Little Big Data en bibliotecas

 

Tras cada congreso, curso, jornadas o simposio queda la satisfacción de haber descubierto (con suerte) cosas nuevas, avances, horizontes de futuro para las bibliotecas y la profesión. Los profesionales realmente inquietos vuelven a su día a día con la cabeza repleta de posibles adaptaciones de lo que han oído a sus centros. Y al regresar a sus bibliotecas, les aguarda la realidad.

 

Little Nemo despertando de uno de sus maravillosos sueños.

Little Nemo despertando de uno de sus sueños: ¿una metáfora para muchos bibliotecarios después del congreso?

 

En breve se celebrará otra de esas ocasiones para llenarse la cabeza de ideas (o de pájaros según cada cual). Será el 14 de diciembre en la 9ª Jornada de la Red de Bibliotecas del Instituto Cervantes, en esta ocasión centradas en Bibliotecas y empoderamiento digital. Sin duda lo que plantean promete:

«filosofía del empoderamiento digital en campos como la comunicación, la educación y las mujeres»

 

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Dustin Hoffman protagonista del extraño western de los 70: Pequeño gran hombre.

Confiemos en que lo que allí se hable termine fructificando en mejoras en alguna biblioteca. Pero no es de eso de lo que habla este post, más bien parte de hace dos años, concretamente de la 7ª Jornada de la RBIC que en 2014 versó sobre la relación entre el Big Data y las bibliotecas.

Quedará poca gente que no haya al menos oído mentar eso del Big Data, pero por si acaso, vaya aquí la definición que más nos ha gustado:

«Big Data es como el sexo en la adolescencia: todo el mundo habla de él, nadie sabe cómo hacerlo, todos creen que los demás lo están haciendo y, claro, todos dicen que lo hacen»

En fin, puede que esta definición del catedrático neoyorquino de psicología y economía conductual Dan Ariely, sirva para cualquier asunto candente de esta hoguera de las vanidades digital en la que estamos inmersos: pero en el caso de las bibliotecas aún más. La recopilación masiva de datos, su almacenamiento y posterior tratamiento para sacar conclusiones que nos permitan diseñar estrategias y planificar nuestras campañas, que sería una definición algo más canónica: no es desde luego nada extraño al mundo bibliotecario.

 

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Ilustración de Nieves González de la Universidad de Sevilla que habló en el último Congreso de su tesis: La rentabilidad de la Biblioteca en la Web Social

 

En la 7ª Jornada RBIC, entre otros asuntos, se habló de la perspectiva de futuro que se abría para el profesional de la información gracias al Big Data, y su posible especialización como científico de datos. Y rápidamente dicha figura se ha customizado en lo que se ha dado en llamar Bibliotecario de Datos: otra función más que añadir al largo rosario cuyas cuentas repasábamos en Una verdad (bibliotecaria) incómoda: community manager, social media manager, animadores socioculturales, dinamizadores de clubes de lectura, especialistas en marketing de contenidos, creadores de narrativas transmedias……………………………………….

 

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Definición de lo que sería un Bibliotecario de Datos presentada por Fernando Ariel López, director de la Biblioteca de la Universidad Metropolitana (Argentina) en el Congreso Internacional sobre Metadatos celebrado el pasado junio en la Universidad Nacional Autónoma de México

 

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El profesional de bibliotecas pequeñas ante los retos que les exige el siglo XXI.

Celebremos que surjan nuevos perfiles profesionales para el gremio, pero con cuidado de no pedir peras al olmo. Que lo de bibliotecarios multi-orquesta está muy bien, que vale que los bibliotecarios sean los superhéroes de la cultura y los acróbatas del tejuelo. Pero media un abismo entre estos cuasi cíborgs bibliotecarios de los que se habla y los bibliotecarios de barrio o municipales que han tenido que cogerse días libres para asistir al congreso, ante la incomprensión del concejal o responsable de turno que no alcanza a comprender ¿para qué?: si lo suyo es hacer que guarden silencio los niños, y mantener el orden de los libros en los estantes.

Por eso, aunque lo del Big Data suene muy potente, de momento aquí vamos a centrarnos en el Little Data que viene a ser lo mismo pero en zapatillas de andar por casa.

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Novela romántica post 50 sombras de Grey

Little Data es Loli la hija del Anselmo, a la que le volvían loca las novelas de Johanna Lindsey hasta que descubrió a Amanda Quick y las pide a la bibliotecaria de su barrio; o Rojina que nació en Calcuta, y antes de venirse a España con su nueva familia, sólo había visto la película de Superman de los 70, y ahora devora cómics de superhéroes en la biblioteca del pueblo manchego que ya es el suyo; o Alberto, que después de un año de erasmus en Londres, recurre a los patrones de los viejos Burda que conservan en la biblioteca de su barrio para su proyecto sobre moda y geolocalización con el que piensa presentarse en la escuela de Saint Martins; o Fina, cocinera en la guardería municipal, que se presta las revistas de cocina enganchada como está a la moda Master Chef.

 

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Y aquí ponemos esta imagen vintage de una biblioteca que resulta adorablemente costumbrista, y predispone a lo sentimental.

 

¿Qué?, ¿suena lo suficientemente entrañable? Si es que nos ponemos y nos montamos en dos párrafos un anuncio navideño que no lo superan ni los de Campofrío y la Lotería Nacional juntos. No hay nada como un poco de sentimentalismo bibliotecario barato; ensalzar la figura del sufrido profesional que lleva adelante cada día la biblioteca en un barrio o en un pueblo para obtener más retuiteos y Me gusta que un tuit de El Rubius. Pero no va por ahí la cosa, que el Big Data o el little data no da para tanto almíbar.

Si las grandes empresas (Facebook, Google, Twitter, Amazon, etc…) comercian con nuestros datos para hacernos previsibles y vendernos mejor, sin entrar en otro tipo de espionajes: ¿por qué las bibliotecas no podrían hacer lo mismo para dar servicios personalizados a sus usuarios? Ya lo hacen esos bibliotecarios de barrio o pueblo en analógico, simplemente charlando con ellos a pie de mostrador.

 

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Mr. Robot, la fascinante serie sobre hackers y democracia a la que inevitablemente tendremos que volver más de una vez.

 

Pero en las ciudades, en dónde se pierde lo de Y tú ¿de quién eres?: bien se podrían explotar los historiales de préstamos para ofrecer sugerencias a los usuarios. La labor prescriptora bibliotecaria de la que tanto se habla sustentada en la explotación de la base de datos del centro. Y que cada vez que se compre un documento o se programase una actividad que entrara dentro del ámbito de intereses de un usuario: se les enviase una sugerencia. ¿Podría considerarse intromisión en la intimidad de las personas?

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El caso Snowden en un magnífico documental.

Cierto, hay que ser cuidadosos con estas cosas, sobre todo ahora que quien más, quien menos, enseña su vida en las redes y deja que los bibliotecarios vengativos de la CIA (vengeful librarians, así se denomina al personal de la agencia de inteligencia norteamericana que se ocupa de rastrear internet) o cosas peores: les puedan seguir la pista en cualquier momento.

Seguro que a más de uno le molestaría mucho que su bibliotecario supiera de sus gustos, pero ni se inmuta ante lo que cuenta Snowden en el imprescindible documental Citizenfour (2014).

En fin, que de plantearse algo así, habría que tener siempre en mente lo que dijo Judith González de la Agencia Española de Protección de Datos en las Jornadas sobre Big Data y bibliotecas del Instituto Cervantes: «que los usos de los datos de los usuarios sean para la finalidad por la que cedieron dichos datos

Por ejemplo, desarrollar una app tipo Tinder o Grindr desde la biblioteca que permita conectar (ligar) a nuestros usuarios en base a sus intereses culturales. ¿Tal vez Biblior? Rima con amor ¿No sería bonito? Bien, esto se está saliendo de madre.

 

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«Algo pequeñito, algo chiquitito» Pero, WTF? y perdón por la ordinariez aunque sea en inglés, pero parece mentira que una vez elevado el tono del post con esas referencias tan cool a Mr. Robot y Citizenfour nos salga una canción de Eurovisión. Pero es lo que tiene vivir tanto en digital, que las conexiones neuronales empiezan a deteriorarse de manera irreversible.

En fin, volviendo a coger las riendas de este texto para dirigirlo hacia su final, nos quedaremos con lo que defiende Martin Lindstrom que trabaja como consultor para varias multinacionales, es autor del libro Small Data, y ha recorrido medio mundo entrevistando a la gente para conocer cómo son. En una reciente entrevistaque debería ser lectura obligada en toda biblioteca y por supuesto en toda facultad,(no tiene desperdicio lo que cuenta sobre la Asociación de Libreros Americanos o la anécdota sobre el dueño de IKEA, entre otras) soltaba auténticos titulares tan aplicables al mundo bibliotecario como que:

 

«estamos tan obsesionados con el Big Data que se nos olvida la creatividad. El Small Data, que defino como observaciones aparentemente insignificantes que se identifican en la casa de los consumidores, se refiere a todo […]

 

Amazon acaba de abrir su primera tienda física en Seattle […] ¿Por qué cree que lo hicieron? Por lo que sé, las ventas de libros se están desacelerando en Amazon, e incluso las ventas del Kindle no están creciendo mucho. El Big Data les está diciendo que la interacción personal es necesaria […]

 

el Small Data está impulsado por las experiencias en las compras, el sentido de comunidad, de los sentidos, todo lo que no se puede replicar en línea […]»

 

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Martin Lindstrom dibujando el flujo de la Buyology: o la ciencia de porqué consumimos lo que consumimos

 

Miles de entrevistas, de estudios, de análisis de datos, de elaboradísimos informes para llegar a la conclusión de que las emociones humanas siguen marcando la pauta en este mundo hipertecnificado. ¿Conclusión?: que las bibliotecas de barrio, las pequeñas bibliotecas, que el little data bibliotecario a pie de mostrador va por buen camino. Que la estrategia es la adecuada, que toda innovación suma siempre que se aplique sin perder el norte bibliotecario; y que por muchas pesadillas digitales que puedan inquietarnos hasta hacernos caer de la cama, lo mejor está por llegar.

¿Qué? ¿hemos tocado ya fibra sensible o añadimos música de violines? Esto de enternecer a bibliotecarios bregados en mil batallas es muy difícil, así que dudamos mucho que lo consiga tampoco el cantautor neoyorquino Jascha Hoffman. Pero como su vídeo para el tema Some hungry guy resulta tan apropiado para cerrar el post, nos da igual lo empalagoso que pueda quedar. Nos encanta el Little Nemo de Winsor McCay, no hace falta decir más. Si acaso, dulces sueños.

 

 

2 comentarios en “Little Big Data en bibliotecas

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