Golpe de estado cultural en ciernes

Los tiempos están cambiando, una obviedad para cualquiera que viva mínimamente la actualidad. Y no, esto no va de Bob Dylan, bastante se está hablando ya del flamante nobel para decir algo más por aquí. Esto va del asalto a los cielos, pero tampoco del asalto a los cielos marxista, ni desde luego del remix vintage de Pablo Iglesias. Esto va del asalto a los cielos culturales que se está gestando sin que muchos se den cuenta.

 

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Guerras bibliotecarias, la adaptación al cine del manga homónimo. En una sociedad cuyos medios están totalmente controlados por el poder, los bibliotecarios toman las armas y se atrincheran en las bibliotecas para defender la libertad de expresión y pensamiento.

 

Ya en el post La lectura todo lo magnifica nos hacíamos eco de un momento televisivo de esos que pasan totalmente desapercibidos, pero que los empeñados en leer las señales  jamás cometemos el error de subestimar. En el pasteloso programa de entrevistas hogareñas de Bertín Osborne, el hijo de Ana Obregón defendía su amor por la filosofía y los libros en estos términos: “Yo creo que la filosofía te enseña a pensar, por así decirlo a ser, a tener autonomía en tus pensamientos, no depender de los valores y principios que rigen la sociedad […] encontré un refugio en los estudios, a mí me apasionan los libros.”

Y tan sólo unas semanas después, en la misma cadena en la que según el famoso meme se suicidan los libros: en el único programa que se puede considerar seudocultural de su parrilla, Pasapalabra, el ganador del bote más grande de su historia se lo llevó un poeta.

 

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David Leo en el momento de ganar el rosco de Pasapalabra

 

Pero lo más impactante del hecho no fueron los 1.866.000 euros que se llevó a casa (bueno lo que Hacienda le deje llevarse) fueron sus declaraciones sobre lo que va a hacer con dicha cantidad lo que resultaba más revolucionario. David Leo, que así se llama el ganador, quiere invertir lo ganado en viajar a Japón con su novia (hasta ahí nada que se salga de lo habitual) montar una librería-café, una academia de “saberes inútiles” para que especialistas en humanidades tengan un espacio de intercambio y comunicación, y centrarse en su carrera literaria.

¿Puede hacerse una declaración de intenciones más incendiaria en la cadena de programas como Gran Hermano, Sálvame Deluxe o Mujeres, hombres y viceversa? ¿Telecinco mecenas de las humanidades? Tampoco suena tan marciano, cuando hasta la propia Mercedes Milá está enfrascada en sacar adelante un programa sobre libros bajo el auspicio de Mediaset.

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Ouka Lele fotografiando el Olimpo de Telecinco

 

Táchenlo de paranoico, de ida de olla, de querer ver donde no hay, pero es muy posible que se esté gestando un golpe de estado contra el sistema cultural tal y como lo conocemos en la actualidad. Una subversión de los artríticos esquemas del entretenimiento de masas, un cambio de sentido que arrastre la estulticia que bulle en las redes, y deje flotando todo lo bueno que pulula por la red. Y este golpe de estado provendrá como todos del hartazgo, la saturación, el aburrimiento.  Pero no se manifestará con la rabia de un escupitajo punki, ni con la rancia pana de los cantautores, ni con las flores en el pelo de los hippies: la subversión vendrá desde dentro y casi sin pretenderlo.

Se está fraguando con tipos como David Leo, que no tuvo complejo alguno en convertirse en concursante cuasi profesional de televisión; se cocina a fuego lento en las librerías que pese los agoreros aún abren en muchas ciudades, en las editoriales con propuestas innovadoras; en los cineclubes; y en las bibliotecas, también en las bibliotecas. Pero sólo en las que se dejen hacer.

¿Qué quiere decir eso de dejarse hacer? Pues de lo que va a ir el próximo Congreso de Bibliotecas Públicas que se celebrará en Toledo los días 16 y 17 de noviembre. Uno de los temas que prometen resultar más interesantes es el relativo a los makerspaces, los talleres en los que todo tipo de público tiene acceso a tecnología y equipamientos para fabricar, idear y diseñar prototipos. Un laboratorio abierto a la experimentación, un conciliábulo en el que puede que se termine de diseñar ese golpe de estado cultural que trastoque las cosas.

Volviendo a las señales que hay que estar atento para percibir, en un producto cultural tan mainstream y estandarizado como puede ser un vídeo de Justin Bieber, hay toda una lección de futuro aprovechable desde el mundo bibliotecario.

