Poema para una biblioteca sin puerta (cinco años después)

Este artículo es un viaje de la oscuridad a la luz. Punto. Y en esta primera frase se agota todo el lirismo de un texto que osa bautizarse como poema. Que nadie espere rimas (al menos conscientes): los asuntos que aquí se tratan son demasiado prosaicos para aspirar a poesía alguna. Pero, pese a ello, prometemos un final en el que la belleza alcanzará las más altas cotas recurriendo, eso sí, a méritos ajenos.

 

La cuenta de Facebook Improbables librairies, improbables bibliothèques ideada por Gérard Picot, lleva años recopilando imágenes de bibliotecas y librerías imposibles. La biblioteca sin puerta podría haber sido una de ellas.

 

El primer poema para una biblioteca sin puerta se escribió hace 5 años. Ahora no se trata de reescribirlo para mejorarlo, al modo en que muchos escritores hacen cuando se enfrentan a la reedición de sus obras: sino de revisitarlo, de hacer un remake o un reboot según términos cinematográficos: para constatar lo que ha sido de esa biblioteca.

Corría el 2012 cuando saltaba a los medios la noticia de la agencia de lectura que, gracias a los fondos del antiguo Plan E promovido por el gobierno de Zapatero, se había construido en el jardín de Viveros junto al antiguo zoo de la ciudad de Valencia. La desaceleración económica a la que hacía referencia el último presidente socialista: provocó, que una vez concluidas las obras, se quedase sin inaugurar, o para ser más precisos, sin terminar. Tenía ventanas, hasta estanterías y alguna mesa, pero no había libro alguno, y ni siquiera dio tiempo a abrirle una puerta.

 

El interior en ruinas de la biblioteca sin puerta.

 

Las urbanizaciones abandonadas a su suerte que ahora habitan las alimañas; los campos de golf que ahora no sirven ni de pasto seco; las palmeras repletas de picudo rojo importadas de Egipto para diezmar a las autóctonas; los esqueletos de edificios abandonados en polígonos industriales o las aceras y farolas de resorts que no existieron nunca más allá de los planos: dan tal vez para un cuento, un relato de ciencia ficción apocalíptica o acaso una novela. Pero solo una biblioteca sin puerta puede dar para un poema.

 

Los leones de Bagdad de Brian Vaughan convirtió en fábula en viñetas la historia real de las bestias que escaparon del zoo tras el bombardeo de Bagdad en 2003.

 

¿Qué narraciones hubiese inspirado esa biblioteca sin puerta, en medio de un zoo abandonado, a imaginaciones como las de Borges, Cortázar o Bioy Casares? Solo los dibujos de Roland Topor o M.S Escher alcanzarían a hacerle justicia si de una novela gráfica se tratase. Los rostros sin ojos ni boca de Topor y las arquitecturas sin sentido de Escher: irían al pelo para una narración situada en una biblioteca ciega, o más bien cegada. Dibujos perfectos para el relato que podría dar de sí esta metáfora arquitectónica de una biblioteca sellada, cual pirámide egipcia tras la muerte del faraón.

Y no es gratuita la referencia a las monumentales tumbas egipcias: al igual que en las pirámides, durante estos cinco años, el local ha sido saqueado, no de tesoros, sino de cables, puertas y demás materiales: con que pudieran hacer hogueras los mendigos que la han ido habitando. No hace falta ser Bukowski para encontrar aquí una buena historia sobre bibliotecas e indigentes. Pero finalmente parece que el relato podría acabar bien.

Está previsto que para 2018 se finalicen las obras de reconstrucción y la agencia de lectura pueda finalmente tener una puerta.

¿Será verdad eso que dicen algunos de que se ha acabado la crisis? Para algunos ni siquiera empezó. ¿Habrá concluido ya el reajuste social ideado por el Grupo Bildelberg u otra entidad secreta a la sombra? Cada uno lo siente según le va, y por eso en el mundo bibliotecario con 226 bibliotecas públicas menos desde 2011: hasta que no se recuperen presupuestos, personal y recursos nada se puede decir por mucho que a la biblioteca, junto al viejo zoo de Valencia, le vayan a dibujar una puerta.

El ruido de la calle no se filtrará a través de los cristales rotos de las ventanas, ni las pedradas de los vándalos, ni las psicofonía de las bestias muertas del zoo vecino: será el silencio consensuado y confortable de un espacio lleno de libros y lectores. Y todo se llenará de murmullos. Susurros que incitan a la lectura y la relajación como los que aspiran a practicar algunos youtubers seguidores del movimiento en torno al ASRM.

 

ASMR: sonidos que salen de caricias al micrófono o de voces susurrantes.

 

ASRM, la Respuesta Sensorial Meridiana Autónoma, es el término acuñado en 2010 en Facebook para describir la sensación placentera a la que induce el escuchar determinados sonidos o susurros en la cabeza y el cuero cabelludo. Este fenómeno ha dado como resultado numerosos vídeos de youtubers, mayoritariamente mujeres, que se dedican a grabarse produciendo sonidos sutiles o murmullos que arrullan a los oyentes.

Dentro de esta moda se incluye la lectura de libros: y así, varios canales estadounidenses y franceses se han especializado en susurrar leyéndote un libro. Sandra Relaxation ASMR, ASMR Serena en francés; o la española SusurrosdelSurr o la mexicana CocoWhispers en castellano.

Lo que bien podría pasar por un invento propio de la delicadeza japonesa a la hora de agasajar los sentidos: en Youtube parece más bien, en algunos casos, una simple excusa para un exhibicionismo sensual que probablemente produzca unos efectos totalmente contrarios a la relajación. Sea de un modo u otro, el caso es que para quienes sean capaces de disfrutar ese bisbiseo continuo sin ponerse de los nervios: será como flotar en una nube. En cualquier caso a nosotros estos susurros y nubes nos sirven para que en este viaje de lo siniestro a lo luminoso que estamos transitando: las caras amorfas de Topor se transmuten en las siluetas repletas de nubes de Magritte. Asaltemos los cielos, pues, pero con delicadeza.

 

 

En una célebre escena de Roma (1972) de Federico Fellini: las máquinas que están horadando el subsuelo de la ciudad para construir una línea de metro: atraviesan unas catacumbas sepultadas durante siglos que conservan unos bellísimos frescos de la época romana. El contaminado aire del siglo XX irrumpe en el espacio sellado: y las delicadas pinturas se volatilizan antes la mirada de los obreros e ingenieros en una de los momentos más bellos que el genio italiano dio al cine.

Cuando finalmente se abra la puerta a la biblioteca valenciana nada se echará a perder.  Solo se restituirá el orgullo de una institución que el próximo 30 de septiembre precisamente se celebrará por todo lo alto en la ciudad protagonista de la película de Fellini.

 

Los técnicos del metro de Roma irrumpiendo en la cripta.

 

El Bibliopride italiano arrancó al tiempo que se construía y abandonaba la biblioteca valenciana. Por eso, cinco años después de aquella coincidencia, celebramos que en este 2017 se alcance la sexta edición de esta declaración pública de amor por las bibliotecas y la cultura. Una programación de actos a lo largo del país transalpino que toma las calles para proclamar el orgullo bibliotecario.

Y ahora sí, con más esperanza que hace cinco años, hemos partido de la  biblioteca sin puerta, hemos subido a las nubes, y tomado las calles. Ahora sí que podemos dar paso a la poesía.

De las máscaras sin rasgos de Topor al culmen de la expresividad en el bellísimo rostro de Jessye Norman, interpretando When I am laid in earth de la ópera  Dido y Eneas de Purcell, ataviada cual reina del glam. El ejemplo perfecto para demostrar que si no se abren las puertas no habrá cultura; y si no hay cultura no habrá civilización; y si no hay civilización,  no seremos más que sombras susurrantes en formato digital a las que cualquier nuevo invento amenaza con volatilizar.

 

Crossover bibliotecario

 

No podemos saber cómo habrían sido los hijos de parejas tan dispares como Arthur Miller y Marilyn Monroe, Orson Welles y Rita Hayworth o Arthie Shaw y Ava Gardner: porque no los tuvieron. Pero haciendo suposiciones: ¿qué habría primado en el cóctel de genes entre el brillante dramaturgo, el genio cinematográfico o el talento musical y las impresionantes bellezas de las tres sex symbol de Hollywood? ¿Y si la brillantez intelectual no hubiera sido herencia de los padres sino de las virtudes silenciadas de las madres?

 

Orson Welles cometiendo la herejía máxima contra el sistema de Hollywood: cortando y tiñendo la mítica melena pelirroja de su, entonces esposa, Rita Hayworth.

La factoría de genios: desentrañando los misterios del banco de esperma de los premios Nobel.

 

Los caminos de los cruces genéticos son inescrutables. En el banco de esperma William Shockley se conserva el semen de los científicos que han ganado el premio Nobel. El profesor de psicología en Harvard, Steve Pinker, recoge en su famoso ensayo La tabla rasa una anécdota al respecto de lo más jugosa. Según relata, cuando le pidieron al bioquímico George Wald su semen para conservarlo en el citado banco, éste replicó que debían ponerse en contacto con su padre, un pobre sastre emigrante, porque el suyo había dado como resultado a dos hijos guitarristas.

Las bibliotecas no tienen genes pero eso no les impide “cruzarse” con otras instituciones, servicios públicos o conceptos. Los mas puristas argüirán que determinados experimentos solo pueden desembocar en la adulteración de lo que es y ha sido una biblioteca: pero está biológicamente demostrado que la endogamia solo lleva a la devaluación genética de la especie. Así que no vamos a justificarnos por ejercer de alcahuetas.

¿Cómo llamaríamos a la criatura? Si sale mal: aborto, si sale bien: como mejor convenga al entendimiento rápido de todos. Pero dejémonos de prolegómenos. Bajemos un poco la luz, acaso pongamos una música agradable y que empiecen los emparejamientos.

 

“Y Frida les habló del amor…”: fue compartir en nuestras redes este crossover entre Frida Kahlo y las princesas Disney a cuenta del amor y romper las estadísticas.

 

BIBLIOTECA-CENTRO COMERCIAL

 

Ya citábamos algunas de las deudas que las bibliotecas tienen para con los centros comerciales o grandes superficies en Supermercados de la cultura: oferta del día en ideas propias. Desde ese post las últimas noticias sobre los centros comerciales han agudizado una tendencia: su desaparición. Según un reciente estudio de los 1.200 centros comerciales actuales en Estados Unidos, en 2022, solo quedará la cuarta parte por el auge del comercio digital . Culpables de matar el centro de las urbes, acabar con el comercio de proximidad y embrutecer a los consumidores con su oferta despersonalizada: no nos da ninguna pena, y menos aún, si se afianza la tendencia de reconvertirlos en bibliotecas.

 

Un centro comercial abandonado lleno de nieve en Akron (Ohio)

 

El último caso ha sido en Abilene (Texas). En el centro comercial de Abilene van cerrando cada vez más negocios, y la biblioteca de la ciudad tejana, decidió abrir una sucursal aprovechando los locales que iban quedando vacíos. Desde que abrieron la sucursal, el pasado mes de noviembre, el número de usuarios ha pasado de 91.177 a 221.372. Los bibliotecarios están encantados pero los gerentes del centro comercial aún más. Como declaró a los medios el responsable del centro: “La biblioteca es un gran inquilino, ojalá hubiéramos tenido más como ellos”. Y el beneficio es mutuo, no solo por ocupar un espacio vacío y dotarlo de vida, sino también por organizar actividades para los niños en los espacios comunes del centro. En este caso más que un crossover se podría hablar de una pacífica y lenta colonización.

 

Biblioteca en el centro comercial de Abilene.

