La cultura es nuestro Dios y Frankenstein su profeta (#Frankenbiblioteca)

 

Si nos atenemos a la manoseada frase de Picasso: “Los grandes artistas copian, los genios roban”, desde que irrumpió Internet, el mundo debería estar lleno de genios. Pese a todo de la elegancia de un carterista antiguo a lo burdo de un vulgar navajero sigue mediando un abismo que denota la auténtica habilidad, sino acaso, el talento.

Los ladrones de guante blanco son una especie ignota en el mundo digital. En la pantalla más que una hábil sustracción se tiende al saqueo burdo y directo pero, que obviamente, da beneficios. En cambio los Creative Commons del pensamiento no funcionan de forma tan eficiente. De tanto cortar y pegar las ideas propias se van adelgazando, encogiendo, jibarizando hasta terminar con la profundidad de un teletipo. Todo pensamiento o idea hay que reducirla a hashtag para que tenga más impacto. El que traduzca la almohadilla al lenguaje hablado se convertirá en el profeta de un nuevo tiempo.

 

 

Mientras tanto somos como gallinas en un corral digital, picoteando aquí y allá, haciendo remiendos de retales ajenos para intentar construir un discurso propio.

En un reciente artículo de ‘Jot Down Smart’ repasaban el movimiento plagiarista con motivo del décimo aniversario de la redacción, por parte de los escritores Leandro Romana y César Ruiz-Tagle, del Manifiesto plagiarista. Todos los escritores son plagiaristas se llama el artículo: pero su conclusión resulta mucho más certera que el título al superar el ámbito de la literatura para universalizar su mensaje: todos somos plagiaristas.

Y con Internet esto se amplía hasta el infinito. Cuando este blog ha sido fuente de inspiración para escritos ajenos que ni siquiera lo han citado, aquí, que creemos en la bondad de los desconocidos como Blanche Dubois: siempre nos lo hemos tomado como un homenaje.

 

Welles el gran ilusionista del cine en su película documental F de Fake (1973)

 

Mr. Brainwash (Señor lavado de cerebro) en plena eclosión creativa.

En el documental Fraude (1973) de Orson Welles se recoge la apasionante historia de Elmyr de Hory, uno de los más talentosos falsificadores de obras de arte que han existido. Si el plagio es una forma de homenaje, Elmyr, lo llevó a otro nivel. Y Mr. Brainwash, el artista urbano patrocinado por Banksy, que protagoniza otro documental imprescindible, Exit to the gift shop (2010), terminó de derrumbar las frágiles líneas que separan el plagio del arte en pleno siglo XXI.

En cambio, el escritor Chance Carter, aunque pudiera parecer que sigue la senda marcada por estos dos ilustres plagiaristas: nada más lejos. Su fraude a cuenta del género romántico en Amazon resulta de un burdo inequívocamente digital.

Carter cuenta con cientos de novelas publicadas que le han hecho ganar una fortuna. Un rara avis. Un hombre que escribe novelas de género romántico. ¿Se debería empezar a exigir paridad en el género? El caso es que las potenciales lectoras de sus novelas quedaban más defraudadas que en la vida real, cuando atraídas por esas portadas llenas de músculos, melenas y tatuajes: se decidían a leer uno de sus libros. Unos libros más anabolizados que los maromos que lucen en las portadas.

 

Viendo las portadas de las novelas de Carter surge la duda de si son novelas románticas o pósteres para clubes gays.

 

Todo un referente.

El ‘listo’ de Carter se ha encargado de rellenar, cual pavo en el Día de Acción de Gracias, sus libros con páginas y páginas que plagiaban lo ya plagiado hasta la náusea. El vacío más absoluto con el que conseguir ganar miles de dólares al mes gracias a que Amazon pagaba a los autores (bueno a los que suben los libros y los firman) por página leída. Carter ha sido expulsado de Amazon, y la tienda digital, ha tenido que readaptar sus métodos para intentar frenar a nuevos “rellenalibros”.

En realidad Carter lo que ha hecho ha sido señalar que el rey está desnudo. Se castiga a Carter pero se ensalza a las celebrities que hacen del vacío más absoluto un negocio de lo más rentable en Instagram.

En las bibliotecas nos podemos sentir a salvo. La plataforma de préstamo de libros electrónicos eBiblio, implantada en la mayoría de bibliotecas públicas del país, no permite el uso de los dispositivos Kindle de Amazon. Podrán decir que es por una cuestión de DRM, incompatibilidades y lo que quieran: pero la verdad de la buena es que hasta en medio de la intemperie digital, una biblioteca, siempre resulta el refugio más seguro.

 

 

Carter no viene a ser más que una pobre evolución de la piratería de contenidos culturales. Sin gracia, ni talento.Y desde luego no cabe reconocerle espíritu plagiarista alguno. Hasta el negro de Ana Rosa Quintana mostró más habilidades allá cuando empezaba el siglo y la Red estaba en pañales.

Pero ese relato fragmentado, hecho de retales, de collages narrativos que propicia el surfear por las redes (¿surfear por las redes? ¿eso se sigue diciendo?) también tiene sus ejemplos positivos. Es el caso del proyecto Frankenbook promovido por la Universidad Estatal de Arizona. Como es bien sabido se han cumplido los 200 años de la publicación de la novela que anticipó el siglo pasado, pero sobre todo, el que ahora estamos viviendo. La criatura creada por Mary Shelley a orillas del Lago Leman revalidando su vigencia en la modernidad, la posmodernidad, la pospostmodernidad y lo que quiera venir a partir de ahora.

 

 

Prueba de esa vigencia es el reto de lectura/escritura que han propuesto desde dicha Universidad. Se trata de elaborar entre miembros de la comunidad universitaria y creadores en general una edición anotada de Frankenstein (el Frankenbook). La novela original está disponible en la web para ser leída y anotada por científicos, ingenieros y creadores de todo tipo. Igualdad e inclusión, medicina, filosofía, política, ciencia, tecnología, psicología, etc. Los temas propuestos son amplios y variados asegurando así unas anotaciones de los más enriquecedoras.

Y como un ejemplo práctico de que todos somos plagiaristas en Internet: desde aquí proponemos la Frankenlibrary, o apeándonos de tanto anglicismo, la Frankenbiblioteca. Le ponemos la preceptiva almohadilla delante (#Frankenbiblioteca) y la lanzamos a las redes para quien quiera comparta sus ideas de lo que debería ser una biblioteca en el siglo XXI.

Hace unos días Evelio Martínez en un tuit a cuenta del reportaje en ‘The Guardian’ sobre bibliotecas canadienses: se preguntaba si era otro caso de biblioteca que busca sobrevivir pareciéndose cada vez menos a una biblioteca. Y aquí inspirándonos en Evelio planteamos si acaso el primer paso para la supervivencia de las bibliotecas no empieza por cambiarles el nombre. Una bonita herejía para abrir un debate  #Frankenbiblioteca.

 

 

En la poco sutil década de los 80 del siglo pasado se estrenó Reanimator (1985): una variación gore y gamberra sobre el mito de Frankenstein. El proyecto con el que cerramos este post lleno de remiendos (¿cuál no?) trata también de reanimar pero sin decapitaciones ni sangre de por medio: The Reanimation Library.

Esta biblioteca se abrió en Brooklyn a raíz de la modesta idea del bibliotecario Andrew Beccone de rescatar libros desahuciados para extraer de ellos ilustraciones curiosas que digitalizar. La cosa se fue de madre (como suele pasarle a los bibliotecarios cuando se ponen a conservar) y ha llegado a recopilar tal colección que incluso dio pie a una exposición en el MoMA y ha servido para inspirar a creadores de lo más diverso. Lo último: una línea de tatuajes inspirados en ilustraciones recopiladas en The Reanimation Library.

 

 

¿Moraleja?: que cuando se trata de “inspirarse” para crear algo propio no hay material de derribo si se habla de cultura. Un principio que no viene más que a reforzar lo que ya decíamos en el …(post en obras): La cultura es nuestro Dios y Frankenstein su profeta.

 

Spoilers bibliotecarios

 

No solo de superhéroes vive el cine. Las bibliotecas y los libros también parecen estar de moda en las películas pero sin necesidad de tanto efecto especial e hipertrofia muscular.

En un repaso rápido (seguro que alguna se queda por el camino): El autor de Manuel Martín Cuesta ; La librería de Isabel Coixet ; The public de Emilio Estevez : Basada en hechos reales de Roman Polanski ; La última librería del mundo de Rax Rinnekangas ; Ex libros: The New York Public Library de Frederic Wiseman (aunque ésta sea un documental): todas con fecha de 2017 pero estrenadas este año. Y en este 2018 se incluirían las ya mencionadas en el post previo: Book club de Bill Holderman ; El taller de escritura de Laurent Cantet y la que se acaba de estrenar en los Estados Unidos: American animals de Bart Layton.

 

“Nadie quiere ser ordinario”: es la frase publicitaria que acompaña al cartel de la película.

 

American animals es definida en Filmaffinity como un drama criminal (aunque tiene aires más bien de comedia) basado en sucesos reales acaecidos el año 2004 en la biblioteca de la Universidad de Transilvania en Kentucky. Con motivo del estreno de la película, Betty Jean Gooch, la bibliotecaria víctima del suceso ha concedido una entrevista rememorando el trauma que supuso para ella sufrir un atraco en uno de los lugares donde menos te lo esperas: una biblioteca.

La comedia sobre ladrones y bajos fondos de Guy Ritchie.

La película dramatiza la historia de cuatro estudiantes de dicha Universidad que, inspirados por la película Snatch (2000) de Guy Ritchie, deciden robar ejemplares de las colecciones más valiosas de su universidad. La orgullosa bibliotecaria, Betty Jean (que en la película interpreta la actriz Ann Dowd cumpliendo todos los requisitos imprescindibles del estereotipo bibliotecario, que en este caso, ateniéndonos a las fotos de la Betty Jean real: se puede decir que se ajustan fielmente a la realidad), muestra los tesoros bibliográficos de su biblioteca a los estudiantes que forman parte de las visitas guiadas. Desde originales de obras como Birds of America de John James Audubon, pasando por el Hortus sanitatis de Johannes de Cuba o una edición original de El origen de las especies de Charles Darwin.

 

Ilustración de Birds of America del ornitólogo francés John James Audubon.

 

Miles de dólares en libros que despertaron la codicia de cuatro universitarios que burdamente disfrazados: maniataron y amenazaron a la pobre Betty Jean para después huir con las voluminosas obras que guardaron envueltas en mantas en la plantación de marihuana que cultivaba uno de ellos. Al intentar vender los libros a través de la famosa casa de subastas Christie’s, en Nueva York, fueron interceptados y detenidos por la policía.

Aceptamos las acusaciones por spoiler, pero en este caso, el suceso en sí no es lo más importante de la película. Si nos guiamos por las críticas (bastante favorables por cierto): lo interesante de la cinta se centra más bien en las motivaciones y acciones de cuatro jóvenes, de buena familia, que deciden dejar su huella en el mundo robando unas joyas bibliográficas.

 

Ilustración de Birds of America del ornitólogo francés John James Audubon.

 

Dibujos originales de Darwin, el Hortus Sanitatus, un salterio iluminado de 1432 y hasta dos voluminosos ejemplares de la obra del ornitólogo francés: tan voluminosos que los chapuceros ladrones tuvieron que dejarlos caer en su huida mientras les perseguía la directora de la biblioteca. Como si de un remedo de Atraco a las tres (la maravillosa película de José María Forqué): la película va desvelando la personalidad de los cuatro estudiantes mientras urden su plan. Un plan en el que la bibliotecaria se convierte en el principal obstáculo a superar.

Catorce años después la Betty Jean reconoce haber superado el trauma, en parte, gracias a la película que le ha servido como terapia. Y no sabemos si como parte de esa terapia o de su bonhomía natural interpreta las motivaciones de los chicos con un alarde generosidad que no todos estaríamos dispuestos a practicar: “Venían de buenas familias, querían emoción, querían ser conocidos por algo grande […] es un deseo muy humano querer destacar. Es difícil sentir comprensión pero estoy trabajando en ello.”

