Homo sapiens, Homo Deus, Homo byblos

 

El otoño literario de este 2018 está coronado, en cuanto a libros de no ficción, por el último ensayo del historiador estrella del momento Yuval Noah Harari. Sus 21 lecciones para el siglo XXI llevan semanas posicionadas en el número uno de ventas y nosotros nos alegramos. Voces interesantes, en cada momento y lugar, que arrojen una mirada lúcida sobre la actualidad puede haber muchas: pero que lleguen masivamente al gran público no tantas.

 

Obviamente que Obama o Bill Gates recomendasen Sapiens: de animales a dioses, el ensayo que lo catapultó, ha ayudado mucho a que así sea. Pero lo más valioso, se esté o no de acuerdo con todas las predicciones de Harari, es su apuesta por unos valores ilustrados adaptados al movedizo tiempo que estamos viviendo.

¿Tomará alguna idea Ridley Scott a la hora de adaptar el ensayo de Harari de la película de 1981 ‘En busca del fuego’ de Jean-Jacques Annaud: en la que sapiens y neandertales se enfrentaban por el fuego?

Si en Sapiens (deseando ver estamos qué adaptación al cine hace Ridley Scott) Harari cifraba el éxito del menos dotado evolutivamente Homo sapiens para prosperar, y hacerse dueño y señor del planeta, en su capacidad para construir un relato: y después en Homo Deus nos advertía del siguiente estado evolutivo que desechará al sapiens para, inteligencia artificial mediante, alumbrar al Homo Deus. Aquí, osados, nos adelantamos y sin intención alguna de enmendarle la plana a Harari aventuramos que también cabe la posibilidad del Homo byblos.

Si Darwin cifró en la adaptación al medio la evolución de los seres vivos en El origen de las especies; Richard Dawkins lo hizo en el egoísmo de nuestros genes en El gen egoísta; y Steve Pinker denunció las manipulaciones ideológicas sobre la naturaleza defendiendo el peso de la herencia al nacer en La tabla rasa: nuestra teoría en torno al Homo byblos no suena tan marciana (aunque eso sí: mucho más pobremente argumentada).

 

Darwin nunca podría haber predicho que su teoría de la evolución ‘inspiraría’ cosas como Hace un millón de años (1966) pero qué duda cabe que Raquel Welch como cavernícola era toda una evolución.

 

El Homo Deus al que nos abocan las predicciones de Harari se sustenta en la cultura, en el conocimiento acumulado por el Homo sapiens, que una vez evolucionado y alcanzada la divinidad, gracias a la cultura y el conocimiento, posibilita el advenimiento del siguiente paso evolutivo. No es la naturaleza, como en Darwin, la que marca el ritmo, ni siquiera la cultura: sino la tecnología. Y si los vituperados sapiens que somos no queremos perder el poder tan pronto (aunque visto lo visto sería hasta deseable): más nos vale ponérselo un poco más difícil al prepotente heredero que nos pisa los talones dándole cancha al Homo byblos.

De la palabra byblos deriva biblion origen de Biblia y biblioteca. Ahora que las religiones languidecen irremediablemente como vertebradoras del orden social (solo hay que ver sus estertores en la rabia yihadista que quiere morir matando): el último refugio sigue siendo la cultura. Claro que para eso el nuevo culto a la tecnología está haciendo muy bien los deberes para conseguir que los Homo sapiens vendamos barato y fácil nuestro futuro. Antes la posteridad se alcanzaba a través de logros culturales, pero ahora que la inmortalidad está a la vuelta de la esquina gracias a la biotecnología: ¿para qué va necesitar el Homo Deus lo que entendemos todavía por cultura?

The fuzzy (el equivalente en inglés a ser ‘de letras’) and the techie (el equivalente a ser ‘de ciencias’): porqué las humanidades gobernarán el mundo digital. El ensayo del pope Silicon Valley que habla de la necesidad de las humanidades en el mundo digital.

Si en 2017 la revista especializada holandesa ‘Intelligence’ publicaba un estudio que demostraba que nuestros antepasados de la era victoriana eran más inteligentes que nosotros; en 2018 un nuevo estudio publicado en Noruega en ‘Proceedings of the National Academy of Sciences’ vuelve a incidir en que el coeficiente intelectual humano ha caído 7 puntos en las últimas décadas.

Todo viene a refrendar la necesidad de ese Homo byblos pero, si así y todo, necesitamos todavía convencernos: la actualidad siempre viene a nuestro auxilio. Es el caso del experto e inversor en grandes compañías de Silicon Valley (el jardín del Edén tecnológico) Scott Hartley, autor del libro The fuzzy and the techie, que en una reciente entrevista en ‘Retina‘ defiende a las humanidades como tabla de salvación para no perder la partida frente a la apisonadora de la inteligencia artificial.

De forma intuitiva, como lo hacemos aquí todo, ya defendíamos hace dos años, en Léeme soy community manager, que había que promover “acciones formativas que sirvan para dar contenido cultural a tanta tecnología“. En ese mismo post recogíamos lo que el Foro Económico Mundial de Davos decía que iba a ser lo más importante en el mundo hipertecnologizado en el que estamos: el pensamiento crítico y la creatividad. Así que las palabras de Hartley solo vienen a refrendar la trascendencia de las humanidades en la actualidad.

 


Según un artículo en ‘Xataka’ la ventas de libros en papel lejos de desaparecer se mantienen. En este anuncio francés de hace 5 años ya decían claro: el papel nunca morirá.

 

Si a esto sumamos que, como nos desvelan en ‘Xataka’, que los libros en papel, lejos de perder la batalla contra los digitales, se mantienen e incluso prosperan: solo nos cabe decir que dos + dos = cuatro y que el Homo byblos que proponemos como alternativa no suena nada descabellado.

¿Estamos defendiendo una regresión? ¿vamos de luditas? Para nada. Lo que abogamos con ese Homo byblos es una aceptación de la tecnología desde un prisma humanista, desde una memoria de dónde venimos: y de donde venimos es de la cultura impresa, de la cultura escrita. Lo de que una sola imagen vale más que mil palabras es mentira: para interpretar una sola imagen correctamente antes han tenido que escribirse mucho más que mil palabras para poder nombrar y aprehender lo que en ella vemos.

 

El monolito de ‘2001 odisea en el espacio’ (1968) puede que fuera un smartphone. Fotomontaje de la revista ‘Hobby consolas’.

 

Harari en una entrevista, a raíz de su último ensayo, revelaba que los poderosos no tienen smartphones. En una sociedad en la que despreciamos nuestra privacidad en pos de visibilidad en las redes: los que de verdad mueven los hilos siguen marcando la diferencia y se protegen contra esos ladrones de tiempo que quieren captar y retener nuestra atención para que sintamos todo el tiempo y pensemos poco. Ellos serán los elegidos, los Homo Deus que agudicen esas desigualdades que ya no se sustentarán en la riqueza sino en el código genético.

Por eso si no queremos ser como los simios del principio de 2001, odisea del espacio (1968) ante el monolito reconvertido en smartphone; si no queremos que la soberanía del futuro pase de la ciudadanía ignorante a los algoritmos inteligentes como aventura Harariprogresemos sin desperdiciar lo que nos ha llevado hasta aquí. En la carrera por la evolución entre el Homo sapiens y el Homo Deus el combustible es la cultura, esa cultura que custodian las bibliotecas. La IA está dando clases de apoyo intensivas para superarnos: no cedamos tan fácilmente el testigo.

 

Una de las coreografías con robots de la española Blanca Li.

 

En la entrevista con Hartley se menciona a la bailarina Catie Cuan: que actualmente trabaja en el Laboratorio de Robótica, Automatización y Danza de la Universidad de Illinois. La bailarina está enseñando movimientos más gráciles y elegantes a los robots para (textualmente) “facilitar la interacción con los humanos y generar confianza”. Nunca mejor dicho: para que nos confiemos.

Hace unos años la bailarina y coreógrafa española afincada en París, Blanca Li, indagó en la misma línea con sus coreografías compartidas con robots. Pero como confiamos en que, sea el que sea, el Homo que prevalezca: lo #bibliobizarro no se pierda nunca. Por eso, antes que con Catie Cuan o Blanca Li, preferimos cerrar con Dee D. Jackson y su hit de 1978 ‘Automatic lover’. Dudamos mucho que ninguna inteligencia artificial, por avanzada que esté, alcance a descifrar el significado de tamaño delirio cibernético-disco. El cortocircuito está asegurado.

 

 

Lo cultural en los masa-media

 

La añorada Chus Lampreave, en uno de esos papeles secundarios en los que le hubiese robado el protagonismo a la mismísima Bette Davis: soltó una de esas perlas almodovarianas que han quedado para la posteridad: “es muy triste como están los masa-media en este país“. Era en Hable con ella (2002) donde Chus interpretaba de nuevo a una de esas porteras que, pese a lo entrometido, cualquiera querría tener en su portal. Dieciséis años después el veredicto sobre los medios de comunicación que el director manchego puso en boca de Lampreave no puede decirse que haya variado mucho.

 

Chus Lampreave y Rossy de Palma recreando sus papeles como madre e hija en La flor de mi secreto (1995) para un anuncio de pasta.

 

Podríamos entresacar frases inspiradores sobre libros, lectura y bibliotecas convenientemente rubricadas por personalidades de prestigio para definir lo que se puede englobar dentro del hecho cultural. Pero siempre es más interesante pararse a observar cómo se representa lo cultural (o esa idea de lo que se supone culto que, de forma difusa, hasta el más iletrado reconoce) en los masa-media a los que se refería la portera de la cinta almodovariana.

Para eso hay que mirar menos a los libros, sobre todo en un país donde se lee tan poco, y más a la televisión y sobre todo a esa forjadora de inconscientes colectivos que es la publicidad. Sin necesidad de alejarnos mucho en el tiempo, hace unos días, en prime time como dice la jerga televisiva: un show familiar como El hormiguero se acercaba a las bibliotecas. Pocas lecturas sobre la idea global de las bibliotecas se puede entresacar de este repaso a las bibliotecas más sorprendentes de China: pero al menos es un alivio constatar que no se incurrió excesivamente en ninguno de los tópicos habituales (salvo en que las bibliotecas sirven para estudiar: una idea que la cuadrilla de los #bibliotecariosgrafiteros llevan tiempo intentando erradicar). Y hablando de Almodóvar, qué casualidad que esa noche estuviese de invitada la que fuera su primera musa: Carmen Maura.

 

 

Carmen Maura acudió al programa de Pablo Motos para hablar sobre su regreso a las tablas del teatro con la obra La golondrina de Guillem Clua. Aunque la obra va sobre las heridas y traumas que provoca la barbarie del terrorismo: la pregunta de la cual parte el planteamiento de la trama nos viene de perlas para este post: ¿qué es lo que nos hace humanos? Desde el asunto que nos llevamos entre manos aquí lo tenemos claro: la cultura. Pero dejemos de ponernos intensos que estamos hablando de publicidad.

No todas las campañas que tiran de la cultura o los libros para publicitarse tienen que ver con empresas u organismos propiamente culturales: pero sin duda algunas de las mejores provienen de este ámbito. No es la primera vez, ni probablemente será la última, en que nos recreemos en las campañas para la cadena de librerías mexicana Gandhi. Algunos son tan buenos que, años después, han ‘inspirado’ muy sospechosamente campañas de productos muy alejados de los libros. Sin ir más lejos los de arroces precocinados. Y he aquí la comparativa:

 

 

Pero los creativos de la agencia mexicana de Pepe Montalvo que, durante muchos años, fueron los encargados de estas campañas que han catapultado a la popularidad a una cadena de librerías en un país como México, que según la Unesco, ocupa el penúltimo puesto en cuanto a índices de lectura: hicieron tal alarde de creatividad que aún quedan otros tantos anuncios que difícilmente ningún sector ajeno a la cultura podrá emular.

 

 

Dejamos de lado, por ahora, la televisión. En Sudáfrica, la agencia Lowe Johannesburg, ideó una campaña para medios impresos de lo más efectiva para la librería Pulp books. ‘Leer te hace interesante’: en la oficina, el bar o el restaurante. Y es que las lecturas que nos han ayudado a definirnos nos acompañan allá donde estemos.

