Programa de lavado cultural

 

 

El concepto de biblioteca sin muros lleva décadas formulado en los manuales de Biblioteconomía. Podría pensarse que surgió al socaire del torrente digital que todo lo invade, pero no: de la biblioteca sin muros ya se hablaba en los años 90: mucho antes de que Internet la hiciera posible en virtual. Tal vez por ello la asignatura pendiente es convertirla en algo real: dejar de hablar de biblioteca sin muros y pasar a hablar de bibliokupaciones.

Para la bibliokupacion (“dícese de la ocupación de un espacio extraño al recinto habitual de una biblioteca por servicios bibliotecarios”) de la que nos hacemos eco en esta ocasión  no podíamos elegir imagen más ilustrativa que la portada del magnífica novela gráfica: El Nao de Brown. La cultura centrifugándote el cerebro. Y es que de lavanderías y cultura va la cosa.

 

Cartel de la Bibliothèque sans frontières para los campos de refugiados.

 

Una buena ocasión para recuperar esta estupenda película de un primerizo Stephen Frears.

La organización Bibliothèque sans Frontières es responsable de algunas de las iniciativas más estimulantes de los últimos años cuando se trata de llevar la oferta bibliotecaria a cualquier lugar y latitud. La Caja de ideas que el célebre diseñador Philippe Starck creó para que, en campos de refugiados o zonas de lo más recónditas del planeta, pudieran montarse bibliotecas: conoció gran difusión en blogs y medios profesionales hace unos años. Su último proyecto en su afán por “colonizar” lugares con prestaciones bibliotecarias, según nos informan en ActuaLitté les universes du livre, huele a suavizante y detergente.

Wash & Learn (Lava y aprende) bajo este nombre la organización desarrolló, durante el último verano en el neoyorquino barrio del Bronx, un programa para sobrellevar los tiempos de espera en las lavanderías mediante cultura. Se instalaron equipos informáticos que permiten el acceso a contenidos culturales y educativos. Precisamente las lavanderías son muy utilizadas por personas con recursos escasos o transeúntes sin domicilio fijo en claro riesgo de exclusión social. Tras el exitoso rodaje que supuso en una de las zonas más deprimidas de Nueva York: el Wash & Learn también se puso en marcha en la ciudad de Detroit.

Cronópolis, la novela de ciencia ficción de J. G. Ballard, sobre la degradación de una gran ciudad que pareciera la crónica de la muerte anunciada de la ciudad de Detroit.

Que Detroit se ha convertido en ciudad-símbolo de la decadencia capitalista e industrial: es un hecho reflejado en numerosos documentales, películas y libros. El Día Internacional del Trabajo resultó una buena elección para celebrar el “Día libre de lavandería”: lavados gratuitos, conciertos, aperitivos y talleres para niños. Mientras los “KoomBook”, que así se denomina la conexión WiFi para acceder a libros y contenidos educativo para todas las edades, se extienden por las lavanderías de la ciudad: la bibliokupación que lava más limpio va ganando más y más adeptos.

Aprovechar los tiempos de espera para introducir de rondón a las bibliotecas no es nada nuevo. Dos ejemplos no muy lejanos en el tiempo han sido: la máquina Shortédition, ideada por el editor Quentin Plepé, que permite imprimir más de 600 relatos y lleva dos años ayudando a sobrellevar las esperas en las salas de e¡spera de los hospitales y centros de salud de Grenoble; o el programa que pusieron en marcha las autoridades de Costa de Marfil para alfabetizar a las mujeres montando pequeñas bibliotecas en los salones de belleza. Los elaborados peinados africanos requieren de mucho tiempo: tiempo perfecto para que los motores económicos de sus comunidades (las mujeres) accedan a la cultura.

Pero no queda aquí el lavado programado para este post. El sector de las lavanderías y la lectura cuenta con otro episodio más allá del proyecto de la ONG francesa. En nuestro país la empresa de lavandería y servicios hoteleros Ilunion ya puso en marcha, en junio de 2015, una colaboración con la Biblioteca Marcel·lí Domingo de Tortosa (Tarragona), donde se ubica su sede, para montar una pequeña biblioteca en sus instalaciones y así fomentar el hábito de la lectura entre sus empleados.

 

El duo electrónico Matmos dedicó su disco Ultimate Care II a música experimental basada en sonidos de lavadoras. Sus conciertos resultan de lo más pulcros como puede verse en Youtube.

 

La promoción de la cultura en estos tiempos no entiende de remilgos: hay que arremangarse y no tener miedo a mancharse chapoteando en los vertederos culturales que cada día amenazan con sepultarnos. Pero eso no quita para que todos aspiremos a lucir de lo más pulcros. El affaire lavanderías-bibliotecas no entiende de lavados cortos.

Lo que resulta más extraño es que no haya surgido un eslogan a juego con la de juego que han dado los detergentes y las lavadoras en la publicidad. “Si no quieres que te laven el cerebro ven a la biblioteca”. Simplón pero, precisamente por eso, efectivo.

Que la biblioteca actúe contra los lavados, continuados y reincidentes, de cerebro con que nos asaltan a cada minuto: es obligado. Pero que mantenga limpios, hasta donde sea posible sin cargárselos, los libros también es de agradecer. Quedarse mirando la ropa dando vueltas en la lavadora es algo que todos hemos hecho alguna vez. Algo de esa fascinación hay en la contemplación del túnel de lavado para libros (Depulvera se llama) de la Biblioteca Pública de Boston. No sabemos si resultará tan desinfectante como la botella de alcohol y el trapo con que cuentan en más de un mostrador de préstamo de algunas bibliotecas: pero sí mucho más hipnótico.

 

La biblioteca como experimento

 

Puede que la mayoría aborreciéramos los exámenes sorpresa en el colegio o el instituto: pero ahora, cada día, no sometemos a exámenes diarios cada vez que compartimos una opinión, un post, una foto o una noticia en las redes. Evaluación continua. Todo hijo de vecino, por poco activo que sea digitalmente, se está ofreciendo al examen de miles de ojos anónimos. No es de extrañar por eso que algunos decidan sacarle rédito.

 

Escena del escaneo gestual de la protagonista del apasionante experimento, en forma de película: El congreso (2013). 

 

Mucho se habla de que gigantes como Google, Facebook, Twitter o Instagram paguen por alimentarse de las informaciones sobre nuestros intereses, hábitos, gustos y opiniones que compartimos alegremente: pero mientras que esto llega algunos ninis o millennials, según el caso, han encontrado salidas laborales como conejillos de indias.

Condiciones de trabajo de un beta tester de videojuegos: la profesión soñada de todo nini.

Si desde los 60 en adelante se ha demonizado el exceso de consumo televisivo en los menores: ¿qué no se podrá decir de los videojuegos? En estos tiempos políticamente correctos no quedaría bien que padres y educadores organizaran quemas públicas de videojuegos como se hacía en los 50 estadounidenses con los cómics. Pero no por falta de ganas sino por la difícil combustión que tienen.

Pero para algunos sus horas muertas frente a la pantalla matando zombis les ha salido rentables. Es el caso de los beta tester de videojuegos: los jóvenes contratados por empresas de videojuegos  para que actúen como  jueces (o ¿habría que decir cobayas?) de sus productos. Alojamiento, sueldo y manutención para dedicarse a lo que más le gusta aunque bien es sabido que cuando un placer se convierte en obligación deja de ser placer. La empresa VR Oculus tal vez por eso ha preferido ser más sutil e inteligente.

 

Quema pública de cómics en 1954 a raíz de las tesis del psiquiatra Fredric Wertham: que sostenía que los cómics promovían la delincuencia entre los jóvenes.

 

Tras un acuerdo con la Biblioteca Estatal de California, hasta un total de 90 bibliotecas: disponen de equipos VR-ready, equipados con auriculares Oculus Rift y gafas para que los usuarios puedan experimentar con la realidad virtual. Para ello se eligieron bibliotecas con espacios abiertos (no era cuestión de aislar con auriculares y gafas a los usuarios para que luego se dieran de bruces con la realidad tropezándose unos con otros). Sumergirse en las profundidades del océano, visita la Estación Espacial Internacional o hasta la fusión del núcleo de Chernóbil: todo ello sin perder la perspectiva bibliotecaria implementando software que provea de contenidos educativos a la maravilla tecnológica.

De este modo los usuarios de las bibliotecas se convierten en cobayas voluntarias para los productos Oculus; las bibliotecas atraen más público y amplían su oferta; y la tecnología amplia su campo de experimentación.

 

 

Nada nuevo si nos atenemos a los habituales test de pantalla a las que someten sus películas muchos estudios de Hollywood. Gracias (o por culpa) de estos tests: Pretty Woman (1990) pasó de ser una cruda historia sobre las trabajadores del sexo en Los Ángeles a la historia de puticienta y el príncipe que arrasó; o Martin Scorsese tuvo que recortar los ríos de sangre que fluían (aún más) en su clásico Uno de los nuestros (1990). El sacramento comercial de que el público siempre lleva la razón convertido en una humillación para el artista.

Pero, ¿sigue siendo así? En estos tiempos confusos es difícil decir cuando somos soberanos o cobayas de nuestros consumos. Esto es la jungla y pese a la pátina tecnológica todo sigue reducido al ancestral dilema de comer o ser comido. Tal y como están las cosas hay que elegir: o que experimenten contigo o que ser tú el que experimenta. Y para esto último no hay mejor lugar que la biblioteca.

 

Escena de la serie Mad Men en la que, para probar un lápiz de labios, los publicistas recurren a las secretarias de la agencia cuyos comportamientos observan tras un espejo de visión unilateral.

 

La biblioteca como experimento narrativo y ecológico: 

Margaret Atwood junto a la creadora de Future Library Project en mitad del bosque del que saldrá su libro.

 

Hace pocos meses saltaba a los medios la denominada Biblioteca del Futuro (Future Library Project). Este proyecto ideado por la artista escocesa Katie Paterson se sitúa a las afueras de Oslo y se materializa en un bosque cuyos árboles tienen sus troncos adornados con cintas rojas. Es una forma de señalizar que será esa madera la que servirá para fabricar el papel en el que se imprimirá el libro con el que concluirá este experimento en 2114.

Dicho libro será una obra colectiva conformada por cada uno de los textos que, desde 2014, están entregando a la Biblioteca Pública de Oslo autores tales como: Margaret Atwood, David Mitchell o el poeta islandés Sjón. Sus textos, que se custodiaran en la futura Biblioteca Deichman (con fecha de inauguración para 2018), y serán seleccionados para conformar un libro que no leeremos ninguno de los que hoy pisamos el planeta (salvo que terminemos convertidos en cyborgs, que puede ser).

 

La biblioteca como experimento social:

En Sexo, drogas y tejuelos. Cara B ya hablamos de la asistencia a drogodependientes en la que bibliotecarios estadounidenses se estaban formando a causa de la epidemia de consumo de opiáceos que se están dando en el país. Es uno de los ejemplos más recientes de las múltiples funciones que cada vez se van añadiendo a las bibliotecas.

La Biblioteca Pública de San Francisco, fue la primera en incluir asistentes sociales en su plantilla: y tras ella otras bibliotecas han seguido su ejemplo. Las bibliotecas de Filadelfia se han asociado a la Universidad para abordar cuestiones de salud pública. Un reciente estudio de la Universidad de Pensilvania explica como gracias a esta colaboración numerosos bibliotecarios han sido formados como especialistas en salud comunitaria: lo que les ha permitido ofrecer programas y asistencia para personas de todas las edades y contextos socioeconómicos. Accesibilidad y confiabilidad han sido las dos cualidades que los autores de este estudio han resaltado en bibliotecas y bibliotecarios.

 

Desde 2014 la Fundación sin ánimo de lucro Biblioteca Social está promoviendo e incentivando activamente la labor social de las bibliotecas en nuestro país.

