Greta Garbo en los tiempos de Instagram

 

Greta Lovisa Gustafsson, la divina, la esfinge, la mujer que no reía, con sólo 36 años, en el culmen de su fama, dijo aquello de “quiero estar sola“. Se quitó su disfraz de Greta Garbo, e intentó llevar una vida anónima sólo profanada por los teleobjetivos de algún que otro paparazzi. En el siglo XXI, sería mediáticamente imposible que pudiera existir otra Garbo. Si nuestra Pepa Flores/Marisol también lo consiguió, es porque su retiro fue cuando internet estaba en pañales, y las redes sociales, ni se podían avistar.

David Bowie aprendiendo actitud de la diva Elizabeth Taylor.


Las estrellas en la era del Instagram (pese a los intentos de alguna como Lana del Rey, que tanto empeño pone, o la cantante que ha decidido escamotear su rostro a las cámaras: Sia), no pueden aspirar ni por asomo a ese misterio, a esa aura inalcanzable del que divas como la Garbo, la Dietrich o la Callas hicieron marca de fábrica. Hace años Bowie, visionario en todo, avanzaba una idea, mucho antes de las redes sociales, que hoy cobra toda su vigencia: 


“realmente creo en la idea de que hay un nuevo proceso de desmitificación entre el artista y la audiencia”


Ya apuntábamos en Bibliotecas en el candelabro que la fama se ha abaratado tanto, que en breve, la única distinción posible pasará por el anonimato. Donde antes había misterio, dosificación y distancia: ahora hay cotidianidad, cercanía y una apariencia imposible de normalidad. Gloria Swanson (última cita, prometido) se describió a sí misma y al resto de estrellas que reinaban en los años del Hollywood dorado con esta frase: “nos veían como dioses y nosotros nos comportábamos como tales“. Pero ¿quién necesita a unos dioses domésticos?  

 

Gloria Swanson consciente de su divinidad, y de la vulgaridad del mundo moderno, en El crepúsculo de los dioses (1950)

El rumor como sustento de la fama a través de la historia en este ensayo de Hans-Joachim Neubauer.


En una reciente editorial de la web de música y cultura pop Jenesaispop se extrañaban de que algunos medios, al hablar del atentado durante el concierto en Manchester de la pasada semana, tuvieran que explicar a sus lectores quién es Ariana Grande.

Para una web de música dirigida a un público potencialmente joven: el hecho de que los medios desconozcan a una cantante con millones y millones de seguidores en Instagram: es tan extraño que les lleva a preguntarse si acaso la cultura importa cada vez menos.  Desde esferas culturales alejadas del mundo pop (literatura, músicas alternativas, danza, artes plásticas, en definitiva, todo lo que no sale de Hollywood o de la industria pop) no deja de resultar divertido constatar que, los antaño fenómenos de masas, están viviendo la misma fragmentación de audiencias y público que el resto.

Y es que la sobreexposición de todo, y de todos, no lleva a mayor reconocimiento, simplemente aboca a la saturación. Las redes sociales han troceado la fama y los que son famosos para muchos son ignorados por el resto. Y de este modo nichos de popularidad impermeables entre ellos se suceden descuartizando las audiencias.

Según un reciente estudio, de esos que vienen tan bien para rellenar espacio en los medios (y en este blog): Instagram puede que sea la red social más adictiva. La Real Sociedad de Salud Pública en colaboración con la Universidad de Cambridge avalan esta investigación cuyos resultados alertan de la imagen distorsionada de la realidad que ofrece, y de fomentar el denominado síndrome FOMO: o lo que es lo mismo “el miedo a perderse algo”.

 

Fray Guillermo de Baskerville en la lúgubre biblioteca de El nombre de la rosa (1986)

 

Bien, no vamos a contradecir a tan respetables instituciones, pero aquí tenemos otra teoría. En realidad lo que sucede con Instagram y demás redes sociales es que se pierde el misterio. Y al síndrome que produce la ausencia de un poco de misterio, de intriga, de secreto: aún no se le ha puesto nombre. Y ¿dónde se puede encontrar un poco de misterio, de secreto, de intriga en este mundo transparente y sobreexpuesto?

Ahora cabría esperar un texto con aires panegíricos ensalzando las virtudes de las bibliotecas en estos tiempos desmadrados, de su estatus como instituciones que aún guardan las esencias, la magia y los misterios insondables de la cultura y de mil lindezas más por el estilo: que provocaría escalofríos hasta en los que aún son capaces de soportar powerpoints con frases de autoayuda sin que les salga un sarpullido. Pero va a ser que no.

 

La Biblioteca de Stuttgart (Alemania) tratando de ganar algo de misterio con iluminación azulada.

 

Tras la expectación por Twin Peaks en 2017 no hay otra cosa que el deseo de que el misterio nunca se desvanezca.

Las bibliotecas, como las estrellas de cine o del pop, también perdieron el misterio hace mucho. Si se posee la suficiente capacidad para abstraerse de los tour operators: es posible que algún viajero consiga, con suerte, recrear algo del misterio que poseían esas bibliotecas antiguas, que siempre aparecen como las más bellas, en los listados que los medios publican cuando no saben con qué rellenar el hueco reservado a cultura. Pero en las diáfanas, brillantes, transparentes y futuristas bibliotecas de nueva planta de mediados del siglo pasado en adelante: buscar el misterio es como buscarle un sentido a Twin Peaks.

Tal vez por ello en muchos de estos espacios abiertos, límpidos y de salas con perspectiva: muchos lectores o estudiantes buscan los recovecos, los escondrijos, los espacios muertos entre estanterías, los rincones más alejados de esas panorámicas que tanto gustan a los arquitectos al proyectar los espacios de una biblioteca: y se refugian en ellos. ¿Será en busca de un poco de ese misterio, de ese recogimiento que se respiraba en las bibliotecas antiguas?

Repasando las tendencias en mobiliarios de bibliotecas de última generación, inauguradas recientemente, que recoge el Library Journal: se diría que esa idea se corrobora.

 

Sillones Ziva Lounge en las bibliotecas de Lone Tree de Douglas County

El Privée sofá de la Hewitt Public Library.

Sillas de bola estilo Eero de la Biblioteca Evans del Instituto de Tecnología de Florida. Los espacios de esta biblioteca son tan grandes que los estudiantes incluso preguntan si pueden reservarlas. 

El autobús de la zona infantil de la Biblioteca Metropolitana de Columbus no es que invoque ningún misterio, ni ansia de anonimato; pero da igual, es tan chulo que no íbamos a dejar de ponerlo. 

 

Paradojas de este tiempo: por un lado se busca la transparencia, la exhibición continua; y por otro, se despierta ese anhelo de aislamiento, de intimidad, en definitiva, de misterio. Y a este río revuelto es al que las bibliotecas tienen que acudir a pescar. Por un lado, preservando pequeñas islas de recogimiento en medio de, sus cada vez más, futuristas espacios; y por otro, estableciendo lazos entre esos nichos de popularidad que las redes multiplican, al tiempo que impermeabilizan, aislando a las audiencias. No van a recuperar el misterio, la liturgia, el aura de la que hablaba Walter Benjamin; pero al menos si que tendrán más piezas para moverse en el tablero en el que se está jugando todo hoy día.