En 2015 el ídolo de adolescentes daba un vuelco a su estilo musical en un intento de afrontar su evolución hacia un público más adulto. Para su tema Where are Ü now?  rodaron un vídeo en el que fans del cantante tomaban al asalto una galería de arte de Los Ángeles. Las paredes de la galería estaban llenas de fotos de su ídolo, y los fans tenían a su disposición todo tipo de pinturas y rotuladores para intervenir cómo mejor les pareciera la imagen de la estrella. El resultado de todas esas intervenciones terminó convirtiéndose en animaciones sobre la imagen del cantante en el vídeo.

 

 

Bieber, un ídolo 100% millennial como gusta llamar a los nacidos tras los 80, iluminando el camino. Tres años antes, en su gira de 2012, otra estrella musical proveniente de la era pre-Internet como Madonna, se dejaba escribir con rotulador palabras reivindicativas por parte de sus fans directamente sobre su espalda desnuda. Si quieres significar algo (como estrella o como institución) déjate hacer.

¿Tendrán esa capacidad muchos bibliotecarios y bibliotecas? Algunas decididamente lo intentan. Es el caso de Biblioteca Pública Fond du Lac (Wisconsin), primero cedieron las tarjetas de la biblioteca para que los usuarios las interviniesen e hicieran con ellas collages que lucir en sus paredes, y ahora lo cambian por un proyecto colaborativo para que desarrollen un fanzine aprovechando los medios y espacios de la biblioteca. El medio cultural más alternativo y contrahegemónico desarrollado desde una bilbioteca.

 

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Rolo o collage realizado por los usuarios con las tarjetas antiguas de la biblioteca

 

El lema contracultural Do it yourself (Házlo tú mismo) lleva extendiéndose por el mundo bibliotecario anglosajón desde hace tiempo, y no sólo en lo que se refiere a los makerspaces. Es una forma habitual de denominar a los tutoriales de las webs de muchas bibliotecas. Por ejemplo en la web de la Biblioteca de la Universidad de Oregón tienen la sección Library DIY (Biblioteca Házlo tú mismo) básicamente una Ayuda detallando las informaciones que precisas para ser autónomo a la hora de manejarte con sus recursos.

 

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El Do It Yourself de la biblioteca la Universidad de Oregón

 

No deja de ser irónico que Do It Yourself se considere un lema contracultural, cuando es lo que llevan haciendo muchos bibliotecarios desde el principio de los tiempos. Aunque ha sido durante estos años de crisis cuando la cosa ha llegado al paroxismo.

Durante los años de bonanza la megalomanía de algunos ¿responsables? políticos les llevó a erigir grandes infraestructuras culturales que una vez hecha la pertinente foto para los medios, quedaron a merced de unos presupuestos anémicos. Instalaciones estupendas, emblemas arquitectónicos para sus ciudades que los discretos bibliotecarios tenían que llenar de contenido con los mínimos recursos. Tal vez por eso, y no por una decisión estética voluntaria, muchos de las soluciones decorativas tienen no pocas semejanzas con la estética propia de un centro escolar o resultan “adorablemente” demodé.

 

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Saloncito vintage en la Biblioteca Regional de Murcia

 

Y así la limpieza de formas y líneas que el prestigioso arquitecto de turno ideó para deslumbrar a los ciudadanos, conviven con carteles en cartulina, contenedores decorados con papel maché o centros de interés forrados con papel de colorines comprados en un chino. No cabe mejor imagen para expresar el contraste entre los sueños cosmopaletos de algunos y la gestión cotidiana de la cultura a pie de calle que ejercen, entre otros, los bibliotecarios.

Pero precisamente ese es el espíritu. Los millenials adoran el Do It Yourself, y las bibliotecas lo llevan practicando desde siempre. El éxito entre las nuevas generaciones de la estética ochentera está detrás de todo esto, el hacer las cosas con cuatro duros auxiliados por las grandes posibilidades que ofrecen las tecnologías. Donde no alcance el dinero, que llegue el ingenio y la ironía. Sólo así se puede sobrevivir mientras se va gestando este golpe de estado cultural que estamos promoviendo desde dentro del sistema.

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La estética propia de la música vaporware se alimenta de los referentes del pasado, de los primeros ordenadores y del pop más pasado de vueltas de los 80.

 

Y para cerrar con una demostración práctica, nada mejor que un poco de electro-disgusting del dúo barcelonés Las Bistecs. Se dieron a conocer poniendo a caldo el mundo del arte, eso sí insistiendo en que no nos la tomásemos en serio; y en este vídeo además de dar ejemplo de maximizar recursos, morro mediante, nos dejan una honda reflexión: “no tengas fe en el progreso, aunque luego vayas preso“: