Asalto a la biblioteca del distrito 18

 

En el clásico de cine B Asalto a la comisaría del distrito 13 (1976): los policías que custodian a varios delincuentes peligrosos en una pequeña comisaría de Los Ángeles sufren un brutal asedio por parte de un grupo de pandilleros en busca de venganza. No vamos a decir que el pasado 3 de enero, la plantilla de la Biblioteca Václav Havel en el distrito 18 de París, vivieran una experiencia tan al límite como los policías de la película de John Carpenter: pero es más que probable que tarden en olvidar algo así.

 

 

Cartel anunciando la apertura de la Biblioteca Václav Havel en el distrito 18 de París.

Ese día, un grupo de jóvenes adolescentes de la zona, volvieron a atacar la biblioteca provocando daños en instalaciones, colecciones e insultando y amenazando a los bibliotecarios. Según la crónica, que recoge la web ActuaLitté, les univers du livre, los trabajadores tuvieron que refugiarse tras las persianas de hierro que bajaron para protegerse de los objetos contundentes que les arrojaban; y al día siguiente, optaron por mantener el centro cerrado.

Pese a todo los bibliotecarios no quieren estigmatizar a los adolescentes. El equipo lleva mucho tiempo solicitando la inclusión de un mediador en el equipo de la biblioteca que sepa lidiar con este tipo de conflictos y revertir la situación. Una actitud de lo más loable por parte de los profesionales del centro y, que recuerda en cierto modo, a los docentes estadounidenses y su hashtag #armmewith (ármame con).

Ante la brillante idea de Donald Trump de proveer de armas al personal docente, como forma de evitar nuevas matanzas en centros educativos: los profesores han respondido pidiéndole que los arme, sí, pero con recursos, libros, medios, programas para ayudar a jóvenes con problemas mentales, equipos, personal, y por supuesto, también bibliotecas de aula como compartía esta profesora en su cuenta de Instagram:

 

Una buena biblioteca escolar podría enseñar empatía y empoderar a los estudiantes para entender a otros seres humanos.

 

Después de todo, los adolescentes estadounidenses, como los de cualquier sociedad, no hacen más que reproducir de manera más trágica y radical (como corresponde a tan conflictiva edad) los problemas enraizados en el entorno que les rodea.

En un episodio de la estupenda serie danesa Borgen (2010): el presidente de Groenlandia le cuenta a la presidenta de Dinamarca que, en los últimos años, el nivel de suicidios de niños y jóvenes en la isla va en aumento. El suicidio es, tristemente, algo habitual entre los groenlandeses, pero como señala el mandatario ártico de la ficción, siempre había sido habitual entre ancianos que no querían ser una carga. La falta de futuro, de horizontes vitales en un paisaje que es puro horizonte, sería el motivo en cambio para los jóvenes. Morir matando en la sensacionalista América de Trump o morir en el silencio helado de Groenlandia.

 

Campaña de 2012 para exigir el control de armas en los Estados Unidos: no parece que sirviera de mucho.

 

Esperar que Trump haga caso a las peticiones que los profesores comparten con el hashtag #armmewith es tan ingenuo como esperar que, en nuestro país, la cultura (bibliotecas) protagonice los programas electorales de los partidos políticos en la próximas elecciones. La entrañable organización Michigan Open Carry, tras la masacre de la Escuela Primaria de Sandy Book, que tuvo lugar en diciembre de 2012, no tuvo mejor idea para sensibilizar a los ciudadanos de Michigan sobre los fines de su organización que promover una marcha a la biblioteca del distrito portando, orgullosamente, sus armas.

Las autoridades locales, ante la preocupación de otros sectores de la población, que denunciaron el exhibicionismo armamentístico, declararon que nada podían hacer, y que las amables amas de casa que acudían al supermercado o a la biblioteca a hacer los deberes con sus hijos con el revolver en la cintura: estaban en todo su derecho. Eso era en 2012 y en 2018 si las cosas han cambiado ha sido para peor.

 

Los simpáticos miembros de la Michigan Open Carry desfilando con sus armas camino de la biblioteca local.

 

El pasado agosto un joven de 16 años abatió a tiros a dos bibliotecarios en la Biblioteca Pública Clovis-Carver en Clovis (Nuevo México); y en la Biblioteca Pública de Clifton Park-Halfmoon (Nueva York) se organizan simulacros para saber cómo reaccionar y protegerse en el caso de tiroteo en la biblioteca. En vista de esta situación los bibliotecarios estadounidenses bien podrían hacer suyo el verso de Gabriel Celaya y hacerlo hahstag, a semejanza de los docentes, replicando que las bibliotecas son armas cargadas de futuro (#librariesweaponswithfuture). Pero, pensándolo bien, mejor no. Pasaría a engrosar el abultado repertorio de eslóganes estilo Mr. Wonderful sobre lectura y bibliotecas que hacen más daño que bien.

 

Cartel situado en la puerta de acceso a una biblioteca en Estados Unidos.

