Asalto a la biblioteca del distrito 18

 

En el clásico de cine B Asalto a la comisaría del distrito 13 (1976): los policías que custodian a varios delincuentes peligrosos en una pequeña comisaría de Los Ángeles sufren un brutal asedio por parte de un grupo de pandilleros en busca de venganza. No vamos a decir que el pasado 3 de enero, la plantilla de la Biblioteca Václav Havel en el distrito 18 de París, vivieran una experiencia tan al límite como los policías de la película de John Carpenter: pero es más que probable que tarden en olvidar algo así.

 

 

Cartel anunciando la apertura de la Biblioteca Václav Havel en el distrito 18 de París.

Ese día, un grupo de jóvenes adolescentes de la zona, volvieron a atacar la biblioteca provocando daños en instalaciones, colecciones e insultando y amenazando a los bibliotecarios. Según la crónica, que recoge la web ActuaLitté, les univers du livre, los trabajadores tuvieron que refugiarse tras las persianas de hierro que bajaron para protegerse de los objetos contundentes que les arrojaban; y al día siguiente, optaron por mantener el centro cerrado.

Pese a todo los bibliotecarios no quieren estigmatizar a los adolescentes. El equipo lleva mucho tiempo solicitando la inclusión de un mediador en el equipo de la biblioteca que sepa lidiar con este tipo de conflictos y revertir la situación. Una actitud de lo más loable por parte de los profesionales del centro y, que recuerda en cierto modo, a los docentes estadounidenses y su hashtag #armmewith (ármame con).

Ante la brillante idea de Donald Trump de proveer de armas al personal docente, como forma de evitar nuevas matanzas en centros educativos: los profesores han respondido pidiéndole que los arme, sí, pero con recursos, libros, medios, programas para ayudar a jóvenes con problemas mentales, equipos, personal, y por supuesto, también bibliotecas de aula como compartía esta profesora en su cuenta de Instagram:

 

Una buena biblioteca escolar podría enseñar empatía y empoderar a los estudiantes para entender a otros seres humanos.

 

Después de todo, los adolescentes estadounidenses, como los de cualquier sociedad, no hacen más que reproducir de manera más trágica y radical (como corresponde a tan conflictiva edad) los problemas enraizados en el entorno que les rodea.

En un episodio de la estupenda serie danesa Borgen (2010): el presidente de Groenlandia le cuenta a la presidenta de Dinamarca que, en los últimos años, el nivel de suicidios de niños y jóvenes en la isla va en aumento. El suicidio es, tristemente, algo habitual entre los groenlandeses, pero como señala el mandatario ártico de la ficción, siempre había sido habitual entre ancianos que no querían ser una carga. La falta de futuro, de horizontes vitales en un paisaje que es puro horizonte, sería el motivo en cambio para los jóvenes. Morir matando en la sensacionalista América de Trump o morir en el silencio helado de Groenlandia.

 

Campaña de 2012 para exigir el control de armas en los Estados Unidos: no parece que sirviera de mucho.

 

Esperar que Trump haga caso a las peticiones que los profesores comparten con el hashtag #armmewith es tan ingenuo como esperar que, en nuestro país, la cultura (bibliotecas) protagonice los programas electorales de los partidos políticos en la próximas elecciones. La entrañable organización Michigan Open Carry, tras la masacre de la Escuela Primaria de Sandy Book, que tuvo lugar en diciembre de 2012, no tuvo mejor idea para sensibilizar a los ciudadanos de Michigan sobre los fines de su organización que promover una marcha a la biblioteca del distrito portando, orgullosamente, sus armas.

Las autoridades locales, ante la preocupación de otros sectores de la población, que denunciaron el exhibicionismo armamentístico, declararon que nada podían hacer, y que las amables amas de casa que acudían al supermercado o a la biblioteca a hacer los deberes con sus hijos con el revolver en la cintura: estaban en todo su derecho. Eso era en 2012 y en 2018 si las cosas han cambiado ha sido para peor.

 

Los simpáticos miembros de la Michigan Open Carry desfilando con sus armas camino de la biblioteca local.

 

El pasado agosto un joven de 16 años abatió a tiros a dos bibliotecarios en la Biblioteca Pública Clovis-Carver en Clovis (Nuevo México); y en la Biblioteca Pública de Clifton Park-Halfmoon (Nueva York) se organizan simulacros para saber cómo reaccionar y protegerse en el caso de tiroteo en la biblioteca. En vista de esta situación los bibliotecarios estadounidenses bien podrían hacer suyo el verso de Gabriel Celaya y hacerlo hahstag, a semejanza de los docentes, replicando que las bibliotecas son armas cargadas de futuro (#librariesweaponswithfuture). Pero, pensándolo bien, mejor no. Pasaría a engrosar el abultado repertorio de eslóganes estilo Mr. Wonderful sobre lectura y bibliotecas que hacen más daño que bien.

 

Cartel situado en la puerta de acceso a una biblioteca en Estados Unidos.

 

No vamos a jugar a psiquiatras o sociólogos de pacotilla indagando en el porqué las pacíficas bibliotecas llegan a convertirse en objetivos de la rabia adolescente en Francia o Estados Unidos. No vamos a hacer como los policías que, tras desmantelar una red de delincuentes, narran orgullosos ante las cámaras los procedimientos seguidos por los malhechores dando ideas para aquellos que no sabían cómo hacerlo. Pero lo cierto es que las bibliotecas acumulan razones para ser víctimas propiciatorias de esa furia vandálica.

Pensamos siempre en las bibliotecas como remedio de muchos males, como instituciones que promueven la inclusión social, la acogida, el fomento de la cultura como esperanza de un futuro mejor. Pero desde la perspectiva de esos jóvenes que ni leen, ni estudian, ni viven otra realidad más que lo marginal: no dejan de ser instituciones de ese mundo que les excluye, lugares que albergan esa cultura que les mira con conmiseración o directamente desprecio. La biblioteca, como la comisaría en la película de Carpenter, representa a las fuerzas del orden cultural. Y encima son blancos fáciles.

 

 

De saber de su existencia, más de uno de esos vándalos suscribiría el título-eslogan del ensayo de Mikita Brottman, que en los últimos días viene animando el cotarro cultural: Contra la lectura. Aunque si se fijasen en la letra pequeña ya se verían excluidos: “un ensayo dedicado a los lectores que no creen que los libros son intocables“.

Pero el argumento que esgrime el texto promocional de la editorial Blackie Books (siempre tan hábil a la hora de inventar títulos sensacionalistas para capturar la atención) puntualiza contra quien va el ensayo en realidad: “contra los pedantes que dicen que aman los libros, pero que en realidad, solo consiguen que el mundo aborrezca la lectura”. Y en eso, es posible, que todos los que habitamos el fuerte bibliotecario tengamos algo de responsabilidad: y por ello, nos acosen los indios intentando arrasarlo todo.

 

Viñeta del magnífico cómic de Hugo Pratt y Milo Manara: Verano indio.

 

Dejando aparte la comprensión que el discurso más progresista muestra hacia las problemáticas sociales cargando toda la culpa en las injusticias del sistema; olvidando intencionadamente lo conflictivo en sí de la naturaleza humana: si es cierto que, como sostenía Pierre Bordieu, el gusto (cultural) es una cuestión de clases. Una herramienta que se pone al servicio de la élite dominante. Y el concepto de cultura que venden las bibliotecas no queda fuera de ese juego.

Lo que dice Brottman en su ensayo ya lo abordó, de otro modo, Evelio Martínez Cañadas en un post de BibligTecarios: Sobre la (in)utilidad de la lectura. Leer no tiene porque ser siempre bueno y el debate que ha abierto la publicación del libro de Brottman es estimulante.

 

The Florida project es una de las películas de la temporada. La historia de unos niños que crecen en el entorno degradado de un desvencijado bloque de apartamentos cercano a Disneyworld entre drogas, prostitución y pobreza. Futuros indios para asaltar bibliotecas.

 

El periodista Cristóbal Peña publicó en 2103 La secreta vida literaria de Augusto Pinochet: un libro en que revelaba la identidad bibliófila del dictador que llegó a acumular una gran biblioteca. Según relataba Peña la pasión por la lectura y los libros de Pinochet era un secreto: parecía que se avergonzara de ello y quiso mantenerlo lo más privado posible.

Y es que leer por leer no significa nada en sí mismo si lo que lees no redunda en una mejor comprensión de tu entorno. Si solo lees aquello que confirma tus ideas, una y otra vez, tu mundo cada vez será más y más pequeño.

El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones: y los argumentos buenistas en torno a la lectura terminan en frases de autoayuda vacía que no convencen más que a los ya convencidos. Si la biblioteca quiere acabar con el asedio de los salvajes debería empezar por desacralizar la cultura; por desactivar el sermón sobre sus beneficios que promete una salvación en esta vida igual que los curas prometen la salvación en la otra.

 

 

Precisamente un libro de conversaciones entre Karel Huizdala y Václav Havel (en cuyo honor se bautizó la biblioteca parisina asediada en el distrito 18) se titulaba: Perturbando la paz. En esas conversaciones, el político y escritor checoslovaco, dijo que “cualquiera que se tome a sí mismo demasiado en serio siempre corre el riesgo de hacer el ridículo“. Algo que todos los que hablamos sobre cultura y bibliotecas deberíamos tener en cuenta para no incurrir en el peligroso hábito de terminar engolando la voz.

Pero volvamos a Francia para cerrar a ritmo de hip hop (el ritmo de muchos de esos jóvenes marginales). El youtuber Squeezie se unió a los raperos Bigflo y Oli en una aventura musical-bibliotecaria de lo más jugosa. Alain Rey es un reputado lexicólogo que se ocupa del Diccionario The Robert. Los músicos, junto con el youtuber, pidieron su colaboración para hacer un tema en el que sus rimas incluyesen algunas de las palabras más chocantes del francés. Una colaboración callejera-académica que dio como resultado un divertido vídeo y un pegadizo tema con miles de visitas en Youtube.

¿Quiere esto decir que para no engolar la voz cuando se habla de cultura hay que glasearlo todo para que potenciales vándalos no le tengan tanta antipatía? Pregunta en el aire con la que termina este asalto.

 

“No tengo Facebook, Twitter, ni Instagram”: el desgarrador testimonio de una biblioteca en directo

 

Hace poco, ‘The New York Times’, dedicaba un artículo a la carismática cantante Sade Adu. Desde que surgiera con su grupo en los 80 solo ha editado seis discos (recopilatorios aparte): pero pese a ello, su música ha sido una constante en emisoras para adultos (como las denominan los anglosajones), salas de espera de cirujanos estéticos, e hilos musicales de locales de lo más dispar que aspiran a disimular sus cutreces con el toque chic, devenido en cliché Ferrero Rocher (reservarse para no empachar), que les aporta la música de la británico-nigeriana. Sus silencios son impredecibles, y en el caso de cualquier otra figura, ello la condenaría de inmediato al olvido, pero eso no parece suceder en el caso de Sade. Cuando vuelve, como la última vez en 2011, vuelve a movilizar a sus fans que la esperan lo que haga falta.

 

Sade dándole la espalda a muchas de las servidumbres del star system.

 

Cormac McCarthy solo concede una entrevista cada diez años.

