El ángel exterminador bibliotecario III

[Continuación de El ángel exterminador bibliotecario II]

 

VIAJEROS VERSUS TURISTAS DE BIBLIOTECA

 

Estereotipados los gestos los maniquíes bailan, cantaba German Coppini. En nuestra taxonomía improvisada de consumidores culturales en vez de bailar: leen. Puede que también bailen, pero no al mismo tiempo. Y puestos a estereotipar más allá de lo friki o lo hipster: seamos democráticos y prosigamos la observación del encierro que arrancó hace dos semanas con otras dos tipologías de consumidores culturales: los turistas y los viajeros de biblioteca. Es una analogía facilona, cierto, pero nos sirve para entendernos. De hecho ya la insinuábamos hace un tiempo con estas palabras al referirnos a los usuarios de biblioteca:

«Los atrapados por los cantos de sirena del marketing seguirán, acaso, visitándolas como turistas de tour operator. Pero los que aún ejercen su libre albedrío serán como los viajeros que se toman su tiempo, y se pierden por los callejones que forman las estanterías»

Letraheridos (si nos ponemos cursis) versus amantes de los best sellers; lectores con criterio versus lectores que buscan entretenerse; lectores curiosos versus lectores que «no quieren nada que les haga pensar ni sufrir mucho»: y así podríamos continuar ahondando en una brecha clasista, prejuiciosa, y hasta con tintes sexistas, si creemos a las estadísticas según las cuales la mayoría de los lectores pertenecen al género femenino y sus preferencias se decantan por la narrativa. Si tanto queremos que la gente lea: ¿qué más da lo que lea? Una vez dado el pego de igualitarios vamos quitándonos las caretas. 

 

¿Lectora de best sellers de rubio oxigenado y con chándal versus dama de alta cuna lectora de literatura de calidad? La artista Cindy Sherman siempre sacándonos de aprietos a la hora de imaginar estereotipos.

 

La tregua (al menos eso dicen) que parece estar dando la crisis ha hecho que diversas administraciones hayan ido incrementado las inversiones en materia cultural. Desde el gobierno central se lanzó el Plan para el Fomento de la Lectura 2017-2020, en algunas comunidades autónomas se ha aumentado el presupuesto en materia cultural, e incluso en otras se ha aprobado, o se tiene en previsión, sus propios planes de fomento autonómicos.

La lectura cotiza al alza como objetivo en el que merece la pena invertir el dinero público en materia cultural sin que nadie aparentemente lo discuta. Faltaría saber si por convicción o por no salirse del discurso políticamente correcto en materia cultural. Que lean los niños para aprender, que lean los jóvenes para madurar, que lean los ancianos para mantener la mente activa, que lean las minorías para empoderarse (sic), que lean todos: pero mientras sermonearnos para que se lea le seguimos dando a la tecla.

 

#Meleoencima es el hashtag-lema bajo el que se ha lanzado el reciente Plan de Fomento de la lectura de la Región de Murcia. Una comunidad en la que parecen empeñados en que la lectura se convierta en una necesidad fisiológica más. Hace solo dos años también lanzaron una campaña de pegatinas con códigos QR en las puertas de los aseos de su Biblioteca Regional para que los usuarios se descargasen relatos breves en sus móviles.

 

Estos días es noticia el Anuario de Estadísticas Culturales 2017 por su esperanzador diagnóstico respecto a los libros. De entre los datos más llamativos se ha convertido en titular el referido al aumento del gasto en libros en los hogares españoles: de 47,2 euros de media en 2015 a los 60,6 que invirtieron en 2016.

Picoteando cual gallinas en busca de pienso estadístico en el INE también extraemos: que del 58,7% de personas que habían leído libros en el periodo 2008-11 pasamos a un 62,2% en el periodo 2014-15; que de los 20 millones de usuarios inscritos en bibliotecas en 2012 se pasó a casi 22 millones en 2014. Paralelamente el personal a tiempo completo al servicio de las bibliotecas en 2014 se retrajo en 193 trabajadores respecto a 2012. Si los datos fueran los del 2016 no nos cabe la menor duda de que la reducción de plantillas resultaría mucho más dramática.

Los datos que sí eran del 2016 eran los del Barómetro del CIS sobre hábitos de lectura que en cambio resulto bastante desolador con ese 39,4% que reconocía no haber leído ningún libro durante el último año. Si levantamos la cabeza del pienso, según estos datos, los españoles leen menos (dependiendo de quien lo pregunte) pero compran más libros; y se apuntan más a las bibliotecas pero tienen menos personal para atenderles. Paradojas del panorama cultural patrio o la fiabilidad de las encuestas una vez más al aire.

 

Las más de 600 páginas del Inferno de Dan Brown frente a las 167 de Javier Marías: ¿comparativa tendenciosa? Para eso están las comparativas.

 

El ensayo de la historiadora de arte Amy E. Herman que aspira a mejorar las habilidades para observar y percibir lo que nos rodea partiendo del arte.

Evelio Martínez Cañadas, hace unos meses, se preguntaba en BiblogTecarios: ¿Lo importante es que la gente lea?  Hay que fomentar la lectura a costa de lo que sea: pero ¿qué es lectura? ¿saber leer? Si es por eso ahora se lee más que nunca. Curiosamente los best sellers (esa literatura propia de los turistas de biblioteca) son cada vez más y más gruesos: mientras que los ensayos y demás géneros literarios, últimamente, han sometido sus lomos a una severa dieta.

El loable empecinamiento porque se lea a cualquier precio no es otra cosa que una defensa de un concepto de lectura según el concepto predigital de cultura. En tiempos en que las recomendaciones en redes sociales o las agresivas publicidades de las multinacionales han terminado de dar la puntilla a la figura clásica del crítico especializado: ¿somos realmente más libres a la hora de elegir qué leemos, vemos o escuchamos?

Seguimos defendiendo un concepto de cultural decimonónico sin terminar de ver que todo, absolutamente todo está interconectado a la hora de formarse/entretenerse: fomentar la lectura no debería ser solo fomentar la lectura impresa (tanto da en papel como en pantalla), debería contemplar también el fomento de la lectura de las imágenes, de la lectura de los sonidos (nada manipula más que el binomio imágenes+música), de la lectura de los códigos artísticos que se manejan en la actualidad, de la lectura de los videojuegos; y todo cuanto conforma eso que denonimamos cultura. Y ninguna institución más apropiada para ello que la biblioteca pública: en tiempos en que ya nadie puede arrogarse el papel de faro inequívoco por el que guiarnos.

 

 

En la veterana (y exquisita) revista de cine «Dirigido» llevan publicados varios artículos que plantean un debate abierto en torno a lo que supone la crítica en nuestros días. Se podría decir que la crítica cinematográfica está viviendo su propio ángel exterminador; su propio proceso de encierro consigo misma para intentar vislumbrar su futuro en este panorama incierto. La mítica crítica de cine estadounidense Pauline Kael dijo unas palabras que podemos extrapolar a las bibliotecas:

«la grandeza del cine es que puede combinar la energía de un arte popular con las posibilidades de la alta cultura»,

y esa tal vez también sea la grandeza de las bibliotecas públicas. Kael fue un repulsivo en el campo de la crítica cinematográfica a la hora de combinar desprejuiciadamente alta y baja cultura. Y es que la figura del crítico, con todos los reparos que se le quieran poner, sigue siendo necesaria aunque sea por la vidilla que da al mundo cultural (¿qué sería de un estreno de Almodóvar sin una crítica de Carlos Boyero?).

 

La influyente crítica de cine estadounidense Pauline Kael (1919-2001)

 

La previsible reedición del relato de Javier Cercas con la portada de un fotograma de su adaptación cinematográfica.

