Una verdad (bibliotecaria) incómoda

 

No aspiramos a emular el documental sobre la lucha de Al Gore contra el cambio climático del que tomamos prestado el título. No es comparable. El medio bibliotecario no es equiparable al desastre medioambiental; por mucho que la especie bibliotecaria sea incluida en la lista de las llamadas a extinguirse por el impacto del meteorito digital. Pero no por eso deja de resultarnos una verdad incómoda de la que preferiríamos no tener que hablar, pero como decía la gran Chus Lampreave interpretando a una portera: sólo podemos decir la verdad, solo la verdad y nada más que la verdad.

 

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El extraño mundo del futuro: el día en que los bibliotecarios desaparecieron

 

Los artículos, estudios, estadísticas e informes varios sobre el futuro del profesional de la información llevan varios años siendo un debate habitual en los medios especializados. Lo más reciente la XVIII Jornada de Gestión de la Información organizado por SEDIC en la Biblioteca Nacional, centrada en Empleo y desarrollo profesional de los profesionales de la información.

Tras la irrupción de las nuevas tecnologías ningún gremio ha quedado indemne. ¿Quién podría pensar que hasta los taxistas verían amenazada su supervivencia por lo digital? Pero de nada sirve enterrar la cabeza cual avestruz entre CDU, Reglas de catalogación y Encabezamientos de materia: si una especie no se adapta se cumplirá la inexorable ley de la evolución, y desaparecerá. Palabra de Darwin, te alabamos Señor.

 

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El sufijo -teca ha demostrado su capacidad de supervivencia sobradamente, se va acoplando a cada nuevo formato (biblioteca, videoteca, comicteca, fonoteca, ludoteca…) sin periodo alguno de adaptación. Pero la raíz biblio- es posible que termine cuestionada, sustituida, anulada cuando de lo que se trata es de instituciones que fomentan no ya la lectura, sino la cultura. En cualquier caso, la llamen como la llamen, lo que se entiende hoy día como biblioteca, de un modo u otro, es muy posible que sobreviva, pero su fauna autóctona no lo tiene nada claro.

 

ereader_retro_01¿Y si los bibliotecarios fueran simples máquinas portadoras del gen de la cultura? Tal y como sostiene Richard Dawkins en su revolucionario ensayo El gen egoista, los seres humanos no somos más que un medio de transporte para las auténticas estrellas de la evolución: los genes, que nos usan y desechan sin miramientos. Stephen Hawking se sumaba desde otro prisma recientemente para incidir en lo prescindibles que somos en esto de la evolución. Según el científico más pop (con permiso de Einstein, y el últimamente reivindicado Tesla): el desarrollo de la Inteligencia Artificial puede terminar por desechar el factor humano.

 

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La evolución del bibliotecario: del primate al amanuense pasando por la bibliotecaria con moño y gafas hasta llegar al profesional de la información.

 

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Smart monkey, el delicioso cómic mudo sobre la teoría de la evolución

¿Por qué han de ser diferentes los bibliotecarios? Si atendemos al listado de nuevas aptitudes que se les exigen en la era digital tenemos para aburrirnos: community manager, social media manager, animadores socioculturales, expertos en tecnologías varias, monitores en makerspaces, dinamizadores de clubes de lectura, especialistas en marketing de contenidos, creadores de narrativas transmedias, formadores en nuevas tecnologías, asistentes sociales…, todo ello sin descuidar ninguna de sus atribuciones anteriores. Si a esto unimos el envejecimiento del funcionariado que estos años de crisis (con la ausencia de ofertas de empleo público y el cese de miles de interinos) podría dar lugar a una gentrificación de las bibliotecas, y en un país en el que no se considera a la cultura con la suficiente entidad para tener un ministerio propio:

 

¿no sería más sencillo contratar directamente especialistas en cada uno de estos campos y prescindir de los bibliotecarios?

 

Una vez soltado el anatema, vamos a conjurarlo centrándonos en datos concretos que arrojen algo de esperanza.

Según la web Qué estudiar y dónde en la Universidad del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, tres son las universidades cuyos titulados en Información y Documentación presentan las mejores tasas de inserción laboral. La primera, la Universidad de Barcelona con un 70% a nivel de Grado, y un 83% a nivel de Máster, le siguen la Universidad Carlos III de Madrid, y la Universidad de Valencia. A tenor de estos datos, nos decidimos a espantar a la bicha de la mejor manera posible: llamando a la Facultad de Biblioteconomía y Documentación de la primera universidad del ranking y pidiéndoles que nos contaran cómo percibían ellos el panorama. Y tuvimos mucha suerte porque dimos con dos estupendas profesionales.

 

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Por un lado Pilar Gené, responsable de la Secretaría de Estudiantes y Docencia, nos confirmó que el número de nuevas matrículas en este 2016 ha sido de 52, nueve menos que el año pasado. Según Gené, el número de matriculados se mantiene estable durante los últimos años, y el repunte hasta los 61 del 2015 pudo deberse al hecho de que se celebró el centenario de la Facultad, lo cual probablemente atrajo a más estudiantes el año pasado.

Por su parte, la jefa de estudios del Grado en Información y Documentación, Marina Salse nos ofreció una panorámica de primera mano de lo más interesante. Salse sostiene que siempre se va a necesitar un gestor de la información tanto en bibliotecas, centros de documentación o archivos, como en empresas, y nos lo demostró con ejemplos prácticos. En las jornadas sobre salidas profesionales que organiza de forma conjunta con los profesores de la asignatura Introducción a los Sistemas de Información y Documentación. nos destacó dos casos que le resultaron especialmente motivadores:

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  • la companía Aviation island, ofrece servicios tecnológicos para líneas aéreas, su plantilla está integrada en gran parte por graduados en Información y Documentación (alrededor de unos 9 procedentes de la Facultad barcelonesa y el resto de la Universidad de Zaragoza). Un claro ejemplo de una empresa que conoce el potencial de los profesionales de la información y el juego que pueden dar por su perfil formativo dentro del ámbito empresarial.
  • otro ejemplo llamativo fue el de una graduada en la Facultad que actualmente desarrolla funciones relacionadas con la ciberseguridad en otra empresa del ramo.

Un alivio comprobar que los estudios formativos sí han sabido adaptarse a los requerimientos del mercado laboral, y que el perfil tan plural del profesional de la información va abriéndose a nuevos caminos. Pero tanto en la Universidad de Barcelona como en la de Granada (gracias en esta última a la información proporcionada por Luis Gerardo Fernández), que fueron las que amablemente nos atendieron y proporcionaron datos: coincidieron en el desconocimiento de los nuevos estudiantes respecto al contenido de los grados en Información y Documentación.

 

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Ilustración de los años 50 sobre cómo sería la educación en el futuro. No andaban tan desencaminados, cuando los webinars y MOOC están cuestionando también la supervivencia de las universidades como centros formativos. Que aquí nadie se salva.

 

Si bien en la Universidad de Granada el número de nuevas matriculaciones se mantiene estable en los últimos años (entre 50 a 60) nos manifestaron que la mayoría de estudiantes optan por la carrera, y una vez iniciada, les gusta: pero antes de elegirla no tienen ideas claras sobre en qué consiste exactamente. Vamos igualito que pasa cuando se trata de vender lo que puede dar de sí una biblioteca en el siglo XXI a la mayoría de responsables políticos.

La necesidad de un mensaje claro y definitorio que permita vender a la primera en qué consiste exactamente eso de ‘profesional de la información’ sigue pendiente. Los datos proporcionados por estas dos universidades al menos nos permiten ver la luz al final del túnel (símil desafortunado donde los haya).

LOS BIBLIOTECARIOS HAN MUERTO ¡¡¡VIVAN LOS BIBLIOTECARIOS!!!

Pero que vivan aquellos que arriesgan, aquellos que dentro de sus posibilidades siguen luchando por innovar, aquellos que no se dejan funcionarizar (en el sentido despectivo, e injusto, que arrastra el término funcionarizar). El concepto de biblioteca gentrificada a punto de ser formulado en uno, dos, tres: pero no por elitismo o aristocratización, sino por la peor acepción de este término inglés que también hemos importado.

 

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La biblioteca del futuro vista desde la década de los 50 del pasado siglo.

 

Gentrificación como sinónimo de aburguesamiento intelectual, cultural, laboral; como síntoma de pereza mental. Para los que favorezcan esa gentrificación bibliotecaria (que los hay) ni un mísero responso por su desaparición. Después de todo puede que los bibliotecarios sean como las ratas y las cucarachas y ni una deflagración atómica, ni siquiera los devastadores efectos del desastre medioambiental que denunciaba Al Gore: sean capaces de extinguirlos.

Por el momento nos vamos con un cierre energético. El monólogo inicial de la película Trainspotting está volviendo a la actualidad a consecuencia del inminente estreno de la segunda parte. Los heroinómanos encabezados por Ewan McGregor 20 años después: eso sí que es supervivencia. Precisamente en 1996 que es cuando se estrenó la primera, las universidades españolas estaban abriendo escuelas de Biblioteconomía y Documentación a lo largo y ancho del país.

 

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Trainspotting veinte años después

 

Es de suponer que más de uno de los jóvenes que entonces estudiaban la carrera, y ahora ocupan puestos en la plantillas de muchas bibliotecas, se identificaron con el discurso antiburgués que declamaba McGregor en el arranque de la historia. Obviando la parte en que revela su decisión de no elegir la vida, de refugiarse en la heroína, y quedándose con el inconformismo del discurso, y con esa lujuria por la vida (por la cultura) que canta por debajo Iggy Pop. Y desde ahí, posicionarse ante los retos que les exigía la vida adulta en plena crisis de los 90.

Pues bien, si vamos a espantar esa sombra de gentrificación, ese anquilosamiento en el que esperemos que ninguno de aquellos jóvenes hayan caído en su madurez, no está de más cerrar recordándolo. Lust for life, lust for culture, lust for libraries.

 

 

Acróbatas del tejuelo: libertad de expresión en bibliotecas

 

Este artículo está basado en hechos reales.
Los nombres propios y localizaciones han sido
convenientemente omitidos para respetar la
privacidad de las personas e instituciones
implicadas en los hechos que aquí se narran.

 

En los Estados Unidos (que nadie se preocupe, no nos vamos a ir tan lejos para hablar de bibliotecas, nos vamos a quedar mucho más cerca) es ya un clásico lo de publicar el listado de obras censuradas por diversas razones en las bibliotecas públicas. La ALA publica el listado en el blog Intellectual Freedom.

 

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En nuestro país no exista tal costumbre, pese a tener menos recorrido democrático tenemos tan interiorizado lo de la libertad de expresión que ese listado sería impensable. En España la pluralidad de ideas, de expresiones artísticas, de discursos es respetada en todos los ámbitos, y todavía mucho más en las bibliotecas… Pero mejor nos centramos un poco, que la deriva hacia la fantasía de este artículo es preocupante, máxime cuando acaba de arrancar prometiendo basarse en hechos reales cual telefilme de sobremesa en Antena 3.

 

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Es posible que algún profesional del gremio pudiera narrar alguna sugerencia velada (o sin velo alguno) a la hora de seleccionar obras para su biblioteca, diseñar actividades o distribuir sus exiguos presupuestos para beneficiar a algún literato afín al político de turno. Pero en cualquier caso, sin duda, sería la excepción que confirmaría la regla. No hablamos de Estados Unidos, ni vamos a hablar de nuestros políticos: la peor censura, la más dañina, la que provoca que luego vengan todas las demás, la que puede constreñir el libre ejercicio del criterio bibliotecario hasta estrangularlo es la dictadura del cliente, del usuario, del ciudadano.

 

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Sí, ese ser al que tanto se mima, se estudia, se aspira a satisfacer. Una de cal y otra de arena. Si otras veces hemos defendido que hay que “dejarse hacer”, “dejarse intervenir” por los ciudadanos; aquí vamos a hablar de los límites de ese intervencionismo. Y cumpliendo con lo prometido nada mejor que unos cuantos hechos reales para ilustrarlo [radar cotilla bibliotecario en modo ON]:

 

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Hace unos años en la revista de la biblioteca X, se publicó un artículo que, a modo de cenefa, se decoraba con las estupendas tiras que sobre la historia de la humanidad dibujó el genial Milo Manara, y que anteceden a este párrafo. Pese a que el tamaño de las mismas era ciertamente pequeño, una usuaria las escudriñó con detalle; y una vez hecho,  denunció a la biblioteca ante el Instituto de la Mujer por haberlas publicado. El motivo esgrimido era que en la crónica histórica dibujada del artista italiano se incluían hechos denigrantes hacia las mujeres como violencia sexual.