 

BIBLIOTECA-AGENCIA DE VIAJES

 

Al igual que a los centros comerciales: Internet le ha dado la puntilla a las agencias de viajes. Una paradoja, que ahora que la gente viaja más que nunca, sean los negocios que desde siempre han gestionado estos asuntos los que se vean en riesgo de desaparación. Parte de culpa la tiene su dependencia de los grandes turoperadores que les limitan a la hora de ofrecer alojamientos, itinerarios y combinaciones. Por eso se ha visto un resurgir de las agencias, físicas o virtuales, que ofrecen viajes fuera de lo habitual: quedando para las clásicas la oferta de paquetes de vacaciones o los viajes del Imserso.

Es el caso de la agencia de viajes online Frikitrip que organiza viajes temáticos. ¿Qué eres fan de Doctor Who, de Harry Potter, Juego de Tronos, de los vikingos o de The Beatles? Pues ellos te organizan el viaje, los itinerarios y lugares a visitar: para que tu inmersión en tu serie, género o grupo favorito sea absoluto. Es justo de lo que hablábamos en Turoperador bibliotecario. Allí sugeríamos un servicio que ayudase a los usuarios a diseñar sus viajes en colaboración con su bibliotecario. No se trataba tanto de gestionarle la logística del viaje: como de proveerle de obras que tuvieran que ver con su destino para que su inmersión fuera mucho más rica.

Patti Smith polaroid en ristre

¿No deberían los responsables de Frikitrip ampliar su espectro e incluir a los amantes de la literatura, o añadir más tipo de cine o música? Una alianza Frikitrip-biblioteca sería todo un éxito. En lugar de aburridos selfies con la sirenita de Copenhague, el skyline de Nueva York o la Torre de Pisa: el álbum de fotos del viaje sería como los de Patti Smith (cuyo periplo por el Nueva York de los 70-80 bien daría para un viaje temático). Con las polaroids que la cantante-poetisa estadounidense ha hecho en sus viajes literarios se han llegado a montar exposiciones: desde unos cubiertos de Rimbaud, la cama y escritorio de Virginia Woolf, un pañuelo de William S. Burroughs o unas pantuflas de su amado Robert Mapplethorpe.

 

Cama y despacho de Virginia Woolf fotografiados por Patti Smith

 

BIBLIOTECA-GASTROMERCADO

 

La saga Sharknado: tiburones + tornados. ¿Quién da más?

¿Gastromercados y bibliotecas? ¿qué invento es esto? Estos crossovers empezaron con referentes del Hollywood de oro, y de seguir así, van a terminar como la saga Sharknado: mezclando tiburones con tornados. Pero todo tiene su explicación.

Si hay unos espacios públicos que han conocido y siguen conociendo un auge inusitado estos son los espacios gastronómicos. Rafael Ibáñez ya nos hablaba de las Gastrobibliotecas  hace cuatro años. En ese caso se trataba de bibliotecas especializadas en gastronomía. Pero dado que no todas las bibliotecas pueden tener cocina como la Biblioteca del Fondo en Santa Coloma de Gramanet: tal vez sea el momento de ir un poco más allá

Guste más o menos: el lobby estudiantil ejerce una presión constante. Por eso, mientras que se siguen ensayando fórmulas para hacerlos usuarios más activos de colecciones y servicios: ¿por qué no atender a sus necesidades más primarias?

Durante épocas de exámenes prácticamente viven en la biblioteca. En ciudades medianas y grandes la imagen de grupos sentados en las escaleras, en las zonas comunes o en la calle (en el caso de que no haya sitio dentro del edificio) con sus tupper resulta de lo más habitual.

 

 

Simplemente se trataría de copiar lo que ya están haciendo en algunas universidades. Iniciativas como Foodtopía 1.800w. en el Parque Científico de la Universidad de Murcia: es un ejemplo. Este proyecto de economía local resiliente (como le gusta denominarse) ofrece comida que une producción agrícola y distribución de alimentos local. Promoviendo un menú saludable, ecológico y a precios muy asequibles: servicios de catering del tipo Foodtopía 1.800w. podrían perfectamente proveer y promover la dieta saludable de los jóvenes ofreciendo sus productos en bibliotecas a mediodía. Y sería una opción tanto para estudiantes, como para individuos en riesgo de exclusión, para los que la biblioteca no es ya su segunda casa, sino prácticamente lo más cercano que reconocen como hogar.

BIBLIOTECA-CENTRO DE OCIO

 

Jane Austen + zombis: después de esto ya nada queda a salvo.

No vamos a llegar a proponer un parque de atracciones bibliotecarias, pero a un paso estamos. Si museos y otras instituciones respetables han optado abiertamente por la gamificación y por dotar a sus propuestas de un aura de espectáculo cuasi circense: las bibliotecas no pueden quedarse atrás.

El verano de 2016 fue el verano de la moda del Pokémon Go. Varios artículos e iniciativas se centraron en sacar rédito a dicha moda desde las bibliotecas. Un año después, pasado ese furor, la moraleja como siempre es la misma: no hay que correr detrás de la última zanahoria digital que nos ofrezcan. Las bibliotecas son milenarias, pueden tomarse su tiempo, sin dejarse agobiar por la sensación permanente de estar perdiendo algún tren con destino final a la obsolescencia.

“Desde lo alto de esas bibliotecas 43 siglos nos contemplan”.

 

No se trata de realidad inmersiva 4D es una obra del pintor hiperrealista Joel Rea

 

Robots y Tolstói: ¿qué puede salir mal?

Ya hablamos en Escapando de la biblioteca, escapando de los bibliotecarios de la moda de las escape room y sus posibilidades en bibliotecas, la cultura maker sigue ganando terreno, la robótica es un campo a tener en cuenta, y ahora toma el relevo a la realidad aumentada: la realidad inmersiva 4D. Una vez más, como toda novedad, habrá que tomársela con calma.

La empresa Broomx Tecnologies ha creado el primer sistema de proyecciones inmersivas 4D y vídeos 360 que no necesitan del uso de ningunas gafas y pueden disfrutarse en cualquier espacio. Recrear a personajes e historias de libros, películas o cómics en la sección Infantil y Juvenil, convertir al libro en el epicentro del que nace todo lo imaginable. Como con cada nueva maravilla tecnológica se corre el riesgo de quedarse con la atracción de feria y dejar aparte el contenido. Solo el tiempo y el desarrollo dirán lo útil que puede llegar a ser como aliado de la oferta bibliotecaria.

 

Cuando la Universal dejó que sus monstruos clásicos se cruzaran con las comedias de Abbott y Costello (los Pajares y Esteso de los 40 estadounidenses): la decadencia de los mitos del terror clásico se hizo imparable.

 

Se sabe cómo se empieza pero no cómo se acaba. Los crossover es lo que tienen. Podríamos seguir con cruces genéticos entre bibliotecas y otras instituciones y servicios: pero antes de que esto adopte tintes orgiásticos mejor dejarlo.

Y si arrancamos con parejas llenas de glamour cerremos con todo un clásico. La metáfora perfecta del crossover bibliotecario sería la pareja protagonista de Bola de fuego (1941) de Howard Hawks. El tímido y encantador erudito interpretado por Gary Cooper y la desinhibida cabaretera a la que daba rutilante vida Barbara Stanwyck. La calle irrumpiendo en la academia y trastocándolo todo. No hubo segunda parte, así que no podemos saber cómo fue el resultado de tal cruce genético: pero es muy posible que fuera equiparable a una idea de biblioteca cercana a lo que hemos propuesto aquí.

 

Vicios privados, públicas virtudes…bibliotecarias

 

En una biblioteca de Zaragoza la policía detuvo a un usuario que desde hacía tiempo se dedicaba a fotografiar piernas de mujeres bajo las mesas de estudio. La actitud sospechosa detectada por la que iba a ser la próxima retratada llevó a la detención del voyerista. No podemos saber si el mirón habrá visto la película japonesa Love Exposure (2008) pero su modus operandi así podría indicarlo.

 

Una de las surrealistas escenas de Love exposure (2008) de Sion Sono

 

Yu, el inocente adolescente protagonista de este delirio en celuloide, abrumado por la estricta educación católica de su progenitor: decide darle la razón a su padre y ser un pecador en toda regla. Para ello se somete a un duro entrenamiento (la escena de su aprendizaje no tiene desperdicio) para ejercer como fotógrafo ninja de panty shots. Es decir: fotos robadas de la ropa interior de las chicas. Su gran pericia y destreza lo convierten en toda una celebridad. Y hasta aquí podemos contar de una cinta de culto de la que es difícil hacer spoiler: tal es el grado de disparate que alcanza su trama.

Las deliciosas portadas vintage de temática bibliotecaria. La notación Dewey (sexualidad) y el texto lo dejan claro: “Todos en la biblioteca tenían su número”

 

Pero volviendo a Zaragoza, salvo la noticia puntual en la crónica de sucesos, es difícil que el émulo maño del héroe de Love exposure llegue a alcanzar fama alguna. Se quedará como un incidente nimio que desde luego no es extraño al mundo bibliotecario.

Los mirones de biblioteca son una especie habitual. Lo que sorprende es que a estas alturas algo propio de la España del landismo siga practicándose. Pero allá cada uno con sus fetichismos y vicios: siempre que no atenten a la intimidad ajena (como en este caso) que cada uno los lleve como pueda.

Pero no va tanto de vicios de los usuarios este texto como de los vicios (algunos involuntarios, otros no tanto) en que incurre en ocasiones la profesión.

 

Job Webb ha ejercido diversas responsabilidades en bibliotecas del ámbito universitario londinense. En la reunión de 2016 de la Academic and Research Libraries Group presentó una ponencia bajo un título sugerente: Los siete pecados capitales de la biblioteconomía. Algunos a los que hacía mención se pueden extrapolar a cualquier tipo de biblioteca:

  • centrarse en las necesidades de las bibliotecas o bibliotecarios y no en la de los usuarios
  • falta de actualización y de desarrollar aprendizajes (o dicho con otras palabras: apoltronarse)
  • exceso de escrúpulo a la hora de aplicar las reglas e inflexibilidad en general.

No vamos a cargar a la profesión bibliotecaria, en exclusiva, con unos pecados que fácilmente se pueden encontrar en muchas otras profesiones. Pero sí cabe añadir otros que, en algunos casos, revisten la categoría de capitales. Podríamos enumerarlos directamente: pero ¿qué necesidad hay de “hacer amigos” si podemos recurrir al testimonio de los propios pecadores?

De 2013 a 2015 estuvo activa la cuenta de Tumblr: Librarian shaming (Vergüenzas bibliotecarias). En este blog, profesionales de bibliotecas, confesaban los pecados de pensamiento, palabra, obra y omisión que cometían en su día a día laboral. Quedaría bien decir que lo hacían en acto de contrición: pero lo cierto es que, en la mayoría de los casos, no se detectaba propósito de enmienda alguno. A las pruebas (en forma de texto y fotos) nos remitimos.

 

No tengo ningún deseo de leer cualquiera de los libros de Harry Potter!

 

“Algunas de nuestras políticas de préstamo de la biblioteca son una mierda completa, así que cuando un usuario necesita algo que se supone no se puede prestar (por ninguna razón legítima discernible) lo modifico y lo presto de todos modos. Que le jodan al hombre y sus espeluznantes políticas de exclusión.” 

 

Robo la mayoría de libros digitales que leo.

 

 “Voy a los rincones aislados de la biblioteca para ventosear mientras ordeno estanterías”

 

“Soy bibliotecario infantil y odio las canciones infantiles”

 

Mis libros SIEMPRE ESTÁN SOBREPASADOS (incluso mis préstamos interbibliotecarios)

 

“Admito que estoy celoso cuando el jefe y algunos de mis compañeros salen de marcha por los clubes y nunca me invitan.”

 

“Si un usuario llega cuando quedan minutos para cerrar la biblioteca preguntando si tenemos cierto DVD, hago como que lo busco, y le digo que está perdido. Los DVD no tienen una ordenación concreta y me niego a esperar que lo busque mientras yo espero. Han tenido el resto del día para venir, que respeten mi horario. Bastante mal pagado estoy para el tiempo que trabajo.”