 

 

Y muy al hilo de este cruce entre intereses empresariales e intereses culturales, un hotel en la localidad murciana de Molina de Segura, publicaba este tuit hace unas semanas:

 

 

Que un establecimiento hotelero tenga la buena idea de promover el uso del carné de biblioteca para que sus huéspedes tenga acceso a las plataformas de préstamos de libros electrónicos y de audiovisuales sin salir del hotel: habla muy a favor de los responsables de dicho establecimiento. Un ejemplo de inteligencia empresarial que más empresas deberían imitar.

Las bibliotecas, se usen o no, aún tienen la suerte de conservar una buena fama, una cierta aureola de prestigio: aliarse con la cultura siempre es una sabia decisión de cara a proyectar una imagen favorable cara a la clientela. Y si encima es totalmente gratis para el negocio: ¿qué más se puede pedir?

Pero volviendo a anuncios que nos han gustado especialmente. Los auriculares ideados por la agencia McCann Worldgroup India de Nueva Delhi, sugerían que con los audiolibros de Penguin Books: Shakespeare, Oscar Wilde y Mark Twain te susurran sus obras al oído. No es de extrañar que la campaña se hiciera con el León de Oro del mayor certamen de publicidad del mundo: el Festival Internacional de Publicidad de Cannes. La campaña impresa se lanzó en la India y consiguió aumentar en un 15% la venta de audiolibros en pocos días.

 

 

Pero hasta aquí las campañas con temática cultural para vender productos culturales. Resulta, tal vez menos gratificante, pero sí más interesante cuando son empresas ajenas a ‘lo cultural’ las que recurren a las convenciones en torno a los libros y las bibliotecas para vender sus productos. Es ahí donde mejor se pueden detectar las ideas preconcebidas y los prejuicios con que se representa la cultura en los masa-media.

La publicidad italiana de la marca de cervezas Heineken jugó ingeniosamente con la imagen del libro y la cerveza con un eslogan que asimilaba ambos artículos: “Una cerveza tiene mucho que enseñar”. Ingenioso y respetuoso en su equivalencia: se refuerza la idea de libro como objeto valioso, que aporta cosas positivas, tan deseables, como una buena cerveza.

 

La película biográfica sobre el creador de la cadena de comida rápida McDonald’s.

 

Y sin salir de la industria alimentaria: no deja de resultar curioso que haya sido una cadena de comida rápida la que, en varias ocasiones, haya recurrido al símil con los libros. ¿Tal vez una necesidad de respetabilidad les llevo a asociar libros con hamburguesas?

En todo caso la relación entre la cadena de hamburguesas McDonald’s y la lectura viene de largo. Recientemente la Ronald McDonald House Charities (la ONG auspiciada por la empresa de comida rápida que cuenta con 336 casas de acogida por todo el mundo en las que buscan mejorar las condiciones de vida de los niños) ha patrocinado una donación de libros a las bibliotecas de York County en Filadelfia.

La duda que siempre nos asalta cuando leemos sobre el interés de promocionar la lectura entre los jóvenes por parte de una empresa de comida rápida es: ¿y si los niños leen y leen y al crecer deciden plantarse ante los abusos de las industrias cárnicas y abogan por una dieta sana y sostenible ecológicamente? En fin, será que somos muy retorcidos.

En la librería Bros de Santiago de Chile aprovechan su vecindad con la franquicia de cafés Starbucks para promocionarse.

El caso es que hace unos meses, el director del programa sobre bibliotecas y ciencias de la información de la Universidad del Sur de California, Gary Shaffer, declaraba en una entrevista concedida a la revista online de dicha universidad que hay 17000 bibliotecas públicas en los Estados Unidos: más que Starbucks o McDonald’s.

Precisamente Shaffer incidía en que “los bibliotecarios siguen siendo estereotipados en los medios de comunicación: y sin embargo los bibliotecarios modernos se ocupan menos de hacer callar y ordenar libros y mucho más de navegar por montañas de datos.” Shaffer concluía con una de esas frases que antes servían para arengar a las tropas: “Es un momento emocionante para ser bibliotecario.”

 

 

Y otra pregunta que nos asalta: si los libros son elegidos como símbolo positivo para compararlos con los productos que la publicidad quiere vendernos ¿por qué en cambio los bibliotecarios siguen apareciendo como rancios, aburridos y amuermantes?

Volvemos a esa propagadora masiva de estereotipos que es la televisión y nos enfrentamos a dos campañas que cumplen con todos los tópicos habidos y por haber. Silencio, aburrimiento, bibliotecarios grises, desvaídos y gruñones, y el poder del producto que se anuncia, como remedio para salvar toda esa ranciedad intrínsecamente asociada a la profesión.

 

 

‘Descaradamente diferente’ reza el eslogan del anuncio de golosinas. Y lo cierto es que lo descaradamente diferente en este caso hubiera sido presentar a la biblioteca como un sitio tan excitante como una bolsa de golosinas. Descaradamente diferente hubiera sido presentar a la bibliotecaria como alguien que tiene la clave para encontrar miles de historias, aventuras, fantasías y juegos que divierten tanto como tener la lengua llena de peta-zetas. Descaradamente diferente habría sido presentar un espacio cultural como algo apasionante para los niños, y no como un sitio amuermante y aburrido.

No por nada, Astrid Lindgren, la escritora creadora de Pipi Calzaslargas fue una mujer independiente, feminista y avanzada a su tiempo en muchos aspectos, que empezó a escribir sus célebres relatos para divertir a sus hijos, y amaba los libros y a las bibliotecas. No somos tan ingenuos como para esperar que la publicidad derribe estereotipos cuando son tan útiles para vender. Pero como bien cuenta Thomas Frank en su interesante ensayo La conquista de lo cool: las agencias de publicidad más míticas en los años 60 estadounidenses abrazaron la contracultura porque vieron que los tiempos estaban cambiando y que el público huía de los lugares comunes.

Si la publicidad actual busca la implicación emocional del consumidor, la empatía, la cercanía: empecemos por olvidarnos de tantos sambenitos. Ánimo, no cuesta tanto, y les va en ello el negocio.

 

 

Creative commons bibliotecarios

 

Este blog puede que tenga los días contados tal y como es ahora mismo. Aún es pronto para saber cómo nos va a condicionar la nueva regulación de los derechos de autor que hace unas semanas se debatía en el Parlamento europeo. Pero lo cierto es que el espinoso asunto del copyright siempre va a plantear dudas en el escurridizo mundo digital.

Desde la más candorosa de las inocencias (nada más perverso que la inocencia para cuestionarlo todo): defenderíamos que en instituciones culturales como son las bibliotecas el compartir en sus blogs, redes y webs contenidos ajenos, siempre que se citen las fuentes y los autores, no debería tener demasiadas limitaciones. El hecho de que sean instituciones públicas, sin ánimo de lucro, cuya finalidad es la promoción de la cultura debería tenerse en cuenta por parte de los grandes de Internet a la hora de programar los temibles (y necesarios) filtros que rastrean posibles usurpaciones digitales. Pero esos gigantes de Internet ¿van a tener en cuenta las necesidades de esas hacendosas hormiguitas que son las bibliotecas?

 

 

En otra candorosa reflexión se nos ocurre que podrían hacerlo los propios autores. Que convencidos de la labor que hacen las bibliotecas e instituciones culturales exijan que se les dé un trato de favor. Pero cuando ha habido autores (y no señalamos a nadie porque no sabemos si Juan Manuel de Prada habrá cambiado de opinión) que equiparaban en 2011 las descargas ilegales con los préstamos de sus libros en la red de bibliotecas públicas del Estado: ¿qué no otras resistencias se encontrarán en la red?

Si en un espacio cultural digital se reproduce un texto ajeno (con las preceptivas comillas cuya ausencia tanto juego está dando políticamente), se incluye una imagen, se inserta un vídeo, o se musicaliza un vídeo de elaboración propia: con el ánimo de recomendar, prescribir, ensalzar u homenajear lo que se ha tomado prestado: ¿no cabría una mayor permisividad? En ese flower power limbo nos columpiábamos hasta que irrumpe el renovado (sic) debate en torno al apropiacionismo cultural.

 

Comparativa entre el vídeo de ‘Malamente’ de Rosalía y la parodia por parte de Los Morancos.

 

Rosalía, la nueva sensación del flamenco-pop-trap-choni……..(rellénese la línea de puntos con lo que cada uno distinga en su collage musical y propuesta estética), no sabemos si va a afianzarse como una gran estrella: pero ya ha conseguido uno de los requisitos imprescindibles para que así sea: que la imiten Los Morancos. Si no te imitan no eres nadie. Rosalía lo sabe: así que lo celebró retuiteando el vídeo en su cuenta de Twitter. El humor “plagiario” de Los Morancos podría considerarse también apropiación, jocosa, pero apropiación que igual no lo tendría tan fácil si prosperase la legislación más restrictiva.

A la cantante catalana se le afea que no tenga pedigrí flamenco, que no sea del sur, que haga suyos símbolos e imaginerías que no le corresponden y una serie de supuestas expoliaciones que Rosalía hace a la cultura calé. Algo que curiosamente no se les ha echado en cara al cantaor Miguel Poveda (también catalán sin raíces gitanas); o al iconoclasta Niño de Elche que recientemente ha versionado la Bomba gitana de Lola Flores, que por cierto, tampoco era gitana. Aunque a este último, quienes lo acaban de linchar han sido los críticos del ‘ABC’ y ‘El mundo’, tras su actuación en la Bienal de Flamenco de Sevilla.

 

El chino Can Wang encabeza la lista de admitidos al grado superior de Guitarra Flamenca del exigente Conservatorio Superior Rafael Orozco de Córdoba. Es un ejemplo de la pujanza de japoneses y chinos en el flamenco de la que nos hablaba ‘El País’ recientemente.

 

El apropiacionismo es uno de los discursos políticamente correctos que más estragos puede hacer en el criterio cultural despistado de algunos jóvenes millennials que faltos de referentes, y acostumbrados al continuo linchamiento de las redes: den por bueno un test de pureza que contraviene en esencia lo que debe ser la cultura.

A las generaciones que vivieron peligrosamente (o no) las décadas de los 30 a los 80 (aquellas en que Hollywood marcó a fuego el imaginario del mundo entero vía cine o televisión) que soñaron con la India de Narciso negro (1947); el África con tigres de las películas de Tarzán; o la Arabia suntuosa de El ladrón de Bagdad (1940): esto del apropiacionismo les pilla muy lejos. Si el bueno de Terenci Moix, que tanto disfrutó y ensalzó ese cartón piedra que le hizo enamorarse del Egipto real, levantase la cabeza: quedaría horrorizado de este test de virginidad al que se quiere someter a la cultura popular.

Hemos pasado del elogio del mestizaje, del buen rollo perroflautero de Manu Chao, del buenismo del ‘Contamíname‘: a exigir la prueba de ADN a la cultura en tiempos de la globalización. Nada más triste que un nacionalismo cultural que confunde el respeto a las raíces con el rechazo a la novedad. Nada que ver con los franceses siempre dispuestos a asumir como propio todo aquello que les deslumbra culturalmente.

La película española de Asghar Farhadi ¿se podría considera apropiacionismo por parte de un iraní?

En todo caso si alguien tuviera el hipotético derecho de ponerse flamencas en esto del apropiacionismo: esas serían las bibliotecas. Depositarias del copyright de la cultura por derecho propio: ¿cuántos escritores, artistas, creadores o pensadores han relatado agradecidos la deuda contraída con las bibliotecas que les acompañaron en su formación?

Puestos a reivindicar hasta podrían reclamar la exclusividad del sufijo –teca que con tanta alegría explotan aquí y allá revalidando la vigencia del concepto biblioteca. Ese concepto que algunos siguen empecinados en jubilar.

 

Los viejos archivadores de biblioteca inspiración para los vestidores diseñados por IKEA. Apropiándose hasta del mobiliario.

 

Solo hay que fijarse en algunas de las empresas más exitosas del planeta para constatar cuanta ‘inspiración’ siguen ejerciendo las bibliotecas. El caso más reciente, el de la multinacional IKEA, que en un claro ejemplo de apropiacionismo ha creado salas de lectura para sus clientes durante este verano en la tienda inglesa de Wembley. Y no solo para leer allí incluso para llevárselos prestados a casa.

