Mujeres que nos gustarían como bibliotecarias [2]: María Martinón-Torres

 

La infancia de la actual directora del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH), María Martinón-Torres, y sus seis hermanos: está esperando a que alguien la convierta en cuento infantil.

Su título: Los siete hermanos que se criaron con 20.000 libros actuaría de reclamo inmediato para bibliotecarios obsesionados con combatir el síndrome de nido vacío bibliotecario que se produce a partir de ciertas edades. Y es que así tituló, con muy buen tino, ‘El País’, un artículo que dedicó en 2016 a los hermanos Martinón-Torres. Una estupenda crónica de una familia que se desarrolló al calor de los libros, y que han destacado, en los diversos campos profesionales a los que se han terminado dedicando.

La tercera de esos niños es una de esas mujeres que nos gustarían como bibliotecarias. #BibliotecariasenPotencia. Pero el que se haya convertido en una de las principales expertas en evolución humana del mundo nos viene infinitamente mejor.

Tal vez al comprender un poco más de dónde venimos podremos aventurar un poco hacia donde nos dirigimos. Las posibilidades que tienen las bibliotecas de los sapiens en un mundo hipertecnologizado. Y es que cuando la curiosidad se confunde con la impaciencia por saber qué sucederá en el episodio siguiente: toparse con alguien como María Martinón-Torres calma la ansiedad. Nos recuerda que tenemos la capacidad de ser espectadores de nuestro propia evolución. Y ese, sin duda, es el mayor de nuestros privilegios como especie.

 

MARÍA MARTINÓN-TORRES

 

Fotografia de Juan Manuel Serrano Arce.

 

Habiendo crecido entre 20.000 libros, como rezaba el titular del artículo de ‘El País’, está claro que una de las posibilidades era que hubieses terminado como bibliotecaria. ¿Has continuado esa tradición familiar de crear una gran biblioteca propia o la lectura digital ha sido un alivio para solventar problemas de espacio?

Confieso que todavía no he sucumbido a la lectura digital y que me parece difícil que lo haga. Un libro digital es una solución práctica, pero jamás tendrá la personalidad de un libro impreso, con sus páginas, su lomo, su cubierta. Los libros, como la gente. ¿Quién sustituiría un encuentro en persona con alguien a quien quieres por una conversación por WhatsApp? Con un libro de papel se establece otra intimidad.

Según el último Baremo de Hábitos de lectura en nuestro país la ‘deserción’ de lectores a los 15 años es abrumadora. ¿Cómo fomentaban tus padres el amor por los libros entre sus siete hijos? ¿Había alguna estrategia o surgía por simple imitación del modelo paterno y materno? Queremos tomar nota a ver si es aplicable para ese síndrome de nido vacío bibliotecario que se da en nuestras secciones juveniles.

Yo creo que el ejemplo es fundamental. Las nuevas generaciones crecen viendo a adultos mirando pantallas de móviles y ordenadores. Otra razón más para defender el libro impreso. Además, hay gente que jamás ha ido a una biblioteca.  A las bibliotecas hay que ir como un naturalista va al campo, con los ojos abiertos para poder descubrir cosas. No hay mayor deleite que pasear por las estanterías de una biblioteca. 

 

María Martinón-Torres en el yacimiento de Gran Dolina: uno de los yacimientos de la sierra de Atapuerca. En 1998, María, se integró en el equipo de investigación de Atapuerca.

 

Crecer entre 20.000 libros tiene sus consecuencias. En 1990, el proyecto de científica que era María Martinón-Torres en su colegio de Orense, ganó el primer premio en castellano del 3º Concurso de Cuentos Repsol. De la literatura a la ciencia sin solución de continuidad.

En el ensayo de Yuval Noah Harari, Sapiens, se sostiene que una ventaja del Homo sapiens frente al Neandertal se cifra en su capacidad para construir historias que organizasen el mundo, inventar dioses y relatos. ¿Se podría decir que la invención de la imprenta y la creación de las bibliotecas ha jugado un papel importante en nuestra evolución; o en realidad, sería algo irrelevante en el conjunto de factores que hacen que una especie evolucione?

Los seres humanos somos contadores de historias, y es así como funciona nuestra capacidad de abstracción. Cuando tratamos de resolver un problema, por ejemplo, lo que hacemos es imaginariamente reconstruir la secuencia de lo que pasaría si optásemos por una opción o por otra, discurrimos caminos, inventamos destinos y después escogemos. La empatía es también otra forma de contar historias, nos ponemos en el lugar del otro, e imaginamos qué sucedería o cómo nos sentiríamos si viviésemos la situación desde otro lugar. La formulación de una hipótesis en ciencia, es otra historia, arrancas de una premisa e imaginas los posibles finales de una secuencia que luego habrás de comprobar. 

La aparición de la escritura fue una de las grandes revoluciones del hombre. Permitió el crecimiento exponencial, la recapitulación de la historia, la transmisión de información, los viajes en el tiempo. Nadie vuelve a inventar la rueda, nadie empieza de cero, todos construimos a partir del lugar donde lo dejaron otros. 

Uno de los últimos libros en los que ha participado María Martinón-Torres.

Últimamente se insiste en la necesidad de adquirir un conocimiento transversal, que se eliminen los compartimentos estancos del conocimiento que desdeñaban cualquier contacto entre las artes y o las letras y las ciencias. ¿Crees que el conocimiento más completo y rico sólo se puede alcanzar partiendo de los menores prejuicios posibles?

El conocimiento de verdad requiere ciencia y humanidades, la una sin la otra siempre estará coja. A mis alumnos les doy siempre el “mal consejo” de que “pierdan” el tiempo leyendo y haciendo cosas que no tengan que ver con lo suyo: es de la conexión de campos diferentes de donde surge la creatividad y la innovación. Hasta el propio Darwin lamentó no haber dedicado más tiempo a leer poesía y escuchar música, pues creía que la pérdida de esos hábitos, podían ser perjudiciales para el intelecto y la felicidad al debilitar el lado emotivo de nuestra naturaleza. 

 

 

En el relato de Jack London La ley de la vida se describe la dureza de la vida de una tribu cazadora y el abandono del anciano de la tribu en pos de la supervivencia del grupo. Los avances médicos están permitiendo alargar la vida humana hasta límites hasta ahora no conocidos ¿Esta mayor convivencia intergeneracional podría llegar a alterar lo que ha sido la evolución hasta ahora?

Más que alterar la evolución ha sido un factor fundamental para el éxito de nuestra especie. El hombre es “útil” para su grupo más allá de su capacidad reproductora, y precisamente la gente de edad: supone uno de los mayores reservorios de conocimiento y experiencia de los que disponemos hoy en día. Teorías como la de la abuela, destacan el papel fundamental que han jugado las abuelas en garantizar la supervivencia de los nietos, de manera que la menopausia en nuestra especie puede haber sido incluso una “estrategia” para reconducir el rol de las hembras del grupo que, primero aportan su propia descendencia, y después: garantizan la supervivencia de sus genes contribuyendo al cuidado activo de sus nietos. 

¿Se puede decir que en el mundo científico lo que prima es el talento y la meritocracia y que las diferencias entre hombres y mujeres, que se sienten en otros ámbitos, no se dan con tanta frecuencia? 

Ese es el ideal. Y quiero creer que avanzamos en esa línea. 

Y por último, según hemos leído sentías debilidad por las novelas de Sherlock Holmes y Julio Verne. Por eso, desde tu experiencia como lectora y científica, ¿tienes alguna idea de cómo podrían ser las bibliotecas en el siglo XXI?  ¿acaso un gabinete tipo Holmes o una biblioteca submarina como la del capitán Nemo? Cualquier idea por disparatada y fantástica que sea nos viene bien.

Yo querría la Biblioteca de Babel de Borges, donde la propia biblioteca, no solo su contenido, son parte del misterio y la aventura. Esa biblioteca en la que “basta con que un libro sea posible, para que exista” .

 

Tercera entrega de Mujeres que nos gustaría como bibliotecarias con Raquel Sastre.

Biblioteca cuqui

 

Las etiquetas generacionales, hace años, servían para aglutinar a grupos de escritores, músicos o cineastas. Generación del 98, del 27, boom latinoamericano, generación Nocilla, Alt-Lit, Nuevo Hollywood, Nouvelle Vague, etc… En cambio en otros campos: el etiquetado no era tan evidente. Hasta que llegó la generación millennial, y dicho calificativo, sirve para todo.

 

 

A la psicóloga Jara A. Pérez López la han etiquetado como la psicóloga millennial. Esperemos que la etiqueta no restrinja su potencial clientela. El resto de generaciones están tan, o más, necesitadas de terapia que los ya caducos millennials. De hecho ya está la generación Z (o ‘copo de nieve’) empujando. Es lo que tiene tanta obsolescencia programada.

El caso es que Pérez López declaraba en una reciente entrevista en ‘eldiario.es‘:

«No hay sitio para nosotros en la dictadura de lo cuqui, el ser humano como ser completo no cabe dentro de ese molde. Es perverso hacernos encajar dentro de estos límites por ello invito a todo aquel que pueda a que haga visible su fango, sus oscuridades.»

No es de extrañar, por ello, que cuando surge alguien como Soy una pringada, en medio, de tanta cuenta de Instagram que hacen del ‘life in plastic is fantastic‘ una profecía huxleyana cumplida: surjan admiraciones intergeneracionales. Sin ir más lejos la del periodista Federico Jiménez Losantos, muy probablemente, enternecido por el hábil manejo del desprecio de la youtuber.

 

«Soy Una Pringada, ídola de la derecha española“: esta ha sido la respuesta en redes de la youtuber, y ahora actriz, al piropo de Federico Jiménez Losantos.

 

Mala leche aparte, la dictadura de lo cuqui, muestra su cara más siniestra cuando se extiende hasta instituciones tan ajenas, en principio, a los tonos pastel mentales que deberían ser las bibliotecas

El psicologo Jonathan Haidt junto con Greg Lukianoff llevan tiempo denunciando en artículos y, sobre todo, en su libro: The coodling of American Mind (La mimada mente americana): el papanatismo creciente que se da entre las nuevas generaciones gracias al papanatismo paralelo que aqueja a padres y docentes. En ‘Jot Down’, Iker Zabala, lo resumía muy certeramente: 

«el surgimiento de una generación de osos amorosos hipersensibles con, paradójicamente, un gusto voraz por la censura»

Como decía Morticia Adams, en la segunda parte de La Familia Adams, a la psicópata asesina interpretada por Joan Cusak: te puedo perdonar todo salvo esos tonos pastel. Y es que los tonos pastel han terminando calando profundamente en el imaginario colectivo de muchos jóvenes, y adultos, a fuerza de tanto filtro de Instagram. No es de extrañar que el grupo danés Aqua, de cuyo superhit en los 90: Barbie girl, citábamos antes el estribillo, esté pensando en reunirse de nuevo. La profecía implícita en su letra da escalofríos.

 

La biblioteca de Barbie recreada en el universo de la famosa muñeca que, la marca de juguetes Mattel, reprodujo cual parque de atracciones para públicos de todas las edades en una gran superficie de Minnesota. 


