Dale una oportunidad a la estupidez

 

La fórmula musical del dúo británico Pet Shop Boys siempre ha combinado hábilmente los ritmos más bailables con unas letras, unas veces, melancólicas, y otras, críticas pero sin proclamas. Todo envuelto con esa ironía con que los británicos (algunos) suelen dar en la diana del comentario inteligente.

Hace unas semanas, como anticipo de su próximo disco, han lanzado a las redes su tema: «Give stupidity a chance» (Dale una oportunidad a la estupidez). En principio parece inspirado por el temido Brexit, pero lo cierto, es que podría aplicarse a tantísimas cosas de la actualidad: que cualquiera podría apropiársela desde muy diferentes perspectivas.

Si tras millones de años del homo sapiens en el planeta el supuesto jefe de todo esto, Donald Trump, declara que nunca lee libros porque no tiene tiempo: puede que ya no sea necesario dar ninguna oportunidad: campa a sus anchas. Siempre se podrá argüir que cualquier tiempo pasado fue más estúpido si admiramos los avances a los que hemos llegado. Pero precisamente por ello, cuando más avanzados estamos, más flagrante resulta la supervivencia de la estupidez. Y ni las bibliotecas quedan a salvo.

 

 

Entre 2009 y 2011 se emitió el programa de entretenimiento en la televisión estadounidense bajo el nombre de Silent library. Siguiendo la estela del éxito de la MTV en los 90, Jackass, que por si alguno no lo recuerda: se trataba de un programa que puso de moda las bromas pesadas a las que se sometían, voluntariamente, un grupo de descerebraos orgullosos de serlo y mostrarlo.

Pero dejemos para otro día la cronología evolutiva de la estupidez, en los tiempos modernos: y volvamos a Silent library. En este programa, los retos, a cuál más idiota, los llevaban a cabo un grupo de maromos en la sala de una biblioteca. La idea era infligirse voluntariamente diversas torturas, pero siempre respetando el silencio de la biblioteca. Al menos en eso eran respetuosos.

 

 

Y no sabemos si inspirados por ese programa, en 2001, unos universitarios de Tennessee decidieron emularlos. Una noche en que la biblioteca estaba abierta para servir como sala de estudio (más argumentos contra las bibliotecas como salas de estudio): el joven de diecinueve años, Wesley «Crusher», pensó en lo divertido que sería lanzarse por la tolva (el tobogán, muy propio de los edificios estadounidenses, que conecta los pisos de un edificio con la lavandería o el contenedor de la basura que se ubican en los sótanos) que se abría en una de las paredes de la biblioteca. Lo malo es que en las bibliotecas no tiene ningún sentido que haya una tolva para la ropa sucia…

¿Qué bonitas historias de aplastamientos no habría imaginado el entrañable (por lo de entrañas) bibliotecario André de Lorde de haber existido los compactos en su época?

En realidad el divertido tobogán no iba directo a una montaña de ropa sucia: sino a una prensa de libros y despojos para reciclar. Finalmente el pobre Wesley terminó de la manera más gráfica imaginable: triturado junto con los libros que los bibliotecarios habían ido expurgando y arrojando por la tolva.

Una historia, por otra parte, que habría hecho las delicias de André de Lorde, bibliotecario y creador del teatro parisino del Gran Guinol, que en sus obras teatrales recreaba las más elaboradas formas de torturar y masacrar.

 

 

En 2006 los Premios Darwin dieron pie para una comedia protagonizada por Joseph Fiennes y Winona Ryder.

El caso es que a título póstumo, claro está, el joven Wesley «Crusher» (nombre por cierto de un personaje de Star Trek) se alzó con uno de los premios Darwin que se entregan a aquellos individuos que fallecen en trágicas circunstancias por hacer el imbécil.

Un premio creado en los 80 para reconocer el mérito de aquellos sujetos que mejoran el acervo genético de la especie al extinguirse. Una forma de agradecerles que, dada su estupidez, desaparezcan del mapa sin dejar su huella genética.

Los Premios Darwin propician una sospecha que los tiempos no hacen más que apuntalar: ¿qué es lo más característico del ser humano: la inteligencia o la estupidez? Si nos atuviéramos a lo que más prolifera sin duda tendríamos la respuesta. Y algo así es lo que está experimentando hasta la propia Inteligencia Artificial.

Según publicaba el semanario ‘Newsweek’: científicos de la Universidad de la Sorbona y de Louisville aseguran que la manera de controlar a la Inteligencia artificial para que no termine superan al «limitadito» sapiens: pasa por ‘enseñarle’ a ser estúpida. De acuerdo, es un titular de lo más sensacionalista, pero hablando de estupidez siempre resulta más ilustrativo predicar con el ejemplo.

Según los especialistas Michaël Trazzi y Roman Yampolskiy: «la IA se hace artificialmente estúpida cuando se introducen deliberadamente limitaciones que coincidan con la capacidad de un humano al realizar una misma tarea

 

 

Peter Farrelly ha aparcado a su hermano, Bob, y ha filmado una película sobre dos tipos que, por una vez, no hacen gala de una estupidez supina.

El escritor Luisgé Martín, en su ensayo «El mundo feliz: una apología de una vida falsa», aboga por la mentira y el engaño que proporciona esa Inteligencia Artificial para huir de lo absurdo e inútil de la existencia humana. Y lo cierto es que pareciera que llevamos entrenándonos para ello desde hace mucho.

Según sostiene Martín dando pie a suculentas reflexiones:

«no hay más imbéciles que en el siglo XII o XVIII, pero ahora la mayor parte de ellos creen que no lo son. La causa está en el prestigio social de la tolerancia, en la democratización de la inteligencia y en la exaltación del respeto a los gustos y opiniones de todos.»

 

Pero volviendo a esos años 90 de la MTV de los que hablábamos antes, en esa misma cadena, unos personajes como Beavis and Butt-Head explotaban el humor más cafre en sus intervenciones. Fueron los años en que Homer Simpson se convirtió en un icono cultural; y las películas de los hermanos Farrelly [Dos tontos muy tontos (1994), Vaya par de idiotas (1996)…] llenaban los cines. Y precisamente, como un diamante en bruto, a mitad de los 90: nacía Internet. Una genealogía de la estupidez contemporánea que alguien tenía que registrar.

 

 

Preservar las señales de nuestro tiempo para que, en un futuro, se pueda datar cuándo fue el momento en donde se inicio esta deriva hacia la estupidez: resulta de lo más interesante. De ahí el empeño de algunas bibliotecas y bibliotecarios por conservar una de las expresiones más sintéticas y definitorias de nuestra época: el meme.

Know your meme, la web más conocida que se dedica a la investigación de memes y documentos de Internet que se vuelven virales.

En inglés meme proviene de esa información mínima que va pasando de una generación a otra conformando conductas y construcciones culturales, según formuló Dawkins en su célebre ensayo ‘El gen egoísta’. En cambio, su deriva en la red tiene que ver con esas imágenes (estáticas o en movimiento) de carácter jocoso en las que se proclama alguna obviedad u opinión chocante sobre algún asunto. Y frente al esquematismo del inglés, nuestro mucho más rico castellano, hace que tenga una gran similitud con un término tan expresivo de nuestro idioma como es el de ‘memez’.

 

La estadounidense Amanda Brennan cursó estudios de Biblioteconomía en la Universidad de Rutgers, en Nueva Jersey. Tuvo claro, desde el principio, que su campo de acción sería Internet. Lleva años recolectando memes y muchos otros objetos digitales de los que pululan por la Red.

 

El pasado julio una entrevista en ‘eldiario.es’ con Mar Pérez Morillo, responsable de las redes sociales y de la preservación de webs en la Biblioteca Nacional se redujo (los clics mandan) a que la institución bibliotecaria más importante de nuestro país estaba guardando memes. Algo que es cierto, pero como casi todo en la red algo reducido, ya que la labor de la BNE en ese sentido va mucho más allá. Como bien declaraba Pérez Morillo sobre la misión de preservación que deben jugar las bibliotecas: «cuanto más seamos capaces de guardar más fidedigna será la imagen que podamos ofrecer en el futuro de cómo era nuestro mundo de hoy«. Eso sí, se debería advertir en alguna cláusula: que se exime de cualquier responsabilidad a las bibliotecas recolectoras por lo poco favorable que pueda resultar esa imagen futura.

 

En enero de 2017 una protesta anti-Trump irrumpió en la Biblioteca de la Universidad de Washington. Un estudiante (o bibliotecario no está muy claro) les llamó la atención y fue grabado. El vídeo se hizo viral en pocas horas y dio lugar a muchos memes y remixes en Youtube. 

 

En el relato de Jack London, La ley de la vida, el anciano de la tribu es dejado atrás por su comunidad de cazadores nómadas que no pueden cargar con él por pura supervivencia. Lejos del anciano, que se resigna a su destino igual que lo hicieran sus antepasados, las bibliotecas (que hablando de cultura son las veteranas): no parecen estar muy dispuestas a que las dejen atrás. Y siguen cazando y recolectando allá donde sea necesario para no dejar de ser parte de la tribu.

Si la evolución premia ante todo la supervivencia, el seguir adelante como sea: ¿será la estupidez el siguiente paso evolutivo? ¿quién asegura a los que defienden a bibliotecas, librerías y a la cultura en general: que están en el bando correcto? ¿no deberían aparcar un poco los libros y dedicarnos más al sexo (con fines reproductivos, claro está)? En cualquier caso seguiremos expectantes el desarrollo de los acontecimientos.

 

Problemas del primer mundo bibliotecario

 

Este post es en realidad una secuela (podríamos decir spin off pero ya hemos cubierto el cupo de anglicismos en esta frase) de la serie que se ha desarrollado en este blog durante las últimas tres semanas sobre Geopolítica bibliotecaria. Una serie que un tuitero mexicano nos pedía que continuáramos por su país, y cuya petición, ya hemos apuntado para la segunda temporada (de seguir así, en breve, nos compra Netflix los derechos para adaptarla).

Si repasamos a las potencias en pugna por el dominio global (EE.UU., China) a las emergentes o ‘intrigantes’ (India, Rusia); y algunos países latinoamericanos (Venezuela, Perú y Uruguay): lo cierto es que salvo las referencias a Finlandia: dejamos por completo de lado Europa. Tal vez porque la cercanía ha hecho que hayamos hablado en varias ocasiones del mundo bibliotecario europeo. Pero muy pocas veces relacionándolo directamente con el momento político que estamos viviendo.

 

Viñeta de Laura Pacheco.

 

La tira cómica de Laura Pacheco, Problemas del primer mundo, terminó de popularizar esta expresión que desde hace mucho recorría Internet para referirse a esas problemáticas del autodenominado mundo desarrollado que palidecen frente a los dramas y situaciones que se viven en otras latitudes menos afortunadas. Y como bien recuerda la Wikipedia que dijo el filósofo Slavoj Zizek: «centrarse en los «problemas reales» del Tercer Mundo es la forma última de escapismo, de evitación de la confrontación con los antagonismos en el seno de la propia sociedad«.