 

En la Biblioteca Pública de Dallas, desde 2013, se desarrolla un programa para personas sin hogar; en la de Hartford, en Connecticut, el programa The American Place ayuda a los inmigrantes recién llegados a integrarse en la ciudad; mientras que en la de Queens, en Nueva York, se diseñan programas de salud dirigidos a la población inmigrante. Las políticas de inmigración deberían contemplar a las bibliotecas como aliadas en las políticas de inmigración: no iban a resolver las complejas problemáticas que plantea, pero como ha dicho recientemente Fernando Aramburu en ABC: “Creo que los libros nos hacen más inmunes al fanatismo.”

 

La biblioteca como experimento artístico:

Otra de las acciones de Yolanda Domínguez: pedir limosna para comprarse un Chanel en el barrio de Salamanca madrileño.

Entre las funciones expositivas de las bibliotecas no solo tienen que centrarse en mostrar obras de artistas: también pueden convertirse en objeto de experimentos artísticos aún sin proponérselo. La biblioteca como musa. Y entre los muchos creadores, que han recurrido a las bibliotecas y a los libros, para plantear sus acciones artísticas aquí rescatamos la performance que la artista Yolanda Domínguez llevó a cabo en una biblioteca de Milán.

En ella, una lectora arranca hojas de La metamorfosis de Kafka ante el estupor del resto de usuarios, y va introduciéndoselos en el escote para aumentar el perímetro pectoral, y de esta manera: denunciar el canon estético que se les exige a las mujeres en nuestra sociedad.

 

 

Pero la biblioteca, como experimento artístico, no es solo cosa de artistas que las utilizan para sus propios discursos: también hay bibliotecarios que experimentan artísticamente con ellas. Es el caso del noruego Kenneth Korstad, director de la biblioteca pública Deichmanske en Oslo, que se ha embarcado en un proyecto para fusionar el concepto tradicional de biblioteca con el arte experimental.

Para ello no ha dudado en abrir la biblioteca a creadores que quieren explorar la música, el cine, el teatro o las bellas artes desde enfoques de lo más experimental. Tanto es así que en el festival Sorforkomfort, que organiza en colaboración con otra biblioteca, se ha presentado desde: música creada a partir del virus del Ébola, danza experimental, música del ruido o teatro. Como sostiene Korstad: “la biblioteca es el último espacio democrático de la sociedad” y él se ha empeñado en explorarlo y abrirlo a todo tipo de audiencias de un modo radical.

 

Reproducción en tamaño normal del que va a ser el mayor libro pop-up del mundo. Es un proyecto que la artista Colette Fu está desarrollando en el Philadelphia Photo Arts Centre en Olde Kensington. Cuando esté concluido, en octubre,  los visitantes podrán pasear dentro de él.  

 

 La biblioteca como experimento cívico:

 

Es probable que para otros países europeos contar con una biblioteca auto-servicio no sea un experimento cívico: sino una simple mejora en la oferta de los servicios bibliotecarios. Pero en un país como el nuestro en el que el concepto de lo cívico, y el respeto al bien común siguen siendo asignaturas pendientes para muchos: un proyecto como la Open Air Library de Alemania resulta un experimento de alto riesgo.
Esta biblioteca alemana inaugurada en 2009 fue diseñada en colaboración con los vecinos. La idea era crear una biblioteca abierta en todos los sentidos: por su distribución de espacios, por estar abierta las 24 horas, porque su equipamiento es autogestionado por los vecinos que gestionan por sí mismos sus préstamos. No ha estado exenta de algún acto vandálico pero en nuestro país dudamos que hubiera sobrevivido más allá del primer año.
Gracias al sistema Open+, una innovación basada en RFID presentada en Francia en 2015, es posible permitir que determinados usuarios accedan a la biblioteca a cualquier hora. Open+, un buen nombre para este sistema al que en nuestro país, para que fuera viable, habría que añadir: Open your mind…al bien común.

 

La biblioteca como experimento político:

 

Hilando con el concepto de Open+, pero sin RFID, tan solo con cajas de madera: no sabemos que habrá sido de la #Bibliotecaurbana que unos voluntarios montaron en ciudad de México tras los recientes terremotos. Afortunadamente es fácil de reconstruir, no hay más que contar con unas cuantas cajas de madera para, poco a poco, ir llenándolas de libros. Tanto en movimientos como el 15M, el Occuppy Wall Street o en la plaza Taksin de Estambul: el nacimiento de bibliotecas espontáneas fue una constante. Lo que nos llamó la atención de esta modesta Open Library Mexicana es el propósito de: “ser un mejor país”.

 

Puede que suene naíf, ingenuo o pueril: pero se basa en una certeza. Cualquier acto es político, y ahora mismo: llevarse un libro prestado a casa, usar las bibliotecas (callejeras o convencionales), participar en sus actividades, interactuar con sus redes o compartiendo opiniones: es un acto político porque con ello se está diciendo que siguen siendo necesarias. Cuando se defiende un servicio público por el mero hecho de usarlo estamos haciendo política; cuando usamos una biblioteca estamos haciendo política.

 

 

 Podríamos seguir dando vueltas alrededor de la biblioteca como experimento. Bien aludiendo al mundo editorial que no aprovecha lo suficiente los fantásticos estudios de mercado que les podían proporcionar las bibliotecas; o pasando por las empresas que no valoran el impacto social tan positivo que ganaría su imagen si actuasen como mecenas (si acaso existiera una ley de mecenazgo en condiciones): pero no queremos eternizarnos. Ha quedado más que claro que los experimentos no se hacen con gaseosa: se hacen con arrojo y ganas de evolucionar.

 

Por eso cerramos con el ejemplo de Yoko Ono. Para muchos una chiflada, una mala pécora que acabó con The Beatles (inocentes que eran los muchachos): pero lo cierto es que bien les resulte ridícula a unos con sus obras conceptuales, u otros la aprecien como referente vanguardista: la japonesa de 84 años hizo de su capa un sayo desde el principio. Independientemente de lo que se piense de ella y su obra: toda una lección para perder el miedo a experimentar. ¿Qué baila mal? Pues ella misma lo proclama a los cuatro vientos. No se trata de no reconocer nuestras limitaciones sino de reconvertirlas en un estilo propio.

 

 

Crossover bibliotecario

 

No podemos saber cómo habrían sido los hijos de parejas tan dispares como Arthur Miller y Marilyn Monroe, Orson Welles y Rita Hayworth o Arthie Shaw y Ava Gardner: porque no los tuvieron. Pero haciendo suposiciones: ¿qué habría primado en el cóctel de genes entre el brillante dramaturgo, el genio cinematográfico o el talento musical y las impresionantes bellezas de las tres sex symbol de Hollywood? ¿Y si la brillantez intelectual no hubiera sido herencia de los padres sino de las virtudes silenciadas de las madres?

 

Orson Welles cometiendo la herejía máxima contra el sistema de Hollywood: cortando y tiñendo la mítica melena pelirroja de su, entonces esposa, Rita Hayworth.

La factoría de genios: desentrañando los misterios del banco de esperma de los premios Nobel.

 

Los caminos de los cruces genéticos son inescrutables. En el banco de esperma William Shockley se conserva el semen de los científicos que han ganado el premio Nobel. El profesor de psicología en Harvard, Steve Pinker, recoge en su famoso ensayo La tabla rasa una anécdota al respecto de lo más jugosa. Según relata, cuando le pidieron al bioquímico George Wald su semen para conservarlo en el citado banco, éste replicó que debían ponerse en contacto con su padre, un pobre sastre emigrante, porque el suyo había dado como resultado a dos hijos guitarristas.

Las bibliotecas no tienen genes pero eso no les impide “cruzarse” con otras instituciones, servicios públicos o conceptos. Los mas puristas argüirán que determinados experimentos solo pueden desembocar en la adulteración de lo que es y ha sido una biblioteca: pero está biológicamente demostrado que la endogamia solo lleva a la devaluación genética de la especie. Así que no vamos a justificarnos por ejercer de alcahuetas.

¿Cómo llamaríamos a la criatura? Si sale mal: aborto, si sale bien: como mejor convenga al entendimiento rápido de todos. Pero dejémonos de prolegómenos. Bajemos un poco la luz, acaso pongamos una música agradable y que empiecen los emparejamientos.

 

“Y Frida les habló del amor…”: fue compartir en nuestras redes este crossover entre Frida Kahlo y las princesas Disney a cuenta del amor y romper las estadísticas.

 

BIBLIOTECA-CENTRO COMERCIAL

 

Ya citábamos algunas de las deudas que las bibliotecas tienen para con los centros comerciales o grandes superficies en Supermercados de la cultura: oferta del día en ideas propias. Desde ese post las últimas noticias sobre los centros comerciales han agudizado una tendencia: su desaparición. Según un reciente estudio de los 1.200 centros comerciales actuales en Estados Unidos, en 2022, solo quedará la cuarta parte por el auge del comercio digital . Culpables de matar el centro de las urbes, acabar con el comercio de proximidad y embrutecer a los consumidores con su oferta despersonalizada: no nos da ninguna pena, y menos aún, si se afianza la tendencia de reconvertirlos en bibliotecas.

 

Un centro comercial abandonado lleno de nieve en Akron (Ohio)

 

El último caso ha sido en Abilene (Texas). En el centro comercial de Abilene van cerrando cada vez más negocios, y la biblioteca de la ciudad tejana, decidió abrir una sucursal aprovechando los locales que iban quedando vacíos. Desde que abrieron la sucursal, el pasado mes de noviembre, el número de usuarios ha pasado de 91.177 a 221.372. Los bibliotecarios están encantados pero los gerentes del centro comercial aún más. Como declaró a los medios el responsable del centro: “La biblioteca es un gran inquilino, ojalá hubiéramos tenido más como ellos”. Y el beneficio es mutuo, no solo por ocupar un espacio vacío y dotarlo de vida, sino también por organizar actividades para los niños en los espacios comunes del centro. En este caso más que un crossover se podría hablar de una pacífica y lenta colonización.

 

Biblioteca en el centro comercial de Abilene.

 

BIBLIOTECA-AGENCIA DE VIAJES

 

Al igual que a los centros comerciales: Internet le ha dado la puntilla a las agencias de viajes. Una paradoja, que ahora que la gente viaja más que nunca, sean los negocios que desde siempre han gestionado estos asuntos los que se vean en riesgo de desaparación. Parte de culpa la tiene su dependencia de los grandes turoperadores que les limitan a la hora de ofrecer alojamientos, itinerarios y combinaciones. Por eso se ha visto un resurgir de las agencias, físicas o virtuales, que ofrecen viajes fuera de lo habitual: quedando para las clásicas la oferta de paquetes de vacaciones o los viajes del Imserso.

Es el caso de la agencia de viajes online Frikitrip que organiza viajes temáticos. ¿Qué eres fan de Doctor Who, de Harry Potter, Juego de Tronos, de los vikingos o de The Beatles? Pues ellos te organizan el viaje, los itinerarios y lugares a visitar: para que tu inmersión en tu serie, género o grupo favorito sea absoluto. Es justo de lo que hablábamos en Turoperador bibliotecario. Allí sugeríamos un servicio que ayudase a los usuarios a diseñar sus viajes en colaboración con su bibliotecario. No se trataba tanto de gestionarle la logística del viaje: como de proveerle de obras que tuvieran que ver con su destino para que su inmersión fuera mucho más rica.

Patti Smith polaroid en ristre

¿No deberían los responsables de Frikitrip ampliar su espectro e incluir a los amantes de la literatura, o añadir más tipo de cine o música? Una alianza Frikitrip-biblioteca sería todo un éxito. En lugar de aburridos selfies con la sirenita de Copenhague, el skyline de Nueva York o la Torre de Pisa: el álbum de fotos del viaje sería como los de Patti Smith (cuyo periplo por el Nueva York de los 70-80 bien daría para un viaje temático). Con las polaroids que la cantante-poetisa estadounidense ha hecho en sus viajes literarios se han llegado a montar exposiciones: desde unos cubiertos de Rimbaud, la cama y escritorio de Virginia Woolf, un pañuelo de William S. Burroughs o unas pantuflas de su amado Robert Mapplethorpe.

 

Cama y despacho de Virginia Woolf fotografiados por Patti Smith

 

BIBLIOTECA-GASTROMERCADO

 

La saga Sharknado: tiburones + tornados. ¿Quién da más?

¿Gastromercados y bibliotecas? ¿qué invento es esto? Estos crossovers empezaron con referentes del Hollywood de oro, y de seguir así, van a terminar como la saga Sharknado: mezclando tiburones con tornados. Pero todo tiene su explicación.

Si hay unos espacios públicos que han conocido y siguen conociendo un auge inusitado estos son los espacios gastronómicos. Rafael Ibáñez ya nos hablaba de las Gastrobibliotecas  hace cuatro años. En ese caso se trataba de bibliotecas especializadas en gastronomía. Pero dado que no todas las bibliotecas pueden tener cocina como la Biblioteca del Fondo en Santa Coloma de Gramanet: tal vez sea el momento de ir un poco más allá

Guste más o menos: el lobby estudiantil ejerce una presión constante. Por eso, mientras que se siguen ensayando fórmulas para hacerlos usuarios más activos de colecciones y servicios: ¿por qué no atender a sus necesidades más primarias?

Durante épocas de exámenes prácticamente viven en la biblioteca. En ciudades medianas y grandes la imagen de grupos sentados en las escaleras, en las zonas comunes o en la calle (en el caso de que no haya sitio dentro del edificio) con sus tupper resulta de lo más habitual.

 

 

Simplemente se trataría de copiar lo que ya están haciendo en algunas universidades. Iniciativas como Foodtopía 1.800w. en el Parque Científico de la Universidad de Murcia: es un ejemplo. Este proyecto de economía local resiliente (como le gusta denominarse) ofrece comida que une producción agrícola y distribución de alimentos local. Promoviendo un menú saludable, ecológico y a precios muy asequibles: servicios de catering del tipo Foodtopía 1.800w. podrían perfectamente proveer y promover la dieta saludable de los jóvenes ofreciendo sus productos en bibliotecas a mediodía. Y sería una opción tanto para estudiantes, como para individuos en riesgo de exclusión, para los que la biblioteca no es ya su segunda casa, sino prácticamente lo más cercano que reconocen como hogar.

BIBLIOTECA-CENTRO DE OCIO

 

Jane Austen + zombis: después de esto ya nada queda a salvo.

No vamos a llegar a proponer un parque de atracciones bibliotecarias, pero a un paso estamos. Si museos y otras instituciones respetables han optado abiertamente por la gamificación y por dotar a sus propuestas de un aura de espectáculo cuasi circense: las bibliotecas no pueden quedarse atrás.

El verano de 2016 fue el verano de la moda del Pokémon Go. Varios artículos e iniciativas se centraron en sacar rédito a dicha moda desde las bibliotecas. Un año después, pasado ese furor, la moraleja como siempre es la misma: no hay que correr detrás de la última zanahoria digital que nos ofrezcan. Las bibliotecas son milenarias, pueden tomarse su tiempo, sin dejarse agobiar por la sensación permanente de estar perdiendo algún tren con destino final a la obsolescencia.

“Desde lo alto de esas bibliotecas 43 siglos nos contemplan”.

 

No se trata de realidad inmersiva 4D es una obra del pintor hiperrealista Joel Rea

 

Robots y Tolstói: ¿qué puede salir mal?

Ya hablamos en Escapando de la biblioteca, escapando de los bibliotecarios de la moda de las escape room y sus posibilidades en bibliotecas, la cultura maker sigue ganando terreno, la robótica es un campo a tener en cuenta, y ahora toma el relevo a la realidad aumentada: la realidad inmersiva 4D. Una vez más, como toda novedad, habrá que tomársela con calma.

La empresa Broomx Tecnologies ha creado el primer sistema de proyecciones inmersivas 4D y vídeos 360 que no necesitan del uso de ningunas gafas y pueden disfrutarse en cualquier espacio. Recrear a personajes e historias de libros, películas o cómics en la sección Infantil y Juvenil, convertir al libro en el epicentro del que nace todo lo imaginable. Como con cada nueva maravilla tecnológica se corre el riesgo de quedarse con la atracción de feria y dejar aparte el contenido. Solo el tiempo y el desarrollo dirán lo útil que puede llegar a ser como aliado de la oferta bibliotecaria.

 

Cuando la Universal dejó que sus monstruos clásicos se cruzaran con las comedias de Abbott y Costello (los Pajares y Esteso de los 40 estadounidenses): la decadencia de los mitos del terror clásico se hizo imparable.

 

Se sabe cómo se empieza pero no cómo se acaba. Los crossover es lo que tienen. Podríamos seguir con cruces genéticos entre bibliotecas y otras instituciones y servicios: pero antes de que esto adopte tintes orgiásticos mejor dejarlo.

Y si arrancamos con parejas llenas de glamour cerremos con todo un clásico. La metáfora perfecta del crossover bibliotecario sería la pareja protagonista de Bola de fuego (1941) de Howard Hawks. El tímido y encantador erudito interpretado por Gary Cooper y la desinhibida cabaretera a la que daba rutilante vida Barbara Stanwyck. La calle irrumpiendo en la academia y trastocándolo todo. No hubo segunda parte, así que no podemos saber cómo fue el resultado de tal cruce genético: pero es muy posible que fuera equiparable a una idea de biblioteca cercana a lo que hemos propuesto aquí.

 

Vicios privados, públicas virtudes…bibliotecarias

 

En una biblioteca de Zaragoza la policía detuvo a un usuario que desde hacía tiempo se dedicaba a fotografiar piernas de mujeres bajo las mesas de estudio. La actitud sospechosa detectada por la que iba a ser la próxima retratada llevó a la detención del voyerista. No podemos saber si el mirón habrá visto la película japonesa Love Exposure (2008) pero su modus operandi así podría indicarlo.

 

Una de las surrealistas escenas de Love exposure (2008) de Sion Sono

 

Yu, el inocente adolescente protagonista de este delirio en celuloide, abrumado por la estricta educación católica de su progenitor: decide darle la razón a su padre y ser un pecador en toda regla. Para ello se somete a un duro entrenamiento (la escena de su aprendizaje no tiene desperdicio) para ejercer como fotógrafo ninja de panty shots. Es decir: fotos robadas de la ropa interior de las chicas. Su gran pericia y destreza lo convierten en toda una celebridad. Y hasta aquí podemos contar de una cinta de culto de la que es difícil hacer spoiler: tal es el grado de disparate que alcanza su trama.

Las deliciosas portadas vintage de temática bibliotecaria. La notación Dewey (sexualidad) y el texto lo dejan claro: “Todos en la biblioteca tenían su número”

 

Pero volviendo a Zaragoza, salvo la noticia puntual en la crónica de sucesos, es difícil que el émulo maño del héroe de Love exposure llegue a alcanzar fama alguna. Se quedará como un incidente nimio que desde luego no es extraño al mundo bibliotecario.

Los mirones de biblioteca son una especie habitual. Lo que sorprende es que a estas alturas algo propio de la España del landismo siga practicándose. Pero allá cada uno con sus fetichismos y vicios: siempre que no atenten a la intimidad ajena (como en este caso) que cada uno los lleve como pueda.

Pero no va tanto de vicios de los usuarios este texto como de los vicios (algunos involuntarios, otros no tanto) en que incurre en ocasiones la profesión.

 

Job Webb ha ejercido diversas responsabilidades en bibliotecas del ámbito universitario londinense. En la reunión de 2016 de la Academic and Research Libraries Group presentó una ponencia bajo un título sugerente: Los siete pecados capitales de la biblioteconomía. Algunos a los que hacía mención se pueden extrapolar a cualquier tipo de biblioteca:

  • centrarse en las necesidades de las bibliotecas o bibliotecarios y no en la de los usuarios
  • falta de actualización y de desarrollar aprendizajes (o dicho con otras palabras: apoltronarse)
  • exceso de escrúpulo a la hora de aplicar las reglas e inflexibilidad en general.

No vamos a cargar a la profesión bibliotecaria, en exclusiva, con unos pecados que fácilmente se pueden encontrar en muchas otras profesiones. Pero sí cabe añadir otros que, en algunos casos, revisten la categoría de capitales. Podríamos enumerarlos directamente: pero ¿qué necesidad hay de “hacer amigos” si podemos recurrir al testimonio de los propios pecadores?

De 2013 a 2015 estuvo activa la cuenta de Tumblr: Librarian shaming (Vergüenzas bibliotecarias). En este blog, profesionales de bibliotecas, confesaban los pecados de pensamiento, palabra, obra y omisión que cometían en su día a día laboral. Quedaría bien decir que lo hacían en acto de contrición: pero lo cierto es que, en la mayoría de los casos, no se detectaba propósito de enmienda alguno. A las pruebas (en forma de texto y fotos) nos remitimos.

 

No tengo ningún deseo de leer cualquiera de los libros de Harry Potter!

 

“Algunas de nuestras políticas de préstamo de la biblioteca son una mierda completa, así que cuando un usuario necesita algo que se supone no se puede prestar (por ninguna razón legítima discernible) lo modifico y lo presto de todos modos. Que le jodan al hombre y sus espeluznantes políticas de exclusión.” 

 

Robo la mayoría de libros digitales que leo.

 

 “Voy a los rincones aislados de la biblioteca para ventosear mientras ordeno estanterías”

 

“Soy bibliotecario infantil y odio las canciones infantiles”

 

Mis libros SIEMPRE ESTÁN SOBREPASADOS (incluso mis préstamos interbibliotecarios)

 

“Admito que estoy celoso cuando el jefe y algunos de mis compañeros salen de marcha por los clubes y nunca me invitan.”

 

“Si un usuario llega cuando quedan minutos para cerrar la biblioteca preguntando si tenemos cierto DVD, hago como que lo busco, y le digo que está perdido. Los DVD no tienen una ordenación concreta y me niego a esperar que lo busque mientras yo espero. Han tenido el resto del día para venir, que respeten mi horario. Bastante mal pagado estoy para el tiempo que trabajo.”

 

Prefiero leer libros digitales que libros en papel. Amo mi Kindle

 

“En ocasiones estoy jodidamente aburrido en mi biblioteca. Soy el jefe”

 

Latigazo, el bibliotecario!

En esta pequeña muestra, hay confesiones que pueden considerarse pecados veniales, otras en cambio, ni siquiera faltas. Cada uno, según su sentido de la moral, clasificará a unas u otras en la correspondiente categoría: pero hay dos que deberían clasificarse como capitales sin medias tintas. Es difícil pensar en penitencias cuando cuesta creer en el concepto de pecado: pero en estos casos ejerceríamos, sin dudarlo, de jueces aplicando gustosos las condenas.

La bibliotecaria, que oculta tras un lector de libros electrónicos, reconoce recurrir a la piratería para sus lecturas; y el director de una biblioteca que se queja del “jodidamente aburrido” trabajo en su biblioteca.

No vamos a ser hipócritas: en los albores de las descargas de contenidos digitales, quien más, quien menos, incurrió, bien por obra u omisión (esa música, esa película, ese libro que nos pasa un amigo, y sobre el cual, no preguntamos la procedencia) en descargas ilegales. Pero a estas alturas de la película: el bibliotecario que no haya comprendido que los intereses de los creadores y de las bibliotecas van de la mano (y viceversa): es un tarado o le importa bien poco la cultura para la que se supone trabaja. Y respecto al segundo pecado capital, ser jefe de una biblioteca y aburrirse, tiene fácil solución: dimitir. No más bibliotecarios jurásicos desgastando poltronas: para eso ya tenemos a los políticos.

 

Un libro como escondite para los vicios: en este caso el de la buena lectura y el del buen whisky,

 

En 2015 dejó de funcionar el blog y no por falta de pecadores. En la declaración de intenciones sus creadores manifestaron su deseo de convertirlo en un foro divertido en el que los bibliotecarios, anónimamente, desvelaran sus pequeños vicios y así obtener la conmiseración de sus colegas. Y ese es el espíritu que se detecta en sus inicios, pero en los años que van del 2013 al 2015 (con el discurso hater afianzándose cada vez más en las redes sociales) se empieza a advertir en algunas confesiones: una desidia, cuando no directamente un desprecio, hacia las bibliotecas que hizo que la diversión se esfumase.

