Biblioteca apache

 

En ocasiones la actualidad te lleva de la mano. No hace mucho en El ángel exterminador bibliotecario nos recreábamos en la posibilidad de que grupos de usuarios quedasen enclaustrados en una biblioteca; y hace unas semanas, también nos hacíamos eco del vandalismo en una biblioteca parisina en Asalto a la biblioteca del distrito 18. En este arranque del mes de abril las líneas argumentales de estos dos posts se entrecruzan en esta Biblioteca apache.

 

El poder de los libros representado por el artista Mladen Penev.

 

El ensayo del sociólogo Denis Merklen: ¿Por qué se queman las bibliotecas?

El 5 de marzo la biblioteca pública del distrito de La Duchère, en Lyon, fue incendiada por unos delincuentes como represalia por el desmantelamiento de una red de tráfico de drogas que operaba en dicho distrito. Según el sociólogo Denis Merklen, autor del libro ¿Por qué se queman las bibliotecas?, se han registrado, al menos, 75 incendios intencionados de bibliotecas durante los últimos veinte años en Francia.

Merklen resalta el carácter simbólico que tiene el hecho de quemar bibliotecas como respuesta a problemáticas sociales latentes en la sociedad gala. La importancia y protección que en Francia se da a la cultura, es probable, que signifique a las bibliotecas como víctimas propiciatorias de ese ansia de destrucción contra los símbolos de una sociedad. En cambio, al otro lado de los Pirineos, podemos respirar tranquilos.

Como comentaba el periodista del área de cultura de ‘El diario vasco’, Alberto Moyano, a cuenta de lo que planteábamos en Asalto a la biblioteca del distrito 18:

 

 

Un tuit que nos gustó, en primer lugar, por expresar su discrepancia (el primer paso para enriquecerse en un diálogo amable en la red); además ese “disparar en demasiadas direcciones” nos encanta para un post que se llama Biblioteca apache; y, sobre todo, por incidir en ese poder perturbador, en esa hostilidad que aún pueden llegar a provocar los libros (y por ende las bibliotecas) como símbolos. Si algo incomoda es que sigue ejerciendo un poder hasta en los que se creen más ajenos a su influjo. Algo que, pese a estar al otro lado de los Pirineos, también encontramos fascinante.

 

 

Christian Slater ya contaba con unos precoces antecedentes bibliotecarios por su papel en El nombre de la rosa (1986).

Y cambiando de latitud y escenario pero no de temática: el Festival de Cine de Santa Barbara en los Estados Unidos se inauguró el pasado 31 de enero con la proyección de la película dirigida por Emilio Estevez: The public (2018). En el reparto, entre otros, aparte del propio Estevez, estrellas como Alec Baldwin o Christian Slater.

The public se centra en un grupo de vagabundos y personas en riesgo de exclusión; y en las relaciones que establecen con los trabajadores de una biblioteca del centro de Cincinnati.

Una noche, tal cual como en nuestro ángel exterminador bibliotecario, suena el aviso de cierre de la biblioteca y un grupo de sin techo se niega a abandonar la biblioteca. Los refugios de la ciudad están atestados por una cruda ola de frío y la única opción es pasar la noche a la intemperie. A partir de aquí, el conflicto se complica cuando los bibliotecarios deciden apoyar a los okupas, y se posicionan frente a políticos y medios sensacionalistas: planteándose un acto de desobediencia civil que sirve para exponer algunos de los problemas sociales más candentes de la sociedad estadounidense (y por extensión de las sociedades occidentales).

 

 

La película de Estevez, no tiene aún fecha de estreno en nuestro país, pero promete convertirse en un título de referencia en el mundo bibliotecario. Al igual que el incendio de bibliotecas en Francia denota las tensiones sociales que se viven en el país vecino: de la película norteamericana se pueden sacar varias lecturas, pero en este caso, positivas.

Independientemente de la calidad de The public (atendiendo al tráiler parece que la acostumbrada competencia estadounidense en los aspectos visuales e interpretativos está asegurada) el hecho de que una biblioteca se convierta en escenario protagonista de una producción, independiente, pero rodada con medios y con estrellas en su reparto: ya es una buena noticia. Pero la biblioteca en la película es mucho más que un simple decorado: es todo un concepto. La plasmación en imágenes (en líneas de diálogo) de una frase que se repite afortunadamente cada vez con más frecuencia: las bibliotecas públicas como último bastión de la democracia. Las bibliotecas públicas, como indica el título, como máxima representación de lo público.

 

Emilio Estevez como bibliotecario al frente de la desobediencia civil de un grupo de excluidos del sistema.

 

El hijo mayor de Martin Sheen perpetúa la tradición demócrata de ese Hollywood comprometido en causas sociales que su padre (récord absoluto de detenciones por implicarse en protestas sociales: 66) ha representado públicamente desde la década de los 70. Muy alejado de su hermano, Charlie Sheen, que en cambio tanto se ajusta al estereotipo hollywoodense hecho de alcohol, drogas y sexo. Era previsible que, tan célebres representantes del progresismo estadounidense, tuvieran algo que decir sobre la sociedad que ha quedado tras una década de crisis culminada con la presidencia de Trump.

Que Alec Baldwin forme parte del reparto tampoco es casual. Aparte de haber renovado su popularidad gracias a la exitosa parodia que del actual presidente de su país hace en el mítico show de humor televisivo Saturday Night Live: Baldwin tiene un largo recorrido como santo patrón bibliotecario, o en otras palabras, como mecenas de bibliotecas en su país.

 

Alec Baldwin junto a su mujer y el también actor Edward Burns en la Author’s night for the East Hampton Library de 2015: un evento que sirve para recaudar fondos para dicha biblioteca.

 

Baldwin, aunque ha sido nominado, no ha ganado nunca un Oscar, pero de crearse alguna vez el Tejuelo de oro, sin duda, se lo llevaría de pleno en la mayoría de categorías. En 2011 el lenguaraz intérprete que nunca se ha cortado un pelo (su pelambrera pectoral atestigua que lo metrosexual nunca ha ido con él) a la hora de dar sus opiniones: donó 10.000 dólares para impedir que se cerrase la Biblioteca Adams Memorial en Rhode Island. Otros 250.000 dólares fueron a parar a la biblioteca de East Hampton, a la cual destinó los ingresos que obtuvo por diversas campañas publicitarias que había protagonizado.

Pero no acaba aquí su labor probiblioteca, también fue cofundador de la Noche anual de recaudación de fondos para la Biblioteca de East Hampton. Además, desde 2015, a través de la fundación que lleva su nombre y el de su esposa, The Hilaria & Alec Baldwin Foundation, el matrimonio financia numerosas iniciativas en torno al arte, la cultura o la salud pública.

 

Alec e Hilary posando en su mansión de los Hamptons.

 

Un joven Alec Baldwin participando en la campaña de fomento de la lectura de los 80 que lanzaron desde las bibliotecas estadounidenses: READ.

Que la biblioteca en la que Baldwin centra su altruismo esté situada en Los Hamptons: no resta valor a sus esfuerzos.

Situados en la zona este de Long Island, los Hamptons, constituye una exclusiva zona de vacaciones para la clase alta de Nueva York. Scarlett Johansson, Sarah Jessica Parker, Richard Gere, Jennifer López, Steven Spielberg, Robert de Niro o, por supuesto, el propio Alec Baldwin: poseen lujosas fincas en la zona. Un territorio en el que también viven personas de clase media baja, pero cada vez menos, dado que el alto nivel de vida de Los Hamptons les ha obligado a mudarse.

En los Estados Unidos no hay problema en defender públicamente un discurso progresista y a favor de los derechos sociales de la población (como hace Baldwin participando en The public): y por otro lado, pertenecer a la élite económica y cultural de esa sociedad. En nuestro país la defensa de lo público, en cambio, pareciera exigir un compromiso lindante con el voto de pobreza. Combinar lo público con lo privado (salvo que hablemos de cotilleo y prensa del corazón) suena casi a blasfemia. Un discurso harto maniqueo que, tal vez, una buena ley de mecenazgo cultural ayudaría a mitigar.

En una reciente entrevista en ‘El País’ la oncóloga Ruth Vera, presidenta de la Sociedad Española de Oncología Médica, señalaba la necesidad de incentivar la inversión privada a través de una ley de mecenazgo. Y declaraba no entender la polémica en torno a la donación que hizo Amancio Ortega para la lucha contra el cáncer. “¿Por qué tenemos que rechazar la inversión privada?” se preguntaba Vera.

 

Un fotograma de The public (2018): las fuerzas del orden irrumpiendo en la biblioteca (no se considera spoiler porque aparecen en el tráiler).

 

Disco de Jacques Brel en el que se incluía su satírica ‘La dame patronnesse‘ (Las damas de la beneficencia): título apropiado para la propuesta final de este post.

Hace un año se presentaron las 150 medidas que el actual Gobierno pretende poner en marcha durante esta legislatura y que se engloban dentro del Plan Cultura 2020. Entre ellas se incluía la reactivación de la postergada Ley de Mecenazgo Cultural. Un año después, Castilla-La Mancha ha anunciado la puesta en marcha de su propia Ley de Mecenazgo, mientras en el resto del país sigue la espera.

Entretanto las bibliotecas se convierten, o no, en objetos de deseo para mecenas con ganas de cuidar su imagen pública y aliviar su declaración de la renta, ya que hemos citado a la prensa del corazón, no estaría de más que nuestras celebrities patrias se quitaran complejos respecto a las estadounidenses apoyando eventos recaudatorios destinados a bibliotecas.

Antonio Banderas lleva varios años impulsando la Gala solidaria Starlite en Marbella cada verano. ¿Cabría esperar un séptimo de caballería proveniente del papel cuché? ¿Quién sabe? Igual a Isabel Preysler, Nati Abascal, Pitita Ridriduejo o a Carmen Lomana les da por lucirse con una excusa tan favorecedora y ponerlo de moda entre la beautiful people. Dejamos la pregunta envenenada para el final: ¿tendría escrúpulos el sector bibliotecario en aceptar este tipo de financiación?

Arrancamos viendo como quemaban bibliotecas en Francia y concluimos con acento francés gracias a las damas de la beneficencia de Brel. Otra cosa no, pero nadie nos podrá acusar de falta de coherencia.

 

Tamara Falcó entrevistando a Vargas Llosa en la biblioteca de la mansión de Isabel Preysler.

Bibliotecas al filo de la ley

 

Anne, una de las protagonistas de nuestro exitoso Menú del día para mujeres bibliotecarias, recordaba en la conversación de sobremesa con sus compañeras: la poco conocida película En el ojo del huracán (1956). En esta película, rodada en plena histeria anticomunista en la década de los 50, y que fue objeto de ostracismo comercial: Bette Davis encarnaba a la bibliotecaria de un pueblo norteamericano que se enfrentaba a políticos y ciudadanos por defender que el Manifiesto comunista se mantuviera dentro de las colecciones de su biblioteca.

 

La actriz Bette Davis junto a Ruth Hall, bibliotecaria en 1955, de la ciudad de Santa Rosa: en la cual se rodó la película en la que Davis interpretaba a una bibliotecaria. Fuente: Sonoma County Pictures.

 

La bibliotecaria interpretada por Davis viviendo su propio Farenheit 451.

Resulta sorprendente que esta película (nada del otro mundo salvo por la gran Davis) resulte tan oportuna casi 70 años después en nuestro país. Pero los secuestros judiciales de libros, la censura artística en ARCO, los juicios a raperos, tuiteros, programas y publicaciones de humor: hacen que el mote de mordaza con que se bautizó a la Ley de Seguridad Ciudadana suene cada vez más inquietantemente acertado.

Pero estos aires contrarios a la libertad de expresión, a la libertad de pensamiento no son exclusivos de ningún sesgo ideológico: se dan en todos los ámbitos y foros. Desde los discursos más aparentemente progresistas a los más conservadores. Nadie queda indemne a este debate que ha exacerbado, en gran parte, ese discurso furibundo que copa las redes sociales día sí, día también. Y a todo esto ¿qué tienen que decir las bibliotecas?

 

 

 

Bastiones de la democracia, refugios de la libertad de pensamiento, instituciones que garantizan el acceso a a todas las opiniones y puntos de vista: con este rosario de descripciones laudatorias que se les han ido acumulando no podían quedar fuera de un asunto tan inesperadamente candente. Y claro que tienen algo que decir: pero lo hacen quedamente, sin alzar la voz, como no podía ser de otro modo.

En este post vamos repasar algunos de los casos recientes más mediáticos pero lo vamos a hacer desde una perspectiva algo diferente: desde el catálogo colectivo de bibliotecas públicas del Ministerio de Cultura (CCBIP). Solo hay que realizar búsquedas de algunas de esas obras secuestradas, prohibidas o censuradas para elaborar el mapa bibliotecario de la libertad de expresión en nuestro país.

 

Captura de pantalla del Catálogo Colectivo de Bibliotecas Públicas del Ministerio de Cultura en el que aparecen los resultados de lanzar la búsqueda sobre la novela de Nacho Carretero.

