Bibliotecas, librerías y otros comercios de proximidad

 

Tal vez será nuestra tradición católica que nos hace más pudorosos en eso del mercadeo en según que asuntos. Y pese a la herencia fenicia de nuestro pasado no podemos compararnos a los anglosajones cuyo calvinismo les exime de toda culpa a la hora de convertir en objeto de consumo lo que sea.

El caso que en nuestro país lo de unir instituciones culturales y comercio no termina de estar bien visto. En contraste el concepto de industrias culturales se ha implantado sin problemas: pero persiste una cierta idealización de la cultura que choca con que, por otro lado, seamos de los países con más piratería de contenidos culturales.

 

La tienda compacta de la Biblioteca Pública de Seattle.

 

Por eso atendiendo a nuestro negociado, el de las bibliotecas, no es habitual que una biblioteca tenga una tienda como sí pasa en los museos u otro tipo de centros culturales. En la BNE, es una librería la que cumple esta función, pero lejos del merchandising que explotan en los citados museos. ¿Será que hay que mantener a los mercaderes fuera del templo? No decimos ni que sí, ni que no: pero no deja de ser una pena por partida doble. Por un lado por la asociación de biblioteca con templo (inmovilismo) y, sobre todo, porque sería un alivio presupuestario contar con algo de calderilla si esos ingresos revierten en la propia biblioteca. En cambio en el mundo anglosajón bibliotecario ni se lo plantean: y ya están con la campaña de Navidad como si de unos grandes almacenes se tratase.

 

La tienda de la Biblioteca Pública de Seattle abierta.

 

Gemelos inspirados en Hamlet.

En la tienda online de la British Library ya han colgado los adornos para esta próxima Navidad. Y como fetichistas culturales que somos no podemos dejar de echar un ojo a su escaparate para maravillarnos/horrorizarnos con algunas de sus propuestas en forma de souvenirs. En algunos casos lo de que se comercie con la cultura en bibliotecas no está mal visto por el hecho en sí de comerciar, sino por las afrentas estéticas que ofrecen en forma de homenajes a los libros. Pero es que estamos hablando de un país en el que lo más distinguido se da la mano con lo más hortera: sin que nada altere lo más mínimo su famosa flema británica.

 

Jersey bibliotecario solo para valientes.

Para tu yo futuro: escríbetelas ahora, léelas en el futuro.

Kit personal de biblioteca: el kit definitivo para ser bibliotecario a la antigua usanza. Esto lo ponen a la venta en Toys”R”us y se agotan.

 

Este modelo de camiseta no la venden en la tienda de la British Library, sino en la de Nueva York, pero no gusta tanto que no podíamos dejar de ponerla.

Las bibliotecas deben inmiscuirse en su comunidad: es una exigencia básica que toda biblioteca que aspire a perdurar debe cumplir. Pero lo bibliotecario tiene muchos modos y formas de entrometerse en la vida comercial de sus comunidades.

Ya hemos hablado, en otros posts, de la iniciativa que las autoridades de Costa de Marfil pusieron en práctica, hace unos años, de llevar libros a las peluquerías y salones de belleza para fomentar la alfabetización de las mujeres. Pero si la práctica puesta en marcha en la ciudad alemana de Bad Sooden-Allendorf prospera: puede que dentro de poco en las librerías y bibliotecas, en vez del olor a libro, que tan poéticamente embelesa los sentidos del letraherido: sea el aroma de unos buenos embutidos lo que termine por seducir a la clientela en pleno auge del veganismo.

 

Las leyendas bibliófilas más morbosas siempre han hablado de los libros encuadernados con piel humana. Según el gran bibliófilo George Holbrook Jackson el tacto, en caso de ser cierta esta leyenda, sería similar a la piel de cerdo. En el caso de este libro forrado de jamón serrano (cual Lady Gaga en una entrega de premios) faltaría saber si es de pata negra el jamón, y sobre todo, el contenido.

 

Todos estamos obligados a innovar y reinventarnos. Si las bibliotecas se reconvierten en bares en Inglaterra, y hasta en cabarés, en la librería Frühauf de la citada ciudad alemana el crossover bibliotecario fue primero con una panadería, y ahora como no podía ser de otro modo en Alemania, es con una carnicería.

El eslogan de la estupenda librería La Casquería (en el mercado madrileño de San Fernando): “un libro debe fabricarse como un reloj y venderse como un salchichón” se ajusta como un guante a la propuesta de la librería alemana. ¿Qué será lo siguiente? El caso es que la idea surgió más de la necesidad que de un afán por unir salchichas y libros.

 

 

La familia propietaria de la librería, durante más de un siglo, estaba asistiendo al progresivo cierre de comercios en la plaza del mercado en la que se encuentra ubicada. El cierre de la panadería fue un mazazo para los vecinos de esta población de marcado carácter rural, muchos de avanzada edad, que se vieron desabastecidos de repente de uno de los comercios de proximidad que más comunidad ayudan a crear. Los propietarios de la librería lo tuvieron claro: y sin pensarlo un momento, hicieron hueco entre las estanterías de libros para poder ofrecer también pan.

Como relata ‘The New York Times‘ la iniciativa fue todo un éxito. Tanto es así que el panadero pudo salvar su trabajo, aunque no tuviese un establecimiento propio, pero sí un punto de venta de lo más peculiar: una librería.

Cartel anunciando la librería-ultramarinos. Fotografía de Gordon Welters para The New York Times.

La cosa fue yendo a más y el propietario de la librería ha terminado habilitando un espacio gourmet con productos alimenticios de la zona: y así tanto vende el último de libro de Carmen Korn (cuya trilogía Zeiten des Aufbruchs lleva miles de copias vendidas en Alemania) o una exquisita salchicha o embutido local.

Una iniciativa muy celebrada desde la Asociación Alemana de Ciudades y Municipios que han visto, como en las últimas décadas: poblaciones rurales y pequeños comunidades, se veían comercialmente asfixiadas por las grandes superficies. De este modo se consigue mantener ese comercio de proximidad que cohesiona los barrios y favorece las relaciones vecinales. Al autismo digital al que quieren abocarnos las nuevas tecnologías le salen resistencias por todas partes.

 

La recién estrenada adaptación de la novela de Mary Ann Shafer y Annie Barrows: sigue un poco la estela de ‘La librería’ de Coixet en lo que se refiere a unir mundo rural y libros. Lo único que nos inquieta de este recrearse en el amor por la lectura en entrañables comunidades es su adscripción al pasado. 

 

Pero si hay alguien que está al tanto de las evoluciones del mundo de las librerías y la cultura, dentro y fuera de nuestro país, es Txetxu Barandiarán. Bien como codirector de la revista ‘Texturas’, en su trabajo como consultor para pymes e instituciones del sector del libro, o como bloguero en su siempre interesante blog ‘Cambiando de tercio’: si se quiere saber cómo respira el mundo de las librerías se hará bien en seguirlo en las redes. Eso es lo que hacemos en Infobibliotecas y, por ello, rescatamos un fragmento de las impresiones que Barandiarán recogió en su viaje por tierras mexicanas en su post Librerías en proceso de reinvención constante. Concretamente las ideas que han puesto en marcha en la Librería del Ermitaño de la capital mexicana:

 

“Desde un principio supimos que como librería independiente de barrio dedicada al 100% a la venta exclusiva de libros no la íbamos a hacer. Incorporamos por tanto el servicio de cafetería […] decidimos hacer un nuevo esfuerzo y convertir la librería en un espacio que provea al pequeño consumidor, además de libros, de toda la gama de servicios que de manera conjunta ofrecemos: impresión, encuadernación artesanal e impresión en gran formato (plotter). […]  Incorporaremos artículos de particular interés para esas comunidades especializadas cercanas a nosotros.”

 

Cartel para el Día de las librerías 2018 que sugiere otro posible crossover librero entre librería y floristería.

 

Todos estos cruces, injertos, crossovers (sí otra vez el dichoso anglicismo) sirven sobre todo para desacralizar la cultura, desvestirla de esa solemnidad que muchas veces la ha alejado de determinados públicos. El aura del que hablaba Walter Benjamin ya es irrecuperable. Pero siempre habrá formas de convertir un objeto cultural en uno de consumo sin por ello degradarlo, desvirtuarlo. Una vez que críticos e intelectuales han perdido el peso que tenían antes: el gusto del consumidor marca la diferencia sea en libros, salchichas o panes. Y ese criterio de buen consumidor se ejercita en muchos más sitios que antes, pero hay uno que resiste y persiste: el supermercado de la cultura que librerías y bibliotecas, pese a todo, siguen representando. Y escuchando la locución del vídeo con el que cerramos no hay más que dejarse llevar y deambular por entre las estanterías. Señores clientes les damos la bienvenida a…

 

 

Biblioteca insecticida

 

La actualidad bibliotecaria engarza posts en este blog como en un rosario o en un collar de perlas (según se prefiera). Si en el que precede, cerrábamos con Barbara Gordon, alias Batwoman, como bibliotecaria superheroína en los 60: este se abre con murciélagos como si de una nueva aventura del hombre ídem se tratase. Pero aún hay más. Curiosamente se nos cruza por las redes esta foto de una Batwoman de 1905. Una asombrosa antepasada del misterioso superhéroe creado por Bob Kane y Bill Finger en 1939. Pero pese a lo que pueda parecer no vamos a hablar de superhéroes otra vez en este post: pero sí de murciélagos e insectos.

 

Sorprendente antecesora de Batman en 1905 que hemos descubierto gracias al Twitter del crítico de cómics de ‘El País’: Álvaro Pons.

 

Hace unos días el Ministerio para la Transición Ecológica distribuía un meme con la curiosa noticia de que hay bibliotecas que utilizan murciélagos para que acaben con las polillas que amenazan sus valiosas colecciones. Y publicado por el Ministerio y corroborado desde Francia. Casi al mismo tiempo (y dudamos mucho que se pusieran de acuerdo) la web ActuaLitté, les universidad du livre nos hablaba de la antigua biblioteca de la Universidad de Coimbra (Portugal) donde además de usuarios, bibliotecarios y demás fauna bibliotecaria: se permite que aniden los murciélagos.

No sabemos lo que esta noticia ayudará a que la imagen de las bibliotecas como lugares vetustos y sombríos evolucione. Pero nos da igual. Puede que queramos ir de muy modernos pero, por favor, que nunca desaparezcan estas maravillas. El caso es que no solo es en la biblioteca universitaria coimbrense donde al anochecer salen a la caza los murciélagos entre sus baldas: en la biblioteca del Palacio Nacional de Mafra la tradición se repite.

 

En España la Universidad Complutense es una de las instituciones que participa en el mayor proyecto de preservación digital: la Hathi Trust Digital Library. O lo que vendría ser lo mismo: buscando los murciélagos de la era digital.

 

En el canal de televisión brasileña Globo dedicaron un reportaje hace dos años a esta curiosa costumbre. En los manuales de conservación y preservación de las colecciones nunca se mencionó esta exótica tradición, y es una pena, porque aúna respeto medioambiental y protección del patrimonio. El programa del canal brasileño se debe a sus índices de audiencia: así que el tono y las imágenes refuerzan el lado más siniestro y misterioso del relato. La historia daba pie a ello y hasta resulta algo digno de nuestro reto #bibliobizarro.

En este caso el punto de sensacionalismo se comprende y hasta se agradece. Y sorprendentemente establece un insospechado punto de conexión entre murciélagos y bibliotecarios, no vía Batman, pero sí en relación con el papel que los profesionales de las bibliotecas pueden ejercer hoy día combatiendo bichos dañinos en otros ámbitos menos venerables.

 

 

Si hablábamos de insectívoros beneficiosos ahora nos pasamos a las aves de rapiña. En el clásico del cine francés, El cuervo (1943), unas misteriosas misivas, firmadas bajo el seudónimo de ‘El cuervo’, despiertan los recelos y las sospechas entre los vecinos de un pequeño pueblo francés. La película se convertía en una inteligente metáfora del ambiente de delación, represión y persecución que había propiciado la ocupación nazi de Francia. Pero 75 años después, la película de H. G. Clouzot, resulta perfecta para retratar un mundo que le quedaba lejísimos: el generado en torno al día a día de las redes sociales.

No vamos culpar a Twitter, sobre todo, de haber inventado el mal rollo en los medios de comunicación. El amarillismo viene de lejos. Ni tampoco al pobre Yellow Kid, inocente protagonista de la tira cómica por la que lucharon encarnizadamente las dos grandes cabeceras de la prensa estadounidense a finales del XIX (el ‘New York World’ de Joseph Pulitzer y el ‘New York Journal’ de Williams Randolph Hearst ) y que dio otro término para referirse al sensacionalismo inspirándose en el color amarillo del pijama del inocente crío.

 

‘The Yellow Press’  de L.M. Glackens (1910): ilustración conservada en la Library of Congress.

 

En determinados espacios de noticias, sobre todo de cadenas privadas, el espacio que antes cedían a la cultura: ahora lo ocupan las últimas ocurrencias o polémicas del Twitter o Youtube. “Si no pasa nada, tendremos que hacer algo para remediarlo: inventar la realidad“. Esta frase atribuida al magnate William Randolph Hearst sigue vigente: pero realidad se puede intercambiar por polémica, que es lo que realmente da beneficios.

La letra de la canción de un grupo que, en los 80, era todo lo contrario a la rebelión juvenil: provocando el escándalo entre los millenials.

A los creadores del concurso-reality de OT les ha salido muy bien con el debate abierto en torno a la palabra mariconez en una canción de Mecano. El conflicto intergeneracional que tratábamos hace un año en El ángel exterminador bibliotecario IV (alevines versus séniors) ejemplificado de manera impecable.

Que los jóvenes cuestionen a generaciones previas es requisito imprescindible de ser joven, y por tanto saludable, lo inquietante es la intransigencia a la hora de admitir opiniones que disientan de su criterio.

¿Será la crisis y el futuro tan incierto el que motive un descrédito tan feroz de cualquier opinión expuesta por un mayor de 25? ; ¿o simplemente es el histerismo inherente al no debate que alimenta las redes cada día? ; ¿se encuentra más pronunciada que nunca la brecha cultural entre generaciones?

La estupenda fotografía que Mary Ellen Mark realizó para su serie ‘La nueva España’ en la década de los 80. Los hijos de aquellos punkis ahora son los que siguen OT.

El principal error de estos jóvenes indignados por el uso de una palabra homófoba en una canción de hace 30 años es medir las obras y hechos del pasado según el baremo que rige ahora. Un baremo basado en el respeto a las opciones vitales de cada uno, en la no discriminación, en la conciencia ecológica y otros valores de lo más esperanzador, en muchos casos, pero cuya falta de cuestionamiento y matizaciones puede terminar convirtiendo en algo monstruoso.

¿El espíritu del Mayo del 68 reencarnado en digital vía Twitter? No sabemos, pero bajo la pantalla del smartphone o las teclas del ordenador, más vale que no esté la arena de esa playa que reivindicaban bajo los adoquines de París. El romanticismo, en determinados casos, choca con el buen funcionamiento de los dispositivos.

 

‘Teresa soñando’ obra de Balthus que intentaron censurar en el Met de Nueva York.

 

¿Cómo se juzgarían determinadas obras o sucesos culturales a la cruda luz que arrojan las redes hoy día? Lolita de Nabokov ya generó gran agitación en los años cincuenta en que se publicó: pero ahora sería un linchamiento que opacaría la magistral creación de Nabokov. ¿Podría el Marqués de Sade haber expuesto sus obras a unas redes que, en nombre de la tolerancia y el respeto a la diferencia, son más implacables que la propia guillotina que a punto estuvo de acariciar su cuello en el siglo XVIII? ; ¿cómo recibirían los oídos acostumbrados a décadas y décadas de música comercial, que no pasa de los cuatro acordes, la Consagración de la Primavera de Stravinski? ; ¿qué ataques habría recibido Tod Browning por explotar las taras físicas de sus actores en su obra maestra La parada los monstruos (1932)?

 

En los albores de la televisión se hablaba mucho de su poder como herramienta educativa: casi un siglo después el poder educativo de las redes es quien acapara el debate.

 

Hemos confundido las redes con la televisión y hemos querido asignarle el poder de debate abierto y pausado, que un principio, algunos quisieron ver en el nuevo medio: y nada más lejos. Solo hay que contrastar (para quienes tengan la suficiente edad y memoria): un debate del programa ‘La clave’ con uno de ‘La Sexta noche’. Pero es que también en los 80: Antonio Escohotado hablando junto a madres de drogodepedientes, en un programa de máxima audiencia, sobre el uso recreativo de las drogas: era mezclar churras con merinas. Esperar un debate reflexivo en Twitter viene a ser lo mismo: pero sin el atenuante del dolor de esas madres de drogadictos que recriminaban a Escohotado sus opiniones.

Siempre pueden existir refugios, cuentas seguras, espacios libres de haters donde de verdad lo que se pretenda sea el libre y civilizado intercambio de ideas. ¿Qué cuáles pueden ser esos lugares?. Es obvio para quien conozca un poco este blog.

De ahí esa analogía murciélagos-bibliotecarios. Si los alados nocturnos que revolotean al atardecer por entre los pasillos de las antiguas bibliotecas portuguesas acaban al vuelo con las plagas que amenazan a los manuscritos y libros: los bibliotecarios tienen una nueva misión en este mundo digital: acabar al vuelo digital con los insectos que amenazan la cultura en las redes. Cierto que no hace falta ser Batman, pero qué duda cabe, que puede convertirse en un superpoder para la profesión en nuestros días.

 

Perpetuando estereotipos, destrozando bibliotecas

 

Durante los últimos años, cómics y videojuegos, alimentan la maquinaria del Hollywood más comercial, bueno de Hollywood a secas, que antes se nutría principalmente de lo literario y el teatro. Y curiosamente este devenir en la industria del entretenimiento masivo por antonomasia (al menos hasta que la industria de los videojuegos le haya superado en volumen de negocio) tiene mucho que ver con el devenir de las bibliotecas en su proceso de adaptación a los nuevos tiempos.

El filón de los superhéroes en el cine estadounidense, lejos de remitir, se afianza con más y más adaptaciones de los, en otros tiempos, denostados comic books. En la pugna entre el cine de autor que enarbolaron cineastas como Coppola, Scorsese o Cimino en los 70; y el cine de entretenimiento y efectos especiales que representaron compañeros de generación como Georges Lucas, Steven Spielberg o Joe Dante: está claro quien terminó decantando la balanza de la industria a su favor.

 

La serie ‘Superflemish’ del fotógrafo francés Sacha Goldberger recrea a los superhéroes como pinturas del siglo XVII. Baja cultura con el aspecto de alta cultura: un símil perfecto de la asimilación de los cómics en las bibliotecas.

 

Por eso no es de extrañar que los espectadores y creadores que aspiran a disfrutar y crear narraciones audiovisuales con contenidos más adultos se hayan terminado refugiando en la pujante televisión por cable. La edad de oro de la televisión, series mediante, es la revancha del cine de autor de los 70. Y no es que haya nada malo en las películas de superhéroes, todo lo contrario, algunas son auténticas obras maestras (las dos últimas de Christopher Nolan sobre Batman, por ejemplo, o el segundo Batman de Tim Burton): lo malo es que parezca que no hay cabida, en el cine comercial hollywoodense, para otra cosa que no sean los superhéroes.

Las bibliotecas en cambio no renuncian a nada. Lo literario, las series, el cine, el cómic y los videojuegos siguen presentes, y ganando presencia en sus ofertas, y ahora además podrían tener un beneficio colateral con el que no contábamos.

 

 

Barbara Gordon, bibliotecaria de día, Batgirl de noche.

Esa industria del entretenimiento de la que hablábamos explota a conciencia los estereotipos para así poder fijar con más fuerza esa eterna lucha entre el bien y el mal que caracteriza a las, hasta no hace tantos años, esquemáticas tramas de videojuegos y cómics de superhéroes. El cine clásico de Hollywood puede que se sustentara más en lo literario: pero no por eso ha variado en su representación de lo bibliotecario. Una idea que no evoluciona a tenor de la reacción que dos youtubers, con gran tirón en nuestro país, como son Soy una pringada y King Jedet, tienen en este vídeo que confronta esa idea venida de lejos con lo que son las bibliotecas hoy en día:

 

 

A cada profesión le toca su sambenito y algo habrán hecho los bibliotecarios para merecer la imagen que tienen. En las películas de superhéroes y en los videojuegos tampoco faltan las referencias bibliotecarias: y casi siempre son para convertirlas en escenarios de algún atropello. Pero eso, por increíble que parezca, puede que juegue a su favor.

Un ejemplo de hasta qué punto los estudios de cine están estirando el chicle superheróico son las dos series que, en poco más de diez años, se han dedicado a contar la historia de Spiderman. En la segunda entrega de la segunda trilogía (abortada en su tercera entrega): su creador Stan Lee hacía una de sus habituales apariciones. Cual Alfred Hitchcock, el guionista, editor, creador de Spiderman, Los cuatro fantásticos o los X-Men, acostumbra en cada película de alguna de sus criaturas, a efectuar un cameo, y en el caso de este nuevo episodio del enmascarado arácnido aparecía como bibliotecario.

La escena era lógicamente breve pero no se requiere mucho tiempo para ponerse en situación. En plena batalla destructiva entre el Hombre Lagarto y el Hombre Araña, el afable y tranquilo bibliotecario escucha música clásica y se mantiene en su burbuja de paz y tranquilidad.

 

 

La escena de la biblioteca en el videojuego de Gears of war justo antes de saltar por los aires.

Si hay un requisito que todo espectáculo palomitero debe cumplir es la destrucción de bienes e instituciones. Debe existir alguna lectura sociológica o psicológica en la que no vamos a entrar: pero también en los videojuegos las instituciones culturales, tipo museos o bibliotecas, casi siempre son excusas para una buena escena de destrucción. Pero esta tendencia puede que se revierta a partir de ahora.

Este otoño se lanza Unmemory, el videojuego que se anuncia con uno de esos eslóganes que ya nos engancha desde el principio: “un juego que se lee, una novela que se juega.

Es leerlo y pensar en que deberían haber contado con la gran Ana Ordás como asesora. De ese modo nos aseguraríamos de que el crossover (anglicismo obligado hablando de superhéroes) entre videojuego y biblioteca se completaría hasta el último nivel.

 

 

El juego ha sido desarrollado por Daniel Calabuig y su socia gracias a una campaña de crowfunding que se llevó a cabo a través de la plataforma Kickstarter. Según detallan en su web Unmemory se anuncia como una nueva forma narrativa, un escape book (otro punto en común con últimas tendencias en bibliotecas: las escape room de las que ya hablábamos en Escapando de la biblioteca, escapando de los bibliotecarios), como un juego de aventura basado en un texto o como una novela digital.

Partiendo de una trama de novela negra el argumento de este videojuego+novela+escape book pone a prueba al jugador+lector+escapista para que se sienta dentro de la trama y ‘experimente’ el relato. ¿Cuesta mucho pensar en las posibilidades que este tipo de proyectos pueden tener en las bibliotecas?

Una escena típica, en muchos relatos de aventuras, policíacos o de suspense, es la que se desarrolla en una biblioteca. Más allá de las clásicas intrigas tipo Agatha Christie de asesinatos de salón y biblioteca: las pistas para dilucidar y hacer avanzar la trama se encuentran en los libros. El siguiente paso de los creadores de Unmemory debería pasar por integrar a las bibliotecas físicas en el periplo del juego narrativo.

Si tanto se promueve la vida sana, se fomenta el ejercicio para contrarrestar el sedentarismo que acarrean las nuevas tecnologías, y cada vez más se recurre al ‘grillete’ que mide tus constantes vitales, los pasos que das y vibra para que te levantes: ¿por qué no aunarlo todo dentro de esa experiencia inmersiva de la que hablan los desarrolladores de Unmemory? Se nos va la cabeza, cierto, pero las posibilidades que surgirían del tándem entre las bibliotecas físicas y este tipo de juegos: no deberían ser desaprovechadas si de verdad estamos hablando de reinventar las bibliotecas. Una oportunidad única de darle la vuelta a los estereotipos bibliotecarios explotándolos a conciencia.

 

Escena en la biblioteca del juego Bloodborne diseñado por Hidetaka Miyazaki.

 

En una entrevista en ‘El País’, Hidetaka Miyazaki, creador de algunos de los videojuegos más exitosos de los últimos años hacía unas declaraciones en 2015 que merece la pena rescatar:

“No me intereso mucho por lo que hacen los demás diseñadores. No me gusta basarme ni en videojuegos ni en películas. La inspiración para crear mis mundos siempre viene de los libros. De un esfuerzo de imaginación”. 

“Me encantaba leer libros que aún no podía comprender del todo. Las partes que no entendía porque era demasiado joven me obligaban a usar mi imaginación para rellenar esos huecos y crear mi propia versión de lo que había leído. Es lo que sigo haciendo ahora”

 

En la crónica que hicimos de la locura por los videojuegos que se desató en la Biblioteca Regional de Murcia en el GameMaker48h. (Nunca ‘Game over’ en la BRMU) decíamos que uno de los objetivos era desarrollar en vivo y en directo un videojuego, muy sencillo, con referencias bibliotecarias. Pues bien, dicho videojuego ya está disponible para su descarga gratuita desde la plataforma Google Play. ‘Palas, guardia del saber’ es un videojuego protagonizado por la lechuza Palas que remite a la cultura clásica por inspirarse en la lechuza, símbolo de la diosa de la sabiduría griega, Palas Atenea, y en la nueva cultura representada en la inteligencia artificial: al ser representada como un robot. Para alcanzar esa sabiduría, Palas, tiene que engullir los logos de los distintos servicios de la biblioteca; y evitar al monstruoso Lepisma que amenaza con devorarle como hace con el papel de los libros.

 

 

Palas está claramente inspirada en la versión que el mago de los efectos especiales artesanales, el gran Ray Harryhausen, hizo de la lechuza de Palas Atenea en la primera versión de Furia de titanes (1981): y curiosamente este cruce entre lo artesanal de Harryhausen y lo digital de los videojuegos tiene que ver con el papel de las bibliotecas en este momento.

Todas las maravillas digitales que existen y existirán no serán nada si no consiguen sacudirnos de alguna forma, si no nos conmueven, nos hacen pensar, nos hacen evolucionar de algún modo. La infantilización de la cultura se mitiga dotando de contenido al artificio. Por eso las bibliotecas son las indicadas para aportar ese contenido, esa artesanía cultural necesaria para que las luminarias digitales no se queden en simple pirotecnia que se extingue sin dejar rastro una vez se apaga el dispositivo.

 

Cabaré bibliotecario

Willkommen! And bienvenue! Welcome! Si como cantaba Liza Minelli “Life is a cabaret” también podemos convenir que “Life is a library”. Y siguiendo el razonamiento, llegamos a la conclusión de que cabaré es igual a biblioteca.

Nos tenemos que hacer mirar este empeño de comparar a las bibliotecas con lo que se nos cruza por el camino. Pero es lo que tiene un mundo en permanente cambio (el bibliotecario) en el que el concepto está obligado a mutar para, tal vez, convertirse en otra cosa. Siguiendo fieles el eslogan que acuñamos aquí hace tiempo (“Quien habla de bibliotecas termina hablando de todo“) hay que escarbar poco para encontrar conexiones incluso en mundos, aparentemente, tan distantes como el cabaret y las bibliotecas.

En Monster show: una historia de la cultura del horror (Intempestivas): David J. Skal nos retrotrae a los orígenes del terror moderno con la invención de los espectáculos del Gran Guinol en el París previo a la Primera Guerra Mundial. Es allí donde se desarrolla la carrera de unos de esos bibliotecarios de trayectoria ejemplar que bien podría sumarse a los que ya recogíamos en Recortable bibliotecario: André de Lorde (1869-1942). Como escribe Skal en su ensayo:

“de día pacífico bibliotecario de la Bibliothèque de L’Arsenal gozó de una reputación nocturna como el “El Príncipe del Terror” de París gracias a más de cien obras sensacionales y horripilantes escritas entre 1901 y 1906  […] De Lorde era deliberadamente un técnico del terror, que gozó de muchas extravagantes comparaciones con Poe en la prensa y que en muchos aspectos prefiguró los métodos de Alfred Hitchcock”

 

Antepasados bibliotecarios ilustres: André de Lorde (1871-1942): Príncipe del Terror de París.

 

El teatro Grand Guignol de París, con sus espectáculos enfermizamente morbosos, directos a promover las más bajas pasiones del público: apelaban directamente al subconsciente de un momento histórico concreto. Coincidía con el esplendor del cabaré, el music-hall y las varietés. Espectáculos clave de la cultura popular más denostada por los representantes del buen gusto burgués. Con antecedentes bibliotecarios tan duchos en tomar el pulso a los gustos del público como André de Lorde: ¿cómo es que no ha tomado nota la ortodoxia bibliotecaria para venderse a su público? Puede que a principios del XX el binomio biblioteca-gustos populares fuera totalmente incompatible: pero en el siglo XXI: se hace imprescindible.

¿Recurrimos a la simulación de decapitaciones, torturas y numeritos gore? No parece lo más adecuado; aunque tendría su impacto, no cabe duda. Pero eso no quita para que disfrutemos de algunos de los carteles que la biblioteca digital francesa Gallica atesora sobre el Théatre du Grand Guignol:

 

 

¿Qué fue de Baby Jane? (1962) de Robert Aldrich o el Grand Guinol asentándose con fuerza en el Hollywood de los 60.

En ‘El ángel azul’ (1930) la cabaretera Lola Lola, una Dietrich prehollywoodense todo vulgaridad y desparpajo berlinés, arrastraba a la perdición al profesor Enmanuel Rath. Eso era a principios del  XX, un siglo después, las bibliotecas públicas, a diferencia del remilgado profesor, deben dejarse llevar gustosamente a la perdición para desasociarse de todo vestigio de ranciedad academicista. De hecho, la solución que algunas bibliotecas han buscado para sobrevivir ha sido la de convertirse en cabarés.

En plena crisis, allá por 2013, cuando el cierre de bibliotecas públicas en el país que las vio nacer, Reino Unido, era una auténtica sangría: en la ciudad de Sheffield andaban estudiando convertir las bibliotecas en bares. Tal cual. Como reza un dicho inglés: Wine makes a good book better (El vino hace mejor a un buen libro) y así lo estaban estudiando seriamente, en 2016, en la Biblioteca Walkley de dicha ciudad. A tenor de las últimas noticias que aparecen en su web, y del paseo virtual que permite, no parece que el acuerdo llegase a buen puerto: pero las autoridades lo veían como una manera adecuada para mantener unas bibliotecas que, además de estar siendo atendidas por voluntariado, ahora cederían sus espacios a empresas de hostelería.

 

Joshemari Larrañaga, un arquitecto jubilado, recrea en sus acuarelas algunos de los lugares de Barcelona. En uno de sus blogs dedicado a bares de la ciudad se recogía la Bodega Lo Pinyol. Esta bodega está regentada por la bibliotecaria Pau Raga y su marido. Pau fue la protagonista de una entrevista por parte de Carme Fenoll en su sección en la revista Infobibliotecas en el número 23 dedicado a gastronomía y bibliotecas. Conexiones bares-bibliotecas por todas partes.

 

Después de todo, si nos remontamos a los tiempos de la Revolución industrial en Inglaterra, los lugares donde los proletarios podían aliviar sus miserables vidas eran los bares y las bibliotecas parroquiales (el cabaré o el prostíbulo dependía de que pudieran permitírselo con sus exiguos salarios). De ahí viene el origen de las bibliotecas públicas, lo que hace que la evolución hasta este híbrido biblioteca-vinoteca, no deje de tener su lógica.

El vino también se cataloga por añadas, se conserva en las condiciones ópticas de temperatura y luz, y se ordena en las estanterías. Tal cual como los documentos de una biblioteca, y en su justa medida: vivifica el espíritu igual que un buen libro. Hasta ahí no suena mal. La historia se avinagra cuando no es más que una mera excusa para desentenderse de un servicio público que debería ser básico en toda sociedad avanzada. Es entonces cuando toda la historia parece producto de una mala cogorza.

 

 

Tal vez inspirados por este binomio bares-bibliotecas: los responsables del Centro de bibliotecas de Upper Norwood, en el sureste de Londres, se han decidido a dar un paso más y han solicitado permiso para reconvertir sus bibliotecas en cabarés.

Así dicho queda lo suficientemente sensacionalista para ser titular de ‘El HuffPost’, pero una vez lanzado el anzuelo, hay que entrar en detalles. La petición ha sido hasta cierto punto un subterfugio para poder ampliar el horario de las bibliotecas. Los horarios para locales, donde se sirve alcohol y realizan espectáculos nocturnos, tienen permiso para cerrar a las 23 h., e incluso, hasta la una de la madrugada los viernes y sábados.

 

 

Los argumentos esgrimidos por los responsables del servicio para convencer a las autoridades de que concedieran el estatus de cabaré a las bibliotecas (al menos en cuanto a horarios) es el festival de arte Attic Arts Club que organizaron para el pasado mes de junio. Cabarés, teatro, música en directo, espectáculos para toda la familia que tenían como espacios para desarrollarse a las bibliotecas de este área londinense.

En el local The Back Room de Chicago organizaban allá por 2013 burlesque bibliotecario con descuentos en el precio para bibliotecarios bajo el lema: Libros, alcohol y burlesque. Una combinación infalible.

Las bibliotecas están gestionadas por la empresa social Library Hub orientada a la promoción de actividades culturales. Por eso, para acceder al festival era necesario comprar tiques. Según aparece en su web Library Hub “ofrece una amplia gama de eventos, cursos, actividades y un programa de extensión que se ejecuta junto con un servicio de préstamo de biblioteca proporcionado por el consejo  de Lamberth”.

Resulta interesante observar como el préstamo bibliotecario (servicio estrella de cualquier biblioteca hasta hace nada) se menciona como un complemento a la oferta de actividades culturales que centran el protagonismo: no como un pilar fundamental del servicio bibliotecario.

Una noticia de ‘El País’ recogía la reconversión que algunos cines están llevando a cabo para ofrecer valores añadidos a la simple proyección de una película: asientos supercómodos, y una oferta gastronómica de lo más variada para poder cenar con los amigos mientras se ve una película (si las palomitas ya eran molestas no podemos imaginar qué nuevas torturas esperan a los cinéfilos más puristas). Los negocios de siempre reinventándose para poder seguir atrayendo al público.

 

Montaje collage con algunas de las figuras más relevantes del mítico Cabaret Voltaire de Zurich.

 

Referentes que legitiman este crossover bibliotecario entre biblioteca-cabaré no faltan. Fue en los cabarés donde iniciaron sus carreras cantautores como Georges Brassens, Serge Gainsbourg, Juliette Gréco o Edith Piaf. Estamos en buen momento para retomar los postulados de Hugo Ball y Emmy Hennings, cuando a principios del XX, inauguraron su Cabaret Voltaire como un espacio para el debate político y artístico que experimentara con las nuevas tendencias. Convertir a las bibliotecas en cabarés suena chocante pero no estaría de más ir añadiendo el marabú, los ligueros o los sombreros de copa al código de etiqueta de los bibliotecarios que, durante este verano, se ha popularizado bajo el hashtag #librarianfashion en Twitter a cuenta del próximo congreso de la IFLA.

