Amor, pedagogía…y drag queens en bibliotecas

Que las redes sociales están llenas de tarugos es tan cierto como que este texto ya estaba a medio cocer hace unos días. Y la actualidad, tan caprichosa como siempre, ha querido cargarlo de vigencia.

La obviedad de los tarugos en red viene a cuento de los tuits que han florecido a raíz del articulo en la revista Tiempo en el que se desvelan los gustos culturales de una niña de 12 años. Que esa niña sea la heredera al trono de España, pese a ser el motivo por el cual sus gustos son noticia, no es lo importante. Lo que llama la atención (por recurrir a una frase hecha, porque en realidad no resulta sorprendente): es lo que subyace tras las bromas y chanzas, de no más de 140 caracteres, a cuenta del hecho de que la hipotética futura reina declare: ser lectora de Stevenson, Tolkien o Carroll y adorar películas como El viaje de Chihiro de Hayan Miyazaki o Dersu Uzala de Akira Kurosawa.

 

 

Pero lo realmente inquietante es que una cascada (mayor o menor) de tonterías tuiteadas al respecto se convierta en noticia en los medios.

La exigencia del show informativo continuo en el que vivimos hace que cualquier nimiedad alcance categoría de titular. Y, cada vez más, los medios tradicionales van dependiendo de las ocurrencias de descerebrados que reclaman sus 15 minutos de fama: bien por los gustos culturales de una niña o por acontecimientos luctuosos (los tuits injuriosos en el caso de los fallecimientos de Bimba Bosé o David Delfín).

Favoreciendo, de este modo, un eco de la estupidez que, en los casos más graves, degenera en un efecto llamada para perturbados. Como se ha debatido, más de una vez, al abordar la responsabilidad de los medios en cuestiones como el terrorismo.

Al menos en este caso los tuits de respuesta de una doctora en Física denunciando lo que considera el linchamiento mediático de una menor: han conseguido tanta o más viralidad que las chanzas de turno. Lo que Adriana Martín, que así se llama la tuitera que se ha visto repentinamente lanzada a los medios, ha evidenciado: es lo que subyace tras todas esas bromas: el eterno desprecio a la cultura en nuestro país.

 

La maravillosa El viaje de Chihiro (2001)

 

Se sea juancarlista, felipista o republicano hasta las trancas: cualquiera que a los 12 años se haya sentido como un repelente niño Vicente por su gusto por la lectura: no puede más que identificarse, por muy lejos que le quede, con la heredera. ¿Es tan extraño que una película como Dersu Uzala (que es la que se cita en la noticia) con su tono de aventuras y su mensaje ecologista guste a un niña de 12 años?

En la Feria del Libro 2016 los medios destacaron que la reina Letizia compró la novela gráfica de Alan Moore: Providence. ¿Se incrementarían las ventas de la obra o lo que más se imitó fue el conjunto de falda y jersey que lució para la ocasión?

Hace unos meses en La lectura todo lo magnifica nos hacíamos eco del número de la revista ¡Hola!, en su edición inglesa, en que el príncipe Guillermo desvelaba los gustos literarios de su primogénito. No sabemos si hubo chanzas británicas a cuenta de esos gustos: pero como sigamos así puede que los royals (como de manera cursi han rebautizado a la realeza en la prensa del corazón) se conviertan en prescriptores culturales.

Y como nos gusta una interpretación paranoica más que un “orgullo y satisfacción” al rey emérito: ¿será que la necesidad de ridiculizar a quienes se salen del rebaño acultural se refuerza si se les asocia a una institución vetusta para así tildarlos de anacrónicos?

En un tiempo en el que los reyes que quedan en el planeta dan más contenido a las revistas del corazón que a las de política: puestos a imitar, mejor nos iría, si además de los estilismos de la reina Letizia, también se imitara el interés por cultivar a su prole.

Pero esto se nos está yendo de las manos. Si seguimos hablando de realezas vamos a terminar como el publirreportaje monárquico de cada sábado, Audiencia abierta, en la 1 de TVE. Mejor nos centramos en el papel que las bibliotecas pueden jugar en que nuestros hijos sean como los royals por sus aspiraciones culturales, que no (solo al menos) por imitar sus estilismos.

 

Miguel de Unamuno con su hijo Ramón.

 

En su nivola Amor y pedagogía, Miguel de Unamuno se centraba en la historia de un erudito obsesionado por los progresos de la ciencia y la pedagogía, que decide tener un hijo para diseñarlo a través de la educación, y convertirlo así en un genio.

A todo progenitor debería importarle la educación y formación de su descendencia. En tiempos no tan lejanos, los padres aspiraban a que sus hijos les igualasen o, mejor, les superasen culturalmente. La cultura era sinónimo de progreso social. En estos tiempos de rentabilidad inmediata no tenemos tan claro que la cultura siga siendo un activo que proporcione alguna ventaja laboral en el futuro. Pese a todo, la idea sigue presente en las cabezas de muchos padres, aunque adopte en ocasiones un cariz negativo: el de fiscalizar en exceso lo que sus hijos leen, ven o escuchan.

 

El recientemente desaparecido Carlos Capdevila y su fantástico legado en forma de vídeos y publicaciones para abordar la educación sin corsés ni dogmatismos.

El último libro que ha sido objeto de veto por parte de los padres en colegios de los Estados Unidos es The absolutely true diary of a part-time indian (El diario completamente verídico de un indio a tiempo parcial) de Sherman Alexie. La novela dirigida a un público adolescente aborda temáticas tan candentes como: el alcohol, la pobreza, el bullying, la homosexualidad o la discapacidad mental. Todo ello con un lenguaje directo y cotidiano no exento de palabras malsonantes.

Realizando una búsqueda rápida de la traducción que de la novela publicó la editorial Siruela en nuestro país en 2009 en el Catálogo Colectivo de bibliotecas públicas: encontramos hasta 15 redes de bibliotecas en las que se incluye la obra entre sus fondos. Y en prácticamente la mayoría, se encuentra ubicado en la sección Infantil y Juvenil.

¿Tienen los padres en nuestro país una mentalidad más abierta o simplemente no se fijan en lo que leen sus hijos? Puestos a elegir nos quedaríamos con la primera opción.

Tan negativo resulta un exceso de celo paterno a la hora de controlar las lecturas de sus hijos, como una desidia absoluta. Y es posible que al igual que hemos adoptado con alegría la cultura del trending topic que todo lo impregna: acabemos importando esos ánimos censores en lo que respecta a las lecturas de nuestros jóvenes.

Ya decíamos que la actualidad había cargado de vigencia este post, y es que en el Babelia de este pasado fin de semana se aborda precisamente la cuestión con un titular harto inquietante:

“La corrección política se antepone a la calidad literaria en las lecturas recomendadas en las aulas”

Si repasamos algunos de los títulos que han sido objeto de censura en los últimos años, fuera de nuestro país, por parte de padres o autoridades educativas en escuelas o bibliotecas: la cosa se pone fea.

Así, las rimas de Roald Dahl han sido acusadas de groseras, Alí Babá y los 40 ladrones o El Cascanueces de resultar demasiado siniestros. El tierno elefante Babar fue tildado de racista por vivir una aventura en la que aparecen caníbales. Y otro elefante, en este caso Elmer de David McKee, no se salvó de acusaciones por racista al dar cabida a elefantes negros y grises, y para más inri, de clasista: por ser más rico que el resto.


La pedrea se la llevó un cuento de Nicholas Allan sobre el señor y la señora conejo que no pueden dejar de tener hijos. Dicho título, aunque para muchos padres sea muy útil para explicar a los niños la concepción, fue retirado de una biblioteca inglesa por la queja de un único padre. Por otro lado nos consta, aunque no vamos a decir nombres, que alguna biblioteca de nuestro país se han presentado quejas por el cuento Titiritesa: por abordar el lesbianismo al casarse dos princesas.

En fin, nos mantendremos expectantes de las conclusiones que surjan del primer curso internacional de Filosofía, Literatura, Arte e Infancia (FLAI) que organiza la Fundación Santa María de Albarracín en colaboración con el proyecto editorial Wonder Poder. Será los próximos días 6, 7 y 8 de julio, y en él se abordarán cuestiones tan al hilo de lo que aquí tratamos como: el potencial y las limitaciones de las creaciones literarias, artísticas, filosóficas y educativas que los adultos crean pensando en los niños.

 

Viñeta del exitoso cómic de Riad Sattouf: “Los cuadernos de Esther. Historias de mis 10 años”. Un proyecto en viñetas que aspira a relatar la vida real de Esther (hija de unos amigos del autor) desde los 10 hasta los 20 años. Más potencial para que los niños se sientan identificados no puede tener: ¿pero aceptarían algunos padres que un cómic que, retrata tal cual la realidad de una niña, esté en la sección Infantil y Juvenil?

 

Pero el discurso políticamente correcto que asfixia en muchas ocasiones el consumo cultural de lo más jóvenes: no siempre nos llega con aires tan timoratos. En la estadounidense Biblioteca Pública del Condado de Orange, a raíz del tiroteo en la discoteca de ambiente gay Pulse de hace un año, se ha decidido contar con una cuenta cuentos de lo más llamativo: la drag queen Miss Sammy.

Con ese poderío cromático y estético: ¿qué niño no va a caer fascinado ante el espectáculo de las drags?

No es una idea originaria de dicho condado, fue en 2015 en San Francisco (¿dónde si no?) donde la escritora Michelle Tea propuso organizar cuenta cuentos para niños en bibliotecas a cargo de drag queens para ayudar a promover la inclusión del colectivo LGTBI.

En pleno debate sobre el bullying y la necesidad de fomentar el respeto a la diferencia: la presencia de las drags como cuenta cuentos se ha convertido en un recurso para combatir el odio y la discriminación que ya han copiado bibliotecas de Nueva York o Los Angeles.

En pocos días Madrid acogerá la celebración mundial del Día del Orgullo (del 23 de junio al 2 de julio). Sería buen momento para que alguna biblioteca española se decidiera a adaptar la idea. ¿Qué reacciones provocaría? Es más que probable que el hashtag #biblioteca fuera trending topic sin ningún esfuerzo por parte del gremio. Ahora bien, al igual que en el caso de la princesa, puede que el debate que surgiera diera también ganas de echarse a llorar. Y eso que el mundo drag y el infantil tienen antecedentes en común de lo más convencionales.

 

Úrsula, la estupenda villana de La Sirenita (1989)

 

En 1989, en un producto cultural que ni el más estricto de los padres prohibiría a sus hijos: la adaptación Disney del clásico cuento de La Sirenita: se rendía tributo a la reina de los travestisÚrsula, la malvada de la funciónhomenajeaba descaradamente las formas rotundas y maneras de la mítica travesti Divine. De haber vivido en nuestros días es probable que Divine, que pese a su ferocidad resultaba de lo más dulce en su identidad masculina, hubiese accedido gustoso/a a ejercer de cuenta cuentos en bibliotecas.