Y sin dejar el cine, pero de vuelta a lo de la lectura, curiosamente se han estrenado recientemente dos películas, españolas para más casualidad, que giran en torno al mundo de la literatura.

Por un lado la adaptación de un relato corto de Javier Cercas (El móvil) dirigida por Manuel Martín Cuenca: El autor (2017); y otra adaptación, en este caso de una novela inglesa, de Isabel Coixet con La librería (2017). Sin entrar en valoraciones críticas (aunque los títulos de crédito de la primera con música de José Luis Perales ya apuntan maneras) lo cierto es que el discurso sobre la creación literaria y los libros no es especialmente novedosa. Lo cual no es malo, a priori, si a cambio te ofreciera tensión (en el caso de El autor) o emoción (en el caso de La librería).

Pero pese al enfrentamiento alta/baja literatura representado en el enfrentamiento entre marido y mujer en El autor: ella, exitosa autora de best sellers; él, escritor frustrado por querer hacer literatura «de verdad»: el discurso, tanto en una como en otra, sobre la literatura se recrea en el concepto más canónico de lo que se sigue entendiendo como cultura respetable. Un predicar a convencidos, una renovación de votos, una absolución sin penitencia para quienes cada vez leen menos: pero retuitean todo mensaje edificante que llega a sus pantallas incitando a que los demás lean.

 

Libro y adaptación cinematográfica.

 

La excelente adaptación de la obra del dramaturgo Juan Mayorga.

El director François Ozon, hace cinco años con su adaptación de En la casa de Juan Mayorga: sí que dio en el clavo. En esa historia la escritura, la creación, la literatura, la cultura era fuente de emoción, de inquietud, de pasión: y conseguía arrastra tanto a viajeros, como a turistas de biblioteca a una historia que enganchaba hablando de cultura.

Pero la guinda a este rifirrafe literario-cinematográfico a cuenta de la lectura, los viajes y los turistas de biblioteca proviene de las redes. Uno de nuestros astronautas bibliotecarios favoritos nos ponía sobre la pista del estudio, recién publicado por la revista Scientific Studies of Literature (¿y quién es esa?), que sostiene que leer ciencia ficción hace que leas peor.

Manual ideal para talleres de escritura creativa, para aprender a escribir alta literatura.

 

Según lo que resume Uvejota, en su estupendo blog, el citado estudio viene a ser la última muestra de los prejuicios que siguen recayendo sobre los géneros a la hora de valorarlos como literatura respetable.

Puede que el abuso de estilemas, términos, tramas, recursos narrativos, personajes y escenarios predisponga a una atención lectora más descuidada: pero ¿acaso no pasa lo mismo con el resto de textos? ¿acaso los textos con vitola de cultos no recurren a convenciones narrativas o estilísticas que aspiran a pasar la prueba del algodón de su público?

Algún día habrá que hacer un estudio comparativo entre los textos ensayísticos que dieron en la diana a la hora de predecir nuestro presente; y las obras de ciencia ficción, escritas o rodadas, (tanto da) que anticiparon lo que sucedería.

CDU: una flor por deshojar.

Ya va siendo hora de acabar con los falsos compartimentos en los que se quiere seguir separando los conocimientos. Puede que la CDU sirva para disgregar las ciencias de la novela, la tecnología de la poesía, la informática de la filosofía, o la economía del arte: pero que sea solo en las estanterías, nunca en nuestras mentes.

Y aquí lo dejamos, con las espadas (de juguete) en todo lo alto. Poniendo el punto y seguido con cine: concretamente con una escena de Amor y letras (2012) una película no especialmente memorable (ni tampoco despreciable) pero que, precisamente por eso, ejemplifica bien todo lo dicho hasta el momento:

 

CONTINÚA en El ángel exterminador bibliotecario IV

3 comentarios en “El ángel exterminador bibliotecario III

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