 

Prefiero leer libros digitales que libros en papel. Amo mi Kindle

 

“En ocasiones estoy jodidamente aburrido en mi biblioteca. Soy el jefe”

 

Latigazo, el bibliotecario!

En esta pequeña muestra, hay confesiones que pueden considerarse pecados veniales, otras en cambio, ni siquiera faltas. Cada uno, según su sentido de la moral, clasificará a unas u otras en la correspondiente categoría: pero hay dos que deberían clasificarse como capitales sin medias tintas. Es difícil pensar en penitencias cuando cuesta creer en el concepto de pecado: pero en estos casos ejerceríamos, sin dudarlo, de jueces aplicando gustosos las condenas.

La bibliotecaria, que oculta tras un lector de libros electrónicos, reconoce recurrir a la piratería para sus lecturas; y el director de una biblioteca que se queja del “jodidamente aburrido” trabajo en su biblioteca.

No vamos a ser hipócritas: en los albores de las descargas de contenidos digitales, quien más, quien menos, incurrió, bien por obra u omisión (esa música, esa película, ese libro que nos pasa un amigo, y sobre el cual, no preguntamos la procedencia) en descargas ilegales. Pero a estas alturas de la película: el bibliotecario que no haya comprendido que los intereses de los creadores y de las bibliotecas van de la mano (y viceversa): es un tarado o le importa bien poco la cultura para la que se supone trabaja. Y respecto al segundo pecado capital, ser jefe de una biblioteca y aburrirse, tiene fácil solución: dimitir. No más bibliotecarios jurásicos desgastando poltronas: para eso ya tenemos a los políticos.

 

Un libro como escondite para los vicios: en este caso el de la buena lectura y el del buen whisky,

 

En 2015 dejó de funcionar el blog y no por falta de pecadores. En la declaración de intenciones sus creadores manifestaron su deseo de convertirlo en un foro divertido en el que los bibliotecarios, anónimamente, desvelaran sus pequeños vicios y así obtener la conmiseración de sus colegas. Y ese es el espíritu que se detecta en sus inicios, pero en los años que van del 2013 al 2015 (con el discurso hater afianzándose cada vez más en las redes sociales) se empieza a advertir en algunas confesiones: una desidia, cuando no directamente un desprecio, hacia las bibliotecas que hizo que la diversión se esfumase.

El triunfo de la sinceridad como valor supremo, en esta época “desilustrada” que estamos viviendo, junto al anonimato: puede que tuvieran mucho que ver con su extinción. La mala educación, la falta de pericia en el manejo inteligente de la ironía, la pose descreída confundida con perspicacia: son los componentes de esa nueva sinceridad, que se blande como una virtud, cuando no es más que una muestra de inseguridad, grosería y pereza mental. Y de este modo el divertido confesionario digital de Librarian shaming iba camino de convertirse en un escupidero.

El extinto (en papel) suplemento “Tentaciones” de “El País” incluye El manual del hater que, en este caso con gracia, explota la tendencia que arrasa en las redes. La sección se encabeza con la frase “Cómo odiar correctamente a…” y en la diana, tras esos puntos suspensivos, se sitúa algún tema que cotiza alto en las escala de valores cool para ser machacado a conciencia. Dada la buena consideración que, en general, parecen tener las bibliotecas para la cultura hipster no estaría de más que un día, tras esos puntos, situasen a las bibliotecas/bibliotecarios antes de pasar el relevo a la siguiente tribu cultureta.

 

Cigarrillos de marihuana escondidos en un libro en la década de los 40.

 

Pero un ejemplo de que no hace falta abusar de la ironía, ni de la sinceridad como eufemismo de grosería para dejar en evidencia a los hipócritas: lo dio hace unos meses la bibliotecaria estadounidense Margaret Howard en un tuit. Fue con ocasión de la celebración de la National Library Week que Ivanka Trump, relaciones públicas del patán de su padre, quiso ensalzar a las bibliotecas y bibliotecarios por su contribución al conocimiento y el aprendizaje: y una vez más la verdad a secas, que no posverdad, sirvió para desarmarle la pose.

 

Esta Semana Nacional de las Bibliotecas, nosotros honramos a nuestras bibliotecas y bibliotecarios por abrirnos los ojos al mundo del conocimiento, el aprendizaje y la lectura!

Tu padre quiere recortar todos los fondos federales pero gracias por el tuit. #SaveIMLS (Salvemos al Instituto de Servicios Bibliotecarios y Museos)

 

Dada la poca sutileza de los tiempos que corren: ahora, igual que siempre, el antídoto contra la hipocresía no es el mal uso de la sinceridad sino el ejercicio de la libertad de pensamiento. Y para terminar, un vicio que se hace virtud en este blog: acabar con música.

Los protagonistas del magnífico vídeo que el colectivo de realizadores franceses Megaforce ideó para el tema Sacrilege del grupo Yeah, Yeah, Yeahs: encajarían a la perfección en el tipo de votante que ha aupado a Trump al poder. Pero lo cierto es que fue rodado en plena era Obama. Con un cierre así sobran puntos suspensivos en los que escribir lo que hay que aprender a odiar correctamente.

 

Déjà vu de biblioteca

 

“Yo soy grande, es el cine el que se ha hecho pequeño”

Norma Desmond en El crepúsculo de los dioses (1950) de Billy Wilder

 

El pasado convertido en presente y viceversa en una joya de la ciencia ficción reciente.

Nos están escamoteando el presente. La industria de la nostalgia funciona a plena máquina desde hace unos años: y las bibliotecas actúan como antídoto y veneno, al mismo tiempo, de esa explotación mercantilista del pasado.

Yo fui a la E.G.B., la serie-homenaje a los 80 Stranger things, los vídeos de La bola de cristal, la reedición de los cómics de Esther y su mundo, la celebración de los 20 años de series como Al salir de clase o incluso de los 15º aniversario de Operación Triunfo. Si en los 80 un grupo prefabricado como La década prodigiosa vendía discos a costa de la nostalgia de los que habían sido jóvenes en los 60, los 70, y más adelante, hasta en los 80 (lo que da una idea de lo rentable que les ha salido): ahora la nostalgia ya se fomenta hasta en los que tienen 15 años con respecto a cuando tenían 10.

 

El póster de la serie Stranger things convenientemente avejentado por Netflix para reforzar su aire nostálgico.

 

En una entrevista reciente el escritor Antonio Orejudo, ante el lanzamiento de su novela inspirada en Los Cinco de Enid Blyton, decía que “la nostalgia en literatura acaba corrompiéndose y oliendo mal“. Y aquí añadimos que no solo en literatura. Se empieza idealizando los 50, los 60, los 70 o la época a la que correspondan los años de juventud: y se termina con lo de que cualquier tiempo pasado fue mejor. El presente va tan acelerado que el único valor seguro parece el pasado: y ahí están al quite los guardianes de las esencias, que en el mundo son, para convencernos de que les votemos y así recuperar ese tiempo perdido sin que pinte nada Proust en todo esto.

Si la juventud es el valor supremo de la sociedad de consumo desde los 60, una vez superada la franja de edad (cada vez más ensanchada) de los años que se identifican con la juventud: lo que te toca es vivir en un permanente revival que nos reafirme en que ya no se hace ni música, ni literatura, ni cine, ni arquitectura, ni televisión (bueno en esto último, para bien y para mal, es verdad) como la de antes. La memoria nos engaña y gracias a esta industria de la nostalgia nos hace vivir en un continuo déjà vu.Y es aquí donde deben entrar las bibliotecas. Pero antes: un inciso para el recuerdo.

 

El personaje de Julieta Serrano en el clásico Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988): enajenación mental, nada transitoria, por el pasado.

 

En el blog Centuries of sound su creador, James Errington, se ha propuesto crear recopilaciones de sonidos que sirvan para identificar los años de todo un siglo. El proyecto es ambicioso. Partiendo del año 1859 Errington va publicando en el blog sus montajes sonoros en los que combina, no solo músicas célebres de los años elegidos, sino también sonidos urbanos, discursos, diálogos, anuncios publicitarios y archivos sonoros de lo más dispar que sirven para situarse sonoramente en el año seleccionado. Por ahora lleva publicadas nueve recopilaciones: las que van de 1859 a 1893 y la de 2016. Poco a poco irá completando los años que quedan en medio:confeccionando así un atlas histórico sonoro de siglo y medio.

 

 

Tal vez la sonora, junto con la olfativa, sea el tipo de memoria que más rápidamente nos ubica en el pasado, en un momento concreto que hemos vivido o hemos creído vivir. Nunca hay que ignorar los muchos trampantojos que los sentidos urden para confundir nuestros recuerdos.

“Una noción de que un periodo de tiempo diferente, es mejor que el que estamos viviendo. Es una falla en la imaginación romántica de esas personas, que encuentran difícil lidiar con el presente.”

 

La maravillosa película El pasado (2013) de Asghar Farhadir.

Con esta frase el protagonista de la deliciosa comedia de Woody Allen, Medianoche en París (2011), asume que su deseo de vivir en otro tiempo no es más que una excusa para huir del presente. Nada hay más triste que alguien mayor de 40 se refiera como a “su época” como los años de juventud. Mientras estemos vivos es nuestra época y si bien las obligaciones, los problemas y las responsabilidades nos dejan menos tiempo para nuestras aficiones: no por eso estamos obligados a dejarnos llevar por la apatía.

Pero no seamos cínicos, en las bibliotecas la explotación de la nostalgia da muy buenos rendimientos en las estadísticas de préstamos. Como contrapartida es de justicia que sean también las bibliotecas las que ayuden a actualizarse a sus usuarios. Si el día a día no te da respiro para seguir atento a nuevas músicas, literaturas o cinematografías: para eso están las bibliotecas. Renovarse o morir culturalmente. That is the question. Y como no podía ser de otro modo desde la Biblioteca Pública de Nueva York llega una iniciativa muy estimulante.

 

Si hace poco hablábamos de fanzines y lo que pueden estos aportar a una biblioteca: en la biblioteca de NY han creado un fanzine, Library Zine!, hecho por los propios bibliotecarios de la red de la ciudad. El “Háztelo tú mismo” por un lado que preconizan los fanzines, y la inmediatez y libertad de contenidos en formato bibliotecario.

La montaña de nuevas funciones con que los tiempos está sobrecargando a la profesión (que si community manager, que si animadores socio-culturales, que si monitores de makerspaces, que si creadores de narrativas transmedias… y así hasta el infinito) se podría resumir en una sola denominación: profesional de la cultura. ¿Qué cómo se define eso? con la misma laxitud que muchas de esas otras denominaciones.

En definitiva de lo que se trata es de estar (y ser) inquieto culturalmente, no solo en tecnología, sino en la materia con la que se trabaja cada día: la cultura. Para luego saber transmitirlo mediante productos diseñados para los usuarios. El Library Zine! neoyorquino nace con la idea de explorar y experimentar para mejorar los servicios de las bibliotecas a través de la creatividad: ojalá lo consiga y genere nuevas formas de interacción con los usuarios.

Y en un alarde de incoherencia marca de la casa: cerramos con una de las exaltaciones del recuerdo y la nostalgia más bellas que se hayan filmado jamás. Se trata del final de la magnífica adaptación de Los muertos de James Joyce por John Huston en su película Dublineses (1987). Y atención a partir de aquí no se puede llamar spoiler: es que directamente reventamos la película a cualquiera que no la haya visto.

