Biblioteca millennial

 

Como con cada nueva generación: una retahíla de calificativos se van sumando para ayudar a que, suplementos de fin de semana y programas de televisión, aporten un retrato fidedigno de cómo son los jóvenes que dirigirán el mundo el día de mañana. Viene muy bien para publicistas y empresas que quieren explotar el target de los muy consumistas (eso rezan los titulares) millennials. Además explotar el aguzado instinto de pertenencia que suelen tener los jóvenes, es fácil, repitiendo machaconamente los supuestos rasgos que los caracterizan (a ver si así se lo creen y se ajustan a ellos).

Pero no vayamos de santurrones. Este blog se dirige a un gremio (el bibliotecario) al que le interesa tanto como a las empresas captar al público joven.

 

“Es mejor sentirse joven” reza el eslogan de esta campaña publicitaria de un suplemento vitamínico. Y si lo dice la publicidad: amén.

 

Si hay algo que suelen destacar en ese retrato robot que de los nacidos a partir de los 80 se suele hacer: es su falta de prejuicios respecto a generaciones previas a la hora de consumir cultura. Ya lo decíamos en El ángel exterminador bibliotecario IV: que ese ángel exterminase la falta de curiosidad de que pueden adolecer muchos jóvenes aquejados de alzheimer cultural para regocijo de multinacionales que les venden, una y otra vez, el mismo producto; y que de los maduros, borrasen los prejuicios a la hora de consumir cultura que, en cambio, no afectan tanto a las nuevas generaciones.

De hecho, hace unos meses, un estudio del prestigioso Centro de investigaciones estadounidense Pew Research (un oráculo moderno de lo que mueve al mundo de hoy día) calificaba a los denominados millennials como la generación que más uso hacen de las bibliotecas respecto de generaciones previas. Al menos en lo que a los Estados Unidos se refiere.

 

Es más que probable que, si finalmente, el proyecto de crear por ley bibliotecas escolares en Reino Unido sale adelante no todas serán como The Bedales Memorial Library: pero tampoco hace falta. Basta con que se haga realidad.

 

Ese amor puede perdurar, en el mundo anglosajón, si continúa adelante la campaña promovida por CILIP (Chartered Institute of Library Information Professionals) en Reino Unido. Esta asociación está uniendo a todas las asociaciones bibliotecarias del país para solicitar al gobierno inglés que las bibliotecas escolares sean obligatorias por ley y sean inspeccionadas por la agencia gubernamental para la educación (Ofsted): lo que aseguraría que cumplirían unos estándares entre los que se cuentan: ser gestionadas por bibliotecarios profesionales, y con suficientes fondos, recursos y equipos actualizados

Alison Tarrant, directora de la Asociación de Bibliotecas Escolares, ha declarado al respecto la frustración que supone que las bibliotecas tengan carácter estatutario en las cárceles y no en las escuelas. Confiemos que los británicos alcancen sus objetivos, sería un ejemplo a seguir por todos, y compensaría tantos cierres de bibliotecas públicas como se han dado en los últimos años en Reino Unido como consecuencia de la crisis económica.

 

 

¿Sucederá algún día algo así en nuestro país? ¿se podrían extrapolar el amor juvenil estadounidense por las bibliotecas a España? No tenemos un estudio como el de Pew Research que nos lo corrobore pero más allá del círculo, vicioso y viciado, de aquellos jóvenes que no son capaces de ver a las bibliotecas más allá que como salas de estudio: la juventud “ilustrada” de nuestro país sigue recurriendo a las bibliotecas cuando éstas se muestran dinámicas y dispuestas a abrirse a nuevas realidades. Lo hemos dicho alguna vez: el mayor acto de inconformismo pasa por visitar una biblioteca, por construirse un discurso propio.

 

Creadorxs es una serie documental, publicada en Youtube, de la agencia creativa audiovisual Neurads en la que presentan a algunas de las figuras más representativas de las nuevas generaciones de creadores.

 

Para ser un buen bibliotecario hay que tener las espaldas anchas (en sentido metafórico al menos): “Bibliotecario: la parte más dura de mi trabajo es ser amable con la gente que piensa que sabe hacer mi trabajo.” (traducción de la camiseta).

Suena bien ¿verdad? Repasemos la estrategia que hemos seguido: 1º. halagamos a los que quieren ser diferentes y únicos – 2º. hacemos aparecer a las bibliotecas como signo de distinción para esos que son únicos, y 3º, tenemos un eslogan idóneo, a imagen y semejanza, de cómo hacen esos medios, esas empresas, esos publicistas a los que antes mirábamos displicentes por querer estereotiparnos [aquí un emoji de guiño cómplice rebajaría tanto cinismo, pero tenemos emojis de sobra en las redes, ahorrémonoslos en el blog].