Esta especie de Greta Garbo musical contraviene la mayoría de reglas de lo que debe hacer una estrella en cuanto a su exposición y, pese a ello, según detallaba el artículo del prestigioso periódico neoyorquino, hay un auténtico culto a su figura. Tatuajes, camisetas, pendientes de aro: toda una imaginería en torno a la discreta cantante se vende como signo de distinción para todo el que quiere ser cool.

En plena vorágine del escaparatismo digital en el que todos (individuos e instituciones) se esfuerzan por mostrarse en las redes: Sade, envuelta de misterio en el pueblecito escocés en el que vive con su actual pareja, no parece esforzarse demasiado para que no la olviden los medios. Y mientras, los rumores sobre si este será el año en que volverá a sacar disco mantienen alerta a sus seguidores.

 

J. D. Salinger, el escritor esquivo por antonomasia, defendiéndose de un fotógrafo intruso en los años 80.

 

El talentoso cantante, compositor y bailarín Stromae, tras dos exitosos discos, decidió retirarse durante un tiempo sin determinar.

Cultivar el misterio en el siglo XXI, que se lo digan a Lana del Rey, no es fácil.  Por eso, por contrastar y contemporizar, el titular de este artículo es falso, (aunque seguro que más de una biblioteca no tendrá Facebook, Twitter ni Instagram) sensacionalista, amarillista, impactante, y con todos los resabios propios de la prensa más torticera.

¿Puede una biblioteca mantenerse al margen de las redes sociales hoy día? Prácticamente todos al unísono responderíamos que no. Pero ¿qué precio pagan las bibliotecas/bibliotecarios por estar en las redes?

El lunes 22 de enero se celebró el octavo Día Internacional del Community Manager. Si hay un Día Mundial del Retrete (19 de noviembre) o un Día Internacional del yoyó (6 de junio): ¿por qué no va a existir un día para los mayores pedigüeños de clics, retuiteos, comentarios, pingbacks y demás interacciones digitales que habitan la Red? La profesión bibliotecaria parecía predestinada desde el primer momento para adaptarse al difuso perfil de ese comunicador online que es el community manager. Si lo de ratón de biblioteca es un lugar común al hablar de la profesión: ¿qué otra cosa no son los community managers sino ratoncitos aplicados a hacer girar cada día la rueda de Internet?

 

El dúo electrónico francés Daft Punk pese a su enorme éxito siguen siendo unos desconocidos: siempre tras sus futuristas cascos de motoristas.

 

En ‘La Opinión de Zamora‘ celebraron el Día del Community (CM para los amigos) hablando de la cuenta de Facebook de la Biblioteca Pública del Estado (todo un detalle desde un medio). Según relata la crónica, la bibliotecaria responsable de gestionar la cuenta, tras una década en solitario, tuvo que pedir ayuda al resto de la plantilla por lo mucho que le absorbía alimentarla. Los bibliotecarios de Zamora dicen no obsesionarse con las estadísticas, ni las interacciones, primando un contenido de calidad e interés. Bien por ellos. Pero los peligros de la vanidad satisfecha acechan en cada intro.

Y es que las redes son insaciables, fomentan tu vulnerabilidad (solo hay que atender a lo que ha pasado recientemente con la cuenta de Twitter de las bibliotecas del Ayuntamiento de Madrid) y están ideadas para crear dependencias. El silencio en las salas de una biblioteca es algo a preservar; pero el silencio en las redes sociales es un páramo por el que nadie quiere transitar. Ni siquiera una biblioteca.

Por favor, please, bitte, s’il vous plait, prego, si us plau, mesedez, prosim, molen vasléeme soy community manager. Antes de alcanzar tal grado de patetismo multilingüe mejor repasamos las características que se reconocen propias de un buen CM para ver hasta qué punto se ajustan a las habilidades propias de un buen bibliotecario:

 

Infografía de la web mexicana Alto nivel sobre el perfil idóneo de un community manager.

 

El filón inagotable y maravilloso de las portadas pulp tuneadas de Pulp Librarian en este caso: “Técnicas de persuasión lectora para el bibliotecario moderno”.

Profesional, comunicador, sensible, analítico, organizado: todo suena bien y todo es fácilmente compartible entre ambas figuras (bibliotecario y CM). Lo de carismático, revolucionario, innovador, propositivo, proactivo, buen escritor… dependerá de cada caso. Pero lo que no está tan claro es que no se termine usando el perfil de la empresa/biblioteca como una cuenta personal si se aspira a diferenciarse.

No hay que extraviarse en lo profesional, y eso las redes lo ponen difícil, como reconocen los bibliotecarios de Zamora: “No podemos calcular cuánto tiempo le dedicamos porque fuera del trabajo también estamos con el pensamiento Facebook”.

El gran logro de Internet es haber derribado la barrera entre ocio y trabajo, haberle dado a todo una apariencia de juego y modernidad: por eso hay que estar alerta para no terminar como ratones de laboratorio pulsando frenéticamente la tecla que produce orgasmos antes que la que nos proporciona alimento.

Si se pretende que el muro de las redes de una biblioteca no sea un simple tablón de anuncios por falta de tiempo: lo más sencillo es convertirlo en un diario de a bordo en el que reflejar la travesía que supone cada día poner en marcha la biblioteca. Ya reuníamos los consejos para llevar a cabo esta tarea sin dejarnos las pupilas en el intento en el experimental …(post en obras). A modo de resumen de lo que allí desarrollábamos:

 

  1. “narrar anécdotas cotidianas, en las que no comprometamos a nadie por ello”
  2. “conectar el relato que hagamos del día a día de la biblioteca con la actualidad social más inmediata”
  3. “no tengamos miedo a mostrar las debilidades, los puntos flacos que estamos trabajando para mejorar”
  4. “y por encima de todo, abrirlo al público. Adoptar la forma de hacer de los fanzines”
  5. “y en medio de todo, el bibliotecario, como auténtico community manager, es decir como el que maneja (en el buen sentido) a la comunidad”

 

No es ninguna receta infalible, pero al menos aleja un poco el fantasma de la precariedad del que habla Remedios Zafra en su ensayo ganador del Premio Anagrama de Ensayo 2017. Y es que si algo tienen los bibliotecarios que de verdad se comprometen con su trabajo es entusiasmo (además de falta de tiempo). De hecho, en ocasiones, no tienen más que eso: y ahí está el peligro.

 

 

Zafra indaga en la inestabilidad de los trabajadores del ámbito cultural, académico y creativo que, constantemente, tienen que recurrir a su vocación por la cultura y a un entusiasmo inagotable para seguir adelante. Una hipermotivación peligrosa que el sistema aprovecha, gracias a la conectividad a tiempo completo que permite la Red, para instrumentalizarla y hacer que demos gracias por trabajar en algo “tan bonito como es la cultura” (el entrecomillado es nuestro) pese a que los beneficios tangibles (económicos y laborales) sean siempre inciertos y precarios.

Trabajar por amor al arte en su versión digital 5.0. La bohemia cultural hace mucho que desapareció a golpe de clics. Ahora es la palmadita del político o jefe de turno la compensación por todos los desvelos: y si no, ahí están las interacciones digitales para saciar el ego y la vanidad y recibir así una gratificación inmediata que te haga sentirte realizado y postergue indefinidamente una mejora laboral. El “me debo a mi público” de las folclóricas como mantra que espante el desaliento ante tanto sobre esfuerzo.

 

Murger retrató el París bohemio de las vanguardias de finales del XIX. En el XXI los bohemios siguen igualmente pobres pero con conexión wifi en sus buhardillas: desde las que se conectan a un mundo que no entiende de un romanticismo que solo pervive en sus cabezas.

 

El libro de Zafra da para mucho, pero por ahora, nos quedamos con un fragmento que parece interpelar de manera directa al gremio bibliotecario:

“me resulta llamativo cómo el sobre esfuerzo de las redes se ha orientado más a construir apariencia de verdad desde el exceso de imagen, sobreinformación y estilización, pero no ha ido encaminado a favorecer lazos de confianza” (pág. 115)

Lazos de confianza: he aquí un concepto clave para las bibliotecas que, a diferencia del desgarrador testimonio con que se abre el post, tengan Facebook y/o Twitter y/o Instagram.

La biblioteca sin filtros que edulcoren nada, la biblioteca de proximidad, la biblioteca cercana que haga que sus usuarios se sientan a gusto en un entorno digital seguro, la #bibliotecavstrolls de la que hablábamos hace un tiempo. Fomentar esos lazos de confianza a través de las redes de las bibliotecas no va a acabar con ese precariado al que nos abocan: pero la confianza es el primer paso hacia la solidaridad y la creación de un verdadera comunidad digital. Y eso ya es un gran logro viniendo de un puñado de voluntariosos bibliotecarios que cada día reinician el relato de del día a día de sus bibliotecas en las redes.

 

El documental recién estrenado sobre Grace Jones.

 

Y hablando de figuras a las que los tiempos no parecen marcarles el ritmo ahí está Grace Jones, una figura en las antípodas de la serena Sade con la que empezábamos. Tras casi 20 años fuera de la industria volvió en 2008 y declaró sobre su ausencia que no había tenido nada que decir hasta entonces. Ahora, casi con 70 años, publica memorias, se estrena un documental y canta casi desnuda en festivales de lo más selecto.

Algunas de las frases de su tema Corporate cannibal no podrían resultar más intimidantes para cualquiera que transite las redes, pero aún más, para los profesionales de la cultura que viven en un precariado perenne hiperconectado. Grace no es asidua de Facebook, Twitter, ni Instagram: pero ni falta que le hace porque los describe a la perfección en su versión más alienante.

 “Soy una máquina devoradora de hombres. Cada hombre, mujer y niño es un objetivo. Consumiré a mis clientes. Te daré un uniforme, cloroformo, te desinfectaré, te homogeneizaré, te vaporizaré.” 

 

 

Y la biblioteca va

 

El paso del transatlántico en Amarcord (1973) de Fellini.

 

Este texto es la botella de champán (o de cava según preferencias o aversiones) lanzada contra la quilla del 2018. No podemos saber si la botadura será la del Titanic o la del Love boat de la serie de los 70. Puestos a elegir apostaríamos por el operístico barco de la Y la nave va (1983) de Fellini (exquisitos que somos pese a todo): pero recién iniciada la travesía es demasiado aventurado hacer pronósticos.

Y de expectativas y resultados habla la mejor película (según muchos) del hombre-orquesta en que se ha convertido James Franco: The Disaster artist (2017). La crónica del rodaje de la que la que se ha dado en llamar “la peor película de la historia” (como si no hubiera competencia): The room de Tommy Wiseau. No vamos a hablar aquí de la película de Franco, ni de la de Wiseau: ya hay suficientes textos analizándolas por ahí. Partimos de ella porque perpetúa un interés por figuras excéntricas que partió con Ed Wood (1994) de Tim Burton y ha proseguido, no hace mucho, con dos películas en torno a la figura de la millonaria, con ínfulas operísticas, Florence Foster Jenkins.

Solo faltaría un biopic en torno a la española Tamara/Ámbar/Yurena: para que el retablo de personajes cuya visión de la realidad (y de sus aptitudes) no coincide necesariamente con la del resto: se completara. Pero por mucho que se aprovechen tan singulares figuras para reflexionar sobre el talento, la creatividad, y sobre la delgada línea que separa lo sublime de lo ridículo: lo que proporcionan estos anti-héroes culturales, sobre todo, es alivio. Alivio al constatar que, no ya la mediocridad, sino incluso la ineptitud no es obstáculo para perseguir los sueños. Quijotes por todas partes.

