Canción de cuna para una biblioteca

 

En Biblioteca yé-yé (de lo typical spanish en bibliotecas) indagábamos en busca de lo que se podría denominar como genuinamente español en el mundo de las bibliotecas. Se trataba de buscar una respuesta a la pregunta de si nuestro país había aportado algo original al mundo de la biblioteconomía. Y hasta donde fuimos capaces de llegar nos topamos con que esa aportación se centraba en un invento franquista como fueron las denominadas casas de la cultura. Una creación de lo más recuperable como opción de futuro en el siglo XXI.

Pero no hemos venido aquí ha hablar de pantanos (por aquello de mentar otro lugar común esgrimido por quienes quieren buscarle algo positivo al periodo dictatorial) o casas de la cultura. Estamos aquí para hablar de otro invento netamente español susceptible de exportarse al mundo bibliotecario global: la siesta.

 

 

Es un clásico en los medios (sobre todo en verano) hablar de inventos, a ser posible en Japón, en los que costumbres patrias arraigan en latitudes lejanas. La siesta es ya un clásico en ese sentido, y en el caso de las bibliotecas no iba a ser menos. Pero no hace falta irse hasta Japón, mucho más cerca, en la vecina Francia: habilitan las bibliotecas para que los estudiantes puedan desconectar durmiendo plácidamente y luego retomar el estudio con ánimos renovados.

Concretamente en la biblioteca de la Facultad de Medicina de la Universidad de Saint-Étienne es donde han habilitado un confortable cuarto de aires orientales (las Mil y una noches lo llaman) en el que los futuros médicos pueden experimentar los efectos reparadores de dar una cabezada.

 

 

No hemos hecho un estudio al respecto pero nos atrevemos a aventurar que en más de una biblioteca de nuestro país: el silencio de sus salas se habrá visto alterado, alguna vez, por un leve sonido, difícil de distinguir al principio, pero que finalmente ha desvelado su contundente naturaleza de ronquido con el consiguiente coro de risitas y murmullos alrededor.

Dicen que nunca se debe despertar a un sonámbulo cuando camina despierto, y ¿a un usuario de biblioteca cuando, con un libro acunado en su regazo, está dando una cabezada? Tampoco debería importunársele; puede que esté soñando con lo que ha leído y haciendo que germine en su cerebro. Por si acaso en la Universidad francesa entre las recomendaciones que regulan el uso de dicha sala se incluye la recomendación/exhortación de que las siestas no vayan más allá de unos 20 minutos. ¿Nos imaginamos salas así en nuestras bibliotecas?

 

En la mítica librería parisina Shakespeare & Co. son célebres sus residencias para escritores (tumbleweed se les denomina). Los afortunados con una de esas residencias pueden dormir en la propia librería.

 

Si queremos que nuestras bibliotecas se conviertan en el cuarto de estar de nuestras ciudades: tendremos que sopesar seriamente lo oportuno de servicios así. Sobre lo que no hay que pensar mucho es sobre la idoneidad de contar con otro espacio que en cierto modo también llama a la relajación y a los dulces sueños: las bebetecas.

No vamos a repasar aquí los numerosos estudios que glosan los beneficios de leerles a los niños desde bebés. Sólo atendiendo a los resultados del estudio que en 2014 publicó la Academia Americana de Pediatría: quedan claros los efectos que produce el familiarizar a los bebés con la lectura a través de las narraciones orales.

El estudio se centró en registrar, mediante resonancia magnética, la actividad cerebral de niños de 3 a 5 años mientras escuchaban relatos para su edad. Según los datos registrados los niños a los que sus padres les leían cuentos presentaban una mayor activación de la región del hemisferio izquierdo del cerebro que regula la integración multisensorial.

 

 

La bibliotecaria infantil estadounidense Debra J. Knoll publicó un libro el pasado año (Engaging Babies in the Library: Putting Theory Into Practice – ALA Editions) sobre la puesta en marcha de servicios de estas características en las bibliotecas. De entre los consejos que proporciona, los que resultan más adaptables y factibles en casi cualquier biblioteca, sea cual sea su tamaño, destacan dos:

  • Establecer acuerdos de colaboración con las unidades de maternidad de los hospitales cercanos.
  • Crear programas y actividades de interés para los padres y cuidadores. En este sentido asesorar a las parejas que vayan a ser padres proveyéndoles de material y actividades de interés.

No basta con dotar de libros-almohada, libros para la hora del baño, mullidos cojines, colores alegres y decoraciones acogedoras a la Bebeteca. Si realmente se está buscando fomentar la lectura desde la cuna: lo propio sería recibir a cada nuevo inquilino de este planeta con un libro cerca. Y quien dice un libro, dice una biblioteca.

 

En 2014 el saloncito vintage que crearon en la Biblioteca Regional de Murcia dio pie a situaciones tan especiales como las de esta foto. Begoña, que así se llama la orgullosa usuaria, posó embarazada y, meses después, lo volvió a hacer al ir a dar de alta a su bebé como usuario de la biblioteca.

 

Hace unos días el Ayuntamiento cántabro de Los Corrales de Buelna (Torrelavega), en colaboración con la Biblioteca Municipal, repartía libros de tela y el carné de la biblioteca a cada uno de los recién nacidos en la localidad durante los últimos seis meses. En total, durante el 2016, han sido cuarenta y dos los niños que han recibido este regalo de bienvenida al mundo. Aunque en esto de tener carné de biblioteca por el simple hecho de nacer los más ambiciosos fueron los escoceses que hace dos años presentaron un proyecto de ley por el que todo recién nacido tendría carné de biblioteca. ¿Se habrá hecho realidad?

Tal vez si más administraciones copiasen esta idea se pondría algo de freno al progresivo acoso y derribo al que está sometido la infancia en esta época. Un simple carné de biblioteca poco puede hacer por los niños que sobreviven en zonas de hambrunas y guerras; pero igual sí que serviría para frenar la indecente explotación que de la infancia se hace en los medios en nuestro entorno más cercano.

 

Susan Sarandon y Jessica Lange en la reciente producción televisiva Feud: en la que recrean la tormentosa relación entre Bette Davis y Joan Crawford durante el rodaje del clásico ¿Qué fue de Baby Jane?

 

El delicioso cómic sobre la vida de Joselito, el pequeño ruiseñor: un auténtico despliegue de inventiva visual al servicio de la atípica vida del niño prodigio.

No hemos tomado en vano el título de la película de Robert Aldrich: Canción de cuna para un cadáver (1964) para este post. Que nadie piense que estamos equiparando a la biblioteca con un cadáver, todo lo contrario. En este caso la biblioteca, estando presente desde la cuna, lo que hace es poner freno a ese adiestramiento de los niños en el exhibicionismo sentimental, y en la competitividad que exige la sociedad del espectáculo.

La protagonista de la película de Aldrich era la maravillosa Bette Davis, su alicaída carrera en los 60 revivió gracias al éxito de la previa ¿Qué fue de Baby Jane? (1962): en la que representaba, como solo ella podía hacerlo, la espeluznante decadencia de una antigua niña prodigio. En las bibliotecas no queremos niños prodigio, queremos niños, sin más. Que sueñen, que duerman, que las vivan, que las disfruten, que las carguen de futuro. Que las bibliotecas actúen de frontera contra esa mercantilización que de la infancia se está haciendo.

Porque por mucho que nos guste la nana siniestra de The Cure con la que ambientamos el post: la infancia puede que no sea un paraíso, pero tampoco tiene porque ser el principio de un mundo tan estandarizado que termine en pesadilla.

 

 

Memoria de grandes mujeres bibliotecarias

 

La American Library Association (ALA) lleva cinco años recopilando historias para una iniciativa que nos encanta: “Las mujeres en la historia de las bibliotecas”, una convocatoria pública para recuperar la historia de mujeres que han hecho una contribución importante y duradera a la biblioteconomía o a la biblioteca del barrio o de la ciudad, sean o no sean bibliotecarias. Las historias enviadas son publicadas -una cada día- durante el mes de marzo en la página de Women of Library History y si reciben suficientes como para alargar la iniciativa la extienden al resto del año. Para el Grupo de Trabajo Feminista de la ALA se trata de “subrayar legados que hoy podemos seguir disfrutando y compartir con los usuarios una parte de la historia de las bibliotecas”. Es la contribución de estas mujeres a sus comunidades a través de las bibliotecas.

La convocatoria da algunas pistas por las que guiarse a la hora de participar:

  • ¿alguna profesional ha cambiado tu perspectiva en el trabajo o te ha ayudado a mejorar?
  • ¿trabajas o eres usuario de una biblioteca que lleva un nombre de mujer?: ¡descubre quién era!
  • también se aceptan enlaces a publicaciones en Internet sobre mujeres que desarrollen o hayan desarrollado su trabajo o actividades dentro del ámbito bibliotecario.

Mujeresbibliotecarias_bibliobus

 

Hemos indagado aquí y allá un poco y no hemos encontrado en España una iniciativa similar. Por eso, y porque nos ha gustado mucho, hemos pensado hacer un poco de campaña para ver si alguien recoge el guante y se lanza a impulsarla. Preguntando en Twitter, @biblioSalvia nos decía que podrían lanzarse a ello desde facultades de Biblioteconomía, la Biblioteca Nacional o grupos de trabajo en colegios oficiales de bibliotecarios y documentalistas. ¿Quién se anima?