Paul Mason y sus ideas en torno al fin del capitalismo y el nuevo ( pese a las dificultades) luminoso mundo que nos espera.

¿Vamos a dejar de reivindicar lo necesario porque en otras partes del mundo la situación sea peor? Ese conformismo de índole religioso, ese aguantar los males de este mundo en la promesa de un mundo mejor no ha favorecido más que a los que ostentan el poder y quieren que todo siga igual. Y además en un mundo interrelacionado ninguna problemática se desarrolla en solitario, e incluso en un ámbito estrictamente local, siempre hay algo que la proyecta más allá de su radio de influencia más inmediato.

Si hemos podido extraer alguna conclusión tras el periplo de estas tres últimas semanas: es que frente a las bibliotecas como servicios públicos sustentados por los gobiernos se erige un concepto de biblioteca como punto de reunión y organización de la sociedad civil. Una de las cosas más difíciles al escribir un blog es provocar reacciones, y aún más, interacciones. Y está claro que la Geopolítica bibliotecaria ha conseguido provocarlas.

 

 

Desde Perú, Rosa Facio Astocondor (@rofacio en Twitter) que trabaja en la Biblioteca Nacional peruana, nos hacía llegar su interés por la situación en las bibliotecas rusas a raíz de las declaraciones del director de la biblioteca moscovita Fyodor Dostoevsky, que se recogían en la segunda entrega, sobre la manera en que la sociedad civil se está estructurando gracias a las bibliotecas. La propia Rosa nos contaba que también en su país las bibliotecas tienen que convertirse en centros que promuevan la participación activa de la comunidad, y más allá aún, en refugios seguros ante la ola de feminicidios que azota el país.

Líneas impredecibles se dibujan al hablar de bibliotecas a lo largo del mundo actual. Y de repente, te das cuenta de que pese a las diferencias abismales entre la realidad de unos países u otros: el valor que pueden aportar las bibliotecas se mantiene intacto. Rosa está convencida de que la sociedad civil organizada será quien aporte sostenibilidad a las bibliotecas en Latinoamérica: pero no solo en la parte sur del continente americano. Incluso en la cuna de las bibliotecas públicas, Reino Unido, la sociedad civil es la que se organiza para defenderlas.

 

La coqueta fachada trasera de la biblioteca de Stony Stratford: toda una superviviente.

 

Ya fue célebre la movilización que, allá por el lejano 2011, llevaron a cabo los vecinos de la pequeña población cercana a Londres de Stony Stratford ante la amenaza de cierre de su biblioteca. Se organizaron para retirar en préstamo todos los libros de la biblioteca para así enviar un mensaje claro a las autoridades. Siete años después y pese a los cientos de bibliotecas inglesas que han echado el cierre por falta de financiación pública, la biblioteca de Stony Stratford, continúa abierta. El pueblo unido (por su biblioteca) jamás será vencido.

El último libro publicado de Rowling bajo su seudónimo masculino de Robert Galbraith.

Sorpresas de lo geopolítico. La sociedad británica entroncando con la sociedad peruana a través de la sociedad civil. La ventaja de los británicos es que tienen a figuras con tirón mediático tan potentes como J.K. Rowling promoviendo campañas para apoyar a las bibliotecas británicas en pleno maremágnum por el Brexit.

La autora de Harry Potter, junto a figuras como Neil Gaiman, Joanne Harris o Philip Pullman, ha apoyado una petición de firmas para proteger los fondos públicos destinados a bibliotecas. Fue publicar su apoyo a la iniciativa y, en tan solo cuatro días, se consiguieron 10.000 firmas. Si la iniciativa consigue alcanzar las 100.000 firmas antes del 24 de marzo, el Parlamento, estaría obligado a admitir la petición y a debatirla.

 

Manifestación en Londres para salvar las bibliotecas inglesas.

 

No hace tanto, encontrar similitudes entre la situación de un país como Venezuela y Reino Unido era casi imposible: mundos y realidades distintas, por no decir opuestas. En cambio, si se observan desde prisma bibliotecario, las amenazas que se ciernen sobre la supervivencia de las bibliotecas de distintos continentes no se diferencian tanto. Sólo hay que cruzar el canal de La Mancha para que los paralelismos trasatlánticos-bibliotecarios vuelvan a dibujar una nueva coordenada que une Caracas con París.

El filósofo queer Paul B. Preciado analizaba recientemente en ‘El País‘ el movimiento de los chalecos amarillos franceses, y concluía, que se está dando un desplazamiento de las formas de opresión, pero también de resistencia y contestación. Según Preciado hay un cambio de paradigma y eso exige la invención de nuevas instituciones (¿eso incluirá a las bibliotecas?). El caso es que si en Caracas apedrean bibliotecas, en la culta y refinada Francia, les pegan fuego como relatábamos en Asalto a la biblioteca del distrito 18, la última, este pasado mes de julio en Nantes.

 

Una de las bibliotecas atacadas en Nantes.

 

Los violentos enfrentamientos entre manifestantes y fuerzas de seguridad en Nantes durante el pasado verano dejaron un saldo de destrucción y vandalismo, que una vez más, la sociedad civil organizándose ha conseguido resolver. Allá donde las autoridades no han sabido-conseguido aplacar el descontento social de parte de la población: llega la reacción espontánea de esa sociedad civil que se organizó y consiguió que, en pocos días, un gran número de donaciones abastecieran las estanterías de la nueva ubicación de la biblioteca.

 

 

 

Tras el éxito electoral del exmilitar Jair Bolsonaro en Brasil, el líder ultraderechista y vicepresidente de Italia, Matteo Salvini, hablaba de ‘una revolución del sentido común’, de un aire fresco (sic). La conexión ultraconservadora brasileño-italiana salta de nuevo el charco para dibujar una nueva coordenada geopolítica bibliotecaria. Si en Brasil se ha eliminado el Ministerio de Cultura, en Italia, se traslada a los funcionarios que no se pliegan a la censura que quieren imponer los políticos en las bibliotecas.

Los neopopulismos, si acaso por una fracción de segundo se paran a pergeñar algo parecido a una política cultural, reforzarían sin duda la ecuación biblioteca=sala de estudio. Es la mejor manera de aniquilarlas y desactivarlas. Asépticas salas de estudio que produzcan trabajadores precarios, sin referentes intelectuales, que eleven el PIB pero jamás el nivel cultural de la amada patria.

 

 

Ya contamos la historia de la directora de la biblioteca de Todi (Perugia), apartada de su puesto por negarse a censurar cuentos inclusivos sobre el colectivo LGTBIQ: y el pasado mes de enero, Fabiola Bernardini, presentó recurso ante los tribunales. Y una vez más, mientras dirimen los jueces y presionan los políticos, ha sido la sociedad civil la que ha acudido al rescate.

El pasado mes de octubre, un grupo de más de 200 usuarios de la biblioteca se organizaron para manifestarse en la escalinata de la iglesia de San Fortunato de la ciudad con un libro en las manos. Sus movilizaciones no han sido ajenas al hecho de que la ciudad de Todi haya logrado la denominación de «Ciudad que lee»: que otorga el Ministerio de Patrimonio y Actividades Culturales y el Centro por el Libro y la Lectura.

Su protesta por el acoso político al que están sometiendo a la bibliotecaria se celebró bajo la frase de Tina Anselmi, la primera mujer que fue ministra en Italia: «Comprendí entonces que para cambiar el mundo debemos estar allí«. Una frase de la que también se podrían haber apropiado los Sentinelle in piedi, el movimiento ultraconservador italiano que también recurre a ocupar plazas haciendo como que leen para protestar contra el matrimonio gay, el control de natalidad o el uso de preservativo. Un ejemplo de que una sociedad civil organizada no siempre tiene porque coincidir con una defensa de las libertades.

 

La revista católica Tempi celebrando las concentraciones del movimiento de los Sentinelle in piedi.

 

La madeja bibliogeopolítica se nos ha enmarañado de una manera imposible de deshacer en este post con tanto cruce trasatlántico. Tanto se nos ha liado que no queda espacio para más. Otro día tendremos que mirar al país que impone las directrices económicas que repercuten en muchos de los asuntos de los que aquí se ha hablado: Alemania. Pero no por el momento. No queremos que tanto jet lag bibliotecario nos haga perder el norte.

 

Geopolítica bibliotecaria 3

 

Para resumir en una imagen esta serie de Geopolítica bibliotecaria, que estamos desarrollando desde hace tres semanas, no cabía mejor elección que la de una maleta vintage. Una de esas, no muy cómodas frente a los trolleys actuales, (las cargaban subalternos, nunca, el privilegiado viajero) que iban sumando pegatinas de hoteles y lugares de ensueño que certificaban lo cosmopolita del propietario. Pero el mundo de esas maletas hace mucho que se extinguió.

 

Paul Bowles, el escritor viajero, junto a su equipaje. En una época en la que el viajar (para quien podía permitírselo) era un placer aún ajeno a las masas.

 

Esas maletas representaban el poderío de los pudientes de la época frente a las desvencijadas maletas atadas con cuerdas de los emigrantes, los que se veían obligados a huir de su país ante el auge de los totalitarismos, de los perseguidos, los expatriados, los parias. Un siglo después, los movimientos migratorios, los refugiados, los excluidos de la globalización se amontonan a las puertas de Occidente. Y por muchos muros que se levanten siempre hay algo que termina permeando, infiltrándose entre los poros del hormigón.

El electro latino, el reguetón, los sonidos latinos llevan décadas calando des-pa-ci-to en los ritmos globales: y con ellos ciertos clichés de la cultural latina, y lo más ventajoso para los hispanohablantes: el castellano afianzándose en todos los ámbitos, incluido el de los negocios. Por mucho que algunos aborrezcan esta saturación reguetonera, como decía recientemente el iconoclasta crítico musical Victor Lenore: «tenemos por lo menos 30 o 40 años de reggaeton«. Así que, ya tú sabes, vamos rumbo a Latinoamérica.

 

Cuando los medios más supuestamente exclusivos llevan a su portada a un músico de reguetón: es que la cosa va en serio.

 

Feria del Libro del Oeste de Caracas 2018 en la que España fue el país invitado.

Entre los países sudamericanos, Venezuela, se ha convertido en una patata caliente de la política española. Una matrimoniada entre la derecha y la izquierda de nuestro país: propia de una de esas parejas en crisis que aprovechan las visitas a casas ajenas para airear sus miserias en público. Pese a ello en la última Feria del Libro del Oeste en Caracas, España fue el país invitado.