La empresa sueca no tiene suficiente con haber uniformado la decoración de millones de hogares en todo el mundo; de convertirnos en esclavos del instinto IKEA (como declamaba el protagonista en la novela El club de la lucha: “personas que conozco que solían llevarse pornografía al baño ahora se llevan el catálogo del IKEA”); ni de publicar el libro más impreso del mundo (su famoso catálogo): ahora además se apropian del concepto biblioteca.

 

 

Gracias a un acuerdo con el British Booker Prize la empresa de muebles invitaba a sus clientes a reducir el estrés leyendo. Si los hogares ya no son el paraíso que eran por lo difícil que resulta desconectar con tanta tecnología intrusa en nuestra intimidad: ahí está IKEA para ofrecernos el remedio para desconectar a través de la lectura. Tié guasa la cosa que diría un flamenco.

Y ya puestos a usurpar el papel de las bibliotecas añadiendo el beneficio económico propio de toda empresa: en Francia, también IKEA, se puso a fomentar las donaciones de libros. Del 11 al 23 de junio, IKEA Francia, puso en marcha una campaña de recogida de libros usados a cambio de una tarjeta regalo de 10 euros. Tarjeta que los clientes podrían usar en compras superiores a los 50 euros. Posteriormente las donaciones serían entregadas a dos asociaciones.

 

 

Y sin salir de Francia, también este verano pasado, otra gran empresa como Carrefour tuvo su ‘momento biblioteca’. La cadena gala recurrió a una ilustración del blog pedagógico Mysticlolly para señalizar y adornar sus estanterías de literatura infantil.

El autor del dibujo es un profesor de secundaria que creó la ilustración bajo una licencia de Creative Commons para que se pudiera utilizar sin problemas por parte de sus colegas, instituciones educativas y cualquier otro centro cultural: pero no con fines comerciales. A través de Twitter denunció su utilización por parte de una empresa que genera millones de ganancias. No sabemos cómo ha acabado esa denuncia, porque según la noticia recogida por ActuaLitté les univers du livre, a finales de julio no había recibido respuesta alguna.

 

Biblioteca de las armas: nombre para una armería en los Estados Unidos. Un ejemplo de apropiacionismo del concepto biblioteca que no nos gusta ni una chispa.

 

No está bonito lucrarse con el trabajo ajeno. Eso no pasa con las bibliotecas. Las bibliotecas de por sí son generosas. Bibliotecas y bibliotecarios han sido pioneros en muchas cosas que, generación tras generación, se revisten con nuevos ropajes para venderlas como si fuera el último grito. Si Youtube está repleto de tutoriales: los bibliotecarios los hicieron antes para explicar cómo usar el catálogo; si El Corte inglés y otras grandes superficies ofrecen cuentacuentos: las bibliotecas los hicieron antes; si las nuevas tecnologías se basan en palabras claves y clasificaciones: las bibliotecas las llevan haciendo desde la Antigüedad: y así podríamos seguir.

 

Cartel en Las Vegas anunciando el club de striptease The library. Un club para caballeros que se anuncia con el eslogan: una experiencia de aprendizaje. En este caso el apropiacionismo, aunque sea solo por el morro que han tenido, al menos despierta una sonrisa.

 

En fin, que el concepto biblioteca sigue tan vigente, válido y necesario como siempre. Y si no que se lo digan a tantos como se arriman a él para potenciar sus negocios disfrazándolos (en muchos casos) como otra cosa. Pero las bibliotecas lejos de ser celosas de ese concepto: son todo generosidad y no pueden más que alegrarse de que cunda el ejemplo. Lo único que revienta es que todavía haya ciudadanos que se maravillen por lo que les ofrecen negocios que buscan su dinero y no aprovechen lo mismo teniéndolo gratis (gracias a los impuestos de todos) a pocos metros de su domicilio.

 

 

Debi Mazar como la Ava Gardner de Arde Madrid (2018) la serie de Paco León.

Y para terminar volvemos al flamenco (¿?). A cuenta de lo del apropiacionismo, precisamente hace poco, el director y actor Paco León: ha recibido no pocas críticas por interpretar a una mujer trans en la serie La casa de las flores (2018) en lugar de ceder su puesto a una actriz transexual. Un intento de coaccionar la libertad creativa de los creadores de la serie en función de unas reivindicaciones, las del colectivo de mujeres transexuales, por otro lado, perfectamente respetables.

Y el talentoso León también acaba de filmar, como director e intérprete, la serie sobre los años en que la inolvidable Ava Gardner vivió en nuestro país: Arde Madrid (2018). Hablando de apropiacionismo, kitsch, usurpaciones y delirios creativos varios: nada como cerrar con el fragmento en el que la gran Ava interpretaba a una bailaora flamenca española en La condesa descalza (1954). Todo parecido con el flamenco y lo gitano no es pura coincidencia es directamente imposible, y en cambio, eso no le resta ni un ápice de valor a esta maravillosa película.

 

La biblioteca como arma política

 

En un tuit de hace unos días, Felicidad Campal, sintetizó a la perfección lo que muchos pensamos al oír las insistentes noticias en torno a la polémica a cuenta de la tesis del presidente del Gobierno  Pedro Sánchez:

Que en el Congreso se hable de , de plagio, de investigación, de tesis, de Teseo , la base de datos de las tesis españolas… No está mal, aunque sea para acusarse unos a otros de lo mal que lo hacen todo. y más necesarios que nunca! O no?


Suelen ser tan escasas y estereotipadas las noticias que convierten a las bibliotecas en protagonistas de la actualidad para los medios de masas: que es inevitable que cualquier noticia al respecto sea bienvenida. Máxime cuando las favorece al presentarlas como instituciones a las que remitirse cuando se trata de arrojar algo de luz sobre la crónica de actualidad. Que en la biblioteca de la Universidad de Camilo José Cela se hayan formado colas de periodistas para acceder a sus fondos (bueno en realidad a un solo documento) ya es reseñable. El ‘tirar de hemeroteca’ que tanto gusta a la prensa.

Pero pese a lo importante que es estar en los medios (no íbamos a negarlo precisamente en este blog que va de exquisito (¿?) e hizo palmas con las orejas al ser recomendado hace unos días en el programa de Julia Otero: Julia en la onda) no está de más atender al discurso de trasfondo que se puede leer tras este súbito protagonismo de las bibliotecas.

 

Maqueta para la biblioteca presidencial del expresidente Obama. 

                                                     

El libro de John Street analizaba hace unos años las diferentes relaciones con la cultura según los posicionamientos ideológicos. Y hace poco en Xataka nos descubrían un estudio que demuestra que los de derechas e izquierdas optan por lecturas sobre ciencia muy diferentes. El encuentro parece imposible.

En Biblioteca contracultural (inciso: autocitarse sin previa disculpa pareciera incorrecto. Y es algo incomprensible. Según se ha recordado a raíz del affaire de la tesis de Pedro Sánchez un baremo de prestigio es el número de citas de tus escritos. Pues bien: las autocitas deberían puntuar positivamente: denotan coherencia en el discurso y ausencia de falsa modestia. Tal y como se está poniendo la normativa sobre derechos de autor, en breve, lo único que podremos hacer será autocitarnos): después de este inciso que más parece un injerto: decíamos que en Biblioteca contracultural defendíamos a la contracultura frente a la cultura.

La contracultura nace sin más expectativas que las de soltar un eructo a lo establecido. En cambio, lo que oficialmente se asume como cultural, se usa muchas veces como arma arrojadiza: “una cachiporra con que atizarse en el grand guinol de la política“. Vistas ahora estas palabras parecieran hasta proféticas. Pero ¿de qué cultura estamos hablando?


¿Hay un discurso positivo en todo este rifirrafe a cuenta de los másteres de los políticos? Tras los años de la crisis en los que el enriquecimiento rápido era la máxima aspiración: y la paciencia y el esfuerzo que requiere la formación académica deslucían ante la inmediatez de tanto pelotazo mediático: sería fácil interpretar que hemos aprendido la lección. Que la formación, la cultura, y por ende, las instituciones culturales cotizan al alza. Pero mejor no nos dejemos llevar por el espejismo. 

Este uso de la formación y la cultura como cachiporra política no es más que una nueva instrumentalización de la cultura para intereses que le son ajenos. No se trata de hablar de cultura como espacio común para intercambio de ideas, y por tanto, enriquecimiento mutuo: sino de cultura como arma política, como demérito, como vacuo ornamento.

 

Seis grados de separación (1993) una excelente, y no muy conocida pese a encabezarla Will Smith, película que retrata las diferencias de clase, ideológicas y culturales de manera brillante.

Blotch de Blutch: estupendo retrato de un pedante insoportable.


Desde determinadas posturas ideológicas la cultura se ha esgrimido muchas veces como un elemento para la exclusión y el clasismo. El descrédito y falta de predicamento que actualmente tiene la figura del intelectual tiene mucho que ver con ese apabullamiento de citas, referencias y engolados ditirambos con que los leídos del pasado (y algunos del presente) trufaban sus peroratas. La cultura como fuego de artificio intelectual, como puro exhibicionismo, como instrumento de opresión. No la cultura como lugar de encuentro, de diálogo, de aprendizaje: esa idea de cultura que promueven las bibliotecas públicas.


No se trata de una loa al igualitarismo sino de una defensa de la cultura como espacio para el disfrute desprejuiciado sin renunciar al juicio crítico. Algo que afortunadamente las nuevas generaciones (al menos al porcentaje al que le interesa la cultura) parecen practicar cada vez con mayor naturalidad.

 

 

En el nº 490 de la revista ‘Dirigido’, la crítica Anna Petrus, hacía una reflexión sobre un cambio de paradigma cultural a raíz de la mala acogida del último filme del cineasta Michael Haneke, Happy end (2018). Su análisis detecta y celebra un cambio en la mirada del espectador que empieza a reclamar menos crueldad y más humanismo y empatía en las creaciones. Petrus contrapone la cruda mirada de Haneke sobre sus personajes a la mirada cálida, de un humanismo renovador de películas como Verano 1993 (2017) de Carla Simón. Para la crítica, el movimiento feminista tan presente en nuestros días, sería corresponsable de este cambio de sensibilidad.

No estamos muy seguros de que enriquecer la cultura pase por renunciar a la mirada menos humanista (¿según qué baremos? ; ¿no es la crueldad un sentimiento tan humano como el amor?) de cineastas como Haneke, Lars von Trier o Verhoeven: o de escritores como Thomas Bernhard, Jim Thompson, Cormac McCarthy…

 

¿Cómo sería recibida hoy día la durísima, polémica y política ‘Saló o los 120 días de Sodoma’ (1975) de Pasolini? ¿cómo encaja la obra de autores como el Marqués de Sade en esa cultura de la empatía que algunos sostienen que está cambiando el paradigma?

 

Estemos más o menos de acuerdo con las ideas de Petrus lo interesante es constatar como las pugnas por redefinir el canon cultural en cada momento y circunstancia siguen vigentes, y en medio de todo, se sitúa la biblioteca. La biblioteca como territorio a ocupar, la biblioteca como arma política para construir la sociedad en la que cree cada uno. El activismo estadounidense nos lleva muchas décadas de ventaja en esto de tomar posiciones partiendo de las bibliotecas.

 

Una de los libros auspiciado por la organización Everylibrary: ‘Ganando elecciones e influencia política para financiación bibliotecaria’.

 

Everylibrary es una organización estadounidense centrada en conseguir apoyo electoral en favor de las bibliotecas. Públicas, escolares o universitarias. Desde su creación, en 2012, Everylibrary ha apoyado a las bibliotecas públicas locales cuando hay elecciones en sus circunscripciones. Para ello capacitan al personal bibliotecario y a voluntarios para planificar campañas efectivas de información; implican a la sociedad civil y a los activistas locales para que apoyen sus bibliotecas; y emprenden acciones para concienciar a los vecinos sobre el valor y la relevancia de sus bibliotecas y bibliotecarios.