Por ahora, y para celebrar el 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres, vamos a hacer nuestra pequeña contribución recordando a dos mujeres que han hecho historia en las bibliotecas españolas, empezando por la pionera, “la Eva bibliotecaria”, como la llamaban en un artículo de la BNE: Ángela García Rives.

La pionera

Mueresbiblioteca_AngelaGarciaRivesAunque en el mundo anglosajón, las primeras bibliotecarias aparecen en la segunda mitad del siglo XIX, en el área mediterránea hubo que esperar hasta las primeras décadas del siglo XX para ver mujeres trabajando en bibliotecas. En España, Ángela García Rives fue en 1913 la primera mujer que aprobó una oposición para oficiales de tercer grado del cuerpo facultativo de Archiveros, bibliotecarios y Arqueólogos. Le venía de casta: su padre fue bibliotecario del Senado, y en la familia le dieron una educación digna de las señoritas “emancipadas” de la época: piano y estudios de maestra en la Escuela Normal de Madrid. No contenta con eso, gracias a la disposición por la que en 1910 se permitió el acceso de las mujeres a la universidad, pudo matricularse en Filosofía y Letras en la Universidad Central. Dos años después se licenciaba en Historia con Premio Extraordinario, y un año más tarde es cuando aprueba la oposición. Ya como bibliotecaria, pasó por Gijón, el Ministerio de Instrucción Pública y el Archivo General Central de Alcalá de Henares, antes de recalara en la Biblioteca Nacional. Allí se quedaría 46 años, hasta su jubilación.

Cuando ya estaba a punto de retirarse a principios de los años 60, sus compañeras bibliotecarias la recordaban como una persona menuda, con un físico frágil, muy educada y correcta, muy respetada… y muy conservadora. De hecho, nunca tuvo el más mínimo encontronazo con la dictadura franquista, a diferencia de otras bibliotecarias que fueron depuradas. Ese carácter conservador también se nota en un artículo suyo publicado en la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos en 1923: en él proponía normas sobre las obras que no debían servirse al público por su obscenidad, en cumplimiento del Reglamento de las Bibliotecas Públicas del Estado de 1901.Pero sobre todo, destacó su trabajo como jefa de Sección de Catalogación en la BNE, y su papel en la redacción de las reglas y sus clases en la Escuela de la Biblioteca.

 

 

Angelita, como la llamaban (cosas del sexismo de la época) cuando estaba a punto de jubilarse, también sobresalió por su aplicación al estudio. Se doctoró en 1917 con una tesis sobre Fernando VI y Doña Bárbara de Braganza. Estos comentarios sobre su tesis citados en este artículo son impagables para hacernos una idea de la visión que se tenía por aquel entonces de las mujeres en los ámbitos académicos: “escribe con impecable corrección, estilo sencillo y sobrio […] Ningún rasgo femenino -o que pase por tal- hallamos en la composición o el tono de la obra. Esta es serena, objetiva, ‘asexual’, podríamos decir. Igual que por pluma de mujer pudo ser escrita por pluma de varón. Revela ello un espíritu firme, disciplinado por el estudio”.

 

La bibliotecaria de Guadalajara

En julio de 2013, un grupo heterogéneo de bibliotecarios, escritores, libreros y otros ciudadanos se reunía en la Plaza Mayor de Guadalajara para iniciar un desfile a ritmo de dulzaina y tambor hasta la Biblioteca Pública, en la plaza Dávalos. Se dirigían a rendir homenaje, serenata bajo el balcón incluida, a Blanca Calvo, la mujer que en tres décadas al frente de la biblioteca la había convertido en una de las instituciones más respetadas de la ciudad, y una de las bibliotecas de referencia en España. Un mes después, Blanca Calvo se jubilaba, y sus amigos querían agradecerle su trabajo, cantando, comiendo y regalándole flores. Le dijeron que había hecho de la biblioteca “nuestra casa ideal”.

Mujeresbibliotecarias_BlancaCalvoComo nos contó en una entrevista a la revista Infobibliotecas, cuando Blanca Calvo llegó a Guadalajara en 1981 tras aprobar las oposiciones al Cuerpo de Bibliotecas del Estado, se encontró con una biblioteca pequeña y oscura, con un horario muy reducido. También venía de familia con oficio en la materia: su madre fue la directora de la Biblioteca de la Universidad de Valladolid, y a ella de pequeña le gustaba jugar a sellar libros. Cuando estudiaba filosofía y Letras no quería seguir los pasos de su madre, pero solo dos meses después de terminada la carrera, sin saber qué hacer, vio la convocatoria de las oposiciones y decidió probar. La ayuda que recibió de su madre en la preparación le hizo darse cuenta de la vocación de servicio público que tenía.

Junto a sus compañeros, Blanca Calvo hizo que en poco más de 30 años la Biblioteca de Guadalajara pasara de ser una institución del siglo XIX a una del siglo XXI: un centro dinámico, con una buena dosis de participación ciudadana, 40.000 socios (la mitad de la población de la ciudad), muy activo en llegar a colectivos que no pisaban antes una biblioteca, y pionero en actividades como los clubes de lectura. Hasta consiguió un récord Guinness al impulsar como alcaldesa de la ciudad en 1992 un maratón de cuanta cuentos que duró 24 horas y media. Quería visibilizar a los libreros de la ciudad y animar a la gente a leer. Como nos contaba en la entrevista, para ella la biblioteca es una patria y el principal cometido del bibliotecario es “divulgar y sacar el máximo rendimiento al patrimonio cultural” de la institución.

Y hasta aquí nuestra pequeña contribución a las historias de bibliotecarias que han hecho historia. ¿Nos ayudáis a hacer campaña para que el año próximo una iniciativa como la de la ALA sea realidad en España?

En 2015 se celebró en el Palau Robert de Barcelona la exposición: “BiblioTec. Cien años de estudio y de profesión bibliotecaria”, en la que se realizaba un estupendo recorrido cronológico desde la creación de la Escuela Superior de Bibliotecarias de Barcelona y la primera Red de Bibliotecas Populares de España. El vídeo de la exposición resultaba de lo más ilustrativo:

Tratamiento de belleza bibliotecario

 

Mian Xiang es el milenario arte chino de leer el rostro para conocer la personalidad. Aventurarse a indagar un poco sobre el Mian Xiang por la Red te aboca sin remedio a un periplo por webs repletas de signos del zodiaco, expertos que parecen extraídos de programas noctámbulos de tarot televisivo, y diseños webs estilo Geocities que amenazan seriamente con dañarte la retina.

Dado que este blog se desenvuelve en el mundo bibliotecario deberíamos demostrar algo más de rigor y no dar cancha a enseñanzas, que por muy milenarias que sean, puede que nos terminen convirtiendo en objetivo de blogs como No sin evidencia: el azote de las pseudociencias en internet. Pero después de haber lanzado desde este mismo blog un reto como el #bibliobizarro: ¿estamos en disposición de ponernos en plan erudito?

 

 

En esto de descifrar la personalidad a través de los rasgos del rostro nuestra pericia no alcanza siquiera a la morfopsicología; más bien se queda al nivel de lo de  “con un seis y un cuatro hago la cara de tu retrato”. Y es la osadía del que no tiene criterio la que nos empuja pese a todo a seguir las pautas del Mian Xiang. Pero eso sí, dotándolo de un cariz bibliotecario que nos redima un poco; una reformulación que conseguimos adaptándolo a la interpretación de nuestros rostros según lo que hayamos leído a lo largo de nuestra vida.

Si tenemos que creernos lo de que a partir de cierta edad cada uno tiene la cara que se merece: nuestro Mian Xiang bibliotecario será el test de belleza definitivo que ninguna crema por mucho ácido hialurónico, retinol, resveratrol o profetirol que incluya entre sus ingredientes va a poder superar.

 

Jean Cocteau dibujando el rostro de la actriz Ricki Soma con el bailarín Leo Coleman haciendo de portarretrato en una fotografía de Philippe Halsman

 

Lola Dupré artista escocesa cuyos collages escudriñan los rostros desde todos los ángulos posibles.

Haber leído mucho a Oscar Wilde puede provocar que nuestro labio superior manifieste una tendencia a elevarse al sonreír en una señal inequívoca de practicar la ironía. Cualquier peligro de incurrir en lo esnob, quedará atenuada si también se ha disfrutado del humor tal vez menos elegante, pero igualmente inteligente, de Tom Sharpe o Gerald Durrell.

Siguiendo estos razonamientos una mirada extraviada interrogando al horizonte puede deberse a muchas lecturas de Stendhal, Joseph Conrad o Jack London (o si es hacia el cielo nocturno, de Philip K. Dick, Ray Bradbury o Ursula K. Le Guin); un mentón decidido y un gesto airado sería por haber leído a Nietzsche a edades tempranas; o un casi imperceptible tic que nos haga guiñar un ojo, pese a que no haga sol, puede deberse a un exceso de suspicacia asimilado en tantos relatos de Raymond Carver, James Ellroy o Patricia Highsmith.

Para cada arruga, gesto o línea de expresión existirá una equivalencia literaria con algún autor u obra de cuyo análisis surgirá este Mian Xiang de baratillo que estamos practicando en este post.