Y siguen las coincidencias. Divine luce en forma de tatuaje en el brazo de la que fuera conductora de un transgresor programa infantil de televisión en los 80: La bola de cristal. Y por edad, es probable, que algunos de los que se mofan de los gustos culturales de una niña en las redes: crecieran durante los 90. Años durante los que la programación infantil corría a cargo de figuras como Leticia Sabater. Ahí lo dejamos.

De este modo se cierra el círculo que nos ha llevado desde la realeza (de la princesa Leonor a la pequeña sirena también hija de rey) a las drags pasando por Unamuno, y que concluimos soñando con propuestas que traten a los niños como seres inteligentes. Que les proporcionen las suficientes habilidades como para resistirse a la manada que promueven las redes y, así, nunca se transformen en los niños alienígenas de El pueblo de los malditos (1960).

 

Lobbies de biblioteca

 

Si algo tienen los estadounidenses es el don de la oportunidad. La industria de Hollywood cuando se olvida, por un momento, de los taquillazos diseñados por ordenador para adolescentes y se ocupa de temas adultos: demuestra una agilidad asombrosa para abordar asuntos de lo más candente.

No es de extrañar por ello que a poco más de tres meses de haber llegado a la Casa Blanca un presidente apoyado por el lobby armamentístico: se estrena una película que analiza el poder implacable de los lobbies (o grupos de presión política) que operan en Washington. En El caso Sloane (2016) es un lobby que defiende a la industria armamentística; pero en la magnífica serie House of cards ya llevan varias temporadas mostrando la cara más sucia e inquietante de los entresijos del poder (una visión avalada por figuras como Obama o Clinton).

Pero ¿se podría hablar de lobbies de biblioteca? Sin duda. En Tensión bibliotecaria no resuelta ya citábamos al implacable lobby estudiantil que impone sus necesidades al resto de habitantes de las bibliotecas (bibliotecarios incluidos). Como se decía allí: las salas de las bibliotecas en ocasiones son lo más parecido a una lucha por la supervivencia en hábitats reducidos. Pero hay otros tantos lobbies muy habituales en la mayoría de bibliotecas de tamaño medio-grande.

 

 

El Lobby de oro (en recuerdo de la inolvidable Las chicas de oro) o de la tercera edad por entendernos: no es despreciable en cuanto a la territorialidad que demuestran algunos de sus miembros a la hora de hacer suya la biblioteca. No será ni una, ni dos, ni tres, sino probablemente muchas más las bibliotecas que han tenido que poner algo de orden a primera hora de la mañana en la sección de lectura de prensa.

Para individuos que han vivido los años de escasez de la posguerra: lo de acaparar la prensa e incluso llegar a sentarse sobre ella si hace falta para asegurar su lectura antes que nadie (basado en hechos reales): resulta un hábito adquirido difícil de controlar. Tanto como colarse en otros espacios matutinos que dominan a la perfección: las consultas del médico o las colas en las plazas de abastos.

Los efectos secundarios del Sintrom no dicen nada al respecto, así que habrá que deducir que esa habilidad va de serie en muchos de los representantes de la generación más longeva que conoce nuestro país.

 

Damien, con sus padres, camino de la biblioteca.

 

El lobby infantil, pese a que algunos bibliotecarios hayan creído ver a Damien de La profecía encarnado en más de uno de los tiernos usuarios de la sección: en realidad no existe. El grupo de presión que lucha por los derechos de los menores en la biblioteca es algo más temible incluso que el lobby de oro y el de los estudiantes juntos.

La educación en España siguiendo escrupulosamente la ley del péndulo: del exceso de autoritarismo al exceso de permisividad.

Se trata del Lobby paterno/materno (contravenimos la economía en el lenguaje con tal de no alterar a colectivo de piel tan fina): no hay nada como un padre o madre (en esto no discriminamos por nacionalidad, faltaría más, pero si son españoles el riesgo se acentúa) que crea que la biblioteca ha perjudicado a su criatura para que se convoque de inmediato el gabinete de crisis del centro.

Un error que ha dejado sin plaza a un niño en un taller; un cómic manga traicionero de esos que arrancan de lo más cándido, y allá por el número 56, hacen desarrollarse exuberantemente a sus heroínas pero sin cambiarles la talla de vestido; o ese libro/película/cederrón que jura y perjura que su hijo se llevó tal y como si un gato montés lo hubiera tenido en su madriguera durante un año.

 

De acuerdo, los mimos dan grima. Pero ¿qué tal una campaña bajo el nombre de: Mimo mi biblioteca? En ella un mimo recibiría a papás y niños los días de mayor afluencia a la biblioteca. Por un lado, se podría inducir a los niños a respetar la quietud en la biblioteca; y por otro (esto sería lo más difícil): “reeducar” a ciertos progenitores sobre el necesario respeto por los espacios y bienes públicos.

 

Y aún podríamos seguir definiendo a vuelapluma algunos grupos que probablemente no entran dentro de la categoría de lobbies pero que igualmente pugnan por sus intereses dentro de la biblioteca (investigadores, docentes, escritores, asociaciones de barrio…). Observar a distintas especies luchando en los confines de un mismo territorio siempre resultará un espectáculo fascinante de estudiar.

Ensayo de 2014 sobre profesionales de la información que trabajan con asuntos que desafían el status quo.

Pero, ¿y la especie bibliotecaria? Para hablar de bibliotecarios dejamos la etología aparte. No es un trato de favor respecto a los demás colectivos, es que a los especímenes bibliotecarios ya los sometemos a estudio continuamente. Por eso en este caso mejor centrarnos en la capacidad del gremio para ejercer algo de poder.

Cuando en nuestro país hay solo dos colegios profesionales, y pese a los esfuerzos, no ha sido posible hasta la fecha crear más: hablar de grupo de presión resulta, por decirlo suave: un tanto exagerado. Fuera de la labor de las asociaciones por defender los intereses de la profesión: los bibliotecarios españoles quedan muy lejos, no ya de los Estados Unidos, sino de incluso países más cercanos como Francia o Italia.

 

 

El impresionante plató montado en una plaza de Milán para la gala que retransmitió la RAI3 para fomentar la lectura.

En Italia, desde el 2015, llevan organizando una campaña conjunta en las redes sociales: editores, libreros y bibliotecarios para fomentar la lectura a través del hashtag #ioleggoperché (lo leí). Ya de por sí esta alianza suena exótica en nuestro país; pero aún lo es más cuando se suman a ella desde:  redes de supermercados, la red de ferrocarriles (organizando un bookcrossing) e incluso la RAI3: que el primer año retransmitió en horario de máxima audiencia una gala desde Milán como clausura de la campaña.

¿No serían buenas ideas a imitar en el flamante Plan de Fomento de la Lectura 2017-2020? Seguro que una de las estrellas del grupo televisivo de origen italiano Mediaset querría ejercer de maestra de ceremonias. De este modo combinaría su experiencia como conductora de realities con su reciente empeño por convenZer a los telespectadores para que lean.

Ya que importamos, televisivamente de la Italia de los 90, cosas tipo las Mamachicho o las Cacaomaravillao: no estaría mal importar ahora galas tipo la de Milán en 2015. Mucho se habla del sentido del espectáculo de los estadounidenses; pero nuestros vecinos mediterráneos tampoco se han quedado cortos a la hora de montar buenos shows.

 

 

Y desde el 2012, también en Italia, se lleva celebrando el Bibliopride desde Nápoles. Puede que algo menos vistoso y colorido que el Gaypride pero igual de reivindicativo: marchas, eventos sincronizados en bibliotecas de todo el país, flashmobs, fiestas y múltiples actividades para reafirmar la importancia de las bibliotecas en la sociedad.

 

 

En Francia, la Asociación de Bibliotecarios acaba de denunciar las condiciones de trabajo de muchas de las bibliotecas de la zona de Languedoc-Roussillon. En una carta abierta, los bibliotecarios han denunciado a través de los medios las situaciones de recortes, abusos de poder e incluso acoso: que están viviendo algunos de sus colegas en las bibliotecas de la citada región. Nada nuevo en Francia donde las asociaciones que defienden a las bibliotecas y sus profesionales tienen un largo recorrido.

Compilación de ensayos, publicado en 2008, en los que se pone en tela de juicio la, supuestamente, necesaria neutralidad bibliotecaria.

No sabemos hasta que punto se podría hablar de lobbies bibliotecarios en Italia o Francia, pero en los Estados Unidos, dada su gran tradición activista y asociativa, el término no queda tan lejos.

Casos como el posicionamiento de los bibliotecarios en contra de la Administración Bush, en su día, con tal de defender la privacidad de sus usuarios; la contundente respuesta que están dando a las iniciativas de Trump; o la exitosa campaña iniciada por una bibliotecaria para evitar la prohibición de un libro de Michael Moore: dan fe de que, pese a ese declive del imperio norteamericano que muchos profetizan, tienen muchas lecciones que darnos en según qué asuntos.

Mucho se habla de la biblioteca como lugar para el empoderamiento (palabra fea, pero inevitable hoy día) de muchos colectivos. Pero mucho nos tememos que hablar de las bibliotecas como centros de poder es una ucronía que requiere de una imaginación a la altura de los guionistas de House of cards. Pero ya lo advertimos hace poco: hay un golpe de estado cultural en ciernes y en el nuevo orden mundial aún queda por saber en qué lugar quedarán las bibliotecas.

 

Que nadie confunda la discreción del gremio bibliotecario con un afán por desaparecer: todo lo contrario. Es un ardid para convertir a las bibliotecas en centros de poder en la sociedad del exhibicionismo.

Sherezade hoy sería bibliotecaria

 

Cualquiera que haya aguantado sin dormir la siesta un documental de la 2: sabrá que las mamás pingüinos distinguen a la perfección el graznido de sus crías entre los miles de pingüinos que cubren las costas de las Islas Georgias.

La voz es de los sonidos más característicos y personales. Y tal vez sea por eso que en plena era digital una forma de cultura tan ancestral como la oral está abriendo nuevas vías de negocio al mundo editorial. Ironías de la evolución: si la escritura surgió como un paso adelante en la transmisión de la información, ahora que los soportes son cada vez más volátiles, es la voz la que reclama su protagonismo podcasts o audiolibros mediante.

Los próximos 20 y 21 de mayo la Biblioteca Nacional Francesa se transformará en una Biblioteca parlante. Voces carismáticas como las de las actrices galas Isabelle Adjani, Fanny Ardant o Amira Casar se unirán a la de escritores y diversos artistas para compartir momentos de lectura de viva voz.

Y los franceses que siempre han sabido incorporar lo mejor de cada cultura ajena hasta hacerla parecer como propia: también han incluido sesiones de audición de grandes voces del siglo pasado como Apollinaire, Camus, Cocteau o Duras en una siesta literaria organizada en las tumbonas de la terraza del centro.