 

Es posible que ningún ciudadano pueda adquirir la controvertida novela de Nacho Carretero, Fariña, en ninguna librería tras el secuestro legal al que ha sido sometida: pero eso no es impedimento para que en las bibliotecas que estuvieran raudas a la hora de adquirirlo, este título que ha sido judicialmente retirado de la circulación, siga accesible a cualquier ciudadano que disponga de un simple y gratuito carné de biblioteca. La decisión de la jueza es cautelar pero, tanto si finalmente gana la causa el demandante (el ex alcalde de O Grove) o el demandado (el autor y la editorial): los ejemplares de Fariña seguirán formando parte de un total de 16 redes de bibliotecas a lo largo y ancho de nuestro país (algunos de ellos en la propia Galicia).

Surge una duda a mitad de abordar este asunto: ¿se podría ordenar su secuestro de las colecciones de las bibliotecas públicas? ¿estaremos haciendo saltar la liebre al escribir este post? Por si acaso no nos entretengamos y sigamos adelante.

 

¿Qué habría pensado Hitchcock del remake caligráfico que Gus Van Sant hizo de su película Psicosis?

 

Pero como hemos dicho al principio los intentos de censura o prohibición no solo provienen de instancias judiciales. El celo con que algunos albaceas de la obra de autores fallecidos defienden sus derechos contraviene hasta los más respetuosos homenajes. En 2011, el escritor Agustín Fernández Mallo ahondaba en el espíritu borgiano creando un género, el remake literario, con el que revisitar la novela El hacedor escrita por Jorge Luis Borges en 1960.

El genio argentino probablemente hubiese observado con curiosidad este experimento narrativo en torno a su creación; pero su viuda María Kodama no contempló esta posibilidad al denunciar a la editorial para obligar a la retirada inmediata de la obra. Apagados los ecos del suceso, siete años después, El hacedor (de Borges), Remake aparece como disponible para el préstamo en 19 redes de bibliotecas (que no se entere Kodama).

 

Obra de la artista Carmen Cantabella perteneciente a su serie ‘Tintín inédito’ en la que mostraba al personaje de Hergé manteniendo relaciones sexuales con geishas. La Sociedad Moulinsart no da abasto.

 

Otro ejemplo de exceso de celo al proteger a un autor fallecido lo protagonizó la Sociedad Moulinsart, gestora de los derechos de la obra de Hergé, cuando en 2008 frenó la distribución, y después, la reedición de El loto rosa (De Ponent). En esta obra colectiva se rendía homenaje a Tintín a través de ilustraciones y de un relato escrito por Antonio Altarriba (Premio Nacional de Cómic) en el que recreaba la vida adulta de Tintín como reportero de cotilleos en Hollywood, y entre otras cosas, perdiendo la virginidad con Catherine Deneuve. Todo muy francófono. En el CCBIP constan 8 redes de bibliotecas donde este polémico homenaje a Tintín sigue de cuerpo presente para quien quiera disfrutar de la blasfemia.

 

 

Cuando se enarbola la bandera de alguna causa social se requiere del suficiente poso cultural para no confundir los términos y no caer en maniqueísmos que desbaraten lo justo de nuestras reivindicaciones. Por eso la esperanzadora tercera ola feminista que estamos viviendo y a la que, cada vez, van sumándose más chicas jóvenes, y afortunadamente, también chicos: no debería caer en planteamientos inquisitoriales tales como volver a cuestionar a Nabokov por Lolita. Como si a estas alturas no se tuviera el suficiente criterio para no confundir el discurso creativo con el hecho de estar haciendo apología de la pedofilia o la violación como sucedió, más recientemente, con la obra de Hernán Migoya: Todas putas.

 

Viñeta de ‘El violador’ uno de los cuentos ilustrados incluidos en la adaptación al cómic por parte de 15 autoras del libro de relatos de Migoya: Todas putas.

 

En 2014 la novela de Migoya, que a punto estuvo de ser prohibida en pleno siglo XXI, conoció una versión cómic por parte de 15 artistas femeninas que no sabemos si supuso una absolución feminista, pero sí al menos una brecha a ese discurso monolítico de corrección política que tantos estragos puede acarrear. En este 2018, de ilusionante eclosión feminista, el Todas putas de Migoya sigue accesible en 17 redes de bibliotecas según el CCBIP: y en formato de novela gráfica ilustrado por mujeres en 9 redes de bibliotecas.

Sorprende que tras las trágicas consecuencias que tuvieron las caricaturas de Mahoma en Dinamarca, o la posterior matanza en la redacción de ‘Charlie Hedbo’ en París, en nuestro país un juez se decidiera a secuestrar el número 1573 de la revista satírica ‘El jueves’ que, en 2007, caricaturizaba a los actuales monarcas españoles en pleno acto sexual. El recientemente fallecido Forges manifestó en aquel entonces, como tantos otros, su total oposición a dicho secuestro judicial. Forges sabía bien de lo que hablaba.

 

La portada de la primera edición de la ‘Historia de aquí’ de Forges “desaparecida en combate”.

 

En 1980 una de las portadas de la primera edición del coleccionable Historia de aquí (uno de sus grandes éxitos) “desapareció” en posteriores reediciones por sus claras referencias al Opus. Gracias a que el DJ Renatus Semper posee el coleccionable original, con motivo del fallecimiento de Forges, publicó en sus redes la portada escamoteada durante tantos años reparando así una censura que, en su momento, es probable que pasase más que desapercibida.

La Historia de aquí de Forges está presente en prácticamente todas las redes de bibliotecas, según la preceptiva búsqueda que hemos hecho en el CCBIP, pero es imposible saber, a través de este medio, si realmente alguno de los ejemplares conserva la portada original que, gracias a Renatus, ahora está accesible en la red.

Lo que sí que es más que probable es que la portada del nº 1573 de ‘El jueves’, con los entonces príncipes de Asturias en postura tan comprometida, esté disponible en alguna de las 12 redes de bibliotecas en las que se incluye la veterana publicación satírica según el CCBIP.

 

 

También en las 13 comunidades en cuyos catálogos de bibliotecas públicas aparece la revista satírica ‘Mongolia’: se podrá consultar la parodia que publicaron del torero Ortega Cano como un alienígena. Una caricatura que ha provocado la imposición de una multa por vulnerar el derecho al honor del diestro de 40.000 euros: lo que compromete seriamente la continuidad de la publicación. No hay mucho que comentar al respecto más allá de las propias declaraciones de los responsables de la revista:

“Tenemos un grave problema con la libertad de expresión en este país. Si una revista satírica no puede utilizar la figura de un personaje público condenado que acaba de salir de la cárcel, si no puedes utilizar que haya cumplido menos tiempo y que nos parezca marciano, si eso no es satirizable, cerramos. Que cierre El Intermedio, El Jueves, Mongolia…”. Y añaden: “Esto demuestra en el país en el que estamos viviendo”.

 

Y aquí dejamos las búsquedas en el CCBIP. Podríamos seguir con los discos de Def con Dos que hay en las bibliotecas públicas de nuestro país, o los de los Chikos del Maíz, en los que hace featuring Pablo Hásel, o los discos de Valtonyc: pero ya es suficiente.

Index Librorum Prohibitorum: nombre de un personaje manga entre cuyos poderes está el haber memorizado miles de libros prohibidos. Index para los amigos.

Es más que suficiente para constatar que las bibliotecas públicas sin necesidad de alharacas, ni adherirse a manifiestos de un bando u otro: son las garantes de la salud democrática de un país, las instituciones públicas que mejor protegen la libertad de expresión y la diversidad de pensamientos. La presencia de esos libros, revistas, discos o de cualquier otra obra o documento que haya sufrido censura ahora o en el pasado: no supone en ningún caso que se esté refrendando ni apoyando lo que en ellas se pueda exponer. Simplemente es la demostración de la madurez de una sociedad: la sociedad de los usuarios de bibliotecas públicas.

Ni la censura paternalista de quienes dicen hacerlo para protegernos; ni la censura políticamente correcta en nombre de un concepto de libertad que no empieza donde acaba la de los demás. Que los guardianes de la moral ajena, de un signo u otro, se relajen: que ahí siguen las bibliotecas para que quien quiera pensar por sí mismo pueda hacerlo.

 

Sara Montiel dando de comer a los censores durante el franquismo.

 

El cantante David Byrne (líder de los venerados Talking Heads) expresó sus disculpas públicas recientemente con motivo de la publicación de su último disco. El motivo: que entre los colaboradores que reclutó para su nuevo trabajo no se incluye ninguna mujer. En fin, que alguien como Byrne tenga que recurrir a una disculpa pública por algo así da idea de los estragos que puede provocar el irse a los extremos en un sentido u otro. No sabemos entonces lo que pensará del divertido video del tema que hizo con The BPA hace casi una década. Tanto da porque a nosotros nos viene de perlas para cerrar este post.

Ni mordazas en las bocas, ni tiras negras en los cuerpos. Quien no quiera verlo que no mire, quien no quiera saberlo, que no lea.

 

 

Mamá quiero ser youtuber…(de biblioteca)

 

Entre “Enamorado de la moda juvenil” de Radio Futura ” y “mala mujer, me han dejado cicatrices por todo mi cuerpo tus uñas de gel” de C. Tangana: distan 37 años. En muchos casos los mismos que separan a los potenciales usuarios jóvenes de las bibliotecas y un gran porcentaje de los profesionales que trabajan en ellas (aún más después de la falta de relevo generacional que ha provocado la crisis que estalló en 2008). Y esa brecha generacional pasa factura a la hora de idear proyectos y actividades que puedan despertar el interés de muchos de esos jóvenes que son incapaces de disociar biblioteca de sala de estudio.

 

 

El actor y humorista Berto Romero concedía una entrevista a cuenta del estreno de su serie ‘Mira lo que has hecho’ en ‘Fotogramas’. En ella Romero, de 43 años, hablaba de la ruptura que han supuesto los youtubers: “entre mis coetáneos puedes ver ecos de Faemino y Cansado, de los Monty Python […] y en los youtubers no hay influencias. Han inventado un lenguaje nuevo, y eso puede compararse con las relaciones paternofiliales“. Tal vez algo exagerado, pero no menos cierto, y más viniendo de un integrante de una de las generaciones culturales más abusonas que se recuerdan.

Buscando en el baúl de los recuerdos, una y otra vez, para seguir generando negocio a falta de ideas nuevas.

El crítico de cine Roberto Morato en la crítica que de la película que sobre la serie de anime de los 70, Mazinger Z, hacía en la revista ‘Dirigido’ definía perfectamente ese abuso cultural de los que nacieron entre las décadas de los 60 y 70 del siglo pasado: “nostalgia capitalizada para una nueva generación que seguirá visitando las ruinas del pasado como museo de un presente que les debería pertenecer.” Esas generaciones que por ser las primeras amamantadas por la televisión, los primeros videojuegos y el cine de efectos especiales no paran de revisitar su adolescencia y de regurgitarla, una y otra vez, para consumo de sus herederos. Por eso, pese a que el fenómeno youtuber desconcierte a partir de los 35 en adelante, es algo propio de las nuevas camadas culturales y se les debe respetar. Y a continuación, bibliotecariamente hablando, explotar.

 

Beavis & Butthead, en los 9, o Jackass (ambos en la MTV) ya dieron el pistoletazo de salida a ese humor estúpido que ahora se perpetúa en tantos youtubers.

 

El libro Mamá, quiero ser youtuber, publicado en 2016,  que daba “todas las claves para entender el fenómeno que ha venido para quedarse” (según reza su subtítulo) no hablaba directamente de ElRubius, el más célebre de los youtubers de nuestro país, pero sí había sido escrito por dos de sus colaboradores, con lo cual su alargada sombra estaba más que presente. Puede que ElRubius ni sepa que el título del libro sea una apropiación del título de un musical de Concha Velasco. Los referentes del pasado más inmediato no son el fuerte de una generación que (como todas por otro lado) cree estar inventando el mundo. Pero al fin y al cabo a lo que aspiran estos jóvenes es a ser los chicos yé-yé de su tiempo.

Si en el 2000, la irrupción de los realities en televisión fue el primer paso: en 2005 con la llegada de Youtube la capacidad adivinatoria de Warhol respecto a la fama en los tiempos venideros quedaba fuera de todo duda. Pero como el artista neoyorquino también sabía: toda fama conlleva grandes servidumbres.

ElRubius, Auron Play, Vegetta777 o Andrea Compton, por citar a algunos de los que más seguidores acumulan, se acercan peligrosamente a la treintena. Los niños prodigio del cine del siglo XX (Shirley Temple, Macaulay Culkin, Marisol o Joselito) vieron languidecer el fulgor de sus estrellas conforme fueron creciendo; otros se adaptaron y consiguieron proseguir sus carreras (Liz Taylor, Rocío Durcal, Ana Belén, o más recientemente, Daniel Radcliffe): ¿sucederá algo similar con los youtubers?

