Ciento volando: una historia de poliamor cultural

 

¿Es posible amar dos personas a la vez? ¿y a tres, y a cuatro, y a cinco? ¿Esto de qué va? ¿de comunas jipis en pleno siglo XXI? ¿del amor libre en tiempos de asepsia digital? No, en todo caso iría de poliamor: esa nueva etiqueta que ha surgido para renombrar cosas más antiguas que la nana pero que los tiempos han vuelto a poner en primera plana.

 

Jules et Jim o el poliamor en los tiempos de la Nouvelle vague

El trío de La trama nupcial: el poliamor de los 80

 

Por muchos autobuses, campañas o proclamas que lacen unos y otros a favor o en contra de que nos amemos los unos a los otros, o los unos sobre los otros: en definitiva en cuestiones de amores cada uno se las apaña como mejor puede. Así pues ¿por qué iba a ser diferente hablando de cultura?

Como lanzábamos hace unos días a las redes: si te gustan las librerías tanto como las bibliotecas ¿será que practicas el poliamor cultural? No es por quitar la ilusión: pero en vista de lo complicadas que siempre han sido las cosas en lo relativo al amor y al sexo: la mejor etiqueta a la que suscribirse es la de poliamoroso cultural. Toda una promesa infinita de placeres sin fin.

 

 

En el número 16 de la revista Infobibliotecas se abordaba el mundo de las librerías. Que una revista cultural especializada en el mundo bibliotecario se acerque a las librerías es algo que entra dentro de toda lógica. Librerías y bibliotecas se han desarrollado por vías paralelas y, en muchas ocasiones, hasta comparten problemáticas similares.

Los ménage à trois en cambio les han dado más de un disgusto. Editoriales egoístas que han recelado de las bibliotecas, o administraciones fulleras que se resisten a pagar a tiempo. De ahí que no sonara raro que en más de uno de los artículos que integraban ese número 16 de la revista: se incidiese en la valentía que demostraban aquellos que, aún en estos tiempos, se lanzan a la aventura de abrir una librería. Y como mirar los toros desde la barrera no es una opción cuando de apostar por la cultura se trata: el jueves 21 de marzo de 2017, en pleno corazón del madrileño barrio de Malasaña, emprendía su vuelo Ciento volando, la que ya alguno ha denominado “la librería de las bibliotecas”.

 

 

Que esto tiene aires de publirreportaje no lo vamos a ocultar: pero siempre hay formas y formas para contar las cosas. Podríamos incidir en que es una librería que cuenta con un personal altamente cualificado, que aspira a servir a bibliotecas, pero por supuesto también a clientes de a pie, que incluirá un variada programación de actividades y eventos (sí eventos, antes eran actos, pero ahora son eventos) que atraigan a todo tipo de público.  Pero sería un panegírico que, por atractivo que suene, no resulta tan determinante como el juicio de uno de sus primeros clientes.

 

 

Su nombre es Nico y tiene 12 años. Su afición al fútbol le ha llevado a guardar obligadamente banquillo durante algunas semanas por culpa de una clavícula rota. Afortunadamente el grueso tercer volumen de las Memorias de Idhún de Laura Gallego, que le compraron en la flamante librería, le servirá para sobrellevar la lesión mucho mejor.

Fue él, quien al leer el nombre de la librería en el envoltorio de su regalo de cumpleaños exclamó: ¡qué buen nombre! Y si lo dice un joven de 12 años que apunta, además de habilidades futbolísticas, la promesa de ser un buen lector: ¿quién es capaz de contradecir al futuro?

 

El Nido de lecturas a las puertas de la Biblioteca de Cleveland

 

El último Nobel de Literatura cantaba que la respuesta estaba en el viento; y visto en perspectiva puede que el poliamor cultural ya estuviera en el aire hace tiempo.

En 2013 el artista estadounidense Mark Reigelman instaló a las puertas de la biblioteca pública de Cleveland su obra Nido de lecturas: una enorme estructura de maderas que conformaba un impresionante nido que jugaba con la idea de la biblioteca como refugio.

La arquitecta de origen hindú Anupama Kundoo, cubrió una plaza de Barcelona con libros cazados en pleno vuelo en 2014.

Y tres años después abre sus puertas Ciento volando en Madrid. ¿Casualidad? No lo parece. Algo flotaba en el aire, y no era el amor, era el poliamor entre bibliotecas, librerías y lectores.

 

 

Ciento volando, cultura y más. C/ Divino Pastor. Malasaña (Madrid)

 

Memoria de grandes mujeres bibliotecarias

 

La American Library Association (ALA) lleva cinco años recopilando historias para una iniciativa que nos encanta: “Las mujeres en la historia de las bibliotecas”, una convocatoria pública para recuperar la historia de mujeres que han hecho una contribución importante y duradera a la biblioteconomía o a la biblioteca del barrio o de la ciudad, sean o no sean bibliotecarias. Las historias enviadas son publicadas -una cada día- durante el mes de marzo en la página de Women of Library History y si reciben suficientes como para alargar la iniciativa la extienden al resto del año. Para el Grupo de Trabajo Feminista de la ALA se trata de “subrayar legados que hoy podemos seguir disfrutando y compartir con los usuarios una parte de la historia de las bibliotecas”. Es la contribución de estas mujeres a sus comunidades a través de las bibliotecas.

La convocatoria da algunas pistas por las que guiarse a la hora de participar:

  • ¿alguna profesional ha cambiado tu perspectiva en el trabajo o te ha ayudado a mejorar?
  • ¿trabajas o eres usuario de una biblioteca que lleva un nombre de mujer?: ¡descubre quién era!
  • también se aceptan enlaces a publicaciones en Internet sobre mujeres que desarrollen o hayan desarrollado su trabajo o actividades dentro del ámbito bibliotecario.

Mujeresbibliotecarias_bibliobus

 

Hemos indagado aquí y allá un poco y no hemos encontrado en España una iniciativa similar. Por eso, y porque nos ha gustado mucho, hemos pensado hacer un poco de campaña para ver si alguien recoge el guante y se lanza a impulsarla. Preguntando en Twitter, @biblioSalvia nos decía que podrían lanzarse a ello desde facultades de Biblioteconomía, la Biblioteca Nacional o grupos de trabajo en colegios oficiales de bibliotecarios y documentalistas. ¿Quién se anima?

Por ahora, y para celebrar el 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres, vamos a hacer nuestra pequeña contribución recordando a dos mujeres que han hecho historia en las bibliotecas españolas, empezando por la pionera, “la Eva bibliotecaria”, como la llamaban en un artículo de la BNE: Ángela García Rives.

La pionera

Mueresbiblioteca_AngelaGarciaRivesAunque en el mundo anglosajón, las primeras bibliotecarias aparecen en la segunda mitad del siglo XIX, en el área mediterránea hubo que esperar hasta las primeras décadas del siglo XX para ver mujeres trabajando en bibliotecas. En España, Ángela García Rives fue en 1913 la primera mujer que aprobó una oposición para oficiales de tercer grado del cuerpo facultativo de Archiveros, bibliotecarios y Arqueólogos. Le venía de casta: su padre fue bibliotecario del Senado, y en la familia le dieron una educación digna de las señoritas “emancipadas” de la época: piano y estudios de maestra en la Escuela Normal de Madrid. No contenta con eso, gracias a la disposición por la que en 1910 se permitió el acceso de las mujeres a la universidad, pudo matricularse en Filosofía y Letras en la Universidad Central. Dos años después se licenciaba en Historia con Premio Extraordinario, y un año más tarde es cuando aprueba la oposición. Ya como bibliotecaria, pasó por Gijón, el Ministerio de Instrucción Pública y el Archivo General Central de Alcalá de Henares, antes de recalara en la Biblioteca Nacional. Allí se quedaría 46 años, hasta su jubilación.

Cuando ya estaba a punto de retirarse a principios de los años 60, sus compañeras bibliotecarias la recordaban como una persona menuda, con un físico frágil, muy educada y correcta, muy respetada… y muy conservadora. De hecho, nunca tuvo el más mínimo encontronazo con la dictadura franquista, a diferencia de otras bibliotecarias que fueron depuradas. Ese carácter conservador también se nota en un artículo suyo publicado en la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos en 1923: en él proponía normas sobre las obras que no debían servirse al público por su obscenidad, en cumplimiento del Reglamento de las Bibliotecas Públicas del Estado de 1901.Pero sobre todo, destacó su trabajo como jefa de Sección de Catalogación en la BNE, y su papel en la redacción de las reglas y sus clases en la Escuela de la Biblioteca.