Es de suponer que lo de siesta será por el horario no porque las audiciones persigan inducir al sueño. Aunque bien visto, una cabezada arrullado por las voces de grandes literatos siempre resultará más reparadora que adormecerse alterado por los guirigays de algunos programas televisivos vespertinos a este lado de los Pirineos.

 

La maravillosa Fanny Ardant eligiendo sus lecturas.

 

Este 2017 está previsto que sea el año en que el audiolibro irrumpa con fuerza en nuestro país y algunas bibliotecas tienen los deberes más que hechos. El próximo 4 de mayo se celebrará en Madrid la entrega del Premio “Biblioteca y compromiso social” que desde el 2014 lleva concediendo la Fundación Biblioteca Social. El premio ha recaído en la madrileña Biblioteca Eugenio Trias por un proyecto dirigido a niños y adolescentes afectados de cáncer o patologías psiquiátricas hospitalizados en el Hospital Niño Jesús.

Y el accésit ha ido para el proyecto “Nosotros te leemosde la Biblioteca Municipal “Pilar Barnés” de Lorca (Murcia). Dicho proyecto consiste en la elaboración de recursos sonoros para usuarios con discapacidad física o falta de hábito lector. La oralidad reclamando su sitio como un recurso más en las bibliotecas del siglo XXI.

 

 

La voz nos caracteriza y define, en cambio, mientras acudimos a gimnasios o clínicas de belleza para moldear nuestro cuerpo, a nuestra voz (salvo que seas cantante, actor o locutor) la dejamos en barbecho.

Cartel ficticio para La ley del deseo de Pedro Almodóvar.

De ahí lo ajena que la sentimos, si a través de algún medio de grabación, nos convertimos en oyentes de nosotros mismos. A todos nos gustaría que nuestro discurso ganase en poder de seducción entonando cual Constantino RomeroManolo Otero (no perderse el video-recuerdo a Otero: un auténtico contenido digno de nuestro reto #bibliobizarro), Charo López o Nuria Espert (pinchando en cada nombre podemos recrearnos en sus voces).

Nuestro idiolecto, o lo que es lo mismo, nuestra forma característica de hablar, nos configura tanto como las palabras que utilizamos. Por eso, no es de extrañar, que imaginemos voces cuando estamos leyendo. A cada texto, a cada personaje, a cada mensaje, le asignamos una voz; y por eso muchas veces, al descubrir las voces reales de algunas estrellas de Hollywood, se nos cae el mito a los pies.

 

Una palabra tuya bastará para sanarme”: ¿y acaso el relato de la corrupción nuestra de cada día no resultaría más llevadero si nos lo retransmitiera la voz sin igual de Gracita Morales? No tiene maldita gracia la cosa, pero es tal la astracanada en la que estamos viviendo que las denominadas “españoladas” siguen siendo las únicas capaces de hacerle justicia (o los Morancos en su defecto).

En la web de humor CollegeHumor tenían claro el efecto que puede provocar una voz al leer un texto, y por eso crearon una recomendación para lectores que no tenía desperdicio: la Morgan Freeman Marks o Morgan Freemark.

 

“Uso: recordar a los lectores que pueden leer con la voz que quieran, pero que deberían leer estas palabras con la voz de Morgan Freeman. Ejemplo: “y entonces, Kevin tomó un gran trago de vodka, y se lanzó corriendo de cabeza contra la pared”

 

Poniéndole rostro a Pepe Mediavilla gracias a Marta Nael. El hecho de que haya doblado  cine de aventuras y ciencia ficción: le ha convertido en toda una figura de culto entre los aficionados.

Situado junto a textos literarios aconsejaría imaginarlos en la voz del actor. En nuestro país en todo caso ese aviso no serviría de nada sin la gran voz de Pepe Mediavilla, que desde siempre ha sido el actor encargado de doblar, entre otros, a Morgan Freeman.

Mediavilla cuenta con un canal de Youtube en el que durante los últimos años ha ido publicando vídeos en los que recita poesías; y aunque siempre dispuesto a visitar bibliotecas y teatros para recitales y conferencias: sus problemas de salud desafortunadamente le han hecho retirarse. ¿Quién le pondrá a partir de ahora la voz a Dios (Morgan Freeman ha hecho de Dios en varios filmes) para los millones de españoles que aún no son capaces de ver cine en versión original o huyen de los subtítulos?

 

 

En el …(post en obras) hablábamos de la importancia de “contar” nuestra biblioteca. No ya por aquello de saber contar cuentos (que también): sino de la importancia de construir un relato en torno a tu biblioteca, a lo que crees que debe ser una biblioteca en nuestros días, y alrededor de lo que es el día a día en tu biblioteca. Y aunque ese relato parta del profesional bibliotecario, siempre será un relato abierto en el que tienen que escucharse las voces de los usuarios.

Por mucho que cambien las cosas todos necesitamos que nos sigan contando historias. Avances tecnológicos aparte, lo que realmente se está jugando en el campo de batalla de las industrias culturales de este siglo XXI: es una guerra por los contenidos (como señalaba Frederic Martel en su ensayo de cabecera: Cultura Mainstream). ¿Y dónde están todos los contenidos del mundo? ¿En Google, en las redes sociales, en las bases de datos?

No y mil veces no. Los contenidos siguen estando en las bibliotecas por la sencilla razón de que acumulan millones de contenidos en soporte impreso o audiovisual (muchísimos de los cuales aún no han sido digitalizados), y porque además ahora también proporcionan acceso a internet.

 

Joe Orton, en su domicilio en 1967, el mismo año en que moriría a manos de su pareja Kenneth Halliwell. El collage que cubre la pared era obra de Halliwell.

 

En 50 sombras bibliotecarias aún más oscuras abogábamos por el #crucedeportadas como una manera de ampliar (mediante el engaño) los gustos de algunos lectores que solo leen determinado tipo de obra. ¿Se podría encuadrar algo así dentro de la narrativa transmedia? En cualquier caso, no era nada original, de hecho estaba basado en hechos reales: concretamente en las fechorías que el dramaturgo Joe Orton y su colega y amante el escritor Kenneth Halliwell perpetraron allá por los 60 en la biblioteca de Islington (Londres).

Gary Oldman y Alfred Molina como Joe Orton y Kenneth Halliweel ,respectivamante, en la película de Stephen Frears.

Orton y Halliwell se dedicaron a robar libros de la biblioteca y a modificar sus portadas o solapas para después devolverlos una vez “intervenidos”. Sus tropelías les acarrearon una pena de cárcel y una multa. Eran los días prometedores de sus inicios, cinco años antes de que Halliwell terminase matando a martillazos a un Orton en pleno éxito.

La película basada en la vida de Orton se tituló Ábrete de orejas (1987) y de eso trataba su travesura: de abrirles las orejas y los ojos a los adormecidos lectores de una biblioteca londinense en los 60. Algo similar a nuestra propuesta de #crucedeportadas. Es necesario tener bien abiertas las orejas para que podamos contar nuestras historias. Si Sherezade existiera en nuestros días habría pasado hace ya mucho del sultán y trabajaría en una biblioteca. No hay mejor lugar para seguir contando historias.

 

Tensión bibliotecaria no resuelta

 

Provocar puede resultar saludable, epatar es simplemente pueril. Puestos en esa tesitura este texto elegiría siempre resultar saludable antes que pueril: pero su planteamiento inicial es confrontar situaciones, circunstancias y asuntos que definen algunas de las problemáticas de las bibliotecas en nuestros días (sin ningún ánimo exhaustivo desde luego) y ahí es posible que surja más de una provocación. Es lo que tiene intentar hurgar en esas tensiones latentes que tácitamente todos percibimos pero, pese a reconocerlas, no somos capaces de saber si se resolverán algún día.

Buñuel duplicó en dos actrices a la protagonista de su película Ese oscuro objeto del deseo (Ángela Molina y Carole Bouquet): en este texto los objetos oscuros del deseo bibliotecario a los que pasaremos revista se quedan en unos pocos, pero sin duda se podrían multiplicar por muchos más.

 

Tanto su título original: The naked jungle=La jungla desnuda, como su título español: Cuando ruge la marabunta (1954) dejan claro que lo que rugía en pantalla, más que las hormigas carnívoras: era la tensión sexual no resuelta entre la pelirroja Eleanor Parker y el tosco Charlton Heston.

 

La primera, e irresoluble, tensión bibliotecaria no resuelta es la que se establece entre responsables políticos y bibliotecarios. Como cada año los gabinetes de prensa de ayuntamientos, comunidades autónomas o de cualquier otro tipo de dependencia administrativa se acuerdan de las bibliotecas cuando se acerca el 23 de abril. Es el Día internacional del Libro y los medios tienen que rellenar espacios, los políticos tienen que fotografiarse haciendo alarde de su amor por la cultura, y de repente las bibliotecas son muy  importantes.

Estadísticas de urgencia, programación de actividades a todo tren, listas de los más prestados, artículos en prensa, entrevistas en radio… Como rezaba aquel vetusto programa de la televisión de los 60: las bibliotecas son reinas por un día. Pero ha querido la actualidad (es así de caprichosa) que este año de manera paralela a los titulares resaltando el compromiso de los políticos con las bibliotecas (que los hay, damos fe de que existen políticos que tienen ese compromiso): haya circulado la noticia de que la Literatura Universal dejará de ser asignatura obligatoria en Bachillerato.

 

El viril y bíblico Charlton Heston todo arrobo e intensidad mirando a los ojos de Stephen Boyd en Ben-Hur (1959). Parece que el ingenuo de Heston no lo sabía pero la marabunta también rugía bajo esa tensión no resuelta entre los dos personajes. Años después Gore Vidal lo desveló para desesperación del ultraconservador Heston.

 

De entre las reacciones, comentarios y declaraciones que ha suscitado la noticia (Premio Cervantes incluido) nos quedamos con la columna de Elvira Lindo en El País: No me llames letrasado. El palabro en cuestión define a la perfección el tipo de cultura que se promueve desde las instancias políticas. Nos cabe la duda de si lo de letrasado proviene de fracasado o de retrasado: en cualquier caso es de esos términos afortunados para definir una realidad desafortunada.

Pese a todo las frases hechas sobre el amor a los libros, las citas de escritores y las fotos de políticos ensalzando a los libros y las bibliotecas han surgido como las amapolas en el campo cada primavera. Y el día 24, a otra cosa, y que las bibliotecas sigan ampliando horarios como salas de estudio y menguando presupuesto para el resto. Total si ya ni siquiera van a fomentar la Literatura en el Bachillerato: ¿para qué otra cosa van a servir las bibliotecas que no sea como salas de estudio?

