Biblioteca de orgasmos, biblioteca de chocolate

 

Publicidad impresa de la marca de productos de higiene masculina Axe: “parte buena, parte mala: esa es la esencia del hombre”.

 

Según un artículo de la publicación digital Puro marketing, de hace dos años, el sexo como reclamo publicitario ya no vendía: más que nada por saturación, aburrimiento, hartazgo. Pues bien, alguien debería haber avisado a las agencias que se ocupan de las campañas para numerosas marcas de perfume, moda, desodorantes, agua mineral y hasta quita grasas para el hogar: porque todas, sin excepción, siguen recurriendo al sexo para vender. Visto lo visto ¿está mal que se haga lo mismo para hablar de bibliotecas?

 

Publicidad (nada sexista) del detergente OMO en los años 60: o de cómo poner la lavadora y hacer un estriptís para animar al marido en cuatro fáciles pasos.

Uno de los daños colaterales de 50 sombras de Grey. 

 

En este blog, recién publicado, un díptico bajo el título de Sexo, drogas y tejuelos: cabría pensar que sí. Pero aún a riesgo de que se nos tache de rijosos no podíamos dejar pasar una noticia tan jugosa (ese subconsciente escurriéndose por los adjetivos) como la relativa a una biblioteca de orgasmos.

Y no, no vamos a hablar del fotógrafo Clayton Cubitt y su invento, también de hace dos años, de la Literatura histérica: aquellos vídeos de mujeres llegando al orgasmo, gracias a un vibrador, mientras leían un libro; y que salió hasta en los telediarios (para que luego digan que el sexo no vende). La biblioteca de orgasmos bien podría tomarse como una extensión de la propuesta con la que Cubitt unía orgasmos y literatura: pero dándole la vuelta.

Si el órgano más grande que interviene en la relación sexual es el cerebro: ¿por qué en la siguiente campaña de promoción de la lectura no se recurre a un eslogan del tipo:

si quieres buen sexo ven a la biblioteca

 

En este caso no se podría acusar a nadie de publicidad engañosa. El efecto viral de la campaña sería imparable, el lirismo de puerta de aseo público en los comentarios subsiguientes, también: y el jamacuco del político de turno, seguro. Eso sí, habría que completarla con una letra pequeña que indicase que las bibliotecas no se hacen responsables de los fracasos eróticos de sus clientes. En caso contrario, no habrían hojas de reclamaciones suficientes para desahogar a tanto frustrado por lo poco que la realidad suele avenirse a las expectativas que genera nuestra imaginación.

 

Gama de cosméticos del amor de la marca Bijoux indiscrets.

El clásico de Diderot del que toma su nombre la literaria marca de juguetes eróticos Bijoux indiscrets.

 

En la marca de juguetes eróticos Bijoux indiscrets, es de Barcelona por mucho que parezca francesa (algo de galicismos para variar): lo tienen claro. Por eso ha llevado a cabo un estudio (¿qué sería de nosotros sin los estudios?) bajo el título: Realidad versus ficción en el sexo. Si del dicho al hecho hay un gran trecho, en cuestiones erótico-festivas el trecho se convierte en abismo.

La marca creó una biblioteca digital desde la que es posible descargar los sonidos de diferentes orgasmos. A partir de ahí: pidieron a un grupo de hombres y mujeres que jugaran a diferenciar cuáles eran ciertos y cuáles fingidos. Los resultados fueron de lo más igualitarios: tanto los varones como las féminas no supieron discernir la ficción de la realidad en cuestión orgásmica.

Con esta propuesta lo que Bijoux indiscrets ha querido demostrar es el potente influjo que la ficción tiene sobre nuestro imaginario erótico, y por ende, sobre nuestro comportamiento en estas lides. Según el mismo estudio un 44’7% de las mujeres denotan un imaginario erótico equiparable al de una película romántica; mientras que para un 38,2% de los hombres su idea de lo sexual se aproxima más a una cinta porno. Sin novedad en el frente.

 

El ensayo de Denis de Rougemont un referente a la hora de indagar en los orígenes del concepto del amor romántico en Occidente.

 

Sex criminals mezcla orgasmos y thriller con un punto de partida impactante: cada vez que la pareja protagonista tiene un orgasmo el tiempo se paraliza.

Desde que en la Edad Media los juglares inventasen el amor romántico: la representación de los sentimientos y deseos se contaminó de tanta carga literaria que los estereotipos en torno al amor se enturbiaron para siempre en Occidente. Faltó la llegada de la publicidad, el cine y los medios de masas en la Edad Moderna para que separar el grano de la paja (sin segundas lecturas por favor) se hiciera del todo imposible.

Ahora, en plena apoteosis de lo pornográfico gracias a lo digital: el último reducto de soberanía personal sobre el propio cuerpo, la sexualidad, corre el riesgo de terminar convertido en algo maquinal, mecánico, robótico. Si abogábamos por la reivindicación de lo erótico desde la cultura: ¿qué tal sería una campaña conjunta entre Bijoux indiscrets y alguna red de bibliotecas?