En la biblioteca canadiense de Hamilton se está celebrando, como cada año desde 1978, la Semana de la Libertad para Leer. Y la actividad elegida para celebrar este evento es justo el reverso de los luminosos mensajes de, sin señalar a nadie, Mr. Wonderful. No porque busquen lo depresivo, ni lo siniestro de por sí, sino porque su color predominante es precisamente el negro.

La biblioteca promueve lo que se conoce como ‘blackout poetry’ o poesía del apagón. Una forma de arte visual e intelectual que parte de las páginas de algunas de las obras que han sido objeto de censura en el pasado. Los usuarios que participan en dicha actividad, intervienen los textos tachándolos, y dejando sólo unas pocas palabras escogidas con las que enviar un mensaje.

 

Poesía del apagón resultante de tachar libros censurados en su día: «Todo lo que pensaba al final del día es cómo sería ser un robot»

Sabrina de Nick Drnaso una sobrecogedora crónica del momento actual. Manipulación informativa, redes sociales, medios y vacío existencial en una novela gráfica impresionante.


Lectores que ejercen de censores. Pero no a la manera de cómo lo hacen esos mal llamados ‘lectores sensibles‘ que ajustician textos del pasado según los parámetros del discurso políticamente correcto del presente. No. En este caso se trata de lectores que precisamente tachando las páginas de, por ejemplo, las novelas de Salinger, Steinbeck o Twain: reivindican justamente lo contrario: la libertad para que cada uno lea, y vea, lo que quiera.


Vivimos en una época de extremos. Polariza y vencerás. El término medio no es virtud: lo cuqui y lo grosero se retroalimentan entre sí. De Mr. Wonderful a Trump no queda espacio alguno para la serenidad que requiere el pensamiento. Ya se encargan las redes y la tecnología de que lo no haya. Y por la parte que nos toca: si reivindicamos a las bibliotecas como espacios antiposverdad: reivindiquémoslas también como espacios anticuqui. 

 

¿Cuánto del éxito de los personajes que crea Santiago Lorenzo no se debe a la reacción en contra que despierta esa dictadura de lo cuqui?

 

La fotógrafa británica Nadia Lee Cohen, especializada en mundos de inquietante artificialidad, que acaba de inaugurar exposición en La Térmica de Málaga.

Y aquí no queda nadie a salvo de tachaduras como las de la ‘blackout poetry’. Del recurrente discurso buenista en defensa de las bibliotecas habría que tachar, antes de que sea demasiado tarde, expresiones tipo: templo del saber, casa de la imaginación, refugio de la sabiduría Y tantas otras que vuelven como oscuras, siniestras golondrinas, cada vez que alguien (que igual ni las frecuenta demasiado): las utiliza para defenderlas, cuando lo que realmente le mueve, es atacar políticamente a la oposición política en materia cultural; o para convencer a los no lectores sobre su importancia.

Cada vez que alguien vuelve a decir lo de ‘templo del saber’: una posibilidad de regeneración del concepto biblioteca muere.

En definitiva, la dictadura de lo cuqui, a la que hacía referencia al principio Jara A. Pérez López, se consuma tan rápido, como la dictadura de lo siniestro. Son las dos caras de una misma moneda: de una infantilización de la sociedad a ritmo de tuit y foto en IG. Y como bien dejaron claro William Golding, con su novela El señor de las moscas; o Alexander MacKendrick con su película Viento en las velas: nada más cruel y despiadado que los tiernos niños desatados.

 

 

Tal vez por eso últimamente hay un revival de cintas de terror con niños protagonistas (The prodigy; la nueva versión de It; o Hereditary). Aunque nada hay comparable a la realidad, y la moda de los baby reborn (esos muñecos hiperrealistas que los adultos cuidan como si de bebés reales se tratase): superan las lecturas más inquietantes que cualquier guionista pueda hacer de nuestro presente.

Pero no queremos juzgar a nada, ni nadie (demasiado tarde): por lo que dejamos al criterio de cada uno las opiniones que despierte el vídeo con el que cerramos este post tan cuqui. Babies reborn en bibliotecas. ¿Una idea a adoptar en nuestro país?

 

Bibliotecas con colorete (o de la biblioteca como factoría cultural)

 

Los libros para colorear, dirigidos a público adulto, llevan varias temporadas copando los primeros puestos en las listas de los más vendidos. La escocesa Johanna Basford lleva años tuteando a los superventas, con los 21 millones de copias que ha vendido en más de 40 países, de sus libros para colorear. Y desde el pasado 4 de febrero, esta moda colorista, prosigue su expansión incluso en las colecciones de las bibliotecas.

 

Nada más desagradable que toparse con un libro de biblioteca pintarrajeado o subrayado. Pero con la campaña lanzada bajo el hashtag #ColorOurCollections: no se corre ningún peligro en ese sentido. En 2016, la Academia de Medicina de Nueva York, actuó como pionera en este proyecto para popularizar  fondos bibliográficos. La idea es simple: ofrecer una selección de ilustraciones de sus colecciones, en formato PDF, para que los internautas puedan descargárselas y colorearlas libremente.

Hasta un total de 114 instituciones han respondido al reto #ColorOurCollections en este 2019. Y de este modo: desde la Biblioteca Pública de Nueva York, pasando por la Biblioteca Nacional de Francia, Europeana, o en nuestro país, el Museo de Bellas Artes de A Coruña o la Biblioteca de la Universidad de Zaragoza forman, o han formado parte, de este proyecto. 

 

El maravilloso libro sobre mujeres en la Historia que Europeana ha ofrecido en la campaña #ColorOurCollections para que quien quiera se lo descargue y empiece a darle a los colores.


Sacarle los colores al pasado, siempre que no tenga que ver con ajusticiar a esas creaciones según parámetros ideológicos del presente: puede resultar un ejercicio de lo más estimulante. En los albores de la fotografía, el coloreado manual de las mismas, era un postizo que hoy las recubre de anacrónico encanto. En cambio, otras formas de coloreado del pasado, no tenían en su momento ni un poco de encanto, ni lo han conseguido con el paso del tiempo.

¿Qué fue de las películas coloreadas? Siempre resulta curioso recordar supuestas modernidades que el tiempo caducó incluso antes de que llegasen a cuajar entre el público. El intento de explotar los clásicos cinematográficos, rodados en glorioso blanco y negro, pintarrajeándolos electrónicamente: fue una moda que igual que vino, se desvaneció, para alivio de cualquier cinéfilo de pro. 

 

 

¿César Augusto o una drag queen en el desfile del Orgullo?

En los 80 las emisiones por televisión de títulos míticos como: Objetivo Birmania, El sueño eterno o Casablanca: sumaron nutridas audiencias que hicieron pensar a los responsables de tales dislates, que el invento tendría futuro. Quienes vieran algunas de aquellas herejías cinematográficas, recordarán los saturados tonos pastel que ensuciaban la expresividad de Humphrey Bogart o Ingrid Bergman, apoyados en la barra del Rick’s Café: y que quitaban las ganas de pedirle a Sam que la tocase otra vez.

Y es que sacarle los colores a los clásicos puede depararnos desagradables sorpresas. El traje de Humphrey Bogart, en la famosa escena con Ingrid Bergman en el Rick’s Cafe, era de color rosa. Una  manera de que, al fotografiarlo en blanco y negro, simulase un blanco resplandeciente.

Si se recuperase el color original de las pirámides egipcias, su solemnidad secular, quedaría en entredicho ante la mezcla de colores originales con que se edificaron; o las esculturas de la Grecia o la Roma antiguas: nos parecerían auténticos ninots falleros al resucitar con su policromía original. 

 

Escultura antigua pintada con los colores que se supone la cubrían originalmente.

El cómic de Daniel Clowes del que tomamos prestado uno de los mejores títulos que somos capaces de recordar.


«Hay que ser absolutamente moderno» que proclamó insolente Rimbaud. Pero para los tiempos que corren, la manera de ser más rabiosamente moderno empieza por reivindicarse orgullosamente clásico. Una lección que las bibliotecas pueden enfundarse  como un guante de seda forjado en hierro.

Por mucho que la foto fija que algunos se empeñan en preservar de las bibliotecas sea un daguerrotipo que, ni las acuarelas de Ouka Lele conseguirían hacer brillar: lo cierto es que las bibliotecas son lo más parecido a la Factoría de Warhol en el siglo XXI. Y si alguien sigue resultando, guste o no, absolutamente moderno por lo que predijo de nuestro tiempo: ése es Warhol. 

Warhol dándole consejos artísticos a Keith Haring.

 

En la, monumental y apabullantemente brillante, novela gráfica del holandés Typex sobre la vida y milagros de Andy Warhol (‘Andy, una fábula real‘): se recogen las diferentes etapas por las que pasó el artista  pop durante la creación de su entramado artístico-empresarial a través de su celebérrima The Factory. No vamos a decir que haya que pintar de color plata las paredes de las bibliotecas (aunque tendría su punto) para hacerlas absolutamente modernas. Pero basta una cierta mirada para constatar, hasta qué punto, las bibliotecas públicas ejercen como auténticas factorías culturales en la actualidad.

En el Nueva York de los 60, en que se desarrolló la primera The Factory, el vampiro de la peluca blanca y la cámara de fotos en ristre, congregó a todo tipo de personajes, mezclando aleatoriamente, cualquier estamento social, orientación sexual, modos de vida y procedencias. Desde las estrellas de Hollywood a los chaperos, desde las princesas del papel cuché a las transexuales más provocativas: poblaron y provocaron esas sinergias que tanto gusta mentar ahora y de las que tan buen provecho comercial y artístico, supo sacar el anfitrión. 

 

«En el futuro, todos querrán ser anónimos durante 15 minutos»: Warhol siendo vigente hasta para llevarle la contraria.


Exceptuando a las celebrities: ¿qué otro espacio congrega en la actualidad a una parroquia tan heterogénea sin atender a pedrigís? Puede que a los más escépticos les cueste encontrar alguna analogía entre esas orgías repletas de sexo y drogas de The Factory y las bibliotecas en la actualidad. Pero, sin decir nombres, podemos asegurar que en épocas primaverales, en los aseos de alguna que otra biblioteca, han quedado evidencias de encuentros sexuales furtivos. Y respecto a las drogas, solo hay que recordar la formación que en los Estados Unidos se les ha impartido a los bibliotecarios (por ejemplo en la biblioteca de McPherson Square en Filadelfia): para administrar naloxona ante las numerosas sobredosis que han tenido lugar en las inmediaciones de algunas bibliotecas. 

Pero no hablamos tanto del tándem sexo-drogas como del tándem diversidad-creatividad. Si hay un vivero fecundo para que germinen esas dichosas sinergias, se establezcan vínculos insospechados, y se promueva la renovación de ideas, conceptos y creaciones: ese vivero es la biblioteca. Y si además se establecen vínculos con otras instituciones culturales, de esas en las que cuelgan las obras de Warhol, entonces el potencial de lo público en la cultura puede alcanzar cotas insospechadas.

 

Entre las semblanzas que de Karl Lagerfeld se están haciendo a raíz de su fallecimiento se ha incidido en su marcado perfil bibliófilo. Precisamente su musa, Claudia Schiffer, ha declarado: «lo que Warhol hizo en el arte, él lo hizo en la moda».