Es un fenómeno demasiado nuevo para predecir su evolución. El alargamiento de la adolescencia y primera juventud en Occidente les ha permitido llegar peligrosamente cerca de la treintena: pero superada esa frontera ¿podrán seguir conectando haciendo el chorra en sus vídeos? ¿el ageism (discriminación por edad) no les sentenciará igual que sentencia a las estrellas del pop?

 

Si hasta la hermana Irene del convento carmelita de La Granja (Segovia) se ha hecho youtuber para atraer vocaciones: ¿pueden permitirse las bibliotecas el lujo de pasar de Youtube?

 

Loulogio de youtuber pionero en nuestro país a autor de cómics.

Loulogio, un pionero en nuestro país, ha anunciado recientemente que lo deja a los 34 años. Su éxito en los albores de Youtube haciendo doblajes chistosos de anuncios cutres de Teletienda le llevó a ser colaborador en programas de humor de Buenafuente o a convertirse en una estrella de los monólogos de humor. En su trayectoria como youtuber se apreciaba una evolución: de la Batamanta o el pajilleitor (que lo situaron en el mapa) a vídeos analizando la obra de artistas como Dalí, El Bosco o Miguel Ángel mucho antes de que ‘Playground’ diera una muestra de cómo gamificar nociones de arte e historia, conjuntamente, en su vídeo sobre Las Meninas a ritmo de trap.

Loulogio deja Youtube y los monólogos para volcarse en su gran pasión: los cómics. Pero en su marcha ha hecho una reflexión sobre los juguetes rotos que Youtube dejará inevitablemente por el camino: y lo hizo en una biblioteca. Fue el pasado 27 de febrero en un Duelo entre youtubers en la Biblioteca Regional de Murcia que Loulogio y Bamf, un booktuber o más exactamente un comictuber, reflexionaron sobre el incierto futuro que les espera a muchos de los protagonistas del fenómeno. Es lógico, toda moda pasa, pero lo más interesante fue el vaticinio que hizo Loulogio: que el futuro de los youtubers puede que pase por los booktubers.

 

Loulogio y Berto Romero envueltos en la célebre batamanta en el programa de Buenafuente.

 

Adentrarse en la madurez grabando vídeos mientras se juega a videojuegos o se llevan a cabo desafíos tontos: no parece que tenga mucho futuro. Pero ejercer de prescriptores (de libros o de cualquier otra cosa)  no parece tan sujeto a las exigencias de la edad. ¿Es posible imaginar que los nuevos Jordi Costa, Carlos Boyero, Manuel Rodríguez Rivero, Estrella de Diego, Álvaro Pons (por mencionar a algunos de los críticos de referencia en diversas disciplinas) surjan de Youtube en vez de los medios más tradicionales? Tal y como evoluciona todo nada es descartable. Pero como señalaba el programa que Página Dos dedicó a los booktubers el pasado diciembre: “muchos booktubers aspiran a profesionalizarse” y las editoriales lo tienen claro van a por ellos. Pero ¿y las bibliotecas?

En Egobiblio: narcisismo y bibliotecas en la era del selfie ya lanzábamos a mediados de 2016 la pregunta de ¿para cuándo las bibliotecas de nuestro país iban a imitar a las algunos países de Sudamérica en los que los concursos de booktubers convocados por bibliotecas era ya una práctica cada vez más habitual? Cerca de dos años después ya se han dado los primeros pasos.

 

 

Desde junio de 2017 se ha puesto en marcha el canal BiblioTubers de la Red de Bibliotecas Públicas Municipales del Ayuntamiento de Madrid. Desde la Biblioteca de Portazgo en Puente Vallecas, la bibliotecaria Diana Mangas Pozo, anima a sus seis aprendices de booktubers que comentan los libros que previamente han leído en el club de lectura orientado para jóvenes de entre 11 a 14 años que organizan en su centro.

En mayo de 2017 la biblioteca de Ciudad Real lanzó su primer concurso para encontrar el mejor booktuber entre los jóvenes de los centros educativos de la provincia. La booktuber Esmeralda Verdú fue la encargada de impartir talleres sobre cómo recomendar lecturas a través de Youtube orientados a los menores interesados en participar. Y hace tan solo unos días se ha lanzado la II edición del concurso de Booktubers de Ciudad Real. En esta ocasión la booktuber encargada de impartir los conocimientos necesarios para convertirse en prescriptor, vía Yotube, será Yaiza Jara.

 

 

Las colaboraciones entre bibliotecas y booktubers se van afianzando cada vez más. En Hellín (Albacete) la Red de bibliotecas públicas municipales ya ha celebrado varios encuentros con booktubers dentro del proyecto Lectibe. Esmeralda Verdú, May Ayamonte y Yaiza Jara han participado hasta el momento con gran éxito de convocatoria.

 

 

Youtube ha venido para quedarse y las bibliotecas pueden ser el refugio ideal para esos jóvenes que llevados por sus pasiones se asomen a la ventana digital y quieran mantener su independencia pese a soñar con profesionalizarse. Los ardides para atraerlos dependerá de la habilidad de los profesionales de las bibliotecas; pero sobre todo de su falta de prejuicios y de la ausencia de paternalismos culturales. Bibliotecarios-vampiros en busca de sangre joven o bibliotecarios-esponja dispuestos a mantenerse al día incluso en asuntos que a priori no les interesan: que cada uno elija la figura con la que más se identifique pero que nadie se quede fuera del juego.

 

Asalto a la biblioteca del distrito 18

 

En el clásico de cine B Asalto a la comisaría del distrito 13 (1976): los policías que custodian a varios delincuentes peligrosos en una pequeña comisaría de Los Ángeles sufren un brutal asedio por parte de un grupo de pandilleros en busca de venganza. No vamos a decir que el pasado 3 de enero, la plantilla de la Biblioteca Václav Havel en el distrito 18 de París, vivieran una experiencia tan al límite como los policías de la película de John Carpenter: pero es más que probable que tarden en olvidar algo así.

 

 

Cartel anunciando la apertura de la Biblioteca Václav Havel en el distrito 18 de París.

Ese día, un grupo de jóvenes adolescentes de la zona, volvieron a atacar la biblioteca provocando daños en instalaciones, colecciones e insultando y amenazando a los bibliotecarios. Según la crónica, que recoge la web ActuaLitté, les univers du livre, los trabajadores tuvieron que refugiarse tras las persianas de hierro que bajaron para protegerse de los objetos contundentes que les arrojaban; y al día siguiente, optaron por mantener el centro cerrado.

Pese a todo los bibliotecarios no quieren estigmatizar a los adolescentes. El equipo lleva mucho tiempo solicitando la inclusión de un mediador en el equipo de la biblioteca que sepa lidiar con este tipo de conflictos y revertir la situación. Una actitud de lo más loable por parte de los profesionales del centro y, que recuerda en cierto modo, a los docentes estadounidenses y su hashtag #armmewith (ármame con).

Ante la brillante idea de Donald Trump de proveer de armas al personal docente, como forma de evitar nuevas matanzas en centros educativos: los profesores han respondido pidiéndole que los arme, sí, pero con recursos, libros, medios, programas para ayudar a jóvenes con problemas mentales, equipos, personal, y por supuesto, también bibliotecas de aula como compartía esta profesora en su cuenta de Instagram:

 

Una buena biblioteca escolar podría enseñar empatía y empoderar a los estudiantes para entender a otros seres humanos.

 

Después de todo, los adolescentes estadounidenses, como los de cualquier sociedad, no hacen más que reproducir de manera más trágica y radical (como corresponde a tan conflictiva edad) los problemas enraizados en el entorno que les rodea.

En un episodio de la estupenda serie danesa Borgen (2010): el presidente de Groenlandia le cuenta a la presidenta de Dinamarca que, en los últimos años, el nivel de suicidios de niños y jóvenes en la isla va en aumento. El suicidio es, tristemente, algo habitual entre los groenlandeses, pero como señala el mandatario ártico de la ficción, siempre había sido habitual entre ancianos que no querían ser una carga. La falta de futuro, de horizontes vitales en un paisaje que es puro horizonte, sería el motivo en cambio para los jóvenes. Morir matando en la sensacionalista América de Trump o morir en el silencio helado de Groenlandia.

 

Campaña de 2012 para exigir el control de armas en los Estados Unidos: no parece que sirviera de mucho.

 

Esperar que Trump haga caso a las peticiones que los profesores comparten con el hashtag #armmewith es tan ingenuo como esperar que, en nuestro país, la cultura (bibliotecas) protagonice los programas electorales de los partidos políticos en la próximas elecciones. La entrañable organización Michigan Open Carry, tras la masacre de la Escuela Primaria de Sandy Book, que tuvo lugar en diciembre de 2012, no tuvo mejor idea para sensibilizar a los ciudadanos de Michigan sobre los fines de su organización que promover una marcha a la biblioteca del distrito portando, orgullosamente, sus armas.

Las autoridades locales, ante la preocupación de otros sectores de la población, que denunciaron el exhibicionismo armamentístico, declararon que nada podían hacer, y que las amables amas de casa que acudían al supermercado o a la biblioteca a hacer los deberes con sus hijos con el revolver en la cintura: estaban en todo su derecho. Eso era en 2012 y en 2018 si las cosas han cambiado ha sido para peor.

 

Los simpáticos miembros de la Michigan Open Carry desfilando con sus armas camino de la biblioteca local.

 

El pasado agosto un joven de 16 años abatió a tiros a dos bibliotecarios en la Biblioteca Pública Clovis-Carver en Clovis (Nuevo México); y en la Biblioteca Pública de Clifton Park-Halfmoon (Nueva York) se organizan simulacros para saber cómo reaccionar y protegerse en el caso de tiroteo en la biblioteca. En vista de esta situación los bibliotecarios estadounidenses bien podrían hacer suyo el verso de Gabriel Celaya y hacerlo hahstag, a semejanza de los docentes, replicando que las bibliotecas son armas cargadas de futuro (#librariesweaponswithfuture). Pero, pensándolo bien, mejor no. Pasaría a engrosar el abultado repertorio de eslóganes estilo Mr. Wonderful sobre lectura y bibliotecas que hacen más daño que bien.

 

Cartel situado en la puerta de acceso a una biblioteca en Estados Unidos.

 

No vamos a jugar a psiquiatras o sociólogos de pacotilla indagando en el porqué las pacíficas bibliotecas llegan a convertirse en objetivos de la rabia adolescente en Francia o Estados Unidos. No vamos a hacer como los policías que, tras desmantelar una red de delincuentes, narran orgullosos ante las cámaras los procedimientos seguidos por los malhechores dando ideas para aquellos que no sabían cómo hacerlo. Pero lo cierto es que las bibliotecas acumulan razones para ser víctimas propiciatorias de esa furia vandálica.

Pensamos siempre en las bibliotecas como remedio de muchos males, como instituciones que promueven la inclusión social, la acogida, el fomento de la cultura como esperanza de un futuro mejor. Pero desde la perspectiva de esos jóvenes que ni leen, ni estudian, ni viven otra realidad más que lo marginal: no dejan de ser instituciones de ese mundo que les excluye, lugares que albergan esa cultura que les mira con conmiseración o directamente desprecio. La biblioteca, como la comisaría en la película de Carpenter, representa a las fuerzas del orden cultural. Y encima son blancos fáciles.

 

 

De saber de su existencia, más de uno de esos vándalos suscribiría el título-eslogan del ensayo de Mikita Brottman, que en los últimos días viene animando el cotarro cultural: Contra la lectura. Aunque si se fijasen en la letra pequeña ya se verían excluidos: “un ensayo dedicado a los lectores que no creen que los libros son intocables“.

Pero el argumento que esgrime el texto promocional de la editorial Blackie Books (siempre tan hábil a la hora de inventar títulos sensacionalistas para capturar la atención) puntualiza contra quien va el ensayo en realidad: “contra los pedantes que dicen que aman los libros, pero que en realidad, solo consiguen que el mundo aborrezca la lectura”. Y en eso, es posible, que todos los que habitamos el fuerte bibliotecario tengamos algo de responsabilidad: y por ello, nos acosen los indios intentando arrasarlo todo.

 

Viñeta del magnífico cómic de Hugo Pratt y Milo Manara: Verano indio.

 

Dejando aparte la comprensión que el discurso más progresista muestra hacia las problemáticas sociales cargando toda la culpa en las injusticias del sistema; olvidando intencionadamente lo conflictivo en sí de la naturaleza humana: si es cierto que, como sostenía Pierre Bordieu, el gusto (cultural) es una cuestión de clases. Una herramienta que se pone al servicio de la élite dominante. Y el concepto de cultura que venden las bibliotecas no queda fuera de ese juego.

Lo que dice Brottman en su ensayo ya lo abordó, de otro modo, Evelio Martínez Cañadas en un post de BibligTecarios: Sobre la (in)utilidad de la lectura. Leer no tiene porque ser siempre bueno y el debate que ha abierto la publicación del libro de Brottman es estimulante.