Cada generación cuelga con su etiqueta y solo el tiempo, como siempre, va poniendo cada cosa en su sitio. ¿Qué fue de la generación Nocilla? Han quedado aquellos nombres que, ajenos a etiquetas generacionales, han proseguido con sus carreras (Fernández Mallo, Fernández Porta, Gabi Martínez, Álvaro Colomer, etc). Y ¿qué quedará de la generación Alt lit? Hace tan solo dos años se hablaba mucho de este movimiento literario cuyo nombre proviene de la tecla Alt del teclado por ser su hábitat natural las redes sociales, los chats y cualquier otra forma de comunicación digital.

 

Wobble Palace (2018) de Eugene Kotlyarenko, la crónica de una relación de pareja millennial que describen con aires de literatura Alt lit.

El primer ensayo del máximo representante de lo que se dio en llamar literatura Alt lit: Tao Lin.

 

La Alt lit fue denostada desde el principio por aquellos que la tachaban de narcisista e insustancial, insoportablemente ombliguista; y amada por otros. Pero nacer en las redes acelera el proceso natural de envejecimiento por mil y, tan solo dos años después, la etiqueta Alt lit parece tener cada vez menos eco.

Recientemente en un artículo de ‘ABC’ ya se aglutinaba a los poetas de la generación millennial, incluyendo entre ellos al ganador de la última edición de un talent show de Telecinco como es César Brandon. Cada vez importa menos el pedigrí, el origen (sea OT, Got Talent, los fanzines o Instagram), la mancha de nacimiento para muchos de estos millennials que aceptan las nuevas voces que surgen en la cultura dependiendo de lo que ofrecen, no de las bendiciones de la crítica, o de los cenáculos intelectualoides de toda la vida. Y las bibliotecas, y los bibliotecarios, tomando nota.

 

Uno de los cuadros comentados por El Hematocrítico.

 

El periodista, crítico de cine, escritor y guionista Noel Ceballos, y el profesor de educación infantil gallego, Miguel Ángel López, más conocido, gracias a su faceta como humorista,  como El Hematocrítico: acaban de publicar conjuntamente una revisión de los míticos “Los Cinco” de Enid Blyton. En “Los cinco superdetectives (aquí no bebíamos cerveza de jengibre)” Ceballos y El Hematocrítico: convierten a los chicos de Blyton en niños detectives en la década de los 80 en la sierra madrileña, que ahora, tienen 40 años y se enfrentan a las desilusiones y problemas de la vida adulta. Una hábil manera de explotar la vena nostálgica que tan buenos dividendos está dando a las industrias del entretenimiento, pero dándole la vuelta, para ofrecer un retrato certero, ácido y divertido.

 

 

En una de las entrevista que han dado para promocionarla El Hematocrítico declaraba:

“Me gusta pensar que, aunque tengo 41 años, soy una persona de mi tiempo. Entonces, por lo general, no quiero criticar los nuevos fenómenos adolescentes, ni el reggaetón, ni el trap… Siempre procuro estar atento y buscar las cosas interesantes que salen de ahí. No menospreciar los demás”

No se podía expresar mejor la actitud necesaria para afrontar la siempre ardua tarea de hacer atractivas las bibliotecas a los jóvenes.

¿Puede que el relato, interesadamente inflado por el PSOE, de una España realmente moderna en los 80 se esté haciendo realidad, de verdad, no de simple chapa y pintura como fue entonces, en los tiempos del postureo? Paradojas de este continuo avance-retroceso en el que vivimos todos, independientemente, de la generación en la que quieran ubicarnos.

 

Arkano, el joven rapero que se ha atrevido a reivindicar los derechos LGTBI en un mundo tan tradicionalmente machirulo como el del hip hop.

 

La violencia de género, las agresiones homófobas, el bullying, el racismo, y tantas otras problemáticas sociales, ocupan titulares cada día. ¿Puede que alguna de estas lacras, en realidad, estén dando sus últimos coletazos rabiosos al sentir amenazada su pervivencia en el siglo XXI? Ojalá que así sea. De momento nos quedamos con un digno representante de estos tiempos millennial.

Portada del disco de Putochinomaricón.

Putochinomaricón es el nombre elegido por Chenta Tsai, un hijo de emigrante chinos que tras estudiar Arquitectura y música en el Conservatorio de Madrid, se ha convertido en estrella de Instagram gracias a sus temas y vídeos caseros. Tsai practica la apropiación, que el colectivo LGTBI lleva haciendo desde hace décadas, de los insultos con que los han atacado, desactivándolos, a partir del momento en que se los aplican a sí mismos. Putochinomaricón lo lleva al extremo al sumar su condición de emigrante.

Uno de los dramas más serios para un millennial daba nombre a unos de sus primeros vídeos: No tengo wifi. Un drama millennial, un drama bibliotecario que no nos podemos permitir: no tener conexión con los tiempos que corren.

 

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