Es lo que están haciendo en la biblioteca donostiarra Koldo Mitxelena, que en otoño cerrará sus puertas no para recubrirse de plata warholiana, pero sí, para remodelarse por completo y transmutarse en lo que aspira a ser el siguiente paso evolutivo en cuanto a bibliotecas se refiere. Empeño ambicioso donde los haya que, como todo cambio, conlleva dudas, expectativas y preguntas: pero del que no queremos perdernos nada. Y mientras llega ese futuro (como dice otro de nuestros bibliotecarios vascos de referencia): han montado una exposición bajo el nombre de «Todas las bibliotecas del mañana». 

Según detallan en ‘El País‘: se trata de una exposición colectiva de 14 artistas que actúa como «una llamada a la creación de museos y bibliotecas que superen la distancia con sus públicos hasta convertirlos en partícipes«. Y con este objetivo se exponen obras que van desde la enciclopedia de madera de Ignasi Aballí, El capital de Marx reconvertido en objeto de lujo bajo la mirada de Milena Bonilla o el búnker de lecturas prohibidas de Alicia Framis, entre otros.

 

La bellísima fachada de la Koldo Mitxelena en Donostia.

 

Expectantes estaremos de los puntos calientes de esta reinvención de bibliotecas y los centros culturales que se está produciendo aquí y allá. Nos va en ello la supervivencia. Y no, en este punto, no nos estamos refiriendo a la supervivencia de bibliotecas y museos.

Y para cerrar este post, que aspira a lo rabiosamente moderno reivindicando orgullosamente lo clásico: nada más propio que acabar en glorioso blanco y negro. No sabemos si Melody Gardot llegará a ser una clásica, pero su elegante (y pulcro) vídeo para su tema Baby, I’m a fool, evoca esa mirada a lo antiguo que no compromete en nada nuestro compromiso con el futuro.

 

Dale una oportunidad a la estupidez

 

La fórmula musical del dúo británico Pet Shop Boys siempre ha combinado hábilmente los ritmos más bailables con unas letras, unas veces, melancólicas, y otras, críticas pero sin proclamas. Todo envuelto con esa ironía con que los británicos (algunos) suelen dar en la diana del comentario inteligente.

Hace unas semanas, como anticipo de su próximo disco, han lanzado a las redes su tema: «Give stupidity a chance» (Dale una oportunidad a la estupidez). En principio parece inspirado por el temido Brexit, pero lo cierto, es que podría aplicarse a tantísimas cosas de la actualidad: que cualquiera podría apropiársela desde muy diferentes perspectivas.

Si tras millones de años del homo sapiens en el planeta el supuesto jefe de todo esto, Donald Trump, declara que nunca lee libros porque no tiene tiempo: puede que ya no sea necesario dar ninguna oportunidad: campa a sus anchas. Siempre se podrá argüir que cualquier tiempo pasado fue más estúpido si admiramos los avances a los que hemos llegado. Pero precisamente por ello, cuando más avanzados estamos, más flagrante resulta la supervivencia de la estupidez. Y ni las bibliotecas quedan a salvo.

 

 

Entre 2009 y 2011 se emitió el programa de entretenimiento en la televisión estadounidense bajo el nombre de Silent library. Siguiendo la estela del éxito de la MTV en los 90, Jackass, que por si alguno no lo recuerda: se trataba de un programa que puso de moda las bromas pesadas a las que se sometían, voluntariamente, un grupo de descerebraos orgullosos de serlo y mostrarlo.

Pero dejemos para otro día la cronología evolutiva de la estupidez, en los tiempos modernos: y volvamos a Silent library. En este programa, los retos, a cuál más idiota, los llevaban a cabo un grupo de maromos en la sala de una biblioteca. La idea era infligirse voluntariamente diversas torturas, pero siempre respetando el silencio de la biblioteca. Al menos en eso eran respetuosos.

 

 

Y no sabemos si inspirados por ese programa, en 2001, unos universitarios de Tennessee decidieron emularlos. Una noche en que la biblioteca estaba abierta para servir como sala de estudio (más argumentos contra las bibliotecas como salas de estudio): el joven de diecinueve años, Wesley «Crusher», pensó en lo divertido que sería lanzarse por la tolva (el tobogán, muy propio de los edificios estadounidenses, que conecta los pisos de un edificio con la lavandería o el contenedor de la basura que se ubican en los sótanos) que se abría en una de las paredes de la biblioteca. Lo malo es que en las bibliotecas no tiene ningún sentido que haya una tolva para la ropa sucia…

¿Qué bonitas historias de aplastamientos no habría imaginado el entrañable (por lo de entrañas) bibliotecario André de Lorde de haber existido los compactos en su época?

En realidad el divertido tobogán no iba directo a una montaña de ropa sucia: sino a una prensa de libros y despojos para reciclar. Finalmente el pobre Wesley terminó de la manera más gráfica imaginable: triturado junto con los libros que los bibliotecarios habían ido expurgando y arrojando por la tolva.

Una historia, por otra parte, que habría hecho las delicias de André de Lorde, bibliotecario y creador del teatro parisino del Gran Guinol, que en sus obras teatrales recreaba las más elaboradas formas de torturar y masacrar.

 

 

En 2006 los Premios Darwin dieron pie para una comedia protagonizada por Joseph Fiennes y Winona Ryder.

El caso es que a título póstumo, claro está, el joven Wesley «Crusher» (nombre por cierto de un personaje de Star Trek) se alzó con uno de los premios Darwin que se entregan a aquellos individuos que fallecen en trágicas circunstancias por hacer el imbécil.

Un premio creado en los 80 para reconocer el mérito de aquellos sujetos que mejoran el acervo genético de la especie al extinguirse. Una forma de agradecerles que, dada su estupidez, desaparezcan del mapa sin dejar su huella genética.

Los Premios Darwin propician una sospecha que los tiempos no hacen más que apuntalar: ¿qué es lo más característico del ser humano: la inteligencia o la estupidez? Si nos atuviéramos a lo que más prolifera sin duda tendríamos la respuesta. Y algo así es lo que está experimentando hasta la propia Inteligencia Artificial.

Según publicaba el semanario ‘Newsweek’: científicos de la Universidad de la Sorbona y de Louisville aseguran que la manera de controlar a la Inteligencia artificial para que no termine superan al «limitadito» sapiens: pasa por ‘enseñarle’ a ser estúpida. De acuerdo, es un titular de lo más sensacionalista, pero hablando de estupidez siempre resulta más ilustrativo predicar con el ejemplo.

Según los especialistas Michaël Trazzi y Roman Yampolskiy: «la IA se hace artificialmente estúpida cuando se introducen deliberadamente limitaciones que coincidan con la capacidad de un humano al realizar una misma tarea

 

 

Peter Farrelly ha aparcado a su hermano, Bob, y ha filmado una película sobre dos tipos que, por una vez, no hacen gala de una estupidez supina.

El escritor Luisgé Martín, en su ensayo «El mundo feliz: una apología de una vida falsa», aboga por la mentira y el engaño que proporciona esa Inteligencia Artificial para huir de lo absurdo e inútil de la existencia humana. Y lo cierto es que pareciera que llevamos entrenándonos para ello desde hace mucho.

Según sostiene Martín dando pie a suculentas reflexiones:

«no hay más imbéciles que en el siglo XII o XVIII, pero ahora la mayor parte de ellos creen que no lo son. La causa está en el prestigio social de la tolerancia, en la democratización de la inteligencia y en la exaltación del respeto a los gustos y opiniones de todos.»

 

Pero volviendo a esos años 90 de la MTV de los que hablábamos antes, en esa misma cadena, unos personajes como Beavis and Butt-Head explotaban el humor más cafre en sus intervenciones. Fueron los años en que Homer Simpson se convirtió en un icono cultural; y las películas de los hermanos Farrelly [Dos tontos muy tontos (1994), Vaya par de idiotas (1996)…] llenaban los cines. Y precisamente, como un diamante en bruto, a mitad de los 90: nacía Internet. Una genealogía de la estupidez contemporánea que alguien tenía que registrar.

 

 

Preservar las señales de nuestro tiempo para que, en un futuro, se pueda datar cuándo fue el momento en donde se inicio esta deriva hacia la estupidez: resulta de lo más interesante. De ahí el empeño de algunas bibliotecas y bibliotecarios por conservar una de las expresiones más sintéticas y definitorias de nuestra época: el meme.

Know your meme, la web más conocida que se dedica a la investigación de memes y documentos de Internet que se vuelven virales.

En inglés meme proviene de esa información mínima que va pasando de una generación a otra conformando conductas y construcciones culturales, según formuló Dawkins en su célebre ensayo ‘El gen egoísta’. En cambio, su deriva en la red tiene que ver con esas imágenes (estáticas o en movimiento) de carácter jocoso en las que se proclama alguna obviedad u opinión chocante sobre algún asunto. Y frente al esquematismo del inglés, nuestro mucho más rico castellano, hace que tenga una gran similitud con un término tan expresivo de nuestro idioma como es el de ‘memez’.

 

La estadounidense Amanda Brennan cursó estudios de Biblioteconomía en la Universidad de Rutgers, en Nueva Jersey. Tuvo claro, desde el principio, que su campo de acción sería Internet. Lleva años recolectando memes y muchos otros objetos digitales de los que pululan por la Red.

 

El pasado julio una entrevista en ‘eldiario.es’ con Mar Pérez Morillo, responsable de las redes sociales y de la preservación de webs en la Biblioteca Nacional se redujo (los clics mandan) a que la institución bibliotecaria más importante de nuestro país estaba guardando memes. Algo que es cierto, pero como casi todo en la red algo reducido, ya que la labor de la BNE en ese sentido va mucho más allá. Como bien declaraba Pérez Morillo sobre la misión de preservación que deben jugar las bibliotecas: «cuanto más seamos capaces de guardar más fidedigna será la imagen que podamos ofrecer en el futuro de cómo era nuestro mundo de hoy«. Eso sí, se debería advertir en alguna cláusula: que se exime de cualquier responsabilidad a las bibliotecas recolectoras por lo poco favorable que pueda resultar esa imagen futura.

 

En enero de 2017 una protesta anti-Trump irrumpió en la Biblioteca de la Universidad de Washington. Un estudiante (o bibliotecario no está muy claro) les llamó la atención y fue grabado. El vídeo se hizo viral en pocas horas y dio lugar a muchos memes y remixes en Youtube. 

 

En el relato de Jack London, La ley de la vida, el anciano de la tribu es dejado atrás por su comunidad de cazadores nómadas que no pueden cargar con él por pura supervivencia. Lejos del anciano, que se resigna a su destino igual que lo hicieran sus antepasados, las bibliotecas (que hablando de cultura son las veteranas): no parecen estar muy dispuestas a que las dejen atrás. Y siguen cazando y recolectando allá donde sea necesario para no dejar de ser parte de la tribu.

Si la evolución premia ante todo la supervivencia, el seguir adelante como sea: ¿será la estupidez el siguiente paso evolutivo? ¿quién asegura a los que defienden a bibliotecas, librerías y a la cultura en general: que están en el bando correcto? ¿no deberían aparcar un poco los libros y dedicarnos más al sexo (con fines reproductivos, claro está)? En cualquier caso seguiremos expectantes el desarrollo de los acontecimientos.