Se trata de que las bibliotecas tengan un peso específico a la hora de ganar elecciones:  promover la manera más efectiva de que los partidos las incluyan dentro de sus programas electorales. Si les hacen ganar votos: las bibliotecas serán protegidas.

 

 

Su publicación periódica ‘The Political Librarian’ se centra en las conexiones entre bibliotecas locales, políticas públicas y políticas fiscales. Se trata de fomentar el debate en torno a asuntos legales, políticos y de financiación para las bibliotecas. Y algo que nos gusta especialmente: sus colaboradores exceden del campo bibliotecario para integrar expertos de todos los ámbitos posibles.

Como reza el eslogan de su web: any library initiative anywhere matters to every library everywhere (cualquier iniciativa bibliotecaria en cualquier lugar es importante para todas las bibliotecas de cualquier lugar).

 

¿Y en nuestro entorno más inmediato?: suena plausible que en un país con índices de lectura tan bajos las bibliotecas tuvieran algún peso en lo que más preocupa a la clase política?: los votos.

El discurso políticamente correcto con las bibliotecas no hace distinciones entre profesionales y ciudadanos. Quien más quien menos ha caído en románticas loas y defensas estereotipadas de las bibliotecas cuando se han visto amenazadas o sometidas a recortes. Protestas poéticas, campañas de apoyo en redes, columnistas en los medios que rememoran su infancia en la biblioteca de su localidad, movilizaciones vecinales: todas y cada una de estas acciones son loables y reconfortantes. Pero dejando aparte posibles intereses partidistas y que recurran a las bibliotecas para atizarse políticamente: como de verdad, de verdad, se defiende a una biblioteca es dándole uso. No existe mejor apoyo posible.

 

Influencers anónimos de biblioteca

“Dos peces jóvenes nadando se encuentran con un pez más viejo que viene en sentido contrario y les saluda con la cabeza y dice “Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?” Y los dos peces jóvenes nadan un poco más y entonces uno de ellos se vuelve hacia el otro y dice “¿Qué diablos es el agua?”.

David Foster Wallace

 

Libro de entrevistas con 21 ‘influencers’ de diversos ámbitos para descifrar las claves de su poder de convocatoria digital.

Este curso, la Universidad Autónoma de Madrid, ha sido noticia por incluir en su oferta formativa un máster para aprender a ser influencer. Y otro tanto hace la Cámara de Comercio de Sevilla con otro máster sobre social media influencer. ¿Estudiar para ser Kim Kardashian, Paula Echevarría o El Rubius? Si según la biotecnología somos puros algoritmos: ¿por qué no se va a poder localizar el algoritmo del carisma, la personalidad o ese noséqué que hace que las masas te sigan en las redes?

Igual no hemos sido muy precisos con eso de carisma, personalidad o talento. Viendo por encima los escaparates digitales de algunos de los influencers que dominan el cotarro es difícil descifrar los códigos que hacen que resulten tan sumamente fascinantes para legiones de seguidores. Será por desfase generacional, será que los humanos (como sostenía un reciente estudio) nos estamos volviendo más estúpidos, o será que nos movemos en un mundo tan nuevo que los baremos del pasado no sirven para compararlo: pero lo cierto es que los fenómenos de masas que nos venden producen no poca perplejidad una vez se detiene uno a observarlos aún con la mejor de las intenciones.

 

Clark Gable provocando la ruina de los fabricantes de camisetas interiores para hombres con solo quitarse la camisa.

 

Marlon Brando remediando en ‘Un tranvía llamado deseo’ (1951) el desaguisado provocado por Gable en los años 30. 

Pero influencers, sin que nadie los llamase así, han existido siempre. En la década de los años 30 el rey de Hollywood en aquellos años, Clark Gable, al desvestirse en una escena del clásico Sucedió una noche (1934), dejó ver que no usaba camiseta interior. Como consecuencia los fabricantes de camisetas interiores masculinas tuvieron pérdidas millonarias. Ahora, los que hacen que se vendan o no determinadas marcas, saltan a la fama sin necesidad de salir de su cuarto: blandiendo un móvil y recurriendo a las redes sociales.

Las estrellas del Hollywood clásico tenían toda una industria detrás que les promocionaba, protegía, mimaba, explotaba y desechaba. Pero ahora la intemperie digital exige más estrellas fugaces que nunca. Puede que los ritmos sean distintos pero los procesos son los mismos. Pero la fábrica de sueños de Internet tiene una baza que le hace superar a las todopoderosas majors de antaño: el Alzheimer cultural que aqueja a las nuevas generaciones de consumidores de sueños.

 

Viñeta del delicioso ensayo en dibujos que ha publicado Neil Gaiman y Chris Riddell titulado: Por qué necesitamos bibliotecas. El texto de esta ilustración viene al pelo para este post: “Estás descubriendo algo mientras lees que será de vital importancia para abrirte camino. Y eso es que: el mundo no tiene porqué ser así. Las cosas pueden ser diferentes.”

 

Aunque en sentido estricto no resulte muy ajustado lo de Alzheimer cultural. Para olvidar algo antes hay que conocerlo. Los millennials no se distinguen de generaciones previas y piensan que con ellos empezó el mundo. No les faltan razones. Es la primera generación protagonista de un tiempo inédito en la historia de la humanidad. Pero culturalmente a pocas generaciones se les han escamoteado los referentes culturales que les precedieron como a ellos. Algo paradójico si se piensa que vivimos en un tiempo en el que tenemos acceso a una cantidad de información impensable en generaciones anteriores. 

A cuenta de esa ignorancia, en las mismas redes que aúpan a esos influencers que siguen los millennials, proliferan los tuits cachondeándose de ellos. La cuenta de Millennials Descubren, en Twitter, acumula 47200 seguidores a costa de reírse de los comentarios que, supuestamente, hacen los millennials en la citada red. De los más recientes un tuit sobre un millennial que creía descubrir la pólvora y en realidad (salvo por lo del alojamiento) estaba describiendo una biblioteca:

 

 

La vulnerabilidad más extrema es el precio a pagar por ese exhibicionismo continuo que necesitan las redes como combustible. De ahí probablemente venga la explicación de la deserción que muchos millennials hacen de Twitter hacia Instagram que certifica el Estudio Anual de Redes Sociales IAB. La mala baba que destila Twitter ahuyenta a muchos jóvenes que prefieren refugiarse en el mundo limpio, bonito, todo postureo y vacuidad que proporciona Instagram. Un Disneyland perpetuo en el que estar a salvo de la realidad más grosera. Lo malo es que por mucho que se sientan protegidos una vez apagan el móvil (mejor dicho: una vez se queden sin batería o cobertura): esa realidad tan fea sigue ahí.

 

Portada dibujada por Ceesepe para el disco de Kiko Veneno: ‘Seré mecánico por ti’. Un título de lo más apropiado a los tiempos que corren.

 

El recién, y prematuramente, fallecido Ceesepe (figura de un movimiento, la Movida, que también parecía reinventar el mundo de la cultura): en una entrevista en ‘Vanity Fair’ declaraba a cuenta del desapego por la cultura en nuestro país: “la gente se conforma con muy poco. Con fútbol y prensa del corazón.” No parece que las redes sociales vayan a contrarrestar esta inercia intergeneracional.

Puede que no sea el fútbol o la prensa del corazón en formato tradicional: pero los mecanismos de dispersión mental lejos de desvanecerse se agudizan. Por eso, de ese 53% de millennials que, según el ya célebre estudio del Pew Research Center, usaron una biblioteca pública en los últimos 12 meses: saldrán los verdaderos influencers del futuro. Estamos convencidos. No de los que simplemente las usan como salas de estudio sino de los que las usan como almacenes de ideas con las que configurar un discurso propio.

Estrellas pre-Internet como Bowie o Madonna supieron rastrear en lo underground para nutrirse y proyectarse al estrellato. Lady Gaga vuelve a la actualidad remitiéndose a Barbra Streisand que a su vez remitía a Judy Garland en la nueva versión de ‘Ha nacido una estrella‘ (2018). Un infinito juego de espejos, de clonación cultural para las masas, de serigrafías warholianas que van borrando los orígenes para poder inventar el mundo con cada nueva generación.

 

 

‘Pose’ (2018) la serie de HBO que recrea los tiempos de los ballrooms o de la ball culture: salones de baile en los que los marginados del sistema se reunían para convertir el baile en expresión de su disidencia. En 1990 la avispada Madonna lo rescató del underground para convertirlo en un éxito masivo.

 

Los millennials lo tienen más fácil que generaciones previas para creer ciegamente en que todo empieza con ellos: la precariedad, un nuevo concepto de fama, de consumir contenidos culturales, de posicionarse en el mundo, de construir o fragmentar su identidad. Pero la diferencia, la originalidad ya no está en lo marginal (simples viveros de ideas y creatividad que alimenta y engrasa al sistema para que siga vendiendo) sino dentro de instituciones plenamente integradas en el sistema que algunos se empeñan en hacer desaparecer.

Resquicios, grietas por las que se infiltra la disidencia en matrix: eso son las bibliotecas, y de ellas nacerán los verdaderos influencers del futuro, las voces propias: tal y como ha sido desde siempre. Hace unos días la agencia creativa estadounidenses RedPepper lanzaba a los medios su última creación: un brazo robot capaz de localizar en pocos segundos a Wally. La inteligencia artificial aprendiendo como siempre han aprendido los niños: con un clásico de las secciones infantiles y juveniles de las bibliotecas públicas.

 

Con motivo del Día de los inocentes Google Maps lanzó una app que permitía buscar a Wally en todo el mundo.

 

Sabiamente el Hal 9000 está aprendiendo a marchas forzadas de las bibliotecas mientras que algunos se empeñan en que los humanos las abandonen. Las estanterías de las bibliotecas están repletas de influencers anónimos para muchos millennials y de ellos surgirán los que configurarán la cultura del futuro: la única duda que queda por resolver es si serán humanos o boots y algoritmos. Mientras llega el futuro, como rezaba el título del libro de nuestro bibliotecario (humano hasta donde sabemos) de cabecera Fernando Juarez: las bibliotecas seguirán practicando su discreta y secreta influencia subversiva desde sus estanterías.

 

 

 

La cultura es nuestro Dios y Frankenstein su profeta (#Frankenbiblioteca)

 

Si nos atenemos a la manoseada frase de Picasso: “Los grandes artistas copian, los genios roban”, desde que irrumpió Internet, el mundo debería estar lleno de genios. Pese a todo de la elegancia de un carterista antiguo a lo burdo de un vulgar navajero sigue mediando un abismo que denota la auténtica habilidad, sino acaso, el talento.

Los ladrones de guante blanco son una especie ignota en el mundo digital. En la pantalla más que una hábil sustracción se tiende al saqueo burdo y directo pero, que obviamente, da beneficios. En cambio los Creative Commons del pensamiento no funcionan de forma tan eficiente. De tanto cortar y pegar las ideas propias se van adelgazando, encogiendo, jibarizando hasta terminar con la profundidad de un teletipo. Todo pensamiento o idea hay que reducirla a hashtag para que tenga más impacto. El que traduzca la almohadilla al lenguaje hablado se convertirá en el profeta de un nuevo tiempo.

 

 

Mientras tanto somos como gallinas en un corral digital, picoteando aquí y allá, haciendo remiendos de retales ajenos para intentar construir un discurso propio.

En un reciente artículo de ‘Jot Down Smart’ repasaban el movimiento plagiarista con motivo del décimo aniversario de la redacción, por parte de los escritores Leandro Romana y César Ruiz-Tagle, del Manifiesto plagiarista. Todos los escritores son plagiaristas se llama el artículo: pero su conclusión resulta mucho más certera que el título al superar el ámbito de la literatura para universalizar su mensaje: todos somos plagiaristas.

Y con Internet esto se amplía hasta el infinito. Cuando este blog ha sido fuente de inspiración para escritos ajenos que ni siquiera lo han citado, aquí, que creemos en la bondad de los desconocidos como Blanche Dubois: siempre nos lo hemos tomado como un homenaje.

 

Welles el gran ilusionista del cine en su película documental F de Fake (1973)

 

Mr. Brainwash (Señor lavado de cerebro) en plena eclosión creativa.