 

Los cuatro protagonistas de American animals burdamente disfrazados para cometer su crimen bibliotecario.

 

Las motivaciones de los cuatro pavos nos interesan menos que los objetos de sus deseos: los libros. Libros como joyas, libros como tesoros, libros capaces de despertar la codicia. Siempre estamos hablando de los libros como objetos capaces de despertar la codicia intelectual: así que no está de más que en este post nos centremos en repasar algunos de los casos en que los libros, las bibliotecas, han despertado el interés más prosaico y lucrativo.

Lo más reciente en el tiempo es el rocambolesco asunto de las dos cartas de Cristobal Colón que fueron sustraídas hace décadas de la Biblioteca Vaticana, de la Biblioteca Riccardiana de Florencia y de la Biblioteca de Cataluña y que, tras numerosas vicisitudes, han sido restituidas a estas bibliotecas una vez se ha descubierto que las copias que conservaban eran falsas.

 

 

Retrato del millonario bibliófilo y ladrón Farhad Hakimzadeh. Ilustración de Tom J Newell Header para la revista Dazed&Confused.

Entre los casos de las últimas décadas más propicios a servir de argumentos para una película de intriga y crimen: estaría el del supuesto investigador húngaro que, en 2009, desplegó toda una estrategia de hurtos por bibliotecas de toda España, que tenía convenientemente señaladas en un mapa. Bibliotecas de hasta 30 ciudades españolas se incluían en su plan maestro, antes de seguir ruta por bibliotecas portuguesas. Afortunadamente sus planes fracasaron cuando ya llevaba sustraídos 67 mapas y tratados de geografía de los siglos XVI y XVII de seis bibliotecas. Mientras, su novia dominicana, que le acompañaba en sus viajes, se dedicaba a hacer turismo.

Claro que si de tramas de intriga y misterio tipo Agatha Christie hablamos, no podía faltar una ambientada en la propia Inglaterra. El caso del millonario iraní Farhad Hakimzadeh, un respetabilísimo bibliófilo, director de la Iranian Heritage Foundation (organización destinada a preservar la historia y cultura iraní), que durante siete años llegó a sustraer hasta un total de 842 documentos, algunos de valor incalculable, y llegó a mutilar unos 150 pertenecientes a los fondos de la prestigiosa Biblioteca Británica, y de la Biblioteca Bodleiana de Oxford. Todos localizados por Scotland Yard entre los numerosos volúmenes de la extensa biblioteca de su lujosa mansión.

 

 

Según un estudio publicado hace unos años el libro más robado de las bibliotecas estadounidenses era el Libro Guiness de los Récords. En fin. Sin comentarios. Y nos consta (de primera mano) que en la Biblioteca Regional de Murcia, durante muchos años, uno de los libros más ‘desaparecidos en combate’ eran los libros de Regine Dumay: Cómo hacer bien el amor a un hombre y Cómo hacer bien el amor a una mujer. También sin comentarios. Pero no dejes de comentar tú: ¿qué libro/s has observado que marcan o han marcado tendencia en tu biblioteca entre los amantes del bien común? Tal vez entre todos podamos llegar a elaborar un ranking de ‘los más deseados’.

Pero no podemos terminar sin recordar uno de los misterios, que no crimen, más excitantes de los últimos años: la misteriosa escultora de papel de las bibliotecas de Edimburgo. Y decimos escultora porque hasta ahí el misterio se ha resuelto (e incluso concedió una entrevista a la BBC) porque al principio, allá por 2011, nadie conocía dato alguno sobre la persona que se dedicaba a diseminar filigranas escultóricas (en este punto se admiten opiniones discrepantes) hechas con papel por las bibliotecas y otros centros culturales de la, ya de por sí misteriosa, capital escocesa.

 

 

Las esculturas de libros escocesas tienen hasta una entrada en la Wikipedia. Fueron realizadas entre 2011 y 2013 tomando como material páginas de obras de célebres autores escoceses por una escultora (una Banksy literaria) cuya identidad sigue siendo secreta. La noticia sobre las esculturas ha ganado tanta repercusión que incluso llegaron a ser reunidas y expuestas en el Parlamento escocés, para posteriormente, emprender una gira por diversas bibliotecas del país.

En 2015, tras la entrevista a la BBC, la escultora lanzó un reto para realizar una escultura colectiva con todo aquel que fabricase mariposas en papel. Finalmente, en 2016, en el Festival del Libro de Edimburgo, se expuso El árbol de las mariposas y el niño perdido: el último proyecto conocido de la anónima escultora. Y en este caso es imposible hacer spoiler.

Para terminar el post nada mejor que la filigrana (aquí dudamos que quepan opiniones discrepantes al respecto)  de vídeo del cantautor nipón Shugo Tokumaru en el que, lo que perfectamente podrían ser esculturas de papel, cobran vida al ritmo de la música. La papiroflexia elevada a la categoría de arte sino fuera porque en realidad estaban hechas con plástico. Pero no dejemos que la realidad nos fastidie lo que sería un bonito final para esta película.

 

Una jornada particular bibliotecaria

 

Cualquier invento humano es susceptible de convertirse en algo positivo o negativo según el uso que se le dé. El libro, pese al aura de prestigio que le rodea, no queda fuera de esta ley. No deja de ser un simple soporte de ideas buenas o nocivas pero, pese al acoso de lo digital, sigue investido de un peso simbólico que hasta los que no leen, o solo leen aquello que nunca les cuestiona, lo enarbolan cuando se trata de dar empaque a su causa.

La asociación italiana Sentinelle in piedi es un claro ejemplo de ello. Esta asociación italiana ha convertido en una cruzada personal la defensa de la familia tradicional (según su idea de lo que es una familia tradicional) y protestar contra la ley de uniones civiles que, entre otras cosas, permite la unión de parejas homosexuales. Y la forma de hacerlo es ocupando plazas y calles permaneciendo estáticos de pie mientras simulan (¿o no?) que leen libros.

 

Los Sentinelli en piedi.

 

Barbie sentinella in piedi: las bromas a costa de los defensores de la familia tradicional no se han hecho esperar.

Estos centinelas de pie recurren a la lectura y los libros para representar su arraigo a la tradición, a “su tradición”, y así visibilizar su intransigencia y apego a las más rancias esencias de esa patria que tanto defienden. A estos vigías de la moral propia y ajena no estaría de más que alguien les advirtiera que en las bibliotecas públicas se llevan a cabo clubes de lectura mucho más cómodos (de todos es sabido que estar de pie mucho tiempo favorece, entre otras cosas, la formación de varices) y a resguardo de las inclemencias del tiempo.

Claro está que estos clubes, pese a estar sentados, pueden resultarles más incómodos por abarcar visiones del mundo lo más abiertas posibles a todo tipo de realidades e ideas.

 

Descubrir los libros que utilizan los sentinelli in piedi en sus “paradas morales” y hacer memes con sus fotos: la respuesta de muchos internautas en las redes a su discurso de exclusión.

 

Pero vamos a lo importante. ¿Leen realmente mientras están de pie o solo posturean? ; ¿qué tipo de libros eligen? ; ¿qué están haciendo las bibliotecas italianas que no hacen campaña para que los centinelas pasen antes por la biblioteca más cercana a prestarse los libros? ; ¿atenderían a las recomendaciones de los bibliotecarios? No más preguntas por ahora.

Lo más curioso es que las acciones que llevan a cabo los centinelas de pie se apropian de performances de los que serían sus opuestos: los movimientos por los derechos LGTBIQ+ o de acciones similares desarrolladas en las protestas que durante la denominada “primavera árabe” se vivieron en la plaza Taksim Gezi Park de Estambul.

 

Manifestantes turcos en la plaza Taksim Gezi Park de Estambul protestando contra el gobierno de Erdogan en 2013. Fotografía de George Henton. 

 

La respuesta por parte de los colectivos LGTBIQ+ no se ha hecho esperar, y así, parejas gays y lesbianas han aprovechado sus concentraciones para, mientras los centinelas leen, besarse ostentosamente en público o perturbar la quietud de su lectura con panderetas y boas de colores. Aunque algunos memes y cachondeos varios a cuenta de los Sentinelle in piedi no tienen desperdicio: la sonrisa desaparece cuando se constata que estos grupos obtienen respaldo por parte de las autoridades políticas. Y el gremio bibliotecario no ha quedado indemne ante este giro reaccionario de la sociedad italiana.

 

Performance dentro de la performance de los Sentinelli en piedi. ¿O va en serio?

 

Fabiola Bernardini es la directora de la biblioteca Comunale di Todi, en Perugia, o más bien lo era hasta hace bien poco. Las autoridades de dicha ciudad, en su mayoría del partido de Berlusconi, Forza Italia, la destituyeron de su cargo al frente de la biblioteca por no haber atendido a un requerimiento de los responsables municipales.

Bernardini recibió el encargo de elaborar un listado de los libros infantiles y juveniles de la biblioteca que pudieran tener alguna relación con la homosexualidad, las familias homoparentales y la transexualidad. Tras unas semanas la directora de la biblioteca declaró sentirse incapaz de identificar ningún fondo que hubiera de ser expurgado por dichos motivos. Entre los libros que habían despertado las suspicacias de las autoridades todo un clásico: “E con Tango siamo in tre”. El famoso libro de Peter Parnell y Justin Richardson sobre una pareja de pingüinos machos que adoptan a un cachorro y que ostenta el triste récord de ser, probablemente, el libro infantil más prohibido de la historia.

 

‘Con Tango son tres’: un clásico en lo que se refiere a censuras bibliotecarias.

 

La respuesta de las autoridades ha sido destituir a la bibliotecaria como directora del centro: trasladándola a otras dependencias bajo la excusa de formar parte de un programa de reubicación de plantillas. Pero las reacciones no se han hecho esperar. El próximo 30 de junio, la asociación pro derechos LGTBI Omphalos de Perugia: ha convocado una celebración del Orgullo gay en la ciudad de Todi en apoyo a la bibliotecaria; y la Asociación de Bibliotecas Italiana, AIB, ha publicado un documento, traducido también al inglés para concitar la solidaridad internacional, donde denuncian la situación de censura indirecta, y la asfixia de recursos y autonomía con la que algunos políticos transalpinos buscan marginar a aquellos profesionales que defienden la libertad de expresión y pensamiento en sus bibliotecas.

 

Folleto de la programación de la Biblioteca de Todi publicado por su directora Fabiola Bernardini en su cuenta de Twitter en mayo. Antes de ser destituida de su cargo. Vogliamo leggere = queremos leer.

 

Afortunadamente, por mucho que se diga que españoles e italianos compartimos tantas cosas, en nuestro país el matrimonio homosexual es legal desde hace 13 años; y la libertad del gremio bibliotecario, a la hora de seleccionar y organizar las colecciones, es algo que todos damos por asumido. No tenemos centinelas, al menos de pie, y es muy dudoso que los carpetovetónicos exaltados que puedan salir de las catacumbas para protestar por la exhumación de los restos de Franco en El Valle de los Caídos: vayan a incurrir en apropiacionismo cultural organizando lecturas en público. La simbología del libro y la lectura queda muy lejos de sus representaciones. Afortunadamente.

 

Detalle de la biblioteca de la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos.

 

Si algún tinte positivo aportan las acciones de los sentinelli es el poder que sigue teniendo el libro como símbolo: aunque en este caso sea símbolo de su intransigencia. Y como nos remitimos al clásico de Ettore Scola en el título del post justo es que miremos al cine para constatarlo. Dos estrenos recientes representan acercamientos totalmente opuestos a los libros desde la ficción cinematográfica: uno como mera excusa argumental, y el otro, como base para una interesante reflexión sobre los fascismos que nos amenazan en nuestro día a día.

 

Un ama de casa y un homosexual reconociéndose como víctimas y concediéndose una jornada de respiro en la asfixiante Italia de Mussolini.

