Poema para una biblioteca sin puerta (cinco años después)

Este artículo es un viaje de la oscuridad a la luz. Punto. Y en esta primera frase se agota todo el lirismo de un texto que osa bautizarse como poema. Que nadie espere rimas (al menos conscientes): los asuntos que aquí se tratan son demasiado prosaicos para aspirar a poesía alguna. Pero, pese a ello, prometemos un final en el que la belleza alcanzará las más altas cotas recurriendo, eso sí, a méritos ajenos.

 

La cuenta de Facebook Improbables librairies, improbables bibliothèques ideada por Gérard Picot, lleva años recopilando imágenes de bibliotecas y librerías imposibles. La biblioteca sin puerta podría haber sido una de ellas.

 

El primer poema para una biblioteca sin puerta se escribió hace 5 años. Ahora no se trata de reescribirlo para mejorarlo, al modo en que muchos escritores hacen cuando se enfrentan a la reedición de sus obras: sino de revisitarlo, de hacer un remake o un reboot según términos cinematográficos: para constatar lo que ha sido de esa biblioteca.

Corría el 2012 cuando saltaba a los medios la noticia de la agencia de lectura que, gracias a los fondos del antiguo Plan E promovido por el gobierno de Zapatero, se había construido en el jardín de Viveros junto al antiguo zoo de la ciudad de Valencia. La desaceleración económica a la que hacía referencia el último presidente socialista: provocó, que una vez concluidas las obras, se quedase sin inaugurar, o para ser más precisos, sin terminar. Tenía ventanas, hasta estanterías y alguna mesa, pero no había libro alguno, y ni siquiera dio tiempo a abrirle una puerta.

 

El interior en ruinas de la biblioteca sin puerta.

 

Las urbanizaciones abandonadas a su suerte que ahora habitan las alimañas; los campos de golf que ahora no sirven ni de pasto seco; las palmeras repletas de picudo rojo importadas de Egipto para diezmar a las autóctonas; los esqueletos de edificios abandonados en polígonos industriales o las aceras y farolas de resorts que no existieron nunca más allá de los planos: dan tal vez para un cuento, un relato de ciencia ficción apocalíptica o acaso una novela. Pero solo una biblioteca sin puerta puede dar para un poema.

 

Los leones de Bagdad de Brian Vaughan convirtió en fábula en viñetas la historia real de las bestias que escaparon del zoo tras el bombardeo de Bagdad en 2003.

 

¿Qué narraciones hubiese inspirado esa biblioteca sin puerta, en medio de un zoo abandonado, a imaginaciones como las de Borges, Cortázar o Bioy Casares? Solo los dibujos de Roland Topor o M.S Escher alcanzarían a hacerle justicia si de una novela gráfica se tratase. Los rostros sin ojos ni boca de Topor y las arquitecturas sin sentido de Escher: irían al pelo para una narración situada en una biblioteca ciega, o más bien cegada. Dibujos perfectos para el relato que podría dar de sí esta metáfora arquitectónica de una biblioteca sellada, cual pirámide egipcia tras la muerte del faraón.

Y no es gratuita la referencia a las monumentales tumbas egipcias: al igual que en las pirámides, durante estos cinco años, el local ha sido saqueado, no de tesoros, sino de cables, puertas y demás materiales: con que pudieran hacer hogueras los mendigos que la han ido habitando. No hace falta ser Bukowski para encontrar aquí una buena historia sobre bibliotecas e indigentes. Pero finalmente parece que el relato podría acabar bien.

Está previsto que para 2018 se finalicen las obras de reconstrucción y la agencia de lectura pueda finalmente tener una puerta.

¿Será verdad eso que dicen algunos de que se ha acabado la crisis? Para algunos ni siquiera empezó. ¿Habrá concluido ya el reajuste social ideado por el Grupo Bildelberg u otra entidad secreta a la sombra? Cada uno lo siente según le va, y por eso en el mundo bibliotecario con 226 bibliotecas públicas menos desde 2011: hasta que no se recuperen presupuestos, personal y recursos nada se puede decir por mucho que a la biblioteca, junto al viejo zoo de Valencia, le vayan a dibujar una puerta.

El ruido de la calle no se filtrará a través de los cristales rotos de las ventanas, ni las pedradas de los vándalos, ni las psicofonía de las bestias muertas del zoo vecino: será el silencio consensuado y confortable de un espacio lleno de libros y lectores. Y todo se llenará de murmullos. Susurros que incitan a la lectura y la relajación como los que aspiran a practicar algunos youtubers seguidores del movimiento en torno al ASRM.

 

ASMR: sonidos que salen de caricias al micrófono o de voces susurrantes.

 

ASRM, la Respuesta Sensorial Meridiana Autónoma, es el término acuñado en 2010 en Facebook para describir la sensación placentera a la que induce el escuchar determinados sonidos o susurros en la cabeza y el cuero cabelludo. Este fenómeno ha dado como resultado numerosos vídeos de youtubers, mayoritariamente mujeres, que se dedican a grabarse produciendo sonidos sutiles o murmullos que arrullan a los oyentes.

Dentro de esta moda se incluye la lectura de libros: y así, varios canales estadounidenses y franceses se han especializado en susurrar leyéndote un libro. Sandra Relaxation ASMR, ASMR Serena en francés; o la española SusurrosdelSurr o la mexicana CocoWhispers en castellano.

Lo que bien podría pasar por un invento propio de la delicadeza japonesa a la hora de agasajar los sentidos: en Youtube parece más bien, en algunos casos, una simple excusa para un exhibicionismo sensual que probablemente produzca unos efectos totalmente contrarios a la relajación. Sea de un modo u otro, el caso es que para quienes sean capaces de disfrutar ese bisbiseo continuo sin ponerse de los nervios: será como flotar en una nube. En cualquier caso a nosotros estos susurros y nubes nos sirven para que en este viaje de lo siniestro a lo luminoso que estamos transitando: las caras amorfas de Topor se transmuten en las siluetas repletas de nubes de Magritte. Asaltemos los cielos, pues, pero con delicadeza.

 

 

En una célebre escena de Roma (1972) de Federico Fellini: las máquinas que están horadando el subsuelo de la ciudad para construir una línea de metro: atraviesan unas catacumbas sepultadas durante siglos que conservan unos bellísimos frescos de la época romana. El contaminado aire del siglo XX irrumpe en el espacio sellado: y las delicadas pinturas se volatilizan antes la mirada de los obreros e ingenieros en una de los momentos más bellos que el genio italiano dio al cine.

Cuando finalmente se abra la puerta a la biblioteca valenciana nada se echará a perder.  Solo se restituirá el orgullo de una institución que el próximo 30 de septiembre precisamente se celebrará por todo lo alto en la ciudad protagonista de la película de Fellini.

 

Los técnicos del metro de Roma irrumpiendo en la cripta.

 

El Bibliopride italiano arrancó al tiempo que se construía y abandonaba la biblioteca valenciana. Por eso, cinco años después de aquella coincidencia, celebramos que en este 2017 se alcance la sexta edición de esta declaración pública de amor por las bibliotecas y la cultura. Una programación de actos a lo largo del país transalpino que toma las calles para proclamar el orgullo bibliotecario.

Y ahora sí, con más esperanza que hace cinco años, hemos partido de la  biblioteca sin puerta, hemos subido a las nubes, y tomado las calles. Ahora sí que podemos dar paso a la poesía.

De las máscaras sin rasgos de Topor al culmen de la expresividad en el bellísimo rostro de Jessye Norman, interpretando When I am laid in earth de la ópera  Dido y Eneas de Purcell, ataviada cual reina del glam. El ejemplo perfecto para demostrar que si no se abren las puertas no habrá cultura; y si no hay cultura no habrá civilización; y si no hay civilización,  no seremos más que sombras susurrantes en formato digital a las que cualquier nuevo invento amenaza con volatilizar.

 

Vicios privados, públicas virtudes…bibliotecarias

 

En una biblioteca de Zaragoza la policía detuvo a un usuario que desde hacía tiempo se dedicaba a fotografiar piernas de mujeres bajo las mesas de estudio. La actitud sospechosa detectada por la que iba a ser la próxima retratada llevó a la detención del voyerista. No podemos saber si el mirón habrá visto la película japonesa Love Exposure (2008) pero su modus operandi así podría indicarlo.

 

Una de las surrealistas escenas de Love exposure (2008) de Sion Sono

 

Yu, el inocente adolescente protagonista de este delirio en celuloide, abrumado por la estricta educación católica de su progenitor: decide darle la razón a su padre y ser un pecador en toda regla. Para ello se somete a un duro entrenamiento (la escena de su aprendizaje no tiene desperdicio) para ejercer como fotógrafo ninja de panty shots. Es decir: fotos robadas de la ropa interior de las chicas. Su gran pericia y destreza lo convierten en toda una celebridad. Y hasta aquí podemos contar de una cinta de culto de la que es difícil hacer spoiler: tal es el grado de disparate que alcanza su trama.

Las deliciosas portadas vintage de temática bibliotecaria. La notación Dewey (sexualidad) y el texto lo dejan claro: “Todos en la biblioteca tenían su número”

 

Pero volviendo a Zaragoza, salvo la noticia puntual en la crónica de sucesos, es difícil que el émulo maño del héroe de Love exposure llegue a alcanzar fama alguna. Se quedará como un incidente nimio que desde luego no es extraño al mundo bibliotecario.

