Abierto hasta el amanecer: funcionarios y bibliotecas

 

En los últimos tiempos en que la transparencia se impone al menos de boquilla mucho más allá de las pasarelas de moda: es intrigante como la opacidad se mantiene cuando se aborda el tema de los televidentes que disponen de un audímetro en su hogar. Según cuentan (pero vete tú a saber si es cierto) el periódico ‘ABC’ filtró hace unos años el listado de domicilios con audímetros de nuestro país y eso motivó que tuvieran que cambiarlo por completo. El caso es que en un reciente artículo de ‘El Mundo’ sobre el asunto ninguno de los entrevistados ha querido salir del anonimato.

 

La inquietante pregunta con que reciben los audímetros al que  se sienta en el sofá a ver la tele.  ¿Miden las audiencias televisivas o es una forma de jugar a la güija?

 

Es comprensible dado el sesgo de los programas que suelen copar los primeros puestos en los rankings de audiencia. Pero no deberían sentir vergüenza alguna: también cada cuatro años, tengamos o no audímetros, acudimos a las urnas y nadie se responsabiliza de los desaguisados que cometen los que hemos votado. En este blog también tenemos audímetros: se llaman estadísticas de WordPress. No vamos a negar que las seguimos: pero, con todos los respetos, no alteran nuestra parrilla. En la reciente serie de El ángel exterminador bibliotecario la acogida de su episodio piloto importó muy poco a la hora de decidir si se continuaba o se clausuraba: dio para cinco episodios y cinco episodios publicamos. Pero es más, es que ahora empezamos con los spin off.

En este blog no le tenemos miedo a los datos de audiencia: he aquí el top del audímetro de los últimos meses

 

Allá por los 90, Michael Haneke, dirigió una adaptación de la novela ‘El castillo’ de Kafka. La burocracia en todo su absurdo.

Abierto hasta el amanecer: funcionarios y bibliotecas es un spin off de El ángel exterminador bibliotecario. ¿Era necesario? ¿no estaban ya todas las tramas cerradas? Ni mucho menos. Si en la biblioteca donde se desarrollaba la trama encerrábamos juntos y revueltos a indigentes y pudientes, frikis y hipsters, letraheridos y amantes de los best sellers, millenialls y séniorspara luego, en un giro cruel de la trama que rozaba lo gore, desproveerlos de cualquier tecnología digital: nos faltaban los bibliotecarios. Y a ellos va dedicado este spin off.

Cualquier bibliotecario al que un exceso de MARC 21, CDU o indicadores de calidad no haya atrofiado el instinto: actuaría cual vampiro abandonando las catacumbas de proceso técnico para nutrirse de tanta yugular rebosante de inquietudes culturales retenida en la biblioteca. Lo imaginamos como un cruce entre True blood (con toques de Abierto al amanecer: la peli de vampiros tarantinianos) y The librarians, aunque por ponerle una impronta patria, añadiríamos algunas gotas de El Ministerio del Tiempo: por lo bien que ha venido a la BNE para promocionar sus fondos en la red, pero sobre todo, por escenas como la siguiente:

 

 

Apestan a un rancio que tira de espaldas los chistes machistas, los de tartajas, los de mariquitas, los de un inglés, un alemán, un francés y un español que van en un avión; y hasta puede que se agote (¿?) el humor cuñao: pero lo que no parece que se pueda agotar nunca son los chistes sobre funcionarios. Cada profesión lleva su sambenito a cuestas, y en muchos casos, con numerosos especímenes que se obstinan en reforzarlo en su día a día laboral.

Las diferentes administraciones vienen insistiendo mucho últimamente en la recuperación de las ofertas de empleo público que estos años de crisis congelaron. ¿Tendrán en cuenta en esas ofertas a las bibliotecas públicas? Según el diario económico digital ‘Libre Mercado’ las comunidades autónomas tienen 43.000 empleados públicos más que antes de la crisis. Puede que nuestra percepción sea algo tendenciosa, pero este incremento, no habrá sido en lo que a plantillas de bibliotecas públicas se refiere.

 

Una simpática comedia sobre una funcionaria del INEM (Ana Belén) y un parado (Eduard Fernández) que intentan mejorar sus vidas. El estereotipo funcionarial se cumple escrupulosamente también en este caso.

Interino (2014) de Javier Iribarren: probablemente una de las pocas novelas centrada en las desventuras de un aspirante a funcionario.

 

Entre los despidos de personal interino, la amortización de plazas, la falta de reemplazo de personal jubilado o en situación de baja y, por supuesto, el cese de contratos y convocatorias de becas de formación (que en realidad venían a parchear las carencias de personal): la mayoría de las bibliotecas públicas de nuestro país (las que han sobrevivido, como señalaba el blog de la empresa Baratz: se han perdido 226 bibliotecas desde el 2007): atienden sus servicios como buenamente pueden. Pero claro está que en un medio como ‘Libre Mercado’ (del grupo ‘Libertad Digital’) señalar a la administración y a los empleados públicos como rémoras para el progreso de un país: forma parte del ADN de su linea editorial.

Nada que objetar, cada uno defiende la visión de sociedad y gobierno en la que cree, pero  sin entrar en cómo debería, o no, ser nuestra organización administrativa: lo cierto es que cuanto más eficiente, ágil, cualificada y competente sea: mejor para la sociedad a la que sirve. Pero el desprecio a la figura del funcionario viene de lejos. En la película y álbum en el que el irreductible galo creación de Goscinny y Uderzo emulaba los doce trabajos de Hércules (Las doce pruebas de Astérix) se incluía como una de las pruebas titánicas su enfrentamiento con la administración y con los funcionarios como representantes de la misma. Y esto era en un producto infantil francés allá por los 70: ¿tan poco han cambiado las cosas?

 

Astérix y Obélix ni con toda la poción mágica del mundo consiguen que dos funcionarias dejen de hablar de sus cosas y cumplan con su trabajo: el estereotipo marcado a fuego desde la infancia.

 

Ciudad de barro de Milan Hulsing: un estupendo relato en viñetas de la corrupción de la burocracia egipcia a través de la vida de un funcionario del gobierno de Mubarak.

¿Seguirán las administraciones autonómicas con convocatorias como la que ha lanzado la  Administración Central para cubrir 70 plazas de Ayudantes de Archivos, Bibliotecas y Museos para los departamentos ministeriales? ¿o seguirán dejando languidecer de inanición a las plantillas? Si el funcionariado ha envejecido durante esta crisis, y la ausencia de salidas laborales para la profesión ha hecho que la demanda por los estudios de Biblioteconomía amenace con la supresión de los estudios en más de una universidad española (a semejanza de como hace décadas pasó en los Estados Unidos): ¿no estaremos asistiendo a una especie en extinción?: el bibliotecario funcionario.

A ver extinguirnos, laboralmente en este caso, nos extinguiremos todos cuando se impongan los robots, pero mientras tanto: ¿no sería más inteligente reforzar a los empleados públicos para así disponer de un sector público (más grande o pequeño: ahí no entramos) potente que haga ganar en eficacia y calidad al Estado? ¿No deberían ser los funcionarios los aristócratas entre los trabajadores? Ahora si lo dejáramos aquí empezarían a caernos pedradas digitales por todos lados.

 

Maticemos un poco esto último. Aristócratas no por privilegios, ni muchísimo menos sueldo (eso es obvio), ni prebendas. En las sociedades pre-industriales el único colectivo que tenía asegurada la supervivencia y por lo tanto podía entregarse a cultivarse (o a la decadencia, pero esto, en este caso, queda excluido). era la aristocracia. Una vez obtenida la seguridad laboral una función pública que realmente persiguiera la excelencia debería promover la formación continuada, la motivación, y el perfeccionamiento de unos trabajadores altamente cualificados.

Los empleados públicos son los Doctor Jekyll and Mr. Hyde del mundo laboral: privilegiados para unos y pringados para otros. Mucho se habla de incentivar a los funcionarios pero, en muchas ocasiones, lo que se perpetúa es una mediocracia (y no nos referimos al poder de los medios sino al de la mediocridad) que desmotiva para implicarse en dar un buen servicio público más allá del prurito de responsabilidad personal de cada uno.

 

Alaska como funcionaria que da rienda suelta a toda su frustración laboral gracias a la moto sierra.

 

De nuevo ‘Libre Mercado’ (ya decíamos que uno de sus obsesiones son los empleados públicos) abordaba el mundo funcionarial hace unos meses para, por supuesto, incidir en lo privilegiados que son los funcionarios españoles que, según sostenía, tienen los sueldos más altos en comparación a otros países europeos. Pero al menos, entre los datos que aportaba para volver a ponerlos en la picota, reconocía que su nivel formativo era de los más altos de Europa: algo que no se traducía en mayores sueldos, ni posibilidades de promoción debido a que muchos de los puestos que podrían suponer un reconocimiento a sus esfuerzos estaban asignados con criterios políticos y no profesionales. También hacía referencia a la escasa valoración que los ciudadanos hacen del funcionariado: algo en lo que, sin duda, no influyen para nada el tipo de artículos que la publicación dedica a los servidores públicos periódicamente.

 

[Vídeo del Instagram de la Biblioteca Regional de Murcia que demuestra, al menos de boquilla, que la profesión bibliotecaria cotiza al alza entre algunos personajes de la cultura.]

 

 

El artículo no entraba a valorar grupos profesionales dentro del sector público pero, de haberlo hecho, es dudoso que se hubieran detenido en los bibliotecarios. Las bibliotecas públicas no son unidades administrativas cercanas al poder; su personal, sobre todo en el ámbito municipal, proviene en muchos casos de cuerpos funcionariales que nada tienen que ver con la profesión. De trabajadores pertenecientes a cuerpos generales de la Administración reconvertidos en bibliotecarios accidentales están las bibliotecas municipales llenas.

También se da la tendencia de convertirlas en cementerios de elefantes para funcionarios rebotados, desoficiados, de vuelta de todo y molestos en otras unidades cuya única solución pasa porque se jubilen. Que la solución, en muchos casos, para un funcionario que no cumple con sus obligaciones sea esperar a que se jubile, es además de triste, un síntoma de que algo huele a podrido en las administraciones.

Pero volviendo a las bibliotecas como cementerios de elefantes funcionarios: de ahí lo de Abierto hasta el amanecer: porque esa es la idea que muchos responsables políticos tienen sobre la mejora del servicio en las bibliotecas públicas: abrirlas las 24 horas como salas de estudio. Y para ese viaje no hacen falta alforjas profesionales.

 

Rufus Wainwright y Helena Bonham Carter ataviados como bibliotecarias ‘comme il faut’ para el vídeo de Out of Game.

 

Pero dado que cada vez que analizan desde algún medio, sobre todo de ideología liberal, a la administración se mira siempre hacia países como Suecia o Finlandia por sus administraciones eficientes y de calidad. Nosotros también miraremos fuera, no tanto para desmerecer lo que tenemos aquí, sino para fijarnos en lo que se podría mejorar.

Recientemente en el diario digital ‘Governing’ que trata sobre asuntos de gobierno y administración en los Estados Unidos, el analista Howard Risher, publicaba un artículo en en el que analiza las enseñanzas que para mejorar el sector público se podían copiar del exitoso programa Peak Performance que la ciudad de Denver había puesto en funcionamiento en 2011 para “hacer que el gobierno sea divertido (sic), innovador y empoderar a ciudadanos y empleados”. Gobernar de forma divertida, así traducido, convengamos en que suena un poco inquietante. Pero las conclusiones a las que llega Risher al repasar los logros del plan puesto en práctica en Denver se resumen en algo que, no por ya dicho, deja de resultar muy razonable:

“asignar objetivos a un grupo de trabajo haciéndoles comprender los motivos y las limitaciones. Y para ello es básico que los responsables aprendan a delegar, a ceder el control. De este modo las administraciones se benefician cuando sus trabajadores saben que están facultados y se confía en ellos para resolver los problemas.”

En el fondo todos seguimos siendo como niños a la espera de una palmadita en la espalda que nos haga saber lo bien que lo hacemos y cuánto se nos aprecia.

 

Patty y Selma las cuñadas funcionarias de Homer Simpson fumando en la oficina.