Tras una fiesta de Navidad en casa de las tías de su marido, la protagonista interpretada por Angelica Huston, se queda absorta al escuchar una música cuando se dispone a marcharse. Su marido intrigado, una vez de vuelta en su hogar, le pregunta el porqué de su ensimismamiento tras escuchar la canción. Entonces su esposa le revela una historia de amor trágica que vivió en su juventud, que nunca había desvelado, y que guardaba en lo más íntimo. Una vez dormida su esposa, el marido mira por la ventana mientras nieva, y su voz en off nos transmite toda la belleza y tristeza del paso del tiempo y de los recuerdos silenciados.

 

 

Turoperador bibliotecario

 

Viñetas del cómic El fantasma de Gaudí (2015) de El Torres que tras los atentados resultan tristemente premonitorias.

 

No tinc por! Tres simples palabras para enfrentarse al odio que bien darían para un eslogan. Pero mejor que se quede en hashtag, grito o titular: sin que nadie se lo apropie desde su discurso. En declaraciones al periódico El País, un representante del sector turístico, manifestaba su deseo de que el hecho de que la mayoría de víctimas hayan sido turistas provoque: “un renovado sentimiento de acogida al turista y al turismo“. Un ejemplo, de que pese a la tragedia, la agenda de la actualidad sigue su curso. Y si ha habido un tema recurrente en los medios hasta las 16:50 horas del jueves 18 de agosto: ese ha sido el debate sobre el turismo.

 

Los falsos carteles turísticos del ilustrador Monk HF se hicieron virales en las redes gracias a su ingeniosa forma de denunciar diversas problemáticas sociales.

 

Una magnífica idea del Consejo de Cooperación Bibliotecaria para este 2017: el sello de innovación CCB

El escritor Patrick Ness (autor, entre otras, de la novela juvenil Un monstruo vino a verme) es uno de los literatos galardonados con dos Carnegie Medals. Dicho galardón lo llevan concediendo los bibliotecarios británicos para premiar novelas infantiles/juveniles desde 1936. Una costumbre (la de premiar a escritores, o a cineastas, músicos, creadores de videojuegos, etc…) que bien podríamos copiar en las bibliotecas españolas. Más que nada porque sería, además de una forma de reconocimiento a los creadores, una estupenda campaña de promoción para las bibliotecas.

Pero de los premios como herramienta de marketing bibliotecario ya hablábamos en Esto no es Hollywood: palmarés de biblioteca. Volvamos con Patrick Ness. En realidad si citamos al escritor estadounidense afincado en Londres no es por lo de los premios, ni siquiera porque esto vaya de literatura infantil o juvenil, si recurrimos a Ness es por una frase que pronunció agradecido al ser premiado por los bibliotecarios:

“librarians are tour-guides for all of knowledge” (los bibliotecarios son guías turísticos de todo el conocimiento)

 

Adaptación de la novela de Ann Tyler sobre un escritor de guías de viajes al que no le gusta viajar.

 

Una bonita frase para un discurso que la actualidad hace que suene algo menos halagadora. Después de todo el turismo de masas, a pequeña escala, también se practica en las bibliotecas ¿Qué bibliotecario, alguna vez, al enfrentarse a la visita guiada de un grupo de adolescentes hormonados o de pensionistas hiperactivos (es lo que tiene tanta vejez activa): no se ha sentido como el guía de un viaje organizado? Las ganas de levantar el brazo en alto agitando un paraguas, para ver si se concentran un poco en la explicación, son irrefrenables.

Pero las visitas guiadas a bibliotecas son un tema al que sacar mucho jugo; mejor lo dejamos para futuras ocasiones. Lo que aquí nos preguntamos es ¿qué pueden aportar las bibliotecas al debate abierto en torno al turismo de masas? Para empezar los viajes organizados por turoperadores merecen un reconocimiento por haber anticipado, hace mucho, lo que iba a ser la vida en digital. ¿Acaso los circuitos maratonianos por seis ciudades europeas en 8 días no son la equivalencia física de nuestras incursiones en la Red? El resultado es el mismo: un espejismo de cultura superficial, apresurado, panorámico y fugaz.

 

Los turistas del corto Step (1987) en pleno furor fotográfico en medio de la matanza de Odessa.

 

La película fundacional del cine moderno en el siglo XX: Te querré siempre (1953) de Roberto Rossellini. El viaje como catarsis sentimental.

En los años ochenta el prestigioso cineasta polaco Zbig Rybczynski dirigió un corto que pareciera inspirado en el momento actual. En Steps (1987) (disponible en Youtube) un grupo de turistas, especialmente zafio,  “visita” la mítica escena de la matanza en la escalinata de El acorazado Potemkin de Eisenstein. La irrupción del turismo borreguil más vulgar en el drama fílmico soviético expresa a la perfección la deriva que la cultura de masas lleva experimentando desde hace décadas

El cortometraje del polaco le queda como un guante a una de las opiniones que más se ha repetido las últimas semanas: “no es turismofobia es lucha de clases“. Para quienes refrendan esta sentencia la última crisis ha hecho bien su trabajo: y los países del sur se reafirman como países al servicio de los del norte. Una vez más aquello de España como país de camareros (¡¡con lo que se agradece topar con un buen profesional del gremio!!). Pero ¿es realmente así?

Paul Bowles paradigma del escritor que hizo de los viajes una forma de vida y de literatura.

Gracias al estupendo artículo Correlación no implica causalidad de Daniel Manzano (publicado en Jot Down) descubrimos la web Spurious Correlations: que se dedica a establecer correlaciones absurdas entre series de datos. Desde la relación entre la temperatura global y el número de piratas hasta la relación entre los ahogamientos en piscinas y la aparición de Nicolas Cage en películas.

Con nuestro espíritu bibliobizarro no podíamos dejar pasar la ocasión de establecer nuestro propio cruce de datos. No alcanza el grado de delirio de la web citada pero no importa: de lo que se trata es de arrimar el ascua a nuestra sardina.

 

La deliciosa Viajes con mi tía de Graham Greene.

La comparativa entre el ranking de países con mayor número de bibliotecas y el de los países con mayor afluencia de turistas solo arroja una conclusión: que ninguno de los países que ocupan los respectivos podios comparten ambas premisas. ¿Es serio deducir alguna causalidad entre estos parámetros? No. Pero nos viene de perlas para defender que las bibliotecas pueden colaborar activamente en mitigar los estragos que el turismo sin criterio está provocando.

Seamos realistas. En pleno siglo XXI es impensable emular a los viajero del XIX: pero sí que podemos mejorar sustancialmente la experiencia del viaje a semejanza de como hacen determinadas agencias de viajes especializadas en itinerarios personalizados. Agencias de viajes bibliotecarias como nuevo servicio para quienes quieran salirse del redil. No se puede prometer una visita solitaria a la Fontana de Trevi pero sí ampliar el goce del viaje. ¡Prepara tu viaje en la biblioteca! (pero sobre todo): con ayuda del bibliotecario. Y no estamos hablando de reserva de billetes o alojamientos: que para eso ya están las agencias de viajes convencionales o Internet. Hablamos de cosas algo más divertidas…y bibliotecarias.

Casi todos los países que ocupan los primeros puestos del ranking de bibliotecas por habitantes pertenecían a la antigua URSS. En 2007 el padre de la Perestroika, Mijaíll Gorbachov, protagonizaba, no sin polémica, un anuncio de maletas Louis Vuitton. Viajes, capitalismo, bibliotecas, Muro de Berlín, globalización: todo confluye en esta imagen que tan bien viene a lo que aquí se habla.

El bello Cuaderno de viaje de Craig Thompson: o cuando un lápiz es mucho mejor que una cámara para fijar el retrato de las sensaciones que produce viajar.

 

Más allá de contar con una rica colección de guías de viajes se trata de seleccionar novelas, películas, cómics, grabaciones sonoras o hasta videojuegos: en los que el lugar elegido por el usuario esté presente de un modo u otro. Así cuando finalmente ponga el pie en su destino: no será el objetivo de una cámara quien se apropie de su mirada sino las evocaciones que pueblan su imaginación multiplicando el placer del descubrimiento.

Recuperar el placer de viajar como experiencia, no como simple pasatiempo. Una de esas funciones a sumar a ese  bibliotecario referencista salido de madre del que hablábamos en Léeme, soy community manager (DJ bibliotecarios en el filo).

Tal vez con más bibliotecas habrían mejores viajeros; las ciudades no nos parecerían parques temáticos, y aunque sea imposible recuperar el romanticismo de los viajes decimonónicos: el forzado binomio que aquí hemos creado entre bibliotecas y turismo tendrían todo el sentido. Al fin y al cabo el buen viajar, como todo, nace de la cultura y el conocimiento.

La incursión de David Byrne en los ritmos latinos con su Rei Momo (1989)

 

Y ahora terminemos con algo de turismo musical. En tiempos en que se habla tanto del apropiacionismo cultural resulta interesante echar la vista atrás, concretamente a los años 80 del pasado siglo, en los que músicos anglosajones se fueron de turismo, musicalmente hablando, para renovar sus propuestas. Paul Simon con su mítico Graceland, David Byrne con su Rei Momo, o más cerca, nuestro Santiago Auserón volcándose en los ritmos cubanos.

En la actualidad, ya que mencionábamos a los DJ bibliotecarios, uno de los que parte la pana es el disc-jokey y productor estadounidense Diplo. Sus vagabundeos musicales por el mundo le han convertido en un hábil recolector de sonidos autóctonos que luego mezcla en hits que copan las listas de éxito mundiales. El vídeo interactivo (hay que ir clicando, mientras se reproduce, para que se desvele la versión alternativa) para el tema que ha lanzado con Major Lazer: queda perfecto: música masiva para ilustrar la diferencia entre sueños y realidad cuando emprendemos un viaje, sea físico o mental.

Canción de verano bibliotecaria

 

 

En el hemisferio en el que se cuece (literalmente) este blog: es verano. Y una de las tradiciones seculares del verano hasta hace no tanto: eran las canciones del ídem. Esas tonadas facilonas, de letras sonrojantes la mayoría de las veces, con ritmos básicos y a ser posible acompañadas de coreografías propias de una fiesta de fin de curso de parvulario. Por mucho que digan que la omnipresente Despacito de Luis Fonsi es la elegida para este 2017, no es cierto: la canción se publicó el 12 de enero y lleva triunfando en las listas desde entonces.

El cambio climático lo está trastocando todo. En el tiempo de la posverdad, el calentamiento global y las redes sociales: el dejarse mecer por un ritmo tontorrón y por letras simplonas ha perdido la estacionalidad. Ahora la canción del verano es la banda sonora de todo el año como las, antaño, serpientes de verano (esos culebrones informativos con los que se entretenía al personal mientras daban cabezadas): reptan por las redacciones y, sobre todo, por Internet durante los 12 meses sin interrupción. De hecho las canciones y serpientes de verano han ido emparejadas desde sus orígenes. Por eso no es de extrañar que el inevitable Despacito posea, según los expertos, lo que se denomina: gusano de oído.

 

Tuit del músico, productor y compositor Nahúm García en la que explica el secreto del éxito del tema de Luis Fonsi y Daddy Yankee. En la web musical Jenesaispop lo explican en detalle.

 

Son las conclusiones de Jessica Grahn, neurocientífica de la Universidad de Ontario, que recientemente concedía una entrevista a la BBC para tratar de explicar, científicamente, la razón por la cual determinados temas conocen un impacto global y consiguen arrasar por encima del resto. Un intento (vano) más por conseguir la fórmula del éxito.

Nada que reprochar. Será el calor, será el goteo incesante del tema de Fonsi y Daddy Yankee, será que los gusanos se han convertido en serpientes y nos colonizan el cerebro: que en este post nos rendimos a lo facilón, a la rima fácil, a la gracieta de adolescente. Lo cual no quiere decir que en el resto de posts no lo hayamos hecho: la diferencia es que aquí es de manera consciente. Después de todo ¿no aspiran las bibliotecas también al éxito masivo? De ahí que demos a todos los palos con este texto tutti frutti: en un intento por lograr ese estribillo redondo que siempre se escabulle .