Cuando ellas quieren: el sutil título castellano elegido para la película Book Club (2018)

 

Diane Keaton, Jane Fonda, Mary Steenburgen y Candice Bergen junto a los galanes maduros Don Johnson y Andy García protagonizan Book Club (2018). En principio, por el título, cabría pensar que esta rutilante reunión de veteranas estrellas tendría algún interés desde el punto de vista bibliotecario o de la lectura: pero solo hay que echar un vistazo a la sinopsis para temerse lo peor.

A saber: un grupo de septuagenarias que participan en un club de lectura desde hace años replantean su actitud ante la vida y el paso del tiempo a partir del impacto que supone en ellas la lectura de una novela. Hasta ahí nada original, pero tampoco para ponerse en guardia, pero los peores presagios se hacen realidad cuando se descubre que el libro en cuestión son las célebres 50 sombras de Grey.

Obviamente el tono es de comedia, pero visto el nivel actual de Hollywood hipotecado por los superhéroes, y que cuando se lanza a hacer una película para público adulto salga con esto: hace temerse lo peor. Una versión degradada de la ya de por sí discreta Conociendo a Jane Austen (2007) que también se ambientaba en un club de lectura.

 

 

Pero la lectura como bisutería para productos tan ramplones queda compensada por otra cinta también con una base argumental de lo más bibliotecaria: El taller de escritura (2018). En esta producción europea, una novelista imparte un taller de escritura para jóvenes en el pueblo de La Ciotat, en el sur de Francia, una población duramente castigada por la crisis en la que una de las industrias que pervive es la construcción de embarcaciones de lujo. La situación económica y la falta de futuro ha favorecido que los partidos políticos de extrema derecha hayan captado el voto joven.

La escritora que modera el taller se topará con la realidad de unos chicos de variadas procedencias, entre los que destaca, por su talento y vehemencia: un chico con opiniones de lo más extremistas. El proceso de acercamiento y conocimiento a través de la literatura de una realidad que nos afecta a todos se resuelve en una cinta elogiada por la crítica y auténtico filón para cinefórum. Una apropiación de lo literario y lo bibliotecario, en este caso, de lo más provechosa.

 

El variopinto grupo de jóvenes que forman el taller de escritura de la película francesa.

 

 

El grupo de la carroza por la diversidad en la Cabalgata de Reyes vallecana ataviados como peluches listos para desfilar.

Hace unos meses, en la cabalgata de los Reyes Magos del barrio madrileño de Vallecas, la presencia en una carroza por la diversidad con la artista La Prohibida: provocó la indignación de muchos medios conservadores. Curiosamente de unos medios que, de no haberse dado esta noticia, poco caso habrían hecho a la cabalgata de un barrio como Vallecas. Los vecinos vallecanos pese a la algarabía mediática, en cambio, acogieron con aplausos y vítores la, presuntamente, polémica carroza.

Traer a colación a La Prohibida tiene todo el sentido, en parte porque enlaza con nuestra Biblioteca contracultural, y sobre todo por el último vídeo que lanzó hace unas semanas: La pubblicità (Un mondo ideale). En este drama de pan y mantequilla a ritmo ochentero, una versión de Fahrenheit 451 colorista y kitsch, los amantes de los libros deben esconderse y formar colonias para poder vivir su vicio secreto ante el totalitarismo de un mundo lleno de publicidad. Los miembros de esta resistencia lectora que se refugian en el bosque no se distinguirían en apariencia de los sentinelle di piedi salvo por el hecho de estar sentados.

Y es que por mucha literatura que le pongamos al asunto: las bibliotecas (o la cultura en general) no matan fascistas como sostenía un post hace tiempo. Como cualquier invento humano son susceptibles de convertirse…[Continúa en la primera línea].

 

Biblioteca contracultural, biblioteca contra la cultura

 

No lo hemos comprobado en el Catálogo Colectivo de bibliotecas públicas pero pocas debe haber que no tengan (o hayan tenido) entre sus colecciones la célebre serie de ensayos históricos: Historia de la vida privada (reeditada por Taurus en un estuche en 2017). En la que los historiadores galos, Philippe Ariès y Georges Duby, recorrían la historia desde la Antigua Roma hasta los albores de esta revolución digital que estamos viviendo. Tanto Ariès como Duby han fallecido: así que no podrán añadir anexo alguno con estas últimas y trepidantes décadas, pero tampoco hace falta, cuando con Internet eso de vida privada ha dejado de tener sentido.

 

 

La instantánea que de un momento histórico se pueda sacar jamás estará completa si a la crónica oficial no se le añade el reverso de lo cotidiano, lo menor, lo subterráneo. Y desde la década de los 60 con más fuerza aún: toda crónica cultural queda coja sin el relato paralelo de la contracultura, del underground, de lo marginal.

El crítico cultural Jordi Costa arrancó su trayectoria profesional, que le ha llevado a escribir en las cabeceras culturales más importantes, con tan solo 15 años en ‘El Víbora’. Su autoridad a la hora de abordar lo que ha sido ese relato paralelo de la cultura oficial está fuera de discusión. Y Costa acaba de publicar el estupendo ensayo Cómo acabar con la contracultura. (Una historia subterránea de España): que recorre las últimas décadas de nuestro país detallando cómo la libertad absoluta de lo underground ha sido domeñada, una y otra vez, por los intereses políticos del momento.

 

 

La contracultura en España, como tantas cosas, es de importación y lo más interesante siempre resulta de la fricción entre lo foráneo y lo autóctono, lo marginal con denominación de origen cañí. Que este julio en Londres se vayan a celebrar los 40 años del movimiento punk con diversos actos que implican a la Biblioteca Británica, el Museo de Londres y hasta el Palacio de Buckingham: da una idea de hasta qué punto se ha domesticado al último movimiento realmente importante contra lo establecido.

El método Gemini: cómic de un autor curtido en el mundo de los fanzines, Magius, que mantiene vivo el saludable espíritu del cómix underground en formato novela gráfica.

Una pena, porque la contracultura une mucho más que la cultura. La cultura es esa palabra condenada por los tiempos a formar parte de una cadena de oxímoron interminable (cultura de la violación, cultura del abuso, cultura de la corrupción, etc): un continuo sinsentido si nos atenemos a lo que dice la RAE, pero claro está, la RAE también está en el punto de mira de ese discurso de lo políticamente correcto que no admite disidencias. Y cuando no forma parte de un óximoron es usada como arma arrojadiza: una chachiporra con que atizarse en el grandguiñol de la política a cuenta de identidades, hechos diferenciales y agravios históricos.

En cambio la contracultura goza de la libertad del lumpen, no entiende de fronteras, permea y se deja permear, ensuciar, guarrear sin miedo a perder su esencia porque su esencia es contradecirse continuamente. Y por eso siempre andan a su caza para pasteurizarla, prensarla, empaquetarla y venderla, pero de un modo u otro, su pringoso espíritu siempre termina goteando en la encimera sobre la que se cocinan las nuevas maravillas digitales.

 

El capo de la mafia en ‘El método Gemini’ tiene una gran biblioteca. Es en ella donde recluta al protagonista para su negocio. Cuando le va detallando los pormenores de sus actividades lo hace equiparándolas a las propias de un club de lectura. 

 

Costa, en su ensayo, evidencia las carambolas que llevaron desde la infección contracultural que propiciaron las bases militares estadounidenses de Rota o Morón en el underground sevillano; y como este terminó viajando hasta la libertaria Barcelona de los 70 con artistas como Nazario u Ocaña: para concluir la jugada en el Madrid de los 80 con esa Movida que se diluiría definitivamente en tiempos del PSOE. La contracultura une regiones, países, continentes con más eficacia que un cable interoceánico.

 

 

Con profesorado como Peaches: ¿quién se va a resistir a ir clase?

En un sótano de Ámsterdam han creado la Universidad del Underground. Durante las últimas décadas la famosa escuela londinense Central Saint Martins ha subido tanto, tanto, las matrículas que la institución, que ha dado algunas de las figuras más relevantes (Sade Adu, M.I.A., Jarvis Cocker, Stella McCartney, Alexander McQueen, PJ Harvey, etc), se ha hecho aún más exclusiva.

Se supone que la iniciativa de la Universidad Underground holandesa va a subsanar esa situación: pero lo dudamos mucho.

Por muy escondido que esté el sótano el hecho de plantear una formación reglada para la disidencia contraviene los principios mismos de lo contracultural. Por mucho que Noam Chomsky, Peaches o una de las integrantes de las Pussy Riot formen parte del profesorado: los interesantes líderes artísticos, políticos o de pensamiento que, sin duda, surgirán de sus aulas no dejarán de configurar una nueva élite que poco tendrá que ver con el espíritu de lo verdaderamente underground.

 

Ocaña y Nazario revolucionando Las Ramblas de esa Barcelona libertaria, provocadora y underground que los fastos del 92 empezaron a exterminar.

 

Lo marginal, lo subversivo, lo incómodo siempre ha provenido de una necesidad vital que no se podía desatender, no de ninguna intención meditada de cambiar las cosas. El pintor, performance y transformista Ocaña desnudándose en la fiesta libertaria de la CNT en el año 1977 dio visibilidad a un mariconerío tan desmadrado y orgulloso de su marginalidad que soliviantó a los concienciados comunistas; igual que Amanda Lepore desconcierta a feministas de manual y amantes del compromiso con su apuesta frívola y superficial en el documental-crónica sobre algunas de las trans más míticas y combativas de la Gran Manzana en I hate New York (2018).


 

El mundo transexual tal vez sea el último reducto para la subversión más auténtica. Debíría ser una buena noticia que cada vez sea más difícil encontrar esos nichos de subversión si acaso fuera indicio de que la marginalidad ha sido erradicada gracias al progreso social; y no como consecuencia de que los eufemismos, la corrección, y el hastío provoquen que ya nada resulte perturbador.

Pero siempre nos quedarán las bibliotecas. No como a Bogart y Bergman les quedaba París, sino como a los gays, travestis y chaperos que pululaba por el Stonewall Inn les quedaba Judy Garland, la noche del 28 de junio de 1969, en que decidieron rebelarse. ¿Suena a chiste eso de señalar a las bibliotecas como refugios contraculturales? No tanto si repasamos su ubicación en medio del panorama actual.

 

En 2013, en plena eclosión de la crisis, la Biblioteca pública abandonada de Rivas-Vaciamadrid era ocupada por la BOA (Biblioteca Ocupada Autogestionada): un espacio autosugestionado que compartía espacio con asociaciones culturales tales como Célula Radical Arterrorista u organizaciones como Sureste Obrero.

 

¿Qué es lo más contracultural que puede haber en medio de redes sociales manipuladas por multinacionales que nos vigilan a todas horas, blockbusters diseñados por ordenador en Hollywood, música prensada y manufacturada para usar y tirar? Lo más contracultural que puede haber es una biblioteca. Si nos atenemos a presupuestos, estadísticas y consideración por los popes de la cultura están a un paso de la marginalidad. Fuera de las grandes ciudades, en municipios pequeños, los políticos locales las empujan a manos del lobby estudiantil para finiquitarlas como simples salas de estudio. La única salida que queda es la marginalidad, lo underground, lo disidente.

¿Cómo se hace eso en instituciones sustentadas por presupuestos públicos? Atrayendo a los freaks, a los diferentes, a los quieren diseñar su propia disidencia y no tienen recursos para ser admitidos en la University of The Underground. Es decir a la mayoría de los que tienen inquietudes de algún tipo. El título de la enooorme, en todos los sentidos, primera obra de Emil Ferris, Lo que más me gusta son los monstruos, a un paso de convertirse en lema bibliotecario.

 

Alucinante, maravillosa, espectacular, impactante, absorbente…no está todo dicho pero no queremos ser más pesados. En definitiva: muy buena.

 

El ensayo recién publicado de la artista Roberta Marrero en el que hace un recorrido por la cultura LGTBQ+ prologado por el filósofo queer Paul B. Preciado.

