En paradero conocido: la biblioteca

 

Del caudal de estupideces que llegan diariamente a través de las redes, el homicidio involuntario de una youtuber, es el que nos sirve de arranque para este post. Lo cierto es que hay mucho donde elegir a la hora de ponerse apocalíptico cuando se habla de redes sociales y del ansia de celebridad que han generado: pero en este caso las circunstancias lo hacen muy propicio para la temática de este blog.

Monalisa Pérez (con ese nombre probablemente desde pequeña pensara que su fin solo podía ser el de ser famosa) mató a su marido Pedro Ruiz de un tiro en el pecho a instancias del propio Pedro. Pero no se trató de ningún tipo de muerte asistida: los dos querían ganar más seguidores para su canal de Youtube. Y por este motivo, según cuenta la crónica, el joven marido convenció a la mujer de que le disparase en el pecho protegiéndose solo con el tomo de una enciclopedia: para luego difundir el vídeo en su canal.

 

Obras de la serie Book guns del artista neoyorquino Robert The.

 

¿Cuántas lecturas se pueden sacar de algo así? Sin duda la de la enciclopedia, no: pero no nos extrañaría que el tomo elegido se convirtiera en objeto de culto para algún necrófilo bibliófilo, o bibliófilo necrófilo, que tanto da. Estudiar la trayectoria que describió la bala, las entradas que atravesó, las páginas que perforó. ¿Qué científicos, literatos, artistas, filósofos o estadistas reventaron su gloria impresa para dejar expedito el camino a los 15 minutos de fama del youtuber? El tomo destrozado de esa enciclopedia será lo más cercano que estarán de la posteridad: Pedro y su mujer Monalisa. Las celebridades que ganaron su puesto en la enciclopedia por logros intelectuales, científicos o políticos seguirán intactas en los fondos de miles de bibliotecas: las únicas capaces de conservar los logros de quienes no necesitan de likes, followers ni retuiteos para perdurar intactos.

 

La ingeniosa campaña de la Biblioteca Nacional de Perú para recuperar libros robados de sus colecciones.

 

En esta cultura de la celebridad histérica en la que vivimos uno de los juegos más recurrentes cada cierto tiempo es el de: ¿Qué fue de…? La mayoría de las veces una excusa para consolar a esas mayorías silenciosas que tanto gustan a algunos políticos. Saber de las desgracias de los que un día fueron los elegidos y ahora tienen que malvivir, o vender sus miserias al mejor postor: es la picota medieval, la horca, la guillotina o el circo romano del siglo XXI. Así, una vez relajados tras el linchamiento mediático: uno vuelve reconfortado a su silenciosa mediocridad.

Pero he aquí, que las bibliotecas, esas locas milenarias empeñadas en maquillarse, operarse, recauchutarse y estirarse lo que haga falta con tal de seguir resultando lozanas: siguen obcecadas en dar munición al disidente, al librepensador, al que se niega a alimentarse culturalmente por lo que dictan las leyes del mercado.

 

Walt Disney congelado en la campaña #VivenenlaBRMU con la que, la Biblioteca Regional de Murcia, ha lanzado su cuenta de Instagram bajo el lema: “Que las leyes del mercado no impongan tu dieta cultural”.

 

En Escaparatismo para bibliotecas recuperábamos la anécdota de cuando Dalí diseñó dos escaparates de la Quinta Avenida de Nueva York en 1939, y al descubrir que durante la noche los dueños de los grandes almacenes (escandalizados por el montaje) habían modificado su idea original: la emprendió a patadas con todo y terminó en el calabozo. Algo así hacen las bibliotecas con esa cultura de escaparate que obliga a que todo tenga una caducidad más corta que un yogur en mitad del Sáhara: darle de patadas con sus colecciones.

Pero seamos justos. Las modas culturales no son cosa solo de los mercados. Las fluctuaciones en los gustos de los críticos, del público y de los medios son continuos. Y las bibliotecas están alerta para rentabilizarlas.

 

Fotografía de Peg Entwistle junto al emblemático lugar que eligió para suicidarse.

 

En el último vídeo de Lana del Rey, Lust for life, se rinde un homenaje (sin acreditar) a la actriz británica Peg Entwistle: que, tras una carrera en Broadway, partió a la meca del cine para triunfar como estrella. Tras vivir la parte más amarga del sueño americano: Peg coparía los titulares tras arrojarse al vacío desde lo alto de la letra H del famoso cartel HOLLYWOOD que domina las colinas de Los Ángeles. Si Thomas Quincey escribió del asesinato como una de las bellas artes: ¿acaso este suicidio no merece un reconocimiento por su valor artístico?

La edición completa de las poesías del joven canario Félix Francisco Casanova.

Irène Némirovsky, John Kennedy Toole, Frances Farmer, Stieg Larsson, Lucia Berlin…son algunos de esos nombres que conocieron el reconocimiento póstumo. Otros como Chavela Vargas o La Lupe (vía Almodóvar), Huysmans (vía Houellebecq), Aldoux Huxley y su mundo feliz (vía Trump), Ed Wood o Margaret Keane (vía Tim Burton) o el joven poeta canario: Félix Francisco Casanova (vía Fernando Aramburu): han conocido un revival sobre su figura u obra a expensas del fulgor mediático de terceros.

Aunque puestos a elegir nos quedaríamos con el cantautor Sixto Rodríguez y su rocambolesco camino hacia la fama y el reconocimiento que se narra en el emocionante documental: Searching for the sugar man (2012).

 

 

La fama, el reconocimiento, la gloria siempre han sido esquivas, caprichosas y volubles. Pero, afortunadamente, en la mayoría de los casos, las obras que merecen la pena siguen disponibles en las bibliotecas. Los atrapados por los cantos de sirena del marketing seguirán, acaso, visitándolas como turistas de tour operator. Pero los que aún ejercen su libre albedrío serán como los viajeros que se toman su tiempo, y se pierden por los callejones que forman las estanterías, esperando ser ellos los que rescaten del olvido alguna joya. Nada, ni nadie, se encuentra en paradero desconocido en una biblioteca.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *