Biblioteca de alta cuna y baja cama

 

Hace poco más de un año sosteníamos, en este mismo blog, que se estaba fraguando un golpe de estado cultural. Siempre dispuestos a leer las señales, incluso en donde cuesta verlas, una noticia reciente nos aporta más argumentos con los que apuntalar esa intuición.

Según recoge ‘El País’ la última exposición organizada por la BNE viene envuelta en polémica: lo cual no quiere decir mucho. Polémica y noticia, en estos días, vienen a ser lo mismo. Los rostros del genio es el nombre bajo el que se exponen en la Biblioteca Nacional hasta el mes de mayo de 2019, entre otros fondos de la institución, dos códices del genio italiano. Hasta ahí nada excepcional salvo por el siempre excepcional Da Vinci. El problema viene por la colaboración en dicha exposición del popular presentador del concurso de Telecinco, Pasapalabra, Christian Gálvez: que ha aportado una selección de recreaciones de máquinas diseñadas por el gran Leornado.

Paralelamente, Gálvez, ejerce como comisario de una exposición sobre Leonardo en el Palacio de las Alhajas, que ha terminado de enervar los ánimos en torno a la celebración del V centenario de la muerte del gran creador.

 

La exposición que comisaría Gálvez sobre Leonardo ha resaltado su carácter didáctico y su deseo de presentar un Leonardo ‘en vaqueros’. Y casualmente, hace años, una conocida marca de vaqueros, recurrió al David de Miguel Ángel para anunciar sus pantalones.

 

La figura de Gálvez es curiosa cuando menos. Ejerce desde hace años su papel de presentador enrollado y de simpatía estándar para programas familiares: y por otra parte: se ha ido construyendo una imagen de escritor de best sellers de intriga (al socaire de la moda propulsada por Dan Brown) con la figura de Leonardo da Vinci y el Renacimiento, como leitmotiv principal, y de experto no ortodoxo sobre la materia.

 

Autoayuda inspirándose en Leonardo da Vinci de la mano de Christian Gálvez con prólogo de Risto Mejide.

 

Unas credenciales que no convencen para nada a los más de 500 historiadores del Comité Español de Historia del Arte (CEHA) que han firmado una protesta por el intrusismo de Gálvez en estos asuntos, por su falta de reconocimiento científico, la inclusión de un cuadro sobre el que recaen serias dudas sobre su autoría en la exposición, y la inexperiencia del presentador/escritor como curador de exposiciones. Gálvez ante el ataque de lo académico ha respondido recurriendo, precisamente, a las bibliotecas:

“No pretendo sentar cátedra. Pero me hace gracia, porque hoy en día Leonardo sería un intruso. Recordemos que en su época, la Florencia de los Médicis, fue cuando se empezaron a abrir las bibliotecas a la gente.”

Por su parte la BNE ha confirmado el incremento de visitas a la institución y el aumento de solicitudes de alta como usuarios. Y ante el revuelo que no cesa ha procedido a hacer sus declaraciones al respecto mediante un hilo de Twitter del que extraemos dos tuits:

 

 

Lo cierto es que los historiadores, tengan toda la razón o no de su parte, lo tienen difícil ante el poderío de un rostro popular televisivo. Las acusaciones de clasismo que puedan recaer sobre ellos vendrán refrendados por un estado cultural en el que los referentes del pasado están cada vez más en entredicho. Entre universidades que azuzan a profesores e investigadores a una carrera desenfrenada de publicaciones para poder optar a progresar académicamente, la polución que promueven las redes, y el descrédito en el que ha caído el canon cultural que imperaba desde el siglo XIX: las bases sobre las que se sustenta lo cultural no pueden resultar más movedizas.

¿Habría resultado menos molesto el intrusismo si el papel de Gálvez lo ocupara un Jordi Hurtado de Saber y ganar en TVE o el añorado Constantino Romero de El tiempo es oro? Pregunta torticera donde las haya: pero que fijándose un poco no resulta tan frívola. Pese a lo que pueda parecer, aún en estos tiempos líquidos, el concepto de lo cultural y sus apariencias, y por tanto del clasismo cultural, sigue conservando subterráneamente su vigencia.

 

David Leo, el concursante poeta, que ganó el rosco final y quería invertir parte del premio en abrir  una librería-café, una academia de “saberes inútiles” para especialistas en humanidades. 