En Filadelfia, por segundo año consecutivo, arranca estos días la Free Library Pride (la Biblioteca Libre/Gratis del Orgullo) y aquí el doble sentido de la palabra inglesa free cobra todo su significado. Un programa con más de 50 eventos relacionados con el colectivo LGTBQ+ en sus más de 20 sucursales y para todas las edades. Desde los cuentacuentos con drag queens; picnis al aire libre para niñas, mujeres trans y personas en general no conformes con su género; o lecturas públicas de textos de temática LGTBQ+.

Algunos de los textos que se leeran en esta última actividad pertenecen al fondo reunido por la activista Barbara Gittings que se conservan en la Biblioteca de la Independencia. Gittings, que falleció en 2007, siendo estudiante universitaria en los años 50, se esforzaba por buscar textos con los que identificarse y construir su identidad como lesbiana. Todo lo que encontraba iba siempre orientado a la homosexualidad masculina, y en la mayoría de los casos, abordándola con tintes discriminatorios. En una entrevista concedida en 1999, Gittings declaraba sus motivaciones:

“Durante años, frecuentaba bibliotecas y librerías de segunda mano tratando de encontrar historias para leer sobre mi gente. Más tarde me hice activista por los derechos del colectivo […]  siempre estuve atenta a la literatura que surgía. Y fui viendo como se empezaba a hablar de homosexuales que eran sanos, felices y tenían buenas vidas. Eso fue como escuchar las campanas repicando para mí: ¡bibiotecas y libros de temática gay!”

 

Nada más propio que terminar apropiándonos del título que Roberta Marrero ha usado para su ensayo sobre cultura LGTBQ+: We can be heroes para aplicárselo a las bibliotecas. Pero continuando la canción de Bowie de la que proviene: que no sea just for one day (solo por un día). Hay mucho recorrido para lo diferente, para lo diverso, lo inconformista en las bibliotecas. Biblioteca contracultural o biblioteca contra la cultura de lo estático, lo previsible, lo convencional. La cultura (o contra), como canta el dúo Mueveloreina, no sabe pá donde va, pero va, va…

 

Recortable bibliotecario

 

El próximo Congreso Nacional de Bibliotecas Públicas, que se celebrará en noviembre en Logroño, se centrará en analizar los perfiles profesionales de los bibliotecarios. Un tema interesante a priori pero de difícil concreción cuando esos perfiles se desdibujan y vuelven a dibujarse con cada nueva función que se le suma a los trabajadores de bibliotecas en la era digital. Estaremos expectantes en todo caso.

 

 

Y precisamente, Peter Coyl, director de la biblioteca pública de Montclair en Nueva Jersey,  acaba de publicar un artículo en el ‘American Libraries Magazine’ sobre la crisis de identidad bibliotecaria que estamos viviendo. En él, Coyl, habla en realidad de la baja participación en las elecciones de la ALA en las que se sometía a votación si el próximo líder de la mayor asociación bibliotecaria del país debía, o no, tener un perfil claramente bibliotecario. El resultado fue positivo: pero el índice de participación tan escaso es el que lleva a Coyl a sostener que estamos viviendo una crisis de identidad bibliotecaria.

No sabemos si existe un refrán equivalente en los EE.UU. para “mal de muchos consuelo de tontos”: pero es una sensación inevitable cuando, desde la realidad española, se lee el artículo y se constata que la falta de consideración que, en demasiadas ocasiones, se expresa de un modo u otro hacia la importancia de la profesión (incluso entre los propios profesionales) es una realidad compartida.

Una realidad que se acentúa cuando los agoreros incluyen a los bibliotecarios entre los trabajos en peligro de extinción por el impacto del meteorito digital. Ya nos preguntábamos en Una verdad (bibliotecaria) incómoda si acaso lo que tenga futuro sean las bibliotecas pero no los bibliotecarios. Pero el caso es que puestos a huir de esa amenaza de extinción la respuesta está siendo acumular prendas en el armario de la profesión para ir cambiándose el hábito según convenga en cada momento. Tal cual como en un recortable de papel.

 

 

Pero pese a la habilidad acumulada por los profesionales para reconvertirse una y otra vez, cual Mortadelos bibliotecarios, lo cierto es que mucho de ese esfuerzo se pierde si no se consigue que el estereotipo asociado a bibliotecas y bibliotecarios en el imaginario colectivo cambie de una vez. Por eso en el resto del post, en lugar de seguir abordando el futuro de la profesión, nos dejamos llevar por la vena menos intensa de este blog recurriendo a algunos ejemplos que dinamitan con TNT la imagen prototípica de lo bibliotecario desde dentro. Vidas ejemplares bibliotecarias, también podría haber sido un buen título.

 

 

El número 22 de la revista ‘Infobibliotecas’ nos enterábamos de que una de las estrellas porno del momento, Ela Darling, premiaba a sus fans mostrándoles sus pechos a cambio de que le enseñen su carné de biblioteca. Una ingeniosa campaña de promoción bibliotecaria que no creemos que prospere más allá de Ela. La defensa que esta actriz del denominado ‘cine para adultos’ hace de las bibliotecas tiene que ver son su pasado laboral.

Ela Darling dando la espada para mostrar su tatuaje con la notación Dewey de las novelas de Harry Potter.

Ela trabajaba como bibliotecaria hasta que se cruzó en su camino el cine erótico, primero, y más tarde el porno. Esta entusiasta de Harry Potter (lleva la notación de la CDU que corresponde a las novelas de Rowling tatuada en la espalda) o de Star Trek, pese a su actual profesión en el mundo del porno, no puede evitar que su formación de base como bibliotecaria emerja en su nueva ocupación.

Si los bibliotecarios están siempre atentos a las innovaciones tecnológicas para indagar en sus posibles aplicaciones al ámbito de las bibliotecas: Ela se ha convertido en una adalid del uso de la realidad virtual en el mundo del porno.

Con el tiempo han patentado un software de captura de realidad virtual en 360 grados y emisión en directo; ha llegado a protagonizar charlas TED sobre este tema; y preside una organización para la lucha por la mejora de las condiciones en la industria del porno.

 

Bijan Nowroozian, el bibliotecario ‘ninja warrior’, listo para su sesión de cuentacuentos.

 

Bijan y su novia Sarah, también bibliotecaria, en el podio de una de las pruebas deportivas en las que participan.

En nuestro país ha sido Antena 3 la cadena de televisión que ha adaptado el show televisivo estadounidense Ninja warrior. Un concurso de destrezas atléticas que consiste en superar unas duras pruebas en plató para erigirse como un auténtico ninja warrior. En la cadena estadounidense NBC 7 uno de los participantes favoritos (al menos entre los usuarios de la Biblioteca de North Park en San Diego) es el asistente bibliotecario responsable de las sesiones de cuentacuentos: Bijan Nowroozian.

Nowroozian entrena duro en un circuito que emula algunas de las pruebas a las que será sometido y comparte con su novia, también bibliotecaria, su pasión por los certámenes deportivos de gran intensidad. Pero lo mejor de este ninja warrior bibliotecario más allá de las marcas que consigue es dónde encuentra el espíritu necesario para afrontarlos: en su trabajo como bibliotecario.

Según declaraba a un medio local: “Cada semana hago un cuentacuentos para más de cien niños en edad preescolar. Me entrego todo lo que puedo y a los niños les encanta. Adopté el mismo enfoque para Ninja warrior, y ciertamente, ha dado sus frutos: a todo el mundo le encanta la energía que pongo en el rodaje“. Una conclusión (y un reconocimiento) de lo más vigorizante para la gran labor que desarrollan tantos bibliotecarios de secciones infantiles. Los auténticos ninja warriors de las bibliotecas.

 

Azadeh Brown caracterizada como Harley Quinn, la novia del Joker.Fotografía de Doll House Photography.

 

La siguiente vida ejemplar bibliotecaria nos lleva hasta Southampton en Inglaterra. En la biblioteca de su universidad trabaja como bibliotecaria la iraní Azadeh Brown, que hace pocos meses abrió su cuenta de Instagram, y cuenta cada vez con más seguidores de su perfil. No por su trabajo como bibliotecaria (todo hay que decirlo) sino por ser una consumada cosplayer, por si alguien no lo sabe, personas especializadas en caracterizarse como personajes de cómics, series, películas o videojuegos.

Azadeh demostrando que un buen bibliotecario sabe adaptarse a lo que se requiere en cada momento.

Para Azadeh su vocación bibliotecaria-cosplayer fueron de la mano desde el principio. Creció en medio de la guerra entre Irán e Irak y su forma de evadirse de la realidad y refugiarse de la asfixiante situación que se estaba viviendo en su país de origen fue a través de los libros y los disfraces. Como ella misma declaraba a las cámaras de la BBC los libros se convirtieron en sus mejores amigos. A los 17 años abandonó su país para emigrar a Reino Unido y terminar formándose como bibliotecaria. De este modo la inquieta Brown pudo unir las dos cosas que más feliz le hacían: los libros y los disfraces.

No sabemos los looks que Azadeh escogerá para ir a trabajar pero al menos por apariencia sería la bibliotecaria ideal para dinamizar/adornar una sección de cómics o literatura fantástica. La cosplayer bibliotecaria lo hacer por afición pero, día a día, en la mayoría de bibliotecas muchos profesionales se cambian de disfraz continuamente según requiere la ocasión. El caso de Azadeh nos ha recordado a las palabras de la bibliotecaria juvenil de Westport, Jaina Lewis, que recogíamos en Canción de verano bibliotecaria:

“Por la mañana, soy una estrella de rock en una habitación llena de niños en edad preescolar; a mediodía, soy una trabajadora social ayudando a buscar recursos para la búsqueda de empleo; por la tarde soy una educadora que lleva a los niños a un taller de ciencias. Los bibliotecarios servimos para muchos propósitos y usamos distintos sombreros, pero todos sirven para lo mismo: cambiar vidas.”

 

 

Y para cerrar este repaso de bibliotecarios revienta-estereotipos nos quedamos con Bill Stockey: el barbudo karateka que allá por los años 80 animaba a la lectura y a las artes marciales a los usuarios infantiles en la Biblioteca Pública de Chesapeake, en Virginia, de la que era director. Se habla mucho de las habilidades que ha de tener un buen jefe o responsable de equipos de trabajo: pero nunca se menciona lo bien que puede venir el ser diestro en artes marciales. Que nadie piense mal, no por recurrir a la violencia, pero  cualquiera que haya tenido equipos a su cargo, sabe que todo cuenta, nada resta, cuando de gestionar cuestiones de personal se trata.

Stockey ahora tiene 67 años y está jubilado. Pero aunque ya no pelee con problemas de presupuestos, fondos, colecciones o personal: sigue de lo más activo como maestro de artes marciales. Sus más de 30 años en estas lides, y su cinturón negro, le han convertido en una figura de los más respetadas, un auténtico sensei bibliotecario al que acuden muchos discípulos.

 

El eslogan jugando con Bruce Lee para fomentar la lectura está ya muy visto: pero es que la mayor estrella de las artes marciales que ha dado el cine era un consumado lector que tenía más de 2.000 libros en su biblioteca personal. En la cual aparece leyendo en esta foto que corrobora que el significado castellano de su apellido resulta de lo más propio.

 

Tras la jubilación, Bill, ha montado un dojo (lugar para la meditación budista zen y la práctica de las artes marciales) junto a su domicilio con el nombre de Shoshinkan (mente de principiante). Toda una declaración de principios proviniendo de un hombre que se convirtió, en 1985, en la primera persona no asiática en obtener la licencia “Kyoshi” concedida por la más importante institución de artes marciales de Japón.

Esa es la actitud: mantener la mente del principiante. Algo a lo que los bibliotecarios están abocados (y muchas otras profesiones por supuesto) si quieren sobrevivir en este ajetreado panorama. Ojalá que en el próximo congreso lleguemos a recortar la figura de lo que será la profesión en este nuevo siglo. Pero entretanto no sería mala idea postular como ponentes a Ela, Bijan, Azadeh y Bill. Sus trayectorias, como poco, son de las que contradicen que lo de ser bibliotecario sea un trabajo monótono y aburrido. Después de todo, puede que los bibliotecarios del siglo XXI terminen siendo lo más parecido a Leonard Zelig, el camaleónico protagonista de la obra maestra de Woody Allen.

 

Jura de bandera cultural

 

En 2017 la supermoderna revista Dazed encargó a 10 artistas que diseñaran banderas alternativas a diferentes países. Ésta que luce aquí es la que la artista digital Alicia Rihko hizo para España.

 

Los tópicos reconfortan, son acogedores para quienes los practican pero no los sufren, ahorran del esfuerzo de pensar; en ocasiones, hasta resultan simpáticos. Con esa simpatía tontorrona de lo ya sabido, del lugar común, lo malo es cuando alguien, del modo más inocente, se atreve a llevar la contraria a esos tópicos.

El músico James Rhodes se ha atrevido a contravenir los tópicos sobre España en una columna en ‘El País’: pero no los tópicos que llevan retratando a nuestro país desde hace siglos, es mucho más grave lo suyo: se ha atrevido a hablar bien de España y de los españoles. Y eso, eso es intolerable para algunos.

Rhodes destaca la amabilidad, simpatía, alegría, lo bien que se come en España, la forma de relacionarnos y tantas otras cosas que no difieren mucho de lo que Theóphile Gautier, Washington Irving, Ian Gibson o cualquier folleto de tour operator no dijeran antes de una forma u otra. Su falta ha sido el decirlo en un momento en que todo ha de ser negativo en torno a este país a riesgo de incurrir en apoyar un bando o a otro.

La ingenua y sincera admiración de Rhodes no cabe en ese puzle ideológico en el que parece que todos tenemos que posicionarnos. No hay sitio para matices: no vaya a ser que lo que nos quiere vender un bando triunfe sobre lo que nos quiere vender el otro.

 

Puestos a elegir los mapas por los que nos gusta movernos elegimos los de los escritores que se recogen en el delicioso atlas literario editado por Impedimenta.

 

Que Patria siga copando la lista de los libros más vendidos se podía esperar dada la calidad de la novela (aunque la calidad sea un requisito menor en esto de convertirse en best seller): pero sobre todo por lo oportuno de su temática y de su título. Será consecuencia de la falta de fronteras que promueve lo digital: pero no deja de ser curioso la revitalización que lo patriótico ha ganado en los últimos tiempos. En muchos ayuntamientos se organizan juras de bandera para los ciudadanos, una cantante pop emociona poniéndole letra al himno nacional; balcones y ventanas con banderas de un signo u otro (incluía la LGTBI) ondeando: una exaltación de lo patriótico que habría quedado perfecta en el NO-DO.

 

Uno de los mapas incluido en el fantástico atlas literario ‘Trazado’.

 

Que cada uno se adhiera y jure fidelidad a lo que quiera pero desde aquí promovemos juras de bandera a la cultura. Nos ha dado la idea la Biblioteca Swift Current en Canadá que cumple 100 años y para ello han optado por izar una bandera (blanca) conmemorativa de este feliz aniversario frente a la biblioteca. No es la primera biblioteca norteamericana que recurre al izado de bandera para celebrar un aniversario. Las banderas bibliotecarias tienen la ventaja de que no exigen exclusividad, se pueden compartir los afectos con cuantas banderas se quiera. Tal cual como un Sheldon Cooper emocionado por su canal de Youtube: Fun with Flags.

 

Sheldon y su novia sublimando sus deseos sexuales (al menos los de ella) con las banderas.

 

Pero el fetichismo funny (divertido) de Sheldon con las banderas se pierde cuando se convierten en trapos arrojadizos o en símbolos de dominio. Es sorprendente la polisemia que puede alcanzar un simple trozo de tela, pero cuando de una bandera cultural se trata: todo significado ofensivo se desvanece. En Nueva Zelanda, últimamente, saben mucho de esto.

Hace un mes los estudiantes y bibliotecarios de la Universidad de Auckland enarbolaron la bandera  de la cultura y el arte y con ella ocuparon la biblioteca de la Facultad de Bellas Artes sobre la que pesa una amenaza de cierre. El asunto adquiere más resonancia viniendo de un país que hace solo dos años planteó un cambio de bandera para luego quedarse con la que tenía; que de nuevo saltó a los medios por ser el primer país que hacía ondear la bandera del orgullo intersexual en su parlamento: y que hace poco, reclamaba que las múltiples islas que componen Nueva Zelanda no desaparezcan de los mapas.

 

El periodista y arquitecto Karl Sharro ha tenido eco en las redes por este mapa de Europa que publicó en su Instagram. Sharro aplica la misma lógica que las potencias coloniales aplicaron al  continente africano en el siglo XIX: dividiéndolo artificialmente para repartirse el continente según sus intereses de riqueza. Sin atender a poblaciones, tribus, geografías ni recursos. Divisiones artificiales que traen como consecuencia las peores fronteras posibles: las mentales.  

 

Que no te borren del mapa, preservar tu identidad, hacer que flamee tu bandera sobre una loma, una montaña o en edificio: el caso es marcar el territorio, proclamar tu pertenencia, remarcar tu diferencia. Reacciones instintivas al borrado de fronteras que llevan tiempo aplicando la globalización y la revolución digital. Pero ¿y si puestos a definirnos por algo tan accidental como es el hecho de nacer en un sitio reivindicamos el definirnos por aquello que elegimos conscientemente: por nuestras afinidades culturales?  ¿Suena naif? En realidad todo lo naif resulta de lo más provocador ante tanta exaltación de la indignación con la que convivimos cada día.

 

 

Un ejemplo muy cercano de lo difícil que se hace poner bandera a la cultura en nuestros días aconteció solo hace dos días. El pasado lunes 28 de mayo se presentaba en la Biblioteca Regional de Murcia la plataforma de préstamo digital de contenidos audiovisuales eFilmMurcia (una plataforma, para quien no lo sepa, que ha desarrollado Infobibliotecas: con lo cual que nadie se inquiete si esto adquiere cierto tono publicitario. Eso sí, plenamente justificado por lo que se va a contar). Una vez que la noticia saltó a los medios y se fue expandiendo por las redes sociales: la cuenta de Twitter de la BRMU se llenó de usuarios entusiasmados con la idea. Un continuo tuitear y retuitear, de felicitaciones y celebraciones por contar con algo tan novedoso proviniendo de una biblioteca.

No vamos a contar aquí en detalle lo que está suponiendo esta puesta en marcha. Primero porque pensamos dedicar un post aprovechando que este blog lo puede contar de primera mano; y segundo, porque están siendo muchas las bibliotecas (y no solo bibliotecas) que están contactando con la BRMU para conocer cómo se está desarrollando el proceso. Pero dejemos pasar un poco de tiempo, que además, acabamos de contar la experiencia con los videojuegos en la BRMU, y ya iba a resultar cansina tanta murcianía.

 

 

Pero a lo que íbamos sobre banderas, cultura y fronteras. A menos de 48 horas desde que se lanzó la plataforma se habían efectuado 350 préstamos y más de 4000 personas habían accedido a la plataforma desde todo el mundo. Las solicitudes para darse de alta como usuario de la Red de Bibliotecas de la Región de Murcia alcanzaron hasta 300 peticiones a través de su web en solo 12 horas; los correos y llamadas de antiguos usuarios que habían dejado de usar sus carnés pero ahora quieren ponerse al día (por deudas pendientes) está siendo continua. Tanto es así que se están adaptando las condiciones y se va a restringir el alta online de nuevos usuarios; siendo necesario darse de alta personalmente en cualquiera de los puntos de servicio que componen la Red.

¿Se puede poner puertas a la cultura en digital? Es obvio que no. Los 12.800 audiovisuales (de total de 30.000) que ahora mismo están disponibles en eFilmMurcia han obrado el efecto llamada. Sí se puede controlar los accesos para que nadie abuse, y combatir la piratería gracias a iniciativas que provean de plataformas de contenidos digitales a las bibliotecas (eBiblio o ahora eFilm). Pero sea cual sea la bandera que ondee en las fachadas de esas bibliotecas: los usuarios que eviten que las bibliotecas se borren del mapa dándoles uso conformarán su identidad cultural sin atender a fronteras ni banderas. Solo a lo que de bueno y variado les sepan ofrecer en esas bibliotecas.

 

Nunca ‘Game over’ en la BRMU: crónica de la locura por los videojuegos en una biblioteca

 

Este post rompe lo que ha sido la tónica habitual en este blog desde que, hace dos años y medio, me hiciera cargo de él. Para empezar se apea del plural (mayestático o de modestia: que cada uno lo juzgue) usado hasta ahora para recurrir a la primera persona. Algo que me resulta algo incómodo, no por falsa modestia (algo que no soporto), sino por la costumbre a usarlo durante los años que llevo gestionando las redes sociales de la Biblioteca Regional de Murcia (BRMU). Me ha permitido siempre una cierta distancia saludable escudándome, primero, tras la institución, y ahora en este blog, tras la empresa Infobibliotecas. Pero aquí no procede.

 

 

Interesante estudio colectivo sobre historia y videojuegos. El videojuego como objeto de estudio académico a semejanza de, como en los 60, figuras como Umberto Eco se acercaron al cómic para analizarlo.

Contar lo que hemos montado en la BRMU del 9 al 12 de mayo en torno a los videojuegos requiere primera persona para transmitir mejor lo que ha supuesto empecinarse en que los videojuegos entrasen definitivamente en la BRMU.

Partimos Parto de que en ningún momento se cuestionó lo idóneo o no de que los videojuegos estuvieran en la biblioteca: simplemente tenían que estar. Dejamos aparte los debates sobre lo violento de los videojuegos, sobre si son arte o no, sobre si son cultura o no. Opiniones hay para todos los gustos. Pero después de 15 años al frente de la Comicteca de la BRMU sé lo que es empeñarse en que una manifestación cultural denostada por muchos (bibliotecarios incluidos), y durante mucho tiempo, empiece a evolucionar y a ser admitida/consentida por “el canon cultural respetable”.

Como sabiamente decía Antonio Resines en una película de los 90: “la televisión atonta a los que ya son tontos, y vuelve más inteligentes a los que ya son inteligentes“. Una máxima aplicable a la televisión tanto como a las redes sociales, los cómics (en los 50 los quemaban en EE.UU. por inducir al delito), el cine (una vulgar atracción de feria para los intelectuales decimonónicos), o en este caso, los videojuegos.

 

Quemas públicas de cómics en la década de los 50 en EE.UU. a raíz de las teorías del psiquiatra Fredric Wertham que sostenía la tesis de que los cómics impulsaban a la juventud a la delincuencia.

 

Salva Espín dibujante de la Marvel.

Si la Comicteca de la BRMU siempre la he vendido como una “línea de agitación cultural” que abriese a la biblioteca a todos los colectivos posibles: los videojuegos eran el siguiente ámbito a explorar. Y gracias a la coordinación con el dibujante murciano, Salva Espín, que trabaja para la Marvel (actualmente es uno de los dibujantes del superhéroe tan de moda: Deadpool): se empezó a gestar lo que iba a ser el empujón definitivo a los videojuegos en la BRMU.

Cuando la industria del videojuego factura más que la industria audiovisual, instituciones como el MoMA lo ha incluido en sus colecciones, el Museo del Prado organizó recientemente un taller  para la creación de un videojuego; y además tiene unas perspectivas de empleo muy prometedoras: la duda no era si debían, o no, estar: sino de qué manera iban a estarlo. Y de ahí surgió uno de los eventos más ambiciosos en el que se ha implicado la BRMU: el GameMaker 48h. + Expo Arcade rograma completo aquí].