 

Biblioteca de alta cuna y baja cama

 

Hace poco más de un año sosteníamos, en este mismo blog, que se estaba fraguando un golpe de estado cultural. Siempre dispuestos a leer las señales, incluso en donde cuesta verlas, una noticia reciente nos aporta más argumentos con los que apuntalar esa intuición.

Según recoge ‘El País’ la última exposición organizada por la BNE viene envuelta en polémica: lo cual no quiere decir mucho. Polémica y noticia, en estos días, vienen a ser lo mismo. Los rostros del genio es el nombre bajo el que se exponen en la Biblioteca Nacional hasta el mes de mayo de 2019, entre otros fondos de la institución, dos códices del genio italiano. Hasta ahí nada excepcional salvo por el siempre excepcional Da Vinci. El problema viene por la colaboración en dicha exposición del popular presentador del concurso de Telecinco, Pasapalabra, Christian Gálvez: que ha aportado una selección de recreaciones de máquinas diseñadas por el gran Leornado.

Paralelamente, Gálvez, ejerce como comisario de una exposición sobre Leonardo en el Palacio de las Alhajas, que ha terminado de enervar los ánimos en torno a la celebración del V centenario de la muerte del gran creador.

 

La exposición que comisaría Gálvez sobre Leonardo ha resaltado su carácter didáctico y su deseo de presentar un Leonardo ‘en vaqueros’. Y casualmente, hace años, una conocida marca de vaqueros, recurrió al David de Miguel Ángel para anunciar sus pantalones.

 

La figura de Gálvez es curiosa cuando menos. Ejerce desde hace años su papel de presentador enrollado y de simpatía estándar para programas familiares: y por otra parte: se ha ido construyendo una imagen de escritor de best sellers de intriga (al socaire de la moda propulsada por Dan Brown) con la figura de Leonardo da Vinci y el Renacimiento, como leitmotiv principal, y de experto no ortodoxo sobre la materia.

 

Autoayuda inspirándose en Leonardo da Vinci de la mano de Christian Gálvez con prólogo de Risto Mejide.

 

Unas credenciales que no convencen para nada a los más de 500 historiadores del Comité Español de Historia del Arte (CEHA) que han firmado una protesta por el intrusismo de Gálvez en estos asuntos, por su falta de reconocimiento científico, la inclusión de un cuadro sobre el que recaen serias dudas sobre su autoría en la exposición, y la inexperiencia del presentador/escritor como curador de exposiciones. Gálvez ante el ataque de lo académico ha respondido recurriendo, precisamente, a las bibliotecas:

«No pretendo sentar cátedra. Pero me hace gracia, porque hoy en día Leonardo sería un intruso. Recordemos que en su época, la Florencia de los Médicis, fue cuando se empezaron a abrir las bibliotecas a la gente.»

Por su parte la BNE ha confirmado el incremento de visitas a la institución y el aumento de solicitudes de alta como usuarios. Y ante el revuelo que no cesa ha procedido a hacer sus declaraciones al respecto mediante un hilo de Twitter del que extraemos dos tuits:

 

 

Lo cierto es que los historiadores, tengan toda la razón o no de su parte, lo tienen difícil ante el poderío de un rostro popular televisivo. Las acusaciones de clasismo que puedan recaer sobre ellos vendrán refrendados por un estado cultural en el que los referentes del pasado están cada vez más en entredicho. Entre universidades que azuzan a profesores e investigadores a una carrera desenfrenada de publicaciones para poder optar a progresar académicamente, la polución que promueven las redes, y el descrédito en el que ha caído el canon cultural que imperaba desde el siglo XIX: las bases sobre las que se sustenta lo cultural no pueden resultar más movedizas.

¿Habría resultado menos molesto el intrusismo si el papel de Gálvez lo ocupara un Jordi Hurtado de Saber y ganar en TVE o el añorado Constantino Romero de El tiempo es oro? Pregunta torticera donde las haya: pero que fijándose un poco no resulta tan frívola. Pese a lo que pueda parecer, aún en estos tiempos líquidos, el concepto de lo cultural y sus apariencias, y por tanto del clasismo cultural, sigue conservando subterráneamente su vigencia.

 

David Leo, el concursante poeta, que ganó el rosco final y quería invertir parte del premio en abrir  una librería-café, una academia de “saberes inútiles” para especialistas en humanidades. 

 

Premios literarios para nombres televisivos.

La cadena de espacios como Sálvame ; Gran Hermano ; Mujeres, hombres y viceversa o Cazamariposas: ejerce el clasismo cultural como la que más. En Telecinco el programa que presenta Gálvez, Pasapalabra, es un punto y aparte. Para ganar el concurso no hace falta vender las miserias propias y ajenas, vociferar, encamarse o siliconarse: basta con un dominio lo suficientemente amplio del diccionario y hacer alarde de rapidez mental. Es lo más parecido a un programa cultural que poseen y, por eso, no dejan que se contamine del resto de su programación.

La fauna que puebla los programas estrella de la casa y en los que sí es necesario claudicar de cualquier tipo de vergüenza, pudor o discreción: no intervienen como invitados en el programa del rosco final. El clasismo cultural demarcando bien los territorios de la parrilla televisiva.

Boris Izaguirre, una figura que emergió también en la cadena allá por los 90, siempre ha defendido que un escritor o intelectual del siglo XXI debe aparecer en los medios y no rehuir nunca el show. Algo que el fugaz ministro de cultura del gobierno de Pedro Sánchez, Màxim Huerta, venía dispuesto a corroborar: pero cuestiones más prosaicas que el show business truncaron el intento.

 

Eduard Limònov, el Johnny Rotten de la literatura que vino de Rusia, en un montaje publicado en el blog sobre literatura de Juan Carlos.

 

Visto el panorama ¿quién concede la legitimidad cultural, la autoridad, el prestigio en estos tiempos movedizos en los que hasta el criterio académico está bajo sospecha? La excelente novela Limónov (Anagrama) de Emmanuele Carrère es todo un manual en este sentido. La vida del poeta, escritor, provocador, revolucionario, farsante, vagabundo, delincuente y mercenario Eduard Limónov es todo un ejemplo, real aunque pareciera inventado, de un arribista cultural, de un trepa social con talento que persigue la fama, la gloria y la inmortalidad a través de la cultura.

Y Carrère, francés, acomodado, burgués hijo de una familia con pedigrí académico y prestigio cultural: se mira de reojo en las motivaciones, frustraciones, deseos de ese ruso proletario que durante toda su vida ha luchado por desmarcarse a través del arte y la cultura de lo que el destino familiar le deparaba. Partiendo de un situación mucho más propicia, el escritor francés, también compartió con el paria ruso las mismas ansias de trascendencia, de legitimación cultural, de reconocimiento, en definitiva, de ese aura de intelectualidad y talento que le distinguiese, no ya socialmente, sino culturalmente del resto.

 

Carrère y Limónov: dos tildes contrapuestas.

 

Todos somos arribistas, todos somos trepas culturales, y las bibliotecas públicas llevan siglos proveyendo de municiones a los millones de arribistas que han asaltado, una y otra vez, los palacios de invierno de la cultura. Desde la invención de la imprenta, ese asedio ha sido continuo: pero puede que esta revolución digital esté trastocando los términos de esa ansia de superación.

Cuando ese pueblo en masa que, tan fotogénico queda en las películas de Eisenstein, puede asaltar los palacios cómodamente a golpe de clic: pasan de asaltarlos y terminan votando a favor del Brexit, Bolsonaro, el Frente Nacional Francés, Trump o Vox. ¿Qué ha pasado para que ese deseo de progreso social a través de la cultura haya desaparecido? ¿nos han matado el instinto? Si los ricos, los poderosos hacen más alarde de su ignorancia que de su cultura: ¿quién se esfuerza, robots aparte, por progresar mediante el conocimiento?

La actriz argentina Cecilia Roth, en una entrevista reciente, daba una clave en este sentido:

«Los votantes de Lula son los mismos que los de Bolsonaro. Ese es el problema. Y en eso creo que tiene que ver mucho la manipulación del pensamiento, y es que casi no hay pensamiento porque no nos alcanza el tiempo para pensar.»

 

La condesa Alexandra (1937): Marlene Dietrich como condesa rusa a la que los bolcheviques le asaltan el palacio y debe mezclarse con el pueblo para sobrevivir.

 

El título que Hollywood escogió para la adaptación cinematográfica de la novela de Theodore Dreiser, Una tragedia americana, mejoraba incluso el título original: Un lugar en el sol (1951). Eso es lo que busca su protagonista, interpretado por Montgomery Clift, un joven sin recursos económicos, y mucha ambición, que se debate entre su novia proletaria embarazada y la rica heredera a través de la  cual vislumbra ese lugar en el sol de la alta sociedad al que tendría acceso al casarse con ella. Desde el principio el protagonista ejemplifica lo que el sociólogo Pierre Bourdieu sostenía en los 70: «el gusto es una forma de diferenciarnos de los demás, de perseguir la distinción. Y su producto final es la perpetuación y la reproducción de la estructura de clases«.

En aquel entonces el gusto lo definía la cultura, pero en el XXI, para dar un braguetazo cultural antes habría que saber qué se entiende exactamente por cultura. El canon cultural se está redefiniendo a una velocidad de crucero espacial; avanza años luz y deja en la cuneta a cualquiera que aún siga creyendo en los cánones. Como cantaba Cecilia: «dama, dama, de alta cuna y de baja cama»: y en esa estrofa se resume bien cómo es lo cultural en nuestros días y, por la parte que nos toca, cómo son las bibliotecas: de orígenes aristocráticos pero adentrándose confiadas por los bajos fondos. Y mientras, juguemos un poco.

Con la A: Persona que progresa en la vida por medios rápidos y sin escrúpulos. Con la B: Lugar donde se tiene considerable número de libros ordenados para la lectura. Con la C: Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico. Todos tenemos un rosco hecho de palabras conceptos e ideas que nos enmarca nuestra visión de lo que somos y lo que querríamos ser. Para completarlo tenemos que ser capaces de descubrir dónde están los palacios que, una vez más, hay que asaltar.

 

Bibliotecas para todos, aceras para peatones

 

Una de las noticias curiosas más recientes en torno a bibliotecas provenía, una vez más, de Canadá: concretamente de las bibliotecas de Montreal. Los pupitres con pedales con los que se puede leer al tiempo que se hace deporte parecieran un invento propio de la Teletienda, pero no, son una realidad en la red de bibliotecas canadienses.

A ver, mobiliario bonito para bibliotecas, no es.

Según la bibliotecaria de la Biblioteca Robert-Bourassa: el escritorio-bicicleta permite a los niños canalizar su energía pedaleando y así pueden concentrarse en la lectura. De algún modo habrá que compensar los espasmos del mono digital que puede provocar un rato de lectura sosegada, no solo en niños, sino en todas las edades.