 

The Florida project es una de las películas de la temporada. La historia de unos niños que crecen en el entorno degradado de un desvencijado bloque de apartamentos cercano a Disneyworld entre drogas, prostitución y pobreza. Futuros indios para asaltar bibliotecas.

 

El periodista Cristóbal Peña publicó en 2103 La secreta vida literaria de Augusto Pinochet: un libro en que revelaba la identidad bibliófila del dictador que llegó a acumular una gran biblioteca. Según relataba Peña la pasión por la lectura y los libros de Pinochet era un secreto: parecía que se avergonzara de ello y quiso mantenerlo lo más privado posible.

Y es que leer por leer no significa nada en sí mismo si lo que lees no redunda en una mejor comprensión de tu entorno. Si solo lees aquello que confirma tus ideas, una y otra vez, tu mundo cada vez será más y más pequeño.

El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones: y los argumentos buenistas en torno a la lectura terminan en frases de autoayuda vacía que no convencen más que a los ya convencidos. Si la biblioteca quiere acabar con el asedio de los salvajes debería empezar por desacralizar la cultura; por desactivar el sermón sobre sus beneficios que promete una salvación en esta vida igual que los curas prometen la salvación en la otra.

 

 

Precisamente un libro de conversaciones entre Karel Huizdala y Václav Havel (en cuyo honor se bautizó la biblioteca parisina asediada en el distrito 18) se titulaba: Perturbando la paz. En esas conversaciones, el político y escritor checoslovaco, dijo que “cualquiera que se tome a sí mismo demasiado en serio siempre corre el riesgo de hacer el ridículo“. Algo que todos los que hablamos sobre cultura y bibliotecas deberíamos tener en cuenta para no incurrir en el peligroso hábito de terminar engolando la voz.

Pero volvamos a Francia para cerrar a ritmo de hip hop (el ritmo de muchos de esos jóvenes marginales). El youtuber Squeezie se unió a los raperos Bigflo y Oli en una aventura musical-bibliotecaria de lo más jugosa. Alain Rey es un reputado lexicólogo que se ocupa del Diccionario The Robert. Los músicos, junto con el youtuber, pidieron su colaboración para hacer un tema en el que sus rimas incluyesen algunas de las palabras más chocantes del francés. Una colaboración callejera-académica que dio como resultado un divertido vídeo y un pegadizo tema con miles de visitas en Youtube.

¿Quiere esto decir que para no engolar la voz cuando se habla de cultura hay que glasearlo todo para que potenciales vándalos no le tengan tanta antipatía? Pregunta en el aire con la que termina este asalto.

 

Disidentes digitales, huérfanos de biblioteca

 

En el mayo del 68 francés los jóvenes burgueses jugaron a la revolución y creyeron que podían cambiar el mundo. Los jóvenes de 2018 (burgueses o no) juegan con sus móviles y el mundo marcha como en el clásico de King Vidor. Cuarenta años después, jóvenes y no jóvenes, tenemos asumido que antes que ciudadanos somos consumidores. Consumidores de productos de moda, culturales, tecnológicos o políticos. Y que el único margen para cambiar algo las cosas pasar por modificar nuestros hábitos de consumo.

 

Grafitis del Mayo del 68 francés: “La cultura es la inversión de la vida”

 

Hace unas semanas el programa del periodista Jordi Évole, en La Sexta, se centró en denunciar las irregularidades en la industria cárnica. Fuera parcial, interesado o sesgado lo que allí se mostró (como algunos sostienen): el caso es que dos cadenas de supermercados belgas retiraron los productos de la empresa española que trabajaba con la granja que Évole mostró en su programa. Como ciudadanos la oportunidad para cambiar algo hay que fiarla a largo plazo (cada cuatro años); en cambio como consumidores, las redes sociales, parecen otorgar el poder para provocar cambios más rápidos. Entonces ¿por qué sus propios creadores están entonando el mea culpa por haberlas creado?

 

 

Los popes de Silicon Valley últimamente se están asomando a los medios como si se tratara de unos Victor Frankenstein arrepentidos. El creador de Napster lamentándose de haber impulsado Facebook por explotar la vulnerabilidad de la psicología humana; Tim Cook, de Apple, asegurando que mantiene a su sobrino de 12 años alejado de las redes; o un ex vicepresidente de la misma red social declarando que las redes desgarran el tejido social: declaraciones que sirven como eslóganes para vender programas de televisión en los que abordan a sus ¿enemigas?: las redes sociales.

Primero estimulan esa dopamina que engancha y ahora se convierten en voces críticas. ¿A qué aspiran: a lavar sus conciencias o a erigirse en salvadores de los pobres internautas? “No me liberen, yo basto para eso” pintaban en los muros los jóvenes de ese mayo del 68: e igual va siendo el momento de pintarlo de nuevo en los muros de esas redes sociales de las que nos quieren salvar. Ni salva patrias, ni salva pantallas, por favor.

 

 

El pasado 6 de febrero se celebró el Día de Internet Seguro. Desde 2004, año en el que la Comisión Europea fijó esta celebración, muchas bibliotecas del mundo han participado. Según recogía la IFLA, en este 2018, diversos miembros de la organización han realizado informes en los que se recogen algunas de las iniciativas llevadas a cabo desde las bibliotecas para abordar esta iniciativa.

“Muévete rápido y rompe cosas: de cómo Facebook, Google y Amazon acorralaron la cultura y socavaron la democracia”: el libro de Jonathan Taplin que socava el mito de la bondad de los gigantes tecnológicos.

Reino Unido ha lanzado una Estrategia de Seguridad en Internet al tiempo que se editaba un libro verde con el objetivo de convertir a Gran Bretaña en el lugar más seguro del mundo en Internet. Deberían haber llamado a Rupert Murdoch de asesor. Para ello las autoridades británicas han contado con las bibliotecas como centros desde los que desarrollar la alfabetización digital de los niños y fomentar un uso correcto de la web entre los jóvenes.

En la Biblioteca de San Antonio (EEUU) se creó un programa colaborativo con la organización comunitaria de periodismo de base NowCastSA: precisamente para combatir y concienciar respecto a las tristemente célebres fake news que tanto gustan a su actual presidente.

En Suecia, los miembros de IFLA de la Biblioteca Nacional, publicaron material gratuito para que el profesorado tuviera recursos para abordar el uso seguro de Internet en el aula. Y terminamos este repaso en Rusia. El 1 de febrero, la Biblioteca Estatal de Rusia, acogió uno de los eventos más importantes: la conferencia electrónica “La ética del comportamiento seguro en Internet”. ¿Hablarían del ‘Rusiagate’? ¿asistió Putin? Incógnitas con las que nos tendremos que quedar.

 

El ya famoso grafiti que, inspirándose en del beso entre Brézhnev y Honecker que lucía en el muro de Berlín, pintó en 2016 el artista urbano Mindaugas Bonanu (el de la derecha) en la fachada del restaurante de Dominykas Ceckauskas (a la izquierda) en la ciudad de Vilna (Lituania).

 

En España, este año, la Secretaria de Estado para la Sociedad de la Información y Agenda Digital con el Instituto Nacional de Ciberseguridad, a través del Centro de Seguridad en Internet para menores, organizaron diversos actos para la concienciación y difusión. Pero, ¿y las bibliotecas? Las bibliotecas deberían situarse en la primera línea de frente en la lucha contra la piratería de contenidos culturales, del mismo modo, las bibliotecas deberían estar en el centro de las iniciativas que un buen uso de Internet.

Como escribía Jarett Kobek en su novela de título muy directo Odio Internet:

“La ilusión de Internet era que las opiniones de personas sin poder, diseminadas libremente, tenían un impacto en el mundo. Era, por supuesto, una mierda total … El único efecto de las palabras de las personas indefensas en Internet era infligir sufrimiento a otras personas indefensas. “

 

Pero esa falta de recursos, de discurso, de capacidad dialéctica, de formación, en definitiva, de autoestima camuflada de desprecio, se evitaría teniendo referentes culturales sólidos.

El protagonista de la magnífica película Nightcrawler (2014) está empeñado en convertirse en buitre carroñero del periodismo más sensacionalista. Un magnífico Jake Gyllenhaal da vida a un personaje psicopático que repite cual mantras (no bibliotecarios) los discursos motivacionales y de autoayuda para triunfadores que encuentra en la Red: y que lleva a la práctica en su trabajo con una carencia absoluta de empatía, escrúpulos o remordimientos.

Pareciera la representación perfecta de lo que los dueños de Silicon Valley dicen temer que provoquen las redes: Golems amamantados en Internet, moldeados con bytes, links y trending topics, que no conocen más horizonte cultural que la Red, incapaces de sentir nada en lo que no medie una pantalla: unos huérfanos de biblioteca.

 

El Golem (1920) de Paul Wegener y Carl Boese.

 

Los salvadores de nuestra alma digital, anteriormente conocidos como creadores de Facebook, Twitter e Instagram, no deberían agobiarse. Incluso en los inventos más alienantes siempre han existido disidentes: y sus criaturas tampoco se libran de estos espíritus libres. Hay que disentir, sobre todo y primero de uno mismo, para no acomodarse en pensamientos únicos. Bibliotecas que disienten de cierto concepto de biblioteca que no sabemos si se repetirá en el próximo Congreso de Bibliotecas Públicas (Logroño, 28-30 de noviembre) en el que se hablará de perfiles profesionales; e internautas que disienten de lo que se supone se debe hacer en la redes aún sin proponérselo.

Hace unos meses, la propietaria de la pensión La Ferroviaria en Zaragoza, saltó a los medios (una vez que se hizo viral en las redes claro está) por su estilo a la hora de responder todos los comentarios que sobre su pensión hacían los clientes en TripAdvisor. Contraviniendo, una a una, todas las recomendaciones sobre Netiqueta, consejos para gestionar redes o recursos para solucionar conflictos en digital: la enérgica hostelera lleva desde 2007 sin callarse ni una y, como no podía ser de otro modo, le han salido muchos fans en Internet.

 

 

Por cosas así es por lo que nos salvamos. Puede que para algunos, Milagros, que así se llama la dueña y ‘community manager‘ de la pensión, fomente el mal rollo en las redes: pero nada más lejos. La franqueza de la hostelera es pura disidencia digital, como las de los ancianos que se asoman a Internet y se mueven según su propio criterio. A eso en otros mundos se le llama marcar estilo. Su naturalidad desarma el postureo infinito de las redes, no por ejercer de trolls, sino por actuar con esa mezcla de ingenuidad y despreocupación que, en muchos casos, dan los años. Cuando queda menos tiempo, tonterías las justas. Ya decíamos que la arruga es subversiva, y en digital, también.

 

El divertido sketch de una televisión alemana sobre el abuelo al que le regalaron un iPad y lo usa como tabla de cocina.

 

¿Y si la cara más amable de la tecnología proviniera de los excluidos de lo guay, lo high, lo in, lo trendy, lo………………………………….(sobrecarga del blog por exceso de anglicismos: disculpen las molestias). Ancianos, habitantes del tercer mundo, minorías, excluidos del sistema, disidentes digitales por elección o incapacidad para actuar según lo que se espera.

Ilustración de Dan Page.

El escritor, investigador y periodista Frédéric Martel debería retomar sus viajes alrededor del planeta para indagar en la situación de Internet en esos otros mundos que están en este. Su libro Smart. Internet (S): una investigación data de 2014 y han pasado muchas cosas desde entonces. La manera en que cada país, cada cultura: imprime su impronta en el uso de la Red y las redes sociales resultaba de lo más apasionante en el relato que Martel hacía.

Nos encantaría saber qué ha pasado desde entonces en barrios como el de Kibera, en Kenia, donde los teléfonos móviles estaban suponiendo una esperanza de progreso. Y sobre todo qué ha sido de la biblioteca que entonces describía. En no-lugares así (entendiendo como no lugar aquellos espacios que no entran dentro de la lógica del capitalismo) es donde puede que se esté cociendo un mundo digital menos uniforme, menos alienado, diferente:

 

“la filial de la Kenya National Library está situada en el corazón del barrio. Se llega por un camino de tierra ocre, lleno de baches. ¿Una biblioteca? Es mucho decir. Más bien parece un almacén con techo de uralita, cercado de alambradas. “Electrificadas”, puntualiza Jesse. En los estantes hay unos 8.000 libros y cada día acuden unas 200 personas a consultarlos […] me muestra unas tabletas Samsung que acaban de llegar y que guarda en un armario cerrado con llave, esperando la instalación del wifi. Ello debería permitir un mejor acceso a internet […] por ahora hay que subirse al tejado para acceder con un smartphone a la conexión 3G”

 

En una pequeña ciudad australiana, en 1991, cuatro feministas crearon el grupo de arte: Venus Matrix desde el que lanzaron el Manifiesto de la Zorra Mutante. Fueron las primeras en usar el término ciber feminismo y se centraron en  “la construcción de espacio social, identidad y sexualidad en el ciberespacio”. 