Se desconoce los conocimientos en historia de la ciudadana ofendida, pero se empieza así y se termina como ciertos regímenes totalitarios: purgando personajes caídos en desgracia de las fotografías de los próceres de la patria. Afortunadamente la denuncia en cuestión no prosperó pese a que se abriera una investigación.

 

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La de maravillas que habrían hecho en la época de Stalin de haber existido el Photoshop. En la segunda imagen hasta parece más esbelto, y es que una buena purga siempre viene bien.

 

En junio 2014 el blog de la biblioteca Y publicaba un post a cuenta de la plataforma Mecenable, la prometedora plataforma de crowdfunding para financiar proyectos en bibliotecas. Pues bien, en dicho post se aprovechaba para reflexionar sobre la conveniencia de que la iniciativa privada colaborase con lo público. El post, y la reacción de unos pocos usuarios (todo hay que decirlo) a través de las redes fueron de lo más ofendidas.

Según clamaban era indignante e intolerable que en el blog de una institución pública se insinuara siquiera la posible colaboración con el sector privado, plantear algo así suponía abrir las puertas a la consiguiente privatización de los servicios culturales. La ponderación a la hora de sopesar pros y contras a que aspiraba el post en cuestión no era un elemento a considerar, era necesario zanjar desde el principio ninguna posibilidad de debate o reflexión al respecto. Una vez más la mesura se impuso en otros tantos usuarios que sin dejarse llevar por la encendida soflama contra un simple post, compartieron sus opiniones a favor y en contra sobre el tema en cuestión.

 

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En la biblioteca W se programó una actividad con salones de belleza de la ciudad en la que se ubica. Dicha actividad consistía en crear pequeñas bibliotecas en peluquerías del centro, y dentro de la prcartel-sesion-maquillaje-kela-y-colasrecortadaogramación se incluyó una sesión de maquillaje y peluquería en la propia biblioteca.

La sorpresa para los usuarios que, además de llevarse como regalo un libro con un título tan apropiado como Las guapas deben morir, salían maqueados, peinados y maquillados de la biblioteca: resultó de lo más divertida y original.

Pero nada comparable con la sorpresa que recibieron días después en la biblioteca al presentarse dos inspectores de industria con una denuncia por, supuestamente, estar ofreciendo servicios gratuitos de peluquería y belleza en los sótanos del centro.

Una vez disipado lo absurdo de la denuncia en cuestión, la idea de tener peluquerías clandestinas en los sótanos de una biblioteca, es un argumento que alguien debería retomar para alguna película. El género podría ser entre la comedia y la ciencia ficción.

 

 

En la biblioteca Z se expuso en su sección de cómics un panel de una exposición que hacía un recorrido a la historia del noveno arte. Nada hacía pensar que ninguno de los paneles expuestos pudiera provocar problema alguno, pero nunca se debe subestimar la capacidad del público para sorprenderte. En un panel bajo el título España, viñeta blanca de mi esperanza se recurría a lo que ya es más que un lugar común: definir a la dictadura franquista como una época grisácea y triste. Pues bien, un ciudadano presentó sus quejas por haber descrito de este modo a un tiempo histórico que él recordaba con añoranza, y en el que las cosas le fueron muy bien.

 

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[radar cotilla bibliotecario en modo OFF] En un servicio público que atiende a un público tan heterogéneo y amplio como es una biblioteca, este tipo de cosas pueden pasar, y pasan. Pero más allá de la anécdota (no dejan de ser hechos puntuales) lo que se puede interpretar de ellos es algo más preocupante y peliagudo. La deriva populista del discurso público está teniendo consecuencias, y no distingue entre izquierdas, derechas, ni centro. La versión 3.0 del populismo de las folclóricas del siglo XX, el “me debo a mi público”, el “España no echarme” de los realities de Telecinco, convertido en instrumento de decisión en el XXI.

Y que no se malinterprete, salvo probablemente el señor nostálgico de esa España, viñeta blanca de nuestra esperanza: la mayoría (o eso queremos pensar) estamos a favor de una democracia participativa, en la que la voz de los ciudadanos sea tenida en cuenta más allá de votar cada cuatro años (perdón, que eso era antes, ahora se vota cada pocos meses). Pero ¿qué consecuencias puede tener una delegación absoluta de la capacidad de tomar decisiones en los ciudadanos?

Los excesos de lo políticamente correcto pueden tener consecuencias nefastas. Y no estamos hablando de brexit, ni decisiones políticas en todos los ámbitos: no aspiramos a tanto, nos conformamos con centrarnos en los efectos de este afán consultivo y participativo sin fin en cuestiones de índole cultural.

 

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Infografía de la ALA sobre cuáles son los motivos más habituales para la prohibición de libros

 

En varias comunidades autónomas se ha legislado para acabar con todo tipo de discriminación del colectivo LGTBI. Sin duda algo encomiable y necesario. En el caso de la mayoría de bibliotecas públicas, esta lucha está superada. Si hay una institución sensible a todos los colectivos esa es la biblioteca, así que en la mayoría de ellas dudamos que sea necesario hacer ningún esfuerzo en ese sentido. Y la pluralidad de sus fondos abarca tanto temática LGTBI como de cualquier otro sector de la población.

Lo curioso (vamos a llamarlo así) es cuando en un exceso de celo por resultar los más progresistas [radar cotilla bibliotecario en modo ON] en algunas administración que no habían oído hablar de la CDU en su vida, la han cuestionado como método clasificatorio de bibliotecas por no dar visibilidad lo suficiente a la causa LGTBI. [radar cotilla bibliotecario en modo OFF] No vamos a defender que la CDU no requiera reformas, o incluso terminar pasando de ella: pero salvo que se decida hacer un centro de interés LGTBI ¿qué es peor, dejar los fondos que aborden dicha temática junto al resto sin hacer distinciones, o apartarlos y así discriminarlos del resto de materias de una forma contra natura? (como calificaban a dicho colectivo los guardianes de la moral hasta no hace tanto tiempo)

 

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Cartel de la biblioteca H para un centro de interés sobre biografías que fue censurado por la queja de un usuario

 

¡Ay de los conversos a la causa, y de los efectos perniciosos de lo políticamente correcto! (léase, si alcanza la memoria, con el tono de sermón propio de las voces en off de las españoladas de los 60).

Otra tendencia que pretende halagar el criterio ciudadano, consiste en lo que se ha dado en llamar los presupuestos participativos. Tomar el pulso también a lo que los ciudadanos quieren que se haga en cuestiones culturales, y por tanto, a dónde quieren que el dinero público vaya destinado. Atender los gustos de los ciudadanos es necesario, pero en un país con índices de lectura tan bajos y al que la OCDE califica negativamente en materia educativa año sí, y año también: ¿no es un poco temerario dejar que sean estos presupuestos plebiscitarios los que determinen el rumbo de inversiones en materia cultural? 

¿No debería consultarse a los expertos en la materia para que también aporten sus criterios?, ¿si en el caso de padecer alguna dolencia aceptamos los consejos del especialista correspondiente, por qué cuando hablamos de cultura no tomamos en consideración al menos las sugerencias de los que bregan con la materia cada día? Y la comparación podrá tildarse de exagerada, pero no de inapropiada cuando estamos hablando de centros de asistencia primaria en materia cultural como son las bibliotecas.

 

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Los guionistas de serie de ficción en España se quejan de la falta de riesgo de los directivos de las cadenas, que hacen que el tipo de serie para toda la familia lo invada todo. El querer contentar a todos y llegar a todos tiene estos peligros: la  pérdida de los espectadores con más inquietudes culturales.

 

Lo del cliente siempre tiene la razón, ¿sirve también en lo que respecta a las bibliotecas? Demasiadas preguntas lanzadas al aire como para que esto no empiece a parecer un interrogatorio. Dejémoslo aquí, y mientras tanto:

¡¡¡SEÑORAS Y SEÑORES!!! Pasen y vean a los fabulosos acróbatas del tejuelo, a los contorsionistas de la desiderata, haciendo malabarismos para contentar a padres y a niños, a conservadores y a progresistas, a letraheridos y a chonis, a frikis y a hipsters, y a todo el que quiera asistir al espectáculo de cuatro pistas que cada día se escenifica en muchas de las bibliotecas de nuestro país.

 

Testosterona y #bibliotecas

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En el desaparecido programa de televisión Carta blanca (2006), el cineasta, escritor, guionista de cómics, psicomago (o simplemente charlatán de feria, según quien lo juzgue) Alejandro Jodoroswky, llevó a la filósofa queer Beatriz Preciado antes de que se convirtiera en Paul B. Preciado.

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Guillaume Gallienne y su comedia autobiográfica sobre el proceso para salir del armario como heterosexual.

Uno de los momentos más impactantes o curiosos (en el 2006 aún sorprendían un poco según qué cosas) fue cuando la autora del Manifiesto contra-sexual, abrió un sobre que contenía testosterona y se lo aplicó en el brazo. Según relataba estaba en plena experimentación con la hormona más característicamente masculina para utilizarla como droga política. El ensayo corporal que Preciado representó hace 10 años mediáticamente, ha terminado convirtiéndola en el primer filósofo transgénero pansexual.

Tras esta administración continuada y regulada de testosterona, tras este ensayo corporal, Preciado ha seguido publicando artículos, y por supuesto, leyendo.

 

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Paul B. Preciado en uno de sus proyectos en Buenos Aires

 

Se puede decir que en su caso era un hábito más que adquirido. Pero junto con las tonalidades más graves de su voz, o el incremento del deseo sexual, en ninguno de los efectos que Preciado describe de la testosterona se incluye el desafecto por la lectura. Queda, pues, demostrado empíricamente que testosterona y lectura no son excluyentes. Siendo así, ¿por qué los índices de lectura en varones siguen marcando tan a la baja?

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La imagen perfecta para una campaña de fomento de la lectura en Forocoches

El discurso sobre el hombre blandengue de El Fary que incluíamos en el post precedente (Rashomon bibliotecario) hoy sólo llama a la risa, pero ¿qué porcentaje sobrevive de las carpetovónicas ideas del cantante en ese desafecto hacia la lectura?

Desde finales del XIX, el discurso feminista ha sido pionero no sólo en reivindicar los derechos de las mujeres, sino también en estudiar la figura del hombre (una cosa conlleva a la otra). Pero no fue hasta la década de los 80 cuando surgió en los Estados Unidos, el Movimiento mitopoético de hombres con el poeta y activista Robert Bly a la cabeza, que con su bestseller El hombre de hierro afrontó la cuestión de la masculinidad a finales del XX.

No fue el único enfoque, y así movimientos de lo más dispar buscaron reubicar la figura masculina en el nuevo terreno de juego. ¿Lo han logrado?

 

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El padre y marido de Fuerza mayor (2014) incurriendo en dejación de funciones como protector de la manada al dejarse llevar por el pánico.

 

En la película sueca Fuerza mayor (2014), una familia compuesta por padre, madre y dos niños van de vacaciones a una estación de esquí. Cuando están comiendo en la terraza de la estación un alud de nieve cae amenazando con sepultarles. Mientras la madre protege a los niños, el marido arrastrado por el pánico huye para salvarse. Finalmente no pasa nada, pero a partir de ahí ya nada será igual en el matrimonio. El instinto de supervivencia del hombre ha agrietado a esa pareja sueca moderna, culta, civilizada, y que se intuye, educa a sus hijos de modo no sexista.

 

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El patético troll Milo Yiannopoulos, se ha hecho célebre en las redes gracias a su discurso sexista, racista, y homófobo. Toda una provocación calculada para ganar celebridad como adalid del neomachismo gay.

 

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El psicólogo Gabriel J. Martín y su libro sobre masculinidad desde el mundo gay

Según resumió la doctora en sociología Mª José Jociles Rubio bajo el título de El estudio sobre las masculinidades:

“Los varones aprenden antes lo que no deben hacer o ser para lograr la masculinidad que lo que deben hacer o ser. Hacer valer la identidad masculina es, ante todo, convencerse y convencer a los demás de tres cosas: que no se es bebé, que no se es homosexual y, principalmente, que no se es mujer; algo que no ocurre del mismo modo en el caso de las mujeres.”