 

 

Como cada verano diferentes administraciones ponen en  marcha las campañas de verano a través de los bibliobúses. En la ciudad india de Naihati  no cuentan con bibliobúses pero cuentan con el empeño y las buenas piernas de Alamgir Hossain Shrabon. Empeñado en hacer llegar la lectura hasta la última aldea: este profesor pedalea transportando un carrito de los que se usan como puestos ambulantes de comida repleto de libros.“Quiero erradicar la pobreza a través de la educación” declara Shrabon, que además, ha creado dos centros de formación para mujeres, así como talleres gratuitos para formar en el uso de nuevas tecnologías.

Pero de la edificante historia del profesor hindú, aparte de con su arrojo, nos quedamos con el carrito. Los jóvenes ya no tienen memoria de los clásicos carritos de helados o de comida que antaño circulaban por las ciudades. Salvo los puestos ambulantes que desfilan previos a alguna cabalgata o procesión: la venta ambulante de helados y alimentos es cosa más bien del pasado. Vivimos en la eclosión de los food trucks o furgonetas de comidas. Pero aquí y ahora apostamos por lo clásico.

¿No sería una buena idea rescatar uno de esos carritos de helados para prestar libros? Prestar libros y vender/regalar helados si alguna marca tuviera la visión comercial suficiente para promocionarse en alianza con la cultura. Puede que alguno de los libros terminase como los que aparecen en una de nuestras cuentas de Instagram favoritas: Ice Cream Books: pero el impacto que se conseguiría haría que mereciera la pena.

 

La Biblioteca Newberry de Chicago está especializada en colecciones sobre religión. Entre los 80.000 documentos que conforman sus fondos se encuentran no pocos textos sobre brujería, magia o espiritismo. Pero pese a lo antiguo de los fondos que allí se conservan: sus responsables han demostrado estar firmemente asentados en nuestros días. Ahora que tanto se habla de que los usuarios intervengan en la toma de decisiones de los centros bibliotecarios: la Biblioteca Newberry ha publicado en el portal Transcribing Faith tres manuscritos sobre magia para que cualquier internauta, que se vea capacitado, les ayude a transcribirlos, corregirlos y comentarlos. Un trabajo colaborativo para acometer una de las tareas, hasta ahora, más especializadas y celosamente reservadas por el gremio bibiotecario y archivero.

La gran Lola siempre adelantada a su tiempo.

Es lo que se lleva: presupuestos participativos, toma de decisiones asamblearias, la necesaria transparencia del sistema. Todo razonable, democrático, políticamente correcto y con la bendición que se le presume siempre a lo consensuado. Pero en tiempos en que prima el descrédito de la opinión docta y la desconfianza hacia todo lo que provenga de la academia: hay que estar bien alerta ante los inventos que puedan surgir de este afán por el igualitarismo a ras de tierra.

Como ejemplo el reciente anuncio de la RAE aceptando el uso de iros por idos: un necesario triunfo del uso popular de la lengua, que en las redes, se ha traducido en un nuevo linchamiento contra la labor de la RAE por tener un pasado machista. Una manera de mezclar churras con meninas (ya puestos a amoldar el lenguaje a nuestro gusto: ancha es Castilla) y es que “si me aconvenzo, si me aconvenzo” las cosas son como yo quiero que sean y se acabó que cantaba María Jiménez.

 

 

Cuando allá por el verano del 2001, la pareja formada por las tuneadas Sonia y Selena, copó las listas de éxitos con su tema Yo quiero bailar: no faltaron los comentarios insidiosos tildando a las esforzadas cantantes de parecer salidas de una de esas películas, que en los videoclubes, solían esconderse en los rincones más discretos del local. Y si hay un gremio que puede comprender mejor que ninguno lo injusto que resulta el que te cataloguen estéticamente en un estereotipo ese es, sin duda, el bibliotecario.

Algunos de los bibliotecarios retratados por Kyle Cassidy en su libro-homenaje a las bibliotecas y los bibliotecarios.

No sabemos si el último libro de la fotógrafa Kyle Cassidy va a incidir de alguna manera en que evolucione la imagen del gremio; pero incluye algunas reflexiones que nos gustan mucho. This is what a librarian looks like: a celebration of libraries, communities, and access to information (Esto es lo que parece un bibliotecario: una celebración de las bibliotecas, las comunidades y el acceso a la información) es el resultado de los viajes por los Estados Unidos de Cassidy fotografiando bibliotecarios y recogiendo sus opiniones e ideas en torno a su trabajo. Aunque se pueden seguir estableciendo ciertos criterios estéticos comunes entre algunos de los retratados: también hay disidencias estéticas que rompen el estereotipo. ¿Quién sabe? puede que dentro de poco el canon estético de Sonia y Selena termine asomando en futuros retratos del gremio.

Pero más allá de la apariencia, que por algo estamos hablando de bibliotecas, nos quedamos con las declaraciones de una de las bibliotecarias retratadas. Jaina Lewis, bibliotecaria juvenil en la Biblioteca de Westport, describe sus tareas de una forma con la que más de uno podrá identificarse:

“Por la mañana, soy una estrella de rock en una habitación llena de niños en edad preescolar; a mediodía, soy una trabajadora social ayudando a buscar recursos para la búsqueda de empleo; por la tarde soy una educadora que lleva a los niños a un taller de ciencias. Los bibliotecarios servimos para muchos propósitos y usamos distintos sombreros, pero todos sirven para lo mismo: cambiar vidas.”

 

 

El verano también es tiempo para nostalgias: ahí estaba el Dúo Dinámico, otros clásicos del repertorio veraniego, con su tema El final del verano. Pero no parece que haya sido ese tipo de nostalgia la que haya incidido en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos para publicar un libro en el que recupera el olvidado arte de los catálogos de tarjetas.

La estupenda encuadernación de The Card Catalog.

The Card Catalog: books, cards and treasures literacy (El catálogo de fichas: libros, tarjetas y tesoros literarios): en el que se reúnen algunas de las tarjetas que, durante décadas, sirvieron para recoger los datos de las publicaciones y para dejar fe del buen pulso de los catalogadores a la hora de completar las fichas. El libro deja constancia de los esfuerzos de los bibliotecarios por intentar organizar unas colecciones que crecían sin parar; e incluso se hace eco de las rivalidades que se establecieron entre bibliotecarios a la hora de imponer sus criterios.

La glaciación digital arrasó con todo ello, pero dejó algunas situaciones curiosas que el libro recoge: sobre el modo en que algunas bibliotecas se despidieron de sus viejos ficheros. En una biblioteca de Maryland ataron las fichas a globos llenos de helio y las lanzaron al cielo; otras celebraron incluso funerales en homenaje a sus entrañables catálogos de fichas.

Hoy día lo digital deja poco margen para imprimir un toque personal en un trabajo tan reglado como es la catalogación. La personalización se margina a los tejuelos, y como mucho, a los códigos de barras. ¿Los códigos de barras? Pues sí: los códigos de barras son como las caprichosas marcas que el bañador o los anillos (en caso de practicar el nudismo) dejan en la piel bronceada: una inesperada demostración de que la diferencia está en los detalles. Es una pena que la falta de tiempo no permita “customizar” los códigos de barras de las bibliotecas. Podría dar lugar a comentarios gráficos sobre la temática de los documentos tan estimulantes como estos que provienen (cómo no) de Japón:

 

 

Y hasta aquí llegó el repaso a algunas de las posibles tonadillas de verano con aires bibliotecarios. Quedan en el tintero éxitos potenciales como MARCarena de Los del Río, Sólo se registra una vez de Azúcar Moreno o Ven, catalógame otra vez de Lalo Rodríguez. Pero toda tontería tiene un límite. Es hora de desconectar y dejar que la audiencia relaje oídos y vista.

En los programas de entretenimiento de la televisión estadounidense se ha puesto de moda improvisar canciones con las estrellas que van de invitados. Estos sketches musicales son el equivalente frívolo a los conciertos unplugged (desenchufado) que tan en boga estuvieron hace un tiempo. Así pues vamos a desenchufar durante unas semanas este blog con un tema muy apropiado: el Holiday de Madonna cantado en el show de Jimmy Fallon: ¡Holiday! ¡Celebrate!

 

 

Biblioteca de orgasmos, biblioteca de chocolate

 

Publicidad impresa de la marca de productos de higiene masculina Axe: “parte buena, parte mala: esa es la esencia del hombre”.

 

Según un artículo de la publicación digital Puro marketing, de hace dos años, el sexo como reclamo publicitario ya no vendía: más que nada por saturación, aburrimiento, hartazgo. Pues bien, alguien debería haber avisado a las agencias que se ocupan de las campañas para numerosas marcas de perfume, moda, desodorantes, agua mineral y hasta quita grasas para el hogar: porque todas, sin excepción, siguen recurriendo al sexo para vender. Visto lo visto ¿está mal que se haga lo mismo para hablar de bibliotecas?

 

Publicidad (nada sexista) del detergente OMO en los años 60: o de cómo poner la lavadora y hacer un estriptís para animar al marido en cuatro fáciles pasos.

Uno de los daños colaterales de 50 sombras de Grey. 

 

En este blog, recién publicado, un díptico bajo el título de Sexo, drogas y tejuelos: cabría pensar que sí. Pero aún a riesgo de que se nos tache de rijosos no podíamos dejar pasar una noticia tan jugosa (ese subconsciente escurriéndose por los adjetivos) como la relativa a una biblioteca de orgasmos.

Y no, no vamos a hablar del fotógrafo Clayton Cubitt y su invento, también de hace dos años, de la Literatura histérica: aquellos vídeos de mujeres llegando al orgasmo, gracias a un vibrador, mientras leían un libro; y que salió hasta en los telediarios (para que luego digan que el sexo no vende). La biblioteca de orgasmos bien podría tomarse como una extensión de la propuesta con la que Cubitt unía orgasmos y literatura: pero dándole la vuelta.

Si el órgano más grande que interviene en la relación sexual es el cerebro: ¿por qué en la siguiente campaña de promoción de la lectura no se recurre a un eslogan del tipo:

si quieres buen sexo ven a la biblioteca

 

En este caso no se podría acusar a nadie de publicidad engañosa. El efecto viral de la campaña sería imparable, el lirismo de puerta de aseo público en los comentarios subsiguientes, también: y el jamacuco del político de turno, seguro. Eso sí, habría que completarla con una letra pequeña que indicase que las bibliotecas no se hacen responsables de los fracasos eróticos de sus clientes. En caso contrario, no habrían hojas de reclamaciones suficientes para desahogar a tanto frustrado por lo poco que la realidad suele avenirse a las expectativas que genera nuestra imaginación.

 

Gama de cosméticos del amor de la marca Bijoux indiscrets.

El clásico de Diderot del que toma su nombre la literaria marca de juguetes eróticos Bijoux indiscrets.

 

En la marca de juguetes eróticos Bijoux indiscrets, es de Barcelona por mucho que parezca francesa (algo de galicismos para variar): lo tienen claro. Por eso ha llevado a cabo un estudio (¿qué sería de nosotros sin los estudios?) bajo el título: Realidad versus ficción en el sexo. Si del dicho al hecho hay un gran trecho, en cuestiones erótico-festivas el trecho se convierte en abismo.

La marca creó una biblioteca digital desde la que es posible descargar los sonidos de diferentes orgasmos. A partir de ahí: pidieron a un grupo de hombres y mujeres que jugaran a diferenciar cuáles eran ciertos y cuáles fingidos. Los resultados fueron de lo más igualitarios: tanto los varones como las féminas no supieron discernir la ficción de la realidad en cuestión orgásmica.

Con esta propuesta lo que Bijoux indiscrets ha querido demostrar es el potente influjo que la ficción tiene sobre nuestro imaginario erótico, y por ende, sobre nuestro comportamiento en estas lides. Según el mismo estudio un 44’7% de las mujeres denotan un imaginario erótico equiparable al de una película romántica; mientras que para un 38,2% de los hombres su idea de lo sexual se aproxima más a una cinta porno. Sin novedad en el frente.

