Club de lectura de prensa rosa: bibliotecas en el candelabro

 

 

Si hay un asunto que ha capitalizado los más encendidos debates en el ámbito de la biblioteconomía durante las últimas décadas (incluso aún más que las apasionantes discusiones sobre la posición correcta de los tejuelos o las encendidas disquisiciones en torno a si forrarlos es una afrenta estética a los libros o una optimización de recursos): ese asunto ha sido, sin duda, el de la presencia de las revistas del corazón en las bibliotecas.

¿Cómo? ¿qué es la primera noticia al respecto? Bien, puede que hayamos exagerado un poco. Pero si vamos a hablar de publicaciones que hacen del bulo, la exageración y las informaciones sesgadas su razón de ser: habrá que contemporizar desde el principio, ¿no?

 

Marcello Mastroianni y Anita Ekberg en La dolce vita (1960) la película de Fellini en la que se acuñó el término paparazzi.

 

Terenci Moix, uno de los pocos literatos que se atrevió a abordar abiertamente el mundo rosa en títulos como Garras de astracán o su novela Chulas y famosas.

Si lanzamos una búsqueda en el catálogo de la Biblioteca Nacional encontramos todas las cabeceras clásicas de este tipo de publicaciones (Lecturas, Semana, Diez minutos, Pronto, y por supuesto ¡Hola!). En el caso de la BNE es lógico que se integren en sus colecciones; pero muchas de estas publicaciones también lucen en las hemerotecas de bibliotecas sin responsabilidad patrimonial alguna. De hecho cada vez es más fácil que la prensa del corazón llegue a una biblioteca: exista, o no, suscripción de por medio.

Cuore, Love, QMD! o In Touch son algunas de las nuevas incorporaciones de bajo coste de este tipo de publicaciones que se regalan junto a la suscripción de algunos periódicos. Así pues la decisión sobre si se desechan nada más llegar o se ofrecen a los lectores: recae por entero en el bibliotecario.

En muchas ni se plantean despreciarlas cuando, en muchas ocasiones, son la única razón por la que algunas vecinas del barrio se acercaban a la biblioteca (al menos hasta la invasión absoluta del espacio televisivo por lo rosa). Pero pese a todo: la doble moral, como en tantas otras cosas, campa a sus anchas cuando de prensa del corazón se trata. Desde que en 1940 iniciara su andadura la más longeva de las revistas del corazón, Semana, la prensa rosa no ha hecho más que ocupar más y más espacio en los medios de nuestro país ofreciendo pingües beneficios.

 

Puede que las revistas del corazón no existieran en la Antigua Roma (tal y como simula esta imagen de la cuenta de Twitter: Antigua Roma al día): pero los cotilleos y rumores son un puntal de la civilización y, según expertos como Robin Dunbar, hasta de la evolución.

 

La serie Historia de la vida privada de George Duby y Philippe Aries.

Los mundos artificiales que venden este tipo de publicaciones son desdeñados, menospreciados, pero no por ello, desaprovechados. En cierto modo con la prensa rosa se opera igual como con la pornografía: se desprecia de manera oficial, pero se aprovechan sus beneficios de manera oficiosa.

Los medios que se reconocen como legitimados para hacer el relato veraz (¿?) de la actualidad: camuflándola bajo el epígrafe de Sociedad (y como se ha dicho regalando ejemplares en sus ediciones de fin de semana); y las bibliotecas, no sin cierta mala conciencia, exponiéndolas entre las National Geographic, las Muy interesante o el XL Semanal. Al final va a resultar que las únicas honestas en este sentido son las peluquerías.

Pero por centrar algo la cuestión: dado que la prensa rosa, por muchas mutaciones a las que la estén sometiendo la televisión, primero; y las redes sociales, segundo: parece que va a sobrevivir a futuras glaciaciones culturales: ¿por qué no convertirla en aliada? Auguramos un gran éxito (aunque sea en exotismo) a la primera biblioteca que se anime a poner en práctica la blasfemia bibliotecaria definitiva que aquí ofrecemos: un club de lectura de prensa rosa.

Bien, una vez relajada la ceja o el labio superior que se han alterado en gesto de desagrado a más de uno: procedemos a matizarla o al menos a argumentarla, que no a justificarla.