 

 

Pero llegados a este punto, cabe preguntarse si las huellas literario-faciales serán iguales para los lectores entregados a la lectura digital (a los no lectores, por ser mayoría según las estadísticas, ni los contemplamos). Hasta ahora los libros envejecían con las personas existía una cierta sintonía oxidativa entre las arrugas de sus cubiertas, el amarillear de sus páginas, los desgastes de sus esquinas, y los rostros de sus lectores. Pero ahora: ¿qué signos aflorarán al resplandor de las pantallas?  

Tal vez sean los rostros intervenidos, alisados y planchados de las celebridades. Prometemos por Orlan (la artista adicta al bisturí) que no criticamos el que uno quiera parecerse a la imagen que de sí mismo se ha forjado recurriendo a la ciencia. Pero lo cierto es que para lecturas digitales no puede haber mejores caras (según nuestro Mian Xiang literario) que las paralizadas a base de botox.

 

Orlan la célebre artista que lleva años interviniendo su físico como una manera de indagar sobre los cánones de belleza.

 

Tal y como es posible borrar un archivo de un ebook se intenta borrar el paso del tiempo en un rostro. ¿Daría este Mian Xiang o este tratamiento de belleza bibliotecario para idear alguna actividad en la biblioteca? Probablemente sea la pregunta más seria de todo el post. Es cuestión de reflexionar sobre ello y seguro que alguien da con la forma de sacarle provecho. “Lecturas que te ponen guapo/a“: ¿a qué esperan Lancôme, Biotherm, Clinique o Estée Lauder para aliarse con las bibliotecas en alguna campaña?

 

Pero volviendo a los rostros que copan portadas y pantallas: uno de ellos (que si tenemos que creer sus declaraciones no ha recurrido a la cirugía) es el que actúa como tótem en el denso vídeo que Massive Attack rodaron para su tema The Spoils;  y que tan oportuno resulta en este caso. El rostro de Cate Blanchett convertido en una esfinge, en una dúctil máscara que se transmuta hasta quedar reducida a la inexpresividad más inquietante. Y a partir de ahí: todas las lecturas son posibles.

 

CDU para bibliotecarios inconformistas

Este post es un ejemplo de endogamia bloguera y por lo tanto puede que nazca tarado desde el principio. Pero como la endogamia no ha sido impedimento para que estirpes de reyes sean absueltas: confiemos en que al final la absolución también sea aplicable en este caso.

Sus referentes son obvios: de Estadística creativa para bibliotecarios soñadores toma la vuelta de tuerca a un clásico bibliotecario basado en las matemáticas: si allí fue la estadística aquí es la Clasificación Decimal Universal (CDU para los colegas); y de 50 sombras bibliotecarias retoma y profundiza en un trampantojo bibliotecario en forma de nuevo reto: el de #crucedeportadas.

 

¿Y si la CDU escondiese un sistema para organizar un nuevo orden mundial? #crucedeportadas #trampantojobibliotecario

 

Pero vayamos por partes que para eso estamos hablando de sistemas de clasificación. Hace unos días Sofía Moller presentaba en Bibliogtecarios, su proyecto final de grado en Información y Documentación que busca salvar las rigideces que presenta la CDU como sistema de organización de colecciones en las bibliotecas. Su propuesta de organización por ámbitos temáticos resulta de lo más interesante y vuelve a poner en cuestión la amigabilidad de la CDU de cara al usuario.

La sombra de Dewey (Otlet y La Fontaine mediante) ha sido alargada y provechosa desde el siglo XIX en el mundo de las bibliotecas.

Con justo sentido reivindicativo y reparador por las injusticias que contra ellos se cometieron: se habla mucho de lo que internet y la sociedad de la información le deben a figuras como Alan Turing o Nikola Tesla. Pero tampoco estaría de más hacerle un hueco a Dewey, Otlet y La Fontaine en esos reconocimientos.

Hace año y medio Google hizo un homenaje en forma de doodle a lo visionarios que fueron estos dos últimos con motivo de los 120 años de su ambicioso Mundaneum. Es justo, por tanto, reclamar también ese estatus de estrellas del rock que le están otorgando a Turing o Tesla para estos audaces profesionales de la información.

 

El doodle de Google dedicado a Paul Otlet y su proyecto de Mundaneum

 

Como declaró el cineasta Michael Moore a raíz del movimiento bibliotecario que a principios de este siglo se opuso a la censura de sus libros en los Estados Unidos:

“Mucha gente los ve (a los bibliotecarios) como ratoncitos maniáticos obsesionados con imponer silencio a todo el mundo, pero en realidad lo hacen porque están concentrados tramando la revolución a la chita callando”

Cartel para un centro de interés sobre novela gráfica


¿Y qué otra cosa hizo Dewey sino ordenar el mundo para facilitar que la información se pudiera compartir? A nadie se le ocurriría negar el impecable servicio que su clasificación, o la CDU, llevan prestando desde hace décadas en las bibliotecas. Pero puede que ahora ese mundo que aspiraba a ordenar Dewey sea más difícil que nunca de clasificar.


Sofía Moller con su organización por ámbitos temáticos se suma a las alternativas que, cada cierto tiempo, desabrochan un corchete más del ceñido corsé con que la CDU alinea el mundo bibliotecario.

La Dewey-free clasification, como una teología de la liberación organizativa, se desarrolló a partir de los 80 como un primer paso hacia la liberación de los dogmas numéricos; y desde entonces ha sido un no parar de centros de interés que han surgido, aquí y allá, como una manera hacer más amables las colecciones de cara a los usuarios.

 

Iconos para la ordenación de los fondos del sistema Metis

 

¿Tiene la clasificación Dewey los días contados? se preguntaban hace cinco años en el School Library Journal


¿Tiene la clasificación de Dewey los días contados? (¿y la CDU? añadimos nosotros). Se preguntaban ya en 2012 en la portada de la publicación especializada School Library Journal. No creemos que el recorrido del invento de Dewey ni de su remake europeo de la CDU esté totalmente agotado, pero si es cierto que los tiempos han cambiado y el mundo necesita que alguien los vuelva a narrar/organizar. ¿Tiene algún sentido que la notación de la CDU siga visualizándose para los usuarios en los registros de algunos opacweb? Precisamente en ese número de School Library Journal se hablaba de Metis, la clasificación post-Dewey que la biblioteca de la Ethical Cultura Fieldston School de Nueva York había desarrollado para simplificar la localización de sus fondos.

 

Dewey siendo adelantado por las nuevas clasificaciones bibliotecarias

 

No sabemos si es la reinvención o la jubilación lo que se cierne sobre la CDU pero no va a ser este post el que la ejecute. Precisamente ahora que muchos hablan de cambiar el mundo pero aspiran a hacerlo con moldes muy viejos: es el momento de explotar el poder que a la chita callando como decía Moore, poseen los bibliotecarios a la hora de hacer la revolución

Fue allá por 2013 que surgió la noticia de que una biblioteca australiana había cambiado los libros sobre el ciclista Lance Armstrong de la sección de deportes a la de ficción: a raíz del escándalo de su dopaje. Al final la noticia resultó ser falsa, pero no nos vamos a poner exquisitos en plena era de la posverdad: la noticia ilustraba muy bien el poder que los bibliotecarios poseen a la hora de poner las cosas en su sitio. “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad” que le decía su tío a Spiderman. Pero ¿qué pasaría si los bibliotecarios se tomaran la justicia por su mano?

 

Hay otros métodos de repartir justicia desde las bibliotecas

 

No, no nos referimos al meme de Chuck Norris, ni al clásico Conan the librarian: hablamos de otro tipo de justicia, de una justicia poético-bibliotecaria a través de la cual los profesionales de las bibliotecas se tomasen la revancha.

La CDU como instrumento de disidencia, como discurso contestatario que provocase estanterías alteradas y por ende: un nuevo orden ¿mundial? ¿serán los bibliotecarios los illuminati de la cultura?

Así por ejemplo, los demandados libros de autoayuda que ahora ocupan el 159 correspondiente a psicología migrarían al 29 de movimientos espirituales modernos: por esa pseudomística que roza el batiburrillo ideológico de algunas sectas. Desde luego en el 1 de filosofía no conseguirían infiltrarse ni de tapadillo: Sócrates, Aristóteles, Platón, Nietzsche, Heidegger, Schopenhauer o Savater los echarían a patadas por las noches.

A algunos de los títulos de los economistas más prestigiosos que jugaron a profetas de la última crisis se les desterraría desde el 33 de economía, que habitan habitualmente, al 133 de ciencias ocultas; o también al 64 de economía doméstica en el que igual aprendían valiosas lecciones de las amas de casa.

 

¿Las predicciones del prestigioso economista Greenspan compartiendo estantería con las visiones de Aleister Crowley? Sus profecías fallidas les hermanan en el nuevo orden mundial bibliotecario.

Los libros sobre arte y artistas contemporáneos tipo Damien Hirst o Jeff Koons: ¿no deberían abandonar el 73 de artes plásticas para pasar al 793 donde se clasifica el ilusionismo; o al 658 de técnicas comerciales?

Los dedicados a las nuevas estrellas del firmamento pop ¿deberían mudarse del 78 también al 658 de marketing? o ¿los escritos por personajes del papel cuché, influencers o youtubers del 929 de biografías (o del número en el que estén) al 008 de civilización, cultura y progreso: dado que son el testimonio más fiable de hacia dónde ha evolucionado nuestra cultura?

El libro de selfies de Kim Kardashian.