Una auténtica bomba de relojería-fábrica de futuros ninis carne de reality. ¿No habrá detrás de todo una confabulación entre Coelho (“lucha por tus sueños o los demás te impondrán los suyos”) y Mr. Wonderful para terminar de derrumbar lo poco que todavía queda en pie de un cierto pudor cultural? No lo llame pop, llámelo cultura titulaba muy certeramente la revista ‘Jot Down’  un reciente diálogo a tres sobre el triunfo absoluto del género fantástico, con los superhéroes a la cabeza, en el panorama actual. Mientras tanto, Alan Moore, el genio de los cómics, responsable de regenerar el género superheróico en los 80 con Watchmen: lleva años denunciando la “catástrofe cultural”  que supone esta avalancha de héroes en mallas.

Por contra, un representante de lo que hasta hace poco se daba en llamar alta cultura, el catedrático de Historia del Arte, Ximo Company, con motivo del lanzamiento de su libro sobre Velázquez declaraba en ‘El País’: “La erudición atrofia la contemplación de la maravillosa pintura de Velázquez“. Viene a sumarse a la defensa que Benito Murillo, uno de los mayores expertos en el Barroco español, hacía de uno de los últimos virales de la Red: Velaskez ¿yo soi guapa?: ensalzando su tono didáctico y reivindicativo a ritmo de trap.

El vídeo del youtuber Emilio Doménech elevando al altar de la cultura digital el vídeo de la Menina trapera.

 

¿En qué quedamos: nos hundimos en la tontería más absoluta o aprovechamos esa liviandad para enriquecernos libres de corsés y dogmatismos? El peso cultural para las nuevas generaciones es abrumador, siguen necesitando matar al padre: pero ahora lo tienen facilísimo porque la historia se ha partido en dos.

Hasta los años 2004-2006 servían las siglas de d.C. para situarnos cronológicamente, al menos en el mundo occidental: ahora para entender cualquier diagnóstico cultural, social, político… hay que recurrir a las siglas d. F. o d. T., o lo que es lo mismo: después de Facebook, después de Twitter, o de Instagram. No ha sido tanto internet lo que ha partido la historia en dos sino la irrupción de las redes sociales en los, ya lejanos, inicios del siglo XXI.

 

El tuit con el que anunciaba, en 2010, la Biblioteca del Congreso de Washington que iba a archivar todos los tuits.

 

La Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos acometió con una determinación ¿digna de mejor causa? el archivo de todos los tuits publicados desde el arranque de Twitter: y ocho años después ha tirado la toalla.

El escritor Lorenzo Silva ha sorprendido a muchos al anunciar su abandono de las redes sociales, tras acumular muchísimos seguidores, y haber sido uno de los literatos más activos en nuestro país durante los últimos tiempos. La demanda absorbente de Twitter (Facebook lo abandonó hace tiempo ya) ha sido el motivo esgrimido por Silva para argumentar su abandono. Michael Ende acertó en todo al describir a los ladrones de tiempo en su clásico Momo, salvo, en dibujarlos como trajeados hombres de gris. Los ladrones de tiempo del nuevo siglo visten informales, con deportivas, alegres colores y trabajaban en Silicon Valley. Ya lo decíamos en El tiempo en nuestras manos:

 

“cualquier servicio público (o privado) que aspire a sobrevivir a esta revolución digital lo primero que tiene que ofrecer a sus clientes es tiempo.”

 

¿Nos estamos abonando de nuevo al género catastrófico? Nada más lejos de nuestra intención. Aunque un día resultaría de lo más interesante establecer una comparativa entre el género catastrofista de los 70 (esos aeropuertos, esos colosos en llamas, esos Poseidones hundidos, esos tiburones…, que se suponen daban cuerpo a los miedos sociales del momento) y sus equivalentes con efectos digitales de nuestros días (esos maremotos, tsunamis, hecatombes medioambientales, atentados e invasiones zombis).

 

Una de las insignes muestras del catastrofismo cinematográfico de los 70: La aventura del Poseidón.

 

Pese a todo aquí seguimos (y contra todo pronóstico incluso puede que algo mejor que dicen que el agujero de la capa de ozono se ha reducido: ¿o será una fake news promovida por la administración Trump?). “Al final las obras quedan las gentes se van. La vida sigue igual” que cantaba un Julio Iglesias que hoy los millenials reconocen más por ser protagonista en muchos memes que por sus logros profesionales.

Y no le faltaba razón al truhán-señor. Las redes sociales, como la televisión en su momento la radio o el cine, han venido para quedarse. Pero, como todo, también pasarán: pasará este furor estúpido, pasara esta dependencia absurda, y luego vendrán otras. ¿Cómo podíamos antes vivir sin móvil? Y una vez tengamos los chips convenientemente instalados en el cerebro nos preguntaremos ¿cómo podíamos vivir enganchados al móvil?

“Que paren el mundo que yo me bajo” ahora es más factible que nunca. Puede uno bajarse y subirse al mundo (digital) en cualquier momento recuperando el mando (y no nos referimos al de la tele). La revolución tecnológica va tan acelerada que te puedes apear de cualquier red, artilugio o sistema operativo sin miedo a perderte nada: porque como todo caduca tan rápido, vivimos en un pensamiento tan cortoplacista que, cuando vuelvas a subir, te habrás ahorrado unos cuantos sistemas operativos diseñados para durar menos que un yogur. E incluso tendrás una perspectiva, que los que no han dejado de girar en la rueda cual hámsteres, extraviaron hace tiempo.

Ante este dejarse llevar, o más bien arrastrar, es necesario reivindicar la incomodidad. Nos sometemos a dietas, ejercicios que nos producen agujetas (cuando no lesiones), a tratamientos estéticos, intervenciones quirúrgicas, prendas que nos aprietan (“para presumir hay que sufrir”): aceptamos todas esas incomodidades pero ¿somos incapaces de aceptar la incomodidad a la hora de pensar?

 

El faquir Musafar fundador del movimiento cultural conocido como el primitivismo moderno, precursor del arte de la modificación corporal.

 

No se trata de cambiar la comodidad del mobiliario de las bibliotecas por asientos para faquires: pero el concepto de biblioteca faquir resulta de lo más atractivo. La biblioteca como un continuo desafío a nuestra mente, que nos impida acomodarnos o amuermarnos, y que incite a nuestro cerebro a mantenerse alerta, huyendo del pensamiento único y retándonos a pensar por nosotros mismos.

En la película de Fellini que citábamos al principio: un grupo de representantes de la alta sociedad viajan en un lujoso barco a esparcir las cenizas de una célebre soprano a su isla natal justo cuando estalla la I Guerra Mundial. Un mundo en desaparición, el de esos aristócratas que compiten entre sí a golpe de arias; y el de una Europa abocada al primer abismo que se abría en la historia moderna. Ahora también estamos ante varios abismos, pero pese a todo, la biblioteca sigue yendo. Si aparentemente nos lo quieren poner tan fácil, desconfiemos, pongámonoslo un poco incómodo nosotros. Nos va en ello la lucidez.

 

 

Va la nave, va la biblioteca y va este texto. Tommy Wisenau, el director de The Room, cuando comprobó que el público se tomaba a chufa su intenso melodrama decidió venderlo como comedia. Todo es susceptible de cambiar. Como ejemplo esta escena de El resplandor (1980) con banda sonora de risas enlatadas propias de una sitcom televisiva. Un cortocircuito a nuestras neuronas de espectadores pasivos adiestrados en lo previsible. Si el verdadero arte tiene la obligación de molestar, de incomodar, de desconcertar, entonces, esto debería considerarse arte. Como la película de Wiseau.

 

Desmontando el 2017

 

 

Descontextualizar frases suele ser algo muy feo. Salvo que quien lo haga sea quien las ha escrito. Las motivaciones pueden ser variadas, pero en este caso, nos ayudan a desmontar el año que se fue. Veinte fragmentos (han quedado fuera muchos posts pero era inevitable) en los que sintetizar lo que ha sido el 2017 en este blog.

Algunas dan para eslóganes, otras probablemente no quedarían mal pintadas con espray sobre un muro cual grafiti: pero para lo que de verdad quisiéramos que sirvieran es como frases de autoayuda. Autoayuda bibliotecaria: a ser posible sobreimpresas sobre fotos de libros, amaneceres, flores, bebés y gatitos. Incrustadas en memes, convertidas no ya en virales, sino en víricas, tan usadas y tergiversadas que se terminen usando en sentido contrario al que se dijeron. En eso, en definitiva, consiste el éxito en digital. ¿O no?

 

“las bibliotecas no quieren ser respetadas, es más, necesitan que les falten al respeto cada vez más. Que las intervengan, las cuestionen, las reinterpreten, las invadan, las revivan, las sacudan: en definitiva que alejen de ellas esa respetabilidad de damas decimonónicas con que algunos políticos las siguen imaginando.”

 

Extraído de: 

La revolución empezará en la biblioteca

 

“Si el órgano más grande que interviene en la relación sexual es el cerebro: ¿por qué en la siguiente campaña de promoción de la lectura no se recurre a un eslogan del tipo: si quieres buen sexo ven a la biblioteca”

 

Extraído de:

Biblioteca de orgasmos, biblioteca de chocolate

 

“Las bibliotecas no tienen genes pero eso no les impide “cruzarse” con otras instituciones, servicios públicos o conceptos”

 

Extraído de:

Crossover bibliotecario

 

Síndrome de Estocolmo bibliotecario: “Dícese del peligro de contaminación intelectual inherente al hecho de visitar una biblioteca. Se concreta en posibles efectos devastadores sobre las propias creencias por el hecho de vagar de manera errática entre sus colecciones. Puede dañar seriamente la capacidad para sostener discursos únicos y puntos de vista acérrimos.”

 

Extraído de: 

Síndrome de Estocolmo bibliotecario

 

“¿qué bibliotecario en un momento de debilidad, o mejor, de duda: no ha pensado en dejarse llevar por la creatividad al rellenar los formularios de Alzira del Ministerio?”

 

Extraído de:

Estadística creativa para bibliotecarios soñadores

 

“¿realmente se saca todo el partido que podría sacarse a los best sellers […] en las bibliotecas? ¿Cuántos de esos amantes pasajeros de la lectura que recalan en las bibliotecas arrastrados por los vendavales del marketing editorial son seducidos por los bibliotecarios para empresas de más enjundia?”

 

Extraído de:

50 sombras bibliotecarias aún más oscuras

 

“La CDU como instrumento de disidencia, como discurso contestatario que provocase estanterías alteradas y por ende: un nuevo orden ¿mundial? ¿serán los bibliotecarios los illuminati de la cultura?”

 

Extraído de:

CDU para bibliotecarios inconformistas

 

“Auguramos un gran éxito (aunque sea en exotismo) a la primera biblioteca que se anime a poner en práctica la blasfemia bibliotecaria definitiva que aquí ofrecemos: un club de lectura de prensa rosa.”

 

Extraído de:

Club de lectura de prensa rosa: bibliotecas en el candelabro

 

“¿Cuándo se podrá de moda en los gimnasios el bodybook, o el reading en circuito, el pilates literario o la zumba poética?”

 

Extraído de:

Del bodybook a la zumba poética: entrenamientos de biblioteca

 

“tensión hormonal bibliotecaria […] : dícese de la tensión entre bibliotecario infantil y menor entre 9-10 años que era cliente fijo de la sección y que en su proceso hormonal para mutar en púber pre adolescente es abducido por los videojuegos, las redes sociales y demás cantos de sirena tecnológicos.”

 

Extraído de:

Tensión bibliotecaria no resuelta

 

“hay un golpe de estado cultural en ciernes y en el nuevo orden mundial aún queda por saber en qué lugar quedarán las bibliotecas.”

 

Extraído de:

Lobbies de biblioteca

 

“Las bibliotecas públicas son un escollo, un obstáculo, un invento que rápidamente hay que “anacronizar” para que el pueblo vuelve mansamente al redil. Las bibliotecas públicas son un artefacto que hay que desactivar cuanto antes porque contienen millones de recursos para cuestionar el discurso de la servidumbre voluntaria que se están imponiendo casi sin resistencia.”

 

Extraído de: 

Hoteles para ricos, bibliotecas para pobres: se buscan disidentes

 

“La cultura era sinónimo de progreso social. En estos tiempos de rentabilidad inmediata no tenemos tan claro que la cultura siga siendo un activo que proporcione alguna ventaja laboral en el futuro.”

 

Extraído de:

Amor, pedagogía…y drag queens en bibliotecas

 

“La biblioteca del siglo XXI puede y debe hablar de todo, y debería acudir al rescate del erotismo desde la cultura. Que su única contribución fuera la de proveer de obras tipo Cincuenta sombras de Grey […] sería empobrecer algo tan interesante y necesario.”

 

Extraído de:

Sexo, drogas y tejuelos. Cara A

 

“El que no sea adicto a algo que tire la primera china […] optamos por el uso y abuso del LSD. Un LSD que […] en nuestro caso, equivale a Leyendo Sin Descanso. Nadie te asegura que no tenga efectos secundarios, y hasta perjudiciales, pero puestos a alterar nuestra mente que sean las bibliotecas nuestros camellos.”

 

Extraído de:

Sexo, drogas y tejuelos. Cara B

 

“las bibliotecas, esas locas milenarias empeñadas en maquillarse, operarse, recauchutarse y estirarse lo que haga falta con tal de seguir resultando lozanas: siguen obcecadas en dar munición al disidente, al librepensador, al que se niega a alimentarse culturalmente por lo que dictan las leyes del mercado.”

 

Extraído en:

En paradero conocido: la biblioteca

 

“el turismo de masas, a pequeña escala, también se practica en las bibliotecas ¿Qué bibliotecario, alguna vez, al enfrentarse a la visita guiada de un grupo de adolescentes hormonados o de pensionistas hiperactivos (es lo que tiene tanta vejez activa): no se ha sentido como el guía de un viaje organizado?” 

 

Extraído de:

Turoperador bibliotecario

 

“Esto es la jungla y pese a la pátina tecnológica todo sigue reducido al ancestral dilema de comer o ser comido. Tal y como están las cosas hay que elegir: o que experimenten contigo o que ser tú el que experimenta. Y para esto último no hay mejor lugar que la biblioteca.”

 

Extraído de:

La biblioteca como experimento

 

“Imaginemos pues que en uno de esos días en que la biblioteca está de bote en bote: suena la megafonía avisando del cierre del centro: usuarios y bibliotecarios, sin saber el porqué, no consiguen cruzar el umbral hacia la calle. ¿Qué pasaría?”

 

Extraído de:

El ángel exterminador bibliotecario I

 

“Ambiguas entre lo impreso y lo digital, maquilladas para seducir al público, bulliciosas cual centros comerciales de la cultura y el ocio. Bibliotecas de género fluido o travesti, según el caso.”

 

Extraído de: 

Bibliotecas de género fluido

 

 

Guerra cultural C: pequeñas bibliotecas libres vs. gnomos de jardín

 

Hay que actuar como un sioux, hacer el indio lo que haga falta para rastrear los indicios que nos indiquen (en nuestro caso) por dónde irá la cultura en estos tiempos inquietos (e inquietantes). Y para eso hay que huir de medios generalistas o redes saturadas de distracciones. Hay que centrarse en la letra pequeña, en la sección de sucesos de medios locales, en el día a día de esos ciudadanos a los que queremos seducir desde las bibliotecas.

 

En Greater Victoria en Canadá este mes han estrenado 150 pequeñas bibliotecas libres.

 

Gnomo pertrechado de bazuca para destruir pequeñas bibliotecas libres.

Durante los últimos años el movimiento de las pequeñas bibliotecas libres (PBL a partir de ahora aunque coincida con las siglas de Aprendizaje Basado en Problemas) ha alcanzado la muy respetable cifra de 65.000 unidades extendidas entre Estados Unidos y Europa y sigue su imparable ascenso.

Las PBL han ido colonizando jardines de clase media arrumbando otros hitos de la decoración de exteriores. El hecho de anidar libros en su interior las inviste de un aura cultural que las hace respetables. Tanto es así que Incluso, en la ciudad inglesa de Rochester, la propia biblioteca pública amplió su red mediante la instalación de PBL con el programa Neighbors Read (Vecinos que leen).

Ante este poderío ni las toscas reproducciones de la Venus de Milo, ni los remedos en terracota de los leones de la Alhambra,  ni siquiera las columnas-maceteros estilo dórica-dórica–jónica-jónica–corintia-corintia-corintia… (perdón pero el hit de Las Bistecs regurgita cuando menos te lo esperas): han podido frenar su avance. Solo un clásico incontestable como los gnomos de jardín han intentado resistirse a su ofensiva. Hasta ahora.

 

Parada de gnomos nazis en Nuremberg creada por Ottmar Hoerl

 

Con la app Gnomify AR ya es posible ver gnomos allá donde uno quiera. 

Como bien se sabe los ingleses son muy forofos de los jardines. Así que no es de extrañar que haya sido en la sección dedicada a jardinería del rotativo “The Telegraph” en donde se informe del lento declinar de los gnomos de jardín. Parece ser que la venta de gnomos durante la última década se ha reducido y solo quedan cinco millones en Gran Bretaña (¿conseguirá revertir la situación el Brexit?). Sin duda un mazazo para todo connossieur de lo kitsch.

Desde la década de los 70 en que empezó su apogeo, hasta ahora, los gnomos han conseguido convertirse en todo un símbolo. El equivalente pequeñoburgués de las suntuosas estatuas que adornaban los palacios aristocráticos. La aparición de las PBL ha sido probablemente el tiro de gracia para los entrañables gnomos que probablemente las boicoteen en su secreta y frenética vida nocturna. Y, pese a todo, tanto gnomos como PBL comparten muchos puntos en común. La escalada de noticias inquietantes al respecto es constante.

 

En 2014, en la ciudad inglesa de Durham, la policía “reclutó” a diez gnomos para repartirlos por la ciudad y concienciar sobre la prevención de robos y otros delitos.

 

El 6 de abril de 2017 hasta un centenar de gnomos, que decoraban el Kingsbury Water Park en la ciudad inglesa de Sutton Coldfield: amanecieron brutalmente decapitados. Pero este es solo el último de los sucesos más recientes de un fenómeno delictivo que acumula un largo historial.

En 2013, según relataba el medio local “Gloucestheshire”, el matrimonio de jubilados formado por Bernard y Bond Cath, residentes en la ciudad balneario de Cheltenham: tuvieron uno de sus más amargos despertares al encontrar una docena de sus amados gnomos salvajemente mutilados, decapitados, desmembrados e incluso hechos añicos, de manera que fue imposible cualquier intento de reanimación mediante pegamento de contacto. Volviendo a la actualidad, hace unas semanas en Santa Barbara, California, un bibliotecario escolar retirado denunciaba, ante las cámaras de una televisión local, el robo de la PBL que había diseñado y construido junto a su hijo durante los últimos dos años.

 

Pequeña biblioteca libre calcinada en Minneapolis junto con un cartel ofreciendo recompensa a quien diera información sobre los posibles vándalos. Hasta un total de ¡¡5.000 dólares!! se ofrecían según indicaba la noticia.

 

La inolvidable pareja formada por Georges y Mildred en Los Roper.

Noticias soñadas por esos reporteros, todo simpatía y jovialidad, de televisiones locales: que lo mismo relatan cómo se cocina un caldo con pelotas que muestran la desolación de los propietarios de gnomos y PBL destrozados. ¿Por qué tanto odio? se preguntan vecinos que podrían pasar por unos Roper del siglo XXI mirando a cámara.

El profesor de filosofía alemán Thorsten Botz-Bornstein podría dar el pego como nieto intelectual de George and Mildred Roper. En un artículo publicado en el magazine digital británico “Quartzy” el profesor se pregunta ¿Cuándo desarrolló el mundo tan mal gusto? : en el que, por supuesto, cita a los gnomos de jardín.

Según los profesores de sociología Ruth Holliday y Tracey Potts, “estamos a punto de ahogarnos en el kitsch“: y Botz-Bornstein encuentra una explicación a todo ello en un narcisismo galopante que se sustenta, en parte, en una pérdida de identidad cultural elevado al cubo por la cultura del yo que promueven las redes sociales.

 

Hinchable de Hulk de Jeff Koons expuesto en el Museo Belvedere de Viena.

 

Pero no aspiramos a hacer lecturas tan profundas y certeras como las del filósofo alemán: ni tan siquiera a épater les bourgeois que dirían los franceses. Lo nuestro es más a ras de césped: pero hay detalles que saltan fácilmente a la vista con poco que se observe. Los gnomos pueden representar el epítome de lo kitsch pero las PBL no le andan a la zaga por mucho que contengan libros. Si en Hoteles para ricos, bibliotecas para pobres: se buscan disidentes hablamos del interés que los nuevos ricos manifestaban por las bibliotecas como meros ornamentos de estatus social; es comprensible que los pequeñosburgueses los emulen como hicieran en su día con los gnomos.

En la localidad estadounidense de Whitefish Bay los promotores inmobiliarios incluso celebran la proliferación de las PBL por el valor añadido que aportan a las propiedades. Gentrificación adorable a costa del concepto biblioteca.

Shakespeare-patito de goma para el baño: los representantes de la alta cultura en merchandising.

En 1874 la primera exposición de los impresionistas en París escandalizó y desafío el orden académico establecido. Décadas después sus, entonces, subversivos cuadros se convirtieron en los preferidos para decorar las cajitas en las que vender pastas de té. La cultura será kitsch o no será.

La lectura como elemento decorativo, al que los tiempos digitales, han recubierto de una pátina entrañablemente vintage. Una vez desactivada la carga explosiva de la auténtica literatura, de los pensamientos menos conformistas y del poder inquisitivo de la filosofía: las PBL equiparan los antaño inaccesibles libros al nivel de los gnomos de jardín. La cultura domesticada, amable, respetuosa con lo establecido. Tantas décadas de cultura Reader’s Digest tenían que dar sus frutos.