Así se matan dos toros de un estoque (es que lo de los pájaros está muy visto, y como a los toros les han bajado el IVA antes que al cine, queda más apropiado): se mantiene a los jóvenes estudiando indefinidamente, y se resuelve la falta de espacio en las viviendas que ahora comparten varias generaciones de la misma familia.

 

William Hurt y Kathleen Turner generando tensión en la sudorosa Fuego en el cuerpo (1981): el noir más tórrido de los 80.

 

Pero dejemos a los políticos que bastante protagonismo tienen: quedémonos con los estudiantes. Lo de estudiantes y bibliotecarios es una relación que, en determinadas épocas del año, alcanza unos niveles de tensión, de deseo y repulsión que ni lo de Rhett Butler con Escarlata O’Hara en Lo que el viento se llevó (1939).

Hace unos días se publicaba un artículo en Los Angeles Times con un significativo título al respecto: Menos libros, más espacios: las universidades rediseñan las bibliotecas del siglo XXI. Con ese título poco cabe añadir, pero resumiendo, se constata la presión estudiantil en la Universidad de Berkeley: que ha motivado que cerca de 70000 libros impresos hayan sido trasladados a almacenes para despejar espacios y habilitarlos como: zonas de estudio, de reunión, de trabajos en grupo, e incluso de relax con bicicletas estáticas y libertad para comer mientras se estudia.

 

Bette Davis y Joan Crawford estudiándose el guión de ¿Qué fue de Baby Jane? (1962): porque no solo las tensiones no resueltas de índole sexual tienen cabida en este texto.

 

Que las necesidades del lobby estudiantil estén marcando las pautas en las bibliotecas universitarias es lógico. Pero ¿y en las públicas? Observar las salas de una biblioteca pública en época de exámenes puede ser lo más parecido a la lucha por la supervivencia en hábitats reducidos.

No hace falta irse a Sevilla para perder la silla: los estudiantes colonizan los espacios, expulsan a los abuelos de la zona de prensa, invaden las secciones reservadas para los pequeños, y a poco que se dé la vuelta el bibliotecario para subir al depósito: le quitan la silla del mostrador. Hacen imperar la ley del silencio con un celo que para sí quisieran la Yakuza, la Cosa Nostra y la Mafia rusa juntas; y fulminan con la mirada, cual mutantes de los X-Men, a cualquier carrito con las ruedas desengrasadas.

Si sigues pensando que una biblioteca es un sitio que sirve para estudiar, Infobibliotecas no es tu revista“: hace unos meses lanzábamos este eslogan publicitando nuestra revista en las redes, y lo cierto es que resume bien la única postura posible desde el punto de vista de una biblioteca pública ante esa marabunta que lo invade todo.

 

Tula y su cuñado en la adaptación que Miguel Picazo hizo de la novela de Unamuno en 1964: tensión sexual en la España más represiva.

 

Y no sería honesto repartir estopa, bueno esto más bien se ha quedado en arpillera: sin incluir al gremio bibliotecario. Afortunadamente un gran número de bibliotecas públicas están atendidas por funcionarios públicos. Pero precisamente esa condición funcionarial es la que lastra en muchas ocasiones el progreso y desarrollo de las bibliotecas.

No es el bibliotecario un gremio al que se puede acusar en exceso de ensimismado: pero arrastra los vicios e inercias de una Administración que tan poco incentiva a los empleados públicos, y que se convierte en refugio para tanto mediocre cuya única vocación no es el servicio público a la cultura, sino el aburguesamiento laboral más inmovilista.

¿Qué dónde está la tensión no resuelta en este caso?: es la que se establece entre los que, siendo o no funcionarios, se apasionan por lo que hacen, creen en el poder transformador de la sociedad que pueden jugar las bibliotecas y, pese a las condiciones adversas en muchos casos, siguen adelante: y los bibliotecarios jurásicos (sea cual sea su edad) que tan solo esperan llegar tranquilamente a la jubilación. Como decíamos en Una verdad (bibliotecaria) incómoda para estos últimos: “ni un mísero responso por su desaparición”.

 

Tensión pectoral entre Sophia Loren y Jane Mansfield.

 

En cierto modo la última tensión bibliotecaria no resuelta enlaza con lo de los bibliotecarios jurásicos y los ¿airados? (por utilizar un término con reminiscencias literarias y cinematográficas). Se trata de la tensión hormonal bibliotecaria: (hay otras tipologías bajo esta denominación pero aquí y ahora nos centramos en esta): dícese de la tensión entre bibliotecario infantil y menor entre 9-10 años que era cliente fijo de la sección y que en su proceso hormonal para mutar en púber pre adolescente: es abducido por los videojuegos, las redes sociales y demás cantos de sirena tecnológicos.

Entre las decisiones bibliotecarias inmediatas de los próximos años es posible que sea ineludible el aceptar este “síndrome de nido vacío bibliotecario” para centrarse en los usuarios procedentes del baby boom de los 60 que van a ser mayoría en las sociedades occidentales. Un ejemplo a seguir en este sentido sería la Sala +60 que se ha inaugurado recientemente en la Biblioteca de Santiago de Chile: un espacio para atender a las necesidades de esta gran cantidad de población madura que se avecina. Algo de lo que ya hablábamos en el exitoso post La arruga es subversiva.

En cualquier caso, lo que parece que no perderá vigencia alguna será la tensión bibliotecaria no resuelta entre: la idea de la biblioteca como templo de la cultura y el concepto de biblioteca como supermercado de la cultura.

 

El ama de llaves de Rebeca (1940): tensión sexual no resuelta necrófila.

 

Y aquí cerramos el repaso a algunas de las tensiones bibliotecarias no resueltas. Por obvias hemos excluido las tensiones que, durante todo el año, pero especialmente a partir de primavera cargan de feromonas las salas de las bibliotecas. Esos paseos recurrentes entre las mesas en dirección a los baños o a las máquinas expendedoras de café, esas miradas furtivas entre subrayado y subrayado, ese otear entre estanterías encuadrando determinadas partes de anatomías ajenas. Pequeños gestos que unen a estudiantes, usuarios y bibliotecarios bajo los imperativos de la biología.

Esperemos que por el bien de la cultura, esta primavera y verano, muchas de estas tensiones se resuelvan satisfactoriamente para todos. La represión nunca trae nada bueno.

Y ¿quién mejor que Dita Von Teese para advertirnos de los peligros de no resolver las tensiones que nos colonizan el cerebro no dejándonos pensar más que en lo único? ¿Bibliotecarios reprimidos?, ¿dónde se ha visto eso?:

 

 

Lectura por grupos musculares

 

Todo va tan rápido que ignoramos las señales hasta que el choque es inevitable. Los cierres de bibliotecas en Reino Unido de los últimos años estaban creando el caldo de cultivo perfecto para el triunfo del brexit. ¿Qué otra cosa más que la cerrazón intelectual y reflexiva (independientemente de lo que se opine sobre la UE) se podía prever del debate público en un país que ha pasado de crear  instituciones como las bibliotecas públicas a cerrarlas a mansalva?

Y las señales, bueno no, las evidencias prosiguen día a día. La última: la amenaza de cierre de bibliotecas en el distrito sur de Londres, concretamente: de la biblioteca de Carnegie en Herne Hill y la de Minet en Myatt’s Fields. Según las autoridades municipales de Lambeth para reconvertirlas en gimnasios. Buena idea, así los hooligans tendrán más sitios donde ejercitarse, y cuando viajen de nuevo a Madrid por un partido de la Liga de Campeones; en lugar de tomarse un relaxing cup of coffee in the Plaza Mayor: humillarán con más brío a indigentes y camareros.

 

 

Aunque hay que ser justo. Activistas londinenses (nos gustaría pensar que de ese 48,1% que votaron contra el brexit) se han movilizado en la campaña Defend The Ten que persigue impedir a las autoridades esta reconversión gimnástica de las emblemáticas bibliotecas del barrio. Tienen argumentos en los que apoyarse: según las estadísticas de 2015 ambas bibliotecas mejoraron en número de visitas, nuevos socios, préstamos y colecciones.

La última acción de esta plataforma Defend The Ten ha sido rodear las citadas bibliotecas con las cinematográficas cintas policiales que señalan el escenario de un crimen. La mayoría, afortunadamente, sabemos de estas cintas por las películas y confiamos en no tener que verlas en la vida real; pero la protesta no puede resultar más elocuente. ¿A cuántos lugares no nos gustaría envolver con las fotogénicas cintas? Pero las autoridades municipales del distrito londinense tienen antecedentes en convertir bibliotecas en gimnasios a pocos kilómetros.

 

La biblioteca de Carnegie en Londres escenario del crimen.

 

En el más céntrico y también cinematográfico barrio de Notting Hill (aquel en donde un modesto librero enamoraba a una estrella de Hollywood): una orgullosa placa en los números 206-208 de la calle Kensington Park Road anuncia The library. Por el aspecto externo podría serlo, y una vez dentro sus salones y espacios dejan claro que allí hubo una biblioteca de verdad: pero la maquinaria que ahora ocupa el espacio del patio central evidencia que hace tiempo se transformó en un exclusivo centro deportivo.

 

The library, el gimnasio inteligente en Notting Hill.

 

Tanto la imaginería que utiliza este exclusivo club, como la terminología que aplica a sus diferentes servicios y actividades, explota el mundo bibliotecario. La pena es que una vez entras en secciones de su web con nombres tan prometedores como The reading room lo que te encuentras es una selección de revistas, artículos y capítulos de libros en PDF sobre alimentación, moda, o por supuesto, deporte.

Nada que objetar, salvo su falta de ambición. Si has creado un gimnasio que parece una biblioteca, si se autodefinen como “el gimnasio inteligente”: ¿por qué no recuperar, aunque sea un poco, el espíritu de la Academia griega?, ¿no resultaría mucho más innovador integrar la oferta propia de una biblioteca a las rutinas para mantenerse en forma?

 

Hugh Grant, que encarnaba al tímido librero en la romántica Notting Hill (1999), también encarnó a Lord Byron en la cinta de Gonzalo Suárez: Remando al viento (1988). El poeta romántico por excelencia fue un gran nadador que, entre otras hazañas, cruzó en una hora el estrecho de Dardanelos en Grecia.

 

Con estas conexiones deportivas-literarias ¿por qué no incluir junto a la preceptiva tabla de ejercicios equivalencias literarias-musicales-cinematográficas-comiqueras….? Cultura por grupos musculares. Si el cerebro es el que hace moverse a los músculos ¿por qué se le utiliza tan poco en los entrenamientos? Promovamos un desarrollo integral. Hasta la tecnología se pone de nuestra parte: las últimas innovaciones en el campo del deporte son fácilmente explotables para nuestros propósitos:

 

Los auriculares Sony Walkman NWWS413

 

Sony acaba de lanzar un walkman resistente al agua dulce o salada, con memoria interna de 4 GB y con una autonomía de 12 horas. En pleno boom de los audiolibros ¿no resultaría estimulante escuchar el microrrelato Natación de Virgilio Piñera mientras se siente el agua discurrir por nuestro cuerpo a cada brazada? ; en un deporte al aire libre ¿no se recuperarían las fuerzas al escuchar que: “la verdadera libertad consiste en el pleno dominio de uno mismo” u otras tantas reflexiones igual de energizantes de Montaigne?

 

El Apple Watch Nike: ¿cuándo van a lanzar un reloj inteligente que, además de los pasos o las calorías, contabilice lo que lees cada día?

 

Apple ha lanzado un reloj en colaboración con Nike para cuantificar tanto el ejercicio que haces como lo que comes o duermes. Este afán obsesivo por monitorizarse, por registrar hasta las intimidades de tu organismo de manera voluntaria: va allanando el camino para que, cuando la Inteligencia Artificial nos rodee por completo, aceptemos su dictadura sin resistencia. Pero puesto que es algo que parece irremediable: ¿por qué no incluir en esas mediciones lo que leemos, vemos y escuchamos?

El casco para ciclistas Coros LINX Smart Cycling Helmet.

El Coros LINX Smart Cycling Helmet, así con bien de palabrejas que le den empaque anglófilo, es un casco para ciclistas que no sabemos muy bien si se ajustará a los preceptos de la seguridad vial. El caso es que permite escuchar música y comunicarnos con manos libres.

Sentir como nuestra cara corta el viento a cada pedalada, mientras nos recitan las deliciosas anécdotas que Miguel Delibes reunió en su librito Mi querida bicicleta: puede que no nos lleve a vestir el maillot amarillo pero el placer del paseo se incrementará a cada kilómetro.

Pero volviendo al gimnasio. Si a Woody Allen al escuchar a Wagner le entraban ganas de invadir Polonia: ¿qué energías no insuflará el agarrar las mancuernas para hacer un press militar al ritmo de la obertura de Los maestros cantores de Nüremberg? Si Blake Edwards nos enseñó en 10, la mujer perfecta que el Bolero de Ravel servía para hacer el amor ¿cuántas calorías no se quemarían a su ritmo en la elíptica?

 

Nicki Minaj, todo elegancia y distinción promoviendo la estética del gimnasio como fábrica de clones a mayor gloria de Mediaset y medios afines.

 

¿Acaso la Primavera de Vivaldi, la Pequeña Serenata Nocturna de Mozart o un vals de Strauss no se avienen mejor al cuerpo y al espíritu que el Black Flame Remix del Anaconda de Nicki Minaj para los sprints, escaladas y pedaleos suaves que exige el spinning? , ¿qué imprevistas conexiones neuronales se activarán al identificar el placer de la música clásica con la rutina de los ejercicios?

 

 

¿Qué relatos serán los idóneos para ejercitar glúteos y femorales? ¿y los más indicados para acompañar el peso libre en el press banca o en las sentadillas? ¿qué autores acompañarían mejor las superseries de peck deck? Se excluyen a Chuck Palahniuk o Murakami por demasiado obvios.

 

Al final al mirarse en el espejo para comprobar los resultados de tanto esfuerzo no se quedaría en un hueco acto narcisista; porque esos bíceps desarrollados serían la consecuencia tanto de las mancuernas como de los microrrelatos de Andrés Neuman; esa espalda musculosa no sería solo por las dominadas sino también por las reflexiones de Marco Aurelio; y esos abdominales bien definidos se habrían logrado al ritmo de la prosa de Ricardo Piglia. El equilibrio entre mente y cuerpo sería una realidad y ese bienestar que pregonan las revistas de tendencias algo más que un mero eslogan.

 

 

La malcasada de Luis Alberto de Cuenca

 

Me dices que Juan Luis no te comprende,

que sólo piensa en sus computadoras

y que no te hace caso por las noches.

Me dices que tus hijos no te sirven,

que sólo dan problemas, que se aburren

de todo y que estás harta de aguantarlos.

Me dices que tus padres están viejos,

que se han vuelto tacaños y egoístas

y ya no eres su reina como antes.

Me dices que has cumplido los cuarenta

y que no es fácil empezar de nuevo,

que los únicos hombres con que tratas

son colegas de Juan en IBM

y no te gustan los ejecutivos.

Y yo, ¿qué es lo que pinto en esta historia?

¿Qué quieres que haga yo? ¿Que mate a alguien?

¿Que dé un golpe de estado libertario?

Te quise como un loco. No lo niego.

Pero eso fue hace mucho, cuando el mundo

era una reluciente madrugada

que no quisiste compartir conmigo.

La nostalgia es un burdo pasatiempo.

Vuelve a ser la que fuiste. Ve a un gimnasio,

píntate más, alisa tus arrugas

y ponte ropa sexy, no seas tonta,

que a lo mejor Juan Luis vuelve a mimarte,

y tus hijos se van a un campamento,

y tus padres se mueren.

Del bodybook a la zumba poética: entrenamientos de biblioteca

 

El lapso entre la semana pasada y la presente en este blog es como el surco de un vinilo: sirve de pausa pero cuando empieza a sonar la siguiente pista el estribillo viene a ser el mismo. Cerrábamos con Nietzsche convertido en fetiche pop y abrimos con un cruce entre Nietzsche y Schwarzenegger gentileza del dibujante Godoy. Filosofía y fitness. Esa filosofía que se extirpa de los planes de estudio de los jóvenes, y ese fitness que triunfa entre los que aspiran al olimpo de algún reality de Telecinco.

En la Academia ateniense el cultivo de la mente y el cuerpo se complementaban en pos de un equilibrio. En las academias más concurridas de nuestro tiempo se preparan oposiciones para funcionario. Por eso la imagen halterófila del filósofo que reflexionó sobre el superhombre (el übermensch no el que vuela en pijama con capa) es la mejor entradilla para demostrar, aunque sea en este texto, que el cultivo de cuerpo y mente no son excluyentes, sino todo lo contrario.

Gimnasia para escritores de Eliza Clark

No sabemos el momento histórico exacto en el cual el cultivo de la mente y el cuerpo se deslindaron de tal manera: que el ejercicio físico y el intelectual parecieran casi antagónicos. Debió ser por la Edad Media con la demonización de la carne que trajo la Inquisición y la separación entre cuerpo y espíritu que tanto daño nos sigue haciendo. Pero lo cierto, es que entre el gymnasion griego, y el bodypump, el spinning, el bodybalance o la zumba de los gimnasios actuales: pocas similitudes se encuentran.

De ahí que la figura del intelectual siempre se asocie a un individuo de expresión interesante (si no fuma en pipa en la foto de la contraportada, que ya anda en desuso, sí al menos con gafas), para el que las cuestiones del ejercicio físico quedan muy lejos de sus intereses. Y como todo tópico, sólo hace falta repasar a algunos de las figuras literarias más relevantes, para que la figura de sedentarismo que se asocia a los escritores se desarme por completo.

El ejemplo más significativo, por actual, sería el de Murakami. El escritor japonés relaciona su gran afición por correr con la creación literaria en su obra: De qué hablo cuando hablo de correr. Para Murakami escribir es una labor física, y a la inversa, el ejercicio físico es algo espiritual. Si a lo largo de la historia no han sido pocos los creadores que han buscado abrir las puertas de su percepción a través de las drogas; el deporte, puede llegar a ser una mejor forma de abrir la mente a otros niveles.

Montaigne ya habló de la importancia del ejercicio físico, como parte indisociable del desarrollo personal. Y bien por seguir esta máxima, o por dar salida de manera física a tantos demonios internos: la relación entre los literatos y la práctica deportiva es más fecunda de lo que pudiera parecer.

Hemingway embelesado en lo macho que resultaba.

Jack Kerouac, atleta universitario.

Desde Hemingway que fiel a su exaltación de la virilidad se volcó en la práctica del boxeo; Julio Cortázar fue un aficionado al tenis; Milan Kundera rompió el estereotipo de intelectual enclenque al sumar a su ya de por sí envergadura física, la práctica del levantamiento de pesas; Jack Kerouac ganó una beca en la Universidad de Columbia para jugar al fútbol americano; o la mismísima Agatha Christie, fue pionera en practicar el surf en las playas de Ciudad del Cabo o Honolulu.

Claro que si hablamos del deporte rey, el asunto convoca a muchos más nombres (¡ojo! escritores que jugasen al fútbol, no que escribieran o les gustase, que eso daría para muchos capítulos) entre los más significativos estaría Albert Camus.

El autor de La peste o El extranjero, que de no ser por la tuberculosis que le atacó a los 17 años, estaba decidido a volcarse profesionalmente al deporte que era su pasión. Y del balompié extrajo muchas de las conclusiones morales y de comportamiento que conformaron el ideario ético que luego transmitió a través de sus obras.

Y tantos, y tantos otros literatos para los que el ejercicio creativo formaba y forma un todo con el físico, nutriéndose de ambos a la vez. ¿Cuándo se podrá de moda en los gimnasios el bodybook, o el reading en circuito, el pilates literario o la zumba poética? Más de uno nos abonaríamos a esas clases.

 

Sentadillas ilustradas con peso libre: el mejor ejercicio para tener unos glúteos firmes y una cabeza bien amueblada.

 

La mancuerna definitiva o el aprovechamiento infinito de los libros.

En el post De los walking dead a los walking readers: se hace camino al leer íbamos más allá del gremio literario a la hora de abordar las armoniosas relaciones que pueden establecerse entre ejercicio físico y mental. Pero, ¿y el gremio bibliotecario? ¿a qué dedica el tiempo libre?

Lo sentimos por dejar que se cuele esta cita a José Luis Perales pero, sobre todo, por no tener conocimiento de ningún estudio al respecto desarrollado por ANABAD, ni la IFLA, ni Fesabid. Tendremos que recurrir a otras fuentes, bueno más que a una fuente a un manantial: internet.

De bibliotecas que promueven el ejercicio tenemos el ejemplo magnífico de la Biblioteca de Castilla La Mancha que en cuestión de días celebrará su 5ª Carrera del Día del Libro y la 4ª Subida y bajada a los torreones de El Alcázar. Pero para demostrar que el gremio bibliotecario rompe una vez más con los estereotipos en que, pese a todo, se empeñan en confinarlo: nada como las bibliotecarias roller girls.

 

En nuestro ámbito la medalla de oro de bibliotecaria sobre ruedas (lleve puestos o no los patines) sería para Ana Ordás: que cuando no está gamificando aquí y allá ejerce como monitora de patinaje en Madrid. De celebrarse algún día unas olimpiadas bibliotecarias que incluyeran esta disciplina sin duda sería nuestra representante.