 

Reconocimiento en una palabra, y que ese reconocimiento, se traduzca en mejoras de las condiciones del puesto de trabajo y en la posibilidad de progresar por méritos propios. Tal vez si se aplicase estas simples recetas no había que acudir a razones seudoreligiosas ni vocacionales, como exponía un artículo traducido en Universo Abierto sobre las mentiras que se cuentan los bibliotecarios a sí mismos para, pese a todos los sinsabores, seguir sacrificándose por la cultura y las bibliotecas. Y así ningún funcionario haría suyo el estribillo que cantaban las Vainica Doble en su tema La funcionaria: “yo no sé porque hice esta oposición, en vez de estudiar corte y confección“.

 

Y la biblioteca va

 

El paso del transatlántico en Amarcord (1973) de Fellini.

 

Este texto es la botella de champán (o de cava según preferencias o aversiones) lanzada contra la quilla del 2018. No podemos saber si la botadura será la del Titanic o la del Love boat de la serie de los 70. Puestos a elegir apostaríamos por el operístico barco de la Y la nave va (1983) de Fellini (exquisitos que somos pese a todo): pero recién iniciada la travesía es demasiado aventurado hacer pronósticos.

Y de expectativas y resultados habla la mejor película (según muchos) del hombre-orquesta en que se ha convertido James Franco: The Disaster artist (2017). La crónica del rodaje de la que la que se ha dado en llamar “la peor película de la historia” (como si no hubiera competencia): The room de Tommy Wiseau. No vamos a hablar aquí de la película de Franco, ni de la de Wiseau: ya hay suficientes textos analizándolas por ahí. Partimos de ella porque perpetúa un interés por figuras excéntricas que partió con Ed Wood (1994) de Tim Burton y ha proseguido, no hace mucho, con dos películas en torno a la figura de la millonaria, con ínfulas operísticas, Florence Foster Jenkins.

Solo faltaría un biopic en torno a la española Tamara/Ámbar/Yurena: para que el retablo de personajes cuya visión de la realidad (y de sus aptitudes) no coincide necesariamente con la del resto: se completara. Pero por mucho que se aprovechen tan singulares figuras para reflexionar sobre el talento, la creatividad, y sobre la delgada línea que separa lo sublime de lo ridículo: lo que proporcionan estos anti-héroes culturales, sobre todo, es alivio. Alivio al constatar que, no ya la mediocridad, sino incluso la ineptitud no es obstáculo para perseguir los sueños. Quijotes por todas partes.

Una auténtica bomba de relojería-fábrica de futuros ninis carne de reality. ¿No habrá detrás de todo una confabulación entre Coelho (“lucha por tus sueños o los demás te impondrán los suyos”) y Mr. Wonderful para terminar de derrumbar lo poco que todavía queda en pie de un cierto pudor cultural? No lo llame pop, llámelo cultura titulaba muy certeramente la revista ‘Jot Down’  un reciente diálogo a tres sobre el triunfo absoluto del género fantástico, con los superhéroes a la cabeza, en el panorama actual. Mientras tanto, Alan Moore, el genio de los cómics, responsable de regenerar el género superheróico en los 80 con Watchmen: lleva años denunciando la “catástrofe cultural”  que supone esta avalancha de héroes en mallas.

Por contra, un representante de lo que hasta hace poco se daba en llamar alta cultura, el catedrático de Historia del Arte, Ximo Company, con motivo del lanzamiento de su libro sobre Velázquez declaraba en ‘El País’: “La erudición atrofia la contemplación de la maravillosa pintura de Velázquez“. Viene a sumarse a la defensa que Benito Murillo, uno de los mayores expertos en el Barroco español, hacía de uno de los últimos virales de la Red: Velaskez ¿yo soi guapa?: ensalzando su tono didáctico y reivindicativo a ritmo de trap.

El vídeo del youtuber Emilio Doménech elevando al altar de la cultura digital el vídeo de la Menina trapera.

 

¿En qué quedamos: nos hundimos en la tontería más absoluta o aprovechamos esa liviandad para enriquecernos libres de corsés y dogmatismos? El peso cultural para las nuevas generaciones es abrumador, siguen necesitando matar al padre: pero ahora lo tienen facilísimo porque la historia se ha partido en dos.

Hasta los años 2004-2006 servían las siglas de d.C. para situarnos cronológicamente, al menos en el mundo occidental: ahora para entender cualquier diagnóstico cultural, social, político… hay que recurrir a las siglas d. F. o d. T., o lo que es lo mismo: después de Facebook, después de Twitter, o de Instagram. No ha sido tanto internet lo que ha partido la historia en dos sino la irrupción de las redes sociales en los, ya lejanos, inicios del siglo XXI.

 

El tuit con el que anunciaba, en 2010, la Biblioteca del Congreso de Washington que iba a archivar todos los tuits.

 

La Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos acometió con una determinación ¿digna de mejor causa? el archivo de todos los tuits publicados desde el arranque de Twitter: y ocho años después ha tirado la toalla.

El escritor Lorenzo Silva ha sorprendido a muchos al anunciar su abandono de las redes sociales, tras acumular muchísimos seguidores, y haber sido uno de los literatos más activos en nuestro país durante los últimos tiempos. La demanda absorbente de Twitter (Facebook lo abandonó hace tiempo ya) ha sido el motivo esgrimido por Silva para argumentar su abandono. Michael Ende acertó en todo al describir a los ladrones de tiempo en su clásico Momo, salvo, en dibujarlos como trajeados hombres de gris. Los ladrones de tiempo del nuevo siglo visten informales, con deportivas, alegres colores y trabajaban en Silicon Valley. Ya lo decíamos en El tiempo en nuestras manos:

 

“cualquier servicio público (o privado) que aspire a sobrevivir a esta revolución digital lo primero que tiene que ofrecer a sus clientes es tiempo.”

 

¿Nos estamos abonando de nuevo al género catastrófico? Nada más lejos de nuestra intención. Aunque un día resultaría de lo más interesante establecer una comparativa entre el género catastrofista de los 70 (esos aeropuertos, esos colosos en llamas, esos Poseidones hundidos, esos tiburones…, que se suponen daban cuerpo a los miedos sociales del momento) y sus equivalentes con efectos digitales de nuestros días (esos maremotos, tsunamis, hecatombes medioambientales, atentados e invasiones zombis).

 

Una de las insignes muestras del catastrofismo cinematográfico de los 70: La aventura del Poseidón.

 

Pese a todo aquí seguimos (y contra todo pronóstico incluso puede que algo mejor que dicen que el agujero de la capa de ozono se ha reducido: ¿o será una fake news promovida por la administración Trump?). “Al final las obras quedan las gentes se van. La vida sigue igual” que cantaba un Julio Iglesias que hoy los millenials reconocen más por ser protagonista en muchos memes que por sus logros profesionales.

Y no le faltaba razón al truhán-señor. Las redes sociales, como la televisión en su momento la radio o el cine, han venido para quedarse. Pero, como todo, también pasarán: pasará este furor estúpido, pasara esta dependencia absurda, y luego vendrán otras. ¿Cómo podíamos antes vivir sin móvil? Y una vez tengamos los chips convenientemente instalados en el cerebro nos preguntaremos ¿cómo podíamos vivir enganchados al móvil?

“Que paren el mundo que yo me bajo” ahora es más factible que nunca. Puede uno bajarse y subirse al mundo (digital) en cualquier momento recuperando el mando (y no nos referimos al de la tele). La revolución tecnológica va tan acelerada que te puedes apear de cualquier red, artilugio o sistema operativo sin miedo a perderte nada: porque como todo caduca tan rápido, vivimos en un pensamiento tan cortoplacista que, cuando vuelvas a subir, te habrás ahorrado unos cuantos sistemas operativos diseñados para durar menos que un yogur. E incluso tendrás una perspectiva, que los que no han dejado de girar en la rueda cual hámsteres, extraviaron hace tiempo.

Ante este dejarse llevar, o más bien arrastrar, es necesario reivindicar la incomodidad. Nos sometemos a dietas, ejercicios que nos producen agujetas (cuando no lesiones), a tratamientos estéticos, intervenciones quirúrgicas, prendas que nos aprietan (“para presumir hay que sufrir”): aceptamos todas esas incomodidades pero ¿somos incapaces de aceptar la incomodidad a la hora de pensar?

 

El faquir Musafar fundador del movimiento cultural conocido como el primitivismo moderno, precursor del arte de la modificación corporal.

 

No se trata de cambiar la comodidad del mobiliario de las bibliotecas por asientos para faquires: pero el concepto de biblioteca faquir resulta de lo más atractivo. La biblioteca como un continuo desafío a nuestra mente, que nos impida acomodarnos o amuermarnos, y que incite a nuestro cerebro a mantenerse alerta, huyendo del pensamiento único y retándonos a pensar por nosotros mismos.

En la película de Fellini que citábamos al principio: un grupo de representantes de la alta sociedad viajan en un lujoso barco a esparcir las cenizas de una célebre soprano a su isla natal justo cuando estalla la I Guerra Mundial. Un mundo en desaparición, el de esos aristócratas que compiten entre sí a golpe de arias; y el de una Europa abocada al primer abismo que se abría en la historia moderna. Ahora también estamos ante varios abismos, pero pese a todo, la biblioteca sigue yendo. Si aparentemente nos lo quieren poner tan fácil, desconfiemos, pongámonoslo un poco incómodo nosotros. Nos va en ello la lucidez.

 

 

Va la nave, va la biblioteca y va este texto. Tommy Wisenau, el director de The Room, cuando comprobó que el público se tomaba a chufa su intenso melodrama decidió venderlo como comedia. Todo es susceptible de cambiar. Como ejemplo esta escena de El resplandor (1980) con banda sonora de risas enlatadas propias de una sitcom televisiva. Un cortocircuito a nuestras neuronas de espectadores pasivos adiestrados en lo previsible. Si el verdadero arte tiene la obligación de molestar, de incomodar, de desconcertar, entonces, esto debería considerarse arte. Como la película de Wiseau.

 

Desmontando el 2017

 

 

Descontextualizar frases suele ser algo muy feo. Salvo que quien lo haga sea quien las ha escrito. Las motivaciones pueden ser variadas, pero en este caso, nos ayudan a desmontar el año que se fue. Veinte fragmentos (han quedado fuera muchos posts pero era inevitable) en los que sintetizar lo que ha sido el 2017 en este blog.

Algunas dan para eslóganes, otras probablemente no quedarían mal pintadas con espray sobre un muro cual grafiti: pero para lo que de verdad quisiéramos que sirvieran es como frases de autoayuda. Autoayuda bibliotecaria: a ser posible sobreimpresas sobre fotos de libros, amaneceres, flores, bebés y gatitos. Incrustadas en memes, convertidas no ya en virales, sino en víricas, tan usadas y tergiversadas que se terminen usando en sentido contrario al que se dijeron. En eso, en definitiva, consiste el éxito en digital. ¿O no?

 

“las bibliotecas no quieren ser respetadas, es más, necesitan que les falten al respeto cada vez más. Que las intervengan, las cuestionen, las reinterpreten, las invadan, las revivan, las sacudan: en definitiva que alejen de ellas esa respetabilidad de damas decimonónicas con que algunos políticos las siguen imaginando.”

 

Extraído de: 

La revolución empezará en la biblioteca

 

“Si el órgano más grande que interviene en la relación sexual es el cerebro: ¿por qué en la siguiente campaña de promoción de la lectura no se recurre a un eslogan del tipo: si quieres buen sexo ven a la biblioteca”

 

Extraído de:

Biblioteca de orgasmos, biblioteca de chocolate

 

“Las bibliotecas no tienen genes pero eso no les impide “cruzarse” con otras instituciones, servicios públicos o conceptos”

 

Extraído de:

Crossover bibliotecario

 

Síndrome de Estocolmo bibliotecario: “Dícese del peligro de contaminación intelectual inherente al hecho de visitar una biblioteca. Se concreta en posibles efectos devastadores sobre las propias creencias por el hecho de vagar de manera errática entre sus colecciones. Puede dañar seriamente la capacidad para sostener discursos únicos y puntos de vista acérrimos.”

 

Extraído de: 

Síndrome de Estocolmo bibliotecario

 

“¿qué bibliotecario en un momento de debilidad, o mejor, de duda: no ha pensado en dejarse llevar por la creatividad al rellenar los formularios de Alzira del Ministerio?”

 

Extraído de:

Estadística creativa para bibliotecarios soñadores

 

“¿realmente se saca todo el partido que podría sacarse a los best sellers […] en las bibliotecas? ¿Cuántos de esos amantes pasajeros de la lectura que recalan en las bibliotecas arrastrados por los vendavales del marketing editorial son seducidos por los bibliotecarios para empresas de más enjundia?”