El triunfo de la sinceridad como valor supremo, en esta época “desilustrada” que estamos viviendo, junto al anonimato: puede que tuvieran mucho que ver con su extinción. La mala educación, la falta de pericia en el manejo inteligente de la ironía, la pose descreída confundida con perspicacia: son los componentes de esa nueva sinceridad, que se blande como una virtud, cuando no es más que una muestra de inseguridad, grosería y pereza mental. Y de este modo el divertido confesionario digital de Librarian shaming iba camino de convertirse en un escupidero.

El extinto (en papel) suplemento “Tentaciones” de “El País” incluye El manual del hater que, en este caso con gracia, explota la tendencia que arrasa en las redes. La sección se encabeza con la frase “Cómo odiar correctamente a…” y en la diana, tras esos puntos suspensivos, se sitúa algún tema que cotiza alto en la escala de valores cool para ser machacado a conciencia. Dada la buena consideración que, en general, parecen tener las bibliotecas para la cultura hipster no estaría de más que un día, tras esos puntos, situasen a las bibliotecas/bibliotecarios antes de pasar el relevo a la siguiente tribu cultureta.

 

Cigarrillos de marihuana escondidos en un libro en la década de los 40.

 

Pero un ejemplo de que no hace falta abusar de la ironía, ni de la sinceridad como eufemismo de grosería para dejar en evidencia a los hipócritas: lo dio hace unos meses la bibliotecaria estadounidense Margaret Howard en un tuit. Fue con ocasión de la celebración de la National Library Week que Ivanka Trump, relaciones públicas del patán de su padre, quiso ensalzar a las bibliotecas y bibliotecarios por su contribución al conocimiento y el aprendizaje: y una vez más la verdad a secas, que no posverdad, sirvió para desarmarle la pose.

 

Esta Semana Nacional de las Bibliotecas, nosotros honramos a nuestras bibliotecas y bibliotecarios por abrirnos los ojos al mundo del conocimiento, el aprendizaje y la lectura!

Tu padre quiere recortar todos los fondos federales pero gracias por el tuit. #SaveIMLS (Salvemos al Instituto de Servicios Bibliotecarios y Museos)

 

Dada la poca sutileza de los tiempos que corren: ahora, igual que siempre, el antídoto contra la hipocresía no es el mal uso de la sinceridad sino el ejercicio de la libertad de pensamiento. Y para terminar, un vicio que se hace virtud en este blog: acabar con música.

Los protagonistas del magnífico vídeo que el colectivo de realizadores franceses Megaforce ideó para el tema Sacrilege del grupo Yeah, Yeah, Yeahs: encajarían a la perfección en el tipo de votante que ha aupado a Trump al poder. Pero lo cierto es que fue rodado en plena era Obama. Con un cierre así sobran puntos suspensivos en los que escribir lo que hay que aprender a odiar correctamente.

 

Turoperador bibliotecario

 

Viñetas del cómic El fantasma de Gaudí (2015) de El Torres que tras los atentados resultan tristemente premonitorias.

 

No tinc por! Tres simples palabras para enfrentarse al odio que bien darían para un eslogan. Pero mejor que se quede en hashtag, grito o titular: sin que nadie se lo apropie desde su discurso. En declaraciones al periódico El País, un representante del sector turístico, manifestaba su deseo de que el hecho de que la mayoría de víctimas hayan sido turistas provoque: “un renovado sentimiento de acogida al turista y al turismo“. Un ejemplo, de que pese a la tragedia, la agenda de la actualidad sigue su curso. Y si ha habido un tema recurrente en los medios hasta las 16:50 horas del jueves 18 de agosto: ese ha sido el debate sobre el turismo.

 

Los falsos carteles turísticos del ilustrador Monk HF se hicieron virales en las redes gracias a su ingeniosa forma de denunciar diversas problemáticas sociales.

 

Una magnífica idea del Consejo de Cooperación Bibliotecaria para este 2017: el sello de innovación CCB

El escritor Patrick Ness (autor, entre otras, de la novela juvenil Un monstruo vino a verme) es uno de los literatos galardonados con dos Carnegie Medals. Dicho galardón lo llevan concediendo los bibliotecarios británicos para premiar novelas infantiles/juveniles desde 1936. Una costumbre (la de premiar a escritores, o a cineastas, músicos, creadores de videojuegos, etc…) que bien podríamos copiar en las bibliotecas españolas. Más que nada porque sería, además de una forma de reconocimiento a los creadores, una estupenda campaña de promoción para las bibliotecas.

Pero de los premios como herramienta de marketing bibliotecario ya hablábamos en Esto no es Hollywood: palmarés de biblioteca. Volvamos con Patrick Ness. En realidad si citamos al escritor estadounidense afincado en Londres no es por lo de los premios, ni siquiera porque esto vaya de literatura infantil o juvenil, si recurrimos a Ness es por una frase que pronunció agradecido al ser premiado por los bibliotecarios:

“librarians are tour-guides for all of knowledge” (los bibliotecarios son guías turísticos de todo el conocimiento)

 

Adaptación de la novela de Ann Tyler sobre un escritor de guías de viajes al que no le gusta viajar.

 

Una bonita frase para un discurso que la actualidad hace que suene algo menos halagadora. Después de todo el turismo de masas, a pequeña escala, también se practica en las bibliotecas ¿Qué bibliotecario, alguna vez, al enfrentarse a la visita guiada de un grupo de adolescentes hormonados o de pensionistas hiperactivos (es lo que tiene tanta vejez activa): no se ha sentido como el guía de un viaje organizado? Las ganas de levantar el brazo en alto agitando un paraguas, para ver si se concentran un poco en la explicación, son irrefrenables.

Pero las visitas guiadas a bibliotecas son un tema al que sacar mucho jugo; mejor lo dejamos para futuras ocasiones. Lo que aquí nos preguntamos es ¿qué pueden aportar las bibliotecas al debate abierto en torno al turismo de masas? Para empezar los viajes organizados por turoperadores merecen un reconocimiento por haber anticipado, hace mucho, lo que iba a ser la vida en digital. ¿Acaso los circuitos maratonianos por seis ciudades europeas en 8 días no son la equivalencia física de nuestras incursiones en la Red? El resultado es el mismo: un espejismo de cultura superficial, apresurado, panorámico y fugaz.

 

Los turistas del corto Step (1987) en pleno furor fotográfico en medio de la matanza de Odessa.

 

La película fundacional del cine moderno en el siglo XX: Te querré siempre (1953) de Roberto Rossellini. El viaje como catarsis sentimental.

En los años ochenta el prestigioso cineasta polaco Zbig Rybczynski dirigió un corto que pareciera inspirado en el momento actual. En Steps (1987) (disponible en Youtube) un grupo de turistas, especialmente zafio,  “visita” la mítica escena de la matanza en la escalinata de El acorazado Potemkin de Eisenstein. La irrupción del turismo borreguil más vulgar en el drama fílmico soviético expresa a la perfección la deriva que la cultura de masas lleva experimentando desde hace décadas

El cortometraje del polaco le queda como un guante a una de las opiniones que más se ha repetido las últimas semanas: “no es turismofobia es lucha de clases“. Para quienes refrendan esta sentencia la última crisis ha hecho bien su trabajo: y los países del sur se reafirman como países al servicio de los del norte. Una vez más aquello de España como país de camareros (¡¡con lo que se agradece topar con un buen profesional del gremio!!). Pero ¿es realmente así?

Paul Bowles paradigma del escritor que hizo de los viajes una forma de vida y de literatura.

Gracias al estupendo artículo Correlación no implica causalidad de Daniel Manzano (publicado en Jot Down) descubrimos la web Spurious Correlations: que se dedica a establecer correlaciones absurdas entre series de datos. Desde la relación entre la temperatura global y el número de piratas hasta la relación entre los ahogamientos en piscinas y la aparición de Nicolas Cage en películas.

Con nuestro espíritu bibliobizarro no podíamos dejar pasar la ocasión de establecer nuestro propio cruce de datos. No alcanza el grado de delirio de la web citada pero no importa: de lo que se trata es de arrimar el ascua a nuestra sardina.

 

La deliciosa Viajes con mi tía de Graham Greene.

La comparativa entre el ranking de países con mayor número de bibliotecas y el de los países con mayor afluencia de turistas solo arroja una conclusión: que ninguno de los países que ocupan los respectivos podios comparten ambas premisas. ¿Es serio deducir alguna causalidad entre estos parámetros? No. Pero nos viene de perlas para defender que las bibliotecas pueden colaborar activamente en mitigar los estragos que el turismo sin criterio está provocando.

Seamos realistas. En pleno siglo XXI es impensable emular a los viajero del XIX: pero sí que podemos mejorar sustancialmente la experiencia del viaje a semejanza de como hacen determinadas agencias de viajes especializadas en itinerarios personalizados. Agencias de viajes bibliotecarias como nuevo servicio para quienes quieran salirse del redil. No se puede prometer una visita solitaria a la Fontana de Trevi pero sí ampliar el goce del viaje. ¡Prepara tu viaje en la biblioteca! (pero sobre todo): con ayuda del bibliotecario. Y no estamos hablando de reserva de billetes o alojamientos: que para eso ya están las agencias de viajes convencionales o Internet. Hablamos de cosas algo más divertidas…y bibliotecarias.

Casi todos los países que ocupan los primeros puestos del ranking de bibliotecas por habitantes pertenecían a la antigua URSS. En 2007 el padre de la Perestroika, Mijaíll Gorbachov, protagonizaba, no sin polémica, un anuncio de maletas Louis Vuitton. Viajes, capitalismo, bibliotecas, Muro de Berlín, globalización: todo confluye en esta imagen que tan bien viene a lo que aquí se habla.

El bello Cuaderno de viaje de Craig Thompson: o cuando un lápiz es mucho mejor que una cámara para fijar el retrato de las sensaciones que produce viajar.

 

Más allá de contar con una rica colección de guías de viajes se trata de seleccionar novelas, películas, cómics, grabaciones sonoras o hasta videojuegos: en los que el lugar elegido por el usuario esté presente de un modo u otro. Así cuando finalmente ponga el pie en su destino: no será el objetivo de una cámara quien se apropie de su mirada sino las evocaciones que pueblan su imaginación multiplicando el placer del descubrimiento.

Recuperar el placer de viajar como experiencia, no como simple pasatiempo. Una de esas funciones a sumar a ese  bibliotecario referencista salido de madre del que hablábamos en Léeme, soy community manager (DJ bibliotecarios en el filo).

Tal vez con más bibliotecas habrían mejores viajeros; las ciudades no nos parecerían parques temáticos, y aunque sea imposible recuperar el romanticismo de los viajes decimonónicos: el forzado binomio que aquí hemos creado entre bibliotecas y turismo tendrían todo el sentido. Al fin y al cabo el buen viajar, como todo, nace de la cultura y el conocimiento.

La incursión de David Byrne en los ritmos latinos con su Rei Momo (1989)

 

Y ahora terminemos con algo de turismo musical. En tiempos en que se habla tanto del apropiacionismo cultural resulta interesante echar la vista atrás, concretamente a los años 80 del pasado siglo, en los que músicos anglosajones se fueron de turismo, musicalmente hablando, para renovar sus propuestas. Paul Simon con su mítico Graceland, David Byrne con su Rei Momo, o más cerca, nuestro Santiago Auserón volcándose en los ritmos cubanos.

En la actualidad, ya que mencionábamos a los DJ bibliotecarios, uno de los que parte la pana es el disc-jokey y productor estadounidense Diplo. Sus vagabundeos musicales por el mundo le han convertido en un hábil recolector de sonidos autóctonos que luego mezcla en hits que copan las listas de éxito mundiales. El vídeo interactivo (hay que ir clicando, mientras se reproduce, para que se desvele la versión alternativa) para el tema que ha lanzado con Major Lazer: queda perfecto: música masiva para ilustrar la diferencia entre sueños y realidad cuando emprendemos un viaje, sea físico o mental.

Amor, pedagogía…y drag queens en bibliotecas

Que las redes sociales están llenas de tarugos es tan cierto como que este texto ya estaba a medio cocer hace unos días. Y la actualidad, tan caprichosa como siempre, ha querido cargarlo de vigencia.

La obviedad de los tarugos en red viene a cuento de los tuits que han florecido a raíz del articulo en la revista Tiempo en el que se desvelan los gustos culturales de una niña de 12 años. Que esa niña sea la heredera al trono de España, pese a ser el motivo por el cual sus gustos son noticia, no es lo importante. Lo que llama la atención (por recurrir a una frase hecha, porque en realidad no resulta sorprendente): es lo que subyace tras las bromas y chanzas, de no más de 140 caracteres, a cuenta del hecho de que la hipotética futura reina declare: ser lectora de Stevenson, Tolkien o Carroll y adorar películas como El viaje de Chihiro de Hayan Miyazaki o Dersu Uzala de Akira Kurosawa.

 

 

Pero lo realmente inquietante es que una cascada (mayor o menor) de tonterías tuiteadas al respecto se convierta en noticia en los medios.

La exigencia del show informativo continuo en el que vivimos hace que cualquier nimiedad alcance categoría de titular. Y, cada vez más, los medios tradicionales van dependiendo de las ocurrencias de descerebrados que reclaman sus 15 minutos de fama: bien por los gustos culturales de una niña o por acontecimientos luctuosos (los tuits injuriosos en el caso de los fallecimientos de Bimba Bosé o David Delfín).

Favoreciendo, de este modo, un eco de la estupidez que, en los casos más graves, degenera en un efecto llamada para perturbados. Como se ha debatido, más de una vez, al abordar la responsabilidad de los medios en cuestiones como el terrorismo.

Al menos en este caso los tuits de respuesta de una doctora en Física denunciando lo que considera el linchamiento mediático de una menor: han conseguido tanta o más viralidad que las chanzas de turno. Lo que Adriana Martín, que así se llama la tuitera que se ha visto repentinamente lanzada a los medios, ha evidenciado: es lo que subyace tras todas esas bromas: el eterno desprecio a la cultura en nuestro país.

 

La maravillosa El viaje de Chihiro (2001)

 

Se sea juancarlista, felipista o republicano hasta las trancas: cualquiera que a los 12 años se haya sentido como un repelente niño Vicente por su gusto por la lectura: no puede más que identificarse, por muy lejos que le quede, con la heredera. ¿Es tan extraño que una película como Dersu Uzala (que es la que se cita en la noticia) con su tono de aventuras y su mensaje ecologista guste a un niña de 12 años?

En la Feria del Libro 2016 los medios destacaron que la reina Letizia compró la novela gráfica de Alan Moore: Providence. ¿Se incrementarían las ventas de la obra o lo que más se imitó fue el conjunto de falda y jersey que lució para la ocasión?

Hace unos meses en La lectura todo lo magnifica nos hacíamos eco del número de la revista ¡Hola!, en su edición inglesa, en que el príncipe Guillermo desvelaba los gustos literarios de su primogénito. No sabemos si hubo chanzas británicas a cuenta de esos gustos: pero como sigamos así puede que los royals (como de manera cursi han rebautizado a la realeza en la prensa del corazón) se conviertan en prescriptores culturales.

Y como nos gusta una interpretación paranoica más que un “orgullo y satisfacción” al rey emérito: ¿será que la necesidad de ridiculizar a quienes se salen del rebaño acultural se refuerza si se les asocia a una institución vetusta para así tildarlos de anacrónicos?

En un tiempo en el que los reyes que quedan en el planeta dan más contenido a las revistas del corazón que a las de política: puestos a imitar, mejor nos iría, si además de los estilismos de la reina Letizia, también se imitara el interés por cultivar a su prole.

Pero esto se nos está yendo de las manos. Si seguimos hablando de realezas vamos a terminar como el publirreportaje monárquico de cada sábado, Audiencia abierta, en la 1 de TVE. Mejor nos centramos en el papel que las bibliotecas pueden jugar en que nuestros hijos sean como los royals por sus aspiraciones culturales, que no (solo al menos) por imitar sus estilismos.

 

Miguel de Unamuno con su hijo Ramón.

 

En su nivola Amor y pedagogía, Miguel de Unamuno se centraba en la historia de un erudito obsesionado por los progresos de la ciencia y la pedagogía, que decide tener un hijo para diseñarlo a través de la educación, y convertirlo así en un genio.

A todo progenitor debería importarle la educación y formación de su descendencia. En tiempos no tan lejanos, los padres aspiraban a que sus hijos les igualasen o, mejor, les superasen culturalmente. La cultura era sinónimo de progreso social. En estos tiempos de rentabilidad inmediata no tenemos tan claro que la cultura siga siendo un activo que proporcione alguna ventaja laboral en el futuro. Pese a todo, la idea sigue presente en las cabezas de muchos padres, aunque adopte en ocasiones un cariz negativo: el de fiscalizar en exceso lo que sus hijos leen, ven o escuchan.

 

El recientemente desaparecido Carlos Capdevila y su fantástico legado en forma de vídeos y publicaciones para abordar la educación sin corsés ni dogmatismos.

El último libro que ha sido objeto de veto por parte de los padres en colegios de los Estados Unidos es The absolutely true diary of a part-time indian (El diario completamente verídico de un indio a tiempo parcial) de Sherman Alexie. La novela dirigida a un público adolescente aborda temáticas tan candentes como: el alcohol, la pobreza, el bullying, la homosexualidad o la discapacidad mental. Todo ello con un lenguaje directo y cotidiano no exento de palabras malsonantes.

Realizando una búsqueda rápida de la traducción que de la novela publicó la editorial Siruela en nuestro país en 2009 en el Catálogo Colectivo de bibliotecas públicas: encontramos hasta 15 redes de bibliotecas en las que se incluye la obra entre sus fondos. Y en prácticamente la mayoría, se encuentra ubicado en la sección Infantil y Juvenil.

¿Tienen los padres en nuestro país una mentalidad más abierta o simplemente no se fijan en lo que leen sus hijos? Puestos a elegir nos quedaríamos con la primera opción.

Tan negativo resulta un exceso de celo paterno a la hora de controlar las lecturas de sus hijos, como una desidia absoluta. Y es posible que al igual que hemos adoptado con alegría la cultura del trending topic que todo lo impregna: acabemos importando esos ánimos censores en lo que respecta a las lecturas de nuestros jóvenes.

Ya decíamos que la actualidad había cargado de vigencia este post, y es que en el Babelia de este pasado fin de semana se aborda precisamente la cuestión con un titular harto inquietante:

“La corrección política se antepone a la calidad literaria en las lecturas recomendadas en las aulas”

Si repasamos algunos de los títulos que han sido objeto de censura en los últimos años, fuera de nuestro país, por parte de padres o autoridades educativas en escuelas o bibliotecas: la cosa se pone fea.

Así, las rimas de Roald Dahl han sido acusadas de groseras, Alí Babá y los 40 ladrones o El Cascanueces de resultar demasiado siniestros. El tierno elefante Babar fue tildado de racista por vivir una aventura en la que aparecen caníbales. Y otro elefante, en este caso Elmer de David McKee, no se salvó de acusaciones por racista al dar cabida a elefantes negros y grises, y para más inri, de clasista: por ser más rico que el resto.


La pedrea se la llevó un cuento de Nicholas Allan sobre el señor y la señora conejo que no pueden dejar de tener hijos. Dicho título, aunque para muchos padres sea muy útil para explicar a los niños la concepción, fue retirado de una biblioteca inglesa por la queja de un único padre. Por otro lado nos consta, aunque no vamos a decir nombres, que alguna biblioteca de nuestro país se han presentado quejas por el cuento Titiritesa: por abordar el lesbianismo al casarse dos princesas.

En fin, nos mantendremos expectantes de las conclusiones que surjan del primer curso internacional de Filosofía, Literatura, Arte e Infancia (FLAI) que organiza la Fundación Santa María de Albarracín en colaboración con el proyecto editorial Wonder Poder. Será los próximos días 6, 7 y 8 de julio, y en él se abordarán cuestiones tan al hilo de lo que aquí tratamos como: el potencial y las limitaciones de las creaciones literarias, artísticas, filosóficas y educativas que los adultos crean pensando en los niños.

 

Viñeta del exitoso cómic de Riad Sattouf: “Los cuadernos de Esther. Historias de mis 10 años”. Un proyecto en viñetas que aspira a relatar la vida real de Esther (hija de unos amigos del autor) desde los 10 hasta los 20 años. Más potencial para que los niños se sientan identificados no puede tener: ¿pero aceptarían algunos padres que un cómic que, retrata tal cual la realidad de una niña, esté en la sección Infantil y Juvenil?

 

Pero el discurso políticamente correcto que asfixia en muchas ocasiones el consumo cultural de lo más jóvenes: no siempre nos llega con aires tan timoratos. En la estadounidense Biblioteca Pública del Condado de Orange, a raíz del tiroteo en la discoteca de ambiente gay Pulse de hace un año, se ha decidido contar con una cuenta cuentos de lo más llamativo: la drag queen Miss Sammy.

Con ese poderío cromático y estético: ¿qué niño no va a caer fascinado ante el espectáculo de las drags?

No es una idea originaria de dicho condado, fue en 2015 en San Francisco (¿dónde si no?) donde la escritora Michelle Tea propuso organizar cuenta cuentos para niños en bibliotecas a cargo de drag queens para ayudar a promover la inclusión del colectivo LGTBI.

En pleno debate sobre el bullying y la necesidad de fomentar el respeto a la diferencia: la presencia de las drags como cuenta cuentos se ha convertido en un recurso para combatir el odio y la discriminación que ya han copiado bibliotecas de Nueva York o Los Angeles.

En pocos días Madrid acogerá la celebración mundial del Día del Orgullo (del 23 de junio al 2 de julio). Sería buen momento para que alguna biblioteca española se decidiera a adaptar la idea. ¿Qué reacciones provocaría? Es más que probable que el hashtag #biblioteca fuera trending topic sin ningún esfuerzo por parte del gremio. Ahora bien, al igual que en el caso de la princesa, puede que el debate que surgiera diera también ganas de echarse a llorar. Y eso que el mundo drag y el infantil tienen antecedentes en común de lo más convencionales.

 

Úrsula, la estupenda villana de La Sirenita (1989)

 

En 1989, en un producto cultural que ni el más estricto de los padres prohibiría a sus hijos: la adaptación Disney del clásico cuento de La Sirenita: se rendía tributo a la reina de los travestisÚrsula, la malvada de la funciónhomenajeaba descaradamente las formas rotundas y maneras de la mítica travesti Divine. De haber vivido en nuestros días es probable que Divine, que pese a su ferocidad resultaba de lo más dulce en su identidad masculina, hubiese accedido gustoso/a a ejercer de cuenta cuentos en bibliotecas.

Y siguen las coincidencias. Divine luce en forma de tatuaje en el brazo de la que fuera conductora de un transgresor programa infantil de televisión en los 80: La bola de cristal. Y por edad, es probable, que algunos de los que se mofan de los gustos culturales de una niña en las redes: crecieran durante los 90. Años durante los que la programación infantil corría a cargo de figuras como Leticia Sabater. Ahí lo dejamos.

De este modo se cierra el círculo que nos ha llevado desde la realeza (de la princesa Leonor a la pequeña sirena también hija de rey) a las drags pasando por Unamuno, y que concluimos soñando con propuestas que traten a los niños como seres inteligentes. Que les proporcionen las suficientes habilidades como para resistirse a la manada que promueven las redes y, así, nunca se transformen en los niños alienígenas de El pueblo de los malditos (1960).

 

Lobbies de biblioteca

 

Si algo tienen los estadounidenses es el don de la oportunidad. La industria de Hollywood cuando se olvida, por un momento, de los taquillazos diseñados por ordenador para adolescentes y se ocupa de temas adultos: demuestra una agilidad asombrosa para abordar asuntos de lo más candente.