En el documental Fraude (1973) de Orson Welles se recoge la apasionante historia de Elmyr de Hory, uno de los más talentosos falsificadores de obras de arte que han existido. Si el plagio es una forma de homenaje, Elmyr, lo llevó a otro nivel. Y Mr. Brainwash, el artista urbano patrocinado por Banksy, que protagoniza otro documental imprescindible, Exit to the gift shop (2010), terminó de derrumbar las frágiles líneas que separan el plagio del arte en pleno siglo XXI.

En cambio, el escritor Chance Carter, aunque pudiera parecer que sigue la senda marcada por estos dos ilustres plagiaristas: nada más lejos. Su fraude a cuenta del género romántico en Amazon resulta de un burdo inequívocamente digital.

Carter cuenta con cientos de novelas publicadas que le han hecho ganar una fortuna. Un rara avis. Un hombre que escribe novelas de género romántico. ¿Se debería empezar a exigir paridad en el género? El caso es que las potenciales lectoras de sus novelas quedaban más defraudadas que en la vida real, cuando atraídas por esas portadas llenas de músculos, melenas y tatuajes: se decidían a leer uno de sus libros. Unos libros más anabolizados que los maromos que lucen en las portadas.

 

Viendo las portadas de las novelas de Carter surge la duda de si son novelas románticas o pósteres para clubes gays.

 

Todo un referente.

El ‘listo’ de Carter se ha encargado de rellenar, cual pavo en el Día de Acción de Gracias, sus libros con páginas y páginas que plagiaban lo ya plagiado hasta la náusea. El vacío más absoluto con el que conseguir ganar miles de dólares al mes gracias a que Amazon pagaba a los autores (bueno a los que suben los libros y los firman) por página leída. Carter ha sido expulsado de Amazon, y la tienda digital, ha tenido que readaptar sus métodos para intentar frenar a nuevos “rellenalibros”.

En realidad Carter lo que ha hecho ha sido señalar que el rey está desnudo. Se castiga a Carter pero se ensalza a las celebrities que hacen del vacío más absoluto un negocio de lo más rentable en Instagram.

En las bibliotecas nos podemos sentir a salvo. La plataforma de préstamo de libros electrónicos eBiblio, implantada en la mayoría de bibliotecas públicas del país, no permite el uso de los dispositivos Kindle de Amazon. Podrán decir que es por una cuestión de DRM, incompatibilidades y lo que quieran: pero la verdad de la buena es que hasta en medio de la intemperie digital, una biblioteca, siempre resulta el refugio más seguro.

 

 

Carter no viene a ser más que una pobre evolución de la piratería de contenidos culturales. Sin gracia, ni talento.Y desde luego no cabe reconocerle espíritu plagiarista alguno. Hasta el negro de Ana Rosa Quintana mostró más habilidades allá cuando empezaba el siglo y la Red estaba en pañales.

Pero ese relato fragmentado, hecho de retales, de collages narrativos que propicia el surfear por las redes (¿surfear por las redes? ¿eso se sigue diciendo?) también tiene sus ejemplos positivos. Es el caso del proyecto Frankenbook promovido por la Universidad Estatal de Arizona. Como es bien sabido se han cumplido los 200 años de la publicación de la novela que anticipó el siglo pasado, pero sobre todo, el que ahora estamos viviendo. La criatura creada por Mary Shelley a orillas del Lago Leman revalidando su vigencia en la modernidad, la posmodernidad, la pospostmodernidad y lo que quiera venir a partir de ahora.

 

 

Prueba de esa vigencia es el reto de lectura/escritura que han propuesto desde dicha Universidad. Se trata de elaborar entre miembros de la comunidad universitaria y creadores en general una edición anotada de Frankenstein (el Frankenbook). La novela original está disponible en la web para ser leída y anotada por científicos, ingenieros y creadores de todo tipo. Igualdad e inclusión, medicina, filosofía, política, ciencia, tecnología, psicología, etc. Los temas propuestos son amplios y variados asegurando así unas anotaciones de los más enriquecedoras.

Y como un ejemplo práctico de que todos somos plagiaristas en Internet: desde aquí proponemos la Frankenlibrary, o apeándonos de tanto anglicismo, la Frankenbiblioteca. Le ponemos la preceptiva almohadilla delante (#Frankenbiblioteca) y la lanzamos a las redes para quien quiera comparta sus ideas de lo que debería ser una biblioteca en el siglo XXI.

Hace unos días Evelio Martínez en un tuit a cuenta del reportaje en ‘The Guardian’ sobre bibliotecas canadienses: se preguntaba si era otro caso de biblioteca que busca sobrevivir pareciéndose cada vez menos a una biblioteca. Y aquí inspirándonos en Evelio planteamos si acaso el primer paso para la supervivencia de las bibliotecas no empieza por cambiarles el nombre. Una bonita herejía para abrir un debate  #Frankenbiblioteca.

 

 

En la poco sutil década de los 80 del siglo pasado se estrenó Reanimator (1985): una variación gore y gamberra sobre el mito de Frankenstein. El proyecto con el que cerramos este post lleno de remiendos (¿cuál no?) trata también de reanimar pero sin decapitaciones ni sangre de por medio: The Reanimation Library.

Esta biblioteca se abrió en Brooklyn a raíz de la modesta idea del bibliotecario Andrew Beccone de rescatar libros desahuciados para extraer de ellos ilustraciones curiosas que digitalizar. La cosa se fue de madre (como suele pasarle a los bibliotecarios cuando se ponen a conservar) y ha llegado a recopilar tal colección que incluso dio pie a una exposición en el MoMA y ha servido para inspirar a creadores de lo más diverso. Lo último: una línea de tatuajes inspirados en ilustraciones recopiladas en The Reanimation Library.

 

 

¿Moraleja?: que cuando se trata de “inspirarse” para crear algo propio no hay material de derribo si se habla de cultura. Un principio que no viene más que a reforzar lo que ya decíamos en el …(post en obras): La cultura es nuestro Dios y Frankenstein su profeta.

 

Si encuentras a la Biblioteca por el camino, mátala

 

Un koan es una frase, problema o reto que, dentro del budismo zen, el maestro plantea al alumno para poner a prueba su progreso. ‘Si encuentras a Buda por el camino, mátalo’: es un koan especialmente contundente, pero como en todo koan, hay que saber trascender el sentido literal de las palabras.

‘Matar a Buda’ puede interpretarse como una manera de escapar de las propias creencias cuando éstas se convierten en dogmas, en un camino trillado que nos lleva hacia el conformismo, a una sabiduría estereotipada convertida en cliché. De ahí la blasfemia suprema de matar nada menos que a Buda para seguir creciendo espiritualmente.

 

Diseño del mítico Saul Bass para la película de Otto Preminger: Anatomía de un asesinato (1959)

 

Si este blog fuera el camino por el que cruzarse con la Biblioteca: parecería una masacre de tantas veces como hemos intentado asesinar con saña el concepto de biblioteca más canónico, rancio e inmovilista. Ese concepto que sobrevive, nos gustaría pensar que no gracias a la profesión, sino a ese alto porcentaje de ciudadanos que jamás pisan una.

Lo de ‘asesinar a la biblioteca’ tiene unos antecedentes nada budistas. Si nos remontamos a 2011, fue el profesor David Lankes, quien trasladó el término killing (asesinando), propio del argot callejero en donde significa ‘pensar a lo grande’ asesinando lo que nos estorba: para aplicarlo al mundo de las bibliotecas. Y en esas seguimos: empeñados en asesinar a las bibliotecas como si de la anciana protagonista de El quinteto de la muerte (1955) se tratara, y ésta se resiste a dejarse matar. Igual habría que dejar que la naturaleza siguiera su curso, pero en ese caso, es más que probable, que los bibliotecarios terminasen compartiendo sepulcro.

 

El pasado otoño se celebró en La Térmica de Málaga el I Congreso de Cultura Basura. Alta cultura, baja cultura, cultura popular, cultura underground, cultura basura: los contornos de la cultura se derriten como un blandibu.

 

En Biblioteca yé-yé: de lo typical spanish en bibliotecas llegábamos a la conclusión de que el invento bibliotecario más genuinamente español eran las casas de cultura: un concepto perfectamente extrapolable a lo que deben ser las bibliotecas en el siglo XXI. La casa, como edificio, ya la tenemos; ahora habrá que saber en qué se ha transformado la cultura para poder seguir acogiéndola.

Precisamente pocos años después de que se crearan las casas de la cultura, tras la muerte de Franco, el denominado destape eclosionó como signo de los nuevos tiempos. Entre bikinis, minifaldas, pantalones y camisas ajustadas: el pudor y la decencia propios del carácter español que tanto promovía el NO-DO: parecían desvanecerse. Pero era mentira. Hasta que no llegaron las redes sociales y los realities: el pudor cotizaba al alza. Pero eso acabó.

Los años del destape literario, titulaba Manuel Vilas su artículo sobre la eclosión de la ‘literatura del yo’ en el suplemento cultural ‘Babelia’. Según Vilas, los autores españoles, una vez superados las ideas de pudor imbuidas por el catolicismo imperante en la literatura española han decidido, por fin, desnudarse en relatos cada vez más indiscretos, sinceros, y exhibicionistas. Llegan un poco tarde. Es cierto que no escribían, pero el ejemplo de Nadiuska, Agata Lys, Susana Estrada o Bárbara Rey, entre otras, merecería un reconocimiento por su valentía y arrojo al haber sido pioneras.

 

Los años desnudos (2008) de Félix Sabroso y Dunia Ayaso: homenaje fallido a una época que bien merecería una buena película o serie.

 

Philiph Roth, Karl Ove Knausgard o Joan Didion quedan muy apropiados en un artículo sobre literatura. Pero para ser justos habría que reconocer el influjo que Facebook, Twitter, los realities o Instagram han ejercido en levantar el acta de defunción definitiva del pudor. La cultura, sea lo que sea eso ahora, no se puede interpretar sino es contando con ellos.

Un experto en estas lides, como es el periodista, presentador y, ahora hasta actor, Jorge Javier Vázquez (por cierto abonado también a la literatura del yo con dos autobiografías publicadas) declaraba recientemente que ‘la intimidad está sobrevalorada. El mundo sería más amable si la compartiésemos más‘. Cierto, sobre todo el mundo de los que negocian con ella.

Pero el mejor diagnóstico del tiempo cultural que estamos viviendo ya la hizo Robbie Williams, en el 2000, cuando Internet aún estaba a medio arar. Una estrella del pop mainstream a través de un videoclip. No cabía mejor formato ni mensajero.

 

 

Si la intimidad cotiza a la baja, la única intimidad posible es la falsa intimidad: la que nos creamos cuando estamos a solas, no con un libro, sino con nuestra conexión wifi. Tanto es así que, en ocasiones, olvidas que lo que publicas puede llegar a lectores insospechados.

El reciente post Bibliotecas fuera de la ley dibujaba el mapa de las bibliotecas públicas como el mapa de la libertad de expresión de nuestro país. Para ello se citaban algunas de los casos mediáticos más sonados de censura de creaciones artísticas en España, y entre ellos, no faltaba el escándalo alrededor del libro de relatos Todas putas de Hernán Migoya. Pues bien la sorpresa (más que agradable) ha venido al recibir un correo del propio Migoya felicitándonos por el post.

 

La adaptación al cómic de la novela de Vázquez Montalbán ‘Tatuaje’ por Hernán Migoya con dibujos de Bartolomé Seguí.

 

Migoya inspirándose en la bañera.

Desde Lima, donde reside actualmente, Migoya se congratula de que el debate sobre la libertad de expresión esté tan vigente, y sobre todo, nos transmite su total amor por las bibliotecas. Tanto es así que nos enlaza un post suyo sobre la situación de la biblioteca pública del barrio limeño en el que vivió que no tiene desperdicio.

Y como, en ocasiones los astros parecen alinearse, en el último ‘Jot Down’ aparece una extensa e interesantísima entrevista con el propio Migoya. Repasar su trayectoria desde el underground de ‘El Víbora’ hasta el punto de inflexión que supuso en su carrera el escándalo alrededor de Todas putas: es asistir a un creador libre de mente y discurso, incómodo para todos aquellos que necesitan que las cosas sean blancas o negras, de izquierdas o de derechas, de un bando u otro. Migoya ha ‘asesinado’  muchos lugares comunes a lo largo de su trayectoria: con su reivindicación de la cultura popular como un antídoto contra lo dogmático, lo engolado, lo estancado.