Pero ningún triunfo sale gratis. Las PBL ya están recibiendo las primeras críticas razonadas y documentadas por parte de algunos estudiosos. En Toronto, Jane Schmidt, bibliotecaria de la Universidad de Ryerson, y Jordan Hale, geógrafo y especialista de referencia de la Universidad de Toronto: publicaron un estudio al respecto de las PBL que indaga en el lado menos amable del fenómeno. Entre sus observaciones plantean cuestiones como:

  • ¿por qué para crear una Little Free Libraries es necesario pagar a una organización sin ánimo de lucro que cobra por usar el nombre y distribuir su merchandising?
  • contrariamente a lo que se sostiene de que las PBL sirven para llevar la cultura a barrios menos abastecidos culturalmente: lo cierto es que la mayoría de PBL se han instalado en barrios ricos y aburguesados que ya disponen de biblioteca pública.

Libro del ilustrador Daniel Rotsztain con todas las bibliotecas públicas de Toronto. Daniel fue dibujándolas, una a una, como una manera de reivindicar el gran papel que juegan en la ciudad. Y luego publicó este libro para colorearlas.

 

  • el movimiento de las PBL vende la idea de “construcción de comunidad” a través de la cultura. Pero, según constatan Schmidt y Hale, los propietarios de las PBL eluden las interacciones con extraños. La PBL se convierte en símbolo de estatus y amor por la cultura: pero sin ánimo de compartir más allá del entorno más local y conocido. Algo así como las enciclopedias a juego con la tapicería, la pantalla de cine doméstica con sonido envolvente o el salón de juegos en el sótano: signos de estatus social cara a la galería.
  • y por último, los investigadores se preguntan: ¿por qué no recurren a las bibliotecas públicas si tanto deseo tienen de mejorar su entorno a través de la cultura?

 

 

Instrucciones para sobrevivir a un ataque de gnomos de jardín.

En el magnífico cómic de Brectch Evens Los entusiastas: un artista plástico capitalino viaja hasta una pequeña población que celebra su primera feria de arte contemporáneo para guiar a los vecinos en la construcción de lo que será la gran obra de la feria: un gnomo de jardín gigante (por cierto perderse este cómic debería penalizar de algún modo).

Pero, por jocoso que pueda resultar, ninguno estamos muy lejos de los entrañables pueblerinos entusiastas de un arte que no comprenden pero al que aspiran. Warhol encumbró la cultura popular a objeto de deseo: y Jeff Koons ha llevado lo kitsch a otro nivel. Tenemos el apocalíptico subido pero lo cierto es que las bibliotecas no podían quedar a salvo.

Pese a todo aún hay conductos de ventilación en los que arrojar el disparo certero que haga explotar en mil destellos la Estrella de la Muerte de la Cultura con mayúsculas. Puede que las PBL estén llamadas a sustituir a los gnomos como representantes del orden cultural más burgués: pero también cabe la posibilidad de que pese a haber nacido en el mismo entorno, escondan en sus tripas la semilla de la subversión, de pequeñas revoluciones que puede que un día lleguen a ser grandes.

Hace unos años, cuando empezaron a proliferar las PBL en la ciudad estadounidense de Portland, algunas voces las acusaron de promover un neo-socialismo que atentaba contra los pilares profundamente capitalistas de la sociedad norteamericana. Porque ¿quién dice que nuestro afable vecino no sea un peligroso librepensador, que aprovechando las pequeñas bibliotecas libres, decida intercalar entre los libros de jardinería, de cocina o los best sellers de moda, por ejemplo: los Ensayos de Montaigne, La peste de Camus, El antiCristo de Nietzsche, la Teoría King Kong de Despentes, o el subversivo Steal this book (Roba este libro) de Abbie Hoffman?, ¿y que una idílica comunidad termine transformándose en una barriada antisistema?

 

La cadena de comida rápida McDonald’s apropiándose del fenómeno de las pequeñas bibliotecas libres.

 

Quien juega con libros juega con fuego y nunca se puede saber por dónde colgará la mecha de alguna mente inquieta dispuesta a dejarse prender. Las PBL presentan la apariencia de casitas de primoroso colorido. Pero ¿quién sabe? Puede que en realidad actúen como caballos de Troya repletos de libros-bomba listos para detonar provocando ideas en cadena. Como bien nos enseñaba el exquisito rey del mal gusto, John Waters, en Serial mom (1994): nunca hay que fiarse de las apariencias.

 

Bibliotecas de género fluido

 

Convertirse en tradición en estos tiempos es algo francamente difícil. Pero que una empresa de embutidos lo haya conseguido habla de una de las estrategias publicitarias más geniales que se han visto jamás de los jamases por estos lares. Desde el 2011 con ese homenaje a los que nos han hecho reír en tiempos difíciles hasta la campaña para la Navidad de 2017 en torno al independentismo: Campofrío (por si acaso advertimos que este blog no tiene sponsor alguno) ha provocado adhesiones, rechazos, y suponemos, que un incremento en las ventas de sus productos.

 

El retrato de Chiquito de la Calzada que aparece en el famoso anuncio de Campofrío.

 

El eslogan de amodio acuñado en el anuncio dirigido por Isabel Coixet para definirnos se ha convertido en trending topic por lo certero que resulta. Amor y odio como señas de identidad: lo malo es cuando bajo esas querencias o repulsas lo único que late, y nos unifica, no es más que el miedo. Miedo al otro, a perder los privilegios, a lo diferente, a la verdad. En una reciente entrevista en El País el director de “The New York Review of Books” (la revista neoyorquina más prestigiosa sobre crítica de libros), Ian Buruma, lo corroboraba en una frase: “el miedo va ganando en un mundo cada vez más polarizado“. Y eso los políticos, y los poderes en la sombra, lo saben perfectamente.

 

Patria de Aramburu será la primera serie que desarrolle la filial de HBO en España. El miedo como eje central de la historia de una novela encumbrada por público y crítica.

 

Dos políticos: Trump y Erdogan lo han dejado claro en los últimos días. La prohibición del mandatario estadounidense a la agencia de salud nacional del uso de palabras como: diversidad, vulnerable, transgénero o expresiones como “con base en la ciencia no ha hecho más que mostrar su miedo más arraigado: a la verdad. Y la censura implacable a la que está sometiendo el presidente turco a las bibliotecas de su país, con más de 140.000 libros retirados de ellas (entre otros: títulos de Althusser, Camus o Spinoza) no camufla otro miedo que el que siente cualquier régimen totalitario: el temor al conocimiento.

Por eso en este post vamos a repetir cual mantras varias de las palabras prohibidas por Trump para que calen como cala una lluvia fina y persistente. Lo que sea con tal de contravenir a los dos presidentes y defender la libertad de las bibliotecas como refugio para la diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad…

 

Bancos en forma de libros de autores turcos frente al Bósforo en Estambul. ¿Los prohibirá también Erdogan?

 

Como la campaña de los embutidos incluye una web para hacer el test que nos diagnostique cuánto amodio padecemos: empezaremos con la frase de “con base en la ciencia”. Concretamente con el estudio sobre psicología social que publica el “European Journal of Social Psychology” llevado a cabo por investigadores de Yale a través del cual se preguntó en línea a 300 residentes en los Estados Unidos sobre cuestiones como: el aborto, los derechos LGTBIQ (en breve harán falta unas siglas para abreviar tanta sigla), el feminismo o la inmigración. La idea era constatar cómo el miedo y la sensación de seguridad afectan al posicionamiento político de los ciudadanos.

“Antes de que lo sepas: las razones inconscientes de que hagamos lo que hacemos”: el libro de John Bargh sobre las motivaciones de nuestro comportamiento.

Antes de someterlos al test se separó en dos grupos a los participantes y se les pidió que imaginaran dos situaciones: poseer el don de volar y ser inmune a cualquier daño físico. Entre el segmento de encuestados que imaginaron poder volar sus variaciones ideológicas a la hora de responder al test no variaron de lo que se esperaba. En cambio, en el grupo que imaginó sentirse inmune a cualquier daño físico: las diferencias en las respuestas entre demócratas y republicanos fueron mínimas y terminaron acercándolos ideológicamente.

Según concluye el psicólogo social John Bargh, que encabeza el equipo de investigadores: es necesario reconocer cuánto influyen motivaciones tan básicas como el miedo y la seguridad en nuestros posicionamientos ideológicos. Los políticos (de cualquier signo lo saben) y nos manipulan apelando a tan potentes sentimientos. Bargh aboga por conocer nuestros impulsos para que nuestras opiniones se basen en el conocimiento y no en sentimientos irracionales. Y para eso ¿dónde acudir? Muy previsible por nuestra parte: a las bibliotecas.

 

 

Sentirnos vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, nos hace manipulables. Tal vez por eso Trump la quiere prohibir. No porque vayamos a dejar de sentirnos vulnerables sino porque seamos conscientes de ello y queramos ponerle remedio. Y de sentirse vulnerable, frágil, desamparado y de cómo superar ese miedo habla el magnífico cómic La levedad de Catherine Meurisse.

El 7 de enero de 2017 Meurisse se despertó tarde, hundida como estaba tras su último fracaso sentimental, y por esa razón llegó tarde a su trabajo como dibujante en el semanario satírico francés “Charlie Hebdo”. Por escasos minutos Catherine se libró de la terrible suerte que corrieron sus compañeros a manos de los terroristas: y lo que nos cuenta en La levedad es el proceso que tuvo que seguir durante los meses siguientes para recuperar el equilibrio tras el desastre.

 

 

¿Cómo recuperar la levedad que nos permite vivir sin sentirnos permanentemente en carne viva? ¿cómo superar las secuelas de un hecho traumático?  En las campañas de Campofrío abogan por el humor; y Catherine optó por recurrir a una terapia de choque a base de cultura y belleza para, poco a poco, reanimar un estado de ánimo catatónico que la llevó a viajar hasta Roma en pos de un síndrome de Stendhal que la sanase.

Un auténtico desfribrilador en viñetas que le sirvió a la autora para volver a latir gracias a la cultura; y que reanima a quien lo lee del embotamiento con que nos entumece los sentidos tanta crónica ruidosa del día a día.

 

 

Uno de los collages de la artista expuesto en Francia.

Y precisamente en Francia se está celebrando el cuadragésimo aniversario del Centro Georges Pompidou a través del proyecto itinerante Traversees ren@rde. Este proyecto aglutina múltiples actividades en las que se abordan los movimientos estéticos y micropolíticos que agitan nuestra actualidad. Y en la exposición que, hace unos días, se inauguró en Bourges participa la española Roberta Marrero con algunos de sus collages.

Hace poco más de un año la artista plástica  publicó su primera novela gráfica: El bebé verde: infancia, transexualidad y héroes del pop. En este primera incursión en el mundo del cómic, Marrero, se volcó en relatar su infancia como mujer transexual. El relato que de su infancia hace la artista afecta a cualquiera que alguna vez se haya sentido diferente por cualquier motivo: tanto da que sea heterosexual, homosexual, transexual, polisexual o transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero.

Dictadores: la obra en que Roberta Marrero intervino los retratos de sátrapas célebres al estilo Hello Kitty. En este caso la venganza se sirve fría y pop.

En tiempos en que la identidad se fragmenta, se diluye, se hace líquida (Bauman one more time): el relato en primera persona de cómo Roberta construyó la suya a través de la cultura convierte a su primera novela gráfica, no solo en un auténtico libro de artista: sino en un manual que debería incluirse en las secciones infantiles y juveniles de las bibliotecas por su valor para abordar temas tan candentes como: el bullying, el respeto a los demás, el feminismo o la LGTBIQfobia.