 

Podríamos continuar hasta alterar todas las estanterías pero mejor dejarlo aquí. Aún no queremos terminar de perfilar este nuevo orden mundial bibliotecario que tantas alegrías puede darnos.

Quedan materias muy jugosas, como el 32 correspondiente a política, pero es tan amplio el abanico de números que se nos ocurren dónde podríamos reubicarla que mejor lo dejamos a la imaginación de cada uno. ¿Y el 4? ¿qué hacer con ese agujero negro en  mitad de las estanterías¿ qué ha de surgir para que se llene ese vacío? ¿estará en el 4 el Aleph de Borges? Que cada uno haga sus cábalas, y que cada cual se ordene el mundo y lo haga, como dice la canción: a su manera. Pero mientras, ¿y tú? ¿a qué o a quién le aplicarías un poco de justicia poético-bibliotecaria?

 

Sid Vicious – My Way (version by Gary Oldman from the movie Sid & Nancy) from Max Pirovano on Vimeo.

50 sombras bibliotecarias aún más oscuras

 

Hace unos años el presente se hacía pasado en lo que tardaba una pastilla efervescente en diluirse en un vaso de agua. Pero desde que el mundo se ha hecho digital el tempus fugit de los latinos se queda corto para transmitir esa sensación de vértigo en la que vivimos.

Por eso, más pronto que tarde, descubriremos que las señales de lo que está pasando ya estaban aquí desde hacía tiempo. Que el triunfo de los políticos populistas, el neomachismo, y por contraste, el resurgir del feminismo: ya se vislumbraban hace 6 años. El éxito comercial y mediático de la primera entrega de las 50 sombras de Grey (la novela) ya fue un aviso de un conservadurismo que se avecinaba vestido de gazmoña provocación. El estreno y taquillazo de la segunda adaptación cinematográfica de la saga solo vienen a confirmarlo.

 

Bettie Page musa de nuestro reto #bibliobizarro y precursora, hace muchas décadas, de un sadomaso light mucho más divertido que el de las 50 sombras.

 

Y precisamente en la semana en que se estrena esta producción destinada a perpetuar el tirón del braguetazo (¿se puede decir así?) comercial, que no literario, de E.L. James: una de las firmas de las 50 más célebres del mundo bibliotecario ha estado de actualidad. No se pueden comparar las dichosas 50 sombras con las 50 ideas que Carme Fenoll y Ciro Llueca legaron, hace una década, a la inspiración de las mentes más inquietas: pero si que se pueden contrastar.

Las deliciosas tiras cómicas de Peter de Wit a cuenta de los burkas.

El éxito del erotismo fast food de las 50 sombras entre tantas lectoras circunstanciales (mercadotecnia editorial aparte), tal vez pueda interpretarse como un logro del feminismo en Occidente, que ha conseguido que las mujeres se sientan los suficientemente libres, como para convertir la sumisión en una fantasía. En países con regímenes islamistas estrictos, no parece muy plausible que tuviera éxito esta historia: no se sueña con lo que se tiene en casa cada día.

La actualidad de las 50 ideas para bibliotecas públicas diez años después: es también un logro de las bibliotecas. Pese a los tiempos adversos que han tenido y tienen que afrontar: su pervivencia se debe a la combinación de ingenio y determinación de muchos profesionales a los que les han cambiado la baraja a mitad del juego, una vez más.

 

Eric Stanton: figura única del cómic erótico e instigador, sin pretenderlo, de un feminismo a latigazos.

 

Puede que a las conservadoras sombras de Grey les quede todavía algo de vida en las pantallas: pero lo que es en las bibliotecas han perdido mucho fuelle  y a poco que su eco se diluya no estarán presentables ni para formar parte de nuestro reto #bibliobizarro (les falta gracia y desparpajo a esas pretenciosas portadas con aire de anuncio de perfume). En cambio las luminosas, y realmente sexis, ideas creadas al alimón por Fenoll y Llueca siguen señalando el camino para quienes quieran seguirlo. 

En su idea número 22, Fenoll y Llueca ya aconsejaban un mes dedicado a lo erótico en la biblioteca. No tenemos noticia de que el boom del best seller citado haya provocado algo parecido en ninguna biblioteca de nuestro ámbito más cercano: más allá de algún tibio centro de interés. Pero aparte de reivindicar al erotismo en la biblioteca: lo que nos interesa ahora no son tanto los instintos básicos como el papel que los best sellers juegan en una biblioteca. Es momento, pues, de ir quitándonos los antifaces y las caretas: que aunque alguien pueda confundirse no estamos en una sesión de sadomaso.

Chistes bibliotecarios/libreros a costa de los best sellers hay a cascoporro que dirían los de Muchachada Nui. Aunque en este asunto de ironías a costa de gustos literarios nadie hila tan fino como las muy admiradas Libreras resoplantes.

 

Ayer visitamos al tipo que inventó los libros de youtubers.

Buenos días. Busco un libro que se acaba de estrenar.

 

La pregunta se impone: ¿realmente se saca todo el partido que podría sacarse a los best sellers, a los libros que-todo-el-mundo-ha-de-leer-que-todo-el-mundo-ha-de-conocer en las bibliotecas? ¿Cuántos de esos amantes pasajeros de la lectura que recalan en las bibliotecas arrastrados por los vendavales del marketing editorial son seducidos por los bibliotecarios para empresas de más enjundia? ¿Suena algo clasista? Bueno vale, puede ser, pero estamos en un blog dirigido a bibliotecarios no hace falta ser tan “bienqueda”.

En la biblioteca del Condado de Lackawanna (Pensilvania) han decidido tomar cartas en el asunto y “sacar de sus zonas de confort a sus lectores” lanzando su reto de lectura que incluye cuatro títulos a leer hasta el 31 de marzo. Es solo uno de los muchos retos de lectura que proliferan tanto en el mundo anglosajón. Aunque uno de los retos más jugosos no ha sido instigado desde una biblioteca.

 

Listado de condiciones a cumplir para conseguir completar el reto PopSugar de la red social Goodreads en 2016

 

Se trata del reto PopSugar promovido desde Goodreads, la red social para lectores de Amazon, que ha lanzado una nueva edición de su reto de lectura para este 2017. De entre las condiciones que incluyen en dicho reto la primera de ellas es que te comprometas a leer un libro recomendado por un bibliotecario. ¿Un dulce guiño de consideración y respeto hacia la profesión por parte de Amazon ya que se está apropiando de ofertas genuinamente bibliotecarias? Como más adelante dicho listado incluye condiciones tales como: leerse un libro en cuya portada aparezca un gato, o que vaya a adaptarse al cine este año: puede que queramos ver homenajes donde nos los hay.

¿Servirán cafés de la marca Balzac’s en los time cafe? Es lo menos que podían hacer apropiándose como se apropian de las actividades propias de las bibliotecas.

La competencia cada vez es mayor. En las cafeterías que se conocen como time cafe (aquellas en las que se cobra por el tiempo que estés no por lo que consumas) han recurrido a clubes de lectura, cuentacuentos, recitales y demás actividades genuinamente bibliotecarias para fidelizar a su público. Y la gente paga por ellas cuando las tienen gratis en las bibliotecas, como señalaba Mario Aguilera de la Red de Bibliotecas Públicas de Cornellá en el último Congreso de Bibliotecas Públicas.

¿Hay motivos para el desánimo? Todo lo contrario es momento de seguir adoptando medidas drásticas e imaginativas que promuevan la infidelidad de los lectores.

No contamos con un equivalente al portal Ashley Madison para fomentar el adulterio lector, pero contamos con las bases de datos de las bibliotecas que, hasta el momento, han demostrado ser mucho más discretas.

Para empezar se podrían intercambiar las camisas de los libros. Trileros-bibliotecarios en acción:

a Yo te quise más de Tom Spanbauer se le envuelve con la cáscara brillante de tonos pastel de una novela de Cecelia Ahern, a ¡Melisande! ¿qué son los sueños? de Hillel Hankin se le viste con el ropaje de un libro de Paulo Coelho; a Por si se va la luz de Lara Moreno se le recubre con una camisa de una novela de Megan Maxwell. Las combinaciones serían infinitas, pero por dejar aquí el timo, perdón, el intercambio: un poco de confusión ideológica. Al ensayo político Una nueva transición de Pablo Iglesias se le recubre con las soluciones para salir de la crisis del expresidente Aznar, o viceversa.

 

 

Esto daría para un reto en las redes con hashtag creado para la ocasiónPero mientras lo vamos madurando cerremos con algo más convencional. Si hemos hablado de best sellers, erotismo, e intercambios (de portadas, que a nadie se confunda) no sería justo concluir sin citar una de las tácticas más exitosas que llevan practicando muchas bibliotecas a la hora de “sacar de sus zonas de confort lectora a sus usuarios”.

Nos referimos a las Citas a ciegas con la biblioteca que básicamente consisten en aprovechar el 14 de febrero para envolver en papel de regalo, con los consabidos detalles romanticones, una selección de fondos de la biblioteca para que los usuarios se las lleven a ciegas en préstamo a domicilio. Una manera algo menos fraudulenta a la hora de hacerles abrirse a otras lecturas. En otras bibliotecas, como en la de Toronto, optan por celebrar el Anti-San Valentín. Todo es válido con tal de atraer público.