 

No vamos a jugar a psiquiatras o sociólogos de pacotilla indagando en el porqué las pacíficas bibliotecas llegan a convertirse en objetivos de la rabia adolescente en Francia o Estados Unidos. No vamos a hacer como los policías que, tras desmantelar una red de delincuentes, narran orgullosos ante las cámaras los procedimientos seguidos por los malhechores dando ideas para aquellos que no sabían cómo hacerlo. Pero lo cierto es que las bibliotecas acumulan razones para ser víctimas propiciatorias de esa furia vandálica.

Pensamos siempre en las bibliotecas como remedio de muchos males, como instituciones que promueven la inclusión social, la acogida, el fomento de la cultura como esperanza de un futuro mejor. Pero desde la perspectiva de esos jóvenes que ni leen, ni estudian, ni viven otra realidad más que lo marginal: no dejan de ser instituciones de ese mundo que les excluye, lugares que albergan esa cultura que les mira con conmiseración o directamente desprecio. La biblioteca, como la comisaría en la película de Carpenter, representa a las fuerzas del orden cultural. Y encima son blancos fáciles.

 

 

De saber de su existencia, más de uno de esos vándalos suscribiría el título-eslogan del ensayo de Mikita Brottman, que en los últimos días viene animando el cotarro cultural: Contra la lectura. Aunque si se fijasen en la letra pequeña ya se verían excluidos: “un ensayo dedicado a los lectores que no creen que los libros son intocables“.

Pero el argumento que esgrime el texto promocional de la editorial Blackie Books (siempre tan hábil a la hora de inventar títulos sensacionalistas para capturar la atención) puntualiza contra quien va el ensayo en realidad: “contra los pedantes que dicen que aman los libros, pero que en realidad, solo consiguen que el mundo aborrezca la lectura”. Y en eso, es posible, que todos los que habitamos el fuerte bibliotecario tengamos algo de responsabilidad: y por ello, nos acosen los indios intentando arrasarlo todo.

 

Viñeta del magnífico cómic de Hugo Pratt y Milo Manara: Verano indio.

 

Dejando aparte la comprensión que el discurso más progresista muestra hacia las problemáticas sociales cargando toda la culpa en las injusticias del sistema; olvidando intencionadamente lo conflictivo en sí de la naturaleza humana: si es cierto que, como sostenía Pierre Bordieu, el gusto (cultural) es una cuestión de clases. Una herramienta que se pone al servicio de la élite dominante. Y el concepto de cultura que venden las bibliotecas no queda fuera de ese juego.

Lo que dice Brottman en su ensayo ya lo abordó, de otro modo, Evelio Martínez Cañadas en un post de BibligTecarios: Sobre la (in)utilidad de la lectura. Leer no tiene porque ser siempre bueno y el debate que ha abierto la publicación del libro de Brottman es estimulante.

 

The Florida project es una de las películas de la temporada. La historia de unos niños que crecen en el entorno degradado de un desvencijado bloque de apartamentos cercano a Disneyworld entre drogas, prostitución y pobreza. Futuros indios para asaltar bibliotecas.

 

El periodista Cristóbal Peña publicó en 2103 La secreta vida literaria de Augusto Pinochet: un libro en que revelaba la identidad bibliófila del dictador que llegó a acumular una gran biblioteca. Según relataba Peña la pasión por la lectura y los libros de Pinochet era un secreto: parecía que se avergonzara de ello y quiso mantenerlo lo más privado posible.

Y es que leer por leer no significa nada en sí mismo si lo que lees no redunda en una mejor comprensión de tu entorno. Si solo lees aquello que confirma tus ideas, una y otra vez, tu mundo cada vez será más y más pequeño.

El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones: y los argumentos buenistas en torno a la lectura terminan en frases de autoayuda vacía que no convencen más que a los ya convencidos. Si la biblioteca quiere acabar con el asedio de los salvajes debería empezar por desacralizar la cultura; por desactivar el sermón sobre sus beneficios que promete una salvación en esta vida igual que los curas prometen la salvación en la otra.

 

 

Precisamente un libro de conversaciones entre Karel Huizdala y Václav Havel (en cuyo honor se bautizó la biblioteca parisina asediada en el distrito 18) se titulaba: Perturbando la paz. En esas conversaciones, el político y escritor checoslovaco, dijo que “cualquiera que se tome a sí mismo demasiado en serio siempre corre el riesgo de hacer el ridículo“. Algo que todos los que hablamos sobre cultura y bibliotecas deberíamos tener en cuenta para no incurrir en el peligroso hábito de terminar engolando la voz.

Pero volvamos a Francia para cerrar a ritmo de hip hop (el ritmo de muchos de esos jóvenes marginales). El youtuber Squeezie se unió a los raperos Bigflo y Oli en una aventura musical-bibliotecaria de lo más jugosa. Alain Rey es un reputado lexicólogo que se ocupa del Diccionario The Robert. Los músicos, junto con el youtuber, pidieron su colaboración para hacer un tema en el que sus rimas incluyesen algunas de las palabras más chocantes del francés. Una colaboración callejera-académica que dio como resultado un divertido vídeo y un pegadizo tema con miles de visitas en Youtube.

¿Quiere esto decir que para no engolar la voz cuando se habla de cultura hay que glasearlo todo para que potenciales vándalos no le tengan tanta antipatía? Pregunta en el aire con la que termina este asalto.

 

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