 

Mientras tanto cerramos con una recomendación de esas que merece la pena guardar en Favoritos. No es exactamente un cabaré, más bien semeja una librería, el lugar dónde se graban todos los conciertos íntimos promovidos por el músico y promotor musical estadounidense Bob Boilen. Tiny Desk Concert se llaman estas exquisitas grabaciones de conciertos en vivo que, bajo el auspicio de la organización para la redifusión nacional NPR, están disponibles en Youtube.

Horas y horas de buena música en la que se pueden descubrir artistas que ofrecen fantásticas actuaciones entre estanterías llenas de libros que bien podrían ser las de una biblioteca. Escogemos un concierto al azar y dejamos al criterio de cada uno seguir indagando en este auténtico filón de música diferente en muchos casos. Como avisaba el título español de la película de Bob Fosse, que de esto sabía mucho, ‘All that jazz’ (1979): Empieza el espectáculo.

 

Nunca ‘Game over’ en la BRMU: crónica de la locura por los videojuegos en una biblioteca

 

Este post rompe lo que ha sido la tónica habitual en este blog desde que, hace dos años y medio, me hiciera cargo de él. Para empezar se apea del plural (mayestático o de modestia: que cada uno lo juzgue) usado hasta ahora para recurrir a la primera persona. Algo que me resulta algo incómodo, no por falsa modestia (algo que no soporto), sino por la costumbre a usarlo durante los años que llevo gestionando las redes sociales de la Biblioteca Regional de Murcia (BRMU). Me ha permitido siempre una cierta distancia saludable escudándome, primero, tras la institución, y ahora en este blog, tras la empresa Infobibliotecas. Pero aquí no procede.

 

 

Interesante estudio colectivo sobre historia y videojuegos. El videojuego como objeto de estudio académico a semejanza de, como en los 60, figuras como Umberto Eco se acercaron al cómic para analizarlo.

Contar lo que hemos montado en la BRMU del 9 al 12 de mayo en torno a los videojuegos requiere primera persona para transmitir mejor lo que ha supuesto empecinarse en que los videojuegos entrasen definitivamente en la BRMU.

Partimos Parto de que en ningún momento se cuestionó lo idóneo o no de que los videojuegos estuvieran en la biblioteca: simplemente tenían que estar. Dejamos aparte los debates sobre lo violento de los videojuegos, sobre si son arte o no, sobre si son cultura o no. Opiniones hay para todos los gustos. Pero después de 15 años al frente de la Comicteca de la BRMU sé lo que es empeñarse en que una manifestación cultural denostada por muchos (bibliotecarios incluidos), y durante mucho tiempo, empiece a evolucionar y a ser admitida/consentida por “el canon cultural respetable”.

Como sabiamente decía Antonio Resines en una película de los 90: “la televisión atonta a los que ya son tontos, y vuelve más inteligentes a los que ya son inteligentes“. Una máxima aplicable a la televisión tanto como a las redes sociales, los cómics (en los 50 los quemaban en EE.UU. por inducir al delito), el cine (una vulgar atracción de feria para los intelectuales decimonónicos), o en este caso, los videojuegos.

 

Quemas públicas de cómics en la década de los 50 en EE.UU. a raíz de las teorías del psiquiatra Fredric Wertham que sostenía la tesis de que los cómics impulsaban a la juventud a la delincuencia.

 

Salva Espín dibujante de la Marvel.

Si la Comicteca de la BRMU siempre la he vendido como una “línea de agitación cultural” que abriese a la biblioteca a todos los colectivos posibles: los videojuegos eran el siguiente ámbito a explorar. Y gracias a la coordinación con el dibujante murciano, Salva Espín, que trabaja para la Marvel (actualmente es uno de los dibujantes del superhéroe tan de moda: Deadpool): se empezó a gestar lo que iba a ser el empujón definitivo a los videojuegos en la BRMU.

Cuando la industria del videojuego factura más que la industria audiovisual, instituciones como el MoMA lo ha incluido en sus colecciones, el Museo del Prado organizó recientemente un taller  para la creación de un videojuego; y además tiene unas perspectivas de empleo muy prometedoras: la duda no era si debían, o no, estar: sino de qué manera iban a estarlo. Y de ahí surgió uno de los eventos más ambiciosos en el que se ha implicado la BRMU: el GameMaker 48h. + Expo Arcade rograma completo aquí].

 

 

El evento arrancó el día 9 de mayo con la inauguración de Expo Arcade (“Videojuegos históricos Arcace 80-90”): 10 máquinas recreativas con videojuegos clásicos de los 80 y 90 para jugar gratuitamente ubicadas en la sala de exposiciones del centro. Una sala de exposiciones convenientemente maqueada para recordar a uno de esos salones recreativos de los 80. Pósteres, imágenes y afiches que, a cualquiera que supere los 40, le remitían directamente a uno de esos recreativos o a un videoclub ochentero por la estética. En las vitrinas cintas de VHS, gadgets retrofuturistas, hardware de las máquinas, revistas, libros y cómics relacionados.

Ya de por sí disponer gratuitamente de un salón recreativo con diez máquinas de los años 80 en perfecto funcionamiento era un reclamo. Si la nostalgia vende, no íbamos a dejar de aprovecharnos. Pero la cosa se fue ampliando. La industria del videojuego en Murcia se está desarrollando y conseguir que la BRMU se convirtiera en su punto de referencia para relacionarse, promoverse y publicitarse ha sido un trabajo que está dando sus frutos.

 

Madres absortas en un mano a mano con los videojuegos de un infancia.

 

Cartel de uno de los torneos. Empresas murcianas aprovecharon para testar sus videojuegos en el GameMaker48h. instalando Playstation de manera totalmente gratuita.

Al evento se fueron sumando empresas, instituciones docentes, o comercios relacionados con el mundillo que, de repente, descubrieron que la biblioteca era un espacio idóneo para mostrar sus productos o promocionar sus programas educativos.

La BRMU busca su colaboración para venderse como centro cultural; y esos sectores, creadores o empresas, la descubren como la mejor valla publicitaria de sus productos, servicios y productos.

¿Algún problema porque el sector privado entre dentro de una institución pública? Ninguno. La única limitación es que aporten algo a cambio de usarla de escaparate (no como punto de venta) y que sus intereses y los de la biblioteca converjan. Y cuando se ha hecho coincidir, en el pasado, los intereses de centros de belleza y estética con el fomento de la cultura: ya casi cualquier sector puede convertirse en objetivo.

 

Pero dejo para otro momento batallitas del pasado y me centro en lo que estaba. En los eventos sobre videojuegos lo habitual es que el público sea mayoritariamente joven e infantil. Pero en la biblioteca estas empresas e instituciones llegaban a públicos de todas las edades. Los adultos atraídos por la nostalgia Arcade de los videojuegos de su juventud; los jóvenes y niños atraídos por los equipos instalados en la sala circular adyacente a la Expo Arcade.

Desde equipos para hacer torneos con eSports dispuestos por el Game Center de la UCAM (Universidad Católica de Murcia) que lleva apostando fuertemente por incluir el diseño y programación de videojuegos en su oferta educativa; hasta consolas Playstation para demostraciones de videojuegos desarrollados por empresas locales que así podían testarlo con público real; pasando por una empresa de sillones ergonómicos para gamers que proveyó el espacio con sus asientos representando así el presente y futuro del panorama de los videojuegos en un mismo espacio.

 

Detalle del espacio en el que se concentraban los videojuegos más actuales.

 

Pero lo realmente interesante más allá del lado lúdico del evento (que ya de por sí sería más que suficiente): fue la organización paralela de un Game Maker 48 h. O lo que es lo mismo: desarrollar en vivo y en directo, en el salón de actos anexo a la sala de exposiciones, un videojuego de inspiración bibliotecaria: “Palas, guardia del saber”.

 

Palas, guardia del saber en pleno proceso de creación por Juan Castaño.

 

El videojuego no podía ser muy complejo para poder desarrollarlo, en directo, en solo dos días. Pero era suficiente para mostrar a todo el que estuviera interesado el proceso de diseño, programación, animación, sonorización y acabado de un videojuego. Mientras en una pantalla al fondo del escenario se asistía a su desarrollo, cada hora, se impartía una conferencia sobre diversas temáticas: desde introducción a la programación, pasando por charlas sobre cómo ganarse la vida con los videojuegos, composición musical para videojuegos, introducción a la animación digital o una conferencia a cargo de ‘Hobby Consolas’ (la revista referente del sector) sobre la evolución de los videojuegos.

Este programa atrajo tanto a estudiantes de institutos como a jóvenes universitarios que querían conocer de primera mano las opciones que ofrece este mundo como salida laboral; además de profesionales del sector como a público en general. El GameMaker48 h. era el complemento cultural y formativo ideal a la diversión contigua que ofrecía el salón de videojuegos.

 

En pleno desarrollo, en vivo y directo, del malvado Lepisma enemigo de Palas, guardia del saber: ambos diseños de Juan Castaño.

 

La encantadora lechuza creada por el genio de los efectos especiales, Ray Harryhausen, para la primera versión de Furia de titanes (1981).

El videojuego resultante se podrá descargar en breve desde la cuenta de Google Play de la BRMU de forma gratuita. En su diseño y temática teníamos claro que el mundo bibliotecario tenía que estar presente.

El artista Juan Castaño fue el encargado de diseñar, con su estilo tan personal, al personaje protagonista del juego: Palas, guardia del saber, y a su enemigo: el Lepisma.

Palas, la lechuza robot se eligió por representar la sabiduría clásica que siempre se ha identificado con las bibliotecas por inspirarse en la lechuza que acompañaba a la diosa griega de la sabiduría: Palas Atenea. Y su condición de robot remite a la sabiduría más del presente y el futuro: la Inteligencia Artificial.

El mecanismo del juego es sencillo: Palas debe ir sorteando los obstáculos que le presenta el malvado de la función: un lepisma monstruoso. Desplazándose entre mesas, estanterías y documentos de la biblioteca: Palas caza monedas con los logotipos de varios de los servicios que ofrece la BRMU, para así, ganar los puntos suficientes (la sabiduría) que le llevará a ganar el juego.

 

Algunos de los logos de servicios de la BRMU que se convierten en las monedas que Palas debe atrapar en el videojuego para “alcanzar la sabiduría”.

 

Tras la intensa semana en que se desarrolló el GameMaker48h+Expo Arcade en la BRMU no sé si alcanzaremos la sabiduría como Palas pero sí que hemos podido comprobar que merecía la pena el esfuerzo. Cerca de 4.000 visitantes acudieron durante los cuatro días centrales del evento a la biblioteca. Estudiantes, profesionales, familias enteras, empresas, colegios, profesores, y lo más destacable, público que raramente ven a la biblioteca como una opción de ocio y formación más allá de sus obligaciones académicas.

Esto último es una de las consecuencias más gratificantes de montar eventos que intentan salirse de lo habitual: constatar que público no habitual acude a la biblioteca una vez han pasado. Que la redescubre (o descubre en algunos casos) tras acudir a una actividad que entra dentro de sus intereses.

 

 

Algún ejemplo cercano ha sido la mesa redonda: “Cómics más allá del género” que, días después, convirtió en usuarias habituales de la biblioteca a mujeres transexuales que se interesaban por las obras que la artista transexual Roberta Marrero citó en dicha charla.

También ha pasado con el concierto de rap que los artistas Piezas&Jayder dieron dentro del evento: “Comicteca en rap”: que evidenció las estrechas conexiones entre literatura y hip hop.

Y confío en que siga pasando con los aficionados/profesionales de los videojuegos, que de hecho, ya han manifestado su interés en futuras colaboraciones. Una primera anécdota que lo reafirma ha sido la llamada de dos personas interesadas en que les diéramos los contactos de las empresas que han participado en el evento para presentar su currículum.

 

Unas semanas antes del GameMaker48h. la asociación internacional Girls make games (cuyo objetivo es promover el interés de las niñas por dedicarse al sector de los videojuegos donde la presencia femenina es muy minoritaria): impartió un taller para niñas.

