Las tripas de la lectura: retorno a las entrañas

Plastinación, ese es el nombre que recibe la técnica desarrollada por el artista y científico alemán Gunther von Hagens, a través de la cual se extrae el agua de un cuerpo, y se sustituye por una solución plástica que endurece los entresijos del organismo y permite, entre otras cosas, exhibirlos en museos, ferias, salones de ciencia, y mil sitios más. Han salido en películas, en mil reportajes y fotografías, acompañados por ese halo de polémica imprescindible para que algo destaque en estos tiempos.

 

 

El grado de malestar y fascinación que provoca la obra de Hagens, aún se queda corto al compararlo con el universo malsano y pesadillesco de las fotografías de Joel Peter Witkin. Bodegones que parecen extraídos de una versión gore del clásico La parada de los monstruos de Tod Browning, en los que la deformidad física, los cadáveres, la muerte y el sexo, se dan la mano en representaciones que podrían figurar entre las pinturas negras de Goya.

 

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Bodegón cadavérico de Joel Peter Witkin

 

El bodegón o naturaleza muerta alcanzó un gran auge durante el Barroco. En el siglo XVII las crisis económicas, políticas, sociales y morales sacudían Europa. Las desigualdades sociales se agudizaban, la intransigencia religiosa y las guerras no dejaron de influir el arte de un tiempo, que se lanzó a la representación del exceso: que celebraba la vida, al tiempo que evidenciaba la muerte. Puestos a rastrear a nuestro presente en épocas pasadas, no nos faltarían periodos, pero quizás sea el Barroco de lo más fecundos a la hora de trazar equivalencias. Por eso, los cadáveres descapotables de Hagens no hubieran desentonado en el interés por la anatomía que se vivió en el Barroco; y algunas de las composiciones de casquería fina de Witkin son (literalmente) naturalezas muertas, que de haber existido la fotografía en el XVII, más de un experto fecharía como propias de ese periodo artístico.

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Obra de Brian Dettmer

Tal vez sea en esa similitud entre este arranque del XXI y lo que se vivía en el XVII, revolución digital mediante: lo que provoca que tantos artistas contemporáneos hayan vuelto su mirada hacia el libro impreso, que en su presunto desahucio por el juicio sumarísimo de lo digital; se transforma en la materia prima de sus obras y de su discurso artístico. Brian Dettmer y sus libros con las tripas talladas al aire; Win Botha y sus esculturas con libros mutilados; Mike Stilkey y sus pinturas a lomos de libros; Ekaterina Panikanova y sus murales de libros abiertos; Alexis Arnold y sus libros cristalizados, cual estatuas de sal, que hubieran vuelto la vista por última vez, hacia la cultura que un día fue suya; o Guy Laramee y sus enciclopedias hechas paisajes.

Vídeo de la charla TED impartida por Brian Dettmer (subtítulos en español)

 

¿Qué mensaje nos da esta devoción hacia el libro impreso como material artístico por parte de tantos creadores en la actualidad? El cuerpo humano congelado en su pose mortuoria resulta insoportablemente lúgubre e inquietante; en cambio, los libros desahuciados, muertos de toda utilidad resultan bellos sin necesidad de necrofilia alguna. Tal vez sea porque los libros, tan biodegradables como sus lectores, transportaron en vida lo mejor (y lo peor) que producen esas máquinas hechas de carnes y huesos que servimos para la plastinación de Gunther von Hagens, o los bodegones tétricos de Witkin; y hasta despojados del fin para el que se crearon, conservan su potencial como símbolos de lo que debería perdurar.

 

Obras de Wim Botha

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Obras de Mike Stelky

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Obras de Ekaterina Panikanova

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Libros gema de Alexis Arnold

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Obras de Guy Laramee

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Pero para espantar cualquier aire lúgubre y mortuorio de esta galería de arte hecha post, vamos a cerrar con una acción artística que demuestra lo poco que importa el soporte, cuando se trata de transmitir emociones. Theorodo Adorno dijo que escribir poesía después de Auschwitz era un acto de barbarie; pero afortunadamente la poesía sobrevivió incluso a Auschwitz. Y ahora que algunos se preguntan, parafraseando al tema de The Buggles: si el ebook matará a la estrella de la imprenta, en Boston han puesto en marcha un proyecto, que hace que esa supervivencia pase a un segundo plano. Con Raining Poetry (Lloviendo poesía), que así se llama la iniciativa, queda claro que lo que importa no son los libros, sino sus contenidos, sus entrañas, que quedan a la vista en mitad del espacio urbano.

 

Mayor's Mural Crew staff Connor Woods and Jerome Jones pour water onto a sidewalk near Park St. station to see where poems will appear when it rains. (Robin Lubbock/WBUR)

El poema sobre la acera desvelado tras arrojar agua

 

Las autoridades locales junto a la organización Mass Poetry, han grafiteado algunas aceras de la ciudad con poemas de escritores locales. Hasta ahí nada demasiado original, la intervención de espacios urbanos con poesías es algo que se ha desarrollado en muchos sitios. La originalidad reside en el hecho de que los poemas se hayan escrito con espray invisible, que sólo se desvela cuando se moja. Es decir, (salvo que alguien arroje un cubo) en los días de lluvia.

¿Hay algo más evocador que pasear bajo la lluvia mientras los poemas van surgiendo marcándonos el camino? Si el post se abría mortuorio, se cierra musical y lluvioso, no es el exultante Gene Kelly que canta bajo la lluvia (sería un exceso tras abrir con Hagens y Witkin): pero es una pieza de arte en movimiento, que transmite tanta energía y tensión, que ahuyenta cualquier indicio de decrepitud.