El caso es que la lista de usuarios reservando pupitres con pedales se ha hecho enorme y, de paso, aporta otra nota curiosa sobre la idiosincrasia de las bibliotecas canadienses que tan buenos momentos nos están dando últimamente en la sección de noticias breves de cualquier foro bibliotecario.

 

 

Caída de bici el cómic de Étienne Davodeau.

Y como en la actualidad las noticias siempre se entrelazan: en la que fuera madre patria de los canadienses, Francia, el pasado 16 de noviembre se proyectó en una biblioteca parisina la película rodada sobre Angelle 2018. Con ese nombre (acrónimo de las localidades galas de Angers y La Rochelle) se resume el itinerario que llevaron a cabo más de 50 bibliotecarios del país que recorrieron dicho trayecto camino del Congreso de bibliotecarios que se celebraba en La Rochelle: a lomos de sus bicicletas. Cyclo-biblio, así se denomina esta iniciativa deportivo-cultural que ya va por su quinta edición.

Durante el recorrido los ciclistas-bibliotecarios visitan mediatecas y bibliotecas reforzando así el carácter reivindicativo de la acción. La vélorution des bibliothèques: algo así como la revolución a pedales de las bibliotecas. Dicho así no suena muy halagüeño: si la revolución de las bibliotecas va a pedales: apaga y vámonos. Pero nunca hay que quedarse en la literalidad de las traducciones, y menos aún, cuando se echa mano del Traductor de Google (ese cachondo).

 

 

Vélorution hace referencia a un movimiento internacional que busca promover formas de transporte no contaminantes. Partió de las movilizaciones de ciclistas que, más allá del proselitismo del deporte y la vida sana, comporta un activismo a favor del medio ambiente, las ciudades más amables en las que el coche pierda su hegemonía, y en conseguir un compromiso por parte de las autoridades en este sentido.

Según la Wikipedia (en ocasiones, al igual que el traductor de Google: otra cachonda) el término lo acuñó el filósofo libertario André Dupont cuando hizo una ‘no campaña electoral’ en 1974 sobre una bicicleta y declaró ser un ‘ciclodidacta’. El círculo se cerraba en forma de rueda de bicicleta anticipando esta vélorution des bibliothèques: activismo, ecología y la formación autodidacta que ofrecen las bibliotecas: tres en uno. Como el famoso aceite. Solo que, en ocasiones, la visión idílica de este continuo girar de ruedas: chirría.

 

La última edición de Criticona 2018 en León.

 

El movimiento francés por la vélorution se ha expandido por muchos países incluyendo a España. Bajo el nombre de ‘La Criticona’ (traducción de ‘masse critique‘ con que se denomina las concentraciones ciclistas alterglobalistas): en nuestro país se llevan celebrando desde el 2009 en distintas ciudades. Pero los bibliotecarios franceses deben tener mejor salud cardiovascular que sus colegas españoles porque, hasta el momento que sepamos, no se ha dado aún el cruce entre dicho movimiento y el mundo bibliotecario (actualización: afortunadamente nuestros lectores siempre vienen al rescate y Luis Miguel Cencerrado nos recuerda que los bibliotecarios universitarios de Valladolid participan en una ruta Bibliociclista como cuentan en este post). Y a una semana de que se celebre el IX Congreso Nacional de Bibliotecas Públicas: no creemos que ir a Logroño en bicicleta sea una opción a considerar salvo por los profesionales más intrépidos de La Rioja.

 

El que fuera líder de los Talking Heads y sus diarios de bicicleta.

 

Los encomiables objetivos de La Criticona o la vélorution chirrían como decimos cuando se topan, al menos en nuestro país, con el disputado espacio público común. En Madrid ya se han generado en las redes sociales movimientos como la Liga de Defensa de las Aceras o ‘la liga de los apartinetes’ (denunciando el peligroso entorpecimiento que suponen los malos aparcamientos de los patinetes).

El ministro del Interior, Grande-Marlaska, se ha manifestado sobre la necesidad de regular los seguros de los conductores de estos nuevos artilugios que han invadido las aceras en caso de accidentes. Y se acumulan varias noticias en los últimos años de atropellos por parte de ciclistas, o ‘peatones con ruedas’ (sean patinetes, monociclos, patines o cualquier otro artilugio similar): el enfrentamiento peatones-sobre ruedas está servido.

 

No, la novela de Llucia Ramis pese a su título, no tiene nada que ver con la ‘guerra por las aceras’ pero como retrato generacional sí que podría tener algo que ver con lo que hablamos en este post.

 

La adaptación de Crash (1996), con la que Cronenberg provocó no pocas deserciones de los cines. Excitación sexual por los accidentes de tráfico.

Cuando se ha visitado o vivido en alguna ciudad centroeuropea, uno se termina habituando a los carriles bici, y a la convivencia más o menos fácil entre peatones y ciclistas (salvo en Ámsterdam, donde el gran número de bicicletas en algunas zonas lo hace algo estresante). Y no deja de ser curioso que la reivindicación de la bicicleta, y otros medios de transporte más ecológicos, entre en conflicto precisamente con los más débiles: los peatones.

Si en un primer momento, tras el nacimiento de la industria del automóvil, tener un coche era símbolo de clase social: es paradójico que el único medio de transporte al que podían aspirar las clases humildes (con el inolvidable Ladrón de bicicletas de Sica siempre en mente): sea ahora el que avasalle al más desprotegido del hábitat urbano.

 

Una guerra política, comercial, ciudadana, arquitectónica y social se desarrolla cada día en nuestras calles. La comercialización de las plazas públicas con la masificación de terrazas de comercios privados a las que, algunos ayuntamientos, han tenido que poner freno para, simplemente, permitir la libre circulación de los viandantes. La brecha ya no es digital, es física, mecánica. Si la tecnología nos monitoriza hasta las relaciones íntimas vía apps para ligar: se necesita un nuevo elogio del peatón, imitando al libro de Marc Augé, y llevarnos de los walking dead a los walking readers.

Porque ya no estamos hablando simplemente de ir a pie o sobre ruedas: estamos hablando de qué sociedad, de qué ciudades realmente queremos.

 

 

Que el algoritmo del traductor de Google se equivoque en las traducciones y nos echemos unas risas: pero que no traduzcamos mal los movimientos foráneos a nuestro país. Si la Criticona quiere promover un mundo más ecológico, unas ciudades más humanas, más saludables, etc… paralelamente habrá que promover un civismo, un respeto por el espacio común (y de paso por el bien común) imprescindible si de verdad se quiere conseguir algo. Y para esa revolución las bibliotecas públicas, con pedales o no, son imprescindibles.

Bibliobicivismo, palabreja rara donde las haya que resume bien de lo que hablamos: fomentar las bibliotecas para, a través de ellas, educar en civismo. Porque sólo desde la promoción de la cultura, en su concepto más amplio, es posible coger velocidad sin atropellar a nadie por el camino.

 

¿Por qué lo llaman sexo cuando quieren decir biblioteca?

 

En la película sobre la reina Isabel II del Reino Unido, La reina (2006), la esposa del presidente Tony Blair, ironiza a costa de la fascinación que la reina ejerce sobre los hombres ingleses, como figura de autoridad materna. La actriz que interpreta a Cherie Blair lo constata al comprobar como su marido, pese a ser laborista, queda fascinado por la monarca.

 

La escena de The Queen (1995) en que Tony Blair conoce a la reina Isabel tiene una curiosa anécdota posterior a su estreno: la escena fue imaginada por los guionistas en su día, pero cuando el verdadero Blair escribió sus memorias años después: la reprodujo tal cual.

 

Otro inglés, el célebre periodista inglés Christopher Hitchens, en su muy recomendable libro de memorias Hitch-22: relataba una anécdota con Margaret Thatcher. Hitchens corrigió a la Dama de hierro sobre un dato que ella había dicho, una vez se comprobó que quien tenía la razón era la política: Thatcher le azotó con los papeles que llevaba en el trasero mientras le decía: bad boy (chico malo). Antes de que el periodista hubiera reaccionado, la Primera Ministra siguió su camino como si tal cosa, dejando a Hitchens estupefacto, no tanto por el azote, sino por lo sumisamente que él había aceptado la situación.

Visto lo visto está claro porque en el imaginario erótico-político de los tories y los whigs (y por lo tanto del resto de británicos) la afición por el travestismo y las dominatrix han truncado tantas carreras de gobernantes ingleses. Será herencia de la época victoriana, será la alimentación, será la explosiva combinación de extravagancia y flema que estereotipa a los británicos: pero puede que esa civilizada represión de los instintos haya perdido todo su poder afrodisíaco en la era digital.

 

 

Una señal de ello es la noticia de que la biblioteca de la, muy honorable, Universidad de Oxford haya decidido enseñar públicamente sus vergüenzas. La cosa ya empezó a salirse de madre en el 2009, cuando un grupo de estudiantes que se hacían llamar el Club de los cinco (nada que ver con Enid Blyton): decidieron estudiar desnudos de cintura para arriba en la biblioteca. Se empieza así y se termina organizando exposiciones como la que  estará hasta el 19 de enero de 2019 en la que se muestran aquellos fondos de la biblioteca que requerían de un permiso especial para su acceso dado sus contenidos, que en su momento, fueron considerados obscenos.

Bajo el hombre de Phi, la biblioteca oxfordiana, había preservado de la mirada de los más jóvenes un total de 3000 documentos entre libros, tratados científicos y escritos sobre antiguas civilizaciones. Una serie de procacidades y testimonios escritos e ilustrados de las más diversas formas de la sexualidad humana. Algo que, en pleno siglo XXI, cuando se tienen acceso a golpe de clic a todo tipo de escenas sexuales de una explicitud prácticamente clínica: ha perdido gran parte de su poder de provocación.

 

Poemas eróticos de Ovidio ilustrados: una de las obras que la biblioteca de Oxford expone.

 

El cuento basado en la hija de la estrella del porno Nacho Vidal en el que narra sus experiencias como niña transexual. Su padre ha concedido numerosas entrevistas abordando el tema y hablando de la necesidad de una educación sexual. ¿Paradójico o esperanzador?

La profesora española de literatura en la Universidad de California, Maite Zubiaurre en su libro: Culturas del erotismo en España 1898-1939 aseguraba que en España unimos mucho el humor con el sexo por pura vergüenza: por haber sido históricamente incapaces de asumirlo con naturalidad. Y ¿acaso podemos enmendarle la plana a los ingleses?

Si nos atenemos a las impactantes campañas publicitarias con que lleva anunciándose el Salón Erótico de Barcelona durante los últimos tres años pareciera que, al menos, el debate está abierto. En 2015 fue el manifiesto de Nacho Vidal, en 2016 la denuncia de la hipocresía social protagonizado por Amarna Miller, en el 2017 fue la defensa de la diversidad , y en ese 2018 ha sido la reivindicación de un porno feminista y de una educación sexual.

Nadie le puede negar el don de la oportunidad a la agencia Vimema, responsable de las campañas del Salón Erótico barcelonés; no es de extrañar que se alzara con un León de Plata en el prestigioso Festival Publicitario de Cannes.

 

Imagen del spot de 2018 para el Salón Erótico de Barcelona reivindicando una educación sexual para todos.

 

Pero talento publicitario aparte surge la duda: ¿la industria del porno dinamitando la hipocresía de nuestra sociedad amparándose en la legitimidad que le da enseñarlo todo? ¿o se trata de un discurso de lo más cínico para vender como libertaria a una industria que manufactura el erotismo, cosifica a los cuerpos y perpetúa estereotipos sexistas según los preceptos más salvajes del capitalismo?

Eva Perea, licenciada en Derecho con másteres en sexología y terapia sexual que forma parte del equipo de la Fundación Sexpol, publicó un post en el blog de dicha Fundación que hacía un repaso a las vergüenzas, no eróticas, sino políticas y educativas en las que incurre nuestro país a cuenta de la educación sexual. Desde que en 2013 la LOMCE eliminara todo contenido sobre sexualidad en el currículum académico español: la educación sexual se imparte, o no, según el ideario, interés o presupuesto de los propios centros, y esto, como indica Perea:

«a pesar de que en el artículo 5.a) de la Ley Orgánica 2/ 2010, de 3 de marzo, de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo, se afirma explícitamente que “los poderes públicos en el desarrollo de sus políticas sanitarias, educativas y   sociales   garantizarán:   la   información y la educación afectivo sexual y reproductiva en los contenidos formales del sistema educativo»

 

La maravillosa Isabella Rossellini en Green porn, un libro y una serie de vídeos cortos, en los que aborda la sexualidad animal desde el humor más divertido.

 

El sexo es puro instinto animal, es la cultura la que lo convierte en erotismo, la que nos distancia de lo animal y lo hace humano. Y si las instituciones culturales de atención primaria, según hemos dicho más de una vez, son las bibliotecas: ¿por qué en las bibliotecas no se organizan más actividades en torno a la educación sexual y al erotismo? ¿O dejamos que sean los salones eróticos y la pornografía los que sigan cubriendo esas lagunas del sistema educativo español?

Estamos inmersos en la apoteosis de lo pornográfico. Y no nos referimos a la sobreabundancia de referencias al sexo sino a la pornograficación de todo en general. El exhibicionismo sentimental de los realities, la obscenidad de algunos políticos, la apelación a los instintos más básicos en cierto tipo de periodismo, el guirigay de las redes sociales, la exaltación de los cuerpos anabolizados y recauchutados. Nada, prácticamente, queda a salvo de esta glorificación de la pornografía. De hecho, en comparación, el porno dentro de ese contexto resulta de lo más naíf, y en ocasiones, lo más honesto.

El bucle eterno de la pornografía, con sus mecánicos del placer ajeno representando sin descanso los movimientos de la maquinaria del sexo, es el triunfo absoluto del capitalismo sobre la parcela más privada que le quedaba al ser humano: su deseo, su líbido, su intimidad erótica.

 

Homer Simpson escandalizado al abrir un libro de Robert Mapplethorpe en una biblioteca.

 

La magnífica Shame (2011) o cuando el sexo se convierte en un infierno.

En los años 70 la revolución que supuso una película como Garganta profunda (1972), venía impregnada de los aires contestatarios de los años 60. El porno se presentaba como un revulsivo contra el aburguesamiento cultural, y recurría al humor para presentar en sociedad la sexualidad de manera abierta y libre, como nunca antes se había mostrado.

En el contraste entre aquella Linda Lovelace o John Holmes, ingenuos en su tosquedad pornográfica, y el porno industrializado y en serie que eclosiona con Internet: se cifra el conservadurismo de una industria que exacerba los estereotipos a gusto del consumidor. No es de extrañar que vayan surgiendo figuras, aquí y allá, que desde dentro de la industria busquen un cambio de orientación.

 

Dibujo de algunos de los protagonistas de la excelente película Boogie nights (1997): que retrata la industria del porno en los 70. Ilustración de Alexander Wells.

 

Por eso, instituciones como la biblioteca pueden ejercer un papel para recuperar el erotismo como elemento clave de la salud física y mental de los ciudadanos desde la cultura. Pero surge la pregunta: ¿cómo afrontar un asunto así desde una biblioteca pública que atiende a todo tipo de público sin herir ninguna sensibilidad?

Una comedia sobre la adicción al porno y la ardua reconquista del erotismo.

La solución, como en tantas otras ocasiones, es saber en qué espacio hacer según qué cosas, y a qué público dirigirlas. Ya repetimos cual papagayos que la biblioteca del siglo XXI puede y debe hablar de todo, y por lo tanto, también debería colaborar en esta reconquista del erotismo desde la cultura. Como decíamos en otro post: «que su única contribución fuera la de proveer de obras tipo Cincuenta sombras de Grey a los ciudadanos, francamente y sin juzgar los gustos de nadie, sería empobrecer algo tan interesante y necesario.»

Y para cerrar, un tema de Cass McCombs que parece hecho a medida de esta reivindicación de lo sensual. Medusa Outhouse nos muestra la parte trasera de la industria del porno, se acerca a sus protagonistas para observarlos como algo más que cuerpos. No los fragmenta, ni los muestra como máquinas bien engrasadas para alienar a su público, sino que les deja espacio para que se muestren vulnerables, frágiles; y una vez confiados, robarles una simple caricia. Probablemente, el gesto más subversivo que se puede hacer en una fábrica especializada en mecanizar al deseo.


Cass McCombs – «Medusa’s Outhouse» from Anti Records on Vimeo.

Perpetuando estereotipos, destrozando bibliotecas

 

Durante los últimos años, cómics y videojuegos, alimentan la maquinaria del Hollywood más comercial, bueno de Hollywood a secas, que antes se nutría principalmente de lo literario y el teatro. Y curiosamente este devenir en la industria del entretenimiento masivo por antonomasia (al menos hasta que la industria de los videojuegos le haya superado en volumen de negocio) tiene mucho que ver con el devenir de las bibliotecas en su proceso de adaptación a los nuevos tiempos.

El filón de los superhéroes en el cine estadounidense, lejos de remitir, se afianza con más y más adaptaciones de los, en otros tiempos, denostados comic books. En la pugna entre el cine de autor que enarbolaron cineastas como Coppola, Scorsese o Cimino en los 70; y el cine de entretenimiento y efectos especiales que representaron compañeros de generación como Georges Lucas, Steven Spielberg o Joe Dante: está claro quien terminó decantando la balanza de la industria a su favor.

 

La serie ‘Superflemish’ del fotógrafo francés Sacha Goldberger recrea a los superhéroes como pinturas del siglo XVII. Baja cultura con el aspecto de alta cultura: un símil perfecto de la asimilación de los cómics en las bibliotecas.

 

Por eso no es de extrañar que los espectadores y creadores que aspiran a disfrutar y crear narraciones audiovisuales con contenidos más adultos se hayan terminado refugiando en la pujante televisión por cable. La edad de oro de la televisión, series mediante, es la revancha del cine de autor de los 70. Y no es que haya nada malo en las películas de superhéroes, todo lo contrario, algunas son auténticas obras maestras (las dos últimas de Christopher Nolan sobre Batman, por ejemplo, o el segundo Batman de Tim Burton): lo malo es que parezca que no hay cabida, en el cine comercial hollywoodense, para otra cosa que no sean los superhéroes.

Las bibliotecas en cambio no renuncian a nada. Lo literario, las series, el cine, el cómic y los videojuegos siguen presentes, y ganando presencia en sus ofertas, y ahora además podrían tener un beneficio colateral con el que no contábamos.

 

 

Barbara Gordon, bibliotecaria de día, Batgirl de noche.

Esa industria del entretenimiento de la que hablábamos explota a conciencia los estereotipos para así poder fijar con más fuerza esa eterna lucha entre el bien y el mal que caracteriza a las, hasta no hace tantos años, esquemáticas tramas de videojuegos y cómics de superhéroes. El cine clásico de Hollywood puede que se sustentara más en lo literario: pero no por eso ha variado en su representación de lo bibliotecario. Una idea que no evoluciona a tenor de la reacción que dos youtubers, con gran tirón en nuestro país, como son Soy una pringada y King Jedet, tienen en este vídeo que confronta esa idea venida de lejos con lo que son las bibliotecas hoy en día:

 

 

A cada profesión le toca su sambenito y algo habrán hecho los bibliotecarios para merecer la imagen que tienen. En las películas de superhéroes y en los videojuegos tampoco faltan las referencias bibliotecarias: y casi siempre son para convertirlas en escenarios de algún atropello. Pero eso, por increíble que parezca, puede que juegue a su favor.

Un ejemplo de hasta qué punto los estudios de cine están estirando el chicle superheróico son las dos series que, en poco más de diez años, se han dedicado a contar la historia de Spiderman. En la segunda entrega de la segunda trilogía (abortada en su tercera entrega): su creador Stan Lee hacía una de sus habituales apariciones. Cual Alfred Hitchcock, el guionista, editor, creador de Spiderman, Los cuatro fantásticos o los X-Men, acostumbra en cada película de alguna de sus criaturas, a efectuar un cameo, y en el caso de este nuevo episodio del enmascarado arácnido aparecía como bibliotecario.

La escena era lógicamente breve pero no se requiere mucho tiempo para ponerse en situación. En plena batalla destructiva entre el Hombre Lagarto y el Hombre Araña, el afable y tranquilo bibliotecario escucha música clásica y se mantiene en su burbuja de paz y tranquilidad.

 

 

La escena de la biblioteca en el videojuego de Gears of war justo antes de saltar por los aires.

Si hay un requisito que todo espectáculo palomitero debe cumplir es la destrucción de bienes e instituciones. Debe existir alguna lectura sociológica o psicológica en la que no vamos a entrar: pero también en los videojuegos las instituciones culturales, tipo museos o bibliotecas, casi siempre son excusas para una buena escena de destrucción. Pero esta tendencia puede que se revierta a partir de ahora.

Este otoño se lanza Unmemory, el videojuego que se anuncia con uno de esos eslóganes que ya nos engancha desde el principio: «un juego que se lee, una novela que se juega«.

Es leerlo y pensar en que deberían haber contado con la gran Ana Ordás como asesora. De ese modo nos aseguraríamos de que el crossover (anglicismo obligado hablando de superhéroes) entre videojuego y biblioteca se completaría hasta el último nivel.

 

 

El juego ha sido desarrollado por Daniel Calabuig y su socia gracias a una campaña de crowfunding que se llevó a cabo a través de la plataforma Kickstarter. Según detallan en su web Unmemory se anuncia como una nueva forma narrativa, un escape book (otro punto en común con últimas tendencias en bibliotecas: las escape room de las que ya hablábamos en Escapando de la biblioteca, escapando de los bibliotecarios), como un juego de aventura basado en un texto o como una novela digital.

Partiendo de una trama de novela negra el argumento de este videojuego+novela+escape book pone a prueba al jugador+lector+escapista para que se sienta dentro de la trama y ‘experimente’ el relato. ¿Cuesta mucho pensar en las posibilidades que este tipo de proyectos pueden tener en las bibliotecas?

Una escena típica, en muchos relatos de aventuras, policíacos o de suspense, es la que se desarrolla en una biblioteca. Más allá de las clásicas intrigas tipo Agatha Christie de asesinatos de salón y biblioteca: las pistas para dilucidar y hacer avanzar la trama se encuentran en los libros. El siguiente paso de los creadores de Unmemory debería pasar por integrar a las bibliotecas físicas en el periplo del juego narrativo.