 

Nathan, el programador megalómano de la película Ex Machina (2015) en pleno delirio bailongo (¡¡atención spoiler!!) con su amante robótica. Recientemente un artículo publicado en El País abordaba el más que probable uso de los robots con fines sexuales. ¿Se resolverá así la cuestión del fingimiento en el orgasmo? ¿soñarán los androides con orgasmos eléctricos?

La máquina de follar de Charles Bukowski: cargándose, cada vez más, de poder profético según avanza la robótica en este siglo XXI.

 

La originalidad está sobrevalorada: y la prueba es la segunda parte de este post (absténganse golosos). Acomodados en el mundo de los sentidos recurrimos a un nuevo tópico: el que relaciona al chocolate con el sexo, precisamente por su capacidad para sustituirlo.

Si lo de consumo, luego existo es el principio que sustenta el sistema en el que sobrevivimos, entonces todos somos víctimas propiciatorias del marketing. Música estimulante en las tiendas de ropa, para que todos nos creamos el chico de Martini o Carrie Bradshaw ensayando posturitas frente al espejo del probador; o películas y series televisivas con los decorados más repletos de marcas que el maillot de un ciclista.

Todo vale con tal de transformarnos en perritos de Pávlov, salivando ante la posibilidad de fundir la tarjeta de crédito; y en cuestiones de libros no tenía porque ser menos. Hace unos años la revista Journal of Enviromental Psychology recogía los resultados de un experimento de lo más peculiar, que un equipo de investigadores de la Universidad de Hasslet (Bélgica): pusieron en practica durante diez días en una librería belga.

Consistió en pulverizar aroma a chocolate en determinadas secciones temáticas de la librería, y comprobar si esto afectaba al incremento de las ventas. Y así fue según los resultados del estudio, sobre todo en lo relativo a libros sobre alimentos y novelas románticas. Todo bastante previsible, la verdad.

 

El cuidado y libresco envoltorio en el que se comercializó el Paper Passion de Karl Lagerfeld.

 

Pero como siempre, la noticia nos sirve para plantearnos una reflexión: ¿qué efecto tendría en las estadísticas de préstamo de las bibliotecas adoptar este sistema de marketing olfativo? Si nuestros objetivos se moviesen dentro del canon del buen gusto comúnmente aceptado: se podría recurrir a perfumar las salas bibliotecarias con Paper passion o con L’Air de Rien.

El primero, Paper passion, fue la creación conjunta del perfumista Geza Schoen y el diseñador Karl Lagerfeld para la revista Wallpaper. Se trató de capturar ese olor a libro nuevo con el que se deleita cualquier amante de la lectura: un arma de seducción definitiva diseñada para alterar las feromonas de cualquier letraherido que caerá rendido ante tal atractivo intelecto-sexual. El propio Lagerfeld pronuncio hace tiempo el mejor eslogan para el perfume:

“los libros son una droga de tapa dura, sin peligro de sobredosis. Yo soy la víctima feliz de los libros”

 

La segunda opción para perfumar los ambientes bibliotecarios, a semejanza de como hacen hoteles o comercios de alto standing: sería el perfume creado-inspirado por la actriz y cantante británica Jane Birkin: L’Air de Rien. La perfumista Lyn Harris siguió las indicaciones de la intérprete del Je t’aime moi non plus para crear un aroma que evocase a polvorientas bibliotecas y a libros antiguos recurriendo al musgo de roble, el neroli, el ámbar o la vainilla.

No dudamos que pudiera seducir a algunos usuarios, pero a los profesionales que lidian diariamente con depósitos atestados de donaciones y libros polvorientos: ¿no sería un poco como irse a casa como se van los pescaderos?

Dos opciones para convertir a las bibliotecas en espacios de seducción no solo intelectual, sino también sensorial, sensual. Pero yendo un paso más allá: si Isabel Coixet lanzó aquello de ¿a qué huelen las nubes? en un spot de compresas: aquí nos preguntamos: ¿a qué deberían oler las colecciones según su contenido?

Dulce fragancia de caramelo para la sección infantil, el vigorizante aroma de los cítricos para la sección de deportes; el recio olor a madera y tabaco para empresarios y política; el olor a dinero recién impreso para la sección de negocios; raíces y tierra para la filosofía; fragancias marinas para la literatura de viajes; o un deseo, más que una realidad: el rancio olor de la naftalina para la mala literatura.

El problema sería que los conductos de ventilación confundieran los aromas, provocando una parosmia generalizada entre los visitantes (trastorno que confunde los olores) e hiciera que las fans de Danielle Steel terminasen irremediablemente atraídas por la sección de feminismo, los empresarios por la novela romántica, o los jóvenes por la filosofía. Sería un caos olfativo de imprevisibles consecuencias, y probablemente, más que positivas. Otra forma, mucho más sibilina, de aplicar nuestro concepto de justicia poético-bibliotecaria.

Pero aquí lo dejamos antes de que esto se convierte en una apología de lo orgiástico-bibliotecario digna del final de la novela de Patrick Süskind.

 

Y es que parafraseando el célebre eslogan de la colección de literatura erótica La sonrisa vertical: este post ha quedado para leerlo con una sola mano….porque la otra, lógicamente, hay que tenerla ocupada saboreando un cremoso helado de chocolate, como los del hombre de los helados al que cantaba Tom Waits. Y a ser posible sin que sea en sustitución de nada.

 

 

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