 

 

El evento arrancó el día 9 de mayo con la inauguración de Expo Arcade (“Videojuegos históricos Arcace 80-90”): 10 máquinas recreativas con videojuegos clásicos de los 80 y 90 para jugar gratuitamente ubicadas en la sala de exposiciones del centro. Una sala de exposiciones convenientemente maqueada para recordar a uno de esos salones recreativos de los 80. Pósteres, imágenes y afiches que, a cualquiera que supere los 40, le remitían directamente a uno de esos recreativos o a un videoclub ochentero por la estética. En las vitrinas cintas de VHS, gadgets retrofuturistas, hardware de las máquinas, revistas, libros y cómics relacionados.

Ya de por sí disponer gratuitamente de un salón recreativo con diez máquinas de los años 80 en perfecto funcionamiento era un reclamo. Si la nostalgia vende, no íbamos a dejar de aprovecharnos. Pero la cosa se fue ampliando. La industria del videojuego en Murcia se está desarrollando y conseguir que la BRMU se convirtiera en su punto de referencia para relacionarse, promoverse y publicitarse ha sido un trabajo que está dando sus frutos.

 

Madres absortas en un mano a mano con los videojuegos de un infancia.

 

Cartel de uno de los torneos. Empresas murcianas aprovecharon para testar sus videojuegos en el GameMaker48h. instalando Playstation de manera totalmente gratuita.

Al evento se fueron sumando empresas, instituciones docentes, o comercios relacionados con el mundillo que, de repente, descubrieron que la biblioteca era un espacio idóneo para mostrar sus productos o promocionar sus programas educativos.

La BRMU busca su colaboración para venderse como centro cultural; y esos sectores, creadores o empresas, la descubren como la mejor valla publicitaria de sus productos, servicios y productos.

¿Algún problema porque el sector privado entre dentro de una institución pública? Ninguno. La única limitación es que aporten algo a cambio de usarla de escaparate (no como punto de venta) y que sus intereses y los de la biblioteca converjan. Y cuando se ha hecho coincidir, en el pasado, los intereses de centros de belleza y estética con el fomento de la cultura: ya casi cualquier sector puede convertirse en objetivo.

 

Pero dejo para otro momento batallitas del pasado y me centro en lo que estaba. En los eventos sobre videojuegos lo habitual es que el público sea mayoritariamente joven e infantil. Pero en la biblioteca estas empresas e instituciones llegaban a públicos de todas las edades. Los adultos atraídos por la nostalgia Arcade de los videojuegos de su juventud; los jóvenes y niños atraídos por los equipos instalados en la sala circular adyacente a la Expo Arcade.

Desde equipos para hacer torneos con eSports dispuestos por el Game Center de la UCAM (Universidad Católica de Murcia) que lleva apostando fuertemente por incluir el diseño y programación de videojuegos en su oferta educativa; hasta consolas Playstation para demostraciones de videojuegos desarrollados por empresas locales que así podían testarlo con público real; pasando por una empresa de sillones ergonómicos para gamers que proveyó el espacio con sus asientos representando así el presente y futuro del panorama de los videojuegos en un mismo espacio.

 

Detalle del espacio en el que se concentraban los videojuegos más actuales.

 

Pero lo realmente interesante más allá del lado lúdico del evento (que ya de por sí sería más que suficiente): fue la organización paralela de un Game Maker 48 h. O lo que es lo mismo: desarrollar en vivo y en directo, en el salón de actos anexo a la sala de exposiciones, un videojuego de inspiración bibliotecaria: “Palas, guardia del saber”.

 

Palas, guardia del saber en pleno proceso de creación por Juan Castaño.

 

El videojuego no podía ser muy complejo para poder desarrollarlo, en directo, en solo dos días. Pero era suficiente para mostrar a todo el que estuviera interesado el proceso de diseño, programación, animación, sonorización y acabado de un videojuego. Mientras en una pantalla al fondo del escenario se asistía a su desarrollo, cada hora, se impartía una conferencia sobre diversas temáticas: desde introducción a la programación, pasando por charlas sobre cómo ganarse la vida con los videojuegos, composición musical para videojuegos, introducción a la animación digital o una conferencia a cargo de ‘Hobby Consolas’ (la revista referente del sector) sobre la evolución de los videojuegos.

Este programa atrajo tanto a estudiantes de institutos como a jóvenes universitarios que querían conocer de primera mano las opciones que ofrece este mundo como salida laboral; además de profesionales del sector como a público en general. El GameMaker48 h. era el complemento cultural y formativo ideal a la diversión contigua que ofrecía el salón de videojuegos.

 

En pleno desarrollo, en vivo y directo, del malvado Lepisma enemigo de Palas, guardia del saber: ambos diseños de Juan Castaño.

 

La encantadora lechuza creada por el genio de los efectos especiales, Ray Harryhausen, para la primera versión de Furia de titanes (1981).

El videojuego resultante se podrá descargar en breve desde la cuenta de Google Play de la BRMU de forma gratuita. En su diseño y temática teníamos claro que el mundo bibliotecario tenía que estar presente.

El artista Juan Castaño fue el encargado de diseñar, con su estilo tan personal, al personaje protagonista del juego: Palas, guardia del saber, y a su enemigo: el Lepisma.

Palas, la lechuza robot se eligió por representar la sabiduría clásica que siempre se ha identificado con las bibliotecas por inspirarse en la lechuza que acompañaba a la diosa griega de la sabiduría: Palas Atenea. Y su condición de robot remite a la sabiduría más del presente y el futuro: la Inteligencia Artificial.

El mecanismo del juego es sencillo: Palas debe ir sorteando los obstáculos que le presenta el malvado de la función: un lepisma monstruoso. Desplazándose entre mesas, estanterías y documentos de la biblioteca: Palas caza monedas con los logotipos de varios de los servicios que ofrece la BRMU, para así, ganar los puntos suficientes (la sabiduría) que le llevará a ganar el juego.

 

Algunos de los logos de servicios de la BRMU que se convierten en las monedas que Palas debe atrapar en el videojuego para “alcanzar la sabiduría”.

 

Tras la intensa semana en que se desarrolló el GameMaker48h+Expo Arcade en la BRMU no sé si alcanzaremos la sabiduría como Palas pero sí que hemos podido comprobar que merecía la pena el esfuerzo. Cerca de 4.000 visitantes acudieron durante los cuatro días centrales del evento a la biblioteca. Estudiantes, profesionales, familias enteras, empresas, colegios, profesores, y lo más destacable, público que raramente ven a la biblioteca como una opción de ocio y formación más allá de sus obligaciones académicas.

Esto último es una de las consecuencias más gratificantes de montar eventos que intentan salirse de lo habitual: constatar que público no habitual acude a la biblioteca una vez han pasado. Que la redescubre (o descubre en algunos casos) tras acudir a una actividad que entra dentro de sus intereses.

 

 

Algún ejemplo cercano ha sido la mesa redonda: “Cómics más allá del género” que, días después, convirtió en usuarias habituales de la biblioteca a mujeres transexuales que se interesaban por las obras que la artista transexual Roberta Marrero citó en dicha charla.

También ha pasado con el concierto de rap que los artistas Piezas&Jayder dieron dentro del evento: “Comicteca en rap”: que evidenció las estrechas conexiones entre literatura y hip hop.

Y confío en que siga pasando con los aficionados/profesionales de los videojuegos, que de hecho, ya han manifestado su interés en futuras colaboraciones. Una primera anécdota que lo reafirma ha sido la llamada de dos personas interesadas en que les diéramos los contactos de las empresas que han participado en el evento para presentar su currículum.

 

Unas semanas antes del GameMaker48h. la asociación internacional Girls make games (cuyo objetivo es promover el interés de las niñas por dedicarse al sector de los videojuegos donde la presencia femenina es muy minoritaria): impartió un taller para niñas.

 

Hasta aquí el relato de un caso de éxito. Al hilo de contarlo en este post me ha venido a la  memoria el interesante artículo que Evelio Martínez publicó en su blog Sobre bibliotecas y los casos de éxito, hace unos meses, y el certero comentario que Rafael Ibáñez Fernández hacía sobre la imposibilidad de extrapolar determinados casos de éxito a ámbitos diferentes. Y como no quiero incurrir en eso que criticaba yo mismo hace poco en Biblioteca con subtítulos sobre leer blogs de temática bibliotecaria y que se parezca a leerse el ‘¡Hola!’ (bibliotecas ideales en una realidad muy alejada de la mayoría de bibliotecas): reconozco que no todas las bibliotecas pueden abordar un evento como el GameMaker48 h.+Expo Arcade.

Bien sea por cuestiones presupuestarias, de personal (aunque en nuestro caso, implicados a tiempo completo, solo hemos sido dos bibliotecarios), de espacios, equipamientos y recursos. Pero también es cierto que las bibliotecas, en general, “caen bien” (los bibliotecarios ya depende de cada uno). Por eso buscar alianzas en nuestro entorno más cercano casi siempre es factible.

 

 

Siempre hay talentos locales a los que intentar atraer. El valor más importante es el de ser escaparate, el de atender a un público heterogéneo y diverso, el de esa cierta “respetabilidad” (de la que tantas otras veces he abjurado en este blog) que persiste en el inconsciente colectivo. Valores que siempre es posible explotar de algún modo para dinamizar nuestros centros.

En definitiva la pregunta tópica que tanto repiten los entrevistadores: ¿qué es el éxito? Y la respuesta, que por repetida, no dejar ser cierta: dedicarse a algo que te motive en la medida de tus posibilidades.

 

 

Biblioteca millennial

 

Como con cada nueva generación: una retahíla de calificativos se van sumando para ayudar a que, suplementos de fin de semana y programas de televisión, aporten un retrato fidedigno de cómo son los jóvenes que dirigirán el mundo el día de mañana. Viene muy bien para publicistas y empresas que quieren explotar el target de los muy consumistas (eso rezan los titulares) millennials. Además explotar el aguzado instinto de pertenencia que suelen tener los jóvenes, es fácil, repitiendo machaconamente los supuestos rasgos que los caracterizan (a ver si así se lo creen y se ajustan a ellos).

Pero no vayamos de santurrones. Este blog se dirige a un gremio (el bibliotecario) al que le interesa tanto como a las empresas captar al público joven.

 

“Es mejor sentirse joven” reza el eslogan de esta campaña publicitaria de un suplemento vitamínico. Y si lo dice la publicidad: amén.

 

Si hay algo que suelen destacar en ese retrato robot que de los nacidos a partir de los 80 se suele hacer: es su falta de prejuicios respecto a generaciones previas a la hora de consumir cultura. Ya lo decíamos en El ángel exterminador bibliotecario IV: que ese ángel exterminase la falta de curiosidad de que pueden adolecer muchos jóvenes aquejados de alzheimer cultural para regocijo de multinacionales que les venden, una y otra vez, el mismo producto; y que de los maduros, borrasen los prejuicios a la hora de consumir cultura que, en cambio, no afectan tanto a las nuevas generaciones.

De hecho, hace unos meses, un estudio del prestigioso Centro de investigaciones estadounidense Pew Research (un oráculo moderno de lo que mueve al mundo de hoy día) calificaba a los denominados millennials como la generación que más uso hacen de las bibliotecas respecto de generaciones previas. Al menos en lo que a los Estados Unidos se refiere.

 

Es más que probable que, si finalmente, el proyecto de crear por ley bibliotecas escolares en Reino Unido sale adelante no todas serán como The Bedales Memorial Library: pero tampoco hace falta. Basta con que se haga realidad.

 

Ese amor puede perdurar, en el mundo anglosajón, si continúa adelante la campaña promovida por CILIP (Chartered Institute of Library Information Professionals) en Reino Unido. Esta asociación está uniendo a todas las asociaciones bibliotecarias del país para solicitar al gobierno inglés que las bibliotecas escolares sean obligatorias por ley y sean inspeccionadas por la agencia gubernamental para la educación (Ofsted): lo que aseguraría que cumplirían unos estándares entre los que se cuentan: ser gestionadas por bibliotecarios profesionales, y con suficientes fondos, recursos y equipos actualizados

Alison Tarrant, directora de la Asociación de Bibliotecas Escolares, ha declarado al respecto la frustración que supone que las bibliotecas tengan carácter estatutario en las cárceles y no en las escuelas. Confiemos que los británicos alcancen sus objetivos, sería un ejemplo a seguir por todos, y compensaría tantos cierres de bibliotecas públicas como se han dado en los últimos años en Reino Unido como consecuencia de la crisis económica.