En los Estados Unidos donde está más extendido este movimiento de las derbrarians (cruce entre derbi y librarians) la última en organizar un Roller Derby femenino ha sido la Biblioteca Pública de Cumberland County (Carolina del Norte) el pasado 1 de abril.

Jessica Zucker, roller girl bajo el alias de Lápiz de labios bibliotecario.

 

No es pionera en esto de asociar ruedas y bibliotecas más allá de carritos portalibros o bibliobúses. Hace unos años la Biblioteca de Deschutes en Oregón llegó a ofrecer descuentos a través del carné de biblioteca para las participantes en el derbi de roller girls que promovieron; e incluso completaban la participación haciendo que las patinadoras promocionasen la lectura comentado sus libros favoritos.

No todo está perdido. El superhombre/ la supermujer de hoy día, para serlo, tiene que romper con las tradiciones, desmarcarse del rebaño, evitar el resentimiento: tal y como exigía el culturista Nietzsche a su superhombre. Para conseguir todo eso en nuestros días no existe mejor aliado que recurrir a la cultura y, por ende, a las bibliotecas. Y además según anuncian esos oráculos de nuestro tiempo que son las revistas de moda: se acerca la temida operación bikini. Ya no hay excusa para poner en práctica la filosofía & fitness.

Las bibliotecas son el nuevo rocanrol

 

En el álbum Periodo glaciar de Nicolas de Crécy tras una brutal glaciación la humanidad ha perdido toda memoria sobre cómo era la civilización de sus antepasados. Un grupo de arqueólogos e historiadores cruzan un desierto helado hasta encontrar un edificio prácticamente sepultado bajo el hielo. En dicho edificio les aguardan algunas de las mayores obras de arte de la historia que ellos sin referencias: intentan explicar según las teorías más peregrinas.

Desde la Gioconda a la Victoria de Samotracia, pasando por la Venus de Milo o La libertad guiando al pueblo: y es que el edificio en cuestión no es otro que el museo del Louvre. Algo que lógicamente estos habitantes del futuro desconocen por completo. Y como la realidad siempre imita a la ficción: precisamente acaba de anunciarse estos días que se pondrá en marcha el Archivo Mundial del Ártico. Un búnker subterráneo en un lugar del Ártico noruego en el que se almacenará la información de la humanidad: para que en caso de apocalipsis los futuros habitantes/visitantes sepan quienes fuimos.

 

 

Alessandro Baricco en su ensayo nos impelía a aceptar lo inevitable: el cambio de paradigma cultural. Pero no desde el desánimo sino desde la aceptación. Los jóvenes “bárbaros” siguen necesitando referentes.

Pero por el momento no hace falta proyectarse tan lejos: aquí y ahora, sin apocalipsis alguno de por medio (al menos mientras que a Trump o Kim Jong-un no se les vaya la pinza del todo): para muchos nativos digitales descifrar códigos culturales previos a la ‘glaciación’ de lo digital es tarea prácticamente imposible.

¿Vamos a empezar con otro rosario de quejas sobre el sistema educativo, la abulia de las nuevas generaciones o la decadencia de la cultura en nuestros días? Todo lo contrario en todo caso vamos a darles la razón, y no es por ir de enrollados (el propio uso de la palabra “enrollados” ya abre un abismo generacional más grande que el Cañón del Colorado) es porque: ¿quién es capaz de soportar sobre sus espaldas siglos de cultura y no sentirse aplastado? Tal vez por eso el nuevo orden cultural que se está instaurando parte de un reseteo que no se sabe dónde nos llevará.

En la magistral La peste de Camus el funcionario Joseph Grand aprovecha sus ratos libres para escribir la novela perfecta. Grand es ambicioso, quiere escribir una obra maestra absoluta en la que cada palabra encaje de tal manera que ningún lector sea capaz de imaginar elección más acertada. Grand quiere ser grande, tan grande como los idolatrados literatos a los que aspira a emular. ¿El resultado?: que no consigue pasar de la primera frase.

 

Lucía Joyce, la atormentada hija del genial autor del Ulises.

 

La terrible historia de Hildegart Rodríguez, el asfixiante peso de la herencia materna llevado al extremo.

¿Cuántos hijos de grandes figuras han vivido existencias miserables incapaces de escapar del ejemplo paralizante de sus progenitores? ¿cómo se reinventa el mundo cuando ya parece estar todo inventado? Pero hasta los más irreverentes saben, aunque sea de manera inconsciente, que necesitan referentes.

El instituto coruñés O Mosteirón (Sada) es uno de los centros que acogen al proyecto europeo CinEd, Gracias a este proyecto los adolescentes descubren el cine europeo a partir de una selección de títulos que incluyen filmes de cineastas  como Godard, Erice o Käurismaki.

Enfrentar a los jóvenes abducidos por los blockbusters frenéticos de Hollywood a la cadencia de las imágenes de clásicos como El espíritu de la colmena o Pierrot le fou: es todo un reto. Limpiarles la mirada para que sean capaces de reubicarse de manera crítica en relación con la cantidad ingente de imágenes que engullen cada día. Proyectos así son los que pueden crear más Europa que cien tratados de comercio juntos.

 

Discoteca silenciosa en la Powell Library (Universidad de California) en 2013: bailar al son de una misma música compartida a través de los auriculares. Es música disco (el anatema del rock) pero es que aquí huimos de lo purista.

 

Ahora solo falta que se pongan en marcha programas similares que recuperen/integren la música, la filosofía, el cine, las artes plásticas, el cómic, la televisión (¿acaso no hay que desarrollar su espíritu crítico hacia lo que les es más inmediato?). Y mientras eso llega: ¿qué están haciendo las bibliotecas?

La mayoría de bibliotecas distinguen entre zonas infantiles/juveniles (de bebés a 14 años) y a partir de ahí zonas adultas. Pero esas segmentaciones de su oferta puede que estén más cuestionadas que nunca. Un reciente artículo de El País sostenía que los niños sí leen, al menos hasta los 13 años. Y ¿después? ¿es necesario caer enamorados de la moda juvenil, de los chicos, de las chicas, de los maniquís…?  El eterno reto bibliotecario que los tiempos están haciendo más perentorio que nunca.

 

Las adaptaciones a formato manga de grandes obras del pensamiento y la literatura de la editorial Herder.

 

Plataformas como eFilm permiten programar ciclos como los que TVE emitía hace décadas y que ayudaron a la formación cinéfila de tantos y tantos telespectadores. Y no solo cine, al incluir documentales, obras de teatro, series, conciertos, programas de televisión, etc… será posible seleccionar contenidos para diseñar acciones formativas desde las bibliotecas.

El libro Los nativos digitales no existen: cómo educar a tus hijos para un mundo digital ha puesto sobre el teclado la orfandad digital en la que viven los jóvenes pese a estar todo el día conectados. Si la educación sexual no se delega en la pornografía: ¿por qué para algo tan trascendental en sus vidas como es la tecnología no se planifica su aprendizaje?

En las bibliotecas escocesas se han puesto en funcionamiento hace poco los Clubes de Código: unos talleres para que niños y jóvenes a partir de los nueve años aprendan a programar y manejarse con las nuevas tecnologías.

 

 

Las bibliotecas no pueden, ni deben, asumir los objetivos de un centro educativo: pero sí que pueden aprovechar esos déficits a su favor. Si entre los mandamientos del Manifiesto de la UNESCO se incluía promover la autoeducación: los tiempos lo están poniendo aún más fácil. Y esto implica, en nuestros días, el hacer liviano ese peso de la herencia cultural que recae sobre los hombros de las nuevas generaciones.

¿La cultura tipo Reader’s Digest como nuevo canon bibliotecario? No nos pongamos apocalípticos. Más bien un concepto de cultura tan abierto, plural, desprejuiciado, permeable, contaminado y mutante como el que exigen unas generaciones que, como todas, lo único que pretenden es encontrar un discurso que hacer suyo.

La revolución empezará en la biblioteca

 

 

“No es saludable estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma”

Jiddu Krishnamurti

 

Entre 1904 a 1906 Winsor MCcay publicó la tira dedicada a Little Sammy Sneeze en el New York Herald. El estornudo del pequeño Sammy resultaba subversivo en su inocencia: era el grito huracanado e irrefrenable de un arte que aspiraba a romper la claustrofobia de las viñetas para volar libre y surrealista. Entonces llegaron los superhéroes con sus estéticas, entre ridículas y fascistas, y confinaron a lo que hoy se entiende como novela gráfica en los estrechos márgenes industriales de los comic books (o cómics de grapa).

Pero no vamos a hablar de cómics aquí, aunque lo parezca, en realidad de lo que queremos hablar es de libertad de expresión. Y concretamente de libertad de expresión en bibliotecas. Ya desgranamos casos reales de intentos de censura en Acróbatas del tejuelo; y aquí en cierto modo damos una vuelta de tuerca de nuevo al asunto.

Hace pocos días saltaba la noticia de que la Biblioteca Pública de Nueva York expondrá los archivos de Lou Reed. Como dijo su viuda la compositora Laurie Anderson resultaba de lo más lógico que la memoria de Reed quedase en una institución como la biblioteca y en mitad de la ciudad que tan intensamente vivió.

¿Pero habría sido algo así posible en los años en que vieron la luz canciones como Heroin, Venus in furs o incluso su éxito más reconocible por las masas: Take a walk on the wild side? ¿no se habrían elevado muchas voces denunciando que cantos a las drogas, el sadomasoquismo o la transexualidad no deberían albergarse entre las respetables paredes de una biblioteca?

Es cierto que el tiempo desactiva la carga explosiva de muchos productos culturales que en su día escandalizaron.  Pero también es cierto que como repite Pedro Almodóvar últimamente: sus películas levantarían aún más ampollas en estos tiempos que en los 80 en las que nacieron. Mirándolo bien estamos de enhorabuena: la exacerbada corrección política que todo lo ahoga está creando un caldo de cultivo de lo más fecundo para el éxito de la irreverencia.

En otros tiempos eran los artistas los que hacía uso de la irreverencia para arraigar sus discursos creativos en la sociedad. Ahora en cambio son personajes tan groseros como Trump los que triunfan gracias a que tanta gente se la coja con papel de fumar por miedo a pisar algún callo (el reciente artículo de Alfredo Álamo en Lecturalia sobre los “lectores de sensibilidad”  ponía los pelos de punta). Puede que estemos en los albores de movimientos que, como el punk en los 70, sacudan el vertiginoso en las formas, pero amuermante en los contenidos: panorama de este mundo hiperconectado. Una señal clara provendría del auge de fenómenos culturales alternativos como son los fanzines.

 

El reciente artículo publicado en Tentaciones de El País: ¿Por qué el fanzine vuelve locos a los nativos digitales? describía el auge de este tipo de publicación vocacionalmente marginal, underground, grosera y gratuitamente procaz entre las nuevas generaciones. Lo que fue un arma contracultural cuando no existían las redes sociales, ni el WhatsApp, ni siquiera el correo electrónico: está viviendo una posible segunda, tercera o cuarta edad de oro paralelamente al boom de la lectura digital. Y ¿cómo no? las bibliotecas están ahí.