 

El ensayo de Denis de Rougemont un referente a la hora de indagar en los orígenes del concepto del amor romántico en Occidente.

 

Sex criminals mezcla orgasmos y thriller con un punto de partida impactante: cada vez que la pareja protagonista tiene un orgasmo el tiempo se paraliza.

Desde que en la Edad Media los juglares inventasen el amor romántico: la representación de los sentimientos y deseos se contaminó de tanta carga literaria que los estereotipos en torno al amor se enturbiaron para siempre en Occidente. Faltó la llegada de la publicidad, el cine y los medios de masas en la Edad Moderna para que separar el grano de la paja (sin segundas lecturas por favor) se hiciera del todo imposible.

Ahora, en plena apoteosis de lo pornográfico gracias a lo digital: el último reducto de soberanía personal sobre el propio cuerpo, la sexualidad, corre el riesgo de terminar convertido en algo maquinal, mecánico, robótico. Si abogábamos por la reivindicación de lo erótico desde la cultura: ¿qué tal sería una campaña conjunta entre Bijoux indiscrets y alguna red de bibliotecas?

 

Nathan, el programador megalómano de la película Ex Machina (2015) en pleno delirio bailongo (¡¡atención spoiler!!) con su amante robótica. Recientemente un artículo publicado en El País abordaba el más que probable uso de los robots con fines sexuales. ¿Se resolverá así la cuestión del fingimiento en el orgasmo? ¿soñarán los androides con orgasmos eléctricos?

La máquina de follar de Charles Bukowski: cargándose, cada vez más, de poder profético según avanza la robótica en este siglo XXI.

 

La originalidad está sobrevalorada: y la prueba es la segunda parte de este post (absténganse golosos). Acomodados en el mundo de los sentidos recurrimos a un nuevo tópico: el que relaciona al chocolate con el sexo, precisamente por su capacidad para sustituirlo.

Si lo de consumo, luego existo es el principio que sustenta el sistema en el que sobrevivimos, entonces todos somos víctimas propiciatorias del marketing. Música estimulante en las tiendas de ropa, para que todos nos creamos el chico de Martini o Carrie Bradshaw ensayando posturitas frente al espejo del probador; o películas y series televisivas con los decorados más repletos de marcas que el maillot de un ciclista.

Todo vale con tal de transformarnos en perritos de Pávlov, salivando ante la posibilidad de fundir la tarjeta de crédito; y en cuestiones de libros no tenía porque ser menos. Hace unos años la revista Journal of Enviromental Psychology recogía los resultados de un experimento de lo más peculiar, que un equipo de investigadores de la Universidad de Hasslet (Bélgica): pusieron en practica durante diez días en una librería belga.

Consistió en pulverizar aroma a chocolate en determinadas secciones temáticas de la librería, y comprobar si esto afectaba al incremento de las ventas. Y así fue según los resultados del estudio, sobre todo en lo relativo a libros sobre alimentos y novelas románticas. Todo bastante previsible, la verdad.

 

El cuidado y libresco envoltorio en el que se comercializó el Paper Passion de Karl Lagerfeld.

 

Pero como siempre, la noticia nos sirve para plantearnos una reflexión: ¿qué efecto tendría en las estadísticas de préstamo de las bibliotecas adoptar este sistema de marketing olfativo? Si nuestros objetivos se moviesen dentro del canon del buen gusto comúnmente aceptado: se podría recurrir a perfumar las salas bibliotecarias con Paper passion o con L’Air de Rien.

El primero, Paper passion, fue la creación conjunta del perfumista Geza Schoen y el diseñador Karl Lagerfeld para la revista Wallpaper. Se trató de capturar ese olor a libro nuevo con el que se deleita cualquier amante de la lectura: un arma de seducción definitiva diseñada para alterar las feromonas de cualquier letraherido que caerá rendido ante tal atractivo intelecto-sexual. El propio Lagerfeld pronuncio hace tiempo el mejor eslogan para el perfume:

“los libros son una droga de tapa dura, sin peligro de sobredosis. Yo soy la víctima feliz de los libros”

 

La segunda opción para perfumar los ambientes bibliotecarios, a semejanza de como hacen hoteles o comercios de alto standing: sería el perfume creado-inspirado por la actriz y cantante británica Jane Birkin: L’Air de Rien. La perfumista Lyn Harris siguió las indicaciones de la intérprete del Je t’aime moi non plus para crear un aroma que evocase a polvorientas bibliotecas y a libros antiguos recurriendo al musgo de roble, el neroli, el ámbar o la vainilla.

No dudamos que pudiera seducir a algunos usuarios, pero a los profesionales que lidian diariamente con depósitos atestados de donaciones y libros polvorientos: ¿no sería un poco como irse a casa como se van los pescaderos?

Dos opciones para convertir a las bibliotecas en espacios de seducción no solo intelectual, sino también sensorial, sensual. Pero yendo un paso más allá: si Isabel Coixet lanzó aquello de ¿a qué huelen las nubes? en un spot de compresas: aquí nos preguntamos: ¿a qué deberían oler las colecciones según su contenido?

Dulce fragancia de caramelo para la sección infantil, el vigorizante aroma de los cítricos para la sección de deportes; el recio olor a madera y tabaco para empresarios y política; el olor a dinero recién impreso para la sección de negocios; raíces y tierra para la filosofía; fragancias marinas para la literatura de viajes; o un deseo, más que una realidad: el rancio olor de la naftalina para la mala literatura.

El problema sería que los conductos de ventilación confundieran los aromas, provocando una parosmia generalizada entre los visitantes (trastorno que confunde los olores) e hiciera que las fans de Danielle Steel terminasen irremediablemente atraídas por la sección de feminismo, los empresarios por la novela romántica, o los jóvenes por la filosofía. Sería un caos olfativo de imprevisibles consecuencias, y probablemente, más que positivas. Otra forma, mucho más sibilina, de aplicar nuestro concepto de justicia poético-bibliotecaria.

Pero aquí lo dejamos antes de que esto se convierte en una apología de lo orgiástico-bibliotecario digna del final de la novela de Patrick Süskind.

 

Y es que parafraseando el célebre eslogan de la colección de literatura erótica La sonrisa vertical: este post ha quedado para leerlo con una sola mano….porque la otra, lógicamente, hay que tenerla ocupada saboreando un cremoso helado de chocolate, como los del hombre de los helados al que cantaba Tom Waits. Y a ser posible sin que sea en sustitución de nada.

 

 

En paradero conocido: la biblioteca

 

Del caudal de estupideces que llegan diariamente a través de las redes, el homicidio involuntario de una youtuber, es el que nos sirve de arranque para este post. Lo cierto es que hay mucho donde elegir a la hora de ponerse apocalíptico cuando se habla de redes sociales y del ansia de celebridad que han generado: pero en este caso las circunstancias lo hacen muy propicio para la temática de este blog.

Monalisa Pérez (con ese nombre probablemente desde pequeña pensara que su fin solo podía ser el de ser famosa) mató a su marido Pedro Ruiz de un tiro en el pecho a instancias del propio Pedro. Pero no se trató de ningún tipo de muerte asistida: los dos querían ganar más seguidores para su canal de Youtube. Y por este motivo, según cuenta la crónica, el joven marido convenció a la mujer de que le disparase en el pecho protegiéndose solo con el tomo de una enciclopedia: para luego difundir el vídeo en su canal.

 

Obras de la serie Book guns del artista neoyorquino Robert The.

 

¿Cuántas lecturas se pueden sacar de algo así? Sin duda la de la enciclopedia, no: pero no nos extrañaría que el tomo elegido se convirtiera en objeto de culto para algún necrófilo bibliófilo, o bibliófilo necrófilo, que tanto da. Estudiar la trayectoria que describió la bala, las entradas que atravesó, las páginas que perforó. ¿Qué científicos, literatos, artistas, filósofos o estadistas reventaron su gloria impresa para dejar expedito el camino a los 15 minutos de fama del youtuber? El tomo destrozado de esa enciclopedia será lo más cercano que estarán de la posteridad: Pedro y su mujer Monalisa. Las celebridades que ganaron su puesto en la enciclopedia por logros intelectuales, científicos o políticos seguirán intactas en los fondos de miles de bibliotecas: las únicas capaces de conservar los logros de quienes no necesitan de likes, followers ni retuiteos para perdurar intactos.

 

La ingeniosa campaña de la Biblioteca Nacional de Perú para recuperar libros robados de sus colecciones.

 

En esta cultura de la celebridad histérica en la que vivimos uno de los juegos más recurrentes cada cierto tiempo es el de: ¿Qué fue de…? La mayoría de las veces una excusa para consolar a esas mayorías silenciosas que tanto gustan a algunos políticos. Saber de las desgracias de los que un día fueron los elegidos y ahora tienen que malvivir, o vender sus miserias al mejor postor: es la picota medieval, la horca, la guillotina o el circo romano del siglo XXI. Así, una vez relajados tras el linchamiento mediático: uno vuelve reconfortado a su silenciosa mediocridad.

Pero he aquí, que las bibliotecas, esas locas milenarias empeñadas en maquillarse, operarse, recauchutarse y estirarse lo que haga falta con tal de seguir resultando lozanas: siguen obcecadas en dar munición al disidente, al librepensador, al que se niega a alimentarse culturalmente por lo que dictan las leyes del mercado.

 

Walt Disney congelado en la campaña #VivenenlaBRMU con la que, la Biblioteca Regional de Murcia, ha lanzado su cuenta de Instagram bajo el lema: “Que las leyes del mercado no impongan tu dieta cultural”.

 

En Escaparatismo para bibliotecas recuperábamos la anécdota de cuando Dalí diseñó dos escaparates de la Quinta Avenida de Nueva York en 1939, y al descubrir que durante la noche los dueños de los grandes almacenes (escandalizados por el montaje) habían modificado su idea original: la emprendió a patadas con todo y terminó en el calabozo. Algo así hacen las bibliotecas con esa cultura de escaparate que obliga a que todo tenga una caducidad más corta que un yogur en mitad del Sáhara: darle de patadas con sus colecciones.

Pero seamos justos. Las modas culturales no son cosa solo de los mercados. Las fluctuaciones en los gustos de los críticos, del público y de los medios son continuos. Y las bibliotecas están alerta para rentabilizarlas.

 

Fotografía de Peg Entwistle junto al emblemático lugar que eligió para suicidarse.

 

En el último vídeo de Lana del Rey, Lust for life, se rinde un homenaje (sin acreditar) a la actriz británica Peg Entwistle: que, tras una carrera en Broadway, partió a la meca del cine para triunfar como estrella. Tras vivir la parte más amarga del sueño americano: Peg coparía los titulares tras arrojarse al vacío desde lo alto de la letra H del famoso cartel HOLLYWOOD que domina las colinas de Los Ángeles. Si Thomas Quincey escribió del asesinato como una de las bellas artes: ¿acaso este suicidio no merece un reconocimiento por su valor artístico?

La edición completa de las poesías del joven canario Félix Francisco Casanova.

Irène Némirovsky, John Kennedy Toole, Frances Farmer, Stieg Larsson, Lucia Berlin…son algunos de esos nombres que conocieron el reconocimiento póstumo. Otros como Chavela Vargas o La Lupe (vía Almodóvar), Huysmans (vía Houellebecq), Aldoux Huxley y su mundo feliz (vía Trump), Ed Wood o Margaret Keane (vía Tim Burton) o el joven poeta canario: Félix Francisco Casanova (vía Fernando Aramburu): han conocido un revival sobre su figura u obra a expensas del fulgor mediático de terceros.