Los mirones de biblioteca son una especie habitual. Lo que sorprende es que a estas alturas algo propio de la España del landismo siga practicándose. Pero allá cada uno con sus fetichismos y vicios: siempre que no atenten a la intimidad ajena (como en este caso) que cada uno los lleve como pueda.

Pero no va tanto de vicios de los usuarios este texto como de los vicios (algunos involuntarios, otros no tanto) en que incurre en ocasiones la profesión.

 

Job Webb ha ejercido diversas responsabilidades en bibliotecas del ámbito universitario londinense. En la reunión de 2016 de la Academic and Research Libraries Group presentó una ponencia bajo un título sugerente: Los siete pecados capitales de la biblioteconomía. Algunos a los que hacía mención se pueden extrapolar a cualquier tipo de biblioteca:

  • centrarse en las necesidades de las bibliotecas o bibliotecarios y no en la de los usuarios
  • falta de actualización y de desarrollar aprendizajes (o dicho con otras palabras: apoltronarse)
  • exceso de escrúpulo a la hora de aplicar las reglas e inflexibilidad en general.

No vamos a cargar a la profesión bibliotecaria, en exclusiva, con unos pecados que fácilmente se pueden encontrar en muchas otras profesiones. Pero sí cabe añadir otros que, en algunos casos, revisten la categoría de capitales. Podríamos enumerarlos directamente: pero ¿qué necesidad hay de “hacer amigos” si podemos recurrir al testimonio de los propios pecadores?

De 2013 a 2015 estuvo activa la cuenta de Tumblr: Librarian shaming (Vergüenzas bibliotecarias). En este blog, profesionales de bibliotecas, confesaban los pecados de pensamiento, palabra, obra y omisión que cometían en su día a día laboral. Quedaría bien decir que lo hacían en acto de contrición: pero lo cierto es que, en la mayoría de los casos, no se detectaba propósito de enmienda alguno. A las pruebas (en forma de texto y fotos) nos remitimos.

 

No tengo ningún deseo de leer cualquiera de los libros de Harry Potter!

 

“Algunas de nuestras políticas de préstamo de la biblioteca son una mierda completa, así que cuando un usuario necesita algo que se supone no se puede prestar (por ninguna razón legítima discernible) lo modifico y lo presto de todos modos. Que le jodan al hombre y sus espeluznantes políticas de exclusión.” 

 

Robo la mayoría de libros digitales que leo.

 

 “Voy a los rincones aislados de la biblioteca para ventosear mientras ordeno estanterías”

 

“Soy bibliotecario infantil y odio las canciones infantiles”

 

Mis libros SIEMPRE ESTÁN SOBREPASADOS (incluso mis préstamos interbibliotecarios)

 

“Admito que estoy celoso cuando el jefe y algunos de mis compañeros salen de marcha por los clubes y nunca me invitan.”

 

“Si un usuario llega cuando quedan minutos para cerrar la biblioteca preguntando si tenemos cierto DVD, hago como que lo busco, y le digo que está perdido. Los DVD no tienen una ordenación concreta y me niego a esperar que lo busque mientras yo espero. Han tenido el resto del día para venir, que respeten mi horario. Bastante mal pagado estoy para el tiempo que trabajo.”

 

Prefiero leer libros digitales que libros en papel. Amo mi Kindle

 

“En ocasiones estoy jodidamente aburrido en mi biblioteca. Soy el jefe”

 

Latigazo, el bibliotecario!

En esta pequeña muestra, hay confesiones que pueden considerarse pecados veniales, otras en cambio, ni siquiera faltas. Cada uno, según su sentido de la moral, clasificará a unas u otras en la correspondiente categoría: pero hay dos que deberían clasificarse como capitales sin medias tintas. Es difícil pensar en penitencias cuando cuesta creer en el concepto de pecado: pero en estos casos ejerceríamos, sin dudarlo, de jueces aplicando gustosos las condenas.

La bibliotecaria, que oculta tras un lector de libros electrónicos, reconoce recurrir a la piratería para sus lecturas; y el director de una biblioteca que se queja del “jodidamente aburrido” trabajo en su biblioteca.

No vamos a ser hipócritas: en los albores de las descargas de contenidos digitales, quien más, quien menos, incurrió, bien por obra u omisión (esa música, esa película, ese libro que nos pasa un amigo, y sobre el cual, no preguntamos la procedencia) en descargas ilegales. Pero a estas alturas de la película: el bibliotecario que no haya comprendido que los intereses de los creadores y de las bibliotecas van de la mano (y viceversa): es un tarado o le importa bien poco la cultura para la que se supone trabaja. Y respecto al segundo pecado capital, ser jefe de una biblioteca y aburrirse, tiene fácil solución: dimitir. No más bibliotecarios jurásicos desgastando poltronas: para eso ya tenemos a los políticos.

 

Un libro como escondite para los vicios: en este caso el de la buena lectura y el del buen whisky,

 

En 2015 dejó de funcionar el blog y no por falta de pecadores. En la declaración de intenciones sus creadores manifestaron su deseo de convertirlo en un foro divertido en el que los bibliotecarios, anónimamente, desvelaran sus pequeños vicios y así obtener la conmiseración de sus colegas. Y ese es el espíritu que se detecta en sus inicios, pero en los años que van del 2013 al 2015 (con el discurso hater afianzándose cada vez más en las redes sociales) se empieza a advertir en algunas confesiones: una desidia, cuando no directamente un desprecio, hacia las bibliotecas que hizo que la diversión se esfumase.

El triunfo de la sinceridad como valor supremo, en esta época “desilustrada” que estamos viviendo, junto al anonimato: puede que tuvieran mucho que ver con su extinción. La mala educación, la falta de pericia en el manejo inteligente de la ironía, la pose descreída confundida con perspicacia: son los componentes de esa nueva sinceridad, que se blande como una virtud, cuando no es más que una muestra de inseguridad, grosería y pereza mental. Y de este modo el divertido confesionario digital de Librarian shaming iba camino de convertirse en un escupidero.

El extinto (en papel) suplemento “Tentaciones” de “El País” incluye El manual del hater que, en este caso con gracia, explota la tendencia que arrasa en las redes. La sección se encabeza con la frase “Cómo odiar correctamente a…” y en la diana, tras esos puntos suspensivos, se sitúa algún tema que cotiza alto en las escala de valores cool para ser machacado a conciencia. Dada la buena consideración que, en general, parecen tener las bibliotecas para la cultura hipster no estaría de más que un día, tras esos puntos, situasen a las bibliotecas/bibliotecarios antes de pasar el relevo a la siguiente tribu cultureta.

 

Cigarrillos de marihuana escondidos en un libro en la década de los 40.

 

Pero un ejemplo de que no hace falta abusar de la ironía, ni de la sinceridad como eufemismo de grosería para dejar en evidencia a los hipócritas: lo dio hace unos meses la bibliotecaria estadounidense Margaret Howard en un tuit. Fue con ocasión de la celebración de la National Library Week que Ivanka Trump, relaciones públicas del patán de su padre, quiso ensalzar a las bibliotecas y bibliotecarios por su contribución al conocimiento y el aprendizaje: y una vez más la verdad a secas, que no posverdad, sirvió para desarmarle la pose.

 

Esta Semana Nacional de las Bibliotecas, nosotros honramos a nuestras bibliotecas y bibliotecarios por abrirnos los ojos al mundo del conocimiento, el aprendizaje y la lectura!

Tu padre quiere recortar todos los fondos federales pero gracias por el tuit. #SaveIMLS (Salvemos al Instituto de Servicios Bibliotecarios y Museos)

 

Dada la poca sutileza de los tiempos que corren: ahora, igual que siempre, el antídoto contra la hipocresía no es el mal uso de la sinceridad sino el ejercicio de la libertad de pensamiento. Y para terminar, un vicio que se hace virtud en este blog: acabar con música.

Los protagonistas del magnífico vídeo que el colectivo de realizadores franceses Megaforce ideó para el tema Sacrilege del grupo Yeah, Yeah, Yeahs: encajarían a la perfección en el tipo de votante que ha aupado a Trump al poder. Pero lo cierto es que fue rodado en plena era Obama. Con un cierre así sobran puntos suspensivos en los que escribir lo que hay que aprender a odiar correctamente.

 

Canción de verano bibliotecaria

 

 

En el hemisferio en el que se cuece (literalmente) este blog: es verano. Y una de las tradiciones seculares del verano hasta hace no tanto: eran las canciones del ídem. Esas tonadas facilonas, de letras sonrojantes la mayoría de las veces, con ritmos básicos y a ser posible acompañadas de coreografías propias de una fiesta de fin de curso de parvulario. Por mucho que digan que la omnipresente Despacito de Luis Fonsi es la elegida para este 2017, no es cierto: la canción se publicó el 12 de enero y lleva triunfando en las listas desde entonces.

El cambio climático lo está trastocando todo. En el tiempo de la posverdad, el calentamiento global y las redes sociales: el dejarse mecer por un ritmo tontorrón y por letras simplonas ha perdido la estacionalidad. Ahora la canción del verano es la banda sonora de todo el año como las, antaño, serpientes de verano (esos culebrones informativos con los que se entretenía al personal mientras daban cabezadas): reptan por las redacciones y, sobre todo, por Internet durante los 12 meses sin interrupción. De hecho las canciones y serpientes de verano han ido emparejadas desde sus orígenes. Por eso no es de extrañar que el inevitable Despacito posea, según los expertos, lo que se denomina: gusano de oído.

 

Tuit del músico, productor y compositor Nahúm García en la que explica el secreto del éxito del tema de Luis Fonsi y Daddy Yankee. En la web musical Jenesaispop lo explican en detalle.

 

Son las conclusiones de Jessica Grahn, neurocientífica de la Universidad de Ontario, que recientemente concedía una entrevista a la BBC para tratar de explicar, científicamente, la razón por la cual determinados temas conocen un impacto global y consiguen arrasar por encima del resto. Un intento (vano) más por conseguir la fórmula del éxito.

Nada que reprochar. Será el calor, será el goteo incesante del tema de Fonsi y Daddy Yankee, será que los gusanos se han convertido en serpientes y nos colonizan el cerebro: que en este post nos rendimos a lo facilón, a la rima fácil, a la gracieta de adolescente. Lo cual no quiere decir que en el resto de posts no lo hayamos hecho: la diferencia es que aquí es de manera consciente. Después de todo ¿no aspiran las bibliotecas también al éxito masivo? De ahí que demos a todos los palos con este texto tutti frutti: en un intento por lograr ese estribillo redondo que siempre se escabulle .

 

 

Como cada verano diferentes administraciones ponen en  marcha las campañas de verano a través de los bibliobúses. En la ciudad india de Naihati  no cuentan con bibliobúses pero cuentan con el empeño y las buenas piernas de Alamgir Hossain Shrabon. Empeñado en hacer llegar la lectura hasta la última aldea: este profesor pedalea transportando un carrito de los que se usan como puestos ambulantes de comida repleto de libros.“Quiero erradicar la pobreza a través de la educación” declara Shrabon, que además, ha creado dos centros de formación para mujeres, así como talleres gratuitos para formar en el uso de nuevas tecnologías.

Pero de la edificante historia del profesor hindú, aparte de con su arrojo, nos quedamos con el carrito. Los jóvenes ya no tienen memoria de los clásicos carritos de helados o de comida que antaño circulaban por las ciudades. Salvo los puestos ambulantes que desfilan previos a alguna cabalgata o procesión: la venta ambulante de helados y alimentos es cosa más bien del pasado. Vivimos en la eclosión de los food trucks o furgonetas de comidas. Pero aquí y ahora apostamos por lo clásico.

¿No sería una buena idea rescatar uno de esos carritos de helados para prestar libros? Prestar libros y vender/regalar helados si alguna marca tuviera la visión comercial suficiente para promocionarse en alianza con la cultura. Puede que alguno de los libros terminase como los que aparecen en una de nuestras cuentas de Instagram favoritas: Ice Cream Books: pero el impacto que se conseguiría haría que mereciera la pena.

 

La Biblioteca Newberry de Chicago está especializada en colecciones sobre religión. Entre los 80.000 documentos que conforman sus fondos se encuentran no pocos textos sobre brujería, magia o espiritismo. Pero pese a lo antiguo de los fondos que allí se conservan: sus responsables han demostrado estar firmemente asentados en nuestros días. Ahora que tanto se habla de que los usuarios intervengan en la toma de decisiones de los centros bibliotecarios: la Biblioteca Newberry ha publicado en el portal Transcribing Faith tres manuscritos sobre magia para que cualquier internauta, que se vea capacitado, les ayude a transcribirlos, corregirlos y comentarlos. Un trabajo colaborativo para acometer una de las tareas, hasta ahora, más especializadas y celosamente reservadas por el gremio bibiotecario y archivero.

La gran Lola siempre adelantada a su tiempo.

Es lo que se lleva: presupuestos participativos, toma de decisiones asamblearias, la necesaria transparencia del sistema. Todo razonable, democrático, políticamente correcto y con la bendición que se le presume siempre a lo consensuado. Pero en tiempos en que prima el descrédito de la opinión docta y la desconfianza hacia todo lo que provenga de la academia: hay que estar bien alerta ante los inventos que puedan surgir de este afán por el igualitarismo a ras de tierra.

Como ejemplo el reciente anuncio de la RAE aceptando el uso de iros por idos: un necesario triunfo del uso popular de la lengua, que en las redes, se ha traducido en un nuevo linchamiento contra la labor de la RAE por tener un pasado machista. Una manera de mezclar churras con meninas (ya puestos a amoldar el lenguaje a nuestro gusto: ancha es Castilla) y es que “si me aconvenzo, si me aconvenzo” las cosas son como yo quiero que sean y se acabó que cantaba María Jiménez.

 

 

Cuando allá por el verano del 2001, la pareja formada por las tuneadas Sonia y Selena, copó las listas de éxitos con su tema Yo quiero bailar: no faltaron los comentarios insidiosos tildando a las esforzadas cantantes de parecer salidas de una de esas películas, que en los videoclubes, solían esconderse en los rincones más discretos del local. Y si hay un gremio que puede comprender mejor que ninguno lo injusto que resulta el que te cataloguen estéticamente en un estereotipo ese es, sin duda, el bibliotecario.

Algunos de los bibliotecarios retratados por Kyle Cassidy en su libro-homenaje a las bibliotecas y los bibliotecarios.

No sabemos si el último libro de la fotógrafa Kyle Cassidy va a incidir de alguna manera en que evolucione la imagen del gremio; pero incluye algunas reflexiones que nos gustan mucho. This is what a librarian looks like: a celebration of libraries, communities, and access to information (Esto es lo que parece un bibliotecario: una celebración de las bibliotecas, las comunidades y el acceso a la información) es el resultado de los viajes por los Estados Unidos de Cassidy fotografiando bibliotecarios y recogiendo sus opiniones e ideas en torno a su trabajo. Aunque se pueden seguir estableciendo ciertos criterios estéticos comunes entre algunos de los retratados: también hay disidencias estéticas que rompen el estereotipo. ¿Quién sabe? puede que dentro de poco el canon estético de Sonia y Selena termine asomando en futuros retratos del gremio.

Pero más allá de la apariencia, que por algo estamos hablando de bibliotecas, nos quedamos con las declaraciones de una de las bibliotecarias retratadas. Jaina Lewis, bibliotecaria juvenil en la Biblioteca de Westport, describe sus tareas de una forma con la que más de uno podrá identificarse:

“Por la mañana, soy una estrella de rock en una habitación llena de niños en edad preescolar; a mediodía, soy una trabajadora social ayudando a buscar recursos para la búsqueda de empleo; por la tarde soy una educadora que lleva a los niños a un taller de ciencias. Los bibliotecarios servimos para muchos propósitos y usamos distintos sombreros, pero todos sirven para lo mismo: cambiar vidas.”

 

 

El verano también es tiempo para nostalgias: ahí estaba el Dúo Dinámico, otros clásicos del repertorio veraniego, con su tema El final del verano. Pero no parece que haya sido ese tipo de nostalgia la que haya incidido en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos para publicar un libro en el que recupera el olvidado arte de los catálogos de tarjetas.

La estupenda encuadernación de The Card Catalog.

The Card Catalog: books, cards and treasures literacy (El catálogo de fichas: libros, tarjetas y tesoros literarios): en el que se reúnen algunas de las tarjetas que, durante décadas, sirvieron para recoger los datos de las publicaciones y para dejar fe del buen pulso de los catalogadores a la hora de completar las fichas. El libro deja constancia de los esfuerzos de los bibliotecarios por intentar organizar unas colecciones que crecían sin parar; e incluso se hace eco de las rivalidades que se establecieron entre bibliotecarios a la hora de imponer sus criterios.

La glaciación digital arrasó con todo ello, pero dejó algunas situaciones curiosas que el libro recoge: sobre el modo en que algunas bibliotecas se despidieron de sus viejos ficheros. En una biblioteca de Maryland ataron las fichas a globos llenos de helio y las lanzaron al cielo; otras celebraron incluso funerales en homenaje a sus entrañables catálogos de fichas.

Hoy día lo digital deja poco margen para imprimir un toque personal en un trabajo tan reglado como es la catalogación. La personalización se margina a los tejuelos, y como mucho, a los códigos de barras. ¿Los códigos de barras? Pues sí: los códigos de barras son como las caprichosas marcas que el bañador o los anillos (en caso de practicar el nudismo) dejan en la piel bronceada: una inesperada demostración de que la diferencia está en los detalles. Es una pena que la falta de tiempo no permita “customizar” los códigos de barras de las bibliotecas. Podría dar lugar a comentarios gráficos sobre la temática de los documentos tan estimulantes como estos que provienen (cómo no) de Japón:

 

 

Y hasta aquí llegó el repaso a algunas de las posibles tonadillas de verano con aires bibliotecarios. Quedan en el tintero éxitos potenciales como MARCarena de Los del Río, Sólo se registra una vez de Azúcar Moreno o Ven, catalógame otra vez de Lalo Rodríguez. Pero toda tontería tiene un límite. Es hora de desconectar y dejar que la audiencia relaje oídos y vista.

En los programas de entretenimiento de la televisión estadounidense se ha puesto de moda improvisar canciones con las estrellas que van de invitados. Estos sketches musicales son el equivalente frívolo a los conciertos unplugged (desenchufado) que tan en boga estuvieron hace un tiempo. Así pues vamos a desenchufar durante unas semanas este blog con un tema muy apropiado: el Holiday de Madonna cantado en el show de Jimmy Fallon: ¡Holiday! ¡Celebrate!