 

La puesta en escena del show televisivo al servicio de lo literario.

 

En la última edición del concurso-realiti-show Go Talent, en medio de saltimbanquis, magos y aspirantes al sueño americano versión hispano-televisiva: un joven emigrante guineano se hizo con el primer premio de este concurso recitando poesía. Risto Mejide, el duro oficial de Telecinco, interpretó su papel de severo de gran corazón al que solo la auténtica poesía alcanza a conmover. Y con los datos de audiencia aún calientes: el primer libro del joven llegaba a las librerías bajo la frase publicitaria: “el libro del poeta que conquistó a un país en menos de tres minutos”.

No vamos valorar el talent o talento de Brandon, entre otras cosas porque no hemos leído su libro y le deseamos lo mejor, pero sin duda, en breve, estará en más de una biblioteca pública y elevará estadísticas de préstamo igual que elevó índices de audiencia. No vamos a incidir en la perfecta fórmula por la que apostó el publicista Mejide (joven africano+drama de la emigración+show televisivo+poesía = éxito de ventas); ni tan siquiera en la música de violines de fondo que acompañaba la voz llorosa de Brandon mientras recitaba sus poemas. Convenciones, al fin y al cabo, del espectáculo televisivo.

No, no vamos a mirar por encima del hombro desde la atalaya bibliotecaria cuando de ‘asesinar a la biblioteca’ estamos hablando. Sería de juzgado de guardia. Es más interesante atender a cómo cierta idea de cultura, no solo pervive, sino que lo inunda todo: la que apela a la emoción reprimiendo cualquier filtro racional. Después de todo esa ha sido la base siempre de la cultura popular: pero ahora elevando los niveles de azúcar que rozan la hiperglucemia.

 

Libro de Defreds, uno de los jóvenes poetas surgidos en las redes sociales, editado por Espasa: la misma editorial que ha editado al ganador de Got talent.

 

Mejide-Telecinco no han hecho otra cosa que apropiarse del fenómeno de jóvenes poetas que triunfan en las redes (Marwan, Defreds, Elvira Sastre…)  trasladándolo al show televisivo y añadiéndole elementos que mejoraran el producto de cara al discurso políticamente correcto de lo que nos debe conmover. En una escena de Eva al desnudo (1950) Bette Davis (sí, otra vez ella) quitaba la radio al escuchar una melodía de Chopin declarando que detestaba el sentimentalismo. Margo Channing, su personaje en la película, lo iba a llevar muy mal en nuestro tiempo.

 

“Detesto el sentimentalismo barato”: Margo Channing dejándolo claro en Eva al desnudo (1950)

 

En medio de todo ¿dónde queda el discurso creativo que no se ajuste a estas pautas? ; ¿lo underground o lo elitista son las únicas salidas para otro tipo de mirada sobre lo que se considera cultura? ; ¿qué entienden los tan traídos y llevados millenials por cultura? Según la RAE, cultura es “conjunto de conocimientos que permite desarrollar un juicio crítico”: pero, ¿se puede desarrollar un juicio crítico viviendo permanentemente en un clima de emotividad exagerada? En tiempos de Inteligencia artificial lo humano elevado a la enésima potencia. ¡Qué fácil se lo estamos poniendo a los terminators!

Este es el koan, el reto que al que deben someterse las bibliotecas como casas de la cultura: ¿qué es la cultura hoy día? Solo respondiendo esta pregunta el asesinato de la Biblioteca será un crimen perfecto.

 

 

CDU 133: estanterías bajo sospecha

 

Se pueden leer en los libros muchas cosas más allá de lo que en ellos está escrito. Como si de posos de café, de líneas de la mano o de cartas del tarot se tratase. Es lo que  debió pensar Georgia Grainger, bibliotecaria de Charleston, en Dundee (Escocia), intrigada por el hecho de que en la página número siete de muchos libros de su biblioteca apareciera una señal.

Rápidamente la imaginación calenturienta de Georgia, como buena bibliotecaria, elucubró mil explicaciones para estas marcas. El reciente envenenamiento del espía ruso, en Reino Unido, le llevó a pensar en una red de espías comunicándose en clave a través de los libros de las bibliotecas; también cabía la posibilidad de tratarse del rito oculto de alguna secta; o de un asesino en serie que utilizaba esta táctica como un código secreto.

 

Una de las novelas de la biblioteca escocesa con la página siete marcada.

 

La conjura illuminati, con las bibliotecas de por medio, parecía a la vuelta de la esquina. La explicación, finalmente, resultó ser menos novelesca de lo que Georgia había imaginado.

Según le desvelaron otros colegas con más recorrido: dichas señales o símbolos las hacían los usuarios más veteranos de la biblioteca que, de este modo, sabían los libros que se habían leído y no se los volvían a llevar en un despiste. Que el sistema informático de la biblioteca guarde memoria del historial de sus préstamos les resultaba irrelevante: ellos prefieren el sistema tradicional. La arruga, una vez más, siendo subversiva.

Y a los bibliotecarios escoceses, no solo no les parece mal, sino que les resulta entrañable. Lo realmente intrigante es que cuando Georgia se decidió a compartir su hallazgo en Twitter: empezara a recibir mensajes de colegas desde los Estados Unidos, Australia, e incluso Rusia, que afirmaban que también en sus bibliotecas muchos libros estaban marcados en la página 7. La disidencia digital de la tercera edad traspasando fronteras.

 

El hashtag (#bibliotecariasintapujos) ha dado lugar a una entrada en el Bibliodiccionari que lleva años desarrollando el blog de Biblioaprenent.

 

El subrayado de libros de biblioteca es un asunto que da para mucho y no siempre en negativo. Una de las bibliotecarias enmascaradas que protagonizaban nuestro Menú del día para mujeres bibliotecarias, María, declaraba al rememorar las razones de porqué se había hecho bibliotecaria: “lo emocionante que me pareció abrir un libro que habían leído otras personas“. Una de las maneras de constatar que un libro de biblioteca ha sido leído es encontrarlo subrayado.

Descubrir los fragmentos que han emocionado, interesado, asombrado a alguien anónimo que nos antecedió leyendo ese ejemplar que tenemos entre las manos: puede resultar intrigante. El subrayado invita a fabular con la identidad de quien lo hizo, sobre todo, si lo que subrayó nos conmueve a nosotros también. Un espejismo de compañía como los ruidos tras las paredes en la habitación de un hotel. Hay algo que reconforta al saberse en conexión con las ideas de otra persona que ni siquiera conocemos. Si Nokia ‘Conecting people’, las bibliotecas conectan mentes. El reverso de tanto lirismo es el cabreo monumental que sacude a todo bibliotecario que descubre las páginas de un libro subrayadas. La hipotética empatía intelectual con el desconocido se desvanece en un segundo ante el celo profesional bibliotecario.

 

 

Los mensajes ocultos en libros dan dado para mucho, tanto en literatura, como en cine: pero también en la música. En 2014, el grupo Coldplay, lanzó su disco Ghost stories, y para la campaña de lanzamiento, recurrieron a las bibliotecas. La manera de crear expectación consistió en lanzar pistas, a través de Twitter, para que sus seguidores pudieran localizar nueve sobres que habían sido escondidos en nueve bibliotecas de todo el mundo. Dentro de esos sobres se encontraban las letras manuscritas de las canciones que componían esas historias fantasmales. Si Coldplay cotiza a la baja en el baremo crítico de los que van de cool, desde esa campaña, cotizarán siempre al alza en el mundo bibliotecario.

Pero por mucha poesía y literatura que queramos echarle a los misteriosos hallazgos que podemos encontrar en las baldas de una biblioteca, siendo sinceros, también hay que reconocer que precisamente la estantería dedicada a las ciencias ocultas (pese a que pueda ser de las más frecuentadas por ciertos usuarios) no es de las más queridas por muchos profesionales. Hay números de la CDU que están bajo sospecha, estanterías cada vez más cuestionadas, que no se libran de polémica.

 

 

Jobs trató su cáncer recurriendo a medicinas naturales. Durante toda su vida releyó un libro trascendental para él: ‘Autobiografía de un yogui’ de Yogananda Paramhansa.

El 113 de ocultismo directamente puede dar yuyu a más de un bibliotecario; así como el 615 que acoge los muy cuestionados manuales sobre homeopatía: que está provocando no pocos quebraderos de cabeza cuando los enemigos de todo tipo de medicinas alternativas: denuncian que libros sobre materias, fuertemente cuestionadas por la ciencia, estén presentes en un servicio público. De las inquisiciones religiosas a las científicas.

Un inciso a este respecto: Steve Jobs, dios laico de la revolución digital que estamos viviendo, creía en la homeopatía. Su fe podría deberse a la desesperación al serle detectado el cáncer que acabó con su vida; o en una interpretación cortesía de la casa: a un deseo por tener algún escape al mundo estrictamente racional que estaba ayudando a crear a través de la tecnología. Una necesidad de magia, de milagro, de irracionalidad.

También nos consta que en alguna biblioteca se han presentado reclamaciones por el hecho de que la homosexualidad, desde el punto de vista médico, comparta balda con la drogodependencia al ser englobadas en el número que se corresponde con Higiene general. Presuponiendo un juicio moral por parte de los catalogadores que lo único que hacen es aplicar el criterio numérico de la CDU.

Tanto en el caso del ocultismo como en el de la homeopatía el debate se plantea espinoso: ¿deben atender las bibliotecas a los gustos/demandas de los usuarios sin entrar a juzgarlos? ¿o debe primar el rigor científico y no permitir que supercherías como el tarot, la cartomancia, la numerología o la sanación espiritual hollen las colecciones? ; ¿dónde poner los límites? ; ¿acaso no es libre de creer cada uno en lo que le haga feliz, y a exigir, que la biblioteca pública le suministre lo que le gusta? Una vez más el criterio prescriptor (o más bien: los criterios de selección bibliotecarios) a examen.

 

Esto es lo que aparece si se accede a la web: cómofuncionalahomeopatía.com

 

Y en el tramo final del post vamos a darnos un capricho. Tal vez sea el influjo del bicentenario de la célebre velada en el lago Lemán: en la que nacieron obras seminales de las tensiones entre ciencia y el mundo de lo oculto como Frankenstein (muy presente, pero que muy presente, en algunas bibliotecas) o Drácula: pero el caso es que (copiando a Jobs) queremos refugiarnos en lo irracional, en lo telúrico, en lo innombrable. Será que el exceso de tecnología y ciencia nos hace necesitar que nos sigan seduciendo con lo maldito. Hay mucho donde elegir, pero en este post nos quedamos con una obra de lo más sugerente, en la que creación literaria y malditismo se dan la mano: la novela gráfica El cuarto de Lautréamont.

Todo en esta obra te lleva a la intriga, desde el mismo origen que, aseguran sus autores, tuvo el cómic en cuestión, y que no hay manera de saber si es un relato fidedigno o forma parte todo de una representación.

 

 

Situada en el París de las vanguardias de principios del XX, por sus viñetas desfila un Rimbaud dando sentido pleno a la expresión de enfant terrible o el escritor Auguste Bretagne, que descubre el libro maldito por excelencia: Los cantos de Maldoror, y otros tantos descubrimientos inquietantes en el cuarto que da título al cómic.

“Quiera el cielo que el lector, animoso y momentáneamente tan feroz como lo que lee, encuentre sin desorientarse su camino abrupto y salvaje a través de las ciénagas desoladas de estas páginas sombrías y rebosantes de veneno; pues, a no ser que aplique a su lectura una lógica rigurosa y una tensión espiritual equivalente por lo menos a su desconfianza, las emanaciones mortíferas de este libro impregnarán su alma, igual que el agua impregna el azúcar.”

 

Los cantos de Maldoror ilustrados por Corominas.

Así comienzan los perturbadores cantos que escribió el conde de Lautréamont (seudónimo de Isidore Lucien Duchase) un año antes de morir. Con ese relato de fondo, no es de extrañar que la historia de El cuarto de Lautréamont, sea toda una promesa para los que gustan de atmósferas mistéricas.