En algunas de ellas se está haciendo un hueco cada vez más señalizado al fanzine. Bien de estraperlo entre las cada vez más numerosas secciones dedicadas al cómic y la ilustración; o directamente reclamando el sufijo -teca que tantos otros soportes, antes que ellos, se han ido adhiriendo. ¿Pero no puede ser un contrasentido que algo tan independiente, auto gestionado y crítico con el sistema se integre entre los respetables muros burgueses de una biblioteca? Cuenta atrás para el primer titular sobre la denuncia de un indignado ciudadano contra una biblioteca por tener una sección de Fanzinoteca.

El libro de Rafa Cervera sobre uno de los fanzines más célebres de la movida madrileña de los 80: Estricnina

Pero en realidad esto no sería nada sorprendente. Los que deberían, tal vez, estar más inquietos son los propios fanzinerosos.

¿Se puede preservar el vitriolo grapado que transportan algunos fanzines dentro de instituciones que dependen de políticos que sostienen al sistema que critican? ¿No actúan las bibliotecas como el vampírico señor Burns de Los Simpson: frotándose las manos ante la sangre fresca de esa juventud inquieta y creativa que puede asegurarles un poco más de vida?

Tan exagerado suena una cosa como la otra, pero hablando de fanzines: lo suyo es irse a los extremos para conseguir un retrato bastante realista de la situación.

 

Muro de la Biblioteca Central de Bristol en el que se conserva una intervención de Banksy. La frase sonriente que aprovecha las dos salidas de ventilación como ojos para proclamar que: “no necesitas pedir permiso para construir castillos en el aire”

Hace también unos días se inauguraba, junto al muro que Israel ha construido en Cisjordania, un hotel decorado por el artista urbano más famoso del planeta: Banksy. El que ya se conoce como el hotel con peores vistas del mundo es el último proyecto del misterioso grafitero que lleva años lanzando sus andanadas contra el sistema en forma de perfomances urbanas.

Pero no solo eso, Banksy es quizás el que ha puesto de manera más evidente sobre la mesa la eterna cuestión de si un movimiento artístico que nace para rebelarse puede integrarse en las instituciones. Su ya mítico documental Exit through the gift shop, además de divertido: planteaba la cuestión más peliaguda de todas: ¿hay un momento en que hay que dejar el underground y aspirar a la…

Así escrito, bien escandaloso y de sospechoso color marrón. El que te respeten está muy bien hasta que deja de estarlo. Cuando el respeto es un eufemismo para camuflar la falta de deseo puede resultar de lo más frustrante; y en este sentido las bibliotecas no quieren ser respetadas, es más, necesitan que les falten al respeto cada vez más. Que las intervengan, las cuestionen, las reinterpreten, las invadan, las revivan, las sacudan: en definitiva que alejen de ellas esa respetabilidad de damas decimonónicas con que algunos políticos las siguen imaginando. Esos responsables políticos que en cambio, sistemáticamente, les faltan groseramente al respeto, les hacen bulliying: recortándoles presupuesto, personal, horarios o actividades.

 

Fanzines literarios: porque no solo de gore, procacidades y escatologías vive el mundo fanzinero.

 

No es un fanzine: es el libro en el cual el profesor de Harvard Mark H. Moore presentaba en sociedad su concepto del “valor público”.

A mediados de la década pasada el concepto de “valor público” se abrió paso entre los planteamientos de los laboristas ingleses cuando buscaban formas de mejorar los servicios públicos de su país.

Provenía del libro del profesor Mark Moore, de la Universidad de Harvard, titulado: Creando valor público. En esa obra el profesor de Harvard defendía la necesidad de que los funcionarios creasen “valor público” con su trabajo. Frente a la idea de que los trabajadores públicos están supeditados a los designios del  político de turno, debían preservar su independencia como garantes de las instituciones y desafiar los fines de la política. Ahí es nada.

Pero no deja de ser cierto: los cargos políticos pasan; los trabajadores públicos, con plaza fija, quedan. Y Moore puso como ejemplo perfecto la labor que desarrollaban algunos bibliotecarios para mejorar sus servicios.

Eso fue justo antes de que llegase la crisis y arrasase con todo (bibliotecas incluidas). Pero el germen de la idea del profesor Moore no se desvaneció, germinó en cierto modo, en las posteriores revueltas ciudadanas contra el cierre de bibliotecas en tierras inglesas. El espíritu iconoclasta e inconformista  de los fanzines no anda tan lejos de los ánimos reivindicativos que el activismo bibliotecario ha promovido en el mundo anglosajón.

En el fantástico cómic Los viejos hornos: jubilados terroristas y jóvenes antisistema okupan una residencia aristócrata en el centro de París desde la que planifican la revolución.

Si algo se puede aprender de todo esto es que la mejor manera de reformar el sistema es desde dentro. Hacen falta pequeñas palancas que desplacen milímetro a milímetro el tonelaje de unos servicios públicos amenazados. Pensar que unas endebles publicaciones con grapas, fotocopiadas y muchas veces mal impresas puedan cambiar algo: suena de lo más naïf. Pero ¿cuántas revueltas recurrieron a los pasquines y los libelos para propagarse?

Puede que Do it yourself (Hazlo tú mismo) sea el lema punki que inspira el movimiento fanzineroso, pero pocos profesionales públicos están más capacitados para interiorizar su significado que los bibliotecarios. Es el mantra que se repiten día a día al acometer sus tareas.

Los Depeche Mode se preguntan en su último single Where’s the revolution?   Aquí lo tenemos claro, si la revolución llega empezará en una biblioteca.

Dibujo explicativo del autor de cómics y fanzines Magius

Canción de cuna para una biblioteca

 

En Biblioteca yé-yé (de lo typical spanish en bibliotecas) indagábamos en busca de lo que se podría denominar como genuinamente español en el mundo de las bibliotecas. Se trataba de buscar una respuesta a la pregunta de si nuestro país había aportado algo original al mundo de la biblioteconomía. Y hasta donde fuimos capaces de llegar nos topamos con que esa aportación se centraba en un invento franquista como fueron las denominadas casas de la cultura. Una creación de lo más recuperable como opción de futuro en el siglo XXI.

Pero no hemos venido aquí ha hablar de pantanos (por aquello de mentar otro lugar común esgrimido por quienes quieren buscarle algo positivo al periodo dictatorial) o casas de la cultura. Estamos aquí para hablar de otro invento netamente español susceptible de exportarse al mundo bibliotecario global: la siesta.

 

 

Es un clásico en los medios (sobre todo en verano) hablar de inventos, a ser posible en Japón, en los que costumbres patrias arraigan en latitudes lejanas. La siesta es ya un clásico en ese sentido, y en el caso de las bibliotecas no iba a ser menos. Pero no hace falta irse hasta Japón, mucho más cerca, en la vecina Francia: habilitan las bibliotecas para que los estudiantes puedan desconectar durmiendo plácidamente y luego retomar el estudio con ánimos renovados.

Concretamente en la biblioteca de la Facultad de Medicina de la Universidad de Saint-Étienne es donde han habilitado un confortable cuarto de aires orientales (las Mil y una noches lo llaman) en el que los futuros médicos pueden experimentar los efectos reparadores de dar una cabezada.

 

 

No hemos hecho un estudio al respecto pero nos atrevemos a aventurar que en más de una biblioteca de nuestro país: el silencio de sus salas se habrá visto alterado, alguna vez, por un leve sonido, difícil de distinguir al principio, pero que finalmente ha desvelado su contundente naturaleza de ronquido con el consiguiente coro de risitas y murmullos alrededor.

Dicen que nunca se debe despertar a un sonámbulo cuando camina despierto, y ¿a un usuario de biblioteca cuando, con un libro acunado en su regazo, está dando una cabezada? Tampoco debería importunársele; puede que esté soñando con lo que ha leído y haciendo que germine en su cerebro. Por si acaso en la Universidad francesa entre las recomendaciones que regulan el uso de dicha sala se incluye la recomendación/exhortación de que las siestas no vayan más allá de unos 20 minutos. ¿Nos imaginamos salas así en nuestras bibliotecas?

 

En la mítica librería parisina Shakespeare & Co. son célebres sus residencias para escritores (tumbleweed se les denomina). Los afortunados con una de esas residencias pueden dormir en la propia librería.

 

Si queremos que nuestras bibliotecas se conviertan en el cuarto de estar de nuestras ciudades: tendremos que sopesar seriamente lo oportuno de servicios así. Sobre lo que no hay que pensar mucho es sobre la idoneidad de contar con otro espacio que en cierto modo también llama a la relajación y a los dulces sueños: las bebetecas.

No vamos a repasar aquí los numerosos estudios que glosan los beneficios de leerles a los niños desde bebés. Sólo atendiendo a los resultados del estudio que en 2014 publicó la Academia Americana de Pediatría: quedan claros los efectos que produce el familiarizar a los bebés con la lectura a través de las narraciones orales.

El estudio se centró en registrar, mediante resonancia magnética, la actividad cerebral de niños de 3 a 5 años mientras escuchaban relatos para su edad. Según los datos registrados los niños a los que sus padres les leían cuentos presentaban una mayor activación de la región del hemisferio izquierdo del cerebro que regula la integración multisensorial.

 

 

La bibliotecaria infantil estadounidense Debra J. Knoll publicó un libro el pasado año (Engaging Babies in the Library: Putting Theory Into Practice – ALA Editions) sobre la puesta en marcha de servicios de estas características en las bibliotecas. De entre los consejos que proporciona, los que resultan más adaptables y factibles en casi cualquier biblioteca, sea cual sea su tamaño, destacan dos:

  • Establecer acuerdos de colaboración con las unidades de maternidad de los hospitales cercanos.
  • Crear programas y actividades de interés para los padres y cuidadores. En este sentido asesorar a las parejas que vayan a ser padres proveyéndoles de material y actividades de interés.

No basta con dotar de libros-almohada, libros para la hora del baño, mullidos cojines, colores alegres y decoraciones acogedoras a la Bebeteca. Si realmente se está buscando fomentar la lectura desde la cuna: lo propio sería recibir a cada nuevo inquilino de este planeta con un libro cerca. Y quien dice un libro, dice una biblioteca.

 

En 2014 el saloncito vintage que crearon en la Biblioteca Regional de Murcia dio pie a situaciones tan especiales como las de esta foto. Begoña, que así se llama la orgullosa usuaria, posó embarazada y, meses después, lo volvió a hacer al ir a dar de alta a su bebé como usuario de la biblioteca.