Aunque puestos a elegir nos quedaríamos con el cantautor Sixto Rodríguez y su rocambolesco camino hacia la fama y el reconocimiento que se narra en el emocionante documental: Searching for the sugar man (2012).

 

 

La fama, el reconocimiento, la gloria siempre han sido esquivas, caprichosas y volubles. Pero, afortunadamente, en la mayoría de los casos, las obras que merecen la pena siguen disponibles en las bibliotecas. Los atrapados por los cantos de sirena del marketing seguirán, acaso, visitándolas como turistas de tour operator. Pero los que aún ejercen su libre albedrío serán como los viajeros que se toman su tiempo, y se pierden por los callejones que forman las estanterías, esperando ser ellos los que rescaten del olvido alguna joya. Nada, ni nadie, se encuentra en paradero desconocido en una biblioteca.

Sexo, drogas y tejuelos. Cara B

 

“De la piel para dentro empieza mi exclusiva jurisdicción. Elijo yo aquello que puede o no cruzar esa frontera. Soy un estado soberano, y las lindes de mi piel me resultan mucho más sagradas que los confines políticos de cualquier país.”

 

Esta frase tan reivindicativa de Antonio Escohotado que hasta dio pie a una canción y que luce en tantos blogs y comentarios en redes que buscan proclamar la soberanía personal: resulta de lo más procedente para posar la aguja sobre la Cara B, de este vinilo en forma de post, que iniciamos la semana pasada.

Si en la Cara A nos centramos en el sexo, o más exactamente en la necesidad de reivindicar/rescatar al erotismo desde la cultura a través de las bibliotecas: en esta cara nos centramos en el segundo elemento de la tríada: las drogas.

Heroin, be the death of me
Heroin, it’s my wife and it’s my life
(Heroína, sé mi muerte
Heroína, es mi esposa y es mi vida)

 

Detalles del libro Rolling Words, un libro con una selección de las mejores letras del rapero Snoop Dogg, confeccionado en cáñamo. Las hojas de papel de fumar y el lomo permitían convertir las letras del rapero en cargados “petas” con los que acompañar la escucha de sus temas.

El propio Escohotado colaboró en los 80 a la confusión general que se generó en torno al consumo de drogas participando en algunos programas de televisión. Intervenir en programas en los que se abordaba la droga como problema social, con madres de drogadictos desesperadas en plató: no fue la decisión más inteligente si lo que pretendía era hablar del consumo de drogas desde una óptica antropológica y como una expresión de libertad personal.

¿Ha evolucionado mucho el debate sobre las drogas tras el sensacionalismo con que se trataba allá por los 80? En realidad no. Las opiniones sobre penalización o legalización siguen polarizando el debate social; y el tráfico de drogas sigue generando pingües beneficios y provocando un goteo incesante de muertes. Abordar el asunto de las drogas de manera mesurada en estas circunstancias: sigue siendo una quimera. Y no deja de resultar paradójico cuando precisamente uno de los conceptos que la discusión pública sobre las drogas puso sobre el tapete, la adicción, está más presente que nunca.

 

Weiß wie Schnee, Kokain und Kodein, Heroin und Mosambik
(Blancas como la nieve, cocaína y codeína, heroína y Quaalude)

 

Pareciera un titular de broma en El País, pero es real: la Antártida está llena de cocaína.

El libro de Juan Carlos Usó abordando las teorías ¿conspiranoicas? sobre el uso de las drogas por parte del poder para manejar a los disidentes del sistema.

Desde finales del siglo pasado hasta nuestros días, y siguiendo esa necesidad imperiosa que obliga a diagnosticar, tipificar y medicar cualquier conducta: al término adicción le sienta bien todo. Adicción a las compras, al sexo, a la comida, al juego…y así hasta un infinito rosario de dependencias compulsivas entre las que ¿desafortunadamente? que sepamos no se ha incluido a las bibliotecas. En definitiva, cuando las dietas de ansiolíticos están a la orden del día: la tecnología ha llegado para superar cualquier dependencia previa.

No es de extrañar que el apóstol del LSD, Timothy Leary, se volcase apasionadamente durante sus últimos años en la tecnología. Leary murió en 1996 cuando aún faltaban unos años para que Internet irrumpiera con fuerza trastocando esa sociedad que tanto desafió. En la conferencia que dio en el primer Artfutura en Barcelona, allá por 1990, ya planteó la visión de una Humanidad escindida entre la realidad palpable y la virtual. Nunca el término visionario se ajustó mejor a nadie.

La adicción a las pantallas no respeta edades, clases sociales, credos, ni procedencias. Afortunadamente sigue suministrándose la mejor metadona para desengancharse en forma de libros impresos en bibliotecas y librerías. En nuestro ¿primer mundo? parece como si muchos lo desconocieran, pero en otras latitudes: los libros siguen siendo parte del remedio para luchar contra las drogas.

 

They tried to make me go to rehab
But I said “no, no, no” 
(Intentaron llevarme a rehabilitación
Pero yo dije: “no, no, no”)

 

El luminoso cómic Cazador de sonrisas sobre un dentista aficionado al LSD.

En Perú la Biblioteca Nacional se ha involucrado en un plan para inaugurar bibliotecas en las zonas del país tradicionalmente dedicadas al cultivo de la coca. En colaboración con la Comisión Nacional para el Desarrollo y Vida sin Drogas (Devisa) pretenden suministrar de forma permanente información educativa y científica relacionada con las drogas.

Por contraste, más al norte, en la biblioteca de McPherson Square, en Filadelfia, los bibliotecarios han tenido que formarse en la administración de naloxona: el fármaco que se utiliza en el caso de intoxicaciones por opiáceos. La ciudad está siendo invadida por muchos “turistas de la droga”: drogodependientes de otros estados que viajan hasta Filadelfia por la fama que ha alcanzado la pureza de la heroína. Y el lugar preferido para consumirla no es otro que la venerable y centenaria biblioteca y sus jardines aledaños. De rodarse una secuela de la genial serie The Wire ya tendrían nueva localización.

Welcome to Tijuana
Tequila, sexo, marihuana
(Bienvenido a Tijuana
Tequila, sexo, marihuana)

 

Pero la crónica más reciente que liga a libros y drogas nos lleva a la tierra del género musical que menos gracia nos hace: el narcocorrido. Y es que como gritaba imperioso Pancho Villa: ¡Viva México….lectores! Ese podría ser el grito de guerra (pacífica) del librotraficante mexicano Tony Díaz, que hace pocos días ha vuelto a la carretera para demostrar que, por mucha buena novela de Cormac McCarthy que haya al respecto: la frontera entre México y los Estados Unidos es mucho más que territorio de narcotraficantes.

 

 

Las enseñanzas de Don Juan de Carlos Castaneda: un clásico en el uso chamánico y espiritual de las drogas.

En 2012 las autoridades de Arizona decidieron “depurar” de las escuelas y bibliotecas aquellos libros que hacían referencia al pasado mexicano de estados como Arizona, Utah, Texas, Kansas o California. Y de paso también libros que pudieran servir para tomar conciencia sobre el racismo, la etnicidad y la opresión que los mexicanos han venido sufriendo por tener a los norteamericanos como vecinos de arriba.

Tony Díaz (que recibió el galardón Robert B. Downs de Libertad Intelectual concedido por la ALA) se ha convertido en la cabeza visible del movimiento librotraficante: escritores y activistas latinos que distribuyen de forma clandestina los títulos prohibidos entre los escolares, e incluso fundan bibliotecas underground o clandestinas en las que están siempre disponibles los títulos perseguidos.

 

El colorista número de la revista Infobibliotecas dedicado a México.

En los tiempos en que un mandatario (que hasta donde sabemos no actúa bajo los efectos de ninguna droga) pretende erigir un muro que se financie mediante energía solar, al tiempo, que deroga acuerdos que luchan contra el cambio climático: no es de extrañar que el librotraficante se haya tenido que echar de nuevo a la carretera para compensar tanto “mal viaje” como nos depara la actualidad.

Hace unos días una caravana partía rumbo a Tucson: último lugar en el que un tribunal está a punto de dictaminar sobre el futuro de los estudios étnicos méxico-americanos en las escuelas de Arizona. La comitiva efectuará paradas en San Antonio, El Paso, Las Cruces y Albuquerque para organizar fiestas, lecturas y conferencias de prensa.

La raya, la raya
la raya de caballa
esconde la papela
que viene la camella

 

Según un viejo chiste, si Frank Kafka hubiese escrito sobre México o España sería considerado un escritor costumbrista: tales son los dislates que nos caracterizan como países. Por eso entraría dentro de lo lógico que la Iglesia Internacional del Cannabis pudiera tener sede en ambos países: pero ha sido en Colorado donde se ha fundado el primer templo de la religión de los elevacionistas: una religión igualitaria que rinde culto a la marihuana como elemento sacro para llegar al estado sagrado de la felicidad.

 

Nave central de la Iglesia dedicada al culto del cannabis en Colorado.

 

Virgen obra de Fabio McNamara

Desde que Marx declarase a la religión como el opio del pueblo: cada uno le rinde culto a lo que le viene en gana. En nuestro país la superstar (Warhol dixit) Fabio McNamara dejó las drogas (o ellas le dejaron a él) y abrazó con tal fervor la religión que hasta los de Intereconomía TV le mostraron orgullosos como ejemplo de redención (tal cual como una Sara Montiel pecadora reconvertida en monja).

El que no sea adicto a algo que tire la primera china. Nosotros lo tenemos claro. Puestos a elegir optamos por el uso y abuso del LSD. Un LSD que nada tiene que ver con el dietilamida del ácido lisérgico: la equivalencia de las siglas, en nuestro caso, equivale a Leyendo Sin Descanso. Nadie te asegura que no tenga efectos secundarios, y hasta perjudiciales, pero puestos a alterar nuestra mente que sean las bibliotecas nuestros camellos.

 

Una figura tan poco contracultural como Cary Grant se convirtió en un convencido defensor del consumo de LSD en los 60.

 

Y hasta aquí la Cara B del vinilo en forma de post sobre Sexo, drogas y tejuelos. Para el último surco reservamos el tema ideal que debería acompañar a los librotraficantes mexicanos en su peregrinar contra la censura. Ni el punk, ni el heavy, ni la música electrónica, ni el trap puede hacerle sombra a la gran Paquita la del Barrio cuando se trata de cantarles las cuarenta a los tribunales, a los inquisidores y hasta el mísmisimo Trump si se tercia.

Si McNamara cantaba junto a Almodóvar aquello de: “amor de rata, amor de cloaca“, Paquita pone los puntos sobre la íes a las ratas de dos patas que en el mundo son. Y que cada cual se la dedique a quien mejor le venga.

 

Sexo, drogas y tejuelos. Cara A

 

Portada de la cantante y actriz francesa nacida en Alicante: Jeanne Mas. Ejemplar digno de formar parte de nuestro reto #bibliobizarro.

 

Puede que los Rolling sigan saliendo de gira, puede que Springsteen siga reventando estadios con su vozarrón, y hasta que Rosendo actúe un año más en el Viñarock. Pero hay frases a las que les queda menos fuerza que a una litrona sin tapón en un botellón del mes de agosto.

Rock is dead
(El rock está muerto)

 

Marco incomparable, los viejos roqueros nunca mueren o sexo, drogas y rocanrol: estas frases, y muchas más por supuesto, deberían aparecer tachadas, en cualquier manual de estilo que se precie. Después de décadas de pop, música electrónica, punk, grunge, hip hop, ambient, trip hop, tecno industrial, etc…: el rock, tal y como se entendía en tiempos de Woodstock, resulta de lo más conservador.

Dos de los integrantes del grupo de trap nacional: PXXR GVNG (ahora llamados Los Santos) durante el rodaje del vídeo para su tema: Tu coño es mi droga.

