Dale una oportunidad a la estupidez

 

La fórmula musical del dúo británico Pet Shop Boys siempre ha combinado hábilmente los ritmos más bailables con unas letras, unas veces, melancólicas, y otras, críticas pero sin proclamas. Todo envuelto con esa ironía con que los británicos (algunos) suelen dar en la diana del comentario inteligente.

Hace unas semanas, como anticipo de su próximo disco, han lanzado a las redes su tema: “Give stupidity a chance” (Dale una oportunidad a la estupidez). En principio parece inspirado por el temido Brexit, pero lo cierto, es que podría aplicarse a tantísimas cosas de la actualidad: que cualquiera podría apropiársela desde muy diferentes perspectivas.

Si tras millones de años del homo sapiens en el planeta el supuesto jefe de todo esto, Donald Trump, declara que nunca lee libros porque no tiene tiempo: puede que ya no sea necesario dar ninguna oportunidad: campa a sus anchas. Siempre se podrá argüir que cualquier tiempo pasado fue más estúpido si admiramos los avances a los que hemos llegado. Pero precisamente por ello, cuando más avanzados estamos, más flagrante resulta la supervivencia de la estupidez. Y ni las bibliotecas quedan a salvo.

 

 

Entre 2009 y 2011 se emitió el programa de entretenimiento en la televisión estadounidense bajo el nombre de Silent library. Siguiendo la estela del éxito de la MTV en los 90, Jackass, que por si alguno no lo recuerda: se trataba de un programa que puso de moda las bromas pesadas a las que se sometían, voluntariamente, un grupo de descerebraos orgullosos de serlo y mostrarlo.

Pero dejemos para otro día la cronología evolutiva de la estupidez, en los tiempos modernos: y volvamos a Silent library. En este programa, los retos, a cuál más idiota, los llevaban a cabo un grupo de maromos en la sala de una biblioteca. La idea era infligirse voluntariamente diversas torturas, pero siempre respetando el silencio de la biblioteca. Al menos en eso eran respetuosos.

 

 

Y no sabemos si inspirados por ese programa, en 2001, unos universitarios de Tennessee decidieron emularlos. Una noche en que la biblioteca estaba abierta para servir como sala de estudio (más argumentos contra las bibliotecas como salas de estudio): el joven de diecinueve años, Wesley “Crusher”, pensó en lo divertido que sería lanzarse por la tolva (el tobogán, muy propio de los edificios estadounidenses, que conecta los pisos de un edificio con la lavandería o el contenedor de la basura que se ubican en los sótanos) que se abría en una de las paredes de la biblioteca. Lo malo es que en las bibliotecas no tiene ningún sentido que haya una tolva para la ropa sucia…

¿Qué bonitas historias de aplastamientos no habría imaginado el entrañable (por lo de entrañas) bibliotecario André de Lorde de haber existido los compactos en su época?

En realidad el divertido tobogán no iba directo a una montaña de ropa sucia: sino a una prensa de libros y despojos para reciclar. Finalmente el pobre Wesley terminó de la manera más gráfica imaginable: triturado junto con los libros que los bibliotecarios habían ido expurgando y arrojando por la tolva.

Una historia, por otra parte, que habría hecho las delicias de André de Lorde, bibliotecario y creador del teatro parisino del Gran Guinol, que en sus obras teatrales recreaba las más elaboradas formas de torturar y masacrar.

 

 

En 2006 los Premios Darwin dieron pie para una comedia protagonizada por Joseph Fiennes y Winona Ryder.

El caso es que a título póstumo, claro está, el joven Wesley “Crusher” (nombre por cierto de un personaje de Star Trek) se alzó con uno de los premios Darwin que se entregan a aquellos individuos que fallecen en trágicas circunstancias por hacer el imbécil.

Un premio creado en los 80 para reconocer el mérito de aquellos sujetos que mejoran el acervo genético de la especie al extinguirse. Una forma de agradecerles que, dada su estupidez, desaparezcan del mapa sin dejar su huella genética.

Los Premios Darwin propician una sospecha que los tiempos no hacen más que apuntalar: ¿qué es lo más característico del ser humano: la inteligencia o la estupidez? Si nos atuviéramos a lo que más prolifera sin duda tendríamos la respuesta. Y algo así es lo que está experimentando hasta la propia Inteligencia Artificial.

Según publicaba el semanario ‘Newsweek’: científicos de la Universidad de la Sorbona y de Louisville aseguran que la manera de controlar a la Inteligencia artificial para que no termine superan al “limitadito” sapiens: pasa por ‘enseñarle’ a ser estúpida. De acuerdo, es un titular de lo más sensacionalista, pero hablando de estupidez siempre resulta más ilustrativo predicar con el ejemplo.

Según los especialistas Michaël Trazzi y Roman Yampolskiy: “la IA se hace artificialmente estúpida cuando se introducen deliberadamente limitaciones que coincidan con la capacidad de un humano al realizar una misma tarea.”

