Biblioteca apache

 

En ocasiones la actualidad te lleva de la mano. No hace mucho en El ángel exterminador bibliotecario nos recreábamos en la posibilidad de que grupos de usuarios quedasen enclaustrados en una biblioteca; y hace unas semanas, también nos hacíamos eco del vandalismo en una biblioteca parisina en Asalto a la biblioteca del distrito 18. En este arranque del mes de abril las líneas argumentales de estos dos posts se entrecruzan en esta Biblioteca apache.

 

El poder de los libros representado por el artista Mladen Penev.

 

El ensayo del sociólogo Denis Merklen: ¿Por qué se queman las bibliotecas?

El 5 de marzo la biblioteca pública del distrito de La Duchère, en Lyon, fue incendiada por unos delincuentes como represalia por el desmantelamiento de una red de tráfico de drogas que operaba en dicho distrito. Según el sociólogo Denis Merklen, autor del libro ¿Por qué se queman las bibliotecas?, se han registrado, al menos, 75 incendios intencionados de bibliotecas durante los últimos veinte años en Francia.

Merklen resalta el carácter simbólico que tiene el hecho de quemar bibliotecas como respuesta a problemáticas sociales latentes en la sociedad gala. La importancia y protección que en Francia se da a la cultura, es probable, que signifique a las bibliotecas como víctimas propiciatorias de ese ansia de destrucción contra los símbolos de una sociedad. En cambio, al otro lado de los Pirineos, podemos respirar tranquilos.

Como comentaba el periodista del área de cultura de ‘El diario vasco’, Alberto Moyano, a cuenta de lo que planteábamos en Asalto a la biblioteca del distrito 18:

 

 

Un tuit que nos gustó, en primer lugar, por expresar su discrepancia (el primer paso para enriquecerse en un diálogo amable en la red); además ese “disparar en demasiadas direcciones” nos encanta para un post que se llama Biblioteca apache; y, sobre todo, por incidir en ese poder perturbador, en esa hostilidad que aún pueden llegar a provocar los libros (y por ende las bibliotecas) como símbolos. Si algo incomoda es que sigue ejerciendo un poder hasta en los que se creen más ajenos a su influjo. Algo que, pese a estar al otro lado de los Pirineos, también encontramos fascinante.

 

 

Christian Slater ya contaba con unos precoces antecedentes bibliotecarios por su papel en El nombre de la rosa (1986).

Y cambiando de latitud y escenario pero no de temática: el Festival de Cine de Santa Barbara en los Estados Unidos se inauguró el pasado 31 de enero con la proyección de la película dirigida por Emilio Estevez: The public (2018). En el reparto, entre otros, aparte del propio Estevez, estrellas como Alec Baldwin o Christian Slater.

The public se centra en un grupo de vagabundos y personas en riesgo de exclusión; y en las relaciones que establecen con los trabajadores de una biblioteca del centro de Cincinnati.

Una noche, tal cual como en nuestro ángel exterminador bibliotecario, suena el aviso de cierre de la biblioteca y un grupo de sin techo se niega a abandonar la biblioteca. Los refugios de la ciudad están atestados por una cruda ola de frío y la única opción es pasar la noche a la intemperie. A partir de aquí, el conflicto se complica cuando los bibliotecarios deciden apoyar a los okupas, y se posicionan frente a políticos y medios sensacionalistas: planteándose un acto de desobediencia civil que sirve para exponer algunos de los problemas sociales más candentes de la sociedad estadounidense (y por extensión de las sociedades occidentales).

 

 

La película de Estevez, no tiene aún fecha de estreno en nuestro país, pero promete convertirse en un título de referencia en el mundo bibliotecario. Al igual que el incendio de bibliotecas en Francia denota las tensiones sociales que se viven en el país vecino: de la película norteamericana se pueden sacar varias lecturas, pero en este caso, positivas.

Independientemente de la calidad de The public (atendiendo al tráiler parece que la acostumbrada competencia estadounidense en los aspectos visuales e interpretativos está asegurada) el hecho de que una biblioteca se convierta en escenario protagonista de una producción, independiente, pero rodada con medios y con estrellas en su reparto: ya es una buena noticia. Pero la biblioteca en la película es mucho más que un simple decorado: es todo un concepto. La plasmación en imágenes (en líneas de diálogo) de una frase que se repite afortunadamente cada vez con más frecuencia: las bibliotecas públicas como último bastión de la democracia. Las bibliotecas públicas, como indica el título, como máxima representación de lo público.

 

Emilio Estevez como bibliotecario al frente de la desobediencia civil de un grupo de excluidos del sistema.

 

El hijo mayor de Martin Sheen perpetúa la tradición demócrata de ese Hollywood comprometido en causas sociales que su padre (récord absoluto de detenciones por implicarse en protestas sociales: 66) ha representado públicamente desde la década de los 70. Muy alejado de su hermano, Charlie Sheen, que en cambio tanto se ajusta al estereotipo hollywoodense hecho de alcohol, drogas y sexo. Era previsible que, tan célebres representantes del progresismo estadounidense, tuvieran algo que decir sobre la sociedad que ha quedado tras una década de crisis culminada con la presidencia de Trump.

Que Alec Baldwin forme parte del reparto tampoco es casual. Aparte de haber renovado su popularidad gracias a la exitosa parodia que del actual presidente de su país hace en el mítico show de humor televisivo Saturday Night Live: Baldwin tiene un largo recorrido como santo patrón bibliotecario, o en otras palabras, como mecenas de bibliotecas en su país.

 

Alec Baldwin junto a su mujer y el también actor Edward Burns en la Author’s night for the East Hampton Library de 2015: un evento que sirve para recaudar fondos para dicha biblioteca.

 

Baldwin, aunque ha sido nominado, no ha ganado nunca un Oscar, pero de crearse alguna vez el Tejuelo de oro, sin duda, se lo llevaría de pleno en la mayoría de categorías. En 2011 el lenguaraz intérprete que nunca se ha cortado un pelo (su pelambrera pectoral atestigua que lo metrosexual nunca ha ido con él) a la hora de dar sus opiniones: donó 10.000 dólares para impedir que se cerrase la Biblioteca Adams Memorial en Rhode Island. Otros 250.000 dólares fueron a parar a la biblioteca de East Hampton, a la cual destinó los ingresos que obtuvo por diversas campañas publicitarias que había protagonizado.

Pero no acaba aquí su labor probiblioteca, también fue cofundador de la Noche anual de recaudación de fondos para la Biblioteca de East Hampton. Además, desde 2015, a través de la fundación que lleva su nombre y el de su esposa, The Hilaria & Alec Baldwin Foundation, el matrimonio financia numerosas iniciativas en torno al arte, la cultura o la salud pública.

 

Alec e Hilary posando en su mansión de los Hamptons.

 

Un joven Alec Baldwin participando en la campaña de fomento de la lectura de los 80 que lanzaron desde las bibliotecas estadounidenses: READ.

Que la biblioteca en la que Baldwin centra su altruismo esté situada en Los Hamptons: no resta valor a sus esfuerzos.

Situados en la zona este de Long Island, los Hamptons, constituye una exclusiva zona de vacaciones para la clase alta de Nueva York. Scarlett Johansson, Sarah Jessica Parker, Richard Gere, Jennifer López, Steven Spielberg, Robert de Niro o, por supuesto, el propio Alec Baldwin: poseen lujosas fincas en la zona. Un territorio en el que también viven personas de clase media baja, pero cada vez menos, dado que el alto nivel de vida de Los Hamptons les ha obligado a mudarse.

En los Estados Unidos no hay problema en defender públicamente un discurso progresista y a favor de los derechos sociales de la población (como hace Baldwin participando en The public): y por otro lado, pertenecer a la élite económica y cultural de esa sociedad. En nuestro país la defensa de lo público, en cambio, pareciera exigir un compromiso lindante con el voto de pobreza. Combinar lo público con lo privado (salvo que hablemos de cotilleo y prensa del corazón) suena casi a blasfemia. Un discurso harto maniqueo que, tal vez, una buena ley de mecenazgo cultural ayudaría a mitigar.

En una reciente entrevista en ‘El País’ la oncóloga Ruth Vera, presidenta de la Sociedad Española de Oncología Médica, señalaba la necesidad de incentivar la inversión privada a través de una ley de mecenazgo. Y declaraba no entender la polémica en torno a la donación que hizo Amancio Ortega para la lucha contra el cáncer. “¿Por qué tenemos que rechazar la inversión privada?” se preguntaba Vera.

 

Un fotograma de The public (2018): las fuerzas del orden irrumpiendo en la biblioteca (no se considera spoiler porque aparecen en el tráiler).

 

Disco de Jacques Brel en el que se incluía su satírica ‘La dame patronnesse‘ (Las damas de la beneficencia): título apropiado para la propuesta final de este post.

Hace un año se presentaron las 150 medidas que el actual Gobierno pretende poner en marcha durante esta legislatura y que se engloban dentro del Plan Cultura 2020. Entre ellas se incluía la reactivación de la postergada Ley de Mecenazgo Cultural. Un año después, Castilla-La Mancha ha anunciado la puesta en marcha de su propia Ley de Mecenazgo, mientras en el resto del país sigue la espera.

Entretanto las bibliotecas se convierten, o no, en objetos de deseo para mecenas con ganas de cuidar su imagen pública y aliviar su declaración de la renta, ya que hemos citado a la prensa del corazón, no estaría de más que nuestras celebrities patrias se quitaran complejos respecto a las estadounidenses apoyando eventos recaudatorios destinados a bibliotecas.

Antonio Banderas lleva varios años impulsando la Gala solidaria Starlite en Marbella cada verano. ¿Cabría esperar un séptimo de caballería proveniente del papel cuché? ¿Quién sabe? Igual a Isabel Preysler, Nati Abascal, Pitita Ridriduejo o a Carmen Lomana les da por lucirse con una excusa tan favorecedora y ponerlo de moda entre la beautiful people. Dejamos la pregunta envenenada para el final: ¿tendría escrúpulos el sector bibliotecario en aceptar este tipo de financiación?

Arrancamos viendo como quemaban bibliotecas en Francia y concluimos con acento francés gracias a las damas de la beneficencia de Brel. Otra cosa no, pero nadie nos podrá acusar de falta de coherencia.

 

Tamara Falcó entrevistando a Vargas Llosa en la biblioteca de la mansión de Isabel Preysler.

Mamá quiero ser youtuber…(de biblioteca)

 

Entre “Enamorado de la moda juvenil” de Radio Futura ” y “mala mujer, me han dejado cicatrices por todo mi cuerpo tus uñas de gel” de C. Tangana: distan 37 años. En muchos casos los mismos que separan a los potenciales usuarios jóvenes de las bibliotecas y un gran porcentaje de los profesionales que trabajan en ellas (aún más después de la falta de relevo generacional que ha provocado la crisis que estalló en 2008). Y esa brecha generacional pasa factura a la hora de idear proyectos y actividades que puedan despertar el interés de muchos de esos jóvenes que son incapaces de disociar biblioteca de sala de estudio.

 

 

El actor y humorista Berto Romero concedía una entrevista a cuenta del estreno de su serie ‘Mira lo que has hecho’ en ‘Fotogramas’. En ella Romero, de 43 años, hablaba de la ruptura que han supuesto los youtubers: “entre mis coetáneos puedes ver ecos de Faemino y Cansado, de los Monty Python […] y en los youtubers no hay influencias. Han inventado un lenguaje nuevo, y eso puede compararse con las relaciones paternofiliales“. Tal vez algo exagerado, pero no menos cierto, y más viniendo de un integrante de una de las generaciones culturales más abusonas que se recuerdan.

Buscando en el baúl de los recuerdos, una y otra vez, para seguir generando negocio a falta de ideas nuevas.

El crítico de cine Roberto Morato en la crítica que de la película que sobre la serie de anime de los 70, Mazinger Z, hacía en la revista ‘Dirigido’ definía perfectamente ese abuso cultural de los que nacieron entre las décadas de los 60 y 70 del siglo pasado: “nostalgia capitalizada para una nueva generación que seguirá visitando las ruinas del pasado como museo de un presente que les debería pertenecer.” Esas generaciones que por ser las primeras amamantadas por la televisión, los primeros videojuegos y el cine de efectos especiales no paran de revisitar su adolescencia y de regurgitarla, una y otra vez, para consumo de sus herederos. Por eso, pese a que el fenómeno youtuber desconcierte a partir de los 35 en adelante, es algo propio de las nuevas camadas culturales y se les debe respetar. Y a continuación, bibliotecariamente hablando, explotar.

 

Beavis & Butthead, en los 9, o Jackass (ambos en la MTV) ya dieron el pistoletazo de salida a ese humor estúpido que ahora se perpetúa en tantos youtubers.

 

El libro Mamá, quiero ser youtuber, publicado en 2016,  que daba “todas las claves para entender el fenómeno que ha venido para quedarse” (según reza su subtítulo) no hablaba directamente de ElRubius, el más célebre de los youtubers de nuestro país, pero sí había sido escrito por dos de sus colaboradores, con lo cual su alargada sombra estaba más que presente. Puede que ElRubius ni sepa que el título del libro sea una apropiación del título de un musical de Concha Velasco. Los referentes del pasado más inmediato no son el fuerte de una generación que (como todas por otro lado) cree estar inventando el mundo. Pero al fin y al cabo a lo que aspiran estos jóvenes es a ser los chicos yé-yé de su tiempo.

Si en el 2000, la irrupción de los realities en televisión fue el primer paso: en 2005 con la llegada de Youtube la capacidad adivinatoria de Warhol respecto a la fama en los tiempos venideros quedaba fuera de todo duda. Pero como el artista neoyorquino también sabía: toda fama conlleva grandes servidumbres.

ElRubius, Auron Play, Vegetta777 o Andrea Compton, por citar a algunos de los que más seguidores acumulan, se acercan peligrosamente a la treintena. Los niños prodigio del cine del siglo XX (Shirley Temple, Macaulay Culkin, Marisol o Joselito) vieron languidecer el fulgor de sus estrellas conforme fueron creciendo; otros se adaptaron y consiguieron proseguir sus carreras (Liz Taylor, Rocío Durcal, Ana Belén, o más recientemente, Daniel Radcliffe): ¿sucederá algo similar con los youtubers?

Es un fenómeno demasiado nuevo para predecir su evolución. El alargamiento de la adolescencia y primera juventud en Occidente les ha permitido llegar peligrosamente cerca de la treintena: pero superada esa frontera ¿podrán seguir conectando haciendo el chorra en sus vídeos? ¿el ageism (discriminación por edad) no les sentenciará igual que sentencia a las estrellas del pop?

 

Si hasta la hermana Irene del convento carmelita de La Granja (Segovia) se ha hecho youtuber para atraer vocaciones: ¿pueden permitirse las bibliotecas el lujo de pasar de Youtube?

 

Loulogio de youtuber pionero en nuestro país a autor de cómics.

Loulogio, un pionero en nuestro país, ha anunciado recientemente que lo deja a los 34 años. Su éxito en los albores de Youtube haciendo doblajes chistosos de anuncios cutres de Teletienda le llevó a ser colaborador en programas de humor de Buenafuente o a convertirse en una estrella de los monólogos de humor. En su trayectoria como youtuber se apreciaba una evolución: de la Batamanta o el pajilleitor (que lo situaron en el mapa) a vídeos analizando la obra de artistas como Dalí, El Bosco o Miguel Ángel mucho antes de que ‘Playground’ diera una muestra de cómo gamificar nociones de arte e historia, conjuntamente, en su vídeo sobre Las Meninas a ritmo de trap.

Loulogio deja Youtube y los monólogos para volcarse en su gran pasión: los cómics. Pero en su marcha ha hecho una reflexión sobre los juguetes rotos que Youtube dejará inevitablemente por el camino: y lo hizo en una biblioteca. Fue el pasado 27 de febrero en un Duelo entre youtubers en la Biblioteca Regional de Murcia que Loulogio y Bamf, un booktuber o más exactamente un comictuber, reflexionaron sobre el incierto futuro que les espera a muchos de los protagonistas del fenómeno. Es lógico, toda moda pasa, pero lo más interesante fue el vaticinio que hizo Loulogio: que el futuro de los youtubers puede que pase por los booktubers.

 

Loulogio y Berto Romero envueltos en la célebre batamanta en el programa de Buenafuente.

 

Adentrarse en la madurez grabando vídeos mientras se juega a videojuegos o se llevan a cabo desafíos tontos: no parece que tenga mucho futuro. Pero ejercer de prescriptores (de libros o de cualquier otra cosa)  no parece tan sujeto a las exigencias de la edad. ¿Es posible imaginar que los nuevos Jordi Costa, Carlos Boyero, Manuel Rodríguez Rivero, Estrella de Diego, Álvaro Pons (por mencionar a algunos de los críticos de referencia en diversas disciplinas) surjan de Youtube en vez de los medios más tradicionales? Tal y como evoluciona todo nada es descartable. Pero como señalaba el programa que Página Dos dedicó a los booktubers el pasado diciembre: “muchos booktubers aspiran a profesionalizarse” y las editoriales lo tienen claro van a por ellos. Pero ¿y las bibliotecas?

En Egobiblio: narcisismo y bibliotecas en la era del selfie ya lanzábamos a mediados de 2016 la pregunta de ¿para cuándo las bibliotecas de nuestro país iban a imitar a las algunos países de Sudamérica en los que los concursos de booktubers convocados por bibliotecas era ya una práctica cada vez más habitual? Cerca de dos años después ya se han dado los primeros pasos.

 

 

Desde junio de 2017 se ha puesto en marcha el canal BiblioTubers de la Red de Bibliotecas Públicas Municipales del Ayuntamiento de Madrid. Desde la Biblioteca de Portazgo en Puente Vallecas, la bibliotecaria Diana Mangas Pozo, anima a sus seis aprendices de booktubers que comentan los libros que previamente han leído en el club de lectura orientado para jóvenes de entre 11 a 14 años que organizan en su centro.

En mayo de 2017 la biblioteca de Ciudad Real lanzó su primer concurso para encontrar el mejor booktuber entre los jóvenes de los centros educativos de la provincia. La booktuber Esmeralda Verdú fue la encargada de impartir talleres sobre cómo recomendar lecturas a través de Youtube orientados a los menores interesados en participar. Y hace tan solo unos días se ha lanzado la II edición del concurso de Booktubers de Ciudad Real. En esta ocasión la booktuber encargada de impartir los conocimientos necesarios para convertirse en prescriptor, vía Yotube, será Yaiza Jara.

 

 

Las colaboraciones entre bibliotecas y booktubers se van afianzando cada vez más. En Hellín (Albacete) la Red de bibliotecas públicas municipales ya ha celebrado varios encuentros con booktubers dentro del proyecto Lectibe. Esmeralda Verdú, May Ayamonte y Yaiza Jara han participado hasta el momento con gran éxito de convocatoria.

 

 

Youtube ha venido para quedarse y las bibliotecas pueden ser el refugio ideal para esos jóvenes que llevados por sus pasiones se asomen a la ventana digital y quieran mantener su independencia pese a soñar con profesionalizarse. Los ardides para atraerlos dependerá de la habilidad de los profesionales de las bibliotecas; pero sobre todo de su falta de prejuicios y de la ausencia de paternalismos culturales. Bibliotecarios-vampiros en busca de sangre joven o bibliotecarios-esponja dispuestos a mantenerse al día incluso en asuntos que a priori no les interesan: que cada uno elija la figura con la que más se identifique pero que nadie se quede fuera del juego.

 

Om namah shivaya: mantras de biblioteca

 

Antes de leer este post se recomienda escuchar el siguiente vídeo (perdón por dejar fuera la voz original de Max von Sydow pero no queríamos que el nivel de inglés de cada uno interfiriera en la hipnosis).

 

 

El póster de la película Europa (1991): la silueta de un hombre corriendo sobre un reloj. Pareciera más hablar de nuestro tiempo que de la posguerra alemana en que se sitúa la trama.

Llegados a 10 no sabemos si habremos logrado el efecto deseado. Esa Europa a la que nos llevaba el prólogo de la película del venerado/odiado Lars von Trier: no era un lugar físico, pese a estar ambientada en la Alemania post-nazi: era un estado mental. Una suerte de hipnosis a la que pretendía inducirnos el cineasta danés, un sueño, otra dimensión. Y eso pretende, muy desmedidamente, este post.

Que por unos minutos (los que se tarde en leerlo) consigas inhibirte del hecho de que estás en Internet. No tienes porqué hacer clic compulsivamente. Puedes quedarte un rato en este blog de posts taaaaan largos que, a veces, da la impresión de haberse quedado a vivir en ellos. Puedes tomarte tu tiempo, para leerlo o no, pero en todo caso para acompasar tus pulsaciones a un ritmo más pausado, a una cadencia impuesta por ti y no por esos algoritmos que contabilizan cada una de nuestras huellas en la red.

Hace unos meses dedicábamos dos posts consecutivos a relacionar el ejercicio físico y la lectura. Por un lado recomendábamos lecturas por grupos musculares, para después, reclamar la inclusión de clases de pilates literario, zumba poética o body book en las ofertas de los gimnasios. En busca de lo chocante se nos olvidó incluir una disciplina con larga trayectoria en los gimnasios. Afortunadamente ahí están al quite siempre los bibliotecarios estadounidenses para poner remedio.

No es la primera vez que se habla de yoga en bibliotecas. De hecho el yoga por su vertiente espiritual y proclive a la relajación y la concentración resulta de lo más afín para la reflexión que debería derivarse de todo consumo cultural provechoso. Y si es con niños aún mejor.

 

Ni método Ferber, ni Estivill: el yoga es lo mejor para inducir el sueño en los más pequeños.

 

El libro de la yogui bibliotecaria Katie Scherrer

La exbibliotecaria infantil y monitora de yoga Katie Scherrer ha unido ambos perfiles (el de bibliotecaria y yogui) en su recién publicado libro: “Historias, canciones y estiramientos: creando cuentos lúdicos con yoga y movimientos”.

Scherrer da diversas pautas de lo más interesantes para programar cuenta-cuentos con yoga en bibliotecas. Y para ello parte de una verdad incuestionable: el aprendizaje comienza con el cuerpo: por lo que combinar el aprendizaje de esos movimientos dentro de una sesión de cuenta cuentos puede ser un plan perfecto para asegurarse el interés de los más pequeños.

 

Entre las recomendaciones que da Scherrer:

 

  • Una hora de cuentos de yoga generalmente dura de 30 a 45 minutos
  • Los libros con personajes de animales son particularmente adecuados para su uso porque casi todos los animales imaginables se pueden expresar físicamente a través de una pose de yoga.
  • Los libros que celebran el mundo natural también son idóneos. Muchas posturas de yoga están inspiradas en accidentes geográficos, como la montaña y las posturas de los árboles.
  • Incluir unos minutos de relajación para su grupo es una manera maravillosa de finalizar su sesión de cuentos de yoga.

 

Si los grandes mandamases de Silicon Valley alejan a sus hijos del abuso de la tecnología y han abierto un debate sobre lo perjudicial que esta puede ser para la sociedad tal y como la entendíamos hasta ahora: el yoga parece una excelente opción para compensar el irrefrenable imán que las redes sociales ejercen sobre los más jóvenes. Una manera de que descubran su propio ritmo, el de su respiración, y de que inventen sus propios mantras sin que se los manufacturen los gurús de las multinacionales. Cada uno tiene sus propios mantras interiores practique, o no, el yoga y la meditación: solo se necesita alejarse un poco de tanta feria digital y escucharse a uno mismo para variar.

 

No, no, estamos en la India pero no confundamos las cosas. Bollywood con sus músicas chirriantes y sus bailes locos no pinta nada aquí: pero nuestra vena #bibliobizarra siempre nos pilla desprevenidos.

 

No vamos a imbuirlo del carácter espiritual y litúrgico que tiene el término en su origen: pero las bibliotecas (o los bibliotecarios, que en este caso, viene a ser lo mismo) también tienen sus mantras. Deseos, aspiraciones, plegarias, anhelos que repiten continuamente hasta desgastarlos. Más que para alcanzar el nirvana laboral: para intentar, a fuerza de repetirlos, que calen, convenzan e iluminen al resto de la sociedad sobre la realidad de las bibliotecas. ¿Qué otra cosa hacemos en este blog sino repetir visiones sobre lo que debería ser la biblioteca de nuestro tiempo? En plan fino diríamos que tal cual como en unas variaciones Goldberg sin piano, pero en realidad, se asemeja más bien a la estridencia machacona de los loros.

 

 

MANTRAS PARA LOS POLÍTICOS

 

  • las bibliotecas ganan votos porque pueden dar titulares a lo largo de toda la legislatura: no como esos macroproyectos que son titular para hoy y ruina para mañana, y cuyas facturas, la oposición blandirá en la próxima campaña.
  • lo del pan y circo puede que siga dando sus frutos: pero teniendo las redes sociales, el pueblo ya tiene circo diario, y por mucho que algunos se sigan viendo como César, los romanos hace tiempo que ya no se conforman con pan y quieren que rueden cabezas. Las bibliotecas, pese a los feos que les hacen, siguen teniendo buena prensa, incluso entre los que no las pisan.
  • las bibliotecas son las instituciones más democráticas que existen, los centros culturales de proximidad que pueden ayudar a vertebrar las comunidades y a paliar/compensar la falta de inversión en problemas sociales de integración, exclusión social, desempleo, dependencia, etc…
  • las bibliotecas necesitan bibliotecarios, especialistas, profesionales: igual que los colegios, profesores, y los hospitales, personal sanitario.
  • reforzar la red de bibliotecas no es ampliar los horarios para que sirvan como salas de estudio.

 

 

 

MANTRAS PARA LOS CIUDADANOS

 

  • las bibliotecas no son salas de estudio (el primer mantra dedicado al lobby estudiantil y que lo une, insospechadamente, con los políticos).
  • las bibliotecas son gratuitas, los centros comerciales no.
  • las bibliotecas no son gratuitas, las pagamos todos con nuestros impuestos, así que respeta los bienes públicos que contienen para que otros puedan disfrutarlos igual que tú.
  • Internet puede que te haga sentir autosuficiente para decidir lo que quieres leer, ver, escuchar, descubrir: pero no es cierto. Los algoritmos te están marcando el ritmo. Confía en el criterio de los bibliotecarios: te guste o no lo que te aconsejen, al menos su recomendación no viene patrocinada por ninguna multinacional.
  • el silencio está bien, y el ruido (puntual) también en la biblioteca del siglo XXI.
  • votar a políticos que invierten en bibliotecas es votar a políticos que van a hacer que te ahorres dinero en la educación de tus hijos.

 

 

MANTRAS PARA LOS BIBLIOTECARIOS

 

  • obsesionarte con los indicadores y los subcampos del MARC 21 es como dibujar una diana en tu biblioteca para que impacte el meteorito que extinguió a los dinosaurios.
  • si estás en los 60 “tu época” no fueron los 70, si estás en los 50 “tu época” no fueron los 80, si estás en los 40 “tu época” no fueron los 90… Tu época es el tiempo en el que estás vivo. La nostalgia es un pecado que un profesional de la cultura no se puede permitir (salvo que le saque réditos). Siempre hay nuevos horizontes culturales a los que abrirse. Solo así podrás cumplir tu función de consejero y espolear la curiosidad en tus usuarios.
  • la biblioteca pública tiene como función imperativa acoger todas las manifestaciones culturales minoritarias que la lógica del mercado empuja a los suburbios del mercado.
  • si padeces fobia social vete a terapia: ahora más que nunca la interacción con tus usuarios es básica para compensar el aislamiento al que nos abocan las pantallas.
  • los bibliotecarios no son médicos ni controladores aéreos: relájate, experimenta sin red, el tortazo no será tan grave.
  • vives con un pie en la galaxia Gutenberg y con el otro en la galaxia digital y esa perspectiva juega a tu favor frente a los que nacieron bajo el signo del byte.

 

 

MANTRAS PARA ESTE BLOG

 

  • hay que hacer los posts más cortos, hay que hacer los posts más cortos, hay que hacer los posts más cortos, hay que hacer los posts más cortos….Ommmmmm
  • hay que hacer más caso a las advertencias SEO de WordPress y a las recomendaciones de cómo hay que publicar en Internet

 

Sin desmerecer al resto: la mejor fusión rock occidental+música hindú.

 

Lo cierto es que la mayoría de mantras que hemos creado serían imposibles de convertir en un único sonido, en una palabra o en frases fáciles de repetir en bucle, tal y como se definen los mantras: pero lo que importa es el espíritu, no tanto la letra, y que cada uno las interiorice (si acaso quiere hacerlo) como mejor le venga en gana.

Pero terminemos volviendo al estado de paz y sosiego al que aspirábamos al principio. La fascinación por la espiritualidad hindú ha soplado sobre Occidente durante varios periodos históricos: pero no fue hasta la década de los 60, del pasado siglo, cuando cuajó gracias a los músicos occidentales que la hicieron suya en un acto que hoy día sería acusado de apropiacionismo cultural. En fin…(al hilo de esto un mantra que se nos olvidaba: huye de lo políticamente correcto, huye de lo políticamente correcto, huye, huye).

 

Nina Hagen en su época hindú dándolo todo como siempre.

 

The Beatles, The Byrds, The Kinks, The Rolling Stones, Ry Cooder, Nina Hagen o Tina Turner han sido algunos de los grupos o músicos que han caído bajo el influjo del sonido del sitar. Desde que el mítico Ravi Shankar se aliara con Georges Harrison, la India, pasó a formar parte de la cultura pop para siempre. Y los frutos de ese rico mestizaje, que el virtuoso Shankar promovió por todo el mundo, no se concretaron solo en la música. La cantante, compositora, pianista y actriz Norah Jones; y la, también cantante, compositora e intérprete de sitar Anoushka Shankar: son hijas, de diferentes madres, de Ravi Shankar. Fieles al legado paterno las dos hermanas se unieron para fundir al swing jazzístico de Nora con la profundidad mística del sitar de Anoushka en el tema con que cerramos.

No cabe mejor mantra musical para sentirse fuera del trasiego ansioso de la Red aún estando dentro de ella. Om namah shivaya: abre tus chakras a las bibliotecas.

 

Inventos de TBO para bibliotecas modernas

 

En este blog extraemos frases susceptibles de convertirse en memes como quien extrae muelas sin anestesia. Pero es lo que tienen los memes no cabe mucho margen para el matiz. El caso es que al post de la semana pasada le extrajimos la frase (en plan eslogan publicitario para venderlo) de: “El silencio en las salas de una biblioteca es algo a preservar; pero el silencio en las redes sociales es un páramo por el que nadie quiere transitar“. Y oportuna (y amablemente: que viniendo de las redes es algo a destacar) un comentario en Facebook nos puntualizó que estábamos bordeando uno de los tópicos más inmovilistas en torno a la idea de lo que debe ser una biblioteca: el silencio. Pero es que pese a la apuesta que desde este blog hacemos de una idea de biblioteca en constante mutación creemos que el silencio, pese a lo antiguo que pueda sonar, es algo a preservar. Y como aquí no estamos en un meme ahora podemos puntualizar.

 

 

Cuadro de la serie ‘Library 3’ de la pintora Zsofia Schweger en el que recrea la quietud de las bibliotecas.

Vaya por delante que si hay una frase respecto al asunto del silencio y las bibliotecas que nos defina por completo, ésta no es nuestra, es de la Biblioteca de Muskiz (una de nuestras musas) y luce en su muro de Twitter: “El silencio es un servicio que esta biblioteca ofrece pero no garantiza“. Una manera perfecta de decir que el silencio es algo que se puede encontrar pero que no condiciona la agenda de actividades que pueda promover la biblioteca como centro cultural vivo y abierto a los cambios.

En el ranking de países más ruidosos, España, tiene el dudoso honor de ocupar el segundo puesto después de Japón (curioso dato con lo calmados que parecen los nipones). En El País Semanal se dedicó un extenso dosier al ruido como enemigo sigiloso y sus efectos en la salud pública. De los muchos datos que aparecían en dicho estudio uno llamaba poderosamente la atención: los pájaros de ciudad pían mucho más alto que los pájaros de campo. Y es que a eso nos vemos abocados todos (animalitos del Señor incluidos) a hablar más fuerte, más alto, más estruendosamente, no para comunicarnos, sino tan solo para hacernos oír por encima del resto.

 

Cada vez que Marías habla sube el pan de los discursos políticamente correctos que le han convertido en diana. Con motivo del lanzamiento de su última novela tampoco se libró de alguna refriega en las redes.

 

En el 2012 el escritor y académico de la RAE, Javier Marías, declaraba que abandonaba Soria, la ciudad en la que se refugiaba para disfrutar del sosiego de una ciudad pequeña, por la continua verbena en que parecía haberse convertido la ciudad. Marías ya tenía fama de gruñón en el 2012. Seis años de redes sociales después: es atacado por quienes quieren erradicar el machismo forzando el uso del lenguaje o fiscalizando cualquier opinión que disienta de lo políticamente correcto. Ruido en las redes, ruido en los medios, ruidos en las calles, ruido a todas horas para que no dé tiempo a pensar en nada, ni a salirse del discurso más estruendoso.

En muchos municipios los propios ayuntamientos, por un lado, multan infracciones por exceso de decibelios, mientras que por otro, autorizan/organizan/invierten cada vez más en eventos que den vida a las ciudades: maratones, días de la infancia, los perros, la bicicleta, la diversidad…siempre bien acompañados de megafonía amenizando con los éxitos de ayer, hoy y siempre las actividades para martirio de los vecinos.

Las bibliotecas en el siglo XXI: entre verbenas y claustros.

Ante un panorama así ¿deben renunciar las bibliotecas a algo que ya tienen de serie por miedo a perpetuar ese aire de claustro monacal que les exigen estudiantes, jubilados y otras tipologías de usuarios reacios a un concepto de biblioteca más plural y dinámico? Es un debate tan manido que poco se puede aportar sin caer en lugares comunes. Por eso, una vez expresada la salomónica (por no decir cobarde) decisión de optar por una convivencia entre el silencio y el ruido controlado: preferimos fijarnos en soluciones imaginativas que hemos visto aquí y allá.

 

La recién inaugurada Biblioteca de Montserrat Abelló en Les Corts (Barcelona) Fotoo de Ricard Cugat. 

 

La reciente edición integral de Los Grandes Inventos del TBO del profesor Franz de Copenhague.

En la recién inaugurada Biblioteca Montserrat Abelló en el distrito barcelonés de Les Corts: se ha recuperado el magnífico edificio de la fábrica de tejidos de seda y puntas de hilo Benet Campabadal para convertirla en una biblioteca que da prioridad a la inclusión social a través de espacios para makers, de coworking, para trabajos en grupo: con mobiliario y módulos adaptables a cada momento y circunstancia. El objetivo a la hora de estructurar arquitectónicamente los espacios ha sido equilibrar el concepto de biblioteca en el que se preserva el silencio: sin que ello impida potenciar al centro como algo dinámico, lleno de vida y abierto a las interacciones colectivas y el trabajo en equipo.

Pero la mayoría de bibliotecas no tienen la opción de partir de cero en esto de adaptarse a los retos que exige a las bibliotecas la sociedad del nuevo siglo. Por eso, en nuestro empeño por facilitarle la vida a los profesionales aquí van algunas soluciones propias del doctor Franz de Copenhaguen que, desde nuestro gusto #bibliobizarro, nos encantaría ver puestas en práctica en más de una biblioteca.

 

El cono del silencio del Superagente 86: un clásico a recuperar en las bibliotecas de hoy día.

Versión del cono del silencio que permitiría deambular por entre las estanterías hablando animadamente sin perturbar al resto de usuarios.

Cabinas fabricadas como material bélico para aviones en la II Guerra Mundial: ahora perfectamente reciclables para bibliotecas modernas.

Diseño de Skylar Tibbits para Google para improvisar reuniones en grupo en espacios abiertos.

Almohada para aislarse y dar una cabezada en la biblioteca sin importunar a nadie.

Hay que llevar cuidado a la hora de fabricar mobiliario para procurar intimidad. La falta de perspectiva puede provocar geometrías desafortunadas como en este caso.

 

Ya se lo preguntaba León Felipe allá por los años 40 del siglo XX: ¿Por qué habla tan alto el español?Este tono levantado del español es un defecto, viejo ya, de raza. Viejo e incurable. Es una enfermedad crónica”. Felipe, encontraba la explicación rastreando en nuestra historia. Y no le faltaba razón, pero bien estrenado el nuevo siglo, seguimos vociferando, ahora además, en digital.

Por eso el invento del diseñador Govert Flint (un Franz de Copenhague de aire hipster) resulta ideal para las salas de una biblioteca. Se podría llamar una silla-ratón, aunque el nombre que su creador le ha dado es algo más científico: la silla biónica. Consiste en una silla o exoesqueleto (según cómo se observe) repleto de sensores que detectan los movimientos de nuestro cuerpo, y los traducen en los movimientos que efectuamos mientras trabajamos en el ordenador. Adiós al sedentario cibernético, bienvenida la danza frente a la pantalla del ordenador. Cazando moscas en la biblioteca:

Pero poniéndonos algo más realistas, ¿y serios?, recurrimos de nuevo a algunos de los modelos de mobiliario de procedencia nórdica (¿por qué los habitualmente respetuosos noruegos son los que más se preocupan de idear soluciones a la quietud ajena?) que más nos gustan para resolver ese serio problema que tenemos en este país con el ruido.

 

Igloo de los arquitectos Aart Architects fabricado en materiales que amortiguan los sonidos.

Modelos de mobiliario de la marca noruega Buzzihub.


 

Soluciones para todos los gustos: solo hace falta que las partidas presupuestarias vayan a juego. En todo caso reclamemos inventos, pero no de TBO, para resolver el problema de este exceso de decibelios. Reivindicar el silencio, en general, como estado propiciatorio para la reflexión, que no como sinónimo de cementerio, claustro o falta de vida. Y es que determinadas cosas nunca deberían decirse gritando, en todo caso, en susurros para que la falta de eco no nos hunda en la miseria.

 

Programa de lavado cultural

 

 

El concepto de biblioteca sin muros lleva décadas formulado en los manuales de Biblioteconomía. Podría pensarse que surgió al socaire del torrente digital que todo lo invade, pero no: de la biblioteca sin muros ya se hablaba en los años 90: mucho antes de que Internet la hiciera posible en virtual. Tal vez por ello la asignatura pendiente es convertirla en algo real: dejar de hablar de biblioteca sin muros y pasar a hablar de bibliokupaciones.

Para la bibliokupacion (“dícese de la ocupación de un espacio extraño al recinto habitual de una biblioteca por servicios bibliotecarios”) de la que nos hacemos eco en esta ocasión  no podíamos elegir imagen más ilustrativa que la portada del magnífica novela gráfica: El Nao de Brown. La cultura centrifugándote el cerebro. Y es que de lavanderías y cultura va la cosa.

 

Cartel de la Bibliothèque sans frontières para los campos de refugiados.

 

Una buena ocasión para recuperar esta estupenda película de un primerizo Stephen Frears.

La organización Bibliothèque sans Frontières es responsable de algunas de las iniciativas más estimulantes de los últimos años cuando se trata de llevar la oferta bibliotecaria a cualquier lugar y latitud. La Caja de ideas que el célebre diseñador Philippe Starck creó para que, en campos de refugiados o zonas de lo más recónditas del planeta, pudieran montarse bibliotecas: conoció gran difusión en blogs y medios profesionales hace unos años. Su último proyecto en su afán por “colonizar” lugares con prestaciones bibliotecarias, según nos informan en ActuaLitté les universes du livre, huele a suavizante y detergente.

Wash & Learn (Lava y aprende) bajo este nombre la organización desarrolló, durante el último verano en el neoyorquino barrio del Bronx, un programa para sobrellevar los tiempos de espera en las lavanderías mediante cultura. Se instalaron equipos informáticos que permiten el acceso a contenidos culturales y educativos. Precisamente las lavanderías son muy utilizadas por personas con recursos escasos o transeúntes sin domicilio fijo en claro riesgo de exclusión social. Tras el exitoso rodaje que supuso en una de las zonas más deprimidas de Nueva York: el Wash & Learn también se puso en marcha en la ciudad de Detroit.

Cronópolis, la novela de ciencia ficción de J. G. Ballard, sobre la degradación de una gran ciudad que pareciera la crónica de la muerte anunciada de la ciudad de Detroit.

Que Detroit se ha convertido en ciudad-símbolo de la decadencia capitalista e industrial: es un hecho reflejado en numerosos documentales, películas y libros. El Día Internacional del Trabajo resultó una buena elección para celebrar el “Día libre de lavandería”: lavados gratuitos, conciertos, aperitivos y talleres para niños. Mientras los “KoomBook”, que así se denomina la conexión WiFi para acceder a libros y contenidos educativo para todas las edades, se extienden por las lavanderías de la ciudad: la bibliokupación que lava más limpio va ganando más y más adeptos.

Aprovechar los tiempos de espera para introducir de rondón a las bibliotecas no es nada nuevo. Dos ejemplos no muy lejanos en el tiempo han sido: la máquina Shortédition, ideada por el editor Quentin Plepé, que permite imprimir más de 600 relatos y lleva dos años ayudando a sobrellevar las esperas en las salas de e¡spera de los hospitales y centros de salud de Grenoble; o el programa que pusieron en marcha las autoridades de Costa de Marfil para alfabetizar a las mujeres montando pequeñas bibliotecas en los salones de belleza. Los elaborados peinados africanos requieren de mucho tiempo: tiempo perfecto para que los motores económicos de sus comunidades (las mujeres) accedan a la cultura.

Pero no queda aquí el lavado programado para este post. El sector de las lavanderías y la lectura cuenta con otro episodio más allá del proyecto de la ONG francesa. En nuestro país la empresa de lavandería y servicios hoteleros Ilunion ya puso en marcha, en junio de 2015, una colaboración con la Biblioteca Marcel·lí Domingo de Tortosa (Tarragona), donde se ubica su sede, para montar una pequeña biblioteca en sus instalaciones y así fomentar el hábito de la lectura entre sus empleados.

 

El duo electrónico Matmos dedicó su disco Ultimate Care II a música experimental basada en sonidos de lavadoras. Sus conciertos resultan de lo más pulcros como puede verse en Youtube.

 

La promoción de la cultura en estos tiempos no entiende de remilgos: hay que arremangarse y no tener miedo a mancharse chapoteando en los vertederos culturales que cada día amenazan con sepultarnos. Pero eso no quita para que todos aspiremos a lucir de lo más pulcros. El affaire lavanderías-bibliotecas no entiende de lavados cortos.

Lo que resulta más extraño es que no haya surgido un eslogan a juego con la de juego que han dado los detergentes y las lavadoras en la publicidad. “Si no quieres que te laven el cerebro ven a la biblioteca”. Simplón pero, precisamente por eso, efectivo.

Que la biblioteca actúe contra los lavados, continuados y reincidentes, de cerebro con que nos asaltan a cada minuto: es obligado. Pero que mantenga limpios, hasta donde sea posible sin cargárselos, los libros también es de agradecer. Quedarse mirando la ropa dando vueltas en la lavadora es algo que todos hemos hecho alguna vez. Algo de esa fascinación hay en la contemplación del túnel de lavado para libros (Depulvera se llama) de la Biblioteca Pública de Boston. No sabemos si resultará tan desinfectante como la botella de alcohol y el trapo con que cuentan en más de un mostrador de préstamo de algunas bibliotecas: pero sí mucho más hipnótico.

 

La biblioteca como experimento

 

Puede que la mayoría aborreciéramos los exámenes sorpresa en el colegio o el instituto: pero ahora, cada día, no sometemos a exámenes diarios cada vez que compartimos una opinión, un post, una foto o una noticia en las redes. Evaluación continua. Todo hijo de vecino, por poco activo que sea digitalmente, se está ofreciendo al examen de miles de ojos anónimos. No es de extrañar por eso que algunos decidan sacarle rédito.

 

Escena del escaneo gestual de la protagonista del apasionante experimento, en forma de película: El congreso (2013). 

 

Mucho se habla de que gigantes como Google, Facebook, Twitter o Instagram paguen por alimentarse de las informaciones sobre nuestros intereses, hábitos, gustos y opiniones que compartimos alegremente: pero mientras que esto llega algunos ninis o millennials, según el caso, han encontrado salidas laborales como conejillos de indias.

Condiciones de trabajo de un beta tester de videojuegos: la profesión soñada de todo nini.

Si desde los 60 en adelante se ha demonizado el exceso de consumo televisivo en los menores: ¿qué no se podrá decir de los videojuegos? En estos tiempos políticamente correctos no quedaría bien que padres y educadores organizaran quemas públicas de videojuegos como se hacía en los 50 estadounidenses con los cómics. Pero no por falta de ganas sino por la difícil combustión que tienen.

Pero para algunos sus horas muertas frente a la pantalla matando zombis les ha salido rentables. Es el caso de los beta tester de videojuegos: los jóvenes contratados por empresas de videojuegos  para que actúen como  jueces (o ¿habría que decir cobayas?) de sus productos. Alojamiento, sueldo y manutención para dedicarse a lo que más le gusta aunque bien es sabido que cuando un placer se convierte en obligación deja de ser placer. La empresa VR Oculus tal vez por eso ha preferido ser más sutil e inteligente.

 

Quema pública de cómics en 1954 a raíz de las tesis del psiquiatra Fredric Wertham: que sostenía que los cómics promovían la delincuencia entre los jóvenes.

 

Tras un acuerdo con la Biblioteca Estatal de California, hasta un total de 90 bibliotecas: disponen de equipos VR-ready, equipados con auriculares Oculus Rift y gafas para que los usuarios puedan experimentar con la realidad virtual. Para ello se eligieron bibliotecas con espacios abiertos (no era cuestión de aislar con auriculares y gafas a los usuarios para que luego se dieran de bruces con la realidad tropezándose unos con otros). Sumergirse en las profundidades del océano, visita la Estación Espacial Internacional o hasta la fusión del núcleo de Chernóbil: todo ello sin perder la perspectiva bibliotecaria implementando software que provea de contenidos educativos a la maravilla tecnológica.

De este modo los usuarios de las bibliotecas se convierten en cobayas voluntarias para los productos Oculus; las bibliotecas atraen más público y amplían su oferta; y la tecnología amplia su campo de experimentación.

 

 

Nada nuevo si nos atenemos a los habituales test de pantalla a las que someten sus películas muchos estudios de Hollywood. Gracias (o por culpa) de estos tests: Pretty Woman (1990) pasó de ser una cruda historia sobre las trabajadores del sexo en Los Ángeles a la historia de puticienta y el príncipe que arrasó; o Martin Scorsese tuvo que recortar los ríos de sangre que fluían (aún más) en su clásico Uno de los nuestros (1990). El sacramento comercial de que el público siempre lleva la razón convertido en una humillación para el artista.

Pero, ¿sigue siendo así? En estos tiempos confusos es difícil decir cuando somos soberanos o cobayas de nuestros consumos. Esto es la jungla y pese a la pátina tecnológica todo sigue reducido al ancestral dilema de comer o ser comido. Tal y como están las cosas hay que elegir: o que experimenten contigo o que ser tú el que experimenta. Y para esto último no hay mejor lugar que la biblioteca.

 

Escena de la serie Mad Men en la que, para probar un lápiz de labios, los publicistas recurren a las secretarias de la agencia cuyos comportamientos observan tras un espejo de visión unilateral.

 

La biblioteca como experimento narrativo y ecológico: 

Margaret Atwood junto a la creadora de Future Library Project en mitad del bosque del que saldrá su libro.

 

Hace pocos meses saltaba a los medios la denominada Biblioteca del Futuro (Future Library Project). Este proyecto ideado por la artista escocesa Katie Paterson se sitúa a las afueras de Oslo y se materializa en un bosque cuyos árboles tienen sus troncos adornados con cintas rojas. Es una forma de señalizar que será esa madera la que servirá para fabricar el papel en el que se imprimirá el libro con el que concluirá este experimento en 2114.

Dicho libro será una obra colectiva conformada por cada uno de los textos que, desde 2014, están entregando a la Biblioteca Pública de Oslo autores tales como: Margaret Atwood, David Mitchell o el poeta islandés Sjón. Sus textos, que se custodiaran en la futura Biblioteca Deichman (con fecha de inauguración para 2018), y serán seleccionados para conformar un libro que no leeremos ninguno de los que hoy pisamos el planeta (salvo que terminemos convertidos en cyborgs, que puede ser).

 

La biblioteca como experimento social:

En Sexo, drogas y tejuelos. Cara B ya hablamos de la asistencia a drogodependientes en la que bibliotecarios estadounidenses se estaban formando a causa de la epidemia de consumo de opiáceos que se están dando en el país. Es uno de los ejemplos más recientes de las múltiples funciones que cada vez se van añadiendo a las bibliotecas.

La Biblioteca Pública de San Francisco, fue la primera en incluir asistentes sociales en su plantilla: y tras ella otras bibliotecas han seguido su ejemplo. Las bibliotecas de Filadelfia se han asociado a la Universidad para abordar cuestiones de salud pública. Un reciente estudio de la Universidad de Pensilvania explica como gracias a esta colaboración numerosos bibliotecarios han sido formados como especialistas en salud comunitaria: lo que les ha permitido ofrecer programas y asistencia para personas de todas las edades y contextos socioeconómicos. Accesibilidad y confiabilidad han sido las dos cualidades que los autores de este estudio han resaltado en bibliotecas y bibliotecarios.

 

Desde 2014 la Fundación sin ánimo de lucro Biblioteca Social está promoviendo e incentivando activamente la labor social de las bibliotecas en nuestro país.

 

En la Biblioteca Pública de Dallas, desde 2013, se desarrolla un programa para personas sin hogar; en la de Hartford, en Connecticut, el programa The American Place ayuda a los inmigrantes recién llegados a integrarse en la ciudad; mientras que en la de Queens, en Nueva York, se diseñan programas de salud dirigidos a la población inmigrante. Las políticas de inmigración deberían contemplar a las bibliotecas como aliadas en las políticas de inmigración: no iban a resolver las complejas problemáticas que plantea, pero como ha dicho recientemente Fernando Aramburu en ABC: “Creo que los libros nos hacen más inmunes al fanatismo.”

 

La biblioteca como experimento artístico:

Otra de las acciones de Yolanda Domínguez: pedir limosna para comprarse un Chanel en el barrio de Salamanca madrileño.

Entre las funciones expositivas de las bibliotecas no solo tienen que centrarse en mostrar obras de artistas: también pueden convertirse en objeto de experimentos artísticos aún sin proponérselo. La biblioteca como musa. Y entre los muchos creadores, que han recurrido a las bibliotecas y a los libros, para plantear sus acciones artísticas aquí rescatamos la performance que la artista Yolanda Domínguez llevó a cabo en una biblioteca de Milán.

En ella, una lectora arranca hojas de La metamorfosis de Kafka ante el estupor del resto de usuarios, y va introduciéndoselos en el escote para aumentar el perímetro pectoral, y de esta manera: denunciar el canon estético que se les exige a las mujeres en nuestra sociedad.

 

 

Pero la biblioteca, como experimento artístico, no es solo cosa de artistas que las utilizan para sus propios discursos: también hay bibliotecarios que experimentan artísticamente con ellas. Es el caso del noruego Kenneth Korstad, director de la biblioteca pública Deichmanske en Oslo, que se ha embarcado en un proyecto para fusionar el concepto tradicional de biblioteca con el arte experimental.

Para ello no ha dudado en abrir la biblioteca a creadores que quieren explorar la música, el cine, el teatro o las bellas artes desde enfoques de lo más experimental. Tanto es así que en el festival Sorforkomfort, que organiza en colaboración con otra biblioteca, se ha presentado desde: música creada a partir del virus del Ébola, danza experimental, música del ruido o teatro. Como sostiene Korstad: “la biblioteca es el último espacio democrático de la sociedad” y él se ha empeñado en explorarlo y abrirlo a todo tipo de audiencias de un modo radical.

 

Reproducción en tamaño normal del que va a ser el mayor libro pop-up del mundo. Es un proyecto que la artista Colette Fu está desarrollando en el Philadelphia Photo Arts Centre en Olde Kensington. Cuando esté concluido, en octubre,  los visitantes podrán pasear dentro de él.  

 

 La biblioteca como experimento cívico:

 

Es probable que para otros países europeos contar con una biblioteca auto-servicio no sea un experimento cívico: sino una simple mejora en la oferta de los servicios bibliotecarios. Pero en un país como el nuestro en el que el concepto de lo cívico, y el respeto al bien común siguen siendo asignaturas pendientes para muchos: un proyecto como la Open Air Library de Alemania resulta un experimento de alto riesgo.
Esta biblioteca alemana inaugurada en 2009 fue diseñada en colaboración con los vecinos. La idea era crear una biblioteca abierta en todos los sentidos: por su distribución de espacios, por estar abierta las 24 horas, porque su equipamiento es autogestionado por los vecinos que gestionan por sí mismos sus préstamos. No ha estado exenta de algún acto vandálico pero en nuestro país dudamos que hubiera sobrevivido más allá del primer año.
Gracias al sistema Open+, una innovación basada en RFID presentada en Francia en 2015, es posible permitir que determinados usuarios accedan a la biblioteca a cualquier hora. Open+, un buen nombre para este sistema al que en nuestro país, para que fuera viable, habría que añadir: Open your mind…al bien común.

 

La biblioteca como experimento político:

 

Hilando con el concepto de Open+, pero sin RFID, tan solo con cajas de madera: no sabemos que habrá sido de la #Bibliotecaurbana que unos voluntarios montaron en ciudad de México tras los recientes terremotos. Afortunadamente es fácil de reconstruir, no hay más que contar con unas cuantas cajas de madera para, poco a poco, ir llenándolas de libros. Tanto en movimientos como el 15M, el Occuppy Wall Street o en la plaza Taksin de Estambul: el nacimiento de bibliotecas espontáneas fue una constante. Lo que nos llamó la atención de esta modesta Open Library Mexicana es el propósito de: “ser un mejor país”.

 

Puede que suene naíf, ingenuo o pueril: pero se basa en una certeza. Cualquier acto es político, y ahora mismo: llevarse un libro prestado a casa, usar las bibliotecas (callejeras o convencionales), participar en sus actividades, interactuar con sus redes o compartiendo opiniones: es un acto político porque con ello se está diciendo que siguen siendo necesarias. Cuando se defiende un servicio público por el mero hecho de usarlo estamos haciendo política; cuando usamos una biblioteca estamos haciendo política.

 

 

 Podríamos seguir dando vueltas alrededor de la biblioteca como experimento. Bien aludiendo al mundo editorial que no aprovecha lo suficiente los fantásticos estudios de mercado que les podían proporcionar las bibliotecas; o pasando por las empresas que no valoran el impacto social tan positivo que ganaría su imagen si actuasen como mecenas (si acaso existiera una ley de mecenazgo en condiciones): pero no queremos eternizarnos. Ha quedado más que claro que los experimentos no se hacen con gaseosa: se hacen con arrojo y ganas de evolucionar.

 

Por eso cerramos con el ejemplo de Yoko Ono. Para muchos una chiflada, una mala pécora que acabó con The Beatles (inocentes que eran los muchachos): pero lo cierto es que bien les resulte ridícula a unos con sus obras conceptuales, u otros la aprecien como referente vanguardista: la japonesa de 84 años hizo de su capa un sayo desde el principio. Independientemente de lo que se piense de ella y su obra: toda una lección para perder el miedo a experimentar. ¿Qué baila mal? Pues ella misma lo proclama a los cuatro vientos. No se trata de no reconocer nuestras limitaciones sino de reconvertirlas en un estilo propio.

 

 

Crossover bibliotecario

 

No podemos saber cómo habrían sido los hijos de parejas tan dispares como Arthur Miller y Marilyn Monroe, Orson Welles y Rita Hayworth o Artie Shaw y Ava Gardner: porque no los tuvieron. Pero haciendo suposiciones: ¿qué habría primado en el cóctel de genes entre el brillante dramaturgo, el genio cinematográfico o el talento musical y las impresionantes bellezas de las tres sex symbol de Hollywood? ¿Y si la brillantez intelectual no hubiera sido herencia de los padres sino de las virtudes silenciadas de las madres?

 

Orson Welles cometiendo la herejía máxima contra el sistema de Hollywood: cortando y tiñendo la mítica melena pelirroja de su, entonces esposa, Rita Hayworth.

La factoría de genios: desentrañando los misterios del banco de esperma de los premios Nobel.

 

Los caminos de los cruces genéticos son inescrutables. En el banco de esperma William Shockley se conserva el semen de los científicos que han ganado el premio Nobel. El profesor de psicología en Harvard, Steve Pinker, recoge en su famoso ensayo La tabla rasa una anécdota al respecto de lo más jugosa. Según relata, cuando le pidieron al bioquímico George Wald su semen para conservarlo en el citado banco, éste replicó que debían ponerse en contacto con su padre, un pobre sastre emigrante, porque el suyo había dado como resultado a dos hijos guitarristas.

Las bibliotecas no tienen genes pero eso no les impide “cruzarse” con otras instituciones, servicios públicos o conceptos. Los mas puristas argüirán que determinados experimentos solo pueden desembocar en la adulteración de lo que es y ha sido una biblioteca: pero está biológicamente demostrado que la endogamia solo lleva a la devaluación genética de la especie. Así que no vamos a justificarnos por ejercer de alcahuetas.

¿Cómo llamaríamos a la criatura? Si sale mal: aborto, si sale bien: como mejor convenga al entendimiento rápido de todos. Pero dejémonos de prolegómenos. Bajemos un poco la luz, acaso pongamos una música agradable y que empiecen los emparejamientos.

 

“Y Frida les habló del amor…”: fue compartir en nuestras redes este crossover entre Frida Kahlo y las princesas Disney a cuenta del amor y romper las estadísticas.

 

BIBLIOTECA-CENTRO COMERCIAL

 

Ya citábamos algunas de las deudas que las bibliotecas tienen para con los centros comerciales o grandes superficies en Supermercados de la cultura: oferta del día en ideas propias. Desde ese post las últimas noticias sobre los centros comerciales han agudizado una tendencia: su desaparición. Según un reciente estudio de los 1.200 centros comerciales actuales en Estados Unidos, en 2022, solo quedará la cuarta parte por el auge del comercio digital . Culpables de matar el centro de las urbes, acabar con el comercio de proximidad y embrutecer a los consumidores con su oferta despersonalizada: no nos da ninguna pena, y menos aún, si se afianza la tendencia de reconvertirlos en bibliotecas.

 

Un centro comercial abandonado lleno de nieve en Akron (Ohio)

 

El último caso ha sido en Abilene (Texas). En el centro comercial de Abilene van cerrando cada vez más negocios, y la biblioteca de la ciudad tejana, decidió abrir una sucursal aprovechando los locales que iban quedando vacíos. Desde que abrieron la sucursal, el pasado mes de noviembre, el número de usuarios ha pasado de 91.177 a 221.372. Los bibliotecarios están encantados pero los gerentes del centro comercial aún más. Como declaró a los medios el responsable del centro: “La biblioteca es un gran inquilino, ojalá hubiéramos tenido más como ellos”. Y el beneficio es mutuo, no solo por ocupar un espacio vacío y dotarlo de vida, sino también por organizar actividades para los niños en los espacios comunes del centro. En este caso más que un crossover se podría hablar de una pacífica y lenta colonización.

 

Biblioteca en el centro comercial de Abilene.

 

BIBLIOTECA-AGENCIA DE VIAJES

 

Al igual que a los centros comerciales: Internet le ha dado la puntilla a las agencias de viajes. Una paradoja, que ahora que la gente viaja más que nunca, sean los negocios que desde siempre han gestionado estos asuntos los que se vean en riesgo de desaparación. Parte de culpa la tiene su dependencia de los grandes turoperadores que les limitan a la hora de ofrecer alojamientos, itinerarios y combinaciones. Por eso se ha visto un resurgir de las agencias, físicas o virtuales, que ofrecen viajes fuera de lo habitual: quedando para las clásicas la oferta de paquetes de vacaciones o los viajes del Imserso.

Es el caso de la agencia de viajes online Frikitrip que organiza viajes temáticos. ¿Qué eres fan de Doctor Who, de Harry Potter, Juego de Tronos, de los vikingos o de The Beatles? Pues ellos te organizan el viaje, los itinerarios y lugares a visitar: para que tu inmersión en tu serie, género o grupo favorito sea absoluto. Es justo de lo que hablábamos en Turoperador bibliotecario. Allí sugeríamos un servicio que ayudase a los usuarios a diseñar sus viajes en colaboración con su bibliotecario. No se trataba tanto de gestionarle la logística del viaje: como de proveerle de obras que tuvieran que ver con su destino para que su inmersión fuera mucho más rica.

Patti Smith polaroid en ristre

¿No deberían los responsables de Frikitrip ampliar su espectro e incluir a los amantes de la literatura, o añadir más tipo de cine o música? Una alianza Frikitrip-biblioteca sería todo un éxito. En lugar de aburridos selfies con la sirenita de Copenhague, el skyline de Nueva York o la Torre de Pisa: el álbum de fotos del viaje sería como los de Patti Smith (cuyo periplo por el Nueva York de los 70-80 bien daría para un viaje temático). Con las polaroids que la cantante-poetisa estadounidense ha hecho en sus viajes literarios se han llegado a montar exposiciones: desde unos cubiertos de Rimbaud, la cama y escritorio de Virginia Woolf, un pañuelo de William S. Burroughs o unas pantuflas de su amado Robert Mapplethorpe.

 

Cama y despacho de Virginia Woolf fotografiados por Patti Smith

 

BIBLIOTECA-GASTROMERCADO

 

La saga Sharknado: tiburones + tornados. ¿Quién da más?

¿Gastromercados y bibliotecas? ¿qué invento es esto? Estos crossovers empezaron con referentes del Hollywood de oro, y de seguir así, van a terminar como la saga Sharknado: mezclando tiburones con tornados. Pero todo tiene su explicación.

Si hay unos espacios públicos que han conocido y siguen conociendo un auge inusitado estos son los espacios gastronómicos. Rafael Ibáñez ya nos hablaba de las Gastrobibliotecas  hace cuatro años. En ese caso se trataba de bibliotecas especializadas en gastronomía. Pero dado que no todas las bibliotecas pueden tener cocina como la Biblioteca del Fondo en Santa Coloma de Gramanet: tal vez sea el momento de ir un poco más allá

Guste más o menos: el lobby estudiantil ejerce una presión constante. Por eso, mientras que se siguen ensayando fórmulas para hacerlos usuarios más activos de colecciones y servicios: ¿por qué no atender a sus necesidades más primarias?

Durante épocas de exámenes prácticamente viven en la biblioteca. En ciudades medianas y grandes la imagen de grupos sentados en las escaleras, en las zonas comunes o en la calle (en el caso de que no haya sitio dentro del edificio) con sus tupper resulta de lo más habitual.

 

 

Simplemente se trataría de copiar lo que ya están haciendo en algunas universidades. Iniciativas como Foodtopía 1.800w. en el Parque Científico de la Universidad de Murcia: es un ejemplo. Este proyecto de economía local resiliente (como le gusta denominarse) ofrece comida que une producción agrícola y distribución de alimentos local. Promoviendo un menú saludable, ecológico y a precios muy asequibles: servicios de catering del tipo Foodtopía 1.800w. podrían perfectamente proveer y promover la dieta saludable de los jóvenes ofreciendo sus productos en bibliotecas a mediodía. Y sería una opción tanto para estudiantes, como para individuos en riesgo de exclusión, para los que la biblioteca no es ya su segunda casa, sino prácticamente lo más cercano que reconocen como hogar.

BIBLIOTECA-CENTRO DE OCIO

 

Jane Austen + zombis: después de esto ya nada queda a salvo.

No vamos a llegar a proponer un parque de atracciones bibliotecarias, pero a un paso estamos. Si museos y otras instituciones respetables han optado abiertamente por la gamificación y por dotar a sus propuestas de un aura de espectáculo cuasi circense: las bibliotecas no pueden quedarse atrás.

El verano de 2016 fue el verano de la moda del Pokémon Go. Varios artículos e iniciativas se centraron en sacar rédito a dicha moda desde las bibliotecas. Un año después, pasado ese furor, la moraleja como siempre es la misma: no hay que correr detrás de la última zanahoria digital que nos ofrezcan. Las bibliotecas son milenarias, pueden tomarse su tiempo, sin dejarse agobiar por la sensación permanente de estar perdiendo algún tren con destino final a la obsolescencia.

“Desde lo alto de esas bibliotecas 43 siglos nos contemplan”.

 

No se trata de realidad inmersiva 4D es una obra del pintor hiperrealista Joel Rea

 

Robots y Tolstói: ¿qué puede salir mal?

Ya hablamos en Escapando de la biblioteca, escapando de los bibliotecarios de la moda de las escape room y sus posibilidades en bibliotecas, la cultura maker sigue ganando terreno, la robótica es un campo a tener en cuenta, y ahora toma el relevo a la realidad aumentada: la realidad inmersiva 4D. Una vez más, como toda novedad, habrá que tomársela con calma.

La empresa Broomx Tecnologies ha creado el primer sistema de proyecciones inmersivas 4D y vídeos 360 que no necesitan del uso de ningunas gafas y pueden disfrutarse en cualquier espacio. Recrear a personajes e historias de libros, películas o cómics en la sección Infantil y Juvenil, convertir al libro en el epicentro del que nace todo lo imaginable. Como con cada nueva maravilla tecnológica se corre el riesgo de quedarse con la atracción de feria y dejar aparte el contenido. Solo el tiempo y el desarrollo dirán lo útil que puede llegar a ser como aliado de la oferta bibliotecaria.

 

Cuando la Universal dejó que sus monstruos clásicos se cruzaran con las comedias de Abbott y Costello (los Pajares y Esteso de los 40 estadounidenses): la decadencia de los mitos del terror clásico se hizo imparable.

 

Se sabe cómo se empieza pero no cómo se acaba. Los crossover es lo que tienen. Podríamos seguir con cruces genéticos entre bibliotecas y otras instituciones y servicios: pero antes de que esto adopte tintes orgiásticos mejor dejarlo.

Y si arrancamos con parejas llenas de glamour cerremos con todo un clásico. La metáfora perfecta del crossover bibliotecario sería la pareja protagonista de Bola de fuego (1941) de Howard Hawks. El tímido y encantador erudito interpretado por Gary Cooper y la desinhibida cabaretera a la que daba rutilante vida Barbara Stanwyck. La calle irrumpiendo en la academia y trastocándolo todo. No hubo segunda parte, así que no podemos saber cómo fue el resultado de tal cruce genético: pero es muy posible que fuera equiparable a una idea de biblioteca cercana a lo que hemos propuesto aquí.

 

Vicios privados, públicas virtudes…bibliotecarias

 

En una biblioteca de Zaragoza la policía detuvo a un usuario que desde hacía tiempo se dedicaba a fotografiar piernas de mujeres bajo las mesas de estudio. La actitud sospechosa detectada por la que iba a ser la próxima retratada llevó a la detención del voyerista. No podemos saber si el mirón habrá visto la película japonesa Love Exposure (2008) pero su modus operandi así podría indicarlo.

 

Una de las surrealistas escenas de Love exposure (2008) de Sion Sono

 

Yu, el inocente adolescente protagonista de este delirio en celuloide, abrumado por la estricta educación católica de su progenitor: decide darle la razón a su padre y ser un pecador en toda regla. Para ello se somete a un duro entrenamiento (la escena de su aprendizaje no tiene desperdicio) para ejercer como fotógrafo ninja de panty shots. Es decir: fotos robadas de la ropa interior de las chicas. Su gran pericia y destreza lo convierten en toda una celebridad. Y hasta aquí podemos contar de una cinta de culto de la que es difícil hacer spoiler: tal es el grado de disparate que alcanza su trama.

Las deliciosas portadas vintage de temática bibliotecaria. La notación Dewey (sexualidad) y el texto lo dejan claro: “Todos en la biblioteca tenían su número”

 

Pero volviendo a Zaragoza, salvo la noticia puntual en la crónica de sucesos, es difícil que el émulo maño del héroe de Love exposure llegue a alcanzar fama alguna. Se quedará como un incidente nimio que desde luego no es extraño al mundo bibliotecario.

Los mirones de biblioteca son una especie habitual. Lo que sorprende es que a estas alturas algo propio de la España del landismo siga practicándose. Pero allá cada uno con sus fetichismos y vicios: siempre que no atenten a la intimidad ajena (como en este caso) que cada uno los lleve como pueda.

Pero no va tanto de vicios de los usuarios este texto como de los vicios (algunos involuntarios, otros no tanto) en que incurre en ocasiones la profesión.

 

Job Webb ha ejercido diversas responsabilidades en bibliotecas del ámbito universitario londinense. En la reunión de 2016 de la Academic and Research Libraries Group presentó una ponencia bajo un título sugerente: Los siete pecados capitales de la biblioteconomía. Algunos a los que hacía mención se pueden extrapolar a cualquier tipo de biblioteca:

  • centrarse en las necesidades de las bibliotecas o bibliotecarios y no en la de los usuarios
  • falta de actualización y de desarrollar aprendizajes (o dicho con otras palabras: apoltronarse)
  • exceso de escrúpulo a la hora de aplicar las reglas e inflexibilidad en general.

No vamos a cargar a la profesión bibliotecaria, en exclusiva, con unos pecados que fácilmente se pueden encontrar en muchas otras profesiones. Pero sí cabe añadir otros que, en algunos casos, revisten la categoría de capitales. Podríamos enumerarlos directamente: pero ¿qué necesidad hay de “hacer amigos” si podemos recurrir al testimonio de los propios pecadores?

De 2013 a 2015 estuvo activa la cuenta de Tumblr: Librarian shaming (Vergüenzas bibliotecarias). En este blog, profesionales de bibliotecas, confesaban los pecados de pensamiento, palabra, obra y omisión que cometían en su día a día laboral. Quedaría bien decir que lo hacían en acto de contrición: pero lo cierto es que, en la mayoría de los casos, no se detectaba propósito de enmienda alguno. A las pruebas (en forma de texto y fotos) nos remitimos.

 

No tengo ningún deseo de leer cualquiera de los libros de Harry Potter!

 

“Algunas de nuestras políticas de préstamo de la biblioteca son una mierda completa, así que cuando un usuario necesita algo que se supone no se puede prestar (por ninguna razón legítima discernible) lo modifico y lo presto de todos modos. Que le jodan al hombre y sus espeluznantes políticas de exclusión.” 

 

Robo la mayoría de libros digitales que leo.

 

 “Voy a los rincones aislados de la biblioteca para ventosear mientras ordeno estanterías”

 

“Soy bibliotecario infantil y odio las canciones infantiles”

 

Mis libros SIEMPRE ESTÁN SOBREPASADOS (incluso mis préstamos interbibliotecarios)

 

“Admito que estoy celoso cuando el jefe y algunos de mis compañeros salen de marcha por los clubes y nunca me invitan.”

 

“Si un usuario llega cuando quedan minutos para cerrar la biblioteca preguntando si tenemos cierto DVD, hago como que lo busco, y le digo que está perdido. Los DVD no tienen una ordenación concreta y me niego a esperar que lo busque mientras yo espero. Han tenido el resto del día para venir, que respeten mi horario. Bastante mal pagado estoy para el tiempo que trabajo.”

 

Prefiero leer libros digitales que libros en papel. Amo mi Kindle

 

“En ocasiones estoy jodidamente aburrido en mi biblioteca. Soy el jefe”

 

Latigazo, el bibliotecario!

En esta pequeña muestra, hay confesiones que pueden considerarse pecados veniales, otras en cambio, ni siquiera faltas. Cada uno, según su sentido de la moral, clasificará unas u otras en la correspondiente categoría: pero hay dos que deberían clasificarse como capitales sin medias tintas. Es difícil pensar en penitencias cuando cuesta creer en el concepto de pecado: pero en estos casos ejerceríamos, sin dudarlo, de jueces aplicando gustosos las condenas.

La bibliotecaria, que oculta tras un lector de libros electrónicos, reconoce recurrir a la piratería para sus lecturas; y el director de una biblioteca que se queja del “jodidamente aburrido” trabajo en su biblioteca.

No vamos a ser hipócritas: en los albores de las descargas de contenidos digitales, quien más, quien menos, incurrió, bien por obra u omisión (esa música, esa película, ese libro que nos pasa un amigo, y sobre el cual, no preguntamos la procedencia) en descargas ilegales. Pero a estas alturas de la película: el bibliotecario que no haya comprendido que los intereses de los creadores y de las bibliotecas van de la mano (y viceversa): es un tarado o le importa bien poco la cultura para la que se supone trabaja. Y respecto al segundo pecado capital, ser jefe de una biblioteca y aburrirse, tiene fácil solución: dimitir. No más bibliotecarios jurásicos desgastando poltronas: para eso ya tenemos a los políticos.

 

Un libro como escondite para los vicios: en este caso el de la buena lectura y el del buen whisky,

 

En 2015 dejó de funcionar el blog y no por falta de pecadores. En la declaración de intenciones sus creadores manifestaron su deseo de convertirlo en un foro divertido en el que los bibliotecarios, anónimamente, desvelaran sus pequeños vicios y así obtener la conmiseración de sus colegas. Y ese es el espíritu que se detecta en sus inicios, pero en los años que van del 2013 al 2015 (con el discurso hater afianzándose cada vez más en las redes sociales) se empieza a advertir en algunas confesiones: una desidia, cuando no directamente un desprecio, hacia las bibliotecas que hizo que la diversión se esfumase.

El triunfo de la sinceridad como valor supremo, en esta época “desilustrada” que estamos viviendo, junto al anonimato: puede que tuvieran mucho que ver con su extinción. La mala educación, la falta de pericia en el manejo inteligente de la ironía, la pose descreída confundida con perspicacia: son los componentes de esa nueva sinceridad, que se blande como una virtud, cuando no es más que una muestra de inseguridad, grosería y pereza mental. Y de este modo el divertido confesionario digital de Librarian shaming iba camino de convertirse en un escupidero.

El extinto (en papel) suplemento “Tentaciones” de “El País” incluye El manual del hater que, en este caso con gracia, explota la tendencia que arrasa en las redes. La sección se encabeza con la frase “Cómo odiar correctamente a…” y en la diana, tras esos puntos suspensivos, se sitúa algún tema que cotiza alto en la escala de valores cool para ser machacado a conciencia. Dada la buena consideración que, en general, parecen tener las bibliotecas para la cultura hipster no estaría de más que un día, tras esos puntos, situasen a las bibliotecas/bibliotecarios antes de pasar el relevo a la siguiente tribu cultureta.

 

Cigarrillos de marihuana escondidos en un libro en la década de los 40.

 

Pero un ejemplo de que no hace falta abusar de la ironía, ni de la sinceridad como eufemismo de grosería para dejar en evidencia a los hipócritas: lo dio hace unos meses la bibliotecaria estadounidense Margaret Howard en un tuit. Fue con ocasión de la celebración de la National Library Week que Ivanka Trump, relaciones públicas del patán de su padre, quiso ensalzar a las bibliotecas y bibliotecarios por su contribución al conocimiento y el aprendizaje: y una vez más la verdad a secas, que no posverdad, sirvió para desarmarle la pose.

 

Esta Semana Nacional de las Bibliotecas, nosotros honramos a nuestras bibliotecas y bibliotecarios por abrirnos los ojos al mundo del conocimiento, el aprendizaje y la lectura!

Tu padre quiere recortar todos los fondos federales pero gracias por el tuit. #SaveIMLS (Salvemos al Instituto de Servicios Bibliotecarios y Museos)

 

Dada la poca sutileza de los tiempos que corren: ahora, igual que siempre, el antídoto contra la hipocresía no es el mal uso de la sinceridad sino el ejercicio de la libertad de pensamiento. Y para terminar, un vicio que se hace virtud en este blog: acabar con música.

Los protagonistas del magnífico vídeo que el colectivo de realizadores franceses Megaforce ideó para el tema Sacrilege del grupo Yeah, Yeah, Yeahs: encajarían a la perfección en el tipo de votante que ha aupado a Trump al poder. Pero lo cierto es que fue rodado en plena era Obama. Con un cierre así sobran puntos suspensivos en los que escribir lo que hay que aprender a odiar correctamente.

 

Turoperador bibliotecario

 

Viñetas del cómic El fantasma de Gaudí (2015) de El Torres que tras los atentados resultan tristemente premonitorias.

 

No tinc por! Tres simples palabras para enfrentarse al odio que bien darían para un eslogan. Pero mejor que se quede en hashtag, grito o titular: sin que nadie se lo apropie desde su discurso. En declaraciones al periódico El País, un representante del sector turístico, manifestaba su deseo de que el hecho de que la mayoría de víctimas hayan sido turistas provoque: “un renovado sentimiento de acogida al turista y al turismo“. Un ejemplo, de que pese a la tragedia, la agenda de la actualidad sigue su curso. Y si ha habido un tema recurrente en los medios hasta las 16:50 horas del jueves 18 de agosto: ese ha sido el debate sobre el turismo.

 

Los falsos carteles turísticos del ilustrador Monk HF se hicieron virales en las redes gracias a su ingeniosa forma de denunciar diversas problemáticas sociales.

 

Una magnífica idea del Consejo de Cooperación Bibliotecaria para este 2017: el sello de innovación CCB

El escritor Patrick Ness (autor, entre otras, de la novela juvenil Un monstruo vino a verme) es uno de los literatos galardonados con dos Carnegie Medals. Dicho galardón lo llevan concediendo los bibliotecarios británicos para premiar novelas infantiles/juveniles desde 1936. Una costumbre (la de premiar a escritores, o a cineastas, músicos, creadores de videojuegos, etc…) que bien podríamos copiar en las bibliotecas españolas. Más que nada porque sería, además de una forma de reconocimiento a los creadores, una estupenda campaña de promoción para las bibliotecas.

Pero de los premios como herramienta de marketing bibliotecario ya hablábamos en Esto no es Hollywood: palmarés de biblioteca. Volvamos con Patrick Ness. En realidad si citamos al escritor estadounidense afincado en Londres no es por lo de los premios, ni siquiera porque esto vaya de literatura infantil o juvenil, si recurrimos a Ness es por una frase que pronunció agradecido al ser premiado por los bibliotecarios:

“librarians are tour-guides for all of knowledge” (los bibliotecarios son guías turísticos de todo el conocimiento)

 

Adaptación de la novela de Ann Tyler sobre un escritor de guías de viajes al que no le gusta viajar.

 

Una bonita frase para un discurso que la actualidad hace que suene algo menos halagadora. Después de todo el turismo de masas, a pequeña escala, también se practica en las bibliotecas ¿Qué bibliotecario, alguna vez, al enfrentarse a la visita guiada de un grupo de adolescentes hormonados o de pensionistas hiperactivos (es lo que tiene tanta vejez activa): no se ha sentido como el guía de un viaje organizado? Las ganas de levantar el brazo en alto agitando un paraguas, para ver si se concentran un poco en la explicación, son irrefrenables.

Pero las visitas guiadas a bibliotecas son un tema al que sacar mucho jugo; mejor lo dejamos para futuras ocasiones. Lo que aquí nos preguntamos es ¿qué pueden aportar las bibliotecas al debate abierto en torno al turismo de masas? Para empezar los viajes organizados por turoperadores merecen un reconocimiento por haber anticipado, hace mucho, lo que iba a ser la vida en digital. ¿Acaso los circuitos maratonianos por seis ciudades europeas en 8 días no son la equivalencia física de nuestras incursiones en la Red? El resultado es el mismo: un espejismo de cultura superficial, apresurado, panorámico y fugaz.

 

Los turistas del corto Step (1987) en pleno furor fotográfico en medio de la matanza de Odessa.

 

La película fundacional del cine moderno en el siglo XX: Te querré siempre (1953) de Roberto Rossellini. El viaje como catarsis sentimental.

En los años ochenta el prestigioso cineasta polaco Zbig Rybczynski dirigió un corto que pareciera inspirado en el momento actual. En Steps (1987) (disponible en Youtube) un grupo de turistas, especialmente zafio,  “visita” la mítica escena de la matanza en la escalinata de El acorazado Potemkin de Eisenstein. La irrupción del turismo borreguil más vulgar en el drama fílmico soviético expresa a la perfección la deriva que la cultura de masas lleva experimentando desde hace décadas

El cortometraje del polaco le queda como un guante a una de las opiniones que más se ha repetido las últimas semanas: “no es turismofobia es lucha de clases“. Para quienes refrendan esta sentencia la última crisis ha hecho bien su trabajo: y los países del sur se reafirman como países al servicio de los del norte. Una vez más aquello de España como país de camareros (¡¡con lo que se agradece topar con un buen profesional del gremio!!). Pero ¿es realmente así?

Paul Bowles paradigma del escritor que hizo de los viajes una forma de vida y de literatura.

Gracias al estupendo artículo Correlación no implica causalidad de Daniel Manzano (publicado en Jot Down) descubrimos la web Spurious Correlations: que se dedica a establecer correlaciones absurdas entre series de datos. Desde la relación entre la temperatura global y el número de piratas hasta la relación entre los ahogamientos en piscinas y la aparición de Nicolas Cage en películas.

Con nuestro espíritu bibliobizarro no podíamos dejar pasar la ocasión de establecer nuestro propio cruce de datos. No alcanza el grado de delirio de la web citada pero no importa: de lo que se trata es de arrimar el ascua a nuestra sardina.

 

La deliciosa Viajes con mi tía de Graham Greene.

La comparativa entre el ranking de países con mayor número de bibliotecas y el de los países con mayor afluencia de turistas solo arroja una conclusión: que ninguno de los países que ocupan los respectivos podios comparten ambas premisas. ¿Es serio deducir alguna causalidad entre estos parámetros? No. Pero nos viene de perlas para defender que las bibliotecas pueden colaborar activamente en mitigar los estragos que el turismo sin criterio está provocando.

Seamos realistas. En pleno siglo XXI es impensable emular a los viajero del XIX: pero sí que podemos mejorar sustancialmente la experiencia del viaje a semejanza de como hacen determinadas agencias de viajes especializadas en itinerarios personalizados. Agencias de viajes bibliotecarias como nuevo servicio para quienes quieran salirse del redil. No se puede prometer una visita solitaria a la Fontana de Trevi pero sí ampliar el goce del viaje. ¡Prepara tu viaje en la biblioteca! (pero sobre todo): con ayuda del bibliotecario. Y no estamos hablando de reserva de billetes o alojamientos: que para eso ya están las agencias de viajes convencionales o Internet. Hablamos de cosas algo más divertidas…y bibliotecarias.

Casi todos los países que ocupan los primeros puestos del ranking de bibliotecas por habitantes pertenecían a la antigua URSS. En 2007 el padre de la Perestroika, Mijaíll Gorbachov, protagonizaba, no sin polémica, un anuncio de maletas Louis Vuitton. Viajes, capitalismo, bibliotecas, Muro de Berlín, globalización: todo confluye en esta imagen que tan bien viene a lo que aquí se habla.

El bello Cuaderno de viaje de Craig Thompson: o cuando un lápiz es mucho mejor que una cámara para fijar el retrato de las sensaciones que produce viajar.

 

Más allá de contar con una rica colección de guías de viajes se trata de seleccionar novelas, películas, cómics, grabaciones sonoras o hasta videojuegos: en los que el lugar elegido por el usuario esté presente de un modo u otro. Así cuando finalmente ponga el pie en su destino: no será el objetivo de una cámara quien se apropie de su mirada sino las evocaciones que pueblan su imaginación multiplicando el placer del descubrimiento.

Recuperar el placer de viajar como experiencia, no como simple pasatiempo. Una de esas funciones a sumar a ese  bibliotecario referencista salido de madre del que hablábamos en Léeme, soy community manager (DJ bibliotecarios en el filo).

Tal vez con más bibliotecas habrían mejores viajeros; las ciudades no nos parecerían parques temáticos, y aunque sea imposible recuperar el romanticismo de los viajes decimonónicos: el forzado binomio que aquí hemos creado entre bibliotecas y turismo tendrían todo el sentido. Al fin y al cabo el buen viajar, como todo, nace de la cultura y el conocimiento.

La incursión de David Byrne en los ritmos latinos con su Rei Momo (1989)

 

Y ahora terminemos con algo de turismo musical. En tiempos en que se habla tanto del apropiacionismo cultural resulta interesante echar la vista atrás, concretamente a los años 80 del pasado siglo, en los que músicos anglosajones se fueron de turismo, musicalmente hablando, para renovar sus propuestas. Paul Simon con su mítico Graceland, David Byrne con su Rei Momo, o más cerca, nuestro Santiago Auserón volcándose en los ritmos cubanos.

En la actualidad, ya que mencionábamos a los DJ bibliotecarios, uno de los que parte la pana es el disc-jokey y productor estadounidense Diplo. Sus vagabundeos musicales por el mundo le han convertido en un hábil recolector de sonidos autóctonos que luego mezcla en hits que copan las listas de éxito mundiales. El vídeo interactivo (hay que ir clicando, mientras se reproduce, para que se desvele la versión alternativa) para el tema que ha lanzado con Major Lazer: queda perfecto: música masiva para ilustrar la diferencia entre sueños y realidad cuando emprendemos un viaje, sea físico o mental.

Amor, pedagogía…y drag queens en bibliotecas

Que las redes sociales están llenas de tarugos es tan cierto como que este texto ya estaba a medio cocer hace unos días. Y la actualidad, tan caprichosa como siempre, ha querido cargarlo de vigencia.

La obviedad de los tarugos en red viene a cuento de los tuits que han florecido a raíz del articulo en la revista Tiempo en el que se desvelan los gustos culturales de una niña de 12 años. Que esa niña sea la heredera al trono de España, pese a ser el motivo por el cual sus gustos son noticia, no es lo importante. Lo que llama la atención (por recurrir a una frase hecha, porque en realidad no resulta sorprendente): es lo que subyace tras las bromas y chanzas, de no más de 140 caracteres, a cuenta del hecho de que la hipotética futura reina declare: ser lectora de Stevenson, Tolkien o Carroll y adorar películas como El viaje de Chihiro de Hayan Miyazaki o Dersu Uzala de Akira Kurosawa.

 

 

Pero lo realmente inquietante es que una cascada (mayor o menor) de tonterías tuiteadas al respecto se convierta en noticia en los medios.

La exigencia del show informativo continuo en el que vivimos hace que cualquier nimiedad alcance categoría de titular. Y, cada vez más, los medios tradicionales van dependiendo de las ocurrencias de descerebrados que reclaman sus 15 minutos de fama: bien por los gustos culturales de una niña o por acontecimientos luctuosos (los tuits injuriosos en el caso de los fallecimientos de Bimba Bosé o David Delfín).

Favoreciendo, de este modo, un eco de la estupidez que, en los casos más graves, degenera en un efecto llamada para perturbados. Como se ha debatido, más de una vez, al abordar la responsabilidad de los medios en cuestiones como el terrorismo.

Al menos en este caso los tuits de respuesta de una doctora en Física denunciando lo que considera el linchamiento mediático de una menor: han conseguido tanta o más viralidad que las chanzas de turno. Lo que Adriana Martín, que así se llama la tuitera que se ha visto repentinamente lanzada a los medios, ha evidenciado: es lo que subyace tras todas esas bromas: el eterno desprecio a la cultura en nuestro país.

 

La maravillosa El viaje de Chihiro (2001)

 

Se sea juancarlista, felipista o republicano hasta las trancas: cualquiera que a los 12 años se haya sentido como un repelente niño Vicente por su gusto por la lectura: no puede más que identificarse, por muy lejos que le quede, con la heredera. ¿Es tan extraño que una película como Dersu Uzala (que es la que se cita en la noticia) con su tono de aventuras y su mensaje ecologista guste a un niña de 12 años?

En la Feria del Libro 2016 los medios destacaron que la reina Letizia compró la novela gráfica de Alan Moore: Providence. ¿Se incrementarían las ventas de la obra o lo que más se imitó fue el conjunto de falda y jersey que lució para la ocasión?

Hace unos meses en La lectura todo lo magnifica nos hacíamos eco del número de la revista ¡Hola!, en su edición inglesa, en que el príncipe Guillermo desvelaba los gustos literarios de su primogénito. No sabemos si hubo chanzas británicas a cuenta de esos gustos: pero como sigamos así puede que los royals (como de manera cursi han rebautizado a la realeza en la prensa del corazón) se conviertan en prescriptores culturales.

Y como nos gusta una interpretación paranoica más que un “orgullo y satisfacción” al rey emérito: ¿será que la necesidad de ridiculizar a quienes se salen del rebaño acultural se refuerza si se les asocia a una institución vetusta para así tildarlos de anacrónicos?

En un tiempo en el que los reyes que quedan en el planeta dan más contenido a las revistas del corazón que a las de política: puestos a imitar, mejor nos iría, si además de los estilismos de la reina Letizia, también se imitara el interés por cultivar a su prole.

Pero esto se nos está yendo de las manos. Si seguimos hablando de realezas vamos a terminar como el publirreportaje monárquico de cada sábado, Audiencia abierta, en la 1 de TVE. Mejor nos centramos en el papel que las bibliotecas pueden jugar en que nuestros hijos sean como los royals por sus aspiraciones culturales, que no (solo al menos) por imitar sus estilismos.

 

Miguel de Unamuno con su hijo Ramón.

 

En su nivola Amor y pedagogía, Miguel de Unamuno se centraba en la historia de un erudito obsesionado por los progresos de la ciencia y la pedagogía, que decide tener un hijo para diseñarlo a través de la educación, y convertirlo así en un genio.

A todo progenitor debería importarle la educación y formación de su descendencia. En tiempos no tan lejanos, los padres aspiraban a que sus hijos les igualasen o, mejor, les superasen culturalmente. La cultura era sinónimo de progreso social. En estos tiempos de rentabilidad inmediata no tenemos tan claro que la cultura siga siendo un activo que proporcione alguna ventaja laboral en el futuro. Pese a todo, la idea sigue presente en las cabezas de muchos padres, aunque adopte en ocasiones un cariz negativo: el de fiscalizar en exceso lo que sus hijos leen, ven o escuchan.

 

El recientemente desaparecido Carlos Capdevila y su fantástico legado en forma de vídeos y publicaciones para abordar la educación sin corsés ni dogmatismos.

El último libro que ha sido objeto de veto por parte de los padres en colegios de los Estados Unidos es The absolutely true diary of a part-time indian (El diario completamente verídico de un indio a tiempo parcial) de Sherman Alexie. La novela dirigida a un público adolescente aborda temáticas tan candentes como: el alcohol, la pobreza, el bullying, la homosexualidad o la discapacidad mental. Todo ello con un lenguaje directo y cotidiano no exento de palabras malsonantes.

Realizando una búsqueda rápida de la traducción que de la novela publicó la editorial Siruela en nuestro país en 2009 en el Catálogo Colectivo de bibliotecas públicas: encontramos hasta 15 redes de bibliotecas en las que se incluye la obra entre sus fondos. Y en prácticamente la mayoría, se encuentra ubicado en la sección Infantil y Juvenil.

¿Tienen los padres en nuestro país una mentalidad más abierta o simplemente no se fijan en lo que leen sus hijos? Puestos a elegir nos quedaríamos con la primera opción.

Tan negativo resulta un exceso de celo paterno a la hora de controlar las lecturas de sus hijos, como una desidia absoluta. Y es posible que al igual que hemos adoptado con alegría la cultura del trending topic que todo lo impregna: acabemos importando esos ánimos censores en lo que respecta a las lecturas de nuestros jóvenes.

Ya decíamos que la actualidad había cargado de vigencia este post, y es que en el Babelia de este pasado fin de semana se aborda precisamente la cuestión con un titular harto inquietante:

“La corrección política se antepone a la calidad literaria en las lecturas recomendadas en las aulas”

Si repasamos algunos de los títulos que han sido objeto de censura en los últimos años, fuera de nuestro país, por parte de padres o autoridades educativas en escuelas o bibliotecas: la cosa se pone fea.

Así, las rimas de Roald Dahl han sido acusadas de groseras, Alí Babá y los 40 ladrones o El Cascanueces de resultar demasiado siniestros. El tierno elefante Babar fue tildado de racista por vivir una aventura en la que aparecen caníbales. Y otro elefante, en este caso Elmer de David McKee, no se salvó de acusaciones por racista al dar cabida a elefantes negros y grises, y para más inri, de clasista: por ser más rico que el resto.


La pedrea se la llevó un cuento de Nicholas Allan sobre el señor y la señora conejo que no pueden dejar de tener hijos. Dicho título, aunque para muchos padres sea muy útil para explicar a los niños la concepción, fue retirado de una biblioteca inglesa por la queja de un único padre. Por otro lado nos consta, aunque no vamos a decir nombres, que alguna biblioteca de nuestro país se han presentado quejas por el cuento Titiritesa: por abordar el lesbianismo al casarse dos princesas.

En fin, nos mantendremos expectantes de las conclusiones que surjan del primer curso internacional de Filosofía, Literatura, Arte e Infancia (FLAI) que organiza la Fundación Santa María de Albarracín en colaboración con el proyecto editorial Wonder Poder. Será los próximos días 6, 7 y 8 de julio, y en él se abordarán cuestiones tan al hilo de lo que aquí tratamos como: el potencial y las limitaciones de las creaciones literarias, artísticas, filosóficas y educativas que los adultos crean pensando en los niños.

 

Viñeta del exitoso cómic de Riad Sattouf: “Los cuadernos de Esther. Historias de mis 10 años”. Un proyecto en viñetas que aspira a relatar la vida real de Esther (hija de unos amigos del autor) desde los 10 hasta los 20 años. Más potencial para que los niños se sientan identificados no puede tener: ¿pero aceptarían algunos padres que un cómic que, retrata tal cual la realidad de una niña, esté en la sección Infantil y Juvenil?

 

Pero el discurso políticamente correcto que asfixia en muchas ocasiones el consumo cultural de lo más jóvenes: no siempre nos llega con aires tan timoratos. En la estadounidense Biblioteca Pública del Condado de Orange, a raíz del tiroteo en la discoteca de ambiente gay Pulse de hace un año, se ha decidido contar con una cuenta cuentos de lo más llamativo: la drag queen Miss Sammy.

Con ese poderío cromático y estético: ¿qué niño no va a caer fascinado ante el espectáculo de las drags?

No es una idea originaria de dicho condado, fue en 2015 en San Francisco (¿dónde si no?) donde la escritora Michelle Tea propuso organizar cuenta cuentos para niños en bibliotecas a cargo de drag queens para ayudar a promover la inclusión del colectivo LGTBI.

En pleno debate sobre el bullying y la necesidad de fomentar el respeto a la diferencia: la presencia de las drags como cuenta cuentos se ha convertido en un recurso para combatir el odio y la discriminación que ya han copiado bibliotecas de Nueva York o Los Angeles.

En pocos días Madrid acogerá la celebración mundial del Día del Orgullo (del 23 de junio al 2 de julio). Sería buen momento para que alguna biblioteca española se decidiera a adaptar la idea. ¿Qué reacciones provocaría? Es más que probable que el hashtag #biblioteca fuera trending topic sin ningún esfuerzo por parte del gremio. Ahora bien, al igual que en el caso de la princesa, puede que el debate que surgiera diera también ganas de echarse a llorar. Y eso que el mundo drag y el infantil tienen antecedentes en común de lo más convencionales.

 

Úrsula, la estupenda villana de La Sirenita (1989)

 

En 1989, en un producto cultural que ni el más estricto de los padres prohibiría a sus hijos: la adaptación Disney del clásico cuento de La Sirenita: se rendía tributo a la reina de los travestisÚrsula, la malvada de la funciónhomenajeaba descaradamente las formas rotundas y maneras de la mítica travesti Divine. De haber vivido en nuestros días es probable que Divine, que pese a su ferocidad resultaba de lo más dulce en su identidad masculina, hubiese accedido gustoso/a a ejercer de cuenta cuentos en bibliotecas.

Y siguen las coincidencias. Divine luce en forma de tatuaje en el brazo de la que fuera conductora de un transgresor programa infantil de televisión en los 80: La bola de cristal. Y por edad, es probable, que algunos de los que se mofan de los gustos culturales de una niña en las redes: crecieran durante los 90. Años durante los que la programación infantil corría a cargo de figuras como Leticia Sabater. Ahí lo dejamos.

De este modo se cierra el círculo que nos ha llevado desde la realeza (de la princesa Leonor a la pequeña sirena también hija de rey) a las drags pasando por Unamuno, y que concluimos soñando con propuestas que traten a los niños como seres inteligentes. Que les proporcionen las suficientes habilidades como para resistirse a la manada que promueven las redes y, así, nunca se transformen en los niños alienígenas de El pueblo de los malditos (1960).