Pero no sólo entre las líneas de los libros se vislumbran las puertas a esos infiernos de ficción en los que les gusta recrearse a los amantes del suspense y la intriga. Si hay un lugar común en lo que se refiere a mensajes ocultos, ese sería el relativo a los mensajes subliminales ocultos entre los surcos de los vinilos. El Backmasking o los mensajes descubiertos al reproducir al revés una pieza musical. ,

Aleister Crowley, ocultista superstar.

Desde The Beatles, pasando por los Rolling Stones, Led Zeppelín, AC/DC, Marilyn Mason, Coldplay, Madonna, Ricky Martin, Prince o Nirvana y un largo etcétera, han sido acusados en algún momento, de camuflar mensajes diabólicos entre las estrofas de alguno de sus temas. Y si bien es cierto que la devoción de muchos músicos por figuras como la de Aleister Crowley, ponen fácil este tipo de ideas; el listado se cubre de gloria cuando se añaden nombres como Britney Spears, Paulina Rubio, la cantante infantil Xuxa, o hasta la italiana más española, Raffaella Carrà.

En estos casos, más que invocar al demonio, los temas de algunas de las citadas, invocan al buen gusto. Afortunadamente, éste no se digna a hacer acto de presencia, y nos da la excusa perfecta para exhibir de nuevo esa vena bibliobizarra a la que tenemos tanta fe.

Rememorar nuestra Biblioteca bizarra tiene todo el sentido estos días. La editorial Jekyll & Jill acaba de publicar un libro de relatos del escritor guatemalteco Eduardo Halfon bajo el título: ¡¡¡Biblioteca bizarra!!!. Tal cual. No vamos a dárnoslas de originales, pero ¿es posible que Halfon se inspirase en nuestro blog? No podemos saberlo, pero no deja de ser como lo de los subrayados en los libros: una conexión inesperada con un desconocido.

Tampoco sabemos si las canciones de Luis Brea y el Miedo contienen mensajes ocultos si se las reproduce al revés. A tenor del vídeo que rodó para su tema ‘Dicen por ahí’ lo único que queda claro es que, de contenerlos, invocan sin duda a espíritus iniciados en el culto a lo bizarro. Nada mejor para disipar el olor azufre que rodea al 133 de Ciencias ocultas en la CDU.

 

Biblioteca apache

 

En ocasiones la actualidad te lleva de la mano. No hace mucho en El ángel exterminador bibliotecario nos recreábamos en la posibilidad de que grupos de usuarios quedasen enclaustrados en una biblioteca; y hace unas semanas, también nos hacíamos eco del vandalismo en una biblioteca parisina en Asalto a la biblioteca del distrito 18. En este arranque del mes de abril las líneas argumentales de estos dos posts se entrecruzan en esta Biblioteca apache.

 

El poder de los libros representado por el artista Mladen Penev.

 

El ensayo del sociólogo Denis Merklen: ¿Por qué se queman las bibliotecas?

El 5 de marzo la biblioteca pública del distrito de La Duchère, en Lyon, fue incendiada por unos delincuentes como represalia por el desmantelamiento de una red de tráfico de drogas que operaba en dicho distrito. Según el sociólogo Denis Merklen, autor del libro ¿Por qué se queman las bibliotecas?, se han registrado, al menos, 75 incendios intencionados de bibliotecas durante los últimos veinte años en Francia.

Merklen resalta el carácter simbólico que tiene el hecho de quemar bibliotecas como respuesta a problemáticas sociales latentes en la sociedad gala. La importancia y protección que en Francia se da a la cultura, es probable, que signifique a las bibliotecas como víctimas propiciatorias de ese ansia de destrucción contra los símbolos de una sociedad. En cambio, al otro lado de los Pirineos, podemos respirar tranquilos.

Como comentaba el periodista del área de cultura de ‘El diario vasco’, Alberto Moyano, a cuenta de lo que planteábamos en Asalto a la biblioteca del distrito 18:

 

 

Un tuit que nos gustó, en primer lugar, por expresar su discrepancia (el primer paso para enriquecerse en un diálogo amable en la red); además ese “disparar en demasiadas direcciones” nos encanta para un post que se llama Biblioteca apache; y, sobre todo, por incidir en ese poder perturbador, en esa hostilidad que aún pueden llegar a provocar los libros (y por ende las bibliotecas) como símbolos. Si algo incomoda es que sigue ejerciendo un poder hasta en los que se creen más ajenos a su influjo. Algo que, pese a estar al otro lado de los Pirineos, también encontramos fascinante.

 

 

Christian Slater ya contaba con unos precoces antecedentes bibliotecarios por su papel en El nombre de la rosa (1986).

Y cambiando de latitud y escenario pero no de temática: el Festival de Cine de Santa Barbara en los Estados Unidos se inauguró el pasado 31 de enero con la proyección de la película dirigida por Emilio Estevez: The public (2018). En el reparto, entre otros, aparte del propio Estevez, estrellas como Alec Baldwin o Christian Slater.

The public se centra en un grupo de vagabundos y personas en riesgo de exclusión; y en las relaciones que establecen con los trabajadores de una biblioteca del centro de Cincinnati.

Una noche, tal cual como en nuestro ángel exterminador bibliotecario, suena el aviso de cierre de la biblioteca y un grupo de sin techo se niega a abandonar la biblioteca. Los refugios de la ciudad están atestados por una cruda ola de frío y la única opción es pasar la noche a la intemperie. A partir de aquí, el conflicto se complica cuando los bibliotecarios deciden apoyar a los okupas, y se posicionan frente a políticos y medios sensacionalistas: planteándose un acto de desobediencia civil que sirve para exponer algunos de los problemas sociales más candentes de la sociedad estadounidense (y por extensión de las sociedades occidentales).

 

 

La película de Estevez, no tiene aún fecha de estreno en nuestro país, pero promete convertirse en un título de referencia en el mundo bibliotecario. Al igual que el incendio de bibliotecas en Francia denota las tensiones sociales que se viven en el país vecino: de la película norteamericana se pueden sacar varias lecturas, pero en este caso, positivas.

Independientemente de la calidad de The public (atendiendo al tráiler parece que la acostumbrada competencia estadounidense en los aspectos visuales e interpretativos está asegurada) el hecho de que una biblioteca se convierta en escenario protagonista de una producción, independiente, pero rodada con medios y con estrellas en su reparto: ya es una buena noticia. Pero la biblioteca en la película es mucho más que un simple decorado: es todo un concepto. La plasmación en imágenes (en líneas de diálogo) de una frase que se repite afortunadamente cada vez con más frecuencia: las bibliotecas públicas como último bastión de la democracia. Las bibliotecas públicas, como indica el título, como máxima representación de lo público.

 

Emilio Estevez como bibliotecario al frente de la desobediencia civil de un grupo de excluidos del sistema.

 

El hijo mayor de Martin Sheen perpetúa la tradición demócrata de ese Hollywood comprometido en causas sociales que su padre (récord absoluto de detenciones por implicarse en protestas sociales: 66) ha representado públicamente desde la década de los 70. Muy alejado de su hermano, Charlie Sheen, que en cambio tanto se ajusta al estereotipo hollywoodense hecho de alcohol, drogas y sexo. Era previsible que, tan célebres representantes del progresismo estadounidense, tuvieran algo que decir sobre la sociedad que ha quedado tras una década de crisis culminada con la presidencia de Trump.

Que Alec Baldwin forme parte del reparto tampoco es casual. Aparte de haber renovado su popularidad gracias a la exitosa parodia que del actual presidente de su país hace en el mítico show de humor televisivo Saturday Night Live: Baldwin tiene un largo recorrido como santo patrón bibliotecario, o en otras palabras, como mecenas de bibliotecas en su país.

 

Alec Baldwin junto a su mujer y el también actor Edward Burns en la Author’s night for the East Hampton Library de 2015: un evento que sirve para recaudar fondos para dicha biblioteca.

 

Baldwin, aunque ha sido nominado, no ha ganado nunca un Oscar, pero de crearse alguna vez el Tejuelo de oro, sin duda, se lo llevaría de pleno en la mayoría de categorías. En 2011 el lenguaraz intérprete que nunca se ha cortado un pelo (su pelambrera pectoral atestigua que lo metrosexual nunca ha ido con él) a la hora de dar sus opiniones: donó 10.000 dólares para impedir que se cerrase la Biblioteca Adams Memorial en Rhode Island. Otros 250.000 dólares fueron a parar a la biblioteca de East Hampton, a la cual destinó los ingresos que obtuvo por diversas campañas publicitarias que había protagonizado.

Pero no acaba aquí su labor probiblioteca, también fue cofundador de la Noche anual de recaudación de fondos para la Biblioteca de East Hampton. Además, desde 2015, a través de la fundación que lleva su nombre y el de su esposa, The Hilaria & Alec Baldwin Foundation, el matrimonio financia numerosas iniciativas en torno al arte, la cultura o la salud pública.

 

Alec e Hilary posando en su mansión de los Hamptons.

 

Un joven Alec Baldwin participando en la campaña de fomento de la lectura de los 80 que lanzaron desde las bibliotecas estadounidenses: READ.

Que la biblioteca en la que Baldwin centra su altruismo esté situada en Los Hamptons: no resta valor a sus esfuerzos.

Situados en la zona este de Long Island, los Hamptons, constituye una exclusiva zona de vacaciones para la clase alta de Nueva York. Scarlett Johansson, Sarah Jessica Parker, Richard Gere, Jennifer López, Steven Spielberg, Robert de Niro o, por supuesto, el propio Alec Baldwin: poseen lujosas fincas en la zona. Un territorio en el que también viven personas de clase media baja, pero cada vez menos, dado que el alto nivel de vida de Los Hamptons les ha obligado a mudarse.

En los Estados Unidos no hay problema en defender públicamente un discurso progresista y a favor de los derechos sociales de la población (como hace Baldwin participando en The public): y por otro lado, pertenecer a la élite económica y cultural de esa sociedad. En nuestro país la defensa de lo público, en cambio, pareciera exigir un compromiso lindante con el voto de pobreza. Combinar lo público con lo privado (salvo que hablemos de cotilleo y prensa del corazón) suena casi a blasfemia. Un discurso harto maniqueo que, tal vez, una buena ley de mecenazgo cultural ayudaría a mitigar.

En una reciente entrevista en ‘El País’ la oncóloga Ruth Vera, presidenta de la Sociedad Española de Oncología Médica, señalaba la necesidad de incentivar la inversión privada a través de una ley de mecenazgo. Y declaraba no entender la polémica en torno a la donación que hizo Amancio Ortega para la lucha contra el cáncer. “¿Por qué tenemos que rechazar la inversión privada?” se preguntaba Vera.

 

Un fotograma de The public (2018): las fuerzas del orden irrumpiendo en la biblioteca (no se considera spoiler porque aparecen en el tráiler).

 

Disco de Jacques Brel en el que se incluía su satírica ‘La dame patronnesse‘ (Las damas de la beneficencia): título apropiado para la propuesta final de este post.

Hace un año se presentaron las 150 medidas que el actual Gobierno pretende poner en marcha durante esta legislatura y que se engloban dentro del Plan Cultura 2020. Entre ellas se incluía la reactivación de la postergada Ley de Mecenazgo Cultural. Un año después, Castilla-La Mancha ha anunciado la puesta en marcha de su propia Ley de Mecenazgo, mientras en el resto del país sigue la espera.

Entretanto las bibliotecas se convierten, o no, en objetos de deseo para mecenas con ganas de cuidar su imagen pública y aliviar su declaración de la renta, ya que hemos citado a la prensa del corazón, no estaría de más que nuestras celebrities patrias se quitaran complejos respecto a las estadounidenses apoyando eventos recaudatorios destinados a bibliotecas.

Antonio Banderas lleva varios años impulsando la Gala solidaria Starlite en Marbella cada verano. ¿Cabría esperar un séptimo de caballería proveniente del papel cuché? ¿Quién sabe? Igual a Isabel Preysler, Nati Abascal, Pitita Ridriduejo o a Carmen Lomana les da por lucirse con una excusa tan favorecedora y ponerlo de moda entre la beautiful people. Dejamos la pregunta envenenada para el final: ¿tendría escrúpulos el sector bibliotecario en aceptar este tipo de financiación?