En Dejando atrás el lado salvaje: bibliotecas por la inclusión social ya hablamos de mujeres transexuales en bibliotecas. Y Marrero cautiva a cualquier amante de las bibliotecas con el primero de los mandamientos que prescribe en un momento del libro para ser feliz: “lee, lee, lee“.

La artista reconoce su deuda con la lectura como primer peldaño en la construcción de su identidad. Pocas veces las bonitas (y vacuas por manidas) palabras con que se suele convencer de los beneficios de la lectura habían tenido una aplicación práctica más efectiva que la exhortación de Marrero en su novela gráfica.

 

La Campaña por los Derechos Humanos, en colaboración con la artista Robin Bell, proyectó palabras como “feto” y “transgénero” en el Trump International Hotel en Washington, DC, como una manera de protestar por las “recomendaciones” dadas por la administración Trump sobre el uso de estos términos

 

Cisgénero, transexual, género fluido, género no binario…, si hasta en un programa tan poco minoritario como OT 2017 estos términos están a la orden del día; llegan hasta el Congreso de los Diputados; y muestran una juventud (que la hay) que pese a tantas etiquetas aspira a vivir sin dejarse constreñir por ellas: el recuerdo que Felicidad Campal hacía de la célebre frase de Bruce Lee (Be water, my friend) en su estupendo artículo sobre lo que aportan las bibliotecas a los objetivos de la ONU: da pie para dar un paso más allá y proclamar: Be water, my library.

Roberta se construyó a sí misma gracias a sus héroes del pop, y resulta que las bibliotecas son las reinas del glam: todo cobra sentido.

 

Acrónimo de Galleries, Libraries, Archives and Museums: el proyecto que aglutina a las instituciones culturales para preservar el patrimonio a través del acceso digital y permite la colaboración con el sector de la cultura libre.

 

Reinas de un GLAM que poco tendría que ver con el movimiento estético y musical  que en los 70 enarbolaron figuras como Marc Bolan, Gary Glitter, o por supuesto, David Bowie: pero que en realidad está muy conectado. Quizá cueste verlo, si nos quedamos en el estereotipo del bibliotecario/a; pero hay que procurar ir más allá. Si lo que caracterizó al movimiento glam, fue la ambiguedad, el disfraz, y lo divertido: ¿no es acaso esta imagen la que persiguen hoy día las bibliotecas?  Ambiguas entre lo impreso y lo digital, maquilladas para seducir al público, bulliciosas cual centros comerciales de la cultura y el ocio.

Tilda Swinton en la portada del magazine de estilo transversal Candy.

Bibliotecas de género fluido (o travesti, según el caso: protagonistas inminentes en la revista especializada “Candy”). Ya lo dijo el erotómano Luis G. Berlanga al respecto del rechazo a la parafernalia típicamente femenina por parte de un feminismo mal digerido: “los taconazos, las medias, los ligueros, los corseletes […] Si no es por los travestis […] las generaciones venideras llegarían a olvidar que existió la seducción”

Es en este sentido, en el que las bibliotecas se travisten con ropajes lúdicos, divertidos, llamativos y renovados que llamen la atención a un usuario infoxicado y asaltado por miles de estímulos, que cual cantos de sirena, lo aturden y le hacen carne exclusiva de best sellers, blockbuster o trending topics.
Sólo de esta manera, aunque sea de estraperlo, preservarán un concepto de cultura más rico, libre y desprejuiciado en esta civilización que entre prohibiciones, polémicas y enfrentamientos nos hace olvidarnos, en ocasiones, de que seguimos siendo humanos, demasiado humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos,humanos, humanos, humanos.

 

El ángel exterminador bibliotecario V

 

[Continuación de El ángel exterminador bibliotecario IV]

 

TEDEUM DIGITAL

 

Un ángel de Hollywood visitó el rodaje de Buñuel en busca de un paraíso menos artificial que el de la Meca del cine.

 

En el clásico buñueliano que llevamos cinco semanas fusilando desde prisma bibliotecario: los dignos representantes de la burguesía son liberados por el ángel una vez han perdido toda dignidad.

La adaptación al cómic de la película de Wim Wenders sobre dos ángeles más compasivos que exterminadores.

En nuestra versión de la historia no serían las necesidades básicas, ni siquiera los espacios compartidos los que provocarían la ruptura del contrato social. En el siglo XXI lo que llevaría realmente al límite la convivencia sería el momento en el que el ángel exterminador cortase por lo sano toda posibilidad de acceso a la tecnología digital. Entonces el mundo sí que se vendría abajo: tanto para ricos como para pobres, frikis, hipsters, jóvenes, maduros o cualquier otra tipología de usuarios que pudieran quedar encerrados en una biblioteca.

Y el final sería aún más contundente que el del nuevo encierro en la iglesia tras el tedeum con que Buñuel concluyó magistralmente su película. Cuando finalmente nuestro ángel exterminador levantase su maldición y los dejase marchar: serían las fuerzas de seguridad las que acordonarían la biblioteca para impedir que saliesen. Las autoridades sanitarias lo justificarían como una medida preventiva ante los síntomas detectados de una extraña infección que les obligaba a tenerlos bajo estricta observación. Nada como una alerta sanitaria para acallar cualquier crítica.

 

Entre el aluvión de telefilmes nórdicos que TVE compró a saldo para sus sobremesas se emitió hace poco el telefilm alemán: La dieta digital (2016). La historia de una madre que somete a una severa dieta digital a su familia. Cuando  las historias basadas en hechos reales dejan paso a las nuevas tecnologías para mecer nuestras siestas de sofá: es que algo grave está pasando.

 

Elogio del papel: contra el colonialismo digital. Roberto Casati blasfemando en papel.

Y es que tras semanas de convivencia offline, tras días de mirarse a la cara sin mediar pantallas de por medio, tras entretenerse, aprender y comunicarse sin redes sociales, correos electrónicos, ni dispositivos móviles: se habrían convertido en disidentes digitales, en prófugos del discurso único de las maravillas de la tecnología, en herejes del culto en masa al Dios de Silicon Valley. Y eso, el statu quo digital en el que vivimos, no podría aceptarlo sin someterlo a cuarentena.

Sería como una confirmación de lo que pregonan agoreros como el periodista canadiense David Sax que recientemente publicaba en “The New York Times” un artículo sosteniendo que Nuestro romance con lo digital se ha terminado. Sinceramente no creemos que Sax tenga razón al ser tan taxativo en su titular, ni tampoco querríamos que ese romance se terminase.

Puestos a mantener los pies en el suelo en nuestro enamoramiento con las nuevas tecnologías nos convencen más argumentos como los de la socióloga estadounidense Amber Case: “La tecnología nos está desconectando y esclavizando” y su apuesta por las calm technologies como parte de la solución. Esa tecnología que “informa pero no exige nuestra atención” que en1995 definieron Mark Weiser y John Seely Brown como “tecnología calmada”: no parece que goce de gran predicamento en nuestros días. Ahora todo son moscardones digitales zumbando alrededor las 24.

 

 

Así que abonarse a teorías como las que plantea el músico e ideólogo Ian Svenonius en su ensayo Te están robando el alma (Blackie Books) se convierte en algo menos loco de lo que su contenido sugiere en la contracubierta. En la que varias de sus aseveraciones afectan indirectamente a las bibliotecas:

“Te aconsejaron que te afeitaras el vello púbico para que fueras más insensible y mecánico. Te dijeron que abrazaras Apple para arrebatarte todas tus posesiones. Te obligaron a trabajar gratis en Wikipedia como trabajaron otros esclavos en las pirámides. Te engancharon a series de HBO para que solo quisieras comprar y mirar. Nunca crear.”

 

Apple, Wikipedia o series son asuntos que atañen al mundo bibliotecario. Lo de la depilación púbica a primera vista no se puede asegurar pero seguro que también. Con estos mimbres ¿cómo no íbamos a quedar rendidos los creadores de un reto como el de #bibliobizarro (que a punto está de cumplir un año) a las teorías de Svenonius? Para más inri, al rematar en su última página, nos apela directamente:

 

 

EN 1971 el activista Abbie Hoffman vio publicado su obra: Roba este libro. Un manifiesto en toda regla del ideario contracultural del momento; y un libro problemático en principio para tener en una biblioteca sin suficiente presupuesto para reposiciones. El caso es que si Hoffman quería inspirar a los jóvenes para que se rebelaran contra el gobierno y las grandes empresas: Svenonius aspira a hacer lo mismo promoviendo, más que el hurto, el que se escondan sus libros en las bibliotecas. Pero se equivoca en una cosa (al menos en lo que atañe a las bibliotecas): las bibliotecas (públicas) son una anomalía del sistema.

Las bibliotecas forman parte de la disidencia pese a haber abierto de par en par las puertas al nuevo régimen digital: no excluyen a nadie al procurar pértigas con las que cualquier ciudadano puede salvar la brecha digital; y además, proporcionan asilo a cualquiera que desee desentumecerse los sentidos desenchufándose. 

No hace falta (al menos en nuestro país) meter ningún título de Svenonius de contrabando en las estanterías de las bibliotecas porque en una búsqueda en el catálogo colectivo de bibliotecas públicas aparece hasta en 13 redes de bibliotecas el anterior ensayo de Svenonius: y si el más reciente, Te están robando el alma, no aparece: es más por lo reciente de su publicación (octubre) que porque no vaya a estar presente en más de una.

Leyendo la diatriba de Svenonius contra Apple no puede uno más que pensar en las bibliotecas:

“Apple ha puesto el mundo patas arriba al convertir las posesiones en un símbolo de pobreza, y el hecho de no tener nada como signo de riqueza y poder ¿Por qué tener una estantería cuando Google ha robado todo el contenido mundial de libros para difundirlo? […]  Los libros son pesados, sucios, polvorientos y se desintegran en tus pulmones. ¿Por qué debería haber enciclopedias cuando existe un mundo wiki? Y así sucesivamente. ¿Por qué debería haber tiendas de discos, librerías, […] cines, teatros, óperas, bibliotecas, colegios, parques […] Los espacios públicos, los mercados y la interacción entre las personas son primitivos, propensos a los gérmenes y peligrosos. Al fin y al cabo todo se puede hacer en línea. ¡Ni que fuéramos primates!”

 

El show original de televisión sobre acumuladores de cosas.

 

Para reforzar su teoría Svenonius hace referencia al programa de televisión Hoarders (Acumuladores de cosas): un pseudoreality sobre personas al borde de sufrir el síndrome de Diógenes que ya emite en nuestro país el canal Discovery. Una manera de degradar socialmente al que persiste en su amor por lo físico al tildarlo de enfermo, de pobre, de cutre. Apple, según Svenonius, le tiene miedo a los “acaparadores”. Como sostiene: “el acaparador posee ‘cosas’, artículos como libros y discos que constituyen pistas sobre un pasado en el que esta clase de cosas eran una reserva de conocimiento, indicadores, tótems de significado.

Steve Jobs que estás en los cielos santificados sean tus productos: el fundador de Apple como un dios en la portada de The Economist.

Las bibliotecas entrarían claramente en la categoría de “acaparadores”: es decir de los que dan miedo a los señores de Internet. Nos lo creamos o no, tanto da, nos encanta.

Si Steve Jobs aspiró a convertir la tecnología en una religión, con legiones de conversos, iluminados y devotos seguidores: cuando una religión evangeliza y hace proselitismo a gran escala: lo primero que ha de procurar es arrojar al foso oscuro del paganismo a las que la precedieron.