 

Premios literarios para nombres televisivos.

La cadena de espacios como Sálvame ; Gran Hermano ; Mujeres, hombres y viceversa o Cazamariposas: ejerce el clasismo cultural como la que más. En Telecinco el programa que presenta Gálvez, Pasapalabra, es un punto y aparte. Para ganar el concurso no hace falta vender las miserias propias y ajenas, vociferar, encamarse o siliconarse: basta con un dominio lo suficientemente amplio del diccionario y hacer alarde de rapidez mental. Es lo más parecido a un programa cultural que poseen y, por eso, no dejan que se contamine del resto de su programación.

La fauna que puebla los programas estrella de la casa y en los que sí es necesario claudicar de cualquier tipo de vergüenza, pudor o discreción: no intervienen como invitados en el programa del rosco final. El clasismo cultural demarcando bien los territorios de la parrilla televisiva.

Boris Izaguirre, una figura que emergió también en la cadena allá por los 90, siempre ha defendido que un escritor o intelectual del siglo XXI debe aparecer en los medios y no rehuir nunca el show. Algo que el fugaz ministro de cultura del gobierno de Pedro Sánchez, Màxim Huerta, venía dispuesto a corroborar: pero cuestiones más prosaicas que el show business truncaron el intento.

 

Eduard Limònov, el Johnny Rotten de la literatura que vino de Rusia, en un montaje publicado en el blog sobre literatura de Juan Carlos.

 

Visto el panorama ¿quién concede la legitimidad cultural, la autoridad, el prestigio en estos tiempos movedizos en los que hasta el criterio académico está bajo sospecha? La excelente novela Limónov (Anagrama) de Emmanuele Carrère es todo un manual en este sentido. La vida del poeta, escritor, provocador, revolucionario, farsante, vagabundo, delincuente y mercenario Eduard Limónov es todo un ejemplo, real aunque pareciera inventado, de un arribista cultural, de un trepa social con talento que persigue la fama, la gloria y la inmortalidad a través de la cultura.

Y Carrère, francés, acomodado, burgués hijo de una familia con pedigrí académico y prestigio cultural: se mira de reojo en las motivaciones, frustraciones, deseos de ese ruso proletario que durante toda su vida ha luchado por desmarcarse a través del arte y la cultura de lo que el destino familiar le deparaba. Partiendo de un situación mucho más propicia, el escritor francés, también compartió con el paria ruso las mismas ansias de trascendencia, de legitimación cultural, de reconocimiento, en definitiva, de ese aura de intelectualidad y talento que le distinguiese, no ya socialmente, sino culturalmente del resto.

 

Carrère y Limónov: dos tildes contrapuestas.

 

Todos somos arribistas, todos somos trepas culturales, y las bibliotecas públicas llevan siglos proveyendo de municiones a los millones de arribistas que han asaltado, una y otra vez, los palacios de invierno de la cultura. Desde la invención de la imprenta, ese asedio ha sido continuo: pero puede que esta revolución digital esté trastocando los términos de esa ansia de superación.

Cuando ese pueblo en masa que, tan fotogénico queda en las películas de Eisenstein, puede asaltar los palacios cómodamente a golpe de clic: pasan de asaltarlos y terminan votando a favor del Brexit, Bolsonaro, el Frente Nacional Francés, Trump o Vox. ¿Qué ha pasado para que ese deseo de progreso social a través de la cultura haya desaparecido? ¿nos han matado el instinto? Si los ricos, los poderosos hacen más alarde de su ignorancia que de su cultura: ¿quién se esfuerza, robots aparte, por progresar mediante el conocimiento?

La actriz argentina Cecilia Roth, en una entrevista reciente, daba una clave en este sentido:

“Los votantes de Lula son los mismos que los de Bolsonaro. Ese es el problema. Y en eso creo que tiene que ver mucho la manipulación del pensamiento, y es que casi no hay pensamiento porque no nos alcanza el tiempo para pensar.”

 

La condesa Alexandra (1937): Marlene Dietrich como condesa rusa a la que los bolcheviques le asaltan el palacio y debe mezclarse con el pueblo para sobrevivir.