 

Extraído de:

50 sombras bibliotecarias aún más oscuras

 

“La CDU como instrumento de disidencia, como discurso contestatario que provocase estanterías alteradas y por ende: un nuevo orden ¿mundial? ¿serán los bibliotecarios los illuminati de la cultura?”

 

Extraído de:

CDU para bibliotecarios inconformistas

 

“Auguramos un gran éxito (aunque sea en exotismo) a la primera biblioteca que se anime a poner en práctica la blasfemia bibliotecaria definitiva que aquí ofrecemos: un club de lectura de prensa rosa.”

 

Extraído de:

Club de lectura de prensa rosa: bibliotecas en el candelabro

 

“¿Cuándo se podrá de moda en los gimnasios el bodybook, o el reading en circuito, el pilates literario o la zumba poética?”

 

Extraído de:

Del bodybook a la zumba poética: entrenamientos de biblioteca

 

“tensión hormonal bibliotecaria […] : dícese de la tensión entre bibliotecario infantil y menor entre 9-10 años que era cliente fijo de la sección y que en su proceso hormonal para mutar en púber pre adolescente es abducido por los videojuegos, las redes sociales y demás cantos de sirena tecnológicos.”

 

Extraído de:

Tensión bibliotecaria no resuelta

 

“hay un golpe de estado cultural en ciernes y en el nuevo orden mundial aún queda por saber en qué lugar quedarán las bibliotecas.”

 

Extraído de:

Lobbies de biblioteca

 

“Las bibliotecas públicas son un escollo, un obstáculo, un invento que rápidamente hay que “anacronizar” para que el pueblo vuelve mansamente al redil. Las bibliotecas públicas son un artefacto que hay que desactivar cuanto antes porque contienen millones de recursos para cuestionar el discurso de la servidumbre voluntaria que se están imponiendo casi sin resistencia.”

 

Extraído de: 

Hoteles para ricos, bibliotecas para pobres: se buscan disidentes

 

“La cultura era sinónimo de progreso social. En estos tiempos de rentabilidad inmediata no tenemos tan claro que la cultura siga siendo un activo que proporcione alguna ventaja laboral en el futuro.”

 

Extraído de:

Amor, pedagogía…y drag queens en bibliotecas

 

“La biblioteca del siglo XXI puede y debe hablar de todo, y debería acudir al rescate del erotismo desde la cultura. Que su única contribución fuera la de proveer de obras tipo Cincuenta sombras de Grey […] sería empobrecer algo tan interesante y necesario.”

 

Extraído de:

Sexo, drogas y tejuelos. Cara A

 

“El que no sea adicto a algo que tire la primera china […] optamos por el uso y abuso del LSD. Un LSD que […] en nuestro caso, equivale a Leyendo Sin Descanso. Nadie te asegura que no tenga efectos secundarios, y hasta perjudiciales, pero puestos a alterar nuestra mente que sean las bibliotecas nuestros camellos.”

 

Extraído de:

Sexo, drogas y tejuelos. Cara B

 

“las bibliotecas, esas locas milenarias empeñadas en maquillarse, operarse, recauchutarse y estirarse lo que haga falta con tal de seguir resultando lozanas: siguen obcecadas en dar munición al disidente, al librepensador, al que se niega a alimentarse culturalmente por lo que dictan las leyes del mercado.”

 

Extraído en:

En paradero conocido: la biblioteca

 

“el turismo de masas, a pequeña escala, también se practica en las bibliotecas ¿Qué bibliotecario, alguna vez, al enfrentarse a la visita guiada de un grupo de adolescentes hormonados o de pensionistas hiperactivos (es lo que tiene tanta vejez activa): no se ha sentido como el guía de un viaje organizado?” 

 

Extraído de:

Turoperador bibliotecario

 

“Esto es la jungla y pese a la pátina tecnológica todo sigue reducido al ancestral dilema de comer o ser comido. Tal y como están las cosas hay que elegir: o que experimenten contigo o que ser tú el que experimenta. Y para esto último no hay mejor lugar que la biblioteca.”

 

Extraído de:

La biblioteca como experimento

 

“Imaginemos pues que en uno de esos días en que la biblioteca está de bote en bote: suena la megafonía avisando del cierre del centro: usuarios y bibliotecarios, sin saber el porqué, no consiguen cruzar el umbral hacia la calle. ¿Qué pasaría?”

 

Extraído de:

El ángel exterminador bibliotecario I

 

“Ambiguas entre lo impreso y lo digital, maquilladas para seducir al público, bulliciosas cual centros comerciales de la cultura y el ocio. Bibliotecas de género fluido o travesti, según el caso.”

 

Extraído de: 

Bibliotecas de género fluido

 

 

Guerra cultural C: pequeñas bibliotecas libres vs. gnomos de jardín

 

Hay que actuar como un sioux, hacer el indio lo que haga falta para rastrear los indicios que nos indiquen (en nuestro caso) por dónde irá la cultura en estos tiempos inquietos (e inquietantes). Y para eso hay que huir de medios generalistas o redes saturadas de distracciones. Hay que centrarse en la letra pequeña, en la sección de sucesos de medios locales, en el día a día de esos ciudadanos a los que queremos seducir desde las bibliotecas.

 

En Greater Victoria en Canadá este mes han estrenado 150 pequeñas bibliotecas libres.

 

Gnomo pertrechado de bazuca para destruir pequeñas bibliotecas libres.

Durante los últimos años el movimiento de las pequeñas bibliotecas libres (PBL a partir de ahora aunque coincida con las siglas de Aprendizaje Basado en Problemas) ha alcanzado la muy respetable cifra de 65.000 unidades extendidas entre Estados Unidos y Europa y sigue su imparable ascenso.

Las PBL han ido colonizando jardines de clase media arrumbando otros hitos de la decoración de exteriores. El hecho de anidar libros en su interior las inviste de un aura cultural que las hace respetables. Tanto es así que Incluso, en la ciudad inglesa de Rochester, la propia biblioteca pública amplió su red mediante la instalación de PBL con el programa Neighbors Read (Vecinos que leen).

Ante este poderío ni las toscas reproducciones de la Venus de Milo, ni los remedos en terracota de los leones de la Alhambra,  ni siquiera las columnas-maceteros estilo dórica-dórica–jónica-jónica–corintia-corintia-corintia… (perdón pero el hit de Las Bistecs regurgita cuando menos te lo esperas): han podido frenar su avance. Solo un clásico incontestable como los gnomos de jardín han intentado resistirse a su ofensiva. Hasta ahora.

 

Parada de gnomos nazis en Nuremberg creada por Ottmar Hoerl

 

Con la app Gnomify AR ya es posible ver gnomos allá donde uno quiera. 

Como bien se sabe los ingleses son muy forofos de los jardines. Así que no es de extrañar que haya sido en la sección dedicada a jardinería del rotativo “The Telegraph” en donde se informe del lento declinar de los gnomos de jardín. Parece ser que la venta de gnomos durante la última década se ha reducido y solo quedan cinco millones en Gran Bretaña (¿conseguirá revertir la situación el Brexit?). Sin duda un mazazo para todo connossieur de lo kitsch.

Desde la década de los 70 en que empezó su apogeo, hasta ahora, los gnomos han conseguido convertirse en todo un símbolo. El equivalente pequeñoburgués de las suntuosas estatuas que adornaban los palacios aristocráticos. La aparición de las PBL ha sido probablemente el tiro de gracia para los entrañables gnomos que probablemente las boicoteen en su secreta y frenética vida nocturna. Y, pese a todo, tanto gnomos como PBL comparten muchos puntos en común. La escalada de noticias inquietantes al respecto es constante.

 

En 2014, en la ciudad inglesa de Durham, la policía “reclutó” a diez gnomos para repartirlos por la ciudad y concienciar sobre la prevención de robos y otros delitos.

 

El 6 de abril de 2017 hasta un centenar de gnomos, que decoraban el Kingsbury Water Park en la ciudad inglesa de Sutton Coldfield: amanecieron brutalmente decapitados. Pero este es solo el último de los sucesos más recientes de un fenómeno delictivo que acumula un largo historial.

En 2013, según relataba el medio local “Gloucestheshire”, el matrimonio de jubilados formado por Bernard y Bond Cath, residentes en la ciudad balneario de Cheltenham: tuvieron uno de sus más amargos despertares al encontrar una docena de sus amados gnomos salvajemente mutilados, decapitados, desmembrados e incluso hechos añicos, de manera que fue imposible cualquier intento de reanimación mediante pegamento de contacto. Volviendo a la actualidad, hace unas semanas en Santa Barbara, California, un bibliotecario escolar retirado denunciaba, ante las cámaras de una televisión local, el robo de la PBL que había diseñado y construido junto a su hijo durante los últimos dos años.

 

Pequeña biblioteca libre calcinada en Minneapolis junto con un cartel ofreciendo recompensa a quien diera información sobre los posibles vándalos. Hasta un total de ¡¡5.000 dólares!! se ofrecían según indicaba la noticia.

 

La inolvidable pareja formada por Georges y Mildred en Los Roper.

Noticias soñadas por esos reporteros, todo simpatía y jovialidad, de televisiones locales: que lo mismo relatan cómo se cocina un caldo con pelotas que muestran la desolación de los propietarios de gnomos y PBL destrozados. ¿Por qué tanto odio? se preguntan vecinos que podrían pasar por unos Roper del siglo XXI mirando a cámara.

El profesor de filosofía alemán Thorsten Botz-Bornstein podría dar el pego como nieto intelectual de George and Mildred Roper. En un artículo publicado en el magazine digital británico “Quartzy” el profesor se pregunta ¿Cuándo desarrolló el mundo tan mal gusto? : en el que, por supuesto, cita a los gnomos de jardín.

Según los profesores de sociología Ruth Holliday y Tracey Potts, “estamos a punto de ahogarnos en el kitsch“: y Botz-Bornstein encuentra una explicación a todo ello en un narcisismo galopante que se sustenta, en parte, en una pérdida de identidad cultural elevado al cubo por la cultura del yo que promueven las redes sociales.

 

Hinchable de Hulk de Jeff Koons expuesto en el Museo Belvedere de Viena.

 

Pero no aspiramos a hacer lecturas tan profundas y certeras como las del filósofo alemán: ni tan siquiera a épater les bourgeois que dirían los franceses. Lo nuestro es más a ras de césped: pero hay detalles que saltan fácilmente a la vista con poco que se observe. Los gnomos pueden representar el epítome de lo kitsch pero las PBL no le andan a la zaga por mucho que contengan libros. Si en Hoteles para ricos, bibliotecas para pobres: se buscan disidentes hablamos del interés que los nuevos ricos manifestaban por las bibliotecas como meros ornamentos de estatus social; es comprensible que los pequeñosburgueses los emulen como hicieran en su día con los gnomos.

En la localidad estadounidense de Whitefish Bay los promotores inmobiliarios incluso celebran la proliferación de las PBL por el valor añadido que aportan a las propiedades. Gentrificación adorable a costa del concepto biblioteca.

Shakespeare-patito de goma para el baño: los representantes de la alta cultura en merchandising.

En 1874 la primera exposición de los impresionistas en París escandalizó y desafío el orden académico establecido. Décadas después sus, entonces, subversivos cuadros se convirtieron en los preferidos para decorar las cajitas en las que vender pastas de té. La cultura será kitsch o no será.

La lectura como elemento decorativo, al que los tiempos digitales, han recubierto de una pátina entrañablemente vintage. Una vez desactivada la carga explosiva de la auténtica literatura, de los pensamientos menos conformistas y del poder inquisitivo de la filosofía: las PBL equiparan los antaño inaccesibles libros al nivel de los gnomos de jardín. La cultura domesticada, amable, respetuosa con lo establecido. Tantas décadas de cultura Reader’s Digest tenían que dar sus frutos.

Pero ningún triunfo sale gratis. Las PBL ya están recibiendo las primeras críticas razonadas y documentadas por parte de algunos estudiosos. En Toronto, Jane Schmidt, bibliotecaria de la Universidad de Ryerson, y Jordan Hale, geógrafo y especialista de referencia de la Universidad de Toronto: publicaron un estudio al respecto de las PBL que indaga en el lado menos amable del fenómeno. Entre sus observaciones plantean cuestiones como:

  • ¿por qué para crear una Little Free Libraries es necesario pagar a una organización sin ánimo de lucro que cobra por usar el nombre y distribuir su merchandising?
  • contrariamente a lo que se sostiene de que las PBL sirven para llevar la cultura a barrios menos abastecidos culturalmente: lo cierto es que la mayoría de PBL se han instalado en barrios ricos y aburguesados que ya disponen de biblioteca pública.

Libro del ilustrador Daniel Rotsztain con todas las bibliotecas públicas de Toronto. Daniel fue dibujándolas, una a una, como una manera de reivindicar el gran papel que juegan en la ciudad. Y luego publicó este libro para colorearlas.

 

  • el movimiento de las PBL vende la idea de “construcción de comunidad” a través de la cultura. Pero, según constatan Schmidt y Hale, los propietarios de las PBL eluden las interacciones con extraños. La PBL se convierte en símbolo de estatus y amor por la cultura: pero sin ánimo de compartir más allá del entorno más local y conocido. Algo así como las enciclopedias a juego con la tapicería, la pantalla de cine doméstica con sonido envolvente o el salón de juegos en el sótano: signos de estatus social cara a la galería.
  • y por último, los investigadores se preguntan: ¿por qué no recurren a las bibliotecas públicas si tanto deseo tienen de mejorar su entorno a través de la cultura?

 

 

Instrucciones para sobrevivir a un ataque de gnomos de jardín.

En el magnífico cómic de Brectch Evens Los entusiastas: un artista plástico capitalino viaja hasta una pequeña población que celebra su primera feria de arte contemporáneo para guiar a los vecinos en la construcción de lo que será la gran obra de la feria: un gnomo de jardín gigante (por cierto perderse este cómic debería penalizar de algún modo).

Pero, por jocoso que pueda resultar, ninguno estamos muy lejos de los entrañables pueblerinos entusiastas de un arte que no comprenden pero al que aspiran. Warhol encumbró la cultura popular a objeto de deseo: y Jeff Koons ha llevado lo kitsch a otro nivel. Tenemos el apocalíptico subido pero lo cierto es que las bibliotecas no podían quedar a salvo.

Pese a todo aún hay conductos de ventilación en los que arrojar el disparo certero que haga explotar en mil destellos la Estrella de la Muerte de la Cultura con mayúsculas. Puede que las PBL estén llamadas a sustituir a los gnomos como representantes del orden cultural más burgués: pero también cabe la posibilidad de que pese a haber nacido en el mismo entorno, escondan en sus tripas la semilla de la subversión, de pequeñas revoluciones que puede que un día lleguen a ser grandes.

Hace unos años, cuando empezaron a proliferar las PBL en la ciudad estadounidense de Portland, algunas voces las acusaron de promover un neo-socialismo que atentaba contra los pilares profundamente capitalistas de la sociedad norteamericana. Porque ¿quién dice que nuestro afable vecino no sea un peligroso librepensador, que aprovechando las pequeñas bibliotecas libres, decida intercalar entre los libros de jardinería, de cocina o los best sellers de moda, por ejemplo: los Ensayos de Montaigne, La peste de Camus, El antiCristo de Nietzsche, la Teoría King Kong de Despentes, o el subversivo Steal this book (Roba este libro) de Abbie Hoffman?, ¿y que una idílica comunidad termine transformándose en una barriada antisistema?

 

La cadena de comida rápida McDonald’s apropiándose del fenómeno de las pequeñas bibliotecas libres.

 

Quien juega con libros juega con fuego y nunca se puede saber por dónde colgará la mecha de alguna mente inquieta dispuesta a dejarse prender. Las PBL presentan la apariencia casitas de primoroso colorido. Pero ¿quién sabe? Puede que en realidad actúen como caballos de Troya repletos de libros-bomba listos para detonar provocando ideas en cadena. Como bien nos enseñaba el exquisito rey del mal gusto, John Waters, en Serial mom (1994): nunca hay que fiarse de las apariencias.

 

Bibliotecas de género fluido

 

Convertirse en tradición en estos tiempos es algo francamente difícil. Pero que una empresa de embutidos lo haya conseguido habla de una de las estrategias publicitarias más geniales que se han visto jamás de los jamases por estos lares. Desde el 2011 con ese homenaje a los que nos han hecho reír en tiempos difíciles hasta la campaña para la Navidad de 2017 en torno al independentismo: Campofrío (por si acaso advertimos que este blog no tiene sponsor alguno) ha provocado adhesiones, rechazos, y suponemos, que un incremento en las ventas de sus productos.

 

El retrato de Chiquito de la Calzada que aparece en el famoso anuncio de Campofrío.

 

El eslogan de amodio acuñado en el anuncio dirigido por Isabel Coixet para definirnos se ha convertido en trending topic por lo certero que resulta. Amor y odio como señas de identidad: lo malo es cuando bajo esas querencias o repulsas lo único que late, y nos unifica, no es más que el miedo. Miedo al otro, a perder los privilegios, a lo diferente, a la verdad. En una reciente entrevista en El País el director de “The New York Review of Books” (la revista neoyorquina más prestigiosa sobre crítica de libros), Ian Buruma, lo corroboraba en una frase: “el miedo va ganando en un mundo cada vez más polarizado“. Y eso los políticos, y los poderes en la sombra, lo saben perfectamente.

 

Patria de Aramburu será la primera serie que desarrolle la filial de HBO en España. El miedo como eje central de la historia de una novela encumbrada por público y crítica.

 

Dos políticos: Trump y Erdogan lo han dejado claro en los últimos días. La prohibición del mandatario estadounidense a la agencia de salud nacional del uso de palabras como: diversidad, vulnerable, transgénero o expresiones como “con base en la ciencia no ha hecho más que mostrar su miedo más arraigado: a la verdad. Y la censura implacable a la que está sometiendo el presidente turco a las bibliotecas de su país, con más de 140.000 libros retirados de ellas (entre otros: títulos de Althusser, Camus o Spinoza) no camufla otro miedo que el que siente cualquier régimen totalitario: el temor al conocimiento.

Por eso en este post vamos a repetir cual mantras varias de las palabras prohibidas por Trump para que calen como cala una lluvia fina y persistente. Lo que sea con tal de contravenir a los dos presidentes y defender la libertad de las bibliotecas como refugio para la diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad…

 

Bancos en forma de libros de autores turcos frente al Bósforo en Estambul. ¿Los prohibirá también Erdogan?

 

Como la campaña de los embutidos incluye una web para hacer el test que nos diagnostique cuánto amodio padecemos: empezaremos con la frase de “con base en la ciencia”. Concretamente con el estudio sobre psicología social que publica el “European Journal of Social Psychology” llevado a cabo por investigadores de Yale a través del cual se preguntó en línea a 300 residentes en los Estados Unidos sobre cuestiones como: el aborto, los derechos LGTBIQ (en breve harán falta unas siglas para abreviar tanta sigla), el feminismo o la inmigración. La idea era constatar cómo el miedo y la sensación de seguridad afectan al posicionamiento político de los ciudadanos.

“Antes de que lo sepas: las razones inconscientes de que hagamos lo que hacemos”: el libro de John Bargh sobre las motivaciones de nuestro comportamiento.

Antes de someterlos al test se separó en dos grupos a los participantes y se les pidió que imaginaran dos situaciones: poseer el don de volar y ser inmune a cualquier daño físico. Entre el segmento de encuestados que imaginaron poder volar sus variaciones ideológicas a la hora de responder al test no variaron de lo que se esperaba. En cambio, en el grupo que imaginó sentirse inmune a cualquier daño físico: las diferencias en las respuestas entre demócratas y republicanos fueron mínimas y terminaron acercándolos ideológicamente.

Según concluye el psicólogo social John Bargh, que encabeza el equipo de investigadores: es necesario reconocer cuánto influyen motivaciones tan básicas como el miedo y la seguridad en nuestros posicionamientos ideológicos. Los políticos (de cualquier signo lo saben) y nos manipulan apelando a tan potentes sentimientos. Bargh aboga por conocer nuestros impulsos para que nuestras opiniones se basen en el conocimiento y no en sentimientos irracionales. Y para eso ¿dónde acudir? Muy previsible por nuestra parte: a las bibliotecas.

 

 

Sentirnos vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, nos hace manipulables. Tal vez por eso Trump la quiere prohibir. No porque vayamos a dejar de sentirnos vulnerables sino porque seamos conscientes de ello y queramos ponerle remedio. Y de sentirse vulnerable, frágil, desamparado y de cómo superar ese miedo habla el magnífico cómic La levedad de Catherine Meurisse.

El 7 de enero de 2017 Meurisse se despertó tarde, hundida como estaba tras su último fracaso sentimental, y por esa razón llegó tarde a su trabajo como dibujante en el semanario satírico francés “Charlie Hebdo”. Por escasos minutos Catherine se libró de la terrible suerte que corrieron sus compañeros a manos de los terroristas: y lo que nos cuenta en La levedad es el proceso que tuvo que seguir durante los meses siguientes para recuperar el equilibrio tras el desastre.

 

 

¿Cómo recuperar la levedad que nos permite vivir sin sentirnos permanentemente en carne viva? ¿cómo superar las secuelas de un hecho traumático?  En las campañas de Campofrío abogan por el humor; y Catherine optó por recurrir a una terapia de choque a base de cultura y belleza para, poco a poco, reanimar un estado de ánimo catatónico que la llevó a viajar hasta Roma en pos de un síndrome de Stendhal que la sanase.

Un auténtico desfribrilador en viñetas que le sirvió a la autora para volver a latir gracias a la cultura; y que reanima a quien lo lee del embotamiento con que nos entumece los sentidos tanta crónica ruidosa del día a día.

 

 

Uno de los collages de la artista expuesto en Francia.

Y precisamente en Francia se está celebrando el cuadragésimo aniversario del Centro Georges Pompidou a través del proyecto itinerante Traversees ren@rde. Este proyecto aglutina múltiples actividades en las que se abordan los movimientos estéticos y micropolíticos que agitan nuestra actualidad. Y en la exposición que, hace unos días, se inauguró en Bourges participa la española Roberta Marrero con algunos de sus collages.

Hace poco más de un año la artista plástica  publicó su primera novela gráfica: El bebé verde: infancia, transexualidad y héroes del pop. En este primera incursión en el mundo del cómic, Marrero, se volcó en relatar su infancia como mujer transexual. El relato que de su infancia hace la artista afecta a cualquiera que alguna vez se haya sentido diferente por cualquier motivo: tanto da que sea heterosexual, homosexual, transexual, polisexual o transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero.

Dictadores: la obra en que Roberta Marrero intervino los retratos de sátrapas célebres al estilo Hello Kitty. En este caso la venganza se sirve fría y pop.

En tiempos en que la identidad se fragmenta, se diluye, se hace líquida (Bauman one more time): el relato en primera persona de cómo Roberta construyó la suya a través de la cultura convierte a su primera novela gráfica, no solo en un auténtico libro de artista: sino en un manual que debería incluirse en las secciones infantiles y juveniles de las bibliotecas por su valor para abordar temas tan candentes como: el bullying, el respeto a los demás, el feminismo o la LGTBIQfobia.

En Dejando atrás el lado salvaje: bibliotecas por la inclusión social ya hablamos de mujeres transexuales en bibliotecas. Y Marrero cautiva a cualquier amante de las bibliotecas con el primero de los mandamientos que prescribe en un momento del libro para ser feliz: “lee, lee, lee“.

La artista reconoce su deuda con la lectura como primer peldaño en la construcción de su identidad. Pocas veces las bonitas (y vacuas por manidas) palabras con que se suele convencer de los beneficios de la lectura habían tenido una aplicación práctica más efectiva que la exhortación de Marrero en su novela gráfica.

 

La Campaña por los Derechos Humanos, en colaboración con la artista Robin Bell, proyectó palabras como “feto” y “transgénero” en el Trump International Hotel en Washington, DC, como una manera de protestar por las “recomendaciones” dadas por la administración Trump sobre el uso de estos términos

 

Cisgénero, transexual, género fluido, género no binario…, si hasta en un programa tan poco minoritario como OT 2017 estos términos están a la orden del día; llegan hasta el Congreso de los Diputados; y muestran una juventud (que la hay) que pese a tantas etiquetas aspira a vivir sin dejarse constreñir por ellas: el recuerdo que Felicidad Campal hacía de la célebre frase de Bruce Lee (Be water, my friend) en su estupendo artículo sobre lo que aportan las bibliotecas a los objetivos de la ONU: da pie para dar un paso más allá y proclamar: Be water, my library.