Flechazos con la biblioteca y camisas intercambiables: al final todo encaja. ¿Cuántas comedias románticas no cuentan con la consabida escena de la chica vistiendo la camisa del chico? Todo un clásico. Y es que por mucho que queramos revestirnos de ironía y desapego cultural para mantener los ojos bien abiertos: y no dejarnos manipular por los cantos de sirena del marketing consumista. A poco que nos rasquen con un poco de dulzura todos terminamos siendo unos sentimentales de lo más convencional.

 

 

Mi opinión de mierda: bibliotecarios bajo el influjo

Ilustración del blog Atroz con leche

 

Hay canciones cuya capacidad de apropiación las convierte en clásicos instántaneos. Es el caso de My way que lo mismo vale a un demócrata que a un republicano; o A quién le importa que lo mismo le sirvió al efímero partido político de los jubilados en los años 80 que al desfile del orgullo gay.

No se puede decir que ninguno de los temas del grupo Los Punsetes haya alcanzado ese nivel de popularidad (contravendría por otra parte su perfil indie), pero la letra de su tema de hace dos años Opinión de mierda: no deja de ganar vigencia conforme pasa el tiempo.

“España necesita conocer tu opinión de mierda, la gente necesita que le des tu opinión de mierda”

Durante mucho tiempo, tertulianos, famosos, contertulios, políticos (sobre todo políticos) y demás bendecidos por el foco mediático: peroraban sobre las cuestiones más peregrinas. Hasta que llegaron las redes sociales y ahora todos (o casi todos) pensamos que nuestra opinión le interesa al resto del mundo.

Ya se sabe el tópico: en España todos sabemos de política, fútbol, cine, libros (bueno no, hablar de libros en nuestro país, como decía Houellebecq, puede provocar incómodos silencios) así que el territorio estaba bien fertilizado.

Uno de los muchos ejemplos es el portal Filmaffinity. La valoración inicial de una película por parte de la crítica profesional puede ser ensalzarla o repudiarla; pero una vez se estrena: la puntuación fluctuará según la reseñas que añadan los internautas con ínfulas de críticos. Pasados unos meses puede que el contraste entre la crítica profesional y la puntuación obtenida sea abismal. Y en la siguiente captura de pantalla puede comprobarse en el caso de la que fue proclamada como una de las mejores cintas del 2016.

 

La excelente Elle (2016) de Paul Verhoeven arrancó en Filmaffinity con una valoración por parte de la crítica especializada que rozaba la categoría de obra maestra. Tras las reseñas de los internautas se ha quedado con un 6’7.

 

“un arte sujeto al escrutinio de la mayoría sólo puede dar como resultado ramplonería y superficialidad” (del ensayo: La musa venal. Producción y consumo de la cultura industrial de Raúl Rodríguez)

 

Lo paradójico en cualquier caso es que mientras se derriban pedestales, muchos de esos émulos de críticos/comentaristas/opinadores en versión bloguera, tuitera, facebuquera, youtubera o instagramera (¡vaya! hay anglicismos que mejor no españolizarlos) sueñan con llegar a ser eso que se ha dado en llamar influencers.

Una figura en la que priman según glosa en su interesante blog la publicista y experta en marketing digital y redes sociales, Fátima Martínez, cualidades tales como: la “autenticidad” (¿cómo se medirá eso?), la originalidad, la cercanía, la gracia/desparpajo, y sí, también: la calidad de sus contenidos.

 

 

¿Y los bibliotecarios y las bibliotecas bajo que influjo se sitúan en mitad de todo este trasiego? Pese a lo que pueda parecer la figura del bibliotecario sigue teniendo un prestigio que explotan algunos de los que aspiran a ese título oficioso (pero muy rentable, véase el caso de los youtubers) de influencer (micro o maxi aquí el tamaño no importa). Pero, ¿tienen alguna posibilidad los bibliotecarios para que se les reconozca como tales en el mundo digital?

 

En 1953 Christian Dior acorta las faldas y monta una revolución en el mundo de la moda. Es uno de los episodios que se recogen en el cómic con apuntes biográficos sobre el mítico diseñador. Si hay un mundo en el que los anglicismos y los influencers proliferan sin medida ese es el de la moda.

 

En la Wikipedia a los redactores se les ha denominado “bibliotecarios” desde sus inicios. Y tan bien les ha ido usando esta terminología que hasta han terminado por llevarse a los propios bibliotecarios a su terreno.

Hace unos días Eli Ramírez nos hablaba en Biblogtecarios de la campaña anual de la Wikipedia dirigida a bibliotecarios #1Lib1ref. Una iniciativa que los integrados (según la terminología patentada por Umberto Eco) verán como una manera de reconocer la autoridad intelectual de los bibliotecarios en el mundo digital; pero que los apocalípticos pueden interpretar como venderse al enemigo.

Pero no es la Wikipedia el único caso de una apropiación que implique, más o menos, un reconocimiento al valor de la profesión. En la agencia de inteligencia estadounidense, CIA, al personal encargado de rastrear internet, sobre todo las redes sociales en busca de posibles enemigos del país: les bautizaron como “los bibliotecarios vengativos”. No sabemos hasta qué punto suena esto halagador. Por una parte no dejan de ser unos cotillas cibernéticos, y por otra, tanto espiar cuentas ajenas como prevención y al final tienen al enemigo en casa (blanca para más señas).

 

“Sabes que se trata de un desastre cuando los bibliotecarios empiezan a protestar” rezaba esta divertida pancarta en la reciente Marcha de las Mujeres contra Trump

 

¿Se podría hablar entonces de los bibliotecarios como influencers? Sería forzar la cosa un poco pero antecedentes, al menos colectivos, existen.

Fue en 2001 cuando el cineasta de documentales Michael Moore publicó su libro Estúpidos hombres blancos. Los intentos de censura por el ataque directo de Moore al gobierno de Georges Bush Jr. tras el atentado de las Torres Gemelas: no se hicieron esperar. Y ¿quién consiguió que no llegaran a buen puerto?

¡Shhhhh! Las bibliotecas son radicales

 

 

Ann Sparanese, bibliotecaria en Nueva Jersey inició una campaña contra estos intentos de censura a la que fueron sumándose más y más bibliotecarios. Tantos fueron, que el FBI terminó hablando de los “bibliotecarios militantes radicales”. Dieciséis años después, los bibliotecarios estadounidenses ya se están movilizando para combatir la tristemente célebre posverdad que tanto gusta a los nuevos populismos.

Con personajes como Donald Trump, Marie Le Pen, Vladimir Putin, Nigel Farage o Boris Johnson se está abonando bien el terreno para que surja todo un frente bibliotecario de resistencia. Mientras esto llega calificar a un bibliotecario de influencer quizás resulte un tanto excesivo. Pero no dentro del mundillo profesional.

 

Muro de libros en la Biblioteca Regional de Murcia con motivo de una reciente exposición sobre los campos de refugiados

 

Mucho antes de que existiera todo este guirigay de las redes, profesionales como Carme Fenoll (de desagradable actualidad estos días) influyeron en todo bibliotecario inquieto con sus célebres 50 ideas para sorprender desde la biblioteca pública. Años después tuvo la generosidad de compartir desde este blog un decálogo bibliofílico que surgió de un viaje a Nueva York. 

 

 

Aquel inspirador manifiesto dejó claro que el mejor influjo bajo el que podían situarse los profesionales era el de la innovación, el de la creatividad. Y precisamente desde el país que hace dos años visitaba Fenoll, nos llegan ahora los recién otorgados Premios Bibliotecarios de Innovación que concede, cada dos años, la editorial Penguin Random House en el marco de la Reunión de Invierno de la American Library Association.

En esta edición, en la que se reconoce a bibliotecarios con nombre y apellidos, por “transformar sus comunidades mientras fortalecen el tejido social y cultural de nuestro mundo” como dijo en su discurso el representante de la editorial, se llevan los sustanciosos premios metálicos bibliotecarios y proyectos tales como:

 

  • Kay Marner, que desarrolla desde la Biblioteca Pública de Ames (Iowa) un programa para enseñar a los padres cómo facilitar el desarrollo del lenguaje de los niños menores de tres años: se hizo con el primer premio
  • Janet Brown, de la Biblioteca Pública de Windsor en Ontario, fue finalista con un programa para formar líderes/mentores adolescentes.
  • Syntychia Kendrick-Samuel, jefa de servicios para adolescentes en la Biblioteca Pública de Uniondale (Nueva York) fue otra de las finalistas con un programa para el empoderamiento académico de los adolescentes.
  • Jessica Link que ni siquiera está en plantilla en la Biblioteca Pública de Cedar Rapids (Iowa), pero que desde su condición de voluntaria: montó un reto de lectura intergeneracional para el verano en el que implicó a toda la comunidad.

 

Decíamos en Esto no es Hollywood: palmarés de biblioteca que ya podíamos ir tomando nota en nuestro país de cómo saben venderse, revalorizarse y promocionarse los norteamericanos. Aunque viendo las reacciones tan viscerales y rabiosas que los Goya provocan en algunos sectores de nuestra sociedad: no sabemos si resultaría contraproducente. Y ya que arrancamos el texto un punto escatológicos y musicales, será cuestión de clausurarlo similar.