 

 

Síndrome de Estocolmo bibliotecario

 

Síndrome de Estocolmo bibliotecario: “Dícese del peligro de contaminación intelectual inherente al hecho de visitar una biblioteca. Se concreta en posibles efectos devastadores sobre las propias creencias por el hecho de vagar de manera errática entre sus colecciones. Puede dañar seriamente la capacidad para sostener discursos únicos y puntos de vista acérrimos.”

 

Antonio Banderas y Victoria Abril en Átame (1989): el síndrome de Estocolmo como un cuento de hadas romántico.

 

Patricia Hearst ha conocido una segunda vida pública como actriz en las películas de John Waters. En Cry baby (1990) interpretaba a la convencional madre de Traci Lords.

Cuando la rica heredera neoyorquina Patty Hearst saltó a los medios por su secuestro allá por los 70 del siglo pasado: el público no estaba tan familiarizado como ahora con lo que significaba el síndrome de Estocolmo. En el caso del Síndrome de Estocolmo bibliotecario no existe violencia alguna ejercida por terceros sobre nuestro criterio, pero sí rapto. Rapto en el sentido de arrebato, de impulso, de revelación, sino ya mística, que sería demasiado, sí al menos intelectual.

En la hiperinflación de ideas, opiniones, teorías, posverdades o paranoias en las que vivimos lo que más se cotiza es el espejo de la madrastra de Blancanieves. Un espejo en el que mirarnos una y otra vez hasta convencernos de que llevamos la razón: y para eso acudimos a los medios que sabemos que piensan como nosotros, escuchamos a aquellos que dicen lo que nos gustaría decir a nosotros, y nos rodeamos de quienes sabemos que no nos llevarán la contraria. Y lo cierto es que la atomización de la información que proporcionan las redes, lejos de poner difícil este ombliguismo, cada vez lo hace más fácil.

 

La dictadura de Kim Jong-un en emoticonos.

 

Vivimos en la dictadura de los emoticonos (o emojis según la edad). Todo tiene que ser emocional, visceral, sentimental, inmediato. Y así la pausa que se necesita para reflexionar se esfuma; y vamos poniéndoselo un poco más fácil a los robots: que serán los que se ocupen de gestionar lo racional con la eficacia de un algoritmo.

Jobcalypse: el fin del trabajo humano y cómo los robots nos reemplazarán. 

Y hablando de algoritmos. En la web Will Robots Take My Job? (¿Me quitarán mi trabajo los robots?) se puede introducir la profesión sobre la que se tenga dudas sobre su futuro; y en pocos segundos la web devuelve un informe completo sobre las probabilidades que dicha profesión tiene de ser suplantada por robots, basándose en un estudio que analizó más de 700 trabajos.

Por supuesto, al saber de la existencia de esta web, lo primero que hicimos fue introducir en su buscador “librarian” y el resultado fue de un 65% de probabilidades de que los robots dejen en el paro a la mayoría de bibliotecarios actuales. Nada se dice de las bibliotecas, que como sosteníamos en Una verdad (bibliotecaria) incómoda: puede que lo tengan más fácil para sobrevivir que los propios bibliotecarios.

 

Dibujo publicado en el periódico The Moscow Times de la bibliotecaria Natalia Sharina durante el juicio en el que se le acusa de promover el odio étnico.

 

Pero algo habrá que hacer con ese 35% que dejan los robots para la supervivencia de la profesión bibliotecaria. Y la bibliotecaria moscovita Natalia Sharina, a su pesar, lo está haciendo.

Póster diseñado por la Asociación Ucraniana de Bibliotecas para pedir la libertad de Natacha Sharina.

Sharina ha sido, antes de que la destituyeran fulminantemente, la responsable de la Biblioteca de Literatura Ucraniana de Moscú. Actualmente Sharina se enfrenta a un juicio por crímenes de odio porque los libros que se custodiaban en dicha institución (la mayoría en acceso restringido) no concuerdan con la versión oficial que el régimen ruso quiere implantar sobre la realidad ucraniana.

Entre las acusaciones se encuentra: la de no filtrar, ni destruir aquellas obras que pudieran considerarse contrarias al discurso gubernamental. Trump acusa a los medios a través de su cuenta de Twitter, su homólogo ruso Putin: ni siquiera necesita de redes sociales para aplicar el algoritmo de la represión. Lo hace a la vieja usanza, como siempre se ha hecho.

La batalla legal que ha envuelto a esta bibliotecaria rusa peca de rancia, como todo lo que últimamente proviene de la tierra de Tolstoi, Dostoyovski o Chejov. Pero hay debates más contemporáneos, pero tan estúpidos que parecieran provenir de otros tiempos, en los que la libertad cultural sigue poniéndose en entredicho. Es el caso del apropiacionismo cultural.

 

El último caso de apropiacionismo cultural. Chanel convierte en objeto de lujo uno de los símbolos de los aborígenes australianos, el bumerán, y los defensores de la pureza étnica cultural atacan de nuevo.

 

El excelente libro de relatos breves de Antonio Pereira.

Ese nuevo/viejo exceso del discurso políticamente correcto cuyos efectos, de propagarse, pueden llegar a equipararse a los del calentamiento global, según el cual: es necesario preservar la pureza original de toda creación cultural impidiendo que sea desvirtuada por individuos ajenos al entorno en que se generó.

Si bien el debate o la polémica (mucho mejor polémica: ¿qué sería de un texto digital hoy día sin que incluya como reclamo la palabra en cuestión?) se ha centrado en representantes mainstream de la cultura de masas. La última crónica sobre apropiacionismo cultural se generó hace dos meses en el Museo Whitney de Arte Americano de Nueva York.

La polémica (otra vez) corre a cuenta de la obra que la pintora Dana Schutz dedicó a Emmett Till, un adolescente negro asesinado por coquetear con una mujer blanca en la década de los 50. La denuncia sobre el racismo que lleva implícita la obra no fue del agrado de determinados colectivos precisamente por el color de piel de la autora: blanco. Las protestas no exigieron solo la retirada de la obra en cuestión, sino incluso su destrucción.

 

“El espectáculo de la muerte negra”: el mensaje/denuncia en forma de camiseta frente al cuadro acusado de apropiacionismo por estar pintado por una blanca.

Houellebecq, probablemente, sea el único secuestrado que induce el síndrome de Estocolmo en vez de sufrirlo él.

Todo este debate aún puede sonar lejano en nuestro país, pero dada la celeridad con que exportamos los peores hábitos foráneos (y obviamos muchas veces los mejores) será cuestión de estar alerta ante esta exigencia de pureza étnica cultural. Esto del apropiacionismo cultural es como un bumerán (de Chanel a ser posible) que si te descuidas te golpea en la cara dándole la vuelta a tus propios argumentos.

No en Australia, pero sí en otras costas bañadas por el Índico, en esa India a la que autores como Rudyard Kipling (que hoy, pese a haber nacido en Bombay, estaría bajo sospecha por ser de padres ingleses) popularizaron en Occidente: se puso en marcha uno de los mejores antídotos contra la intolerancia y un ejemplo perfecto de síndrome de Estocolmo bibliotecario.

 

Fue el pasado 22 de abril cuando se celebró por primera vez en la India, concretamente en la ciudad de Hyderabad: una biblioteca humana con 20 candidatos “a ser leídos”. El proyecto de origen danés de The Human Library, que promueve encuentros entre personas para compartir experiencias de vida  lleva desde el año 2000 promoviendo conexiones que desmonten nuestras pequeñas visiones del mundo. Como interpelaba el eslogan para anunciar la celebración de esa primera Biblioteca humana hindú: ¿Cuál es tu prejuicio?

En marzo fue Valencia la que vivió la experiencia de una Biblioteca humana dentro del Festival Internacional de Cortometrajes y Arte sobre Enfermedades. Desempleado, gitana, trabajadora sexual, hombre gay seropositivo, cuidadora con escasos ingresos, persona con trastorno mental y persona con diversidad funcional: fueron los siete libros humanos para experimentar el saludable síndrome de Estocolmo que las bibliotecas propician con sus ejemplares impresos, digitales o de carne y hueso.

 

Abrimos con Cry baby de John Waters y cerramos con Cecil B. Demente (2000) del mismo Waters (en la que Patricia Hearst hacía un cameo).  Un director de cine independiente rapta a la rutilante estrella hollywoodense para obligarla a protagonizar su próxima producción en contra del sistema. La estrella termina fielmente entregada a la causa antihollywoodense.

 

Ciento volando: una historia de poliamor cultural

 

¿Es posible amar dos personas a la vez? ¿y a tres, y a cuatro, y a cinco? ¿Esto de qué va? ¿de comunas jipis en pleno siglo XXI? ¿del amor libre en tiempos de asepsia digital? No, en todo caso iría de poliamor: esa nueva etiqueta que ha surgido para renombrar cosas más antiguas que la nana pero que los tiempos han vuelto a poner en primera plana.

 

Jules et Jim o el poliamor en los tiempos de la Nouvelle vague

El trío de La trama nupcial: el poliamor de los 80

 

Por muchos autobuses, campañas o proclamas que lacen unos y otros a favor o en contra de que nos amemos los unos a los otros, o los unos sobre los otros: en definitiva en cuestiones de amores cada uno se las apaña como mejor puede. Así pues ¿por qué iba a ser diferente hablando de cultura?