En la crónica que de los saqueos que se están sufriendo en muchas ciudades del país andino una nos llama la atención: la del saqueo de una librería en la parroquia caraqueña de El Paraíso. Según relata su afligida propietaria robaron todo lo que había en la librería: salvo los libros. En circunstancias así, hablar de cultura, hasta pareciera una frivolidad. Pero pese a todo, la cultura, siempre es una forma de resistencia incluso cuando las necesidades más acuciantes concentran toda la atención.

Los que huyen siempre dejan mucho atrás, y entre esas cosas, dejan también bibliotecas. El Buscón es una librería ubicada en el centro cultural, de la capital venezolana, El Trasnocho cultural. Su historia, como todo en el país, es la historia de una supervivencia en condiciones extremas. En un artículo publicado en el portal de noticias independientes de ‘Crónica uno’ se relata la crónica de las bibliotecas huérfanas de Venezuela.

 

Centro Cultural El Trasnocho en Caracas.

 

La librería El Buscón está especializada en textos agotados, y junto a otros establecimientos de parecidas características, han encontrado una vía de supervivencia gracias a la huida sin mirar atrás de tantos venezolanos que han ido abandonando el país llevando poco más que lo puesto. Las bibliotecas se quedan y ese abandono es aprovechado por las librerías y centros culturales. Como bien indica la responsable de El Buscón, en el artículo, no se trata de bancos de libros: aplican una rigurosa selección para conservar lo realmente relevante e interesante. En Venezuela, librerías y centros culturales, son auténticos centros de resistencia. Pero ¿y las bibliotecas?

 

Las bibliotecas en medio de las refriegas políticas en Venezuela. Imagen de la Biblioteca Pública Óscar Palacios Herrera en un barrio de Caracas. La biblioteca fue reinaugurada por el ministro de cultura en abril de 2017, y pasados unos días, fue atacada, incendiada y apedreada. 

 

Las bibliotecas dependen del poder y su capacidad de autonomía no es tanta como la de iniciativas privadas. En La biblioteca como arma política hablábamos de la manipulación que se puede hacer de las bibliotecas y la cultura desde puntos de vista ideológicos según la conveniencia del momento. Nada nuevo bajo el sol. En Venezuela también se está dando esa utilización: y así el escritor José Canache afín al régimen de Maduro (todo hay que decirlo): denunciaba recientemente que en las bibliotecas del Estado de Anzoátegui se estaban purgando libros y documentos sobre Chávez y la Revolución Bolivariana.

¿Hay motivos para ver algo positivo en una censura sea del tipo que sea? Si nos quedamos con el hecho de que alguien se esté molestando en cribar los fondos de una biblioteca para sesgar la historia ,en un sentido u otro, podríamos decir que sí. No deja de ser un reconocimiento al ascendente que las bibliotecas, y la palabra escrita, aún preservan incluso en sociedades tan fragmentadas como la venezolana.

 

La autobiografía de Mario Vargas Llosa en la que cuenta su progresivo acercamiento a posturas liberales.

 

Y si la revolución bolivariana, de marcado cariz izquierdista, ha terminado derivando en dictadura, por contraste, es oportuno que sigamos con un país que se ha erigido en paradigma del éxito del liberalismo como es: Perú. Según el FMI, ese oráculo divino que sentencia países, Perú es una de las economías emergentes entre los países de su ámbito más cercano. Como contrapartida, también es cierto que según el último ranking publicado por Transparencia Internacional: el país se ha elevado hasta el noveno puesto en la lista de países más corruptos.

Dejando aparte los aciertos o desaciertos de las políticas económicas aplicadas en la patria de origen de Vargas Llosa: ese enriquecimiento del país no se ha traducido en un mayor impulso al sector que aquí nos interesa. Si bien el Plan Lector (un listado de lecturas recomendadas para centros docentes) ha conseguido aumentar los índices de lectura en niños en edad escolar: el hábito tiene difícil continuidad ante la falta de suficientes bibliotecas públicas. Según el escritor peruano Javier Arévalo, que participó en la elaboración de dicho plan, este incremento de la lectura en jóvenes se da en los colegios privados: quedando los públicos desabastecidos por esa carencia de bibliotecas y medios.

 

La impactante campaña lanzada para recuperar los libros robados a la Biblioteca Nacional de Perú durante años.

 

Hacer lecturas (nunca mejor dicho) del hecho de que el FMI bendiga económicamente a Perú, y que al mismo tiempo hayan aumentado los índices de corrupción y los índices de lectura, pero, en colegios privados: sería hacer una lectura torticera, sesgada y maniquea. Mejor nos la ahorramos y que cada uno saque sus propias conclusiones. De momento dejamos el Perú con un libro: La biblioteca fantasma de David Hidalgo.

Hidalgo ha llevado a cabo una exhaustiva investigación periodística sobre el sangrante expolio al que ha estado sometida la Biblioteca Nacional de Perú durante décadas. Una historia de robos sistemáticos llevados a cabo por los propios trabajadores que vendían en el mercado negro las joyas bibliográficas de sus fondos. En La biblioteca fantasma se denuncian los errores y la desidia de responsables policiales y de magistrados que dibujan un retrato nada halagüeño del respeto de las instituciones por la cultura de su país.

 

 

Según un medio liberal como ‘The Economist’, Uruguay es el país más democrático de Sudamérica, y además según el mismo ranking que elevaba el índice de corrupción peruano: el menos corrupto. Y según Naciones Unidas el que tiene mayor nivel de alfabetización. Sin duda los tres millones y pico de población que tiene el país son mucho más fáciles de manejar que los más de 30 millones de Venezuela o Perú: pero algo habrá que se pueda adaptar a la realidad de otros países más complejos. Por ejemplo, el proyecto Biblioteca Solidaria, que ahora ha ampliado su radio de acción uniendo a Uruguay con Paraguay.

Este proyecto implica a padres, abuelos, vecinos, estudiantes y, en general, a todo aquel que quiera sumarse. Consiste en formar parte de equipos comunitarios de lectura que visitan principalmente escuelas, centros culturales y asociaciones buscando promover la lectura entre los niños uruguayos y sus familias. La iniciativa basa su éxito en el hecho de que implica a la comunidad, que busca a sus agentes promotores más allá del gremio docente, bibliotecario o estudiantil: aspirando así a objetivos a más largo plazo que los que se consiguen con simplemente promover la lectura exclusivamente en el ámbito escolar.

 

Biblioteca País: la biblioteca digital puesta en marcha por el gobierno uruguayo a la que se puede acceder simplemente con la cédula de identidad.

 

Y también recientemente, el gobierno uruguayo ha puesto en marcha la Biblioteca País, una biblioteca digital con más de 4.000 títulos en español que en su primer mes ha contabilizado un total de 40.000 préstamos. Tal vez algo tenga que ver una cuestión pendiente en las bibliotecas españolas: no se necesita carné de biblioteca: basta con la cédula de identidad, es decir, el equivalente a nuestro DNI.

En verano, las bibliotecas llegan a las playas a través de las Biblioplayas, y aprovechando que al final del verano, el 15 de septiembre, se celebra el Día de la democracia en el país: el concepto ‘biblioteca’ fue utilizado para celebrarlo a través de las denominadas «bibliotecas humanas» que ocuparon diversos espacios públicos de la capital promoviendo la comunicación entre los ciudadanos.

 

 

Es casi pecado estar por la zona y no aprovechar para visitar México (con su recién estrenado plan para fomentar la lectura AMLO que busca, entre muchas otras cosas, desasociar las bibliotecas con el aburrimiento); al gigante brasileño (al que el FMI pronostica una recuperación económica, y su nuevo presidente Bolsonaro, asegura una glaciación cultural al cargarse el ministerio del ramo); Argentina (con su crisis económica y sus bibliotecas comunales siempre en acción permanente); la siempre ejemplar Colombia (con un crecimiento sostenido pero que, al contrario del resto de países bendecidos por el FMI, mantiene una apuesta firme por las bibliotecas como agentes activos a favor de la paz y el progreso); o el pujante Chile (que del socialismo de los últimos años ha pasado al centro derecha actual y prosigue con proyectos bibliotecarios tan interesantes como BiblioRedesy siempre está de actualidad bibliotecaria, por asuntos como la inauguración de la primera biblioteca digital en un aeropuerto). Seguro que todos nos saldrán al paso en la crónica de actualidad en un futuro nada lejano.

 

La directora gerente del FMI, Christine Lagarde, en la Biblioteca del Congreso, en Washington, en compañía de la bibliotecaria del Congreso, Carla Hayden. La foto fue tomada con motivo de una conferencia que pronunció Lagarde el pasado mes de diciembre en la Biblioteca.

 

Pero si hemos elegido a estos tres países de la zona para el último repaso geopolítico ha sido porque Venezuela, Perú y Uruguay ejemplifican fórmulas políticas y económicas muy distintas cuyos resultados, siempre desde el prisma que nos interesa, han dado resultados divergentes. Y al final queda la pregunta: ¿será por el modelo económico, por el ideológico-político, por la sociedad civil (en cuya organización confía una educadora peruana que amablemente nos ha escrito a raíz de leer esta serie geopolítica), o acaso, por sus gobernantes? La respuesta, como siempre, dependerá del prisma desde el que se mire.

Y tal como advertimos este panorama geopolítico bibliotecario se agotaría en tres entregas. Ahora nos surge la duda: ¿pecamos de ambiciosos o de modestos? Como no lo tenemos muy claro lo único que podemos decir es: ¿Continuará?

 

Geopolítica bibliotecaria 2

 

Proseguimos el periplo que iniciamos hace una semana por el panorama geopolítico mundial desde prisma bibliotecario. Y si en la primera parte cerrábamos con las burlas que Trump le dedicaba al primer ministro de la India a cuenta de la biblioteca que este país ha financiado en Afganistán: aprovechamos que ya estábamos por la zona para retomar el viaje por el siempre desconcertante país de Bollywood.

 

Sanam Teri Kasam (2016) taquillazo reciente de Bollywood con trasfondo bibliotecario y un argumento sin desperdicio. La protagonista es una bibliotecaria que no encuentra marido por considerarla todos fea. Tras enamorarse de un abogado en apuros se esforzará para cambiar de aspecto y convertirse en una mujer bella que consiga a su amor pese a las mil adversidades que se les presentan.

 

Cuadro-altar en homenaje al padre de la biblioteconomía en la India: el matemático y bibliotecario Shiyali Ramamrita Ranganathan.

La mayoría de adjetivos aplicados a países pecan de tópicos y reincidentes pero, el de desconcertante, sigue intacto en su capacidad para describir a un país con más de 1.200 millones de habitantes. En el ámbito bibliotecario, recientemente el Indian Public Library Movement (Movimiento por las bibliotecas públicas de la India) cumplía cinco años. Dicho movimiento busca dinamizar y potenciar a las cerca de 70000 bibliotecas públicas contabilizadas en el país que, en las últimas décadas, han visto como tanto sus colecciones como instalaciones languidecían progresivamente.