Bibliotecas en la órbita de Venus

 

Queremos creer en que hay vida inteligente en otros planetas, pero antes, querríamos creer que también existe en éste.

 

Puede que en la Tierra las bibliotecas estén cuestionadas por los más cerriles que no ven más allá de sus pantallas pero, en otras galaxias no tan lejanas, no será así. Y no, no estamos hablando de la saga Star wars por mucho que terminemos hablando de cine.

Todo viene a cuento del Falcon Heavy, el cohete más grande de la historia de la aeronáutica espacial, promovido por el millonario Elon Musk. En los diversos diarios se han hecho eco del muy fotogénico modelo de coche Tesla Roadster, propiedad de Musk, que se lanzó dentro de la nave con un maniquí bautizado como Starman ejerciendo de conductor; y a los sones de la mítica canción de Bowie.

 

Cabecera de la web de la Biblioteca Larkin Kerwin de la Agencia Espacial Canadiense.

 

Aparte de lo emocionante que todo esto pueda sonar: lo que más nos ha gustado ha sido la inclusión del dispositivo Arch, menos fotogénico que el Tesla Roadster, pero mucho más esperanzador por tener una capacidad de hasta 360 tretabytes de datos.

El Arch es un cristal de datos, proporcionado por la Arch Mission Foundation, en el que se han grabado (entre mucha más información) las novelas de la trilogía Fundación de Isaac Asimov. Muy apropiado. Pero la cosa no acaba aquí. Lo más fabuloso es el cronograma que tienen previsto desarrollar durante las siguientes décadas:

  • para 2020 quieren lanzar discos Arch a la Luna bajo el nombre de Lunar Library que contendrán documentos con las informaciones más relevantes sobre nuestra especie, y cuya caducidad se prevé será tanto como la de la Luna misma.
  • En 2030 le tocará el turno a la Mars Library, es decir la Biblioteca de Marte: una copia de nuestros conocimientos que ayude a futuras colonias humanas. El objetivo final , según recoge Xataka, será conectar todas las bibliotecas Arch de forma que creen una red de lectura y escritura descentralizada que abarque todo el Sistema Solar.

 

Bibliotecarias listas para el lanzamiento de la primera biblioteca a la Luna.

 

Preguntas de lo más prácticas e interesadas que nos asaltan una vez que hay barra libre para la imaginación: ¿cuáles serán los requisitos para ejercer como bibliotecarios en esas bibliotecas?, ¿incluirán en los planes de estudio de Biblioteconomía asignaturas sobre ingeniería espacial?, ¿los bibliobúses del espacio serán como el Halcón Milenario de Han Solo, la USS Enterprise de Star Trek o los platillos volantes de Mars Attacks? Dudas espaciales que no empañan lo positivo de la noticia incluso si finalmente los bibliotecarios no aparecen ni como extras en la película que se están montado. Y es que las bibliotecas, esas naves nodrizas milenarias, reafirman su vigencia conceptual una vez más.

 

El pasado 27 de septiembre se celebró el ya clásico Star wars Reads Day con numerosos eventos en torno a la lectura en bibliotecas y librerías.

 

Si el sabio Yoda te lo dice habrá que hacerle caso: lee.

Las referencias culturales del cohete lanzado por el magnate Musk dejan en mantilla a la NASA. En la sonda espacial Voyager 1 que salió del sistema solar allá por 2013 (y que fue lanzada el mismo año en que se estrenó la primera película de la saga Star Wars: 1977): también se incluía un equivalente a este dispositivo Arch tan library friendly. Se trataba del Disco de oro, en el que se grabaron también documentos representativos de la cultura terráquea, ante la eventualidad de un posible contacto con vida extraterrestre.

Desde diferentes saludos y deseos de paz en 55 idiomas: hasta sonidos de la naturaleza, animales, música e imágenes. Entre las músicas elegidas se encontraban desde La flauta mágica de Mozart al Jonnhy B. Goode de Chuck Berry, y las imágenes iban desde un feto humano hasta un supermercado. Pero ni una sola imagen de un libro o una biblioteca ¿Cómo es posible que los recipientes más importantes de todos los conocimientos de la humanidad no tuvieran ni una triste representación?

 

Ilustración de Lance Miyamoto para Science Magazine en 1981

 

Tal vez, ahora que tantos agoreros hablan de jubilación forzosa para las bibliotecas, sería el momento de plantearse decisiones drásticas, y directamente lanzarlas al espacio bajo el auspicio de la empresa Space X de Musk que muestra algo más de sensibilidad al respecto ¿Cabe imaginar mejores embajadas interestelares que las bibliotecas públicas? A los bibliotecarios, si acaso, se les puede criogenizar y despertar sólo si merece la pena el encuentro en la tercera fase. Astronautas y bibliotecarios tienen mas en común de lo que pueda parecer: están acostumbrados a la ingravidez de no saber si tendrá suficiente oxígeno (cámbiese por presupuesto) para completar su misión.

El cómic de Nick Abanzis sobre la perrita Laika: una de las muchas cobayas de la carrera espacial.

¿Terminarán los bibliotecarios como la perrita Laika, el chimpancé Ham u otras tantas cobayas de la carrera espacial?

Después de todo las bibliotecas ejercen como magníficas cobayas para estudios de mercado que podrían aprovechar si tuvieran vista desde las editoriales; también como campos de experimentación para innovaciones tecnológicas (ya hablamos de la colaboración entre las bibliotecas californianas y la empresa de realidad virtual VR Oculus); y por supuesto, las industrias culturales (discográficas, productoras cinematográficas) para combatir a través de las bibliotecas la piratería de contenidos.

 

La maravillosa escritora Ursula K. LeGuin.

 

La recientemente fallecida Ursula K. Le Guin narraba en su novela Los desposeídosla historia de un planeta capitalista, y de su luna, en la que malviven los exiliados del sistema que aspiran a una sociedad anarquista. Como toda buena novela de ciencia ficción está abierta a mil interpretaciones. Se nos ocurre una, en torno a los planetas de las industrias culturales y la luna Biblioteca en la galaxia digital.

Pero es la propia Le Guin la que tenía ideas muy claras sobre la relación entre editoriales y bibliotecas. En el 2013 (el año en que la Voyager 1 salió de nuestro Sistema: todo está escrito en las estrellas)  las dejó claras en una extensa entrada en su blog personal de la que recuperamos lo siguiente:

 

“La existencia o desaparición […] de una biblioteca no es un tema sexy. Pero es absolutamente básico para […] la continuidad del conocimiento humano [..] si las bibliotecas son diezmadas o eliminadas […] sólo podremos acceder a los libros a través de las grandes corporaciones. No va a ser fácil conseguir un libro que las empresas han decidido que no es rentable […] seríamos inteligentes si mantenemos […] el apoyo a las bibliotecas públicas en su esfuerzo heroico […] por llevar a cabo su trabajo en la era electrónica. […] El objetivo de la biblioteca pública es el mismo de siempre: dar acceso ilimitado a todos los libros (impresos, electrónicos) a todo el mundo.

Es algo que merece la pena apoyar, ¿o qué?”

 

 

Y hay empresas que lo hacen. No vamos a descubrir ahora que Infobibliotecas está detrás de la plataforma de contenidos audiovisuales para bibliotecas eFilm (a punto de ponerse en marcha en Murcia, Cataluña y el Pais Vasco: que aquí no damos puntada sin hilo). Por eso nos gusta tanto la noticia del (inteligente) acuerdo al que ha llegado la empresa de exhibición cinematográfica Landmark Cinemas, en la población canadiense de St. Albert, con la cercana biblioteca pública de Morinville.

La cadena de cines ha ofrecido a la biblioteca la posibilidad de publicitar, gratuitamente, sus servicios mediante spots publicitarios que emiten en el tiempo reservado para tráilers. Los bibliotecarios, pillados por sorpresa por tan generosa oportunidad, se liaron el croma a la cabeza (la lona verde que permite luego introducir el fondo que se quiera tras los personajes) y empezaron a rodar un anuncio de 15 segundos.

 

 

Las bibliotecas te pueden llevar a cualquier lugar al que quieras ir“: tal cual como el cohete Falcon Heavy añadimos aquí. Con ese eslogan no queda mucho más que decir salvo que las cadenas de cine Landmark han demostrado una inteligencia empresarial digna de elogio.

El documental sobre el rodaje de la película El cosmonauta (2013): la primera película española producida por crowdfunding que se convirtió en toda una odisea, no espacial, sino muy terrenal.

Promocionar la imagen corporativa de una empresa a través de la cultura solo puede redundar en beneficios mutuos. Cines y bibliotecas comparten clientela pero no compiten entre sí, todo lo contrario, se complementan y eso supone un valor añadido. Cuanto más se promueva la curiosidad cultural de los ciudadanos más espacios (públicos o privados) van a necesitar.

Como pocos podrán pagarse un pasaje a Marte, en 2030, cuando se inaugure la Mars Library: confiamos en poder seguir disfrutando de cines y bibliotecas para viajar a otros planetas.  “Sabes que nunca has ido a Venus en un barco“, que cantaban los de Mecano, pero para mirar las estrellas bajo el influjo de Venus no hace falta más que salir a la calle.

Tal cual como la protagonista del divertido corto Star love. Una incipiente historia de amor para San Valentín que nos recuerda que para ver las estrellas (pero de verdad) no es bueno andarse por las ramas.

 

“No tengo Facebook, Twitter, ni Instagram”: el desgarrador testimonio de una biblioteca en directo

 

Hace poco, ‘The New York Times’, dedicaba un artículo a la carismática cantante Sade Adu. Desde que surgiera con su grupo en los 80 solo ha editado seis discos (recopilatorios aparte): pero pese a ello, su música ha sido una constante en emisoras para adultos (como las denominan los anglosajones), salas de espera de cirujanos estéticos, e hilos musicales de locales de lo más dispar que aspiran a disimular sus cutreces con el toque chic, devenido en cliché Ferrero Rocher (reservarse para no empachar), que les aporta la música de la británico-nigeriana. Sus silencios son impredecibles, y en el caso de cualquier otra figura, ello la condenaría de inmediato al olvido, pero eso no parece suceder en el caso de Sade. Cuando vuelve, como la última vez en 2011, vuelve a movilizar a sus fans que la esperan lo que haga falta.

 

Sade dándole la espalda a muchas de las servidumbres del star system.

 

Cormac McCarthy solo concede una entrevista cada diez años.

Esta especie de Greta Garbo musical contraviene la mayoría de reglas de lo que debe hacer una estrella en cuanto a su exposición y, pese a ello, según detallaba el artículo del prestigioso periódico neoyorquino, hay un auténtico culto a su figura. Tatuajes, camisetas, pendientes de aro: toda una imaginería en torno a la discreta cantante se vende como signo de distinción para todo el que quiere ser cool.

En plena vorágine del escaparatismo digital en el que todos (individuos e instituciones) se esfuerzan por mostrarse en las redes: Sade, envuelta de misterio en el pueblecito escocés en el que vive con su actual pareja, no parece esforzarse demasiado para que no la olviden los medios. Y mientras, los rumores sobre si este será el año en que volverá a sacar disco mantienen alerta a sus seguidores.

 

J. D. Salinger, el escritor esquivo por antonomasia, defendiéndose de un fotógrafo intruso en los años 80.

 

El talentoso cantante, compositor y bailarín Stromae, tras dos exitosos discos, decidió retirarse durante un tiempo sin determinar.

Cultivar el misterio en el siglo XXI, que se lo digan a Lana del Rey, no es fácil.  Por eso, por contrastar y contemporizar, el titular de este artículo es falso, (aunque seguro que más de una biblioteca no tendrá Facebook, Twitter ni Instagram) sensacionalista, amarillista, impactante, y con todos los resabios propios de la prensa más torticera.

¿Puede una biblioteca mantenerse al margen de las redes sociales hoy día? Prácticamente todos al unísono responderíamos que no. Pero ¿qué precio pagan las bibliotecas/bibliotecarios por estar en las redes?

El lunes 22 de enero se celebró el octavo Día Internacional del Community Manager. Si hay un Día Mundial del Retrete (19 de noviembre) o un Día Internacional del yoyó (6 de junio): ¿por qué no va a existir un día para los mayores pedigüeños de clics, retuiteos, comentarios, pingbacks y demás interacciones digitales que habitan la Red? La profesión bibliotecaria parecía predestinada desde el primer momento para adaptarse al difuso perfil de ese comunicador online que es el community manager. Si lo de ratón de biblioteca es un lugar común al hablar de la profesión: ¿qué otra cosa no son los community managers sino ratoncitos aplicados a hacer girar cada día la rueda de Internet?

 

El dúo electrónico francés Daft Punk pese a su enorme éxito siguen siendo unos desconocidos: siempre tras sus futuristas cascos de motoristas.