 

 

Y ¿a partir de qué momento se incluyó el no leer dentro de las negaciones que constituían la identidad masculina? En siglos anteriores al XX, el hombre instruido, el hombre leído formaba parte del prototipo de lo que se suponía un líder en la sociedad de cada momento. Pero poco a poco, según los medios de masas configuraron el siglo precedente, y definen absolutamente el presente (internet mediante): la lectura ha ido perdiendo brillo como elemento en la construcción de la identidad masculina de las nuevas generaciones.

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Los seis volúmes de Mi lucha de Karl Ove Knausgärd o la condición masculina expuesta de la manera más cruda

No sabemos si Eloy Fernández Porta arrojó alguna luz sobre esta cuestión, en el seminario que sobre nuevas masculinidades impartió el pasado otoño en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona. Tampoco si Michael Kimmel, fundador del Centro para el Estudio del Hombre y las Masculinidades, llegará alguna conclusión en el primer máster sobre masculinidad que arrancará en 2017 en Nueva York. Pero de lo que no cabe duda es que la cuestión masculina está reclamando su lugar en los estudios culturales.

Ser hombre está de moda, mejor dicho, reflexionar sobre lo que es ser hombre, está de actualidad. Y las bibliotecas no pueden ser ajenas a ello. ¿Ha trascendido algo de estos movimientos de “liberación” masculina en los hombres occidentales del nuevo siglo? Si nos atenemos a muchas de las reacciones en las redes sociales, o a la cobertura de las últimas Olimpiadas está claro que no. El repliegue estadístico de los hombres lectores frente al auge de las mujeres: ¿es consecuencia de la apropiación femenina de ámbitos culturales hasta ahora androcéntricos; o un síntoma de la irrelevancia de la cultura en una sociedad capitalista hipertecnificada?

 

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Koren Shadmi nos relata sus propios experiencias en el mundo de las citas en el cómic Adicto al amor

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“Siento compasión por los hombres” ha declarado Hanya Yanagihara, la autora de la última sensación literaria estadounidense que aborda las vidas de cuatro amigos

 

Reductos culturales típicamente masculinos, como han sido el cómic o los videojuegos, están siendo colonizados por mujeres. Mientras, los gimnasios se llenan de hombres que se esfuerzan con dietas hiperprotéicas y levantando pesas para exagerar los atributos propios de su género. Entretanto, sin más restricciones que las del ancho de banda, viven inmersos en la pornotopía que les suministra internet: un mundo en el que las mujeres vuelven a ser complacientes y sumisas.

Pero hasta en esta fantasía, irrumpen mujeres como la cineasta Erika Lust reclamando un enfoque femenino de la pornografía. Y para echar más leña al fuego, en el último número de algo tan inequívocamente masculino como es la revista Playboy: la cantante Sky Ferreira será la primera conejita que además de posar, ejerza de directora de arte y colaboradora creativa del reportaje. Un cambio más tras la decisión de la revista de dejar de mostrar desnudos. La esquizofrenia de la virilidad 2.0 está servida.

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Sky Ferreira, conejita con voz propia

Y ante este panorama tan experimental para la teoría de géneros, ¿cómo hacer que la lectura vuelva a ocupar su lugar en la construcción de la identidad masculina? ¿Acaso promoviendo una campaña de fomento de la lectura en Forocoches? ¿Publicitándola como el mejor estimulante del riego sanguíneo que puede ayudar a mitigar la calvicie? ¿Postulándola como alternativa natural a la viagra para estimular al órgano más grande implicado en el acto sexual: el cerebro? ¿Promoviendo una campaña de fomento de ídem a través de los grandes clubes de fútbol?

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El Athletic de Bilbao dando ejemplo de club fomentando la lectura y el deporte

 

No sería nada novedoso, aparte de Letras y fútbol del Athletic de Bilbao, campañas norteamericanas como Get Caught Reading, llevan años aprovechando el tirón popular de estrellas del deporte, y otras celebridades, para promover la lectura. En fin, no pasemos de la pornotopía a la utopía sin más. Pero llegar a acuerdos con cadenas de gimnasios o con federaciones deportivas, no es tan extraño, y puede ser factible para muchas bibliotecas en su ámbito más cercano.

 

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Enemy (2013) una fantasía sobre la masculinidad basaba en Saramago

Puede que Marco Ferreri tuviera toda la razón y su película El futuro es mujer (1984) se esté cumpliendo a rajatabla. Pero como no parece que en ese futuro vayan a dejar de estar presentes los hombres, algo habrá que ir ideando para conseguir, ahora sí, que pertenezca por igual a ambos.

Y como sólo hace falta rastrear un poco la actualidad para comprobar lo candente del asunto, estos días han surgido dos noticias que parecen publicadas ad hoc para cerrar este post. Por un lado, la delirante tendencia que se está dando entre varones norteamericanos de inyectarse botox en el escroto, para alisarlo y hacer que gane en volumen (sic). Es la técnica conocido como el scrotox. Algo que hubiese formado parte seguro del argumento de algunas de las películas españolas que Diego Galán ha rastreado para su documental Manda huevos.

 

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Hugh Jackman en el indescriptible sketch de la película Movie 43 (2013)

 

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Como continuación, o mejor dicho complemento, del excelente Con la pata quebrada (2013) en el que Galán recorría la historia de España desde la República hasta nuestros días a través de la figura de la mujer en el cine español; con Manda huevos (que se estrena este viernes) ha vuelto a revisar más de 200 películas para extraer un retrato fidedigno del macho español a lo largo del siglo XX. ¿Evolucionará la identidad masculina más allá de esos clichés que tan gozosamente recopila el documental? Confiemos en que sí, y que en ese proceso de emancipación masculina jueguen un papel importante la lectura y las bibliotecas, al igual que lo han estado en el femenino.

 

Biblioteca capitalista. El musical

 

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Si en el post anterior cerrábamos con Banksy, este post lo abrimos con la instalación sobre el Monopoly, que hizo en Londres en una acampada anticapitalista.

 

Hace unos días la multinacional del juguete Hasbro lanzaba una noticia que promete revolucionar el futuro de esta industria. El juego del Monopoly, cuyos derechos le pertenecen, va a convertirse en un musical. Pero no sólo eso, además la empresa en la que nació Mr. Potato, quiere crear narraciones en torno a sus productos, para que así los clientes se sientan inmersos en la experiencia del juego.

Recuerda mucho a lo que hablábamos en nuestro #postenobras a cuenta de la narración transmedia, como herramienta para vendernos (y en eso da igual que seas una biblioteca que una línea de juguetes). Pero a lo que íbamos, el Monopoly, el juego de las finanzas, el entretenimiento que consiste en especular en el mercado inmobiliario, arruinar a otros, competir por enriquecerse a toda costa, y que lleva décadas enseñando a generaciones la filosofía del capitalismo más desaforado; ahora tendrá además banda sonora.

 

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El Tío Gilito disfrutando de un baño en su depósito de dinero. La felicidad del capitalismo en viñetas para niños.

 

Según lo que nos relataba un artículo de Yorokobu, parece que su creadora, la norteamericana Lizzie Maggie, creó este juego en 1904 para denunciar los excesos del capitalismo (El juego del terrateniente, se llamaba); pero como ejemplo perfecto de la capacidad del sistema en cuestión, para fagocitar toda disidencia: se terminó convirtiendo en el mejor instrumento para perpetuarlo lúdicamente. Y precisamente ha sido este verano, una estación tan propicia a los juegos de mesa, es cuando en la web Actualitté Literaire se alegraban de que finalmente llegue a Francia el BookoPoly, la versión literaria del Monopoly.

 

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Bookopoly, compitiendo por tener una biblioteca.

 

Su dinámica es similar, pero su espíritu francamente distinto. En lugar de especular con propiedades inmobiliarias, se trata de construir librerías, y si se acumulan los suficientes libros, llegar a tener una biblioteca. El castigo no es la cárcel, sino la televisión (deberían concretar en este caso: las series de HBO y demás plataformas similares pueden ser el paraíso para cualquier letraherido, en cambio Mediaset sí que equivaldría a un campo de trabajos forzados para que el que vaya de pureta); y la máxima aspiración es llegar a convertirse en el presidente del club del libro.

 

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Los creadores del Bookopoly tienen que revisar el reglamento. El castigo debe ser ver ininterrumpidamente un reality por ejemplo, pero no ver la televisión en general. Existiendo cosas como Mad men, no resulta creíble como castigo. 

 

Pero de momento, el juego, a partir de los 8 años, puede venderse como una vuelta al adiestramiento en el capitalismo salvaje de su modelo original, para dirigirlo hacia el amor por la cultura. Después de todo, John D. Rockefeller empezó su carrera como bibliotecario a los 17 años en Cleveland: ¿cuánta de su determinación y astucia para los negocios se desarrollaría mientras ordenaba las fichas en los casilleros, u ordenaba los libros en las estanterías?

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Pennies from heaven (Dinero caído del cielo, 1981), el último musical con verdadero sabor clásico

En cualquier caso, el Money, money de Cabaret (1972) se quedará desfasado pronto como himno irónico capitalista; es de esperar que el musical de Monopoly nos deleite con nuevas melodías, que lo hagan aún más irresistible y pegadizo.

El público potencial de los musicales es de mediana edad para arriba, así que no parece que vayan a tener problemas con el hecho que alarmaba al diario económico Libre Mercado, hace unos días: el 51% de los jóvenes estadounidenses se opone al capitalismo.

Desde el liberalismo económico que defiende la publicación del grupo de Libertad Digital, con Federico Jiménez Losantos al frente: eso de que los jóvenes estén decantándose hacia la izquierda, les pone obviamente los pelos de punta. Pero ¿es algo que deba sorprenderles tanto? ¿en qué realidad viven?

 

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Biblioteca acorazada: la cultura hace que siempre tengas liquidez en tu patrimonio.

 

Pero es una noticia que sirve para desmontar más de un dogma. Por seguir con la música, en el ensayo La dictadura del videoclip: industria musical y sueños prefabricados, el sociólogo y artista plástico Jon Illescas, se esfuerza por denunciar los excesos de una industria musical, que inocula los valores capitalistas en las tiernas mentes juveniles, a través de las estrellas de la música. Aunque profusamente documentada y sustentada en argumentos biológicos, económicos, históricos y sociológicos; a tenor de ese 51% de jóvenes que se despegan de los preceptos del capitalismo, parece que el influjo de esas estrellas, ya no es tan determinante como asume Illescas. La realidad, cuando se obstina, aún tiene más fuerza que los sueños prefabricados.

 

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Ilustración de Miguel Brieva para el ensayo de Jon Illescas: La dictadura del videoclip

 

Parece que pese a los esfuerzos de Rihanna (uniendo sangre y sexo para reclamar sus ganancias), Kate Perry (aliándose con el Pentágono para inducir a los jóvenes sin futuro, a que sean carne de cañón), Shakira (defensora del filantro-capitalismo, como una manera de privatizar la educación), Pitbull o Britney Spears (que con su tema Work bitch, resume la filosofía capitalista a ritmo EDM): su brillo no consigue ocultar las miserias de un sistema depredador que lleva décadas robándoles un futuro mejor.

Leyendo el ensayo de Illescas, no se puede evitar empezar a sentirse culpable cuando tarareas la última melodía de moda, o ponerte un poco paranoico al percibir que estás, casi permanentemente, rodeado de mensajes hegemónicos capitalistas, hábilmente distribuidos en hilos musicales de casi cualquier espacio público.

 

La versión “censurada” del tema cargado de crítica social They don’t care about us (Ellos no se preocupan por nosotros) de Michael jackson. Según relata Illescas, el Rey del Pop tras este tema denuncia (del que existe una versión menos incómoda que fue la que se lanzó a los medios), no recibió financiación para su próximo disco. Otras estrellas aparentemente todopoderosas, que recibieron su castigo por salirse del discurso admisible, según la industria del entretenimiento, fueron Prince, o Madonna con la crítica a la guerra de Irak en American life.

 

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Prince con la palabra slave (esclavo) escrita en el rostro; y dejando clara su opinión sobre la industria musical.

 

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Secret project de Madonna, proyecto cargado de crítica social. ¿Lavado de imagen para una reina mainstream o auténtica conciencia social?

Pero pese a las reservas que se puedan tener a los planteamientos de este ensayo  (en su listado de vídeos contrahegemónicos incluye a ¡¡David Bisbal!!, por su tema contra los niños soldados) hay que reconocer que lo cierto es que Illesca se moja.

Al final de su voluminoso estudio, Illescas ofrece su modelo alternativo para desmontar el actual sistema en el que vivimos. Que se hagan propuestas siempre es bueno, que se esté de acuerdo con ellas, ya es otro asunto.