Lo primero que llama la atención de este movimiento es que esté patrocinado por la Asociación Nacional de Empresas de Software y Servicios: una organización sin ánimo de lucro que actúa como asociación comercial de la industria india de Tecnología de la Información y Externalización de Procesos de Negocios. Resulta cuando menos curioso que una organización volcada en la tecnología sea la que auspicie un movimiento por las bibliotecas. Pero en un país de contrastes como es la India: todo es posible. Y en este caso suena de lo más esperanzador.

 

 

Desde su creación en 2013 el Movimiento de Bibliotecas Públicas de la India ha alcanzado a 20 estados, y está presente en más de 100 distritos e implicado en más de 200 bibliotecas públicas. El propio Ministerio de Cultura está haciendo un esfuerzo por revitalizar a las bibliotecas como elementos fundamentales para el progreso de las generaciones futuras. Por ello la prioridad en las nuevas infraestructuras y equipamientos bibliotecarios se está centrando en los niños.

Una de las últimas iniciativas el programa Tecnhology Empowering Girls (TEG) recurre a las bibliotecas públicas para convertirlas en plataformas para que, adolescentes y mujeres de zonas marginales, puedan superar la brecha digital. Tecnología y mujeres: una combinación que denota el espíritu de progreso que puede hacer que, como vaticinaba la consultoría PwC, lleve al país asiático al segundo puesto como la economía más importante el planeta en 2040.

 

Analytics India Magazine es una publicación centrada en el progreso tecnológico que está configurando el futuro de la India a través de la promoción de ideas y personas que quieren cambiar el mundo. En una serie de artículos se centran en conversaciones con las mujeres del país más influyentes en este campo.

 

La celebrada novela de Amor Towles que recorre el siglo XX ruso desde la mirada de un aristócrata en arresto domiciliario en un hotel de lujo de la capital.

Al margen de ese triunvirato Estados Unidos-China-India queda una potencia que, aunque no esté en su momento más glorioso, sigue actuando/intrigando como en los mejores tiempos de la Guerra Fría para desestabilizar el tablero donde se juega la partida. Vladimir Putin aparece como la figura que, con una combinación muy 007, une venenos con nuevas tecnologías para fomentar el caos de sus competidores gracias a las redes sociales.

Las bibliotecas públicas no parecen quedar dentro de su campo de interés; y en cambio frente a esa amenaza en la sombra a la que todos los focos occidentales señalan: las bibliotecas rusas están viviendo un renacer.

En Moscú se acaba de remozar una de sus bibliotecas más emblemáticas: la biblioteca Fyodor Dostoevsky. Según relataban recientemente en la web de la emisora de radios NPR: las bibliotecas en Rusia están viviendo un resurgimiento que las convierte en centros muy valorados por una población joven que busca mucho más que un simple lugar de estudio. Siguiendo una tendencia que se está propagando por todo el orbe bibliotecario: el silencio ha dejado de ser una exigencia. Y así ensayos de grupos de teatro conviven con clubes de idiomas, conciertos, lecturas o conferencias alcanzando una media de tres a cuatro eventos diarios en dicha biblioteca.

Y los números cantan. Tras haber desechado cualquier idea conservadora sobre lo que debe ser una biblioteca: la Fyodor Dostoevsky ha pasado de una docena de visitantes diarios a más de 500.

 

La vanguardista biblioteca de San Petersburgo: M-86.

 

El ejemplo moscovita ha prendido en el resto de bibliotecas del país, y así, hace poco se celebró la Biblionoch (la noche bibliotecaria). En San Petersburgo algunas de sus bibliotecas más punteras organizaron diversos eventos según su especialización. En la Okhta Lab Library se han especializado en promover reuniones entre empresarios, artistas y científicos. Con su proyecto Science Slam jóvenes científicos presentan sus investigaciones. La M-86, la biblioteca más moderna de San Petersburgo, cuenta con espacios recreativos, salas de trabajo y equipos informáticos para diseñadores de medios. Además disponen de un estudio de grabación e ingeniería visual y realizan talleres de videoblogging, moda e historia de la moda.

Es suficiente con ver las fotos de las bibliotecas rusas para comprobar que nuestra insistencia por atender tanto a lo que se hace en el mundo anglosajón nos hace perder perspectiva respecto a lo mucho que se está moviendo el mundo bibliotecario en otras latitudes.

 

Plano de la Okhta Lab Library de San Petersburgo.

 

Puede que Putin no tenga nada que ver en este resurgir de las bibliotecas rusas pero, como señala el director de la Fyodor Dostoevsky, Andrei Lisitsky, los rusos estaban habituados a que el estado se encargara de todo, y ahora, están comprendiendo que pueden resolver sus propios asuntos reuniéndose en espacios públicos. Y esos espacios son las bibliotecas.

Los esfuerzos del primer ministro ruso por conseguir que su país juegue un papel determinante en el nuevo orden mundial cuentan con el potencial (estén o no a favor de su figura) de una creciente sociedad civil que está evolucionando precisamente alrededor de las bibliotecas públicas. Si en los planes del Kremlin entra dar cancha a esa sociedad que se organiza por sí misma, o no, el caso es que una ciudadanía formada y con capacidad de organización siempre es un activo para el progreso.

 

La muy espectacular Nikolai Gogol Library en San Petersburgo.

 

Lisistsky define a las bibliotecas como «centro de aprendizaje informal». Y en esa informalidad se resumen muchas de las ideas sobre las que hemos dado vueltas en este blog otras veces. Si el aprendizaje continuo es un requisito imprescindible para vivir en el mundo de hoy: las bibliotecas permiten ese espíritu autodidacta que tanto fomentan las nuevas tecnologías pero en un entorno tutelado a demanda. Es decir, no sujeto a planes de estudio, pruebas, calificaciones ni exigencias de ningún tipo: en definitiva no académico: pero sí con el apoyo del personal y los servicios que ofrece la biblioteca. Y una ciudadanía así puede tener mucho que aportar al resurgimiento de su país más allá de las intrigas y tejemanejes propios de la alta política.

Nos resta una tercera etapa de este viaje para completar el recorrido. Pero eso será la semana que viene. Ahora solo queda despedirnos desde Rusia con amor, mucho amor, por las bibliotecas.

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Geopolítica bibliotecaria 1

 

Si la semana pasada bordeamos lo desconocido aventurándonos por las coordenadas del Triángulo de las Bermudas, y sus misterios, esta semana nos asomamos a un triángulo, hexágono, dodecaedro o lo que sea en que se configure el  (des) equilibrio geopolítico en el que se define el panorama de fuerzas que tensan el mundo de hoy.

 

La cuenta de Instagram del turco Ugur Gallen ha ganado mucha repercusión últimamente gracias a los montajes fotográficos que publica. En ellos confronta los conflictos armados y las situaciones de emergencia humanitaria, en la actualidad, con imágenes de la sociedad del bienestar.

 

Si todos nos plegamos a la geolocalización de los satélites, y gustosamente cedemos nuestras coordenadas a su control a través de nuestros dispositivos, echar un vistazo desde prisma bibliotecario a las fuerzas geopolíticas que están redefiniedo la Historia en estos momentos: puede ser una buena opción para ver el presente en perspectiva. Todo es demasiado inestable como para llegar a conclusiones. Pero si alguna vez el refrán de ‘a río revuelto, ganancia de pescadores’ se pudo considerar oportuno es en estos tiempos.

Nuestro periplo no tiene ningún afán exhaustivo. Antes que Willy Fog sería James Bond nuestro modelo: pero no por lo más obvio que cabría imaginarse. Saltamos de latitud en latitud, como 007, pero sin dry martini, sin esmoquin, ni cochazos, ni mansiones repletas de beldades en biquini. Los villanos (que no faltan) quedan a la elección de cada uno.

 

Empezamos en Europa con la estrella bibliotecaria del momento: la biblioteca finlandesa de Oodi. Patrón con el que todas las bibliotecas del mundo parece que se van a comparar a partir de ahora. No vamos a  describir las innovaciones, ni espacios fantásticos de esta biblioteca modelo. Para eso ya hay muchas noticias e incluso vídeos. Nuestro interés es el papel que juega un país que da lugar a centros así en el escenario global: porque de ese papel se podrá deducir su capacidad de influencia en el resto.

Finlandia forma parte de un continente al que el nuevo siglo no está tratando demasiado bien. Su capacidad de influencia en el nuevo orden mundial está en entredicho, sobre todo, si se confronta con Asia o América. Finlandia, junto con el resto de avanzadísimas sociedades nórdicas (o así reza el tópico) aunque miembros o no (el caso de Noruega) de la Unión Europea: mantienen una cierta distancia con el resto. Su envidiado estado del bienestar siempre es el espejo al que se recurre para mirarse y deprimirse ante el amorfo reflejo propio. Otro tanto cabe decir en cuanto a sistema educativo y prestaciones sociales. Si en asuntos tan esenciales no se ha conseguido trasladar su modelo, que las bibliotecas sigan teniendo tanta importancia, no parece que sea determinante para que el resto de países les imiten por ello. Prosigamos pues el viaje.

 

El polémico escritor chino Murong Xuecun declaró, hace unos años, que sus compatriotas inmersos en una economía de mercado salvaje no prestan mucha atención por la lectura. Noticias recientes, en cambio, le contradicen.

Otra biblioteca que ha acumulado numerosos titulares y ha venido muy bien para rellenar los cada vez más raquíticos espacios culturales en los medios: ha sido la espectacular biblioteca china de Tianjin Binhai que se inauguró en los últimos meses del 2017.

La fastuosa biblioteca con sus infinitas estanterías en las que parecían habitar libros y más libros hasta perderse en el horizonte, en realidad, jugaba con las ilusiones ópticas. Una vez se superan las estanterías accesibles todo se convierte en un trampantojo, en un reflejo multiplicado por el ingenio de los arquitectos. Y el 1,2 millón de libros que aseguran caben en la biblioteca, por el momento, no deja de ser un futurible.

Por eso, ante tamaña (y maravillosa) ostentación del gigante chino, mejor nos fijamos en datos concretos que nos sitúen en la importancia real que dan en la segunda economía del mundo a las bibliotecas. Según un artículo publicado en la revista estadounidense ‘Publisher Weekly’, el pasado diciembre, el mercado de libros infantiles en China alcanza proporciones tan apabullantes como la faraónica biblioteca de Tianjin Binhai. Y ese dato sí que emociona mucho más que la deslumbrante biblioteca.