 

En ‘La Opinión de Zamora‘ celebraron el Día del Community (CM para los amigos) hablando de la cuenta de Facebook de la Biblioteca Pública del Estado (todo un detalle desde un medio). Según relata la crónica, la bibliotecaria responsable de gestionar la cuenta, tras una década en solitario, tuvo que pedir ayuda al resto de la plantilla por lo mucho que le absorbía alimentarla. Los bibliotecarios de Zamora dicen no obsesionarse con las estadísticas, ni las interacciones, primando un contenido de calidad e interés. Bien por ellos. Pero los peligros de la vanidad satisfecha acechan en cada intro.

Y es que las redes son insaciables, fomentan tu vulnerabilidad (solo hay que atender a lo que ha pasado recientemente con la cuenta de Twitter de las bibliotecas del Ayuntamiento de Madrid) y están ideadas para crear dependencias. El silencio en las salas de una biblioteca es algo a preservar; pero el silencio en las redes sociales es un páramo por el que nadie quiere transitar. Ni siquiera una biblioteca.

Por favor, please, bitte, s’il vous plait, prego, si us plau, mesedez, prosim, molen vasléeme soy community manager. Antes de alcanzar tal grado de patetismo multilingüe mejor repasamos las características que se reconocen propias de un buen CM para ver hasta qué punto se ajustan a las habilidades propias de un buen bibliotecario:

 

Infografía de la web mexicana Alto nivel sobre el perfil idóneo de un community manager.

 

El filón inagotable y maravilloso de las portadas pulp tuneadas de Pulp Librarian en este caso: “Técnicas de persuasión lectora para el bibliotecario moderno”.

Profesional, comunicador, sensible, analítico, organizado: todo suena bien y todo es fácilmente compartible entre ambas figuras (bibliotecario y CM). Lo de carismático, revolucionario, innovador, propositivo, proactivo, buen escritor… dependerá de cada caso. Pero lo que no está tan claro es que no se termine usando el perfil de la empresa/biblioteca como una cuenta personal si se aspira a diferenciarse.

No hay que extraviarse en lo profesional, y eso las redes lo ponen difícil, como reconocen los bibliotecarios de Zamora: “No podemos calcular cuánto tiempo le dedicamos porque fuera del trabajo también estamos con el pensamiento Facebook”.

El gran logro de Internet es haber derribado la barrera entre ocio y trabajo, haberle dado a todo una apariencia de juego y modernidad: por eso hay que estar alerta para no terminar como ratones de laboratorio pulsando frenéticamente la tecla que produce orgasmos antes que la que nos proporciona alimento.

Si se pretende que el muro de las redes de una biblioteca no sea un simple tablón de anuncios por falta de tiempo: lo más sencillo es convertirlo en un diario de a bordo en el que reflejar la travesía que supone cada día poner en marcha la biblioteca. Ya reuníamos los consejos para llevar a cabo esta tarea sin dejarnos las pupilas en el intento en el experimental …(post en obras). A modo de resumen de lo que allí desarrollábamos:

 

  1. “narrar anécdotas cotidianas, en las que no comprometamos a nadie por ello”
  2. “conectar el relato que hagamos del día a día de la biblioteca con la actualidad social más inmediata”
  3. “no tengamos miedo a mostrar las debilidades, los puntos flacos que estamos trabajando para mejorar”
  4. “y por encima de todo, abrirlo al público. Adoptar la forma de hacer de los fanzines”
  5. “y en medio de todo, el bibliotecario, como auténtico community manager, es decir como el que maneja (en el buen sentido) a la comunidad”

 

No es ninguna receta infalible, pero al menos aleja un poco el fantasma de la precariedad del que habla Remedios Zafra en su ensayo ganador del Premio Anagrama de Ensayo 2017. Y es que si algo tienen los bibliotecarios que de verdad se comprometen con su trabajo es entusiasmo (además de falta de tiempo). De hecho, en ocasiones, no tienen más que eso: y ahí está el peligro.

 

 

Zafra indaga en la inestabilidad de los trabajadores del ámbito cultural, académico y creativo que, constantemente, tienen que recurrir a su vocación por la cultura y a un entusiasmo inagotable para seguir adelante. Una hipermotivación peligrosa que el sistema aprovecha, gracias a la conectividad a tiempo completo que permite la Red, para instrumentalizarla y hacer que demos gracias por trabajar en algo “tan bonito como es la cultura” (el entrecomillado es nuestro) pese a que los beneficios tangibles (económicos y laborales) sean siempre inciertos y precarios.

Trabajar por amor al arte en su versión digital 5.0. La bohemia cultural hace mucho que desapareció a golpe de clics. Ahora es la palmadita del político o jefe de turno la compensación por todos los desvelos: y si no, ahí están las interacciones digitales para saciar el ego y la vanidad y recibir así una gratificación inmediata que te haga sentirte realizado y postergue indefinidamente una mejora laboral. El “me debo a mi público” de las folclóricas como mantra que espante el desaliento ante tanto sobre esfuerzo.

 

Murger retrató el París bohemio de las vanguardias de finales del XIX. En el XXI los bohemios siguen igualmente pobres pero con conexión wifi en sus buhardillas: desde las que se conectan a un mundo que no entiende de un romanticismo que solo pervive en sus cabezas.

 

El libro de Zafra da para mucho, pero por ahora, nos quedamos con un fragmento que parece interpelar de manera directa al gremio bibliotecario:

“me resulta llamativo cómo el sobre esfuerzo de las redes se ha orientado más a construir apariencia de verdad desde el exceso de imagen, sobreinformación y estilización, pero no ha ido encaminado a favorecer lazos de confianza” (pág. 115)

Lazos de confianza: he aquí un concepto clave para las bibliotecas que, a diferencia del desgarrador testimonio con que se abre el post, tengan Facebook y/o Twitter y/o Instagram.

La biblioteca sin filtros que edulcoren nada, la biblioteca de proximidad, la biblioteca cercana que haga que sus usuarios se sientan a gusto en un entorno digital seguro, la #bibliotecavstrolls de la que hablábamos hace un tiempo. Fomentar esos lazos de confianza a través de las redes de las bibliotecas no va a acabar con ese precariado al que nos abocan: pero la confianza es el primer paso hacia la solidaridad y la creación de un verdadera comunidad digital. Y eso ya es un gran logro viniendo de un puñado de voluntariosos bibliotecarios que cada día reinician el relato de del día a día de sus bibliotecas en las redes.

 

El documental recién estrenado sobre Grace Jones.

 

Y hablando de figuras a las que los tiempos no parecen marcarles el ritmo ahí está Grace Jones, una figura en las antípodas de la serena Sade con la que empezábamos. Tras casi 20 años fuera de la industria volvió en 2008 y declaró sobre su ausencia que no había tenido nada que decir hasta entonces. Ahora, casi con 70 años, publica memorias, se estrena un documental y canta casi desnuda en festivales de lo más selecto.

Algunas de las frases de su tema Corporate cannibal no podrían resultar más intimidantes para cualquiera que transite las redes, pero aún más, para los profesionales de la cultura que viven en un precariado perenne hiperconectado. Grace no es asidua de Facebook, Twitter, ni Instagram: pero ni falta que le hace porque los describe a la perfección en su versión más alienante.

 “Soy una máquina devoradora de hombres. Cada hombre, mujer y niño es un objetivo. Consumiré a mis clientes. Te daré un uniforme, cloroformo, te desinfectaré, te homogeneizaré, te vaporizaré.” 

 

 

Y la biblioteca va

 

El paso del transatlántico en Amarcord (1973) de Fellini.

 

Este texto es la botella de champán (o de cava según preferencias o aversiones) lanzada contra la quilla del 2018. No podemos saber si la botadura será la del Titanic o la del Love boat de la serie de los 70. Puestos a elegir apostaríamos por el operístico barco de la Y la nave va (1983) de Fellini (exquisitos que somos pese a todo): pero recién iniciada la travesía es demasiado aventurado hacer pronósticos.

Y de expectativas y resultados habla la mejor película (según muchos) del hombre-orquesta en que se ha convertido James Franco: The Disaster artist (2017). La crónica del rodaje de la que la que se ha dado en llamar “la peor película de la historia” (como si no hubiera competencia): The room de Tommy Wiseau. No vamos a hablar aquí de la película de Franco, ni de la de Wiseau: ya hay suficientes textos analizándolas por ahí. Partimos de ella porque perpetúa un interés por figuras excéntricas que partió con Ed Wood (1994) de Tim Burton y ha proseguido, no hace mucho, con dos películas en torno a la figura de la millonaria, con ínfulas operísticas, Florence Foster Jenkins.

Solo faltaría un biopic en torno a la española Tamara/Ámbar/Yurena: para que el retablo de personajes cuya visión de la realidad (y de sus aptitudes) no coincide necesariamente con la del resto: se completara. Pero por mucho que se aprovechen tan singulares figuras para reflexionar sobre el talento, la creatividad, y sobre la delgada línea que separa lo sublime de lo ridículo: lo que proporcionan estos anti-héroes culturales, sobre todo, es alivio. Alivio al constatar que, no ya la mediocridad, sino incluso la ineptitud no es obstáculo para perseguir los sueños. Quijotes por todas partes.

Una auténtica bomba de relojería-fábrica de futuros ninis carne de reality. ¿No habrá detrás de todo una confabulación entre Coelho (“lucha por tus sueños o los demás te impondrán los suyos”) y Mr. Wonderful para terminar de derrumbar lo poco que todavía queda en pie de un cierto pudor cultural? No lo llame pop, llámelo cultura titulaba muy certeramente la revista ‘Jot Down’  un reciente diálogo a tres sobre el triunfo absoluto del género fantástico, con los superhéroes a la cabeza, en el panorama actual. Mientras tanto, Alan Moore, el genio de los cómics, responsable de regenerar el género superheróico en los 80 con Watchmen: lleva años denunciando la “catástrofe cultural”  que supone esta avalancha de héroes en mallas.

Por contra, un representante de lo que hasta hace poco se daba en llamar alta cultura, el catedrático de Historia del Arte, Ximo Company, con motivo del lanzamiento de su libro sobre Velázquez declaraba en ‘El País’: “La erudición atrofia la contemplación de la maravillosa pintura de Velázquez“. Viene a sumarse a la defensa que Benito Murillo, uno de los mayores expertos en el Barroco español, hacía de uno de los últimos virales de la Red: Velaskez ¿yo soi guapa?: ensalzando su tono didáctico y reivindicativo a ritmo de trap.

El vídeo del youtuber Emilio Doménech elevando al altar de la cultura digital el vídeo de la Menina trapera.

 

¿En qué quedamos: nos hundimos en la tontería más absoluta o aprovechamos esa liviandad para enriquecernos libres de corsés y dogmatismos? El peso cultural para las nuevas generaciones es abrumador, siguen necesitando matar al padre: pero ahora lo tienen facilísimo porque la historia se ha partido en dos.

Hasta los años 2004-2006 servían las siglas de d.C. para situarnos cronológicamente, al menos en el mundo occidental: ahora para entender cualquier diagnóstico cultural, social, político… hay que recurrir a las siglas d. F. o d. T., o lo que es lo mismo: después de Facebook, después de Twitter, o de Instagram. No ha sido tanto internet lo que ha partido la historia en dos sino la irrupción de las redes sociales en los, ya lejanos, inicios del siglo XXI.

 

El tuit con el que anunciaba, en 2010, la Biblioteca del Congreso de Washington que iba a archivar todos los tuits.

 

La Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos acometió con una determinación ¿digna de mejor causa? el archivo de todos los tuits publicados desde el arranque de Twitter: y ocho años después ha tirado la toalla.

El escritor Lorenzo Silva ha sorprendido a muchos al anunciar su abandono de las redes sociales, tras acumular muchísimos seguidores, y haber sido uno de los literatos más activos en nuestro país durante los últimos tiempos. La demanda absorbente de Twitter (Facebook lo abandonó hace tiempo ya) ha sido el motivo esgrimido por Silva para argumentar su abandono. Michael Ende acertó en todo al describir a los ladrones de tiempo en su clásico Momo, salvo, en dibujarlos como trajeados hombres de gris. Los ladrones de tiempo del nuevo siglo visten informales, con deportivas, alegres colores y trabajaban en Silicon Valley. Ya lo decíamos en El tiempo en nuestras manos:

 

“cualquier servicio público (o privado) que aspire a sobrevivir a esta revolución digital lo primero que tiene que ofrecer a sus clientes es tiempo.”

 

¿Nos estamos abonando de nuevo al género catastrófico? Nada más lejos de nuestra intención. Aunque un día resultaría de lo más interesante establecer una comparativa entre el género catastrofista de los 70 (esos aeropuertos, esos colosos en llamas, esos Poseidones hundidos, esos tiburones…, que se suponen daban cuerpo a los miedos sociales del momento) y sus equivalentes con efectos digitales de nuestros días (esos maremotos, tsunamis, hecatombes medioambientales, atentados e invasiones zombis).

 

Una de las insignes muestras del catastrofismo cinematográfico de los 70: La aventura del Poseidón.