No es de extrañar por ello que a poco más de tres meses de haber llegado a la Casa Blanca un presidente apoyado por el lobby armamentístico: se estrena una película que analiza el poder implacable de los lobbies (o grupos de presión política) que operan en Washington. En El caso Sloane (2016) es un lobby que defiende a la industria armamentística; pero en la magnífica serie House of cards ya llevan varias temporadas mostrando la cara más sucia e inquietante de los entresijos del poder (una visión avalada por figuras como Obama o Clinton).

Pero ¿se podría hablar de lobbies de biblioteca? Sin duda. En Tensión bibliotecaria no resuelta ya citábamos al implacable lobby estudiantil que impone sus necesidades al resto de habitantes de las bibliotecas (bibliotecarios incluidos). Como se decía allí: las salas de las bibliotecas en ocasiones son lo más parecido a una lucha por la supervivencia en hábitats reducidos. Pero hay otros tantos lobbies muy habituales en la mayoría de bibliotecas de tamaño medio-grande.

 

 

El Lobby de oro (en recuerdo de la inolvidable Las chicas de oro) o de la tercera edad por entendernos: no es despreciable en cuanto a la territorialidad que demuestran algunos de sus miembros a la hora de hacer suya la biblioteca. No será ni una, ni dos, ni tres, sino probablemente muchas más las bibliotecas que han tenido que poner algo de orden a primera hora de la mañana en la sección de lectura de prensa.

Para individuos que han vivido los años de escasez de la posguerra: lo de acaparar la prensa e incluso llegar a sentarse sobre ella si hace falta para asegurar su lectura antes que nadie (basado en hechos reales): resulta un hábito adquirido difícil de controlar. Tanto como colarse en otros espacios matutinos que dominan a la perfección: las consultas del médico o las colas en las plazas de abastos.

Los efectos secundarios del Sintrom no dicen nada al respecto, así que habrá que deducir que esa habilidad va de serie en muchos de los representantes de la generación más longeva que conoce nuestro país.

 

Damien, con sus padres, camino de la biblioteca.

 

El lobby infantil, pese a que algunos bibliotecarios hayan creído ver a Damien de La profecía encarnado en más de uno de los tiernos usuarios de la sección: en realidad no existe. El grupo de presión que lucha por los derechos de los menores en la biblioteca es algo más temible incluso que el lobby de oro y el de los estudiantes juntos.

La educación en España siguiendo escrupulosamente la ley del péndulo: del exceso de autoritarismo al exceso de permisividad.

Se trata del Lobby paterno/materno (contravenimos la economía en el lenguaje con tal de no alterar a colectivo de piel tan fina): no hay nada como un padre o madre (en esto no discriminamos por nacionalidad, faltaría más, pero si son españoles el riesgo se acentúa) que crea que la biblioteca ha perjudicado a su criatura para que se convoque de inmediato el gabinete de crisis del centro.

Un error que ha dejado sin plaza a un niño en un taller; un cómic manga traicionero de esos que arrancan de lo más cándido, y allá por el número 56, hacen desarrollarse exuberantemente a sus heroínas pero sin cambiarles la talla de vestido; o ese libro/película/cederrón que jura y perjura que su hijo se llevó tal y como si un gato montés lo hubiera tenido en su madriguera durante un año.

 

De acuerdo, los mimos dan grima. Pero ¿qué tal una campaña bajo el nombre de: Mimo mi biblioteca? En ella un mimo recibiría a papás y niños los días de mayor afluencia a la biblioteca. Por un lado, se podría inducir a los niños a respetar la quietud en la biblioteca; y por otro (esto sería lo más difícil): “reeducar” a ciertos progenitores sobre el necesario respeto por los espacios y bienes públicos.

 

Y aún podríamos seguir definiendo a vuelapluma algunos grupos que probablemente no entran dentro de la categoría de lobbies pero que igualmente pugnan por sus intereses dentro de la biblioteca (investigadores, docentes, escritores, asociaciones de barrio…). Observar a distintas especies luchando en los confines de un mismo territorio siempre resultará un espectáculo fascinante de estudiar.

Ensayo de 2014 sobre profesionales de la información que trabajan con asuntos que desafían el status quo.

Pero, ¿y la especie bibliotecaria? Para hablar de bibliotecarios dejamos la etología aparte. No es un trato de favor respecto a los demás colectivos, es que a los especímenes bibliotecarios ya los sometemos a estudio continuamente. Por eso en este caso mejor centrarnos en la capacidad del gremio para ejercer algo de poder.

Cuando en nuestro país hay solo dos colegios profesionales, y pese a los esfuerzos, no ha sido posible hasta la fecha crear más: hablar de grupo de presión resulta, por decirlo suave: un tanto exagerado. Fuera de la labor de las asociaciones por defender los intereses de la profesión: los bibliotecarios españoles quedan muy lejos, no ya de los Estados Unidos, sino de incluso países más cercanos como Francia o Italia.

 

 

El impresionante plató montado en una plaza de Milán para la gala que retransmitió la RAI3 para fomentar la lectura.

En Italia, desde el 2015, llevan organizando una campaña conjunta en las redes sociales: editores, libreros y bibliotecarios para fomentar la lectura a través del hashtag #ioleggoperché (lo leí). Ya de por sí esta alianza suena exótica en nuestro país; pero aún lo es más cuando se suman a ella desde:  redes de supermercados, la red de ferrocarriles (organizando un bookcrossing) e incluso la RAI3: que el primer año retransmitió en horario de máxima audiencia una gala desde Milán como clausura de la campaña.

¿No serían buenas ideas a imitar en el flamante Plan de Fomento de la Lectura 2017-2020? Seguro que una de las estrellas del grupo televisivo de origen italiano Mediaset querría ejercer de maestra de ceremonias. De este modo combinaría su experiencia como conductora de realities con su reciente empeño por convenZer a los telespectadores para que lean.

Ya que importamos, televisivamente de la Italia de los 90, cosas tipo las Mamachicho o las Cacaomaravillao: no estaría mal importar ahora galas tipo la de Milán en 2015. Mucho se habla del sentido del espectáculo de los estadounidenses; pero nuestros vecinos mediterráneos tampoco se han quedado cortos a la hora de montar buenos shows.

 

 

Y desde el 2012, también en Italia, se lleva celebrando el Bibliopride desde Nápoles. Puede que algo menos vistoso y colorido que el Gaypride pero igual de reivindicativo: marchas, eventos sincronizados en bibliotecas de todo el país, flashmobs, fiestas y múltiples actividades para reafirmar la importancia de las bibliotecas en la sociedad.

 

 

En Francia, la Asociación de Bibliotecarios acaba de denunciar las condiciones de trabajo de muchas de las bibliotecas de la zona de Languedoc-Roussillon. En una carta abierta, los bibliotecarios han denunciado a través de los medios las situaciones de recortes, abusos de poder e incluso acoso: que están viviendo algunos de sus colegas en las bibliotecas de la citada región. Nada nuevo en Francia donde las asociaciones que defienden a las bibliotecas y sus profesionales tienen un largo recorrido.

Compilación de ensayos, publicado en 2008, en los que se pone en tela de juicio la, supuestamente, necesaria neutralidad bibliotecaria.

No sabemos hasta que punto se podría hablar de lobbies bibliotecarios en Italia o Francia, pero en los Estados Unidos, dada su gran tradición activista y asociativa, el término no queda tan lejos.

Casos como el posicionamiento de los bibliotecarios en contra de la Administración Bush, en su día, con tal de defender la privacidad de sus usuarios; la contundente respuesta que están dando a las iniciativas de Trump; o la exitosa campaña iniciada por una bibliotecaria para evitar la prohibición de un libro de Michael Moore: dan fe de que, pese a ese declive del imperio norteamericano que muchos profetizan, tienen muchas lecciones que darnos en según qué asuntos.

Mucho se habla de la biblioteca como lugar para el empoderamiento (palabra fea, pero inevitable hoy día) de muchos colectivos. Pero mucho nos tememos que hablar de las bibliotecas como centros de poder es una ucronía que requiere de una imaginación a la altura de los guionistas de House of cards. Pero ya lo advertimos hace poco: hay un golpe de estado cultural en ciernes y en el nuevo orden mundial aún queda por saber en qué lugar quedarán las bibliotecas.

 

Que nadie confunda la discreción del gremio bibliotecario con un afán por desaparecer: todo lo contrario. Es un ardid para convertir a las bibliotecas en centros de poder en la sociedad del exhibicionismo.

Sherezade hoy sería bibliotecaria

 

Cualquiera que haya aguantado sin dormir la siesta un documental de la 2: sabrá que las mamás pingüinos distinguen a la perfección el graznido de sus crías entre los miles de pingüinos que cubren las costas de las Islas Georgias.

La voz es de los sonidos más característicos y personales. Y tal vez sea por eso que en plena era digital una forma de cultura tan ancestral como la oral está abriendo nuevas vías de negocio al mundo editorial. Ironías de la evolución: si la escritura surgió como un paso adelante en la transmisión de la información, ahora que los soportes son cada vez más volátiles, es la voz la que reclama su protagonismo podcasts o audiolibros mediante.

Los próximos 20 y 21 de mayo la Biblioteca Nacional Francesa se transformará en una Biblioteca parlante. Voces carismáticas como las de las actrices galas Isabelle Adjani, Fanny Ardant o Amira Casar se unirán a la de escritores y diversos artistas para compartir momentos de lectura de viva voz.

Y los franceses que siempre han sabido incorporar lo mejor de cada cultura ajena hasta hacerla parecer como propia: también han incluido sesiones de audición de grandes voces del siglo pasado como Apollinaire, Camus, Cocteau o Duras en una siesta literaria organizada en las tumbonas de la terraza del centro.

Es de suponer que lo de siesta será por el horario no porque las audiciones persigan inducir al sueño. Aunque bien visto, una cabezada arrullado por las voces de grandes literatos siempre resultará más reparadora que adormecerse alterado por los guirigays de algunos programas televisivos vespertinos a este lado de los Pirineos.

 

La maravillosa Fanny Ardant eligiendo sus lecturas.

 

Este 2017 está previsto que sea el año en que el audiolibro irrumpa con fuerza en nuestro país y algunas bibliotecas tienen los deberes más que hechos. El próximo 4 de mayo se celebrará en Madrid la entrega del Premio “Biblioteca y compromiso social” que desde el 2014 lleva concediendo la Fundación Biblioteca Social. El premio ha recaído en la madrileña Biblioteca Eugenio Trias por un proyecto dirigido a niños y adolescentes afectados de cáncer o patologías psiquiátricas hospitalizados en el Hospital Niño Jesús.

Y el accésit ha ido para el proyecto “Nosotros te leemosde la Biblioteca Municipal “Pilar Barnés” de Lorca (Murcia). Dicho proyecto consiste en la elaboración de recursos sonoros para usuarios con discapacidad física o falta de hábito lector. La oralidad reclamando su sitio como un recurso más en las bibliotecas del siglo XXI.

 

 

La voz nos caracteriza y define, en cambio, mientras acudimos a gimnasios o clínicas de belleza para moldear nuestro cuerpo, a nuestra voz (salvo que seas cantante, actor o locutor) la dejamos en barbecho.

Cartel ficticio para La ley del deseo de Pedro Almodóvar.

De ahí lo ajena que la sentimos, si a través de algún medio de grabación, nos convertimos en oyentes de nosotros mismos. A todos nos gustaría que nuestro discurso ganase en poder de seducción entonando cual Constantino RomeroManolo Otero (no perderse el video-recuerdo a Otero: un auténtico contenido digno de nuestro reto #bibliobizarro), Charo López o Nuria Espert (pinchando en cada nombre podemos recrearnos en sus voces).

Nuestro idiolecto, o lo que es lo mismo, nuestra forma característica de hablar, nos configura tanto como las palabras que utilizamos. Por eso, no es de extrañar, que imaginemos voces cuando estamos leyendo. A cada texto, a cada personaje, a cada mensaje, le asignamos una voz; y por eso muchas veces, al descubrir las voces reales de algunas estrellas de Hollywood, se nos cae el mito a los pies.