 

 

¿Sucederá algún día algo así en nuestro país? ¿se podrían extrapolar el amor juvenil estadounidense por las bibliotecas a España? No tenemos un estudio como el de Pew Research que nos lo corrobore pero más allá del círculo, vicioso y viciado, de aquellos jóvenes que no son capaces de ver a las bibliotecas más allá que como salas de estudio: la juventud “ilustrada” de nuestro país sigue recurriendo a las bibliotecas cuando éstas se muestran dinámicas y dispuestas a abrirse a nuevas realidades. Lo hemos dicho alguna vez: el mayor acto de inconformismo pasa por visitar una biblioteca, por construirse un discurso propio.

 

Creadorxs es una serie documental, publicada en Youtube, de la agencia creativa audiovisual Neurads en la que presentan a algunas de las figuras más representativas de las nuevas generaciones de creadores.

 

Para ser un buen bibliotecario hay que tener las espaldas anchas (en sentido metafórico al menos): “Bibliotecario: la parte más dura de mi trabajo es ser amable con la gente que piensa que sabe hacer mi trabajo.” (traducción de la camiseta).

Suena bien ¿verdad? Repasemos la estrategia que hemos seguido: 1º. halagamos a los que quieren ser diferentes y únicos – 2º. hacemos aparecer a las bibliotecas como signo de distinción para esos que son únicos, y 3º, tenemos un eslogan idóneo, a imagen y semejanza, de cómo hacen esos medios, esas empresas, esos publicistas a los que antes mirábamos displicentes por querer estereotiparnos [aquí un emoji de guiño cómplice rebajaría tanto cinismo, pero tenemos emojis de sobra en las redes, ahorrémonoslos en el blog].

Cada generación cuelga con su etiqueta y solo el tiempo, como siempre, va poniendo cada cosa en su sitio. ¿Qué fue de la generación Nocilla? Han quedado aquellos nombres que, ajenos a etiquetas generacionales, han proseguido con sus carreras (Fernández Mallo, Fernández Porta, Gabi Martínez, Álvaro Colomer, etc). Y ¿qué quedará de la generación Alt lit? Hace tan solo dos años se hablaba mucho de este movimiento literario cuyo nombre proviene de la tecla Alt del teclado por ser su hábitat natural las redes sociales, los chats y cualquier otra forma de comunicación digital.

 

Wobble Palace (2018) de Eugene Kotlyarenko, la crónica de una relación de pareja millennial que describen con aires de literatura Alt lit.

El primer ensayo del máximo representante de lo que se dio en llamar literatura Alt lit: Tao Lin.

 

La Alt lit fue denostada desde el principio por aquellos que la tachaban de narcisista e insustancial, insoportablemente ombliguista; y amada por otros. Pero nacer en las redes acelera el proceso natural de envejecimiento por mil y, tan solo dos años después, la etiqueta Alt lit parece tener cada vez menos eco.

Recientemente en un artículo de ‘ABC’ ya se aglutinaba a los poetas de la generación millennial, incluyendo entre ellos al ganador de la última edición de un talent show de Telecinco como es César Brandon. Cada vez importa menos el pedigrí, el origen (sea OT, Got Talent, los fanzines o Instagram), la mancha de nacimiento para muchos de estos millennials que aceptan las nuevas voces que surgen en la cultura dependiendo de lo que ofrecen, no de las bendiciones de la crítica, o de los cenáculos intelectualoides de toda la vida. Y las bibliotecas, y los bibliotecarios, tomando nota.

 

Uno de los cuadros comentados por El Hematocrítico.

 

El periodista, crítico de cine, escritor y guionista Noel Ceballos, y el profesor de educación infantil gallego, Miguel Ángel López, más conocido, gracias a su faceta como humorista,  como El Hematocrítico: acaban de publicar conjuntamente una revisión de los míticos “Los Cinco” de Enid Blyton. En “Los cinco superdetectives (aquí no bebíamos cerveza de jengibre)” Ceballos y El Hematocrítico: convierten a los chicos de Blyton en niños detectives en la década de los 80 en la sierra madrileña, que ahora, tienen 40 años y se enfrentan a las desilusiones y problemas de la vida adulta. Una hábil manera de explotar la vena nostálgica que tan buenos dividendos está dando a las industrias del entretenimiento, pero dándole la vuelta, para ofrecer un retrato certero, ácido y divertido.

 

 

En una de las entrevista que han dado para promocionarla El Hematocrítico declaraba:

“Me gusta pensar que, aunque tengo 41 años, soy una persona de mi tiempo. Entonces, por lo general, no quiero criticar los nuevos fenómenos adolescentes, ni el reggaetón, ni el trap… Siempre procuro estar atento y buscar las cosas interesantes que salen de ahí. No menospreciar los demás”

No se podía expresar mejor la actitud necesaria para afrontar la siempre ardua tarea de hacer atractivas las bibliotecas a los jóvenes.

¿Puede que el relato, interesadamente inflado por el PSOE, de una España realmente moderna en los 80 se esté haciendo realidad, de verdad, no de simple chapa y pintura como fue entonces, en los tiempos del postureo? Paradojas de este continuo avance-retroceso en el que vivimos todos, independientemente, de la generación en la que quieran ubicarnos.

 

Arkano, el joven rapero que se ha atrevido a reivindicar los derechos LGTBI en un mundo tan tradicionalmente machirulo como el del hip hop.

 

La violencia de género, las agresiones homófobas, el bullying, el racismo, y tantas otras problemáticas sociales, ocupan titulares cada día. ¿Puede que alguna de estas lacras, en realidad, estén dando sus últimos coletazos rabiosos al sentir amenazada su pervivencia en el siglo XXI? Ojalá que así sea. De momento nos quedamos con un digno representante de estos tiempos millennial.

Portada del disco de Putochinomaricón.

Putochinomaricón es el nombre elegido por Chenta Tsai, un hijo de emigrante chinos que tras estudiar Arquitectura y música en el Conservatorio de Madrid, se ha convertido en estrella de Instagram gracias a sus temas y vídeos caseros. Tsai practica la apropiación, que el colectivo LGTBI lleva haciendo desde hace décadas, de los insultos con que los han atacado, desactivándolos, a partir del momento en que se los aplican a sí mismos. Putochinomaricón lo lleva al extremo al sumar su condición de emigrante.

Uno de los dramas más serios para un millennial daba nombre a unos de sus primeros vídeos: No tengo wifi. Un drama millennial, un drama bibliotecario que no nos podemos permitir: no tener conexión con los tiempos que corren.

 

Bibliotecas cazadoras de talentos

 

Kendrick Lamar se convirtió, hace unas semanas, en el primer rapero en ganar un Pulitzer. Hace 16 años la novela gráfica Maus de Art Spiegelman se convirtió en el primer cómic en ganar un Pulitzer. ¿Acudirán a partir de ahora usuarios, que en su vida han oído hip hop, a las bibliotecas solicitando discos de Lamar?

 

El disco de la década para muchos medios especializados: Damn (2017) de Kendrik Lamar.

 

Joaquín Sabina, cantautor siempre asociado a lo callejero, se ha acercado en varias ocasiones al rap. Con Manu Chao en concreto hizo un irónico tema bajo el título ‘No soporto el rap

La demanda de Maus por usuarios de bibliotecas que jamás leerían un cómic si no fuera porque lo vieron recomendado en su suplemento cultural de cabecera: es un hecho contrastado. Lo de Lamar es más difícil. No porque sea hip hop, ni porque el aura que pueda otorgar un Pulitzer haya perdido fuerza, más bien porque los préstamos de grabaciones sonoras en bibliotecas están en caída libre, y la música, se consume mayoritariamente en streaming.

Pero no estamos aquí para hablar (de nuevo) de prejuicios culturales. Que un premio prestigioso legitime formas de la cultura popular dejándoles la puerta de servicio entreabierta del canon de lo que hay que leer-escuchar-mirar-observar: es algo que la profesión bibliotecaria debería tener superado desde hace mucho. Pero no es así. Pese a ser profesionales de la cultura, los prejuicios, les afectan a los bibliotecarios como a todos. Tampoco vamos a obviar que la brecha generacional en muchos casos juegue a la contra.

 

Lola Flores, precursora del rap incluso antes de que se inventase.

 

El cómic, recién publicado en nuestro país, sobre la historia del hip hop: Hip hop family tree de Ed Piskor.

El hip hop nació callejero, ha ido mutando en garitos, salas de conciertos y periferias de las grandes ciudades. Y ahora, definitivamente, reivindica su lugar en las bibliotecas. Puede que los propios hiphoperos no sean consciente de ello: pero por eso deben serlo los bibliotecarios.

Y quien dice hip hop, dice rock, punk, electrónica, folk, clásica, jazz, pop o, ¿por qué no?, reguetón. Es lo que hace la Biblioteca del Condado de Hennepin en Minnesota a través de su plataforma MnSpin.

Minnesota cuenta con una rica escena musical, y la biblioteca, ha creado una plataforma para que los músicos locales puedan difundir su trabajo y llegue directamente al público.

En Bibliotecas indies, bibliotecas mainstream ya hablábamos de herramientas como Self-e de autoedición, que gracias a recurrir a las bibliotecas como vías de distribución, estaban consiguiendo que muchos escritores desconocidos fueran haciéndose con un público cada vez mayor. Con casos como el de Hugh Howey, autor de la serie Wood, que consiguió vender más de dos millones de libros gracias al apoyo inicial por parte de las bibliotecas.

 

 

MnSpin de la Biblioteca del Condado de Hennepin aspira a lograr algo similar con el talento local. En nuestro país tenemos antecedentes tan estupendos como la Biblioteca-Rockoteca de Peralta (Navarra) que lleva desde 2012 engrosando una de las colecciones más completas sobre rock, organizando conciertos y diversas actividades en torno a la música. El ejemplo de la biblioteca estadounidense es un paso más en este sentido que comparte con otras bibliotecas (las de Seattle, Portland y Nashville) al ofrecer la posibilidad de descargar gratuitamente, a todo el que tenga carné de biblioteca, la música de los artistas locales de cualquier estilo o tendencia.

Una vez al año, se abre el plazo para que nuevos artistas envíen su trabajo a la consideración del comité de expertos, que selecciona lo que va a subirse a MnSpin. Y no solo difunde, también se les ayuda con 200 dólares para que puedan producir sus grabaciones.

 

Shreya Preeti ha subido su álbum ‘Entrance’ a la plataforma MnSpin de la Biblioteca del Condado de Hennepin y ha conseguido difusión y financiación.

 

Bibliotecas-editoras, bibliotecas-discográficas, y ahora: Bibliotecas cazadoras de talentos. Suena demasiado ambicioso pero si el mercado barre a pequeñas editoriales y sellos de discos: ¿por qué no van a compensar las bibliotecas ayudando a proteger la libertad creativa de discursos que pueden ser inicialmente minoritarios?

El amado/odiado disco de C Tangana.

Es obvio que con Youtube y demás plataformas digitales muchos de los artistas actualmente super ventas tuvieron un estupendo trampolín (Ed Sheeran,  The Weeknd, o más cerca, Pablo Alborán).

Pero las bibliotecas pueden aportar un criterio a la hora de seleccionar y ofrecer esa confianza que tanto se alaba cuando se habla de comercios de proximidad versus grandes superficies comerciales.

 

El controvertido C Tangana, ídolo del hip hop patrio, que está empeñado en cuestionar el mundo musical a través de sus actitudes, campañas publicitarias y conciertos. ¿Verdad o timo? como suele plantear la web especializada Jenesaispop.