 

En China se está dando lo que en nuestro entorno se dio hace unas décadas y que el pelotazo económico de los 90 terminó por desbaratar: la cultura como símbolo de ascenso y progreso social. La pujante clase media china aspira a que sus hijos tengan los mejores libros y aprender a leer cuanto antes. En esto último se parecen a muchos progenitores españoles que, desde siempre, han cifrado el que sus hijos lean cuanto antes como síntoma de éxito escolar (un empeño que se contradice con los modelos educativos más avanzados). Y en cambio, se preocupan muy poco por darles ejemplo leyendo ellos mismos y así conseguir que una vez sepan leer: sigan leyendo.

Pero volviendo a China. Todos estos progresos vienen acompañados de una reforma educativa que enfatiza la lectura dentro y fuera del aula. Un empeño que viene acompañado por la construcción, durante la última década, de más de 600.000 bibliotecas con las que combatir la escasa alfabetización de la población no urbanita. Hasta se ha establecido un premio para reconocer a los mejores promotores de la lectura en el país.

 

En los análisis que hacen los medios sobre quien ganará la partida entre Trump y el régimen de Pekín: siempre se centran en los datos económicos. Pero más allá de espionajes, guerras digitales o de carreras por dominar la inteligencia artificial: lo que decante la balanza puede que provenga de lo más nimio. Cuando las fuerzas se están igualando en tantos campos: el último esfuerzo para ganar el pulso puede venir de detalles tan insignificantes como los índices de alfabetización, la lectura, el número de bibliotecas, etc… En esas fruslerías, que no aparecen nunca en las páginas de economía, es donde se denota cuando un imperio está asentando las bases de su dominio a largo plazo.

Por contraste con su gran rival chino, Trump cierra el grifo de ayudas a las bibliotecas públicas, confía en la contaminación informativa para manipular mejor a su electorado y es la antítesis de lujuria intelectual (de la otra también pero de eso no hablamos aquí). No vamos a decir que el régimen chino sea un paraíso de la libertad de expresión, pensamiento y creación, desde luego, pero cuando el éxito depende de tantos e insignificantes detalles: cabe la posibilidad de que hasta el peso pluma de las bibliotecas (y de la cultura en general) sea un peón a tener en cuenta.

 

Y para muestra, una última hora de lo más esclarecedora. El presidente de los Estados Unidos, en su primera reunión de gabinete de 2019, se burló del primer ministro de la India, Narendra Modi, por financiar la construcción de una biblioteca en Afganistán. Tanto los Estados Unidos, como la India, están colaborando financieramente en la reconstrucción del país afgano tras haber participado, previamente, en su destrucción. Según las autoridades hindúes, la construcción de la biblioteca representa la contribución del país en el desarrollo de la sociedad civil afgana, en promover una educación moderna y habilidades profesionales para los jóvenes. Para Trump, la construcción de la biblioteca, no es más que un mal chiste.

 

Javier Cansado en el programa ‘La resistencia’ de David Broncano.

 

La actualidad siempre juega a favor cuando se habla de estos temas. En una entrevista del humorista Javier Cansado en el programa de humor de moda entre los millenials La resistencia de David Broncano: surgieron argumentos de los que gusta escuchar. Básicamente de los que te reafirman en lo que tú has dicho. Cansado empezó hablando de bicicletas (coincidiendo con lo que dijimos en Bibliotecas para todos, aceras para peatones): pero prosiguió hablando del interés que profesa por la historia del Imperio mongol. Y es aquí donde Cansado nos recuerdaba que una de las grandezas de ese imperio que precedió al Imperio chino: fue que, pese al potencial destructor de su ejército, cuando arrasaban una ciudad con saña, siempre respetaban la vida de ingenieros, artesanos y artistas.

El modelo con el que siempre se compara a los imperios, más que el mongol, suele ser el del Imperio romano. En el caso de Roma fueron las invasiones bárbaras las que acabaron de derrumbarlo. En el caso de los Estados Unidos, en cambio, si termina derrumbándose, no hará falta que le invadan bárbaros venidos de fuera. Eso que se ahorran.

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Triángulo de las Bermudas bibliotecario

 

Hasta donde sabemos la CDU (Clasificación Decimal Universal), con la que se organiza el conocimiento en las bibliotecas, fue resultado de la adaptación que Paul Otlet y Henri La Fontaine hicieron de la clasificación que el estadounidense Melvil Dewey creó en 1876. En ese trasvase Estados Unidos-Europa no se consigna ninguna influencia nipona, y en cambio, la ausencia del número 4 en la adaptación europea: cobra todo el sentido desde un punto de vista japonés.

En Japón y China se evita el número 4 porque su pronunciación es idéntica a la de muerte aunque se escriban con caracteres distintos. En el caso de la CDU, como se preocupan de advertir, esta ausencia se debe a que dicho número está vacante en espera de que surja algún conocimiento de tal envergadura que merezca el honor de ocupar tal número. Pero si tras la revolución que ha propiciado la informática y las nuevas tecnologías (encajadas en el 004) sigue deshabitado: ¿qué asunto tendrá tal envergadura como para ocuparlo algún día? Se admiten apuestas. Mientras tanto la ausencia del 4 sigue en mitad de las estanterías de millones de bibliotecas como un Triángulo de las Bermudas bibliotecario.

 

Botones de un ascensor en Japón excluyendo el número 4. En el blog ‘Un español en Japón’ lo explican con todo detalle.

 

Hasta el gran John Huston, en uno de sus trabajos mercenarios para financiar sus proyectos personales, participó en una película sobre el famoso Triángulo.

Nosotros aventuramos una teoría (conspiranoica como no podía ser de otro modo) mientras Iker Jiménez se decide a hacer un especial sobre el tema: en el número de la CDU 4 está el futuro de las bibliotecas. Un futuro, que como el del resto del mundo que conocemos, solo podemos fiar a lo hipotético.

El Triángulo de las Bermudas (el verdadero: aunque esto suene a oxímoron) ha perdido toda la fuerza como relato de misterio en la actualidad. Y es una pena porque la verdad es que daba mucho juego. Tal vez sea que ahora hay Triángulos de las Bermudas por todas partes, es decir, sucesos a los que, pese a conocer su origen, cuesta mucho encontrarles una explicación racional. En muchos casos están en las redes sociales, otras veces, en los medios que no son más que un espejo de aquellas, y en lo que es más preocupante: en la política.

Pero en que el mito del Triángulo diabólico en medio del Atlántico se desmoronase: tuvo gran parte de culpa (por no decir toda) un bibliotecario.

A Charles Berlitz, el escritor del best seller de 1974: The Bermuda Triangle, nuestro héroe bibliotecario le truncó el que pudiera seguir explotando el misterio. Pese a ello el éxito de su novela hizo explotar la moda del Triángulo de las Bermudas.

La vida de Lawrence David Kusche está esperando que algún cineasta la convierta en película. Tiene elementos para saltar de género en género atrayendo un amplio espectro de público: teorías paranoicas, misterios supuestamente irresolubles, ufología, puertas a otras dimensiones y conexión directa con el presente gracias al boom de las fake news (de acuerdo, es un innecesario anglicismo, pero es que en este caso da un aire setentero que queda muy propio).

¿Con un potencial así y siguen tirando de los superhéroes? Es poner a un Ryan Gosling interpretando a este piloto comercial, instructor de vuelo, ensayista y bibliotecario: que lo mismo te escribía un estudio sobre el citado Triángulo para desmentirlo: que un recetario sobre mil maneras de hacer palomitas de maíz: y ya tendrían para una trilogía por lo menos.

Hace dos años, en Posverdades bibliotecarias, ya planteábamos lo que bibliotecas y bibliotecarios podrían hacer en la lucha contra las noticias falsas. El fenómeno, en vez de aplacarse, arrecia. Por lo que aunque, en ocasiones, se dude de la capacidad del gremio para combatir una práctica tan peligrosa, si nos remontamos al caso de Kusche: ya tenemos un referente.

 

 

Allá por los 70, mientras era bibliotecario en su ciudad natal, intrigado por la gran avalancha de jóvenes que solicitan libros sobre el tema, se decidió a investigar por su cuenta. Resultado de sus indagaciones fue su libro The Triangle Mistery solved (El Triángulo de las Bermudas resuelto); y más tarde, su ensayo sobre el caso concreto de un escuadrón de aviones militares desaparecidos  en 1945: The Disappearance of Flight 19, que termino de dar el tiro de gracia al mito.

Pero que, a continuación, en 1977, escribiera Larry Kusche’s Popcorn Cookery (El recetario de Larry Kusche para palomitas de maíz): lo convierte en el icono pop bibliotecario por excelencia, en un hito de lo #bibliobizarro, en un visionario de lo que debe ser un profesional de la cultura en la actualidad. ¿A qué está esperando la ALA para rendirle un homenaje en condiciones? 

 

 

Todos los datos e imágenes sobre Larry Kusche están sacados de la red y, por supuesto, de la Wikipedia. La muñeca matrioshka de Internet se abre y se abre para indagar a este ilustre profesional de las bibliotecas, y en la última, en la más pequeña: surge el misterio de nuevo. Resulta cuando menos sospechoso que hayan tan pocas fotografías de Larry Kusche: y ninguna referencia desde los años 70. De hecho si comparamos la foto en la que aparece de joven con el uniforme de piloto con las fotos con atuendo y estilismo propio de la época disco: una, con semblante serio de investigador, y otra, risueño con un cuenco de palomitas en la mano: un nuevo misterio está listo para ser alimentado hasta convertirse en verdad a base de repetirlo. 

 

 

¿Existió (o existe) realmente Kusche? ¿y en caso de que exista: es el autor de libros sobre el Triángulo de las Bermudas y sobre recetas de palomitas de maíz? Popcornology lo llaman en un texto publicitario de la época: la ciencia de las palomitas de maíz. Popcornology + Ufology: combinación ganadora siempre.

La duda nos ha hecho despertar esa vena referencista que tan acusada tenía Kusche y el Departamento Para la Investigación Escéptica de Infobibliotecas (según Wikipedia: Kusche pasó a formar parte de un comité con ese nombre tras publicar sus libros) inició una investigación acudiendo a la fuente de las fuentes: el catálogo de la Library of Congress.

 

‘Skeptical Inquirer’: la revista que publica el Comité para la Investigación Escéptica (CSI), anteriormente conocido como el Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal.

 

El Comité para la Investigación Escéptica lanzó en 2003 la revista ‘Pensar’ para combatir las pseudociencias también en castellano.

En dicho catálogo aparecen encabezados por Larry Kusche los libros sobre el Triángulo de las bermudas; el de recetas de palomitas; y descubrimos uno nuevo bajo el título de: Da forma a tus caderas y muslos.