 

Pese a todo aquí seguimos (y contra todo pronóstico incluso puede que algo mejor que dicen que el agujero de la capa de ozono se ha reducido: ¿o será una fake news promovida por la administración Trump?). “Al final las obras quedan las gentes se van. La vida sigue igual” que cantaba un Julio Iglesias que hoy los millenials reconocen más por ser protagonista en muchos memes que por sus logros profesionales.

Y no le faltaba razón al truhán-señor. Las redes sociales, como la televisión en su momento la radio o el cine, han venido para quedarse. Pero, como todo, también pasarán: pasará este furor estúpido, pasara esta dependencia absurda, y luego vendrán otras. ¿Cómo podíamos antes vivir sin móvil? Y una vez tengamos los chips convenientemente instalados en el cerebro nos preguntaremos ¿cómo podíamos vivir enganchados al móvil?

“Que paren el mundo que yo me bajo” ahora es más factible que nunca. Puede uno bajarse y subirse al mundo (digital) en cualquier momento recuperando el mando (y no nos referimos al de la tele). La revolución tecnológica va tan acelerada que te puedes apear de cualquier red, artilugio o sistema operativo sin miedo a perderte nada: porque como todo caduca tan rápido, vivimos en un pensamiento tan cortoplacista que, cuando vuelvas a subir, te habrás ahorrado unos cuantos sistemas operativos diseñados para durar menos que un yogur. E incluso tendrás una perspectiva, que los que no han dejado de girar en la rueda cual hámsteres, extraviaron hace tiempo.

Ante este dejarse llevar, o más bien arrastrar, es necesario reivindicar la incomodidad. Nos sometemos a dietas, ejercicios que nos producen agujetas (cuando no lesiones), a tratamientos estéticos, intervenciones quirúrgicas, prendas que nos aprietan (“para presumir hay que sufrir”): aceptamos todas esas incomodidades pero ¿somos incapaces de aceptar la incomodidad a la hora de pensar?

 

El faquir Musafar fundador del movimiento cultural conocido como el primitivismo moderno, precursor del arte de la modificación corporal.

 

No se trata de cambiar la comodidad del mobiliario de las bibliotecas por asientos para faquires: pero el concepto de biblioteca faquir resulta de lo más atractivo. La biblioteca como un continuo desafío a nuestra mente, que nos impida acomodarnos o amuermarnos, y que incite a nuestro cerebro a mantenerse alerta, huyendo del pensamiento único y retándonos a pensar por nosotros mismos.

En la película de Fellini que citábamos al principio: un grupo de representantes de la alta sociedad viajan en un lujoso barco a esparcir las cenizas de una célebre soprano a su isla natal justo cuando estalla la I Guerra Mundial. Un mundo en desaparición, el de esos aristócratas que compiten entre sí a golpe de arias; y el de una Europa abocada al primer abismo que se abría en la historia moderna. Ahora también estamos ante varios abismos, pero pese a todo, la biblioteca sigue yendo. Si aparentemente nos lo quieren poner tan fácil, desconfiemos, pongámonoslo un poco incómodo nosotros. Nos va en ello la lucidez.

 

 

Va la nave, va la biblioteca y va este texto. Tommy Wisenau, el director de The Room, cuando comprobó que el público se tomaba a chufa su intenso melodrama decidió venderlo como comedia. Todo es susceptible de cambiar. Como ejemplo esta escena de El resplandor (1980) con banda sonora de risas enlatadas propias de una sitcom televisiva. Un cortocircuito a nuestras neuronas de espectadores pasivos adiestrados en lo previsible. Si el verdadero arte tiene la obligación de molestar, de incomodar, de desconcertar, entonces, esto debería considerarse arte. Como la película de Wiseau.

 

Guerra cultural C: pequeñas bibliotecas libres vs. gnomos de jardín

 

Hay que actuar como un sioux, hacer el indio lo que haga falta para rastrear los indicios que nos indiquen (en nuestro caso) por dónde irá la cultura en estos tiempos inquietos (e inquietantes). Y para eso hay que huir de medios generalistas o redes saturadas de distracciones. Hay que centrarse en la letra pequeña, en la sección de sucesos de medios locales, en el día a día de esos ciudadanos a los que queremos seducir desde las bibliotecas.

 

En Greater Victoria en Canadá este mes han estrenado 150 pequeñas bibliotecas libres.

 

Gnomo pertrechado de bazuca para destruir pequeñas bibliotecas libres.

Durante los últimos años el movimiento de las pequeñas bibliotecas libres (PBL a partir de ahora aunque coincida con las siglas de Aprendizaje Basado en Problemas) ha alcanzado la muy respetable cifra de 65.000 unidades extendidas entre Estados Unidos y Europa y sigue su imparable ascenso.

Las PBL han ido colonizando jardines de clase media arrumbando otros hitos de la decoración de exteriores. El hecho de anidar libros en su interior las inviste de un aura cultural que las hace respetables. Tanto es así que Incluso, en la ciudad inglesa de Rochester, la propia biblioteca pública amplió su red mediante la instalación de PBL con el programa Neighbors Read (Vecinos que leen).

Ante este poderío ni las toscas reproducciones de la Venus de Milo, ni los remedos en terracota de los leones de la Alhambra,  ni siquiera las columnas-maceteros estilo dórica-dórica–jónica-jónica–corintia-corintia-corintia… (perdón pero el hit de Las Bistecs regurgita cuando menos te lo esperas): han podido frenar su avance. Solo un clásico incontestable como los gnomos de jardín han intentado resistirse a su ofensiva. Hasta ahora.

 

Parada de gnomos nazis en Nuremberg creada por Ottmar Hoerl

 

Con la app Gnomify AR ya es posible ver gnomos allá donde uno quiera. 

Como bien se sabe los ingleses son muy forofos de los jardines. Así que no es de extrañar que haya sido en la sección dedicada a jardinería del rotativo “The Telegraph” en donde se informe del lento declinar de los gnomos de jardín. Parece ser que la venta de gnomos durante la última década se ha reducido y solo quedan cinco millones en Gran Bretaña (¿conseguirá revertir la situación el Brexit?). Sin duda un mazazo para todo connossieur de lo kitsch.

Desde la década de los 70 en que empezó su apogeo, hasta ahora, los gnomos han conseguido convertirse en todo un símbolo. El equivalente pequeñoburgués de las suntuosas estatuas que adornaban los palacios aristocráticos. La aparición de las PBL ha sido probablemente el tiro de gracia para los entrañables gnomos que probablemente las boicoteen en su secreta y frenética vida nocturna. Y, pese a todo, tanto gnomos como PBL comparten muchos puntos en común. La escalada de noticias inquietantes al respecto es constante.

 

En 2014, en la ciudad inglesa de Durham, la policía “reclutó” a diez gnomos para repartirlos por la ciudad y concienciar sobre la prevención de robos y otros delitos.

 

El 6 de abril de 2017 hasta un centenar de gnomos, que decoraban el Kingsbury Water Park en la ciudad inglesa de Sutton Coldfield: amanecieron brutalmente decapitados. Pero este es solo el último de los sucesos más recientes de un fenómeno delictivo que acumula un largo historial.

En 2013, según relataba el medio local “Gloucestheshire”, el matrimonio de jubilados formado por Bernard y Bond Cath, residentes en la ciudad balneario de Cheltenham: tuvieron uno de sus más amargos despertares al encontrar una docena de sus amados gnomos salvajemente mutilados, decapitados, desmembrados e incluso hechos añicos, de manera que fue imposible cualquier intento de reanimación mediante pegamento de contacto. Volviendo a la actualidad, hace unas semanas en Santa Barbara, California, un bibliotecario escolar retirado denunciaba, ante las cámaras de una televisión local, el robo de la PBL que había diseñado y construido junto a su hijo durante los últimos dos años.

 

Pequeña biblioteca libre calcinada en Minneapolis junto con un cartel ofreciendo recompensa a quien diera información sobre los posibles vándalos. Hasta un total de ¡¡5.000 dólares!! se ofrecían según indicaba la noticia.

 

La inolvidable pareja formada por Georges y Mildred en Los Roper.

Noticias soñadas por esos reporteros, todo simpatía y jovialidad, de televisiones locales: que lo mismo relatan cómo se cocina un caldo con pelotas que muestran la desolación de los propietarios de gnomos y PBL destrozados. ¿Por qué tanto odio? se preguntan vecinos que podrían pasar por unos Roper del siglo XXI mirando a cámara.

El profesor de filosofía alemán Thorsten Botz-Bornstein podría dar el pego como nieto intelectual de George and Mildred Roper. En un artículo publicado en el magazine digital británico “Quartzy” el profesor se pregunta ¿Cuándo desarrolló el mundo tan mal gusto? : en el que, por supuesto, cita a los gnomos de jardín.

Según los profesores de sociología Ruth Holliday y Tracey Potts, “estamos a punto de ahogarnos en el kitsch“: y Botz-Bornstein encuentra una explicación a todo ello en un narcisismo galopante que se sustenta, en parte, en una pérdida de identidad cultural elevado al cubo por la cultura del yo que promueven las redes sociales.

 

Hinchable de Hulk de Jeff Koons expuesto en el Museo Belvedere de Viena.

 

Pero no aspiramos a hacer lecturas tan profundas y certeras como las del filósofo alemán: ni tan siquiera a épater les bourgeois que dirían los franceses. Lo nuestro es más a ras de césped: pero hay detalles que saltan fácilmente a la vista con poco que se observe. Los gnomos pueden representar el epítome de lo kitsch pero las PBL no le andan a la zaga por mucho que contengan libros. Si en Hoteles para ricos, bibliotecas para pobres: se buscan disidentes hablamos del interés que los nuevos ricos manifestaban por las bibliotecas como meros ornamentos de estatus social; es comprensible que los pequeñosburgueses los emulen como hicieran en su día con los gnomos.

En la localidad estadounidense de Whitefish Bay los promotores inmobiliarios incluso celebran la proliferación de las PBL por el valor añadido que aportan a las propiedades. Gentrificación adorable a costa del concepto biblioteca.

Shakespeare-patito de goma para el baño: los representantes de la alta cultura en merchandising.

En 1874 la primera exposición de los impresionistas en París escandalizó y desafío el orden académico establecido. Décadas después sus, entonces, subversivos cuadros se convirtieron en los preferidos para decorar las cajitas en las que vender pastas de té. La cultura será kitsch o no será.

La lectura como elemento decorativo, al que los tiempos digitales, han recubierto de una pátina entrañablemente vintage. Una vez desactivada la carga explosiva de la auténtica literatura, de los pensamientos menos conformistas y del poder inquisitivo de la filosofía: las PBL equiparan los antaño inaccesibles libros al nivel de los gnomos de jardín. La cultura domesticada, amable, respetuosa con lo establecido. Tantas décadas de cultura Reader’s Digest tenían que dar sus frutos.

Pero ningún triunfo sale gratis. Las PBL ya están recibiendo las primeras críticas razonadas y documentadas por parte de algunos estudiosos. En Toronto, Jane Schmidt, bibliotecaria de la Universidad de Ryerson, y Jordan Hale, geógrafo y especialista de referencia de la Universidad de Toronto: publicaron un estudio al respecto de las PBL que indaga en el lado menos amable del fenómeno. Entre sus observaciones plantean cuestiones como:

  • ¿por qué para crear una Little Free Libraries es necesario pagar a una organización sin ánimo de lucro que cobra por usar el nombre y distribuir su merchandising?
  • contrariamente a lo que se sostiene de que las PBL sirven para llevar la cultura a barrios menos abastecidos culturalmente: lo cierto es que la mayoría de PBL se han instalado en barrios ricos y aburguesados que ya disponen de biblioteca pública.

Libro del ilustrador Daniel Rotsztain con todas las bibliotecas públicas de Toronto. Daniel fue dibujándolas, una a una, como una manera de reivindicar el gran papel que juegan en la ciudad. Y luego publicó este libro para colorearlas.

 

  • el movimiento de las PBL vende la idea de “construcción de comunidad” a través de la cultura. Pero, según constatan Schmidt y Hale, los propietarios de las PBL eluden las interacciones con extraños. La PBL se convierte en símbolo de estatus y amor por la cultura: pero sin ánimo de compartir más allá del entorno más local y conocido. Algo así como las enciclopedias a juego con la tapicería, la pantalla de cine doméstica con sonido envolvente o el salón de juegos en el sótano: signos de estatus social cara a la galería.
  • y por último, los investigadores se preguntan: ¿por qué no recurren a las bibliotecas públicas si tanto deseo tienen de mejorar su entorno a través de la cultura?

 

 

Instrucciones para sobrevivir a un ataque de gnomos de jardín.

En el magnífico cómic de Brectch Evens Los entusiastas: un artista plástico capitalino viaja hasta una pequeña población que celebra su primera feria de arte contemporáneo para guiar a los vecinos en la construcción de lo que será la gran obra de la feria: un gnomo de jardín gigante (por cierto perderse este cómic debería penalizar de algún modo).