Según su modelo, en la sociedad postcapitalista los ciudadanos que demuestren tener cualidades innatas para la creación musical: serían financiados por el sistema y tendrían que producir arte que ensalzara valores humanos. Su propuesta básicamente consiste en organizar algo tan esquivo como es la creación artística, una funcionarización de los artistas que remite a estructuras de regímenes totalitarios.

 

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Como dijo, David Lynch en una ocasión: “cuando estoy creando no me siento responsable socialmente“. El verdadero arte sólo puede nacer de la libertad individual, de la creatividad no sujeta a estructuras organizativas, porque entonces estaríamos poniendo el primer ladrillo de una nueva fábrica de creaciones manufacturadas, según una ideología. Por eso, ¿no es posible una vía intermedia entre ese capitalismo liberal que defiende a ultranza Libre Mercado, y esa sociedad en la que se termina funcionarizando al arte, que propone Jon Illescas? Ese sería un buen argumento para el día en que adapten el Bookopoly a musical de Broadway (bueno mejor del Off-Broadway que es más alternativo).

 

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César Rendueles, sociólogo y ensayista que aborda una historia crítica del capitalismo desde la óptica de aquellas novelas que le marcaron intelectual y emocionalmente

 

Después de un siglo tan sumamente polarizado como el XX, entre comunismo y capitalismo. Ver un documental de animales de la 2, es muchas veces como ver un tratado de economía del capitalismo salvaje; pero el capitalismo también ha propiciado el periodo de prosperidad más largo que se conoce, dando lugar a las clases medias. ¿No vamos a ser capaces de encontrar un discurso intermedio y más racional?

Mientras tanto, promocionemos al Bookopoly, no deja de ser un sucedáneo del juego capitalista por excelencia; pero al introducir la cultura como un activo para nuestros negocios, al convertir a los libros y a las bibliotecas en inversiones de futuro: puede que sea un buen adiestramiento para cambiar la perspectiva; y quedarse con lo mejor de cada sistema.

 

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Niño de Elche, sus críticas al capitalismo en forma de canciones se escabullen de lo panfletario. Y con esa portada, ¿candidato a compositor de un hipotético musical con el título de Biblioteca capitalista?

 

Dejémoslo aquí antes de incurrir en panfletos, que vamos bien servidos. El cortometraje Logorama es el resumen perfecto de lo dicho hasta ahora. Es brillante, tiene el poder de algunos de los diseños publicitarios más seductores, y nos ofrece un final de caos y destrucción, que en cambio resulta de lo más catártico. Data de 2009, pero pareciera hecho a remolque de esta crisis, de la que sólo parecen querer sacarnos dándonos a elegir entre cara o cruz; y la vida ya se sabe, casi siempre cae de canto.

 

Trastorno bipolar bibliotecario en fase crítica

 

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Bibliotecarios en lucha contra el gigante Google: cambiando el paradigma cultural. Ilustración de Asaf Hanuka.

 

Hace unos días, una escritora y psicoanalista que recientemente firmó en la Feria del Libro de Madrid, compartía en su muro de Facebook, la foto del expositor instalado en la entrada de una biblioteca pública que había visitado.

El expositor en cuestión ofrecía una selección en la que se entremezclaban en alegre confusión, títulos de autoras tales como Danielle Steel, Nora Roberts, Johanna Lindsey, Stephanie Laurens, y perdida entre tanta portada con letras doradas en relieve, y musculosos maromos a pecho descubierto abrazando apasionadamente a féminas a punto del desmayo: un ejemplar de Sentido y sensibilidad de Jane Austen. El expositor se adornaba con caseros corazones recortados en cartulina, que no dejaban lugar a dudas de la temática del centro de interés en cuestión; pero por si acaso, un cartel lo coronaba ahuyentado cualquier duda, con el rótulo Novela Romántica.

 

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“Él era despiadado, hermoso y salvaje como el mar Caribe. Debía domar a esa niña y despertarla al éxtasis del amor” [Texto en cubierta de Pirata] “Él juró que jamás se casaría. Ella juró no dejarse atrapar por ningún hombre…” [Texto en cubierta de El juramento de un libertino]

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Muérdeme si puedes, una variante del género romántico: el paranormal romance

 

La escritora acompañaba la foto con un texto, en el que manifestaba su sorpresa y desagrado; y en el que se preguntaba si acaso los técnicos de biblioteca no tienen como función formar lectores, y no adaptarse a los gustos del mercado. A continuación sus seguidores comentaban reforzando los argumentos de la escritora, y sumando otro clásico en este tipo de debates, como son los libros de autoayuda.

Un debate tan viejo casi como las bibliotecas, sobre lo que debe o no deben ofrecer las bibliotecas y priorizar los bibliotecarios; pero, ¿realmente le corresponde a los bibliotecarios formar al público (un público adulto se entiende)?, ¿no deberían venir ya formaditos y exigir a la biblioteca que satisfaga sus demandas? Los artículos sobre la labor prescriptora de los bibliotecarios han proliferado durante los últimos años. Los bibliotecarios no deben actuar ya como intermediarios, sino casi como médiums que invoquen el espíritu de una cultura que muta cada segundo a golpe de clic.

 

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En el ensayo Música de mierda, el crítico cultural Carl Wilson aborda el peliagudo asunto del buen gusto y los prejuicios culturales. Si bien dicho ensayo está centrado en la música pop, sus reflexiones sirven para cualquier reflexión en torno a lo que se supone es el “buen gusto” (así repelentemente emparedado entre comillas no vaya a ser que se derrumbe un concepto tan baqueteado).

Wilson toma como figura central de su ensayo la música de Celine Dion (a la que al final hasta le coges cariño, por mucho que abomines de su música). Su compatriota canadiense parece encarnar el epítome de lo más vulgar e irritante de la música de masas; algo así como el equivalente a lo que en literatura representan las autoras cuyos libros se exponían en la biblioteca que tanto molestó a la escritora.

El texto que aparece en contracubierta resume a la perfección de lo que habla Wilson, y sirve para terminar de encuadrar de lo que se habla en este post:

“Lloramos con baladas de las que nos hemos burlado antes. Mentimos sobre lo que nos gusta para que nos acepten. Y decimos que los demás tienen muy mal gusto. Un ensayo maravilloso sobre el amor (a la música), el esnobismo como coraza y la capacidad de emoción en tiempos de cinismo”

 

La capacidad de emoción en tiempos de cinismo, una buena definición para la manera en que mucha gente consume cultura en nuestros días. Wilson en su ensayo se remite al estudio que el sociólogo Pierre Bourdieu llevó a cabo en la década de los 70, y que se publicó bajo el título de La distinción. Criterio y bases sociales del gusto. Wilson resume las conclusiones del sociólogo francés de este modo:

 

“El gusto es una forma de diferenciarnos de los demás, de perseguir la distinción. Y su producto final es la perpetuación y la reproducción de la estructura de clases […] el gusto es una herramienta […] que se usa para conseguir una ventaja competitiva. Y en una sociedad capitalista, esa competición se estructura (y se exacerba) según criterios de clase, para favorecer a la élite dominante […]

En términos de principios del siglo XXI […] la distinción se reduce a ser cool o no serlo. […] Las grandes empresas y los prescriptores culturales anhelan tanto como las personas individuales forjarse una imagen cool […] Por mucho que digamos, muy pocos de nosotros somos verdaderamente indiferentes a lo cool […] Ignorar lo que es cool puede traducirse en un descenso en el escalafón social en un momento en el que mucha gente pierde el tren de la clase media.”

 

lead_largeRepasar las historias de cualquier disciplina creativa es una demostración práctica de lo que señalaba Bordieu, entre los que defienden el canon cultural en el que están situados, y los que pugnan por crear uno nuevo que les favorezca. “Siempre hay alguien más joven y hambriento bajando las escaleras detrás de ti” que decían en esa obra magna del kitsch nunca suficientemente reivindicada como fue Showgirls. Y en medio de estas fluctuaciones continuas en el mercado cultural, ¿qué papel pueden jugar las bibliotecas?

La función de una biblioteca es proporcionar el acceso a la cultura a los ciudadanos, y eso pasa por intentar darle a cada uno lo que quiere. Una biblioteca debe considerar a sus usuarios personas adultas, aún por aberrantes que puedan parecerles sus gustos a algunos. Otra cosa es que luego potencie los fondos que considera de mayor calidad, según obviamente los criterios establecidos por las élites culturales, pero eso no va a hacer que los consuman quienes sólo quieren una determinada cosa de la biblioteca; y están en su derecho, porque la sostienen con sus impuestos, igual que los que tienen supuesto buen gusto cultural. Son las virtudes/efectos colaterales (según quien lo analice) de la democratización del acceso a la cultura.

El trastorno bipolar que esta pugna puede provocar en los bibliotecarios, lejos de remitir, se agudiza ante el inabarcable horizonte cultural que presenta el nuevo siglo.

 

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Highbrow, lowbrow y middlebrow (clase alta, clase baja, y clase media) tres conceptos provenientes del mundo anglosajón en lo que respecta a consumo cultural. Tanto el lenguaje corporal, la vestimenta, como el objeto de su interés describen a la perfección a las tres clases sociales en esta foto.

 

A principios del siglo XX, en el mundo anglosajón se establecieron las jerarquías sociales de acuerdo al consumo cultural. La escritora Virginia Woolf ya distinguía en su día entre highbrow, middlebrow y lowbrow, que vendrían a ser el equivalente a aristocracia, burguesía y pueblo (vistos más desde la perspectiva del nivel cultural que del económico, aunque las correspondencias se hagan inevitables).

Woolf, representante de los highbrow, mostraba su aprecio por los lowbrow, por su simplicidad y por servir para resolver esas cuestiones prosaicas del día a día, a las que los highbrow, desde sus torres de marfil, no podían atender. Por contra, abominaba de los middlebrow, esos advenedizos que se apropiaban de la cultura como un oropel sobre el que reforzar su ansiado ascenso social.

Para desgracia de la autora de Al faro, y alegría de muchos lowbrow, cuyas condiciones de vida mejoraron permitiéndoles evolucionar a middlebrow:  la clase media se convirtió en el motor del progreso a lo largo del siglo XX; hasta la crisis actual que parece empeñada en aniquilarla. Y las bibliotecas públicas: ¿que son? sino la clase media del mundo de las bibliotecas. Por eso, ¿qué pueden hacer más que abrirse a todos los que quieran introducir cambios, estar atentos, sin excluir a nadie?

 

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Obra de la pintora Alison Rector, de la serie de cuadros que dedicó a las bibliotecas públicas del condado de Maine. Bibliotecas públicas al servicio de la clase media.

 

Difícilmente los amantes de las novelas de Steele, Roberts o Lindsey que tanto incomodaron a la escritora de la que se hablaba al principio; van a suponer ningún cambio de paradigma cultural, porque ya están más que instalados en su nicho cultural (o subcultural), pero si hay muchos frentes desde los que nuevos invasores (cómics, videojuegos, gastronomía, moda…) golpean el portón que un día protegía el  concepto decimonónico de alta cultura.

 

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El brillante cómic mudo sobre el mundo del arte White cube. En esta página, obligado a elegir entre cómix o arte: el personaje se enfada, y toma el camino de en medio, harto de que aún no se admita al cómic dentro del canon cultural.

 

En medio de ese panorama, la biblioteca pública está más obligada que nunca a dar asilo a los refugiados de la cultura, a esas masas a las que el mercado zarandea apelando a sus instintos básicos, a esos lowbrow cuyas filas la crisis no cesa de engrosar. Los middlebrow, mientras puedan resistir en esa categoría social, ya disponen de medios para defenderse; y a los minoritarios, pero cada vez más atrincherados highbrow, lo de biblioteca pública casi debe sonarles a oxímoron.

En el reciente #postenobras se sostenía en plan eslogan que: La cultura es nuestro Dios, y Frankenstein (o Robocop) su profeta. Una manera de decir que la cultura en nuestros días está hecha de mil trozos, algunos de organismos nobles, y otros de materiales de derribo; pero cuyos costurones cada vez menos gente se preocupa en disimular. Lucirlos ostentosos es casi un mérito a la hora de simular tener criterio propio. Con dos pequeñas modificaciones, la frase en cuestión se puede reciclar sin problemas para este post:

La cultura pop es nuestro Dios,

y Vargas Llosa su (insospechado) profeta.