 

Hasta aquí el relato de un caso de éxito. Al hilo de contarlo en este post me ha venido a la  memoria el interesante artículo que Evelio Martínez publicó en su blog Sobre bibliotecas y los casos de éxito, hace unos meses, y el certero comentario que Rafael Ibáñez Fernández hacía sobre la imposibilidad de extrapolar determinados casos de éxito a ámbitos diferentes. Y como no quiero incurrir en eso que criticaba yo mismo hace poco en Biblioteca con subtítulos sobre leer blogs de temática bibliotecaria y que se parezca a leerse el ‘¡Hola!’ (bibliotecas ideales en una realidad muy alejada de la mayoría de bibliotecas): reconozco que no todas las bibliotecas pueden abordar un evento como el GameMaker48 h.+Expo Arcade.

Bien sea por cuestiones presupuestarias, de personal (aunque en nuestro caso, implicados a tiempo completo, solo hemos sido dos bibliotecarios), de espacios, equipamientos y recursos. Pero también es cierto que las bibliotecas, en general, “caen bien” (los bibliotecarios ya depende de cada uno). Por eso buscar alianzas en nuestro entorno más cercano casi siempre es factible.

 

 

Siempre hay talentos locales a los que intentar atraer. El valor más importante es el de ser escaparate, el de atender a un público heterogéneo y diverso, el de esa cierta “respetabilidad” (de la que tantas otras veces he abjurado en este blog) que persiste en el inconsciente colectivo. Valores que siempre es posible explotar de algún modo para dinamizar nuestros centros.

En definitiva la pregunta tópica que tanto repiten los entrevistadores: ¿qué es el éxito? Y la respuesta, que por repetida, no dejar ser cierta: dedicarse a algo que te motive en la medida de tus posibilidades.

 

 

Biblioteca millennial

 

Como con cada nueva generación: una retahíla de calificativos se van sumando para ayudar a que, suplementos de fin de semana y programas de televisión, aporten un retrato fidedigno de cómo son los jóvenes que dirigirán el mundo el día de mañana. Viene muy bien para publicistas y empresas que quieren explotar el target de los muy consumistas (eso rezan los titulares) millennials. Además explotar el aguzado instinto de pertenencia que suelen tener los jóvenes, es fácil, repitiendo machaconamente los supuestos rasgos que los caracterizan (a ver si así se lo creen y se ajustan a ellos).

Pero no vayamos de santurrones. Este blog se dirige a un gremio (el bibliotecario) al que le interesa tanto como a las empresas captar al público joven.

 

“Es mejor sentirse joven” reza el eslogan de esta campaña publicitaria de un suplemento vitamínico. Y si lo dice la publicidad: amén.

 

Si hay algo que suelen destacar en ese retrato robot que de los nacidos a partir de los 80 se suele hacer: es su falta de prejuicios respecto a generaciones previas a la hora de consumir cultura. Ya lo decíamos en El ángel exterminador bibliotecario IV: que ese ángel exterminase la falta de curiosidad de que pueden adolecer muchos jóvenes aquejados de alzheimer cultural para regocijo de multinacionales que les venden, una y otra vez, el mismo producto; y que de los maduros, borrasen los prejuicios a la hora de consumir cultura que, en cambio, no afectan tanto a las nuevas generaciones.

De hecho, hace unos meses, un estudio del prestigioso Centro de investigaciones estadounidense Pew Research (un oráculo moderno de lo que mueve al mundo de hoy día) calificaba a los denominados millennials como la generación que más uso hacen de las bibliotecas respecto de generaciones previas. Al menos en lo que a los Estados Unidos se refiere.

 

Es más que probable que, si finalmente, el proyecto de crear por ley bibliotecas escolares en Reino Unido sale adelante no todas serán como The Bedales Memorial Library: pero tampoco hace falta. Basta con que se haga realidad.

 

Ese amor puede perdurar, en el mundo anglosajón, si continúa adelante la campaña promovida por CILIP (Chartered Institute of Library Information Professionals) en Reino Unido. Esta asociación está uniendo a todas las asociaciones bibliotecarias del país para solicitar al gobierno inglés que las bibliotecas escolares sean obligatorias por ley y sean inspeccionadas por la agencia gubernamental para la educación (Ofsted): lo que aseguraría que cumplirían unos estándares entre los que se cuentan: ser gestionadas por bibliotecarios profesionales, y con suficientes fondos, recursos y equipos actualizados

Alison Tarrant, directora de la Asociación de Bibliotecas Escolares, ha declarado al respecto la frustración que supone que las bibliotecas tengan carácter estatutario en las cárceles y no en las escuelas. Confiemos que los británicos alcancen sus objetivos, sería un ejemplo a seguir por todos, y compensaría tantos cierres de bibliotecas públicas como se han dado en los últimos años en Reino Unido como consecuencia de la crisis económica.

 

 

¿Sucederá algún día algo así en nuestro país? ¿se podrían extrapolar el amor juvenil estadounidense por las bibliotecas a España? No tenemos un estudio como el de Pew Research que nos lo corrobore pero más allá del círculo, vicioso y viciado, de aquellos jóvenes que no son capaces de ver a las bibliotecas más allá que como salas de estudio: la juventud “ilustrada” de nuestro país sigue recurriendo a las bibliotecas cuando éstas se muestran dinámicas y dispuestas a abrirse a nuevas realidades. Lo hemos dicho alguna vez: el mayor acto de inconformismo pasa por visitar una biblioteca, por construirse un discurso propio.

 

Creadorxs es una serie documental, publicada en Youtube, de la agencia creativa audiovisual Neurads en la que presentan a algunas de las figuras más representativas de las nuevas generaciones de creadores.

 

Para ser un buen bibliotecario hay que tener las espaldas anchas (en sentido metafórico al menos): “Bibliotecario: la parte más dura de mi trabajo es ser amable con la gente que piensa que sabe hacer mi trabajo.” (traducción de la camiseta).

Suena bien ¿verdad? Repasemos la estrategia que hemos seguido: 1º. halagamos a los que quieren ser diferentes y únicos – 2º. hacemos aparecer a las bibliotecas como signo de distinción para esos que son únicos, y 3º, tenemos un eslogan idóneo, a imagen y semejanza, de cómo hacen esos medios, esas empresas, esos publicistas a los que antes mirábamos displicentes por querer estereotiparnos [aquí un emoji de guiño cómplice rebajaría tanto cinismo, pero tenemos emojis de sobra en las redes, ahorrémonoslos en el blog].

Cada generación cuelga con su etiqueta y solo el tiempo, como siempre, va poniendo cada cosa en su sitio. ¿Qué fue de la generación Nocilla? Han quedado aquellos nombres que, ajenos a etiquetas generacionales, han proseguido con sus carreras (Fernández Mallo, Fernández Porta, Gabi Martínez, Álvaro Colomer, etc). Y ¿qué quedará de la generación Alt lit? Hace tan solo dos años se hablaba mucho de este movimiento literario cuyo nombre proviene de la tecla Alt del teclado por ser su hábitat natural las redes sociales, los chats y cualquier otra forma de comunicación digital.

 

Wobble Palace (2018) de Eugene Kotlyarenko, la crónica de una relación de pareja millennial que describen con aires de literatura Alt lit.

El primer ensayo del máximo representante de lo que se dio en llamar literatura Alt lit: Tao Lin.

 

La Alt lit fue denostada desde el principio por aquellos que la tachaban de narcisista e insustancial, insoportablemente ombliguista; y amada por otros. Pero nacer en las redes acelera el proceso natural de envejecimiento por mil y, tan solo dos años después, la etiqueta Alt lit parece tener cada vez menos eco.

Recientemente en un artículo de ‘ABC’ ya se aglutinaba a los poetas de la generación millennial, incluyendo entre ellos al ganador de la última edición de un talent show de Telecinco como es César Brandon. Cada vez importa menos el pedigrí, el origen (sea OT, Got Talent, los fanzines o Instagram), la mancha de nacimiento para muchos de estos millennials que aceptan las nuevas voces que surgen en la cultura dependiendo de lo que ofrecen, no de las bendiciones de la crítica, o de los cenáculos intelectualoides de toda la vida. Y las bibliotecas, y los bibliotecarios, tomando nota.

 

Uno de los cuadros comentados por El Hematocrítico.

 

El periodista, crítico de cine, escritor y guionista Noel Ceballos, y el profesor de educación infantil gallego, Miguel Ángel López, más conocido, gracias a su faceta como humorista,  como El Hematocrítico: acaban de publicar conjuntamente una revisión de los míticos “Los Cinco” de Enid Blyton. En “Los cinco superdetectives (aquí no bebíamos cerveza de jengibre)” Ceballos y El Hematocrítico: convierten a los chicos de Blyton en niños detectives en la década de los 80 en la sierra madrileña, que ahora, tienen 40 años y se enfrentan a las desilusiones y problemas de la vida adulta. Una hábil manera de explotar la vena nostálgica que tan buenos dividendos está dando a las industrias del entretenimiento, pero dándole la vuelta, para ofrecer un retrato certero, ácido y divertido.

 

 

En una de las entrevista que han dado para promocionarla El Hematocrítico declaraba:

“Me gusta pensar que, aunque tengo 41 años, soy una persona de mi tiempo. Entonces, por lo general, no quiero criticar los nuevos fenómenos adolescentes, ni el reggaetón, ni el trap… Siempre procuro estar atento y buscar las cosas interesantes que salen de ahí. No menospreciar los demás”

No se podía expresar mejor la actitud necesaria para afrontar la siempre ardua tarea de hacer atractivas las bibliotecas a los jóvenes.

¿Puede que el relato, interesadamente inflado por el PSOE, de una España realmente moderna en los 80 se esté haciendo realidad, de verdad, no de simple chapa y pintura como fue entonces, en los tiempos del postureo? Paradojas de este continuo avance-retroceso en el que vivimos todos, independientemente, de la generación en la que quieran ubicarnos.

 

Arkano, el joven rapero que se ha atrevido a reivindicar los derechos LGTBI en un mundo tan tradicionalmente machirulo como el del hip hop.

 

La violencia de género, las agresiones homófobas, el bullying, el racismo, y tantas otras problemáticas sociales, ocupan titulares cada día. ¿Puede que alguna de estas lacras, en realidad, estén dando sus últimos coletazos rabiosos al sentir amenazada su pervivencia en el siglo XXI? Ojalá que así sea. De momento nos quedamos con un digno representante de estos tiempos millennial.

Portada del disco de Putochinomaricón.

Putochinomaricón es el nombre elegido por Chenta Tsai, un hijo de emigrante chinos que tras estudiar Arquitectura y música en el Conservatorio de Madrid, se ha convertido en estrella de Instagram gracias a sus temas y vídeos caseros. Tsai practica la apropiación, que el colectivo LGTBI lleva haciendo desde hace décadas, de los insultos con que los han atacado, desactivándolos, a partir del momento en que se los aplican a sí mismos. Putochinomaricón lo lleva al extremo al sumar su condición de emigrante.

Uno de los dramas más serios para un millennial daba nombre a unos de sus primeros vídeos: No tengo wifi. Un drama millennial, un drama bibliotecario que no nos podemos permitir: no tener conexión con los tiempos que corren.

 

Bibliotecas cazadoras de talentos

 

Kendrick Lamar se convirtió, hace unas semanas, en el primer rapero en ganar un Pulitzer. Hace 16 años la novela gráfica Maus de Art Spiegelman se convirtió en el primer cómic en ganar un Pulitzer. ¿Acudirán a partir de ahora usuarios, que en su vida han oído hip hop, a las bibliotecas solicitando discos de Lamar?

 

El disco de la década para muchos medios especializados: Damn (2017) de Kendrik Lamar.

 

Joaquín Sabina, cantautor siempre asociado a lo callejero, se ha acercado en varias ocasiones al rap. Con Manu Chao en concreto hizo un irónico tema bajo el título ‘No soporto el rap

La demanda de Maus por usuarios de bibliotecas que jamás leerían un cómic si no fuera porque lo vieron recomendado en su suplemento cultural de cabecera: es un hecho contrastado. Lo de Lamar es más difícil. No porque sea hip hop, ni porque el aura que pueda otorgar un Pulitzer haya perdido fuerza, más bien porque los préstamos de grabaciones sonoras en bibliotecas están en caída libre, y la música, se consume mayoritariamente en streaming.