¿Tras desmontar las patrañas de las Bermudas, el piloto y bibliotecario Kusche, escribió sobre recetas de palomitas y sobre ejercicios para moldear caderas y muslos? Tiene su lógica: conseguir reducir unas cuantas tallas en ocasiones se convierte en un verdadero misterio (y más después de las Navidades) y aún más si sumamos una afición desmedida por las palomitas de maíz.

Para resolver el misterio recurrimos al catálogo bibliotecario que debería ser el más fiable de todos, el más unívoco, el summum de la desambiguación: el catálogo de autoridades de la Library of Congress. Y una vez más, los aguafiestas bibliotecarios, nos estropean la diversión: aparecen dos encabezamientos como Larry Kusche. Uno como Larry David Kusche, y otro, con la autoridad autor-titulo de Larry Kusche. Larry Kusche’s Popcorn cookery. El misterio parece estar resuelto. No se trata de la misma persona y la Wikipedia, una vez más, queda en entredicho por culpa del gremio bibliotecario.

 

 

Pero, no se vayan todavía, aún hay más. Al intentar acceder a las autoridades en cuestión en la Library of Congress para comprobar que se trata de dos personas distintas nos salta el mensaje de que no se puede acceder a ninguna de las autoridades que aparecen en el listado y el formato de la página se altera…

 

 

Por Dewey, Otlet y Ranganathan que no estamos mintiendo, ni exagerando un poco. No se trata de un metapost, no estamos jugando a ser Orson Welles en la radio, no queremos enturbiar el prestigio bibliotecario recurriendo a burdas simjlaciones de intrigas baratas. Pero e.El post tiene que terminar aquí¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨ lo sentimos pero el equipo desde el que se está escribiendo ha empezado a hacer cosas extrañas y no somos capaces de detectar cual es la causa. Prometemos seguir informando de las pesquisas que sobre este asunto y oooootros coªnsigaªmos localazar en próxXXimas entregas &#^^__ jpperdón el ttteclado no 60==¡¡@@@ rasponde comondº deberrrríaaa

 

Desmontando el 2018

 

 

Para el 2019 nos queremos pedir la libertad de equivocarnos, una y otra vez, hasta conseguir acertar. Probablemente sea de las cosas más necesarias en las bibliotecas del XXI. Olvidarse de tanto miedo al fracaso y experimentar. Si todos estamos dándole vueltas a cómo evolucionarán, hacia dónde irán, en qué se convertirán: lo primero que hay que exigir es libertad para equivocarse.

Eso es algo que en este blog se practica en cada post, en cada interpretación que se hace de la cultura en nuestros días, en cada lectura que hacemos de lo bueno y malo que convive en el mundo bibliotecario. Erratas, y no solo tipográficas, seguro que hay en alguno de los posts que aquí rescatamos para desmontar el 2018. No vamos a decir que no nos importen. Pero lo que sí podemos decir es que no nos paralizan. El que no hace nada no rompe nada. Y en las bibliotecas de este 2019, y de los que sigan, queda mucho, mucho por hacer.

 

«También se da la tendencia de convertirlas [a las bibliotecas] en cementerios de elefantes para funcionarios […]  cuyo único remedio pasa porque se jubilen. Que la solución, en muchos casos, para un funcionario que no cumple con sus obligaciones sea esperar a que se jubile, es además de triste, un síntoma de que algo huele a podrido en las administraciones.»

 

Extraído de:

Abierto hasta el amanecer: funcionarios y bibliotecas

 

«El silencio en las salas de una biblioteca es algo a preservar pero el silencio en las redes sociales es un páramo por el que nadie quiere transitar. Ni siquiera una biblioteca

 

Extraído de:

“No tengo Facebook, Twitter, ni Instagram”: el desgarrador testimonio de una biblioteca en directo

 

«obsesionarte con los indicadores y los subcampos del MARC 21 es como dibujar una diana en tu biblioteca para que impacte el meteorito que extinguió a los dinosaurios.»

 

Extraído de:

Om namah shivaya: mantras de biblioteca

 

«Si la biblioteca quiere acabar con el asedio de los salvajes debería empezar por desacralizar la cultura; por desactivar el sermón sobre sus beneficios que promete una salvación en esta vida igual que los curas prometen la salvación en la otra.»

 

Extraído de:

Asalto a la biblioteca del distrito 18

 

«Un pensamiento que siempre me ha dado buenos resultados, en esos momentos de bajón, es que el político de turno pasará. Ellos se irán: concejales, alcaldes y demás gerifaltes: pero yo seguiré porque no soy un cargo electo, ni de libre designación. Ellos se irán y yo seguiré. Y así ha sido.»

 

Extraído de:

Menú del día para mujeres bibliotecarias

 

«la profesión bibliotecaria puede extinguirse si peca de falta de ambición cultural. Ejercer como funcionarios de la cultura (en el sentido más peyorativo que se adjudica al término funcionario) en vez de como profesionales de la cultura.»

 

Extraído de:

Biblioteca con subtítulos

 

«las bibliotecas públicas sin necesidad de alharacas, ni adherirse a manifiestos de un bando u otro: son las garantes de la salud democrática de un país, las instituciones públicas que mejor protegen la libertad de expresión y la diversidad de pensamientos.»

 

Extraído de:

Bibliotecas al filo de la ley

 

«la solución que algunas bibliotecas han buscado para sobrevivir ha sido la de convertirse en cabarés

 

Extraído de:

Cabaré bibliotecario

 

«Se trata de que las bibliotecas tengan un peso específico a la hora de ganar elecciones:  promover la manera más efectiva de que los partidos las incluyan dentro de sus programas electorales

 

Extraído de:

La biblioteca como arma política

 

«la contracultura goza de la libertad del lumpen, no entiende de fronteras, permea y se deja permear, ensuciar, guarrear sin miedo a perder su esencia porque su esencia es contradecirse continuamente

 

Extraído de:

Biblioteca contracultural, biblioteca contra la cultura

 

«Cada vez importa menos el pedigrí, el origen (sea OT, Got Talent, los fanzines o Instagram), la mancha de nacimiento para estos millennials que aceptan las nuevas voces que surgen en la cultura dependiendo de lo que ofrecen, no de las bendiciones de la crítica, o de los cenáculos intelectualoides de toda la vida»

 

Extraído de:

Biblioteca millennial

 

«Lo único que revienta es que todavía haya ciudadanos que se maravillen por lo que les ofrecen negocios, que buscan su dinero, y no aprovechen que las bibliotecas les ofrezcan lo mismo gratis (gracias a los impuestos de todos) a pocos metros de su domicilio.»

 

Extraído de:

Creative commons bibliotecarios

 

«La infantilización de la cultura se mitiga dotando de contenido al artificio. Por eso las bibliotecas son las indicadas para aportar ese contenido, esa artesanía cultural necesaria para que las luminarias digitales no se queden en simple pirotecnia que se extingue sin dejar rastro una vez se apaga el dispositivo

 

Extraído de:

Perpetuando estereotipos, destrozando bibliotecas

 

«Todos somos arribistas, todos somos trepas culturales, y las bibliotecas públicas llevan siglos proveyendo de municiones a los millones de arribistas que han asaltado, una y otra vez, los palacios de invierno de la cultura.»

 

Extraído de:

Biblioteca de alta cuna y baja cama

 

«Las bibliotecas no necesitan caridades: necesitan responsables políticos que las respeten y las doten convenientemente de presupuesto, equipamientos y personal; y de ciudadanos que las defiendan como algo suyo y dejen de verlas como depósitos de libros o como custodia de un concepto de cultura anclada en el pasado.»

 

Extraído de:

La caridad bien entendida empieza por la biblioteca

 

 

Árbol genealógico bibliotecario

 

El estreno navideño del 2018 sin duda ha sido la ultima ganadora de la Palma de oro del festival de Cannes: la cinta japonesa Un asunto de familia (2018). No hay papanoeles, ni árboles de navidad, superhéroes ni belenes. Pero si la Navidad en nuestras latitudes gira en torno a la familia: no cabe duda de que la película del director Hirokazu Koreeda es la que mejor habla de lo que debería ser una familia.

 

 

Las ‘familias’ que elegimos terminan siendo más determinantes, en muchos casos, que las que nos han tocado en suerte de manera fortuita (y tras estas fechas es posible que más uno desee que en esa tómbola le hubiese tocado otra). Es algo parecido a lo que sucede con los referentes culturales que libremente decidimos hacer nuestros.

Al igual que nuestra personalidad se foguea cuando sale del círculo familiar más inmediato por contraste con el resto: nuestra personalidad cultural se va definiendo en las libres elecciones que hacemos, en esas afinidades electivas de las que hablaba Goethe en su clásico y que hacían saltar por los aires los convencionalismos aprendidos. Esas afinidades que también valen cuando hablamos de elecciones culturales.

El último Baremo de Hábitos de Lectura de 2017 (a ver qué pasa con el de 2018) nos dejaba claro que los bibliotecarios ocupan un lugar bastante insignificante a la hora de intervenir en esas afinidades electivas. Las familias (la elegida y la impuesta por las leyes de la biología) siguen primando; pero después son los algoritmos propios de webs y redes sociales las que se quedan con el trozo de panetone o de turrón más grande.

 

 

Una regla básica de la gestión empresarial es estar pendiente de lo que hace la competencia. En el caso de las bibliotecas hablar de competencia no es referirse exactamente a otras bibliotecas. La mayor competencia en nuestros días, como en la mayoría de los casos, proviene de Internet, de las redes sociales. Así pues, imitemos lo que hacen las redes.

Facebook aprovecha cualquier ocasión para recordarte los aniversarios que se cumplen con tus diversos contactos en la red. Montajes fotográficos, vídeos y demás memorabilia te sale al paso, sobre todo a final de año, para que afiances esas supuestas afinidades electivas digitales que has ido estableciendo con el simple hecho de compartirlas. Un amable retrato que da más miedo que un episodio de Black Mirror: «recuerda qué felices habéis sido y de paso te dejo claro que vigilo cada uno de tus pasos».

 

Los DJ Les Castizos ironizando sobre los resúmenes que hace Facebook.

 

En las bibliotecas, gracias a los sistemas de gestión bibliotecaria, también es posible hacer algo similar (sin mal rollo tipo Black mirror de por medio). Es un clásico los usuarios que reclaman a pie de mostrador el historial de sus préstamos. Bien por recordar si algo que han elegido ya se lo han leído, o puede ser también, por aquello de hacer repaso a lo mucho que han leído, visto o escuchando gracias a la biblioteca.

Una vez sopesadas todas las restricciones que la legislación de protección de datos personales supone, previa autorización explícita, sería todo un acierto ofrecer árboles genealógicos bibliotecarios. ¿En qué consistirían? En una representación gráfica, cuál árbol genealógico familiar, en el que nuestras lecturas, películas, músicas o cualquier otra información respecto a nuestros consumos culturales (asistencia a actividades organizadas por la biblioteca, etc…): se ofrezca al usuario que la desee como prueba de los itinerarios culturales que libremente ha ido eligiendo en nuestra biblioteca.