 

Una palabra tuya bastará para sanarme”: ¿y acaso el relato de la corrupción nuestra de cada día no resultaría más llevadero si nos lo retransmitiera la voz sin igual de Gracita Morales? No tiene maldita gracia la cosa, pero es tal la astracanada en la que estamos viviendo que las denominadas “españoladas” siguen siendo las únicas capaces de hacerle justicia (o los Morancos en su defecto).

En la web de humor CollegeHumor tenían claro el efecto que puede provocar una voz al leer un texto, y por eso crearon una recomendación para lectores que no tenía desperdicio: la Morgan Freeman Marks o Morgan Freemark.

 

“Uso: recordar a los lectores que pueden leer con la voz que quieran, pero que deberían leer estas palabras con la voz de Morgan Freeman. Ejemplo: “y entonces, Kevin tomó un gran trago de vodka, y se lanzó corriendo de cabeza contra la pared”

 

Poniéndole rostro a Pepe Mediavilla gracias a Marta Nael. El hecho de que haya doblado  cine de aventuras y ciencia ficción: le ha convertido en toda una figura de culto entre los aficionados.

Situado junto a textos literarios aconsejaría imaginarlos en la voz del actor. En nuestro país en todo caso ese aviso no serviría de nada sin la gran voz de Pepe Mediavilla, que desde siempre ha sido el actor encargado de doblar, entre otros, a Morgan Freeman.

Mediavilla cuenta con un canal de Youtube en el que durante los últimos años ha ido publicando vídeos en los que recita poesías; y aunque siempre dispuesto a visitar bibliotecas y teatros para recitales y conferencias: sus problemas de salud desafortunadamente le han hecho retirarse. ¿Quién le pondrá a partir de ahora la voz a Dios (Morgan Freeman ha hecho de Dios en varios filmes) para los millones de españoles que aún no son capaces de ver cine en versión original o huyen de los subtítulos?

 

 

En el …(post en obras) hablábamos de la importancia de “contar” nuestra biblioteca. No ya por aquello de saber contar cuentos (que también): sino de la importancia de construir un relato en torno a tu biblioteca, a lo que crees que debe ser una biblioteca en nuestros días, y alrededor de lo que es el día a día en tu biblioteca. Y aunque ese relato parta del profesional bibliotecario, siempre será un relato abierto en el que tienen que escucharse las voces de los usuarios.

Por mucho que cambien las cosas todos necesitamos que nos sigan contando historias. Avances tecnológicos aparte, lo que realmente se está jugando en el campo de batalla de las industrias culturales de este siglo XXI: es una guerra por los contenidos (como señalaba Frederic Martel en su ensayo de cabecera: Cultura Mainstream). ¿Y dónde están todos los contenidos del mundo? ¿En Google, en las redes sociales, en las bases de datos?

No y mil veces no. Los contenidos siguen estando en las bibliotecas por la sencilla razón de que acumulan millones de contenidos en soporte impreso o audiovisual (muchísimos de los cuales aún no han sido digitalizados), y porque además ahora también proporcionan acceso a internet.

 

Joe Orton, en su domicilio en 1967, el mismo año en que moriría a manos de su pareja Kenneth Halliwell. El collage que cubre la pared era obra de Halliwell.

 

En 50 sombras bibliotecarias aún más oscuras abogábamos por el #crucedeportadas como una manera de ampliar (mediante el engaño) los gustos de algunos lectores que solo leen determinado tipo de obra. ¿Se podría encuadrar algo así dentro de la narrativa transmedia? En cualquier caso, no era nada original, de hecho estaba basado en hechos reales: concretamente en las fechorías que el dramaturgo Joe Orton y su colega y amante el escritor Kenneth Halliwell perpetraron allá por los 60 en la biblioteca de Islington (Londres).

Gary Oldman y Alfred Molina como Joe Orton y Kenneth Halliweel ,respectivamante, en la película de Stephen Frears.

Orton y Halliwell se dedicaron a robar libros de la biblioteca y a modificar sus portadas o solapas para después devolverlos una vez “intervenidos”. Sus tropelías les acarrearon una pena de cárcel y una multa. Eran los días prometedores de sus inicios, cinco años antes de que Halliwell terminase matando a martillazos a un Orton en pleno éxito.

La película basada en la vida de Orton se tituló Ábrete de orejas (1987) y de eso trataba su travesura: de abrirles las orejas y los ojos a los adormecidos lectores de una biblioteca londinense en los 60. Algo similar a nuestra propuesta de #crucedeportadas. Es necesario tener bien abiertas las orejas para que podamos contar nuestras historias. Si Sherezade existiera en nuestros días habría pasado hace ya mucho del sultán y trabajaría en una biblioteca. No hay mejor lugar para seguir contando historias.

 

Tensión bibliotecaria no resuelta

 

Provocar puede resultar saludable, epatar es simplemente pueril. Puestos en esa tesitura este texto elegiría siempre resultar saludable antes que pueril: pero su planteamiento inicial es confrontar situaciones, circunstancias y asuntos que definen algunas de las problemáticas de las bibliotecas en nuestros días (sin ningún ánimo exhaustivo desde luego) y ahí es posible que surja más de una provocación. Es lo que tiene intentar hurgar en esas tensiones latentes que tácitamente todos percibimos pero, pese a reconocerlas, no somos capaces de saber si se resolverán algún día.

Buñuel duplicó en dos actrices a la protagonista de su película Ese oscuro objeto del deseo (Ángela Molina y Carole Bouquet): en este texto los objetos oscuros del deseo bibliotecario a los que pasaremos revista se quedan en unos pocos, pero sin duda se podrían multiplicar por muchos más.

 

Tanto su título original: The naked jungle=La jungla desnuda, como su título español: Cuando ruge la marabunta (1954) dejan claro que lo que rugía en pantalla, más que las hormigas carnívoras: era la tensión sexual no resuelta entre la pelirroja Eleanor Parker y el tosco Charlton Heston.

 

La primera, e irresoluble, tensión bibliotecaria no resuelta es la que se establece entre responsables políticos y bibliotecarios. Como cada año los gabinetes de prensa de ayuntamientos, comunidades autónomas o de cualquier otro tipo de dependencia administrativa se acuerdan de las bibliotecas cuando se acerca el 23 de abril. Es el Día internacional del Libro y los medios tienen que rellenar espacios, los políticos tienen que fotografiarse haciendo alarde de su amor por la cultura, y de repente las bibliotecas son muy  importantes.

Estadísticas de urgencia, programación de actividades a todo tren, listas de los más prestados, artículos en prensa, entrevistas en radio… Como rezaba aquel vetusto programa de la televisión de los 60: las bibliotecas son reinas por un día. Pero ha querido la actualidad (es así de caprichosa) que este año de manera paralela a los titulares resaltando el compromiso de los políticos con las bibliotecas (que los hay, damos fe de que existen políticos que tienen ese compromiso): haya circulado la noticia de que la Literatura Universal dejará de ser asignatura obligatoria en Bachillerato.

 

El viril y bíblico Charlton Heston todo arrobo e intensidad mirando a los ojos de Stephen Boyd en Ben-Hur (1959). Parece que el ingenuo de Heston no lo sabía pero la marabunta también rugía bajo esa tensión no resuelta entre los dos personajes. Años después Gore Vidal lo desveló para desesperación del ultraconservador Heston.

 

De entre las reacciones, comentarios y declaraciones que ha suscitado la noticia (Premio Cervantes incluido) nos quedamos con la columna de Elvira Lindo en El País: No me llames letrasado. El palabro en cuestión define a la perfección el tipo de cultura que se promueve desde las instancias políticas. Nos cabe la duda de si lo de letrasado proviene de fracasado o de retrasado: en cualquier caso es de esos términos afortunados para definir una realidad desafortunada.

Pese a todo las frases hechas sobre el amor a los libros, las citas de escritores y las fotos de políticos ensalzando a los libros y las bibliotecas han surgido como las amapolas en el campo cada primavera. Y el día 24, a otra cosa, y que las bibliotecas sigan ampliando horarios como salas de estudio y menguando presupuesto para el resto. Total si ya ni siquiera van a fomentar la Literatura en el Bachillerato: ¿para qué otra cosa van a servir las bibliotecas que no sea como salas de estudio?

Así se matan dos toros de un estoque (es que lo de los pájaros está muy visto, y como a los toros les han bajado el IVA antes que al cine, queda más apropiado): se mantiene a los jóvenes estudiando indefinidamente, y se resuelve la falta de espacio en las viviendas que ahora comparten varias generaciones de la misma familia.

 

William Hurt y Kathleen Turner generando tensión en la sudorosa Fuego en el cuerpo (1981): el noir más tórrido de los 80.

 

Pero dejemos a los políticos que bastante protagonismo tienen: quedémonos con los estudiantes. Lo de estudiantes y bibliotecarios es una relación que, en determinadas épocas del año, alcanza unos niveles de tensión, de deseo y repulsión que ni lo de Rhett Butler con Escarlata O’Hara en Lo que el viento se llevó (1939).

Hace unos días se publicaba un artículo en Los Angeles Times con un significativo título al respecto: Menos libros, más espacios: las universidades rediseñan las bibliotecas del siglo XXI. Con ese título poco cabe añadir, pero resumiendo, se constata la presión estudiantil en la Universidad de Berkeley: que ha motivado que cerca de 70000 libros impresos hayan sido trasladados a almacenes para despejar espacios y habilitarlos como: zonas de estudio, de reunión, de trabajos en grupo, e incluso de relax con bicicletas estáticas y libertad para comer mientras se estudia.

 

Bette Davis y Joan Crawford estudiándose el guión de ¿Qué fue de Baby Jane? (1962): porque no solo las tensiones no resueltas de índole sexual tienen cabida en este texto.

 

Que las necesidades del lobby estudiantil estén marcando las pautas en las bibliotecas universitarias es lógico. Pero ¿y en las públicas? Observar las salas de una biblioteca pública en época de exámenes puede ser lo más parecido a la lucha por la supervivencia en hábitats reducidos.

No hace falta irse a Sevilla para perder la silla: los estudiantes colonizan los espacios, expulsan a los abuelos de la zona de prensa, invaden las secciones reservadas para los pequeños, y a poco que se dé la vuelta el bibliotecario para subir al depósito: le quitan la silla del mostrador. Hacen imperar la ley del silencio con un celo que para sí quisieran la Yakuza, la Cosa Nostra y la Mafia rusa juntas; y fulminan con la mirada, cual mutantes de los X-Men, a cualquier carrito con las ruedas desengrasadas.

Si sigues pensando que una biblioteca es un sitio que sirve para estudiar, Infobibliotecas no es tu revista“: hace unos meses lanzábamos este eslogan publicitando nuestra revista en las redes, y lo cierto es que resume bien la única postura posible desde el punto de vista de una biblioteca pública ante esa marabunta que lo invade todo.

 

Tula y su cuñado en la adaptación que Miguel Picazo hizo de la novela de Unamuno en 1964: tensión sexual en la España más represiva.

 

Y no sería honesto repartir estopa, bueno esto más bien se ha quedado en arpillera: sin incluir al gremio bibliotecario. Afortunadamente un gran número de bibliotecas públicas están atendidas por funcionarios públicos. Pero precisamente esa condición funcionarial es la que lastra en muchas ocasiones el progreso y desarrollo de las bibliotecas.

No es el bibliotecario un gremio al que se puede acusar en exceso de ensimismado: pero arrastra los vicios e inercias de una Administración que tan poco incentiva a los empleados públicos, y que se convierte en refugio para tanto mediocre cuya única vocación no es el servicio público a la cultura, sino el aburguesamiento laboral más inmovilista.