Como lanzábamos hace unos días a las redes: si te gustan las librerías tanto como las bibliotecas ¿será que practicas el poliamor cultural? No es por quitar la ilusión: pero en vista de lo complicadas que siempre han sido las cosas en lo relativo al amor y al sexo: la mejor etiqueta a la que suscribirse es la de poliamoroso cultural. Toda una promesa infinita de placeres sin fin.

 

 

En el número 16 de la revista Infobibliotecas se abordaba el mundo de las librerías. Que una revista cultural especializada en el mundo bibliotecario se acerque a las librerías es algo que entra dentro de toda lógica. Librerías y bibliotecas se han desarrollado por vías paralelas y, en muchas ocasiones, hasta comparten problemáticas similares.

Los ménage à trois en cambio les han dado más de un disgusto. Editoriales egoístas que han recelado de las bibliotecas, o administraciones fulleras que se resisten a pagar a tiempo. De ahí que no sonara raro que en más de uno de los artículos que integraban ese número 16 de la revista: se incidiese en la valentía que demostraban aquellos que, aún en estos tiempos, se lanzan a la aventura de abrir una librería. Y como mirar los toros desde la barrera no es una opción cuando de apostar por la cultura se trata: el jueves 21 de marzo de 2017, en pleno corazón del madrileño barrio de Malasaña, emprendía su vuelo Ciento volando, la que ya alguno ha denominado “la librería de las bibliotecas”.

 

 

Que esto tiene aires de publirreportaje no lo vamos a ocultar: pero siempre hay formas y formas para contar las cosas. Podríamos incidir en que es una librería que cuenta con un personal altamente cualificado, que aspira a servir a bibliotecas, pero por supuesto también a clientes de a pie, que incluirá un variada programación de actividades y eventos (sí eventos, antes eran actos, pero ahora son eventos) que atraigan a todo tipo de público.  Pero sería un panegírico que, por atractivo que suene, no resulta tan determinante como el juicio de uno de sus primeros clientes.

 

 

Su nombre es Nico y tiene 12 años. Su afición al fútbol le ha llevado a guardar obligadamente banquillo durante algunas semanas por culpa de una clavícula rota. Afortunadamente el grueso tercer volumen de las Memorias de Idhún de Laura Gallego, que le compraron en la flamante librería, le servirá para sobrellevar la lesión mucho mejor.

Fue él, quien al leer el nombre de la librería en el envoltorio de su regalo de cumpleaños exclamó: ¡qué buen nombre! Y si lo dice un joven de 12 años que apunta, además de habilidades futbolísticas, la promesa de ser un buen lector: ¿quién es capaz de contradecir al futuro?

 

El Nido de lecturas a las puertas de la Biblioteca de Cleveland

 

El último Nobel de Literatura cantaba que la respuesta estaba en el viento; y visto en perspectiva puede que el poliamor cultural ya estuviera en el aire hace tiempo.

En 2013 el artista estadounidense Mark Reigelman instaló a las puertas de la biblioteca pública de Cleveland su obra Nido de lecturas: una enorme estructura de maderas que conformaba un impresionante nido que jugaba con la idea de la biblioteca como refugio.

La arquitecta de origen hindú Anupama Kundoo, cubrió una plaza de Barcelona con libros cazados en pleno vuelo en 2014.

Y tres años después abre sus puertas Ciento volando en Madrid. ¿Casualidad? No lo parece. Algo flotaba en el aire, y no era el amor, era el poliamor entre bibliotecas, librerías y lectores.

 

 

Ciento volando, cultura y más. C/ Divino Pastor. Malasaña (Madrid)

 

Memoria de grandes mujeres bibliotecarias

 

La American Library Association (ALA) lleva cinco años recopilando historias para una iniciativa que nos encanta: “Las mujeres en la historia de las bibliotecas”, una convocatoria pública para recuperar la historia de mujeres que han hecho una contribución importante y duradera a la biblioteconomía o a la biblioteca del barrio o de la ciudad, sean o no sean bibliotecarias. Las historias enviadas son publicadas -una cada día- durante el mes de marzo en la página de Women of Library History y si reciben suficientes como para alargar la iniciativa la extienden al resto del año. Para el Grupo de Trabajo Feminista de la ALA se trata de “subrayar legados que hoy podemos seguir disfrutando y compartir con los usuarios una parte de la historia de las bibliotecas”. Es la contribución de estas mujeres a sus comunidades a través de las bibliotecas.

La convocatoria da algunas pistas por las que guiarse a la hora de participar:

  • ¿alguna profesional ha cambiado tu perspectiva en el trabajo o te ha ayudado a mejorar?
  • ¿trabajas o eres usuario de una biblioteca que lleva un nombre de mujer?: ¡descubre quién era!
  • también se aceptan enlaces a publicaciones en Internet sobre mujeres que desarrollen o hayan desarrollado su trabajo o actividades dentro del ámbito bibliotecario.

Mujeresbibliotecarias_bibliobus

 

Hemos indagado aquí y allá un poco y no hemos encontrado en España una iniciativa similar. Por eso, y porque nos ha gustado mucho, hemos pensado hacer un poco de campaña para ver si alguien recoge el guante y se lanza a impulsarla. Preguntando en Twitter, @biblioSalvia nos decía que podrían lanzarse a ello desde facultades de Biblioteconomía, la Biblioteca Nacional o grupos de trabajo en colegios oficiales de bibliotecarios y documentalistas. ¿Quién se anima?

Por ahora, y para celebrar el 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres, vamos a hacer nuestra pequeña contribución recordando a dos mujeres que han hecho historia en las bibliotecas españolas, empezando por la pionera, “la Eva bibliotecaria”, como la llamaban en un artículo de la BNE: Ángela García Rives.

La pionera

Mueresbiblioteca_AngelaGarciaRivesAunque en el mundo anglosajón, las primeras bibliotecarias aparecen en la segunda mitad del siglo XIX, en el área mediterránea hubo que esperar hasta las primeras décadas del siglo XX para ver mujeres trabajando en bibliotecas. En España, Ángela García Rives fue en 1913 la primera mujer que aprobó una oposición para oficiales de tercer grado del cuerpo facultativo de Archiveros, bibliotecarios y Arqueólogos. Le venía de casta: su padre fue bibliotecario del Senado, y en la familia le dieron una educación digna de las señoritas “emancipadas” de la época: piano y estudios de maestra en la Escuela Normal de Madrid. No contenta con eso, gracias a la disposición por la que en 1910 se permitió el acceso de las mujeres a la universidad, pudo matricularse en Filosofía y Letras en la Universidad Central. Dos años después se licenciaba en Historia con Premio Extraordinario, y un año más tarde es cuando aprueba la oposición. Ya como bibliotecaria, pasó por Gijón, el Ministerio de Instrucción Pública y el Archivo General Central de Alcalá de Henares, antes de recalara en la Biblioteca Nacional. Allí se quedaría 46 años, hasta su jubilación.

Cuando ya estaba a punto de retirarse a principios de los años 60, sus compañeras bibliotecarias la recordaban como una persona menuda, con un físico frágil, muy educada y correcta, muy respetada… y muy conservadora. De hecho, nunca tuvo el más mínimo encontronazo con la dictadura franquista, a diferencia de otras bibliotecarias que fueron depuradas. Ese carácter conservador también se nota en un artículo suyo publicado en la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos en 1923: en él proponía normas sobre las obras que no debían servirse al público por su obscenidad, en cumplimiento del Reglamento de las Bibliotecas Públicas del Estado de 1901.Pero sobre todo, destacó su trabajo como jefa de Sección de Catalogación en la BNE, y su papel en la redacción de las reglas y sus clases en la Escuela de la Biblioteca.

 

 

Angelita, como la llamaban (cosas del sexismo de la época) cuando estaba a punto de jubilarse, también sobresalió por su aplicación al estudio. Se doctoró en 1917 con una tesis sobre Fernando VI y Doña Bárbara de Braganza. Estos comentarios sobre su tesis citados en este artículo son impagables para hacernos una idea de la visión que se tenía por aquel entonces de las mujeres en los ámbitos académicos: “escribe con impecable corrección, estilo sencillo y sobrio […] Ningún rasgo femenino -o que pase por tal- hallamos en la composición o el tono de la obra. Esta es serena, objetiva, ‘asexual’, podríamos decir. Igual que por pluma de mujer pudo ser escrita por pluma de varón. Revela ello un espíritu firme, disciplinado por el estudio”.

 

La bibliotecaria de Guadalajara

En julio de 2013, un grupo heterogéneo de bibliotecarios, escritores, libreros y otros ciudadanos se reunía en la Plaza Mayor de Guadalajara para iniciar un desfile a ritmo de dulzaina y tambor hasta la Biblioteca Pública, en la plaza Dávalos. Se dirigían a rendir homenaje, serenata bajo el balcón incluida, a Blanca Calvo, la mujer que en tres décadas al frente de la biblioteca la había convertido en una de las instituciones más respetadas de la ciudad, y una de las bibliotecas de referencia en España. Un mes después, Blanca Calvo se jubilaba, y sus amigos querían agradecerle su trabajo, cantando, comiendo y regalándole flores. Le dijeron que había hecho de la biblioteca “nuestra casa ideal”.