No es de extrañar que las religiones ancestrales, ante tamaño intrusismo, le planten cara al nuevo culto.

 

Es el caso del Día Nacional del Desenchufado que se celebrará por noveno año consecutivo promovido por Reboot, una organización dedicada a promover los valores judíos, sus tradiciones, cultura y formas de vida. Para ello invita a todos sus seguidores a desconectar móviles, dispositivos, ordenadores y demás artilugios los próximos 9 y 10 de marzo de 2018. El proyecto se incluye dentro del Manifiesto Sabbath: una adaptación de los rituales de los antepasados judíos para reservar un día a descansar, desconectarse, relajarse, reflexionar, salir al aire libre y conectarse con sus seres queridos. Y para facilitarlo hasta distribuyen fundas para guardar los diferentes gadgets y no caer en la tentación.

 

La última novela de Ray Loriga: una vuelta al mundo feliz de Huxley en la sociedad de la transparencia promovida por las nuevas tecnologías.

 

Nadie puede discutirle a la religión las estrategias de marketing más exitosas de la historia. Su pompa, sentido del espectáculo y puesta en escena han intentado ser superados por regímenes totalitarios, estrellas del pop, y espectáculos deportivos: pero ninguno ha alcanzado su maestría. Las multinacionales se esfuerzan por vendernos estilos de vida, valores y maneras de ver el mundo a través del consumo: y erigen centros comerciales como en el medievo se erigían catedrales.

En ese contexto las bibliotecas y sus acólitos serían los herejes, los paganos, los primitivos que siguen rindiendo culto tanto a dioses analógicos como digitales: y se resisten al monoteísmo cultural practicando el sincretismo. Podría decirse que están a medio camino entre las iglesias (por el silencio) y el centro comercial (por la oferta). Pero aún guardan un as en la manga que apela a los instintos más básicos: el rito.

Coger un libro de una estantería en una biblioteca requiere de un ritual, de un acto físico, de una cierta liturgia: elegir, hojear, tocar, abrir, incluso olerlo como quien se persigna – en caso de que sea novedad, de lo contrario, mejor no olerlo – llevarlo hasta el mostrador de préstamo, mostrar el carné de biblioteca como quien exhibe la oblea, y orgullosamente, entregárselo al funcionario para que se complete el sacramento de una cultura pública y gratuita. Está claro que la narrativa desaforada y conspiranoica de Svenonius nos ha impregnado hasta el tuétano.

 

El fundador de Facebook avejentado y cambiado de sexo gracias a la aplicación Face App.

 

Si la tecnología digital llega a arrumbar a sus predecesores en la cuneta del progreso será porque consiga lo que ningún otro invento humano ha logrado hasta la fecha: que sintamos la experiencia de ser otro (ni egoísta sexo virtual, ni las maravillas de la realidad inmersiva, ni robots, ni IA) sentirse, físicamente, en piel ajena. Si la difusión del conocimiento gracias a la imprenta ayudó a que la humanidad pudiera entender algo mejor a sus semejantes: el invento de Gutenberg será derrocado definitivamente por el byte cuando este consiga ampliar el conocimiento convirtiendo la empatía no en un estado mental sino en una realidad física. Y así hombres o mujeres, oprimidos u opresores, viejos o jóvenes, ricos o pobres: alcanzarían otro nivel de evolución hasta el momento desconocido.

Los burgueses que protagonizaban la película de Buñuel no pareciera que hubiesen aprendido mucho de su encierro. Los grupos de usuarios que hemos mantenido enclaustrados durante estas últimas semanas en nuestra adaptación bibliotecaria: tampoco podemos estar seguros de que lo hayan hecho. Apostaríamos a que sí, pero como no podemos estar seguros, nuestro final también es abierto.

 

 

Like an angel passing through my room (Como un ángel atravesando mi habitación): el tema de ABBA habría sido un dulce y preñavideño final sobre que el poner la palabra FIN. Pero resultaría poco honesto. En cambio, Angel de Massive Attack, y sobre todo su vídeo abierto a mil interpretaciones ajustadas al sentido de lo que hemos contado: es lo que nos pedía esta historia. Seguir la senda o salirse de ella; escapar o darse la vuelta y encarar lo que venga; marcar el camino o que te lo marquen.

 

 

FIN

 

En paradero conocido: la biblioteca

 

Del caudal de estupideces que llegan diariamente a través de las redes, el homicidio involuntario de una youtuber, es el que nos sirve de arranque para este post. Lo cierto es que hay mucho donde elegir a la hora de ponerse apocalíptico cuando se habla de redes sociales y del ansia de celebridad que han generado: pero en este caso las circunstancias lo hacen muy propicio para la temática de este blog.

Monalisa Pérez (con ese nombre probablemente desde pequeña pensara que su fin solo podía ser el de ser famosa) mató a su marido Pedro Ruiz de un tiro en el pecho a instancias del propio Pedro. Pero no se trató de ningún tipo de muerte asistida: los dos querían ganar más seguidores para su canal de Youtube. Y por este motivo, según cuenta la crónica, el joven marido convenció a la mujer de que le disparase en el pecho protegiéndose solo con el tomo de una enciclopedia: para luego difundir el vídeo en su canal.

 

Obras de la serie Book guns del artista neoyorquino Robert The.

 

¿Cuántas lecturas se pueden sacar de algo así? Sin duda la de la enciclopedia, no: pero no nos extrañaría que el tomo elegido se convirtiera en objeto de culto para algún necrófilo bibliófilo, o bibliófilo necrófilo, que tanto da. Estudiar la trayectoria que describió la bala, las entradas que atravesó, las páginas que perforó. ¿Qué científicos, literatos, artistas, filósofos o estadistas reventaron su gloria impresa para dejar expedito el camino a los 15 minutos de fama del youtuber? El tomo destrozado de esa enciclopedia será lo más cercano que estarán de la posteridad: Pedro y su mujer Monalisa. Las celebridades que ganaron su puesto en la enciclopedia por logros intelectuales, científicos o políticos seguirán intactas en los fondos de miles de bibliotecas: las únicas capaces de conservar los logros de quienes no necesitan de likes, followers ni retuiteos para perdurar intactos.

 

La ingeniosa campaña de la Biblioteca Nacional de Perú para recuperar libros robados de sus colecciones.

 

En esta cultura de la celebridad histérica en la que vivimos uno de los juegos más recurrentes cada cierto tiempo es el de: ¿Qué fue de…? La mayoría de las veces una excusa para consolar a esas mayorías silenciosas que tanto gustan a algunos políticos. Saber de las desgracias de los que un día fueron los elegidos y ahora tienen que malvivir, o vender sus miserias al mejor postor: es la picota medieval, la horca, la guillotina o el circo romano del siglo XXI. Así, una vez relajados tras el linchamiento mediático: uno vuelve reconfortado a su silenciosa mediocridad.

Pero he aquí, que las bibliotecas, esas locas milenarias empeñadas en maquillarse, operarse, recauchutarse y estirarse lo que haga falta con tal de seguir resultando lozanas: siguen obcecadas en dar munición al disidente, al librepensador, al que se niega a alimentarse culturalmente por lo que dictan las leyes del mercado.

 

Walt Disney congelado en la campaña #VivenenlaBRMU con la que, la Biblioteca Regional de Murcia, ha lanzado su cuenta de Instagram bajo el lema: “Que las leyes del mercado no impongan tu dieta cultural”.

 

En Escaparatismo para bibliotecas recuperábamos la anécdota de cuando Dalí diseñó dos escaparates de la Quinta Avenida de Nueva York en 1939, y al descubrir que durante la noche los dueños de los grandes almacenes (escandalizados por el montaje) habían modificado su idea original: la emprendió a patadas con todo y terminó en el calabozo. Algo así hacen las bibliotecas con esa cultura de escaparate que obliga a que todo tenga una caducidad más corta que un yogur en mitad del Sáhara: darle de patadas con sus colecciones.

Pero seamos justos. Las modas culturales no son cosa solo de los mercados. Las fluctuaciones en los gustos de los críticos, del público y de los medios son continuos. Y las bibliotecas están alerta para rentabilizarlas.

 

Fotografía de Peg Entwistle junto al emblemático lugar que eligió para suicidarse.

 

En el último vídeo de Lana del Rey, Lust for life, se rinde un homenaje (sin acreditar) a la actriz británica Peg Entwistle: que, tras una carrera en Broadway, partió a la meca del cine para triunfar como estrella. Tras vivir la parte más amarga del sueño americano: Peg coparía los titulares tras arrojarse al vacío desde lo alto de la letra H del famoso cartel HOLLYWOOD que domina las colinas de Los Ángeles. Si Thomas Quincey escribió del asesinato como una de las bellas artes: ¿acaso este suicidio no merece un reconocimiento por su valor artístico?

La edición completa de las poesías del joven canario Félix Francisco Casanova.

Irène Némirovsky, John Kennedy Toole, Frances Farmer, Stieg Larsson, Lucia Berlin…son algunos de esos nombres que conocieron el reconocimiento póstumo. Otros como Chavela Vargas o La Lupe (vía Almodóvar), Huysmans (vía Houellebecq), Aldoux Huxley y su mundo feliz (vía Trump), Ed Wood o Margaret Keane (vía Tim Burton) o el joven poeta canario: Félix Francisco Casanova (vía Fernando Aramburu): han conocido un revival sobre su figura u obra a expensas del fulgor mediático de terceros.

Aunque puestos a elegir nos quedaríamos con el cantautor Sixto Rodríguez y su rocambolesco camino hacia la fama y el reconocimiento que se narra en el emocionante documental: Searching for the sugar man (2012).

 

 

La fama, el reconocimiento, la gloria siempre han sido esquivas, caprichosas y volubles. Pero, afortunadamente, en la mayoría de los casos, las obras que merecen la pena siguen disponibles en las bibliotecas. Los atrapados por los cantos de sirena del marketing seguirán, acaso, visitándolas como turistas de tour operator. Pero los que aún ejercen su libre albedrío serán como los viajeros que se toman su tiempo, y se pierden por los callejones que forman las estanterías, esperando ser ellos los que rescaten del olvido alguna joya. Nada, ni nadie, se encuentra en paradero desconocido en una biblioteca.

Ciento volando: una historia de poliamor cultural

 

¿Es posible amar dos personas a la vez? ¿y a tres, y a cuatro, y a cinco? ¿Esto de qué va? ¿de comunas jipis en pleno siglo XXI? ¿del amor libre en tiempos de asepsia digital? No, en todo caso iría de poliamor: esa nueva etiqueta que ha surgido para renombrar cosas más antiguas que la nana pero que los tiempos han vuelto a poner en primera plana.

 

Jules et Jim o el poliamor en los tiempos de la Nouvelle vague

El trío de La trama nupcial: el poliamor de los 80

 

Por muchos autobuses, campañas o proclamas que lacen unos y otros a favor o en contra de que nos amemos los unos a los otros, o los unos sobre los otros: en definitiva en cuestiones de amores cada uno se las apaña como mejor puede. Así pues ¿por qué iba a ser diferente hablando de cultura?

Como lanzábamos hace unos días a las redes: si te gustan las librerías tanto como las bibliotecas ¿será que practicas el poliamor cultural? No es por quitar la ilusión: pero en vista de lo complicadas que siempre han sido las cosas en lo relativo al amor y al sexo: la mejor etiqueta a la que suscribirse es la de poliamoroso cultural. Toda una promesa infinita de placeres sin fin.