Nadie como el nobel (el corrector ha querido cambiarlo por noble, toda una señal) peruano para representar, sin pretenderlo, este momento que estamos viviendo. Él, que tan lúcidamente daba un repaso al deterioro progresivo del canon cultural propio de la primera mitad del siglo XX en La civilización del espectáculo: ha terminado representando en papel cuché la imagen perfecta de este guirigay cultural en el que estamos inmersos. Aunque pensándolo bien, tal vez sea una muestra de su integridad intelectual: el ¡Hola! puede que sea de lo poco que aún preserva intacto el concepto de clasismo para consumo de las masas, que caracterizó a siglos precedentes.

 

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Esto daría para otro debate, ¿deberían las revistas del corazón formar parte de la hemeroteca de una biblioteca? ¿no son acaso fuentes inagotables de estudio sociológico de nuestro presente y nuestro pasado? Pero la enjundia de tal asunto requeriría de tal densidad, que mejor relajamos tanta intensidad, y lo aplazamos para otro post.

 

… (post en obras)

 

AVISO: este post es una zona en obras. No se requiere casco, porque todo lo que obstaculice la libre circulación de las ideas, está vetado. El post está sujeto a cambios continuos. Si ya lo leíste, puedes pasar directamente al final para ver las reformas que se han ido añadiendo en días posteriores a su publicación; y que quizás terminen afectando a su estructura.

 

Esto no es un post, tampoco es una pipa como dijo Magritte. Es algo parecido a un mueble de IKEA, pero sin instrucciones de montaje. Se podría decir que es un experimento, pero sería falso, porque cuando está todo inventado, hablar de experimentos suena demasiado pretencioso. Para empezar contraviene todos los protocolos SEO implementados en este blog para reforzar su localización por los motores de búsqueda. No, no se trata de que el blog de Infobibliotecas se pasa a la Deep web (ya saben, el lado oscuro de internet); pero como no sea mediante Compartir, Likes, retuits y demás vericuetos digitales, este post quedará como un mensaje en una botella que no arriba a ninguna orilla. Probablemente no sea más que un suicidio estadístico; pero como decía Eugeni D’Ors, los experimentos se hacen con gaseosa: y nada hay más gaseoso que el medio digital.

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La pregunta de partida es la única certeza: ¿tiene sentido escribir un blog en una biblioteca a estas alturas?

En una revista está claro que sí, pero aquí hablamos de bibliotecas. Si se buscan, en la Red hay profusión de artículos que nos glosan las virtudes y ventajas, de vender las ofertas bibliotecarias a través de los medios que pone a nuestra disposición internet. Que si Twitter, que si Facebook, que si Instagram, que si Periscope … pero antes de todo esto: estaban los blogs.

Repasando los blogs de bibliotecas que aparecen en la web Blogs de bibliotecas públicas, el uso que mayoritariamente dan las bibliotecas públicas a los blogs, es el de tablones de anuncios redactados y dirigidos de manera unidireccional desde los bibliotecarios al público. Actividades, novedades, concursos, fotografías de eventos suelen ser lo más habitual; informaciones que también pueden darse simplemente desde la web de la biblioteca.

 

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Ranking de los blogs más citados, según la encuesta realizada para el trabajo fin de grado de Miguel Ángel Vera Baceta en 2013: Aproximación a la Biblogsfera española

 

En el libro Creative Library Marketing and Publicity: Best Practices (Publicidad y marketing bibliotecario creativo: mejores prácticas) editado por Robert J. Lackie y Sandra Wood en 2015, recogen las exitosas iniciativas puestas en práctica por el Sistema de Bibliotecas Públicas de Plano, en Texas. Según se detalla en el tercer capítulo, en la gestión de los social media del sistema de bibliotecas, están implicados hasta 68 miembros de los 174 que conforman las plantillas. Pero los equipos no se componen sólo de personal bibliotecario; acertadamente, combinan mitad de personal bibliotecario, con la otra mitad compuesta por personas ajenas, no profesionales de la biblioteconomía.

Plantear algo así en la mayoría de bibliotecas de nuestro país suena a broma en estos tiempos de recortes presupuestarios y de personal. Pero siempre hay opciones, o al menos, experimentos con gaseosa.

En la plataforma especializada en tecnología CNET, en unas semanas se publicará la novela Control de masas. ¿Qué tiene de particular esta novela de ciencia ficción? Que ha sido escrita de forma colaborativa por 120 autores (conocidos y anónimos) a través del uso de la herramienta Google Doc, en un solo documento publicado con licencia Creative Commons. Este es el ejemplo más reciente que ha saltado a los medios sobre escritura colaborativa online, pero sólo hay que navegar un poco por la red para encontrar mil ejemplos más.

 

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La escritura colaborativa o la narrativa transmedia, son posibilidades que se pueden poner en práctica para dar un vuelco al blog de una biblioteca pública. En el entorno digital, la dudosa veracidad de los contenidos es una constante, y aprovechar el prestigio que, pese a todo, aún se les reconoce a las bibliotecas, es una oportunidad.

Pero seamos realistas, las propuestas e ideas que se dan en los blogs especializados en biblioteconomía (como en este mismo), en ocasiones, quedan muy lejos de la realidad cotidiana de la mayoría de bibliotecas. Quemamos etapas, y ya estamos inmersos en la Biblioteca 3.0, cuando la mayoría, ni siquiera ha tenido tiempo de poner en práctica lo que de bueno ofrecía la 2.0. Por lo que vamos a intentar probar qué se podría hacer al respecto, pero no contándolo, sino experimentándolo.

 

 

La cultura es nuestro Dios,

y Frankenstein (o Robocop) su profeta 

 

El cineasta chino Jia Zhang-ke, en su última película Más allá de las montañas, utiliza un recurso que copiamos con descaro aquí. El título no aparece al principio de la película, sino a la mitad del metraje, como una manera de fraccionar la narración, de narrar los hechos desde otro enfoque. Aquí no aspiramos a grandes discursos creativos, tan sólo a convertir al post en una probeta, en una criatura hecha de trozos de otros cuerpos, en la que todo el que quiera, está invitado a participar. Y a partir de aquí, el post está más en obras que nunca.

Arrancamos emulando al doctor Frankenstein, con una blasfemia: defendiendo la aplicación de la estrategia Belén Esteban a los blogs de bibliotecas. ¿Qué es lo que más se valora en las redes sociales, en los medios, y hasta en la literatura? La impudicia, dirán algunos y no les falta razón; pero por ser amables digamos que es la sinceridad, el exhibicionismo, las confesiones, el mostrarse tal y como se ve uno a sí mismo: con sus defectos y sus virtudes. Como rezaba el titular de un reciente artículo de El cultural sobre el auge de la autoficción: Si la ficción ha muerto…¿todo está permitido?

Contando historias en una cinta de supermercado, la estupenda campaña de los supermercados Aldi. ¿Cuántas historias así se podrían contar con los préstamos que se hacen en una biblioteca? 

 

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Egosurfing, o danos hoy nuestra ración de narcisismo digital de cada día y perdona nuestras ofensas

Vamos a contar mentiras que cantábamos de pequeños; o verdades: juzgarlas sólo corresponde a quien las lea. Utilizar el blog de tu biblioteca para contar un relato, una historia.

Cada vez que cuelgas una foto en las redes, que te haces un selfie y lo publicas en Instagram, que compartes tu firma en alguna solicitud de Change.org: estás contando tu historia, la parte de tu vida que quieres que conozcan los demás, construyendo el relato de una identidad pública en la que muchos simulan vivir todo el tiempo.

Es humano, todos queremos salir favorecidos en la foto. Por eso, si todo el mundo cuenta su vida en las redes, cuenta la de tu biblioteca e invita a los demás a que participen. En algunos hoteles noruegos es habitual encontrar en el vestíbulo; un panel con favorecedores retratos fotográficos de su personal, en elegante blanco y negro, con sus nombres de pila y cargo debajo. Es una forma de hacer más confortable la estancia, de dar la bienvenida al huésped.

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Los seis volúmenes de Mi lucha del noruego Karl Ove Knausgárd, se han erigido en una de las más aclamados ejemplos de autoficción. Su sinceridad al narrar su vida ha conectado con muchos lectores, reafirmando el boom de la literatura del yo.

Así pues se trata de pensar en cómo te gustaría que vieran a tu biblioteca, y empezar a contarla según esa imagen mental:

  • narrar anécdotas cotidianas, en las que no comprometamos a nadie por ello. No se trata de hacer grandes alardes literarios. Se trata de usar el blog como si de un diario personal se tratara, sólo que de forma colectiva. Como en el resto de escaparates digitales, cada uno decidirá hasta dónde está dispuesto a enseñar. Lo cómico y lo sentimental, cotizarán al alza como bien se sabe,
  • conectar el relato que hagamos del día a día de la biblioteca con la actualidad social más inmediata. Narrar cómo afecta a la biblioteca las circunstancias de nuestro entorno, confesar los problemas y lo que no nos gusta (y aquí cada uno sabrá hasta qué punto contar para no meterse en líos)
  • si la privacidad cotiza a la baja en general, no digamos en una institución pública (que se suponen transparentes), así que no tengamos miedo a mostrar las debilidades, los puntos flacos que estamos trabajando para mejorar,
  • y por encima de todo, abrirlo al público. No podemos saber de todo, pero en nuestra comunidad seguro que hay gente con ganas se expresarse, de comunicar, y compartir aficiones. Adoptar la forma de hacer de los fanzines, e ir sumando firmas de aficionados al cine, la música, el cómic, que seguro hay en nuestro entorno, y querrán hacer proselitismo de sus aficiones,
  • y en medio de todo, el bibliotecario, como auténtico community manager, es decir como el que maneja (en el buen sentido) a la comunidad, y le da un orden, una lógica, una estructura a través del blog.

 

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Kit para que hagan scrapbook los amantes de la lectura y los libros

 

Por eso este post está en construcción, desde el mismo título (que no tiene). Quien quiera participar tanto bautizándolo, o con reflexiones, imágenes, vídeos, enmendándole la plana, u otra cosa que se pueda publicar y editar en el formato de blog en WordPress: está invitado a hacerlo. Como si se tratara de un scrapbook en digital, todo lo que se reciba (y tenga que ver con el asunto, que tampoco se trata de jugar al cadáver exquisito) en la dirección: vfunes@infobibliotecas.com, o se comparta en el Twitter de Infobibliotecas con el hashtag #postenobraso se añada a los comentarios de este post: se irá añadiendo al texto, para ir enriqueciéndolo; o llegado el caso, generando otro nuevo.

Es de esperar ante esta propuesta de tormenta de ideas, que el resultado sea un silencio atronador. Pero por si acaso, a alguien hemos conseguido seducir (aunque sea para criticarnos, siempre que sea constructivo, que no se trata de practicar el masoquismo digital) para fabricar a este monstruo; lo que se añada aparecerá bajo la autoría colectiva de Alan Smithee, y aquí es necesario hacer una pequeña aclaración.

El nombre de Alan Smithee (y algunas variantes de este nombre) aparece como responsable en muchas películas totalmente dispares en cuanto a género, época y estilo; la explicación de tan nutrida y dispar filmografía se debe simplemente a que el tal Smithee, no existe. Desde los años 60, éste ha sido el nombre con que se han firmado aquellas películas hollywoodenses, cuyos artífices, ante el resultado final; han preferido negarles su paternidad.

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Por eso, independientemente de que aparezca el nombre de quien colabore junto a su aportación, la autoría global de esta tormenta de ideas en forma de post, irá bajo la firma de Alan Smithee; porque de lo que se trata es de montarnos una película de la que es posible que nadie quiera responsabilizarse. Una forma de renunciar al ego (pero ¡qué falso suena!) en esta creación bastarda que estamos proponiendo concebir entre todos.

Y mejor que lo dejemos aquí, antes de que esto termine como uno de esos anuncios de contactos que muchos leen para reírse un rato, y que a nadie se le ocurre responder.

 

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La cultura es nuestro Dios, y Frankenstein (o Robocop) su profeta

 

Reformas posteriores a la fecha de publicación

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Esta biblioteca mata fascistas

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Woody “disparando” con su guitarra

Cuando el músico folk Woody Guthrie, puso en su guitarra la frase this machine kills fascists (esta máquina mata fascistas), o compuso su canción All you fascists are bound to lose (Todos los fascistas están destinados a perder) en 1944: Mussolini, Hitler, Stalin y Franco tenían al mundo en jaque (bueno este último sólo a los desdichados de sus compatriotas que no eran de su cuerda).