Si tanto se promueve la vida sana, se fomenta el ejercicio para contrarrestar el sedentarismo que acarrean las nuevas tecnologías, y cada vez más se recurre al ‘grillete’ que mide tus constantes vitales, los pasos que das y vibra para que te levantes: ¿por qué no aunarlo todo dentro de esa experiencia inmersiva de la que hablan los desarrolladores de Unmemory? Se nos va la cabeza, cierto, pero las posibilidades que surgirían del tándem entre las bibliotecas físicas y este tipo de juegos: no deberían ser desaprovechadas si de verdad estamos hablando de reinventar las bibliotecas. Una oportunidad única de darle la vuelta a los estereotipos bibliotecarios explotándolos a conciencia.

 

Escena en la biblioteca del juego Bloodborne diseñado por Hidetaka Miyazaki.

 

En una entrevista en ‘El País’, Hidetaka Miyazaki, creador de algunos de los videojuegos más exitosos de los últimos años hacía unas declaraciones en 2015 que merece la pena rescatar:

«No me intereso mucho por lo que hacen los demás diseñadores. No me gusta basarme ni en videojuegos ni en películas. La inspiración para crear mis mundos siempre viene de los libros. De un esfuerzo de imaginación». 

«Me encantaba leer libros que aún no podía comprender del todo. Las partes que no entendía porque era demasiado joven me obligaban a usar mi imaginación para rellenar esos huecos y crear mi propia versión de lo que había leído. Es lo que sigo haciendo ahora»

 

En la crónica que hicimos de la locura por los videojuegos que se desató en la Biblioteca Regional de Murcia en el GameMaker48h. (Nunca ‘Game over’ en la BRMU) decíamos que uno de los objetivos era desarrollar en vivo y en directo un videojuego, muy sencillo, con referencias bibliotecarias. Pues bien, dicho videojuego ya está disponible para su descarga gratuita desde la plataforma Google Play. ‘Palas, guardia del saber’ es un videojuego protagonizado por la lechuza Palas que remite a la cultura clásica por inspirarse en la lechuza, símbolo de la diosa de la sabiduría griega, Palas Atenea, y en la nueva cultura representada en la inteligencia artificial: al ser representada como un robot. Para alcanzar esa sabiduría, Palas, tiene que engullir los logos de los distintos servicios de la biblioteca; y evitar al monstruoso Lepisma que amenaza con devorarle como hace con el papel de los libros.

 

 

Palas está claramente inspirada en la versión que el mago de los efectos especiales artesanales, el gran Ray Harryhausen, hizo de la lechuza de Palas Atenea en la primera versión de Furia de titanes (1981): y curiosamente este cruce entre lo artesanal de Harryhausen y lo digital de los videojuegos tiene que ver con el papel de las bibliotecas en este momento.

Todas las maravillas digitales que existen y existirán no serán nada si no consiguen sacudirnos de alguna forma, si no nos conmueven, nos hacen pensar, nos hacen evolucionar de algún modo. La infantilización de la cultura se mitiga dotando de contenido al artificio. Por eso las bibliotecas son las indicadas para aportar ese contenido, esa artesanía cultural necesaria para que las luminarias digitales no se queden en simple pirotecnia que se extingue sin dejar rastro una vez se apaga el dispositivo.

 

Homo sapiens, Homo Deus, Homo byblos

 

El otoño literario de este 2018 está coronado, en cuanto a libros de no ficción, por el último ensayo del historiador estrella del momento Yuval Noah Harari. Sus 21 lecciones para el siglo XXI llevan semanas posicionadas en el número uno de ventas y nosotros nos alegramos. Voces interesantes, en cada momento y lugar, que arrojen una mirada lúcida sobre la actualidad puede haber muchas: pero que lleguen masivamente al gran público no tantas.

 

Obviamente que Obama o Bill Gates recomendasen Sapiens: de animales a dioses, el ensayo que lo catapultó, ha ayudado mucho a que así sea. Pero lo más valioso, se esté o no de acuerdo con todas las predicciones de Harari, es su apuesta por unos valores ilustrados adaptados al movedizo tiempo que estamos viviendo.

¿Tomará alguna idea Ridley Scott a la hora de adaptar el ensayo de Harari de la película de 1981 ‘En busca del fuego’ de Jean-Jacques Annaud: en la que sapiens y neandertales se enfrentaban por el fuego?

Si en Sapiens (deseando ver estamos qué adaptación al cine hace Ridley Scott) Harari cifraba el éxito del menos dotado evolutivamente Homo sapiens para prosperar, y hacerse dueño y señor del planeta, en su capacidad para construir un relato: y después en Homo Deus nos advertía del siguiente estado evolutivo que desechará al sapiens para, inteligencia artificial mediante, alumbrar al Homo Deus. Aquí, osados, nos adelantamos y sin intención alguna de enmendarle la plana a Harari aventuramos que también cabe la posibilidad del Homo byblos.

Si Darwin cifró en la adaptación al medio la evolución de los seres vivos en El origen de las especies; Richard Dawkins lo hizo en el egoísmo de nuestros genes en El gen egoísta; y Steve Pinker denunció las manipulaciones ideológicas sobre la naturaleza defendiendo el peso de la herencia al nacer en La tabla rasa: nuestra teoría en torno al Homo byblos no suena tan marciana (aunque eso sí: mucho más pobremente argumentada).

 

Darwin nunca podría haber predicho que su teoría de la evolución ‘inspiraría’ cosas como Hace un millón de años (1966) pero qué duda cabe que Raquel Welch como cavernícola era toda una evolución.

 

El Homo Deus al que nos abocan las predicciones de Harari se sustenta en la cultura, en el conocimiento acumulado por el Homo sapiens, que una vez evolucionado y alcanzada la divinidad, gracias a la cultura y el conocimiento, posibilita el advenimiento del siguiente paso evolutivo. No es la naturaleza, como en Darwin, la que marca el ritmo, ni siquiera la cultura: sino la tecnología. Y si los vituperados sapiens que somos no queremos perder el poder tan pronto (aunque visto lo visto sería hasta deseable): más nos vale ponérselo un poco más difícil al prepotente heredero que nos pisa los talones dándole cancha al Homo byblos.

De la palabra byblos deriva biblion origen de Biblia y biblioteca. Ahora que las religiones languidecen irremediablemente como vertebradoras del orden social (solo hay que ver sus estertores en la rabia yihadista que quiere morir matando): el último refugio sigue siendo la cultura. Claro que para eso el nuevo culto a la tecnología está haciendo muy bien los deberes para conseguir que los Homo sapiens vendamos barato y fácil nuestro futuro. Antes la posteridad se alcanzaba a través de logros culturales, pero ahora que la inmortalidad está a la vuelta de la esquina gracias a la biotecnología: ¿para qué va necesitar el Homo Deus lo que entendemos todavía por cultura?

The fuzzy (el equivalente en inglés a ser ‘de letras’) and the techie (el equivalente a ser ‘de ciencias’): porqué las humanidades gobernarán el mundo digital. El ensayo del pope Silicon Valley que habla de la necesidad de las humanidades en el mundo digital.

Si en 2017 la revista especializada holandesa ‘Intelligence’ publicaba un estudio que demostraba que nuestros antepasados de la era victoriana eran más inteligentes que nosotros; en 2018 un nuevo estudio publicado en Noruega en ‘Proceedings of the National Academy of Sciences’ vuelve a incidir en que el coeficiente intelectual humano ha caído 7 puntos en las últimas décadas.

Todo viene a refrendar la necesidad de ese Homo byblos pero, si así y todo, necesitamos todavía convencernos: la actualidad siempre viene a nuestro auxilio. Es el caso del experto e inversor en grandes compañías de Silicon Valley (el jardín del Edén tecnológico) Scott Hartley, autor del libro The fuzzy and the techie, que en una reciente entrevista en ‘Retina‘ defiende a las humanidades como tabla de salvación para no perder la partida frente a la apisonadora de la inteligencia artificial.

De forma intuitiva, como lo hacemos aquí todo, ya defendíamos hace dos años, en Léeme soy community manager, que había que promover «acciones formativas que sirvan para dar contenido cultural a tanta tecnología«. En ese mismo post recogíamos lo que el Foro Económico Mundial de Davos decía que iba a ser lo más importante en el mundo hipertecnologizado en el que estamos: el pensamiento crítico y la creatividad. Así que las palabras de Hartley solo vienen a refrendar la trascendencia de las humanidades en la actualidad.

 


Según un artículo en ‘Xataka’ la ventas de libros en papel lejos de desaparecer se mantienen. En este anuncio francés de hace 5 años ya decían claro: el papel nunca morirá.

 

Si a esto sumamos que, como nos desvelan en ‘Xataka’, que los libros en papel, lejos de perder la batalla contra los digitales, se mantienen e incluso prosperan: solo nos cabe decir que dos + dos = cuatro y que el Homo byblos que proponemos como alternativa no suena nada descabellado.

¿Estamos defendiendo una regresión? ¿vamos de luditas? Para nada. Lo que abogamos con ese Homo byblos es una aceptación de la tecnología desde un prisma humanista, desde una memoria de dónde venimos: y de donde venimos es de la cultura impresa, de la cultura escrita. Lo de que una sola imagen vale más que mil palabras es mentira: para interpretar una sola imagen correctamente antes han tenido que escribirse mucho más que mil palabras para poder nombrar y aprehender lo que en ella vemos.

 

El monolito de ‘2001 odisea en el espacio’ (1968) puede que fuera un smartphone. Fotomontaje de la revista ‘Hobby consolas’.

 

Harari en una entrevista, a raíz de su último ensayo, revelaba que los poderosos no tienen smartphones. En una sociedad en la que despreciamos nuestra privacidad en pos de visibilidad en las redes: los que de verdad mueven los hilos siguen marcando la diferencia y se protegen contra esos ladrones de tiempo que quieren captar y retener nuestra atención para que sintamos todo el tiempo y pensemos poco. Ellos serán los elegidos, los Homo Deus que agudicen esas desigualdades que ya no se sustentarán en la riqueza sino en el código genético.

Por eso si no queremos ser como los simios del principio de 2001, odisea del espacio (1968) ante el monolito reconvertido en smartphone; si no queremos que la soberanía del futuro pase de la ciudadanía ignorante a los algoritmos inteligentes como aventura Harariprogresemos sin desperdiciar lo que nos ha llevado hasta aquí. En la carrera por la evolución entre el Homo sapiens y el Homo Deus el combustible es la cultura, esa cultura que custodian las bibliotecas. La IA está dando clases de apoyo intensivas para superarnos: no cedamos tan fácilmente el testigo.

 

Una de las coreografías con robots de la española Blanca Li.

 

En la entrevista con Hartley se menciona a la bailarina Catie Cuan: que actualmente trabaja en el Laboratorio de Robótica, Automatización y Danza de la Universidad de Illinois. La bailarina está enseñando movimientos más gráciles y elegantes a los robots para (textualmente) «facilitar la interacción con los humanos y generar confianza». Nunca mejor dicho: para que nos confiemos.