 

Cría cuervos (1075) de Carlos Saura: epítome del cine de autor.

 

Si repasamos cinematográficamente la España de los 60-70 (época en la que la prensa rosa conoció un auge que no haría más que incrementarse en los siguientes años): ¿que sirve mejor para hacerse una idea rápida de la escala de valores, estéticas y cambios que estaba experimentando la sociedad española? ¿Acaso el cine de autor que cultivaban  Carlos Saura, Juan Antonio Bardem, Gonzalo Suárez, Basilio Martín Patino, o más adelante, Manuel Gutiérrez Aragón? ¿o las menospreciadas “españoladas” protagonizadas por Alfredo Landa, José Luis López Vázquez, Paco Martinez Soria o Florinda Chico?

 

José Sacristán y Gracita Morales en ¡Cómo está el servicio! (1968)

 

Celebrity (1998): Woody Allen ya abordaba la cultura de la celebridad antes de arrancar el nuevo siglo. No podía prever que aquello no era nada para lo que estaba por venir.

Lo popular, aún con sus deformaciones grotescas, termina capturando muchas veces con mayor precisión el inconsciente colectivo de un momento histórico; que las elaboradas elucubraciones de mayor enjundia artística e intelectual. Pero el retrato más exacto, o al menos más interesante, será el que surja de las fricciones entre esas “españoladas” y ese cine de autor. Y por ahí van los tiros cuando hablamos de fundamentar un club de lectura en la prensa rosa.

Dado que el cotilleo es un avance evolutivo como sostiene el antropólogo y biólogo Robin Dunbar: ¿por qué no explotarlo bibliotecariamente hablando? El guilty pleasure (disculpen el anglicismo, saturados como estamos, pero se entiende incluso más rápido que lo de “placer  culpable”) del cotilleo puro y duro se reviste de seriedad si acudimos a argumentos sociológicos y antropológicos. A continuación algunas sugerencias en adecuado rosa chicle:

 

¿No resultaría interesante buscar paralelismos entre el exquisito mundo de Guermantes que Proust describía tan pormenorizadamente en su obra magna y las élites que aparecen en (aquí hacemos algo de trampa, porque empezamos con un ejemplo que se desmarca cualitativamente del resto) Vanity Fair? En este caso las comparaciones no serían odiosas, sino necesarias, para observar cómo han evolucionado las clases dirigentes durante los últimos dos siglos.

 

El mundo de Guermantes frente a frente a la princesa Grace de Mónaco en Vanity Fair (que no por nada incluye el famoso cuestionario Proust).

 

Edith Wharton y su perspicaz disección de la sociedad neoyorquina de principios del siglo XX: ¿no ampliaría su potentísima carga irónica si se la acompañamos de una comparativa con las declaraciones, aspiraciones y sueños prefabricados que expresan muchas de las celebridades protagonistas del ¡Hola!?

Solo hay que repasar el discurso cursi, relamido y profundamente reaccionario con el que la publicación ha ensalzado a las élites desde el franquismo: y constatar como ahora ese mundo de Sissi Emperatriz se deshace a cada nueva imputación, condena o encarcelamiento de sus, otrora, intachables protagonistas.

 

La cañera Teoría King Kong de Virginie Despentes frente a frente al posado veraniego de Ana Obregón.

 

¿No resultaría esclarecedor, a la vez que muy divertido, plantear un club de lectura basado en la Teoría de King Kong de Virgine Despentes; e intentar ubicar en qué tipo de mujer de las que plantea la autora (“feas, viejas, camioneras, frigidas, mal folladas, infollables, histéricas, taradas […] mujeres a las que les gusta seducir, que sepan casarse, que huelan a sexo o a la merienda de los niños”)  se pueden clasificar a algunas de las protagonistas de Pronto, Lecturas o Semana?

 

Las amistades peligrosas de Choderlos de Laclos en versión de Stephen Frears: la maledicencia hecha arte.

 

El fallecido Terenci Moix, cuyas novelas Garras de astracán o Chulas y famosas se nutrían de la prensa rosa para dibujar el esperpéntico retrato de la España de los 90: en una ocasión comparó, probablemente obnubilado por el influjo de su amistad con ella, a Isabel Preysler con las damas que reinaban en los salones de la Francia del siglo XVIII.