Roberta se construyó a sí misma gracias a sus héroes del pop, y resulta que las bibliotecas son las reinas del glam: todo cobra sentido.

 

Acrónimo de Galleries, Libraries, Archives and Museums: el proyecto que aglutina a las instituciones culturales para preservar el patrimonio a través del acceso digital y permite la colaboración con el sector de la cultura libre.

 

Reinas de un GLAM que poco tendría que ver con el movimiento estético y musical  que en los 70 enarbolaron figuras como Marc Bolan, Gary Glitter, o por supuesto, David Bowie: pero que en realidad está muy conectado. Quizá cueste verlo, si nos quedamos en el estereotipo del bibliotecario/a; pero hay que procurar ir más allá. Si lo que caracterizó al movimiento glam, fue la ambiguedad, el disfraz, y lo divertido: ¿no es acaso esta imagen la que persiguen hoy día las bibliotecas?  Ambiguas entre lo impreso y lo digital, maquilladas para seducir al público, bulliciosas cual centros comerciales de la cultura y el ocio.

Tilda Swinton en la portada del magazine de estilo transversal Candy.

Bibliotecas de género fluido (o travesti, según el caso: protagonistas inminentes en la revista especializada “Candy”). Ya lo dijo el erotómano Luis G. Berlanga al respecto del rechazo a la parafernalia típicamente femenina por parte de un feminismo mal digerido: “los taconazos, las medias, los ligueros, los corseletes […] Si no es por los travestis […] las generaciones venideras llegarían a olvidar que existió la seducción”

Es en este sentido, en el que las bibliotecas se travisten con ropajes lúdicos, divertidos, llamativos y renovados que llamen la atención a un usuario infoxicado y asaltado por miles de estímulos, que cual cantos de sirena, lo aturden y le hacen carne exclusiva de best sellers, blockbuster o trending topics.
Sólo de esta manera, aunque sea de estraperlo, preservarán un concepto de cultura más rico, libre y desprejuiciado en esta civilización que entre prohibiciones, polémicas y enfrentamientos nos hace olvidarnos, en ocasiones, de que seguimos siendo humanos, demasiado humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos,humanos, humanos, humanos.

 

El ángel exterminador bibliotecario V

 

[Continuación de El ángel exterminador bibliotecario IV]

 

TEDEUM DIGITAL

 

Un ángel de Hollywood visitó el rodaje de Buñuel en busca de un paraíso menos artificial que el de la Meca del cine.

 

En el clásico buñueliano que llevamos cinco semanas fusilando desde prisma bibliotecario: los dignos representantes de la burguesía son liberados por el ángel una vez han perdido toda dignidad.

La adaptación al cómic de la película de Wim Wenders sobre dos ángeles más compasivos que exterminadores.

En nuestra versión de la historia no serían las necesidades básicas, ni siquiera los espacios compartidos los que provocarían la ruptura del contrato social. En el siglo XXI lo que llevaría realmente al límite la convivencia sería el momento en el que el ángel exterminador cortase por lo sano toda posibilidad de acceso a la tecnología digital. Entonces el mundo sí que se vendría abajo: tanto para ricos como para pobres, frikis, hipsters, jóvenes, maduros o cualquier otra tipología de usuarios que pudieran quedar encerrados en una biblioteca.

Y el final sería aún más contundente que el del nuevo encierro en la iglesia tras el tedeum con que Buñuel concluyó magistralmente su película. Cuando finalmente nuestro ángel exterminador levantase su maldición y los dejase marchar: serían las fuerzas de seguridad las que acordonarían la biblioteca para impedir que saliesen. Las autoridades sanitarias lo justificarían como una medida preventiva ante los síntomas detectados de una extraña infección que les obligaba a tenerlos bajo estricta observación. Nada como una alerta sanitaria para acallar cualquier crítica.

 

Entre el aluvión de telefilmes nórdicos que TVE compró a saldo para sus sobremesas se emitió hace poco el telefilm alemán: La dieta digital (2016). La historia de una madre que somete a una severa dieta digital a su familia. Cuando  las historias basadas en hechos reales dejan paso a las nuevas tecnologías para mecer nuestras siestas de sofá: es que algo grave está pasando.

 

Elogio del papel: contra el colonialismo digital. Roberto Casati blasfemando en papel.

Y es que tras semanas de convivencia offline, tras días de mirarse a la cara sin mediar pantallas de por medio, tras entretenerse, aprender y comunicarse sin redes sociales, correos electrónicos, ni dispositivos móviles: se habrían convertido en disidentes digitales, en prófugos del discurso único de las maravillas de la tecnología, en herejes del culto en masa al Dios de Silicon Valley. Y eso, el statu quo digital en el que vivimos, no podría aceptarlo sin someterlo a cuarentena.

Sería como una confirmación de lo que pregonan agoreros como el periodista canadiense David Sax que recientemente publicaba en “The New York Times” un artículo sosteniendo que Nuestro romance con lo digital se ha terminado. Sinceramente no creemos que Sax tenga razón al ser tan taxativo en su titular, ni tampoco querríamos que ese romance se terminase.

Puestos a mantener los pies en el suelo en nuestro enamoramiento con las nuevas tecnologías nos convencen más argumentos como los de la socióloga estadounidense Amber Case: “La tecnología nos está desconectando y esclavizando” y su apuesta por las calm technologies como parte de la solución. Esa tecnología que “informa pero no exige nuestra atención” que en1995 definieron Mark Weiser y John Seely Brown como “tecnología calmada”: no parece que goce de gran predicamento en nuestros días. Ahora todo son moscardones digitales zumbando alrededor las 24.

 

 

Así que abonarse a teorías como las que plantea el músico e ideólogo Ian Svenonius en su ensayo Te están robando el alma (Blackie Books) se convierte en algo menos loco de lo que su contenido sugiere en la contracubierta. En la que varias de sus aseveraciones afectan indirectamente a las bibliotecas:

“Te aconsejaron que te afeitaras el vello púbico para que fueras más insensible y mecánico. Te dijeron que abrazaras Apple para arrebatarte todas tus posesiones. Te obligaron a trabajar gratis en Wikipedia como trabajaron otros esclavos en las pirámides. Te engancharon a series de HBO para que solo quisieras comprar y mirar. Nunca crear.”

 

Apple, Wikipedia o series son asuntos que atañen al mundo bibliotecario. Lo de la depilación púbica a primera vista no se puede asegurar pero seguro que también. Con estos mimbres ¿cómo no íbamos a quedar rendidos los creadores de un reto como el de #bibliobizarro (que a punto está de cumplir un año) a las teorías de Svenonius? Para más inri, al rematar en su última página, nos apela directamente:

 

 

EN 1971 el activista Abbie Hoffman vio publicado su obra: Roba este libro. Un manifiesto en toda regla del ideario contracultural del momento; y un libro problemático en principio para tener en una biblioteca sin suficiente presupuesto para reposiciones. El caso es que si Hoffman quería inspirar a los jóvenes para que se rebelaran contra el gobierno y las grandes empresas: Svenonius aspira a hacer lo mismo promoviendo, más que el hurto, el que se escondan sus libros en las bibliotecas. Pero se equivoca en una cosa (al menos en lo que atañe a las bibliotecas): las bibliotecas (públicas) son una anomalía del sistema.

Las bibliotecas forman parte de la disidencia pese a haber abierto de par en par las puertas al nuevo régimen digital: no excluyen a nadie al procurar pértigas con las que cualquier ciudadano puede salvar la brecha digital; y además, proporcionan asilo a cualquiera que desee desentumecerse los sentidos desenchufándose. 

No hace falta (al menos en nuestro país) meter ningún título de Svenonius de contrabando en las estanterías de las bibliotecas porque en una búsqueda en el catálogo colectivo de bibliotecas públicas aparece hasta en 13 redes de bibliotecas el anterior ensayo de Svenonius: y si el más reciente, Te están robando el alma, no aparece: es más por lo reciente de su publicación (octubre) que porque no vaya a estar presente en más de una.

Leyendo la diatriba de Svenonius contra Apple no puede uno más que pensar en las bibliotecas:

“Apple ha puesto el mundo patas arriba al convertir las posesiones en un símbolo de pobreza, y el hecho de no tener nada como signo de riqueza y poder ¿Por qué tener una estantería cuando Google ha robado todo el contenido mundial de libros para difundirlo? […]  Los libros son pesados, sucios, polvorientos y se desintegran en tus pulmones. ¿Por qué debería haber enciclopedias cuando existe un mundo wiki? Y así sucesivamente. ¿Por qué debería haber tiendas de discos, librerías, […] cines, teatros, óperas, bibliotecas, colegios, parques […] Los espacios públicos, los mercados y la interacción entre las personas son primitivos, propensos a los gérmenes y peligrosos. Al fin y al cabo todo se puede hacer en línea. ¡Ni que fuéramos primates!”

 

El show original de televisión sobre acumuladores de cosas.

 

Para reforzar su teoría Svenonius hace referencia al programa de televisión Hoarders (Acumuladores de cosas): un pseudoreality sobre personas al borde de sufrir el síndrome de Diógenes que ya emite en nuestro país el canal Discovery. Una manera de degradar socialmente al que persiste en su amor por lo físico al tildarlo de enfermo, de pobre, de cutre. Apple, según Svenonius, le tiene miedo a los “acaparadores”. Como sostiene: “el acaparador posee ‘cosas’, artículos como libros y discos que constituyen pistas sobre un pasado en el que esta clase de cosas eran una reserva de conocimiento, indicadores, tótems de significado.

Steve Jobs que estás en los cielos santificados sean tus productos: el fundador de Apple como un dios en la portada de The Economist.

Las bibliotecas entrarían claramente en la categoría de “acaparadores”: es decir de los que dan miedo a los señores de Internet. Nos lo creamos o no, tanto da, nos encanta.

Si Steve Jobs aspiró a convertir la tecnología en una religión, con legiones de conversos, iluminados y devotos seguidores: cuando una religión evangeliza y hace proselitismo a gran escala: lo primero que ha de procurar es arrojar al foso oscuro del paganismo a las que la precedieron.

No es de extrañar que las religiones ancestrales, ante tamaño intrusismo, le planten cara al nuevo culto.

 

Es el caso del Día Nacional del Desenchufado que se celebrará por noveno año consecutivo promovido por Reboot, una organización dedicada a promover los valores judíos, sus tradiciones, cultura y formas de vida. Para ello invita a todos sus seguidores a desconectar móviles, dispositivos, ordenadores y demás artilugios los próximos 9 y 10 de marzo de 2018. El proyecto se incluye dentro del Manifiesto Sabbath: una adaptación de los rituales de los antepasados judíos para reservar un día a descansar, desconectarse, relajarse, reflexionar, salir al aire libre y conectarse con sus seres queridos. Y para facilitarlo hasta distribuyen fundas para guardar los diferentes gadgets y no caer en la tentación.

 

La última novela de Ray Loriga: una vuelta al mundo feliz de Huxley en la sociedad de la transparencia promovida por las nuevas tecnologías.

 

Nadie puede discutirle a la religión las estrategias de marketing más exitosas de la historia. Su pompa, sentido del espectáculo y puesta en escena han intentado ser superados por regímenes totalitarios, estrellas del pop, y espectáculos deportivos: pero ninguno ha alcanzado su maestría. Las multinacionales se esfuerzan por vendernos estilos de vida, valores y maneras de ver el mundo a través del consumo: y erigen centros comerciales como en el medievo se erigían catedrales.

En ese contexto las bibliotecas y sus acólitos serían los herejes, los paganos, los primitivos que siguen rindiendo culto tanto a dioses analógicos como digitales: y se resisten al monoteísmo cultural practicando el sincretismo. Podría decirse que están a medio camino entre las iglesias (por el silencio) y el centro comercial (por la oferta). Pero aún guardan un as en la manga que apela a los instintos más básicos: el rito.

Coger un libro de una estantería en una biblioteca requiere de un ritual, de un acto físico, de una cierta liturgia: elegir, hojear, tocar, abrir, incluso olerlo como quien se persigna – en caso de que sea novedad, de lo contrario, mejor no olerlo – llevarlo hasta el mostrador de préstamo, mostrar el carné de biblioteca como quien exhibe la oblea, y orgullosamente, entregárselo al funcionario para que se complete el sacramento de una cultura pública y gratuita. Está claro que la narrativa desaforada y conspiranoica de Svenonius nos ha impregnado hasta el tuétano.