Pero no estamos aquí para hablar (de nuevo) de prejuicios culturales. Que un premio prestigioso legitime formas de la cultura popular dejándoles la puerta de servicio entreabierta del canon de lo que hay que leer-escuchar-mirar-observar: es algo que la profesión bibliotecaria debería tener superado desde hace mucho. Pero no es así. Pese a ser profesionales de la cultura, los prejuicios, les afectan a los bibliotecarios como a todos. Tampoco vamos a obviar que la brecha generacional en muchos casos juegue a la contra.

 

Lola Flores, precursora del rap incluso antes de que se inventase.

 

El cómic, recién publicado en nuestro país, sobre la historia del hip hop: Hip hop family tree de Ed Piskor.

El hip hop nació callejero, ha ido mutando en garitos, salas de conciertos y periferias de las grandes ciudades. Y ahora, definitivamente, reivindica su lugar en las bibliotecas. Puede que los propios hiphoperos no sean consciente de ello: pero por eso deben serlo los bibliotecarios.

Y quien dice hip hop, dice rock, punk, electrónica, folk, clásica, jazz, pop o, ¿por qué no?, reguetón. Es lo que hace la Biblioteca del Condado de Hennepin en Minnesota a través de su plataforma MnSpin.

Minnesota cuenta con una rica escena musical, y la biblioteca, ha creado una plataforma para que los músicos locales puedan difundir su trabajo y llegue directamente al público.

En Bibliotecas indies, bibliotecas mainstream ya hablábamos de herramientas como Self-e de autoedición, que gracias a recurrir a las bibliotecas como vías de distribución, estaban consiguiendo que muchos escritores desconocidos fueran haciéndose con un público cada vez mayor. Con casos como el de Hugh Howey, autor de la serie Wood, que consiguió vender más de dos millones de libros gracias al apoyo inicial por parte de las bibliotecas.

 

 

MnSpin de la Biblioteca del Condado de Hennepin aspira a lograr algo similar con el talento local. En nuestro país tenemos antecedentes tan estupendos como la Biblioteca-Rockoteca de Peralta (Navarra) que lleva desde 2012 engrosando una de las colecciones más completas sobre rock, organizando conciertos y diversas actividades en torno a la música. El ejemplo de la biblioteca estadounidense es un paso más en este sentido que comparte con otras bibliotecas (las de Seattle, Portland y Nashville) al ofrecer la posibilidad de descargar gratuitamente, a todo el que tenga carné de biblioteca, la música de los artistas locales de cualquier estilo o tendencia.

Una vez al año, se abre el plazo para que nuevos artistas envíen su trabajo a la consideración del comité de expertos, que selecciona lo que va a subirse a MnSpin. Y no solo difunde, también se les ayuda con 200 dólares para que puedan producir sus grabaciones.

 

Shreya Preeti ha subido su álbum ‘Entrance’ a la plataforma MnSpin de la Biblioteca del Condado de Hennepin y ha conseguido difusión y financiación.

 

Bibliotecas-editoras, bibliotecas-discográficas, y ahora: Bibliotecas cazadoras de talentos. Suena demasiado ambicioso pero si el mercado barre a pequeñas editoriales y sellos de discos: ¿por qué no van a compensar las bibliotecas ayudando a proteger la libertad creativa de discursos que pueden ser inicialmente minoritarios?

El amado/odiado disco de C Tangana.

Es obvio que con Youtube y demás plataformas digitales muchos de los artistas actualmente super ventas tuvieron un estupendo trampolín (Ed Sheeran,  The Weeknd, o más cerca, Pablo Alborán).

Pero las bibliotecas pueden aportar un criterio a la hora de seleccionar y ofrecer esa confianza que tanto se alaba cuando se habla de comercios de proximidad versus grandes superficies comerciales.

 

El controvertido C Tangana, ídolo del hip hop patrio, que está empeñado en cuestionar el mundo musical a través de sus actitudes, campañas publicitarias y conciertos. ¿Verdad o timo? como suele plantear la web especializada Jenesaispop.

 

Pero si hay un género, junto al heavy, que moviliza a grandes sectores de juventud pero no recibe el apoyo de la industria: ese es el hip hop. Entre la invasión electro-latina y los clichés del indie parece como si no quedase espacio para más. Pero sí lo hay: las bibliotecas.

Los raperos son el equivalente a los cantautores de los 70 en nuestro país. Los cantautores bebían de la chanson francesa  y los raperos patrios puede que beban de los MC estadounidenses en música, actitudes y discursos: pero hablar de limusinas, pibas, dinero, pistolas y mansiones resulta un tanto impostado (por no decir ridículo). Por eso a la hora de rimar tiran más de referentes literarios y cinematográficos, que los separan de sus modelos yanquis, y los acercan a las bibliotecas.

 

En 2005 con motivo del centenario de la BNE el rapero Zenit participó en un espectáculo en las puertas de la Biblioteca con bailarines de breakdance en el que se rapeó El Quijote.

 

La aclamada trilogía de Virginie Despentes, en la que parte de la figura de un roquero en decadencia, para hacer una cruda crónica de la sociedad francesa actual, y por extensión, de la sociedad occidental.

El rock ha muerto, el punk ha muerto, el grunge ha muerto, el acid house ha muerto, el reguetón ha muerto…al igual que todo nombre de famoso si se busca en Google te sugiere que es gay: todo género musical tiene o ha tenido la coletilla “ha muerto” aplicada en numerosas ocasiones. Otro tanto dicen del hip hop (para así dejarle sitio al trap) pero no lo parece cuando figuras como C Tangana dominan las listas con su propuesta rapera cuestionando la fama mientras se va haciendo más y más famoso.

El hip hop se alimenta de rimas, y letras, letras muchas letras. “Los poetas olvidados” como denominaba a los raperos españoles un artículo de la revista cultural digital ‘Le Miau Noir’. Violadores del versoMala RodríguezSFDKZenit, la malograda Gata Cattana, Lechowski, Sharif Fernández, Los chicos del maíz, RapsuskleiPiezas, etc… son muchos los intérpretes de rap españoles cuyas letras son la poesía de más de una generación. Viene siendo un recurso habitual por parte de profesores de secundaria, explotar las concomitancias entre rap y poesía para atraer a sus alumnos hacia la lectura: ¿y las bibliotecas?

No hacía falta que le dieran un Pulitzer a Kendrick Lamar para que la conexión biblioteca-hip hop se formalizara. Tienen demasiados puntos en común como para no aprovecharlos. La biblioteca freestyle es la biblioteca del futuro, que es presente, la biblioteca que improvisa y no tiene miedo a equivocarse, a trastabillar y experimentar con las bases (de lo que es una biblioteca), ni con las rimas (porque –teca rima ya con todo: no solo con libros).

 

 

Piezas dedicó un tema a Holden Caulfield, el personaje que ha devenido en estereotipo del inconformismo juvenil, que protagoniza El guardián entre el centeno. Piezas trabaja de mozo de almacén en Barcelona entre semana, y los fines de semana, se convierte en una de las figuras mas respetadas en el circuito de hip hop junto al, productor y DJ, Jayder. Un rapero que titula un disco Melancholía (2015) por la película de Von Trier, dedica un tema al libro de Salinger, declara su amor a Nietzsche, e inspiró otro tema en la novela Tokio blues de Murakami. No le hacen falta más credenciales para cerrar este post refrendando todo lo dicho.

 

Tonto el que lo lea (postDíadelLibro)

 

Titular con una frase infantil un post relaja mucho. Nadie puede albergar grandes expectativas visto el arranque. Pero es que después de lo intenso que se pone el discurso cuando de celebrar el Día del Libro se trata: se agradece recurrir a la tontería

Este es el post postDíadelLibro2018 y como todos los años estamos de resaca. Resacosos de citas de escritores famosos, de recomendaciones de libros, de imágenes idealizadas de lectores y libros, de frases entrecomilladas sobre las bondades de la lectura, de mil y una noticias y especiales en todos los medios celebrando al libro y a la lectura. Y ¿hoy qué?, ¿se habrá incrementado el número de lectores por ello?, ¿se cerrarán menos librerías? , ¿se apuntará más gente a las bibliotecas?

 

 

Que no, que no, que no estamos en la última fase de la borrachera, y después del subidón, subidón, nos hemos instalado en el muermo. Que no estamos patéticamente llorosos, proclamando que queremos mucho a la cultura, que la lectura es maravillosa, que los libros son maravillosos, que el muuuuuundooooo es maravilloso. Que no, que no vamos de descreídos, todo lo contrario. El que exista un Día Internacional del Libro está muy bien.

Como mínimo las librerías habrán aumentado sus ventas y las bibliotecas han podido programar actividades para deleite de sus usuarios. Pero es que para promocionar la lectura no queremos un día, queremos todos los días del año. A veces esto de los Días Internacionales de…. es como los propósitos de año nuevo: lavan la conciencia a base de buenos propósitos y después se olvidan con la misma facilidad que se formularon.

 

 

En las bibliotecas el Día del Libro son 365 (porque ahora ya ni los festivos se salvan teniendo plataformas de lectura digital o contenidos audiovisuales a la carta), y no estaría mal que si de verdad se quiere fomentar la lectura, se apostase por las mayores redes de circulación y fomento de la lectura que son las bibliotecas. Pero en pleno día de resaca, no es cuestión de ponernos intensos, por eso hemos recurrido a algo liviano para engalanar el post: a algunas de las viñetas del delicioso cómic Los libros en The New Yorker.

Tal y como demuestran las jocosas viñetas que durante años ha ido publicando el prestigioso medio neoyorquino: el libro, en sus diversas formas, ha sido la piedra angular sobre la que ha girado la cultura desde que se inventó la escritura.

 

 

Los libros han sido la fuente predominante, y única hasta no hace tanto, para indagar en el ser humano. Pero eso siempre ha requerido de tiempo, perseverancia y entrenamiento. Ahora los únicos entrenamientos aceptados voluntariamente son los que imponen los monitores de gimnasio. Si los tiempos no se avienen al esfuerzo necesario para asimilar las páginas de un libro, en lugar de leer libros habrá que leer las mentes, directamente, sin intermediarios, ni filtros. Algo que la noticia postDíadelLibro de que España es el tercer país de la UE que menos gasta en la lectura: solo viene a refrendar. Tanto reality y programa del corazón tenían que dar sus frutos tarde o temprano: leer las mentes ya que no los libros.

El sueño de todo publicista, empresario, político y de cualquiera (padres, hijos, pareja) que aspire a manipularnos para bien o para mal.

 

 

El primer paso ya lo está dando la tecnología. Hace unos días saltaba la noticia de que el más puntero de los institutos tecnológicos del mundo, el de Massachusetts (MIT) ha creado un casco capaz de leer los pensamientos con el nombre de Alter ego. El casco, compuesto de electrodos, detecta las señales neuromusculares que intervienen en la comunicación hablada. De este modo el casco es capaz de interpretar la voz interior: un hábito que, según el artículo de ‘Tendencias 21′ que es donde hemos conocido el invento, es muy común entre los lectores. El soliloquio que constituye nuestra banda sonora interior (efectos sonoros de las tripas aparte) ahora con subtítulos incorporados.

Es una forma pedestre de contarlo porque en realidad lo que hace el casco es transcribirlos en cualquier pantalla o dispositivo con una eficacia del 92%. La noticia tranquiliza por un lado (no puede leer los pensamientos cerrados, es decir los que no están pensados para verbalizarse); e inquieta por otro (la seguridad del dispositivo no está desarrollada por lo que está expuesto al pirateo).