La guitarra de Woody, con su mensaje antitotalitarista escrito encima, es la metáfora perfecta de la confianza ingenua en el arte y la cultura como instrumentos para combatir cualquier extremismo. En aquellos años tenía todo el sentido, pero que en la actualidad términos como fascista, rojo, progre o similares (también hay actualizaciones como perroflauta, feminazi…) sigan copando los medios, las redes sociales y las tertulias; da una idea de lo poco que ha evolucionado el debate público cuando de política se trata, pese a que las circunstancias sean otras.

 

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Los viajes de Sullivan, una rara avis en la producción hollywoodense de comedias en la década de los 40. Atentos a la trama: un director de éxito decide abandonar las comodidades de la meca del cine para disfrazado de mendigo, conocer de primera mano las penurias de los excluidos de la sociedad tras la crisis del 29.

 

Más allá del efectismo de reality show que practican ciertos políticos ¿qué hay de nuevo en esta segunda transición que dicen estamos viviendo? los actores son distintos pero no parece que el debate, pese a las circunstancias cambiantes, haya variado mucho. Cada vez más es necesario estereotiparse, y lo políticamente correcto campa por sus anchas para escarnio de cualquier intento serio de reflexión pública. Una mojigatería y pereza de pensamiento que los voceros digitales se encargan de amplificar hasta el infinito: y a velocidad de crucero, se va apropiando del lenguaje público, tergiversando las ideas para manipularnos a su antojo.

La escritora Soledad Puértolas, junto a otros literatos e intelectuales, reflexionaba en 2013 en un artículo que no hace más que ganar vigencia desde que se publicó (Lo que la cháchara política esconde) en El País, sobre esta usurpación del lenguaje:

 “En este país no existe eso que se llama tejido de la democracia, que nos hace creer más en nosotros mismos, y que nos hace hablar casi con inseguridad”.

En el estupendo post Elecciones y bibliotecas en Andalucía nuestra compañera Carmen Rodríguez García, daba un completo recorrido al lugar que las bibliotecas ocupaban en los programas de los diferentes partidos, de cara a las elecciones andaluzas de 2015. El balance era bastante vago, no ya por la poca presencia de la palabra bibliotecas en sus promesas, sino por lo difuso de las propuestas que hacían respecto de la cultura en general.

 

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Ocupa la biblioteca: un buen lugar para evitar que hagan de ti un tonto manipulable

 

El papel de las bibliotecas en la e-Democracia se debatió en el VI Congreso de Bibliotecas Públicas, pero: ¿qué papel pueden jugar las bibliotecas en el debate político? En Brasil, al menos en el 2013, se celebraran debates políticos en las bibliotecas. Y hace un año, Leah Esguerra, trabajadora social de la Biblioteca Pública de San Francisco en un artículo sobre vagabundos en bibliotecas del National Geographic, dejó una frase para la posteridad: “las bibliotecas son el último bastión de la democracia“.

Si es así (que lo creemos), y si tenemos que hacer otro acto de fe en nuestros políticos, que prometen para este regüeldo de campaña electoral austeridad y contención: ¿sería tan descabellado plantear debates políticos en las bibliotecas? Puede que no tengan los aforos de un palacio de los deportes o de un teatro; pero la cercanía con sus potenciales electores, y el entorno cultural en el que se desarrollarían esos mítines, les darían algo más de credibilidad en una campaña que nos venden como austera.

 

 

En los Estados Unidos, Obama ha dado ruedas de prensa en bibliotecas, y a la exprimera dama recientemente fallecida Nancy Reagan le han dado sepultura junto a su marido en la Biblioteca Presidencial Ronald Reagan (la conexión funeral-biblioteca de la que hablábamos en Bibliotecas: la muerte os sienta tan bien); la pugna entre ciudades por albergar la próxima biblioteca presidencial de Obama ha sido reñida; y Georges W. Bush expuso su colección de pinturas en la biblioteca presidencial que lleva su nombre.

 

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Georges W. Bush mostrando orgulloso lo que sabe hacer con los pinceles

 

Desde que en la década de los 30, se iniciase la tradición de las bibliotecas presidenciales con el trigésimo primer presidente estadounidense, Herbert Horver: todos los presidentes cuenta con una. Sólo la dedicada a Nixon, quedó excluida durante muchos años del sistema de bibliotecas presidenciales. En estas bibliotecas se conserva toda documentación y objetos del presidente y de su periodo de mandato. Las bibliotecas se convierten en lugares de investigación, y al mismo tiempo, en los Graceland (la casa-museo de Elvis en Memphis) de los ex presidentes, por la memorabilia que sobre sus vidas y mandatos reúnen.

Que en un país, uno de los máximos honores que le rinden a un exmandatario, sea fundar una biblioteca con su nombre, dice mucho de la importancia que dan a tales instituciones en la primera potencia mundial. Sólo confiamos en que dentro de unos años no se inaugure una biblioteca presidencial Donald Trump.

 

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En algunos medios ya han imaginado cómo sería la futura biblioteca presidencial de Donald Trump

 

En el país de la Coca-Cola, el activismo y el posicionamiento político es bien sabido que es algo habitual; sin que a nadie le parezca extraño que actores, escritores, periodistas o estrellas de la música declaren abiertamente sus filias y fobias políticas. Y entre estos colectivos, tampoco han faltado los bibliotecarios.

Cada gran bibliotecario debe ser un buen político“, con esta frase tan contundente el editor del Library Journal, John N. Berry, abordaba el asunto de las habilidades que todo buen bibliotecario ha de desarrollar para establecer relaciones provechosas con los políticos que le toquen en suerte. Berry también rememoraba los convulsos años 70 del pasado siglo, en los que un grupo de bibliotecarios bajo el nombre de 321,8 (número en la clasificación de Dewey en el que se clasifica la democracia participativa) alzaron sus voces contra la guerra de Vietnam, o a favor de los derechos de los gais, con actuaciones tan impactantes como el Abraza a un homosexual en la conferencia de la ALA (American Library Association) de 1971.

 

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Hug a homosexual, en la conferencia de la ALA de 1971

 

No se puede comparar la situación actual con la de la década de los 70, las bibliotecas dependen de los poderes públicos, y en ocasiones no se sabe qué es peor: que las ignoren o que las conviertan en cabeza de turco de sus luchas partidistas. El más reciente ejemplo, en la Biblioteca Regional de Murcia, en la que unas enmiendas en los presupuestos han servido para convertirla en la cachiporra de un guiñol en el que se golpean unos partidos a otros; mientras se les llena la boca defendiendo una institución a la que llevan años dejando languidecer.

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En el ojo del huracán (1951): no es ninguna maravilla, al niño protagonista dan ganas de que lo quemen junto con la biblioteca. Pero ver a la gran Bette haciendo de bibliotecaria no tiene precio.

Pero pese a todo, en las bibliotecas se sigue haciendo política, y la hacen los bibliotecarios, y también los ciudadanos.

Los profesionales al luchar porque la pluralidad de toda la sociedad tenga su reflejo en las colecciones, en las actividades que se programan, en que todas las voces y sensibilidades tengan cabida y estén representadas.

Y los usuarios, porque al llevarse un libro prestado, al disfrutar de las instalaciones, al acudir a sus actividades o participando a través de sus redes sociales están haciendo política: porque con ello refuerzan la idea de que siguen siendo necesarias, siguen siendo útiles.

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En la viejuna película de Bette Davis, Storm center (En el ojo del huracán, 1956), la inolvidable actriz interpreta a una bibliotecaria, que por fidelidad a sus principios, y por su firme creencia en la libertad de expresión, se opone a la decisión de los políticos locales de excluir de las colecciones la obra El sueño comunista. Que en plena época de la guerra de brujas del senador McCarthy, se produjera una película con esta temática es casi tan chocante como lo de Los viajes de Sullivan que aparecía al principio.

No podemos saber si Alfred Kagan habrá visto esta película de la Davis, pero su libro: Progressive Library Organizations: A Worldwide History (Organizaciones bibliotecarias progresistas : una historia alrededor del mundo), bien podría servir para inspirar un remake. En esta obra el profesor de la Universidad de Illinois efectúa un recorrido a la historia de organizaciones bibliotecarias alternativas, que han desempeñado importantes papeles para influir en luchas locales y nacionales, dentro de la profesión bibliotecaria, y en el proceso político en el gobierno de las sociedades a las que pertenecen.

 

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La obra de Kagan revisa a través de entrevistas y diferentes testimonios (algunos de ellos bajos promesa de respetar el anonimato) a organismos y grupos activistas tales como: la Organización de Trabajadores de Bibliotecas de Sudáfrica y su papel en la lucha contra la discriminación racial; pasando por la organización sueca Bibliotecas en Sociedad; el Grupo de Trabajo de Bibliotecarios Críticos de Alemania; el grupo de igual nombre del Instituto Reneer en Austria; el británico Información para el Cambio Social o la Mesa de la Responsabilidad Social del ALA estadounidense.

 

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Cartel de la organización sueca Biblioteca en sociedad

 

Sólo nos queda desear que alguien se lance a publicarlo en nuestro país; vendría bien para preservar la romántica idea de que una biblioteca; es un lugar a partir del cual se puede ayudar a cambiar, aunque sea mínimamente, las cosas.

Y si hablando de música arrancó el post, justo es que concluya con música. Podríamos recurrir a Woody Guthrie (pese a que su tono planfetario, recuerde demasiado al lenguaje apolillado que algunos desempolvan), o al menos a la actualización que de sus temas han hecho autores tan diferentes como Nina Hagen, o el español Nacho Vegas. Pero no, si de verdad hablamos de jugarse el tipo por luchar por lo que crees a través de la música, mejor cerrar con el grupo libanés Mashrou’ Leila.

Porque declararse gay abiertamente, como ha hecho el cantante; abordar temáticas como los derechos de las mujeres, de los homosexuales, críticas sociales y políticas sobre el mundo árabe, viviendo cerca de un país como Siria: eso si que es jugarse el tipo y matar, metafóricamente, fascistas.

 

Adenda del 12 de mayo:

No sabemos si lo de añadir adendas a las entradas del blog se convertirá en algo habitual; pero lo cierto es que esta semana también la actualidad viene a ilustrar el asunto del post de la manera más gráfica.

Lo de gráfico no está elegido al azar, viene a cuento de la agresión que la directora de la revista de humor gráfico El jueves sufrió ayer miércoles, motivada por la portada de esta semana, en que se critica el resurgimiento de la ultraderecha en Europa.

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La revista El jueves es una superviviente, una veterana que ha hecho mucho bien al arte del cómic. Desde que la editorial Bruguera, y las revistas de los 80 terminaran desapareciendo en los 90; El jueves ha sido el único refugio para muchos autores de cómic. En muchas bibliotecas la revista forma parte de su sección de Hemeroteca desde hace años; pero tras esta agresión, su presencia cobra aún más importancia.

Desde una biblioteca pública, por humilde que sea, se puede luchar contra el fanatismo, contra el fascismo. No el fascismo con mayúsculas, sino contra esos pequeños fascismos cotidianos que nos rodean casi imperceptibles, y que poco a poco llegan a generar esos odios que terminan en agresiones; o lo que es peor, en condescendencias hacia actitudes totalitaristas.

Que la actualidad más inmediata dé más cuerpo al discurso de este blog siempre resulta enriquecedor, pero en casos como este, ojalá que no tengamos que recurrir a ninguna adenda más.

Desnudos integrales sin exigencias del guión (Shakespeare y el porno)

Que exista un libro con el título de Cómo hablar de los libros que no se escanear0001han leído (de Pierre Bayard) deja claro que lo del postureo no deja indemne ni a los amantes de la literatura. La vanidad intelectual quizás sea de las vanidades más absurdas por crecerse ante la ignorancia ajena: dejando al aire el corto alcance del que la exhibe. Si hay algo de lo que alegrarse, y al mismo tiempo agobiarse: es de que haya tanto por leer, y tanto por aprender. Una especie de seguro de vida mental que todo letraherido tiene a mano.

El reverso del libro de Bayard serían aquellos libros que has leído y de los que no quieres hablar. Algo absurdo, cuando lo de alta y baja cultura ha quedado como un anacronismo propio del muy lejano siglo XX: pero que pese a todo persiste en muchas cabezas.

Avergonzarse de ser curioso culturalmente, debería de estar penado: de todo se saca enseñanza, aunque sea la de no volver a repetir. Hace unos años, en la plataforma Tumblr, algún bromista creó una web al socaire del megaéxito de las Cincuenta sombras de Grey bajo el nombre Portadas para hombres: una serie de cubiertas con las que camuflar la dichosa trilogía, y salvaguardar la hombría de los lectores curiosos que querían saber qué estaba removiendo tanto a muchas féminas.