Arrancamos viendo como quemaban bibliotecas en Francia y concluimos con acento francés gracias a las damas de la beneficencia de Brel. Otra cosa no, pero nadie nos podrá acusar de falta de coherencia.

 

Tamara Falcó entrevistando a Vargas Llosa en la biblioteca de la mansión de Isabel Preysler.

Bibliotecas al filo de la ley

 

Anne, una de las protagonistas de nuestro exitoso Menú del día para mujeres bibliotecarias, recordaba en la conversación de sobremesa con sus compañeras: la poco conocida película En el ojo del huracán (1956). En esta película, rodada en plena histeria anticomunista en la década de los 50, y que fue objeto de ostracismo comercial: Bette Davis encarnaba a la bibliotecaria de un pueblo norteamericano que se enfrentaba a políticos y ciudadanos por defender que el Manifiesto comunista se mantuviera dentro de las colecciones de su biblioteca.

 

La actriz Bette Davis junto a Ruth Hall, bibliotecaria en 1955, de la ciudad de Santa Rosa: en la cual se rodó la película en la que Davis interpretaba a una bibliotecaria. Fuente: Sonoma County Pictures.

 

La bibliotecaria interpretada por Davis viviendo su propio Farenheit 451.

Resulta sorprendente que esta película (nada del otro mundo salvo por la gran Davis) resulte tan oportuna casi 70 años después en nuestro país. Pero los secuestros judiciales de libros, la censura artística en ARCO, los juicios a raperos, tuiteros, programas y publicaciones de humor: hacen que el mote de mordaza con que se bautizó a la Ley de Seguridad Ciudadana suene cada vez más inquietantemente acertado.

Pero estos aires contrarios a la libertad de expresión, a la libertad de pensamiento no son exclusivos de ningún sesgo ideológico: se dan en todos los ámbitos y foros. Desde los discursos más aparentemente progresistas a los más conservadores. Nadie queda indemne a este debate que ha exacerbado, en gran parte, ese discurso furibundo que copa las redes sociales día sí, día también. Y a todo esto ¿qué tienen que decir las bibliotecas?

 

 

 

Bastiones de la democracia, refugios de la libertad de pensamiento, instituciones que garantizan el acceso a a todas las opiniones y puntos de vista: con este rosario de descripciones laudatorias que se les han ido acumulando no podían quedar fuera de un asunto tan inesperadamente candente. Y claro que tienen algo que decir: pero lo hacen quedamente, sin alzar la voz, como no podía ser de otro modo.

En este post vamos repasar algunos de los casos recientes más mediáticos pero lo vamos a hacer desde una perspectiva algo diferente: desde el catálogo colectivo de bibliotecas públicas del Ministerio de Cultura (CCBIP). Solo hay que realizar búsquedas de algunas de esas obras secuestradas, prohibidas o censuradas para elaborar el mapa bibliotecario de la libertad de expresión en nuestro país.

 

Captura de pantalla del Catálogo Colectivo de Bibliotecas Públicas del Ministerio de Cultura en el que aparecen los resultados de lanzar la búsqueda sobre la novela de Nacho Carretero.

 

Es posible que ningún ciudadano pueda adquirir la controvertida novela de Nacho Carretero, Fariña, en ninguna librería tras el secuestro legal al que ha sido sometida: pero eso no es impedimento para que en las bibliotecas que estuvieran raudas a la hora de adquirirlo, este título que ha sido judicialmente retirado de la circulación, siga accesible a cualquier ciudadano que disponga de un simple y gratuito carné de biblioteca. La decisión de la jueza es cautelar pero, tanto si finalmente gana la causa el demandante (el ex alcalde de O Grove) o el demandado (el autor y la editorial): los ejemplares de Fariña seguirán formando parte de un total de 16 redes de bibliotecas a lo largo y ancho de nuestro país (algunos de ellos en la propia Galicia).

Surge una duda a mitad de abordar este asunto: ¿se podría ordenar su secuestro de las colecciones de las bibliotecas públicas? ¿estaremos haciendo saltar la liebre al escribir este post? Por si acaso no nos entretengamos y sigamos adelante.

 

¿Qué habría pensado Hitchcock del remake caligráfico que Gus Van Sant hizo de su película Psicosis?

 

Pero como hemos dicho al principio los intentos de censura o prohibición no solo provienen de instancias judiciales. El celo con que algunos albaceas de la obra de autores fallecidos defienden sus derechos contraviene hasta los más respetuosos homenajes. En 2011, el escritor Agustín Fernández Mallo ahondaba en el espíritu borgiano creando un género, el remake literario, con el que revisitar la novela El hacedor escrita por Jorge Luis Borges en 1960.

El genio argentino probablemente hubiese observado con curiosidad este experimento narrativo en torno a su creación; pero su viuda María Kodama no contempló esta posibilidad al denunciar a la editorial para obligar a la retirada inmediata de la obra. Apagados los ecos del suceso, siete años después, El hacedor (de Borges), Remake aparece como disponible para el préstamo en 19 redes de bibliotecas (que no se entere Kodama).

 

Obra de la artista Carmen Cantabella perteneciente a su serie ‘Tintín inédito’ en la que mostraba al personaje de Hergé manteniendo relaciones sexuales con geishas. La Sociedad Moulinsart no da abasto.

 

Otro ejemplo de exceso de celo al proteger a un autor fallecido lo protagonizó la Sociedad Moulinsart, gestora de los derechos de la obra de Hergé, cuando en 2008 frenó la distribución, y después, la reedición de El loto rosa (De Ponent). En esta obra colectiva se rendía homenaje a Tintín a través de ilustraciones y de un relato escrito por Antonio Altarriba (Premio Nacional de Cómic) en el que recreaba la vida adulta de Tintín como reportero de cotilleos en Hollywood, y entre otras cosas, perdiendo la virginidad con Catherine Deneuve. Todo muy francófono. En el CCBIP constan 8 redes de bibliotecas donde este polémico homenaje a Tintín sigue de cuerpo presente para quien quiera disfrutar de la blasfemia.

 

 

Cuando se enarbola la bandera de alguna causa social se requiere del suficiente poso cultural para no confundir los términos y no caer en maniqueísmos que desbaraten lo justo de nuestras reivindicaciones. Por eso la esperanzadora tercera ola feminista que estamos viviendo y a la que, cada vez, van sumándose más chicas jóvenes, y afortunadamente, también chicos: no debería caer en planteamientos inquisitoriales tales como volver a cuestionar a Nabokov por Lolita. Como si a estas alturas no se tuviera el suficiente criterio para no confundir el discurso creativo con el hecho de estar haciendo apología de la pedofilia o la violación como sucedió, más recientemente, con la obra de Hernán Migoya: Todas putas.

 

Viñeta de ‘El violador’ uno de los cuentos ilustrados incluidos en la adaptación al cómic por parte de 15 autoras del libro de relatos de Migoya: Todas putas.

 

En 2014 la novela de Migoya, que a punto estuvo de ser prohibida en pleno siglo XXI, conoció una versión cómic por parte de 15 artistas femeninas que no sabemos si supuso una absolución feminista, pero sí al menos una brecha a ese discurso monolítico de corrección política que tantos estragos puede acarrear. En este 2018, de ilusionante eclosión feminista, el Todas putas de Migoya sigue accesible en 17 redes de bibliotecas según el CCBIP: y en formato de novela gráfica ilustrado por mujeres en 9 redes de bibliotecas.

Sorprende que tras las trágicas consecuencias que tuvieron las caricaturas de Mahoma en Dinamarca, o la posterior matanza en la redacción de ‘Charlie Hedbo’ en París, en nuestro país un juez se decidiera a secuestrar el número 1573 de la revista satírica ‘El jueves’ que, en 2007, caricaturizaba a los actuales monarcas españoles en pleno acto sexual. El recientemente fallecido Forges manifestó en aquel entonces, como tantos otros, su total oposición a dicho secuestro judicial. Forges sabía bien de lo que hablaba.

 

La portada de la primera edición de la ‘Historia de aquí’ de Forges “desaparecida en combate”.

 

En 1980 una de las portadas de la primera edición del coleccionable Historia de aquí (uno de sus grandes éxitos) “desapareció” en posteriores reediciones por sus claras referencias al Opus. Gracias a que el DJ Renatus Semper posee el coleccionable original, con motivo del fallecimiento de Forges, publicó en sus redes la portada escamoteada durante tantos años reparando así una censura que, en su momento, es probable que pasase más que desapercibida.

La Historia de aquí de Forges está presente en prácticamente todas las redes de bibliotecas, según la preceptiva búsqueda que hemos hecho en el CCBIP, pero es imposible saber, a través de este medio, si realmente alguno de los ejemplares conserva la portada original que, gracias a Renatus, ahora está accesible en la red.

Lo que sí que es más que probable es que la portada del nº 1573 de ‘El jueves’, con los entonces príncipes de Asturias en postura tan comprometida, esté disponible en alguna de las 12 redes de bibliotecas en las que se incluye la veterana publicación satírica según el CCBIP.

 

 

También en las 13 comunidades en cuyos catálogos de bibliotecas públicas aparece la revista satírica ‘Mongolia’: se podrá consultar la parodia que publicaron del torero Ortega Cano como un alienígena. Una caricatura que ha provocado la imposición de una multa por vulnerar el derecho al honor del diestro de 40.000 euros: lo que compromete seriamente la continuidad de la publicación. No hay mucho que comentar al respecto más allá de las propias declaraciones de los responsables de la revista:

“Tenemos un grave problema con la libertad de expresión en este país. Si una revista satírica no puede utilizar la figura de un personaje público condenado que acaba de salir de la cárcel, si no puedes utilizar que haya cumplido menos tiempo y que nos parezca marciano, si eso no es satirizable, cerramos. Que cierre El Intermedio, El Jueves, Mongolia…”. Y añaden: “Esto demuestra en el país en el que estamos viviendo”.

 

Y aquí dejamos las búsquedas en el CCBIP. Podríamos seguir con los discos de Def con Dos que hay en las bibliotecas públicas de nuestro país, o los de los Chikos del Maíz, en los que hace featuring Pablo Hásel, o los discos de Valtonyc: pero ya es suficiente.

Index Librorum Prohibitorum: nombre de un personaje manga entre cuyos poderes está el haber memorizado miles de libros prohibidos. Index para los amigos.

Es más que suficiente para constatar que las bibliotecas públicas sin necesidad de alharacas, ni adherirse a manifiestos de un bando u otro: son las garantes de la salud democrática de un país, las instituciones públicas que mejor protegen la libertad de expresión y la diversidad de pensamientos. La presencia de esos libros, revistas, discos o de cualquier otra obra o documento que haya sufrido censura ahora o en el pasado: no supone en ningún caso que se esté refrendando ni apoyando lo que en ellas se pueda exponer. Simplemente es la demostración de la madurez de una sociedad: la sociedad de los usuarios de bibliotecas públicas.

Ni la censura paternalista de quienes dicen hacerlo para protegernos; ni la censura políticamente correcta en nombre de un concepto de libertad que no empieza donde acaba la de los demás. Que los guardianes de la moral ajena, de un signo u otro, se relajen: que ahí siguen las bibliotecas para que quien quiera pensar por sí mismo pueda hacerlo.

 

Sara Montiel dando de comer a los censores durante el franquismo.

 

El cantante David Byrne (líder de los venerados Talking Heads) expresó sus disculpas públicas recientemente con motivo de la publicación de su último disco. El motivo: que entre los colaboradores que reclutó para su nuevo trabajo no se incluye ninguna mujer. En fin, que alguien como Byrne tenga que recurrir a una disculpa pública por algo así da idea de los estragos que puede provocar el irse a los extremos en un sentido u otro. No sabemos entonces lo que pensará del divertido video del tema que hizo con The BPA hace casi una década. Tanto da porque a nosotros nos viene de perlas para cerrar este post.

Ni mordazas en las bocas, ni tiras negras en los cuerpos. Quien no quiera verlo que no mire, quien no quiera saberlo, que no lea.