 

 

Angelita, como la llamaban (cosas del sexismo de la época) cuando estaba a punto de jubilarse, también sobresalió por su aplicación al estudio. Se doctoró en 1917 con una tesis sobre Fernando VI y Doña Bárbara de Braganza. Estos comentarios sobre su tesis citados en este artículo son impagables para hacernos una idea de la visión que se tenía por aquel entonces de las mujeres en los ámbitos académicos: “escribe con impecable corrección, estilo sencillo y sobrio […] Ningún rasgo femenino -o que pase por tal- hallamos en la composición o el tono de la obra. Esta es serena, objetiva, ‘asexual’, podríamos decir. Igual que por pluma de mujer pudo ser escrita por pluma de varón. Revela ello un espíritu firme, disciplinado por el estudio”.

 

La bibliotecaria de Guadalajara

En julio de 2013, un grupo heterogéneo de bibliotecarios, escritores, libreros y otros ciudadanos se reunía en la Plaza Mayor de Guadalajara para iniciar un desfile a ritmo de dulzaina y tambor hasta la Biblioteca Pública, en la plaza Dávalos. Se dirigían a rendir homenaje, serenata bajo el balcón incluida, a Blanca Calvo, la mujer que en tres décadas al frente de la biblioteca la había convertido en una de las instituciones más respetadas de la ciudad, y una de las bibliotecas de referencia en España. Un mes después, Blanca Calvo se jubilaba, y sus amigos querían agradecerle su trabajo, cantando, comiendo y regalándole flores. Le dijeron que había hecho de la biblioteca “nuestra casa ideal”.

Mujeresbibliotecarias_BlancaCalvoComo nos contó en una entrevista a la revista Infobibliotecas, cuando Blanca Calvo llegó a Guadalajara en 1981 tras aprobar las oposiciones al Cuerpo de Bibliotecas del Estado, se encontró con una biblioteca pequeña y oscura, con un horario muy reducido. También venía de familia con oficio en la materia: su madre fue la directora de la Biblioteca de la Universidad de Valladolid, y a ella de pequeña le gustaba jugar a sellar libros. Cuando estudiaba filosofía y Letras no quería seguir los pasos de su madre, pero solo dos meses después de terminada la carrera, sin saber qué hacer, vio la convocatoria de las oposiciones y decidió probar. La ayuda que recibió de su madre en la preparación le hizo darse cuenta de la vocación de servicio público que tenía.

Junto a sus compañeros, Blanca Calvo hizo que en poco más de 30 años la Biblioteca de Guadalajara pasara de ser una institución del siglo XIX a una del siglo XXI: un centro dinámico, con una buena dosis de participación ciudadana, 40.000 socios (la mitad de la población de la ciudad), muy activo en llegar a colectivos que no pisaban antes una biblioteca, y pionero en actividades como los clubes de lectura. Hasta consiguió un récord Guinness al impulsar como alcaldesa de la ciudad en 1992 un maratón de cuanta cuentos que duró 24 horas y media. Quería visibilizar a los libreros de la ciudad y animar a la gente a leer. Como nos contaba en la entrevista, para ella la biblioteca es una patria y el principal cometido del bibliotecario es “divulgar y sacar el máximo rendimiento al patrimonio cultural” de la institución.

Y hasta aquí nuestra pequeña contribución a las historias de bibliotecarias que han hecho historia. ¿Nos ayudáis a hacer campaña para que el año próximo una iniciativa como la de la ALA sea realidad en España?

En 2015 se celebró en el Palau Robert de Barcelona la exposición: “BiblioTec. Cien años de estudio y de profesión bibliotecaria”, en la que se realizaba un estupendo recorrido cronológico desde la creación de la Escuela Superior de Bibliotecarias de Barcelona y la primera Red de Bibliotecas Populares de España. El vídeo de la exposición resultaba de lo más ilustrativo:

Mi opinión de mierda: bibliotecarios bajo el influjo

Ilustración del blog Atroz con leche

 

Hay canciones cuya capacidad de apropiación las convierte en clásicos instántaneos. Es el caso de My way que lo mismo vale a un demócrata que a un republicano; o A quién le importa que lo mismo le sirvió al efímero partido político de los jubilados en los años 80 que al desfile del orgullo gay.

No se puede decir que ninguno de los temas del grupo Los Punsetes haya alcanzado ese nivel de popularidad (contravendría por otra parte su perfil indie), pero la letra de su tema de hace dos años Opinión de mierda: no deja de ganar vigencia conforme pasa el tiempo.

“España necesita conocer tu opinión de mierda, la gente necesita que le des tu opinión de mierda”

Durante mucho tiempo, tertulianos, famosos, contertulios, políticos (sobre todo políticos) y demás bendecidos por el foco mediático: peroraban sobre las cuestiones más peregrinas. Hasta que llegaron las redes sociales y ahora todos (o casi todos) pensamos que nuestra opinión le interesa al resto del mundo.

Ya se sabe el tópico: en España todos sabemos de política, fútbol, cine, libros (bueno no, hablar de libros en nuestro país, como decía Houellebecq, puede provocar incómodos silencios) así que el territorio estaba bien fertilizado.

Uno de los muchos ejemplos es el portal Filmaffinity. La valoración inicial de una película por parte de la crítica profesional puede ser ensalzarla o repudiarla; pero una vez se estrena: la puntuación fluctuará según la reseñas que añadan los internautas con ínfulas de críticos. Pasados unos meses puede que el contraste entre la crítica profesional y la puntuación obtenida sea abismal. Y en la siguiente captura de pantalla puede comprobarse en el caso de la que fue proclamada como una de las mejores cintas del 2016.

 

La excelente Elle (2016) de Paul Verhoeven arrancó en Filmaffinity con una valoración por parte de la crítica especializada que rozaba la categoría de obra maestra. Tras las reseñas de los internautas se ha quedado con un 6’7.

 

“un arte sujeto al escrutinio de la mayoría sólo puede dar como resultado ramplonería y superficialidad” (del ensayo: La musa venal. Producción y consumo de la cultura industrial de Raúl Rodríguez)

 

Lo paradójico en cualquier caso es que mientras se derriban pedestales, muchos de esos émulos de críticos/comentaristas/opinadores en versión bloguera, tuitera, facebuquera, youtubera o instagramera (¡vaya! hay anglicismos que mejor no españolizarlos) sueñan con llegar a ser eso que se ha dado en llamar influencers.

Una figura en la que priman según glosa en su interesante blog la publicista y experta en marketing digital y redes sociales, Fátima Martínez, cualidades tales como: la “autenticidad” (¿cómo se medirá eso?), la originalidad, la cercanía, la gracia/desparpajo, y sí, también: la calidad de sus contenidos.

 

 

¿Y los bibliotecarios y las bibliotecas bajo que influjo se sitúan en mitad de todo este trasiego? Pese a lo que pueda parecer la figura del bibliotecario sigue teniendo un prestigio que explotan algunos de los que aspiran a ese título oficioso (pero muy rentable, véase el caso de los youtubers) de influencer (micro o maxi aquí el tamaño no importa). Pero, ¿tienen alguna posibilidad los bibliotecarios para que se les reconozca como tales en el mundo digital?

 

En 1953 Christian Dior acorta las faldas y monta una revolución en el mundo de la moda. Es uno de los episodios que se recogen en el cómic con apuntes biográficos sobre el mítico diseñador. Si hay un mundo en el que los anglicismos y los influencers proliferan sin medida ese es el de la moda.

 

En la Wikipedia a los redactores se les ha denominado “bibliotecarios” desde sus inicios. Y tan bien les ha ido usando esta terminología que hasta han terminado por llevarse a los propios bibliotecarios a su terreno.

Hace unos días Eli Ramírez nos hablaba en Biblogtecarios de la campaña anual de la Wikipedia dirigida a bibliotecarios #1Lib1ref. Una iniciativa que los integrados (según la terminología patentada por Umberto Eco) verán como una manera de reconocer la autoridad intelectual de los bibliotecarios en el mundo digital; pero que los apocalípticos pueden interpretar como venderse al enemigo.

Pero no es la Wikipedia el único caso de una apropiación que implique, más o menos, un reconocimiento al valor de la profesión. En la agencia de inteligencia estadounidense, CIA, al personal encargado de rastrear internet, sobre todo las redes sociales en busca de posibles enemigos del país: les bautizaron como “los bibliotecarios vengativos”. No sabemos hasta qué punto suena esto halagador. Por una parte no dejan de ser unos cotillas cibernéticos, y por otra, tanto espiar cuentas ajenas como prevención y al final tienen al enemigo en casa (blanca para más señas).

 

“Sabes que se trata de un desastre cuando los bibliotecarios empiezan a protestar” rezaba esta divertida pancarta en la reciente Marcha de las Mujeres contra Trump

 

¿Se podría hablar entonces de los bibliotecarios como influencers? Sería forzar la cosa un poco pero antecedentes, al menos colectivos, existen.

Fue en 2001 cuando el cineasta de documentales Michael Moore publicó su libro Estúpidos hombres blancos. Los intentos de censura por el ataque directo de Moore al gobierno de Georges Bush Jr. tras el atentado de las Torres Gemelas: no se hicieron esperar. Y ¿quién consiguió que no llegaran a buen puerto?

¡Shhhhh! Las bibliotecas son radicales

 

 

Ann Sparanese, bibliotecaria en Nueva Jersey inició una campaña contra estos intentos de censura a la que fueron sumándose más y más bibliotecarios. Tantos fueron, que el FBI terminó hablando de los “bibliotecarios militantes radicales”. Dieciséis años después, los bibliotecarios estadounidenses ya se están movilizando para combatir la tristemente célebre posverdad que tanto gusta a los nuevos populismos.

Con personajes como Donald Trump, Marie Le Pen, Vladimir Putin, Nigel Farage o Boris Johnson se está abonando bien el terreno para que surja todo un frente bibliotecario de resistencia. Mientras esto llega calificar a un bibliotecario de influencer quizás resulte un tanto excesivo. Pero no dentro del mundillo profesional.

 

Muro de libros en la Biblioteca Regional de Murcia con motivo de una reciente exposición sobre los campos de refugiados

 

Mucho antes de que existiera todo este guirigay de las redes, profesionales como Carme Fenoll (de desagradable actualidad estos días) influyeron en todo bibliotecario inquieto con sus célebres 50 ideas para sorprender desde la biblioteca pública. Años después tuvo la generosidad de compartir desde este blog un decálogo bibliofílico que surgió de un viaje a Nueva York. 

 

 

Aquel inspirador manifiesto dejó claro que el mejor influjo bajo el que podían situarse los profesionales era el de la innovación, el de la creatividad. Y precisamente desde el país que hace dos años visitaba Fenoll, nos llegan ahora los recién otorgados Premios Bibliotecarios de Innovación que concede, cada dos años, la editorial Penguin Random House en el marco de la Reunión de Invierno de la American Library Association.

En esta edición, en la que se reconoce a bibliotecarios con nombre y apellidos, por “transformar sus comunidades mientras fortalecen el tejido social y cultural de nuestro mundo” como dijo en su discurso el representante de la editorial, se llevan los sustanciosos premios metálicos bibliotecarios y proyectos tales como:

 

  • Kay Marner, que desarrolla desde la Biblioteca Pública de Ames (Iowa) un programa para enseñar a los padres cómo facilitar el desarrollo del lenguaje de los niños menores de tres años: se hizo con el primer premio
  • Janet Brown, de la Biblioteca Pública de Windsor en Ontario, fue finalista con un programa para formar líderes/mentores adolescentes.
  • Syntychia Kendrick-Samuel, jefa de servicios para adolescentes en la Biblioteca Pública de Uniondale (Nueva York) fue otra de las finalistas con un programa para el empoderamiento académico de los adolescentes.
  • Jessica Link que ni siquiera está en plantilla en la Biblioteca Pública de Cedar Rapids (Iowa), pero que desde su condición de voluntaria: montó un reto de lectura intergeneracional para el verano en el que implicó a toda la comunidad.

 

Decíamos en Esto no es Hollywood: palmarés de biblioteca que ya podíamos ir tomando nota en nuestro país de cómo saben venderse, revalorizarse y promocionarse los norteamericanos. Aunque viendo las reacciones tan viscerales y rabiosas que los Goya provocan en algunos sectores de nuestra sociedad: no sabemos si resultaría contraproducente. Y ya que arrancamos el texto un punto escatológicos y musicales, será cuestión de clausurarlo similar.

Todos podemos tener una opinión de mierda por mucho que creamos que lo que decimos suena interesante. Siempre habrá alguien para quien lo que formulamos no sea más que una obviedad, una chorrada, una frase de todo a un euro envuelta en celofán digital. Pero tampoco hay que preocuparse mucho: tener haters es casi la primera norma para llegar a ser un día un influencer.  Disfrutemos pues, sin complejos, de las opiniones de mierda que repasaban los Ojete calor en su tema 0’60. 

 

 

Piedra, papel, diamantes

Entre los muchos momentos cumbre de la historia de la música pop que el músico (forma parte del grupo Saint Etienne) y crítico musical Bob Stanley recoge en su divertido ensayo Yeah!, Yeah!, Yeah!: uno de los más llamativos fue la destrucción masiva de vinilos que se celebró en un estadio de béisbol en julio de 1979.

La Disco Demolition Night fue instigada por el locutor de radio Steve Dahl, y venía a sumarse a un movimiento en contra de la música disco que venía fraguándose con lemas como “Muerte a la música disco” o “Mata a los Bee Gees” que lucían en camisetas que anunciaba la revista Rolling Stone (guardiana de las esencias más puras del rock). La música disco que saturaba las listas de éxitos del momento era considerada una aberración para los supuestos puristas del rock. Pero en esa defensa de la “música de verdad” asomaban la patita cierto desprecio racial (la mayoría de la música disco provenía de músicos negros) y una nada disimulada homofobia: por haber sido la banda sonora de una liberación sexual a través de las pistas de baile.

 

Steve Dahl mostrando orgulloso su odio por la música disco. No nos extraña su aversión, con esa pinta no triunfaría ni en una disco de extrarradio de la época.

 

Como relata Stanley esa tarde de julio de 1979 un total de 50.000 personas corearon a pleno pulmón: “DISCO SUCKS” (El disco apesta) mientras un Steve Dahl disfrazado de militar hacía explotar un contenedor con diez mil vinilos de este género musical en mitad del estadio.

En los Estados Unidos siempre han sido proclives a esto de quemar manifestaciones de la cultura popular en público. En los 50, a raíz de las teorías del psiquiatra Fredric Wertham en contra de los cómics por, según él, incitar a los jóvenes a la delincuencia: también se organizaron quemas públicas de cómics. Tal vez vista la tradición que existe en el país, al igual que nosotros hemos importado la celebración de Halloween que no nos tocaba nada: los estadounidenses deberían importar nuestras hogueras de la Noche de San Juan. Pero en vista de los tiempos que corren en el país de Donald Trump mejor no damos ideas peligrosas, que las cazas de brujas ya vienen solas sin necesidad de inspirarlas.

 

Las quemas públicas de cómics en las calles estadounidenses de los cincuenta a consecuencia de las teorías del psiquiatra Fredric Wertham

 

Pero volviendo a los discos, ¿quién sabe si en breve la proliferación de vinilos entre los que aún consumen música de manera tangible llegará a provocar una campaña tipo “Compact Disc sucks“? Lo dudamos aunque para los más puristas sea una idea recurrente, pero en todo caso a la vista de los CD volatineros con que engalanan sus balcones muchos vecinos: parece que el soporte CD tiene asegurada una segunda vida como espantapájaros.

En el etéreo mundo digital no procede encariñarse con nada físico, porque siempre hay algo nuevo más volátil aún que lo hará desaparecer: lo fungible llevado al extremo (lo malo es que también se está aplicando a las personas). Por eso no es de extrañar que el viejo sueño medieval de transformar el plomo en oro ahora sea traduzca en la búsqueda, también de tintes alquimistas, de alcanzar un soporte duradero.

Marilyn Monroe lo decía en Los caballeros las prefieren rubias: “los diamantes son los mejores amigos de las chicas“; y Shirley Bassey lo refrendaba para James Bond: “Diamonds are forever” (“Diamantes para la eternidad” que se tradujo aquí la cinta de la saga James Bond en la que dicho tema sonaba en sus títulos de crédito). Y si Marilyn y Shirley lo decían de manera tan tajante habría que haberles hecho caso antes.

 

Liz Taylor tenía almacenada toda la información que necesitaba en el mítico diamante Taj Mahal que Richard Burton le regaló como muestra de su amor. Su relación terminó, pero el diamante permaneció.

 

Nunca es tarde han pensado en el City College de Nueva York, donde han patentando un nuevo método de almacenamiento de información en diamantes industriales. Cualidades como su dureza, su capacidad para ser regrabables, y su longevidad: lo convierten en el material idóneo. Toda vedette o estrella de la antigua escuela sabía de la importancia de las joyas de cara al futuro; y ahora esa sabiduría estelar refulge como nunca en la era de la información.

Este almacenamiento en diamantes viene a sumarse al también célebre últimamente: papel de piedra. La compañía australiana Hustle está detrás de la comercialización de la primera libreta fabricada enteramente con papel de piedra. Un papel elaborado partir del carbonato cálcico presente en rocas calizas, y que una vez convertido en polvo se mezcla con polietileno para dar como resultado un papel más ecológico, impermeable, y que repele también a los insectos librófagos.

 

Las ventajas del papel piedra según Hustle: ecológico, no usa agua, no es ácido, totalmente reciclable e impermeable.

 

En una reciente visita escolar a una biblioteca (llamémosla Y): un escolar ante el alarde de conocimientos, diversión y aventuras que el bibliotecario les prometía mientras les mostraba las estanterías repletas de libros, levantó el dedo para formular una pregunta: ¿Y cuántos bosques han tenido que destruir para que la biblioteca tenga tantos libros? Esos locos bajitos que diría Serrat, o esos energúmenos toca…. que pensó el bibliotecario. El caso es que no deja de resultar curioso este resurgir de materiales antediluvianos para atrapar lo evanescente de lo digital. Todo vuelve que diría un experto en moda: la piedra Rosetta  más tendencia que nunca en este juego de Piedra, papel, tijera en el siglo del Big Data.

Lo que difícilmente resurgirá de sus cenizas serán los pergaminos o los códices; mientras los libros impresos tal y como los conocemos revalidan su formato, sea en papel reciclado, de pulpa o de piedra. Muchas reconversiones artísticas se llevan practicando en los últimos años con los libros desahuciados (y de algunas dimos cuenta en Las tripas de la lectura); pero la que no había detectado nunca nuestro radar de curiosidades es la de su transformación en instrumentos musicales.

 

Stewart en pleno concierto en la biblioteca

 

La adaptación gráfica de Intemperie de Jesús Carrasco: ¿qué música se podría tocar con este libro, acaso algo del Ennio Morricone de los spaghetti western?

El bibliófono es el invento del profesor de la Universidad de Carleton en Otawa, Jesse Stewart, que no es otra cosa que un xilófono construido con libros viejos. Su presentación en sociedad fue en mitad de la biblioteca universitaria en la que dio hace unos días un concierto.

Stewart va rastreando la sonoridad en todo tipo de objetos desde hace tiempo, pero encontrarla en enciclopedias, diccionarios o manuales caducos requiere valorar elementos tan bibliotecarios como: la encuadernación, el grosor, el tipo de papel utilizado, los materiales, etc… Así por ejemplo la combinación tocho+papel fino que proporcionan los diccionarios son especialmente apreciados por el profesor-inventor para conseguir mejores efectos sonoros.

El invento del profesor canadiense nos lleva a fantasear. Puede que las características físicas de los libros sean las que determinen los sonidos: ¿pero y los contenidos? ¿Qué género musical se ajustaría mejor si nos dedicamos a aporrear obras de Kazuo Ishiguro, Philip Roth, Lucía Berlín, Paul Auster, E.L. James, Wallace David Foster o Jesús Carrasco? Ahí lo dejamos, estas combinaciones percusión-estilos literarios igual nos dan para otro post más adelante. De momento se admiten sugerencias.  Pero para cerrar el post lo tenemos claro, aunque sólo sea por reventar a Steve Dahl (no podía ser de otro modo siendo como somos instigadores de lo #bibliobizarro): ¡¡Viva por siempre la música disco!!!

 

 

Estadística creativa para bibliotecarios soñadores

 

Como cada año el informe de la Federación del Gremio de Editores sobre la lectura en nuestro país ha sido noticia. Una vez más los porcentajes estadísticos que proporciona han dando pie a titulares y análisis que van camino de convertirse en toda una tradición, algo así como las crónicas que cada 22 de diciembre se emiten sobre los ganadores de la lotería (pero a la inversa, donde allí hay alegría, aquí siempre hay decepción). Pero ya sabemos por los políticos que a las estadísticas se las hace decir lo que uno quiere; así que no vamos a darle más vueltas al asunto, bastante se ha hablado ya. Es preferible fijarse, cual manual de autoayuda, en historias ejemplarizantes que nos eviten cualquier asomo de abatimiento bibliotecario.

 

 

La magia de los números en esta calculadora japonesa de 1962.

Porque seamos sinceros, ¿qué bibliotecario en un momento de debilidad, o mejor, de duda: no ha pensado en dejarse llevar por la creatividad al rellenar los formularios de Alzira del Ministerio?, ¿quién ante el insondable misterio de toparse con que el número de ejemplares difiere según la búsqueda en el programa se haga de una forma u otra: no ha optado por quedarse con la cifra que mejor le cuadra con el resto?

Que tire el primer tejuelo aquel o aquella (y lo sentimos pero esto no es lenguaje inclusivo, es simplemente un redoble de tambor para dar más peso a lo que sigue): que no ha tirado por lo alto o por lo bajo en: número de usuarios-actividades-ejemplares-servicios… cuando le ha interesado para engatusar al político de turno, o dar lustre en los medios a su biblioteca.

Por eso empatizamos en el delito con el responsable de la Biblioteca del Condado de East Lake (Florida), George Dore, y su auxiliar de biblioteca, Scott Amey. Porque en Infobibliotecas nada de lo bibliotecario no es ajeno.

 

Se acerca uno de los momentos del año “favoritos” para muchos bibliotecarios: hacer las estadísticas y rellenar el formulario de Alzira del Ministerio.

 

Chuck Finley, así se llamaba el usuario tan, tan asiduo de la Biblioteca de East Lake que él solo se había prestado un total de 2361 libros en poco más de nueve meses. Si Agatha Christie leía unos 200 libros anuales, Theodore Roosevelt uno al día, y la bibliotecaria Harriet Klausner unos 6 al día (“Si un libro no me interesa cuando llego a la página 50, dejo de leerlo” arguyó para defenderse de los incrédulos) según relataba un artículo de BBC Mundo: Finley debería figurar en alguna categoría del Libro Guinness. La única pega es que el tal Finley nunca ha existido, al menos físicamente como usuario de la Biblioteca de East Lake. Pero todos sus datos, incluido su nutrido historial de préstamos, constaban en la base de datos de la biblioteca hasta hace bien poco.

En la red de bibliotecas del Condado de Lake, se distribuyen los fondos atendiendo a la demanda; de tal modo, que si pasado un determinado periodo algún título no alcanza los préstamos necesarios se retira de la circulación. Un criterio salomónico que no distingue entre best seller del momento y clásicos literarios.

 

En El invisible Harvey (1950) James Stewart interpreta a un hombre encantador, siempre dispuesto a ayudar a los demás. Su única peculiaridad es que siempre va a acompañado de un conejo gigante que sólo él es capaz de ver. Su familia decide ingresarlo en un psiquiátrico. 

 

El Chuck Finley real, estrella del béisbol desde 1986 a 2002. 

Tanto para George Dore, como responsable de la citada biblioteca, como para su auxiliar Scott: este expurgo implacablemente estadístico les suponía un suplicio. Y cual doctores Frankenstein decidieron crear al usuario de biblioteca ideal. Un voraz lector cuya compulsión permitía salvar a muchas de las obras en las que nadie reparaba. Que su nombre, Chuck Finley, coincidiera con el de un jugador de béisbol jubilado que durante 17 años desarrolló su carrera en la liga mayor: fue algo completamente accidental (o no).

Pero este celo bibliotecario desmedido no ha servido de atenuante para el despido del bibliotecario. La investigación que ha originado, como tanto gusta decir a determinados políticos: puso en marcha la máquina del fango y salpicó a toda la red. Dore arguyó en su defensa que otras bibliotecas de la red también tenían carnés institucionales o “dummies” (tontos) para “salir favorecidas” en las estadísticas. Toda una intriga bibliotecaria que en manos de un guionista talentoso podría convertirse en película hollywoodense.

 

Theodosia Burr Goodman reinventada como la fascinante Theda Bara.

 

Theda Bara como Cleopatra

Y también en el este de los Estados Unidos, pero en 1914: Theodosia Burr Goodman dejó atrás su ciudad natal para inventarse una identidad, o mejor dicho, para dejar que se la inventasen. Pese a que ya había cumplido los 30, una edad peligrosa para una aspirante a estrella: un estudio de la meca del cine la reinventó para fascinar al público.

De repente, Theodosia pasó a llamarse Theda Bara, dejó de ser la hija de un comerciante judío de Cincinnati para ser la hija de una concubina egipcia y de un artista francés, nacida en el Sáhara, y sacerdotisa de oscuros rituales del Oriente.

Ella fue la primera vamp, la primera estrella prefabricada, la mujer fatal que venía a distraer las mentes de las macabras estadísticas de bajas en el frente que llegaban de un mundo sumido en la Primera Guerra Mundial. Con biografías tan encantadoras, ¿a quién le importaba la verdad?

Theda evoca un tiempo de cartón piedra, de mentiras inocentes que se hacen verdades aceptadas con las que poder fantasear. Eran tiempos convulsos, como el nuestro, pero Theda hoy sólo sería una sex symbol en países pobres, aquí en el primer mundo, su exuberancia carnosa sería un insulto. La capacidad de fabulación nos ha adelgazado, casi tanto como las modelos de pasarela. Y mientras tanto, los egos engordan y engordan con las grasas saturadas de las redes sociales.

 

El lugar de los hechos: la humilde biblioteca de East Lake.

 

Ante este panorama, ¿quién puede reprocharle a George y Scott que hayan ideado al usuario de biblioteca perfecto? Cuidado que nadie nos vaya a acusar de incitar al “maquillaje estadístico”. Simplemente es que en un mundo en el que triunfa la posverdad (aquí mismo acuñamos la posverdad bibliotecaria hace poco), en una época en que el fingimiento ha alcanzado el paroxismo, entre tanta mentira dañina: algo de inocencia, o al menos de ilusión (por aquello de no bajar la guardia) se está haciendo tan necesaria como una conexión wifi.

Por eso, desde aquí eximimos de toda culpa a esos dos pícaros estadísticos, a estos fabuladores que hicieron que los índices de lectura de su modesta biblioteca llegasen a la cuarta base gracias a Chuck. Todos necesitamos soñar, lo está dejando claro el éxito arrollador de una película como La, la, land (La ciudad de las estrellas): un musical que remite a ese Hollywood ingenuo y feliz que arrancaba con Theda. En definitiva, lo que han hecho George y Scott, no ha sido otra cosa que ponerle algo de música a las frías y asépticas estadísticas de bibliotecas.

 

La, la, land (La ciudad de los sueños) arrasando entre crítica y público por ofrecer una historia romántica y sencilla en medio de una época cínica.

 

En el último número de la revista Infobibliotecas, Mariate Alonso le ha puesto música a este invierno reuniendo algunas de las canciones que se han dedicado al mundo de las bibliotecas; y nuestro compañero Héctor Fouce (que tan excelentes maridajes crea, en cada número, entre libros, música o películas) las ha seleccionado en una lista de reproducción de Spotify que se puede disfrutar pinchando aquí. Es lo propio, concluir con música la crónica de un fraude que resulta de lo más cándido visto el panorama.

Si La, la, Land ha llegado de Hollywood para mitigar las oscuras nubes que se ciernen sobre el 2017: hace dos años el grupo Verkeren insuflaba alegría en vena con su tema Laberinto. Pura inocencia y optimismo naíf para unas coreografías bibliotecarias, tal vez menos cool que las de Ryan Gosling y Emma Stone, pero más asequibles para bibliotecarios soñadores.

 

Carta navideña de biblioteca

Muchas veces trabajar en bibliotecas requiere de la fe de un niño en los Reyes Magos o Papá Noel. Puede que el Droide BB-8 de Star Wars con Force Band no esté bajo el árbol navideño el próximo 6 de enero, pero eso no le quitará las ganas de seguir jugando. Algo similar sucede con los sufridos bibliotecarios, puede que este año tampoco haya presupuesto para las nuevas estanterías de la sección infantil: pero eso no hará que dejen de imaginar mejoras.

 

Infobibliotecas es una revista que forma parte de ARCE (Asociación de Revistas Culturales de España)

 

Hay que ser absolutamente moderno que decía el poeta, y en Infobibliotecas te lo queremos poner fácil con una revista para la biblioteca del siglo XXI. Puede que no trabajes en la Biblioteca Pública de Nueva York, pero eso no quita para que te sientas en el centro del universo bibliotecario. Por eso lanzamos una promoción para que nos tengan en mente a la hora de las suscripciones del 2017:

 

  • si te suscribes para este 2017 obtendrás un 17% de descuento (50€ por suscripción anual) + 2 números gratis de la revista

 

Porque vivimos lo digital sin renunciar al placer del papel: incluye a Infobibliotecas entre los deseos para tu biblioteca en el próximo año.

 

Más información en: Quien habla de bibliotecas, termina hablando de todo

 

Posverdades bibliotecarias

 

En el recién finiquitado VIII Congreso de bibliotecas públicas sólo sonó una vez en el auditorio de Toledo; pero era algo casi inevitable que la palabra que el Diccionario Oxford ha elegido como palabra del año: estuviera presente de algún modo en el encuentro. Es el primer logro de Donald Trump, incluso antes de llegar a ser presidente, y ni siquiera lo ha inventado él: la posverdad (post-truth).

 

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Mark Zuckerberg ha anunciado siete medidas para evitar la proliferación de bulos en su red social

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El fantástico documental de Welles sobre el falsificador Elmyr de Hory: la mentira hecha arte.

 

Tan sólo hace dos posts hablábamos de Una verdad (bibliotecaria) incómoda, pero ahora recurrimos a la posverdad que es mucho más cómoda, confortable y acogedora para quienes estén dispuestos a aceptarla, y un infierno para el resto.

Nadie podrá negarle al del peluquín que pese a un look al que ni siquiera se le puede adherir lo de viejuno (su estética va más allá): ha sabido rentabilizar como nadie el espíritu que redes sociales y demás medios digitales han ido fraguando durante estos años pasados.

 

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La futura biblioteca presidencial del cuadragésimo primer presidente de los Estados Unidos

 

Pero no vamos a ponernos a analizar la figura de Trump. Inevitablemente es algo que va a ser omnipresente a partir de ahora; pero como es lógico sí que estaremos pendientes de lo que su irrupción va a suponer para el mundo bibliotecario. En Esta biblioteca mata fascistas nos reíamos pensando en una futura biblioteca presidencial Donald Trump, y la sonrisa se nos congeló en la boca. (¡ZAS! en toda la boca que dirían los millenials). Un primer indicio, una primera pista, nada sorprendente por otro lado, pero que hay que consignar: han sido las declaraciones de la periodista de la cadena FOX (que tanto ha hecho por aupar a Trump) Greta Van Susteren en las que sostenía que ya no es necesario construir más bibliotecas.

 

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La periodista de Fox entrevistando a la próxima primera dama de los Estados Unidos; rodeada de unos dorados que para sí quisieran en el programa Los Gipsy kings.

 

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El maravilloso Pinocchio de Winshluss, extraviado en un  mundo corrompido de mentiras.

Ok. Si no puedes con el enemigo no te unas a él: mejor estúdialo, detecta cuáles han sido las razones de su éxito y úsalas a tu favor. Si el brexit, Trump y tantos otros inquietantes movimientos han consagrado la posverdad, no nos resistamos a la corriente, aceptémosla sin complejos e inventémonos titulares machacones que saturen los medios.

Por ejemplo que por cada euro invertido en bibliotecas se da un retorno de la inversión de 3,49 euros a la sociedad; o que las bibliotecas ayudan a combatir las desigualdades y colaboran en la integración de colectivos con riesgos de exclusión; o que según recientes estudios científicos la lectura aumenta la esperanza de vida, además de reportar otros beneficios para nuestra salud.

Pero un momento…, la falta de pericia en esto nos está jugando una mala pasada. Todo lo enumerado no son posverdades, sino verdades a secas sin necesidad de prefijo alguno. Mejor ensayamos de nuevo a ver si atinamos más:

 

¿Qué tal lanzar la noticia (sustentada en el estudio de alguna universidad de exótico nombre) de que la concentración de pulpa en las bibliotecas genera una condensación atmosférica que contrarresta el cambio climático compensando la deforestación?

 

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Instantánea del montaje de una exposición del pintor hiperrealista Ran Ortner, centrada en el océano. Parece toda una metáfora de lo que le espera al medio ambiente si Trump cumple su negación del cambio climático. 

 

¿o que el hecho de que las víctimas de violencia de género vivan cerca de una biblioteca aminora el riesgo de ser agredidas por sus exparejas; o que la presión fiscal afecta en menor grado a ciudadanos de países con redes bibliotecas potentes; o que el flujo migratorio es absorbido positivamente por sociedades dotadas de buenos servicios bibliotecarios, evitando la radicalización de sus miembros?

 

Mejor no sigamos que a algunas de estas posverdades está a punto de caérseles el prefijo de lo bonitas que suenan. Muchas de ellas están basadas en los asuntos con que mejor han sabido manipular estos nuevos populismos versión 2.0. A aquellos que se resisten a crearse ideas propias y prefieren que otros piensen por ellos. ¿Hay que culparles? El mundo se ha vuelto demasiado complejo, para todos sin excepción, de ahí que la gente prefiera soluciones fáciles. Y quien esté libre de pecado que tire el primer tejuelo.

 

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¿Acaso el gremio bibliotecario no buscaba también respuestas sencillas ante el futuro de vértigo que acucia a sus instituciones? Otra cosa es que según la exigencia de cada uno se conformase con ellas. En un exceso de condensación se podría decir que las verdades poscongreso se resumen en una frase: la biblioteca debe reinventarse, y los bibliotecarios van en el lote. Pero eso ya se sabía. Es uno de esos mantras que llevan años repitiéndose. Lo interesante, lo práctico son los matices de esa reinvención. A saber, extrayendo sólo unos pocos fragmentos de las conclusiones nos encontramos con que:

  • la biblioteca debe mostrarse como un escaparate de las necesidades de las personas, interactuando con la ciudad en que se ubica
  • el espacio virtual es tan importante como el físico. No hay líneas divisorias entre ambos (¿biblioteca virtual o biblioteca física? ¿y qué más da?: biblioteca al fin y al cabo)
  • hay que generar comunidad para crear inteligencia colectiva
  • en las redes sociales es necesario otro contenido, otro lenguaje y otro tono para conectar con nuevos usuarios

 

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Uno de los famosos tuit de la etapa de Carlos Fernández en la Policía

 

Esta última conclusión viene a cuento del que se convirtió por derecho propio en el showman del Congreso 2016. El ex community manager de la Policía Nacional, actualmente en Iberdrola: Carlos Fernández Guerra. Su intervención fue el necesario revulsivo que puso un espejo en el que el gremio podía mirarse y reflexionar sobre las estrategias a adoptar.

Fernández Guerra hizo de la irreverencia y el cachondeo su primer arma para fabricar una imagen de marca que rompiera los estereotipos en torno al cuerpo de una institución tan seria como es la policía. Y ello le llevó al estrellato digital. ¿Están dispuestos (preparados) los bibliotecarios a entrar en ese juego? ¿no siguen atenazándoles un exceso de corrección política? ¿una visión de la biblioteca que cada vez se desvanece más a golpe de clic?

 

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Fernández Guerra recurrió en su charla al famoso selfie colectivo con Hilary Clinton para constatar cómo ha cambiado todo. Ahora la noticia no es el famoso, es el espectador. La protagonista ya no es la biblioteca, ni el bibliotecario: es siempre el usuario. Algo de lo que ya hablábamos en Egobiblio, narcisismo y bibliotecas en la era del selfie.

 

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La última adaptación cinematográfica de Jane Austen aborda con tino la eterna vigencia de la frivolidad.

Empecemos la cuenta atrás para darle contenido al concepto de Biblioteca canalla (no vamos a desvelar quien lo dijo, lo que pasa en los congresos entre canapé y canapé, se queda en los congresos): una biblioteca a la que aburre mortalmente lo de alta/baja cultura, una biblioteca que asume sin complejos la frivolidad en sus estrategias sin renunciar a nada, y sin que ello tenga que pasar forzosamente por los gatitos, y los powerpoints de paisajes con frases de Coelho. Porque la frivolidad bien entendida es uno de los más altos logros de la humanidad. Como ya se dijo en otro sitio:

Un síntoma de que una cultura ha alcanzado cierto grado de sofisticación intelectual, es el hecho de que pueda permitirse cultivar la frivolidad. La pregunta sería, ¿a partir de cuándo la dosis de frivolidad aconsejable se excede y tiene efectos secundarios?

 

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El arte de la mentira: posverdad política en la era de las redes sociales

Un gran poder conlleva una gran responsabilidad, ¿no? Pues a los bibliotecarios les corresponde demostrar su talla elevando el nivel de esa frivolidad en las redes, y aprovecharla para vender su “marca”.

La mejor manera de desactivar esa posverdad tal vez no sea como hemos sugerido al principio: creando posverdades bibliotecarias paralelas, sino practicando una ironía inclusiva, no agresiva, que desarme a tanto pobre ignorante. Para quien no lo sepa en este blog hasta creamos un hashtag ad hoc: #bibliotecasvstrolls, que ahora se podría customizar como #bibliotecasvsposverdad

Quizás así se vayan creando comunidades digitales o físicas (tanto monta, monta tanto) en las que las posverdades se desmoronen con sólo rozarlas. A las bibliotecas les corresponde buscar la genealogía de nuestro presente e ir suministrándola a través de las redes:

la verdad os hará libres, la posverdad os hará esclavos

 

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Miedo, el apocalipsis de la posverdad.

 

No es muy probable que ese hombre blanco, de mediana edad o anciano, con escasa formación académica y de tintes racistas, xenófobos y homófobos que ha hecho triunfar al brexit en Reino Unido, y a Trump en los Estados Unidos: se sintiera impelido por ese eslogan. Pero al menos se podría ir desmontando su mundo de referencias al recordarle que ese himno que entona tan virilmente emocionado en el estadio o el pub ante cada éxito de su equipo: procedía de un hombre que representaba lo opuesto al mundo al que quieren abocarnos con sus votos.

 

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Freddie Mercury triunfante sobre Lord Darth Vader: dominando el lado oscuro de la Fuerza.

 

Esta semana se cumplen 25 años de la muerte de Freddie Mercury. Y puestos a elegir himnos para encorajarnos ante estos tiempos inciertos no aspiramos a ser los campeones, preferimos con mucho lo que proclamaba el inigualable Freddie en su I want to break free.

El líder de Queen supo hacer de su capa un sayo desde el principio: ‘macho man’ e icono gay, estrella histriónica y tímido de manual. Su sombra se alarga sobre muchas de las estrellas actuales y se erige junto con Bowie, Prince o Cohen (¡que se acabe ya este 2016!): en ese tipo de figuras que han legado un sustrato cultural de tal impacto que hace inviable esa Edad Media digitalizada a la que algunos están empeñados en arrastrarnos. 

 

 

Matrix bibliotecario: entre el espacio físico y el virtual

A partir del próximo 16 de noviembre se celebrará el VIII Congreso Nacional de Bibliotecas Públicas en Toledo, y el tema central que se propone abordar no puede resultar más prometedor: espacios físicos, espacios virtuales.

Si hay algo que debatir y reflexionar en la biblioteca del siglo XXI: es sobre la creación de comunidades virtuales y el replanteamiento que ello supone para sus espacios físicos. Por mucho que los apocalípticos de cada momento anunciaran la muerte del papel ante la pujanza de lo digital: las noticias no hacen más que contradecirles (o al menos puntualizarles).

 

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Pero por otro lado, sólo hay que repasar las estadísticas de préstamo de bibliotecas para constatar que el préstamo de audiovisuales y grabaciones sonoras decayó desde el 2010 hasta 2014 en casi un millón y medio; y el de libros en cerca de medio millón. Sacar conclusiones apresuradas sobre el impacto de lo digital en esta merma puede ser precipitado sin tener en cuenta los graves recortes presupuestarios de estos años; pero qué duda cabe que las descargas de contenidos culturales, legales o ilegales, afectan a lo que ha sido uno de los servicios estrella en las bibliotecas.

 

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Para ir calentando motores, de cara a las futuras conclusiones de congreso: es interesante atender cómo este debate está calando en medios ajenos a la profesión. Recientemente en la veterana revista estadounidense The Atlantic, se publicó un artículo
bajo el título How Libraries Are Becoming Modern Makerspaces (Cómo las bibliotecas están llegando a ser makerspaces), que da una panorámica a tener en cuenta sobre la situación en las bibliotecas norteamericanas.

La autora del artículo, Debora Fallows, destaca las palabras que el director del Centro para el futuro de las bibliotecas de la ALA pronunció sobre los makerspaces:

“expanden la misión de las bibliotecas como lugares donde la gente no solo consume conocimiento, sino que crea nuevo conocimiento”

 

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Futuros americanos: reinvención y resiliencia a través de la nación. Pilotado por James Fallows con Deborah Fallows

 

Debora está casada con el escritor James Fallows, y ambos están inmersos en el proyecto American Futures. Con este proyecto que arranca en 2013, la pareja está viajando a bordo de una avioneta por todo el país para visitar numerosas ciudades. Su objetivo es comprobar cómo los estadounidenses están afrontando las oportunidades económicas, ambientales y tecnológicas que plantea el nuevo siglo. Debora concretamente en este artículo constata hasta qué punto la creación de makerspaces o Fab Lab ha ido extendiéndose desde el 2011.

La biblioteca pionera en crear un makerspace fue la Fayetteville Free Library en Nueva York. Todo arrancó a raíz de la sugerencia de una estudiante de Biblioteconomía de la Universidad de Siracusa, que le propuso a Sue Considine, directora de la biblioteca: la instalación de una impresora 3D. A partir de ahí el equipo del centro se implicó en la creación del primer makerspace, que cinco años después incluye: un Creation Lab para adolescentes y preadolescentes, y un Little Makers para niños.

 

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El maravilloso cartel diseñado por Saul Bass para Anatomía de un asesinato de Otto Preminger; pero también serviría para Asesinato de la Biblioteconomía

 

Laura se había inspirado en artículos como Killing Librarianship (literalmente: Asesinando la Biblioteconomía) un artículo de su profesor David Lankes de la Universidad de Siracusa. El killing (asesinando) que el profesor adopta, es la acepción propia del argot callejero, con el sentido de “pensar a lo grande” asesinando lo que nos estorba. Y en la biblioteca pública del siglo XXI lo único que estorba es el inmovilismo mental.

Aunque el proyecto American Futures para el que viaja Debora Fallows, abarca todos los estados: las experiencias que nos relata en el artículo fueron de lo más cercanas. Los Fallows viven en Washington, y fue en dos bibliotecas del sistema público de la capital estadounidense; donde Fallows comprobó en primera persona las posibilidades de la creación de makerspaces.

a7cd6b85dEn la biblioteca insignia de la red de la ciudad, la Memorial Library Martin Luther King disponen de hasta ocho impresoras 3D (bautizadas con nombres de actores como Kevin Spacey, o simplemente María, por la robot protagonista del clásico Metropolis de Fritz Lang); una máquina de fresado para hacer prototipos en madera, plástico o aluminio; un cortador láser capaz de grabar metales, y cortar cartón, madera e incluso calabazas (nos podemos imaginar lo solicitada que estará en Halloween); y un amplio conjunto de herramientas de todo tipo que transforman a la biblioteca en una auténtico taller para la comunidad.

Aunque la experiencia más interesante, por distinta, es la residencia para artistas, fabricantes o diseñadores que ofrece la biblioteca. Dotado con 25.000 dólares, este programa de residencia para creadores de la Library Foundation incluye los gastos para material, difusión y viajes. Los residentes tienen que desarrollar talleres para los usuarios de las bibliotecas de la red.

Los primeros beneficiarios de esta residencia han sido los artistas locales Billy Friebele y Mike Iacovone. El discurso creativo de este dúo de artistas se centra mucho en la reflexión desde la imagen sobre el espacio urbano. En 2010, su obra Free Space consistía en un mapa enorme de la ciudad que había sido “vaciado” dejándolo en blanco: para luego ir cubriéndolo con las fotos de zonas de la ciudad que les enviaban vecinos y residentes. Las fotografías se fueron superponiendo hasta conformar el mapa en relieve de la geografía social de Washington.

 

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Una de las obras de Mike Iacovone con Washington como protagonista

 

En la residencia que ahora desarrollan en la Memorial Library Martin Luther King (en cuyo vestíbulo se expuso su mapa en relieve), retoman en cierto modo su obra Free Space pero ahora añadiendo la impresión 3-D, y a los usuarios de la biblioteca. Los artistas quieren involucrar a las personas en sus espacios públicos a través del arte. Para ello organizan talleres en la biblioteca con nombres como Walking as drawing (Camina como dibujas, que recuerda al post sobre los walking readers de hace unas semanas), en el que los usuarios de la biblioteca participan en la creación de una obra de arte colectiva.

El proyecto consistía en que los participantes caminaran durante 45 minutos por espacios públicos, empezando y terminando su paseo en la biblioteca. Cada uno trazaría su recorrido, bien con una aplicación en el móvil, o directamente en un mapa impreso: para que posteriormente Friebele y Iacovone los trazasen sobre un plano de la ciudad, y los recreasen en 3D.

 

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Los itinerarios del taller Walking as Drawing superpuestos en 3D

 

El resultado del taller se concreta en esas recreaciones en 3D. Pero más allá de esa representación visible de la experiencia: lo que consiguen con esa propuesta es hacer que los participantes perciban los espacios urbanos de una forma diferente. Se trata de mirar tu entorno con una nueva mirada, abrir bien los ojos y oídos, reconsiderar el espacio que ocupas (tal como deben hacer los bibliotecarios), y ser más consciente de cuanto nos rodea.

 

Las experiencias que Debora Fallows relata en su artículo, sitúan perfectamente las coordenadas en las que están abocadas a moverse las bibliotecas a partir de ahora: entre lo real y lo virtual. Remodelando sus espacios y servicios presenciales, al tiempo que incrementan su oferta de contenidos digitales. En el siglo XX, si no tenías dinero para comprar todos los libros que querías leer, no por ello tenías que robarlos, bastaba con tener el carné de biblioteca. ¿Por qué ha de ser diferente ahora si la biblioteca te ofreciera lecturas, cine y música en el propio domicilio sin necesidad de descargas ilegales?

Como contrapartida, la biblioteca como continente deberá abrirse a usos insospechados hasta ahora; convertirse en la alternativa a lo virtual. En ese contexto, los bibliotecarios serán como los rebeldes que se infiltraban en el sistema Matrix, en la trilogía de los hermanos Wachowski: capitanes de naves al rescate de los que corren el riesgo de perderse en un mundo ilusorio que confunden con la realidad.

 

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Las grandes fiestas de la cultura en 2016

Este año que acabamos de estrenar viene cargado de eventos y celebraciones culturales. Sí amigos, más allá del panorama más que intenso que nos regalan cada día los informativos, hay vida, y la cultura en 2016 nos dará mucha. Ya sabéis que se cumplen 400 años de la muerte de los dos más grandes de la literatura -Cervantes y Shakespeare- pero, además, habrá muchas otras conmemoraciones literarias, exposiciones de arte de altura y una capitalidad cultural europea ostentada por la bella e incomparable San Sebastián-Donostia. Vamos a picotear en forma de ruta de pintxos por estos eventos culturales por si os inspiran acciones en la biblioteca.

El bardo y el manco

No es necesario esperar ni un segundo para empezar a disfrutar de las actividades que se organizarán este año en torno a Cervantes, porque algunas ya están en marcha. Desde mediados de diciembre y hasta el 1 de mayo en la sede central del Instituto Cervantes, en Madrid, puede visitarse la exposición “Miguel de Cervantes o el deseo de vivir”. La componen fotografías de José Manuel Navia -uno de nuestros mejores fotógrafos y un apasionado de la literatura- que recorren los lugares que fueron testigos de la azarosa vida del Manco: Lepanto, Argel, Orán Lisboa, Nápoles, Sicilia, Alcalá de Henares, Madrid, Toledo, La Mancha, Barcelona… Durante el año, la exposición viajará por otras ciudades españolas y por sedes del Instituto Cervantes en el exterior.

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Fotografía: (C) Jose Manuel Navia.

También muy pronto, desde esta misma semana, podéis asistir en el Museo Casa Cervantes de Valladolid al ciclo de conferencias “En torno a Cervantes”, en el que se repasará el personaje y el mito del escritor, El Quijote y sus múltiples lecturas.

En la Biblioteca Nacional de España, depositaria de la mejor colección cervantina existente en el mundo, se centrarán este año en tres proyectos:

  • La catalogación y digitalización de esa colección para incorporarlo a la Biblioteca Digital Hispánica, la creación del Portal Quijotes y la realización de una nueva versión del Quijote interactivo.
  • La exposición “Miguel de Cervantes: de la vida al mito”, que revisa la figura de Miguel de Cervantes y su conversión en un símbolo de la cultura y de la lengua española.
  • La Semana del Libro 2016 en el mes de abril, con una programación especial en la que coincidirán exposiciones sobre Cervantes, Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega, para reunir las celebraciones de las letras hispánicas y universales.

Y hablando de celebraciones conjuntas, el Hay Festival, Acción Cultural Española (AC/E) y el British Council organizan un proyecto para revisar la influencia de Cervantes y Shakespeare en la literatura universal. Para ello, han seleccionado doce escritores contemporáneos que preparan sendos textos originales e inéditos en homenaje al Manco y al Bardo. Seis de esos autores son británicos y tendrán como referencia a Cervantes, y seis serán españoles y se inspirarán en Shakespeare. Estos relatos se lanzarán a finales de abril en una web biblingüe español-inglés y en libros impresos. Habrá también presentaciones en el Hay Festival de Gales, de Segovia y en otros hispanos.

Más conmemoraciones literarias

216_cultura_cela_conmadreEste año también será el año de Camilo José Cela. Se celebra el centenario de su nacimiento (11 de mayo) en iria Flavia, en Padrón (A Coruña). Adjuntamos foto de su infancia en el regazo de su madre para demostrar con hechos que, efectivamente, alguna vez fue un bebé. No parece haber, por el momento, un programa cerrado de actividades para celebrar al Nobel, pero desde la Fundación Pública que lleva su nombre y encabeza su hijo, dicen que trabajan en una nueva edición de “La Colmena”, que incluye párrafos eliminados por su padre por miedo a la censura, y los que ésta suprimió por su alto contenido sexual. Además, tienen idea, según Camilo José Cela Conde, de recuperar toda la obra del escritor, incluidas las notas de sus viajes.

Por su parte, en la Diputación de Guadalajara planean aprovechar la ocasión para relanzar el turismo de la provincia a propósito del “Viaje a la Alcarria” de Cela, y, aunque tampoco hay un programa concreto, han hablado de organizar conferencias, exposiciones, edición de libros, concursos escolares, la remodelación del Museo del Viaje a la Alcarria en el castillo de Torija e incluso la realización del mismo Viaje a la Alcarria del 6 al 15 de junio.

En todo caso, para seguir las actividades que se vayan organizando, nada mejor que seguir la web de la Fundación de Cela. Para recordarlo, en RNE podéis descargaros el podcast de un estupendo programa homenaje al Nobel, con toda la magia, casi olvidada, de la radio.

Entre los maestros de la literatura que se recordarán en 2016 destacan otro gallego, el gran Valle-Inclán, del que se cumplen 150 años de su nacimiento (28 de octubre); el irlandés James Joyce del que murió en Zurich hace 75 años este 13 de enero; y el galés Roald Dahl, que nació un 13 de septiembre de hace 100 años.

Fuera de la literatura, nos ponemos mucho más internacionales y más “pop” para recordar que en septiembre se celebrarán los 50 años de la emisión del primer episodio de “Star Treck”. Al principio no tuvo un éxito arrollador, pero ahí sigue, con legión de seguidores, y en este 2016 se estrenará una nueva producción cinematográfica de la saga, “Star Treck: más allá”, para todos esos galácticos que sobrevivan al tsunami “Star Wars”. Por cierto, el 15 de diciembre hará también medio siglo de la muerte de Walt Disney, el creador de ese otro imperio al que George Lucas vendió la saga de “Star Wars” por 4.000 millones de dólares de nada. Y ahora va y se queja de que no le gusta lo que han hecho en la última peli…Star Trek

De pintxos culturales por Donosti

Pero pasemos a temas más enriquecedores. El 20 de enero, coincidiendo con su tamborrada, San Sebastián-Donostia dará su pistoletazo de salida (o, mejor dicho, su redoble de partida) a la capitalidad cultural europea. Del 20 al 24 de enero tendrán lugar más de setenta iniciativas organizadas por medio centenar de agentes y espacios culturales para inaugurar la capitalidad, con un acto central el 23 de enero sobre el puente de Maria Cristina -un espectáculo diseñado por Hansel Cereza, ex de la Fura dels Baus– y la inauguración de la exposición 1966 | Gaur Konstelazionak |  2016, que revisa la irrupción del Grupo Gaur en los años sesenta, con obras de Oteiza y Chillida, entre otros.

El lema de la capitalidad es “Cultura para convivir” porque con las actividades que se desarrollarán durante todo el año, la ciudad pretende promover valores que favorezcan el desarrollo del pensamiento crítico y la aceptación del otro/otra, después de años de violencia. Por eso, entre los proyectos más destacados está “Tratado de paz”, un recorrido sobre las representaciones de la paz en la historia del arte, y “Chejov vs. Shakespeare”, una iniciativa en la que autores europeos intercambiarán cartas sobre la literatura, los conflictos y el papel de los escritores.

También destacan la celebración de la Cumbre Europea de la Diversidad Lingüística; proyectos como la Time Machine Soup, que promete un viaje en el tiempo a lo largo de la historia de Europa… con la sopa como elemento conductor (sic); el concierto con más músicos tocando simultáneamente celebrado jamás en Europa (serán miles); y, por supuesto, actividades relacionadas con los centenarios de la muerte de Shakespeare y Cervantes.

Acabamos así como comenzamos este post, con los más grandes. ¡Feliz año lleno de cultura en 2016!

Anuario de Estadísticas Culturales 2015: el diablo está en las cifras

El Ministerio de Educación, Cultura y Deporte acaba de publicar este mes el Anuario de Estadísticas Culturales 2015 que reúne una selección de los datos más relevantes del sector de la cultura en España tomados de diferentes fuentes estadísticas. En él se puede encontrar desde información sobre el empleo y el gasto público en cultura, hasta los datos sobre el impacto de la cultura en la economía nacional, pasando por la recaudación en concepto de propiedad intelectual, hábitos culturales y un buen repaso a diferentes sectores, como las artes musicales y escénicas, “los asuntos taurinos” (así de eufemísticamente los denominan), y por supuesto, los archivos y bibliotecas. Repasaremos aquí algunos de los datos económicos que nos parecen más destacados, ¡ya veréis cómo nos lo vamos a pasar! Porque, parafraseando la expresión anglosajona, “el diablo están en las cifras”.

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Gasto público y PIB

Es de lo más entretenido estudiar, aunque sólo sea ligeramente, los datos en gasto público en cultura porque son la prueba de cargo– en lenguaje Perry Mason- de lo que de verdad se está haciendo desde las instituciones con la cultura, lo que interesa y lo que no. Para empezar nos encontramos con que los últimos datos cerrados con las cifras aportadas por todas las Administraciones corresponden a 2013: en ese año, el Estado gastó 630 millones de euros en cultura, las Comunidades Autónomas 1.071 millones y las Administraciones Locales (excluidas las de Navarra y el País Vaso, de las que no hay datos) 2.300 millones de euros.

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Pero lo interesante es poner esas cifras en contexto. En relación al gasto total de estas Administraciones, los porcentajes dan pena: el gasto en cultura por parte del Estado supone un 0,22% de sus gastos totales, y en las CC.AA es del 0,62%. En relación al PIB, esos pocos millones gastados en cultura representan unos ridículos 0,06% en 2013 y 0,07 en 2012 del PIB en el caso del gasto estatal, y, algo más, un 0,12 en 2012 y 0,10% en 2013 en el autonómico. El escándalo es ya total cuando se compara ese gasto público con lo que las actividades culturales aportan al PIB nacional: en 2012 fueron algo más de 26.000 millones de euros, o, lo que es lo mismo, un 2,5% del PIB. Está claro que se rentabilizan, pero que muy bien, las migajas que se gastan en cultura.

También podemos entretenernos con unas cuantas reglas de tres, comparando cómo se ha ido hundiendo el gasto en el tiempo: a nivel estatal, por ejemplo, ha caído desde los 1.135 millones de euros de 2009 hasta los 679 millones en 2014, un descenso del 34%, aunque es verdad que al pasado año el gasto aumentó ligeramente respecto a los 630 millones de 2013, un 7,7% para ser exactos.

Lo que se llevan las bibliotecas

Precisamente el último desglose del gasto estatal entre diferentes sectores culturales que ofrece el Anuario es del año 2013. Así, vemos que de esos 630 millones que invirtió el Estado, solo 43,7 fueron a parar a las bibliotecas (un 6,9% del total). Una inversión que no llega ni a la mitad de lo que se gastó, por ejemplo, en difusión cultural en el exterior del país, 93,7 millones de euros, es decir, un 14,8% del gasto total. Este dato por sí mismo dice mucho, pero si se compara además con lo que se invierte en patrimonio histórico y artístico está claro que el objetivo principal de los presupuestos de cultura del Estado es alimentar la máquina turística.

En el terreno del gasto autonómico, la situación es algo mejor, pero tampoco se vienen arriba. El gasto en bibliotecas en 2013 fue de 102,6 millones de euros, un 9,5% del gasto total de las CC.AA en cultura. Eso sí, el desequilibrio no es tan grande como en el ámbito estatal, porque aquí está el gasto más repartido entre diferentes sectores y actividades. Diez millones arriba o abajo, las bibliotecas están al nivel de lo que reciben los monumentos históricos, los museos, el teatro y las actividades de promoción y cooperación cultural. Algo es algo.

En las Administraciones Locales, la inversión en bibliotecas fue en 2013 de 264,7 millones de euros, un 11,5 % del gasto total en cultura. Aquí, comparando con otras partidas, se ve claramente que es una de las responsabilidades principales de Ayuntamientos, Diputaciones, Consejos y Cabildos, en materia de cultura. La partida para bibliotecas solo se ve superada por las dedicadas a fiestas populares (433,6 millones de euros) y por las dedicadas a promoción cultural y administración general de Cultura, que superan cada una de ellas -con holgura- los 500 millones de euros.

AnuarioCultura2015_bibliotecasPor la demás, las estadísticas que refleja el anuario respecto de las bibliotecas no son nada nuevo: se remontan a 2012, año en el que se registraban 6,835 bibliotecas en todo el país (14,6 bibliotecas por cada 100.000 habitantes), de las que el 61,6% son públicas, el 30,5% especializadas y el 4,2% son bibliotecas universitarias. Los usuarios inscritos en ese año alcanzaban los 20,4 millones de personas, y el número de visitas fue de 216,4 millones.

Os animamos a que os entretengáis un rato mirando y comparando cifras, porque seguro que nos aportan más de un argumento para defender la cultura y las bibliotecas. La intención declarada del Anuario de Estadísticas Culturales -que ya va por su undécima edición- es servir como “instrumento para conocer mejor el valor social de la cultura y su carácter como fuente generadora de riqueza y de desarrollo económico en la sociedad española”.

Ahora solo falta que los responsables de decidir presupuestos públicos tomen buena nota del valor de la cultura, y lo demuestren con hechos.