Mujeresbibliotecarias_BlancaCalvoComo nos contó en una entrevista a la revista Infobibliotecas, cuando Blanca Calvo llegó a Guadalajara en 1981 tras aprobar las oposiciones al Cuerpo de Bibliotecas del Estado, se encontró con una biblioteca pequeña y oscura, con un horario muy reducido. También venía de familia con oficio en la materia: su madre fue la directora de la Biblioteca de la Universidad de Valladolid, y a ella de pequeña le gustaba jugar a sellar libros. Cuando estudiaba filosofía y Letras no quería seguir los pasos de su madre, pero solo dos meses después de terminada la carrera, sin saber qué hacer, vio la convocatoria de las oposiciones y decidió probar. La ayuda que recibió de su madre en la preparación le hizo darse cuenta de la vocación de servicio público que tenía.

Junto a sus compañeros, Blanca Calvo hizo que en poco más de 30 años la Biblioteca de Guadalajara pasara de ser una institución del siglo XIX a una del siglo XXI: un centro dinámico, con una buena dosis de participación ciudadana, 40.000 socios (la mitad de la población de la ciudad), muy activo en llegar a colectivos que no pisaban antes una biblioteca, y pionero en actividades como los clubes de lectura. Hasta consiguió un récord Guinness al impulsar como alcaldesa de la ciudad en 1992 un maratón de cuanta cuentos que duró 24 horas y media. Quería visibilizar a los libreros de la ciudad y animar a la gente a leer. Como nos contaba en la entrevista, para ella la biblioteca es una patria y el principal cometido del bibliotecario es “divulgar y sacar el máximo rendimiento al patrimonio cultural” de la institución.

Y hasta aquí nuestra pequeña contribución a las historias de bibliotecarias que han hecho historia. ¿Nos ayudáis a hacer campaña para que el año próximo una iniciativa como la de la ALA sea realidad en España?

En 2015 se celebró en el Palau Robert de Barcelona la exposición: “BiblioTec. Cien años de estudio y de profesión bibliotecaria”, en la que se realizaba un estupendo recorrido cronológico desde la creación de la Escuela Superior de Bibliotecarias de Barcelona y la primera Red de Bibliotecas Populares de España. El vídeo de la exposición resultaba de lo más ilustrativo:

Mi opinión de mierda: bibliotecarios bajo el influjo

Ilustración del blog Atroz con leche

 

Hay canciones cuya capacidad de apropiación las convierte en clásicos instántaneos. Es el caso de My way que lo mismo vale a un demócrata que a un republicano; o A quién le importa que lo mismo le sirvió al efímero partido político de los jubilados en los años 80 que al desfile del orgullo gay.

No se puede decir que ninguno de los temas del grupo Los Punsetes haya alcanzado ese nivel de popularidad (contravendría por otra parte su perfil indie), pero la letra de su tema de hace dos años Opinión de mierda: no deja de ganar vigencia conforme pasa el tiempo.

“España necesita conocer tu opinión de mierda, la gente necesita que le des tu opinión de mierda”

Durante mucho tiempo, tertulianos, famosos, contertulios, políticos (sobre todo políticos) y demás bendecidos por el foco mediático: peroraban sobre las cuestiones más peregrinas. Hasta que llegaron las redes sociales y ahora todos (o casi todos) pensamos que nuestra opinión le interesa al resto del mundo.

Ya se sabe el tópico: en España todos sabemos de política, fútbol, cine, libros (bueno no, hablar de libros en nuestro país, como decía Houellebecq, puede provocar incómodos silencios) así que el territorio estaba bien fertilizado.

Uno de los muchos ejemplos es el portal Filmaffinity. La valoración inicial de una película por parte de la crítica profesional puede ser ensalzarla o repudiarla; pero una vez se estrena: la puntuación fluctuará según la reseñas que añadan los internautas con ínfulas de críticos. Pasados unos meses puede que el contraste entre la crítica profesional y la puntuación obtenida sea abismal. Y en la siguiente captura de pantalla puede comprobarse en el caso de la que fue proclamada como una de las mejores cintas del 2016.

 

La excelente Elle (2016) de Paul Verhoeven arrancó en Filmaffinity con una valoración por parte de la crítica especializada que rozaba la categoría de obra maestra. Tras las reseñas de los internautas se ha quedado con un 6’7.

 

“un arte sujeto al escrutinio de la mayoría sólo puede dar como resultado ramplonería y superficialidad” (del ensayo: La musa venal. Producción y consumo de la cultura industrial de Raúl Rodríguez)

 

Lo paradójico en cualquier caso es que mientras se derriban pedestales, muchos de esos émulos de críticos/comentaristas/opinadores en versión bloguera, tuitera, facebuquera, youtubera o instagramera (¡vaya! hay anglicismos que mejor no españolizarlos) sueñan con llegar a ser eso que se ha dado en llamar influencers.

Una figura en la que priman según glosa en su interesante blog la publicista y experta en marketing digital y redes sociales, Fátima Martínez, cualidades tales como: la “autenticidad” (¿cómo se medirá eso?), la originalidad, la cercanía, la gracia/desparpajo, y sí, también: la calidad de sus contenidos.

 

 

¿Y los bibliotecarios y las bibliotecas bajo que influjo se sitúan en mitad de todo este trasiego? Pese a lo que pueda parecer la figura del bibliotecario sigue teniendo un prestigio que explotan algunos de los que aspiran a ese título oficioso (pero muy rentable, véase el caso de los youtubers) de influencer (micro o maxi aquí el tamaño no importa). Pero, ¿tienen alguna posibilidad los bibliotecarios para que se les reconozca como tales en el mundo digital?

 

En 1953 Christian Dior acorta las faldas y monta una revolución en el mundo de la moda. Es uno de los episodios que se recogen en el cómic con apuntes biográficos sobre el mítico diseñador. Si hay un mundo en el que los anglicismos y los influencers proliferan sin medida ese es el de la moda.

 

En la Wikipedia a los redactores se les ha denominado “bibliotecarios” desde sus inicios. Y tan bien les ha ido usando esta terminología que hasta han terminado por llevarse a los propios bibliotecarios a su terreno.

Hace unos días Eli Ramírez nos hablaba en Biblogtecarios de la campaña anual de la Wikipedia dirigida a bibliotecarios #1Lib1ref. Una iniciativa que los integrados (según la terminología patentada por Umberto Eco) verán como una manera de reconocer la autoridad intelectual de los bibliotecarios en el mundo digital; pero que los apocalípticos pueden interpretar como venderse al enemigo.

Pero no es la Wikipedia el único caso de una apropiación que implique, más o menos, un reconocimiento al valor de la profesión. En la agencia de inteligencia estadounidense, CIA, al personal encargado de rastrear internet, sobre todo las redes sociales en busca de posibles enemigos del país: les bautizaron como “los bibliotecarios vengativos”. No sabemos hasta qué punto suena esto halagador. Por una parte no dejan de ser unos cotillas cibernéticos, y por otra, tanto espiar cuentas ajenas como prevención y al final tienen al enemigo en casa (blanca para más señas).

 

“Sabes que se trata de un desastre cuando los bibliotecarios empiezan a protestar” rezaba esta divertida pancarta en la reciente Marcha de las Mujeres contra Trump

 

¿Se podría hablar entonces de los bibliotecarios como influencers? Sería forzar la cosa un poco pero antecedentes, al menos colectivos, existen.

Fue en 2001 cuando el cineasta de documentales Michael Moore publicó su libro Estúpidos hombres blancos. Los intentos de censura por el ataque directo de Moore al gobierno de Georges Bush Jr. tras el atentado de las Torres Gemelas: no se hicieron esperar. Y ¿quién consiguió que no llegaran a buen puerto?

¡Shhhhh! Las bibliotecas son radicales

 

 

Ann Sparanese, bibliotecaria en Nueva Jersey inició una campaña contra estos intentos de censura a la que fueron sumándose más y más bibliotecarios. Tantos fueron, que el FBI terminó hablando de los “bibliotecarios militantes radicales”. Dieciséis años después, los bibliotecarios estadounidenses ya se están movilizando para combatir la tristemente célebre posverdad que tanto gusta a los nuevos populismos.

Con personajes como Donald Trump, Marie Le Pen, Vladimir Putin, Nigel Farage o Boris Johnson se está abonando bien el terreno para que surja todo un frente bibliotecario de resistencia. Mientras esto llega calificar a un bibliotecario de influencer quizás resulte un tanto excesivo. Pero no dentro del mundillo profesional.

 

Muro de libros en la Biblioteca Regional de Murcia con motivo de una reciente exposición sobre los campos de refugiados

 

Mucho antes de que existiera todo este guirigay de las redes, profesionales como Carme Fenoll (de desagradable actualidad estos días) influyeron en todo bibliotecario inquieto con sus célebres 50 ideas para sorprender desde la biblioteca pública. Años después tuvo la generosidad de compartir desde este blog un decálogo bibliofílico que surgió de un viaje a Nueva York. 

 

 

Aquel inspirador manifiesto dejó claro que el mejor influjo bajo el que podían situarse los profesionales era el de la innovación, el de la creatividad. Y precisamente desde el país que hace dos años visitaba Fenoll, nos llegan ahora los recién otorgados Premios Bibliotecarios de Innovación que concede, cada dos años, la editorial Penguin Random House en el marco de la Reunión de Invierno de la American Library Association.