Pero, por jocoso que pueda resultar, ninguno estamos muy lejos de los entrañables pueblerinos entusiastas de un arte que no comprenden pero al que aspiran. Warhol encumbró la cultura popular a objeto de deseo: y Jeff Koons ha llevado lo kitsch a otro nivel. Tenemos el apocalíptico subido pero lo cierto es que las bibliotecas no podían quedar a salvo.

Pese a todo aún hay conductos de ventilación en los que arrojar el disparo certero que haga explotar en mil destellos la Estrella de la Muerte de la Cultura con mayúsculas. Puede que las PBL estén llamadas a sustituir a los gnomos como representantes del orden cultural más burgués: pero también cabe la posibilidad de que pese a haber nacido en el mismo entorno, escondan en sus tripas la semilla de la subversión, de pequeñas revoluciones que puede que un día lleguen a ser grandes.

Hace unos años, cuando empezaron a proliferar las PBL en la ciudad estadounidense de Portland, algunas voces las acusaron de promover un neo-socialismo que atentaba contra los pilares profundamente capitalistas de la sociedad norteamericana. Porque ¿quién dice que nuestro afable vecino no sea un peligroso librepensador, que aprovechando las pequeñas bibliotecas libres, decida intercalar entre los libros de jardinería, de cocina o los best sellers de moda, por ejemplo: los Ensayos de Montaigne, La peste de Camus, El antiCristo de Nietzsche, la Teoría King Kong de Despentes, o el subversivo Steal this book (Roba este libro) de Abbie Hoffman?, ¿y que una idílica comunidad termine transformándose en una barriada antisistema?

 

La cadena de comida rápida McDonald’s apropiándose del fenómeno de las pequeñas bibliotecas libres.

 

Quien juega con libros juega con fuego y nunca se puede saber por dónde colgará la mecha de alguna mente inquieta dispuesta a dejarse prender. Las PBL presentan la apariencia de casitas de primoroso colorido. Pero ¿quién sabe? Puede que en realidad actúen como caballos de Troya repletos de libros-bomba listos para detonar provocando ideas en cadena. Como bien nos enseñaba el exquisito rey del mal gusto, John Waters, en Serial mom (1994): nunca hay que fiarse de las apariencias.

 

Bibliotecas de género fluido

 

Convertirse en tradición en estos tiempos es algo francamente difícil. Pero que una empresa de embutidos lo haya conseguido habla de una de las estrategias publicitarias más geniales que se han visto jamás de los jamases por estos lares. Desde el 2011 con ese homenaje a los que nos han hecho reír en tiempos difíciles hasta la campaña para la Navidad de 2017 en torno al independentismo: Campofrío (por si acaso advertimos que este blog no tiene sponsor alguno) ha provocado adhesiones, rechazos, y suponemos, que un incremento en las ventas de sus productos.

 

El retrato de Chiquito de la Calzada que aparece en el famoso anuncio de Campofrío.

 

El eslogan de amodio acuñado en el anuncio dirigido por Isabel Coixet para definirnos se ha convertido en trending topic por lo certero que resulta. Amor y odio como señas de identidad: lo malo es cuando bajo esas querencias o repulsas lo único que late, y nos unifica, no es más que el miedo. Miedo al otro, a perder los privilegios, a lo diferente, a la verdad. En una reciente entrevista en El País el director de “The New York Review of Books” (la revista neoyorquina más prestigiosa sobre crítica de libros), Ian Buruma, lo corroboraba en una frase: “el miedo va ganando en un mundo cada vez más polarizado“. Y eso los políticos, y los poderes en la sombra, lo saben perfectamente.

 

Patria de Aramburu será la primera serie que desarrolle la filial de HBO en España. El miedo como eje central de la historia de una novela encumbrada por público y crítica.

 

Dos políticos: Trump y Erdogan lo han dejado claro en los últimos días. La prohibición del mandatario estadounidense a la agencia de salud nacional del uso de palabras como: diversidad, vulnerable, transgénero o expresiones como “con base en la ciencia no ha hecho más que mostrar su miedo más arraigado: a la verdad. Y la censura implacable a la que está sometiendo el presidente turco a las bibliotecas de su país, con más de 140.000 libros retirados de ellas (entre otros: títulos de Althusser, Camus o Spinoza) no camufla otro miedo que el que siente cualquier régimen totalitario: el temor al conocimiento.

Por eso en este post vamos a repetir cual mantras varias de las palabras prohibidas por Trump para que calen como cala una lluvia fina y persistente. Lo que sea con tal de contravenir a los dos presidentes y defender la libertad de las bibliotecas como refugio para la diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad…

 

Bancos en forma de libros de autores turcos frente al Bósforo en Estambul. ¿Los prohibirá también Erdogan?

 

Como la campaña de los embutidos incluye una web para hacer el test que nos diagnostique cuánto amodio padecemos: empezaremos con la frase de “con base en la ciencia”. Concretamente con el estudio sobre psicología social que publica el “European Journal of Social Psychology” llevado a cabo por investigadores de Yale a través del cual se preguntó en línea a 300 residentes en los Estados Unidos sobre cuestiones como: el aborto, los derechos LGTBIQ (en breve harán falta unas siglas para abreviar tanta sigla), el feminismo o la inmigración. La idea era constatar cómo el miedo y la sensación de seguridad afectan al posicionamiento político de los ciudadanos.

“Antes de que lo sepas: las razones inconscientes de que hagamos lo que hacemos”: el libro de John Bargh sobre las motivaciones de nuestro comportamiento.

Antes de someterlos al test se separó en dos grupos a los participantes y se les pidió que imaginaran dos situaciones: poseer el don de volar y ser inmune a cualquier daño físico. Entre el segmento de encuestados que imaginaron poder volar sus variaciones ideológicas a la hora de responder al test no variaron de lo que se esperaba. En cambio, en el grupo que imaginó sentirse inmune a cualquier daño físico: las diferencias en las respuestas entre demócratas y republicanos fueron mínimas y terminaron acercándolos ideológicamente.

Según concluye el psicólogo social John Bargh, que encabeza el equipo de investigadores: es necesario reconocer cuánto influyen motivaciones tan básicas como el miedo y la seguridad en nuestros posicionamientos ideológicos. Los políticos (de cualquier signo lo saben) y nos manipulan apelando a tan potentes sentimientos. Bargh aboga por conocer nuestros impulsos para que nuestras opiniones se basen en el conocimiento y no en sentimientos irracionales. Y para eso ¿dónde acudir? Muy previsible por nuestra parte: a las bibliotecas.

 

 

Sentirnos vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, nos hace manipulables. Tal vez por eso Trump la quiere prohibir. No porque vayamos a dejar de sentirnos vulnerables sino porque seamos conscientes de ello y queramos ponerle remedio. Y de sentirse vulnerable, frágil, desamparado y de cómo superar ese miedo habla el magnífico cómic La levedad de Catherine Meurisse.

El 7 de enero de 2017 Meurisse se despertó tarde, hundida como estaba tras su último fracaso sentimental, y por esa razón llegó tarde a su trabajo como dibujante en el semanario satírico francés “Charlie Hebdo”. Por escasos minutos Catherine se libró de la terrible suerte que corrieron sus compañeros a manos de los terroristas: y lo que nos cuenta en La levedad es el proceso que tuvo que seguir durante los meses siguientes para recuperar el equilibrio tras el desastre.

 

 

¿Cómo recuperar la levedad que nos permite vivir sin sentirnos permanentemente en carne viva? ¿cómo superar las secuelas de un hecho traumático?  En las campañas de Campofrío abogan por el humor; y Catherine optó por recurrir a una terapia de choque a base de cultura y belleza para, poco a poco, reanimar un estado de ánimo catatónico que la llevó a viajar hasta Roma en pos de un síndrome de Stendhal que la sanase.

Un auténtico desfribrilador en viñetas que le sirvió a la autora para volver a latir gracias a la cultura; y que reanima a quien lo lee del embotamiento con que nos entumece los sentidos tanta crónica ruidosa del día a día.

 

 

Uno de los collages de la artista expuesto en Francia.

Y precisamente en Francia se está celebrando el cuadragésimo aniversario del Centro Georges Pompidou a través del proyecto itinerante Traversees ren@rde. Este proyecto aglutina múltiples actividades en las que se abordan los movimientos estéticos y micropolíticos que agitan nuestra actualidad. Y en la exposición que, hace unos días, se inauguró en Bourges participa la española Roberta Marrero con algunos de sus collages.

Hace poco más de un año la artista plástica  publicó su primera novela gráfica: El bebé verde: infancia, transexualidad y héroes del pop. En este primera incursión en el mundo del cómic, Marrero, se volcó en relatar su infancia como mujer transexual. El relato que de su infancia hace la artista afecta a cualquiera que alguna vez se haya sentido diferente por cualquier motivo: tanto da que sea heterosexual, homosexual, transexual, polisexual o transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero.

Dictadores: la obra en que Roberta Marrero intervino los retratos de sátrapas célebres al estilo Hello Kitty. En este caso la venganza se sirve fría y pop.

En tiempos en que la identidad se fragmenta, se diluye, se hace líquida (Bauman one more time): el relato en primera persona de cómo Roberta construyó la suya a través de la cultura convierte a su primera novela gráfica, no solo en un auténtico libro de artista: sino en un manual que debería incluirse en las secciones infantiles y juveniles de las bibliotecas por su valor para abordar temas tan candentes como: el bullying, el respeto a los demás, el feminismo o la LGTBIQfobia.

En Dejando atrás el lado salvaje: bibliotecas por la inclusión social ya hablamos de mujeres transexuales en bibliotecas. Y Marrero cautiva a cualquier amante de las bibliotecas con el primero de los mandamientos que prescribe en un momento del libro para ser feliz: “lee, lee, lee“.

La artista reconoce su deuda con la lectura como primer peldaño en la construcción de su identidad. Pocas veces las bonitas (y vacuas por manidas) palabras con que se suele convencer de los beneficios de la lectura habían tenido una aplicación práctica más efectiva que la exhortación de Marrero en su novela gráfica.

 

La Campaña por los Derechos Humanos, en colaboración con la artista Robin Bell, proyectó palabras como “feto” y “transgénero” en el Trump International Hotel en Washington, DC, como una manera de protestar por las “recomendaciones” dadas por la administración Trump sobre el uso de estos términos

 

Cisgénero, transexual, género fluido, género no binario…, si hasta en un programa tan poco minoritario como OT 2017 estos términos están a la orden del día; llegan hasta el Congreso de los Diputados; y muestran una juventud (que la hay) que pese a tantas etiquetas aspira a vivir sin dejarse constreñir por ellas: el recuerdo que Felicidad Campal hacía de la célebre frase de Bruce Lee (Be water, my friend) en su estupendo artículo sobre lo que aportan las bibliotecas a los objetivos de la ONU: da pie para dar un paso más allá y proclamar: Be water, my library.

Roberta se construyó a sí misma gracias a sus héroes del pop, y resulta que las bibliotecas son las reinas del glam: todo cobra sentido.

 

Acrónimo de Galleries, Libraries, Archives and Museums: el proyecto que aglutina a las instituciones culturales para preservar el patrimonio a través del acceso digital y permite la colaboración con el sector de la cultura libre.

 

Reinas de un GLAM que poco tendría que ver con el movimiento estético y musical  que en los 70 enarbolaron figuras como Marc Bolan, Gary Glitter, o por supuesto, David Bowie: pero que en realidad está muy conectado. Quizá cueste verlo, si nos quedamos en el estereotipo del bibliotecario/a; pero hay que procurar ir más allá. Si lo que caracterizó al movimiento glam, fue la ambiguedad, el disfraz, y lo divertido: ¿no es acaso esta imagen la que persiguen hoy día las bibliotecas?  Ambiguas entre lo impreso y lo digital, maquilladas para seducir al público, bulliciosas cual centros comerciales de la cultura y el ocio.

Tilda Swinton en la portada del magazine de estilo transversal Candy.

Bibliotecas de género fluido (o travesti, según el caso: protagonistas inminentes en la revista especializada “Candy”). Ya lo dijo el erotómano Luis G. Berlanga al respecto del rechazo a la parafernalia típicamente femenina por parte de un feminismo mal digerido: “los taconazos, las medias, los ligueros, los corseletes […] Si no es por los travestis […] las generaciones venideras llegarían a olvidar que existió la seducción”

Es en este sentido, en el que las bibliotecas se travisten con ropajes lúdicos, divertidos, llamativos y renovados que llamen la atención a un usuario infoxicado y asaltado por miles de estímulos, que cual cantos de sirena, lo aturden y le hacen carne exclusiva de best sellers, blockbuster o trending topics.
Sólo de esta manera, aunque sea de estraperlo, preservarán un concepto de cultura más rico, libre y desprejuiciado en esta civilización que entre prohibiciones, polémicas y enfrentamientos nos hace olvidarnos, en ocasiones, de que seguimos siendo humanos, demasiado humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos,humanos, humanos, humanos.