 

Heidi Pitre es una ilustradora de Nueva Orleans que ha ido recogiendo viejas fichas de préstamo bibliotecarias ya desahuciadas para publicar un libro con ellas. Pitre ha dibujado sobre las fichas que lucen las fechas de devolución y préstamo y las ha dotado de una segunda vida gracias a dibujos referentes a obras literarias y autores que han marcado su personalidad cultural. ‘Un registro permanente’ así se llamará este libro que busca financiar a través de Kickstarter (aquí se puede ver su presentación) que está confeccionando Pitre y que se ajusta a la perfección a esta celebración de la memorabilia bibliotecaria de la que estamos hablando en este post.

 

Para los amantes del rigor científico, tal vez sería más apropiado, un mapa de su ADN cultural. Con los cruces, asociaciones y vericuetos que han ido alternando azar y voluntad para conformar su perfil de consumidor cultural bibliotecario. Enlazaría con una moda que no para de dar alegrías, y disgustos, en los últimos tiempos.

En los Estados Unidos se ha puesto de moda regalar test de ADN con los que descubrir parientes que se desconocían, ramificar el árbol genealógico hasta que haga falta podarlo. Es lo que contaba una noticia en la ‘BBC’: cuando esta moda de descubrir antepasados revela secretos que mejor no se hubieran sabido. En el caso de los árboles genealógicos/test de ADN cultural bibliotecarios lo máximo que puede pasar es que emerja algún placer culpable (guilty pleasure: para quien tenga de eso) olvidado, alguna debilidad mainstream en el impoluto expediente de préstamos de un hipster de manual: nada grave si uno está dispuesto a asumirse sin patrones ajenos.

 

 

El paso siguiente sería ofrecer la posibilidad de establecer cruces entre árboles genealógicos bibliotecarios (o test de ADN) de unos usuarios de la biblioteca con otros: para aquellos que quieran ampliar su ‘familia’ cultural. Las tijeras de podar, en este caso, quedarían al arbitrio de cada uno y no delegadas en manos de algoritmos mecánicos y fríos.

Una bonita idea en forma de regalo que Infobibliotecas ofrece para este 2019 para quien quiera ponerla en práctica. Queda pendiente de otro post darle vueltas a lo que podría salir de aplicar esta idea de un árbol genealógico o test de ADN de la propia biblioteca. ¿Cuántos secretos y mentiras de la ´familia´bibliotecaria quedarían al descubierto?

Y para cerrar con algo de música este año: ¿qué mejor que un tema del añorado, fugaz y minoritario, grupo Family? Un tema precioso, una de esas elecciones que dicen mucho de las afinidades afectivas/electivas de cada uno.

 

 

La caridad bien entendida empieza por la biblioteca

 

En una escena de Todo sobre mi madre (1999) la protagonista sigue en secreto el rastro del hombre al que han trasplantado el corazón de su hijo fallecido. Sin un registro tan dramático, afortunadamente, algunos de los usuarios que deciden donar libros a su biblioteca más cercana: también practican ese seguimiento como si, pese a haberlo hecho libremente, su sentido de protección hacia lo que fue suyo les empujara a seguirles la pista. Y si pasadas unas semanas no localizan lo que han donado, en el catálogo o en las estanterías, no dudan en pedir las pertinentes explicaciones.

 

 

Esta fiscalización del trabajo bibliotecario llega al paroxismo cuando el donante en cuestión es además el autor de la obra donada. En estos casos pasamos del melodrama almodovariano al terror de Las manos de Orlac (1924): en la que a un pianista que ha perdido las manos le injertan las de un asesino y empieza sentir impulsos homicidas (las del autor si comprueba que su libro no está en todas las bibliotecas de la red). Y es que el mundo de las donaciones en bibliotecas da para un culebrón o hasta para una fotonovela como veremos al final (atención spoiler: al final se casan).

Pueden haber razones, no tan evidentes, a la hora de donar libros o cualquier otro documento a una biblioteca. Mercedes Carrascosa recogió una variada tipología al respecto hace unos años en un post de BiblogTecarios. Las donaciones a bibliotecas (de fondos, no de dinero, como en los Estados Unidos donde sí desgravan este tipo de cosas y convierten a las bibliotecas en objetos de deseo fiscal) se han fijado como estereotipos de caridad bien entendida, incluso, cuando empieza por uno mismo. El donar a una biblioteca siempre queda bien como gesto a la galería independientemente de las razones por las que se haya hecho. Y a cuenta de las donaciones no faltan las manipulaciones del gremio más avezado en la manipulación: el de los políticos.

 

Fernando Aramburu también se movilizó en las redes para promover las donaciones a la biblioteca de Cebolla.

 

El pasado mes de septiembre el pueblo toledano de Cebolla saltaba a los titulares gracias a su biblioteca. En esta ocasión no era una noticia positiva: las terribles inundaciones que había sufrido la localidad habían anegado la biblioteca municipal llegando a perder hasta un 80% de sus fondos. La respuesta solidaria por parte de bibliotecas, particulares y asociaciones fue abrumador. Y hace unas semanas la noticia sumó un nuevo capítulo, pero a 97 km de Cebolla, en la localidad de Illescas.

La aparición de libros en los contenedores de reciclaje ha dado munición a la oposición para atacar al gobierno local. Los libros estaban destinados a ser donados a la biblioteca de Cebolla, pero según dicho comunicado, lo arrojado al contenedor de reciclaje eran enciclopedias de los años 70, libros en mal estado o publicaciones obsoletas. Pero dejando aparte el grand guignol de los políticos lo que demuestra esta noticia es el aura, que pese a todo, aún conserva el objeto libro. Incluso entre los que no pisan jamás una biblioteca, ni abren uno para leerlo. La biblioteca como arma política que decíamos hace poco.

 

Cómo el Grich robó la Navidad: un clásico de la literatura infantil estadounidense del Dr. Seuss. La donación que Melania Trump envió hace un año a las bibliotecas incluía muchas obras de Theodor Seuss Geisel.

 

Uniendo de nuevo política y donaciones, hace poco más de un año, una bibliotecaria escolar de Massachusetts saltó a los medios por rechazar una donación hecha para la biblioteca escolar por la primera dama estadounidense Melania Trump. Los argumentos de la bibliotecaria incidían en lo poco apropiado de los libros donados por estar desfasados e incidir en estereotipos racistas según su criterio. Liz Phipps Soeiro, que así se llama la bibliotecaria premiada con una distinción por divulgación familiar del ‘School Library Journal’, le ofreció una lista alternativa a la esposa del presidente en la que se incluían títulos que sensibilizan a los niños sobre la problemática de la población migrante, el racismo y la justicia social.

Como era de esperar hubo reacciones a favor y en contra de la bibliotecaria: pero ¿cabe imaginar algo similar en nuestro país? El linchamiento de los alienados alineados en un bando ideológico u otro no daría tregua sobre lo acertado, o no, de la decisión de la bibliotecaria. Por contra, el pasado mes de octubre, las donaciones como arma política tuvieron un sesgo de lo más positivo.

 

El activista religioso Paul Dorr retransmitiendo en directo la quema de libros de la biblioteca de Orange.

 

El activista religioso Paul Dorr, sacó prestados cuatro libros de la sección infantil de la Biblioteca Pública de Orange City sobre temática LGBTQ y los quemó en vivo y en directo retransmitiéndolo a través de Facebook. La reacción de cientos de ciudadanos no se hizo esperar. Durante los siguientes días la biblioteca recibió docenas de libros y cientos de dólares en donación que compensaron con creces la pérdida de esos cuatro libros. Igual cuando el filósofo Slavoj Zizek dice que personajes como Trump son una bendición porque provocan una reacción en contra y despiertan a la gente: va a tener razón.

En estos tiempos de crisis el vínculo entre donaciones a bibliotecas y políticos se ha visto reforzado en más de una ocasión. Y la cercanía a la Navidad no hace más que acentuarlo: ya tenemos titular y foto estupenda para el concejal o consejero de turno. Promover las donaciones se ha convertido en una salida para muchas bibliotecas que gracias a ellas han paliado la falta de presupuesto para adquisiciones durante estos últimos años. Pero como en la saga de Star wars (el clásico navideño televisivo que ha venido a sustituir a Mujercitas, La gran familia o ¡Qué bello es vivir! de hace décadas) todo tiene un reverso oscuro.

 

En 1957 la Biblioteca Ann Arbor donaba 100 dólares en libros al director del Hogar para jóvenes de Washtenaw County.

 

Lo negativo viene cuando las donaciones se convierten en una excusa para una dejación de funciones por parte de los responsables políticos que de este modo: mantienen los presupuestos magros, identifican de cara a la ciudadanía a la biblioteca con una institución de caridad; refuerzan el sentimiento de utilidad en los votantes (que no ciudadanos) que se deshacen de lo que no quieren y sienten que están haciendo una obra en favor de la comunidad. La biblioteca como lavado de conciencia ciudadano y político: y los bibliotecarios como convidados de piedra no vaya a ser que se les tome por unos desagradecidos.

 

Guía para gestión de material controvertido en bibliotecas públicas de Reino Unido.

 

Ante estos peligros que acechan a las bibliotecas y que mezclan, peligrosamente, las donaciones realmente útiles con las simples limpiezas de trastero: solo cabe una política bien definida de donaciones. De hecho, en algunas bibliotecas gallegas, ya han tenido que tomar medidas para protegerse de los excesos de la generosidad ciudadana. En la provincia de Lugo han sido varias las bibliotecas municipales, que sobre todo por la falta de espacio han tenido que limitar la recogida de libros. Leyendo la noticia publicada en La Voz de Galicia tranquiliza saber que los propios responsables políticos son los que justifican estas limitaciones a las donaciones.

Este repaso a la actualidad en torno a donaciones y bibliotecas contraviene por completo el título de este post. La caridad bien entendida no debería empezar nunca por la biblioteca. Las bibliotecas no necesitan caridades: necesitan responsables políticos que las respeten y las doten convenientemente de presupuesto, equipamientos y personal; y de ciudadanos que las defiendan como algo suyo y dejen de verlas como depósitos de libros o como custodia de un concepto de cultura anclada en el pasado. Necesitan muchas cosas pero jamás convertirse en obras pías.

 

 

La Biblioteca Quitapesares versionada por otras bibliotecas.

Una soflama final que enlaza con una última noticia y un vídeo que llegan desde la Biblioteca Regional de Murcia.