 

Una comparativa que chirría a más de uno. Pero tenemos excusa: fue cosa de Terenci Moix.

 

Para quienes hayan disfrutado de ensayos tan deliciosos como Madame du Deffand y su mundo: con su crónica de las veladas en las que se reunían los enciclopedistas y grandes pensadores de la época, gracias a mujeres con la talla intelectual de Madame du Deffand o Madame de Staël: la comparación no puede más que chirriar.

Al menos si hubiese comparado a la peletera Elena Benarroch, íntima de la Preysler y de Moix, y experta en reunir en su salón a las figuras más dispares de la vida cultural e intelectual de nuestro país: la cosa habría sonado algo menos forzada.

Eso no resta curiosidad hacia la figura de una mujer, a priori nada estimulante intelectualmente al menos, que ha encandilado a figuras como Miguel Boyer o Mario Vargas Llosa. Si su figura sirve para montar un club de lectura sobre las grandes damas de los salones del XVIII francés: ¡qué viva la Preysler!

 

Lola Montez, la bailarina y actriz amante de Luis I de Baviera frente a frente a Bárbara Rey.

 

Cuando El País dedicó su portada a “la princesa del pueblo”: algunos de sus lectores se escandalizaron porque la prensa seria se hiciera eco de los gustos de la plebe.

¿Acaso autores como Shakespeare, Balzac, Galdós o Wilde hubiesen desdeñado lo que se puede extraer del revolucionario espacio Sálvame de Telecinco? Obviamente no por su veracidad o interés narrativo; sino por su capacidad para manejar los recursos de un culebrón infinito, chusco y grotesco del que se pueden extraer jugosas reflexiones sobre valores, principios, y ausencia de los mismos, de nuestro tiempo.

Como declaraba el directivo de Mediaset Paolo Vasile: Telecinco ha inventado la televisión circular. Un microcosmos que se autoabastece a sí mismo para generar un relato lleno de ruido y de furia sobre el vacío más absoluto. ¿Estará en un rincón del plató de Sálvame el Aleph del que hablaba Borges?

Y para cerrar este texto saturado de rosa chicle: una tonelada de dulces. En la película checoslovaca de 1966: Las margaritas, dos chicas jóvenes concluyen que el mundo está corrompido por lo que deciden corromperse ellas también entregándose a todos los excesos posibles (en este vídeo además con el añadido del tema Honey del grupo de aires psicodélicos Alien Tango). Y es que como en Las criadas de Jean Genet o la última cena de Viridiana: el servicio/los parias han tomado posesión de las estancias de los señores y no parecen dispuestos a abandonarlas. La fama se ha abaratado tanto, que en breve, la única distinción posible pasará por el anonimato. Y por la cultura, y si no, tiempo al tiempo.

 

 

3 pensamientos en “Club de lectura de prensa rosa: bibliotecas en el candelabro

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  2. Hola Vicente!
    Yo soy bibliotecaria, de 40 años!, y confieso esos placeres culpables; como la ropa, el vino dulce y como dicen ustedes, el cotilleo.
    Imagino algo parecido a la felicidad, como ver !los goles de Messi!
    Nada, creo que hay una entrada a la literatura de letras mayores, luego vendrán quizás los libros de autoayuda… de lo profano a lo erudito. !a comer con los dedos como los amantes!, cada hoja cada huella de vida, y después habrá tiempo y paciencia de algunos pocos (cuando fueron muchos los letrados), a despedazar las sombras de unas luces que nunca existieron. !Gracias!

    • ¡¡Gracias a ti por esta confesión tan fantástica!! En definitiva ¿qué habría sido de El Quijote sin los libros de caballería, de las novelas de Dickens sin el folletín o de los escritores latinoamericanos del boom literario de los 60 y los 70 sin el abono que supuso el culto popular al culebrón para el realismo mágico? Como bien dices de lo profano a lo erudito: no hay que ahorrarse placeres culturales. No hay nada vergonzoso en disfrutar de una hamburguesa si también se tiene entrenado el paladar para platos más elaborados. En el siglo XXI quien solo mira por un ojo a la cultura está condenado a la obsolescencia programada.

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