 

El fundador de Facebook avejentado y cambiado de sexo gracias a la aplicación Face App.

 

Si la tecnología digital llega a arrumbar a sus predecesores en la cuneta del progreso será porque consiga lo que ningún otro invento humano ha logrado hasta la fecha: que sintamos la experiencia de ser otro (ni egoísta sexo virtual, ni las maravillas de la realidad inmersiva, ni robots, ni IA) sentirse, físicamente, en piel ajena. Si la difusión del conocimiento gracias a la imprenta ayudó a que la humanidad pudiera entender algo mejor a sus semejantes: el invento de Gutenberg será derrocado definitivamente por el byte cuando este consiga ampliar el conocimiento convirtiendo la empatía no en un estado mental sino en una realidad física. Y así hombres o mujeres, oprimidos u opresores, viejos o jóvenes, ricos o pobres: alcanzarían otro nivel de evolución hasta el momento desconocido.

Los burgueses que protagonizaban la película de Buñuel no pareciera que hubiesen aprendido mucho de su encierro. Los grupos de usuarios que hemos mantenido enclaustrados durante estas últimas semanas en nuestra adaptación bibliotecaria: tampoco podemos estar seguros de que lo hayan hecho. Apostaríamos a que sí, pero como no podemos estar seguros, nuestro final también es abierto.

 

 

Like an angel passing through my room (Como un ángel atravesando mi habitación): el tema de ABBA habría sido un dulce y preñavideño final sobre que el poner la palabra FIN. Pero resultaría poco honesto. En cambio, Angel de Massive Attack, y sobre todo su vídeo abierto a mil interpretaciones ajustadas al sentido de lo que hemos contado: es lo que nos pedía esta historia. Seguir la senda o salirse de ella; escapar o darse la vuelta y encarar lo que venga; marcar el camino o que te lo marquen.

 

 

FIN

 

El ángel exterminador bibliotecario IV

[Continuación de El ángel exterminador bibliotecario III]

 

ALEVINES VERSUS SÉNIORS

 

Nos vamos acercando al final de esta adaptación del clásico buñueliano al ámbito de las bibliotecas. Sin duda podríamos seguir hurgando en más situaciones y grupos sociales que conviven en las bibliotecas públicas: pero toda serie por buena que sea, o haya sido, tiene que saber cuándo echar el cierre (¿verdad?: creadores de Los Simpsons, The Big Bang Theory, Homeland, Modern Family…). Lo cual no quiere decir para nada que esta sea buena. De hecho al plantearnos escudriñar diferentes tipologías de consumidores culturales enclaustrados en una biblioteca hemos terminado montando un culebrón de sobremesa. De esos que da igual que des una cabezada o te saltes algún episodio que rápidamente retomas el hilo.

En esta penúltima entrega nos vamos a centrar en dos grupos que nos abarcan absolutamente a todos en diferentes grados: jóvenes versus maduros, o tirando de terminología deportiva: alevines versus séniors.

 

Viñeta de la adaptación al cómic del relato de F. Scott Fitzgerald: El curioso caso de Benjamin Button.

 

Si los 50 son los nuevos 40, los 60 los nuevos 50, los 70 los nuevos 60: de tanto retrasar el reloj va a llegar un momento en que los 0 años van a ser los nuevos 122 (que es la máxima esperanza de vida del ser humano hasta ahora). En los años cincuenta norteamericanos en los que surgió el actual culto por la juventud: distinguirse de los mayores era muy sencillo. Pero ahora, empeñados en aparentar lozanía (física más que cultural, todo hay que decirlo), los que entran en la madurez se lo van a poner cada vez más difícil a los jovencitos.

Fantástica fotografía de Mary Ellen Mark en la década de los 80 en España: la nueva juventud del momento frente a frente a las viejas generaciones.

El más reciente, y sensato, ¡¡ZASCA!! en toda la boca (pero ¡qué de juveniles quedamos en Infobibliotecas usando estas expresiones!) en los medios a cuenta de los enfrentamientos generacionales: se lo ha propinado la siempre certera Elvira Lindo a un despistado Álex de la Iglesia. Todo ha venido motivado por unas declaraciones del director de cine en las que, para expresar lo poco que le importa que los jóvenes puedan usar el móvil para ver películas, declaraba que: “el talibanismo ese de que el cine es una cosa proyectada se lo dejo a señoras mayores y gente muy seria”.

Muy atinadamente, Lindo, (que solo se lleva tres años con el cineasta) en su columna de “El País” se reconoce como una señora mayor y repasa los grandes beneficios que el consumo cultural de esas “señoras mayores” está reportando a las librerías, los cines, los teatros, los museos, las cafeterías, y por supuesto, las bibliotecas (ya habló del bien que hacen las mujeres maduras a los clubes de lectura). Álex de la Iglesia, que podrá gustar de declaraciones epatantes, pero no es ningún patán: pronto ha reconocido su desliz y se ha reconocido él mismo como una señora mayor.

 

Fotograma de la película Wild in the streets (1968)

 

“Los viejos tigres tienen miedo” o “Si tienes más de 30 estás acabado” eran dos de los eslóganes con que se vendió la película Wild in the streets (1968) estrenada en nuestro país con el título de El presidente. La trama tenía miga: una estrella del rock de 24 años se convierte en presidente de los Estados Unidos, se legaliza el consumo de LSD, todo es libertad y se termina enviando a los mayores de 35 años a campos de concentración para ser reeducados. En 1968 esta distopía generacional podía tener su gracia, pero a día de hoy no tendría la menor oportunidad.

Viaje a Sils Maria (2015) es una de las reflexiones recientes más brillantes sobre la madurez, el culto desmedido a lo juvenil, y la aceptación del paso del tiempo.

Si hablamos de consumos culturales, la tecnología ha igualado, y mucho, a los que aún consumen cultura y no solo entretenimiento.

En últimos datos estadísticos publicados por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte sobre el uso de eBiblio, la plataforma de préstamo de libros electrónicos en bibliotecas públicas en 2016: no se contemplaba la franja de edad de los usuarios. Y probablemente sea este dato el que más sorpresas pueda dar.

Mucho se ha hablado, y se habla, de lo “digitalizada” que está la juventud: pero lo cierto es que la mayoría de los que recurren a la lectura digital son mayores de 40. Tiene su explicación: por un lado, la presbicia, y por otro, por pertenecer a generaciones en las que el hábito de la lectura aún conserva su prestigio.

Pero que los jóvenes lectores (de literatura) opten por el papel, como sostienen varias encuestas publicadas en diversos países, se constata con echarle un vistazo al canal de cualquiera de esos booktubers que tienen miles de seguidores en Youtube. Todos suelen rodar sus vídeos con el fondo de sus bibliotecas personales, y los libros que recomiendan siempre los muestran en formato impreso, nunca en la pantalla de un eReader (en este caso las pantallas no resultan fotogénicas).

Al final va a resultar que los emigrantes digitales, como pasa con todo converso, son los más fascinados por lo digital. Tiene su lógica: aún conservan la memoria de un mundo predigital, siguen siendo capaces de experimentar, aunque sea un poco, el sentido de lo maravilloso (ese sense of wonder al que apelaba Spielberg en los 80 y que ahora se empeñan en reanimar con series como Stranger things). Algo difícil de reproducir en los que ya han nacido bajo el signo del byte cuyo sentido de lo maravilloso se les entumece cada vez a edades más tempranas.

 

 

Pese a todo aún hay espacios para el encuentro intergeneracional mientras llegan los “nuevos humanos” (cyborgs y demás). La reciente entrevista que la revista “Jot Down” le hizo al escritor Jesús Cañadas dio tan buenos titulares para nuestro gremio, que no es de extrañar, que al compartirla en Twitter fuera tan retuiteada. “El conservatorio de los escritores son las bibliotecas públicas” con declaraciones de este calibre es normal que Cañadas nos tenga en el bote. Pero más adelante termina por erigirse en santo patrón bibliotecario al sostener que “la generación literaria que va a salvar la literatura son los nuevos jóvenes lectores”. Y eso dicho por un treintañero.

Y es que por mucho que en la guerra mundial por los contenidos de la que hablaba Frédéric Martel en Cultura mainstream: la segmentación por edades asegura que las industrias culturales sigan dando beneficios: existen puntos en los que tanto jóvenes como maduros pueden conectar a través de sus gustos culturales.

 

Contarlo para no olvidar: el último libro de Maruja Torres con un título muy ad hoc para lo que hablamos en este post.

 

¿Qué podría exterminar este ángel en los jóvenes que hubiesen quedado atrapados en la biblioteca de nuestro relato?: su falta de antecedentes, la falta de curiosidad que tan bien le viene a las multinacionales para poder seguir vendiéndoles, una y otra vez, el mismo producto abocándoles a un alzheimer cultural que les haga consumidores dóciles. ¿Y a los séniors?: aprender de la falta de prejuicios con que consumen cultura las nuevas generaciones que no atienden a pedigrís engolados: tan solo a si les gusta o no.

Como decía Maruja Torres en una entrevista con Buenafuente: a su edad (74) cada día es una novedad porque nunca ha sido tan vieja y ahora lo está experimentando por sí misma. La curiosidad/intriga sin fin, que lo que más te fastidie de morirte no sea la desaparición en sí (que también) sino el no poder enterarte de qué pasa después. Lo de “un capítulo más y me acuesto” convertido en filosofía vital. Nos suscribimos desde ya a ese elixir de eterna juventud.

 

 

CONTINÚA en El ángel exterminador bibliotecario V

El ángel exterminador bibliotecario III

[Continuación de El ángel exterminador bibliotecario II]

 

VIAJEROS VERSUS TURISTAS DE BIBLIOTECA

 

Estereotipados los gestos los maniquíes bailan, cantaba German Coppini. En nuestra taxonomía improvisada de consumidores culturales en vez de bailar: leen. Puede que también bailen, pero no al mismo tiempo. Y puestos a estereotipar más allá de lo friki o lo hipster: seamos democráticos y prosigamos la observación del encierro que arrancó hace dos semanas con otras dos tipologías de consumidores culturales: los turistas y los viajeros de biblioteca. Es una analogía facilona, cierto, pero nos sirve para entendernos. De hecho ya la insinuábamos hace un tiempo con estas palabras al referirnos a los usuarios de biblioteca:

“Los atrapados por los cantos de sirena del marketing seguirán, acaso, visitándolas como turistas de tour operator. Pero los que aún ejercen su libre albedrío serán como los viajeros que se toman su tiempo, y se pierden por los callejones que forman las estanterías”

Letraheridos (si nos ponemos cursis) versus amantes de los best sellers; lectores con criterio versus lectores que buscan entretenerse; lectores curiosos versus lectores que “no quieren nada que les haga pensar ni sufrir mucho”: y así podríamos continuar ahondando en una brecha clasista, prejuiciosa, y hasta con tintes sexistas, si creemos a las estadísticas según las cuales la mayoría de los lectores pertenecen al género femenino y sus preferencias se decantan por la narrativa. Si tanto queremos que la gente lea: ¿qué más da lo que lea? Una vez dado el pego de igualitarios vamos quitándonos las caretas. 

 

¿Lectora de best sellers de rubio oxigenado y con chándal versus dama de alta cuna lectora de literatura de calidad? La artista Cindy Sherman siempre sacándonos de aprietos a la hora de imaginar estereotipos.

 

La tregua (al menos eso dicen) que parece estar dando la crisis ha hecho que diversas administraciones hayan ido incrementado las inversiones en materia cultural. Desde el gobierno central se lanzó el Plan para el Fomento de la Lectura 2017-2020, en algunas comunidades autónomas se ha aumentado el presupuesto en materia cultural, e incluso en otras se ha aprobado, o se tiene en previsión, sus propios planes de fomento autonómicos.

La lectura cotiza al alza como objetivo en el que merece la pena invertir el dinero público en materia cultural sin que nadie aparentemente lo discuta. Faltaría saber si por convicción o por no salirse del discurso políticamente correcto en materia cultural. Que lean los niños para aprender, que lean los jóvenes para madurar, que lean los ancianos para mantener la mente activa, que lean las minorías para empoderarse (sic), que lean todos: pero mientras sermonearnos para que se lea le seguimos dando a la tecla.

 

#Meleoencima es el hashtag-lema bajo el que se ha lanzado el reciente Plan de Fomento de la lectura de la Región de Murcia. Una comunidad en la que parecen empeñados en que la lectura se convierta en una necesidad fisiológica más. Hace solo dos años también lanzaron una campaña de pegatinas con códigos QR en las puertas de los aseos de su Biblioteca Regional para que los usuarios se descargasen relatos breves en sus móviles.