 

 

Peter Farrelly ha aparcado a su hermano, Bob, y ha filmado una película sobre dos tipos que, por una vez, no hacen gala de una estupidez supina.

El escritor Luisgé Martín, en su ensayo “El mundo feliz: una apología de una vida falsa”, aboga por la mentira y el engaño que proporciona esa Inteligencia Artificial para huir de lo absurdo e inútil de la existencia humana. Y lo cierto es que pareciera que llevamos entrenándonos para ello desde hace mucho.

Según sostiene Martín dando pie a suculentas reflexiones:

“no hay más imbéciles que en el siglo XII o XVIII, pero ahora la mayor parte de ellos creen que no lo son. La causa está en el prestigio social de la tolerancia, en la democratización de la inteligencia y en la exaltación del respeto a los gustos y opiniones de todos.”

 

Pero volviendo a esos años 90 de la MTV de los que hablábamos antes, en esa misma cadena, unos personajes como Beavis and Butt-Head explotaban el humor más cafre en sus intervenciones. Fueron los años en que Homer Simpson se convirtió en un icono cultural; y las películas de los hermanos Farrelly [Dos tontos muy tontos (1994), Vaya par de idiotas (1996)…] llenaban los cines. Y precisamente, como un diamante en bruto, a mitad de los 90: nacía Internet. Una genealogía de la estupidez contemporánea que alguien tenía que registrar.

 

 

Preservar las señales de nuestro tiempo para que, en un futuro, se pueda datar cuándo fue el momento en donde se inicio esta deriva hacia la estupidez: resulta de lo más interesante. De ahí el empeño de algunas bibliotecas y bibliotecarios por conservar una de las expresiones más sintéticas y definitorias de nuestra época: el meme.

Know your meme, la web más conocida que se dedica a la investigación de memes y documentos de Internet que se vuelven virales.

En inglés meme proviene de esa información mínima que va pasando de una generación a otra conformando conductas y construcciones culturales, según formuló Dawkins en su célebre ensayo ‘El gen egoísta’. En cambio, su deriva en la red tiene que ver con esas imágenes (estáticas o en movimiento) de carácter jocoso en las que se proclama alguna obviedad u opinión chocante sobre algún asunto. Y frente al esquematismo del inglés, nuestro mucho más rico castellano, hace que tenga una gran similitud con un término tan expresivo de nuestro idioma como es el de ‘memez’.

 

La estadounidense Amanda Brennan cursó estudios de Biblioteconomía en la Universidad de Rutgers, en Nueva Jersey. Tuvo claro, desde el principio, que su campo de acción sería Internet. Lleva años recolectando memes y muchos otros objetos digitales de los que pululan por la Red.

 

El pasado julio una entrevista en ‘eldiario.es’ con Mar Pérez Morillo, responsable de las redes sociales y de la preservación de webs en la Biblioteca Nacional se redujo (los clics mandan) a que la institución bibliotecaria más importante de nuestro país estaba guardando memes. Algo que es cierto, pero como casi todo en la red algo reducido, ya que la labor de la BNE en ese sentido va mucho más allá. Como bien declaraba Pérez Morillo sobre la misión de preservación que deben jugar las bibliotecas: “cuanto más seamos capaces de guardar más fidedigna será la imagen que podamos ofrecer en el futuro de cómo era nuestro mundo de hoy“. Eso sí, se debería advertir en alguna cláusula: que se exime de cualquier responsabilidad a las bibliotecas recolectoras por lo poco favorable que pueda resultar esa imagen futura.

 

En enero de 2017 una protesta anti-Trump irrumpió en la Biblioteca de la Universidad de Washington. Un estudiante (o bibliotecario no está muy claro) les llamó la atención y fue grabado. El vídeo se hizo viral en pocas horas y dio lugar a muchos memes y remixes en Youtube. 

 

En el relato de Jack London, La ley de la vida, el anciano de la tribu es dejado atrás por su comunidad de cazadores nómadas que no pueden cargar con él por pura supervivencia. Lejos del anciano, que se resigna a su destino igual que lo hicieran sus antepasados, las bibliotecas (que hablando de cultura son las veteranas): no parecen estar muy dispuestas a que las dejen atrás. Y siguen cazando y recolectando allá donde sea necesario para no dejar de ser parte de la tribu.

Si la evolución premia ante todo la supervivencia, el seguir adelante como sea: ¿será la estupidez el siguiente paso evolutivo? ¿quién asegura a los que defienden a bibliotecas, librerías y a la cultura en general: que están en el bando correcto? ¿no deberían aparcar un poco los libros y dedicarnos más al sexo (con fines reproductivos, claro está)? En cualquier caso seguiremos expectantes el desarrollo de los acontecimientos.

 

2 comentarios en “Dale una oportunidad a la estupidez

    • Deberían haber empezado por la estupidez a la hora de programar a la IA. Partiendo de ahí los pobres robots se despitarían menos a la hora de imitarnos. :))

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