¿Qué dónde está la tensión no resuelta en este caso?: es la que se establece entre los que, siendo o no funcionarios, se apasionan por lo que hacen, creen en el poder transformador de la sociedad que pueden jugar las bibliotecas y, pese a las condiciones adversas en muchos casos, siguen adelante: y los bibliotecarios jurásicos (sea cual sea su edad) que tan solo esperan llegar tranquilamente a la jubilación. Como decíamos en Una verdad (bibliotecaria) incómoda para estos últimos: “ni un mísero responso por su desaparición”.

 

Tensión pectoral entre Sophia Loren y Jane Mansfield.

 

En cierto modo la última tensión bibliotecaria no resuelta enlaza con lo de los bibliotecarios jurásicos y los ¿airados? (por utilizar un término con reminiscencias literarias y cinematográficas). Se trata de la tensión hormonal bibliotecaria: (hay otras tipologías bajo esta denominación pero aquí y ahora nos centramos en esta): dícese de la tensión entre bibliotecario infantil y menor entre 9-10 años que era cliente fijo de la sección y que en su proceso hormonal para mutar en púber pre adolescente: es abducido por los videojuegos, las redes sociales y demás cantos de sirena tecnológicos.

Entre las decisiones bibliotecarias inmediatas de los próximos años es posible que sea ineludible el aceptar este “síndrome de nido vacío bibliotecario” para centrarse en los usuarios procedentes del baby boom de los 60 que van a ser mayoría en las sociedades occidentales. Un ejemplo a seguir en este sentido sería la Sala +60 que se ha inaugurado recientemente en la Biblioteca de Santiago de Chile: un espacio para atender a las necesidades de esta gran cantidad de población madura que se avecina. Algo de lo que ya hablábamos en el exitoso post La arruga es subversiva.

En cualquier caso, lo que parece que no perderá vigencia alguna será la tensión bibliotecaria no resuelta entre: la idea de la biblioteca como templo de la cultura y el concepto de biblioteca como supermercado de la cultura.

 

El ama de llaves de Rebeca (1940): tensión sexual no resuelta necrófila.

 

Y aquí cerramos el repaso a algunas de las tensiones bibliotecarias no resueltas. Por obvias hemos excluido las tensiones que, durante todo el año, pero especialmente a partir de primavera cargan de feromonas las salas de las bibliotecas. Esos paseos recurrentes entre las mesas en dirección a los baños o a las máquinas expendedoras de café, esas miradas furtivas entre subrayado y subrayado, ese otear entre estanterías encuadrando determinadas partes de anatomías ajenas. Pequeños gestos que unen a estudiantes, usuarios y bibliotecarios bajo los imperativos de la biología.

Esperemos que por el bien de la cultura, esta primavera y verano, muchas de estas tensiones se resuelvan satisfactoriamente para todos. La represión nunca trae nada bueno.

Y ¿quién mejor que Dita Von Teese para advertirnos de los peligros de no resolver las tensiones que nos colonizan el cerebro no dejándonos pensar más que en lo único? ¿Bibliotecarios reprimidos?, ¿dónde se ha visto eso?:

 

 

Lectura por grupos musculares

 

Todo va tan rápido que ignoramos las señales hasta que el choque es inevitable. Los cierres de bibliotecas en Reino Unido de los últimos años estaban creando el caldo de cultivo perfecto para el triunfo del brexit. ¿Qué otra cosa más que la cerrazón intelectual y reflexiva (independientemente de lo que se opine sobre la UE) se podía prever del debate público en un país que ha pasado de crear  instituciones como las bibliotecas públicas a cerrarlas a mansalva?

Y las señales, bueno no, las evidencias prosiguen día a día. La última: la amenaza de cierre de bibliotecas en el distrito sur de Londres, concretamente: de la biblioteca de Carnegie en Herne Hill y la de Minet en Myatt’s Fields. Según las autoridades municipales de Lambeth para reconvertirlas en gimnasios. Buena idea, así los hooligans tendrán más sitios donde ejercitarse, y cuando viajen de nuevo a Madrid por un partido de la Liga de Campeones; en lugar de tomarse un relaxing cup of coffee in the Plaza Mayor: humillarán con más brío a indigentes y camareros.

 

 

Aunque hay que ser justo. Activistas londinenses (nos gustaría pensar que de ese 48,1% que votaron contra el brexit) se han movilizado en la campaña Defend The Ten que persigue impedir a las autoridades esta reconversión gimnástica de las emblemáticas bibliotecas del barrio. Tienen argumentos en los que apoyarse: según las estadísticas de 2015 ambas bibliotecas mejoraron en número de visitas, nuevos socios, préstamos y colecciones.

La última acción de esta plataforma Defend The Ten ha sido rodear las citadas bibliotecas con las cinematográficas cintas policiales que señalan el escenario de un crimen. La mayoría, afortunadamente, sabemos de estas cintas por las películas y confiamos en no tener que verlas en la vida real; pero la protesta no puede resultar más elocuente. ¿A cuántos lugares no nos gustaría envolver con las fotogénicas cintas? Pero las autoridades municipales del distrito londinense tienen antecedentes en convertir bibliotecas en gimnasios a pocos kilómetros.

 

La biblioteca de Carnegie en Londres escenario del crimen.

 

En el más céntrico y también cinematográfico barrio de Notting Hill (aquel en donde un modesto librero enamoraba a una estrella de Hollywood): una orgullosa placa en los números 206-208 de la calle Kensington Park Road anuncia The library. Por el aspecto externo podría serlo, y una vez dentro sus salones y espacios dejan claro que allí hubo una biblioteca de verdad: pero la maquinaria que ahora ocupa el espacio del patio central evidencia que hace tiempo se transformó en un exclusivo centro deportivo.

 

The library, el gimnasio inteligente en Notting Hill.

 

Tanto la imaginería que utiliza este exclusivo club, como la terminología que aplica a sus diferentes servicios y actividades, explota el mundo bibliotecario. La pena es que una vez entras en secciones de su web con nombres tan prometedores como The reading room lo que te encuentras es una selección de revistas, artículos y capítulos de libros en PDF sobre alimentación, moda, o por supuesto, deporte.

Nada que objetar, salvo su falta de ambición. Si has creado un gimnasio que parece una biblioteca, si se autodefinen como “el gimnasio inteligente”: ¿por qué no recuperar, aunque sea un poco, el espíritu de la Academia griega?, ¿no resultaría mucho más innovador integrar la oferta propia de una biblioteca a las rutinas para mantenerse en forma?

 

Hugh Grant, que encarnaba al tímido librero en la romántica Notting Hill (1999), también encarnó a Lord Byron en la cinta de Gonzalo Suárez: Remando al viento (1988). El poeta romántico por excelencia fue un gran nadador que, entre otras hazañas, cruzó en una hora el estrecho de Dardanelos en Grecia.

 

Con estas conexiones deportivas-literarias ¿por qué no incluir junto a la preceptiva tabla de ejercicios equivalencias literarias-musicales-cinematográficas-comiqueras….? Cultura por grupos musculares. Si el cerebro es el que hace moverse a los músculos ¿por qué se le utiliza tan poco en los entrenamientos? Promovamos un desarrollo integral. Hasta la tecnología se pone de nuestra parte: las últimas innovaciones en el campo del deporte son fácilmente explotables para nuestros propósitos:

 

Los auriculares Sony Walkman NWWS413

 

Sony acaba de lanzar un walkman resistente al agua dulce o salada, con memoria interna de 4 GB y con una autonomía de 12 horas. En pleno boom de los audiolibros ¿no resultaría estimulante escuchar el microrrelato Natación de Virgilio Piñera mientras se siente el agua discurrir por nuestro cuerpo a cada brazada? ; en un deporte al aire libre ¿no se recuperarían las fuerzas al escuchar que: “la verdadera libertad consiste en el pleno dominio de uno mismo” u otras tantas reflexiones igual de energizantes de Montaigne?

 

El Apple Watch Nike: ¿cuándo van a lanzar un reloj inteligente que, además de los pasos o las calorías, contabilice lo que lees cada día?

 

Apple ha lanzado un reloj en colaboración con Nike para cuantificar tanto el ejercicio que haces como lo que comes o duermes. Este afán obsesivo por monitorizarse, por registrar hasta las intimidades de tu organismo de manera voluntaria: va allanando el camino para que, cuando la Inteligencia Artificial nos rodee por completo, aceptemos su dictadura sin resistencia. Pero puesto que es algo que parece irremediable: ¿por qué no incluir en esas mediciones lo que leemos, vemos y escuchamos?

El casco para ciclistas Coros LINX Smart Cycling Helmet.

El Coros LINX Smart Cycling Helmet, así con bien de palabrejas que le den empaque anglófilo, es un casco para ciclistas que no sabemos muy bien si se ajustará a los preceptos de la seguridad vial. El caso es que permite escuchar música y comunicarnos con manos libres.

Sentir como nuestra cara corta el viento a cada pedalada, mientras nos recitan las deliciosas anécdotas que Miguel Delibes reunió en su librito Mi querida bicicleta: puede que no nos lleve a vestir el maillot amarillo pero el placer del paseo se incrementará a cada kilómetro.

Pero volviendo al gimnasio. Si a Woody Allen al escuchar a Wagner le entraban ganas de invadir Polonia: ¿qué energías no insuflará el agarrar las mancuernas para hacer un press militar al ritmo de la obertura de Los maestros cantores de Nüremberg? Si Blake Edwards nos enseñó en 10, la mujer perfecta que el Bolero de Ravel servía para hacer el amor ¿cuántas calorías no se quemarían a su ritmo en la elíptica?

 

Nicki Minaj, todo elegancia y distinción promoviendo la estética del gimnasio como fábrica de clones a mayor gloria de Mediaset y medios afines.

 

¿Acaso la Primavera de Vivaldi, la Pequeña Serenata Nocturna de Mozart o un vals de Strauss no se avienen mejor al cuerpo y al espíritu que el Black Flame Remix del Anaconda de Nicki Minaj para los sprints, escaladas y pedaleos suaves que exige el spinning? , ¿qué imprevistas conexiones neuronales se activarán al identificar el placer de la música clásica con la rutina de los ejercicios?

 

 

¿Qué relatos serán los idóneos para ejercitar glúteos y femorales? ¿y los más indicados para acompañar el peso libre en el press banca o en las sentadillas? ¿qué autores acompañarían mejor las superseries de peck deck? Se excluyen a Chuck Palahniuk o Murakami por demasiado obvios.

 

Al final al mirarse en el espejo para comprobar los resultados de tanto esfuerzo no se quedaría en un hueco acto narcisista; porque esos bíceps desarrollados serían la consecuencia tanto de las mancuernas como de los microrrelatos de Andrés Neuman; esa espalda musculosa no sería solo por las dominadas sino también por las reflexiones de Marco Aurelio; y esos abdominales bien definidos se habrían logrado al ritmo de la prosa de Ricardo Piglia. El equilibrio entre mente y cuerpo sería una realidad y ese bienestar que pregonan las revistas de tendencias algo más que un mero eslogan.

 

 

La malcasada de Luis Alberto de Cuenca

 

Me dices que Juan Luis no te comprende,

que sólo piensa en sus computadoras

y que no te hace caso por las noches.

Me dices que tus hijos no te sirven,

que sólo dan problemas, que se aburren

de todo y que estás harta de aguantarlos.

Me dices que tus padres están viejos,

que se han vuelto tacaños y egoístas

y ya no eres su reina como antes.

Me dices que has cumplido los cuarenta

y que no es fácil empezar de nuevo,

que los únicos hombres con que tratas

son colegas de Juan en IBM

y no te gustan los ejecutivos.

Y yo, ¿qué es lo que pinto en esta historia?

¿Qué quieres que haga yo? ¿Que mate a alguien?

¿Que dé un golpe de estado libertario?

Te quise como un loco. No lo niego.

Pero eso fue hace mucho, cuando el mundo

era una reluciente madrugada

que no quisiste compartir conmigo.

La nostalgia es un burdo pasatiempo.

Vuelve a ser la que fuiste. Ve a un gimnasio,

píntate más, alisa tus arrugas

y ponte ropa sexy, no seas tonta,

que a lo mejor Juan Luis vuelve a mimarte,

y tus hijos se van a un campamento,

y tus padres se mueren.