 

Estos días es noticia el Anuario de Estadísticas Culturales 2017 por su esperanzador diagnóstico respecto a los libros. De entre los datos más llamativos se ha convertido en titular el referido al aumento del gasto en libros en los hogares españoles: de 47,2 euros de media en 2015 a los 60,6 que invirtieron en 2016.

Picoteando cual gallinas en busca de pienso estadístico en el INE también extraemos: que del 58,7% de personas que habían leído libros en el periodo 2008-11 pasamos a un 62,2% en el periodo 2014-15; que de los 20 millones de usuarios inscritos en bibliotecas en 2012 se pasó a casi 22 millones en 2014. Paralelamente el personal a tiempo completo al servicio de las bibliotecas en 2014 se retrajo en 193 trabajadores respecto a 2012. Si los datos fueran los del 2016 no nos cabe la menor duda de que la reducción de plantillas resultaría mucho más dramática.

Los datos que sí eran del 2016 eran los del Barómetro del CIS sobre hábitos de lectura que en cambio resulto bastante desolador con ese 39,4% que reconocía no haber leído ningún libro durante el último año. Si levantamos la cabeza del pienso, según estos datos, los españoles leen menos (dependiendo de quien lo pregunte) pero compran más libros; y se apuntan más a las bibliotecas pero tienen menos personal para atenderles. Paradojas del panorama cultural patrio o la fiabilidad de las encuestas una vez más al aire.

 

Las más de 600 páginas del Inferno de Dan Brown frente a las 167 de Javier Marías: ¿comparativa tendenciosa? Para eso están las comparativas.

 

El ensayo de la historiadora de arte Amy E. Herman que aspira a mejorar las habilidades para observar y percibir lo que nos rodea partiendo del arte.

Evelio Martínez Cañadas, hace unos meses, se preguntaba en BiblogTecarios: ¿Lo importante es que la gente lea?  Hay que fomentar la lectura a costa de lo que sea: pero ¿qué es lectura? ¿saber leer? Si es por eso ahora se lee más que nunca. Curiosamente los best sellers (esa literatura propia de los turistas de biblioteca) son cada vez más y más gruesos: mientras que los ensayos y demás géneros literarios, últimamente, han sometido sus lomos a una severa dieta.

El loable empecinamiento porque se lea a cualquier precio no es otra cosa que una defensa de un concepto de lectura según el concepto predigital de cultura. En tiempos en que las recomendaciones en redes sociales o las agresivas publicidades de las multinacionales han terminado de dar la puntilla a la figura clásica del crítico especializado: ¿somos realmente más libres a la hora de elegir qué leemos, vemos o escuchamos?

Seguimos defendiendo un concepto de cultural decimonónico sin terminar de ver que todo, absolutamente todo está interconectado a la hora de formarse/entretenerse: fomentar la lectura no debería ser solo fomentar la lectura impresa (tanto da en papel como en pantalla), debería contemplar también el fomento de la lectura de las imágenes, de la lectura de los sonidos (nada manipula más que el binomio imágenes+música), de la lectura de los códigos artísticos que se manejan en la actualidad, de la lectura de los videojuegos; y todo cuanto conforma eso que denonimamos cultura. Y ninguna institución más apropiada para ello que la biblioteca pública: en tiempos en que ya nadie puede arrogarse el papel de faro inequívoco por el que guiarnos.

 

 

En la veterana (y exquisita) revista de cine “Dirigido” llevan publicados varios artículos que plantean un debate abierto en torno a lo que supone la crítica en nuestros días. Se podría decir que la crítica cinematográfica está viviendo su propio ángel exterminador; su propio proceso de encierro consigo misma para intentar vislumbrar su futuro en este panorama incierto. La mítica crítica de cine estadounidense Pauline Kael dijo unas palabras que podemos extrapolar a las bibliotecas:

“la grandeza del cine es que puede combinar la energía de un arte popular con las posibilidades de la alta cultura”,

y esa tal vez también sea la grandeza de las bibliotecas públicas. Kael fue un repulsivo en el campo de la crítica cinematográfica a la hora de combinar desprejuiciadamente alta y baja cultura. Y es que la figura del crítico, con todos los reparos que se le quieran poner, sigue siendo necesaria aunque sea por la vidilla que da al mundo cultural (¿qué sería de un estreno de Almodóvar sin una crítica de Carlos Boyero?).

 

La influyente crítica de cine estadounidense Pauline Kael (1919-2001)

 

La previsible reedición del relato de Javier Cercas con la portada de un fotograma de su adaptación cinematográfica.

Y sin dejar el cine, pero de vuelta a lo de la lectura, curiosamente se han estrenado recientemente dos películas, españolas para más casualidad, que giran en torno al mundo de la literatura.

Por un lado la adaptación de un relato corto de Javier Cercas (El móvil) dirigida por Manuel Martín Cuenca: El autor (2017); y otra adaptación, en este caso de una novela inglesa, de Isabel Coixet con La librería (2017). Sin entrar en valoraciones críticas (aunque los títulos de crédito de la primera con música de José Luis Perales ya apuntan maneras) lo cierto es que el discurso sobre la creación literaria y los libros no es especialmente novedosa. Lo cual no es malo, a priori, si a cambio te ofreciera tensión (en el caso de El autor) o emoción (en el caso de La librería).

Pero pese al enfrentamiento alta/baja literatura representado en el enfrentamiento entre marido y mujer en El autor: ella, exitosa autora de best sellers; él, escritor frustrado por querer hacer literatura “de verdad”: el discurso, tanto en una como en otra, sobre la literatura se recrea en el concepto más canónico de lo que se sigue entendiendo como cultura respetable. Un predicar a convencidos, una renovación de votos, una absolución sin penitencia para quienes cada vez leen menos: pero retuitean todo mensaje edificante que llega a sus pantallas incitando a que los demás lean.

 

Libro y adaptación cinematográfica.

 

La excelente adaptación de la obra del dramaturgo Juan Mayorga.

El director François Ozon, hace cinco años con su adaptación de En la casa de Juan Mayorga: sí que dio en el clavo. En esa historia la escritura, la creación, la literatura, la cultura era fuente de emoción, de inquietud, de pasión: y conseguía arrastra tanto a viajeros, como a turistas de biblioteca a una historia que enganchaba hablando de cultura.

Pero la guinda a este rifirrafe literario-cinematográfico a cuenta de la lectura, los viajes y los turistas de biblioteca proviene de las redes. Uno de nuestros astronautas bibliotecarios favoritos nos ponía sobre la pista del estudio, recién publicado por la revista Scientific Studies of Literature (¿y quién es esa?), que sostiene que leer ciencia ficción hace que leas peor.

Manual ideal para talleres de escritura creativa, para aprender a escribir alta literatura.

 

Según lo que resume Uvejota, en su estupendo blog, el citado estudio viene a ser la última muestra de los prejuicios que siguen recayendo sobre los géneros a la hora de valorarlos como literatura respetable.

Puede que el abuso de estilemas, términos, tramas, recursos narrativos, personajes y escenarios predisponga a una atención lectora más descuidada: pero ¿acaso no pasa lo mismo con el resto de textos? ¿acaso los textos con vitola de cultos no recurren a convenciones narrativas o estilísticas que aspiran a pasar la prueba del algodón de su público?

Algún día habrá que hacer un estudio comparativo entre los textos ensayísticos que dieron en la diana a la hora de predecir nuestro presente; y las obras de ciencia ficción, escritas o rodadas, (tanto da) que anticiparon lo que sucedería.

CDU: una flor por deshojar.

Ya va siendo hora de acabar con los falsos compartimentos en los que se quiere seguir separando los conocimientos. Puede que la CDU sirva para disgregar las ciencias de la novela, la tecnología de la poesía, la informática de la filosofía, o la economía del arte: pero que sea solo en las estanterías, nunca en nuestras mentes.

Y aquí lo dejamos, con las espadas (de juguete) en todo lo alto. Poniendo el punto y seguido con cine: concretamente con una escena de Amor y letras (2012) una película no especialmente memorable (ni tampoco despreciable) pero que, precisamente por eso, ejemplifica bien todo lo dicho hasta el momento:

 

CONTINÚA en El ángel exterminador bibliotecario IV

El ángel exterminador bibliotecario II

[Continuación de El ángel exterminador bibliotecario I]

 

FRIKIS VERSUS HIPSTERS

 

Ha transcurrido casi una semana. Sobrevivir en los espacios amplios y relativamente cómodos (teniendo en cuenta que no están preparados para pernoctar) de una biblioteca de nueva planta en nuestros días: no es lo peor que te puede pasar si las circunstancias te obligan a convivir enclaustrado.

Las máquinas expendedoras de sándwiches y refrescos están prácticamente sin existencias, pero la ranura del buzón de devoluciones que da a la calle permite que familiares y amigos suministren alimentos a los recluidos. Dentro de lo excepcional, y una vez superados los comprensibles ataques de ansiedad y pánico ante lo absurdo de la situación, una cierta organización rige los hábitos diarios de los recluidos. Hay mucho y diverso con lo que entretenerse. Incluso algunos, una vez ingeridas las suficientes dosis de ansiolíticos en forma de redes sociales y pantallas, han empezado a husmear entre las estanterías en busca de evasiones/consuelos en papel.

 

Aprenda cómo vestirse para ser beatnik, hippie, punki, indie, hipster…,en definitiva, toda modernidad tiene su recortable para homologarnos en una exclusividad fabricada en serie.

 

Una vez descritos someramente los aspectos más prosaicos de este remake bibliotecario de la película buñueliana nos podemos centrar en lo que realmente nos interesa: la convivencia entre grupos culturales, sociales y demográficos diversos en un mismo territorio. Lo de Frikis vs. hipsters con que hemos titulado esta segunda entrega es definitorio hasta cierto punto. Si bien se puede considerar que son de los grupos más fácilmente representables en cuanto a formas y modos de consumo cultural: hay otros segmentos de población no tan tipificables que igual de interesantes. Pero empecemos por lo fácil.

La editorial Ma non tropo lleva publicados varios ensayos que abordan las cuestiones más serias en relación con iconos frikis como los superhéroes.

 

En el enfrentamiento frikis versus hipsters nace
viciado desde el principio porque ya conocemos el resultado. No se trata de que el combate esté amañado: es que los frikis ganan por goleada. Contar con la fidelidad de un público friki es una auténtica bendición para una biblioteca en la actualidad. Nadie como ellos para apasionarse, para convertir en éxito las actividades culturales que se programen y coincidan con sus intereses. Pero cuidado, nadie como ellos para abandonarte si no estás al día.

Es un público exigente, con mayor nivel cultural que la media (la ciencia ficción les hace interesarse por la ciencia; el manga o Star Trek por aprender otros idiomas; el Señor de los anillos, y sus sucedáneos, les despiertan la curiosidad por el medievo y la historia en general; la ciencia ficción de nuevo les arrastra sin freno hacia las nuevas tecnologías;  y así un largo etcétera). En los planes de formación de las diferentes administraciones ya deberían incluirse cursos en cultura friki para bibliotecarios.

 

 

Un tratado de lo más tronado sobre la cultura friki en toda su vasta e inabarcable amplitud.

La socióloga Cristina Martínez se ha erigido en la voz más autorizada académicamente para abordar el mundo friki en nuestro país desde que obtuvo un sobresaliente cum laude con su tesis sobre la cultura friki en un mundo líquido. Hace unos meses publicaba su ensayo: Dentro del laberinto de la cultura friki (Apache Libros) en donde viene a profundizar aún más en las características de esta tipología de consumidor cultural.

La ventaja evolutiva de los frikis respecto a los hipsters (las campanas llevan tañendo a difuntos por los hipsters desde hace tiempo pero la etiqueta nos sirve a la perfección para entendernos): parte de que ellos abrazan el consumo capitalista sin coartadas, sin falsas posturas para simular independencia de criterio. Entre cambiar el sistema desde dentro o fuera del sistema: los frikis no dudan. Consumen sin mala conciencia alguna y ello les otorga sus superpoderes. Mientras tanto, los hipsters compran su simulacro de independencia y personalidad cultural única hecha en serie y espantan su mala conciencia repitiendo términos como: neoliberal, heteropatriarcado, heteronormativo, mainstream, random, gender fluid y mil anglicismos más (en eso van a la par, o casi, con los frikis).