 

Hace unos días el Ayuntamiento cántabro de Los Corrales de Buelna (Torrelavega), en colaboración con la Biblioteca Municipal, repartía libros de tela y el carné de la biblioteca a cada uno de los recién nacidos en la localidad durante los últimos seis meses. En total, durante el 2016, han sido cuarenta y dos los niños que han recibido este regalo de bienvenida al mundo. Aunque en esto de tener carné de biblioteca por el simple hecho de nacer los más ambiciosos fueron los escoceses que hace dos años presentaron un proyecto de ley por el que todo recién nacido tendría carné de biblioteca. ¿Se habrá hecho realidad?

Tal vez si más administraciones copiasen esta idea se pondría algo de freno al progresivo acoso y derribo al que está sometido la infancia en esta época. Un simple carné de biblioteca poco puede hacer por los niños que sobreviven en zonas de hambrunas y guerras; pero igual sí que serviría para frenar la indecente explotación que de la infancia se hace en los medios en nuestro entorno más cercano.

 

Susan Sarandon y Jessica Lange en la reciente producción televisiva Feud: en la que recrean la tormentosa relación entre Bette Davis y Joan Crawford durante el rodaje del clásico ¿Qué fue de Baby Jane?

 

El delicioso cómic sobre la vida de Joselito, el pequeño ruiseñor: un auténtico despliegue de inventiva visual al servicio de la atípica vida del niño prodigio.

No hemos tomado en vano el título de la película de Robert Aldrich: Canción de cuna para un cadáver (1964) para este post. Que nadie piense que estamos equiparando a la biblioteca con un cadáver, todo lo contrario. En este caso la biblioteca, estando presente desde la cuna, lo que hace es poner freno a ese adiestramiento de los niños en el exhibicionismo sentimental, y en la competitividad que exige la sociedad del espectáculo.

La protagonista de la película de Aldrich era la maravillosa Bette Davis, su alicaída carrera en los 60 revivió gracias al éxito de la previa ¿Qué fue de Baby Jane? (1962): en la que representaba, como solo ella podía hacerlo, la espeluznante decadencia de una antigua niña prodigio. En las bibliotecas no queremos niños prodigio, queremos niños, sin más. Que sueñen, que duerman, que las vivan, que las disfruten, que las carguen de futuro. Que las bibliotecas actúen de frontera contra esa mercantilización que de la infancia se está haciendo.

Porque por mucho que nos guste la nana siniestra de The Cure con la que ambientamos el post: la infancia puede que no sea un paraíso, pero tampoco tiene porque ser el principio de un mundo tan estandarizado que termine en pesadilla.

 

 

CDU para bibliotecarios inconformistas

Este post es un ejemplo de endogamia bloguera y por lo tanto puede que nazca tarado desde el principio. Pero como la endogamia no ha sido impedimento para que estirpes de reyes sean absueltas: confiemos en que al final la absolución también sea aplicable en este caso.

Sus referentes son obvios: de Estadística creativa para bibliotecarios soñadores toma la vuelta de tuerca a un clásico bibliotecario basado en las matemáticas: si allí fue la estadística aquí es la Clasificación Decimal Universal (CDU para los colegas); y de 50 sombras bibliotecarias retoma y profundiza en un trampantojo bibliotecario en forma de nuevo reto: el de #crucedeportadas.

 

¿Y si la CDU escondiese un sistema para organizar un nuevo orden mundial? #crucedeportadas #trampantojobibliotecario

 

Pero vayamos por partes que para eso estamos hablando de sistemas de clasificación. Hace unos días Sofía Moller presentaba en Bibliogtecarios, su proyecto final de grado en Información y Documentación que busca salvar las rigideces que presenta la CDU como sistema de organización de colecciones en las bibliotecas. Su propuesta de organización por ámbitos temáticos resulta de lo más interesante y vuelve a poner en cuestión la amigabilidad de la CDU de cara al usuario.

La sombra de Dewey (Otlet y La Fontaine mediante) ha sido alargada y provechosa desde el siglo XIX en el mundo de las bibliotecas.

Con justo sentido reivindicativo y reparador por las injusticias que contra ellos se cometieron: se habla mucho de lo que internet y la sociedad de la información le deben a figuras como Alan Turing o Nikola Tesla. Pero tampoco estaría de más hacerle un hueco a Dewey, Otlet y La Fontaine en esos reconocimientos.

Hace año y medio Google hizo un homenaje en forma de doodle a lo visionarios que fueron estos dos últimos con motivo de los 120 años de su ambicioso Mundaneum. Es justo, por tanto, reclamar también ese estatus de estrellas del rock que le están otorgando a Turing o Tesla para estos audaces profesionales de la información.

 

El doodle de Google dedicado a Paul Otlet y su proyecto de Mundaneum

 

Como declaró el cineasta Michael Moore a raíz del movimiento bibliotecario que a principios de este siglo se opuso a la censura de sus libros en los Estados Unidos:

“Mucha gente los ve (a los bibliotecarios) como ratoncitos maniáticos obsesionados con imponer silencio a todo el mundo, pero en realidad lo hacen porque están concentrados tramando la revolución a la chita callando”

Cartel para un centro de interés sobre novela gráfica


¿Y qué otra cosa hizo Dewey sino ordenar el mundo para facilitar que la información se pudiera compartir? A nadie se le ocurriría negar el impecable servicio que su clasificación, o la CDU, llevan prestando desde hace décadas en las bibliotecas. Pero puede que ahora ese mundo que aspiraba a ordenar Dewey sea más difícil que nunca de clasificar.


Sofía Moller con su organización por ámbitos temáticos se suma a las alternativas que, cada cierto tiempo, desabrochan un corchete más del ceñido corsé con que la CDU alinea el mundo bibliotecario.

La Dewey-free clasification, como una teología de la liberación organizativa, se desarrolló a partir de los 80 como un primer paso hacia la liberación de los dogmas numéricos; y desde entonces ha sido un no parar de centros de interés que han surgido, aquí y allá, como una manera hacer más amables las colecciones de cara a los usuarios.

 

Iconos para la ordenación de los fondos del sistema Metis

 

¿Tiene la clasificación Dewey los días contados? se preguntaban hace cinco años en el School Library Journal


¿Tiene la clasificación de Dewey los días contados? (¿y la CDU? añadimos nosotros). Se preguntaban ya en 2012 en la portada de la publicación especializada School Library Journal. No creemos que el recorrido del invento de Dewey ni de su remake europeo de la CDU esté totalmente agotado, pero si es cierto que los tiempos han cambiado y el mundo necesita que alguien los vuelva a narrar/organizar. ¿Tiene algún sentido que la notación de la CDU siga visualizándose para los usuarios en los registros de algunos opacweb? Precisamente en ese número de School Library Journal se hablaba de Metis, la clasificación post-Dewey que la biblioteca de la Ethical Cultura Fieldston School de Nueva York había desarrollado para simplificar la localización de sus fondos.

 

Dewey siendo adelantado por las nuevas clasificaciones bibliotecarias

 

No sabemos si es la reinvención o la jubilación lo que se cierne sobre la CDU pero no va a ser este post el que la ejecute. Precisamente ahora que muchos hablan de cambiar el mundo pero aspiran a hacerlo con moldes muy viejos: es el momento de explotar el poder que a la chita callando como decía Moore, poseen los bibliotecarios a la hora de hacer la revolución

Fue allá por 2013 que surgió la noticia de que una biblioteca australiana había cambiado los libros sobre el ciclista Lance Armstrong de la sección de deportes a la de ficción: a raíz del escándalo de su dopaje. Al final la noticia resultó ser falsa, pero no nos vamos a poner exquisitos en plena era de la posverdad: la noticia ilustraba muy bien el poder que los bibliotecarios poseen a la hora de poner las cosas en su sitio. “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad” que le decía su tío a Spiderman. Pero ¿qué pasaría si los bibliotecarios se tomaran la justicia por su mano?

 

Hay otros métodos de repartir justicia desde las bibliotecas

 

No, no nos referimos al meme de Chuck Norris, ni al clásico Conan the librarian: hablamos de otro tipo de justicia, de una justicia poético-bibliotecaria a través de la cual los profesionales de las bibliotecas se tomasen la revancha.

La CDU como instrumento de disidencia, como discurso contestatario que provocase estanterías alteradas y por ende: un nuevo orden ¿mundial? ¿serán los bibliotecarios los illuminati de la cultura?

Así por ejemplo, los demandados libros de autoayuda que ahora ocupan el 159 correspondiente a psicología migrarían al 29 de movimientos espirituales modernos: por esa pseudomística que roza el batiburrillo ideológico de algunas sectas. Desde luego en el 1 de filosofía no conseguirían infiltrarse ni de tapadillo: Sócrates, Aristóteles, Platón, Nietzsche, Heidegger, Schopenhauer o Savater los echarían a patadas por las noches.

A algunos de los títulos de los economistas más prestigiosos que jugaron a profetas de la última crisis se les desterraría desde el 33 de economía, que habitan habitualmente, al 133 de ciencias ocultas; o también al 64 de economía doméstica en el que igual aprendían valiosas lecciones de las amas de casa.

 

¿Las predicciones del prestigioso economista Greenspan compartiendo estantería con las visiones de Aleister Crowley? Sus profecías fallidas les hermanan en el nuevo orden mundial bibliotecario.

Los libros sobre arte y artistas contemporáneos tipo Damien Hirst o Jeff Koons: ¿no deberían abandonar el 73 de artes plásticas para pasar al 793 donde se clasifica el ilusionismo; o al 658 de técnicas comerciales?

Los dedicados a las nuevas estrellas del firmamento pop ¿deberían mudarse del 78 también al 658 de marketing? o ¿los escritos por personajes del papel cuché, influencers o youtubers del 929 de biografías (o del número en el que estén) al 008 de civilización, cultura y progreso: dado que son el testimonio más fiable de hacia dónde ha evolucionado nuestra cultura?

El libro de selfies de Kim Kardashian.

 

Podríamos continuar hasta alterar todas las estanterías pero mejor dejarlo aquí. Aún no queremos terminar de perfilar este nuevo orden mundial bibliotecario que tantas alegrías puede darnos.

Quedan materias muy jugosas, como el 32 correspondiente a política, pero es tan amplio el abanico de números que se nos ocurren dónde podríamos reubicarla que mejor lo dejamos a la imaginación de cada uno. ¿Y el 4? ¿qué hacer con ese agujero negro en  mitad de las estanterías¿ qué ha de surgir para que se llene ese vacío? ¿estará en el 4 el Aleph de Borges? Que cada uno haga sus cábalas, y que cada cual se ordene el mundo y lo haga, como dice la canción: a su manera. Pero mientras, ¿y tú? ¿a qué o a quién le aplicarías un poco de justicia poético-bibliotecaria?

 

Sid Vicious – My Way (version by Gary Oldman from the movie Sid & Nancy) from Max Pirovano on Vimeo.