tinta y la mano del autor [..] esto me parece intentar hacer servir las cosas para lo que no sirven. Si quieres un recuerdo de alguien, cómprate un libro de ese alguien”

Y no podemos estar más de acuerdo. Lo digital proporciona prestaciones magníficas, pero que se olvide de querer suplantar lo que nunca estará a su alcance. Un libro dedicado es un fetiche, cada huella dáctilar de su autor le añade valor; y su rúbrica, lo hace único entre la tirada de miles de ejemplares que se imprimieron.

Como escribió Paul Valery: “la piel es lo más profundo que hay en el hombre”, y el papel y la tinta son la piel y la sangre para el autógrafo de un escritor. Y sino, que se lo digan a la tatuada Zoe Wade.