 

[Atención spoiler para quien no haya visto Mad Men]. Don Draper, el macho alfa atormentado, alcanza la paz en una comuna. Y cuando está en pleno encuentro consigo mismo ¿qué viene a su mente?: la campaña más exitosa de todos los tiempos a costa de comercializar el peace&love hippie para vender cocacolas. De repente su sonrisa de beatífica felicidad se tiñe de cinismo. No existe mejor resumen del futuro que espera a cualquier disidencia estética o ética en nuestro tiempo: convertirse en spot publicitario.

¿Jesucristo el primer hipster? Como reza este meme él llevaba barba antes de que se volviera mainstream.

Los frikis viven desprejuiciadamente su consumismo, lo llevan metabolizando desde hace décadas con su dieta de grasa cultural. En un caso único, imponen sus leyes a las multinacionales del entretenimiento erigiéndose en un auténtico lobby o grupo de presión, cuyos pulgares hacia arriba o abajo en las redes, sentencian el éxito o fracaso de cualquier producto dirigido a las masas. Los hipsters en su ansia de exclusividad en cambio resultan más dóciles: denotan rasgos que los entroncan con todos los modernos que en el mundo han sido y que han ejercido como tales mirando por encima del hombro al resto. Y en el ejercicio de esa superioridad se les escapa la fuerza.

Pero no queremos que esto parezca un ensañamiento con el estereotipo de lo hipster. Seria desagradecido cuando precisamente en su pose son imprescindibles el plumaje cultural, y por ende, el amor por las bibliotecas. Por eso que nadie vislumbre en este K.O. en cuanto a honestidad consumista un desmerecer hacia lo hipster: es tan solo que puestos a sobrevivir/convivir a este ángel exterminador bibliotecario es más que probable que los que antes perecieran serían los hipsters ante los, mejor dotados en su adaptación el medio, frikis.

¿Cuál sería el beneficio que pudieran extraer de este enclaustramiento bibliotecario?: que el ángel exterminase el exceso de endogamia y cerrazón cultural a nuevos mundos en los frikis; y el clasismo y el prejuicioso discurso en torno a lo indie/mainstream en los hipsters.

 

Ryuk el personaje del manga Death note que podría definirse como un ángel exterminador. Imagen de la adaptación que Netflix estrenó hace unos meses.

 

De hecho, tras una semana de encierro forzoso, se empezarían a observar los primeros acercamientos desprovistos de etiquetas. Probablemente sería en el territorio neutro de la Comicteca, tradicional feudo friki, que se ha visto perturbado (desde el éxito del término de novela gráfica) por público no habitual. Tal vez los frikis empezarían a mirar más allá del denso bosque de superhéroes y mangas hacia otros discursos creativos; y los hipsters hartos de seguir las modas, hartos de mantener la pose, se relajarían y disfrutarían sin mojigaterías culturales, ni placeres culpables.

“Harto de seguir las modas, harto de estar harto” que cantaba el exquisito, y respetado por los hipsters, Carlos Berlanga (hijo de la otra B mayúscula del cine español junto a Buñuel) en, ¡oh! casualidad, El ángel exterminador.

 

 

CONTINÚA en El ángel exterminador bibliotecario III

 

El ángel exterminador bibliotecario I

 

“De alguna manera, la cultura en general (principios, valores, normas de conducta) es un modo eficiente de reducir la libertad a la que nos vemos abocados desde nuestro nacimiento. La cultura dota de valor al mundo y lo regulariza. La cultura en sí misma es dogmática…”

Sociologia del moderneo. Iñaki Domínguez (Melusina 2017)

 

EL ENCLAUSTRAMIENTO

 

¿Cómo hablar desde un blog cultural del asunto catalán sin pisar callos a nadie? Siendo soporíferamente correcto y diciendo algún lugar común que incite al bostezo como que: convivir y/o compartir cama-hogar-celda-trabajo-territorio-mundo-universo… siempre ha sido complicado. Pero si hay algo a evitar al hablar de bibliotecas es precisamente las frases de 0,60 que dirían los Ojete Calor. Por eso puestos a hablar de convivencia en territorios (más o menos grandes) lo mejor será tirar de biblio-ficción.

Jacob Fiscus es un fotógrafo del Condado de Carroll. Su web está repleta de fotos de familias, parejas, recién nacidos, paisajes u objetos retratados con aires artísticos. Lo que viene siendo el típico fotógrafo local de bodas y bautizos. Una buena forma de promocionarse y proyectar una imagen de compromiso con la cultura ha sido la sesión People of the Library: con la que ha querido mostrar el lado más humano de la biblioteca pública del condado. Según aclara el propio Fiscus (no por casualidad presidente de los fideicomisarios de la biblioteca): se trataba de poner cara y voz a las simples estadísticas de préstamos, de visitas, de usuarios dados de alta en la base de datos de la biblioteca. Y hacerlo a través del arte para establecer una conversación, un diálogo que consiga que la gente hable y piense de manera innovadora.

 

People of the library: las fotografías de Jacob Fiscus sobre los usuarios de la Biblioteca del Condado de Carroll

 

El resultado bascula entre lo entrañable (inciso que no viene a cuento: a Katharine Hepburn siempre le chirrió que la describieran con esa palabra),  lo divertido y lo cercano. Todas las edades, condiciones y usos de la biblioteca quedaron representados en la susodicha sesión: sumando otra visión bienintencionada y amable de la labor comunitaria que ejercen las bibliotecas. Retratos perfectos para cualquier campaña publicitaria orientada a productos para familias de clase media. Pero como el próximo 16 de diciembre se cumplen 55 años del estreno de la película de culto de Luis Buñuel: El ángel exterminador (1962) hagamos  biblio-ficción. Vamos a imaginar qué pasaría si el escenario en el que se desarrollase la surrealista trama de la cinta buñueliana fuera el de una biblioteca del siglo XXI.

 

Dos imágenes de El ángel exterminador (1962): al inicio de la velada y tras varios días de encierro.

 

El clásico cortometraje de Antonio Mercero: La cabina (1972)

En la cinta de Buñuel los que quedan inexplicablemente atrapados en una mansión: son los representantes del poder, las clases altas, que sin saber qué les sucede: se ven obligados a convivir provocando que salten por los aires las máscaras sociales que todos nos ponemos para relacionarnos.

Exceptuando quizás los hospitales, las bibliotecas públicas, son las únicas instituciones que son habitadas por prácticamente todas las clases sociales (tal vez los que menos las frecuenten sean las clases poderosas y así nos va). Imaginemos pues que en uno de esos días en que la biblioteca está de bote en bote: suena la megafonía avisando del cierre del centro: usuarios y bibliotecarios, sin saber el porqué, no consiguen cruzar el umbral hacia la calle. ¿Qué pasaría?

 

Escena de El amanecer del planeta de los simios (2014) en la que uno de los humanos enseña a leer a un orangután gracias a la novela gráfica Agujero negro de Charles Burns. La cultura como ¿evolución o futura cárcel?

 

En un primer vistazo los que se mostrarían menos angustiados por este encierro sobrevenido serían las personas en riesgo de exclusión social. Las personas sin hogar, ni recursos agradecerían tener un techo sobre sus cabezas, no más viajes a centros de acogida en busca de un catre, o en su defecto, arrostrar los peligros de pernoctar en jardines o cajeros. Partirían con ventaja puramente física frente al resto.

En este sentido el VII Encuentro Bibliotecas y Municipio promovido desde la Subdirección de General de Coordinación Bibliotecaria que se celebrará en unos días: versará sobre el valor social de las bibliotecas y su impacto en las comunidades en las que se ubican. Seguro que las personas en riesgo de exclusión serán protagonistas de más de un debate; y el propio lema elegido se ajusta como un guante a la situación que aquí describimos: Territorios de convivencia.

 

 

Por cuestión de días, el Encuentro de Bibliotecas y Municipio, no coincide con otra iniciativa que se desarrolló no muy lejos geográficamente del auditorio en donde se celebra el Encuentro: el mercadillo solidario de la Fundación Dalma, que trabaja por la integración social de personas en riesgo de exclusión, y que ocupó los exclusivos jardines del lujoso Hotel Ritz.

Sobre los mercadillos solidarios en entornos de lujo sobrevuela siempre una sombra de caridad compensatoria para lavar conciencias (esa idea antigua de las damas de beneficencia a las que cantaba Nacha Guevara allá por los 70 o las señoras chochocentristas a las que cantan Las Bistecs en nuestros días).

Pero visto el amplio espectro ideológico en el que se ubican los protagonistas de las noticias más recientes sobre paraísos fiscales: tildar de hipócritas o comprometidos en esto de la conciencia social, per se, a ninguna clase social o ideología resulta absurdo. Nada más igualitario que el dinero para “bien entender” la caridad.

 

El restaurante Albert del Hotel EMC2 de Chicago.

 

Una de las creaciones del diseñador de bibliotecas exclusivas Tatcher Wine.

Y hablando de bistecs, y por seguir con los privilegios de clase, el pasado mes de mayo se inauguró el restaurante-librería del Hotel EMC2 en Chicago. El lujoso restaurante está decorado con más de 12000 viejos libros de ciencia y matemáticas a los que se sumaron libros sobre arte, literatura y otras materias para provocar contrastes que divirtieran a los comensales. De este modo 40 ejemplares de The Joy of Sex (El juego del sexo) se entremezclan con tratados sobre termodinámica en pos del chiste decorativo.

Viene a afianzar una tendencia que ya apuntábamos en Hoteles para ricos, bibliotecas para pobres: la biblioteca como decorado y signo de distinción. Una moda ésta, la de las bibliotecas pijas en las que el contenido se convierte en ornamento, que siempre habrá que reconocerle al diseñador neoyorquino Tatcher Wine: que ha llevado a otro nivel lo de seleccionar libros por el juego que sus lomos hacen con el color de las tapicerías.

 

La artista Cindy Sherman lleva años fotografiándose para interrogarse sobre lo glamouroso y  supuestamente femenino. Su serie de autorretratos con maquillajes exagerados y poses estereotipadas casarían bien para las protagonistas de este ángel exterminador bibliotecario. 

 

Pero seguimos encerrados en una biblioteca pública. Uno de los placeres perversos de la película de Buñuel era contemplar cómo se iban descomponiendo los maquillajes sociales de sus burgueses conforme avanzaban las horas. Pero en nuestros días, pese al aniversario de la Revolución de Octubre: la estética bling-bling, la fama y el lujo más hortera siguen deslumbrando como el oro en las cúpulas de las iglesias rusas.

El grado de cinismo alcanzado es tal que los (presumiblemente escasos) representantes de las clases poderosas que pudieran haber quedado súbitamente atrapados no tendrían porqué ser los primeros en descomponerse ante lo absurdo de la situación (no hay que olvidar que muchos de sus miembros, gracias a la crisis, acumulan una amplia experiencia en gestionar encierros en establecimientos públicos aunque sean de índole penitenciaria y no cultural). En este encierro, pese a que este primer capítulo lo protagonicen los sin techo y los poderosos: la lucha no va de clases sociales, sino de clases culturales.

 

El buenrollismo de Mr. Wonderful versus la youtuber Soy una pringada: usuario soñada para que formara parte de este encierro bibliotecario.

 

La antítesis de Mr. Wonderful: Mr. Wonderfuck.

Es más que probable que los fans de la autoayuda, el mindfulness y el pensamiento positivo se convirtieran en las primeras víctimas en las primeras tensiones de convivencia forzosa. El pensamiento buenrollista, esa visión disneyzada de la realidad que guía la vida de muchos: actuaría como los corderos, que milagrosamente, cruzan el umbral de la mansión, en la película de Buñuel, para ser devorados por los burgueses ya convertidos en unos salvajes a fuerza de pasar hambre y sed.

Las primeras víctimas no lo serían tanto por su estatus social como por sus gustos culturales. Y a partir de ahí vendría lo demás. Como apuntaba la cita del ensayo de Iñaki Domínguez del principio: la cultura no deja de ser una cárcel por imposición o por elección: y este ángel bibliotecario puede que lo único que vaya a exterminar no sea más que nuestros prejuicios. Pero todo se irá viendo conforme pasen las horas, los días, las semanas….

 

 

The exterminating angel: la ópera del compositor inglés Thomas Àdes que adapta la película buñueliana.

 

CONTINÚA en El ángel exterminador bibliotecario II