Todos podemos tener una opinión de mierda por mucho que creamos que lo que decimos suena interesante. Siempre habrá alguien para quien lo que formulamos no sea más que una obviedad, una chorrada, una frase de todo a un euro envuelta en celofán digital. Pero tampoco hay que preocuparse mucho: tener haters es casi la primera norma para llegar a ser un día un influencer.  Disfrutemos pues, sin complejos, de las opiniones de mierda que repasaban los Ojete calor en su tema 0’60. 

 

 

Piedra, papel, diamantes

Entre los muchos momentos cumbre de la historia de la música pop que el músico (forma parte del grupo Saint Etienne) y crítico musical Bob Stanley recoge en su divertido ensayo Yeah!, Yeah!, Yeah!: uno de los más llamativos fue la destrucción masiva de vinilos que se celebró en un estadio de béisbol en julio de 1979.

La Disco Demolition Night fue instigada por el locutor de radio Steve Dahl, y venía a sumarse a un movimiento en contra de la música disco que venía fraguándose con lemas como “Muerte a la música disco” o “Mata a los Bee Gees” que lucían en camisetas que anunciaba la revista Rolling Stone (guardiana de las esencias más puras del rock). La música disco que saturaba las listas de éxitos del momento era considerada una aberración para los supuestos puristas del rock. Pero en esa defensa de la “música de verdad” asomaban la patita cierto desprecio racial (la mayoría de la música disco provenía de músicos negros) y una nada disimulada homofobia: por haber sido la banda sonora de una liberación sexual a través de las pistas de baile.

 

Steve Dahl mostrando orgulloso su odio por la música disco. No nos extraña su aversión, con esa pinta no triunfaría ni en una disco de extrarradio de la época.

 

Como relata Stanley esa tarde de julio de 1979 un total de 50.000 personas corearon a pleno pulmón: “DISCO SUCKS” (El disco apesta) mientras un Steve Dahl disfrazado de militar hacía explotar un contenedor con diez mil vinilos de este género musical en mitad del estadio.

En los Estados Unidos siempre han sido proclives a esto de quemar manifestaciones de la cultura popular en público. En los 50, a raíz de las teorías del psiquiatra Fredric Wertham en contra de los cómics por, según él, incitar a los jóvenes a la delincuencia: también se organizaron quemas públicas de cómics. Tal vez vista la tradición que existe en el país, al igual que nosotros hemos importado la celebración de Halloween que no nos tocaba nada: los estadounidenses deberían importar nuestras hogueras de la Noche de San Juan. Pero en vista de los tiempos que corren en el país de Donald Trump mejor no damos ideas peligrosas, que las cazas de brujas ya vienen solas sin necesidad de inspirarlas.

 

Las quemas públicas de cómics en las calles estadounidenses de los cincuenta a consecuencia de las teorías del psiquiatra Fredric Wertham

 

Pero volviendo a los discos, ¿quién sabe si en breve la proliferación de vinilos entre los que aún consumen música de manera tangible llegará a provocar una campaña tipo “Compact Disc sucks“? Lo dudamos aunque para los más puristas sea una idea recurrente, pero en todo caso a la vista de los CD volatineros con que engalanan sus balcones muchos vecinos: parece que el soporte CD tiene asegurada una segunda vida como espantapájaros.

En el etéreo mundo digital no procede encariñarse con nada físico, porque siempre hay algo nuevo más volátil aún que lo hará desaparecer: lo fungible llevado al extremo (lo malo es que también se está aplicando a las personas). Por eso no es de extrañar que el viejo sueño medieval de transformar el plomo en oro ahora sea traduzca en la búsqueda, también de tintes alquimistas, de alcanzar un soporte duradero.

Marilyn Monroe lo decía en Los caballeros las prefieren rubias: “los diamantes son los mejores amigos de las chicas“; y Shirley Bassey lo refrendaba para James Bond: “Diamonds are forever” (“Diamantes para la eternidad” que se tradujo aquí la cinta de la saga James Bond en la que dicho tema sonaba en sus títulos de crédito). Y si Marilyn y Shirley lo decían de manera tan tajante habría que haberles hecho caso antes.

 

Liz Taylor tenía almacenada toda la información que necesitaba en el mítico diamante Taj Mahal que Richard Burton le regaló como muestra de su amor. Su relación terminó, pero el diamante permaneció.

 

Nunca es tarde han pensado en el City College de Nueva York, donde han patentando un nuevo método de almacenamiento de información en diamantes industriales. Cualidades como su dureza, su capacidad para ser regrabables, y su longevidad: lo convierten en el material idóneo. Toda vedette o estrella de la antigua escuela sabía de la importancia de las joyas de cara al futuro; y ahora esa sabiduría estelar refulge como nunca en la era de la información.

Este almacenamiento en diamantes viene a sumarse al también célebre últimamente: papel de piedra. La compañía australiana Hustle está detrás de la comercialización de la primera libreta fabricada enteramente con papel de piedra. Un papel elaborado partir del carbonato cálcico presente en rocas calizas, y que una vez convertido en polvo se mezcla con polietileno para dar como resultado un papel más ecológico, impermeable, y que repele también a los insectos librófagos.

 

Las ventajas del papel piedra según Hustle: ecológico, no usa agua, no es ácido, totalmente reciclable e impermeable.

 

En una reciente visita escolar a una biblioteca (llamémosla Y): un escolar ante el alarde de conocimientos, diversión y aventuras que el bibliotecario les prometía mientras les mostraba las estanterías repletas de libros, levantó el dedo para formular una pregunta: ¿Y cuántos bosques han tenido que destruir para que la biblioteca tenga tantos libros? Esos locos bajitos que diría Serrat, o esos energúmenos toca…. que pensó el bibliotecario. El caso es que no deja de resultar curioso este resurgir de materiales antediluvianos para atrapar lo evanescente de lo digital. Todo vuelve que diría un experto en moda: la piedra Rosetta  más tendencia que nunca en este juego de Piedra, papel, tijera en el siglo del Big Data.

Lo que difícilmente resurgirá de sus cenizas serán los pergaminos o los códices; mientras los libros impresos tal y como los conocemos revalidan su formato, sea en papel reciclado, de pulpa o de piedra. Muchas reconversiones artísticas se llevan practicando en los últimos años con los libros desahuciados (y de algunas dimos cuenta en Las tripas de la lectura); pero la que no había detectado nunca nuestro radar de curiosidades es la de su transformación en instrumentos musicales.

 

Stewart en pleno concierto en la biblioteca

 

La adaptación gráfica de Intemperie de Jesús Carrasco: ¿qué música se podría tocar con este libro, acaso algo del Ennio Morricone de los spaghetti western?

El bibliófono es el invento del profesor de la Universidad de Carleton en Otawa, Jesse Stewart, que no es otra cosa que un xilófono construido con libros viejos. Su presentación en sociedad fue en mitad de la biblioteca universitaria en la que dio hace unos días un concierto.

Stewart va rastreando la sonoridad en todo tipo de objetos desde hace tiempo, pero encontrarla en enciclopedias, diccionarios o manuales caducos requiere valorar elementos tan bibliotecarios como: la encuadernación, el grosor, el tipo de papel utilizado, los materiales, etc… Así por ejemplo la combinación tocho+papel fino que proporcionan los diccionarios son especialmente apreciados por el profesor-inventor para conseguir mejores efectos sonoros.

El invento del profesor canadiense nos lleva a fantasear. Puede que las características físicas de los libros sean las que determinen los sonidos: ¿pero y los contenidos? ¿Qué género musical se ajustaría mejor si nos dedicamos a aporrear obras de Kazuo Ishiguro, Philip Roth, Lucía Berlín, Paul Auster, E.L. James, Wallace David Foster o Jesús Carrasco? Ahí lo dejamos, estas combinaciones percusión-estilos literarios igual nos dan para otro post más adelante. De momento se admiten sugerencias.  Pero para cerrar el post lo tenemos claro, aunque sólo sea por reventar a Steve Dahl (no podía ser de otro modo siendo como somos instigadores de lo #bibliobizarro): ¡¡Viva por siempre la música disco!!!

 

 

Lee o revienta

 

 

Eleuterio Sánchez, el mítico Lute del tardofranquismo, relataba sus famosas fugas en sus memorias (El Lute. Camina o revienta, que luego Vicente Aranda llevaría al cine), pero más allá de lo arriesgado de las mismas no daba instrucciones para quien quisiera emularle. Todo lo contrario que el preso brasileño Brayan Bremer, que escapó hace unas semanas de la cárcel brasileña de Manaos, y se dedicó a retransmitirlo prácticamente en directo a través de selfies. ¿De qué sirve hoy día alcanzar la libertad y jugarse la vida si no se publica en las redes?

Por eso el vídeo con el que abrimos este post resulta una metáfora perfecta de lo que trata. Más que excavar túneles durante años con cucharas, más que pergeñar planes de fuga imposibles: el mejor salvoconducto a la libertad, en una sociedad perfecta debería pasar por la cultura. Pero mucho nos tememos que este simpático invento (cuyas instrucciones para fabricarlo vienen detalladas en esta web) que tanto nos remite a películas de misterio o terror, nunca formará parte de las tramas del género carcelario.

Aún existiendo webs donde se detallan las lecturas que las protagonistas de Orange is the new black (la serie carcelaria con más tirón de los últimos tiempos) toman prestadas de la biblioteca de la prisión: no parece que la cultura sea prioridad cuando se habla de reinserción social.