Hace unos años la bailarina y coreógrafa española afincada en París, Blanca Li, indagó en la misma línea con sus coreografías compartidas con robots. Pero como confiamos en que, sea el que sea, el Homo que prevalezca: lo #bibliobizarro no se pierda nunca. Por eso, antes que con Catie Cuan o Blanca Li, preferimos cerrar con Dee D. Jackson y su hit de 1978 ‘Automatic lover’. Dudamos mucho que ninguna inteligencia artificial, por avanzada que esté, alcance a descifrar el significado de tamaño delirio cibernético-disco. El cortocircuito está asegurado.

 

 

Marina d’Or ciudad bibliotecaria

«un paraiso
perfecto, artificial, artificial
cien piscinas
y diez mil pisos
entre palmeras sinteticas que no hay que regar.»

 

Hace unos años el grupo autoprefabricado (como les gusta denominarse) Nancys Rubias, liderado por el frustrado aspirante a bibliotecario, Mario Vaquerizo: intentó que el complejo vacacional Marina D’Or les permitiera grabar el vídeo de su tema homónimo en la conocida ciudad de vacaciones.

Los responsables de dicho complejo o no supieron ver la oportunidad o sospecharon de las intenciones del grupo del mediático marido de Alaska: pero el caso es que se decantaron por dejarlo estar y no ceder sus espacios al grupo español.

Marina D’Or ya forma parte del imaginario popular español relativo al verano junto a Georgie Dann, las suecas, Benidorm, la paella, el chiringuito o el chulo piscinas. Ciudad de vacaciones. Si los símbolos de la España turística de los 60 han quedado en el imaginario colectivo como representaciones de esa España tardofranquista hecha de folclore y aperturismo; Marina D’Or también es posible que quede como símbolo de una época que surgió a raíz del boom urbanístico que arrancó en los 90 y que se alarga hasta nuestros días.

 

Carteles promocionando España como destino turístico en la década de los 60.

 

El concepto de ocio, vacaciones y urbanismo que representan Marina D’Or se dirige a un público familiar, y por lo tanto, a los niños. Hemos recurrido a su nombre para este post porque representa como pocos una idea del ocio y las vacaciones fácilmente asumible por cualquiera que haya visto, aunque sea distraídamente, su oferta en algún spot televisivo.

No está al alcance de todas las familias vivir veranos en entornos tan idílicos e iniciáticos como los de las películas Verano 1993 (2017) o Call me by your name (2017): decimos el entorno, no las historias que en ellas se narran. Y ni siquiera sabemos si muchos de los ‘tecnologizados’ niños actuales apreciarían demasiado esos veranos que tan idealizados tenemos los adultos.

 

La deliciosa serie de cómics franceses: Los buenos veranos de Zidrou y Lafebre.

 

Hacer un post veraniego sobre exquisitos hoteles con bibliotecas, destinos con trasfondo literario o rutas culturales de ensueño es demasiado obvio. Son los fenómenos de masas en los que hay que ejercitar una labor, minúscula pero constante, de intromisión para conseguir que esa perspectiva bibliotecaria (por llamarla de algún modo) se infiltre y termine apoyando ese Golpe de estado cultural en ciernes que poco a poco, gota a gota (de sudor), llevamos tiempo pregonando desde este blog.

En Marina D’Or, ciudad de vacaciones hay desfiles, espectáculos, balnearios, cines, parques acuáticos, concursos de misses, restaurantes, parques de atracciones y un variado muestrario de ofertas para mayores y pequeños que incluye, según su web, una biblioteca infantil. Bien está. Aunque, modestamente, desde aquí les sugeriríamos incluir también una biblioteca para los adultos.

El caso es que las vacaciones sean productivas. Que los niños tengan una actividad constante de forma que no les dé tiempo a caer en el temible aburrimiento y, de paso, den algo de tregua a los mayores. Ya habrá tiempo luego de tratarles la hiperactividad y los trastornos de atención aumentando las minutas de los consabidos especialistas.

 

 

Pero tampoco los adultos escapan a esa productividad que ha de tener el periodo vacacional para cumplir con los estándares de lo que se considera un ocio socialmente aceptado según los valores del momento. En la campaña publicitaria de una conocida agencia de destinos de viaje lanzan la pregunta de qué hacer una vez llegas al destino elegido: y proponen un listado de actividades según viajes a Roma, París, Londres, Nueva York o Tokio. (¿¿??)

Si del retrato firmado por un pintor local, del pater o la mater familias, por encargo que lucía en los salones de los 60; pasamos a la segunda residencia vacacional; los equipos de música o la televisión con sonido envolvente en pisos con paredes de papel para ostentar el ascenso social de una familia: hoy día esas exigencias pasan por viajar a destinos cuanto más exóticos mejor. Y así poder nutrir los relatos paralelos a la realidad que se registran en nuestras cuentas de Facebook o Instagram

 

 

En un post de Librópatas se rastreaban los antecedentes de la actual turismofobia en las novelas de Jane Austen. También Henry James hizo retratos nada favorecedores de los turistas estadounidenses de viaje por la Europa del finales del XIX.

En la localidad noruega de Flam, parada obligada de todos los cruceros que recorren los fiordos, no han dejado de surgir carteles y pintadas expresando la repulsa de los noruegos (e igual hasta de los no noruegos) al tráfico continuo de barcos de gran calado colonizando los fiordos.

Quien sueñe con perderse por los magníficos paisajes nórdicos para disfrutar de una naturaleza protegida por la Unesco, es mas que probable que se encuentre que en lugar del rumor del agua o el viento, su paseo se vea acompañado por el reguetón que marca el ritmo de las actividades que se desarrollan en la cubierta de cualquiera de los enormes cruceros que invaden la zona cada verano.

 

Marlene Dietrich rebosante de actitud a bordo del transatlántico Europa.

 

El cine clásico de Hollywood, como en tantas otras cosas, tiene la culpa de la idealizada imagen que tenían generaciones previas de lo que era un crucero.

Cary Grant y Deborah Kerr enamorándose a bordo de un selecto crucero en Tú y yo (1957) ; Bette Davis en La extraña pasajera (1942); Marlon Brando y Sophia Loren en La condesa de Hong Kong (1967), etc. En aquellos tiempos la llegada a los Estados Unidos de las estrellas europeas que iban a conquistar Hollywood siempre era a bordo de un transatlántico: así lo hicieron antes de que las escalinatas de los aviones les robasen el protagonismo: Greta Garbo, Marlene Dietrich o Ingrid Bergman. Claro que décadas después llegaría la serie de Vacaciones en el mar (Love boat) para preparar el terreno a nuestros días.

Del glamour de los cruceros que aparecían en las películas del Hollywood clásico a los cruceros temáticos sobre The walking dead de nuestros días.

Hoy día los enormes transatlánticos trasladan la eficacia de un bloque de apartamentos de Benidorm o de un hotel de Marina D’Or hasta alta mar. Y como en estos casos, hay que llenar el tiempo de actividades.

La línea de cruceros estadounidense American Cruise Lines ha lanzado su propuesta de cruceros temáticos para su temporada 2018-19 en la que incluyen cruceros temáticos sobre música del Mississippi, de Nashville, o sobre autores, como Mark Twain.

Los cruceros temáticos no son algo de ahora. Como ya recordaba un artículo en El País, en 2006, los primeros se remontan a los cruceros con fines arqueológicos por el Nilo en el siglo XIX. En dicho artículo se recogían propuestas del momento como: cursos de idiomas o literatura inglesa auspiciados por la Universidad de Oxford en el viaje Barcelona-Nueva York a bordo del Queen Mary 2, un barco con una biblioteca de 8000 o una filmoteca con 3000 películas, y en el que además se hacía talleres de escritura, seminarios de astronomía o de arquitectura o arte.

 

 

En cuanto a España, el artículo de El País de hace doce años ya decía que lo de cruceros temáticos no acababan de cuajar, y en este 2018, según el mismo medio, parece que sí se han asentado: pero sin recurrir demasiado a las estimulantes propuestas que ofrece el Queen Mary 2. Star wars, camareros robots, gourmets, locos por los 80, Bollywood… son algunas de las propuestas para esta temporada.

Nosotros, dada nuestra vocación de servicio, retomamos el tono que utilizamos hace un año en Turoperador bibliotecario: recuperando la idea de «agencias de viajes bibliotecarias como nuevo servicios para quienes quieran salirse del redil». En el ámbito de los cruceros se nos ocurren numerosas temáticas a tener en cuenta.

 

Ingrid Bergman en Stromboli (1950) de Roberto Rossellini: otra posible inspiración para un crucero temático por el Mediterráneo.

 

Lunas de hiel (1992) de Polanski: transcurre en un crucero pero no parece la más adecuada para inspirar unas vacaciones apacibles en pareja.

Crucero Lord Byron por las islas griegas con escalas en Safo y actividades en torno a la obra de Cavafis ; crucero Stevenson por el Caribe con escalas en la Cuba de Hemingway o en el Puerto Vallarta de Tenesse Williams en La noche de la iguana; crucero Jack London por el Ártico; crucero Patrick O’Brian por costas sudamericanas; crucero Terenci Moix por el Nilo; cruceros Joseph Conrad tanto por costas africanas como asiáticas… Y si ampliamos a referentes cinematográficos o musicales entonces la cosa nos daría para una serie completa de posts decididamente temáticos.

Pero no era esa la idea. El empeño por infiltrar referentes culturales en las ofertas de ocio y tiempo libre es una contrapartida o una compensación. Muchas bibliotecas se esfuerzan, cada vez más, en no parecer bibliotecas para quitarse el lastre, la imagen, que pese a tantos esfuerzos, las sigue asociando a lo aburrido. De ahí que algunas estén pareciéndose cada vez más a parques de atracciones bibliotecarios.

 

Biblioteca Poplar en Pekín.

 

Según el decálogo de Faulkner-Brown, arquitecto que orientó su carrera a la construcción de bibliotecas, y sigue siendo un referente en este campo: el edificio de una biblioteca debe ser flexible, fácilmente adaptable, accesible, confortable, y muchas cosas más.

Las bibliotecas con las que cerramos el post (y el blog hasta septiembre) no sabemos si cumplirán a rajatabla los mandamientos de Faulkner-Brown, pero resultan muy oportunas para la permeabilidad que promueve este post: de las ciudades del ocio a las ciudades bibliotecarias en un viaje de ida y vuelta.

Y luego ya que cada uno se lo monte como quiera: viajando, quedándose en casa sin necesidad de aparentar nada, o cultivando ese exquisito aburrimiento, perdiéndole el miedo a no hacer nada productivo, que defiende Andrea Köhler en su último libro, como paso necesario para que pueda ocurrir algo maravilloso.

 

Biblioteca del resort Soneva Kiri en Tailandia, con jaula suspendida en el aire para niños.

Biblioteca-árbol en el Regent Park de Londres.

La biblioteca-árbol del Regent Park de Londres vista desde abajo.

Biblioteca en un orfanato en Tailandia.

Biblioteca de un hogar en Austin (EEUU), un asiento colgante permite acceder a las partes más altas de las estanterías.

Otro plano de la Biblioteca Polar de Pekín.