 

Pero si hay un género, junto al heavy, que moviliza a grandes sectores de juventud pero no recibe el apoyo de la industria: ese es el hip hop. Entre la invasión electro-latina y los clichés del indie parece como si no quedase espacio para más. Pero sí lo hay: las bibliotecas.

Los raperos son el equivalente a los cantautores de los 70 en nuestro país. Los cantautores bebían de la chanson francesa  y los raperos patrios puede que beban de los MC estadounidenses en música, actitudes y discursos: pero hablar de limusinas, pibas, dinero, pistolas y mansiones resulta un tanto impostado (por no decir ridículo). Por eso a la hora de rimar tiran más de referentes literarios y cinematográficos, que los separan de sus modelos yanquis, y los acercan a las bibliotecas.

 

En 2005 con motivo del centenario de la BNE el rapero Zenit participó en un espectáculo en las puertas de la Biblioteca con bailarines de breakdance en el que se rapeó El Quijote.

 

La aclamada trilogía de Virginie Despentes, en la que parte de la figura de un roquero en decadencia, para hacer una cruda crónica de la sociedad francesa actual, y por extensión, de la sociedad occidental.

El rock ha muerto, el punk ha muerto, el grunge ha muerto, el acid house ha muerto, el reguetón ha muerto…al igual que todo nombre de famoso si se busca en Google te sugiere que es gay: todo género musical tiene o ha tenido la coletilla “ha muerto” aplicada en numerosas ocasiones. Otro tanto dicen del hip hop (para así dejarle sitio al trap) pero no lo parece cuando figuras como C Tangana dominan las listas con su propuesta rapera cuestionando la fama mientras se va haciendo más y más famoso.

El hip hop se alimenta de rimas, y letras, letras muchas letras. “Los poetas olvidados” como denominaba a los raperos españoles un artículo de la revista cultural digital ‘Le Miau Noir’. Violadores del versoMala RodríguezSFDKZenit, la malograda Gata Cattana, Lechowski, Sharif Fernández, Los chicos del maíz, RapsuskleiPiezas, etc… son muchos los intérpretes de rap españoles cuyas letras son la poesía de más de una generación. Viene siendo un recurso habitual por parte de profesores de secundaria, explotar las concomitancias entre rap y poesía para atraer a sus alumnos hacia la lectura: ¿y las bibliotecas?

No hacía falta que le dieran un Pulitzer a Kendrick Lamar para que la conexión biblioteca-hip hop se formalizara. Tienen demasiados puntos en común como para no aprovecharlos. La biblioteca freestyle es la biblioteca del futuro, que es presente, la biblioteca que improvisa y no tiene miedo a equivocarse, a trastabillar y experimentar con las bases (de lo que es una biblioteca), ni con las rimas (porque –teca rima ya con todo: no solo con libros).

 

 

Piezas dedicó un tema a Holden Caulfield, el personaje que ha devenido en estereotipo del inconformismo juvenil, que protagoniza El guardián entre el centeno. Piezas trabaja de mozo de almacén en Barcelona entre semana, y los fines de semana, se convierte en una de las figuras mas respetadas en el circuito de hip hop junto al, productor y DJ, Jayder. Un rapero que titula un disco Melancholía (2015) por la película de Von Trier, dedica un tema al libro de Salinger, declara su amor a Nietzsche, e inspiró otro tema en la novela Tokio blues de Murakami. No le hacen falta más credenciales para cerrar este post refrendando todo lo dicho.

 

Tonto el que lo lea (postDíadelLibro)

 

Titular con una frase infantil un post relaja mucho. Nadie puede albergar grandes expectativas visto el arranque. Pero es que después de lo intenso que se pone el discurso cuando de celebrar el Día del Libro se trata: se agradece recurrir a la tontería

Este es el post postDíadelLibro2018 y como todos los años estamos de resaca. Resacosos de citas de escritores famosos, de recomendaciones de libros, de imágenes idealizadas de lectores y libros, de frases entrecomilladas sobre las bondades de la lectura, de mil y una noticias y especiales en todos los medios celebrando al libro y a la lectura. Y ¿hoy qué?, ¿se habrá incrementado el número de lectores por ello?, ¿se cerrarán menos librerías? , ¿se apuntará más gente a las bibliotecas?

 

 

Que no, que no, que no estamos en la última fase de la borrachera, y después del subidón, subidón, nos hemos instalado en el muermo. Que no estamos patéticamente llorosos, proclamando que queremos mucho a la cultura, que la lectura es maravillosa, que los libros son maravillosos, que el muuuuuundooooo es maravilloso. Que no, que no vamos de descreídos, todo lo contrario. El que exista un Día Internacional del Libro está muy bien.

Como mínimo las librerías habrán aumentado sus ventas y las bibliotecas han podido programar actividades para deleite de sus usuarios. Pero es que para promocionar la lectura no queremos un día, queremos todos los días del año. A veces esto de los Días Internacionales de…. es como los propósitos de año nuevo: lavan la conciencia a base de buenos propósitos y después se olvidan con la misma facilidad que se formularon.

 

 

En las bibliotecas el Día del Libro son 365 (porque ahora ya ni los festivos se salvan teniendo plataformas de lectura digital o contenidos audiovisuales a la carta), y no estaría mal que si de verdad se quiere fomentar la lectura, se apostase por las mayores redes de circulación y fomento de la lectura que son las bibliotecas. Pero en pleno día de resaca, no es cuestión de ponernos intensos, por eso hemos recurrido a algo liviano para engalanar el post: a algunas de las viñetas del delicioso cómic Los libros en The New Yorker.

Tal y como demuestran las jocosas viñetas que durante años ha ido publicando el prestigioso medio neoyorquino: el libro, en sus diversas formas, ha sido la piedra angular sobre la que ha girado la cultura desde que se inventó la escritura.

 

 

Los libros han sido la fuente predominante, y única hasta no hace tanto, para indagar en el ser humano. Pero eso siempre ha requerido de tiempo, perseverancia y entrenamiento. Ahora los únicos entrenamientos aceptados voluntariamente son los que imponen los monitores de gimnasio. Si los tiempos no se avienen al esfuerzo necesario para asimilar las páginas de un libro, en lugar de leer libros habrá que leer las mentes, directamente, sin intermediarios, ni filtros. Algo que la noticia postDíadelLibro de que España es el tercer país de la UE que menos gasta en la lectura: solo viene a refrendar. Tanto reality y programa del corazón tenían que dar sus frutos tarde o temprano: leer las mentes ya que no los libros.

El sueño de todo publicista, empresario, político y de cualquiera (padres, hijos, pareja) que aspire a manipularnos para bien o para mal.

 

 

El primer paso ya lo está dando la tecnología. Hace unos días saltaba la noticia de que el más puntero de los institutos tecnológicos del mundo, el de Massachusetts (MIT) ha creado un casco capaz de leer los pensamientos con el nombre de Alter ego. El casco, compuesto de electrodos, detecta las señales neuromusculares que intervienen en la comunicación hablada. De este modo el casco es capaz de interpretar la voz interior: un hábito que, según el artículo de ‘Tendencias 21′ que es donde hemos conocido el invento, es muy común entre los lectores. El soliloquio que constituye nuestra banda sonora interior (efectos sonoros de las tripas aparte) ahora con subtítulos incorporados.

Es una forma pedestre de contarlo porque en realidad lo que hace el casco es transcribirlos en cualquier pantalla o dispositivo con una eficacia del 92%. La noticia tranquiliza por un lado (no puede leer los pensamientos cerrados, es decir los que no están pensados para verbalizarse); e inquieta por otro (la seguridad del dispositivo no está desarrollada por lo que está expuesto al pirateo).

Pensamientos pirateados: un nuevo frente se abre para la legislación que protege los derechos de autor. Aunque antes de legislar habrá que comprobar si los pensamientos pirateados merecen protección. En cualquier caso, cual mantra, ante la posibilidad de intrusismo mental habrá que repetirse continuamente ‘tonto el que lo lea’ como quien  coloca un cartel falso de protección con alarma en la fachada de su domicilio.

 

Los sensores desarrollados por el MIT para detectar la actividad neuromuscular y así transmitir los pensamientos.

 

El relato de Philip K. Dick en que se basó la película de Spielberg.

Quizás porque todo sea cada vez más complejo: el pensamiento se está haciendo tan simple que leer las mentes no va a exigir de tecnologías demasiado sofisticadas. La Inteligencia Artificial en pos de la complejidad humana, y los humanos en pos de la simpleza binaria de lo digital. Era inevitable con tanto SMS, whatssap, emojis y memes. Nos gustaría pensar que más que una involución se trata de un paso intermedio hacia la telepatía. Una forma superior de comunicación, que si se acompaña de empatía, podría ser la solución definitiva para nuestra especie.

En un artículo publicado en ‘Library Journal’ el profesor universitario estadounidense Michael Stephens repasaba cómo se representaban hace dos años (eso en Internet es mucho tiempo pero en el asunto en cuestión la cosa no parece haber variado mucho) los asuntos referidos a libros, bibliotecas y bibliotecarios en el lenguaje de los emojis. Entonces se lamentaba de que no existiera ningún emoji para representar una biblioteca o a un bibliotecario: y dos años después seguimos igual.

 

La historia de Miley Cyrus en emojis.

 

En 2018 Unicode Consortium, que es la organización de publicar nuevos emojis, entre los 157 nuevos monigotes que ha estrenado ha dado cabida a pavos reales, loros, dientes, microbios, rollos de papel higiénico y hasta tiques de la compra. Es cierto que ya existen emojis para libros, lectura, escritura, e incluso algunos emojis de edificios que bien podrían pasar por una biblioteca: pero a ver si para 2019 se crea algún emoji que represente a las bibliotecas/carios inequívocamente. ¿O en realidad no será necesario crear un emoji para representar a la profesión bibliotecaria?

No, no, que no vamos en plan lastimero, todo lo contrario. Revisando los principales emojis que hasta la fecha se han creado para representar las distintas profesiones lo cierto es que prácticamente todos podrían ser bibliotecarios.

 

 

En casi todos emojis laborales hay rasgos bibliotecarios. Tal es el perfil de una profesión que, en los últimos tiempos, va acumulando más capas que una milhojas en cuanto a competencias. Todo le viene bien.

Que si la lupa de los detectives; que si la bata de los médicos; que si el gorro de operario o el mono de mecánico cuando se rompe algo, y aburridos de esperar a que vayan a arreglarlo, agarran la caja de herramientas casera; que si los pinceles en los talleres; y por supuesto, el rayo cruzado en la cara a lo Bowie, porque puestos a ser cool pueden ser los más cool; y no incluimos el gorro de los soldados de la guardia real inglesa porque no queremos enrollarnos, pero es más que probable, que encontrásemos alguna semejanza (si estuviéramos preDíadelLibro habríamos dicho que son como la guardia real de la cultura: pero estamos en pantuflas así que mejor nos ahorramos tales cursilerías).

 

Vida de un bibliotecario en emojis.

 

Pero mirándolo desde otro prisma: que te conviertan en emoji no resulta nada halagador. Casi cualquier historia de un taquillazo de Hollywood o de muchos best sellers (de los de usar y tirar) se podria resumir en emojis. De ahí que tantos espectadores que buscan relatos adultos se hayan volcado en las series. Después de todo que no te jibaricen el pensamiento, que no te transformen en monigote: es de lo mejor que te puede pasar. Manías de ‘letrasados’ que se empeñan en alcanzar la simplicidad sin incurrir en simplezas.

Y mientras se nos pasa la resaca ponemos algo de música. No muy alta. Róisín Murphy tampoco es fácil de estereotipar. Esta tipa, desde que empezara con Moloko en los 90, se ha empeñado en sacar los pies del tiesto una y otra vez. Daría para mil emojis a cual más estrafalario, y aún así, no alcanzarían a describirla por completo. ¡Bien por ella! Terminar con su vídeo Whatever (Lo que sea) es toda una declaración de principios. Lo que sea antes que previsibles, o dicho de otro modo más acorde con el título del post: antes muertos que sencillos.