En diciembre de 2012 se puso en marcha en esta biblioteca la denominada campaña Biblioteca Quitapesares (‘te quitamos las penas y tú se las quitas a otros‘): que consiste en perdonar las sanciones por retraso en devolución a cambio de alimentos no perecederos. Una campaña, adoptada por muchas bibliotecas a lo largo y ancho del país, que acaba de ser elegida para entrar a formar parte como buena práctica del Banco de Innovación de las Administraciones Públicas del Instituto Nacional de Administración Pública. Un reconocimiento a una iniciativa desarrollada desde las bibliotecas que transforma un acto administrativo en un acto de solidaridad.

No faltará quien objete si acaso esto no es una obra pía promovida desde las bibliotecas. Pero ese es un debate que dejaremos para otro momento. Por ahora cerramos con el vídeo que la citada biblioteca ha publicado en torno a una donación reciente que les ha hecho mucha, mucha ilusión, y que resume muy bien el asunto de este post.

 

Biblioteca de alta cuna y baja cama

 

Hace poco más de un año sosteníamos, en este mismo blog, que se estaba fraguando un golpe de estado cultural. Siempre dispuestos a leer las señales, incluso en donde cuesta verlas, una noticia reciente nos aporta más argumentos con los que apuntalar esa intuición.

Según recoge ‘El País’ la última exposición organizada por la BNE viene envuelta en polémica: lo cual no quiere decir mucho. Polémica y noticia, en estos días, vienen a ser lo mismo. Los rostros del genio es el nombre bajo el que se exponen en la Biblioteca Nacional hasta el mes de mayo de 2019, entre otros fondos de la institución, dos códices del genio italiano. Hasta ahí nada excepcional salvo por el siempre excepcional Da Vinci. El problema viene por la colaboración en dicha exposición del popular presentador del concurso de Telecinco, Pasapalabra, Christian Gálvez: que ha aportado una selección de recreaciones de máquinas diseñadas por el gran Leornado.

Paralelamente, Gálvez, ejerce como comisario de una exposición sobre Leonardo en el Palacio de las Alhajas, que ha terminado de enervar los ánimos en torno a la celebración del V centenario de la muerte del gran creador.

 

La exposición que comisaría Gálvez sobre Leonardo ha resaltado su carácter didáctico y su deseo de presentar un Leonardo ‘en vaqueros’. Y casualmente, hace años, una conocida marca de vaqueros, recurrió al David de Miguel Ángel para anunciar sus pantalones.

 

La figura de Gálvez es curiosa cuando menos. Ejerce desde hace años su papel de presentador enrollado y de simpatía estándar para programas familiares: y por otra parte: se ha ido construyendo una imagen de escritor de best sellers de intriga (al socaire de la moda propulsada por Dan Brown) con la figura de Leonardo da Vinci y el Renacimiento, como leitmotiv principal, y de experto no ortodoxo sobre la materia.

 

Autoayuda inspirándose en Leonardo da Vinci de la mano de Christian Gálvez con prólogo de Risto Mejide.

 

Unas credenciales que no convencen para nada a los más de 500 historiadores del Comité Español de Historia del Arte (CEHA) que han firmado una protesta por el intrusismo de Gálvez en estos asuntos, por su falta de reconocimiento científico, la inclusión de un cuadro sobre el que recaen serias dudas sobre su autoría en la exposición, y la inexperiencia del presentador/escritor como curador de exposiciones. Gálvez ante el ataque de lo académico ha respondido recurriendo, precisamente, a las bibliotecas:

«No pretendo sentar cátedra. Pero me hace gracia, porque hoy en día Leonardo sería un intruso. Recordemos que en su época, la Florencia de los Médicis, fue cuando se empezaron a abrir las bibliotecas a la gente.»

Por su parte la BNE ha confirmado el incremento de visitas a la institución y el aumento de solicitudes de alta como usuarios. Y ante el revuelo que no cesa ha procedido a hacer sus declaraciones al respecto mediante un hilo de Twitter del que extraemos dos tuits:

 

 

Lo cierto es que los historiadores, tengan toda la razón o no de su parte, lo tienen difícil ante el poderío de un rostro popular televisivo. Las acusaciones de clasismo que puedan recaer sobre ellos vendrán refrendados por un estado cultural en el que los referentes del pasado están cada vez más en entredicho. Entre universidades que azuzan a profesores e investigadores a una carrera desenfrenada de publicaciones para poder optar a progresar académicamente, la polución que promueven las redes, y el descrédito en el que ha caído el canon cultural que imperaba desde el siglo XIX: las bases sobre las que se sustenta lo cultural no pueden resultar más movedizas.

¿Habría resultado menos molesto el intrusismo si el papel de Gálvez lo ocupara un Jordi Hurtado de Saber y ganar en TVE o el añorado Constantino Romero de El tiempo es oro? Pregunta torticera donde las haya: pero que fijándose un poco no resulta tan frívola. Pese a lo que pueda parecer, aún en estos tiempos líquidos, el concepto de lo cultural y sus apariencias, y por tanto del clasismo cultural, sigue conservando subterráneamente su vigencia.

 

David Leo, el concursante poeta, que ganó el rosco final y quería invertir parte del premio en abrir  una librería-café, una academia de “saberes inútiles” para especialistas en humanidades. 

 

Premios literarios para nombres televisivos.

La cadena de espacios como Sálvame ; Gran Hermano ; Mujeres, hombres y viceversa o Cazamariposas: ejerce el clasismo cultural como la que más. En Telecinco el programa que presenta Gálvez, Pasapalabra, es un punto y aparte. Para ganar el concurso no hace falta vender las miserias propias y ajenas, vociferar, encamarse o siliconarse: basta con un dominio lo suficientemente amplio del diccionario y hacer alarde de rapidez mental. Es lo más parecido a un programa cultural que poseen y, por eso, no dejan que se contamine del resto de su programación.

La fauna que puebla los programas estrella de la casa y en los que sí es necesario claudicar de cualquier tipo de vergüenza, pudor o discreción: no intervienen como invitados en el programa del rosco final. El clasismo cultural demarcando bien los territorios de la parrilla televisiva.

Boris Izaguirre, una figura que emergió también en la cadena allá por los 90, siempre ha defendido que un escritor o intelectual del siglo XXI debe aparecer en los medios y no rehuir nunca el show. Algo que el fugaz ministro de cultura del gobierno de Pedro Sánchez, Màxim Huerta, venía dispuesto a corroborar: pero cuestiones más prosaicas que el show business truncaron el intento.

 

Eduard Limònov, el Johnny Rotten de la literatura que vino de Rusia, en un montaje publicado en el blog sobre literatura de Juan Carlos.

 

Visto el panorama ¿quién concede la legitimidad cultural, la autoridad, el prestigio en estos tiempos movedizos en los que hasta el criterio académico está bajo sospecha? La excelente novela Limónov (Anagrama) de Emmanuele Carrère es todo un manual en este sentido. La vida del poeta, escritor, provocador, revolucionario, farsante, vagabundo, delincuente y mercenario Eduard Limónov es todo un ejemplo, real aunque pareciera inventado, de un arribista cultural, de un trepa social con talento que persigue la fama, la gloria y la inmortalidad a través de la cultura.

Y Carrère, francés, acomodado, burgués hijo de una familia con pedigrí académico y prestigio cultural: se mira de reojo en las motivaciones, frustraciones, deseos de ese ruso proletario que durante toda su vida ha luchado por desmarcarse a través del arte y la cultura de lo que el destino familiar le deparaba. Partiendo de un situación mucho más propicia, el escritor francés, también compartió con el paria ruso las mismas ansias de trascendencia, de legitimación cultural, de reconocimiento, en definitiva, de ese aura de intelectualidad y talento que le distinguiese, no ya socialmente, sino culturalmente del resto.

 

Carrère y Limónov: dos tildes contrapuestas.

 

Todos somos arribistas, todos somos trepas culturales, y las bibliotecas públicas llevan siglos proveyendo de municiones a los millones de arribistas que han asaltado, una y otra vez, los palacios de invierno de la cultura. Desde la invención de la imprenta, ese asedio ha sido continuo: pero puede que esta revolución digital esté trastocando los términos de esa ansia de superación.

Cuando ese pueblo en masa que, tan fotogénico queda en las películas de Eisenstein, puede asaltar los palacios cómodamente a golpe de clic: pasan de asaltarlos y terminan votando a favor del Brexit, Bolsonaro, el Frente Nacional Francés, Trump o Vox. ¿Qué ha pasado para que ese deseo de progreso social a través de la cultura haya desaparecido? ¿nos han matado el instinto? Si los ricos, los poderosos hacen más alarde de su ignorancia que de su cultura: ¿quién se esfuerza, robots aparte, por progresar mediante el conocimiento?

La actriz argentina Cecilia Roth, en una entrevista reciente, daba una clave en este sentido:

«Los votantes de Lula son los mismos que los de Bolsonaro. Ese es el problema. Y en eso creo que tiene que ver mucho la manipulación del pensamiento, y es que casi no hay pensamiento porque no nos alcanza el tiempo para pensar.»

 

La condesa Alexandra (1937): Marlene Dietrich como condesa rusa a la que los bolcheviques le asaltan el palacio y debe mezclarse con el pueblo para sobrevivir.

 

El título que Hollywood escogió para la adaptación cinematográfica de la novela de Theodore Dreiser, Una tragedia americana, mejoraba incluso el título original: Un lugar en el sol (1951). Eso es lo que busca su protagonista, interpretado por Montgomery Clift, un joven sin recursos económicos, y mucha ambición, que se debate entre su novia proletaria embarazada y la rica heredera a través de la  cual vislumbra ese lugar en el sol de la alta sociedad al que tendría acceso al casarse con ella. Desde el principio el protagonista ejemplifica lo que el sociólogo Pierre Bourdieu sostenía en los 70: «el gusto es una forma de diferenciarnos de los demás, de perseguir la distinción. Y su producto final es la perpetuación y la reproducción de la estructura de clases«.

En aquel entonces el gusto lo definía la cultura, pero en el XXI, para dar un braguetazo cultural antes habría que saber qué se entiende exactamente por cultura. El canon cultural se está redefiniendo a una velocidad de crucero espacial; avanza años luz y deja en la cuneta a cualquiera que aún siga creyendo en los cánones. Como cantaba Cecilia: «dama, dama, de alta cuna y de baja cama»: y en esa estrofa se resume bien cómo es lo cultural en nuestros días y, por la parte que nos toca, cómo son las bibliotecas: de orígenes aristocráticos pero adentrándose confiadas por los bajos fondos. Y mientras, juguemos un poco.

Con la A: Persona que progresa en la vida por medios rápidos y sin escrúpulos. Con la B: Lugar donde se tiene considerable número de libros ordenados para la lectura. Con la C: Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico. Todos tenemos un rosco hecho de palabras conceptos e ideas que nos enmarca nuestra visión de lo que somos y lo que querríamos ser. Para completarlo tenemos que ser capaces de descubrir dónde están los palacios que, una vez más, hay que asaltar.