En Vis a vis, la que podría ser su equivalente española, aunque hay escenas en la biblioteca no hay webs que contabilicen sus lecturas. Tal vez por eso tuvo tan buenas críticas, por ajustarse a la realidad.

Orange is the new black

 

Y es que basándonos en los datos del informe que el Observatorio de la Lectura y el Libro llevó a cabo en 2011 bajo el título: “Las bibliotecas de instituciones penitenciarias en España”, el panorama no pintaba nada favorecedor. Así que no es de extrañar que pese a que aquel informe señalaba que solo tres cárceles españolas tenía conexión a internet hace 5 años; en la actualidad solo un 3% de los presos muestran interés por la lectura. Un dato que recogía un artículo muy completo sobre bibliotecas y penitenciarías en nuestro país publicado hace unos meses en El Español.

“Primero fue el rock de la cárcel… ahora con el cambio de los tiempos y nuestra era tecnológica aparece el Blog de la cárcel […] un lugar de encuentro para sentimientos, ideas, pensamientos y todo aquello que, con la palabra, más nos aproxime a la libertad”

 

Este es el texto que figura en la cabecera de El Blog de la Cárcel, una bitácora digital (actualmente inactiva) que elaboraban de forma colectiva los internos del Centro Penitenciario de A Lama (Pontevedra). Un ejemplo de proyectos volcados en fomentar la formación y la lectura entre los presos aprovechando las herramientas digitales. En otros países, en cambio, la apuesta por las bibliotecas como auténticos instrumentos para la reinserción social a través de la cultura es tan decidida que no vendría mal copiarlos un poco.

 

Prison Book Program, programa que se desarrolla en las cárceles estadounidenses para promover el envío de libros a reclusos.

 

En 2010, la biblioteca de la prisión de Edimburgo se llevó uno de los Library Changes Lives Award (Premios a bibliotecas que cambian vidas). Lo consiguió transformando un depósito de libros en un espacio luminoso, confortable y con fondos variados que provocó que la población reclusa que retiraba libros pasase del 5% al 50%.

En Corrupteca: bibliotecas y corrupción, ya hablábamos del ejemplo brasileño que contempló en 2012 la reducción de penas a cambio de que los presos leyeran. 48 días menos por cada año de condena si leen al menos 12 libros al año. Pero hay un ejemplo más próximo en el tiempo del que nos apetecía mucho hablar.

 

 

El Programa BiblioRedes forma parte del Plan de Intervención en Recintos Penitenciarios puesto en marcha por la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos en colaboración con la Gendarmería de Chile. El pasado mes de diciembre se inauguró en el Penal de Puente Alto (con una población de 1200 internos) uno de los espacios bibliotecarios que este plan contempla ir inaugurando en toda penitenciaría en la que hayan más de 50 reclusos.

Desde el año 2012 lleva en marcha este Plan que, por un lado fomenta el uso de las herramientas digitales como una forma de inclusión social con los denominados Laboratorios BiblioRedes; y por otro, adecua espacios y dota de colecciones a las bibliotecas de las penitenciarías. Un total de 33 bibliotecas se han inaugurado desde el 2016 y aspiran a hacerlo en las 75 prisiones con mayor población reclusa. ¿La meta?: llegar a las cerca de 48.000 personas internadas en las cárceles chilenas.

Macanudo de Liniers, uno de los títulos recomendados para estar presentes en los talleres de fomento lector dentro del plan chileno.

Novelas gráficas, revistas, libros de historia, de filosofía, etc… La selección de obras se ha hecho por parte de grupos formados por psicólogos, asistentes sociales e incluso ex reclusos. El Plan incluye entre una de sus mejores bazas la implicación de los propios internos en el desarrollo del mismo.

Según reza las directrices del Taller de mediación lectora y gestión cultura a desarrollar en los centros:

el presente taller busca formar a los internos más asiduos a la biblioteca con respecto a nociones básicas de fomento lector, extensión cultural y difusión de las actividades generadas“.

Si en las bibliotecas sin rejas del siglo XXI es fundamental la implicación en la toma de decisiones de los usuarios, en las bibliotecas de las cárceles chilenas lo están poniendo en práctica. No hay mejor publicista de nuestros servicios que un usuario satisfecho.

El Lute junto a una de las componentes del grupo musical Boney M.

Y los datos hablan por sí solos, en el pasado año se realizaron un total de 11.500 préstamos en los centros dotados con estas remozadas bibliotecas, y las expectativas para el presente año esperan superar con creces dicha cifra. El ejemplo chileno hace que todas las buenas palabras sobre reinserción, alfabetización de población reclusa, reeducación o integración dejen de ser meras palabras para convertirse en una realidad cuantificable en datos estadísticos.

Ya tenemos a quien imitar, ahora solo hace falta un poco de voluntad política para desarrollar algo parecido en nuestro país. Un país que convirtió a un pobre delincuente en un diablo mediático en época franquista, y que luego asistió a la reinserción del mismo gracias a la lectura y la educación.

 

Uno de los espacios acondicionados en una de las prisiones chilenas integradas en este ambicioso Plan de fomento de la lectura.

 

En el título del post nos apropiamos del título de la biografía de El Lute porque nos daba juego, pero está visto que con buenas políticas culturales que incluyan a las bibliotecas, no hay que reventar nada, sino todo lo contrario. Como declaraba el propio Eleuterio desde su experiencia como persona que superó sus limitaciones gracias a la cultura:

“soy todo lo libre que nos permiten los mercados. La libertad es una entelequia, un sentimiento. La libertad no se da, la libertad se conquista, y yo he conquistado la libertad posible, la que hay.”

 

Y si empezamos el post con una biblioteca que escondía una salida, cerremos con una de las mejores escapatorias que tenemos a mano para escapar de las cárceles mentales que nos montamos cada uno: el humor.

Fue en 1993 que el entonces cineasta en ciernes Miguel Albaladejo, aprovechando que ejercía como ayudante de dirección del maestro Berlanga en su película Todos a la cárcel: rodó su cortometraje La vida siempre es corta. Una jocosa nota final que deja claro que por mucho que físicamente no se pueda, nuestra mente siempre sirve para evadirnos allá donde seamos más felices.

 

Estadística creativa para bibliotecarios soñadores

 

Como cada año el informe de la Federación del Gremio de Editores sobre la lectura en nuestro país ha sido noticia. Una vez más los porcentajes estadísticos que proporciona han dando pie a titulares y análisis que van camino de convertirse en toda una tradición, algo así como las crónicas que cada 22 de diciembre se emiten sobre los ganadores de la lotería (pero a la inversa, donde allí hay alegría, aquí siempre hay decepción). Pero ya sabemos por los políticos que a las estadísticas se las hace decir lo que uno quiere; así que no vamos a darle más vueltas al asunto, bastante se ha hablado ya. Es preferible fijarse, cual manual de autoayuda, en historias ejemplarizantes que nos eviten cualquier asomo de abatimiento bibliotecario.

 

 

La magia de los números en esta calculadora japonesa de 1962.

Porque seamos sinceros, ¿qué bibliotecario en un momento de debilidad, o mejor, de duda: no ha pensado en dejarse llevar por la creatividad al rellenar los formularios de Alzira del Ministerio?, ¿quién ante el insondable misterio de toparse con que el número de ejemplares difiere según la búsqueda en el programa se haga de una forma u otra: no ha optado por quedarse con la cifra que mejor le cuadra con el resto?

Que tire el primer tejuelo aquel o aquella (y lo sentimos pero esto no es lenguaje inclusivo, es simplemente un redoble de tambor para dar más peso a lo que sigue): que no ha tirado por lo alto o por lo bajo en: número de usuarios-actividades-ejemplares-servicios… cuando le ha interesado para engatusar al político de turno, o dar lustre en los medios a su biblioteca.

Por eso empatizamos en el delito con el responsable de la Biblioteca del Condado de East Lake (Florida), George Dore, y su auxiliar de biblioteca, Scott Amey. Porque en Infobibliotecas nada de lo bibliotecario no es ajeno.

 

Se acerca uno de los momentos del año “favoritos” para muchos bibliotecarios: hacer las estadísticas y rellenar el formulario de Alzira del Ministerio.

 

Chuck Finley, así se llamaba el usuario tan, tan asiduo de la Biblioteca de East Lake que él solo se había prestado un total de 2361 libros en poco más de nueve meses. Si Agatha Christie leía unos 200 libros anuales, Theodore Roosevelt uno al día, y la bibliotecaria Harriet Klausner unos 6 al día (“Si un libro no me interesa cuando llego a la página 50, dejo de leerlo” arguyó para defenderse de los incrédulos) según relataba un artículo de BBC Mundo: Finley debería figurar en alguna categoría del Libro Guinness. La única pega es que el tal Finley nunca ha existido, al menos físicamente como usuario de la Biblioteca de East Lake. Pero todos sus datos, incluido su nutrido historial de préstamos, constaban en la base de datos de la biblioteca hasta hace bien poco.

En la red de bibliotecas del Condado de Lake, se distribuyen los fondos atendiendo a la demanda; de tal modo, que si pasado un determinado periodo algún título no alcanza los préstamos necesarios se retira de la circulación. Un criterio salomónico que no distingue entre best seller del momento y clásicos literarios.

 

En El invisible Harvey (1950) James Stewart interpreta a un hombre encantador, siempre dispuesto a ayudar a los demás. Su única peculiaridad es que siempre va a acompañado de un conejo gigante que sólo él es capaz de ver. Su familia decide ingresarlo en un psiquiátrico. 