 

El título que Hollywood escogió para la adaptación cinematográfica de la novela de Theodore Dreiser, Una tragedia americana, mejoraba incluso el título original: Un lugar en el sol (1951). Eso es lo que busca su protagonista, interpretado por Montgomery Clift, un joven sin recursos económicos, y mucha ambición, que se debate entre su novia proletaria embarazada y la rica heredera a través de la  cual vislumbra ese lugar en el sol de la alta sociedad al que tendría acceso al casarse con ella. Desde el principio el protagonista ejemplifica lo que el sociólogo Pierre Bourdieu sostenía en los 70: “el gusto es una forma de diferenciarnos de los demás, de perseguir la distinción. Y su producto final es la perpetuación y la reproducción de la estructura de clases“.

En aquel entonces el gusto lo definía la cultura, pero en el XXI, para dar un braguetazo cultural antes habría que saber qué se entiende exactamente por cultura. El canon cultural se está redefiniendo a una velocidad de crucero espacial; avanza años luz y deja en la cuneta a cualquiera que aún siga creyendo en los cánones. Como cantaba Cecilia: “dama, dama, de alta cuna y de baja cama”: y en esa estrofa se resume bien cómo es lo cultural en nuestros días y, por la parte que nos toca, cómo son las bibliotecas: de orígenes aristocráticos pero adentrándose confiadas por los bajos fondos. Y mientras, juguemos un poco.

Con la A: Persona que progresa en la vida por medios rápidos y sin escrúpulos. Con la B: Lugar donde se tiene considerable número de libros ordenados para la lectura. Con la C: Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico. Todos tenemos un rosco hecho de palabras conceptos e ideas que nos enmarca nuestra visión de lo que somos y lo que querríamos ser. Para completarlo tenemos que ser capaces de descubrir dónde están los palacios que, una vez más, hay que asaltar.

 

6 comentarios en “Biblioteca de alta cuna y baja cama

  1. Pingback: Desmontando el 2018 - El blog de InfobibliotecasEl blog de Infobibliotecas

  2. Hola, Vicente.

    Perdona que te escriba, pero veo que existen algunas inexactitudes en tu post. El debate que planteas es muy interesante, pero creo que se ensucia al partir de supuestos falsos.

    Como profesional de la información, imagino que querrás corregir esos errores para no confundir a tus lectores 🙂

    Según tus palabras:

    “Los rostros del genio es el nombre bajo el que se exponen en el Palacio de las Alhajas de la Biblioteca Nacional hasta el mes de mayo de 2019: un conjunto de piezas sobre Leonardo da Vinci que son un preludio a la exposición de dos códices del genio italiano”.

    “La exposición comisariada por Christian Gálvez se presenta bajo el nombre de ‘Leonardo en vaqueros’.”

    En realidad, los datos son que:

    – El Palacio de las Alhajas (https://www.lasalhajas.es/) es un espacio para la organización de eventos, que no depende en modo alguno de la Biblioteca Nacional (http://www.bne.es/es/Inicio/index.html).

    – Los códices I y II de Leonardo, están actualmente expuestos en la antesala del Salón General de Lectura de la BNE, junto a una selección de piezas que contextualizan la figura de Leonardo; exposición que está comisariada por la catedrática Elisa Ruiz.

    – La BNE realiza una exposición sobre Leonardo en la que se exponen piezas de sus fondos (comisariada por Elisa Ruiz), que se complementa con una selección de recreaciones de máquinas de Leonardo (aportadas por Christian Gálvez, comisario de la exposición en el Palacio de las Alhajas), que están colocadas en espacios de tránsito de la BNE.

    – La exposición tiene por nombre “Los Rostros del Genio”. La expresión “en vaqueros” está extraída de una entrevista que concedió Christian Gálvez (https://www.larazon.es/cultura/leonardo-da-vinci-un-artista-en-vaqueros-JB20743965)

    Aquí está el hilo completo de la BNE, quienes explican todos estos detalles: https://twitter.com/BNE_biblioteca/status/1072847044769972224

    ¡Muchas gracias!

  3. ¡Hola! Siento que este comentario no vaya al debate cultural, pero es que el Palacio de las Alhajas no pertenece a la Biblioteca Nacional. Los códices están expuestos en la biblioteca junto a otros libros, mientras que el palacio, que además cobra 15 euros del ala, expone el falso retrato de Leonardo. Y la expo se llama Los rostros del genio, no Leonardo en vaqueros…

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