En esta edición, en la que se reconoce a bibliotecarios con nombre y apellidos, por “transformar sus comunidades mientras fortalecen el tejido social y cultural de nuestro mundo” como dijo en su discurso el representante de la editorial, se llevan los sustanciosos premios metálicos bibliotecarios y proyectos tales como:

 

  • Kay Marner, que desarrolla desde la Biblioteca Pública de Ames (Iowa) un programa para enseñar a los padres cómo facilitar el desarrollo del lenguaje de los niños menores de tres años: se hizo con el primer premio
  • Janet Brown, de la Biblioteca Pública de Windsor en Ontario, fue finalista con un programa para formar líderes/mentores adolescentes.
  • Syntychia Kendrick-Samuel, jefa de servicios para adolescentes en la Biblioteca Pública de Uniondale (Nueva York) fue otra de las finalistas con un programa para el empoderamiento académico de los adolescentes.
  • Jessica Link que ni siquiera está en plantilla en la Biblioteca Pública de Cedar Rapids (Iowa), pero que desde su condición de voluntaria: montó un reto de lectura intergeneracional para el verano en el que implicó a toda la comunidad.

 

Decíamos en Esto no es Hollywood: palmarés de biblioteca que ya podíamos ir tomando nota en nuestro país de cómo saben venderse, revalorizarse y promocionarse los norteamericanos. Aunque viendo las reacciones tan viscerales y rabiosas que los Goya provocan en algunos sectores de nuestra sociedad: no sabemos si resultaría contraproducente. Y ya que arrancamos el texto un punto escatológicos y musicales, será cuestión de clausurarlo similar.

Todos podemos tener una opinión de mierda por mucho que creamos que lo que decimos suena interesante. Siempre habrá alguien para quien lo que formulamos no sea más que una obviedad, una chorrada, una frase de todo a un euro envuelta en celofán digital. Pero tampoco hay que preocuparse mucho: tener haters es casi la primera norma para llegar a ser un día un influencer.  Disfrutemos pues, sin complejos, de las opiniones de mierda que repasaban los Ojete calor en su tema 0’60. 

 

 

Piedra, papel, diamantes

Entre los muchos momentos cumbre de la historia de la música pop que el músico (forma parte del grupo Saint Etienne) y crítico musical Bob Stanley recoge en su divertido ensayo Yeah!, Yeah!, Yeah!: uno de los más llamativos fue la destrucción masiva de vinilos que se celebró en un estadio de béisbol en julio de 1979.

La Disco Demolition Night fue instigada por el locutor de radio Steve Dahl, y venía a sumarse a un movimiento en contra de la música disco que venía fraguándose con lemas como “Muerte a la música disco” o “Mata a los Bee Gees” que lucían en camisetas que anunciaba la revista Rolling Stone (guardiana de las esencias más puras del rock). La música disco que saturaba las listas de éxitos del momento era considerada una aberración para los supuestos puristas del rock. Pero en esa defensa de la “música de verdad” asomaban la patita cierto desprecio racial (la mayoría de la música disco provenía de músicos negros) y una nada disimulada homofobia: por haber sido la banda sonora de una liberación sexual a través de las pistas de baile.

 

Steve Dahl mostrando orgulloso su odio por la música disco. No nos extraña su aversión, con esa pinta no triunfaría ni en una disco de extrarradio de la época.

 

Como relata Stanley esa tarde de julio de 1979 un total de 50.000 personas corearon a pleno pulmón: “DISCO SUCKS” (El disco apesta) mientras un Steve Dahl disfrazado de militar hacía explotar un contenedor con diez mil vinilos de este género musical en mitad del estadio.

En los Estados Unidos siempre han sido proclives a esto de quemar manifestaciones de la cultura popular en público. En los 50, a raíz de las teorías del psiquiatra Fredric Wertham en contra de los cómics por, según él, incitar a los jóvenes a la delincuencia: también se organizaron quemas públicas de cómics. Tal vez vista la tradición que existe en el país, al igual que nosotros hemos importado la celebración de Halloween que no nos tocaba nada: los estadounidenses deberían importar nuestras hogueras de la Noche de San Juan. Pero en vista de los tiempos que corren en el país de Donald Trump mejor no damos ideas peligrosas, que las cazas de brujas ya vienen solas sin necesidad de inspirarlas.

 

Las quemas públicas de cómics en las calles estadounidenses de los cincuenta a consecuencia de las teorías del psiquiatra Fredric Wertham

 

Pero volviendo a los discos, ¿quién sabe si en breve la proliferación de vinilos entre los que aún consumen música de manera tangible llegará a provocar una campaña tipo “Compact Disc sucks“? Lo dudamos aunque para los más puristas sea una idea recurrente, pero en todo caso a la vista de los CD volatineros con que engalanan sus balcones muchos vecinos: parece que el soporte CD tiene asegurada una segunda vida como espantapájaros.

En el etéreo mundo digital no procede encariñarse con nada físico, porque siempre hay algo nuevo más volátil aún que lo hará desaparecer: lo fungible llevado al extremo (lo malo es que también se está aplicando a las personas). Por eso no es de extrañar que el viejo sueño medieval de transformar el plomo en oro ahora sea traduzca en la búsqueda, también de tintes alquimistas, de alcanzar un soporte duradero.

Marilyn Monroe lo decía en Los caballeros las prefieren rubias: “los diamantes son los mejores amigos de las chicas“; y Shirley Bassey lo refrendaba para James Bond: “Diamonds are forever” (“Diamantes para la eternidad” que se tradujo aquí la cinta de la saga James Bond en la que dicho tema sonaba en sus títulos de crédito). Y si Marilyn y Shirley lo decían de manera tan tajante habría que haberles hecho caso antes.

 

Liz Taylor tenía almacenada toda la información que necesitaba en el mítico diamante Taj Mahal que Richard Burton le regaló como muestra de su amor. Su relación terminó, pero el diamante permaneció.

 

Nunca es tarde han pensado en el City College de Nueva York, donde han patentando un nuevo método de almacenamiento de información en diamantes industriales. Cualidades como su dureza, su capacidad para ser regrabables, y su longevidad: lo convierten en el material idóneo. Toda vedette o estrella de la antigua escuela sabía de la importancia de las joyas de cara al futuro; y ahora esa sabiduría estelar refulge como nunca en la era de la información.

Este almacenamiento en diamantes viene a sumarse al también célebre últimamente: papel de piedra. La compañía australiana Hustle está detrás de la comercialización de la primera libreta fabricada enteramente con papel de piedra. Un papel elaborado partir del carbonato cálcico presente en rocas calizas, y que una vez convertido en polvo se mezcla con polietileno para dar como resultado un papel más ecológico, impermeable, y que repele también a los insectos librófagos.

 

Las ventajas del papel piedra según Hustle: ecológico, no usa agua, no es ácido, totalmente reciclable e impermeable.

 

En una reciente visita escolar a una biblioteca (llamémosla Y): un escolar ante el alarde de conocimientos, diversión y aventuras que el bibliotecario les prometía mientras les mostraba las estanterías repletas de libros, levantó el dedo para formular una pregunta: ¿Y cuántos bosques han tenido que destruir para que la biblioteca tenga tantos libros? Esos locos bajitos que diría Serrat, o esos energúmenos toca…. que pensó el bibliotecario. El caso es que no deja de resultar curioso este resurgir de materiales antediluvianos para atrapar lo evanescente de lo digital. Todo vuelve que diría un experto en moda: la piedra Rosetta  más tendencia que nunca en este juego de Piedra, papel, tijera en el siglo del Big Data.

Lo que difícilmente resurgirá de sus cenizas serán los pergaminos o los códices; mientras los libros impresos tal y como los conocemos revalidan su formato, sea en papel reciclado, de pulpa o de piedra. Muchas reconversiones artísticas se llevan practicando en los últimos años con los libros desahuciados (y de algunas dimos cuenta en Las tripas de la lectura); pero la que no había detectado nunca nuestro radar de curiosidades es la de su transformación en instrumentos musicales.

 

Stewart en pleno concierto en la biblioteca

 

La adaptación gráfica de Intemperie de Jesús Carrasco: ¿qué música se podría tocar con este libro, acaso algo del Ennio Morricone de los spaghetti western?

El bibliófono es el invento del profesor de la Universidad de Carleton en Otawa, Jesse Stewart, que no es otra cosa que un xilófono construido con libros viejos. Su presentación en sociedad fue en mitad de la biblioteca universitaria en la que dio hace unos días un concierto.

Stewart va rastreando la sonoridad en todo tipo de objetos desde hace tiempo, pero encontrarla en enciclopedias, diccionarios o manuales caducos requiere valorar elementos tan bibliotecarios como: la encuadernación, el grosor, el tipo de papel utilizado, los materiales, etc… Así por ejemplo la combinación tocho+papel fino que proporcionan los diccionarios son especialmente apreciados por el profesor-inventor para conseguir mejores efectos sonoros.

El invento del profesor canadiense nos lleva a fantasear. Puede que las características físicas de los libros sean las que determinen los sonidos: ¿pero y los contenidos? ¿Qué género musical se ajustaría mejor si nos dedicamos a aporrear obras de Kazuo Ishiguro, Philip Roth, Lucía Berlín, Paul Auster, E.L. James, Wallace David Foster o Jesús Carrasco? Ahí lo dejamos, estas combinaciones percusión-estilos literarios igual nos dan para otro post más adelante. De momento se admiten sugerencias.  Pero para cerrar el post lo tenemos claro, aunque sólo sea por reventar a Steve Dahl (no podía ser de otro modo siendo como somos instigadores de lo #bibliobizarro): ¡¡Viva por siempre la música disco!!!