 

El Chuck Finley real, estrella del béisbol desde 1986 a 2002. 

Tanto para George Dore, como responsable de la citada biblioteca, como para su auxiliar Scott: este expurgo implacablemente estadístico les suponía un suplicio. Y cual doctores Frankenstein decidieron crear al usuario de biblioteca ideal. Un voraz lector cuya compulsión permitía salvar a muchas de las obras en las que nadie reparaba. Que su nombre, Chuck Finley, coincidiera con el de un jugador de béisbol jubilado que durante 17 años desarrolló su carrera en la liga mayor: fue algo completamente accidental (o no).

Pero este celo bibliotecario desmedido no ha servido de atenuante para el despido del bibliotecario. La investigación que ha originado, como tanto gusta decir a determinados políticos: puso en marcha la máquina del fango y salpicó a toda la red. Dore arguyó en su defensa que otras bibliotecas de la red también tenían carnés institucionales o “dummies” (tontos) para “salir favorecidas” en las estadísticas. Toda una intriga bibliotecaria que en manos de un guionista talentoso podría convertirse en película hollywoodense.

 

Theodosia Burr Goodman reinventada como la fascinante Theda Bara.

 

Theda Bara como Cleopatra

Y también en el este de los Estados Unidos, pero en 1914: Theodosia Burr Goodman dejó atrás su ciudad natal para inventarse una identidad, o mejor dicho, para dejar que se la inventasen. Pese a que ya había cumplido los 30, una edad peligrosa para una aspirante a estrella: un estudio de la meca del cine la reinventó para fascinar al público.

De repente, Theodosia pasó a llamarse Theda Bara, dejó de ser la hija de un comerciante judío de Cincinnati para ser la hija de una concubina egipcia y de un artista francés, nacida en el Sáhara, y sacerdotisa de oscuros rituales del Oriente.

Ella fue la primera vamp, la primera estrella prefabricada, la mujer fatal que venía a distraer las mentes de las macabras estadísticas de bajas en el frente que llegaban de un mundo sumido en la Primera Guerra Mundial. Con biografías tan encantadoras, ¿a quién le importaba la verdad?

Theda evoca un tiempo de cartón piedra, de mentiras inocentes que se hacen verdades aceptadas con las que poder fantasear. Eran tiempos convulsos, como el nuestro, pero Theda hoy sólo sería una sex symbol en países pobres, aquí en el primer mundo, su exuberancia carnosa sería un insulto. La capacidad de fabulación nos ha adelgazado, casi tanto como las modelos de pasarela. Y mientras tanto, los egos engordan y engordan con las grasas saturadas de las redes sociales.

 

El lugar de los hechos: la humilde biblioteca de East Lake.

 

Ante este panorama, ¿quién puede reprocharle a George y Scott que hayan ideado al usuario de biblioteca perfecto? Cuidado que nadie nos vaya a acusar de incitar al “maquillaje estadístico”. Simplemente es que en un mundo en el que triunfa la posverdad (aquí mismo acuñamos la posverdad bibliotecaria hace poco), en una época en que el fingimiento ha alcanzado el paroxismo, entre tanta mentira dañina: algo de inocencia, o al menos de ilusión (por aquello de no bajar la guardia) se está haciendo tan necesaria como una conexión wifi.

Por eso, desde aquí eximimos de toda culpa a esos dos pícaros estadísticos, a estos fabuladores que hicieron que los índices de lectura de su modesta biblioteca llegasen a la cuarta base gracias a Chuck. Todos necesitamos soñar, lo está dejando claro el éxito arrollador de una película como La, la, land (La ciudad de las estrellas): un musical que remite a ese Hollywood ingenuo y feliz que arrancaba con Theda. En definitiva, lo que han hecho George y Scott, no ha sido otra cosa que ponerle algo de música a las frías y asépticas estadísticas de bibliotecas.

 

La, la, land (La ciudad de los sueños) arrasando entre crítica y público por ofrecer una historia romántica y sencilla en medio de una época cínica.

 

En el último número de la revista Infobibliotecas, Mariate Alonso le ha puesto música a este invierno reuniendo algunas de las canciones que se han dedicado al mundo de las bibliotecas; y nuestro compañero Héctor Fouce (que tan excelentes maridajes crea, en cada número, entre libros, música o películas) las ha seleccionado en una lista de reproducción de Spotify que se puede disfrutar pinchando aquí. Es lo propio, concluir con música la crónica de un fraude que resulta de lo más cándido visto el panorama.

Si La, la, Land ha llegado de Hollywood para mitigar las oscuras nubes que se ciernen sobre el 2017: hace dos años el grupo Verkeren insuflaba alegría en vena con su tema Laberinto. Pura inocencia y optimismo naíf para unas coreografías bibliotecarias, tal vez menos cool que las de Ryan Gosling y Emma Stone, pero más asequibles para bibliotecarios soñadores.

 

Escaparatismo para bibliotecas

 

En 1939 Salvador Dalí recibió el encargo de montar dos escaparates en uno de los más lujosos comercios de la 5ª Avenida de Nueva York. Como era de esperar el montaje daliniano no podía pecar de convencional en pleno furor surrealista: una bañera peluda, sus célebres teléfonos con forma de langosta o un traje afrodisíaco formado con peppermint y moscas adheridas completaban uno de los escaparates.

 

Escaparate diseñado por Dalí

 

El día de su estreno el artista acudió al local y al comprobar que los dueños habían modificado/censurado algunos detalles de su montaje: optó por emprenderla a patadas destrozándolo todo e intentando volcar, sin éxito, la bañera peluda para inundar el espacio. El resultado fue uno de esos incidentes que tan bien quedan (exagerados o no) en la biografía de un surrealista: pasar una noche en los calabozos de una comisaría neoyorquina.

Dalí, como en tantas otras cosas, fue un adelantado a lo que hoy se conoce como visual merchandising: que no es otra cosa que saber vender los productos de forma que entren fácil por los ojos. En el aún humeante último Congreso de Bibliotecas Públicas (humeante como el cañón de un revolver que disparara ideas en vez de balas) la directora del Centro de Desarrollo Sociocultural de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, Florencia Corrionero, relató como en un cuento el proceso mediante el cual dos artesanos locales remodelado un espacio hasta entonces destinado a las obras de consulta, en un escaparate de lecturas de los usuarios de dicho centro. Y es que si en Supermercados de la cultura: oferta del día en ideas propias, ya hablamos de las similitudes centros comerciales-bibliotecas es lógico que ahora hablemos de escaparates.

 

Infografía con los conceptos básicos del escaparatismo ofrecidos por el BBVA. Es para comercios pero sólo hace falta leerlo pensando en una biblioteca, y no hará falta cambiar ni una coma.

 

No es por la resaca navideña, ni por las grafías sensacionalistas con que los comercios pugnan por atrapar nuestra mirada de viandantes en tiempo de rebajas: es que más allá de la arquitectura para bibliotecas con mayúscula, donde se juegan muchas veces el éxito las bibliotecas, como se decía en aquel anuncio: es en las distancias cortas.

La American Library Association lleva unos años premiando los mejores diseños de showcase, que podemos traducir como escaparates aunque no sea estrictamente un escaparate tal y como se entiende en el comercio. Se trata de espacios bibliotecarios rediseñados para cautivar a su público y conseguir ser totalmente funcionales para los objetivos de una biblioteca. Ya se ha abierto el plazo para presentar candidatas: bibliotecas nuevas o remodeladas, espacios concretos o edificios enteros. Como se puede deducir el escaparate bibliotecario resulta un concepto de lo más amplio.

Repasando algunos de los diseños ganadores se encuentran espacios que está claro que han supuesto una inversión, y un elaborado trabajo; pero otros en cambio parecen mucho más asequibles al haber recurrido más al ingenio. El plazo está abierto hasta el 31 de mayo, así que igual alguna biblioteca española se anima, los premios no están limitados al ámbito estadounidense.

 

Dos imágenes de la Centennial Library Midland en Texas. Un antiguo comercio reconvertido en biblioteca, donde se incluye incluso la cesta de un globo en la zona infantil que sirve como espacio de lectura, además de árboles dentro del edificio que proyectan videos y sonidos de la naturaleza.

La Cliffside Park Free Public Library en New Jersey fue reconocida por los Design Showcase en 2012 por esta imaginativa entrada a la zona infantil en forma de montaña rusa

Biblioteca Pública de Boston

Jen Library en Savannah

 

Un punto de partida interesante para plantearse un “escaparate” en la biblioteca serían los centros de interés. Las típicas selecciones de fondos según temáticas concretas son una oportunidad única para dejar que artistas y creadores locales intervengan los espacios de la biblioteca, y personalicen los espacios de manera realmente llamativa. Eso, o empezar a incluir cursos sobre escaparatismo para bibliotecarios. Lo nunca visto en el afán de esta profesión por abarcarlo todo.

En la Pasarela BRMU de la Biblioteca Regional de Murcia optaron por confiar mejor en los artistas, y así esa combinación entre ropa, libros, bisutería, películas, complementos, música o cómics: dio como resultado un escaparate que satisfizo tanto las expectativas de los bibliotecarios como las de los diseñadores. Pero sobre todo, y eso es lo importante: las de los clientes.