Ni uno solo de los movimientos juveniles que han surgido desde que en los 60, los publicistas, decidieron encumbrar lo juvenil a los altares: ha sobrevivido al margen del sistema. Ahora se habla mucho del trap y su rabiosa independencia, de su discurso fuera de los estándares del capitalismo, de su orgullosa marginalidad enraizada directamente en el lumpen. Y desde el mismo momento en que saltó su nombre a los medios ya empezó la cuenta atrás para ser asimilado por la industria.

En fin que le vaya bonito el espejismo de rebeldía a esa mezcla de reggaetón con electrónica saturada de voces distorsionadas por autotune que define al trap. Nosotros con la sabiduría que nos aporta hablar de instituciones muuucho más antiguas que el rock, e incluso que el blues, el soul y toda la música negra de la que provienen los sonidos de toda la cultura juvenil occidental: regeneramos el lugar común y reiteramos que la única rebeldía posible, hoy día, pasa por las bibliotecas.

We can be heroes, just for one day
(Podemos ser héroes, solo por un día)

Sexo, drogas y tejuelos. O lo que es lo mismo: si se trata de manifestar la disconformidad, el rechazo, o simplemente la urgencia por crear un mundo propio no hay nada más revolucionario que usar (que no ocupar como simples estudiantes) una biblioteca. Ya sosteníamos que Las bibliotecas son el nuevo rocanrol. Pero aquí vamos más allá. Los “malotes” del rap, del hip hop o del trap se han esforzado y se esfuerzan hasta la extenuación por desmarcarse, por hacerles continuas peinetas a todo y a todos: y no contemplan ni por asomo el hecho más subversivo que, tras décadas de gestos juveniles estereotipados, supone el explotar los fondos de una biblioteca.

Jesus died for somebody’s sins / But not mine
(Jesús murió por los pecados de alguien, no por los míos)

Algunos con más visión de futuro sí han sabido verlo. Y así tipos como el rapero El Piezas se volcaron a leer la obra de Nietzsche tras descubrir lo mucho que su admirado Marilyn Manson lo citaba en sus canciones; o el también rapero (antes-molaba-se-ha-vuelto-muy-comercial-se-ha-vendido) C. Tangana que empezó con lo de las rimas mientras cursaba Filosofía en la Complutense; o los que fueron los archienemigos de este último, Los Chikos del Maíz, y sus variadas referencias literarias y cinematográficas. Desde Inglaterra la rapera y escritora Kate Tempest mezcla a Virginia Woolf, Yeats, la Odisea o la figura de Tiresias que impregnan tanto sus obras literarias como sus rimas raperas.

Luego por supuesto quedan los clásicos. Keith Richards, satánica majestad reconvertido en santo patrón bibliotecario tras desvelar en sus memorias: que alguna vez hasta había pensado en retirarse  para formarse como bibliotecario.  Eso no quita para que también, según noticia publicada en el Daily Mirror hace unos años: el guitarrista de los Rolling acumulase una deuda de hasta 3.000 libras por retraso en devolución de obras en una biblioteca. En fin que nadie se ponga moralista, que si se hiciera una auditoría por retrasos en los carnés personales de los bibliotecarios y sus familias: seguro que lo de Richards se quedaba en una fruslería.

 

Knock-knock-knockin’ on heaven’s door
(Toc, toc, llamando a las puertas del cielo)

 

Morrisey junto a su madre.

Pero la nómina de músicos con afinidades bibliotecarias no acaba aquí. En un repaso con flow podríamos hablar de Bowie que se definió así mismo con la frase “nací bibliotecario con instinto sexual (sic). A Bowie le perdonamos esto y más, pero ¿en qué estaba pensando? ¿cómo creía que se reproducen los bibliotecarios? ¿por esporas? Lo bibliotecario, en el caso de Morrisey, lo llevaba en las venas. Su madre fue bibliotecaria y se ocupó muy bien de cultivar el amor por los libros en su inquieto vástago. Solo hay que repasar la discografía de The Smiths para constatarlo.

En nuestro país la que más veces, y más claro, ha declarado su amor por la profesión bibliotecaria ha sido Alaska. Su marido Mario Vaquerizo nunca ha tenido reparo en reconocer que copia todo lo que le gusta: así que no es de extrañar que hace poco se matriculase en Biblioteconomía en la Complutense. Parece que finalmente lo ha dejado, debe ser duro eso de compaginar la vida de estrella mediática con las reglas de catalogación; pero le dio tiempo incluso a formar parte de la felicitación navideña de una biblioteca.

 

Alberto García Alix fotografiando a la bibliotecaria vocacional Alaska.

 

Poor is the man whose pleasures depend
on the permission of another
(Pobre es el hombre cuyos placeres dependen
del permiso de otros) 

 

Ralf König dando de nuevo en el clavo en su última novela gráfica. La evolución del erotismo a través de los avances en soportes de la pornografía.

Pero hemos prometido rescatar del desguace la famosa tríada. Y si esta empieza con sexo. Justo es que hablemos de sexo (sin que Elena Ochoa vaya a aparecer por ningún sitio). Por seguir con frases a tachar la de vive rápido y deja un bonito cadáver: con la de terroristas suicidas que oscurecen nuestro horizonte: ha perdido cualquier atisbo de gracia que pudiera tener. Y otro tanto valdría para el sexo: se abusa y se ha abusado tanto de él como reclamo en vídeos, letras y poses: que no es de extrañar que algunos estudios sostengan que los millenials son la generación a la que menos les interesa el sexo.

Se consuma, o no, porno: la pornografía está omnipresente en nuestras vidas. Lejos ya de lo sicalíptico, de la pillería del porno setentero influido por las teorías del amor libre hippie, y del ingenuo destape de nuestra Transición: la industria pornográfica ha monopolizado las expresiones de lo erótico en nuestra sociedad.

No es de extrañar que colecciones como La sonrisa vertical echaran el cierra allá por el 2004: la eficacia industrial del porno digital ha manufacturado hasta la última de las fantasías sexuales despojándolas de cualquier misterio. Incluso desde dentro de la propia industria están surgiendo voces que defienden otras maneras de representar lo sexual de las que ya hablamos en Desnudos integrales sin exigencias del guión (Shakespeare y el porno).

I love to love you baby…
Do it to me again and again
(Adoro amarte baby
Házmelo una y otra vez)

Por eso se hace más importante que nunca reivindicar el erotismo desde la biblioteca. En Acróbatas del tejuelo: libertad de expresión en bibliotecas recogíamos casos reales de censura en bibliotecas españolas. Podríamos añadir la que aconteció en la biblioteca X,  hace unos meses, cuando al querer acoger unas jornadas sobre erotismo en las que participaban sexólogos, psicopedagogos (que no gogós) y neuropsicologos: fue vetada por los responsables políticos al no considerarlo apropiado para una biblioteca.

En fin. Tal vez si tuviéramos la tradición de bibliotecas nacionales como la de Francia (con su sección  L’Infern (El infierno) o la British Library con su Private case (Baúl privado): no habría pasado algo así. Nuestra Biblioteca Nacional no tiene una sección dedicada al erotismo, lo cual no quiere decir que no cuente con fondos sobre la materia, pero sin darles el protagonismo que por ejemplo le dieron franceses o ingleses. En su ensayo Culturas del erotismo en España 1898-1939, la profesora española de literatura de la Universidad de California, Maite Zubiaurre sostiene que en España unimos mucho el humor con el sexo por pura vergüenza, por haber sido históricamente incapaces de asumirlo con naturalidad.

Ay qué gustito pa mis orejas
Enterradito entre tus piernas

 

 

El pasado mes de abril se inauguraba en la biblioteca patrimonial de la ciudad gala de Dijon la exposición Project X. Dicha exposición se encuadra dentro de un programa cultural que está desarrollando la biblioteca orientado a público adulto, en el que además de mostrar algunos de los tesoros “ocultos” de las colecciones: se celebran encuentros literarios en torno al amor, el deseo, el placer, en definitiva, el sexo.

Desde el siglo XVIII hasta nuestros días: los libros, ilustraciones, grabados o postales recorren los vericuetos del deseo y sus representaciones. El material más “sensible” se resguarda tras una pantalla simulando un espacio que denominan como en la biblioteca madre francesa: el infierno. Tiene restringida la entrada a menores de 16 años, pero como declaraba el responsable de la exposición el día de su inauguración: “los adolescentes de hoy han visto cosas peores en la web.

 

Detalle de la revista bianual dedicada al erotismo más cool: Odiseo.

 

Las clandestinas Biblias de Tijuana que desde los años 20 a los 60 ofrecían la versión porno de las historias que Hollywood servía en la gran pantalla.

En la Biblioteca Pública de Nueva York, el año pasado, se centraron en recuperar y restaurar algunos de las obras más tórridas de sus colecciones. Esos títulos marcados con *** que venía a indicar a principios del siglo XX, tal cual como los rombos en los programas de televisión, que los contenidos eran para adultos. Aunque las colecciones que la Biblioteca conserva de índole erótica no estén en una sección, sino dispersos por sus diferentes sedes, en ningún caso alcanzan el tamaño e interés que tiene L’Infern francés (ya se sabe que nuestros vecinos del norte siempre han sido unos avanzados en estas cuestiones). No obstante localizaron algunas obras de lo más curioso.

Girl, you’ll be a woman soon
Soon, you’ll need a man
(Chica, pronto serás una mujer
Y pronto necesitarás a un hombre)

Número especial de la revista Playboy impreso en braille.

Entre literatura pulp, postales y pósteres. Se localizaron libros disfrazados de tratados de sociología con títulos tan sugerentes como: Los orgasmos de masas: un estudio de sexo en grupo o camuflados como tratado de leyes bajo títulos como La fornicación y la ley. Estas obras vienen a ser, en formato impreso, lo que muchas cintas de VHS, en la década de los 80, suponían respecto a los grandes éxitos del cine o la televisión.

Falo Crest, La guarra de las galaxias, Eduardo Manopajeras, Semental Querido Watson o Mujeres al borde un ataque de miembros. Todas ellas dignas igualmente de nuestro #bibliobizarro.

Aunque en los fondos también incluyan documentos con firmas más respetables, pero igualmente rijosas: desde dibujos animados del novelista Jack Kerouac, fotografías eróticas de Man Ray con poemas de Benjamin Péret o incluso dibujos a lápiz de William Faulkner en pleno ayuntamiento (carnal) con su amante Meta Carpenter.

Only you can cool my desire
Oh, I’m on fire
(Solo tú puedes calmar mi deseo
Oh, estoy ardiendo)

 

La sound wave (ola de sonidos) de la artista Jean Shin.

 

En definitiva, la cuestión del erotismo en las bibliotecas se resuelve sabiendo en qué espacios ubicar los materiales o las actividades que se programen; y concretando a qué público van dirigidas. La biblioteca del siglo XXI puede y debe hablar de todo, y por lo tanto debería acudir al rescate del erotismo desde la cultura. Que su única contribución fuera la de proveer de obras tipo Cincuenta sombras de Grey a los ciudadanos, francamente y sin juzgar los gustos de nadie, sería empobrecer algo tan interesante y necesario.

 

Charlotte Gainsbourg es una de las actrices fetiche del provocador cineasta Lars Von Trier. Y fue la protagonista de su díptico Nymph()maniac (2013)

 

De este post se podrían sacar varios singles. Huelga decir que pese a su publicación en digital ha nacido con alma de vinilo. Por eso la próxima semana le daremos la vuelta en el plato y dejaremos que la aguja gire en los surcos de su Cara B. De momento lo dejamos en todo lo alto (y se admiten segundas y terceras lecturas a esta frase).

Entre las abrasivas estrofas que jalonan las diferentes pistas de este texto no hemos incluido el clásico por antonomasia: el Je T’aime,…moi non plus de Jane Birkin y Serge Gainsbourg. Es mejor quedarse con una de las consecuencias de su orgasmo a 45 rpm: su hija, la actriz y cantante, Charlotte Gainsbourg.