 

 

Estadística creativa para bibliotecarios soñadores

 

Como cada año el informe de la Federación del Gremio de Editores sobre la lectura en nuestro país ha sido noticia. Una vez más los porcentajes estadísticos que proporciona han dando pie a titulares y análisis que van camino de convertirse en toda una tradición, algo así como las crónicas que cada 22 de diciembre se emiten sobre los ganadores de la lotería (pero a la inversa, donde allí hay alegría, aquí siempre hay decepción). Pero ya sabemos por los políticos que a las estadísticas se las hace decir lo que uno quiere; así que no vamos a darle más vueltas al asunto, bastante se ha hablado ya. Es preferible fijarse, cual manual de autoayuda, en historias ejemplarizantes que nos eviten cualquier asomo de abatimiento bibliotecario.

 

 

La magia de los números en esta calculadora japonesa de 1962.

Porque seamos sinceros, ¿qué bibliotecario en un momento de debilidad, o mejor, de duda: no ha pensado en dejarse llevar por la creatividad al rellenar los formularios de Alzira del Ministerio?, ¿quién ante el insondable misterio de toparse con que el número de ejemplares difiere según la búsqueda en el programa se haga de una forma u otra: no ha optado por quedarse con la cifra que mejor le cuadra con el resto?

Que tire el primer tejuelo aquel o aquella (y lo sentimos pero esto no es lenguaje inclusivo, es simplemente un redoble de tambor para dar más peso a lo que sigue): que no ha tirado por lo alto o por lo bajo en: número de usuarios-actividades-ejemplares-servicios… cuando le ha interesado para engatusar al político de turno, o dar lustre en los medios a su biblioteca.

Por eso empatizamos en el delito con el responsable de la Biblioteca del Condado de East Lake (Florida), George Dore, y su auxiliar de biblioteca, Scott Amey. Porque en Infobibliotecas nada de lo bibliotecario no es ajeno.

 

Se acerca uno de los momentos del año “favoritos” para muchos bibliotecarios: hacer las estadísticas y rellenar el formulario de Alzira del Ministerio.

 

Chuck Finley, así se llamaba el usuario tan, tan asiduo de la Biblioteca de East Lake que él solo se había prestado un total de 2361 libros en poco más de nueve meses. Si Agatha Christie leía unos 200 libros anuales, Theodore Roosevelt uno al día, y la bibliotecaria Harriet Klausner unos 6 al día (“Si un libro no me interesa cuando llego a la página 50, dejo de leerlo” arguyó para defenderse de los incrédulos) según relataba un artículo de BBC Mundo: Finley debería figurar en alguna categoría del Libro Guinness. La única pega es que el tal Finley nunca ha existido, al menos físicamente como usuario de la Biblioteca de East Lake. Pero todos sus datos, incluido su nutrido historial de préstamos, constaban en la base de datos de la biblioteca hasta hace bien poco.

En la red de bibliotecas del Condado de Lake, se distribuyen los fondos atendiendo a la demanda; de tal modo, que si pasado un determinado periodo algún título no alcanza los préstamos necesarios se retira de la circulación. Un criterio salomónico que no distingue entre best seller del momento y clásicos literarios.

 

En El invisible Harvey (1950) James Stewart interpreta a un hombre encantador, siempre dispuesto a ayudar a los demás. Su única peculiaridad es que siempre va a acompañado de un conejo gigante que sólo él es capaz de ver. Su familia decide ingresarlo en un psiquiátrico. 

 

El Chuck Finley real, estrella del béisbol desde 1986 a 2002. 

Tanto para George Dore, como responsable de la citada biblioteca, como para su auxiliar Scott: este expurgo implacablemente estadístico les suponía un suplicio. Y cual doctores Frankenstein decidieron crear al usuario de biblioteca ideal. Un voraz lector cuya compulsión permitía salvar a muchas de las obras en las que nadie reparaba. Que su nombre, Chuck Finley, coincidiera con el de un jugador de béisbol jubilado que durante 17 años desarrolló su carrera en la liga mayor: fue algo completamente accidental (o no).

Pero este celo bibliotecario desmedido no ha servido de atenuante para el despido del bibliotecario. La investigación que ha originado, como tanto gusta decir a determinados políticos: puso en marcha la máquina del fango y salpicó a toda la red. Dore arguyó en su defensa que otras bibliotecas de la red también tenían carnés institucionales o “dummies” (tontos) para “salir favorecidas” en las estadísticas. Toda una intriga bibliotecaria que en manos de un guionista talentoso podría convertirse en película hollywoodense.

 

Theodosia Burr Goodman reinventada como la fascinante Theda Bara.

 

Theda Bara como Cleopatra

Y también en el este de los Estados Unidos, pero en 1914: Theodosia Burr Goodman dejó atrás su ciudad natal para inventarse una identidad, o mejor dicho, para dejar que se la inventasen. Pese a que ya había cumplido los 30, una edad peligrosa para una aspirante a estrella: un estudio de la meca del cine la reinventó para fascinar al público.

De repente, Theodosia pasó a llamarse Theda Bara, dejó de ser la hija de un comerciante judío de Cincinnati para ser la hija de una concubina egipcia y de un artista francés, nacida en el Sáhara, y sacerdotisa de oscuros rituales del Oriente.

Ella fue la primera vamp, la primera estrella prefabricada, la mujer fatal que venía a distraer las mentes de las macabras estadísticas de bajas en el frente que llegaban de un mundo sumido en la Primera Guerra Mundial. Con biografías tan encantadoras, ¿a quién le importaba la verdad?

Theda evoca un tiempo de cartón piedra, de mentiras inocentes que se hacen verdades aceptadas con las que poder fantasear. Eran tiempos convulsos, como el nuestro, pero Theda hoy sólo sería una sex symbol en países pobres, aquí en el primer mundo, su exuberancia carnosa sería un insulto. La capacidad de fabulación nos ha adelgazado, casi tanto como las modelos de pasarela. Y mientras tanto, los egos engordan y engordan con las grasas saturadas de las redes sociales.

 

El lugar de los hechos: la humilde biblioteca de East Lake.

 

Ante este panorama, ¿quién puede reprocharle a George y Scott que hayan ideado al usuario de biblioteca perfecto? Cuidado que nadie nos vaya a acusar de incitar al “maquillaje estadístico”. Simplemente es que en un mundo en el que triunfa la posverdad (aquí mismo acuñamos la posverdad bibliotecaria hace poco), en una época en que el fingimiento ha alcanzado el paroxismo, entre tanta mentira dañina: algo de inocencia, o al menos de ilusión (por aquello de no bajar la guardia) se está haciendo tan necesaria como una conexión wifi.

Por eso, desde aquí eximimos de toda culpa a esos dos pícaros estadísticos, a estos fabuladores que hicieron que los índices de lectura de su modesta biblioteca llegasen a la cuarta base gracias a Chuck. Todos necesitamos soñar, lo está dejando claro el éxito arrollador de una película como La, la, land (La ciudad de las estrellas): un musical que remite a ese Hollywood ingenuo y feliz que arrancaba con Theda. En definitiva, lo que han hecho George y Scott, no ha sido otra cosa que ponerle algo de música a las frías y asépticas estadísticas de bibliotecas.

 

La, la, land (La ciudad de los sueños) arrasando entre crítica y público por ofrecer una historia romántica y sencilla en medio de una época cínica.

 

En el último número de la revista Infobibliotecas, Mariate Alonso le ha puesto música a este invierno reuniendo algunas de las canciones que se han dedicado al mundo de las bibliotecas; y nuestro compañero Héctor Fouce (que tan excelentes maridajes crea, en cada número, entre libros, música o películas) las ha seleccionado en una lista de reproducción de Spotify que se puede disfrutar pinchando aquí. Es lo propio, concluir con música la crónica de un fraude que resulta de lo más cándido visto el panorama.

Si La, la, Land ha llegado de Hollywood para mitigar las oscuras nubes que se ciernen sobre el 2017: hace dos años el grupo Verkeren insuflaba alegría en vena con su tema Laberinto. Pura inocencia y optimismo naíf para unas coreografías bibliotecarias, tal vez menos cool que las de Ryan Gosling y Emma Stone, pero más asequibles para bibliotecarios soñadores.

 

Carta navideña de biblioteca

Muchas veces trabajar en bibliotecas requiere de la fe de un niño en los Reyes Magos o Papá Noel. Puede que el Droide BB-8 de Star Wars con Force Band no esté bajo el árbol navideño el próximo 6 de enero, pero eso no le quitará las ganas de seguir jugando. Algo similar sucede con los sufridos bibliotecarios, puede que este año tampoco haya presupuesto para las nuevas estanterías de la sección infantil: pero eso no hará que dejen de imaginar mejoras.

 

Infobibliotecas es una revista que forma parte de ARCE (Asociación de Revistas Culturales de España)

 

Hay que ser absolutamente moderno que decía el poeta, y en Infobibliotecas te lo queremos poner fácil con una revista para la biblioteca del siglo XXI. Puede que no trabajes en la Biblioteca Pública de Nueva York, pero eso no quita para que te sientas en el centro del universo bibliotecario. Por eso lanzamos una promoción para que nos tengan en mente a la hora de las suscripciones del 2017:

 

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Más información en: Quien habla de bibliotecas, termina hablando de todo