Pensamientos pirateados: un nuevo frente se abre para la legislación que protege los derechos de autor. Aunque antes de legislar habrá que comprobar si los pensamientos pirateados merecen protección. En cualquier caso, cual mantra, ante la posibilidad de intrusismo mental habrá que repetirse continuamente ‘tonto el que lo lea’ como quien  coloca un cartel falso de protección con alarma en la fachada de su domicilio.

 

Los sensores desarrollados por el MIT para detectar la actividad neuromuscular y así transmitir los pensamientos.

 

El relato de Philip K. Dick en que se basó la película de Spielberg.

Quizás porque todo sea cada vez más complejo: el pensamiento se está haciendo tan simple que leer las mentes no va a exigir de tecnologías demasiado sofisticadas. La Inteligencia Artificial en pos de la complejidad humana, y los humanos en pos de la simpleza binaria de lo digital. Era inevitable con tanto SMS, whatssap, emojis y memes. Nos gustaría pensar que más que una involución se trata de un paso intermedio hacia la telepatía. Una forma superior de comunicación, que si se acompaña de empatía, podría ser la solución definitiva para nuestra especie.

En un artículo publicado en ‘Library Journal’ el profesor universitario estadounidense Michael Stephens repasaba cómo se representaban hace dos años (eso en Internet es mucho tiempo pero en el asunto en cuestión la cosa no parece haber variado mucho) los asuntos referidos a libros, bibliotecas y bibliotecarios en el lenguaje de los emojis. Entonces se lamentaba de que no existiera ningún emoji para representar una biblioteca o a un bibliotecario: y dos años después seguimos igual.

 

La historia de Miley Cyrus en emojis.

 

En 2018 Unicode Consortium, que es la organización de publicar nuevos emojis, entre los 157 nuevos monigotes que ha estrenado ha dado cabida a pavos reales, loros, dientes, microbios, rollos de papel higiénico y hasta tiques de la compra. Es cierto que ya existen emojis para libros, lectura, escritura, e incluso algunos emojis de edificios que bien podrían pasar por una biblioteca: pero a ver si para 2019 se crea algún emoji que represente a las bibliotecas/carios inequívocamente. ¿O en realidad no será necesario crear un emoji para representar a la profesión bibliotecaria?

No, no, que no vamos en plan lastimero, todo lo contrario. Revisando los principales emojis que hasta la fecha se han creado para representar las distintas profesiones lo cierto es que prácticamente todos podrían ser bibliotecarios.

 

 

En casi todos emojis laborales hay rasgos bibliotecarios. Tal es el perfil de una profesión que, en los últimos tiempos, va acumulando más capas que una milhojas en cuanto a competencias. Todo le viene bien.

Que si la lupa de los detectives; que si la bata de los médicos; que si el gorro de operario o el mono de mecánico cuando se rompe algo, y aburridos de esperar a que vayan a arreglarlo, agarran la caja de herramientas casera; que si los pinceles en los talleres; y por supuesto, el rayo cruzado en la cara a lo Bowie, porque puestos a ser cool pueden ser los más cool; y no incluimos el gorro de los soldados de la guardia real inglesa porque no queremos enrollarnos, pero es más que probable, que encontrásemos alguna semejanza (si estuviéramos preDíadelLibro habríamos dicho que son como la guardia real de la cultura: pero estamos en pantuflas así que mejor nos ahorramos tales cursilerías).

 

Vida de un bibliotecario en emojis.

 

Pero mirándolo desde otro prisma: que te conviertan en emoji no resulta nada halagador. Casi cualquier historia de un taquillazo de Hollywood o de muchos best sellers (de los de usar y tirar) se podria resumir en emojis. De ahí que tantos espectadores que buscan relatos adultos se hayan volcado en las series. Después de todo que no te jibaricen el pensamiento, que no te transformen en monigote: es de lo mejor que te puede pasar. Manías de ‘letrasados’ que se empeñan en alcanzar la simplicidad sin incurrir en simplezas.

Y mientras se nos pasa la resaca ponemos algo de música. No muy alta. Róisín Murphy tampoco es fácil de estereotipar. Esta tipa, desde que empezara con Moloko en los 90, se ha empeñado en sacar los pies del tiesto una y otra vez. Daría para mil emojis a cual más estrafalario, y aún así, no alcanzarían a describirla por completo. ¡Bien por ella! Terminar con su vídeo Whatever (Lo que sea) es toda una declaración de principios. Lo que sea antes que previsibles, o dicho de otro modo más acorde con el título del post: antes muertos que sencillos.

 

Biblioteca apache

 

En ocasiones la actualidad te lleva de la mano. No hace mucho en El ángel exterminador bibliotecario nos recreábamos en la posibilidad de que grupos de usuarios quedasen enclaustrados en una biblioteca; y hace unas semanas, también nos hacíamos eco del vandalismo en una biblioteca parisina en Asalto a la biblioteca del distrito 18. En este arranque del mes de abril las líneas argumentales de estos dos posts se entrecruzan en esta Biblioteca apache.

 

El poder de los libros representado por el artista Mladen Penev.

 

El ensayo del sociólogo Denis Merklen: ¿Por qué se queman las bibliotecas?

El 5 de marzo la biblioteca pública del distrito de La Duchère, en Lyon, fue incendiada por unos delincuentes como represalia por el desmantelamiento de una red de tráfico de drogas que operaba en dicho distrito. Según el sociólogo Denis Merklen, autor del libro ¿Por qué se queman las bibliotecas?, se han registrado, al menos, 75 incendios intencionados de bibliotecas durante los últimos veinte años en Francia.

Merklen resalta el carácter simbólico que tiene el hecho de quemar bibliotecas como respuesta a problemáticas sociales latentes en la sociedad gala. La importancia y protección que en Francia se da a la cultura, es probable, que signifique a las bibliotecas como víctimas propiciatorias de ese ansia de destrucción contra los símbolos de una sociedad. En cambio, al otro lado de los Pirineos, podemos respirar tranquilos.

Como comentaba el periodista del área de cultura de ‘El diario vasco’, Alberto Moyano, a cuenta de lo que planteábamos en Asalto a la biblioteca del distrito 18:

 

 

Un tuit que nos gustó, en primer lugar, por expresar su discrepancia (el primer paso para enriquecerse en un diálogo amable en la red); además ese “disparar en demasiadas direcciones” nos encanta para un post que se llama Biblioteca apache; y, sobre todo, por incidir en ese poder perturbador, en esa hostilidad que aún pueden llegar a provocar los libros (y por ende las bibliotecas) como símbolos. Si algo incomoda es que sigue ejerciendo un poder hasta en los que se creen más ajenos a su influjo. Algo que, pese a estar al otro lado de los Pirineos, también encontramos fascinante.

 

 

Christian Slater ya contaba con unos precoces antecedentes bibliotecarios por su papel en El nombre de la rosa (1986).

Y cambiando de latitud y escenario pero no de temática: el Festival de Cine de Santa Barbara en los Estados Unidos se inauguró el pasado 31 de enero con la proyección de la película dirigida por Emilio Estevez: The public (2018). En el reparto, entre otros, aparte del propio Estevez, estrellas como Alec Baldwin o Christian Slater.

The public se centra en un grupo de vagabundos y personas en riesgo de exclusión; y en las relaciones que establecen con los trabajadores de una biblioteca del centro de Cincinnati.

Una noche, tal cual como en nuestro ángel exterminador bibliotecario, suena el aviso de cierre de la biblioteca y un grupo de sin techo se niega a abandonar la biblioteca. Los refugios de la ciudad están atestados por una cruda ola de frío y la única opción es pasar la noche a la intemperie. A partir de aquí, el conflicto se complica cuando los bibliotecarios deciden apoyar a los okupas, y se posicionan frente a políticos y medios sensacionalistas: planteándose un acto de desobediencia civil que sirve para exponer algunos de los problemas sociales más candentes de la sociedad estadounidense (y por extensión de las sociedades occidentales).

 

 

La película de Estevez, no tiene aún fecha de estreno en nuestro país, pero promete convertirse en un título de referencia en el mundo bibliotecario. Al igual que el incendio de bibliotecas en Francia denota las tensiones sociales que se viven en el país vecino: de la película norteamericana se pueden sacar varias lecturas, pero en este caso, positivas.

Independientemente de la calidad de The public (atendiendo al tráiler parece que la acostumbrada competencia estadounidense en los aspectos visuales e interpretativos está asegurada) el hecho de que una biblioteca se convierta en escenario protagonista de una producción, independiente, pero rodada con medios y con estrellas en su reparto: ya es una buena noticia. Pero la biblioteca en la película es mucho más que un simple decorado: es todo un concepto. La plasmación en imágenes (en líneas de diálogo) de una frase que se repite afortunadamente cada vez con más frecuencia: las bibliotecas públicas como último bastión de la democracia. Las bibliotecas públicas, como indica el título, como máxima representación de lo público.

 

Emilio Estevez como bibliotecario al frente de la desobediencia civil de un grupo de excluidos del sistema.

 

El hijo mayor de Martin Sheen perpetúa la tradición demócrata de ese Hollywood comprometido en causas sociales que su padre (récord absoluto de detenciones por implicarse en protestas sociales: 66) ha representado públicamente desde la década de los 70. Muy alejado de su hermano, Charlie Sheen, que en cambio tanto se ajusta al estereotipo hollywoodense hecho de alcohol, drogas y sexo. Era previsible que, tan célebres representantes del progresismo estadounidense, tuvieran algo que decir sobre la sociedad que ha quedado tras una década de crisis culminada con la presidencia de Trump.

Que Alec Baldwin forme parte del reparto tampoco es casual. Aparte de haber renovado su popularidad gracias a la exitosa parodia que del actual presidente de su país hace en el mítico show de humor televisivo Saturday Night Live: Baldwin tiene un largo recorrido como santo patrón bibliotecario, o en otras palabras, como mecenas de bibliotecas en su país.

 

Alec Baldwin junto a su mujer y el también actor Edward Burns en la Author’s night for the East Hampton Library de 2015: un evento que sirve para recaudar fondos para dicha biblioteca.

 

Baldwin, aunque ha sido nominado, no ha ganado nunca un Oscar, pero de crearse alguna vez el Tejuelo de oro, sin duda, se lo llevaría de pleno en la mayoría de categorías. En 2011 el lenguaraz intérprete que nunca se ha cortado un pelo (su pelambrera pectoral atestigua que lo metrosexual nunca ha ido con él) a la hora de dar sus opiniones: donó 10.000 dólares para impedir que se cerrase la Biblioteca Adams Memorial en Rhode Island. Otros 250.000 dólares fueron a parar a la biblioteca de East Hampton, a la cual destinó los ingresos que obtuvo por diversas campañas publicitarias que había protagonizado.

Pero no acaba aquí su labor probiblioteca, también fue cofundador de la Noche anual de recaudación de fondos para la Biblioteca de East Hampton. Además, desde 2015, a través de la fundación que lleva su nombre y el de su esposa, The Hilaria & Alec Baldwin Foundation, el matrimonio financia numerosas iniciativas en torno al arte, la cultura o la salud pública.

 

Alec e Hilary posando en su mansión de los Hamptons.

 

Un joven Alec Baldwin participando en la campaña de fomento de la lectura de los 80 que lanzaron desde las bibliotecas estadounidenses: READ.

Que la biblioteca en la que Baldwin centra su altruismo esté situada en Los Hamptons: no resta valor a sus esfuerzos.

Situados en la zona este de Long Island, los Hamptons, constituye una exclusiva zona de vacaciones para la clase alta de Nueva York. Scarlett Johansson, Sarah Jessica Parker, Richard Gere, Jennifer López, Steven Spielberg, Robert de Niro o, por supuesto, el propio Alec Baldwin: poseen lujosas fincas en la zona. Un territorio en el que también viven personas de clase media baja, pero cada vez menos, dado que el alto nivel de vida de Los Hamptons les ha obligado a mudarse.