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En esto de expresarse sin tapujos culturalmente, las mujeres ganan a los hombres; no requieren tanta justificación para disfrutar sin subterfugios. Será por aquello de que, pese a lo que pueda aparentar: lo masculino requiere de más construcciones mentales para representarse que lo femenino. Pero dejemos los estudios de género para otro día, y abandonemos el juego del escondite lector, para asistir a su reverso: el exhibicionismo que busca la provocación, y nos convierte a todos en divertidos voyeristas.

Scott Rogowsky es un humorista neoyorquino para entendernos rápidamente, porque si atendemos a la descripción que proporciona en su cuenta de Twitter es: actress, activist, mother (es decir, actriz, activista y madre). Su última performance ha tenido lugar en el metro de la Gran Manzana, y ha consistido en hacer algo tan simple, y que afortunadamente sigue haciendo mucha gente: como es leer un libro mientras se desplaza por el subsuelo de la gran ciudad.

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Taxidermia para humanos: una guía para principiantes

La única peculiaridad es que las portadas de los libros que lee (impresas en tamaño king size) lucen títulos tan sugerentes como: 101 consejos para alargar el pene que puedes hacer en casa, en la oficina o de viaje, Mi lucha para niños (el libro de Hitler), 1000 lugares para visitar antes de que te ejecute el ISIS, Cómo salirte con la tuya en un asesinato: guía para principiantes o Comer ano de manera sencilla: siete leyes naturales para nuevos novios. Una cámara iba registrando las miradas furtivas y reacciones del resto de viajeros, ante la falta de pudor lectora de Scott.

Y mientras Scott pone a prueba la capacidad de sorpresa de los neoyorquinos bajo tierra; entre los habitantes de la ciudad que jamás toman el metro, en el Upper East Side de Manhattan: no sólo se camuflan los libros, sino bibliotecas enteras.

En tiempos de la Inquisición camuflar los libros era sinónimo de rebeldía, de subversión y desafío al sistema: en plena era neoliberal, disfrazar a los libros es símbolo de estatus y escalada social. Al menos eso se deduce de la clientela del decorador de bibliotecas Tatcher Wine, cuyos diseños de bibliotecas lucen en muchos de los pisos del exclusivo Park Avenue.

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Las bibliotecas diseñadas por Tatcher Wine

El resultado es de lo más chic, y se supone que no se trata de libros falsos y huecos, y tras esa elaborada fachada se encontrarán los contenidos que prometen. Otra cosa es si sus dueños se los habrán leído, o si son simples gestos de estatus social y de estar a la última. Durante años, lucir libros en una casa era signo de cierto nivel: todo pequeñoburgués que se preciara debía tener una biblioteca en su domicilio compuesta de clásicos, Biblia y enciclopedias para los niños. Era una manera de imitar a las clases superiores, la mayoría de las veces como simple oropel del deseo de ascenso social.

¿Qué pensaría el director de cine John Waters si visitase una de estas bibliotecas? El director de Pink Flamingos formuló a este respecto, el mejor consejo que se le puede dar a cualquiera, y que debería lucir en el frontispicio de más de una biblioteca:

Libros_John_WatersNo sabemos si por inspiración de Waters, pero lo cierto es que hasta las aplicaciones para ligar están incluyendo a la literatura como reclamo. Que Shakespeare está de permanente vigencia a través de adaptaciones cinematográficas, pero sobre todo, series de televisión mediante (Juego de tronos, Los Soprano, House of cards…) es algo innegable; y en su 400 aniversario está demostrando hasta tal punto su contemporaneidad en la cultura de masas: que incluso las aplicaciones para ligar recurren al Bardo de Avon para hacer más atractiva su propuesta.

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Shakespeare y lo porno

Grindr la pionera en este tipo de aplicaciones para ligar orientada al público gay, ha lanzado un vídeo protagonizado por la estrella del porno Colby Keller en el que recita el texto de Las siete edades del hombre de su obra Como gustéis (buscando paralelismos: a Cervantes ¿quién podría recitarle, acaso Nacho Vidal?). Ahora sólo falta que Tinder, la equivalente para el público heterosexual, copie la idea para que lo de ligar en la era digital se tiña de atractivo literario.

10Nadie como Shakespeare para retratar las pasiones del hombre, las grandezas y las miserias; el tándem pornografía-Shakespeare resulta de lo más natural si lo recita además un representante de una nueva corriente en la industria del sexo. Colby Keller es una estrella del porno, pero también es un artista, antropólogo y comunista, que ha hecho de su incursión en el mundo del porno una herramienta para un discurso teórico-práctico de contundentes premisas:

“El sistema no quiere personas conscientes, reflexivas y sexualmente satisfechas. Nos quiere tristes, vacíos, celosos y con ganas de traicionar al de al lado por un poco de confort extra”

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Porno para mujeres el libro de la directora de cine Erika Lust

En una sociedad en la que el exhibicionismo es una obsesión, la última frontera es la pornografía. La obscenidad publicitaria, política y ética hace que la pornografía esté más que instalada en el discurso de los medios, incluso cuando el sexo no está presente. La gente regala su intimidad a través de las redes; pero la sospecha de un pezón se censura en Instagram. La esquizofrenia de lo políticamente correcto llegando a los extremos.

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Amarna Miller, ¿la estrella porno de los hipsters?

La erotización, el exhibicionismo omnipresente lo satura todo, desactivando cualquier carga subversiva. Tal vez sea por eso, que el último asalto a la legitimidad cultural en nuestros días: sea el acceso de las estrellas del porno a los medios de masas con discursos que descolocan estereotipos.

Las estrellas del porno Sasha Grey, Amarna Miller, o la directora de cine érotico Erika Lust: están ganando protagonismo en los medios generalistas a fuerza de exhibir intelecto sin dejar de reivindicar su presencia en el mundo del porno.

Que su exhibicionismo literario y cultural peque de ostentoso en algún caso, no es relevante, cuando lo interesante no es lo que puedan decir (que también, según el caso) sino el cuestionamiento que su mera presencia plantea sobre cuestiones como: la libertad sexual, el feminismo, la teoría de los géneros, la explotación sexual y laboral o los tabúes que siguen vigentes en el hipócrita discurso de esos masa-media de los que hablaba la querida Chus Lampreave.

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Vistiendo libros, desnudando personas; lecturas de camuflaje, lecturas de exhibición. Empezamos con vacuas formas de disimular las carencias culturales; y terminamos con gente que lo enseña todo, incluso sus gustos literarios. Justo es que cerremos con la banda sonora de la adaptación que Paco León ha hecho de una comedia australiana sobre parafilias sexuales, recién estrenada, a la que desde aquí añadiríamos una que no han tenido en cuenta: la bibliofilia.

La biblioteca como barricada

Utilizar la palabra barricada, hace unos años, salvo que fuera en referencia al grupo de rock vasco, evocaba revoluciones decimonónicas, guerras antiguas que poco tenían que ver con el debate público que copaba los medios. En cambio en esta segunda transición que dicen estamos viviendo, los discursos se han llenado de figuras de estilo, que independientemente del contenido, remiten a esos tiempos.

Será que la moda vintage también alcanza a la política, y no todos saben customizarlo en un estilo propio y renovado. El caso es que unir biblioteca a barricada, se podría considerar una adhesión a alguno de los estilos en que nos quieren polarizar: y no, nuestro discurso va por libre, la única servidumbre que conoce es la de la defensa de la cultura.

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Ilustración del articulo Librarians for privacy de Zöe Carpenter, publicado en The Nation

La barricada es excluyente, y unirla al concepto de biblioteca abierta y sin muros que se preconiza para el siglo XXI suena contradictorio; pero también es protectora de lo que queda tras ella: y es desde ese sentido desde el que se utiliza en este post.

Barricada como autodefensa, como acogida, como protección de, y contra, muchos de los asuntos que nos afectan más directamente estos días.

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La Biblioteca de Kansas, con dicha fachada no hacen falta barricadas

PRIMERA BARRICADA

La más reciente y fulgurante barricada levantada por bibliotecarios acaba de suceder en el estado norteamericano de Kansas. El proyecto de ley HB 2719 ha sido desarrollado por los legisladores de Kansas, para dar más poder a los votantes a la hora de controlar los impuestos. Las decisiones serán establecidas por un órgano electo que decidiría sobre los recursos destinados a un gran número de instituciones públicas. La subsistencia de las bibliotecas pasaría a depender de este órgano electo en lugar de tener una asignación presupuestaria establecida por el Estado; lo cual pondría en peligro la supervivencia de muchas de las bibliotecas de la red.

La crónica que el Library journal hace de la noticia, te transmite la emoción como sólo los norteamericanos saben hacerlo. Una lucha contrarreloj para presentar las alegaciones pertinentes que consiguieran excluir a las bibliotecas del texto legal, que contó con la oposición frontal de los muy conservadores miembros de la asociación Americanos por la prosperidad. Dos de sus miembros, los hermanos Koch (Charles D. y David H.)  ya habían conseguido tumbar un referéndum a favor de una biblioteca en Plainfield, financiando una campaña de llamadas telefónicas automáticas.

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Los ultraconservadores y billonarios hermanos Koch han financiado al Tea Party, acciones en contra del sistema sanitario de Obama o boicots contra la Ley del clima. La financiación pública de las bibliotecas ha sido otro de sus objetivos a abatir.

KSLibsFoamFingersEl momento más emocionante fue la audiencia pública: unas 175 personas atestando la sala y con dedos de espuma diseñados para la ocasión en defensa de las bibliotecas. Los legisladores mostrándose sorprendidos al descubrir la cantidad de trabajos que los bibliotecarios desarrollan en sus centros; y el encendido alegato por parte los portavoces directores de bibliotecas, Matt Nojonen y Roger Carswell. Pocos días después el demócrata Tom Sawyer (con ese nombre el destino tenía que jugar a su favor por fuerza) presentó la enmienda para eliminar toda mención a las bibliotecas en la ley.

Sólo haría falta una banda sonora emotiva, poner a Tom Hanks y Julia Roberts de pareja de bibliotecarios que se enamoran mientras luchan juntos: para que la historia de unos bibliotecarios acaparase premios de la Academia, el próximo año.

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Cartel de la campaña defendiendo la titularidad pública de la Biblioteca de Birmingham

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Cartel diseñado por Jamie Reid (diseñador de muchas de las portadas míticas de discos punk) para salvar a la Kensal Rise Library

Quienes no tienen tanta épica a su favor son los bibliotecarios británicos. Según difundía la BBC, ya son más de 350 bibliotecas locales las que han echado el cierre desde que empezó la crisis.

Una situación límite la que se está viviendo en el Reino Unido, y que se agudiza con la progresiva privatización que de los servicios bibliotecarios, se lleva desarrollando en el mundo anglosajón desde la década de los 90.

El blog Stop the privatisation of Public Libraries es una buena fuente de información para estar al día de las movilizaciones y acciones que se desarrollan en defensa del acosado sistema público de bibliotecas.

 

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Alison Macrina, bibliotecaria activista por la privacidad del internauta en las bibliotecas. Fundadora de Library Freedom Project

SEGUNDA BARRICADA

Pero como se dijo al principio la barricada también sirve para protegerse de todo tipo de abusos, por ejemplo los que pueden infligir  sobre nuestra privacidad las autoridades a través de las nuevas tecnologías. Hace dos meses, la Biblioteca Pública de Las Naves en Valencia se convirtió en la segunda biblioteca del mundo en unirse al proyecto Tor. Este proyecto que permite navegar por Internet de forma anónima, es utilizado por miles de periodistas, activistas y personas amenazadas o perseguidas por regímenes totalitarios. Y todo empezó por la barricada levantada por Alison Macrina en una pequeña biblioteca de Watertown (Massachussets).

Tras las filtraciones de Edward Snowen, Macrina empezó por instalar herramientas que protegieran la privacidad de sus usuarios en los equipos de la biblioteca. De ahí al activismo a favor del software libre que permite mantenerse a salvo de intromisiones ajenas en nuestros periplos digitales: sólo hubo un paso. Casi sin pretenderlo se ha convertido en la instigadora de  todo un movimiento al que se van sumando bibliotecas (la última en Canadá), y que la ha llevado a convertirse en enemiga de la poderosa NSA (The Super Secret National Security Agency), que nos espía a todos a través de la red.