 

 

En el número 16 de la revista Infobibliotecas se abordaba el mundo de las librerías. Que una revista cultural especializada en el mundo bibliotecario se acerque a las librerías es algo que entra dentro de toda lógica. Librerías y bibliotecas se han desarrollado por vías paralelas y, en muchas ocasiones, hasta comparten problemáticas similares.

Los ménage à trois en cambio les han dado más de un disgusto. Editoriales egoístas que han recelado de las bibliotecas, o administraciones fulleras que se resisten a pagar a tiempo. De ahí que no sonara raro que en más de uno de los artículos que integraban ese número 16 de la revista: se incidiese en la valentía que demostraban aquellos que, aún en estos tiempos, se lanzan a la aventura de abrir una librería. Y como mirar los toros desde la barrera no es una opción cuando de apostar por la cultura se trata: el jueves 21 de marzo de 2017, en pleno corazón del madrileño barrio de Malasaña, emprendía su vuelo Ciento volando, la que ya alguno ha denominado “la librería de las bibliotecas”.

 

 

Que esto tiene aires de publirreportaje no lo vamos a ocultar: pero siempre hay formas y formas para contar las cosas. Podríamos incidir en que es una librería que cuenta con un personal altamente cualificado, que aspira a servir a bibliotecas, pero por supuesto también a clientes de a pie, que incluirá un variada programación de actividades y eventos (sí eventos, antes eran actos, pero ahora son eventos) que atraigan a todo tipo de público.  Pero sería un panegírico que, por atractivo que suene, no resulta tan determinante como el juicio de uno de sus primeros clientes.

 

 

Su nombre es Nico y tiene 12 años. Su afición al fútbol le ha llevado a guardar obligadamente banquillo durante algunas semanas por culpa de una clavícula rota. Afortunadamente el grueso tercer volumen de las Memorias de Idhún de Laura Gallego, que le compraron en la flamante librería, le servirá para sobrellevar la lesión mucho mejor.

Fue él, quien al leer el nombre de la librería en el envoltorio de su regalo de cumpleaños exclamó: ¡qué buen nombre! Y si lo dice un joven de 12 años que apunta, además de habilidades futbolísticas, la promesa de ser un buen lector: ¿quién es capaz de contradecir al futuro?

 

El Nido de lecturas a las puertas de la Biblioteca de Cleveland

 

El último Nobel de Literatura cantaba que la respuesta estaba en el viento; y visto en perspectiva puede que el poliamor cultural ya estuviera en el aire hace tiempo.

En 2013 el artista estadounidense Mark Reigelman instaló a las puertas de la biblioteca pública de Cleveland su obra Nido de lecturas: una enorme estructura de maderas que conformaba un impresionante nido que jugaba con la idea de la biblioteca como refugio.

La arquitecta de origen hindú Anupama Kundoo, cubrió una plaza de Barcelona con libros cazados en pleno vuelo en 2014.

Y tres años después abre sus puertas Ciento volando en Madrid. ¿Casualidad? No lo parece. Algo flotaba en el aire, y no era el amor, era el poliamor entre bibliotecas, librerías y lectores.

 

 

Ciento volando, cultura y más. C/ Divino Pastor. Malasaña (Madrid)

 

Siente un bibliotecario a su mesa

 

Si Hollywood decidiera un improbable remake del Plácido (1961) de Berlanga es más que posible que el resultado terminase inscrito bien en el género de zombis, superhéroes o vampiros.

Difícilmente lo adaptaría para que el eslogan (“siente un pobre a su mesa”) de la campaña navideña sobre la que gira la genial sátira berlanguiana sobre la España de los 50 (es del 61 pero las décadas no cambiaban tan rápido como ahora) incluyese a un bibliotecario salvo que fuera un bibliotecario zombi o vampiro, claro está. En cambio en estas fechas muchas familias comprueban lo bien que viene tener uno sentado a la mesa, sobre todo, a la hora de elegir los regalos.

¿Qué libro le compro a tu tía?, ¿qué cómic hará que se enganche a la lectura tu sobrino?,¿qué película clásica le gustará recordar a la abuela?, ¿le compro un ereader o una tablet a tu hermano?, ¿qué cuentos son más educativos para la pequeñaja los de Peppa Pig o los de Las tres mellizas? Como asesores en aquellas familias que aún consideran a la cultura como algo digno de regalar, siguen siendo valiosos.

 

De los Estados Unidos de Norman Rockwell a las mesas de muchos hogares occidentales de hoy día.

 

Familia (1996) el interesante estudio familiar de Fernando León de Aranoa en su debut cinematográfico

Lo que ningún bibliotecario va a solucionar será las impertinencias si la familia incluye algún representante del cuñadismo, los conflictos soterrados que cual tragedia de Tennessee Williams afloran a la tercera copa de cava o los disgustos de la matriarca por algún comentario inoportuno del abuelo. Entre otras cosas, porque probablemente los bibliotecarios estén directamente implicados en algunas de estas escenas navideñas tan entrañables.

Si hay un ritual en Occidente en el que la institución familiar despliega todo su arsenal de virtudes y defectos ese es sin duda la Navidad. No nos consta ningún estudio sobre la evolución de los hábitos de las familias a la hora de celebrar estas fechas señaladas en rojo en el calendario.  Pero qué duda cabe que algo debe haber cambiado, la familia por mucho que le pese a algunos: ha evolucionado, ha mutado y no se sabe hasta dónde llegará su transformación.

En unas Navidades, como estas de 2016, en las que ha vuelto a la mesa de novedades, con categoría de clásico, el cuento Con Tango son tres: es buen momento para fijarse en el papel que las bibliotecas pueden jugar en esta normalización de esos nuevos tipos de familia que inevitablemente van a hacer que al menos, aparentemente, la imagen de estas fiestas sea menos uniforme.

 

La historia real de los dos pingüinos emperadores del zoo de Nueva York que recogieron un huevo abandonado, lo empollaron y se convirtieron en padres del pequeño pingüino: se convirtió en un canto a la tolerancia y el respeto a otros modos de familia que Justin Richardson y Peter Parnell transformaron en cuento ilustrado. Pero su fama proviene más bien del hecho de llevar años en el top del ranking de cuentos censurados en diferentes países. Pocas veces habían puesto tan fácil convertir la inclusión de una obra en los fondos de una biblioteca en un acto político y de defensa de los derechos sociales.

La fascinante novela autobiográfica de Angelika Shrobsdorff

En 2015 el trabajo final de grado de la titulada en Educación Primaria por la Universidad de Sevilla, Nieves Gallego Acosta: Familia y literatura infantil. Nuevos modelos para una nueva literatura, se incluye una selección de títulos que toda biblioteca, que quiera promover la aceptación social de esos nuevos modelos de familia, ha de tener en cuenta en su sección Infantil y Juvenil.

Hace poco más de un mes en la localidad valenciana de Quart de Poblet se estrenaba una “biblioteca de colores” dentro de la Biblioteca Pública Municipal Enric Valor. Promovida por la asociación Lambda, que lucha por los derechos del colectivo LGTBI, se materializó con una donación de fondos para la zona infantil y juvenil que sirvieran también para cuentacuentos en los que se trabajase la aceptación desde la diferencia entre los más pequeños.

Desde la proliferación de las Bibliotecas familiares públicas, de las que nos hablaba Elisa Yuste en su blog; pasando por la normalización de los nuevos modelos de familia: las posibilidades que se abren a las bibliotecas para revalidar y ampliar su labor de apoyo a esas extrañas estructuras sociales que son las familias: es prometedor.

 

Viggo Mortensen padre de una familia que no sigue las normas

 

El clan (2015) la aclamada cinta argentina sobre una familia de secuestradores

Si algún día, como algunos reclaman, llegase a España la posibilidad de educar en el hogar como de manera legal, se hace en otros países: las bibliotecas serían una institución imprescindible para proveer de materiales, y para ofrecer espacios de socialización para esos niños. Como no podía ser de otro modo en el mundo anglosajón llevan años fomentando el papel de las bibliotecas (y de los bibliotecarios) en las familias que optan por este tipo de educación fuera de los sistemas convencionales.

Y precisamente en la mayoría de los casos son padres con alto nivel educativo los que optan por este tipo de educación. La perfecta asociación: bibliotecas públicas y homeschoolers (que es como se denominan a estos estudiantes en el hogar) se titulaba un artículo de hace dos años en el blog de la Asociación de Bibliotecas Públicas norteamericanas.

Las biografías de hijos de famosos: un clásico del rencor filial.

 

¿Serán diferentes las Navidades para estas familias que optan por formas alternativas, bien de constituirse, como de educar a su prole? Es más que probable, pero considerando que están formadas igualmente por seres humanos: no cabe duda alguna de que los reproches, los afectos, los conflictos y las alegrías seguirán siendo protagonistas en sus reuniones.

Y confiemos en que las bibliotecas jueguen un papel principal como aliados en sus proyectos de vida: sienten o no a un bibliotecario en su mesa.

 

Pero volviendo al eslogan que Berlanga parodiaba en su película. No fue un invento del genio valenciano, en realidad provenía de una campaña real de la España franquista que quería promover la caridad cristiana. Un eslogan perfectamente adaptable a las bibliotecas desde siempre, pero aún más tras estos años de crisis: pero ya sin necesidad de caridad cristiana sino de justicia social. En las bibliotecas los pobres, como los ricos (aunque nos tememos que estos últimos mucho menos) se sientan en las sillas y en las mesas sin necesidad de que nadie les invite.

En breve se publicará el estudio íntegro que el profesor de la Universidad de Murcia, José Antonio Gómez Hernández, ha dirigido en colaboración con otros profesores de la misma Universidad sobre personas en riesgo de exclusión social y bibliotecas.

Los testimonios recogidos en el estudio, tanto provenientes del personal, como de los usuarios con riesgo de exclusión social, así como las conclusiones finales: reafirman el valor social de las bibliotecas públicas para aquellas personas que viven en situaciones de precariedad.

 

Vagabundos leyendo en bibliotecas californianas fotografiados por Fritz Hoffman para National Geographic

 

Fun home: una familia tragicómica. La novela gráfica autobiográfica de Alison Bechdel

Después de todo esto, queda claro que las ventajas de sentar a un bibliotecario a la mesa son variadas: son útiles a la hora de asesorar en cuestión de regalos, están abiertos a nuevos modelos de familia, y por lo tanto (aunque esto sea mucho suponer) deben ser buenos anfitriones; y por último, te excluyen de tener que acordarte a última hora de ser solidarios y comprometidos con los desfavorecidos por ser Navidad. No porque ya se tenga a un pobre sentado a la mesa teniendo a un bibliotecario (que hay que puntualizarlo todo); sino porque apoyando a los bibliotecarios (y se supone que por extensión a las bibliotecas aunque sea de boquilla) están demostrando sensibilidad hacia una de las instituciones que más ayudan a combatir las desigualdades sociales.

En definitiva: siente un bibliotecario a su mesa. Todo lo que puede pasar es que se exceda bebiendo, sea malo contando chistes o le dé por sacar a relucir trapos sucios familiares. Algo en lo que, sea cual sea nuestra ocupación laboral, ninguno estamos libres de caer.