En los Estados Unidos no hay problema en defender públicamente un discurso progresista y a favor de los derechos sociales de la población (como hace Baldwin participando en The public): y por otro lado, pertenecer a la élite económica y cultural de esa sociedad. En nuestro país la defensa de lo público, en cambio, pareciera exigir un compromiso lindante con el voto de pobreza. Combinar lo público con lo privado (salvo que hablemos de cotilleo y prensa del corazón) suena casi a blasfemia. Un discurso harto maniqueo que, tal vez, una buena ley de mecenazgo cultural ayudaría a mitigar.

En una reciente entrevista en ‘El País’ la oncóloga Ruth Vera, presidenta de la Sociedad Española de Oncología Médica, señalaba la necesidad de incentivar la inversión privada a través de una ley de mecenazgo. Y declaraba no entender la polémica en torno a la donación que hizo Amancio Ortega para la lucha contra el cáncer. “¿Por qué tenemos que rechazar la inversión privada?” se preguntaba Vera.

 

Un fotograma de The public (2018): las fuerzas del orden irrumpiendo en la biblioteca (no se considera spoiler porque aparecen en el tráiler).

 

Disco de Jacques Brel en el que se incluía su satírica ‘La dame patronnesse‘ (Las damas de la beneficencia): título apropiado para la propuesta final de este post.

Hace un año se presentaron las 150 medidas que el actual Gobierno pretende poner en marcha durante esta legislatura y que se engloban dentro del Plan Cultura 2020. Entre ellas se incluía la reactivación de la postergada Ley de Mecenazgo Cultural. Un año después, Castilla-La Mancha ha anunciado la puesta en marcha de su propia Ley de Mecenazgo, mientras en el resto del país sigue la espera.

Entretanto las bibliotecas se convierten, o no, en objetos de deseo para mecenas con ganas de cuidar su imagen pública y aliviar su declaración de la renta, ya que hemos citado a la prensa del corazón, no estaría de más que nuestras celebrities patrias se quitaran complejos respecto a las estadounidenses apoyando eventos recaudatorios destinados a bibliotecas.

Antonio Banderas lleva varios años impulsando la Gala solidaria Starlite en Marbella cada verano. ¿Cabría esperar un séptimo de caballería proveniente del papel cuché? ¿Quién sabe? Igual a Isabel Preysler, Nati Abascal, Pitita Ridriduejo o a Carmen Lomana les da por lucirse con una excusa tan favorecedora y ponerlo de moda entre la beautiful people. Dejamos la pregunta envenenada para el final: ¿tendría escrúpulos el sector bibliotecario en aceptar este tipo de financiación?

Arrancamos viendo como quemaban bibliotecas en Francia y concluimos con acento francés gracias a las damas de la beneficencia de Brel. Otra cosa no, pero nadie nos podrá acusar de falta de coherencia.

 

Tamara Falcó entrevistando a Vargas Llosa en la biblioteca de la mansión de Isabel Preysler.

Mamá quiero ser youtuber…(de biblioteca)

 

Entre “Enamorado de la moda juvenil” de Radio Futura ” y “mala mujer, me han dejado cicatrices por todo mi cuerpo tus uñas de gel” de C. Tangana: distan 37 años. En muchos casos los mismos que separan a los potenciales usuarios jóvenes de las bibliotecas y un gran porcentaje de los profesionales que trabajan en ellas (aún más después de la falta de relevo generacional que ha provocado la crisis que estalló en 2008). Y esa brecha generacional pasa factura a la hora de idear proyectos y actividades que puedan despertar el interés de muchos de esos jóvenes que son incapaces de disociar biblioteca de sala de estudio.

 

 

El actor y humorista Berto Romero concedía una entrevista a cuenta del estreno de su serie ‘Mira lo que has hecho’ en ‘Fotogramas’. En ella Romero, de 43 años, hablaba de la ruptura que han supuesto los youtubers: “entre mis coetáneos puedes ver ecos de Faemino y Cansado, de los Monty Python […] y en los youtubers no hay influencias. Han inventado un lenguaje nuevo, y eso puede compararse con las relaciones paternofiliales“. Tal vez algo exagerado, pero no menos cierto, y más viniendo de un integrante de una de las generaciones culturales más abusonas que se recuerdan.

Buscando en el baúl de los recuerdos, una y otra vez, para seguir generando negocio a falta de ideas nuevas.

El crítico de cine Roberto Morato en la crítica que de la película que sobre la serie de anime de los 70, Mazinger Z, hacía en la revista ‘Dirigido’ definía perfectamente ese abuso cultural de los que nacieron entre las décadas de los 60 y 70 del siglo pasado: “nostalgia capitalizada para una nueva generación que seguirá visitando las ruinas del pasado como museo de un presente que les debería pertenecer.” Esas generaciones que por ser las primeras amamantadas por la televisión, los primeros videojuegos y el cine de efectos especiales no paran de revisitar su adolescencia y de regurgitarla, una y otra vez, para consumo de sus herederos. Por eso, pese a que el fenómeno youtuber desconcierte a partir de los 35 en adelante, es algo propio de las nuevas camadas culturales y se les debe respetar. Y a continuación, bibliotecariamente hablando, explotar.

 

Beavis & Butthead, en los 9, o Jackass (ambos en la MTV) ya dieron el pistoletazo de salida a ese humor estúpido que ahora se perpetúa en tantos youtubers.

 

El libro Mamá, quiero ser youtuber, publicado en 2016,  que daba “todas las claves para entender el fenómeno que ha venido para quedarse” (según reza su subtítulo) no hablaba directamente de ElRubius, el más célebre de los youtubers de nuestro país, pero sí había sido escrito por dos de sus colaboradores, con lo cual su alargada sombra estaba más que presente. Puede que ElRubius ni sepa que el título del libro sea una apropiación del título de un musical de Concha Velasco. Los referentes del pasado más inmediato no son el fuerte de una generación que (como todas por otro lado) cree estar inventando el mundo. Pero al fin y al cabo a lo que aspiran estos jóvenes es a ser los chicos yé-yé de su tiempo.

Si en el 2000, la irrupción de los realities en televisión fue el primer paso: en 2005 con la llegada de Youtube la capacidad adivinatoria de Warhol respecto a la fama en los tiempos venideros quedaba fuera de todo duda. Pero como el artista neoyorquino también sabía: toda fama conlleva grandes servidumbres.

ElRubius, Auron Play, Vegetta777 o Andrea Compton, por citar a algunos de los que más seguidores acumulan, se acercan peligrosamente a la treintena. Los niños prodigio del cine del siglo XX (Shirley Temple, Macaulay Culkin, Marisol o Joselito) vieron languidecer el fulgor de sus estrellas conforme fueron creciendo; otros se adaptaron y consiguieron proseguir sus carreras (Liz Taylor, Rocío Durcal, Ana Belén, o más recientemente, Daniel Radcliffe): ¿sucederá algo similar con los youtubers?

Es un fenómeno demasiado nuevo para predecir su evolución. El alargamiento de la adolescencia y primera juventud en Occidente les ha permitido llegar peligrosamente cerca de la treintena: pero superada esa frontera ¿podrán seguir conectando haciendo el chorra en sus vídeos? ¿el ageism (discriminación por edad) no les sentenciará igual que sentencia a las estrellas del pop?

 

Si hasta la hermana Irene del convento carmelita de La Granja (Segovia) se ha hecho youtuber para atraer vocaciones: ¿pueden permitirse las bibliotecas el lujo de pasar de Youtube?

 

Loulogio de youtuber pionero en nuestro país a autor de cómics.

Loulogio, un pionero en nuestro país, ha anunciado recientemente que lo deja a los 34 años. Su éxito en los albores de Youtube haciendo doblajes chistosos de anuncios cutres de Teletienda le llevó a ser colaborador en programas de humor de Buenafuente o a convertirse en una estrella de los monólogos de humor. En su trayectoria como youtuber se apreciaba una evolución: de la Batamanta o el pajilleitor (que lo situaron en el mapa) a vídeos analizando la obra de artistas como Dalí, El Bosco o Miguel Ángel mucho antes de que ‘Playground’ diera una muestra de cómo gamificar nociones de arte e historia, conjuntamente, en su vídeo sobre Las Meninas a ritmo de trap.

Loulogio deja Youtube y los monólogos para volcarse en su gran pasión: los cómics. Pero en su marcha ha hecho una reflexión sobre los juguetes rotos que Youtube dejará inevitablemente por el camino: y lo hizo en una biblioteca. Fue el pasado 27 de febrero en un Duelo entre youtubers en la Biblioteca Regional de Murcia que Loulogio y Bamf, un booktuber o más exactamente un comictuber, reflexionaron sobre el incierto futuro que les espera a muchos de los protagonistas del fenómeno. Es lógico, toda moda pasa, pero lo más interesante fue el vaticinio que hizo Loulogio: que el futuro de los youtubers puede que pase por los booktubers.

 

Loulogio y Berto Romero envueltos en la célebre batamanta en el programa de Buenafuente.

 

Adentrarse en la madurez grabando vídeos mientras se juega a videojuegos o se llevan a cabo desafíos tontos: no parece que tenga mucho futuro. Pero ejercer de prescriptores (de libros o de cualquier otra cosa)  no parece tan sujeto a las exigencias de la edad. ¿Es posible imaginar que los nuevos Jordi Costa, Carlos Boyero, Manuel Rodríguez Rivero, Estrella de Diego, Álvaro Pons (por mencionar a algunos de los críticos de referencia en diversas disciplinas) surjan de Youtube en vez de los medios más tradicionales? Tal y como evoluciona todo nada es descartable. Pero como señalaba el programa que Página Dos dedicó a los booktubers el pasado diciembre: “muchos booktubers aspiran a profesionalizarse” y las editoriales lo tienen claro van a por ellos. Pero ¿y las bibliotecas?

En Egobiblio: narcisismo y bibliotecas en la era del selfie ya lanzábamos a mediados de 2016 la pregunta de ¿para cuándo las bibliotecas de nuestro país iban a imitar a las algunos países de Sudamérica en los que los concursos de booktubers convocados por bibliotecas era ya una práctica cada vez más habitual? Cerca de dos años después ya se han dado los primeros pasos.

 

 

Desde junio de 2017 se ha puesto en marcha el canal BiblioTubers de la Red de Bibliotecas Públicas Municipales del Ayuntamiento de Madrid. Desde la Biblioteca de Portazgo en Puente Vallecas, la bibliotecaria Diana Mangas Pozo, anima a sus seis aprendices de booktubers que comentan los libros que previamente han leído en el club de lectura orientado para jóvenes de entre 11 a 14 años que organizan en su centro.

En mayo de 2017 la biblioteca de Ciudad Real lanzó su primer concurso para encontrar el mejor booktuber entre los jóvenes de los centros educativos de la provincia. La booktuber Esmeralda Verdú fue la encargada de impartir talleres sobre cómo recomendar lecturas a través de Youtube orientados a los menores interesados en participar. Y hace tan solo unos días se ha lanzado la II edición del concurso de Booktubers de Ciudad Real. En esta ocasión la booktuber encargada de impartir los conocimientos necesarios para convertirse en prescriptor, vía Yotube, será Yaiza Jara.

 

 

Las colaboraciones entre bibliotecas y booktubers se van afianzando cada vez más. En Hellín (Albacete) la Red de bibliotecas públicas municipales ya ha celebrado varios encuentros con booktubers dentro del proyecto Lectibe. Esmeralda Verdú, May Ayamonte y Yaiza Jara han participado hasta el momento con gran éxito de convocatoria.

 

 

Youtube ha venido para quedarse y las bibliotecas pueden ser el refugio ideal para esos jóvenes que llevados por sus pasiones se asomen a la ventana digital y quieran mantener su independencia pese a soñar con profesionalizarse. Los ardides para atraerlos dependerá de la habilidad de los profesionales de las bibliotecas; pero sobre todo de su falta de prejuicios y de la ausencia de paternalismos culturales. Bibliotecarios-vampiros en busca de sangre joven o bibliotecarios-esponja dispuestos a mantenerse al día incluso en asuntos que a priori no les interesan: que cada uno elija la figura con la que más se identifique pero que nadie se quede fuera del juego.