Fundadora del Library Freedom Project, Macrina no lo está teniendo fácil, pero ha convertido su apostolado en pos de la libertad en el uso de la red desde las bibliotecas, en la razón de su vida.

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Requisitos para ser una persona normal, la primera película de Leticia Dolera como directora

TERCERA BARRICADA

Según el último informe del Observatorio de la piratería y los hábitos de consumo (con todas las prevenciones que se quieran tomar por ser un informe elaborado por los principales damnificados): el 87% de los contenidos digitales consumidos en 2015 fueron ilegales, lo que ha causado al sector pérdidas de casi 1.700 euros. Es curioso que cada vez que se habla de formas para erradicar la piratería, y concienciar en el respeto a los derechos de los creadores: nunca se incluya a las bibliotecas en el debate.

En nuestro país el debate sobre la piratería está viciado desde el principio. Abordar el tema fuera de los latiguillos habituales se hace incómodo y difícil: los excesos de la SGAE, la codicia de las multinacionales, el derecho al libre acceso a la cultura. Todos estos argumentos se utilizan muchas veces como simples excusas para que recaiga en las autoridades toda la responsabilidad en la protección de los derechos de los creadores. Una hipócrita permisividad enquistada en la mentalidad de gran parte de la población; a la que no es difícil encontrarle paralelismos en otro orden de asuntos, que llevan años reflejándose en una situación política de la que todos somos responsables.

Sin título

La actriz, y recién debutante como directora de cine, Leticia Dolera, ha sido una de las pocas voces que se ha atrevido a dar un paso al frente y a denunciar la situación. Bajo el título Por una cultura sostenible, Dolera publicó un post en el blog que tiene en la revista Harper’s Bazaar en el que narra sus dificultades para eliminar su primera película como directora (Requisitos para ser una persona normal), de diferentes direcciones web que la ofrecen ilegalmente. Las declaraciones de la actriz resultan de lo más elocuentes:

“Cuando hablo de este tema con gente se ponen a la defensiva y tú te conviertes en el enemigo, en el que quiere vetar los derechos del internauta. No es así. Lo único que reclamo es un sistema regulado.

Casi siempre sale a colación la expresión “cultura libre”. Y a mí me preocupa seriamente la banalidad con la que se usa a veces.

Voy por partes, por un lado, la cultura sí está al alcance de todos ¿dónde?, en las bibliotecas públicas, lugares que merece la pena fomentar y cuidar, casi como si de templos se tratara. Ahí no sólo hay libros […] también hay música y películas y no, no sólo hay películas antiguas en blanco y negro o cine de autor […] sino también cine mainstream y de todos los géneros”

Gracias Leticia por decirlo alto y claro. ¿Por qué a nadie se le ha ocurrido utilizar las redes de bibliotecas públicas que tenemos en nuestro país para hacer campaña de sensibilización y de lucha contra la piratería? ¿por qué las industrias culturales y las autoridades competentes no han sabido aliarse con las bibliotecas y utilizarlas como barricadas contra esa mentalidad del todo gratis? Si se potenciase a las bibliotecas como sitios web desde los que poder descargarse libros, películas, música y videojuegos de forma legal: ¿no sería una manera inteligente de combatir el problema?

 

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Ingeniosa campaña para concienciar contra la piratería en la industria music de TBWA/Italia, creada por los artistas Mirco Pagano y Moreno De Turco: cadáveres de mitos de la música hechos con discos.

 

James Costos, el actual embajador de los Estados Unidos, declaraba que uno de sus objetivos de su representación diplomática en nuestro país pasaba por combatir la piratería de contenidos culturales (habiendo sido ejecutivo de HBO, con más razón). Los intereses comerciales de los Estados Unidos no son ninguna broma, y el propio Obama recurrió a la red de bibliotecas públicas de su país a la hora de difundir su proyecto de sistema sanitario público. ¿Sería muy ingenuo una acción conjunta entre el Ministerio de Cultura y la Embajada estadounidense para combatir la piratería de contenidos culturales de ambos países? Los beneficios serían mutuos.

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El potencial de las bibliotecas como instrumentos para el cambio social, puede ir más allá de las funciones que hasta ahora le han sido asignadas: y su infrautilización tan sólo demuestra una escasa altura de miras a la hora de concebirlas. Privatizaciones, privacidad y piratería: son sólo tres de los muchos ámbitos en los que las bibliotecas pueden actuar de barricadas para la defensa de derechos elementales.

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Léeme, soy community manager (DJ bibliotecarios en el filo)

F*** me, I’m famous con este eslogan el DJ David Guetta ha creado un imperio. Se trata de un mantra que condensa a la perfección el histérico culto a la celebridad que satura a los medios. Y si bien, al hablar de profesiones proclives a estar en el candelabro, los bibliotecarios no parecen ser una de ellas: bajo una de sus nuevas identidades, la de community manager: sí que aspiran a popularizar su trabajo entre su público al igual que lo haría un DJ. Léeme, soy community manager, si bien despoja de impacto a la proposición del francés, da una imagen más selectiva del gremio en esto de postularse como objetos de deseo. Sería un lema para la figura del DJ’s bibliotecario, una nueva especie profesional que ya está tardando mucho en definirse.

Por esbozar algo, se trataría de algo así como un bibliotecario referencista salido de madre. Entre sus funciones estaría la de crear productos que atrajesen por establecer conexiones y estimular sensaciones entre los lectores-oyentes-espectadores-internautas asiduos de la biblioteca (a ser posible evitando la estética algo hortera de Guetta).

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Una dieta a base de Me gusta, Compartir, retuits y atención a las estadísticas de Google Analitycs como si de programadores cardiacos de realities televisivos se tratara: es del todo desaconsejable, pero a la par inevitable. “La fama cuesta y aquí es donde vais a empezar a pagar”, que advertía la profesora en la serie de los 80, Fama; y donde tendrían que empezar a pagar por esa “fama” los bibliotecarios y faunas similares: debería ser en las facultades en las que se cursan los grados en documentación.

En Perfiles profesionales del Sistema Bibliotecario Español se relacionan las aptitudes propias del bibliotecario metido a faenas de web social: dominio de las redes sociales, destrezas tecnológicas, capacidad de comunicación, empatía, etc… Todo un abanico de habilidades personales y profesionales en el que faltaría incidir en lo que da sentido a todo eso: la creación de contenidos.

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¿Para cuándo un curso CCC de community manager para bibliotecarios?

En Cultura Mainstream, el sociólogo y periodista Frédéric Martel dejaba claro que la guerra actual en las industrias culturales a nivel mundial, era una guerra por los contenidos; y se da la paradoja de que lo que genera esos contenidos (que tantos beneficios reportan a la economía de los países) proviene de las cada vez más arrinconadas Humanidades.

Precisamente, hace poco el filósofo y escritor Emilio Lledó reivindicando “lo inútil” en una entrevista en El Mundo, se preguntaba:

¿por qué una universidad privada española hace propaganda garantizando las salidas profesionales de los alumnos? Lo exclusivamente utilitario aniquila mentalmente a los estudiantes.

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Juego de palabras a costa del águila símbolo americano y el tupé de Donald Trump

Un debate éste, el de lo útil y lo inútil según la lógica implacable del neoliberalismo, que esta crisis ha servido para afianzar: y que a poco que se fije uno, hace aguas por todas partes.

Por seguir en la crónica de actualidad, en los Estados Unidos, el candidato republicano Marco Rubio declaraba en pleno debate de primarias que Estados Unidos necesitaba más obreros y menos filósofos. Sin duda, ese ha sido el motivo por el que sus votantes han preferido la filosofía de Donald Trump. El discurso de Rubio viene a sumarse al movimiento por acabar con los estudios de Humanidades que propugnan muchos de sus correligionarios (en Kentucky ya piden que los estudiantes de literatura no reciban ayudas del estado para ir a la universidad).

No sabemos si Sheldon Cooper, el popular científico de la serie The Big bang theory, votará a los republicanos, pero está claro que estaría totalmente de acuerdo. Su mente no está hecha para la poesía, sólo para teoremas y fórmulas matemáticas; y sin duda sus conexiones neuronales sufrirían un cortocircuito ante las recientes declaraciones de Edward Guiliano, presidente del Instituto de Tecnología de Nueva York sobre la necesidad de “humanizar las ciencias”.

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Sheldon Cooper y su horror ante las humanidades

Unas declaraciones que vienen a sumarse a las predicciones del Foro Económico Mundial de Davos sobre el mundo laboral que están configurando las nuevas tecnologías. Según este organismo no precisamente amante de la poesía: lo más preciado en el nuevo panorama será el pensamiento crítico y la creatividad. Algo que sin la filosofía, el arte, la literatura, el cine o la música es francamente difícil de alcanzar.

Visto lo visto, ¿a qué esquizofrenia cultural nos está empujando tanto mensaje contradictorio?

En los planes de estudio de los grados de documentación, aparte de las técnicas propias de la profesión: ¿no se debería hacer incidencia en la historia de la literatura, la música, el cine, el cómic, el arte…? Si algo pueden aportar las bibliotecas a las deficiencias de un sistema educativo que ningunea cada vez más a las humanidades: son precisamente productos culturales que cubran esos déficits, ser garantes de la democracia, y “vender” la cultura a jóvenes (y no tan jóvenes) que no saben/pueden llegar a todo lo que les podría gustar.PACK

Ninguna otra institución cultural, como la biblioteca pública, está tan capacitada para hablar de todo; porque todo le concierne. En los museos o filmotecas se refugian las artes plásticas o el cine; pero las bibliotecas lo abarcan todo. ¿Se trata de reclamar un perfil erudito al profesional bibliotecario? No. Se trata de incluir tanto en los planes de estudio, como en los planes de formación de las administraciones: acciones formativas que sirvan para dar contenido cultural a tanta tecnología.

¿Se pueden concebir bibliotecarios a los que no les interese leer, ni la música, ni el cine, ni las artes; y que actúen como simples dependientes de documentos?, ¿puede permitirse alguien que trabaja en una institución cultural no estar al tanto de las nuevas tendencias?, ¿es realista pedir algo así cuando muchas plantillas se cubren con categorías profesionales que nada tienen que ver con la cultura?

genoves-2Por eso, precisamente la revista Infobibliotecas [inciso de publicidad nada subliminal] es una revista orientada a las bibliotecas, pero ante todo es una revista cultural integrada con el resto de publicaciones culturales en ARCE. Los bibliotecarios son profesionales de la cultura, y de poco servirán la CDU, las RDA y el dominio de las mil tecnologías que puedan surgir, si pierden de vista lo esencial: ser intermediarios entre la inflación de ofertas culturales y los ciudadanos.

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Pablo Genovés y sus montajes fotográficos de apocalipsis cultural

1507-1El ensayo Piensa como un artista de Will Gompertz (autor del delicioso ¿Qué estás mirando? 150 años de arte moderno en un abrir y cerrar de ojos), soslayando con habilidad la autoayuda: proporciona muchos ejemplos de creadores que sirven para masajearnos las neuronas sea cual sea nuestra profesión, e intentar afrontar nuestros trabajos con una mirada más fresca.

En el último capítulo, Gompertz nos habla de Bob y Roberta Smith, los seudónimos de un pintor británico que creó su cuadro: All Schools Should be Art Schools (Todas las escuelas deberían ser escuelas de arte) para lanzar su Partido de las Artes, un grupo de presión de artistas preocupados por la paulatina desaparición de las artes y el diseño en el sistema educativo británico (“en las escuelas de arte se enseña cómo pensar, en lugar de qué pensar”).

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“Todas las escuelas deberían ser escuelas de arte” de Bob y Roberta Smith

Desde este punto de vista, la mala fama de la tan cacareada procrastinación se transforma en positiva cuando hablamos de creatividad.  La cantidad de información inútil consumida vía televisión, vídeos, libros, cómics, revistas cuyo exceso de consumo muchas veces desespera a educadores y padres: puede transformarse en un discurso propio, adaptado al medio digital, en el que lo único que va a conseguir destacar, por encima del ruido, será la creatividad. Como decía el personaje de Antonio Resines en una comedia al respecto de niños y televisión (sustitúyase ahora por Internet):

“a los que son inteligentes les hace más inteligentes, y a los que son tontos les hace más tontos.”

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Obra de Banksy

Tal vez así, podamos ahuyentar los augurios con que diagnostican nuestra época las fascinantes composiciones fotográficas de  Pablo Genovés o los grafitis del misterioso Banksy: y reconvertidos en DJ, los bibliotecarios aúpen al Top Ten de las listas remezclas de temas como el I’m reading a book del showman Julian Smith.